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  • De las filiaciones políticas de Márquez al Teletón

    De las filiaciones políticas de Márquez al Teletón

    Caray que es preocupante, preocupan ambas caras de la moneda. O más bien, que dichas caras de la moneda generan la polarización política. Y terminan siendo preocupantes por lo que son y por lo que reflejan de nuestra sociedad. Falta autocrítica, las emociones imperan sobre la razón. Desde el odio y el encono, hasta la conmiseración.

    De las filiaciones políticas de Márquez al Teletón

    Enrique Krauze hablaba bien en su artículo sobre la excesiva politización que vivimos. Cierto es que debemos de interesarnos en la política, pero ahora la supeditamos sobre todas las cosas, excepto en el deporte y en los espectáculos (y yo creo que aún ahí llega). Me viene a la mente la pelea de ayer de Juan Manuel Márquez. Al final dedicó su pelea al «Presidente Enrique Peña Nieto», y en Twitter todos se olvidaron de su triunfo con un Trending Topic muy ofensivo. Mi pregunta es, ¿Qué tiene de malo que Juan Manuel Márquez muestre sus preferencias políticas? ¿Eso ya lo hizo mal boxeador? ¿Qué posición deberían haber tomado lo detractores de AMLO cuando Demian Bichir, nominado al Oscar, mostró su simpatía por López Obrador públicamente? ¿Acaso tu preferencia política demerita todo lo que haces en tu vida?

    Me sorprende el linchamiento público por solo dedicarle una pelea al Presidente. Esos, que se dicen demócratas, caen en una incongruencia grave porque para ellos no caben opiniones distintas. Este tipo de actos y descalificaciones no solo vienen de este sector, también vienen del bando opuesto en muchas ocasiones (basta ver un noticiario de Ciro Gómez Leyva para constatarlo). Me pregunto, ¿qué a estas personas se les olvidó el arte de pensar y se han reducido a una posición maniquea donde quienes no están con ellos están en contra de ellos por más buenas intenciones que tengan estos últimos?

    Naturalmente esta polarización tiene su trasfondo social. Algunos dicen que el Peje fue el que la causo, o Calderón, o el PRI. Es demasiado simplista esa afirmación, la polarización es reflejo de algo mucho más profundo que se debe de solucionar.

    Por otro lado, tenemos al Teletón organizado en buena medida por esos «poderes fácticos» a los cuales Peña Nieto se comprometió a poner fin. Si uno quiere donar al Teletón evitando que «Televisa y las empresas grandotas» hagan cualquier cosa, en la página puede pedir un deducible de impuestos y se acaba el problema. Lo que quiero poner sobre la mesa es el uso de la lástima y la conmiseración al que estamos tan acostumbrados en México, y las transmisiones del Teletón son un caso ejemplar de ello. Donde realmente lo que más me aleja de dar un donativo es el hecho de ver a los artistas de Televisa llorar, o plantarte en la cara el hecho de que los discapacitados son gente que sufre. Cuando realmente a mí esto se me hace incluso un insulto para la gente discapacitada, porque tácitamente sugieren que hay que subestimarlos porque ellos son los que sufren. Ese llanto de Lucerito y de otros personajes lo que me dice es !ayúdalos, pobrecitos!.

    Igualmente este tipo de conducta se ve en la calle. La gente pobre en la vía pública suele apelar a la conmiseración para hacerse de unas monedas. La mujer desvalida que carga con un hijo, el ciego, aquellos que usan un tono para buscar generar en nosotros el nivel suficiente de compasión para que les demos unas monedas. Aquellos que cuentan (y muchas veces inventan) historias trágicas de su vida para ayudarles, ¡a mí me pasó esto, esto otro aquello!. Donde la iniciativa personal simplemente no existe.

    También como forma de reflexión en el tema del Teletón, me pregunto como el grueso de la sociedad suele ser apática en temas de donativos y actos caritativos cuando esto implica alguna iniciativa personal, pero esto cambia abruptamente cuando un medio dominante los incita a donar. ¿Por qué se necesita el estímulo de un tercero para que salga a flote ese «mexicano bueno? ¿Por qué para donar a un instituto este tiene que salir en la tele? Son cosas que habrán de ser reflexionadas, porque son parte de nuestra idiosincrasia. Esas partes que no dejan que el país avance.

  • Por unos calzones

    Por unos calzonesHace 2 años, tuve la oportunidad de presenciar las elecciones en Costa Rica, país que me hospeda actualmente, donde me encontré con diferencias tan grandes con México que me costó trabajo procesarlas

    Interesada en conocer cómo funcionaba el sistema electoral en un país ajeno, me uní a amistades costarricenses para poder participar como espectadora, en lo que resultó una de las experiencias más extrañas en mi vida política.

    Mis amistades y yo acudimos a una de las casillas ubicada en la escuela de una ciudad pequeña, llamada Santa Ana, afuera de la cual había varias carpas con mesas de trabajo de militantes de los diferentes partidos que disputaban los comicios federales. ¡Literalmente había casas de campaña afuera de las casillas electorales! La gente portaba estandartes, playeras, calcomanías, banderines; algunos tenían los rostros pintados con los colores propios de su partido, y otros entregaban volantes de sus candidatos a quienes acudían a emitir su voto.

    Aturdida por presenciar tantos actos juntos que conformarían delitos comiciales en mi país de origen, me dejé guiar hacia una de aquellas carpas, donde mis amigos y amigas se registraron y ofrecieron su ayuda voluntaria. La función de los mencionados espacios era el de ubicar y orientar a la gente sobre el padrón electoral, ayudándoles a encontrar su mesa de votación según sus apellidos, e incluso ayudándolos a llegar. Fue en este rubro voluntario en el cual mis amistades se registraron.

    Pronto me encontré completamente inmersa en el frenesí comicial. Dotada de una áspera camisa de tan baja calidad que no podía usarse sin tener otra por debajo (por lo menos para alguien lo suficientemente pudorosa), con el nombre de Otón Solís impreso en ella, nos separamos en varios automóviles y nos dispusimos a movilizar a la gente a sus respectivas mesas de trabajo.

    No sólo llevábamos a las personas que acudían a los toldos, sino que íbamos a otros distritos electorales a responder a llamadas de gente que no tenía forma de llegar a sus respectivas mesas antes de que éstas cerraran. El hecho de que fuera domingo y el servicio de autobuses se hubiese reducido a la mitad, aunado a la enorme distancia que hubieran debido recorrer a pie y por carretera, hacía no sólo lógico este servicio, sino incluso necesario.

    Cuando dieron las 6 de la tarde, y el último votante, que fuimos a recoger hasta Puriscal (algo así como de Tecomán a Cerro de Ortega), tuvo que salir corriendo del auto para poder manifestar su preferencia política, dimos nuestro voluntariado por terminado y nos reunimos para celebrar con un aromático café tico.

    Esa noche fue de profundas reflexiones para mí: ¿Por qué se le permitía a la gente portar propaganda el día de las elecciones? ¿Por qué incluso se le permitía hacerlo fuera de las casillas electorales? ¿Cómo era posible que autorizaran a los partidos a llevar gente a votar? Pensando en eso llegué a algunas conclusiones; las dos primeras preguntas se podían contestar fácilmente: por un respeto a la expresión ciudadana, porque no se le puede negar a las personas el exhibir sus preferencias políticas sin caer en la represión; mientras que el servicio de transporte, aun cuando facultaba a los partidos a acercar simpatizantes y militantes a sus respectivos centros de votación, todos tenían la misma potestad, la cual era ejercida por voluntarios autorizados, que libres de cualquier interés económico ayudaban a las personas a ejercer su derecho ciudadano. Después de desenseñar a mi cerebro lo aprendido en México, dejé de considerar estas prácticas como algo perjudicial, siempre y cuando se mantuviera una equidad en el procedimiento.

    Viendo aquel día en retrospectiva, y comparándolo con el sistema electoral mexicano, puedo darme cuenta de lo rígido que se ha vuelto este último, al grado de llegar a violar garantías constitucionales y de rozar ideales fascistas. Si bien acá en Costa Rica también se impone un tiempo de tregua entre partidos, donde éstos no podrán hacer propaganda en medios de comunicación para darle tiempo al electorado a evaluar sus opciones, las restricciones en dicho país, que se destaca por su democracia, se limitan a los partidos políticos y a los miembros de la junta receptora de votos (funcionarios de casilla), no a los ciudadanos, quienes libremente pueden manifestar sus preferencias de sufragio hasta en el mismo día de los comicios y cerca de las urnas.

    Si bien existen razones de peso por las cuales el Instituto Federal Electoral ha ido restringiendo la propaganda política, las prohibiciones al día de hoy han caído en el abuso, pues no sólo tratan a los ciudadanos como deficientes mentales incapaces de formular o mantener una decisión propia, que puede ser afectada por un diminuto logotipo antes de entrar a su casilla, al grado de cambiar su voto, sino que llegan al extremo de violar la misma Constitución al limitar la libertad de expresión de un ciudadano común.

    La multa de 29 mil 910 pesos que el Consejo General Electoral le impuso a Juan Manuel Márquez, por haber usado el logotipo del Partido Revolucionario Institucional en la pelea que dio contra Manny Pacquiao el 12 de noviembre del año pasado, un día antes de las elecciones en Michoacán, siguiendo lo resuelto por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, expone claramente a lo que me refiero. No sólo la pelea tuvo lugar fuera del territorio nacional, a más de 2 mil 700 kilómetros de distancia del lugar donde al día siguiente se celebraban comicios, sino que el púgil no fungía como funcionario de casilla, ni como parte del comité de campaña del PRI, es más, ni siquiera estaba en el sitio referido, por lo que se le está sancionando simplemente por ejercer su libertad de expresión, lo que va en contra de las garantías individuales especificadas en nuestra Carta Magna.

    Aun cuando el haber portado el logo pudo haber violado el artículo 345 inciso b del vigente Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales, ninguna ley puede estar por encima de la Constitución Política mexicana, la cual, en su artículo quinto, protege a los ciudadanos de ser objeto de inquisición administrativa por la manifestación de sus ideas, por lo que la sanción impuesta a Márquez no sólo es injusta, sino también inconstitucional.

    Lo lamentable de lo sucedido es que nuestros institutos obraron en función de lo que dictan las leyes, es decir, el TEPJF formó su resolución conforme a lo que indica el Cofipe, así como el Consejo General Electoral, aunque inconforme, actuó obedeciendo a lo que le ordenaba el Tribunal. Incluso cuando, a mi parecer, los magistrados interpretaron la ley de manera forzada para que ésta aplicara en el caso de la elección michoacana, ya que el boxeador ni siquiera se encontraba dentro del territorio nacional, la responsabilidad del hecho recae en los diputados y diputadas que aprobaron dicho Código, el cual es tan paternalista que cae en la represión de nuestras libertades más básicas, dirigiéndonos lenta pero seguramente a un Estado totalitario.

    Tanto la gente como las autoridades deben de recapacitar en esto y poner los intereses y garantías de los individuos por encima de los de los partidos políticos, respetando el derecho de cada persona a expresarse, no forzando las leyes para emitir sanciones a costa de las libertades de los y las ciudadanas. Si los y las integrantes del Poder Judicial no hacen tal cosa, y si la ciudadanía mexicana cede ante esta clara medida represiva, habremos perdido la batalla por la democracia… y todo por unos calzones.