Etiqueta: José Antonio Meade

  • Las virtudes y los defectos de los candidatos

    Las virtudes y los defectos de los candidatos

    Las virtudes y los defectos de los candidatos
    Foto: Noticieros Televisa

    Andrés Manuel López Obrador

    Virtudes:

    • Es una persona muy tenaz y perseverante. Contender en tres campañas electorales y recorrer todos los municipios del país no es cualquier cosa.
    • Es, simplemente, el líder político más importante de todo el país. 
    • Tiene vocación y sensibilidad social. Conoce más que nadie al «México de abajo». 
    • Tiene amplia experiencia política. Es el único de los candidatos que ya ha gobernado y su gestión en la Ciudad de México en general es bien vista.
    • Nunca se ha enriquecido ilegalmente de la política. Ciertamente puede ser criticable que viva, en parte, de los recursos de su partido (que a su vez es del erario) pero ello no implica ilegalidad alguna. 
    • Es el único que ha hecho un diagnóstico del país que toca fibras sensibles y que la mayoría de los políticos no se atreven o no quieren tocar (desigualdad, empresarios que se enriquecen al amparo del poder, entre otros más).

    Defectos:

    • Es una figura con un discurso mesiánico que tiende a polarizar la discusión.
    • Tiene tintes autoritarios, suele denostar a quienes no piensan como él y a hacer juicios de valor moral sobre quienes disienten (aunque no tengan un interés particular).
    • Tiene poca confianza en sociedad civil como agente de cambio. Le disgusta la idea de que en su gestión habrá contrapesos fuera de su control.
    • Suele ser una persona necia, poco dispuesta a confrontar su ideario y sus propuestas.
    • Su propuesta es obsoleta y prácticamente no ha cambiado desde hace algunas décadas (al menos desde finales del siglo XX).
    • No es una persona ávida de aprender y prepararse constantemente más allá de su experiencia en la calle.

     

    Ricardo Anaya

    Virtudes:

    • Es una persona muy inteligente y de mente aguda.
    • Es una persona que le gusta aprender, mantenerse actualizado y absorber la mayor cantidad de conocimiento posible.
    • Se prepara de la mejor forma para afrontar los escenarios que se le pongan enfrente. Se caracteriza porque antes de los debates analiza bien el escenario y hasta las tomas de cámara. Es muy meticuloso.
    • Tiene una retórica muy envidiable. Anaya es uno de los candidatos con mejor oratoria que hemos visto en los últimos tiempos.
    • A pesar de su juventud y su corta trayectoria, ha sabido moverse para llegar a la punta de la pirámide política (lo cual, por sus formas, puede verse como un defecto, pero también es una virtud).

    Defectos:

    • Es ambicioso en exceso. 
    • Es una persona poco confiable ya que ha traicionado a muchas personas que le tendieron la mano para lograr sus objetivos. Su trayectoria tiene puntos cuestionables. 
    • Es una persona que tiene poca capacidad para conectar y empatizar con la gente.
    • Parece estar falto de convicciones e ideales, por eso es que no ha logrado construir una narrativa convincente.
    • Nunca ha ejercido un cargo público por elección popular. 

     

    José Antonio Meade

    Virtudes:

    • Es una persona íntegra que nunca se ha enriquecido a través de su trayectoria política.
    • Es inteligente y tiene una amplia preparación académica.
    • Tiene amplia experiencia en el terreno económico y de relaciones internacionales. 
    • Es una persona conciliadora, abierta a dialogar.

    Defectos:

    • Si bien no es corrupto, no es una persona que levante la mano para evitar o denunciar los actos de corrupción de los otros. 
    • Tiene experiencia como burócrata, pero no como político.
    • Estar abanderado por el PRI y estar rodeado por personajes impresentables siempre va a ser un defecto.
    • Nunca ha ejercido un cargo público por elección popular. 

    Nota al pie: no incluyo al Bronco porque ese es de broma.

     

  • Análisis del segundo debatín chafín

    Análisis del segundo debatín chafín

    Análisis del segundo debatín chafín

    ¿Cómo poder reseñar un debate tan aburrido, tan deplorable y tan decepcionante como el que tuvimos? No fue el formato, no fueron los moderadores (aunque creo que Yuridia no estuvo a la altura), fueron los candidatos. Estimados, tenemos unos candidatos deplorables y no entiendo como algunos se dan el lujo de perder amigos y hasta familiares por defenderlos. 

    ¿Quién ganó el debate? Es una pregunta muy debatible y compleja de responder, pero lo que sí estoy seguro es que el gran perdedor es México.

    Vamos al grano. Lo primero que tengo que decir es que ninguno aportó gran cosa en materia de política exterior. Es un tema demasiado importante dada la coyuntura de nuestro país (con el TLCAN en plena negociación) y ninguno estuvo a la altura, ni siquiera Meade quien tiene experiencia como canciller. Fue terrible, puros lugares comunes, puras palabras al aire. Puras acusaciones, peleas dignas de un patio de primaria. ¡Vaya! Un circo terrible.

    López Obrador

    A mi parecer López Obrador fue el ganador. No porque sea bueno debatiendo, no porque tenga las mejores propuestas. Simplemente porque tenía que ir a conservar su ventaja, y todo parece ser que así va a ser. Me preocupa que el candidato de MORENA no sepa ni un ápice de política exterior, es un ignorante del tema, no sabe absolutamente nada y ni su larga experiencia como político lo ha motivado a aprender algo. También preocupa su escasa agilidad mental, la cual se nota incluso cuando intenta hacer chistes. Básicamente me preocupa que quien será, casi con toda seguridad, nuestro próximo presidente, tenga carencias en cuestiones tan elementales. Me preocupa que recursos como ese de «Ricky Riquín Canayín» le funcionen y le aplaudan por eso. Son patéticos pero funcionan.

    A López Obrador le fue bien por dos cosas: primero, porque sus contrincantes desperdiciaron muchas oportunidades para noquearlo; y segundo, porque AMLO se mostró más despierto y sonriente en el debate, cosa importante después de haber sido criticado por, supuestamente, tener problemas de salud. A pesar de que Anaya logró hacerlo enojar alguna vez, AMLO enrareció el debate con sus ocurrencias y eso hizo que muchas de las críticas quedaran fuera de foco. El recurso de la cartera le funcionó muy bien, así logró esquivar lo que hubiera sido un golpe de Anaya quien se regresó frustrado a su lugar. 

    A pesar de su torpeza al hablar y su ignorancia en temas puntuales, AMLO mueve sentimientos y lo hace muy bien cuando está de buenas. 

    Ricardo Anaya

    Sí, fue el que debatió mejor, el que llegó más preparado, quien llevó más libros, apuntes y láminas. Pero en un debate presidencial no siempre gana el que debate mejor sino quien rentabiliza el debate a su favor y Anaya no lo logró. 

    Ricardo Anaya tenía que ir a buscar el voto blando de Andrés Manuel, ese voto que ganó en los últimos meses y que no está compuesto por incondicionales. Para eso tenía que lograr tres cosas: 1) Presentarse como antisistema, 2) Asestarle golpes contundentes a AMLO y 3) Crecer por méritos propios:

    Anaya sólo logró lo primero. Mantuvo una crítica con el gobierno actual y eso estuvo bien. De hecho, al principio creí que, aprovechando la ignorancia de López Obrador en materia de política exterior, Anaya se comería a López Obrador, pero no ocurrió, lo cual nos lleva al segundo punto: 

    Anaya no logró noquear a AMLO, lo logró hacer enojar una vez pero nunca lo tumbó. En algunos casos los golpes fueron poco certeros y López Obrador logró darles la vuelta con sus chistes o en alguna ocasión con uno que otro argumento. Ricardo Anaya mintió en ocasiones cuando hizo algunas de sus acusaciones y llegó a ser exhibido por ello. 

    El panista tampoco logró crecer por sus propios méritos. Yo había dicho anteriormente que debajo de su elaborada retórica no hay mucha sustancia y eso quedó, a mi parecer, muy evidente en este debate. ¿Por qué quiere ser Anaya presidente? ¿Como sería su gobierno? ¿Con quienes trabajará? ¿Cómo piensa Anaya? No respondió esas preguntas y su persona sigue generando incertidumbre. Pero aún para él. A pesar de ser elocuente, no inspira confianza. Su lenguaje corporal tiene rasgos esquizoides, su sonrisa y sus expresiones de la cara son muy falsas.

    Si he dicho que con una eventual presidencia de López Obrador podría haber algunos riesgos, no podría decir lo opuesto de Anaya. Al no resolver todos estos dilemas, veo muy difícil que logre alcanzar a AMLO en las encuestas.

    José Antonio Meade

    El candidato del PRI mejoró bastante. Se vio más elocuente y supo hilar argumentos de mejor forma. Se veía que venía entrenando y su mejora ya se palpaba en los últimos programas a los que lo invitaban a participar. Pero creo que no fue suficiente, sobre todo porque no logra o no quiere desligarse del corrupto gobierno de Peña Nieto y porque ya es demasiado tarde. La idea de que la elección es entre Anaya y López Obrador ya quedó impregnada en la cabeza de la mayoría de los electores. 

    Lo que sí podría criticar de Meade es que, a pesar de haber sido canciller, no mostró muchas tablas ni un gran conocimiento en el tema. En ese sentido, también desperdició una oportunidad. Concuerdo con quienes dicen que es el mejor candidato (el problema es el partido que lo postula) pero nunca logró exhibir del todo su amplio conocimiento sobre el tema. Veo muy difícil que logre salir del tercer lugar en donde está estancado. 

    El Bronco

    Una vergüenza. No puedo decir más. 

    Conclusión

    El debate no va a mover muchas cosas. En las encuestas que ya han sido publicadas y que preguntan quién fue el ganador del debate Anaya aparece en un primer lugar, pero apenas por encima de AMLO. Anaya tenía que generar la percepción de que su triunfo fue contundente (cosa que había logrado en el primer debate) para rentabilizarlo con una estrategia posdebate. Lamentablemente no lo logró, se quedó a medias cuando tenía que dar el estirón para alcanzar el voto blando de AMLO, ese que vale doble.

    No sé si este arroz ya se coció pero creo que el resultado de este infame debate pone a López Obrador cada vez más cerca de la presidencia. Lo único rescatable fue el formato. Por lo demás, los mexicanos deberíamos reflexionar y preguntarnos por qué es que tenemos candidatos tan mediocres. 

    Esta es nuestra realidad y el debate (si es que se puede llamar así) nos lo recordó, y esos son los candidatos que van a estar en la boleta. 

  • El primer debate. El análisis que no te mochará la mano

    El primer debate. El análisis que no te mochará la mano

    El primer debate. El análisis que no te mochará la mano

    Ya tuvimos el primer debate a la presidencia y me quedo con sentimientos muy encontrados. Por un lado, el ejercicio mejoró mucho, es el mayor avance que hemos tenido desde 1994 (cuando se organizó el primer debate que ganaría el Jefe Diego) aunque creo que hay cosas que pueden irse ajustando, como la cuestión de los tiempos que a veces no permitían a los candidatos formular sus argumentos. Me gustaron los moderadores, en especial Denisse Maerker. Fueron igualmente incisivos con todos y no mostraron sesgo alguno. Aquí todo muy bien.

    Pero por otro lado, si bien el formato mejoró, lo que no mejoraron fueron los candidatos que tan solo mostraron la mediocridad de la política mexicana. A unos les fue mejor que a otros, pero ninguno se mostró sólido, todos evadieron respuestas, casi nadie presentó propuestas a fondo y sí vimos muchos ataques (casi todos a AMLO) y hasta bromas de mal gusto. A continuación haré mi análisis de cada candidato del peor al mejor, no de acuerdo a mis preferencias sino a su desempeño en el debate como estrategia. Comenzaré con el Bronco como alguien aparte y no lo colocaré dentro del ranking porque jugó un papel un tanto diferente:

    El Bronco

    Jaime Rodríguez Calderón se encargó de la parte cómica del debate. Comenzó reprendiendo al moderador Sergio Sarmiento e hizo reír a más de un televidente con ocurrencias típicas de un norteño machista conservador chapado a la antigua. Cuando le preguntaron si ha mentido dijo que sí, también dijo que él proponía «mocharle la mano» a los criminales (e insistió que no lo decía en broma) y que creía en la familia porque se había casado tres veces. No veo que la presencia del Bronco le haya afectado a López Obrador, por el contrario, su presencia dejó los ataques que AMLO recibió en segundo plano. Acaparó los reflectores a pesar de que su presencia es irrelevante dentro de la contienda. 

    4to lugar. Margarita Zavala

    Margarita, Margarita. La candidata del PAN es una pena. Tuvieron que pasar varios minutos para que comenzara a hablar porque no utilizó su derecho de réplica. Vimos lo mismo de siempre, no sabe hablar, no sabe hilar argumentos. Ninguno de los candidatos le hizo caso; es más, le respondieron más al Bronco quien mostró más iniciativa y más elocuencia. Los ataques que le hizo a Ricardo Anaya y a López Obrador, si es que se les puede llamar ataques, ni siquiera los rasparon. Margarita fue la candidata ausente, estuvo ahí pero no estuvo ahí, pasó inadvertida y dudo que alguien se vaya a acordar de sus intervenciones. Al final, creo que al PAN le convino postular a Ricardo Anaya, ya que Margarita, si bien en algún momento tenía más preferencias que el queretano, seguramente iba a caer en las encuestas porque es una mujer que no sabe transmitir sus ideas, que se ve torpe e improvisada. De hecho, se notó que no se preparó bien cuando la cuestionaron por su postura sobre el matrimonio igualitario. Titubeó ante un tema que ella sabía de antemano que le preguntarían.

    3ro lugar, José Antonio Meade

    Si pudiéramos hablar del perdedor del debate (partiendo de que ni Margarita ni el Bronco tienen posibilidad alguna de ganar) ese es José Antonio Meade, ya que no logró mostrarse como un candidato convincente y además se vio excesivamente acartonado. Perdió porque el PRI es un gran lastre que lo arrincona y no le da margen de maniobra. Es difícil atacar a AMLO por sus «cuestionables incorporaciones» o a Anaya por las acusaciones en su contra cuando eres abanderado por el partido más corrupto del país y a quien la mayoría absoluta de los mexicanos detesta. 

    Lo más preocupante, no sé si se dieron cuenta, es que José Antonio Meade ha comenzado a incorporar esa oratoria y juego de manos priísta, lo cual es un suicidio cuando el partido al que representas se convierte en una carga. Pero no solo eso, Meade aburre, es poco elocuente, pareciera, como dijeron muchos tuiteros, que estuviera repitiendo los spots de su campaña. Y peor aún, durante todo el debate Meade se presentó varias veces (yo soy José Antonio Meade), ese es un error garrafal ya que si te asumes como un candidato competitivo, lo peor que puedes hacer es presentarte porque ya todos te conocen. Meade es un buen burócrata pero es un pésimo candidato. Tristemente aquí es cuando Meade deja de ser competitivo y deja solos a Anaya y López Obrador como los candidatos que tienen posibilidades de llegar a la presidencia.

    2do lugar: Andrés Manuel López Obrador

    Al verlo debatir entendí porqué estaba ayudando a su hijo Jesús Ernesto a completar su álbum Panini del mundial en vez de estarse preparando para el debate: porque él iba a aguantar, iba a sortear los embates, a dar largas y evadir cuestionamientos para conservar su ventaja. Ya sabía sobre qué lo iban a cuestionar porque son los mismos temas por los que lo han cuestionado durante mucho tiempo. Algunos dirán que tuvo una pésima intervención, y ciertamente no es bueno debatiendo y ciertamente en más de una ocasión exhibieron las inconsistencias de las propuestas de López Obrador así como algunas incongruencias (tarea que llevó a cabo Ricardo Anaya ya que José Antonio Meade en general lanzó cuestionamientos más bien acartonados que no tuvieron afectación alguna). Pero su tarea no era ganar el debate, ni lo necesitaba, fue a «nadar de muertito» (al igual que Peña Nieto en 2012) y si bien recibió algunos raspones, no recibió algún golpe que pudiera afectar las tendencias en la intención de voto. Además, los ataques constantes hicieron que todo se volviera a centrar en él de tal forma que se adueñó por momentos del debate sin tener que hacer absolutamente nada. 

    Lo más importante fue que nunca lo sacaron de sus casillas. Si bien fue notorio que lo hicieron sentir incómodo en más de una ocasión (lo que se vio en las tomas abiertas y al final cuando «se fue sin despedirse») nunca se descarriló, se mostró centrado, aunque sí dio visos de que con una estrategia certera sí podrían afectarlo en los debates venideros. Decía que López Obrador tenía que perder el debate y que se generara un consenso hacia esta idea para poder restarle algunos puntos. Eso no pasó y López Obrador se puede ir tranquilo a dormir. Pronostico que no habrá alguna afectación considerable en las tendencias de voto y seguirá con su cómodo primer lugar (con todo y que Anaya pudiera llegar a subir).

    Es importante que AMLO se prepare más para el siguiente debate porque si Anaya es incisivo sí lo puede meter en aprietos. AMLO no se enojó, pero no estuvo lejos de eso. También fue notorio que AMLO despreció a los demás candidatos y se percibió arrogante; eso puede llegar a ser capitalizado por Ricardo Anaya al exhibirlo como autoritario en los debates que vienen. 

    1er lugar: Ricardo Anaya

    A mi parecer, Ricardo Anaya fue el ganador del debate y hay un consenso en ello, aunque creo que no fue un triunfo muy contundente. Anaya se mostró elocuente, se apoyó muy bien en material visual para presentar sus propuestas y para contradecir a López Obrador y a José Antonio Meade a quien le dio su estocada final. Es un acierto que Anaya no haya concentrado todas sus energías en el tabasqueño y también invirtiera un tiempo en el ex Secretario de Hacienda ya que así evitó cualquier percepción de que estaba alineado con Meade y  con el PRI; tenía que evitar a como dé lugar atacar en sintonía ya que se corría el riesgo de fortalecer el discurso del PRIAN de López Obrador. Haber atacado a Meade consolidó lo que era ya casi definitivo, que el priísta quedaría condenado al tercer lugar. No tenía que haber usado todas sus energías contra López Obrador porque faltan dos debates. 

    Pero cuando digo que no fue un triunfo contundente lo digo porque al final no terminó de presentarse como una alternativa sólida. Anaya se mostró como un personaje con potencial pero que no termina por consolidarse. Su logro principal es que gracias a este debate Anaya se consolidará como el rival de López Obrador y ya podrá concentrar sus energías en el tabasqueño, pero si bien este debate pueda darle algunos puntos, seguirá estando muy por debajo de AMLO. Cierto, si Anaya hubiera tenido un mal debate habríamos podido casi apagar las luces y nombrar al nuevo presidente (AMLO) por anticipado, pero se logró mantener en la lucha y consolidarse como el segundo lugar. Pero Anaya le hace falta constituirse como un candidato creíble que pueda posicionarse en un entorno donde el hartazgo hacia el gobierno actual y hacia el sistema son la regla en esta elección. Me queda la sensación de que Ricardo Anaya pudo hacer algo más y no lo hizo, y esas cosas pueden terminar siendo definitorias.

    Anaya, creo yo, tiene la posibilidad de sacar a López Obrador en sus casillas en debates venideros. AMLO se abrumó ante los ataques que recibió en este debate. Si se utiliza la estrategia correcta, Anaya puede desesperarlo. Por eso es que tiene que trabajar en una estrategia que vaya en ese sentido si es que quiere tener alguna posibilidad de ganarle la presidencia. 

    Conclusión

    Tuvimos un debate con un muy buen formato y pésimos candidatos que no están al nivel de lo que este país necesita. Pronostico que Anaya tendrá un ligero ascenso en las tendencias, Meade se estancará o incluso bajará cediéndole por completo el segundo lugar a Ricardo Anaya. López Obrador mantendrá su puntaje en un cómodo primer lugar, el Bronco podría acaparar algunos puntos (tal vez de indecisos e incluso de José Antonio Meade) y Margarita verá un descenso en sus preferencias. Veamos como reaccionan las encuestas y las tendencias y veamos también las estrategias postdebate que los candidatos vayan a utilizar para capitalizar lo más posible lo que ocurrió en este debate.

  • ¿Y quién rayos gana el debate?

    ¿Y quién rayos gana el debate?

    ¿Y quién rayos gana el debate?

    ¿Quién gana un debate? La respuesta es muy compleja ya que depende mucho de percepciones subjetivas que están, en su mayor parte, condicionadas por los sesgos cognitivos de los simpatizantes u opositores de tal o cual candidato. Sólo se puede decir que un candidato ganó un debate cuando hay un consenso mayoritario sobre ello. como ocurrió en 1994 cuando el Jefe Diego subió como 12 puntos o en 2000 con el triunfo de Vicente Fox. Cabe recordar que posteriormente, sobre todo en 2012, fue bastante más difícil determinar quien ganó cada debate. Se decía que Josefina había ganado el segundo debate pero eso jamás se trasladó a las intenciones de voto.

    Un mismo escenario puede estar sujeto a distintas interpretaciones. Por poner un ejemplo, si los candidatos atacan a López Obrador mostrando que varias de sus propuestas no tienen mucho sustento, quienes se oponen a AMLO dirán que quien ganó fue aquel candidato que lo puso más en aprietos (que coincidentemente casi siempre será el candidato con el cual simpatizan y no el otro, del cual dirán «sí, le dijo varias verdades, pero es del PRI y eso lo hace incongruente»). Pero los simpatizantes de AMLO dirán que su candidato ganó porque todos lo atacaron y nadie logró alterarlo ya que AMLO dijo cosas graciosas. 

    Ya vimos un ejemplo de ello en el debate que López Obrador sostuvo con varios analistas de Milenio. Los opositores dijeron que fue una pésima intervención del tabasqueño por sus declaraciones sobre la sociedad civil y por haber afirmado que los derechos de las minorías sexuales deberían someterse a consulta, mientras que sus simpatizantes lo que recuerdan es que los analistas nunca sacaron al candidato de sus casillas y este se mantuvo sereno y risueño todo el tiempo.

    Por eso es que siempre, al final del debate, todos los candidatos se declaran ganadores. Los partidos buscan a como dé lugar crear la percepción de que fue su candidato quien ganó y celebran con bombo y platillo. Tal vez nos podamos dar una idea de quien ganó con las evaluaciones de los analistas y expertos, pero ellos no están exentos de cualquier sesgo. Podríamos ver la afectación que tuvo un debate en las encuestas pero existe la posibilidad de que una alteración en las tendencias no se deba al debate sino alguna otra razón.

    Sólo se puede decir que un candidato ganó un debate cuando hay un consenso mayoritario dentro de la población, lo cual no ocurre en la mayoría de las ocasiones. Quienes quieran afectar a López Obrador deberán aspirar a eso, a generar un consenso generalizado de que lo han derrotado, de lo contrario, aunque crean que haya ganado, todos seguirán alimentando sus sesgos cognitivos y las encuestas seguirán su curso.

  • Ríos Piter, de Jaguar a gato

    Ríos Piter, de Jaguar a gato

    Ríos Piter, de Jaguar a gato

    Los políticos pueden tomar decisiones que no tienen sentido alguno, tal vez producto de la desesperación o de un pésimo cálculo. Solo esto me pudo venir a la cabeza cuando me enteré que Armando Ríos Piter se había incorporado a la campaña de José Antonio Meade.

    La decisión es un error por donde se le vea y donde ambas partes pierden.

    En el PRI no parecen haber terminado de entender que las elecciones se centran en la corrupción. El encono dentro de la sociedad es grande y por eso la gran mayoría de los mexicanos nunca votarían por su partido. Creen que cualquier cosa suma, que cualquier adhesión se va a ver reflejada en puntos electorales; parecieran concentrarse en lo cuantitativo, pero ignoran rotundamente lo cualitativo.

    – Señor, nuestra campaña no despega ¿qué hacemos?
    – Traigamos a Ríos Piter, seguro trae algunas centenas de miles de votos, invitémoslo a nuestra campaña.
    – Pero señor, hizo trampa con las firmas, los líderes de opinión nos van a poner una arrastrada.
    – No importa, tráigalo, todo suma.

    ¿Cuál fue la reacción de la comentocracia? Burla, desaprobación, escepticismo profundo, duras críticas. Échense un clavado en Twitter, la desaprobación es unánime. Los únicos que aplauden la decisión son los spots colgados en la cuenta de José Antonio Meade y Ríos Piter. 

    ¿Y de verdad esperaban otra cosa? ¿Y de verdad esperaban que fueran bien recibidos, que pensáramos que el PRI se estaba abriendo y estaba siendo incluyente con los «independientes»? ¿De verdad? ¿Creían que con esto iban a jalar a los «jóvenes de izquierda progresista» que ahora están mentando madres de Piter a quien consideran una paria? 

    Pero ni siquiera en lo cuantitativo funciona. Ríos Piter obtuvo poco más de 240,000 firmas válidas, lo cual no es equivalente al número de votos. Si fuéramos permisivos y consideráramos que esas firmas se pueden trasladar a votos, lo que podría aportar a la campaña de José Antonio Meade es muy poco, no llega ni al uno por ciento.

    Pero si nos ponemos en un contexto más realista tendríamos que preguntarnos ¿cuántos de esos 240,000 firmantes todavía confiarían en Ríos Piter después de la evidente trampa que hizo con las firmas falsificadas y después de haberse integrado al proyecto de Meade, cuando en su momento tenía un discurso antisistema y antipriísta?

    https://www.youtube.com/watch?v=MKSW1BKQgiA

    Y ahora, de los muy pocos votos que queden ahí, ¿cuantas personas de las que siguen «creyendo» en Ríos Piter, votarían por Meade y por el PRI por el simple hecho de que el guerrerense se sumó a su proyecto?

    Eso es sólo lo poco que Meade podría sumar a su causa, ahora hablemos de lo que podría perder. Vea usted los spots del candidato del PRI, ahí Meade habla de instituciones fuertes, de certeza, de justicia. Meade busca posicionarse como el «candidato de la esperanza» en un momento en que la gente está encabronada por los escándalos de corrupción atribuídos la mayor parte a miembros de su partido. Y luego incluye en su proyecto a un individuo que hizo trampa. ¡Por favor! Yo no entiendo. En una de esas son más los votos que pierde por esa incongruencia en su mensaje que los que gana con la adhesión de Ríos Piter.

    ¡Nombre, unos genios!

    Y este movimiento inverosímil sólo puede ser visto como una estrategia de desesperación donde la preocupación ya no es tanto el hecho de que López Obrador vaya muy arriba en las encuestas, sino la hecatombe que podría sufrir el PRI en estas elecciones. Y tanto en la política como en el amor, la desesperación no atrae. 

    Y si es un absurdo la decisión de Meade, peor lo es para Armando Ríos Piter. Esto podría significar el fin de su carrera política. ¿Qué pensó? ¿Qué le iban a dar hueso en un gobierno que difícilmente va a existir porque el candidato está estancado en un tercer lugar? En los últimos meses se había ganado una reputación, tal vez en un sector marginal de la población, pero los líderes de opinión le guardaban cierto respeto. Hoy, todos ellos están decepcionados, hoy Ríos Piter no es nada, no es nadie. Se vendió por tan poco, se convirtió en una paria de un sistema en decadencia, traicionó a los que habían creído en él. 

    Lo único que logran es que el encono crezca, lo cual hace que López Obrador siga subiendo en las encuestas.

    Y lo repito otra vez: nombre, unos genios. 

  • El debate que podría ser la última llamada

    El debate que podría ser la última llamada

    El debate del domingo es muy crucial, de hecho podría ser la coyuntura más importante de la campaña electoral. 

    ¿Por qué lo digo? Porque a estas alturas no veo de qué otra forma puedan cambiar las tendencias. Lo dije alguna vez a quienes insistían en que bastaba que empezara la campaña para que viera «cómo López Obrador empezaría a caer», cuando la campaña realmente había comenzado a finales del año pasado y López Obrador no hacía más que subir.

    Peor aún, es preocupante el pesimismo que se alcanza a respirar dentro de la campaña de José Antonio Meade y hasta de Ricardo Anaya. La contienda parece estar sospechosamente tranquila cuando muchos apostábamos a lo contrario, uno podría preguntarse realmente si nos encontramos en campaña (incluso la intercampaña fue más álgida con el caso de la PGR y Ricardo Anaya). Y se entiende que ocurra así porque mientras que López Obrador está «allá arriba, tranquilo y marcando agenda», sus principales contendientes están atorados con lastres que fungen como anclas. Allá abajo está Meade con el lastre del PRI y Ricardo Anaya pareciera haber recibido un nocaut después de los ataques que recibió. Es curioso que de parte de Ricardo Anaya no haya un ataque frontal contra López Obrador y que ese papel, de una forma tímida y predecible, lo esté jugando José Antonio Meade que gasta sus energías entre atacar a Anaya, a AMLO y en buscar cómo levantar su candidatura.

    Toda la campaña trata sobre AMLO: que si lo critica Carlos Slim, que si viajó en avión, que si dijo esto, que si dijo lo otro. A López Obrador se le ve tranquilo incluso cuando se defiende de los ataques. No se le ve enojado, a veces hace hasta chistoretes de ellos. La presencia del Bronco no parece abonar a la causa de restar puntos a AMLO, a veces pareciera que puede tener un efecto opuesto. 

    Por eso es que el debate del domingo es la última oportunidad que Anaya (sobre todo) y Meade podrían tener para meterse en la pelea. Si no lo hacen, difícilmente podrán hacerlo después. El debate es el primer escenario que difiere de esta plana y monótona campaña que se ha quedado escasa de ideas. 

    Por lo que nos ha dicho el INE, este debate será más dinámico y confrontativo (aunque no al nivel que muchos esperaríamos) que los debates pasados, en el cual los moderadores jugarán un papel más activo. López Obrador se encontrará en natural desventaja porque «no habla de corrido» y porque le suele costar trabajo sustentar sus propuestas, sobre todo cuando lo increpan.  

    Pero no bastará con eso, no bastará con exhibir a AMLO (cosa que ya se ha intentado hacer, sin éxito alguno, desde hace tiempo). El debate será el escenario perfecto para que Anaya o Meade puedan hacer lo que han estado muy lejos de hacer todo este tiempo: brillar por sí mismos. Deberán mostrar un discurso muy convincente, deberán saber cómo apelar a las emociones del electorado como no lo han logrado hacer ni con los spots ni sus presentaciones en los diversos escenarios. No será un trabajo fácil para ellos. 

    En realidad, López Obrador no tiene que hacer gran cosa, ni siquiera tiene la necesidad de ganar los debates. Le bastará «nadar de muertito» y evitar que salga muy golpeado, algo como lo que hizo Peña Nieto hace seis años. Son los otros los que están obligados a mostrar que valen la pena, algo difícil si partimos que tanto Anaya y Meade son vistos, en sus particulares proporciones, como «políticos del sistema». 

    ¿Lo lograrán? No lo sabemos. Mientras tanto, López Obrador puede presumir llenos en plazas que antes se le resistían, Anaya hace campaña en recintos muy pequeños y Meade trata de disimular su «falta de jale» con las cada vez más pequeñas estructuras priístas. 

  • Meade: buen burócrata, mal candidato y pésimo partido

    Meade: buen burócrata, mal candidato y pésimo partido

    Meade: buen burócrata, mal candidato y pésimo partido
    Imagen: Fan Page oficial de Facebook

    Amigos míos que han conocido a José Antonio Meade me lo han descrito como una persona que es más accesible que el político o tecnócrata promedio que en muchos casos es caracterizado por cierto aura de superioridad. «No es tan mamón» me dicen. Y tal vez tengan razón porque, a pesar de su falta de carisma y personalidad, no se le percibe arrogancia alguna. Pareciera más bien un tipo bonachón, flemático y poco predispuesto al conflicto que trata de ser conciliador dentro de un entorno muy agitado como el de la política; una figura introvertida que vive más dentro de sí que afuera de él. Es en sus discusiones internas con su cerebro donde ocurre todo. ahí hace abstracciones numéricas y razonamientos matemáticos o plantea estrategias, ese es su fuerte.

    El político que padece vitiligo y que muestra algunos tics nerviosos al hablar parece más técnico que político, la sociabilidad no es lo suyo. Difícilmente fue el líder de su salón o el «chavo encantador», aunque tal vez era lo suficientemente tranquilo u armonioso como para ser aquel típico niño bulleado por todos sus compañeros. Por eso es que Meade es un buen técnico, un buen burócrata pero mal candidato. Los candidatos suelen tener una personalidad dominante, tienden a la extroversión, o bien, presumen al menos cierta elocuencia (aunque caigan mal). Este perfil se vuelve más necesario aún cuando son las emociones las que invaden al electorado; el elector emocionado es seducido con discursos, promesas y confrontaciones, no con datos y tecnicismos (el fuerte de Meade).

    Es innegable que José Antonio Meade es un buen burócrata pero habría que poner en tela de juicio su capacidad para ser político. Tal vez en su paso por el gobierno no lo haya hecho mal pero también es cierto que, ante las decisiones controversiales de los gobiernos a los que representó, el sólo se dedicó a trabajar y a «hacer lo suyo»: su faceta burócrata pudo hacer la diferencia más no su faceta política. Seguramente no se benefició personalmente de escándalos como La Estafa Maestra entre muchas otros donde pudo jugar algún papel, pero lo cierto es que dejó pasar, no parece ser alguien que haya levantado la mano y haya dicho algo y menos haber mostrado una rotunda oposición. Tal vez esto explique que sea el candidato del PRI y explique la paradoja del candidato honesto abanderado por un partido muy corrupto. No se suma a la robadera pero no incomoda a los que roban.

    Si Meade fuera, además, un buen político que buscara impregnar su honestidad en su forma de gobierno, habría sido más difícil que Peña Nieto se hubiera decantado por él ya que habría visto algún riesgo, una especie de déjà vu zedillista que lo obligara, en el mejor caso, a huir del país. Posiblemente Meade se conduzca con probidad en Los Pinos, pero también posiblemente sea displicente con lo que hagan sus correligionarios, no sólo a los que sucedió, sino a los que conformen su gobierno en el casi improbable caso de de que gane las elecciones.

    En el PRI han decidido que Meade transmita estabilidad y seguridad en un momento donde los vientos de cambio amenazan convertirse en un huracán. En realidad no les queda de otra porque, partiendo del principio de no contradicción de Aristóteles, nada puede ser y no ser y, por lo tanto, no se puede ser sistema y antisistema al mismo tiempo. Así, se encuentra entre la espada y la pared, ya que si dice que las cosas se han hecho bien, entonces la relación de su persona con el gobierno actual vilipendiado queda muy clara. Pero vender la idea de «estamos mal pero podemos esta peor» a un electorado enojado es también una tarea muy difícil ya que si él formó parte de ese gobierno del «estamos mal» entonces podríamos poner en tela de juicio su capacidad como político y tal vez hasta como burócrata. 

    Meade transmite honestidad, sí, pero por más auténtica parezca dicha sensación, ésta queda en entredicho al ser postulado por el partido que el mexicano asocia más con la corrupción y cuando se hace acompañar por figuras cuestionables. ¿Puedo creerle que es honesto si se hace acompañar de políticos que, cuando aparecen juntos, los usuarios hacen memes asegurando que ahí se suman centenas de años de cárcel? ¿Se puede creer que es honesto cuando los suyos, en plena campaña, pueden realizar declaraciones o actos de lo mas cínicos e insolentes? ¿O qué decir de un burócrata honesto que habla de las instituciones pero cuyo partido utiliza de forma facciosa a la PGR para atacar los candidatos opositores?

    Meade ha hecho énfasis en la corrupción, retó a sus adversarios a presentar su #7de7 y nadie lo peló, no sólo los adversarios, tampoco lo peló la opinión pública, y si esta habló fue para cuestionar por qué sus cercanos (de dudosa reputación) no la presentan. Puede presumir su honestidad, pero no puede presumir la de su círculo próximo. A poco aspira una manzana sana si está en una canasta donde todas las demás están podridas.

    En otro contexto, Meade, a pesar de su falta de personalidad, podría haber sido más competitivo. Sobre todo en uno donde no exista esa paradoja que constituye la relación entre político honesto y partido corrupto y en uno donde el electorado sienta que las cosas no van mal y que, por tanto, prefiere apostar por la continuidad que por el riesgo. No creo que sean pocos los que estén convencidos que sea más probo que sus correligionarios o sea un funcionario capaz, pero la gente grita cambio, la gente quiere castigar a su partido. Votar por Meade es, para ellos, votar por quienes los hicieron encabronar en todo el sexenio, y dicho esto, otorga una cierta sensación de justicia: hay que sacarlos a patadas del poder. Por eso Ricardo Anaya ha adoptado el lema «El PRI ya se va». 

    Por eso es que Meade esté acorralado y su campaña tal vez condenada al fracaso. 

  • Hola. Soy del PRI y me avergüenzo de mi partido

    Hola. Soy del PRI y me avergüenzo de mi partido

    Hola. Soy del PRI y me avergüenzo de mi partido

    Algo me llama mucho la atención del sitio web de José Antonio Meade: en el portal principal no aparece el logotipo del PRI. De hecho, no se le menciona ni una sola vez de no ser por el video introductorio donde sí aparece pero en un muy segundo plano. También llama la atención que los colores de la campaña buscan evocar lo más mínimo posible al partido. Se usan muchos colores y los tonos verde y rojo han sido modificados lo suficiente como para que recuerde lo menos posible al PRI. 

    Todo esto contrasta con la imagen de los otros candidatos. El logotipo de campaña de Ricardo Anaya contiene los colores de los partidos que conforman el Frente, López Obrador usa el rojo de MORENA en tanto que Margarita, sin siquiera ser parte de ese partido, utiliza los colores del PAN para atraer al voto panista.

    No es casualidad que la campaña de Meade rehuya a los colores de su partido, ni es casualidad que eso se haya vuelto una constante dentro de muchas de las campañas políticas de varios candidatos del PRI desde 2015. Incluso, en 2012, los estrategas de Peña Nieto (que varios son los mismos que los de la campaña de Meade, como la estratega digital Alejandra Lagunes) se abstuvieron de usar los colores del PRI en su sitio web y optaron por otras tonalidades. Pero aún así eso era sólo en la página web (por medio del cual tendrían contacto con los millennials que veían con mucho escepticismo al partido) porque los mítines estaban plagados de la imagen del PRI y muchas de las campañas de gobernadores o alcaldes estaban homologados. Muchos recordamos las camisas de campaña que parecían sacadas de Fórmula Uno presumiendo a su partido y a todos sus candidatos. 

    Ahora, incluso dentro de la campaña, buscan «ocultar al PRI» lo más posible. Las vestimentas y la utilería «orgullosamente priísta» ya no existe. Meade no porta el logotipo de su partido sino una camisa que solo contiene el logotipo de su campaña (que parece sacado de un promocional de Doritos). 

    Los estrategas lo saben, la imagen del PRI es un lastre. 

    Por eso es que dentro de las campañas buscan vender a «candidatos ciudadanos», por eso su candidato es el menos priísta de todos, incluso los propios priístas como Aurelio Nuño y Enrique Ochoa Reza resaltan que Meade ha trabajado en distintos gobiernos y nunca que es «uno de los suyos». 

    Pero ¿entonces por qué siguen siendo priístas? ¿Por qué, si perteneces a un partido del cual te sientes orgulloso lo ocultas e intentas que la gente te relacione lo menos posible con tu partido?

    La respuesta corta sería el poder: porque intuyen que ocultando su piel y sus orígenes pueden acceder o mantener el poder y sus intereses (aunque, por lo visto, puede que no alcance) ya que su partido es despreciado por la mayoría de los mexicanos y porque la gente asocia a la marca PRI con la corrupción.

    Entonces ¿por qué son priístas? Si no concuerdan con la imagen que la gente tiene de su partido y creen que es errónea ¿por qué no hacen algo por defenderla y, en vez de eso, se avergüenzan públicamente de ella? 

    Pienso yo, que esta es una estrategia suicida a largo plazo ¿por qué?

    Porque la identidad de una organización es lo que la mantiene sólida y cohesionada. Básicamente eso es lo que ha hecho fuerte al PRI a través del tiempo. A pesar de lo que dijeran allá afuera de su partido, ellos seguían mostrándose «orgullosamente priístas», como si fueran parte de una organización selecta, como un privilegio formar parte de.

    Al ocultar su identidad la están destruyendo poco a poco, porque incluso le están diciendo a la militancia que hay razones de peso para avergonzarse de su propio partido y al mismo tiempo le están dando la razón a todos sus críticos: «ustedes repitieron el mantra de que el PRI era un cáncer y ahora nosotros les damos la razón». El concepto del orgullo priísta comienza a consumirse hasta desaparecer.

    Y cuando la identidad desaparece, ya no hay nada que mantenga cohesionada a la institución. Sus miembros entonces actuarán por interés propio y en el momento en que convenga más saltar a otro barco (cosa que está comenzando a suceder) lo harán.  

    Los priístas se mantienen aferrados a las (escasas) posibilidades de un candidato al cual se le ha desvinculado lo más posible de su partido, como tratando de perder lo menos posible. Para ello han cedido en el discurso, le han dado la iniciativa a sus críticos y han dejado que ellos definan al partido (cuyo propósito es más bien su extinción). 

    Tiene razón Enrique Krauze cuando dice que el PRI pidió otra oportunidad y terminó traicionando al pueblo. Después de esta es muy difícil que el pueblo vuelva a confiar en ellos. El PRI parece tener fecha de caducidad y, al parecer, en el mismo PRI lo saben.