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  • Crítica al «Libro Negro de la Nueva Izquierda» desde una postura no progre

    Crítica al «Libro Negro de la Nueva Izquierda» desde una postura no progre

    Crítica al "Libro Negro de la Nueva Izquierda" desde una postura no progre

    Yo tengo varias diferencias con aquello que llaman progresismo y las corrientes llamadas posmodernas (postestructuralistas). Concuerdo con muchos en que las carreras de humanidades dentro de varias universidades están bastante sesgadas y tienen un carácter anticientífico. Si bien es cierto que es algo inherente a las humanidades cierta inclinación a la izquierda y hasta cierto punto no es algo que sea malo, el sesgo se ha vuelto bastante notorio haciendo a esta disciplina poco diversa ideológicamente, como lo advierte Steven Pinker. También pienso que la corrección política ha ido demasiado lejos y que algunos movimientos de izquierda, sobre todo aquellos radicales, han mostrado un matiz bastante intolerante al no permitir que personas que disienten con su forma de pensar hablen o se expresen en las propias universidades. Creo que la izquierda postestructuralista ha llevado el relativismo (que básicamente consiste en definir algo con relación a otra cosa) demasiado lejos al punto que es difícil construir un sistema de valores o de organización nuevo a partir de la deconstrucción que buscan llevar a cabo.

    Guardo un profundo escepticismo con estas corrientes que niegan cualquier diferencia biológica en los sexos o roles de género (cuando, a través de la ciencia, podemos advertir algunas diferencias biológicas en combinación, sí, con cuestiones culturales, sociales y del entorno) porque argumentan que cualquier categorización binaria o cualquier diferencia biológica implica necesariamente una opresión. Dicho esto, yo tengo discrepancias filosóficas con algunas corrientes feministas (en especial aquellas radicales), pero aún con las discrepancias que pueda tener, creo en la equidad de género ya que tanto hombre y mujer son igual de dignos, y por lo tanto tienen el mismo derecho a llevar a cabo su plan de vida sin que sean discriminados por su mero género.

    Dicho todo esto puedo optar por dos cosas: ser honesto intelectualmente, estudiar estas corrientes para poder desmenuzarlas, o puedo crear una narrativa con tintes conspiranoides para decirle a la gente que se trata de una conspiración marxista o neomarxista que tiene como propósito destruir a Occidente. En este blog yo he optado por lo primero. Agustín Laje y Nicolás Márquez optaron por lo segundo que es lo más fácil y comodino y lo que más vende en los círculos conservadores que suelen ser sugestionados por el miedo. Basta intentar hilar forzadamente distintos acontecimientos que no tienen una relación tan estrecha (o que ni siquiera la tienen) para crear una narrativa que funcione a sus intereses.

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    Debo decir que muchas veces he discrepado con los progresistas que han intentado reventar o censurar ponencias. La libertad de expresión debe estar garantizada para todos mientras ella no tenga el fin implícito de agredir o atacar a otras personas. Pero también es cierto que estos dos personajes, como se muestra de forma patente en su libro, hacen afirmaciones que sí van en contra de la integridad de las personas que tienen otra orientación sexual (Márquez dice que los gays son sodomitas y depravados) y, de acuerdo a la paradoja de la tolerancia de Karl Popper, esos argumentos ya no pueden constituir el ejercicio de la libertad de expresión.

    El «Libro Negro de la Nueva Izquierda», que tiene en su portada a un «Che» Güevara con los labios pintados frente a una bandera del movimiento LGBT, es una obra que busca criticar a la izquierda pero desde una postura conspiracionista. Su tesis es esa, que el «fantasma del comunismo» sigue vivo y coleando y busca destruir a la sociedad a través del feminismo, los gays, el ecologismo y diversas corrientes progresistas o liberales, como si todo estuviera maquinado. En su libro tratan de ligar absolutamente a toda la izquierda con Marx para crear así un hombre de paja. Saben que el apellido del alemán causa recelo o incluso temor por la nefasta consecuencia de la aplicación (un tanto retorcida) de sus ideas en países como la URSS o China.

    En una época donde las izquierdas y derechas se han comenzado a polarizar. Agustín Laje aparece para criticar al progresismo desde una postura polémica que busca incomodar.

    El libro no inicia mal, Agustín Laje no es una persona ignorante en lo absoluto. De ciencia política e historia sabe, explica bien lo que es el marxismo y cómo ha evolucionado. El problema es que Laje comienza a acentuar aquellas cosas que le interesan para crear esta narrativa conspiracionista. Recoge a Gramsci, quien buscó promover el marxismo a través de la cultura, para afirmar que todas las batallas culturales de la izquierda son marxistas. También recoge afirmaciones de Mises y otros intelectuales para explicar algo que ocurrió décadas más adelante aunque no tenga conexión alguna con dicha declaración.

    Si bien no conozco a todas las feministas de las que hace mención (y que conste que aquí he hecho crítica de algunas ramas del feminismo), sí que conozco a Simone de Beauvoir. En el libro de Laje y Márquez percibo una interpretación muy tramposa de su persona, de sus filiaciones políticas y de sus textos. Laje afirma que Beauvoir es básicamente la fundadora de la «ideología de género» por su famosa frase que dice «no se nace mujer, se llega a serlo». Quienes hemos leído «El Segundo Sexo» podemos advertir que Beauvoir reconoce algunas diferencias biológicas que incide en cada uno de los géneros, y también podemos entender esta frase en el contexto que se publicó su libro (y que queda bien relatado), el cual nos habla de una época donde una postura marcadamente esencialista explicaba los roles de género, donde en varios países la mujer todavía no tenía el derecho a votar y donde muchos pensaban que la mujer debía quedarse en casa y obedecer al cónyuge. Laje dice que Beauvoir es incongruente porque, según él, primero afirma que «la mujer no nace sino que llega a serlo» y después que sí hay algunas diferencias biológicas. En realidad ocurre al contrario, Beauvoir habla de las diferencias biológicas en el primer capítulo y comienza uno posterior con esa frase (que Laje no termina de entender bien). Pero nuestro querido quesqueintelectual argentino ignora esto.

    Laje insiste en que Beauvoir es marxista para así forzar el argumento de que el feminismo (de la segunda y tercera ola, las cuales ni siquiera define bien) también lo es, y que «el fantasma del comunismo» amenaza de nuevo. La realidad es que su libro está más bien fundamentado por el existencialismo (heredado de su pareja Jean Paul Sartre) y de marxista tiene muy poco, o al menos yo no noté mucho de esa «lucha de clases». Laje reprocha a Simone de Beauvoir por todo lo acontecido en la China maoísta en la cual creía como si ella supiera lo que estaba ocurriendo en realidad, pero resulta que en esos tiempos gran parte de la intelectualidad marxista (que era abundante por la expectativa de la implementación de un modelo) todavía no tenía conocimiento de lo que había pasado en esos lares.

    Agustín Laje no hace distinción entre la Escuela de Frankfurt, la «ideología de género» o el marxismo clásico. Todo ello lo embona en una sola cosa: es el mismo marxismo que, dice, quiso imponerse en la economía, y al no poder hacerlo, buscó hacerlo en la cultura.

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    Laje y Márquez asumen que la izquierda es una sola cosa, ignoran las diferencias dentro de ésta para crear una narrativa maniquea. Esto sería equivalente a afirmar que los conservadores son nazis (sí, yo sé que algunos progres se la pasan mencionándolo, de forma igualmente tramposa) porque asumo que «la derecha» es una sola cosa. Ser conservador (mantener el orden de las cosas) o ser liberal (cuestionarlas) no es una maquinación ni una conspiración, es una dinámica que parece ser inherente a nuestra especie y que solo puede ser acallada o reprimida bajo regímenes autoritarios, e incluso se pueden ver manifestaciones de lo que llamamos izquierda antes de Marx no solo en la Revolución Francesa sino en la misma Roma.

    Vale la pena decirlo, el estado actual de las cosas es un producto de una dialéctica entre conservadurismo y liberalismo. Por eso, así como critico que en varias universidades haya un sesgo demasiado marcado a la izquierda en las humanidades tal que no permita el disentimiento o un conocimiento mas plural, también critico que Laje y Márquez asuman que toda una postura ideológica sea una anomalía. Y vaya que yo no me considero una persona muy izquierdista ni simpatizo con muchos de los ideales de la izquierda.

    Nicolás Márquez es bastante más conservador que Agustín Laje, y desde esa postura alerta sobre la ideología de género que, dice, es neomarxista.

    Me llama la atención sobremanera que, hablando de la «ideología de género», Agustín Laje no mencione jamás a Jacques Derrida, quien popularizó el deconstruccionismo y la idea de que las categorizaciones binarias son opresoras, lo cual dio forma a la teoría queer de Judith Butler. No sé si ello tenga que ver con que Derrida siempre se mantuvo distanciado del marxismo y ello pueda entorpecer la creación de esta macabra narrativa.

    La realidad es que el postestructuralismo y el marxismo tienen más bien poco que ver. Coinciden en ser movimientos de izquierda pero poco más. Jean-Francois Lyotard, uno de los postestructuralistas más importantes, declaraba el fin de las grandes narrativas, en el cual no solo se inserta al cristianismo o al capitalismo, sino al propio comunismo. Los postestructuralistas muestran más bien desencanto ante el marxismo clásico ante su fracaso. El marxismo y el postestructuralismo coinciden en la esencia de la izquierda en general, en el cuestionamiento del orden existente, pero a partir de ahí encontramos bastantes diferencias: el marxismo es científico y materialista, el postestructuralismo (que encontramos en Derrida o Judith Butler, y de alguna otra forma en Michel Foucault) es más bien subjetivo y relativista. Incluso, entre estas dos corrientes que Laje y Márquez intenta embonar en una «conspiración neomarxista» (la Escuela de Frankfurt y el postestructuralismo) han existido más bien diferencias y pugnas. Un ejemplo de ello es el libro «El Discurso Filosófico de la Modernidad de Jürgen Habermas donde critica y exhibe el relativismo de Foucault y Derrida. Los postestructuralistas no tienen como base a Marx, sino a Hegel, Nietszche o Heidegger.

    Pero incluso estamos obligados a hacer una distinción entre la Escuela de Frankfurt y el marxismo clásico. La Escuela de Frankfurt busca rescatar al Marx hegeliano de los inicios, el de la alienación, y no tanto al Marx combativo que tomaron Lenin y sus compinches. La Escuela de Frankfurt nunca buscó instaurar el comunismo, de hecho sus teóricos parten de la desilusión de lo ocurrido en Rusia y China. La Escuela de Frankfurt tiene como base a ese Marx junto con Hegel y Freud, y desde ahí ha buscado hacer análisis y crítica no solo sobre el sistema capitalista, el consumo y las artes, sino también sobre el comunismo soviético. Uno de sus integrantes, el judío Erich Fromm (el cual es citado por grupos conservadores y religiosos no pocas veces por su humanismo), señala que el comunismo solo es viable dentro de comunidades muy pequeñas, en tanto que el de la URSS le parece una abominación. Incluso marxistas modernos como Slavoj Zizek son muy críticos de la cultura de la corrección política que Laje y Márquez achacan a la «ideología de género».

    Laje y Márquez señalan a algunas feministas y gays marxistas. Si los hay, pero son muy minoritarios, como minoritario ya es el marxismo en estos tiempos. De hecho, en las manifestaciones de sus movimientos, a diferencia de lo que afirma Márquez, no son muy comunes las remeras del Che ni las banderas comunistas.

    Para tratar de hilar esta teoría de la conspiración, Agustín Laje se enfoca en dos cosas: en los perfiles marxistas y en los más radicales, para así afirmar que todo el feminismo, que todo el movimiento gay, es marxista y radical. ¿Existieron gays o feministas marxistas? Sí, ¿existe violencia dentro de los grupos radicales? También. Pero que existan algunos marxistas en las corrientes más radicales no convierte a un movimiento en marxista. Lo mismo podemos decir del movimiento de los negros en Estados Unidos: junto con el movimiento de Martin Luther King coexistieron grupos que no eran tan pacíficos y algunos que tenían influencias marxistas como los panteras negras. ¿Eso significa que todo el movimiento negro era marxista? Si ellos hubiesen escrito el libro en 1970, dirían que la lucha por el derecho de los negros es parte del marxismo cultural y la «ideología de género». Pero tanto Laje como Márquez ignoran estas cuestiones en su libro. De la misma forma, dentro de las feministas de la primera ola (esa ola que aplaude Agustín Laje) también existían corrientes radicales. Un ejemplo es el cuadro de la Venus del Espejo de Vélazquez que fue acuchillado por la sufragista Mary Richardson.

    Pero si bien cuidaron estos detalles para sostener su argumento, dejaron pasar otros. Un ejemplo: ellos afirman que lo que llaman «ideología de género» es financiada por la Planned Parenthood (que ciertamente es conocida por lucrar con los abortos), pero luego dicen que Planned Parenthood es financiada por Warren Buffet, Ford Company y la fundación Bill & Melinda Gates. O sea, ¿Bill Gates y Warren Buffet, dos de los capitalistas más ricos del mundo, son marxistas? Ya me confundí. Luego Nicolás Márquez insiste en ligar la ideología de género con el incesto, pone como ejemplo al Partido Popular Liberal de Suecia que promovió el incesto y la necrofilia. Pero resulta que el PPL no es un partido marxista ni socialdemócrata, sino un partido de centro derecha, cuya iniciativa fue promovida por una mujer libertaria llamada Cecilia Johnson bajo argumentos libertarios y no progresistas (y vaya que los libertarios odian a la izquierda).

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    Para descalificar cualquier corriente, Laje y Márquez buscan los casos más extremos, radicales y enfermos para hacer pensar que toda la corriente es así. Así buscan crear la percepción de que absolutamente toda la izquierda es depravada y es una abominación con la que deberíamos acabar. Ignoran que dentro de la izquierda hay corrientes moderadas y radicales (vaya que ellos toman lo más radical y oscuro a conveniencia, aunque sea minoritario).

    Si los progres fallan al pensar que todo es un constructo social y que la biología no tiene ninguna incidencia, Nicolás Márquez se va a al otro extremo y argumenta que «todo está dado por la naturaleza». Nicolás Márquez arremete contra los gays de quienes dice que deberían de desaparecer de lo público y recluirse en lo privado. A diferencia de Agustín Laje, que si bien despotrica contra algunos de sus movimientos por sus ramas supuestamente marxistas no muestra ningún desprecio ante los gays como individuos, Márquez sí toma una postura beligerante, buscando argumentar, desde una postura esencialista, que los gays son personas enfermas y necesariamente depravadas.

    Márquez muestra algunos estudios que afirman que los gays tienen una menor esperanza de vida y suelen sufrir más problemas de ansiedad y depresión. Seguramente varios de esos estudios pueden estar en lo correcto, pero lo que estos estudios no hacen es inferir que eso ocurre a causa de la «anormalidad» de la condición homosexual. Márquez nunca se pregunta qué tanto influye lo social para que los homosexuales desarrollen cuadros de ansiedad y depresión: ¿de verdad no influye en nada que muchos de ellos se hayan sentido relegados, o incluso hayan sido expulsados de sus casas? Para refutar su postura, voy a traer a colación un texto que escribió un amigo mío que es gay, (quien por cierto es muy católico, asiste todos los domingos a misa y se preocupa mucho por su familia), quien ha sufrido mucho porque su orientación sexual le ha traído muchos problemas, y por ello sufre problemas de ansiedad. Mi amigo es una persona trabajadora y tiene una relación muy estable con su ahora esposo.

    Nicolás Márquez busca crear esta idea de que los gays están enfermos y son un cáncer. No voy a profundizar en demasía en los argumentos de Nicolás Márquez con respecto a los gays porque creo que basta presentarles una serie de estudios que contrastan con los argumentos que él muestra.

    Tanto Laje como Nicolás Márquez son incapaces de entender el contexto en el que se desarrollan todas estas corrientes de pensamiento y que las explican mucho. Hace algunos días escribí sobre lo que el posmodernismo es y por qué corrientes como las de la Escuela de Frankfurt o el postestructuralismo surgieron. Para ellos es mas cómodo hacer un análisis superficial porque su objetivo no es narrarnos la historia de la izquierda moderna y la de estos movimientos sociales, ni siquiera podemos hablar de una crítica bien hecha, sino que pretenden armar una teoría conspirativa para hacer pensar a la gente que todas las causas sociales están maquinadas por los marxistas que quieren «una segunda oportunidad» de probar lo mismo a través de la cultura después del rotundo fracaso en la URSS.

    Para dejarnos de conspiraciones, debemos entender que la contraposición entre el conservadurismo y liberalismo (en su vertiente progresista) es inherente al ser humano, y gracias a la dialéctica entre estas dos corrientes es que la sociedad se mantiene en cierto equilibrio. Los liberales (que Laje y Márquez engloban dentro de «la izquierda») buscan cuestionar el orden social y modificarlo; los conservadores, valga la redundancia, buscan conservar el orden de las cosas. Cierto es que un liberalismo muy extremo puede llegar a corroer el tejido social y traer consecuencias nocivas; pero lo contrario también se cumple, un conservadurismo muy extremo termina petrificando ese tejido, con lo cual inevitablemente termina derrumbándose.

    Ser de izquierda o derecha (o liberal o conservador, ya que aquí estamos hablando de cuestiones sociales) no es producto de una maquinación, son posturas inherentes al ser humano que tienen que ver no solo con cuestiones de educación o del entorno, sino incluso con la genética que llega a tener cierta influencia. Los liberales suelen hacer más énfasis sobre valores como la igualdad y la justicia, en tanto que los conservadores lo hacen más sobre la autoridad o la pureza. Esta gráfica de Jonathan Haidt ilustra muy bien lo que quiero decir:

    Malas noticias para los liberales y para los conservadores, los liberales y los conservadores van a existir siempre. Esa dicotomía no va a desaparecer nunca a menos que sea oprimida por un régimen muy autoritario. Hay quienes argumentan que el discurso de derechas e izquierdas está gastado y caduco. Puede ser cierto, pero lo que está caduco es el modelo de izquierdas y derechas concebidas en la sociedad industrial. Estas dicotomías lo único que hacen es evolucionar a otro plano, ya que son relativas a su contexto.

    Las personas liberales suelen ser más bien creativas e irruptoras, las personas conservadoras privilegian el orden y el método. Por eso es que dentro del cine o incluso dentro de las industrias creativas el ambiente es muy progre, en tanto los economistas o gerentes de empresa, por un ejemplo, tiendan a ser personas más conservadoras. Y eso no tiene nada de malo. Por el contrario, sus perfiles les permiten desempeñarse de mejor forma en sus áreas.

    ¿La izquierda hace lobbying y conforma grupos de presión para impulsar su cosmovisión? Sí, eso es evidente dentro del cine que tiene una inclinación liberal. Si ellos están a favor de la comunidad homosexual, entonces buscan crear personajes gays para que estos tengan una mayor aceptación dentro de la sociedad. Cierto, no todo lo que impulsan tiene por qué ser bueno y es válido discutirlo, por eso es necesario promover la libertad de expresión y el debate. Pero la derecha también hace lobbying y conforma grupos de presión. Una de las formas más conocidas que maneja la derecha es influir sobre las élites de nuestro país (cosa que no siempre hacen bien) a través de sus escuelas o instituciones educativas que tienen una orientación religiosa, esperando que así, en su carácter de élites, ellos influyan sobre el resto de la población. También hacen lo propio en Internet con organismos como CitizenGo y HazteOir.

    A esas alturas podemos entender que todo esto que Laje y Márquez intentan encasillar en una sola cosa, es algo más bien muy complejo. Las izquierdas y las derechas no son monolitos, dentro de ellas convergen muchas corrientes distintas. Cierto es que, en el afán de cuestionar el orden social, alguna corriente izquierdista puede proponer alguna medida radical o aberrante (aprovechando que mencionan la pederastía de forma recurrente) pero eso no implica que toda la izquierda comulgue con ella e incluso en varias corrientes hay una férrea oposición a ella. Podemos también cuestionar el marcado sesgo izquierdista de algunas disciplinas, la intolerancia dentro de algunas corrientes de izquierda (pero podemos hacer lo propio con la derecha). Pero ese cuestionamiento del orden nos ha traído los derechos de las mujeres, de los negros, la abolición de la esclavitud, al igual que la postura conservadora ha logrado que estos cambios se lleven de forma más progresiva y no hayan afectado en demasía el tejido social.

    Por eso afirmo que este libro de Laje y Márquez, quienes afirman haber acabado con la ideología de género, tiene una muy clara orientación política y tratan de encasillar a toda la izquierda dentro de un discurso antimarxista más propio del siglo pasado. Ellos están en su derecho de publicarlo y promoverlo, yo estoy en mi derecho de criticarlo y eso es lo que hecho en este espacio.

    Críticas contundentes a las corrientes posmodernas pero informadas y lejos de un marcado sesgo ideológico las podemos hallar en Jonathan Haidt, Steven Pinker, Alan Sokal, Ken Wilber y hasta Richard Dawkins. Muchas de sus críticas son demoledoras y alertan sobre el sesgo izquierdista en las universidades, pero a la vez, están a favor de la equidad de género y no sostienen de ninguna manera, como hace Nicolás Márquez, que los gays son unos enfermos depravados sodomitas.

  • El futuro de la política y por qué, tal y como la conocemos, podría desaparecer

    El futuro de la política y por qué, tal y como la conocemos, podría desaparecer

    El futuro de la política y por qué, tal y como las conocemos, podría desaparecer

    Siempre que se habla de política vienen a la mente los términos izquierda y derecha. Siempre que se inicia una discusión, el individuo recuerda su postura y, a partir de ahí, comienza a elaborar sus argumentos. 

    Este espectro político, que tiene su origen en la Revolución Francesa, se ha adaptado de una u otra forma a sus circunstancias. El que conocemos en la actualidad, en realidad tiene que ver más bien con una era industrial que parece ya haber sido reemplazada por una era digital y del conocimiento. Muchos se preguntan por qué la izquierda y la derecha se parecen cada vez más, por qué los partidos se están vaciando de contenido y se están volviendo más pragmáticos. 

    Una de las razones que yo daría es que el debate se ha gastado demasiado. Ya no hay una creencia utópica en un sistema o una ideología porque ya todas ellas han sido probadas y ya conocemos su desempeño en la práctica; incluso los partidos radicales (esos que, decimos, amenazan a Occidente) ya no son tan radicales y extremistas como los de hace décadas atrás. Pero más bien pareciera ser que después de tantas experiencias parece que se estaría llegando a un consenso político, ideológico y social, que sería superado para que, así, la política se comience a hacer en otros terrenos. 

    ¿En qué consistiría dicho consenso?

    En la victoria de la derecha en el terreno económico y en la victoria de la izquierda en el terreno social. Por un lado, tendríamos sistemas capitalistas con un mercado libre, aunque también con cierta seguridad social para los individuos y, por otro lado, la victoria de la izquierda en el terreno social con relación a cuestiones de género, feminismo, matrimonio igualitario, multiculturalismo o ecologismo. Evidentemente, dicho consenso no se alcanzaría en todo el mundo u Occidente al mismo tiempo sino que algunos países tomarían la vanguardia y se expandiría de forma progresiva a más regiones (como siempre suele ocurrir con los cambios sociales), pero algunos de los síntomas los llegamos a sentir inclusive en los países latinoamericanos.

    En nuestros tiempos, ya podemos ver a izquierdistas que están de acuerdo con los preceptos del libre mercado y de un intervencionismo estatal más moderado, mientras que en Europa no es extraño ver a políticos democristianos asistiendo a marchas del orgullo gays o incluso a Irlanda presumir a un Primer Ministro que es gay y democristiano. Si bien es cierto que en la derecha existen grupos de presión fuertes que se oponen a la agenda progresista, lo cierto es que la izquierda está ganando terreno de una forma muy contundente y parte de la derecha, poco a poco, ha comenzado a aceptar algunos de sus postulados

    Seguramente, en este consenso irán menguando las corrientes más extremas como el libertarismo o el anarcocapitalismo, el progresismo o feminismo radical en favor de corrientes un tanto más moderadas, de tal forma que se logre llegar a un consenso que sitúe el discurso político en otro plano, tal y como ya ha ocurrido en diferentes etapas de nuestra historia. 

    Pero ¿qué seguiría?

    Algunos dicen que el discurso ya se ha trasladado de la dicotomía «izquierda-derecha» a la de «nacionalismo-globalismo» donde el debate ya gira en torno a la relación de un país con los otros (tanto en comercio como migración). Los adherentes del metamodernismo en cambio dicen que el centro de la discusión política tendrá que ver más bien con el desarrollo personal y el bienestar psicológico de los individuos. Los metamodernos afirman que, de forma silenciosa, inconsciente y progresiva, los países nórdicos han ya comenzado a adoptar ciertas corrientes metamodernas dentro de su ethos social.

    Lo cierto es que nuestra especie está en constante evolución y pensar que el mundo tal y como lo conocemos hoy va a dejar de existir es no la excepción, sino la regla que ha sido muy consistente durante la historia de nuestra especie. Por supuesto, aparecerán muchas dudas: si los partidos de extrema derecha o izquierda pueden llegar a poner en jaque esta evolución que para muchos tiene un carácter natural, también nos podríamos preguntar cuál sería el futuro de las religiones, si seguirán vigentes, si se adaptarán a los cambios de nuestra civilización o si bien terminaremos construyendo otros modos para crear sistemas de valores o creencias con la fuerza que las religiones lo han logrado hacer.

    En realidad, es difícil pronosticar bien cómo será la vida de nuestra especie en 100 años, pero lo que es seguro, es que será bastante diferente al mundo tal y como lo conocemos hoy. 

  • Fidel y por qué los dictadores de izquierda son más populares

    Fidel y por qué los dictadores de izquierda son más populares

    Fidel y por qué los dictadores de izquierda son más populares

    En el discurso, la izquierda tiene una clara ventaja sobre la derecha. La izquierda suele, en el discurso -valga la redundancia-, apelar a esos valores tan humanos y cristianos como lo son la igualdad, la solidaridad y la justicia. El discurso de la derecha, en cambio, apuesta por el orden y mantener un estado de las cosas. Naturalmente el discurso que viene desde la izquierda es más idealista y más romántico, el de la derecha hace énfasis en que un cambio al orden establecido representa una amenaza.

    Aclaro que hago énfasis en esas izquierdas y derechas alejadas del centro político y de lo convenido por la democracia liberal.

    Dudo mucho que un idealista abrace a una figura como Donald Trump. A pesar de que el magnate representa para muchos una irrupción, su discurso va en el sentido de preservar aquello que está en riesgo de perderse o recuperar aquello que se perdió. Voltea al pasado -make America great again- y hace un contraste con el presente tan decadente -la percepción pesa más que la realidad-. A Trump no le importa un mundo justo o igualitario -vaya, es un magnate ávaro-, sino recuperar la grandeza que Estados Unidos perdió.

    Pero se entiende entonces por qué muchos idealistas abrazan a la figura de Fidel Castro y no la de Donald Trump. Los que optan por los discursos de derecha lo hacen porque las circunstancias actuales los frustran, no es algún idealismo el que los mueve, ni algún sentimiento de solidaridad con sus semejantes. No es que los izquierdistas no se frustren, pero mientras ellos anhelan un mundo mejor y más justo a partir de su frustración, los de derecha tan sólo quieren recuperar lo que se ha perdido. El hombre muy de derecha piensa más en los suyos y los grupos con los que tiene afinidad, que en el bien común.

    Por eso es que en ocasiones es más «políticamente correcto» ser de izquierda que ser de derecha. Quienes son izquierdistas presumen su postura política como si eso los definiera y les diera cierta altura moral. Los de derecha son más cautelosos e incluso suelen utilizar eufemismos para no etiquetarse como tales.

    Mis redes sociales se han llenado de cierto romanticismo al ver partir a un hombre como Fidel Castro quien fue un dictador, quien mantuvo su poder a costa de las libertades de la población y de las vidas de muchos otros.

    Los románticos idealistas presentan tablas y estadísticas demostrando que los cubanos son un pueblo educado, que tienen mejor nivel de vida que muchos países latinoamericanos y que tienen un sistema de salud que «no tiene ni Obama». Su información no es del todo falsa, pero los románticos ignoran o relativizan el hecho de que a cambio cedieron muchos derechos que damos por sentados -aunque no siempre garantizados en la práctica- en las democracias liberales.

    Es como cuando Hobbes decía que el individuo debe ceder libertades al soberano para así poder vivir en un Estado que le garantice un mejor nivel de vida, lo cual ocurre en cualquier rincón donde haya civilización. Pero en el caso de Cuba, son más las libertades cedidas, que los beneficios obtenidos a cambio.

    No puedo negar que Cuba tiene algunas cosas buenas, algunas de las cuales varios países incluso podrían tomar nota. Algo se podrá aprender de su sistema de salud por un ejemplo. Pero de igual forma, también se pueden adjudicar aciertos a dictadores de derecha como Augusto Pinochet, como establecer la estructura económica a partir de la cual Chile, después de él, se convirtió en la economía más desarrollada de América Latina -con todo y los experimentos de los chicago boys-. Pero sus aportaciones, al igual que con Castro, languidecen frente a sus crímenes y los excesos de su poder, y es reconocido merecidamente más por sus agravios que por otra cosa.

    Pero al final del día, defender y recordar a Pinochet es más políticamente incorrecto que hacer lo propio con Fidel Castro. Es incluso mucho más riesgoso llevar un remera con la fotografía de Pinochet -mínimo serás tachado de fascista y escoria social-, que portar la de Castro, -en el peor de los casos, serás señalado como un joven idealista «chairo» al cual le falta aprender más de política y debe de dejar de fumar tanta mota-.

    A pesar de mantener a los suyos como prisioneros en su isla, de censurar, encarcelar o hasta matar a opositores incómogos y hasta de perseguir homosexuales, es políticamente correcto defender a Fidel Castro, tan sólo por el discurso de la igualdad y solidaridad adaptado por la izquierda. Paradójico que inclusive desde algunas corrientes progresistas defensoras de los derechos de las minorías idealicen a Fidel Castro, cuya postura ante los homosexuales -quienes a su juicio no podían ser revolucionarios-, era más dura que la de Norberto Rivera y el Frente Nacional por la Familia juntos.

    Nuestra sociedad no puede darle cabida a estas degeneraciones – Fidel Castro sobre los homosexuales.

    Llama la atención que figuras políticas, incluso unas más cercanas al centro, lo reconocieron el día de su muerte como un luchador que devolvió la dignidad a Cuba y lo independizó de Estados Unidos -lo cual sólo puede ser cierto tomando como referencia los primeros años, antes de adoptar los ideales marxistas-leninistas y de perpetuarse en el poder-.

    La premisa de los idealistas es, gracias a Castro, Cuba es más igualitaria que la mayoría que todos los demás países de América. ¿Pero a cambio de qué? Me pregunto si esos idealistas estarían de acuerdo con ir a vivir a Cuba donde posiblemente nunca caigan en pobreza extrema, pero donde el gobierno raciona las comidas, donde la expresión política y la disidencia están anuladas.

    No nos dejemos engañar por ese discurso romántico de la igualdad y la solidaridad. Cuba se mantiene no por la solidaridad de sus habitantes, sino gracias a un régimen déspota y dictatorial.

    Castro fue eso, un dictador, un dictador enriquecido dentro de un país relativamente pobre. Ni los libros, ni las remeras, ni los documentales sesgados a su favor, podrán ocultar eso que es tan evidente.

  • La crisis de la izquierda y el ascenso del fascismo en tiempos de Google

    La crisis de la izquierda y el ascenso del fascismo en tiempos de Google

    Si hay un momento en la historia en que la izquierda ha estado más débil que nunca, es éste, lo estás viviendo el día de hoy.

    La crisis de la izquierda y al ascenso del fascismo en tiempos de Google

    Hasta hace no mucho, la izquierda dominaba el cono sudamericano. Muchos pensamos que la izquierda populista caería en determinado tiempo producto de sus contradicciones, y así está ocurriendo. Lo que no previmos es que esa izquierda a la cual calificábamos de moderada, y que se estaba convirtiendo en un supuesto «gran ejemplo», se desmorona de la misma manera. Brasil, ese país tan admirado no sólo por los progresistas, ve como ese legado político-ideológico emanado del Partido del Trabajo empieza a caer. Esos mismos que le habían dado una nueva cara, terminaron envueltos en escándalos de corrupción. Lula da Silva, el otrora idolatrado político, termina investigado por supuestos actos de corrupción, mientras que su contemporánea Dilma Rousseff, hace poco tiempo tenía algo así como el 12% de aprobación.

    Michelle Bachelet, Presidenta de Chile, regresaba al poder tras un mandato que fue aplaudido por la opinión pública; y no podía ser mejor para ella al suceder a Sebastián Piñera, que se fue del cargo con niveles de aprobación bajos de entre el 25% y 50%. Pero Michelle Bachelet no sólo no logró repetir el éxito de su pasada presidencia, sino que varios familiares directos suyos se vieron envueltos en escándalos de corrupción.

    En Europa, la socialdemocracia parece estar mimetizada con los partidos de centro-derecha, concuerdan en varios puntos de sus agendas, las diferencias en términos económicos son pocas, y esto es importante entenderlo porque el contexto en el cual nos encontramos es producto de una crisis económica mundial (la del 2008).

    La extrema derecha ha robado el discurso antiglobalizador y en contra del libre mercado. Esa extrema derecha que hasta hace poco, muchos pensaban que no existía, que era ya parte de la historia, y que había quedado enterrada después de la Segunda Guerra Mundial, con tan sólo pequeñas expresiones esporádicas aisladas que no tenían injerencia alguna en el panorama político.

    Hoy, esa extrema derecha existe. Está más viva que nunca. En Estados Unidos, los dos candidatos del Partido Republicano, Donald Trump y Ted Cruz (con sus peculiares diferencias entre los dos), son representativos de ella. El partido Alternativa para Alemania tiene cada vez más presencia en diversas regiones del país teutón, el UKIP en Reino Unido, Marine Le Pen en Francia, y demás movimientos ultra-conservadores que comienzan a tener cierto peso en la vida política de los países europeos.

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    Muchas personas e incluso analistas se atrevían a decir que el «neoliberalismo y el capitalismo», eran expresiones derechistas, y que a más derechista. más neoliberal se era. Incluso en algunas manifestaciones, comparaban a estos políticos que apostaban radicalmente por el libre mercado, con Hitler o algún otro dictador fascista. Estaban equivocados.

    Nos vemos obligados a regresar al espectro político, tal y como era concebido en el tiempo de entre-guerras (y que en realidad nunca debió de cambiar, tan sólo porque un extremo del espectro estada dormido), con los extremos políticos abocados al excesivo intervencionismo estatal y el nacionalismo, y los centros tendiendo a ser más liberales: La centro-izquierda limitándose a promover cierto intervencionismo estatal para mantener un Estado de Bienestar dentro de una economía de mercado, y la centro-derecha para rehusarse al aborto y los matrimonios gay (entre otros valores tradicionales), por mencionar algunas diferencias.

    De hecho no podemos concebir a los extremos como si se tratara de una sola flecha que separa a la derecha y a la izquierda y ambos quedan totalmente separados. Por lo contrario, entre los extremos existen más bien muchas convergencias y estos en vez de estar separados parecen unirse, de tal forma que podemos encontrar más coincidencias entre políticos que se encuentran en ambos extremos que entre uno de ellos con otro que se encuentra en el centro. Tampoco es coincidencia que Hitler y Mussolini, hayan simpatizado o formado parte del socialismo de aquel entonces para luego verse tentados por el fascismo.  Por ejemplo, tomemos este discurso de Hitler, el cual bien podría pasar en diversos momentos, por alguna figura de izquierdas:

    https://www.youtube.com/watch?v=qYr43eUjQhU

    Es decir, si nos ubicamos en el centro del espectro político y comenzamos a recorrernos hacia los extremos de la izquierda y derecha, nos percatamos que la izquierda progresivamente es más intervencionista en lo económico, pero comienza a ser menos liberal en lo social (el nacionalismo aumenta y los derechos de las minorías disminuyen), mientras que en la derecha, al irnos del centro al extremo, ésta empieza a volverse más conservadora (ya no sólo hablando de temas como el aborto o el matrimonio, sino un nacionalismo más exacerbado) al tiempo que deja de ser liberal en lo económico (lo contrario de lo que muchos asumen), y ambas corrientes al llegar a los extremos no sólo se hacen más diferentes, sino que se comienzan a parecer.

    Si bien, el famoso plano cartesiano donde se propone no dividir el espectro político entre izquierda derecha, sino en liberalismo o conservadurismo social o económico, es completamente válido, y es el más difundido en la actualidad para medir la posición política de una persona. Me atrevo a hacer esta ilustración para que se entienda de una forma más fácil la forma en ambas corrientes políticas (izquierda y derecha), más que diferenciarse, se parecen cuando se trasladan a sus respectivos extremos:

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    Habiendo explicado todo esto, podemos entender por qué la izquierda está en crisis. Si bien, también ha tratado de irrumpir en Europa como una respuesta a las consecuencias de una crisis económica dentro de una economía de mercado (con Podemos en España y Syriza en Grecia), la izquierda, al quedarse sin argumentos (o al ser estos endebles y titubeantes), ha permitido que la extrema derecha se robe el discurso anti-globalizador. Al igual que en 1929, una crisis económica mundial ha sido el punto de partida para el surgimiento de opciones radicales; pero a ésta se han sumado temas como el terrorismo y la migración. Cada bomba que hace explotar DAESH (o ISIS) son puntos porcentuales para los demagogos de extrema derecha, son argumentos para sostener sus propuestas de campaña. La izquierda en tanto, no tiene respuestas que suenen a música en los oídos de aquellos que buscan soluciones radicales.

    Y las preguntas son, ¿hasta donde llegará toda esta convulsión política? ¿La democracia liberal está amenazada como hace más de medio siglo? ¿O estas corrientes se disiparán y todo volverá a la normalidad? ¿La izquierda tendrá futuro? y ante una clase política tradicional desacreditada a nivel mundial ¿Qué alternativas, lejos de los demagogos radicales, hay para poder volver a mantener ese delicado pero necesario equilibrio político?

  • El principio del fin del chavismo, o el día que el sentido común regresó a Latinoamérica

    El principio del fin del chavismo, o el día que el sentido común regresó a Latinoamérica

    La historia nos ha enseñado que la excesiva intervención del gobierno atrofia a los países. Tenemos que remontarnos a la Revolución Industrial y preguntarnos por qué fue Inglaterra el lugar donde esta se gestó. Antes de este suceso, las naciones tenían mas o menos los mismos niveles de pobreza, pero los ingleses eran una nación relativamente más libre y abierta, lo cual creó las condiciones, entre algunas otras razones, para que fuera ese lugar donde se comenzara a gestar el cambio de una sociedad agricultora a otra industrial.

    Revolución Industrial

    Durante la Guerra Fría, el mundo se dividió en tres: El primer mundo, cuyos miembros eran los países capitalistas desarrollados de Occidente que permitían en libre comercio, el segundo mundo lo integraban los países comunistas miembros o satélites de la URSS, y el tercer mundo los países no alineados que decidieron implementar una economía mixta que permitía el capitalismo dentro de las naciones pero que mantenía muy altas restricciones por medios altos aranceles al comercio exterior. No está demás recordar a que naciones les fue mejor.

    Tanto la excesiva intervención en la economía como en lo social son un lastre para las naciones. De hecho las naciones que pugnan por una excesiva intervención en una de las ramas, terminan siendo, en la mayoría de los casos, intervencionistas en la otra (por eso es que se dice que al final del día la ultraderecha y la izquierda radical se parecen).

    Hace unos años, gran parte de América Latina giró a la izquierda intervencionista, debido a que las instituciones supranacionales como el FMI y el Banco Mundial (Consenso de Washington) pensaron que bastaba con darles a las naciones latinoamericanas en crisis, la misma receta para liberalizar sus economías sin analizar a cada país de forma individual. Eso hizo que muchos países no resistieran bien el shock, traduciéndose esto en golpes de Estado, o en la creación de élites económicas rígidas (capitalismo de cuates) como en el caso de México. Esto dio a pie al surgimiento de líderes que pugnaban por un estado anterior de las cosas amparándose en la apología al nacionalismo, la excesiva intervención del Estado y un discurso imperialista – conspiracionista.

    El discurso anti imperialista ha sonado todos los días en los medios oficiales de Venezuela. Pero PDVSA es propietaria de CITGO, empresa estadounidense que posee varias gasolineras en esa nación.

    Bastó algún tiempo para mostrar que estas políticas económicas estaban equivocadas. El Kirchnerismo (que paulatinamente se volvió afín al chavismo) perdió el poder a manos de Macri, y ahora el mismo chavismo en su tierra recibe un duro golpe en las elecciones parlamentarias, lo cual muy posiblemente se puede considerar como el inicio del fin del chavismo. Maduro tendrá un congreso de oposición liderado por la Mesa de la Unidad Democrática que aglutina a partidos de centro-izquierda, centro y derecha. Ésta es la primera vez que el chavismo gobierna sin controlar el congreso.

    El principio del fin del chavismo, o el día que el sentido común regresó a Latinoamérica

    El chavismo se desinfló gracias a los pésimos resultados en economía, gracias a las tiendas vacías, a la hiperinflación, y al autoritarismo. Estas son en realidad, consecuencias naturales de los gobiernos excesivamente intervencionistas. Durante el chavismo, Venezuela se rezagó; basta ver sus ciudades que parecen estar atrapadas en el pasado, y las torres financieras sin concluir que se han convertido en favelas verticales.

    La política redistributiva en Venezuela ha consistido en reducir la desigualdad haciendo más pobres a todos.

    La mejor forma de traer prosperidad a una nación es por medio de mercados lo suficientemente libres como para que puedan transferir conocimiento, producir, transferir y absorber innovación. Los avances tecnológicos y la innovación, como lo ejemplifica la Revolución Industrial, son los que traen prosperidad a las naciones.

    No digo con esto que el gobierno no deba tener ningún papel. Los gobiernos pueden implementar políticas redistributivas para procurar una sociedad más equitativa, en tanto éstas no atrofien a sus benefactores. Los gobiernos deberían de garantizar el acceso a la salud, la educación y el agua a sus habitantes, y también deberían implementar mecanismos para que los más pobres tengan mayor posibilidad de movilidad social (es decir, saltar de una posición social a otra).

    Pero los gobiernos no pueden pretender sustituir la productividad y la capacidad de innovar de la iniciativa privada, y mucho menos puede pretender castigar a ésta (como ahora lo hace el gobierno de Peña Nieto) para obtener más recursos, debido a que su despilfarro irresponsable los ha dejado con las arcas vacías.

    Las izquierdas deberían de pensar en buscar mecanismos para redistribuir mejor la riqueza sin castigar la productividad y la innovación de la iniciativa privada.

    Esos males que las izquierdas atañen al «neoliberalismo» son más bien producto de la intervención del Estado y a del favoritismo de éste para beneficiar a determinadas empresas. Las izquierdas deberían de pugnar por un mercado libre, y hecho esto, implementar mecanismos redistributivos. Si las izquierdas, como la de MORENA, siguen pensando en que el Estado debe de tener un papel activo en la economía, estaremos condenándonos al fracaso como ya está ocurriendo con algunos países de América Latina.

    Hoy Venezuela es el país con la inflación más alta del mundo, el chavismo ha creado pobreza (55% de la población) y desabastecimiento (89%) además de tener uno de los salarios mínimos reales más bajos del mundo de menos de $12 dólares al mes (paradoja en un país socialista), su petrolera es una de las más ineficientes del mundo y sus políticas han hundido a los sectores industriales. Además éste régimen se ha caracterizado por su intolerancia, la represión (como el encarcelamiento de Leopoldo López) y la persecución como formas de mantenerse en el poder.

    Esos son los resultados del socialismo latinoamericano, y en el caso de México, a pesar de las evidencias empíricas, palpables y sonantes, todavía muchas personas ven en López Obrador a la figura que por medio de las mismas políticas fracasadas, rescate a nuestro país; sobre todo porque consideran al «neoliberalismo» (que en realidad nuestro país no es muy «neoliberal») y a la mafia en el poder (cuya existencia se debe al conturbenio con el Estado y no al libre mercado) como los responsables de las problemáticas actuales de nuestro país.

  • La arrogancia de las izquierdas

    La arrogancia de las izquierdas

    Muchos consideran que ser de izquierda es una virtud por el simple hecho de serlo. Pensar eso es tan absurdo como asegurar que un religioso sólo por serlo ya es una buena persona.

    La arrogancia de las izquierdas

    Tan lo creen, que algunos de quienes se consideran de izquierda presumen a los cuatro vientos su ideología política tal como si fuera una condición inherente a ellos mismos. A diferencia de quienes caben en la derecha del espectro político, decir que se es de izquierda es un honor.

    Pero no lo es, ser de izquierda o ser de derecha es una cosmovisión o una forma de percibir al mundo de acuerdo a ciertas ideas o conceptos. El honor se gana cuando el ser humano transforma sus ideales en acciones positivas. El religioso solamente es bueno cuando es coherente con su credo y con los valores que dice promover (la religión no tiene el monopolio de lo que es la bondad, se puede ser ateo y bueno sin ningún problema), el izquierdista puede solamente sentirse honorable cuando en la práctica hace algo valioso por promover la igualdad y la justicia (y no, no hablo de compartirle a un amigo El Capital de Carlos Marx, ni compartir gráficas de la pésima distribución de la riqueza en las redes sociales).

    Algunos que se denominan de izquierda parecen creer que tienen cierta superioridad moral sobre los demás. Creen que abordar el discurso de la igualdad y la justicia desde su particular punto de vista es meritorio como para sentirse superiores. Creen que su postura casi representa el fin de la evolución intelectual humana, y quienes a su juicio son de derecha (porque en algunos casos etiquetan como derechistas a quienes no lo son) están rezagados en ese proceso intelectual. Por eso es que algunos presumen ser leídos o tienen el atrevimiento de crear una relación entre sabiduría e izquierda.

    Pero se equivocan. La izquierda no tiene el monopolio de los conceptos de la igualdad o la justicia, la izquierda más bien los aborda desde cierta perspectiva. La misma religión, que se ha relacionado históricamente más bien con las posturas de derecha, también habla, desde su particular punto de vista, de la igualdad y la justicia. Un economista liberal puede encontrar en el «libre mercado» una expresión de igualdad y justicia (aunque el concepto de éstos puedan diferir un poco). La bondad o la solidaridad con el prójimo no es exclusivo de la izquierda.

    Pretender tener superioridad moral por el mero hecho de pertenecer a una corriente política no sólo es un error y una irresponsabilidad; esa postura también puede conducir al dogmatismo y a la arrogancia.

    Personas honorables de izquierda han habido muchas, y perteneciendo a esa corriente política han logrado muchos cambios positivos. Pero son honorables por sus aportaciones y no por el mero hecho de ser izquierdistas.

    Y esto sin hablar de la ambigüedad y hasta obsolescencia de los términos.

  • De la renuncia de Cuauhtémoc Cárdenas al futuro de las izquierdas

    De la renuncia de Cuauhtémoc Cárdenas al futuro de las izquierdas

    Estaba pensando en la izquierda cuando ¡catapúm!, me entero que Cuauhtémoc Cárdenas renuncia al PRD. Si faltaba un tiro de gracia para el todavía partido de izquierda era ese. El perredismo del genocida de Abarca y el infame Ángel Aguirre los habían dejado moribundos. ¿Cómo es que un partido que basa parte de su historia en combates a actos represivos permita tener a alcaldes ligados al narcotráfico y que matan estudiantes? Bueno, pues su líder moral se va del PRD.

    De la renuncia de Cuauhtémoc Cárdenas al futuro de las izquierdas

    Veo difícil que el PRD sobreviva, porque con la salida de Cuauhtémoc, éste (deliberadamente o no) confirma la pobredumbre que reina en el partido (traigo a colación de nuevo a Ángel Aguirre y a José Luis Abarca) y que no se trata de un conflicto focalizado. El principal afectado por el conflicto de Ayotzinapa el es PRD porque es el partido que colocó a los criminales en puestos de poder, más responsables que Peña Nieto, AMLO, o la «guerra contra el narco» de Felipe Calderón.

    ¿Morena? No se enojen conmigo (bueno en realidad no es que me importe si se enojan, da lo mismo), pero Morena no es opción. Varios de los integrantes de Morena son ex perredistas (y luego ex priístas) y su líder promovió a Lázaro Mazón, quien a la vez promovió a José Luis Abarca. No es que quiera hacer responsable a AMLO de lo sucedido en Ayotzinapa, pero es muestra de que éste personaje que se cree poco menos que Dios, es un político de tantos, de lo mismo. Si todos repiten la cantaleta de que todos los partidos «son lo mismo» habrá que poner a Morena en el paquete para demostrar un mínimo de capacidad intelectual.

    Pero en el país se necesita una izquierda. El problema es que en México la izquierda tiene que ver más con el PRI y su Revolución que con la izquierda en sí. Es como si Lenin, Pancho Villa y Díaz Ordaz se hubieran ido a tomar un café y hubieran llegado a un concenso. Se cree que la izquierda es necesariamente esa que se junta en el auditorio «Ché» Güevara de la UNAM a hablar de ideas que fracasaron hace ya varias décadas, que se trata de un rancio idealismo frustrado.

    México necesita una izquierda que aspire a la justicia y a la igualdad social por medio de fórmulas razonables y que no sean contraproducentes. Que sueñe con la justicia no regresando a un pasado que nunca fue, sino a un futuro que sí puede ser. Necesita una izquierda nueva, que no tenga sus orígenes en el PRI (que tanto dicen odiar) o en el mismo PRD, que no viva de un pasado cuya historia nos ha llevado al día de hoy a una crisis nacional, una historia revolucionaria que se convirtió en impunidad y corrupción.

    ¿Cómo tratar de llenar ese hueco? ¿Como tratar de crear una izquierda sólida que tiene cierta representación en círculos intelectuales pero no en la política? ¿Cómo crear una izquierda que se preocupe por los pobres pero que no los utilice para fines asistencialistas o electoreros? La respuesta a esas preguntas, lamento decirles, no es fácil de responder.

  • Las izquierdas latinoamericanas y las derechas europeas

    Las izquierdas latinoamericanas y las derechas europeas

    Hay un dicho popular que dice que quienes se odian se parecen. En el ámbito político eso es algo peculiar y notable, pero ignorado por quienes forman parte. Un fascista y un comunista nunca se podrán ver, y si lo hacen es para participar en una lucha sangrienta a muerte, y sin embargo estos dos tienen mucho más en común que el que pueda tener cualquiera de ellos con un demócrata. Los totalitarismos sean de derecha o izquierda, siempre buscan tener en sus manos el control de la sociedad y de la economía, y conforme más se van radicalizando, más se van pareciendo.


    Las izquierdas latinoamericanas y las derechas europeas

     

    Los partidos radicales suelen quedar condenados al ostracismo cuando en un país las cosas marchan bien, pero cuando no es así, los votantes encuentran un refugio en ellos, y eso es algo que está sucediendo en Europa, como en Francia, donde han obtenido muchos votos. La ultraderecha en Europa empieza a ganar terreno (algunos incluso empiezan a ver coincidencias con el clima pre Segunda Guerra Mundial) por la sencilla razón de que los partidos tradicionales de derecha e izquierda, asumidos como más democráticos, no han podido con el paquete.

    Estos partidos suelen ser populistas, nacionalistas y demagogos. Están en contra de los influjos externos, hablan con desdén de las «oligarquías financieras», alientan el patriotismo. La hija del ultraderechista francés Le-Pen critica a las «recetas neoliberales de Bruselas», al «feudo de burócratas y tecnócratas». ¿Les suena a algo? ¿A quién se parece su discurso?

    Pues a la izquierda latinoamericana. Y es donde vengo insistiendo en que estas ramas supuestamente opuestas en la aritmética política más bien se parecen. Por un ejemplo, no es muy difícil encontrar similitudes en el MORENA de López Obrador y en el Tea Party de Estados Unidos, sobre todo por la forma a que apelan al nacionalismo. Y vayámonos a casos más extremos. Los discursos de Jean-Marie Le Pen no son tan distintos que los de Hugo Chávez o Nicolás Maduro.

    Tal vez en un principio los fundamentos políticos que sustentan a ambas ramas sean distintos, pero a la hora de radicalizarse y justificar un control férreo para la implementación de estos fundamentos (al menos en la retórica), los métodos terminan siendo muy similares, y ambas partes terminan más deseosos de mantener el poder y exprimir a sus ciudadanos que de otra cosa. Entonces el combate entre ambas posturas termina limitándose a la retórica.

    Posiblemente los radicalismos en latinoamérica se den en la izquierda porque su postura tiende a ser más bien defensiva, y en Estados Unidos y Europa se den en la derecha porque son más ofensivos dada su fortaleza, donde de alguna manera también hay una cerrazón, pero pensando que a partir de ahí, se extenderán y dominarán a los demás.

    Cuando las opciones moderadas ya no funcionan para el ser humano (y me refiero a todos los ámbitos, no exclusivamente al terreno político), éste tenderá a buscar tomar medidas extremas para solucionar sus problemas. Es parte de nuestra naturaleza. El problema es que en política, las opciones extremas terminan siendo contraproducentes y al final terminan siendo un yugo del cual los ciudadanos (si pueden seguirse llamando así) tratarán de escapar.

    Pero claro, dirán algunos, no todo es izquierda y derecha: -Mira Cerebro, que el PRI puede llegar al mismo punto desde el centro político-.