Etiqueta: Gloria Álvarez

  • Los influencers políticos que venden ideologías para llevar

    Los influencers políticos que venden ideologías para llevar

    Los influencers políticos que venden ideologías para llevar

    En estos tiempos del Internet, se han puesto de moda los divulgadores políticos. 

    No son propiamente intelectuales, están más cerca de un Chumel Torres o Yuya que de Jürgen Habermas o Milton Friedman. Algunos tienen estudios, maestrías, pero no se caracterizan por participar dentro de la academia o hacer análisis y ni mucho menos quieren reformar o proponer corrientes de pensamiento como el intelectual suele hacerlo.

    Ellos se caracterizan por divulgar formas de pensamiento, ideologías empaquetadas para venderse en anaqueles y dirigidas a un mercado específico: los jóvenes. Los influencers políticos buscan eso, politizar a la juventud no tanto en el sentido de crear en ella un espíritu crítico sino para invitarla a tomar una bandera: ¡Hazte libertario! ¡Combate la ideología de género! ¡Únete a la cuarta transformación! En medio de un mundo donde se considera que las ideologías se están volviendo obsoletas, donde partimos del pensamiento posmoderno (como decía Lyotard) que ha expulsado a las grandes narrativas del ethos social, estos divulgadores buscan rescatarlas. 

    Algunos de ellos escriben libros, pero no son ensayos ni mucho menos tratados. Son libros que tienen la tarea de divulgar ideologías políticas de la misma forma que Yordi Rosado intenta dar consejos a jóvenes por medio de sus obras. Por medio de dichas obras o discursos, buscan eliminar cualquier barrera de conocimiento para que las ideologías les sean accesibles a sus lectores o simpatizantes de tal forma que no les implique esfuerzo alguno «sumarse a la causa». Despreocúpate de cuestiones filosóficas o académicas, aquí yo te explico qué es el libertarismo o la izquierda lopezobradorista (término que suena cada vez más a oximorón) para que te conviertas YA en uno de los nuestros. No importa si mi libro está lleno de imprecisiones, verdades a medias, o falacias. Te voy a vender mi ideología como la que es moralmente superior a los demás, y haré juicios de valor de quienes piensan diferente o tienen otros credos. 

    Agustín Laje vende latas de conservadurismo en los anaqueles con un suplemento conspiranoide, Gloria Álvarez vende libertarismo en Tetra Pack, Antonio Attolini vende a la «cuarta transformación» en un envase no biodegradable. Son jóvenes, son politólogos en su mayoría, pero están lejos de ser académicos destacados porque, en primer lugar, no pretenden serlo. A ellos les interesa que sus Fan Pages tengan muchos likes porque eso significa que más personas se han sumado a su causa. Suelen ser polémicos y estridentes; buscan eso, confrontar, señalar, provocar (porque si las cosas se salen de control, el video va a tener más views).  Venden porque «les dicen las netas a tal personaje o corriente política a la que detestan», esto sin importar que caigan de forma constante en todo tipo de falacias. 

    Su tarea no es hacer que los jóvenes piensen, sino que se sumen, que tomen banderas, que se conviertan en seguidores, que compartan sus videos; como tratando de crear una ideología política de consumo. Los seguidores no se vuelven necesariamente en especialistas de tal o cual corriente política (si lo hicieran ya habrían prescindido de ellos), más bien suelen adoptarla en lo superficial y defenderla, así como una batalla en redes entre DC o Marvel, iPhone y Android o Chivas y el América. Ellos, los seguidores, no crean colectivos o grupos políticos como décadas atrás, sino que se suman a Fan Pages y cuentas para de ahí compartir memes libertarios o de izquierda. Se suman por el mame.

    Estos divulgadores no proponen ni buscan reformar lo que están vendiendo. Venden posturas políticas que, en muchos casos, están quedando en el cajón de los recuerdos de la época industrial. Incluso pareciera que piensan reeditar las disputas ideológicas más propias del siglo pasado como cuando un grupo de pop que trata de sonar al rock de los 70, pero sin solos de guitarra, más estilizados y con vestuario de marca.  Ellos ni siquiera están a la altura de sus pares de países primermundistas como Ben Shapiro o Jordan Peterson quienes, sin ser precisamente intelectuales de la política, al menos se han molestado en indagar y leerse un poco más.  

    Agustín Laje podría argumentar que su postura tiene que ver con la realidad actual, pero para señalar a su contraparte vuelve a apelar a un discurso ideológico del siglo XX. Haciendo hincapié en los vicios del postestructuralismo y demás corrientes que defienden un relativismo extremo. o el evidente sesgo ideológico hacia la izquierda dentro de las ciencias sociales, habla una conjura marxista o comunista (marxismo cultural, como le suelen llamar). No está de más hacer la anotación de que si bien algunos postestructuralistas tienen antecedentes marxistas, el marxismo no es una corriente relativista (Derrida siempre mantuvo cierta distancia del marxismo); y también cabe señalar que muchos intelectuales de la teoría crítica, estos sí, influenciados de alguna u otra forma por Marx, tienen muchas discrepancias con el relativismo postestructuralista (como Zizek o Jurgen Habermas). 

    En el mundo postideológico como el de hoy donde ni los que consideramos que salen de la conveniencia como Donald Trump o Andrés Manuel López Obrador toman posturas políticas muy claras, se volvió un negocio vender ideologías como objetos de colección. Ni ese libertarismo empaquetado ni ese progresismo rancio envasado que te llega en Uber Eats sirven de mucho para interpretar la realidad actual de nuestros tiempos, en la cual los partidos políticos se han vaciado de contenido ideológico y donde no hay visos de que «las cosas vayan a volver a ser como antes». Estos divulgadores saben que se trata de pertenecer, de crear una masa de seguidores enérgicos pero cuyo compromiso de la causa no sale mucho de las redes sociales. 

    Mientras los más serios incluso ya empiezan a preguntarse por la función que la política va a tener dentro de un mundo invadido por algoritmos e inteligencia artificial, ellos le apuestan a un discurso ya muy gastado, de una dinámica que comienza a ser superada por los cambios sociales y culturales que vive nuestro hemisferio.

  • ¿Cómo hablar con un progre? de Gloria Álvarez. Una crítica necesaria

    ¿Cómo hablar con un progre? de Gloria Álvarez. Una crítica necesaria

    ¿Cómo hablar con un progre? de Gloria Álvarez. Una crítica necesaria
    Imagen: Forbes

    ¿Cómo hablar con un progre? 

    Ese es el título del libro de Gloria Álvarez Cross, la afamada politóloga libertaria oriunda de Guatemala que saltó a la fama por sus férreas críticas a la izquierda y al populismo latinoamericano, y quien es invitada a muchos foros en distintas latitudes del mundo gracias a la facilidad que tiene para comunicarse y explicar sus ideas. 

    Pero en su libro no logra responder esa pregunta, ni siquiera se esfuerza en contestarla. Se sobreentiende que si una obra plantea establecier diálogo con quien piensa diferente, este tendría que proponer algún ejercicio para «ponerse en los zapatos del otro» y así poder debatir y persuadir.

    En vez de eso, Gloria Álvarez caricaturiza al progresista, le da una sola definición y aprovecha para hacer críticas sobre su incongruencia y sobre las falacias o disonancias congitivas en las que suelen caer. Algunas de sus críticas son válidas y atinadas, pero constantemente cae en las mismas falacias y disonancias que ella misma critica. 

    Por ejemplo, Gloria Álvarez nos dice que los progresistas ven todo en blanco y negro y no son capaces de ver las tonalidades grises. Pero esa es la misma forma en la que ella los juzga, como si todos los progresistas fueran iguales y pensaran exactamente de la misma forma. Inserta dentro de la misma definición a izquierdistas moderados y radicales; afirma que los progresistas odian a Estados Unidos pero en otras ocasiones dice que admiran a Obama; luego dice que todos admiran a Cuba y Venezuela; después habla del progresismo de la socialdemocracia española que en realidad tiene que ver poco con Cuba. La realidad es que eso que Gloria llama progresismo tiene matices muy diferentes.

    El libro empieza muy flojo, incurre una y otra vez en la falacia del hombre de paja por medio de una caricaturización forzada del progresismo. Varias de las actitudes que Gloria menciona son comunes en algunos progresistas, es cierto (y lo notamos acá en México con varios de los simpatizantes de López Obrador), pero ella mantiene una postura un tanto similar de superioridad moral, tratando de mostrar que ella es la que carga con la razón y la verdad objetiva mientras que los otros son ignorantes, hipócritas y cínicos. Gloria los acusa de dogmáticos, pero su crítica parte de una postura también muy ideologizada y dogmática. 

    La realidad es que las disonancias cognitivas existen dentro de todo el espectro político. El libro Political Brain de Drew Westen muestra cómo tanto los demócratas como los republicanos de Estados Unidos suelen hacer juicios con base en sus afinidades políticas de forma mucho más contundente que en la evidencia. Gloria siente que se está blindado de estas disonancias y toma incluso las inconsistencias del progresismo para hacer juicios de valor. Pero se equivoca.

    Gloria Álvarez

    Al principio parece que le trae «muchas ganas» a los progres. Tanto que termina alabando a Donald Trump:

    Trump ha reivindicado la capacidad individual de los ciudadanos para lograr su propia felicidad, de la que la Constitución estadounidense habla. La capacidad de los ciudadanos para decidir sin imposiciones, para gastar su dinero sin que el Estado intervenga en ello, para construir una sociedad en la que nadie determine lo que los demás deben de hacer. 

    Parece que las vísceras jugaron un papel más importante que la razón, parece que la disonancia cognitiva hizo su chamba en la mente de nuestra querida Gloria. Trump no es un libertario, ni siquiera un promotor del libre mercado. Es un populista de derechas proteccionista dispuesto a cerrar sus fronteras para proteger a los trabajadores estadounidenses de los «malévolos extranjeros». ¿Qué dirá Gloria ahora que Trump ha iniciado una guerra comercial contra México, Canadá y la Unión Europea subiendo los aranceles a varios insumos? 

    Gloria caricaturiza a un progre como un individuo con ideas obsoletas, flojo, que no lee, que no sabe nada de economía, intolerante, que detesta la cultura del esfuerzo pero a la vez es parte de la burguesía (eso que algunos llamamos izquierda caviar), es hipócrita, cínico, y a la vez suele tener dinero, tanto que algunos son ricos, tan ricos como los que critican tanto. Esa es una caricaturización muy reduccionista porque entonces no se podría explicar por qué hay «progres» que sí tienen abundante dinero, por qué varios de ellos son líderes de opinión, artistas o hasta políticos o burócratas destacados (que para ello se necesitó esfuerzo). Gloria pone en una misma canasta al manifestante que se droga y tarda 10 años en terminar sus estudios y al académico progresista con maestría y doctorado en universidades de renombre que le ha tenido que batallar para obtener una beca y para encontrar una plaza en una universidad de prestigio. 

    Gloria también ignora que hay muchas personas que toman posturas progresistas en el terreno de lo social pero no en lo económico. Y no me refiero al libertarismo (que concuerda en el terreno del matrimonio igualitario, por un decir) sino que, mientras que defienden el libre mercado en lo económico, sus posturas sociales están muy influenciadas por corrientes que parten del postestructuralismo o de la Escuela de Frankfurt. 

    A medida que se avanza en el libro, sí se puede percibir cierta mejoría y algunos momentos un tanto lúcidos donde Gloria se centra en algunas tesis muy específicas de los progresistas que exhibe con argumentos. En la parte central hace algunas críticas suyas que valen la pena y que logran salvar un poco su obra, pero al final, en el epílogo, regresa a otra vez a la crítica visceral y reduccionista. 

    ¿Qué puede dejar un libro cuya misión no es dialogar con un progresista sino caricaturizarlo? Creo que muy poco. Este es de ese tipo de obras que solo logran reafirmar las posturas ideológicas de los lectores. Pienso que, aunque cita algunos autores importantes como Tocqueville, Locke, Platón o Friedrich Hayek, entre otros, parece que el libro tiene una base filosófica muy débil. No porque sea un libro fácil de leer (un libro no necesita ser complejo ni pesado para demostrar tener un buen bagaje filosófico), sino porque en el texto a veces falta sustancia, falta «carnita». Gloria recurre a muchos lugares comunes y preconcepciones, y si bien entiendo que este es un libro de divulgación y no uno académico, creo que incluso para el género se queda corto. 

    No soy muy progresista, tampoco soy libertario y no simpatizo del todo con Gloria Álvarez, aunque me parece una mujer inteligente y agradezco varias de sus críticas a los regímenes populistas en sus videos de Youtube. Tal vez por eso esperaba un poco más de este libro, lamentablemente se queda muy corto si hablamos de una de las principales divulgadoras del libertarismo en nuestro subcontinente.