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  • AMLO, y cómo analizar a los políticos de forma objetiva. O tratar, al menos

    AMLO, y cómo analizar a los políticos de forma objetiva. O tratar, al menos

    AMLO, y cómo analizar a los políticos de forma objetiva. O tratar, al menos

    Algo que he repetido hasta el cansancio es que hay una campaña que tiene como fin evitar que López Obrador llegue a la presidencia.

    En realidad no se trata solamente una sola campaña sino varias, llevadas a cabo por distintos actores y que buscan distintos fines. Existen quienes, desde la clase política, pretenden que no llegue AMLO porque su llegada puede implicar cierta irrupción dentro de la estructura política (lo cual puede comprometer sus intereses).  Por otro lado, existen quienes tienen la sincera preocupación de que el tabasqueño pueda significar un riesgo para el país, o hay quienes tienen las dos motivaciones al mismo tiempo y buscan a través de redes sociales, columnas o spots, alertar sobre la llegada del tabasqueño al poder. Estas campañas se irán intensificando conforme se acerque el día de la elección del siguiente año. 

    Dada la existencia de estas dos corrientes, algunos consideran que la diferenciación es una tarea difícil. Esto pasa cuando se hacen juicios a los periodistas, opinadores o intelectuales opuestos a López Obrador. Los más férreos opositores pueden creer que los de la primera campaña (los que tienen un interés) forman parte de la segunda (los que tienen una genuina preocupación), mientras que con sus fieles seguidores ocurre lo contrario, e incluso de forma más determinante: cualquiera que se oponga o critique a López Obrador es parte de una conspiración de la «mafia del poder». 

    En un ambiente deliberadamente polarizado tanto por AMLO como por sus decractores, los actores aspiran a que los individuos tomen una de esas dos posiciones mencionadas, y que desde estas emitan un juicio (predecible por definición). Entendiendo que lo opositores y los simpatizantes ya lo son y difícilmente cambiarán de opinión, buscan que los independientes (quienes determinarán el resultado de la elección) tomen una de ambas posturas.

    Es decir, quieren evitar que los individuos analicen y tomen posturas «desde fuera» (porque las pasiones provocan que los individuos tomen posturas más determinantes e irracionales que si lo hacen por medio de la razón), y eso es lo que trataré de hacer por medio de este artículo. 

    La campaña más visible es la primera, la de los partidos o políticos tradicionales que no quieren que López Obrador llegue a la presidencia porque temen que con su llegada, los intereses y los acuerdos pactados puedan romperse (porque con la llegada de AMLO se pactarían otros donde muchos de ellos ya no formarían parte). Desde esta campaña es donde se han publicado los videos de Eva Cadena y se ha insistido en la supuesta relación de López Obrador con Javier Duarte, o ahora, con Elba Esther Gordillo.

    Los opositores difunden y promueven insistentemente los contenidos donde se intenta exhibir a López Obrador, mientras que los simpatizantes insisten en frenarlos y aseveran que es irresponsable compartirlos porque buscan, dicen, manipular a la población. En realidad, las dos partes buscan manipular asumiendo que el individuo es tonto y carece de criterio propio.

    Los primeros promueven esos contenidos asumiendo que los consumidores son ingenuos y se la van a tragar toda, y que van a creer todo aquello que sea mentira. Los segundos no sólo temen la ingenuidad (y así, que crean sólo lo que es manipulado), sino que por medio del buen juicio puedan discernir aquello que es verdad de entre lo que es «manipulado o premeditado» y que afecte a la imagen de su candidato, en este caso de López Obrador. 

    Como buen ejemplo de lo que digo, veamos el siguiente video:

    https://www.youtube.com/watch?v=C-ECqw56Jr4

    ¿Es José Cardenas parte de la campaña mediática partidista en contra de Obrador y es un pasquín pagado o es un periodista que, desde sus posturas políticas personales o desinteresadas, detesta a López Obrador? En realidad esa respuesta no la sé, en parte porque no conozco mucho a este periodista (aunque de lo poco que le conozco siempre lo recuerdo como un individuo que siempre ha sido beligerante con el tabasqueño).

    Pero responder esa pregunta no importa tanto para lo que quiero ilustrar. Lo que sí es evidente es que José Cárdenas fue muy parcial en su entrevista e intentó exhibir a López Obrador como el epítome de la corrupción. Los seguidores de López Obrador recomiendan no propagar esa entrevista porque es un acto de manipulación; pero a pesar del evidente sesgo, yo no estoy de acuerdo con esa petición, hacerlo sería asumir que el individuo es necesariamente tonto y que carece de criterio propio. 

    José Cárdenas le dice a López Obrador: ¿Estás manchado de huevo o estás manchado de corrupción? Esta pregunta por sí misma exhibe la tesitura con la que se conducirá la entrevista. Cárdenas insistirá en que López Obrador es corrupto, dirá algunas verdades, medias verdades y otras que son mentiras. 

    En la entrevista el espectador tiene dos tareas: comprender la subjetividad del entrevistador, pero a la vez, entender que esa subjetividad no necesariamente anula la validez de todo aquello que se expone en la entrevista. Bajo este entendido, sería tonto decir: «me he dado cuenta que José Cárdenas es parcial, voy a dejar de ver el video o voy a ignorar todo lo que contiene porque es un acto de manipulación», afirmar eso sería un acto de pereza mental, o incluso, una muestra de la inseguridad que el sujeto tiene sobre su propia capacidad intelectual para hacer razonamientos propios.

    A pesar de que el entrevistador está evidentemente sesgado y que su postura no sólo está sesgada, sino que lo está deliberadamente (ya sea por cuestiones personales o por un interés), hay mucha «tela de donde cortar» para poder hacer un análisis del tabasqueño.

    Por ejemplo, la reacción de López Obrador ante un entrevistador no es algo «manipulado» en tanto que se trata de su reacción natural ante un contexto dado. Así como se les dice a las mujeres que analicen el comportamiento que su prometido tiene con su madre porque éste es un reflejo del comportamiento que tendrá con ella en el matrimonio, también la reacción de los políticos ante determinados contextos cuando están en campaña son reflejo de las reacciones que tendrán y las relaciones con diversos actores. Así, la reacción de Peña Nieto en un contexto adverso, cuando se escondió en un baño para evitar a los alumnos que lo cuestionaron, fue muy ejemplar para mostrar la relación que tiene, en la práctica, con la prensa opositora y con quien no simpatiza con él: Peña Nieto se esconde, no da entrevistas, no sale a escenarios donde el público no está controlado, y de una manera silenciosa lleva a cabo actos de censura selectivas para que pasen desapercibidas (como ocurrió con Ferriz de Con y posteriormente con Carmen Aristegui).

    De la misma forma, el comportamiento que López Obrador tiene con los entrevistadores, con quienes lo cuestionan y con quienes no tanto (porque hasta con éstos resbala) habla mucho de la forma en que podría gobernar. 

    En la entrevista con José Cárdenas, López Obrador exhibe rasgos autoritarios. El candidato tiene el derecho a discrepar con la actitud del entrevistador e incluso hacerle notar su postura parcial, pero lo que importan son los «cómos»: Por ejemplo, que López Obrador le exija hacer buen periodismo (quien debería hacer esa exigencia es el público y no el político), y que al final con un tono casi amenazante y déspota le diga «serénate, serénate».

    De igual forma, podemos ver a un López Obrador que exhibe un ego desmedido al exhibirse como determinadamente honesto («Hay aves que cruzan el pantano y no se manchan, mi plumaje es de esos»), como poseedor de la razón y la verdad. De igual forma, ante la incapacidad de elaborar argumentos en el instante recurre a clichés gastados (la mafia del poder, soy peje pero no lagarto, la moronga azul de la monarquía -para referirse al PAN-), cuya repetición ad nauseam ha generado un efecto en sus más fervientes seguidores, quienes repiten las mismas frases para elaborar sus argumentaciones. Insisto en que la reacción per sé no es manipulada porque muchos de estos rasgos se repiten en la reciente entrevista que tuvo con Carmen Aristegui, quien lo abordó desde un postura más objetiva (donde AMLO le sugirió, entre broma y no tanto, que no se pusiera al servicio de Miguel Ángel Yunes, su adversario), y donde de la misma forma exhibió (incluso con mayor insistencia) este tipo de rasgos y características exhibidas con José Cárdenas. 

    Que un elemento sea negro no significa que su opuesto sea blanco. Que lo que él llama «mafia del poder» (esa clase política, que tampoco está muy lejos de poder considerarse mafia) se sirva a sí misma, no implica que AMLO servirá a sus ciudadanos. Que esa misma mafia pretenda evitar que AMLO llegue no implica que López Obrador sea bueno. Esos ejercicios maniqueos son una trampa mental producto de la pereza intelectual. Si el individuo quiere hacer un juicio certero (o lo más aproximado a ello) tiene que analizar a los elementos de forma aislada y separarlos de aquello con lo que busca oponerse. De la misma forma, en vez de negarse a ver «contenidos manipulados» o a hacer juicios a priori al momento de notar el sesgo, deberá aprender a «leer entre líneas» y entender el contexto, para que de acuerdo a éste pueda hacer un juicio objetivo. 

    Posiblemente mis lectores no lleguen a la misma conclusión que a la que yo llego. Posiblemente en donde yo vea autoritarismo ellos vean determinación, o donde yo veo un ego desmedido ellos vean ideales. Se vale y todos tenemos derecho a hacer nuestra propia interpretación, pero lo que tenemos que evitar es que las pasiones desmedidas y nuestras posturas eviten que pensemos y ejercemos el uso de nuestra razón. 

  • La alianza PAN-PRD. Juntos contra AMLO en 2018

    La alianza PAN-PRD. Juntos contra AMLO en 2018

    La alianza PAN-PRD. Juntos contra AMLO en 2018

    Yo había dicho que si López Obrador no cometía errores tenía casi segura la presidencia ¿recuerdan? Seguramente el tabasqueño sigue arriba en las preferencias, pero hace unos días cometió un error que podría, en un dado caso, condicionar su triunfo (un error de varios, más bien) y éste fue haber «invitado», en tono amenazante, a los partidos de izquierda para que declinaran por la candidatura de Delfina en el Estado de México. El error cobró factura y el PRD (o su dirigencia), convertido ya en un partido satélite, tomó una decisión: irá en coalición con el PAN y no con MORENA rumbo a las elecciones del 2018. 

    Cuando hablamos de una alianza PAN – PRD surgen muchos sentimientos encontrados. Algunos dirán que esa fórmula alcanzará para evitar que AMLO llegue a la presidencia, otros hablarán de la incongruencia ideológica de ese «matrimonio». La realidad es que ese matrimonio cambia un tanto el contexto de las elecciones. 

    El argumento de esa alianza (así lo han presentado) es que hay que sacar al PRI de Los Pinos. Pero siendo sinceros, el PRI ya está fuera de Los Pinos; el rival a vencer es otro, y ese es López Obrador. AMLO no se equivoca cuando dice que si se tratara de una alianza contra el PRI, hubieran pactado de la misma forma en las elecciones del Estado de México

    No sé si los dirigentes lo hayan entendido como yo lo entiendo o se trate de un accidente, pero basar su argumento en oposición al PRI y no a AMLO puede llegar a ser acertado al menos a estas alturas, dado que insistir demasiado (como sucedió con el caso de Eva Cadena), en que hay que ir con todo contra el tabasqueño, podría terminar haciendo más fuerte a éste último.

    ¿Funcionará una alianza así? Depende de muchos factores, incluso podrían existir algunos escenarios donde esa alianza pueda resultar contraproducente. No es la primera vez que ambos partidos pactan una coalición, pero el contexto en el que se lleva a cabo es diferente. El PRD juega el papel de partido satélite y no de partido grande (lo cual es una desventaja natural dentro de las negociaciones que ambos partidos hagan), el enemigo a vencer no es tanto el PRI sino AMLO, y ambos partidos cargan con un nivel de desprestigio con el que no cargaban hace media década. 

    El problema que tenían estos partidos era que no había un candidato competitivo que pudiera sobresalir del «político común», lo cual es una desventaja frente al tabasqueño que tiene el privilegio de poder venderse como antisistema. Evidentemente, el problema sigue existiendo porque ni dentro del PAN ni del PRD existe una figura sobresaliente. Entonces tendrán que buscar otra alternativa: 

    Por ejemplo, dicha alianza podría servir como plataforma para postular a un candidato que no sea miembro de uno de los dos partidos, un candidato que pueda ser percibido como una suerte de «candidato independiente» para así ganar legitimidad. Ambos partidos cederían al no postular a alguno de los suyos, pero en cambio, conservarían todos los privilegios que implica continuar en el poder. El PRI, de igual forma, podría negociar una transición tersa y tranquila con el PAN (como ha venido sucediendo) para que su inminente derrota no signifique la pérdida absoluta de poder y privilegios. Ambos partidos podrían aprender la «lección de Francia» y postular a una figura que funja como «semi-independiente», y que pueda sacar del poder a lo que la gente más detesta (al PRI) sin caer en la demagogia (AMLO). 

    Bajo esta tesitura, PAN y PRD tendrían que postular a un candidato centrista (o al menos que no esté muy inclinado a la derecha o a la izquierda) que pueda abarcar la mayor cantidad de voto útil posible (recordemos que la masa que ya no se identifica con algún partido crece en grandes proporciones) haciendo una elección de tercios. Si logran presentar a un candidato lo suficientemente creíble, se encontrarán en ventaja cuando la elección se convierta en una batalla entre dos (como suele suceder en las elecciones presidenciales desde el 2000). El candidato en cuestión deberá tener la suficiente reputación para que la plataforma (dos partidos de la tan odiada clase política) no le juegue en su contra.

    Otro problema que podría presentarse en este escenario es que se presente una candidatura independiente. Ciertamente el «independiente» cobijado por el PAN-PRD tiene una estructura con la cual el otro independiente (el de a de veras) no podrá contar. Pero también es cierto que el primero tendría que brillar mucho más que el segundo, porque una candidatura independiente es mucho más creíble que una «semi-independiente» cobijada por los partidos.

    Esa podría ser una posibilidad, pero eso no quiere decir necesariamente que vaya a suceder así y posiblemente ocurra que la coalición decida postular a un candidato partidista. Si fuera uno miembro de PRD (muy poco probable, entendiendo que en esta negociación tiene desventaja) dudo que todos los panistas decidieran votar por él. Si en cambio, fuera un miembro del PAN, de igual forma dudo que los simpatizantes (cada vez más pocos) del PRD se vayan a convencer a votar por ese candidato, e incluso tal vez opten por votar por el candidato de MORENA. Un escenario así no cambiaría mucho las cosas, de hecho, que un partido haga una coalición con otro de ideología contraria (en el tema económico, pero sobre todo, en el social) podría no ser bien recibido por todo mundo y el electorado independiente no lo termine de acoger por su carácter partidista. 

    Todos sabemos que López Obrador (y no el PRI) es el candidato a vencer. Los partidos harán todo lo posible por pararlo, porque independientemente de lo que cada uno piense del tabasqueño, puede significar una ruptura que trastoque los intereses de la clase política vigente. Eso no convierte a López Obrador, desde luego, en la opción más deseable. Varias de sus alianzas (como la reciente con Elba Esther Gordillo) y varios de sus cercanos muestran que se trataría más de un reemplazo más que una evolución de la cultura política de nuestro país. 

    Los partidos harán todo, coaliciones, campañas de desprestigio. Pero la desesperación termina siendo un arma de doble filo. Falta poco más de un año para las elecciones presidenciales y todavía hay mucho que contar. Vamos a ver cómo se conforma la alianza, y sobre todo, se dura (porque dudo que todas las tribus del PRD se encuentren contentas con esta decisión). 

  • López Obrador, por sus entrevistas lo conocereis

    López Obrador, por sus entrevistas lo conocereis

    López Obrador, por sus entrevistas lo conocereis
    Fuente: Youtube (Grupo Imagen)

    Cada vez que algunas elecciones se acercan, cierto deseo de esperanza y cambio se impregna en la psique de los electores. Esa palabreja llamada «cambio» se vuelve la insignia. Esa percepción (válida, ciertamente, en muchos casos) continua de que no están bien gobernados y que solamente una coyuntura electoral (esta ya no tan válida) podrá traer un cambio y una bocanada de aire fresco.

    Si entra el nuevo todo va a cambiar, se dicen. Ciertamente, la alternancia es algo muy sano y deseable en un país que aspira a ser democrático, pero no alcanza a satisfacer las altas expectativas que gran parte del electorado se hace. Esto, aún después de las decepciones continuas con políticos, que en casos anteriores, le prometieron dicho cambio de forma reiterada.

    Esta es una de las razones por las cuales López Obrador, a pesar de todo, puede presumir que lidera las encuestas. El elector ve llegar al poder a un candidato que le prometió un cambio para después darse cuenta que era lo mismo, y como si se tratara de una droga, piensa que entonces tal vez una dosis más alta sea una gran opción. Que el cambio sea lo más irruptivo posible, que no sea un cambio cosmético sino de uno de fondo. Importa, para muchos, más el cambio que la forma y la sustancia de tal cambio. Las cosas no pueden estar más mal, se dicen. 

    Y es lo suficientemente irruptivo cuando la clase política intenta, de forma desesperada, frenar su ascenso. Cada vez que los partidos tradicionales (PRI y PAN sobre todo) intentan frenar a AMLO, exponiendo casos como los de Eva Cadena para convencer a los electores de que es corrupto (que vaya, ese suceso que ciertamente es reprobable, no deja de ser algo muy pequeño comparado con lo que es la regla en todos los partidos) sólo reafirman ese carácter irruptivo del tabasqueño.

    Si AMLO fuera «como ellos», no tendrían siquiera la necesidad de insistir demasiado para bajarlo de las encuestas, ni siquiera tendrían una gran motivación para hacerlo. Si AMLO representara lo mismo que representan ellos, entonces a un priísta le valdría lo mismo que ganara Andrés Manuel a que ganara un panista o un perredista. Pero les importa más, porque una irrupción (termine siendo buena o mala para el país) puede poner en entredicho sus intereses. 

    Al contrario de lo que piensan sus seguidores y sus opositores más férreos, ambos conceptos (que algunos consideren a AMLO una suerte de amenaza para el país, y que otros consideren a AMLO una amenaza para sus intereses propios con los cuales buscan mantener un coto de poder) pueden coexistir. De hecho, coexisten sin ningún problema. 

    Si insisten tanto, dirán, es porque el «PRIAN» no quiere perder sus privilegios. Es que de verdad AMLO es alguien «que va a hacer que todas las corruptelas y los conflictos de interés se acaben». 

    No es ni su pretendido carácter inmaculado ni su pretensión de ser un redentor, sino la intencionalidad de romper con el orden de las cosas que él tiene que lo hace diferente a los demás. Evidentemente, López Obrador tiene la intención (la capacidad estaría por verse y la pongo más en duda) de romper con ese orden, donde los beneficiarios de la política ya no sean los mismos. Como él diría, que ya no sean los del «PRIAN» quienes compongan las élites de la política. 

    Si somos electores racionales, seríamos irresponsables al limitarnos al concepto del «cambio» como criterio para elegir a un gobernante. Tendríamos que determinar si ese cambio es bueno o malo. ¿Qué es lo que ese cambio nos ofrece a comparación de lo que tenemos ahora? ¿Qué es lo que cambiaría en términos políticos, económicos y sociales? Es decir, tendríamos que dejarnos un poco de sentimentalismos y racionalizar a las opciones que tenemos en frente.

    Para muchas personas, aceptar que López Obrador no es muy diferente a los demás políticos y que tiene considerables limitaciones como político (que sea irruptivo no significa que en esencia sea diferente) sería aceptar que no existe luz alguna de esperanza para las elecciones venideras. Aceptarlo les ocasionaría un fuerte conflicto. Por eso es que basta con que represente un cambio para darle su voto, lo demás se puede relativizar o atenuar. Se aferran tanto que, al igual que López Obrador, ven un interés oscuro en quienes son críticos con el líder tabasqueño (véase Twitter). 

    Hablando de las deficiencias de López Obrador, me llamaron la atención dos entrevistas que le hicieron dos periodistas diferentes. Me decían que en la primer entrevista Ciro Gómez Leyva había sido muy parcial y tal vez hasta poco profesional (ciertamente, Gómez Leyva no es alguien que se destaque por su imparcialidad y tal vez ni por su independencia periodística), que lo quiso exhibir como un tonto y que intentó hacer que resbalara una y otra vez. No eran las carencias de López Obrador, decían, sino la perversa forma en que Ciro conducía la entrevista. Otros incluso de plano ignoraron las carencias de AMLO y publicaron frases como «López Obrador humilló a Ciro, lo hizo pedazos». 

    https://www.youtube.com/watch?v=oPc1Rg3IZ2s

    Pero lo mismo ocurrió con Jorge Ramos, un periodista más imparcial que incluso es admirado algunos que se dicen de izquierda (él es incisivo con cualquier político que se le pare enfrente). Él también exhibió las carencias del tabasqueño, y tal vez, sin tener una intención «perversa» como se dice de Ciro, Jorge lo exhibió todavía más. Lo que sacó Jorge Ramos de las entrevistas es más preocupante.

    https://www.youtube.com/watch?v=ON3kjJ6Angg

    AMLO no supo articular ni argumentar sus propuestas, no supo definirse, no supo siquiera expresarse bien. Cayó en una fuerte contradicción al negarse a llamar dictador a Nicolás Maduro so pretexto de la «del derecho de la libre autodeterminación de los pueblos» pero a Trump sí lo llamó racista reiteradamente. López Obrador, ante la insistencia de Jorge Ramos, se opuso, sí, a ciertos rasgos autoritarios de Maduro, criticó la represión y los prisioneros políticos, pero luego se dijo admirador del Che Güevara (su hijo, Jesús Ernesto, tiene ese nombre por la inspiración que Jesucristo y el Che tienen en López Obrador) relativizando las masacres y los asesinatos a su nombre. Pero lo que me parece más grave es que se haya negado rotundamente a tomar una postura frente al aborto y los matrimonios de parejas del mismo sexo. Que eso lo decida el pueblo, dijo, e incluso consideró irresponsable emitir una opinión personal al respecto. 

    Por cálculos políticos, López Obrador es incapaz siquiera de mostrar sus preferencias sobre diversos temas, y que los electores deberían conocer para poder hacer un mejor juicio del candidato. Se asume como transparente y directo, pero es opaco. 

    Quien ha escuchado a López Obrador a través de los años, podrá darse cuenta que el discurso no ha cambiado en lo absoluto. Es el mismo discurso que el usado en el debate del 2000, en el 2006 y en las miles de entrevistas que le han hecho. La única diferencia, preocupante considero yo, es ese rasgo redentor cristiano que sólo hace acentuar su mesianismo. Que basta con que él no sea corrupto para que los demás no lo sean. Ante las preguntas que no sabe como contestar, recurre a las frases comunes, simplonas, que ha repetido una y otra vez.

    Si alguien quiere darse cuenta de las carencias de AMLO no tiene que recurrir a esos absurdos y tediosos memes o videos editados donde se intenta con insistencia comparar a López Obrador con Hugo Chávez (es absurdo querer equiparar a ambas figuras sólo porque dijeron en su momento que «no nacionalizarían nada»), ni mucho menos debería recurrir a los tweets de Ricardo Alemán y demás figuras evidentemente parciales y cuya libertad periodística está condicionada por algún partido político. 

    No son las supuestas coincidencias con Chávez, Maduro o Fidel Castro que muchos quieren tejer, son las peculiaridades de López Obrador las que más nos deberían de preocupar. 

    Las entrevistas, en cambio, son un gran material para conocer las limitaciones de este candidato, porque lo muestran tal cual es, mediante sus propias palabras. Quienes anhelan «el cambio» deberían de analizarlas detenidamente para después determinar si López Obrador es un cambio que en realidad vale la pena y si mediante esta figura, México logrará esa transformación que cada seis años desean.

    Como yo he insistido, un «cambio verdadero» sólo se va a dar cuando la ciudadanía se integre a la transición democrática y tome una responsabilidad mayor. Robert Putnam, mediante un estudio que realizó hace algunas décadas en Italia, encontró una fuerte correlación entre la cultura cívica y la calidad de los gobiernos. Eran las regiones más prósperas y mejor gobernadas aquellas donde la ciudadanía participaba de forma más activa, donde más ciudadanos eran miembros de organizaciones civiles; en tanto los que ostentaban una menor cultura cívica eran los mismos donde había más clientelismo y corrupción. Ciertamente, tendríamos que determinar porqué determinadas regiones tienen una mayor participación ciudadana y otras no, pero lo cierto es que la cultura cívica suele ser condición necesaria para tener gobiernos más horizontales y transparentes. Yo siempre he sido muy escéptico de la idea de que sólo el cambio de poder traerá un cambio drástico de las cosas si no hay una «transición ciudadana», habrá gobiernos un poco más buenos, otros un poco más malos, pero la esencia no cambia ni las estructuras de poder que ya están muy anquilosadas dentro del tejido social de nuestros país. 

    Todos anhelamos con un cambio, pero el sentimentalismo no es suficiente. Tendríamos que respondernos entonces si el cambio vale la pena. Yo les di mi particular opinión, que puede no coincidir con la suya. Ustedes tendrán la respuesta. 

     

  • López Obrador, nuestro señor

    López Obrador, nuestro señor

    López Obrador, nuestro señor
    Imagen: Regeneración

    Abundan los memes, las burlas y las críticas que pretenden presentar a López Obrador como un mesías venido del cielo para salvar a la humanidad del pecado y de las tentaciones de Satanás. En política nada es casualidad, todo tiene una explicación, y el aura mesiánico de López Obrador no es un invento de sus oponentes, sino que es producto de su propia creación. López Obrador de alguna manera ha buscado que sea así. ¿Por qué?:

    Primero, porque México sigue siendo un país muy religioso donde muchas personas son fervientes devotas de la Virgen de Guadalupe, y donde muchas de ellas tienen su santo a quien rezarle. En un país mariano donde muchos peregrinan cada 12 de diciembre hacia la Basílica de Guadalupe, un líder que represente esa religiosidad, que se presente como quien resolverá, por intersección divina, los problemas que aquejan al individuo, podrá aspirar a amasar una gran cantidad de votos: promover la bondad será condición suficiente para acabar con todos los males, como la corrupción.

    Segundo, porque ese aura mesiánico le permite presentarse como una persona impoluta e incorrompible. Así como el devoto religioso nunca cuestionará al santo ni mucho menos a la Virgen, tampoco lo hará con Andrés Manuel López Obrador. Así como Jesucristo nunca cayó en las tentaciones de Satanás a su venida a la tierra para salvar a la humanidad, Andrés Manuel tampoco, dice, ha caído en algún acto de corrupción. Y si alguien de sus discípulos de MORENA cayera en uno, es el discípulo el que se mancha con el pecado, no López Obrador. 

    No es un prejuicio de sus opositores ese aura mesiánico, es premeditado. En esa relación vertical con un componente de dogma religioso, Andrés Manuel intenta implantar una nueva moral, porque, al igual que los más conservadores, le preocupa en demasía la pérdida de valores en la sociedad.

    Nada de esto es casualidad ni es producto de algún accidente. Los políticos que atraen más votos son aquellos que logran crear una ventaja competitiva de acuerdo al entorno en el que se mueven. López Obrador, entendiendo el profundo sentimiento religioso de los mexicanos, sobre todo aquellos de clases populares, logró crear una buena estrategia: mostrarse como un líder mesiánico, como aquel santo al cual sus creyentes le rezan diariamente, que combatirá de buenas a primeras los problemas que lo aquejan, y que basta con ser bueno para hacerlo, de la misma forma que basta con ser bueno y estar libre de pecado para alcanzar la gracia divina.

    Por esto es que sus adversarios le pusieron una buena trampa involucrando a Eva Cadena en un acto de corrupción. Así intentan desmitificar el discurso de López Obrador (no sabemos si con éxito ) y aminorar los efectos de esa ventaja competitiva que ha colocado, con ayuda de la gracia divina, a López Obrador como puntero de las encuestas.

    Así, una de sus creaciones fue MORENA. Es un nombre ingenioso, porque al mismo tiempo que es un acrónimo de «Movimiento de Regeneración Nacional», el nombre hace una clara referencia a la «Morenita de Guadalupe», el nombre de su partido es uno muy guadalupano; el slogan «La esperanza de México» también tiene una connotación muy religiosa. La relación que tiene con sus integrantes, muchos de ellos seleccionados por medio de una tómbola (como ocurría en la democracia de la Grecia antigua) es como la relación que Jesús tenía con sus discípulos, aunque cabe decir que los «filtros» que utilizaba Jesucristo para seleccionar a hombres impolutos eran más eficientes que los de López Obrador. Jesús sólo fue traicionado por Judas Iscariote, mientras que no son pocos los hombres de MORENA que han caído en el pecado de la corrupción. 

    Así como basta ir a confesarse con el padre para limpiar los pecados, también basta afiliarse a MORENA para limpiar el alma. Todos los priístas y panistas que estaban «en pecado» fueron perdonados inmediatamente al entrar a MORENA con la única penitencia de propagar la palabra de Andrés Manuel López Obrador. Aunque eso sí, algunos, como la ex panista Eva Cadena, han reincidido. 

    Tampoco es coincidencia que López Obrador pida a los padres y los ministros de culto religiosos, que adviertan a los creyentes que la compra de votos es un «pecado social»

    «Es un engaño, es también algo que ofende y que está escrito hasta en la Biblia. Es antirreligioso».

    Pero llama la atención, y es paradójico que López Obrador haya tomado al mayor representante del Estado laico de México como su guía y mentor, aquel que se peleó con la Iglesia para impulsar una reforma que separaba a la Iglesia y al Estado. Así, López Obrador se sentó a la izquierda de Juárez, y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Pero en realidad López Obrador tiene muy poco que ver con Benito Juárez, AMLO no es un liberal, por el contrario, es una persona profundamente conservadora que recibe la bendición de pastores evangélicos y tiene un gran apoyo por parte de ellos (los mismos que en Estados Unidos niegan la teoría evolutiva). Su relación con Juárez tiene más que ver con el hecho de que era un indígena, venido «de abajo», de las «clases más vulnerables». 

    https://www.youtube.com/watch?v=4KKWG04Bev0

    Es ese sentimiento de religiosidad, el cual se ha hecho más notorio desde 2012 (cuando López Obrador terminó de entender que ese discurso podría calar hondo en parte del electorado), el que mantiene a López Obrador vigente. Él ha sido capaz de construir un discurso maniqueo donde MORENA es el cielo, mientras que el infierno es eso a lo que él llama «la mafia en el poder». 

    No, no se trata de una izquierda liberal o socialdemócrata la de AMLO, quien quiere que la agenda progresista pase por un plebiscito a sabiendas de que la mayoría se opondrá a ella. López Obrador comparte su conservadurismo social con el PAN, en tanto que en lo económico también es conservador, dado que aspira a construir un gobierno intervencionista y planificador. En resumen, López Obrador es el candidato más conservador de todos, aquel que se alimenta del mexicano religioso, y del mexicano que tiene miedo a ser libre, el cual espera que la gracia divina resuelva sus problemas.  

  • La batalla de los cerdos (tres cerdos diferentes)

    La batalla de los cerdos (tres cerdos diferentes)

    La batalla de los cerdos (tres cerdos diferentes)
    Foto: Christinne Muschi

    Ayer nos despertamos con una bochornosa noticia dentro del partido de López Obrador, MORENA, donde Eva Cadena, candidata por la alcaldía de Las Choapas, fue exhibida en un video recibiendo fajos de billetes. Esto naturalmente tira a la borda un argumento de López Obrador que ya era muy endeble: que bastaba con que él fuera honesto para acabar con la corrupción en México. También nos habla de la forma en que los partidos políticos se manejan a diario. 

    El incidente fue naturalmente aprovechado por sus opositores, quienes seguramente tuvieron algún involucramiento o participación en este hecho, pero que no exime ni a MORENA ni a López Obrador del error y demuestra que también dentro de su partido hay corrupción. Después, López Obrador, en su ya tradicional arrogancia y poca autocrítica, endosó toda la culpa a la «mafia del poder».

    Entendamos un poquito el contexto. López Obrador va por encima en las encuestas. Muchos están nerviosos y temen que el tabasqueño pueda llegar a Los Pinos. Por eso, con más de un año de anticipación, han comenzado a hacer una campaña de guerra sucia para tratar de bajarlo. Esto ha desatado un lodazal, porque no sólo son sus opositores (PRI y PAN) intentando demostrar que también él es corrupto, sino porque el mismo López Obrador ha entrado en esa dinámica ensuciando al emisor para quitarle crédito a su palabra. Ahí está su insistencia en demostrar que Felipe Calderón exoneró a Humberto Moreira. Por más desacreditados estén quienes lo acusan, mejor para él. 

    Así uno entiende que la campaña presidencial (porque técnicamente ya estamos en campaña) haya empezado con un lodazal, donde todos se desacreditan a todos. Las facciones políticas, sobre todo aquellas del PRI y del PAN tienen muy poco que ofrecer y son incapaces de brillar por luz propia. López Obrador, por su parte, sí tiene un número considerable de seguidores que creen en él, aunque de la misma forma tiene unos negativos considerablemente altos. Como no tienen mucho que ofrecer, López Obrador intenta subir los negativos de sus opositores y estos hacen lo propio con él, se trata de quién esté más embarrado.

    Pero en este lodazal, en este intento por desacreditar al otro, la clase política vuelve a mostrar una vez más lo desconectados que están de la realidad, lo desconectados que están de la sociedad, a quienes apenas pueden entender por medio de estudios cuantitativos (y hasta para eso tienen problemas). 

    Me llama poderosamente la atención que los priístas monten una escena donde llaman a López Obrador corrupto varias veces y donde exigen su renuncia. Creen ellos, a pesar del enorme descrédito de su partido y el repudio que les tiene la mayor parte de la sociedad mexicana (en especial en aquellos sectores de votantes independientes quienes, por cierto, podrían determinar si López Obrador llega a la presidencia) que tienen la autoridad moral de llamar corrupto y acusar a un candidato de lo mismo que ellos han sido acusados una y otra vez.  

    https://www.youtube.com/watch?v=BaoA4qysD6M&t=64s

    La puesta en escena del PRI es un error estratégico. Fue primero el PAN quien se subió a la arena para ensuciar a López Obrador. Felipe Calderón ha estado, en estos últimos días, en una permanente campaña en contra del tabasqueño comparándolo con Hugo Chávez e insistiendo en sus presuntos nexos con Duarte. Calderón, asumiendo que su figura es respetada en algunos sectores de la sociedad, y tomando en cuenta que su esposa desea llegar a la silla presidencial, decidió formar parte de esta guerra sucia reeditada para evitar que el tabasqueño se mantenga allá en la cima. Pero ¿qué pasa?

    Entonces llega el PRI al hacer lo mismo, y tenemos al PRI y al PAN en una insistente campaña en contra de López Obrador que también incluye bots y publicidad encubierta en redes. Si un creciente número de ciudadanos están (estamos) hartos de la clase política y no se sienten representados por ella, ¿qué van a pensar al ver a toda esta clase agrupada en contra de un candidato? Así, el argumento del PRIAN toma fuerza. El PRI y el PAN están aliados en contra de López Obrador.

    El votante independiente (quien podrá determinar la elección) podrá dudar de AMLO por los fajos de billetes que recibió Eva Cadena, pero después de ver al PRI y al PAN aparentemente unidos en esa batalla, que los emisores han cometido actos de corrupción y tropelías que superan a la décima potencia el fajo de billetes, tampoco tendrá incentivo alguno para votar por los «partidos tradicionales» y en dado caso hasta podría llegar a ver a AMLO como la opción menos peor. Al ver al PRI y al PAN en una insistente batalla por bajar a AMLO hará que a los ojos del independiente, las posibilidades de que el acto sea parte de una campaña orquestada, crecerán, con lo cual se podría diluir la acusación que se le hace al tabasqueño. 

    Porque no sólo se trata de la guerra sucia, sino de la insistencia. Incluso pareciera que se están jugando todas sus cartas, que están poniendo toda la carne en el asador. Y tanto en la política como en las relaciones sentimentales, quien insiste demasiado pierde su atractivo. 

    Si después de este lodazal López Obrador no baja mucho en las encuestas, se van a prender los focos rojos. 

    Y de pilón, reafirmando el cinismo del PRI, otro hombre entró a la batalla: Humberto Moreira, quien aprovechó la discusión entre López Obrador y Felipe Calderón para acusar de corrupto, briago e infiel al expresidente. Ese es nuestro nivel de política, y por eso la clase política se encuentra en una profunda crisis. Se han alejado tanto de la realidad y de la ciudadanía que ya solamente pueden aspirar a ensuciar a los demás para así aspirar a los puestos de poder:

    https://www.youtube.com/watch?v=lo4FJWe8zmY

     

     

     

  • El señor Duarte y el señor López

    El señor Duarte y el señor López

    El señor Duarte y el señor López

    Quienes quieren tumbar las aspiraciones de López Obrador parecen haber encontrado una forma: ligar a AMLO con Javier Duarte. El ahora detenido exgobernador de Veracruz representa actualmente el punto culmen de la corrupción y de todos esos antivalores de los cuales reprochamos a los políticos. 

    Se dice que Javier Duarte le dio recursos económicos a MORENA para impulsar a Cuitláhuac García en Veracruz. Así, Duarte aspiraría a que Cuitláhuac dividiera el voto para que no ganara Miguel Ángel Yunes, su opositor y enemigo. Al candidato de MORENA no le fue nada mal, un tercer lugar a ocho puntos del puntero para un partido nuevo en un estado tan importante como Veracruz sabe a triunfo; pero de todos modos Yunes ganó, con lo cual el futuro de Duarte quedó comprometido.

    Si se prueba que el partido de López Obrador recibió dinero de Duarte, el tabasqueño recibirá un golpe lo suficientemente duro como para comprometer sus aspiraciones presidenciales.

    ¿Eso sucedió? No hay pruebas contundentes de que haya sucedido. Pero a juzgar por el comportamiento de AMLO, no podemos descartar de ninguna forma esa teoría. Por ejemplo, López Obrador llegó a defender de una u otra forma a Javier Duarte al decir que Carlos Salinas estaba orquestando una campaña contra el entonces infame obeso Gobernador de Veracruz para favorecer a Yunes. En ese entonces, las críticas de López Obrador a Duarte apenas existieron y no tuvieron la contundencia de las que les dedica a otros actores políticos. Incluso López Obrador se anticipó a decir que sus «adversarios» tratarán de ligarlo con Duarte:

    https://www.youtube.com/watch?v=iKHH046imzE

    La efectividad de esta estrategia tendrá que ver con su veracidad (que sea cierto que MORENA recibió dinero de Javier Duarte) y con que presenten pruebas contundentes. 

    Los opositores, quienes están muy preocupados por el ascenso de López Obrador y no saben como pararlo, podrían incluso aspirar a que Javier Duarte declare que le entregó dinero al partido de López Obrador. Pero esto no será suficiente porque a ojos de muchos la detención de Duarte pudo haber estado pactada (eso, o un muy grave error cometido de forma inexplicable, explica que su familia, la cual estaba siendo intensamente vigilada, fuera a visitarlo en Guatemala).

    Los opositores tendrán que mostrar pruebas contundentes de que tales transacciones de dinero se llevaron a cabo. Recordemos que toda la clase política está desprestigiada, su palabra ya no vale mucho, y el único recurso es aquel que sobrepase cualquier subjetividad: las pruebas fehacientes del acto.

    Si no muestran pruebas contundentes de dicha relación, les podría salir el tiro por la culata y terminar fortaleciendo aún más la candidatura de López Obrador. Los opositores deberán probar las transacciones y los documentos necesarios que avalen la acusación, pruebas que sean a prueba de cualquier inclinación política. Pero por otro lado, López Obrador tendría también que mantener una postura inteligente con respecto del tema: un capricho, una declaración polémica o imprudente podría fortalecer la acusación. 

    Se ha empezado a tejer esta relación en torno a las elecciones en el Estado de México. Para diferenciarse de sus contrincantes, Josefina Vázquez Mota insiste en que tanto Alfredo del Mazo como el partido de Delfina Gómez Álvarez (osea, MORENA, o sea, López Obrador) se han beneficiado del gobierno de Javier Duarte. El argumento contra del Mazo es más contundente porque existen fotografías y videos donde se les ve juntos, y además porque Duarte tenía en el Estado de México una de las mansiones que adquirió con el dinero que robó en Veracruz. El que lo liga con AMLO es el que tiene que ver con las elecciones del año pasado.

    Javier Duarte, como el ícono de los antivalores de la política que es, se ha convertido un recurso que tratarán de utilizar los políticos (aunque la honorabilidad de muchos de ellos no sea mucho más grande que la del propio Duarte) para influir en el electorado. Duarte es una de las razones por las que el PRI no ganará las elecciones del 2018, pero lo mismo podría ocurrir con López Obrador. Los panistas, por ser los principales beneficiarios, insistirán en la relación. Si encuentran pruebas, las mostrarán hasta asegurarse de haber acabado con la reputación del tabasqueño.

    Como dije la otra vez, las elecciones del 2018 ya comenzaron, y se antojan muy sucias. 

  • Mi historia. El libro de Margarita Zavala y su ambición presidencial

    Mi historia. El libro de Margarita Zavala y su ambición presidencial

    Mi historia. El libro de Margarita Zavala y su ambición presidencial

    Cuando puedo leer un libro de más de 200 hojas en una sola sentada (en una mañana en este caso) lo hago por dos razones: porque el autor escribió un libro de lectura fácil, o porque el libro es lo suficiente malo como para no pararte en seco varias veces y razonar lo que quiso decir el autor. La obra de Margarita Zavala tiene un poco de lo primero y un mucho de lo segundo. Vamos pues, a analizar su libro:

    Como todos sabemos, Margarita Zavala aspira a ser la candidata del PAN a la Presidencia de la República. Ella, junto con Ricardo Anaya, ya se han involucrando en una suerte de contienda interna, y seguramente de entre ellos dos saldrá el candidato o la candidata del PAN.  

    Pensando en sus aspiraciones, Margarita decidió escribir un libro donde no habla de sus propuestas sino de su persona: Margarita «se presenta en sociedad» para que todos la conozcamos, para que empaticemos con ella y conozcamos ese «lado humano» de una ex primera dama que quiere tomar las riendas de este país. 

    ¿Lo logra? A mi juicio, no. 

    Margarita Zavala no logra establecer eso que llaman rapport, o al menos yo no logré sentir empatía alguna con su texto. Si algo he criticado de Margarita Zavala es su falta de pasión; me parece una persona muy mediana que no destaca, que parece no ser muy brillante y que no defiende sus convicciones con ahínco. Eso queda muy patente en cada una de las letras que componen su libro «Mi Historia». Incluso el mismo título de su libro, predecible y obvio, habla mucho de su contenido.

    No sé si a ustedes les ocurrió como a mí cuando iba en la primaria o secundaria: en algún momento el maestro me pidió que escribiera una especie de ensayo sobre la historia de nuestra vida. Naturalmente a esa edad mis habilidades literarias eran poco menos que nulas y para eso (ante mi natural incapacidad de expresar mis sentimientos con respecto a mi historia) recorría muchos lugares comunes, obviedades y anécdotas:

    Por ejemplo, solía escribir algo así: «Mi papá siempre iba a trabajar temprano, mi mamá nos llevaba a la escuela y en la tarde me pedía que hiciera la tarea. Tenía dos perritos y en la tarde jugaba con ellos». Algo así es el libro de Margarita Zavala, relata su vida como si se tratara de un ensayo de secundaria y no de alguien que quiere contender por la Presidencia de la República. Sólo hasta que habla de su trabajo en el PAN y su rol en favor de las mujeres, se llega a sentir un poco (poco y nada más) de esa pasión, de esa convicción que uno esperaría de un político al cual le quiere dar su voto.

    En su libro, Margarita pocas veces toma partido sobre algún tema más allá de aquellos que son universales (el Estado de derecho, el combate a la corrupción y la legalidad). Cuando intenta abordar algún tema que pueda generar polémica se resbala, lo cual inclusive afecta a la redacción de tal manera que uno puede no entender muy bien qué quiso decir (aunque también habría que criticar al editor porque también llegué a encontrar a algunos errores de ortografía como pronombres propios que no tenían acento):

    «Mi preocupación es que les hemos ido restando densidad al tema al convertir todo en cuestión de derechos humanos; es decir, les quitamos peso cuando, por ejemplo, catalogamos como derecho humano fumar marihuana. Si los derechos humanos pierden peso específico, su violación pierde transcendencia.»

    Eso no solamente ocurre en su libro, basta con observar algunas de sus entrevistas:

    https://www.youtube.com/watch?v=ahm155JECRI

    Margarita Zavala puede presumir haber tenido un bisabuelo que conoció a Benito Juárez, y a un abuelo que apoyó a Juan Andreu Almazán, el cual perdió las elecciones contra el general Manuel Ávila Camacho con un sonado fraude; y quien, por apoyar a Almazán, fue acusado hasta de simpatizar con el nazismo. La sangre política corre por las venas de Margarita Zavala, originaria de una familia materna cristera; pero a la hora de mostrar sus convicciones pareciera ser más bien una «mujer chapada a la antigua» que no hace ruido ni llama la atención.

    Margarita Zavala tiene problemas para brillar con luz propia, y tal vez con excepción de su involucramiento en temas relacionados con los derechos de la mujer, casi todo su andamiaje político ha estado íntimamente ligado al de Felipe Calderón.

    «Beijing marcó mi vida también en otros aspectos; en lo cultural, por ejemplo. En un principio quería que mi primer hijo fuera hombre, lo cual es una auténtica tontería: queremos que sea varón para que se llame como su papá o para que cuide a la hermana más chica. En cambio, volví de ahí con ganas de que fuera mujer; me divertía llevarme a mí misma la contraria.» 

    Si Margarita tiene algún rasgo que la diferencie de Felipe Calderón es su sentido de justicia social. Margarita trabajó dentro de organizaciones civiles (católicas) ayudando a la víctimas de las explosiones de San Juanico y el terremoto de 1985. Su activismo dentro de estas organizaciones que le hizo adoptar este sentido de justicia (heredado del activismo propio de la madre) propició que en la Escuela Libre de Derecho (de donde conoció a su esposo) se burlaran de ella y le dijeran que estaba «a la izquierda» del salón. Ella era la única que abordaba el tema de la justicia social en el aula.

    Aunque se trata de una persona evidentemente conservadora, es posible advertir algunos rasgos en ella que pueden ser más identificados con la izquierda, como su molestia con la desigualdad, su preocupación por los derechos humanos y los de la mujer (los cuales, ciertamente, desde una postura bastante más edulcorada y vaga que los líderes de izquierda). Ahí terminan las diferencias con su marido.

    Como mujer conservadora (lo cual no es una incongruencia al ser parte de un partido conservador como el PAN) tiene una relación estrecha con la religión. Margarita es una mujer profundamente religiosa (me atrevo a decir que bastante más que su marido). Nació en una familia tradicional donde en Semana Santa estaba prohibido ver televisión y salir con los amigos, donde las películas que veían en el cine eran «Los Diez Mandamientos» y «Ben Hur» (las cuales, dice, vieron más de diez veces), y sólo tenían permitido ver ciertas caricaturas como «Don Gato y su Pandilla» (aprobadas a los ojos de los padres). En el libro deja patente esa relación con la religión. Por ejemplo, ella narra que acudía a misa por el estrés que le causaban las acusaciones de López Obrador a su hermano Juan Ignacio y su empresa Hildebrando. No faltaba el padre o el pastor que le diera su bendición. 

    La corriente política conservadora no está casada necesariamente con la idea de la «mujer seria y reservada». Un ejemplo es Margaret Thatcher. Se simpatice o no con la ex primer ministro del Reino Unido, todos coinciden en que fue una política confrontativa que se formó desde abajo y que se paraba en Westminster a pelearse por las cosas en que ella creía. Margarita tiene el mismo nombre, pero no sólo no es confrontativa, sino que también, de vez en cuando, muestra rasgos de sumisión:

    «Decidí no dar entrevistas a ningún medio de comunicación, entre otras cosas porque el equipo de Comunicación determinó que debía quedarme muy calladita. En eso no se equivocaron, pienso que fue lo más sano; podía ocasionar más problemas que beneficios con un perfil muy público».

    Margarita no muestra en su libro algún sentido de autocrítica hacia ella misma (que dijera que tal vez fue mejor idea meter a sus hijos a otras escuelas fue lo más cercano a alguna forma de autocrítica) ni al gobierno de su esposo. No sólo se no se distancia de su marido en algunos temas para mostrar autonomía, sino que gasta algunas páginas para defender la gestión de Felipe Calderón y deslindarlo de algunas acusaciones (como la tragedia de la Guardería ABC). Incluso su crítica hacia el PAN (de la poca que hay) va en ese sentido: Nosotros, los calderonistas, representamos al PAN verdadero, las otras facciones representan una desviación de los preceptos originales del PAN.

     «La pobreza, por ejemplo: de repente se actualizan las estadísticas y ocurre que hay un millón de pobres más y te cuestionas por qué, si hiciste lo correcto, si impulsaste las políticas públicas necesarias, si cumpliste con esto o con lo otro o si fue únicamente por la crisis mundial.»

    Si Margarita quería convencernos de su profunda fe religiosa, posiblemente lo haya logrado. Si Margarita quería vendernos la idea de que es «buena», tal vez haya convencido a algún despistado, pero en política como en las relaciones sentimentales los niños buenos suelen perder. 

    Dudo que Margarita logre, con este libro, convencer a los independientes (masa cada vez más grande y que posiblemente determine el resultado de las elecciones del año que viene). Tan sólo, y en el mejor de los casos, logrará reafirmar la postura de los más férreos calderonistas.

    Ante un panorama político mundial turbulento (del cual México no está exento), y sobre todo, ante una sociedad mexicana que está harta de la corrupción, de la impunidad y de la inseguridad, una figura como la de Margarita Zavala, que se muestra endeble, titubeante, que no tiene dotes de liderazgo, que no tiene ninguna trayectoria destacable, y que tampoco tiene grandes capacidades intelectuales como para compensar la ausencia de carisma o personalidad, resultará muy poco rentable. En este sentido, su rival, Ricardo Anaya, quien tampoco es alguien carismático que muestre algún signo real de ruptura ante lo que México está viviendo, sería una mejor elección dentro un PAN que cada vez escasea más de líderes. 

    Para terminar y para que no se malinterprete lo que he dicho (mis argumentos son conclusiones de una obra), mi crítica a Margarita no tiene que ver con su género. De hecho, si algo me gustaría mucho es ver a una mujer en Los Pinos. Una mujer que defienda a capa y espada sus convicciones, determinante, y que se la raje para el país. Por el contrario, ver a una mujer cuyo proyecto estará muy influenciado por su marido y que es incapaz de brillar con luz propia, no ayuda mucho a la causa. 

    Ella es Margarita, ella quiere ser presidenta y este es su libro. No sólo no logró cabalmente su propósito de abrirse sinceramente, sino que reforzó la percepción (sobre todo los rasgos negativos) que yo tenía de ella. 

  • La bocota de Felipe Calderón

    La bocota de Felipe Calderón

    La bocota de Felipe Calderón

    Si hoy fueran las elecciones, López Obrador ganaría.

    La clase política está muy nerviosa. La guerra sucia (o campaña de contraste) ha comenzado. Pero hay tres problemas: que 2018 no es 2006, que la clase política esté desacreditada (aunque AMLO también forma parte se ha logrado desmarcar de ella en el discurso) y que en ese ímpetu por «bajar» a López Obrador, se nota mucha desesperación; eso no es bueno.

    Algo que habría agradecido de Felipe Calderón, a diferencia de su antecesor Vicente Fox (que se ha convertido en una mala broma), era la prudencia de sus comentarios. Hoy ya no es así: el expresidente posteó dos tuits lamentables que se podrían esperar de Gerardo Fernández Noroña, de Donald Trump, o hasta del propio López Obrador, pero no de él:

    No es digno de un expresidente, quien se supone representó a todo un país, que se exprese así de un sector de la población. No es congruente que un expresidente que se lanzó duramente contra Trump por su discurso segregador, haga lo mismo al etiquetar a un sector de la población, por más que éste se le oponga y tengan diferencias irreconciliables. 

    Peor aún es que la encuesta que Felipe Calderón usa como referencia es muy poco fiable. Uno podría entender que López Obrador pierda puntos, pero ¿de verdad creen que Margarita Zavala, como refiere la encuesta, subió 5 puntos con su campaña desangelada? Peor ¿creen que de verdad Osorio Chong subió ¡7 puntos!? Sí, Osorio Chong, quien es parte de un gobierno cuyo timón no llega ni al 10% de aprobación.

    Algunos me dirán que es parte de una campaña de contraste, que habrá que polarizar a la sociedad de nuevo como en el 2006 para arrebatar el triunfo a López Obrador. Pero no sé si una campaña como la que se hizo en 2006 pueda tumbar al tabasqueño. De hecho, en 2006 esa campaña no funcionó por sí sola, sino que necesitó que López Obrador cometiera errores (como el «cállate chachalaca» o no haber asistido al debate). 

    Cómo he repetido en este espacio, a diferencia de 2006, la clase política está sumamente desacreditada. Que desde el PAN o desde el PRI se diga que AMLO es un peligro no generará un gran impacto, tan sólo reafirmará a los más férreos opositores a López Obrador, quienes ya de todos modos no iban a votar por él. 

    Quienes están interesados en que López Obrador no llegue a la presidencia, deberían de prestar atención a lo que ha pasado en otras latitudes, sobre todo en Estados Unidos. De la misma forma que ocurrió con Donald Trump, López Obrador puede darse el lujo de decir sandeces, insultar y desacreditar a diestra y siniestra sin que eso tenga mayor afectación, lujo que no se puede dar Felipe Calderón, cuya aspiración es que Margarita Zavala llegue a la Presidencia de la República.

    De igual forma, a pesar de la campaña de contraste utilizada en Estados Unidos por parte de los demócratas, Trump se alzó con la victoria. Los opositores (no sólo los demócratas, sino la propia prensa) cometieron el error de darle mucha importancia al candidato y lo dejaron crecer. Las elecciones estadounidenses se trataron de Donald Trump, quien supo manejar el show y aprovechar la cobertura mediática (incluyendo críticas a su persona) para ganar.

    Ahora todos hablan de López Obrador porque sus opositores hablan de él, y en su desesperación, lo sobredimensionan. Creen que basta con asustar al voto útil para obtener la victoria; pero a diferencia de 2006, dicho segmento está harto de la clase política y les venderá más caro su voto. Ellos ya no sólo se preguntarán si con López Obrador México se convertirá en una Venezuela, sino también si tendrá sentido votar por un PRI o un PAN cuando después de 18 años, a diferencia de lo que se prometió con la idea del «cambio», México está sumido en la corrupción y padece una severa crisis de inseguridad. Del primero el PAN podrá deslindarse sólo parcialmente (no sólo porque no están exentos de corrupción sino por su displicencia con los escándalos del gobierno de Peña Nieto), del segundo no. La crisis de inseguridad se remonta a los inicios del gobierno de Felipe Calderón.

    Quienes aspiran a hacer esta campaña de contraste ignoran la crisis de representatividad que vive no sólo México, sino todo Occidente. Esperar que con un candidato mediano que representa «más de lo mismo» baste para ganar es casi un contrasentido. En un escenario así, dejarán la campaña en manos de López Obrador, y sólo podrían aspirar a que el tabasqueño se hunda por sus propios errores. 

    Si Marine Le Pen no tiene nada seguro su triunfo en las elecciones de Francia, es porque el liberal Emmanuel Macron ha logrado presentarse con un discurso antisistema que contrasta con el gobierno de Hollande, cuya popularidad va en picada. A su vez, Hillary no supo crear un discurso parecido (en parte porque no tenía los elementos para hacerlo), y ante esa imposibilidad, aspiró a una campaña de contraste que incluso le fue contraproducente. Es cierto que tuvo un mayor número de votos, pero también es cierto que desde un inicio los candidatos conocian las reglas de juego del peculiar sistema electoral estadounidense; y así, Trump logró acaparar más delegados. 

    Dicho esto, la fórmula para detener el avance de López Obrador es con otro candidato antisistema, quien le robe el discurso y a la vez mantenga una postura más moderada para lograr acaparar al voto útil, el de las izquierdas que no se sienten representadas por AMLO o que no le son fieles, el de los centristas y el de los de derecha decepcionados con el PAN (que no son pocos); alguien que logre contrastar contra la clase política, que muestre un discurso firme contra la corrupción y la impunidad que impera en México.

    Pero la clase política está tan ensimismada (se ha convertido tanto en el problema que les es imposible generar un candidato con tales dimensiones) que sólo podremos aspirar a un perfil así desde una candidatura independiente. 

    Si Calderón con sus tweets busca hacer más de lo mismo, y peor aún, si busca confrontar a los votantes que discrepan como él, no sólo no logrará afectar las preferencias de López Obrador, sino que podrá poner en predicamento la campaña de su esposa, campaña que, por cierto, ya se está tambaleando. 

    La desesperación se huele, se percibe. La desesperación no atrae votos, los ahuyenta. 

    Mientras, algunos empresarios y poderes fácticos (Carlos Slim, TV Azteca) ya no piensan en deshacerse de él, sino en hacer equipo para salvaguardar sus intereses en caso de una eventual presidencia de López Obrador.