Categoría: temas polémicos

  • El emprendimiento positivo como ideología populista

    El emprendimiento positivo como ideología populista

    El emprendimiento positivo como ideología populista

    Un fantasma está recorriendo México, es el fantasma del «emprendimiento positivo».

    A ver, el emprendimiento no es malo. Por el contrario, a nuestro país le urgen emprendedores que innoven y creen riqueza. Pero, de hace algunos años para acá, se ha enquistado una cultura nociva, frívola y superficial que poco abona a este propósito: es eso que yo llamo el «emprendimiento positivo» porque más de estrategias de emprendimiento e innovación parte de la premisa «motivacional» de que si tienes una actitud positiva o una mentalidad de tiburón (que no es otra cosa que un nuevo concepto que utiliza los mismos clichés de la autoayuda), te vas a convertir en millonario.

    En esta cultura no se trata tanto de darle a la gente las herramientas para que logre innovar o emprender: por lo general esos contenidos suelen quedar en un segundo plano. Esta cultura trata, más que nada, de jugar un poco con las ambiciones inmediatas de la gente haciéndole sentir que «sí puede ser exitoso», «sí puede ser millonario», porque, ante la necesidad que mucha gente tiene de tener más recursos económicos (a los cuales van acompañados deseos de status o autorrealización), este tipo de discursos se vuelven mucho más atractivos (y más fáciles de comprender) que la transmisión de metodologías y conocimiento para que una persona pueda emprender.

    Es más, voy más allá: este «emprendimiento positivo» es una ideología populista. Si bien, los politólogos no nos hemos terminado bien de poner de acuerdo sobre qué es el populismo, sí podemos percatarnos que el «emprendimiento positivo» comparte algunas nociones de las definiciones de populismo más aceptadas.

    Una de las características de los populismos tiene que ver con una visión moral dualista de los buenos contra los malos: buscan librar a la política de la corrupción ocasionada por la élite (argumenta Pipa Norris). Aunque la definición de la élite para este caso pueda parecer difuso, puede estar fácilmente por 1) los empleadores, aquellos que contratan a personas para tenerlas trabajando a sueldo y 2) el sistema educativo: los gurús del emprendimiento siempre insisten en que la educación no funciona.

    El emprendimiento positivo también hace una distinción dualista entre los emprendedores y los empleados (godínez). Los emprendedores se conciben (nótese incluso el aire marxista) como aquellos sujetos emancipados del godinato, de los jefes que los explotan y hacen uso de su tiempo. El emprendimiento positivo no hace distinciones y no explica que mientras algunos se encuentran cómodos emprendiendo, a otros les va mejor tener un empleo. En el emprendimiento positivo hay una superioridad moral del emprendedor sobre el empleado: el emprendedor siempre será mejor que el empleado: el empleado es el sujeto que no se ha emancipado, el que «no ha pensado fuera de la caja», el que «se deja explotar».

    Otra de las características achacadas a los populismos es la presencia de los líderes mesiánicos que promueven una retórica populista que consiste en «la adopción de ciertas ideas específicas en el discurso a partir del dualismo entre buenos y malos» tales como «librar a la política de la corrupción ocasionada por la élite» o «regresar el poder a la gente ordinaria». El emprendimiento positivo no tiene a Donald Trump o Hugo Chávez, pero sí que tiene a Carlos Muñoz, Richie Espinoza y demás gurús que pululan por Instagram y que, por medio de frases triviales, crean un culto a su persona.

    Para el populista del emprendimiento el pueblo son sus seguidores, los emprendedores (que los siguen) o aspirantes a ello, su tribu: el propio Carlos Muñoz, en su debate con Diego Ruzzarin, afirmó que cuando muriera él iba a tener el funeral más grande del mundo. Los emprendedores (obviamente, afines al líder) forman parte del pueblo, mientras que los empleadores, los mismos empleados, los profesores y todos aquellos que no caben en el concepto de emprendimiento forman parte de esa élite o los «conservadores» como diría cierto político mexicano.

    Así, el emprendimiento positivo se vuelve objeto de culto. En Instagram gustan de subir frases motivacionales: «sé tu propio jefe», «cambia tu mentalidad», «los ricos invierten, los pobres gastan». «tu competencia está en el espejo», «haz que el dinero trabaje para ti», «logra tus metas en 5 pasos», todo ello acompañado de imágenes de «gente exitosa» de un stock de fotos o de gente reconocida que muchas veces no tiene nada que ver con el texto de la imagen. Así como el populista político te dice que votes por él para que te saque de la pobreza, el populista del emprendimiento te dará consejos, te dirá qué hacer pero no cómo hacerlo.

    El emprendedor populista insiste mucho en las inversiones, en la imagen personal y en las ventas (aunque no ahondará mucho en metodologías y sí mucho en clichés emocionales), pero poco te dirá sobre innovación y creación de riqueza. Al igual que el populista político, para el emprendedor populista los símbolos y las narrativas importan muchísimo más que el diseño de políticas públicas o, en nuestro caso, de metodologías para que las personas puedan adquirir las habilidades necesarias.

    No se trata de que seas millonario: no se trata de ti, se trata de él, de que él construya una imagen de éxito para sí mismo y que tú lo sigas y admires para que consumas sus cursos, para que compres sus libros. Estos gurús te hablarán mucho de Robert Kiyosaki y otros «motivadores de negocios», pero poco hablarán de Peter Drucker o Michael Porter (autores que deberían estar en el librero de cualquier emprendedor) porque es aburrido, es técnica, es metodología. Se trata más de hacer sentir que de hacer: se trata de hacer sentir a la gente que puede ser millonaria, no de ayudar a que sea millonaria, son dos cosas distintas. También se trata de pertenecer, de prometer: no se trata de «voy a ser rico porque estoy trabajando duro», sino de «voy a ser rico porque estoy siguiendo a Carlos Muñoz». Un emprendedor sensato no perdería su tiempo consumiendo una y otra vez videos y frases motivacionales en Instagram: el tiempo es dinero, y no hay que malgastarlo.

    Por eso el «emprendimiento populista» es un ideología: porque contiene un marco normativo que dicte cómo es que las cosas deberían de ser: «todos deben emanciparse del godinato para ser emprendedores». Y es populista por este binarismo entre emprendedores y empleados oprimidos, por las retóricas incendiarias, por las promesas que no van a poder cumplir (la de hacerte millonario). Tal vez no sea casualidad que este tipo de cultura abunde en América Latina, región donde los populismos abundan.

  • Por quién doblaron los vagones. La tragedia del Metro en la CDMX

    Por quién doblaron los vagones. La tragedia del Metro en la CDMX

    La tragedia del #MetroCDMX sí debe politizarse, en especial cuando los responsables son los mismos políticos. Los ciudadanos tenemos derecho a saber quienes son los responsables y a exigir justicia.

    Viajan en los vagones del metro cansados después de una dura jornada de trabajo. Apenas es lunes y parece ser un día ordinario. Algunos de ellos exponiéndose a algunos riesgos de más por el Covid debido a las aglomeraciones que se dan en las estaciones del Metro. Todo parecía tan cotidiano. Desde allá arriba, desde el paso elevado construido por ICA y Grupo Carso, se ven las luces de la gran ciudad. De pronto, en un instante, todo se cae. Todo pasa tan rápido que a algunos apenas les dio tiempo de sentir subir la adrenalina antes de fallecer. Otros, lesionados o ilesos, tuvieron suerte como para poder contar esa terrible experiencia que marcará sus vidas. A nadie se le ocurre que el tramo elevado en el que uno se desplaza vaya a colapsar. De entre millones que usan el metro a diario, solo a ellos, a esas decenas, les tocó la trágica suerte: una tragedia que nunca debió ocurrir.

    Tragedias ocurren en la vida, pero las que indignan y encabronan son aquellas que son producto de fallas éticas humanas: de aquellos que sabían del desperfecto que tenía ese tramo, de aquellos que «le metieron materiales más baratos» para quedarse con el sobrante, de aquellos que no fueron profesionales en su trabajo, de los que simplemente fueron omisos. Por eso encabrona, porque la tragedia se habría podido evitar.

    Las autoridades lo sabían, los vecinos lo advirtieron, las mismas estructuras «gritaron» desde hace años que estaban en riesgo de colapsar.

    Hoy las huestes obradoristas insisten en que no politicemos lo ocurrido, que no nos «aprovechemos» para criticar al régimen. Pero está muy bien que se politice: lo ocurrido es un asunto de interés público y, por tanto, político. Poco ético sería que los opositores pronunciaran calumnias o difamaran. No lo hacen, en principio porque ni siquiera tienen necesidad: es evidente que hay responsables y quiénes son ellos. Criticar el derecho a politizar una tragedia es faltar el respeto a las personas que murieron, ellas merecen justicia y merecen que los responsables paguen de forma categórica (cosa que anticipamos no va a suceder). Las huestes nos reclaman cuando ellas mismas, cuando opositoras, fueron campeonas no solo de la politización (en algunas ocasiones tenían razón en sus críticas), sino de la difamación virulenta. Es más, estando en el poder siguen difamando a aquellas personas que osan disentir con el régimen. Ello es tan solo una expresión de intolerancia y autoritarismo.

    Una de las ventajas de la democracia y los partidos es ello: la politización de lo público. Los partidos pueden acusarse de todo por interés propio, pero esa dinámica (en tanto no implique mentira o difamación) da a la ciudadanía más información sobre sus representantes. Antes no conocíamos cuán corruptos eran muchos de ellos, hoy lo sabemos más y tenemos más información para tomar decisiones al respecto. Así supimos que Peña Nieto es un corrupto, y así sabemos que Marcelo Ebrard, Mario Delgado y todos los involucrados en la construcción y mantenimiento de la línea 12 son responsables (funcionarios, empresas privadas como Grupo Carso) y deben pagar por ello.

    Después de la tragedia, uno habría esperado que la mañanera se tratara sobre ella, sobre las labores de rescate. En vez de eso, López Obrador se encargó de linchar a la prensa además de presentar estampas. No hubo solidaridad con las muertes más que algunas condolencias verbales y decretar luto nacional (vaya, nada que le requiera un gran esfuerzo de su parte), porque pareciera que importan más las víctimas que convienen a la narrativa del régimen: los indígenas ultimados por los españoles, las víctimas de Porfirio Díaz, pero no importan tanto las de ayer, con todo y que seguramente varios de ellos votaron por López Obrador. Es cierto, López Obrador no es directamente responsable de la tragedia como sí lo son sus colegas Marcelo Ebrard, Mario Delgado, Miguel Mancera así como las empresas privadas involucradas en la construcción de la línea 12 (varias de ellas, de los empresarios favoritos del régimen), pero al evadir responsabilidad y tratar de diluir el golpe político que implica lo ocurrido, entonces se vuelve cómplice. Él no fue, pero tapa a los responsables.

    ¿Dónde está esa izquierda que decía velar por los de abajo? Son los de abajo los que más han pagado por las irresponsabilidades de este gobierno con respecto de la pandemia, son los de abajo los que fallecieron en los vagones del Metro. En los hechos, ellos siguen siendo ignorados o, en todo caso, utilizados políticamente, incluso más que en los «gobiernos neoliberales». Los muertos merecieron poca empatía por parte del gobierno que insiste en el pueblo bueno, fueron plato de segunda mesa en la mañanera porque el banquete principal era el linchamiento a la prensa. Hasta los mandatarios extranjeros se mostraron más solidarios. De López Obrador no merecieron un tuit.

    El régimen actual se precia de ser como un ave que vuela sobre un pantano y no se mancha, pero los responsables de la tragedia (con excepción de Miguel Mancera) hoy forman parte de esa denominación oligofrénica llamada Cuarta Transformación y son sus pilares principales. No hay razones para tener esperanza en el régimen, ayer a decenas les quitaron la vida y no recibieron siquiera la compasión del Presidente. Un Presidente que se precia de representar al pueblo se hubiera involucrado de lleno, hubiera ido al lugar, hubiera instruido órdenes, hubiera hablado con las familias, pero López Obrador no lo hizo, para él lo ocurrido quedó en el anecdotario porque le importa más el impacto político de un evento que las vidas humanas.

    Los muertos y sus familias merecen justicia.

  • La democracia no está de moda

    La democracia no está de moda

    Quienes ya tenemos treinta y tantos años cuando menos, nos acordamos de ese México autoritario (y eso que a finales de los años 80 e inicios de los 90 ya existían indicios de apertura democrática). Sabíamos que el PRI era «el partido», el que siempre «ganaba» y que las elecciones eran, pues un fraude o una simulación. De chicos conocimos a los medios alineados al gobierno, conocimos la escasez de voces disidentes e incluso había algo de atractivo en ver a aquellas personas que se atrevían a cuestionar al gobierno: era como una suerte de rebeldía.

    La democracia entró a México justo cuando la idea de la democracia liberal en el mundo tuvo su mayor auge (en los años 90) y se le veía como un camino al que todos debían llegar. Hasta a Francis Fukuyama se le ocurrió decir que la democracia liberal era el fin de la historia.

    En nuestro país la democracia nunca se terminó de asentar por completo, durante gran parte de la primera década del año 2000 hablamos de la transición democrática. En efecto, muchos de sus engranajes elementales ahí estaban: división de poderes, libertad de expresión y manifestación, libertad de prensa. Lo que tal vez nunca se terminó de asentar del todo fue la cultura democrática y por ello algunos vicios del régimen autoritario perduraron.

    Los gobiernos que fueron parte de esa transición (de 1994 a 2018) no fueron precisamente gobiernos excepcionales: fueron muy imperfectos, a veces mediocres y, en algunos casos, hubo corrupción rampante (sobre todo en el gobierno de Peña). Aún así, durante esta época se sentaron unas bases que hacían al estado de cosas algo diferente de lo que había en el pasado, un estado de cosas que nos dotaron a los ciudadanos de más derechos: derecho a expresarnos, derecho a elegir a nuestros gobernantes y demás.

    Pero ese tiempo de algarabía ya terminó, desapareció justo cuando presenciamos retrocesos democráticos en varios países del mundo. La democracia ya no está de moda: su defensa pareciera ser casi un capricho de académicos y opinadores que la defienden en Twitter. Los lopezobradoristas simplemente creen que el concepto de democracia se agota en el régimen actual y, siendo más precisos, en la figura de López Obrador. Otros sectores, como FRENA, tampoco es que crean mucho en ella ni en los contrapesos (de los cuales Gilberto Lozano se ha mofado en varias ocasiones), sino que simplemente están preocupados por esta idea de que «AMLO nos va a llevar al comunismo».

    Es posible que parte de este fenómeno tenga que ver con el hecho de que ya damos por sentado algunos de sus beneficios y pensamos que nunca se van a ir, podría uno suponer que alguna gente va a valorar la democracia cuando ya no esté ahí, cuando ya no se pueda expresar tan libremente, pero lo que es innegable es que parte del desencanto viene por la profunda decepción que ha generado la clase política y que crea la percepción de una democracia estéril.

    Y es comprensible: los partidos se han vaciado de cualquier contenido ideológico y se han llenado de un pragmatismo grosero con el mero afán de ganar votos y que hace que los ciudadanos ya no se sientan identificados con ellos. El sistema partidista existe, pero es disfuncional. En teoría, tener muchos partidos debería aumentar la representatividad (como ocurre con varios sistemas de representación proporcional o mixtos como el nuestro): tendría que haber varias opciones de distintas ideologías de tal forma que todos encuentren su partido que los representen, pero la mayoría de los partidos son entidades-negocio que fungen como satélites de los partidos grandes.

    Los políticos ya hasta evitan reconocerse como tales: se definen a sí mismos como ciudadanos, ignorando el inevitable hecho de que el individuo que entra a «hacer política» de manera formal es un político, y que un político es igualmente ciudadano que quien no es político. Muchos partidos, ante el fortísimo escepticismo de la gente hacia sus promesas y propuestas, buscan hacer cualquier cosa para llamar la atención de sus electores.

    El problema es que, con todo y estos inconvenientes, la democracia nos permite castigar a los malos gobernantes (aunque tengamos que conformarnos con votar por el menos peor) y da mayores posibilidades a los ciudadanos de entrar a la política. La democracia, imperfecta como es en México, nos dota de pesos y contrapesos que, de menos, diluye los abusos de poder de los gobernantes. Difícilmente (y así lo demuestra la historia de nuestro país) un régimen autoritario podrá traernos mayores beneficios (los «éxitos» de países como China o Singapur se explican en gran medida por una cultura que difícilmente podremos emular). Hoy, de menos los gobernantes pueden ser evidenciados y castigados en las elecciones. En un régimen autoritario que concentre todo el poder, los gobernantes podrán hacer lo que les plazca y abusar a sus anchas porque no existe contrapeso alguno. Ahí, la gente no puede sacarlos con su voto. Ahí, la prensa estará más restringida o limitada para evidenciar todo el cochinero. Ahí, la gente será menos libre.

    Y tal vez la gente solo valorará la democracia cuando ya no la tenga.

  • Michel Foucault. Michel F’ck All

    Michel Foucault. Michel F’ck All

    Michel Foucault. Michel F'ck All

    Que Michel Foucault hubiese pagado para tener sexo con niños en Túnez, como asegura Guy Sorman, es algo muy paradójico y hasta revelador.

    Lamentablemente Foucault no está en vida para defenderse, pero es probable que lo que dice Guy Sorman sí haya ocurrido.

    Es paradójico que ese condenable acto fuera cometido (en caso de que haya sucedido) por alguien que hizo del poder y la dominación sus pilares centrales de la obra.

    Porque la pederastía implica una forma de dominación, incluso si esta fuera consensuada por los infantes. Existe una asimetría de información y, sobre todo, de maduración entre el adulto y el infante de la cual el primero aprovecha.

    Es curioso, porque ese acto podría sin problemas catalogarse por los teóricos posmodernos de las humanidades inspirados la obra del propio Foucault como una forma de dominación colonial. Los hechos habrían ocurrido apenas unos años después de que Túnez dejara de ser una colonia francesa. Foucault habría hecho en Túnez lo que no hubiera podido hacer en su país natal.

    Y bien no se equivocan quienes dicen que esta revelación no demerita la obra: que se debe separarse de la vida privada. Y está bien, porque en caso contrario tendríamos que «demeritar» o hasta cancelar gran parte de la filosofía: Aristóteles afirmaba que la mujer era un ser inferior, Heidegger apoyó al régimen nazi, Hume era racista (como casi todos los de su época), Schopenhauer era un misógino y un largo etcétera. Foucault ni siquiera, a diferencia de otros pensadores que dejaron sus prejuicios en hoja impresa como el propio Schopenhauer, promovió la pederastía en su obra (aunque sí llegó a promover que en Francia se redujera la edad mínima en que un adulto podía tener relaciones con menores de 15 años).

    Incluso alguien podría argumentar que este hecho consolida su obra al mostrar cómo el propio autor no es ajeno a las dinámicas de poder que describe, porque el hombre que se esforzó por explicar el ejercicio del poder y el dominio tan enquistado en lo más profundo de las relaciones humanas hizo uso de éste para darse placer sexual.

    La revelación revela la imperfección del ser humano. Foucault es una de las referencias de la teoría crítica y todas las corrientes posmodernas que dicen buscar crear un mundo más justo, sin discriminación ni dominación. Hasta las personas más comprometidas con la «ruptura de las cadenas de la opresión» pueden, como seres humanos falibles, terminar usándolas para someter a alguien más.

    Tal vez quede en evidencia que la dominación nunca va a desaparecer de nuestra especie y que la idea de que todos seamos completamente libres sin que nadie ejerza poder contra nosotros parece ser solo una ilusión.

    Tal vez a lo más que podamos aspirar es a crear formas de dominación más sutiles de tal forma que quien es dominado casi no se percate de ello. Tal vez nuestra condición humana no da para construir mundos idílicos.

  • No solo es el esfuerzo y el talento…

    No solo es el esfuerzo y el talento…

    ¿El éxito es directamente proporcional a la suma de la chinga y el talento, como dice Elías Ayub? O es simple cuestión de suerte y privilegio. La respuesta es muy compleja y tiene muchas aristas.

    ¿El éxito es directamente proporcional a la suma de la chinga y el talento, como dice Elías Ayub?

    Primero, ya nos encontramos con un problema con el mismo concepto de éxito. ¿Qué es éxito? Toda la cultura del coach del éxito y la mentalidad del tiburón se ha esmerado por definir y objetivizar al éxito por nosotros para vender cursos y seminarios.

    Pero tener éxito es simplemente el hecho de buscar algo y obtenerlo, cualquier cosa que sea, ya sea hacer crecer un negocio, comerse 3 hamburguesas en 10 minutos o sembrar una plantita y que crezca. Todo lo demás es subjetivo, el éxito depende de nuestras aspiraciones personales. Si la cultura del coaching quiere definir el éxito como una cosa, entonces va implícito el hecho de que buscan imponernos qué aspiraciones debemos de tener.

    Segundo, habiendo definido al éxito como «el hecho de aspirar a algo (cualquier cosa que sea) y obtenerlo», podemos encontrar que el esfuerzo y «la chinga» son condiciones necesarias para ello pero no suficientes: los factores exógenos, el contexto, el timing y hasta la aleatoriedad juegan un papel importantísimo.

    Elías Ayub dice lo que dice sin pena porque (y posiblemente así lo crea sinceramente) tiene la percepción que llegó a ser lo que es solo con base en la chinga y el esfuerzo. Seguramente se ha esforzado mucho en su vida y le chingó, pero también es cierto que muchos factores exógenos, como su posición socioeconómica o ser yerno de Slim, jugaron a su favor. Si no se hubiera encontrado en ese contexto, su realidad habría sido completamente diferente: tal vez habría sido gerente de sucursal de Telcel en vez de ser el director.

    Luego ocurre que la gente «exitosa» como Elías Ayub habla y escribe sobre cómo con la chinga y el esfuerzo lograron ser lo que son, pero esto crea un sesgo. Quienes tienen «éxito» tienen mayor exposición, escriben libros, son famosos, pero los que le chingaron y no lo lograron no los tienen. Entonces la gente solo escucha a «una parte» de la historia pensando que es «toda» y cree que basta con chingarle, pero no escuchó a la otra que permaneció en la oscuridad.

    La realidad es que vivimos en un mundo tan complejo donde los seres humanos no tenemos el control absoluto de todo. Muchas cosas se nos escapan y están fuera de nuestras manos. Si yo aplico a una beca, el hecho de que quien se encargue de evaluar las aplicaciones haya amanecido de buen o mal humor puede terminar no dándome la beca, por ejemplo. Y evidentemente, en un país como México donde la movilidad social es escasa (si hablamos de «éxito económico»), esos factores exógenos no se le alinean a muchos.

    La meritocracia perfecta en ese sentido es una utopía, porque el orden social en países como el nuestro no está determinado por el mérito, el cual apenas tiene una influencia difusa y parcial. Es más, incluso, aunque tuviéramos una sociedad completamente equitativa en este sentido, la suerte seguiría jugando un papel muy importante. Quienes logren estar en el lugar y el momento indicado (incluso sin saberlo) tendrán ese empujón que tal vez otros no habrían tenido.

    Sí, queda clarísimo que si queremos lograr algo de forma virtuosa, la chinga, el trabajo duro y el talento son necesarios, pero también importa el contexto y muchas circunstancias que no podemos controlar. Y esto es importante comprenderlo porque mucha gente suele autoflagelarse cuando se esfuerza y no logra algo.

    Todo esto muestra tres cosas: 1) que sí, la escasa movilidad social en México es un problema, que no toda la gente que fracasa lo hizo porque no le echó ganas o no tuviera el talento, 2) que sí, que al final, la chinga y el talento no dejan de ser importantes, lo cual me lleva al tercer punto: 3) que entonces la perseverancia se vuelve un factor muy importante. Perseverar es algo así como lo que en probabilidad significa arrojar varias veces el dado para que salga el número deseado: después de varios intentos puede tener el contexto un poco más alineado. Aunque ni siquiera el que persevera puede tener garantizado el éxito, sí que tiene más posibilidades que quienes se rinden después de fracasar.

    Al final quienes dicen que el esfuerzo es importante para salir adelante tienen algo de razón, pero también hay algo de razón en aquellos que hablan de problemas estructurales que explican por qué mucha gente no puede salir adelante.

  • ¿Qué es y qué no es la cultura de la cancelación?

    ¿Qué es y qué no es la cultura de la cancelación?

    ¿Qué es y qué no es la cultura de la cancelación?

    Asumimos que el mundo progresa, o al menos pretendemos que lo haga.

    Si el mundo progresa, entonces ocurre que, al voltear al pasado, observaremos cosas que nos parecen reprobables o cuestionables. Por más progrese, más «negro» nos va a parecer el pasado.

    Y tiene sentido. Al estar menos evolucionados, las formas de convivencia entre humanos solían ser más arcaicas, más injustas y, por lo general, más violentas.

    Y quienes vivieron en tiempos pasados (ya sea en 1970 o en 1600) crecieron bajo paradigmas y cosmovisiones más arcaicas. Se adaptaron a ellas porque era lo que había, como ahora nos adaptamos a lo que hay. A una persona de 1600 nunca le pasó la idea de equidad de género por la cabeza ni la idea de que todos los seres humanos somos iguales ante la ley.

    Por eso cuando escucho a alguien proponer cancelar tal caricatura o programa de hace algunas décadas porque lo encuentra misógino, machista o racista, pienso que puede haber algo problemático ahí.

    Si no conocemos nuestro pasado ¿cómo entonces vamos a conocer los errores que cometimos?

    Porque entonces el progreso se vuelve algo paradójico: a mayor progreso, más incentivos para borrar nuestro pasado de un plumazo, y eso me parece algo preocupante. Si juzgamos a todos los contenidos, pensadores o filósofos del pasado con nuestros estándares actuales (lo cual es un grosero anacronismo), entonces tendríamos que cancelarlo todo, porque incluso resultará aquella figura tan «admirable» del pasado guardaba pensamientos y comportamientos que hoy nos son reprobables.

    Pero ¿podemos juzgar a alguien del pasado por su machismo con la misma severidad con la que juzgamos a un contemporáneo cuando aquella persona creció bajo otros paradigmas tan diferentes a los nuestros? Si la respuesta fuera afirmativa, entonces tendríamos que esperar que nuestros descendientes nos cancelen a nosotros mismos.

    Pero necesitamos conocer nuestro pasado. Conocerlo es condición necesaria para progresar. Si no conocemos nuestro pasado ¿cómo entonces vamos a conocer los errores que cometimos? ¿Cómo vamos a saber qué podemos rescatar de él? Porque cuando se pretende cancelar algo, en muchas ocasiones se le termina cancelando por completo, incluso las aportaciones positivas que un pensador pudo tener (me viene a la mente Schopenhauer quien evidentemente era un misógino, pero que, dejando eso del lado, derramaba sabiduría con su pensamiento).

    ¿Qué es?

    La cultura de la cancelación es, aunque a algunos les suene paradójico, una hechura conservadora. Hasta hace pocos años, eran los sectores conservadores quienes tenían el monopolio de la cultura de la cancelación: «que no podemos permitir esa música o esos contenidos porque es inmoral», nos decían (y a la fecha lo siguen haciendo). La diferencia es el enfoque: la cultura de la cancelación de los conservadores está orientada hacia el futuro: el conservadurismo suele pugnar por la cancelación de aquellos contenidos o expresiones que representan una afrenta al statu quo prevaleciente, mientras que la cultura de la cancelación de algunos sectores progresistas suele estar orientada hacia el pasado. Es decir, pretenden cancelar aquellas expresiones que están siendo desplazadas por la cultura prevaleciente con el supuesto de que de esa forma dichas expresiones (a las que se les considera nocivas) van a desaparecer de la faz de la tierra y lo cual se va a traducir en un mundo más justo e idílico.

    Pero ese supuesto me parece erróneo: para empezar, los seres humanos siempre hemos mostrado una fascinación con lo que está prohibido (o cancelado). Si los padres nos «cancelaban los Simpson» (en mi infancia era común que los padres no permitieran ver a sus hijos esa serie) ello creaba incentivos de sobra para verlo a escondidas. Todos los niños de mi época terminamos viendo los Simpson porque como estaba «prohibido» nos daba mucha curiosidad. Y como lo veíamos a escondidas, se perdía la oportunidad de que nuestros papás dialogaran con nosotros sobre ciertas conductas que aparecían ahí.

    Y si lo mejor es que nuestros padres dialogaran con esos contenidos, ¿no sería mejor que como individuos dialogáramos sobre los contenidos que hoy algunos quieren cancelar? ¿No sería mejor que habláramos por qué tal o cual conducta en tal caricatura o en serie tiene connotaciones racistas o misóginas? ¿Y no sería mejor contextualizar dichos contenidos a su tiempo antes de linchar categóricamente a quienes los crearon?

    Es muy problemático también cancelar, por ejemplo, a alguien por aquello que dijo hace diez años (digamos, en Twitter o en alguna entrevista) ¿qué no tiene derecho la gente a cambiar de forma de pensar o a tomar conciencia? Si la respuesta es negativa estamos en un problema, porque resulta que muchas personas, a lo largo de nuestra vida, hemos llegado a pensar, decir o hacer cosas que hoy a nosotros mismos nos parecen criticables.

    ¿Qué no es?

    Pero aquí habrá que hacer una pausa, porque no es lo mismo cancelar algo que criticar algo.

    Me he percatado de que algunas personas llaman «cancelación» a cualquier crítica que hace alguna persona sobre algún contenido: si dice que le parece machista o racista, entonces «lo están cancelando». Eso incluso llegó a pasar con varios medios cuando afirmaron que The New York Times buscó cancelar a ciertos personajes. Pero eso no fue exactamente lo que sucedió (incluso yo llegué a pensar lo mismo hasta que me molesté a leer la columna). Es cierto que el autor de la columna, Charles M. Blow, dijo que el racismo debería ser exorcizado de la cultura, pero nunca sugirió que habría que censurar a las caricaturas que criticó ni hizo un llamado para que los medios de comunicación dejaran inmediatamente de transmitirlos.

    Vale decirlo, cierta dosis de corrección política es necesaria para que la convivencia social sea sostenible como escribí aquí. Lo que he criticado son los excesos, no su existencia misma. Ésta nos ha acompañado siempre y voy a poner un ejemplo claro de esto.

    Este programa pasó como si nada hace ya varias décadas en Estados Unidos y creo que todos estamos de acuerdo en que esto debería ser completamente reprobable.

    Todas las personas sabemos que si yo le propusiera a una cadena de televisión que se transmitieran esos contenidos, me cerrarían la puerta en la cara y todos estaríamos de acuerdo en que tiene que ser así. Nadie se está quejando de censura o de cancelación. ¿Por qué? Porque hay un consenso social con respecto a este tipo de actitudes.

    Resulta que todas estas convenciones sociales van mutando de forma progresiva para adaptarse a los cambios sociales que ocurren también de forma progresiva. Hoy nos es reprobable que alguien promueva la esclavitud y el canibalismo y no tenemos ningún problema con eso, no decimos que hay ahí una restricción a la libertad de expresión.

    Si los cambios sociales ocurren, entonces lo normal es que cuando volteemos al pasado, varios contenidos, actitudes y tradiciones nos parezcan reprobables. Por ello es que se critican caricaturas de décadas atrás porque tenían normalizadas ciertas conductas que al día de hoy no son aceptables. Y este hábito no es cancelación sino el mero ejercicio de la libertad de expresión.

    Conclusión:

    Y hé aquí la diferencia que pareciera difusa pero que es determinante: el problema con la cultura de la cancelación es que adolece de un severo problema al no saber contextualizar los contenidos, cultura o actitudes que buscan cancelar. La cultura de la cancelación busca «combatir» a personas, o contenidos a través de la coerción directa. No responden a un consenso, sino que desean crearlo «borrando» dichos contenidos, evitando que la gente pueda exponerse a ellos.

    Lo que describí en los párrafos anteriores, en cambio, y aunque a algunos suene muy parecido, no implica necesariamente una coerción; es más bien el producto de un consenso social. Muchos medios modifican o retiran personajes de la pantalla porque saben que hay un consenso social en el cual dichos contenidos dejarán de tener demanda. Si a la gente le parece que tal personaje es misógino y la gente está cada vez más en contra de la misoginia, entonces no tiene caso seguir escribiendo caricaturas sobre él.

    Y esto no es algo nuevo, es algo que siempre nos ha acompañado: el caso del mismo Pepe Le Pew es ejemplar: este personaje (que ya había recibido críticas décadas atrás) ha sido modificado a través del tiempo por Warner Brothers para quitarle todo ese tufo sexista. Muchas de las críticas que hace Charles M. Blow ya se habían hecho tiempo antes, como bien se explica en este video.

    Y es necesario hacer énfasis entre lo que es cultura de la cancelación y que no es. Primero, porque es cierto que existe y que es nociva por las razones que mencioné al inicio de este texto. Segundo, porque los sectores más reaccionarios y conservadores se están haciendo del hábito para denominar «cultura de la cancelación» a cualquier cosa o crítica con el fin de evitar cualquier tipo de cambio social o, peor aún, para promover prácticas y actitudes que son el día de hoy muy criticadas.

  • Agustín Laje vs Gloria Álvarez – El análisis definitivo del Talk Show

    Agustín Laje vs Gloria Álvarez – El análisis definitivo del Talk Show

    Agustín Laje vs Gloria Álvarez - El análisis definitivo del Talk Show

    Hace unas décadas, los talk shows se volvieron tendencia en la televisión. Programas como el de Cristina y sus derivados comenzaron a tener una gran audiencia de tal forma que se comenzaron a replicar e incluso su fórmula, tan atractiva para las audiencias, ejerció influencia sobre otros formatos, incluidos programas deportivos y hasta debates presidenciales.

    ¿Cuál es la esencia de esa fórmula? El morbo: ver a personas agarrarse de las greñas para así destruirse mutuamente, como si se tratara de un combate de lucha libre con el fin de destruir la reputación y la dignidad del oponente. Así, el escenario toma la forma de un cuadrilátero donde cada burla o revelación sobre otra persona funge como una llave que el espectador aplaude.

    Esta cultura del talk show, tristemente, ha llegado al debate político y el tan anunciado «debate» entre Agustín Laje y Gloria Álvarez se ha convertido en su máxima expresión.

    El primer problema es que Agustín Laje y Gloria Álvarez no son intelectuales, son una suerte de propagandistas o provocateurs que buscan difundir y convertir a la gente a su ideología. Es cierto que los intelectuales también persuaden y no son neutros, pero lo que un buen intelectual sabe hacer es dar información profunda y relevante al público. Es la información per sé a través de la cual busca persuadir al receptor sobre por qué sus ideas son mejores. Las ideas y el conocimiento están siempre en el centro del buen debate.

    Los provocateurs (ya sean de izquierda o derecha, conservadores o progres), por su parte, no tienen un gran interés en compartir conocimiento a la gente sino simplemente buscan crear seguidores: por eso suelen recurrir a lugares comunes y a esquemas preestablecidos.

    En este sentido, la información queda en segundo plano y recurren a la caricaturización de sus contrincantes. Basta ver los títulos de los libros que ambos han escrito: «¿Cómo hablar con un progre?», «¿Cómo hablar con un conservador?» o «El libro negro de la nueva izquierda?». Básicamente, todas estas obras (que leí por mera pedagogía) buscan definir a sus contrincantes como lo peor: que si los conservadores son unos doblemoralistas dogmáticos despreciables, que si los progresistas son una bola de pervertidos, básicamente de eso tratan sus obras.

    Y comprendiendo la esencia de los provocateurs, entonces es fácil deducir que, como consecuencia, el formato del debate será un talk show. Como los provocateurs crean meros seguidores y no personas hambrientas de conocimiento, dichos seguidores atestiguan el ejercicio para reforzar sus posturas y sus sesgos cognitivos. Asisten al debate no para aprender, sino para ver cómo su ídolo destruye al contrincante. Por eso no es casualidad que los fans de Gloria Álvarez la nombren a ella como ganadora y los fans de Laje a él.

    https://www.youtube.com/watch?v=ajPLQVJvo6Q

    La forma en que se prepararon ambos (Laje algo más preparado que Gloria) tuvo ese fin: destruir al otro. Agustín Laje abrió su intervención con unos silogismos para aparentar sofisticación, apelando a la metafísica y a la biología de una forma un tanto trivial, sabiendo que ahí era donde Gloria estaba menos preparada y donde podía «destruirla más». Gloria lo hizo peor, basó sus argumentos en la popularidad que tienen entre los libertarios (recordemos que se debatía cuál debería ser la postura del libertarismo frente a la legalización del aborto). Cuando Gloria comenzó a hablar, Agustín Laje hizo lo que los provocateurs que participan en estos «debates talk-show» suelen hacer: reírse y burlarse de la intervención del contrincante. Se trata de humillarla a ella, se trata (como hizo Gloria) de congratularse porque mostró que «Laje era conservador y no libertario».

    Todo esto estimuló cualquier caso menos el aprendizaje. Todo se trató de ver cómo «ganaba» tu ídolo para luego decir, X destrozó a Y. Otros influencers provocateurs de medio pelo no tardaron en subir sus videos con títulos como «Laje destrozó a Gloria», «El fin de la carrera de Gloria». De eso se trataba, de reafirmarse, de escuchar lo que ya han repetido mil veces y ver cómo es que «mi ídolo arrinconaba al contrincante» para de ahí deducir que «mi ideología es la correcta y la tuya es la errónea». Pero ese ni siquiera es el fin del buen debate. Que un debatiente gane no implica que su postura sea necesariamente la mejor: posiblemente solo se preparó más o tiene más habilidades retóricas que el otro.

    El debate, a pesar de que es una contienda, no tiene como fin último que el ganador destace al perdedor, sino que, en ese intercambio y contraste de ideas, los espectadores aprendan más sobre ambas posturas, cada uno persuadiendo al auditorio con sus argumentos. Eso simplemente no ocurrió, y no ocurre porque este formato de «talk-show» no sólo no permitió el intercambio de buenos argumentos, sino porque ese formato como tal es una profunda degeneración de lo que un buen debate debería de ser.

    Ello no significa que los buenos debates no puedan ser apasionados. Lo pueden ser y en muchos casos lo son, pero siempre el centro el debate es el argumento en sí y no la persona (o su intento por destruirla). Los buenos debatientes se respetan a sí mismos y respetan su capacidad intelectual aunque puedan incluso detestarse, por eso se preparan para poder contestar los argumentos que el contrincante da, algo que Gloria Álvarez, sobre todo, no hizo. El buen debatiente respeta a su rival y, sobre todo, respeta a su audiencia. Ni Laje ni Gloria parecen haber respetado a ninguno de ambos.

    El famoso debate entre Michel Foucault y Noam Chomsky es muy ilustrativo en este sentido. Podemo estar o no de acuerdo con sus ideas, pero siempre hay un respeto mutuo, no hay ataques personales, el argumento siempre es central y ni siquiera se preocupan por interrumpir al contrincante. Esperan, pacientemente, a su turno para así responder a lo que el otro dijo.

    https://www.youtube.com/watch?v=GazE5vFuFMs

    Ninguna de estas virtudes del buen debate se vio en el ejercicio llevado a cabo por los propagandistas como Agustín Laje y Gloria Álvarez. Vimos un ejercicio frívolo que sólo contribuye a la polarización políticas de nuestros tiempos y ante el reforzamiento de las burbujas ideológicas en las que los individuos estamos cada vez más metidos.

    Este tipo de debates no abonan, de hecho creo que perjudican. El espectador no sale de ahí con más sabiduría, sólo refuerza sus diferencias y su idea sobre «lo despreciable que es el otro».

    Es lamentable que la discusión política de nuestros tiempos consista en esto, en ídolos cuyo fin único es ideologizar a sus seguidores y destruir a su contrincante para cumplir dicho cometido.

  • El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    La candidatura de Félix Salgado Macedonio ha generado una intensa discusión en redes sociales. Como sucede con estos temas donde hay temas polarizantes como lo es López Obrador o cualquier cosa que parezca «feminismo», se presenta una fragmentación entre aquellos que tratan de justificar a AMLO, otros que insisten en que tal «pacto» no existe y que hay que meter ese tema ahí en la carpeta de genéricos o quienes piden a AMLO que rompa el pacto.

    Empiezo diciendo que el tal pacto sí existe, y en ambos sentidos: La decisión de mantener el apoyo a Félix implica una suerte de pacto y en nuestra sociedad sí es relativamente común que los violadores sean encubiertos por otras personas.

    Es muy simple. Si Félix Salgado Macedonio tiene varias acusaciones de violación y tú lo candidateas sin que ello te preocupe, entonces estás, de alguna manera, encubriendo a dicho candidato: el encubrimiento implica necesariamente un pacto dado que «yo te cubro las espaldas ya que ello me beneficia a mí».

    Si López Obrador sabe del negro historial en materia sexual y lo candidatea, está, cuando menos, relativizando el acto. No es como que AMLO esté frotándose las manos diciendo «vamos a violar más mujeres», pero el mensaje que da (y no es la primera vez) es que esos temas no tienen importancia para él: le importa más el poder que la integridad de las mujeres o los feminicidios. Igual ocurre con la corrupción: si AMLO nombra a un corrupto, ello implica la existencia de un pacto donde se está encubriendo la corrupción a cambio de algo.

    Algunos afirman que a Félix no se le ha probado nada sobre el tema de la violaciones y por ello insisten en que se trata de «caprichos de feministas histéricas«, pero justo hacen el mismo escándalo cuando las acusaciones son sobre otros temas. La gente tiene todo el derecho a ejercer presión o a criticar a un candidato con acusaciones de violación.

    Por otra parte, el delito de la violación sexual, por sus características (es un delito privado que generalmente es difícil de probar), requiere alguna forma de pacto ya que si no hay testimonios es muy difícil de probar. En muchos casos, los testigos lo encubren para que el violador no pague por lo que ha hecho, y es cierto que ello es una práctica muy común en los que muchos hombres encubren a otros, incluso existen mujeres que llegan a formar parte de ese pacto para proteger al amigo o familiar acusado. Lo que está haciendo AMLO no es muy distinto. Aunque él no es testigo de lo que Macedonio pudo hacer, de alguna forma sí lo está dejando de lado con fines políticos.

    Lo que me pregunto es si deberíamos conformarnos con pedirle a AMLO que rompa el pacto. Dudo que un personaje como López Obrador, quien ya ha demostrado su displicencia con las problemáticas que viven la mujeres, «agarre la onda». ¿No sería mejor que los sectores progresistas que todavía no se desencantan con el gobierno o se benefician de él rompan el pacto con AMLO? ¿No sería más congruente renunciar al gobierno o partido de un Presidente a quien le importa un «pepino» esos temas? ¿No sería mejor imponerle un costo más alto a AMLO por esta displicencia que vaya más allá de decidir promover a un candidato?

    Cierto es también que este asunto de Salgado Macedonio es algo más profundo que un mero pacto machista. Claro que debe molestar e indignar que una persona acusada de violación reciba la unción presidencial, pero también ello es expresión de un gobierno que está acostumbrado a incluir a gente innombrable, sin ningún resquicio de ética y moral, y esto va más allá del mero pacto machista: ya sean violadores, corruptos y demás.

    Lograr que remuevan a Félix Salgado Macedonio por sus antecedentes de violación sería una buena noticia, pero no es suficiente y contentarnos con ello puede permitir que lo otro siga existiendo. Los ciudadanos debemos de ser tajantes y oponernos al nombramiento de cualquier figura innombrable que pueda representar un peligro para la sociedad.