Categoría: temas polémicos

  • La mitad de Andrés Manuel

    La mitad de Andrés Manuel

    La mitad de Andrés Manuel

    La mitad del sexenio no solamente es un punto simbólico en el tiempo, también suele cambiar el tono del ejercicio del poder producto de la cada vez más cercana sucesión que, si bien está a tres años, ya obliga al Presidente en turno en pensar en el legado que va a dejar. También, a partir de este punto, las cosas se «empiezan a mover», se empiezan a barajar las opciones que podrían aparecer en la boleta, las pugnas de poder (tanto dentro del régimen como en la oposición) se empiezan a agitar.

    Si los primeros tres años marcaron la tesitura del régimen, los últimos tres años obligan a concluirla. En este periodo los proyectos torales del régimen ya tienen que tener un rumbo definido (en este caso el aeropuerto de Santa Lucía, Dos Bocas, el Tren Maya o los programas sociales) y se vuelve complicado llevar a cabo cambios abruptos.

    López Obrador puso un proyecto ambicioso y excesivamente idealista sobre la mesa: este constaba de una profunda transformación de la vida pública de proporciones históricas: acabar con la corrupción de tajo, combatir la desigualdad y un largo etcétera. Si se le evalúa por la capacidad de llevar a la realidad su proyecto, la verdad es que ha fracasado rotundamente. La «Cuarta Transformación» ha quedado en una mera narrativa que el Presidente busca alimentar una y otra vez ante la falta de resultados que la sostengan: sigue constando de una promesa y de la creación de ilusiones: ¡México va a cambiar! ¡México va a ser más justo! ¡México va a ver por los pobres! Pero nada de eso ha ocurrido, no solo por la pandemia que se cruzó en el camino, sino (y posiblemente en mayor proporción) por la ineptitud de este gobierno.

    La transformación de la vida pública ha sido meramente cosmética. Se dice que las cosas son diferentes porque se nos insiste una y otra vez que lo son, no porque lo sean. En realidad, muchos de los vicios de los sexenios anteriores siguen perviviendo y, en algunos casos, se han agravado: la corrupción (incluyendo a familiares del Presidente), el uso faccioso de las instituciones, el capitalismo de cuates, el clientelismo y un largo etcétera. Y ahí, donde podrían sugerirse cambios de fondo (que son, más que nada, amagos afortunadamente contenidos en muchos de los casos) solo hemos constatado una suerte de regresión al pasado, sobre todo en materia política: las amenazas al INE, a la independencia de la Suprema Corte y a la vida democrática son lo más «irruptivo» que este gobierno ha presentado.

    Que el tono sea distinto no significa que la realidad que viven los mexicanos sea distinta (y lo poco que ha cambiado ha sido para mal). Que AMLO haya innovado al implementar mañaneras, que viaje en aviones turísticos o que se sujete a una revocación de mandato (innovación que ni siquiera es suya, sino del mismísimo Porfirio Díaz que también utilizó esta figura, como lo narra Paul Garner) no cambia las cosas de fondo y ni siquiera enfila al país para que cambien en el largo plazo.

    López Obrador todavía mantiene una popularidad bastante aceptable. Lamentablemente para él, de entre aquellos que aprueban su figura muchos no piensan lo mismo de sus resultados. Parece que se mantienen esperando a que el «milagro» llegue y piensan que la realidad decepcionante es solo temporal, ¿pero cuál milagro? Nada sugiere que este régimen vaya a renacer y tener un cierre como el que AMLO quisiera y como el que sus seguidores anhelan. Tal vez sea cierto, como dicen sus seguidores, que México no se ha convertido en Venezuela ni que lo vaya a ser, ¿pero qué mediocre se puede ser como para conformarse con que el país no colapse?

    No pude (o más bien no quise) ver el tercer informe porque lo consideré una pérdida de tiempo y, a juicio de las reseñas de este evento, no me equivoqué. Pero si algo me llamó la atención es que se adjudicara una eventualidad ajena al ejercicio del gobierno como lo son las remesas como un logro propio. Ello sugiere que no hay mucho que presumir, que ante la falta de resultados habrá que descontextualizar información y hacer uso de la confiable narrativa e incluso mentir abruptamente para crear la percepción de que las cosas van bien, pero no lo están.

    Cierto, México no está al borde del colapso: no hemos sufrido una severa crisis económica y la vida cotidiana transcurre con relativa normalidad (tomando en cuenta que los terribles niveles de violencia, impunidad y corrupción se mantienen constantes). A diferencia de Chávez y algunos populistas del orbe, López Obrador ha mantenido cierta estabilidad macroeconómica y no se ha embarcado en endeudamiento irresponsable, pero cierto es que el desempeño económico (incluso excluyendo esa variable llamada pandemia) ha sido bastante mediocre y más malo que los últimos sexenios anteriores. Se agradecen detalles como el aumento al salario mínimo, pero se trata de logros pírricos que, además, se pueden contar con el dedo de una mano.

    Ni siquiera ha logrado tener buenos resultados en lo que más presume hacer y que es velar por los pobres. Los más pobres reciben menos programas sociales que en el pasado, el acceso a la salud (sobre todo para los que menos tienen) se ha deteriorado. No hay sector social (tal vez con excepción de las personas de la tercera edad que reciben uno de los pocos programas sociales más o menos funcionales, con todo y su enfoque clientelar) que esté mejor con el gobierno: tal vez lo estén los afines al régimen, o los capitalistas amigos del régimen como el infame Ricardo Salinas Pliego.

    Desde la derecha o desde el paradigma «neoliberal» uno pondría la cara de susto al ver lo que ocurre con este gobierno (más allá de que AMLO haya adoptado algunos de sus preceptos de forma tan torpe e improvisada), pero la mayor decepción tendría que venir de la izquierda misma porque banderas desde el combate a la desigualdad hasta el feminismo han sufrido una gran decepción por el rechazo o la ineptitud del régimen. Ni que decir de la ciencia, de la academia o del arte cuyos integrantes creyeron ilusamente, hasta antes del sexenio, que López Obrador les tendría una consideración que los regímenes anteriores no les tuvieron (el rechazo de AMLO fue aún peor).

    Nuestro país es un barco que sigue relativamente a flote, pero López Obrador lo puso en una situación algo peor de lo que ya estaba. Los resultados escasean, las expectativas han quedado muy por debajo incluso para los escépticos. Tal vez el gobierno de AMLO no sea recordado por una gran crisis o una tragedia nacional, pero las consecuencias de su mal gobierno, aunque sea de forma silenciosa, se palparán en los años por venir.

    De no corregir el rumbo (lo cual se antoja muy complicado) podremos concluir en pocos años que esta ha sido una de las peores presidencias de la historia moderna del país.

  • La agresión a Lía Limón. Defender lo que no se puede defender

    La agresión a Lía Limón. Defender lo que no se puede defender

    La agresión a Lía Limón. Defender lo que no se puede defender
    Fuente: Twitter @lialimon

    ¿Por qué muchas personas defienden lo indefendible?

    Está bien documentado el sesgo que las posturas políticas infringen sobre nuestra actitud hacia la realidad. Muchos estudios se han hecho al respecto: por ejemplo, George Lakoff explica muy bien en su libro The Political Mind que la actitud hacia los mismos hechos son evaluados de forma diferente por los individuos de acuerdo con sus simpatías partidistas (ya sean republicanos o demócratas) o que, por ejemplo, el juicio que se hace sobre un político por un acto dado es distinto si ese político es de un partido u otro.

    Tiene sentido que así suceda porque, ante nuestra incapacidad para conocer a detalle todo lo que pasa (y más en el mundo de la política) recurrimos a atajos cognitivos (o heurísticas) que tienen como base, en este caso, la idea preconcebida que tenemos sobre los partidos, nuestra postura ideológica entre otros, para evaluar los hechos que ocurren. Hasta los más sofisticados y quienes se presumen ser muy rigurosos acuden a ellos.

    Pero dentro de estos fenómenos, debería haber ciertos límites que nos permitan protegernos contra aquellos actos que atentan contra la dignidad humana, y lo cierto es que cuando dichos límites se rebasan, ya sea por fanatismo político o interés, los políticos en cuestión contarán con la connivencia de los simpatizantes cuando cometan actos deplorables o que deberían ser reprobados categóricamente.

    Por un ejemplo, yo puedo ser simpatizante de MORENA o del PAN, pero debería tener la capacidad de darme cuenta que lo que hizo tal o cual agente es reprobable. Más allá de que mi postura que tenga ante tal hecho no sea exactamente igual de enérgica que la de un opositor, debo poder detectar que aquello que tal persona hizo es reprobable y no se puede justificar.

    Cuando esta línea se rebasa entonces estamos en un serio problema. Un régimen déspota o autoritario tiene mayor facilidad para establecerse y legitimarse cuando la sociedad en cuestión se mantiene inerme ante sus arbitrariedades. Por esto es que los regímenes totalitaristas apelan a la propaganda para construir una identidad o sentimiento de pertenencia tan sólido de tal forma que los atajos cognitivos de la gente funcionen en función al discurso y necesidades del régimen y así puedan cometer sus fechorías frente a una sociedad displicente, que relativiza o niega lo ocurrido, o que incluso lo justifica o lo cree necesario. A través de ese discurso nacionalista y el sentimiento de amenaza que el régimen de Hitler creó en torno a los judíos es que logró excluirlos de la comunidad alemana sin que existiera una profunda resistencia social. Por ello, los miembros de la SS, otrora ciudadanos normales, pudieron exterminar con sus manos a los judíos, cosa a la que no se habrían atrevido ni remotamente en otras circunstancias.

    La agresión a Lía Limón (la alcaldesa electa de Álvaro Obregón) por parte de los granaderos de la CDMX es un ejemplo de lo que puede ocurrir cuando dichos límites se rebasan, y también es un claro ejemplo del discurso polarizador que emana de la misma figura del ejecutivo y que busca dividir al pueblo bueno de los «conservadores». Es terrible darse una vuelta por Twitter y encontrar comentarios tan aberrantes como aquellos que dice que ella se lo buscó o incluso aquellos que celebran el hecho.

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    Todos sabemos que agredir violentamente a una persona sin justificación alguna está mal y esta afirmación debería seguirse sosteniendo independientemente de filias o fobias políticas, pero para algunas personas esta afirmación se vuelve meramente contextual porque lo que importa ya no es el acto, sino el hecho de pertenecer o no pertenecer: deja de estar mal si aquella persona violentada es opositora o no pertenece al régimen con el que yo simpatizo. No es que el punto de apoyo bajo el cual se hacen juicios éticos y morales no exista, sino que dicho punto de apoyo ha dejado de tener como base la dignidad humana para pasar a tener como base la simple simpatía con un líder, una ideología, organización o un discurso (como bien lo explicaba Hannah Arendt). Este fenómeno queda bien impreso en la afirmación que el mismo Donald Trump llegó a hacer: cuando dijo que «podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos».

    Los seguidores de López Obrador incluso promovieron hashtags como los de #LadyMontajes (claro, con ayuda de bots) para así relativizar o de plano negar lo ocurrido para que ello no afecte al régimen. Lía Limón es prescindible frente a los intereses del régimen y sus defensores en tanto que ella es opositora y, por tanto, despreciable. Como el régimen presume ser humanista, presume de no reprimir y hasta de ser feminista, para los fanáticos políticos o interesados (esos que buscan permanecer en un puesto o buscarlo) es la realidad la que tiene que adecuarse al discurso y no al revés. Lía Limón lo provocó, seguro la hirieron los suyos y por ello hay que lincharla en redes (como si la agresión que sufrió por los granaderos no fuera lo suficiente).

    Ni AMLO es Hitler, ni Trump es Hitler ni AMLO es Trump ciertamente, pero lo cierto es que, salvando las distancias, ese fenómeno de deshumanización en el cual se prescinde de la dignidad humana de alguien más en favor de una ideología, un liderazgo mesiánico o un discurso, como presenciamos el día de hoy, es el que legitima y empodera a déspotas para que puedan hacer lo que quieran a sus anchas.

  • Antivacunas y negacionistas del Covid – paranoia que mata

    Antivacunas y negacionistas del Covid – paranoia que mata

    Antivacunas y negacionistas del Covid - paranoia que mata

    Hace unos días un amigo me decía que el Covid-19 estaba poniendo a la democracia liberal a prueba. Yo contesté: es que en realidad no pasó dicha prueba.

    Manifestaciones en contra de las vacunas, personas denominadas libertarias que se sienten «oprimidas» porque deben portar cubrebocas en espacios públicos. Muchas personas están muriendo porque ellas u otras no quisieron vacunarse y las que no han muerto siguen siendo reticentes a ponerse la vacuna. La pandemia ha puesto en serio predicamento esa idea de que la gente es racional y que por medio del intercambio de información tomará mejores decisiones, y eso es preocupante.

    Los datos y la evidencia están contundentemente a favor de la vacunación y la sana distancia como medidas para reducir el número de muertes e infectados. Algo está pasando que muchas personas han decidido tomar decisiones irracionales que afectan a ellos mismos y a los demás tales como no vacunarse o no usar cubrebocas. Vacunarse puede no ser cómodo (los efectos secundarios llegan a ser abrumadores para los jóvenes), portar cubrebocas puede ser incómodo, pero esa incomodidad queda reducida a su mínima expresión comparada con las que causa el Covid y con los riesgos que esta enfermedad trae.

    En el aire se respira un fuerte escepticismo cuyo origen la gente desconoce. Mucha gente no confía ya en la ciencia y muchos menos en las vacunas, creen que detrás de todo ello existe una conspiración, un «nuevo orden mundial», una élite, pero no saben a ciencia cierta cómo esa supuesta élite opera. Ante cualquier evidencia que se les presenta responden con ataques ad hominem: los medios oficiales están comprados y por tanto hay que rechazar a priori la información que publiquen, la ciencia está controlada por «los poderosos», la vacuna es mala porque las farmacéuticas no son confiables, pareciera que sus mentes ya están programadas para rechazar anticipadamente cualquier evidencia. Por el contrario, no son capaces de demostrar por qué la evidencia mostrada sugeriría una suerte de conspiración.

    Si al antivacunas se le muestra evidencia concluyente, entonces se pondrá a la defensiva porque de aceptarla todo su soporte psicológico de reafirmación de identidad y pertenencia se vendrá abajo.

    Creo que existen muchas razones por las que pasa esto. Es posible que varios de los escépticos (aunque no se puede generalizar a todos), sobre todo aquellos que pertenecen a movimientos o propagan esta información, necesitan sentir que pertenecen a algo que los hace sentirse especiales: «yo soy especial porque he abierto los ojos y me he dado cuenta de que hay una conspiración o conjura de la cual las mayorías no se han dado cuenta». A su juicio, las mayorías están adormiladas por los medios y el sistema, en tanto que ellos están despiertos y por ello son especiales. A la vez, sentir que pertenecen a un movimiento o a un sector de la sociedad «despierto» termina de reforzar su identidad: yo soy especial y pertenezco a algo.

    Como dentro de esas posturas hay un sentimiento de pertenencia e identidad, entonces los incentivos no están configurados para dirigirse a la evidencia en tanto ésta pone en peligro dicho sentimiento. Si al antivacunas se le muestra evidencia concluyente, entonces se pondrá a la defensiva porque de aceptarla todo ese soporte psicológico se vendrá abajo. Para evitarlo, buscará información que, a su juicio, descalifique dicha evidencia (siempre de sitios web «alternativos» o de dudosa calidad, o, para no complicarse tanto, se limitará a cuestionar el origen así como su veracidad.

    Podría pensarse que este fenómeno queda dentro de los linderos de estos movimientos compuestas de personas que recurren a estas teorías como soporte psicológico. El problema es que esas narrativas terminan circulando en el aire. Mucha gente escucha de forma recurrente «teorías» sobre Bill Gates, los chips y se asusta. ¿Será cierto? Lo escuché allá y acá, lo leí varias veces en WhatsApp Así, más gente comienza a adquirir cierto escepticismo basado en el miedo y se pregunta si es buena idea vacunarse.

    Pero el fenómeno no se reduce a ello. La progresiva desconfianza en las instituciones en Occidente y la percepción de que los gobiernos representan cada vez menos a los gobernados y están más alejados de ellos agrava la situación. Si la gente desconfía de las instituciones o de las élites, entonces estas teorías le sonarán más plausibles.

    Imagen: Texas Tribune

    Nadie en sus cinco sentidos pensaría que las farmacéuticas, los gobiernos o la prensa son hermanas de la caridad. Es evidente que nuestra condición humana hace que los intereses propios siempre estén merodeando por ahí, pero vale recordarles a los conspiracionistas que con la misma condición humana nuestra especie creó vacunas y medicinas que han salvado millones de vidas. Seguramente Astra-Zeneca y Pfizer están felices por todo el dinero que están ganando con la venta de vacunas a gobiernos, pero lo cierto es que la evidencia de que las vacunas funcionan para prevenir muertes es abrumadora y eso es lo que importa.

    Crear una conspiración tal como la dibujan los escépticos es muy complicado porque en una conspiración a gran escala la verdad sería fácilmente exhibida con evidencia. Si alguna farmacéutica o un conjunto de farmacéuticas formaran parte de una conspiración (con chips 5G o con virus inoculados), aquellas que no formen parte tendrían muchísimos incentivos para desnudarlas y así ganar una gran posición en el mercado. Si las vacunas tienen un chip, ¿de verdad nadie habría sido capaz de comprobarlo? ¿de verdad nadie habría poder tener acceso a una dosis de vacuna para analizarla y ver qué es lo que contiene?

    Si con base en fake news algunos han hecho negocio con el dióxido de cloro, imaginemos una farmacéutica que ponga en evidencia a las otras con información veraz.

    Pensar en una conspiración en gran escala implica ignorar de forma rampante la geopolítica. Si Pfizer y Astra-Zeneca pertenecen al bloque occidental ¿entonces Cansino y Sputnik V sí son confiables? ¿O viceversa? (el mismo nombre de la vacuna rusa muestra los intereses geopolíticos del país para ganar poder blando salvando a gente del virus como una forma de competir con Occidente). ¿Por qué todos los gobiernos que tienen profundas diferencias las harían completamente del lado para formar parte de una conspiración?

    Por un lado, una conspiración en la que participen bloques antagónicos sería imposible dado que los mismos intereses que, dicen los conspiracionistas, buscan a través de ella (controlar a la población, hacerse ricos vendiendo vacunas que “la gente no necesita”) están muy inmiscuidos con sus intereses geopolíticos donde sus diferencias son irreconciliables. Por otro lado, si uno de los bloques formara parte de la gran conspiración, el otro tendría muchísimos incentivos para denunciarlo públicamente porque ello pondría en grave predicamento su legitimidad a tal grado de modificar el orden geopolítico.

    Es necesario explicar de una forma muy sencilla y transparente por qué vacunarse es importante, cuán seguras son y cuántas vidas se salvan gracias a la vacunación

    Dicho esto, para la existencia de una gran conspiración sería necesaria una gran “coalición estable” de muchos agentes que en realidad son antagónicos o cuyos intereses están lejos de estar alineados entre sí. Además, al tratarse de una conspiración de gran calado donde estarían involucradas muchísimas personas (agentes de gobiernos, de farmacéuticas, de la prensa y demás), el riesgo de que información se filtre no solo sería muy posible, sino prácticamente inminente.

    Por el contrario, los intereses de los gobiernos y las farmacéuticas más bien parecen estar alineados con los de la población (y no porque sean hermanas de la caridad). Los gobiernos saben que el Covid tiene un impacto en la economía, lo cual puede afectar su legitimidad y su permanencia en el poder (en el caso de los países democráticos). Para las farmacéuticas la venta de vacunas es un negocio, y es más negocio si el producto funciona y muestra eficacia, porque además de la venta de vacunas, decir que Pfizer o Astra-Zeneca desarrollaron las vacunas impacta positivamente sobre su imagen institucional. Por el contrario de lo que los conspiracionistas creen, existe transparencia sobre cómo es que se han creado estas vacunas, qué contienen y cómo funcionan.

    A los necios difícilmente se les podrá hacer cambiar de opinión: descalificarán toda la evidencia porque, como ya mencioné, no se trata de llegar a la verdad sino de mantener su soporte psicológico en pie. Lo que sí se puede hacer es que todo este ruido que estos colectivos y agrupaciones causan no causen efecto alguno en las demás personas. Evidentemente, no se puede atentar contra la libertad de expresión que las personas tienen, aún cuando sus posturas sean completamente absurdas, pero sí se puede exhibir cuán ridículas son sus posturas y que la gente comprenda por qué son ridículas y por qué no les debería tomar la mínima consideración.

    Es válido que la gente tenga dudas y escepticismo, máxime que las vacunas se desarrollaron en tiempo record. Por ello es necesario explicar de una forma muy sencilla y transparente por qué vacunarse es importante, cuán seguras son y cuántas vidas se salvan gracias a la vacunación. Quienes saben de medicina, de estadística y números lo tienen muy claro, pero la gente generalmente no es buena con los números y los datos y no tiene amplios conocimientos sobre el tema: encabezados que hablan sobre coágulos o trombosis como efectos secundarios, aunque ello sólo ocurra en una de un millón de personas, puede ahuyentar a gente de las vacunas e incluso caer presas de todos estos discursos conspirativos. Muchas veces esto ocurre porque la prensa tiene más interés en crear títulos sensacionalistas y no termina de contextualizar la información.

    El problema es grave, porque el discurso antivacunas mata y hay que dejarlo en claro: puede matar a los mismos «escépticos» así como a las personas con las que mantienen contacto. No son pocas las personas escépticas que han muerto o han enfermado de gravedad porque no se vacunaron o no tomaron medidas. También se ha convertido en un cáncer para la misma democracia liberal, para la confianza en las instituciones (los antivacunas te insisten en que desconfíes completamente de ellas) e incluso terminan orillando a gobiernos a tomar medidas que restrinjan la libertad de movimiento de las personas para evitar que el virus se propague dado que las personas mismas no son capaces de ser responsables y tener cierto autocontrol.

    Ser antivacunas no es un acto de «liberación» de «pensar fuera de la caja», o de «despertar». Es un acto de irresponsabilidad, un acto que atenta contra la integridad de personas inocentes.

  • ¿Deben los niños regresar a clases presenciales?

    ¿Deben los niños regresar a clases presenciales?

    ¿Deben los niños regresar a clases presenciales?

    No me atrevo a dar una postura categórica sobre si los niños deben o regresar o no a clases presenciales porque habría que analizar a profundidad el costo-beneficio y para ello se necesitaría consultar a profesionales y epidemiólogos (expertos de verdad, no Nick Riviera o López-Gatell), aunque si me pidieran mi opinión, me decantaría más por el sí (con muchas, muchas acotaciones), y voy a explicar por qué.

    Creo que queda claro que la pandemia es un problema serio del que ya queremos salir (la verdad no tenemos ni idea de cuándo va a terminar) y queremos hacerlo a toda costa (bueno, no, mucha gente no toma medidas, asiste a lugares atiborrados de gente en medio pico de la pandemia y ni se quiere vacunar).

    Es cierto también que el hecho de que los niños no tomen clases presenciales va a comprometer a gran parte de las generaciones que están en edad escolar, sobre todo a los menos privilegiados.

    El problema con los niños

    Sobre todo en edades tempranas, las clases presenciales son irremplazables. Dentro de nuestra burbuja privilegiada pensamos en el Zoom, pero ahí ya existen muchos problemas. El aprovechamiento escolar nunca va a ser el mismo para un niño y se está perdiendo de algo importantísimo: la socialización. Estudios hay de sobra que muestran cómo el hecho de que los adolescentes y jóvenes se recluyan en la tecnología en vez de socializar tiene efectos negativos sobre el desarrollo de la personalidad y la tolerancia a la frustración. Ahora pensemos en que estos niños van a privarse del espacio por excelencia donde aprenden habilidades sociales. Dentro de lo ridículo que puede sonar López Obrador satanizando al Nintendo tal cual señora copetona de los ochenta, tiene un punto, y es que no es sano que los niños se queden en casa en vez de ir a estudiar y socializar.

    Y hasta ahora he hablado sobre los sectores «privilegiados»: de nuestra burbuja clase-mediera-alta, de aquellos que toman clases por Zoom y cuyas mamás revisan que estudien y hagan sus tareas. El problema es que la mayoría de los niños de México tienen que tomar clase por televisión y ahí el aprovechamiento del aprendizaje es muchísimo menor (si de por sí la educación en México ya es deficiente): no hay interacción con los maestros, menos hay socialización con alumnos. La mayoría de los niños están perdiendo mucho, y por más tiempo se encuentren en ese estado, el daño social va a ser mayor. Exista la posibilidad de que la pandemia dure varios años. ¿Entonces, qué vamos a hacer?

    Este bache educativo, que va a afectar a toda una generación que abarca sobre todo desde quienes están en preescolar o primero de primaria hasta la secundaria (hay ahí 9 grados escolares), puede tener consecuencias muy nefastas para el país que no vamos a observar hoy pero sí en unas pocas décadas, cuando los hoy niños sean adultos que tengan que salir a ganarse la vida con una preparación más deficiente que las generaciones actuales con todos los problemas económicos y sociales que ello puede traer. Además, es probable que esos adultos del futuro posean menos habilidades sociales y sean más proclives a desarrollar cuadros de depresión y ansiedad (como si no fuera un tema ya importante el día de hoy). Literalmente, ello puede comprometer el futuro de nuestro país en muchos sentidos.

    El problema no termina ahí. Si México ya es un país desigual, este problema lo va a agravar aún más. Cierto que, de alguna u otra forma, todos los niños se van a ver afectados, pero los que no tienen el privilegio de tener clases virtuales y atención personalizada de los maestros se van a ver mucho más rezagados que los niños que sí lo tienen. Los niños «no privilegiados» van a tener aún más problemas ya no digamos de poder subir en el escalafón social, sino de abandonar la trampa de la pobreza (en el caso de quienes se encuentren ahí o caigan ahí): más desigualdad y más pobres.

    Pero no solo está el problema de la desigualdad interna, también está la externa. Un país como México se va a rezagar más frente a los países más desarrollados cuya mayoría de infantes pueden al menos acceder a clases virtuales o incluso frente a los países en desarrollo que decidan regresar a clases presenciales. Así, México se va a volver menos competitivo internacionalmente, lo cual crea otros problemas.

    Pero regresar no es fácil.

    El problema con la pandemia

    Un argumento de peso a favor y es el hecho de que la posibilidad de que un niño fallezca de Covid es muy baja. Si contrastamos con el número de muertes de los adultos jóvenes (que son una minoría comparados con los mayores que excluí de esta gráfica) es posible ver que el riesgo es muy bajo.

    El problema no son los niños en sí, el problema es que van a ser un grupo de contagio fuerte que puede propagar el virus a otras personas en estado de mayor riesgo, a menos que se logren tomar medidas de sana distancia en las escuelas para reducirlo (las cuales sabemos que no se van a acatar en muchas de las escuelas, y en otras van a ser difíciles de implementar).

    Para aminorar el riesgo los padres tendrían que estar vacunados con dos dosis y esperar a que la gran mayoría de los adultos lo estén, pero, además de la reticencia de algunos adultos a vacunarse, la edad de los padres de los niños suele oscilar entre los veintes y los cuarentas: apenas se ha comenzado a vacunar a las personas de treinta años y en la gran mayoría de las entidades no ha comenzado la vacunación de aquellos que se encuentran en sus veintes. Incluso vacunados, los padres tendrían que tomar medidas de sana distancia contundentes para reducir la probabilidad de que transmitan el virus que los niños posiblemente traigan de la escuela.

    Cuando hablamos de negocios o restaurantes parece ya existir un consenso en nuestro país donde no se puede evitar que dejen de operar para evitar más golpes a la economía y se pierdan más empleos y por lo tanto se pide que los establecimientos tomen medidas de sana distancia o limiten su capacidad cuando el semáforo va adquiriendo un tono más «rojizo». Para la opinión pública y para los políticos es más fácil de comprender y dimensionar porque las afectaciones a la economía y a la vida cotidiana se perciben casi al instante: los políticos saben que si la economía cae ellos caen con ella. Pero en el caso de los niños y las clases presenciales no ocurre así, porque las afectaciones no van a ser inmediatas y el porque como bien relata Daniel Kahneman en su libro Thinking Fast and Slow, los seres humanos tenemos más problemas en imaginar los beneficios o perjuicios en el futuro que los del presente. Por esta misma razón, los políticos que están en el poder por un periodo dado, tendrán menos incentivos para regresar a los niños a clases.

    ¿Solución?

    Al hacer un balance costo-beneficio se tiene que poner en un lado de la balanza la pandemia, inserta en el presente, pero que, a la vez, contiene una gran cantidad de incertidumbre porque no sabemos a ciencia cierta cuándo vaya a terminar o cómo vaya a evolucionar. En el otro lado debe ponerse el futuro de los niños, las consecuencias psicológicas, sociales y económicas que no serán cualquier cosa. ¿Dónde está el punto de equilibrio? ¿Cómo podemos llegar a ese punto de equilibrio si muchas de las variables que podrían acercarnos a un punto de equilibrio óptimo (como medidas de sana distancia o vacunación casi absoluta) parecen estar casi fuera de nuestro control? Son preguntas muy difíciles de contestar. Con todo lo dicho, yo intuyo (y digo intuir porque no tengo toda la información y conocimiento disponible a la mano para hacer una afirmación categórica) que la mejor idea sería regresar a clases presenciales. Ello tendrá un costo evidente, porque no hay forma de tomar una decisión que no vaya a acarrear costo alguno: no hay «mejoría de Pareto posible», pero es posible que el costo de tener a los niños privados de clases presenciales y de socializar con sus pares durante un buen rato sea mayor ya que puede tener consecuencias mayores para ellos, para la sociedad, para la economía y para el bienestar de las siguientes generaciones.

  • El influencer, el ego y la perversa carrera por el like

    El influencer, el ego y la perversa carrera por el like

    El influencer, el ego y la perversa carrera por el like

    Un simple concepto o mecanismo irrumpió en el ethos social y ha modificado ya no solo las relaciones sociales sino los contenidos que consumimos en Internet: ese es el like (y sus símiles o derivados como los corazones en Twitter, Instagram o TikTok que vienen a ser lo mismo, o las extensiones del propio like en Facebook como el «me importa» o «me encorazona»).

    Lo vemos en todos lados, ese pulgar arriba símbolo de aprobación o de interés que hace que nuestro cuerpo despida dopamina. A partir de los likes nos creamos una narrativa de nosotros mismos y nuestra interacción con los demás (la cual no necesariamente termina de corresponder con la realidad, incluso muchas personas tienen la osadía de medir su éxito social a partir de ellos, pero hoy no me voy a centrar tanto en los efectos que el like tiene en los individuos como tales, hace algunos años escribí este artículo que, me parece, sigue vigente.

    Hoy quiero escribir sobre los efectos que el like tiene en los creadores de contenido, lo cual, a su vez, afecta sobremanera la forma en que los contenidos en Internet se presenta (y, a su vez, está estrechamente ligado al efecto que tiene en las personas como tales y cómo es que puede modificar patrones de comportamiento, lo cual es más notorio en TikTok). Al igual que en el caso de las personas comunes, existe una carrera por los likes así como por la cantidad de suscriptores. Ya sea Youtube, Twitter, Instagram o TikTok, este mecanismo ha creado una suerte de incentivos (a veces perversos) que terminan modificando la forma en que los contenidos se presentan.

    Hace poco platicaba con un amigo quien me decía que la mercadotecnia política era una suerte de perversión de la política misma: en vez de que las campañas ofrezcan información a los individuos de tal forma que tomen una mejor decisión en las urnas (lo cual ciertamente pasa, pero de forma secundaria), se posicionan a los políticos como productos de mercado que se ofrecen después de haber estudiado al mercado meta. Sin embargo, dada la dinámica de las elecciones (buscar convencer al elector) y de las herramientas disponibles para ello, llegué a la conclusión de que los incentivos para hacer de la elección un despliegue mercadotécnico son altísimos e incluso es casi inevitable que ello no suceda.

    Algo así ocurre, me parece, con los influencers y el diseño de las plataformas a través de las cuales comparten contenidos. Si en la política se esperan buenos candidatos, en las redes sociales se esperaría que el influencer se centre en crear buenos contenidos. No niego que en las redes uno puede encontrarse contenidos de gran calidad, pero también nos encontramos a influencers hacer todo lo posible (y en detrimento de los contenidos mismos) para ganar likes y suscriptores, lo cual está asociado a su vez con un algoritmo cada vez más inteligente y complejo que, a su vez, está asociado con el dinero que ganan a través de la plataforma.

    Es posible que estos incentivos creados hayan motivado a Yosstop a subir un video donde estaban violando a una menor de edad y por lo cual hoy está tras las rejas mientras se le juzga. Es posible que Yosstop haya pensado que un contenido así podría viralizar su contenido o darle muchos likes. Los youtubers buscan mantenerse vigentes no solo por el hecho de que teman que su público se olvide de ellos, sino porque el algoritmo (ese que te presenta una lista de videos recomendados en la página principal) es muy caprichoso y necesitan estar llamándote la atención para que no dejen de aparecer en tu página principal.

    Influencia es poder, y los «creadores de contenido» lo saben. Esta se mide, en gran medida, por el número de likes y suscriptores. Dichos creadores no esperan ganar «reputación académica» sino llegar a más gente, la influencia en las redes sociales se monetiza: por más alcance tengas, por más personas te vean, te sigan y te recomienden, más dinero ganas. Pero no solo es un asunto de dinero, sino de egos. Muchos influencers intentan crear una narrativa sobre su persona que, además de que sea económicamente rentable, los posicione como «alguien»: ser alguien te da dinero y, a la vez, ganar dinero significa que eres alguien.

    Ante la avalancha de críticas que recibió en Twitter, Diego Ruzzarín decidió restringir el acceso a su cuenta (no sin haber bloqueado a muchos tuiteros, práctica común en muchos «influencers de Twitter). Este tipo de acciones se debe, en muchos casos, al temor de que esa narrativa que los influencers buscan crear de sí mismos se ponga en entredicho. De la misma forma, es posible ver cómo personajes como Ruzzarín gustan de publicar extractos de sus videos donde se imponen intelectualmente a otras personas: «aquí le doy unas lecciones de política a Chumel Torres», aquí destruyo a Carlos Muñoz. El propio Carlos Muñoz, al haberse creado la percepción (adecuada, considero) de que había perdido el debate y que Ruzzarín lo había exhibido, decidió bajar el video de su canal de YouTube. Todo se trata de crear una reputación que alimente el ego y que pueda monetizarse.

    No es que las personas, de la noche a la mañana, se hayan vuelto más egocéntricas. Ocurre más bien que el diseño de las plataformas crean los incentivos para actuar de tal o cual manera. En las redes sociales, la popularidad de muchos personajes suele crecer como la espuma (cosa que no habría ocurrido en los medios tradicionales). Si Ruzzarín ganó popularidad, entonces ello puede reforzar su autoconcepto de filósofo inteligente (atributo que, a la vez, busca resaltar), pero la popularidad en redes no necesariamente tiene que estar directamente correlacionada con los atributos que algunas personas suelen darse sino con otros factores. Es posible que Ruzzarín no sea el gran filósofo que cree que es y ello lo termine hacer caer en un mar de contradicciones: a partir de ahí viene el desencanto. El influencer ya no solo tiene muchos seguidores sino haters que cuestionan los atributos que el influencer mismo se otorga. El influencer, en muchos casos, se siente acorralado y amenazado. Algo tiene que hacer para no perder su reputación. Algunos logran (a veces con éxito) crear una narrativa polarizadora de nosotros contra ellos (como ha intentado hacer el propio Carlos Muñoz); otros se desesperan y terminan cometiendo muchos errores. Algunos que eran capaces de crear contenidos decentes terminan haciendo cualquier cosa para ganar seguidores o reducir las críticas.

    Algunos otros influencers se esfuerzan porque estas dinámicas no les afecten, tratan de apaciguar a su ego y se enfocan en crear contenidos de calidad. Aún así, pueden verse completamente afectados por las plataformas mismas como ocurrió con Martí del canal C de Ciencia quien decidió terminar su cuenta después de verse afectado psicológicamente por el comportamiento del propio algoritmo de YouTube que le hacía perder progresivamente sus ganancias. Lo cierto es que la calidad de los contenidos en YouTube se han visto afectados por los incentivos creados por la estructura de la plataforma que ha derivado en una perversa carrera por el número de likes y la necesidad hasta de patrocinar los propios contenidos para obtener recursos que la misma plataforma ya no les da.

    La plataforma de Twitter es menos compleja, y si bien no puede monetizarse, sí sirve para construir narrativas sobre los propios perfiles que pueden trasladar a otras redes que sí son monetizables como YouTube. Ahí en Twitter, en una lucha de egos, los influencers se retan a «debates» que son más bien una suerte de talk-shows que consiste en ver quién destroza la reputación de quién, casi como una contienda máscara contra cabellera. No trata de debates formales y, muchas veces, ni siquiera de debates centrados en el mero contenido, sino un debate donde los egos se ponen a prueba para que después los contendientes presuman en sus redes que «destruyeron» a su adversario. Igual que al finalizar los debates políticos, los influencers buscan crear (a veces de forma forzada) la narrativa de que ellos ganaron el debate y fueron los vencedores. Twitter suele ser el lugar donde los influencers se retan, pero suelen subir sus videos a YouTube o a Facebook, además de crear clips propagandísticos de su mera persona en estas mismas plataformas y hasta en TikTok. Su postura ideológica incluso queda en segundo plano frente al ego: la idea es poder tener ese contenido audiovisual donde se demuestre que humilló al otro y (su ego) salió vencedor.

    Evidentemente, toda esta dinámica beneficia las arcas de las propias redes sociales que se excusan en querer mostrar a los usuarios los contenidos que quieren ver. En realidad, los influencers terminan haciendo cualquier cosa para ganar dinero (o no dejar de ganarlo): a veces tardan más tiempo en aprender los trucos y mecanismos para rentabilizar sus canales que en la ardua labor de investigación para traer contenidos valiosos porque hay algo en el discurso de las redes sociales sobre los contenidos que no termine de cuadrar del todo y posiblemente se explique por el mero hecho de que las empresas tecnológicas buscan ganar dinero y no hacer servicio a la comunidad. Es posible que los incentivos económicos no estén del todo alineados con la creación de contenidos de valor. Por ello las empresas tecnológica solo hacen frente a los efectos colaterales cuando en la opinión pública se empieza a hacer ardua crítica a las propias redes sociales.

  • Discúlpenme por ser clasemediero

    Discúlpenme por ser clasemediero

    Discúlpenme por ser clasemediero

    En México, el voto de la clase media ha terminado siendo muy relevante en los resultados electorales. En 2018, ésta ejerció un voto de protesta en contra tanto del régimen de Peña Nieto como de la partidocracia votando por Andrés Manuel López Obrador. Desde luego no todos quienes conformamos la clase media votamos por López Obrador, pero el voto de los clasemedieros en su favor fue determinante. En este año, fue la misma clase media la que ejerció un voto de protesta, pero en su contra. La clase media (muchos de los cuales habían votado por él en 2018) atiborraron las filas de las casillas e hicieron de esta elección intermedia la más concurrida.

    Hoy, López Obrador está muy molesto con quienes conformamos la clase media: nos tachó de aspiracionistas y de ser personas fácilmente manipulables (por Reforma y quién sabe cuántos medios más). Los clasemedieros, dice, somos conservadores, gente insensible con la pobreza, que solo pensamos en nuestras aspiraciones, nuestros títulos de maestría y doctorado. Somos muy malos, sí, bien malos.

    Pero a López Obrador se le olvida cómo nos golpeó en estos tres años de gobierno. El presidente ignoró a la clase media cuando, sorprendentemente, decidió no apoyar a los pequeños empresarios en la pandemia: gente con PyMES, restaurantes y demás se fueron a la quiebra porque quedaron desamparados, y con ellos, también los que tenían un empleo gracias a ellos. El presidente también nos ignoró con los constantes ataques a la ciencia, cuando hizo abruptos recortes a las becas y cuando eliminó fideicomisos. ¡Y cómo no olvidarlo! Ignoró a la clase media al mostrar un terrible desdén hacia las mujeres en muchos sentidos: no le importó en lo absoluto la violencia de género y, jurando ser izquierdista, tomó la misma postura que esos machitos que siempre repiten frases como «a los hombres nos matan más» o «se lo buscaron por cómo iban vestidas».

    Era obvio que el desencanto de la clase media iba a llegar, pero resulta que no lo apoyamos porque nosotros somos muy manipulables, resulta que nos hacen coco-wash de forma muy fácil. Seguramente el Reforma ha de tener mensajes subliminales o algo así.

    López Obrador nos reclama por el hecho de ser aspiracionistas, que somos de lo peor querer buscar subir peldaños en la pirámide socioeconómica, como si ello fuera algo malo (claro, en tanto no se busque por medios ilegales). A López Obrador se le olvida que justo esa aspiración es la que ayuda a naciones a prosperar, se le olvida que el mercado no es un juego de suma cero. Quienes quieren subir peldaños creando su changarro o su pequeña empresa tienen que generar empleos de los cuales se benefician más personas.

    Malas noticias para López Obrador, los de abajo también son «aspiracionistas». La diferencia estriba en que, en muchas ocasiones, no tienen los recursos para escalar por la escasa movilidad social que existe en nuestro país. Ellos también aspiran a ser como quienes están más arriba de ellos. ¿Y saben qué ha hecho López Obrador para generar mayor movilidad social en estos tres años? Absolutamente nada.

    Contrario a lo que dice el presidente, con excepción de algún libertario dogmático, casi nadie está en contra de que existan programas sociales para ayudar a los que menos tienen o a quienes se encuentran en una situación más vulnerable. Lo que se ha criticado es la visión clientelar de los programas de éste régimen que busca capitalizarlos políticamente, lo que se ha criticado también es el pésimo diseño de los programas de este gobierno que los vuelve muy ineficientes.

    Si bien es innegable que en estos últimos días han aparecido algunas lamentables expresiones de clasismo en las redes y que deben repudiarse categóricamente, es un despropósito generalizar a todos por los comentarios de unos cuantos. Voy más allá: el presidente es clasista. Cuando López Obrador afirma que a los pobres hay que tratarlos como animalitos a los que hay que auxiliar, está mostrando lo que es el clasismo en su máxima expresión: él, quien se encuentra en una posición ventajosa y privilegiada, trata a quienes se encuentran en una posición no privilegiada como inferiores a quienes él, desde su posición de privilegio, se encarga de definir y encuadrar sin siquiera considerar su libre agencia: los que menos tienen deben ser leales al régimen que busca auxiliarlos a través de mis programas sociales.

    Cuando habla de programas sociales, como sugiriendo que nosotros queremos que se eliminen para que los pobres queden en el más terrible desamparo, López Obrador nos recuerda que el dinero es «del pueblo». La afirmación sería cierta si hablara del «pueblo» como toda la sociedad en su conjunto: los individuos pagamos impuestos y esperamos que el gobierno los administre eficientemente en beneficio del bien común. Queremos que existan mejores servicios públicos, mejor educación, un mejor sistema de salud público, mejores carreteras, infraestructura.

    Pero cuando López Obrador habla del pueblo habla de «su pueblo», ese en el que las clases medias no cabemos. Ese pueblo es aquel sector de la sociedad del que el presidente espera lealtad y una cierta forma de sumisión (y del que, en realidad, no recibe tanta como esperaría). Es ese «pueblo» en el que reside (o espera que resida) su poder. Entre líneas se puede comprender que entonces el dinero, más que ser de la gente, es del régimen. Si el régimen se asume como tutor de «su pueblo» (al cual hay que tratar como animalitos y no como personas con libre agencia), entonces es el régimen el que dispone de él y el que dice qué se va a gastar, en qué, por qué y para qué sin que «su pueblo» tenga algo que decir sobre ello, porque recordemos qué pasa cuando se disiente con el régimen, los clasemedieros lo sabemos muy bien. Así, termina de tomar forma la trampa conceptual: un traslado de la gente a un soberano que reside en el presidente, muy en la tesitura de Luis XIV.

    Es muy claro que López Obrador está enojadísimo con las clases medias. Ellas le quitaron la posibilidad de alcanzar la mayoría calificada en el Congreso. Cualquier aspiración de extender su mandato o reelegirse ha sido neutralizada, así como cualquier intento de acabar con las instituciones democráticas. Ellas le quitaron el bastión, el corazón de su proyecto, la Ciudad de México, quienes votaron incluso por el PAN, no porque fueran conservadores ni mojigatos, sino porque de verdad ya estaban hartos.

    Pero la gente tan solo expresó libremente y de manera democrática su sentir en las urnas. Todo lo demás es causa de la gestión de López Obrador y sus compinches, aunque no lo quiera reconocer.

  • Decirle a la gente por quién votar

    Decirle a la gente por quién votar

    Te tengo un notición que NO te va a gustar

    Decirle a la gente por quién votar

    Aleccionar a la gente cómo tiene que votar es inútil y tal vez hasta ingenuo. A nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer.

    Ello ha sido un error garrafal en muchos pro «voto útil».

    Cuando alguien te dice cómo tienes que votar, la gente siente que la están subestimando o, básicamente, que está tonta o es ignorante, y ese sentimiento es muy desagradable. Es más, es posible que termines reforzando tu voto para reafirmarte como persona autónoma o independiente.

    La gente, por lo general, expresa sus valores, cosmovisiones o creencias por medio de su voto, y no es como que éstos vayan a cambiar con una discusión en redes sociales.

    Cuando mucho, la gente cambia cuando le das información muy relevante que le puede ser útil para que él decida su voto (y tampoco es como que cambien muy seguido de parecer. Los sesgos son muy poderosos incluso en quienes dicen ser muy «rigurosos y racionales»).

    Pero es raro que la gente te diga algo nuevo o algo que no sepas. Mucha información (alguna de ella basura) circula a través de las redes sociales y tanto tú como quien te quiere convencer está expuesta a ella. Que no votes por AMLO porque el aeropuerto de Santa Lucía, que la pandemia. Eso ya todos lo hemos escuchado hasta el hartazgo.

    Uno dice muchas cosas en Facebook, discute y así, pero en el fondo sabemos que todo es más un acto de mera catarsis y expresión.

    Nota al pie: poco tiempo he tenido de escribir aquí en estas últimas semanas porque estoy en entregas finales y pues mi escritura está abocada a ello. Pero juro, ya que termine la siguiente semana, que hablaré largo y tendido sobre lo acontecido en estas elecciones.

  • El voto útil: la persuasión de «sofá»

    El voto útil: la persuasión de «sofá»

    El voto útil: la persuasión de "sofá"

    Para llamar al voto útil, se está haciendo todo mal.

    Si la oposición se encuentra con que le lograron quitar la mayoría (ya de menos la calificada) al régimen, no habrá sido por mérito propio, sino por los errores de López Obrador, porque algunos simpatizantes se sienten personalmente traicionados por él, o porque la gente vio en una App por qué partido votar (no porque ese partido haya sido exitoso en persuadirlos).

    La oposición (en todas sus especificaciones) urge a la gente a votar contra MORENA, pero no da nada a cambio, no hay sacrificio de su parte. La oposición partidista no está siquiera dispuesta a cambiar las causas que hicieron que la gente votara por López Obrador. Parecen creer que la gente tiene urgencia de regresar al estado de cosas anterior, ese estado de cosas que fue votada en contra de forma contundente en la elección pasada.

    La oposición es como un sujeto gordito con halitosis y con poca confianza en sí mismo que está urgido de conseguir novia. Se fija y se obsesiona con la primer mujer que ve, pero no hace nada por ser más atractivo: cree que él es «bueno» y que por eso la mujer debe fijarse en él.

    En la oposición (tanto política como parte de la ciudadana) hay una profunda desconexión con la realidad, con el otro. No hay un ejercicio mínimo de empatía. Columnas como ésta donde se considera que a los trabajadores hay que hablarles como Adal Ramones es prueba de ello. Somos nosotros, los poseedores de la razón y la sabiduría, los que le hablamos desde un pedestal de superioridad moral al ignorante, al otro, y le decimos qué es lo que tiene que hacer: hay que incluso parecer cool y usar frases juveniles para llegarle «a los chavos».

    Igualmente, muchas personas están convencidas de que «voy a hablar con mi sirvienta para convencerla de que no vote por MORENA, con ese mismo tono con el que le pido que tienda la cama o planche la ropa», voy a decirle a mis trabajadores, casi con un afán de «educar», que no voten por MORENA. Les voy a contar, desde una postura paternalista casi de relación amo-esclavo en el sentido hegeliano, lo difícil que es ser empresario, porque yo sé más que ellos, y les voy a contar todo desde mi perspectiva, les voy a decir cómo un triunfo de MORENA me va a afectar a mí y cómo, por tanto, yo siendo el empresario que les doy trabajo a mis empleados, les va a afectar a ellos. Pero la gente lo nota, y cuando los empleados salen de trabajar, lo primero que van a hacer es quejarse de sus patrones que les dicen «qué tienen que hacer». Si el patrón no es alguien que se destaque por la profunda admiración y respeto que recibe de sus empleados, en su fuero interno se mofarán de él y hasta incentivos de sobra tendrán de no hacerle caso y votar en sentido contrario.

    Apostar por el voto útil para que MORENA no gane mayoría en el Congreso es completamente válido y, en las circunstancias actuales, hasta necesario, ya que existen riesgos de involución democrática. No se debe malinterpretar lo que digo. Sin embargo, insisto en que quienes lo promueven no hacen esfuerzo o sacrificio alguno: les basta aleccionar y educar, pero no ponen nada a cambio, no quieren asumir nada. El esfuerzo ni siquiera está centrado en compartir información para que la gente tome una buena decisión en las urnas, sino de decirles «qué es lo moralmente correcto», «qué es lo que se debe de hacer», porque yo estoy en una posición en que te puedo decir a ti qué es lo que tienes que hacer.

    Creen que su percepción de la realidad, esa construida a través de sus propias experiencias, es la misma realidad del otro. Asumen que el otro posee una realidad más incompleta, que son ignorantes de ella, como si ellos fueran una versión muy inacabada de ellos mismos y que, por lo tanto, se les debe educar, pero son completamente incapaces de sentir sus necesidades que no son las mismas que las de ellos, porque no es lo mismo ir a trabajar en carro que en camión, no es lo mismo vivir en esta colonia que en aquella otra, porque la interacción con la demás personas no es la misma, porque la relación con las autoridades tampoco lo es. No conocen sus realidades y no parece siquiera estar dispuestos a conocerla: es el trabajador, el de abajo, el que tiene que esforzarse por comprender la realidad del patrón, le delegan al trabajador esa responsabilidad.

    Pero los que sienten estar en una posición de superioridad intelectual y hasta moral pueden llegar a ser ignorantes y tomar decisiones irracionales de la misma forma que, piensan ellos, el «otro» lo hace. Muchos, me consta, tienen poca idea de la política y sus insumos sobre el tema provienen de los chats de WhatsApp. Si asumiéramos que votar contra MORENA es «estar del lado correcto de la historia» no se debería omitir el evidente hecho de que estar del lado «correcto de la historia» no implica necesariamente que se sea un conocedor de la política o que se sepa más que el que «está equivocado»: a veces se puede estar en el camino correcto por las razones equivocadas. En muchos casos, estar «del lado correcto» es meramente circunstancial: puede ser producto de la presión social o, simplemente, porque exista la coincidencia de que lo que parece convenir o cree que conviene a una persona en lo individual le conviene al colectivo en su conjunto. ¡Vaya! A veces hasta los más «cultos y doctos» llegan a tomar malas decisiones.

    Y la realidad es que la falta de empatía, la incapacidad de abordar al otro para persuadirlo es también una manifestación de ignorancia.

    Tal vez por eso López Obrador sigue siendo popular a pesar de su gobierno tan errático, porque sabe comprender esas otras realidades (aunque luego se mofe o se burle de ellas). La oposición no ha hecho el mínimo esfuerzo siquiera.