Categoría: temas polémicos

  • ¿Por qué sí se deben tomar medidas para que la gente se vacune?

    ¿Por qué sí se deben tomar medidas para que la gente se vacune?

    ¿Por qué sí se deben tomar medidas para que la gente se vacune?

    Nuestra especie vive en una situación extraordinaria (aunque pueda parecerlo menos porque, después de dos años, parece que nos hemos comenzado a acostumbrar al bicho), y si vive en una situación extraordinaria, la respuesta de los distintos actores, que van desde el Estado hasta la sociedad civil, pasando por las propias empresas, deben de ser extraordinarias.

    En un contexto liberal, no deberíamos esperar que el gobierno tome medidas draconianas como ocurre en países como China, pero sí las medidas mínimas necesarias para proteger la vida de las personas y aminorar el impacto que este virus tiene al tiempo que estas tengan el impacto menor en la vida cotidiana. Ello quiere decir que no se deben tomar medidas más allá de lo estrictamente necesario para proteger la vida e integridad de los individuos.

    Y una de esas medidas «estrictamente necesarias» es que las personas se vacunen.

    Todos estamos de acuerdo en que ya no podemos quedarnos encerrados en nuestras casas muertos de miedo, que ello tendría un impacto en la economía y en la psique tal que también afectaría la integridad de las personas, pero sabemos que debemos tomar ciertas medidas para que el impacto sea el menor posible como lavarnos las manos, usar cubrebocas en lugares muy concurridos o tomar ciertas medidas de sana distancia (las cuales bien pueden relajarse un poco cuando los contagios se reducen pero no en un pico de pandemia como ocurrirá en las siguientes semanas con la nueva variante).

    Dicho esto, para poder continuar nuestras vidas con cierta normalidad, es importante que la gente esté vacunada. Las vacunas no acaban con el riesgo de la transmisión pero sí la reducen. Tampoco tienen, como hemos visto, la capacidad de alcanzar la inmunidad de rebaño, pero la gente vacunada provoca menos muertes que la gente que no lo está. Ciertamente, si una persona decide poner en riesgo su propia integridad el Estado no debería entrometerse, pero si la persona pone en riesgo la integridad de los demás, sí que lo debería de hacer.

    He visto, con algo de asombro, que algunas personas se oponen a las medidas del Estado y de las empresas para hacer que la gente se vacune. Incluso, en un acto de deshonestidad intelectual, han equiparado estas medidas con el régimen nazi. Vaya, comparar la toma de medidas sanitarias para proteger a la gente con medidas para discriminar a una persona con su religión es algo completamente absurdo. Comparar a los judíos con la gente que, por ignorancia o irresponsabilidad, ha decidido no vacunarse, puede verse incluso como una forma de relativizar groseramente el genocidio del cual fueron víctimas los propios judíos.

    Algunas personas dicen que estas medidas son iliberales y dictatoriales, pero no es así. Primero, son medidas mucho más moderadas que las que se toman en países autoritarios. Segundo, ni siquiera entran en conflicto con los valores del liberalismo. Por ejemplo, en su libro On Liberty, John Stuart Mill dice que el Estado no debería entrometerse con las vidas de las personas y solo pueden restringir la libertad de aquellos actos que puedan dañar a otros. Claro está, no vacunarse afecta la integridad de los demás ya que podemos propagar el virus con mucha mayor facilidad.

    Por esta misma razón, uno tiene que sacar una licencia de conducir para poder manejar y uno no puede conducir bajo los efectos del alcohol. De la misma forma, un empresario tiene derecho a hacerse millonario legalmente pero no tiene derecho a destruir el ecosistema o a atentar contra la integridad de otras personas.

    Ser liberal no implica hacer lo que nos plazca sin consecuencias. El liberalismo busca, por el contrario, maximizar nuestra libertad dentro de un entorno en el que estamos sujetos a ciertas reglas para que nuestras libertades no afecten a las de los demás. Es decir, los seres humanos estamos sujetos a un contrato social el cual nos restringe ciertas libertades en aras de proteger la integridad y la libertad de los demás: no tenemos derecho a matar a otra persona, no tenemos derecho a robar y no tenemos derecho a conducir alcoholizados porque en ese estado corremos el riesgo de atentar contra la integridad de terceras personas.

    Incluso, en estas restricciones no se elimina la agencia que el individuo tiene. El individuo bien puede decidir no vacunarse, pero debe asumir que no podrá realizar tal o cual actividad. Si quiere realizar tales actividades, entonces tiene la opción de vacunarse.

    Habiendo dicho esto, me parece muy complicado de justificar, tanto desde una forma normativa como una práctica, la oposición hacia las medidas que el Estado y las empresas puedan tomar para hacer que la gente se vacune. Sin embargo, vale mencionar algunos requisitos que me parecen importantes para que el Estado o las empresas implementen este tipo de medidas.

    1. La ciudadanía debe tener acceso a la vacunación. Es decir, el Estado o las empresas solo deberían implementar estas medidas en tanto que las personas puedan acceder a vacunarse.
    2. La decisión debe estar sustentada en evidencia empírica. Por ejemplo, si una nueva variante hace que las vacunas no reduzcan el riesgo de transmisión o no funcionen y ésta se vuelve dominante, entonces estar o no vacunado no marcaría diferencia alguna para estos efectos y las medidas terminarían volviéndose innecesarias.
    3. No debería aplicarse para las personas que, por una condición médicamente justificada, no puedan o deban vacunarse.
    4. El Estado o las empresas que tomen estas decisiones deben comunicar sus decisiones de la forma más eficiente posible para que la gente las comprenda y tenga mayor información al respecto.

    A medida que pasa el tiempo (más de año y medio), nos hemos percatado de que las vacunas funcionan y que sus efectos secundarios son reducidos (y los cuales, cuando han existido, han sido comunicados al público y estos conllevan un riesgo bastante menor al riesgo que implica no estar vacunado). No hay justificación con base en evidencia para oponerse a ser vacunado. Quienes deciden no vacunarse lo hacen por ignorancia (no tienen la información suficiente o correcta a la mano) o por irresponsabilidad (no quieren o no les importa vacunarse), o una combinación de las dos.

    No hay justificación para oponerse a estas medidas, ni siquiera desde una postura liberal.

  • ¿Se va a salvar el CIDE?

    ¿Se va a salvar el CIDE?

    ¿Se va a salvar el CIDE?

    Uno que simpatiza con el Atlas y ve a su equipo llegar a la final sabe que está ante un momento excepcional. Ninguna persona que tenga menos de 70 años ha visto con sus propios ojos ver a su equipo campeón, ha vivido frustrado una y otra vez viendo las escasas glorias de su equipo, pero cuando ve a su equipo en la final piensa que, contra lo comúnmente esperado (que no llegue a la gloria), las cosas pueden ser diferentes.

    El caso con el CIDE se siente muy parecido al del Atlas. No porque el CIDE no tenga glorias, al contrario, sino porque se encuentra en un conflicto tan asimétrico de poder que el sentido común, lo cotidiano, te dice que está casi condenado a perder, pero aquí también las cosas pueden ser diferentes.

    En estos últimos meses (o más bien años) el CIDE ha sido maltratado, estigmatizado públicamente y ahorcado política y financieramente. El régimen considera que la institución es su enemiga por muchas razones: parece que le molesta que en esta institución se genere opinión pública o investigaciones que puedan no ser favorables al gobierno como ha ocurrido con cualquier régimen (aunque se pasa de largo que estudiantes y profesores le dieron su confianza en el 2018). Los mismos acólitos del régimen han dicho una y otra vez que la opinión pública del CIDE suele ser opositora.

    El régimen insiste que el CIDE es «neoliberal», aunque para ser sinceros no han sabido explicar bien por qué. Dicen, sin pruebas, que el CIDE ha contribuido a un supuesto saqueo. La realidad es que el régimen parece seguir esa tradición iniciada por Juan Domingo Perón: «todo debe estar dentro del Estado y fuera de él» (como dijera Mussolini, una de las referencias del argentino) y que también adoptara en cierta medida el PRI autoritario.

    El CIDE, como muchas instituciones educativas, es un actor incómodo para el gobierno, pero el CIDE es pequeño, por lo cual es más fácil intervenirlo y porque puede servir, como bien afirmó Jean Meyer, de laboratorio para una hipotética intervención posterior en instituciones de mayor calado. Somos un puñado de estudiantes y profesores luchando contra la avalancha de un régimen que si algo tiene de sobra es su oficio político, que no cuenta con una oposición efectiva (los panistas se toman fotos en sus propios eventos), que tiene una alta popularidad y cuyo líder carismático es una gran referencia para una cantidad nada despreciable de mexicanos.

    Además, los sectores sociales en los que el régimen despertaría un mayor cólera si logra golpear al CIDE son aquellos de los que ya prescindieron desde antes: básicamente los sectores académicos y universitarios. El entonces candidato López Obrador sedujo a las clases medias con educación para llegar al poder, pero en cuanto llegó prescindió de ellos al tiempo en que comenzó a construir un coto de poder electoral dentro de las clases populares y menos privilegiadas a través de programas sociales con enfoque clientelar. Este es un problema, porque la base electoral del régimen está muy lejana y ajena de los sectores a los cuales el CIDE les podría importar: dirán en el régimen ¿cuál es el problema si acabamos con el CIDE, si los que se van a enojar son los mismos que ya nos odian?

    Ahí el régimen tiene la narrativa a su favor. Si se meten con el CIDE podrán insistir en que ahí estudian muchos «privilegiados neoliberales». No le pierden nada, para muchos que no conocen la institución puede ser algo prescindible, aunque evidentemente el régimen no contará la historia completa: en realidad la composición del estudiantado se explica por el hecho de que la educación pública en México es paupérrima y el CIDE es un instituto de alto rendimiento. Lo sensato sería mejorar la calidad de la educación pública para que más gente de escasos recursos puede entrar (y aún así, en el CIDE hay historias de vida de gente que comenzó desde abajo, logró entrar y le cambió la vida).

    Fotografía de @karinguilera

    A ello se agrega el revanchismo y orgullo del ejecutivo. Que el CIDE se salga con la suya implicaría una «victoria del neoliberalismo» y una derrota para él. Tal vez ello haga que pueda ser prudente evitar, por el momento, la confrontación directa con López Obrador. Tal vez por ello se haya optado hacer ver que el conflicto es entre el CIDE y Tellaeche o con Álvarez-Bullya. Ciertamente, la resistencia no es ni debería ser vista como un ataque al gobierno (cosa que el régimen podría aprovechar en materia de narrativa a su favor), sino como una defensa de éste. Ciertamente podría uno cuestionarse si esto es iniciativa directa del ejecutivo o de Álvarez-Bullya, pero al menos podemos deducir que el Presidente no se opone a las decisiones de la directora del Conacyt y tiene conocimiento de ellas.

    Esa posición tan asimétrica, donde el CIDE es una institución muy pequeña (más allá de su influencia intelectual y académica) que se enfrenta a un enorme poder político con mucho oficio, poder que reside en aquellos sectores socioeconómicos más bien alejados de la academia y que, además, tiene el control sobre la narrativa, nos deja ver que las cosas no son nada fáciles.

    Sin embargo, la reacción de las y los estudiantes en los espacios que se tuvieron con Tellaeche y la propia Álvarez-Bullya dan algo de esperanza. En el régimen pensaron que no sería tan complicado, que bastaba con ofrecerles quitar las colegiaturas, pero el estudiantado ha mostrado tener carácter y firmeza. Era evidente que Álvarez-Bullya estaba molesta y, como buena política, buscó chantajearlos, pero no lo logró, y ella terminó accediendo a asistir a un diálogo en el CIDE en condición de visitante y no de local. Las y los profesores, por su parte, han hecho su labor y han sido muy solidarios con sus estudiantes. Ambas partes (estudiantado y profesorado) se han mantenido muy unidas a pesar de los intentos de dividirlas.

    Y ni que decir de aquellas personas que se la han rajado, que han acampado, que tomaron las instalaciones y llevan ahí varios días al tiempo que tienen que estudiar para los exámenes finales. El espíritu de lucha está ahí, muy vivo y si de algo podemos estar seguros es que se va a resistir y que la comunidad no se va a morir de nada.

    También han logrado, cuando menos, la solidaridad de muchas instituciones educativas: de universidades (incluso no solo de México) académicos, intelectuales, ex alumnos. El conflicto que vive este instituto tan chiquito ha resonado en la opinión pública, se ha vuelto uno de los temas nacionales más relevantes en las últimas semanas y eso no es cualquier cosa.

    La situación para el CIDE se ve complicada, es algo que lamentablemente no podemos negar, nuestra institución está en desventaja, pero como dijera el título de una de las canciones de The Smiths: hay una luz que nunca se va: hay una posibilidad de que las cosas sean diferentes, así como ese sentimiento que los aficionados del Atlas tienen con su equipo al ver que van a disputar una final.

  • Sobre los del CIDE que votaron por AMLO

    Sobre los del CIDE que votaron por AMLO

    Sobre los del CIDE que votaron por AMLO
    Foto: @plumaverdeORG

    Contrario a lo que muchos suelen suponer, predecir cómo va a gobernar un mandatario a la hora de llegar al poder y qué resultados va a tener es un trabajo difícil y, por tanto, asegurarse que su voto será por aquel que le traiga mejores resultados para él, su comunidad o la nación o región que el candidato representa, no está garantizado.

    Si quisiéramos hacer una evaluación lo más precisa sobre las candidaturas, tendríamos que procesar muchísima información y tener el conocimiento para evaluar dicha información, lo cual es imposible. Por ejemplo, si estudio todo el paquete de propuestas de un candidato (del que ni tengo la absoluta certeza de que vaya a cumplir) necesitaría tener cierto expertise en las distintas disciplinas a las que están relacionadas las propuestas (digamos, economía, urbanismo, derecho) y eso es imposible. Tendríamos, además, que conocer a cabalidad la psique del candidato (lo cual ni el mismo conoce completamente) para predecir con 100% de certeza cómo es que va a reaccionar ante diversas circunstancias.

    Pero ahí no termina todo: el contexto en el que se desempeñará el político electo es cambiante, de tal forma que un político puede tener mejor desempeño en un contexto que en el otro. ¿Cómo podemos predecir el contexto futuro? Bueno, es imposible, dado que históricamente los seres humanos hemos sido muy torpes para predecir lo que va a ocurrir en el futuro.

    Como es imposible hacer una evaluación precisa de los candidatos porque no tenemos el tiempo ni el conocimiento necesario para evaluar todos los aspectos a cabalidad y con una gran precisión (aunque se tenga un PhD de Harvard), entonces siempre tendremos que echar mano de atajos heurísticos. Si nuestros valores están asociados con la izquierda, entonces tenderemos a votar por candidatos de izquierda (o se presenten como de izquierda) de la misma forma que lo haría una persona de derecha. Es posible que evaluemos la personalidad del candidato y digamos: tal o cual candidato me da más confianza que aquel otro (sin saber necesariamente por qué).

    De la misma forma, podremos relacionar algunos rasgos del candidato con ciertos valores o ciertas predisposiciones personales. Para algunas personas ver ciertos rasgos autoritarios en López Obrador será señal de alarma porque lo relacionaremos con Hugo Chávez o Fidel Castro, otras personas no se terminarán de percatar de ello de tal forma que no serán atributos sobresalientes (sin que ello implique que simpaticen con el autoritarismo) porque tal vez les llaman la atención aquellos otros. Trataremos también de predecir la conducta o incluso las propuestas del político en cuestión con aquello que hemos visto en el pasado y que nos pueda parecer parecido o familiar.

    En todo este proceso los sesgos cognitivos juegan un papel. Ciertamente algunas personas tendrán una mayor predisposición de evaluar una candidatura de la forma lo más neutra posible (sin que ello implique que los sesgos desaparezcan del todo) mientras que otras simplemente se dejarán arrastrar por el razonamiento motivado (lo cual suele dispararse en un contexto de polarización) pero en cualquier caso siempre existirá un margen de error. Ciertamente, por más grande sea el esfuerzo de un sujeto de hacer una evaluación concienzuda, la probabilidad de tomar una decisión acertada será mayor, pero nunca existirá la certeza total de que se ha tomado una buena decisión hasta que el político llegue al poder y gobierne: por eso es posible ver a personas muy inteligentes y preparadas votar por alguien que termina afectando sus intereses.

    Si a mí me preguntan si las personas del CIDE que votaron por AMLO tomaron una mala decisión en las urnas contestaré que sí, pero seguramente te contestarán lo mismo la mayoría de esos votantes al ver cómo las decisiones del régimen están afectando sus intereses y los de su institución. Sin embargo, a partir de aquí, a diferencia de los entusiastas del «se los dije, se les advirtió», la explicación se vuelve más complicada.

    ¿Por qué varios en el CIDE votaron por AMLO? Porque sus atajos heurísticos les indicaron que esa podía ser la mejor opción. Si AMLO se dice de izquierda y si históricamente la izquierda se ha preocupado por la ciencia y la educación, entonces AMLO tendría que ser una mejor opción. A ello hay que agregarle la indignación con el régimen saliente (justificada por la profunda corrupción y cinismo del gobierno de Peña) al que se sumó un discurso anticorrupción de López Obrador. Para el caso del estudiantado, entre la juventud suele preferirse el cambio o el riesgo sobre la estabilidad, ya no solo por la energía que tienen los jóvenes, sino porque, a diferencia de las personas de edad avanzada que tienen una vida hecha (y para quienes puede ser más racional votar de forma más conservadora), tienen un futuro incierto y, dada esa incertidumbre, sienten que tomar riesgos esperando que uno de ellos derive en un mejor estado de cosas.

    Ciertamente, quienes votaron por AMLO no vieron algunas cosas que otros sí alertamos: algunos hablamos sobre el talante autoritario que López Obrador a veces expelía, vimos en la sugerencia en la propuesta de Santa Lucía y la cancelación del NAICM una premonición de una excesiva improvisación y falta de rigor donde la técnica estaría sometida a los caprichos del ejecutivo. Vimos también, en esa simbología religiosa, un potencial conservadurismo social (que va desde esta intención de moralizar a la población hasta hacia el desdén hacia la violencia contra la mujer) y sin olvidar su desdén por el orden institucional («al diablo con sus instituciones»). Todos ellos también son atajos cognitivos a través de los cuales evaluamos al hoy presidente y decidimos no votar por él.

    Fotografía: @cataperezcorrea

    A diferencia de lo que muchos podrán suponer, no es necesariamente fácil explicar por qué en algunas personas se activaron algunos atajos heurísticos y en otras otros (seguramente las filias ideológicas y muchos otros factores juegan un papel). Queda claro que la decisión que ellos tomaron no fue acertada y no me parece mal invitarlos a la reflexión (desde una postura de empatía) de tal forma que esta experiencia actualice su sistema de creencias y les ayude a tomar una mejor decisión para las elecciones que puedan venir.

    Pero el linchamiento por parte de algunos influencers de la red social (de esos que presumen ser opositores a morir) no abona siquiera a este ejercicio y lo único que su comportamiento hace es, paradójicamente, beneficiar al régimen. Esta circunstancia tampoco puede sugerir una superioridad moral. Me voy a explicar:

    Vamos a partir de la suposición de que votar por AMLO fue una decisión errónea y no votar por él haya sido una decisión acertada (digo suposición porque, aunque muchos supongamos que Anaya o Meade pudieron haber hecho las cosas mejor, es imposible hacer un contrafactual contra algo que no ocurrió):

    1. Que los que no votaron por López Obrador hayan tomado una decisión acertada no implica que en otro contexto puedan tomar una decisión errónea. Algunos de ellos dirán. ¡Por eso yo nunca votaré por la izquierda o por el socialismo! ¿Pero, qué pasa si el Presidente de derechas por el que voten termina siendo un corrupto del cual fueron sus contrapartes de izquierda quienes vieron esas «red flags»? La posibilidad de que ellos erren de la misma forma siempre existirá.
    2. Que su decisión en las urnas haya sido la acertada no implica necesariamente que la decisión haya sido razonada. Por ejemplo, queda claro que una persona que no votó por AMLO porque pensaba que nos iba a llevar al comunismo no tomó una decisión informada aunque su decisión haya sido correcta. Haber acertado así es algo fortuito. En todos los casos siempre existirá, en mayor o menor medida, un factor suerte, por el simple hecho de que es imposible hacer una representación exacta y perfecta de lo que un candidato va a hacer llegando al poder.
    3. La realidad es que prácticamente ninguno de los hoy críticos previeron que el régimen iba a intervenir en las universidades. Vieron (vimos) rasgos autoritarios, pero nadie pensó que iban a jugar de esa forma, nadie alertó a los chicos del CIDE que subieron sus videos apoyando a AMLO que se iba a meter con su instituto. Repiten que «se les dijo, se les advirtió», pero en realidad nunca advirtieron que esto que está ocurriendo en específico ocurriría.
    4. Si estas personas están tan preocupadas por la evidente deriva autoritaria, entonces estarían defendiendo al CIDE en vez de sumergirse en burlas y linchamientos, porque lo prioritario es evitar que este espiral autoritario continúe avanzando (si el gobierno logra salirse con la suya, como bien menciona Jean Meyer, luego seguirán la UNAM, la U de G, el INE y demás). Peor aún, a través de estas burlas (que no es lo mismo que invitar a la reflexión), no van a persuadir a los que votaron por AMLO de no volverlo a hacer: harán que se sientan alienados y no se sientan aceptados en el bando de la oposición como efectivamente está ocurriendo.
    5. Y, evidentemente, este estado de cosas beneficiará al régimen. Es irracional ser opositor y tomar dicha postura donde el sentimiento de superioridad (el cual puede no estar justificado por los puntos anteriormente mencionados) se vuelve más importante que la defensa de las libertades y los valores democráticos. Ese sentimiento de superioridad (que además tiene el propósito más de reforzar y legitimar sus posturas ideológicas que defenderlas en la práctica) estará todavía menos justificado al percatarnos de que esta acción termina, de alguna forma, afectando sus propios intereses. Terminan, paradójicamente, haciendo lo mismo de lo que acusan a su contraparte.

    Algo que no debe olvidarse es lo siguiente: quienes votaron por AMLO no votaron porque esto pasara, no existió una mala intención en su voto y el error fue crearse expectativas equivocadas a través de sus atajos heurísticos que desear algún mal. El juicio moral que se hace sobre aquella persona que votó intencionadamente para que esto pasara no puede ser el mismo que el que cae sobre aquellos que «se equivocaron». En el primer caso por supuesto que debe haber un reproche (como ocurre con quienes siguen defendiendo al gobierno a pesar de lo evidente porque obtienen de ello un beneficio) mientras que en el segundo puede haber, en todo caso, una invitación a la reflexión.

    Tampoco debería esperarse que dentro de la institución se le diga al estudiantado por quién votar porque ello violaría la pluralidad que la institución busca preservar. En efecto, el CIDE nunca les «dio línea» ni tomó postura como institución y ello debe recordarse. Está en su libertad decidir por quién votan.

    Y todo esto es importante decirlo, porque la prioridad debe ser evitar la deriva autoritaria. Si como opositores estamos preocupados por el talante autoritario de este régimen, burlarse sin piedad continuamente de la decisión que algunas personas tomaron (en especial si uno se presume opositor) posiblemente no sea la mejor opción.

  • Vamos a deconstruir el concepto de «pueblo bueno».

    Vamos a deconstruir el concepto de «pueblo bueno».

    Vamos a deconstruir el concepto de "pueblo bueno".

    Sospecho que esa atribución de bondad que se le da al pueblo, a los de abajo, tiene que ver con un discurso que tiene como propósito el sometimiento y el uso político de los que menos tienen.

    Este discurso del pueblo bueno es una trampa, porque en esta supuesta dignificación se olvidan las condiciones en las que el pueblo vive: los de abajo son buenos y dignos, así su identidad termina atada a su condición social.

    La bondad y la debilidad son dos conceptos que se suelen confundir (no solo en política, sino en general): puedo considerar bondadoso a aquel que no es capaz de hacerme daño ni de matar una mosca, pero no está claro si ello es por voluntad o por incapacidad. Muchas personas no son vistas como malas porque no tienen la capacidad para serlo o porque pesa una gran inseguridad sobre sus capacidades: yo no puedo matar a alguien si no tengo un arma, no puedo engañar a mi pareja si nunca me ha tentado otra persona, no puedo robar dinero del erario si no tengo un puesto público. El pobre tiene menos capacidades y herramientas que quien no lo es.

    Si una persona tiene menos capacidad para valerse por sí misma, entonces tenderá a necesitar la ayuda de alguien más y cederá poder a ese alguien. Si yo tengo poder sobre aquel y no quiero perderlo, entonces lo dominaré: cortaré sus alas para que sea incapaz de rebelárseme o independizarse de mí mejorando un poco su condición de forma artificial. Por ello, estableceré una relación paternalista con aquel. Qué mejor idea que reconocer una supuesta bondad bajo la cual se esconda la idea de que el pueblo es incapaz e impotente y la cual me dé el permiso de presentarme como una suerte de gobierno-padre.

    Esta idea de orígenes religiosos, propia de nuestra región de que la pobreza es una virtud y que tanto se ha propagado a lo largo de la historia sugiere, sospecho, el mismo fin: el pueblo es pobre y su pobreza es virtuosa. Lo que es virtuoso es deseable, entonces no hay necesidad de que dichas personas salgan de la pobreza: seguramente serán premiadas en otra vida u otro mundo.

    Pero dentro de esa aparente virtuosidad y bondad, lo que se quiere decir es que el pobre es desválido, y como es desvalido, yo como gobierno o yo como patrón te voy a dominar so pretexto de una relación paternalista donde mi misión es protegerte y cuidarte. También por eso es pueblo: porque bajo esa etiqueta se elimina la pluralidad y la individualidad y con lo cual se desconoce su agencia. Son desvalidos (el ejecutivo afirmó más de una vez que son como animalitos), no pueden pensar por sí mismos, por tanto hay que cuidarlos y protegerlos porque, en el fondo, ello me da poder político.

    Pero el concepto de pueblo bueno es falaz. La verdad es que el «pueblo bueno» S.A. de 4.T. puede ser igual de malvado que sus contrapartes de las clases altas. Los pobres pueden matar o pueden robar igual que los ricos pueden desfalcar o lavar dinero. La única diferencia es que el alcance de los que tienen más recursos es mayor (no porque sean más malvados, sino porque tienen más poder).

    Lo que diferencia a los oprimidos de los que no lo son no es su altura moral, sino simplemente su condición de oprimidos. El oprimido puede ser, a la vez, opresor: un individuo que es oprimido por el régimen o que viva en condiciones deplorables puede oprimir a su esposa o a sus hijos en su hogar.

    El pobre tampoco es más débil, el pobre se encuentra en una situación de desventaja (posiblemente injusta) frente a los demás, tiene menos acceso a herramientas para salir adelante más por su punto de partida que por falta de voluntad alguna. El pobre suele tener las mismas potencialidades que otras personas, pero suele no tener las condiciones ni las herramientas para desarrollarlas. El que dice emanciparlo (a través de relaciones clientelares) solo quiere perpetuar y reforzar ese estado de cosas para obtener poder de él.

    En realidad, el pobre, si tuviera a la mano las circunstancias y herramientas idóneas (que nosotros, por ejemplo, sí tenemos) podría dejar su condición de pobreza. Pero al régimen le interesa tenerlos sometidos, porque ello es poder político, lo cual es muy común, sí, pero también inhumano. Por eso quienes prometen velar por ellos son los que terminan dejándolos más en la pobreza.

  • Defender al CIDE del acoso y el estigma

    Defender al CIDE del acoso y el estigma

    Defender al CIDE en tiempos difíciles

    Lo que le está pasando al CIDE es algo que debería preocuparnos a todas las ciudadanas y ciudadanos de este país.

    Y debe de preocuparnos no solo por la importancia que tiene esta institución en nuestro país, sino porque está sufriendo el mismo acoso que sufren las instituciones autónomas por parte del régimen actual que, en un acto autoritario, busca imponer una forma de pensamiento único que le sea beneficioso al régimen.

    El régimen actual ha buscado estigmatizar a la institución (hasta ha recibido varias menciones en las mañaneras), ha hecho lo propio con las y los profesores así como con quienes estudiamos ahí. El encuentro que tuvimos hoy por Zoom los alumnos con el director interino José Antonio Romero Tellaeche, que fue colocado en esa posición por el régimen, lo dejó muy claro: de alguna forma sugirió que quienes estudiamos ahí estamos manipulados ideológicamente, que no tenemos pensamiento crítico, que no servimos al país y que nuestras mentes están moldeadas por profesores que estudiaron en Estados Unidos (el propio Romero Tellaeche estudió ahí, pero se justificó diciendo que en nuestro país no había doctorados y que tiene pensamiento propio). Además, en este mismo encuentro también afirmó que los medios de comunicación orquestaron una campaña de desprestigio en su contra.

    Sin conocer a su comunidad ni las dinámicas de la institución, el director interino se atrevió a hacer aseveraciones estigmatizantes de forma categórica, además, claro, de destituir arbitrariamente a personas que ostentaban posiciones directivas. Algunas alumnas y alumnos que intervinieron en esta sesión le pidieron que conociera más a la comunidad y la institución, pero siguió haciendo lo mismo hasta que terminó la entrevista.

    Lo que vivimos ahí fue básicamente una extensión del régimen, de una mañanera: el tono del discurso era exactamente el mismo. Acusó al CIDE de neoliberal e ideologizante. Todo esto fue insultante. Por ello, yo quiero contar mi experiencia en esta institución para desmentir los estigmas que el régimen ha tratado de hacer caer sobre la institución de la que formamos parte.

    Mi experiencia

    Primero, lo que caracteriza al CIDE es su orientación metodológica y de investigación. En el año y medio yo nunca he visto imposición ideológica alguna. Entre mis compañeras y compañeros tenemos distintas orientaciones ideológicas: algunos son de izquierda, otros de centro y otros de derecha, y nadie nos ha dicho cómo tenemos que pensar. Nadie me ha corregido algún texto porque usé o no usé lenguaje inclusivo ni me dijeron que mi forma de pensar está mal o es una tontería. Yo me siento aceptado tal y como pienso.

    Es cierto, por ejemplo, que la ciencia política que nosotros estudiamos está influida por la ciencia política americana (american politics), pero ello no implica que sea neoliberal: nadie nos dice que tenemos que apoyar al capitalismo o el socialismo. Más bien el CIDE nos otorga herramientas metodológicas para que nosotros, que estudiamos ahí, los apliquemos a nuestras convicciones ideológicas. Las herramientas de investigación las puede usar tanto una persona que es de derecha para estudiar, por decir, el conservadurismo en tal país, o las puede usar una feminista para estudiar la violencia contra la mujer. Si eres comunista o marxista, nadie te dice que debes dejar de serlo. También hay (aunque, por lo ocurrido, parece que ya son realmente pocos) simpatizantes de López Obrador. A ninguna de las personas que simpatizan con el Presidente se les estigma y su postura se respeta.

    Segundo. cuando fui aceptado en la institución, llegué con tres temas que eran candidatos para investigación. En el proceso de la selección y desarrollo del tema no hubo nunca algún condicionamiento ideológico ni nadie me sugirió alguna «perspectiva ideológica». Lo que mis profesores de investigación, mi tutor, el profesor Gerardo Maldonado y mi asesora de tesina, la profesora Amalia Pulido, me han pedido es rigor metodológico: que la investigación esté bien sustentada teóricamente, que las variables estén bien conceptualizadas y operacionalizadas, pero la pregunta de investigación es producto de mis propias convicciones y no de la intervención ideológica de la institución.

    Tercero, no recuerdo que las preguntas de investigación de quienes estudian conmigo sean «neoliberales». Algunas estudian el autoritarismo, el voto, partidos políticos y demás. Las preguntas de investigación son muy variadas, tienen distintas posturas y abordan distintos temas.

    Cuarto. si los profesores «moldearan nuestras mentes sin criterio», entonces podría esperarse que las y los estudiantes pensemos igual, que somos una masa ideológicamente homogénea, y la realidad es que no es así en lo absoluto. Por el contrario, mi grupo de clase es muy diverso. Dicen que el CIDE es «neoliberal» pero varias de las personas que estudian conmigo (no todas) son de izquierda y siguen siendo de izquierda.

    Pero esta diversidad no ocurre solo con los estudiantes sino con los profesores, muchos de ellos tienen formas de pensar distintos y sus temas de interés son distintos. Es justa esta pluralidad la que nos da un conocimiento más rico y amplio. Es cierto que muchos (aunque no todos) estudiaron en Estados Unidos, pero ello no implica que piensen igual en lo absoluto ni mucho menos que sean ideológicamente homogéneos. Es cierto, como dice Romero Tellaeche, que tener profesores que estudiaron en otros lados es una buena idea, pero de ahí no se sigue que como muchos profesores estudiaron en Estados Unidos, entonces nos quieren adoctrinar ideológicamente.

    Quinto, la diversidad no solo debe ocurrir dentro de la institución sino fuera de ella. Es deseable una institución orientada metodológicamente como es el CIDE exista, al tiempo que exista el COLMEX que tiene otra orientación o la UNAM. Homogeneizar la oferta académica tan solo empobrecerá el conocimiento (ya de por sí limitado) que se genera en el país.

    Sexto, el CIDE no es un centro de «blancos privilegiados» como también se pareció sugerir. Tal vez yo sí venga de una posición relativamente acomodada clasemediera, pero no es el caso de todas las personas que estudian conmigo. Tal vez las personas que vengan «desde abajo» no sean mayoría, pero eso es así no por problema del CIDE sino de toda la estructura educativa del país que da una educación paupérrima a los que menos tienen. El gobierno debería procurar que las personas que nacieron en condiciones difíciles puedan recibir una educación desde los niveles básico lo suficiente decente para que puedan acceder a estudiar en centros como el CIDE, eso no ocurre porque una y otra vez nos han mostrado que no es su prioridad.

    Seguramente el CIDE tiene cosas por mejorar, pero no es ahorcando a su comunidad e imponiendo una forma de pensar que puede mejorar como institución.

    Resistir

    La situación del CIDE es complicada. Mucha gente no conoce esta institución ni su importancia. El CIDE no es visible como el INE, por poner un ejemplo. López Obrador tiene una popularidad, de acuerdo con Consulta Mitofsky, de más del 60% y ella no reside en los sectores académicos e intelectuales, la cual perdió (sin preocupación alguna) desde un principio. Dicho esto, es evidente que López Obrador considera que deshacerse o «adoctrinar» al CIDE no le va a traer costo político alguno.

    También es complicado porque el CIDE no ha recibido empatía por toda la oposición. Si bien es válido invitar a la reflexión a las personas que votaron por López Obrador y se han percatado de que ello fue contraproducente y que los atajos heurísticos no hicieron el mejor papel, las burlas y las frases como «disfruta tu voto» nada ayudan a ese fin y lo único que logran es hacer el favor al régimen. Al final, ejercieron su voto de forma libre (más allá que algunos no tengamos su mismo punto de vista) y seguramente algún aprendizaje quedará de esto.

    Pero si la situación es muy complicada, lo cierto es que el CIDE tiene una comunidad muy fuerte. Que la comunidad resista con fuerza y entusiasmo, pero también con inteligencia. Posiblemente será necesario crear lazos con otras instituciones académicas y universitarias para poder ejercer más presión y elevar el costo político para que el acoso ceda.

    Si algo me dio esperanza fue la reacción de las y los estudiantes en el diálogo (si se le puede llamar así) con el director interino. Se atrevieron a confrontarlo, a decirle lo que piensan sin tapujos. Él, por su parte, nunca terminó de contestar las preguntas que le hicieron, dio muchas evasivas y nunca dejó el lado del discurso propio del régimen.

    Conclusión

    Para mí sería fácil desentenderme porque en junio termino mis estudios y las consecuencias posiblemente no me toquen, yo me iré de la institución con educación de alto nivel, pero si el CIDE me ha dado tanto, creo que una forma de retribuir es ayudar, en mis limitadas capacidades, a defender a esta institución de pulsiones autoritarias para que las siguientes generaciones puedan seguir recibiendo educación de alto nivel para que lo pongan al servicio de nuestro país.

    La pluralidad y la democracia liberal están en riesgo. El ataque al CIDE es tan solo una de las múltiples manifestaciones de este riesgo. La ciudadanía debe resistir. Las y los estudiantes, profesores y académicos debemos resistir contra el autoritarismo y las amenazas contra la libertad de pensamiento.

    Y por cierto, al ser una institución que paga mis estudios, a quien le debo algo no es al gobierno, sino a las personas que pagan sus impuestos. El gobierno es, o debería ser visto, como un mero administrador y no como un «padre» que nos está haciendo algún favor y al cual le debemos pagar con algo.

    Para concluir, les comparto un video sobre la fundación del CIDE. Pueden ver todo el hilo del profesor Carlos Bravo Regidor al respecto.

    Lo anteriormente escrito representa nada más que mi opinión y solo hablo por mí mismo.

  • ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    En el no mucho tiempo libre que la maestría me deja me puse a reflexionar: ¿Por qué la gran mayoría de los influencers de izquierda son de clase media-alta o alta? ¿Por qué la gran mayoría son blancos en un país donde la mayoría de la población, sobre todo aquellas que la izquierda dice acostumbrar representar, es morena: mestiza o indígena?

    Pensemos en Antonio Attolini, en Simón Levy, en Diego Ruzzarín, Estefanía Veloz, Alberto Lujambio, Hernán Gómez Bruera. Todos ellos vienen de un sector privilegiado (todos ellos tienen estudios, tienen recursos económicos y contactos) y su posición ha sido indispensable para que estén donde estén.

    Las únicas excepciones que me vienen a la mente son Gibrán Ramírez y Tenoch Huerta, pero luego puedo mencionar más «influencers» (que ahora son parte de gobierno) como Pepe Merino o Andrés Lajous que también vienen de buena cuna.

    Es más, basta comparar la distribución socioeconómica y fenotípica con los influencers de «ultraderecha» que recibieron a Santiago Abascal de Vox, de quienes asumiríamos que son defensores de los privilegios o el orden social prevaleciente. La distribución es parecidísima: la mayoría es blanca y los morenos son la pequeña excepción.

    La nueva derecha dura mexicana, Vox y el PAN

    ¿Por qué sucede esto?

    En este texto no pretendo caer en lugares comunes. No creo que ser de buena posición socioeconómica o ser de fenotipo más caucásico sea incongruente con el hecho de ser de izquierda. Es más, no sería siquiera incongruente que una persona de izquierda cargue con un iPhone en tanto anhele un mundo más igualitario en el cual todas las personas puedan aspirar a comprar uno. Mi texto no pretende recriminar a estos influencers su postura ideológica (más allá de mis discrepancias con algunos de ellos). Lo que pretendo hacer es tratar de explicar por qué esto ocurre y qué problemas hay con eso. ¿Por qué es la gente que pertenece a una élite económica, social o hasta académica y no la que es «parte del pueblo» la que tiene un micrófono y exposición para hablar de justicia social? ¿Por qué no es un líder sindical o un profesor que trabaja con gente que vive en la pobreza?

    Lo más fácil de explicar tal vez sea el hecho de que la gente que vive en la base social no acceda con facilidad a esos espacios. Una persona que tiene que pensar en qué comer y cómo satisfacer sus necesidades básicas difícilmente tendrá las condiciones para convertirse en un líder de opinión: para ello se necesita educación superior (tal vez con algunas excepciones) y tener la capacidad para crear un liderazgo de opinión: ello explica por qué todas las revoluciones (la mexicana, la rusa, la francesa o la cubana) no fueron empujadas por el pueblo oprimido sino por las clases medias que hablaban a su nombre (y que luego tomaron el poder a su nombre y no en pocos casos se perpetuaron «a su nombre»). Pero también hablamos de influencers que requieren una computadora o un teléfono móvil con acceso a Internet.

    Otra cuestión que pueda darnos alguna pista es la educación. En Occidente, la izquierda (cada vez más alejada del marxismo y cada vez más cerca de la posmodernidad) se ha vuelto más elitista con el tiempo. Ciertamente, no pocos líderes de izquierda en la historia tenían cierta educación, pero como comenta el filósofo Michael Sandel en su libro La Tiranía del Mérito, la izquierda, con el tiempo, se ha encasillado en la intelectualidad o la academia de tal forma que se ha alejado de las clases bajas a las cuales acostumbra ver cada vez más por «encima del hombro»: ello explica, dice el autor, que estas clases, alienadas, voten más a Donald Trump o a Marine Le Pen que al partido socialdemócrata.

    La izquierda actual se preocupa más por la equidad de género o los derechos de la comunidad LGBT (lo cual en sí no es algo malo) que por los obreros o los campesinos (lo cual sí es un problema). Es decir, la izquierda contemporánea se ha abocado más a preocuparse por las minorías visibles en su propia clase que por aquellas personas de clases socialmente deprimidas. Si bien, es cierto que López Obrador está muy lejos de formar parte de esa «izquierda cultural» que le es tan ajena, sí que muchos influencers de izquierda en México (tanto aquellos que son seguidores de AMLO como aquellos que no) forman parte de esta nueva corriente, o bien, la amalgaman con la izquierda más clásica (aunque sin esa convicción o esa disposición a «ensuciarse los zapatos» de los izquierdistas de antaño). Se preocupan por los de abajo, pero desde muy arriba.

    Su participación consta de una discusión dentro de una élite en la que la mayoría no participa.

    Pero aún haciendo este descarte todavía nos queda un gran trecho de la población. Si uno se pasea por la UNAM verá que muchas de las personas que estudian ahí no son caucásicas. Muchas de esas personas (sobre todo en ciencias sociales) tienen ideales políticos, gustan hablar del tema e incluso participan en manifestaciones. Si esas personas tuvieran la mismas oportunidades para acceder a los espacios de opinión para volverse influencers u opinadores relevantes entonces tendríamos que ver otro tipo de distribución fenotípica y de clase: una donde ciertamente existan algunos de fenotipo más caucásico pero también algunos morenos e incluso alguno que otro indígena. Sin embargo, eso no ocurre. Algo pasa que muchos de ellos se quedan «atorados» en el camino y solo pocos logran avanzar.

    Aquí se vuelve más difícil de discernir qué es lo que está pasando. ¿Será que las personas de clase media-alta o alta tienen el suficiente tiempo libre o los contactos que el clasemediero no tiene? ¿Es que, siguiendo a Sandel, la sociedad en su conjunto está discriminando más a los líderes de opinión por su nivel educativo? ¿Será que hay una actitud diferenciada ante la gente por su apariencia fenotípica? ¿Será que la gente más «clasemediera» al ver que las barreras de entrada son algo más altas, desista de ser líder de opinión? Son preguntas que dejo al aire porque me son imposibles de contestar sin evidencia en mano: posiblemente podrá ser un muy buen tema de investigación para quienes estudian un doctorado. Lo único que sí puedo decir es que la distribución fenotípica y de clase no es producto de la aleatoriedad.

    ¿Y cuál es el problema?

    La izquierda dice ser cercana al pueblo y conocer las necesidades de la gente más de lo que lo hace la derecha. Ciertamente, como afirma el psicólogo social Jonathan Haidt en su libro The Righteous Mind, la gente de izquierda (o progresista) tiene una mayor facilidad para preocuparse por «el otro» que sus contrapartes de derecha. Sin embargo, no es lo mismo leer a Marx o a Piketty que vivir la realidad que vive la gente que dicen representar. No es que sea inútil leer a autores o estudiar, todo lo contrario, pero ciertamente la experiencia te da una sabiduría que no necesariamente te da la educación formal. Muchos líderes históricos de izquierda, aunque fueran de buena posición económica, se ensuciaban los zapatos, daban discursos. Los de hoy opinan en redes sociales y, en algunos casos, los invitan a programas de opinión. Habría que preguntarle a la gente que vive en colonias populares o con cierto grado de pobreza si saben quien es Diego Ruzzarín o Simón Levy. Seguramente la gran mayoría contestará con una negativa.

    Al final, su participación consta de una discusión dentro de una élite sobre cómo debería ser el mundo y qué es lo mejor para toda la población, pero en la que la gente que no forma parte de esa élite prácticamente no participa.

    Lo que habría que preguntarse es si estos influencers de izquierda conocen la realidad de aquellos que dicen defender y de quienes hablan a su nombre. Estos influencers hablan de desigualdad, de la canasta básica, de la escasa movilidad social y de otros temas que seguramente tienen cierta relevancia, pero difícilmente conocen el día a día que viven estas personas más allá de los artículos o las notas sensacionalistas de los noticieros. Al de abajo lo observan desde arriba, desde una posición privilegiada.

    El problema con ello es que entonces ellos asumirán que saben lo que los otros quieren cuando realmente no lo saben, con lo cual se corre el riesgo de convertirse en una suerte de imposición: «tú no sabes lo que quieres, mientras que yo, que tengo educación y preparación y que, sobre todo, soy de izquierda, sé qué es lo que quieres y necesitas, y lo diré en canales que seguramente tú no ves: en Twitter, en un programa de TV de paga». Una actitud así no podrá hacer otra cosa que generar resentimiento entre aquellos con los que dicen empatizar como ha ocurrido con el Partido Demócrata en Estados Unidos.

    Y de igual forma ocurre cuando el gobierno pretende reivindicar a los indígenas cuando casi nadie de los integrantes es indígena ni mucho menos representa a una de esas comunidades. Ello se vuelve una imposición porque entonces el «no indígena» le dice al indígena cómo es que tiene que se reivindicado (lo cual es completamente paradójico).

    La mejor forma de que el pueblo se escuche es que más personas que vienen de abajo tengan mayor acceso al micrófono. Evidentemente, si existiera una mayor movilidad social, esto sería más posible. Seguramente la perspectiva de la gente que viene «de abajo», que sabe lo que es estar abajo, será muy enriquecedora y le dará más voz al pueblo.

    Todo esto no quiere decir que los «influencers» actuales no tengan la capacidad de aportar algo valioso a la discusión ni mucho menos que se les deba descartar solo por el hecho de tener una buena posición socioeconómica (más allá de que muchos de ellos no sean de mi simpatía), lo que es cierto es que sus opiniones estarán casi condenadas a emitirse desde una postura elitista (es decir, desde su condición de miembros de una élite económica, social o académica) por lo que siempre quedará algo «incompleto» y lo que es cierto es que correrán el riesgo de asumir qué es lo que la gente más desfavorecida quiere cuando pocas veces realmente han convivido con ella y poco conocen de sus necesidades.

  • Jugaremos, habla mal del Peje

    Jugaremos, habla mal del Peje

    Jugaremos, habla mal del Peje

    Lo he dicho antes: contra lo que piensa mucha gente, creo que López Obrador es una persona inteligente y hábil políticamente. Será pésimo para las políticas públicas (policy) pero es lo completamente opuesto cuando se trata de hacer política (politics). También he comentado que políticamente (para los intereses del régimen) las mañaneras son una genialidad.

    Por ello deberían preocuparnos los amagos autoritarios de este gobierno. Por ello debería preocuparnos que Alejandro Madrazo Lajous haya sido removido de la dirección del CIDE Centro con el ridículo argumento de «pérdida de confianza», por ello debería preocuparnos la exhibición que se hace de muchos ciudadanos en las mañaneras por atreverse a criticar al presidente.

    En su genialidad política, López Obrador ha logrado construir una narrativa en la cual se presenta como un hombre democrático que accede (a diferencia de otros presidentes) a escuchar aquél que disiente con él. El oficialismo dirá que no ha habido otra presidencia que permita que Jorge Ramos o Denise Dresser puedan acudir a reclamarle. Si Peña Nieto se escondía en el baño de la Ibero o si Calderón iba acompañado de sus guaruras a todos lados, López Obrador ahí está en el templete escuchando lo que el opositor tiene que decir.

    Pero dicha dinámica es un engaño, porque el juego está armado de tal forma que él gane. Él sabe que Denise Dresser o Jorge Ramos, después de tener ese atrevimiento, van a ser linchados en redes sociales por el oficialismo: van a hacer memes para humillarlos, para mostrarlos como corruptos, conservadores o prianistas. Así, alguno se la pensará dos veces antes de plantarse en Palacio y reclamarle cualquier cosa a AMLO. Deben saber que les va a llover: sus nombres serán recordados en la lista de antagonistas de la transformación que posiblemente tendrá más peso que la solidaridad del círculo rojo.

    Así, el régimen presume que no censura: a nadie se calla, puedes venir a hablar. El gobierno no te va a encarcelar, los que te van a linchar en las redes sociales son simples tuiteros que «están usando su libertad de expresión así como tú utilizaste la tuya».

    Pero, conforme pasa el tiempo, la censura, aunque todavía sutil, se vuelve cada vez más explícita. El caso de Madrazo Lajous y el CIDE muestra la poca tolerancia que el régimen tiene a quienes no se alinean a la concepción personalísima del mundo que tiene López Obrador (a lo que ni siquiera se le puede llamar ideología). Así ocurrió con los académicos a los cuales el régimen amagó con encarcelar. Dudo mucho que la intención del régimen fuera esa, más bien quisieron hacer creer que la gente que conforma la comunidad académica (sobre todo la que no está alineada al régimen) es corrupta para así descalificar al mensajero. ¿Que con un análisis de datos corroboraron el pésimo manejo de la economía por parte del régimen? Ah, recuerda que ellos son corruptos y no están del lado del pueblo.

    El régimen construye su narrativa de tal forma que pueda blindarse (al menos ante sus simpatizantes, que son millones) de la idea de que se trata de un régimen autoritario, y le funciona. La indignación por los atropellos al CIDE o a los académicos es completamente válida, pero se queda en el círculo rojo. Las mayorías ven estos asuntos como algo lejano a ellos y que no les atañe, tienen muchas otras preocupaciones antes que pensar en la ciencia o la academia, que ciertamente se conforman como élites (no pueden no serlo en ningún momento en ningún lugar), pero son precisamente élites a las que, por su carácter público, muchos más mexicanos pueden tener acceso y formar parte de (muchos de sus miembros no vienen precisamente de una cuna privilegiada y accedieron ahí gracias a una beca o un fideicomiso). Atentar contra la comunidad académica, que precisamente es la que produce conocimiento para resolver muchas problemáticas sociales, va a tener consecuencias nocivas para el país.

    No se trata de una censura abierta y explícita, pero es censura: se trata de estrategias muy puntuales contra grupos muy puntuales que el régimen considera como peligrosos ya no necesariamente porque sean críticos, sino porque no se ajustan al pensamiento único que el régimen de López Obrador busca promover: se trata de apretar los botones exactos para hacer los movimientos de tal forma que el impacto al régimen sea el mínimo posible al tiempo que maximiza los beneficios. Se trata también de desincentivar al opositor de enfrentarse al «aparato». Dudo mucho que el asunto con Madrazo Lajous o los académicos vaya a bajar siquiera medio punto porcentual de la popularidad de AMLO en las encuestas y dudo mucho que ello vaya a tener impacto alguno en las elecciones venideras, a menos que López Obrador haga un movimiento en falso que haga que todas estos agravios acumulados se le puedan salir de control.

    Por más sigilosa sea la forma de actuar de este régimen, por más que no haya «encarcelados o asesinados», su actitud ante lo diferente o la otredad rememora más bien a los regímenes autoritarios y dictatoriales que se enfrascaban en llevar a cabo purgas para eliminar al disidente y a los círculos intelectuales para así eliminar la pluralidad en pos de una estructura de pensamiento único y monotemático que beneficie y legitime al régimen en turno. Ella es la forma de actuar del populista que esconde su autoritarismo bajo un manto democrático. Desde Donald Trump a Nicolás Maduro u Orbán, el otro, el que no piensa igual, es indeseable: habrá que desacreditarlo, minimizarlo, que su voz sea irrelevante.

    Y cuando las sutilezas dejen de funcionar, la censura explícita y agresiva ahí estará siempre como recurso.

  • 7 razones por las cuales Osama Bin Laden ganó la guerra contra Estados Unidos

    7 razones por las cuales Osama Bin Laden ganó la guerra contra Estados Unidos

    7 razones por las cuales Osama Bin Laden ganó la guerra contra Estados Unidos

    Bin Laden está muerto. Algunas personas dirán que al final perdió porque él está muerto y los Estados Unidos siguen de pie, pero esa es una interpretación muy frívola.

    La realidad es que Bin Laden ganó la guerra.

    A Osama Bin Laden lo mataron en 2011, una década después de los atentados, cuando ya no a mucha gente le importaba, cuando ya se había hecho a la idea de que EEUU había sido vulnerado y cuando ya había regresado a su vida cotidiana. Lo asesinaron cuando ya el daño (aquello que Bin Laden quería) estaba hecho.

    Es que Osama Bin Laden logró lo que quería: logró desestabilizar a los EEUU en muchos sentidos:

    1) Creó un profundo sentimiento de vulnerabilidad no solo en Estados Unidos sino incluso en todo Occidente (la cual sería ratificada con ataques posteriores en tierras europeas). Estados Unidos ya no era aquel país seguro y cuasi invencible. Atacaron varios de sus símbolos más importantes: el comercial reflejado en el World Trade Center y el militar reflejado en el Pentágono. Si el político (la Casa Blanca o el Capitolio) no sufrió daños es porque los pasajeros secuestrados del vuelo que iba a ese lugar se rebelaron y derrumbaron el avión.

    2) Orilló al gobierno estadounidense a tomar decisiones precipitadas y basadas en el miedo que mermaron su reputación en todo el mundo. Una de las principales «armas» con las que los imperios se sostienen son aquellas narrativas que le dan legitimidad endógena (dentro de su pueblo) como exógena (fuera del país). La Patriot Act mermó la legitimidad endógena y tanto Guantánamo como Abu Ghraib mermaron profundamente el discurso de que Estados Unidos es un país comprometido con los derechos humanos.

    3) Logró exhibir a Estados Unidos como un país ineficiente en materia estratégica y militar, lo cual a su vez merma su imagen como país poderoso. Desde el mismo atentado (que también se explica por deficiencias en los servicios de inteligencia) la incursión en Irak donde nunca existieron armas de destrucción masiva, hasta la desastrosa salida de Afganistán en el régimen de Joe Biden que terminó en mano de los talibanes (previo acuerdo con Donald Trump).

    4) Todo ello acentuó una suerte de profundo remordimiento nacional (incluso occidental) por los actos cometidos en Estados Unidos y los países occidentales a lo largo de su historia. Todas las críticas decolonialistas y análisis basadas en la teoría crítica o corrientes posmodernas que tomaron auge en la izquierda académica estadounidense se podría explicar, entre otras razones, por todos los eventos que siguieron al atentado e incluso los que le antecedieron (como la intervención estadounidense en Medio Oriente en el contexto de la Guerra Fría). No es que hacer una autocrítica sea algo malo, en lo absoluto (y menos si hablamos de las torturas que ocurrieron en Guantánamo y Abu Ghraib). El problema es que, como respuesta al miedo y el rencor por parte de quienes deberían haber mantenido la calma, se expuso a un Estados Unidos que no se parece mucho a aquel que repite la narrativa o los valores de los padres fundadores.

    5) Todo ello deslegitimó y desarmó, de una u otra forma, a los Estados Unidos como imperio: cualquier acción vista como «imperialista» es señalada por la opinión pública (incluso si se trata del menor de los males), incluso si se trata de un acto en defensa propia. Estados Unidos ya no es el «país que promueve la democracia en el mundo» sino aquel que engulle a países de todo el orbe para dominarlos. Este remordimiento causó que se revisitaran todos los actos pasados del imperio estadounidense en el pasado y se les juzgara con más determinación. ¿Nagasaki e Hiroshima? ¿El golpe de Estado a Allende? ¿Los iran-contras? ¿Vietnam? ¿La desastrosa incursión en Irak?

    6) Las teorías de la conspiración no son algo nuevo, pero ciertamente el 9/11 inauguró una nueva tradición que se extiende hasta nuestros tiempos con los antivacunas y terraplanistas y que tienen como constante la desconfianza en las instituciones. Como es difícil imaginarse que un país tan «poderoso» fuera vulnerado de tamaña forma, entonces es más cómodo imaginar que es el gobierno el que está mintiendo, el que hizo todo. Dicha desconfianza en las instituciones explica también el ascenso de líderes populistas como Donald Trump. ¿Qué habría pasado con la candidatura de Trump si el 9/11 no hubiese ocurrido? ¿Hubiera ocurrido? Y si lo hubiera hecho ¿Habría ganado?

    Americans' Confidence in Institutions Stays Low

    7) El terrorismo islámico no solo no está neutralizado sino que, de alguna manera, ha estado en su apogeo en los últimos años. Los diversos atentados en París como el de Charlie Hebdo o Le Bataclan, los de Bruselas, los que ocurren constantemente en Medio Oriente. Qué decir del talibán recuperando Afganistán o del Estado Islámico. Ello ha afectado también la confianza institucional y ha despertado reacciones xenófobas en varias partes de Europa.

    Si 9/11 no hubiese ocurrido, EEUU sería más fuerte hoy y Occidente sería más fuerte que hoy. Bin Laden sacudió al imperio con poquísimos recursos (humanos, tecnológicos, militares, económicos) comparados con la abismal fortaleza estadounidense. Nomás mencionarlo suena a tremenda humillación para muchos. Y como Osama Bin Laden o Al Qaeda no son un país o una entidad parecida, entonces se vuelve difícil construir un enemigo. Por eso, tras su muerte, la herida del 9/11 no se cerró. No se ha cerrado, las imágenes nos siguen dando muchísimos escalofríos e indignación.

    Bin Laden ganó y EEUU perdió. Bin Laden está muerto, pero partió sabiendo que había conseguido lo que quería. Incluso no tuvo la oportunidad de atestiguar por completo su victoria que terminó reforzada por diversos acontecimientos de la última década.