No existe algo así como una belleza objetiva y universal.
Algunos, sobre todo en aquellos sectores conservadores, desearían que así fuera. Pensar que los paradigmas con los cuales perciben al mundo no son necesariamente universales o absolutos, y a veces sean más bien contextuales, hace que algunas personas sientan incertidumbre al respecto.
Si bien, creo que existen algunos rasgos o patrones universales en la construcción de lo que es bello (en el caso de las personas, la simetría o aquellos rasgos que denoten que una persona es sana podrían jugar algún papel), la verdad es que muchos factores culturales y subjetivos influyen sobre aquello que decimos que es bello o que esta persona es bella y posiblemente estos últimos pesan más que los primeros. La evaluación de la belleza termina siendo una cuestión más bien personal que universal.
Mis predisposiciones personales; mi concepción de la realidad; posiblemente hasta mi misma genética; la cultura en la que estoy inmerso; lo que es más similar a lo que me es familiar sobre aquello que me puede parecer más ajeno, lejano o extraño; la influencia social o los medios también juegan un papel para decir que tal persona es más bella que otra. A veces, incluso la misma presión social puede ganar cierta relevancia: si esto es lo aceptado como bello, entonces me acoplo a ello para sentirme incluido en el grupo. Si esto no es aceptado como bello, entonces no voy a mostrar admiración por ello. Si tal persona tiene una pareja que es considerado o considerada como bella por la sociedad, ello le puede traer más réditos sociales.
Es más, quienes comparten una misma cultura no tienen necesariamente las mismas preferencias y a veces a uno no le interesaba mucho la chava por la que babeaban los pubertos en la secundaria. La percepción de la belleza entonces no es algo universal, es una asignación personal que está influida por el contexto en el que la persona se encuentra.
Los cánones de belleza ni siquiera han sido constantes a lo largo del tiempo. Antes, el estereotipo de belleza de la mujer era una que estaba más bien un poco más «llena» para luego pasar a ser el de una mujer voluptuosa. Claramente los cambios culturales influyeron en la mutación de estos cánones.
Al parecer, no a mucha gente le agradó la idea de que Kim Nam-Joon fuera más votado que Henry Cavill como el hombre «más guapo del mundo» (más allá de que estas encuestas hechas en Twitter no cuentan con rigor alguno para poder determinar que es representativa de toda la especie humana). ¿Cómo ese «niño coreano» es más guapo que Cavill, tan hermoso y tan mamado?
Es simple: la gente tiene distintos gustos, los cuales, además, están influidos por el entorno en el que se encuentran. Es posible, por ejemplo, que a los coreanos o asiáticos tiendan a sentir más atracción por Nam-Joon mientras que los occidentales tiendan a sentir más atracción por Cavill.
Que muchos se indignen porque más gente haya votado a Kim Nam-Joon por encima de Henry Cavill solo refleja la existencia de la subjetividad en la belleza. Si la belleza fuera universal, entonces tendríamos que encontrar un consenso con respecto de estas dos personas que físicamente son muy distintas y solo tendría que haber disputas cuando los «contendientes» sean físicamente parecidos.
Pero no es el caso. Ambos son demasiado diferentes. No puede existir un estándar de belleza universal e incluso de aquí puede deducirse que es un despropósito buscar al «hombre más guapo del mundo».
La «inclusión forzada» es un término muy subjetivo, porque lo «forzado» tiene que ver con el efecto que una obra fílmica causa en la mente del espectador.
Si yo estoy acostumbrado a ver en las películas a héroes del género masculino porque crecí en un entorno donde me enseñaron el hombre es el fuerte y la mujer la débil y me ponen a un personaje femenino, entonces lo sentiré como «forzado» o «poco natural» porque me han sacado de mi normalidad, pero si yo deseo ver a personajes femeninos como heroínas, entonces ello no me va a parecer forzado, sino natural.
En este sentido, promover la inclusión, cuyo fin en teoría es visibilizar a grupos de personas o minorías, hará que a algunas personas les parezca forzado, porque rompe con su normalidad y con lo que esperan de algún filme de acuerdo a sus paradigmas sociales y culturales. Ello tiene un efecto más notorio en los sectores más conservadores de la sociedad.
Es claro que las decisiones de algunos productores de fomentar la inclusión en las películas tienen un trasfondo político. Ello per sé no es bueno ni malo en tanto dicha ambición no afecte la creatividad que se requiere para hacer buenos filmes y contar buenas historias. Al final, el mercado es el que hablará y el que juzgará la calidad de las obras producidas en Hollywood.
Si la «inclusión forzada» hace que la gente ya no vaya al cine, entonces Hollywood dejará de promover la inclusión porque las utilidades van primero, pero ello no parece ser el caso. Cierto, puede haber casos de cintas que con el afán de promover la inclusión descuiden la trama (y ahí hasta los más abiertos digan que quisieron meter la inclusión con calzador), pero también hay muchos casos que, a partir de un paradigma de inclusión, logran crear grandes obras (Gambito de Dama) o series que tienen éxito como «Sex Education» o muchas otras donde la inclusión es abordada con gran parsimonia (ej, Cobra Kai).
Los que se rasgan las vestiduras por estas decisiones deberían saber que esto no es algo nuevo. La política nunca ha sido ajena a Hollywood: La cinta de Rocky vs el ruso nunca me pareció mala a pesar de la propaganda evidente. Hasta hace pocos años abundaban los filmes donde el Presidente de EEUU que salva al mundo. Incluso algunos súper héroes tienen o tuvieron un tufo propagandístico. E igual que con el tema de la inclusión, hay casos en que se descuidó la trama por motivos políticos u otros donde lograron hacer grandes joyas.
Y, pues, en una economía de mercado, si algo no te gusta, no lo consumes y punto.
La tauromaquia es una práctica que se ha vuelto muy polémica en tiempos recientes, y en este sentido, estoy muy seguro que mi opinión al respecto va a generar polémica y puede que moleste a más de alguno. Sin embargo, quise aprovechar este espacio para expresar mi sentir contra esta práctica que, por más milenaria o cultural sea, me parece aberrante y que considero debe desaparecer.
No me voy a centrar del todo en la discusión actual, que si dicha práctica debe estar prohibida o no: por lo general, quienes apelan a la libertad para defender estas prácticas (generalmente desde una postura conservadora) suelen abogar por actos prohibitivos en otros rubros. Argumentaré por qué esta práctica me parece aberrante.
Primero, antes que nada, hay que recordar que el punto culmen de esta práctica es la muerte del animal por razones de ocio o entretenimiento y ello es muy fácil de abstraer. Muchos de los pro-taurinos argumentan que quienes nos oponemos a esta práctica no la conocemos bien, no conocemos la tradición, la cultura o el «arte» que existe detrás. Que si el traje de luces o el movimiento del torero, pero nada de ello niega la realidad: la muerte de un animal por placer.
La tauromaquia refleja el dominio del hombre sobre la bestia, lo cual en sí no es malo: tenemos capacidad de dominio de los animales porque tenemos mayor inteligencia que ellos. Sin embargo, la civilización humana es una que con el tiempo va evolucionando, y si algo hemos aprendido con el tiempo, sobre todo en las sociedades más civilizadas, es el respeto por el entorno de tal forma que el ser humano maximice la satisfacción de sus necesidades generando el menor impacto posible en el ecosistema. Es imposible no causarle un daño, pero, sí es posible lograr que la afectación será mucho menor si satisfacemos nuestras necesidades de esta forma.
No se trata, aclaro, de tomar una postura especista radical, sino una postura más bien consciente y pragmática. Es cierto que todas las especies se matan unas a otras para sobrevivir, pero el ser humano, al ser dotado de una inteligencia superior, puede encontrar formas de sobrevivir sin tener que sacrificar su calidad de vida, al tiempo que adquiere un respeto por el entorno cada vez mayor. Como nuestro ecosistema no es infinito, el respeto por éste se vuelve cada vez más necesario a largo plazo incluso para nuestra misma satisfacción de necesidades.
Posiblemente seguiremos prescindiendo de la vida de los animales para alimentarnos, pero es cierto que algunas personas han reducido su consumo animal (y otras incluso la han eliminado) con el fin de reducir el impacto sobre estas especies. También es cierto que los avances tecnológicos pueden hacer que estas prácticas vayan induciendo el menor sufrimiento posible a las distintas especies. Esta relación de nuestra especie con el animal, cada vez menos violenta, nos obliga a prescindir de las prácticas más innecesarias que lleve a la muerte de los animales: y por sentido común sabemos que ni la tauromaquia ni la caza son necesarias para nuestra satisfacción de necesidades primarias.
Un argumento de los pro-taurinos es que esta industria genera empleos y alimenta bocas, lo cual es cierto, pero en esa argumentación olvidan que el dinero que se gastaba en asistir a estos espectáculos se gastará en otras formas de entretenimiento, en ropa o en dispositivos electrónicos que tendrán una mayor demanda y, por tanto, generarán más empleos. Claro, este argumento puede servir para implementar políticas públicas para que, en caso de que estas prácticas desaparezcan o se prohiban, el impacto sobre la gente perjudicada sea menor, pero no sirve para justificar la existencia de esta práctica. Si la justificación es esta, entonces la innovación sería criticable ya que los nuevos productos desplazan a los viejos junto con los empleos que estos últimos generaban. De igual forma, bajo este mismo supuesto, podría justificarse la prohibición de Uber en aras de mantener los empleos de los taxistas.
Otro argumento tiene que ver con la libertad de elección. Se argumenta que al prohibir la tauromaquia se pierden libertades. Que se defienda la libertad de elección y decisión del ser humano no implica que absolutamente todo esté permitido y vivamos en una suerte de anarquía donde todos los hombres tienen derecho a hacer todo (como diría Hobbes). Nadie en su sano juicio considera que es un acto de libertad de expresión que una persona maltrate y violente a un perro o un gato en la calle por diversión.
También argumentan que si la tauromaquia desapareciera, desaparecería con ello el toro de lidia. Ello podría ocurrir así porque la existencia de este toro se explica por la intervención humana. Sin ella, esta raza de toro podría no seguir existiendo. Que una raza de alguna especie se extinga no es per sé algo malo: ello ha ocurrido un montón de veces y forma parte del equilibrio del ecosistema. El problema ocurre cuando una raza o especie se extingue producto de la intervención humana porque ello habla de la afectación que nuestra especie causa a nuestro ecosistema. Dicho esto, si esta raza desapareciera, no ocurriría por la intervención humana, sino por la decisión del humano de no intervenir. El animal (el toro) no desaparecería. Por otro lado, ello no quiere decir que no se puedan tomar acciones para preservar a esta raza si así hay quien lo deseé.
Se argumenta, además, que estos toros tienen una «gran calidad de vida» antes de ser llevados al ruedo, pero ello podría ser análogo a justificar, por ejemplo, la esclavitud de una persona bajo el argumento de que en su infancia se le alimentó muy bien para que después se convirtiera en un esclavo fuerte y más eficiente. La «gran calidad de vida» no es producto de la bondad de aquellos que son parte del negocio de la tauromaquia. Ocurre más bien porque ello es útil para tener toros competitivos y físicamente saludables que satisfagan el negocio de quienes están involucrados en éste.
Añaden que por qué la preocupación por los animales cuando muchos seres humanos son asesinados, como si tuviéramos derecho a maltratar a los animales hasta que haya cero asesinatos en la tierra. Claro está que para nuestra especie velar por nosotros mismos es prioritario sobre los animales, incluso para nuestra supervivencia: podemos matar a un animal si amenaza nuestra integridad o si necesitamos alimento, pero una cosa no excluye a la otra. Cualquier persona decente está de acuerdo que matar a un ser humano (a menos que sea por defensa propia) es una aberración, incluso las guerras nos parecen menos «románticas que en el pasado porque valoramos más la integridad de los seres humanos», quien salga de esta concepción (que crea que está bien matar a alguien) es mirado con muchísimo recelo y se le considera una amenaza. Matar a un gato por diversión (aunque sea menos preocupante que el caso de nuestra especie) ya es visto de manera similar. ¿Por qué la tauromaquia debería tener un trato diferente? ¿Porque es una tradición o es «cultura»?
Y por cierto, el argumento de la cultura y las tradiciones me parece el más endeble. La sociedad es dinámica y cambiante, no es estática. Una tradición debe mantenerse en tanto esta sea útil en el contexto en el que se encuentra y enaltezca al ser humano. La tauromaquia no cumple con ninguna de ambas cosas. Las tradiciones deben revisarse periódicamente de tal forma que se mantengan aquellas que sean útiles para la sociedad y desaparezcan aquellas que sean nocivas, perjudiquen al individuo o su entorno. Ciertamente, algunas personas argumentarán que la durabilidad de las tradiciones pueden darnos una pista de su eficacia y utilidad, pero ello no siempre ocurre así y prácticas que nos han acompañado en la mayor parte de nuestra historia humana hoy nos son repudiables, como la esclavitud.
Si una tradición se va a defender, se debe dar una justificación para su defensa que va más allá de su simple condición de tradición. Si la separación de poderes en Estados Unidos se considera una tradición por los Padres Fundadores y esta idea resulta funcional en nuestros tiempos (cosa que lo es) entonces debe mantenerse y defenderse (por cierto, en Estados Unidos, país de libertades, la tauromaquia que implique el daño o la matanza de un animal está prohibida), pero si no es útil o es nociva, como ocurre, por un decir, con el duelo o el sacrificio humano en las sociedades indígenas, entonces debe desecharse. Defender las tradiciones por el mero hecho de ser tradiciones nos condenará al estancamiento como especie.
Tampoco podemos justificarlo bajo la idea de la identidad cultural. Dudo que en México la tauromaquia (como lo puede ser más en España) sea uno de los elementos más importantes de nuestra cultura. Además, muchas de las prácticas o actitudes que daban identidad a nuestra cultura se han vuelto obsoletas o simplemente han desaparecido, al tiempo que se mantienen muchas otras que dignifican a nuestro país y hacen que los individuos nos sintamos orgullosos de nuestra nación.
Para finalizar, si bien la tauromaquia es una manifestación cultural, no se puede considerar un arte. Que Picasso o algunos otros artistas hayan pintado o escrito sobre la tauromaquia no la convierte en un arte (arte, en todo caso serían sus obras) de la misma forma que la guerra no es arte por el hecho de que se haya escrito mucha poesía o se hayan pintado muchos cuadros alrededor de ella. Es cierto que pueden haber expresiones estéticas alrededor de la práctica que puedan ser ligadas con lo artístico, pero de igual forma no podemos considerar al futbol un arte en el sentido estricto porque las empresas que fabrican los jerseys buscan que éstos sean estéticos, agradables a la vista o expresen algo (por ejemplo, elementos que expresen algo de la ciudad donde reside el equipo). No podemos considerar arte los movimientos de los toreros así como no consideramos arte en el sentido estricto las gambetas de Leo Messi por más las admiremos.
La tauromaquia es una práctica bárbara, donde la matanza del animal es el momento cumbre en esta práctica, la culminación del dominio del individuo sobre la bestia quien se vuelve triunfante: las luces, los protocolos, el colorido y los símbolos que dan identidad a esta práctica y bajo lo cual se justifica su condición de tradición y cultura, se vuelven accesorios a este crucial momento.
Ayer, muchos aficionados y opinadores (Failtelson) andaban indignados porque el Real Madrid (equipo al que no le voy) ganó haciendo solo dos tiros a gol mientras que el Liverpool hizo más de 10 y dominó casi todo el partido. ¡Qué injusto! ¡El Madrid ganó injustamente! ¡Liverpool mereció ganar!
Pero el Madrid fue justo y merecido campeón porque en el futbol quien gana es quien mete los goles y no quien remata más o tiene más posesión del balón. Esto último son recursos para ampliar las posibilidades de ganar, pero no dice nada sobre quién ganó.
Resulta que cuando los individuos queremos obtener algo tratamos de optimizar nuestras habilidades y capacidades, y empleamos un mayor esfuerzo para lograr tal o cual resultado. Así, se esperaría que quien haga un mayor esfuerzo y tenga un mayor desempeño, tenga mayores posibilidades de obtener el triunfo.
De alguna forma educamos a la gente para que haga un mayor esfuerzo porque ello genera mejores resultados tanto individuales como sociales. Reconocemos a quienes emplean un mayor esfuerzo y muestran mayor talento porque esperamos gente que obtenga «más cosas» en la sociedad y ésta se beneficie en su conjunto. Así, relacionamos los instrumentos (esfuerzo y desempeño) con los resultados.
De igual forma, las empresas (o equipos, o lo que sea) eligen a personas con un mayor desempeño o talento porque las probabilidades de obtener mejores resultados son más altas. No es un tema de merecimiento, sino de interés mutuo (si me esfuerzo tengo más probabilidades de tener éxito y si yo contrato a gente que se esfuerza, tengo más probabilidades de obtener tales resultados).
Pero de estas dinámicas, los individuos asumimos que quien merece la gloria es quien tuvo un mejor desempeño o talento, y eso es un error.
Quien merece algo es quien obtuvo el éxito en un entorno de reglas justas y punto. Lo demás es irrelevante.
Con reglas justas me refiero a que no se haga trampa y que dichas reglas no beneficien arbitrariamente a unos sobre otros (por influencias, prejuicios de género y un largo etc).
Si el otro se esforzó más o «dominó más» es irrelevante, a menos que el juego de reglas determine al triunfador con base a dicho desempeño (como a veces pasa en el box).
Si el compa que es menos talentoso que tú y tiene un mejor trabajo o gana más dinero empleando menos esfuerzo que tú, ello no es injusto. Si la suerte benefició a la otra persona y a ti no, ello tampoco es injusto.
Pensar en que mereces algo porque le echaste ganas genera una mentalidad mediocre, porque entonces esta arrogancia evita que te replantees la estrategia. Peor aún, que te prives de hacerlo cuando ya tienes muchos elementos (esfuerzo y talento) que hacen que la posibilidad de tu éxito sea más probable.
Dicho esto, si te esforzaste mucho, no te fue bien y nadie hizo trampa en el proceso, ello no es culpa de nadie. Lo único que toca es replantear tu estrategia.
Si te esforzaste mucho y te la partiste, está muy bien que te sientas contigo mismo, a pesar de que no lo hayas logrado, pero ello no implica que le puedas exigir al mundo que te dé lo que crees merecer.
Medio Twitter está emocionado y el otro está enfurecido porque Elon Musk acaba de comprar la red social.
Y no es para menos que eso ocurra en una sociedad tan polarizada. El magnate dice que Twitter tiene un sesgo «progre» o de izquierda y que él va a hacer que haya libertad de expresión para todas las personas.
Entre las medidas que Musk plantea existen algunas interesantes, como el hecho de que todos los usuarios tengan que autenticarse para así combatir el serio problema de los bots que existen en esta red social.
Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas: el diablo está en los detalles y en la comprensión de los fenómenos sociales que explican esta creciente división y encono social.
Si Musk plantea expandir la libertad de expresión, entonces ello implicaría una relajación de las normas y medidas que actualmente toma Twitter. A priori parece oírse bien (sobre todo a oídos de los conservadores), pero también conlleva muchos problemas.
Algunos pueden pensar que así por fin se podrá crear una plataforma donde todos los individuos dispuestos a escuchar al otro intercambien ideas, debatan y lleguen a consensos elevados, que es el escenario utópico que muchos desearíamos, casi como una suerte de mano invisible como tal vez sí ocurre en otras dinámicas pero al parecer no en Twitter. Pensar así sería pecar de ingenuidad.
La realidad es que la estructura de las redes sociales ha promovido cámaras de eco y burbujas ideológicas donde la gente se expone ante los contenidos que quieren ver y les resulta más cómoda. Es cierto también que la gente está cada vez menos dispuesta a exponerse a visiones del mundo que no comulgan con su forma de pensar: les causa más ansiedad y angustia.
Relajar las reglas no va a solucionar el problema de raíz, incluso, puede darse el caso de que sea contraproducente: que como ahora todo el mundo va a tener el derecho a insultar o a expresarse de forma terrible de cualquiera, el ambiente en la red se vuelva más tóxico y se polarice aún más, con consecuencias aún más nefastas para la sociedad.
Algunas personas en la derecha celebran que Musk vaya a combatir la «censura progre» y la corrección política, pero, si esto se llevara a cabo de otra forma distinta al relajamiento de medidas (que pareciera ser el camino que Musk quiere seguir), podría ser muy contraproducente. Supongamos el siguiente caso:
Imagina que yo digo que Juan es machista porque publicó un texto que me pareció que tiene tintes machistas. Él me responde diciendo que me están cancelando o censurando. Pero, al decir que Juan es machista ¿no estoy ejerciendo la libertad de expresión? ¿Por dónde se debe cortar? ¿Quién va a decidir y bajo qué criterio qué es machista y qué no es?
Estoy de acuerdo en que Twitter no debería tener sesgo ideológico, aunque algunas personas tratan de mostrar evidencia de que estas acusaciones hechas por Donald Trump o el mismo Elon Musk podrían no estar muy fundamentadas. También es cierto que, con todo y molestias, los sectores más conservadores y los denominados políticamente incorrectos han hecho de Twitter su herramienta predilecta de difusión. Entre marzo y abril, de acuerdo a un análisis con la API de Twitter que elaboré a través de R Studio, encontré que se emitieron 68,716 tuits que contienen la palabra «feminazi», solo incluyendo los tuits en idioma español. Algunos tuits (de cuentas actualmente activas) contienen textos tales como «feminazis de mierda» o «viejas locas» sin que ello haya implicado alguna sanción por parte de la red.
A las feminazis les recuerdo que la próxima semana se elimina la mascarilla en espacios libres, así es que depílense los bigotes mejor será 😂😂
La relajación de las medidas no implica tanto que la voz del «antiprogresismo» o del «trumpismo» vaya a hacerse notar, ya lo hace y la gran mayoría de las cuentas afines a esas corrientes no han sido censuradas. La distribución ideológica no va a cambiar mucho.
Tampoco van a cambiar mucho las dinámicas. Si los «woke» buscan denigrar a quien piensa distinto a ellos y Twitter decide sancionarles porque considera que eso atenta contra la libertad de expresión del otro, entonces Twitter tendría que hacer lo mismo con la contraparte (lo cual evidentemente no les va a gustar a los últimos). Por otro lado, si Twitter decide relajar las medidas, entonces tanto los «woke» como su contraparte tendrán toda la cancha abierta para atacar a sus adversarios.
Sin embargo, para que una comunidad funcione necesita tener normas de conducta. Como Hobbes decía, en un estado de anarquía los individuos tienen derecho a todas las cosas (como matar, robar), y ello hacía necesaria la existencia de un soberano para que los individuos pudieran tener sus intereses protegidos y libres de amenazas de sus pares. Evidentemente, Twitter debe tener sus reglas para que la dinámica y la convivencia sea óptima para todas las personas que participan en ella.
Es evidente que las reglas deberían ser ideológicamente neutras, y deberían garantizar que la integridad de las personas sea respetada en este espacio. Claro, ello incluye combatir los discursos de odio contra las minorías, aunque de igual forma contra quien piense distinto y que, aunque su postura sea muy incómoda, no tenga la intención explícita de atacar o denigrar. No es lo mismo decir «yo opino que una mujer trans no es biológicamente una mujer» (puede ser una postura incómoda sin que tenga una intención explícita de denigrar) que decir «malditas trans, gente desquiciada» o «¡Malditas feminazis perras!». Las reglas deben ser claras y transparentes, de tal forma que todas las personas las entiendan y sepan por qué o bajo qué razón fueron sancionados.
Claro, el problema de la polarización va mucho más allá de las redes sociales y tiene que ver también con la tolerancia hacia la frustración que tanto hace falta a la hora de exponerse a expresiones divergentes. Si los progresistas consideran que cualquier opinión distinta es discurso de odio o si los conservadores consideran que cualquier opinión que los confronte es cultura de la cancelación entonces estamos en un problema. Necesitamos enseñar a las nuevas generaciones a debatir y a defender sus ideas de una forma civilizada, sin que las opiniones distintas impliquen necesariamente un agravio y la gente pueda, a partir del disenso y el debate, enriquecerse intelectualmente en vez de refugiarse en su burbuja.
Nos falta aprender mucho de las redes sociales, no sabemos manejarlas y no hemos creado una estructura medianamente al respecto, y si Elon Musk quiere contribuir a la democracia como él insiste, entonces debería tratar de conocer el problema de fondo, sumergirse en toda la literatura existente al respecto para comprender de mejor forma un fenómeno que necesita ser abordado en su complejidad y que requiere abordajes más complejos que el simple hecho de relajar las reglas. Puede que Musk tenga buenas intenciones, pero el camino al infierno está pavimentado de ellas, y si decide rediseñar Twitter sin profundizar en esta complejidad, el resultado podría ser bastante contraproducente y nocivo.
Imagen: cuenta de Facebook del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles
Cuando se canceló el NAIM, se nos argumentó que las mayorías no iban a utilizar el aeropuerto por el simple hecho de que no viajan en avión.
De pronto, con el AIFA, la afirmación fue la contraria: «este es el aeropuerto del pueblo».
No hay sustento para hacer esta afirmación. Tanto en el caso del NAIM como el del AIFA quienes lo construyeron fueron albañiles, trabajadores, pintores, profesionistas, ingenieros, y gente que conforma un amplio espectro de la sociedad mexicana.
La afirmación se hace porque el régimen dice ser representante de la voluntad popular, todo lo que pasa por él, en un sentido «pseudo-rousseauniano turbo-recargado», es el pueblo, y todo lo que no pasa por él, es ajeno a éste (a esos los llama conservadores, neoliberales, fifís).
El aeropuerto del pueblo tiene que ser austero, nos dicen, pero la interpretación que se hace de la palabra «austeridad» es muy vaga y pobre. Austeridad implica hacer mucho con poco, no degradar la calidad en aras de reducir el gasto (esto último incluso hasta podría entrar en cuestionamiento porque al costo del AIFA habrá que sumar el costo de la cancelación del NAIM).
Lo que entregó el gobierno el día de hoy fue un aeropuerto regional que tal vez allá algún día en el futuro va a ser un aeropuerto internacional. De algo sirve, es mejor a nada, paliará un poco la congestión aérea que vive la CDMX, parte de su futuro dependerá de lo que se haga en los años subsiguientes y de las necesidades de mercado de las aerolíneas, pero es evidente que su utilidad es bastante menor al aeropuerto cancelado por los diversos problemas de origen (muchos de ellos conceptuales, improvisación y falta de planeación) y tiene muchas deficiencias que no se han solucionado.
Si hubiera sido planteado como un aeropuerto regional tal cual no sobrarían las críticas sobre la estética o los alcances del aeropuerto: algunos dirían que se trata de un aeropuerto sencillo, sin mayores ambiciones, que no es horrendo a la vista (a comparación de algunos aeropuertos regionales del país), con algo de tecnología y que le falta varias cosas por mejorar. Lo que hace ruido es que, en el papel, sería un aeropuerto internacional (y así lo venden porque hay un vuelo a Venezuela que se sacaron de la manga) y, peor aún, uno que sería la sustitución del ambicioso NAIM cuyo único pecado, al parecer, fue que se comenzó a construir en el sexenio de Peña Nieto. Ahí, en las comparaciones estéticas y de alcance, el contraste es grosero. Lo que pudo ser un gran hub para el país, se convirtió en un parche, en una obra sin terminar.
Y si se dice que es el aeropuerto del pueblo, entonces parecería decirse que el pueblo merece poco. Ahí entra la trampa discursiva. El NAIM es ambicioso, una obra de Sir Norman Foster, uno de los arquitectos más prominentes del mundo, ahí el aeropuerto es solo para los ricos; y como el AIFA es austero, sencillo, improvisado, ahí el aeropuerto es para el pueblo, pero el AIFA no está abriendo los vuelos de avión a nuevos mercados ni está logrando abaratar los precios para que gente que antes no podía costearse un vuelo en avión ahora pueda hacerlo.
La narrativa entonces sugiere eso: el pueblo merece un aeropuerto barato e improvisado, y dicha narrativa es clasista. Como el pueblo tiene carencias y no tiene recursos, entonces merece solo cosas sencillas y medio jodidas. Quien funge como real soberano (el régimen) y que dice representar al pueblo, hace su distinción de élite en la inauguración. Ahí no estuvo el pueblo, ahí estuvieron los militares, los empresarios oligarcas que se benefician del régimen. Ahí queda la clara distinción entre élite y pueblo, tal como fábula de La Rebelión en la Granja.
Una de las puestas en escena fue utilizar al mismo pueblo, a la señora de las tlayudas, al que vendía las garnachas, personas que trabajan duro día a día para llevar sustento a casa, como una estrategia para incitar a que algunos opositores expresaran alguna cosa clasista y así poder descalificar a la oposición. Siendo realistas, el clasismo abunda en México y no iba a ser difícil que algunos incautos cayeran en la estrategia y justo eso fue lo que ocurrió.
Evidentemente esos discursos son despreciables y los propios opositores deberían señalarlos y repudiarlos. Sin embargo, en lo que no se repara es que la estrategia del propio gobierno, de utilizar a esta gente como carne de cañón, es también un acto igualmente clasista y despreciable, por más se trate de disfrazar con una narrativa que apela al pueblo.
El clasismo del régimen y del aeropuerto como símbolo del régimen es ese. Aquello que llaman pueblo es simplemente un accesorio para mantener su poder: lo usan, lo explotan, hablan en su nombre, les hacen sentir que su voz vale en las consultas previamente calculadas, les dan beneficios a cambio de lealtad, pero en realidad no les importa. Lo único que siempre desearon es el poder, ese que tanta hambre les da. Tanto, que son capaces una y otra vez de pisotear el orden institucional para salirse con la suya.
El futbol es un negocio, y en sí no hay nada malo en ello. El problema viene, claro, cuando hablamos de la ética en los negocios. Ahí cambia todo.
Los directivos y los dueños del futbol en México tienen un problema, y es que creen que los aficionados son idiotas y, por tanto, se les puede tratar como tal.
Creen que, como muchos aficionados no son gente «refinada» (de acuerdo a sus estándares), con estudios de posgrado, se van a tragar cualquier cosa que le den. Vaya, se trata de una postura clasista donde ellos se ven como los hombres de altura y los aficionados son una suerte de seres primitivos que pueden ser educados como perros de Pavlov.
Y, debido a ello, creen que pueden entregar un producto mediocre al aficionado. Al cabo es conformista, creen; al cabo no va a dejar de ver el futbol porque es, para muchos, una escapatoria a la realidad.
Pero la gente se da cuenta…
Hace unos años, en este afán de promover la inclusión y el ambiente sano en el futbol, la FIFA decidió que había que extirpar el grito homofóbico de los estadios, la Federación se asustó y se vio obligada a tomar medidas. Claro que el mensaje se enturbia pensando en que los dos últimos mundiales las sedes son gobernadas por regímenes homofóbicos (Rusia y Qatar).
Naturalmente, esta decisión creó mucha polémica, no solo porque era una suerte de símbolo para los aficionados, sino porque a mucha gente no le quedaba claro que el grito fuera homofóbico, y es que la palabrota esa (put0) puede significar varias cosas. Ciertamente, se utiliza para señalar de forma despectiva a los hombres que tienen una preferencia sexual por las personas de su mismo sexo, pero también se usa con otros fines ajenos a la orientación sexual: por ejemplo, decir que alguien es cobarde.
Recuerdo que allá por los años noventa, Molotov defendía su canción (cuyo nombre es esa palabrota) con ese argumento: no estamos atacando a los gays, nos referimos a la gente cobarde. La palabrota es polisémica, es decir, tiene varios significados. Ciertamente, también puede existir una asociación entre los significados (se dice que el cobarde es joto o maricón) pero no necesariamente implica que la palabra se usa con el fin de denigrar a la comunidad homosexual.
Y pues tendríamos que entrar en la cabeza de los aficionados para determinar la «homofobia» de la palabra, porque si tiene varios significados, el uso que se le da solo se puede determinar con la intencionalidad. Estoy seguro que en algunos de los gritantes el grito tiene algún matiz homofóbico, pero seguramente en otros no.
Los directivos, asustados porque, de repetirse el grito, la selección se quedaría sin mundial y, por tanto, ellos sin negocio (que es lo que realmente les importa), emprendieron toda una campaña para erradicar la palabrota de los estadios. En dado caso, lo que tocaba era explicar a la gente que el uso de esa palabra puede tener una connotación homofóbica que discrimina a otras personas por su orientación sexual y que ello tiene una implicación en las vidas de esas personas, que el futbol es un deporte de sana convivencia donde todas las personas caben, pero casi ni lo intentaron.
En cambio, los directivos optaron por tratar a la gente como tonta. Hay que decirles que nos vamos a quedar sin mundial, que no vas a poder ver al «tri de mi corazón» llegar por fin al cuarto partido tan soñado, hay que crear eslóganes tontos como «grita México». Hay que poner a sus ídolos en la tele para que les pidan que ya no digan el grito, al cabo como son sus ídolos los van a obedecer. Pero eso no pasó.
La gente se dio cuenta sin problema alguno que lo que preocupaba a los directivos era el negocio. Ahí se dieron cuenta de que tenían un gran poder: pueden chantajearlos, pueden usar el grito para joder los intereses de los directivos, aunque nos quedemos sin mundial.
Luego vino el problemota de Querétaro. Era la prueba de fuego. ¿Qué importaba más? ¿El combate a la violencia o el business? Al aficionado le quedó claro que lo segundo. Los aficionados, con la incertidumbre sobre si hubo muertes, en medio de una desconfianza institucional de la cual también eran presos los opinadores, cronistas y comentaristas del futbol, vieron cómo los directivos tomaban decisiones tibias: no vamos a prohibir las barras, sólo vamos a impedir que viajen a los partidos como visitante (algo que ya se había hecho en el pasado). Los aficionados, seguramente asustados por su seguridad y porque no les fuera tocar algo así a ellos, pidieron medidas contundentes que nunca llegaron.
¿Y por qué la Federación nos exige no decir la palabrota mientras que para combatir la violencia toman medidas a medias? A la gente le parece muy incongruente. Si lo que importa es la integridad de la gente, entonces tendrían que ser aún más contundentes en el segundo caso, porque lo que está ahí en riesgo es la vida de los demás. En esa relación causal, los aficionados se dieron cuenta de que había otro mecanismo que conectaba las variables y que no era procurar el bienestar de la afición, ese otro mecanismo llamado negocio.
Ahora, en redes sociales, están llamando a gritar la palabrota en el partido México vs Estados Unidos. A los hombres de negocio se les puede revertir por haber cometido el pecado de tratar a la gente como tonta.
Más de una vez me han dicho: «Álvaro, deberías tener más malicia».
Siempre he estado rotundamente en contra de esa sugerencia y siempre lo estaré.
No es lo mismo tener malicia que saber defenderse. Tener malicia implica que, si en una comunidad es común que la gente saque ventaja de otras o se meta la pata, tú debes jugar al juego si no quieres que te jodan y puedas sobrevivir en el ambiente.
¿Por qué se hace sugerencia? Es simple, por desconfianza.
Si la gente desconfía de sus pares, entonces adoptará mecanismos a través de los cuales buscará protegerse. La malicia implica cierta proactividad (y no en el buen sentido), porque si las demás personas juegan al juego, si tú quieres destacar y quieres crecer en ese ambiente, entonces debes embarrarte en el lodo.
Pero esta dinámica implica un problema de acción colectiva ya que un ambiente en el cual todos tienen que proteger sus espaldas y atacar, la cooperación se vuelve mucho más complicada y ello tiene consecuencias nefastas no solo a nivel micro (en mi persona o mi lugar de trabajo) sino en el macro: en la sociedad, país o región.
América Latina es la región del mundo (sí, por encima de África) donde la gente desconfía más de los demás: no solo de los desconocidos, sino de su familia inclusive:
Para que existan instituciones fuertes y justas en una sociedad, la cooperación es muy importante. Si la gente no confía en los demás y no está dispuesta a cooperar, entonces dicha sociedad tendrá instituciones débiles e injustas.
Si la gente considera que las instituciones son débiles e injustas, entonces será más proclive a saltárselas para sobrevivir. Si apegarme a la ley y a las instituciones no me funciona para satisfacer mis necesidades entonces tengo que brincármelas. Si en el nivel personal hay que «embarrarse en el lodo», a nivel macro habría que hacer lo mismo, tengo que «jugar al juego».
Dicho esto, podemos asumir que si en una sociedad la gente desconfía de los demás, no podrá construir instituciones sólidas y por lo tanto no podrá confiar en ellas. Los datos en este sentido son reveladores. América Latina también es la región que menos confía en sus instituciones.
América Latina es la región que menos confía en el Congreso, en las elecciones, en el gobierno, en la justicia, los partidos y la policía. Esta relación entre confianza personal e institucional es consistente en todas las demás regiones con excepción de Asia Oriental, donde la gente confía más en las instituciones que en las personas.
No tener instituciones fuertes es un gran problema, de acuerdo con Van der Meer, la confianza política funciona como el pegamento que mantiene el sistema integrado y como el aceite que lubrica la maquinaria política. La confianza política e institucional permite promulgar legislación controversial que sea positiva para la sociedad (por ej, medidas impopulares que beneficiarán a la gente en el largo plazo), participación en las urnas, disposición para pagar impuestos y apoyo en asuntos internacionales.
La confianza política e institucional es importante para el desarrollo, ya que da más certidumbre a las personas que deseen poner un negocio o invertir en un país. Es revelador el estudio que hizo Robert Putnam en Italia donde descubrió que en la región norte, ahí donde hay más prosperidad económica y mayor participación ciudadana, existe una mayor confianza interpersonal que en la región sur, menos próspera, con relaciones políticas más clientelares y donde precisamente surgieron las mafias italianas.
La cuestión es que se trata de un círculo vicioso:
Si no confío en las demás personas ni en las instituciones entonces tendré incentivos para «tener más malicia» y pasarme las leyes por encima. Pero si decido tener «más malicia» y decido pasarme las leyes por encima, entonces estoy cooperando para que exista menos confianza interpersonal e instituciones más débiles que hagan que más personas decidan hacer lo mismo.
Como bien afirman Nathan Nunn y Leonard Wantchekon, los efectos culturales de la desconfianza pueden expandirse a lo largo de los años, como descubrieron en África, donde las regiones donde existía mayor comercio de esclavos tienen mayores niveles de desconfianza interpersonal (el comercio de esclavos hacía que la gente desconfiara más de sus pares y estuviera menos dispuesta a cooperar con ellos ya que podían ser vendidos como esclavos por sus amigos o familiares). Evidentemente, en América Latina existen razones históricas que explican la desconfianza interpersonal (por ejemplo, la colonización), pero ello no quiere decir que uno no pueda hacer nada ni poner su grano de arena:
Romper esa idea de la malicia no implica ser ingenuo ni dejarse «tragar por el sistema». Posiblemente le dé al individuo, en el corto plazo, más réditos ser «malicioso» que aprender a defenderse manteniendo sus valores y principios personales, pero en el largo plazo será una persona más honorable y sabrá que habrá puesto de su «de su parte» para contribuir con una mejor sociedad.
Al final, tener malicia implica perpetuar aquello que no nos gusta: una sociedad injusta, con instituciones que no funcionan bien y donde las personas se sienten inseguras en su relación con las otras.