Categoría: temas polémicos

  • Es México güey, capta

    Es México güey, capta

    Es México güey, capta

    Desde que la tecnología avanzó hasta el punto donde cualquier individuo podía cargar con un dispositivo que incluye una cámara y que puede mandar los contenidos videograbados a Internet, los ciudadanos se dieron cuenta que tenían un arma o herramienta que los podía ayudar a hacer esa justicia que el Estado era incapaz de impartir.

    Estas nuevas tecnologías que han irrumpido, han «remoldeado» a nuestra sociedad, y han cambiado, aunque sea un poco, las reglas del juego. Primero, porque logran exponer casos, hechos y sucesos que antes quedaban en el anonimato; y segundo, porque la sensación de privacidad cuando una persona decide cometer una fechoría se ha reducido. No son tanto las cámaras que el gobierno instala en las principales vialidades, sino que cualquier individuo puede estar grabando para que el infractor sea captado infraganti. Eso puede hacer la diferencia entre salirse con la suya o, ir a la cárcel o sufrir de «desprestigio social».

    El #LordAudi es el claro ejemplo del papel que juegan las tecnologías y cómo estas llegan a rebasar al gobierno que debería de cumplir un mejor papel. Los ciudadanos se encargan de hacer el papel de investigadores para que el Gobierno simplemente (y si está dispuesto) ejecuta la sentencia. Esto es algo bueno y malo a la vez. Bueno, por la actitud proactiva de varios ciudadanos, y malo, porque es el trabajo que les toca a hacer a nuestros gobernantes.

    Sin un smartphone o un GoPro, #LordAudi se hubiera salido con la suya y el caso seguramente hubiera quedado impune. Ahora parece que las autoridades están tomando cartas en el asunto, y se habla de que este joven mirrey podría pisar la cárcel (o bien, pagar una fianza nada económica). Su «papi» podría ser un personaje influyente, pero la opinión pública, que se contrapone por cantidad, puede orillar al gobierno a hacer valer la ley.

    https://www.youtube.com/watch?v=cL0SPZKGMuM

    Las autoridades brillaron por su ausencia, #LordAudi iba manejando en un carril confinado para ciclistas, al tiempo que «molestaba» con su lujoso auto al ciclista de enfrente. El ciclista, al ver su medio de transporte atropellado, pidió ayuda a un policía bancario (ante la ausencia de cualquier persona que representara a las autoridades) mal preparado, que fue amedrentado y golpeado por el «mirrey caguengue» quien pidió que llamara a su papá, para que después no pudiera evitar su huida.

    Varios economistas y «opinólogos de Twitter» se atrincheran en las derechas y las izquierdas para asegurar que los países más exitosos son los que tienen «menos gobierno» o «más gobierno». Sacan sus frases y argumentos de Friedman, Hayek, Keynes o Krugman que encontraron en Wikipedia para clamar por el fin del gobierno o el aumento de su tamaño. Pero la intervención del gobierno en la economía no es la única variable entre los países que triunfan y los que no. México no es un país excesivamente intervencionista (aún comparándolo con algunos países europeos) y es muy ineficiente.

    El caso de #LordAudi es un pequeño compendio de cómo funcionan las instituciones en México. Debido a varias razones, algunas de ellas con orígenes históricos (como las diferencias raciales y de clase, o la herencia de un sistema de gobierno ineficaz, sometido a la aristocracia, como el de la Corona de España), nuestro gobierno es sumamente rentista y clientelar. Las autoridades, en muchas ocasiones, trabajan para el beneficio de unos pocos; de aquellos que están cercanos y comprometidos, de aquellos que tienen poder y dinero. De aquí, y no del «libre mercado» surgen las élites de nuestro país. Aquellos políticos y empresarios prominentes con privilegios son los que educan a sus hijos para sentirse que viven por encima de la sociedad, como nuestro estimado #LordAudi.

    Ese «Es México güey, capta», lo dice todo. Un México donde se sobreentiende que las instituciones no funcionan, y que dependiendo de la posición social, la fortuna y la cantidad de poder amasada, es la capacidad que uno tiene para brincarse al gobierno para satisfacer sus propias necesidades.

    Luego tenemos a un gobierno poco acostumbrado a la rendición de cuentas (por las mismas razones), débil, y que no puede hacer valer la ley. Un gobierno atrapado entre el deseo de las élites y que sólo actúa bajo la presión de la ciudadanía cuando ésta es tal que una respuesta negativa del primero puede tener un impacto negativo que repercuta tanto en su legitimidad como en los resultados de las elecciones venideras. La vocación de servicio por parte de nuestras autoridades brilla por su ausencia.

    #LordAudi es como funciona México, la única buena noticia dentro de este caso, es que al menos algunos ciudadanos están dispuestos a tener un papel más activo. Pero si bien, es deseable ver a los ciudadanos cada vez más involucrados y que reprueban públicamente este tipo de comportamientos, es tarea del gobierno impartir justicia, trabajar para todos, y no sólo para unos cuantos.

     

  • Pokemon Go y el derecho a jugar videojuegos

    Pokemon Go y el derecho a jugar videojuegos

    Recuerdo que cuando estudiaba en la universidad, estaba pensando en comprarme un Gameboy, lo cual nunca hice por falta de dinero. Cuando le comenté a un compañero de la escuela sobre mi «osadía», éste me recriminó, y me dijo de forma inquisitoria. – ¿Cómo que te vas a comprar un Gameboy? ¡Por favor! Ya eres un universitario, madura.

    Pokemon Go y el derecho a jugar videojuegos
    readwriteweb.es

    Entonces recordé cómo la corriente y lo «socialmente establecido» nos invita a aprender a amargarnos antes que la vida propia lo haga. Casi todas las especies juegan durante todo su ciclo vital. ¿Por qué nosotros no? Esa idea de dejar los juegos para «enfrentar la vida» es, a mi punto de vista, una falacia.

    A mí no me gustan mucho los videojuegos, desde hace casi dos décadas que no tengo una consola, y en mi computadora son muy pocos los que están instalados. El FIFA ocupa parte de mi disco duro, pero no lo juego de forma muy frecuente.

    Y no los juego porque no me gustan mucho y porque me atraen más otras actividades, no porque considere que sean malos o sea para personas muy inmaduras. Aunque durante un tiempo sí jugué videojuegos con mis amigos, nos juntábamos en casa de un amigo a jugar Smash Bros o Mario Kart. Son juegos que a ojos de muchos pueden parecer infantiles, pero fomentaban la convivencia. Era un pretexto para juntarme con la gente que estimo.

    Seguramente para mi compañero el inquisidor, nosotros éramos jóvenes infantiloides gastando nuestro tiempo en lugar de «ponernos a buscar un trabajo». Nada de eso. A ninguno de nosotros nos hacía falta trabajo, y menos dejábamos de trabajar para jugar videojuegos.

    Entiendo y aplaudo que los padres de familia restrinjan la cantidad de horas que los hijos juegan videojuegos, tienen que cumplir con los deberes de la casa y con sus tareas. Están en una etapa de formación en la cual el estudio es muy importante. Pero esto no significa que el videojuego sea malo (de hecho, varios de ellos son útiles para entrenar al cerebro y desarrollar ciertas habilidades), más bien su uso excesivo que priva al niño de realizar otras actividades.

    Y luego entonces, me acordé del Pokemon Go.

    Lo primero que vino a la mente al ver este fenómeno fue, que todos parecían zombies, todos jugando con su celular en la calle como si fueran qué, como si estuvieran alienados o poseídos.

    Pero luego me puse a pensar, a mí no me gustan los Pokemon, ni les entiendo porque no tengo interés en ello. Si me interesara Pokemon, entendería mejor este fenómeno que ha invadido todo el mundo. La marca Pokemon, junto con una aplicación original basada en la realidad aumentada dieron en clavo. Pokemon Go rebasó a Tinder, Twitter e Instagram y está generando más búsquedas que el porno en Internet.

    Los inquisidores regresaron para pedirles a los amantes y curiosos del Pokemon Go que se buscaran una vida propia y se pusieran a trabajar. Pero esa aseveración es arriesgada, llena de generalizaciones y prejuicios. Para jugar Pokemon Go se necesita un smartphone, el cual no es nada barato, y con excepción de los niños y muy jóvenes, podemos dar por sentado que los fanáticos del Pokemon Go se costearon su aparato trabajando.

    Además, los críticos de los videojuegos, de los cuales muchos de ellos acostumbran a twittear y usar Facebook todo el rato en medio de una fiesta, olvidan una cosa. Los seres humanos necesitamos ratos de ocio, los necesitamos para nuestra paz mental.

    Los necesitamos porque nuestro cerebro también se cansa, se cansa de trabajar, de racionalizar demasiado; y un videojuego, lejos del estrés cotidiano, puede ser una buena solución. Algunos componemos música, otros salen a tomar fotografías, y otros juegan Pokemon Go.

    Y no tiene nada que ver con la madurez. Muchas personas profesionalmente exitosas juegan videojuegos. Después de un día lleno de juntas y viajes, se juntan con sus hijos para jugar, o ellos mismos por su cuenta agarran el Call of Duty, el FIFA, para entretenerse y desestresarse un rato. ¿Tiene algo de malo eso?

    También conozco a «videojugadores» que son muy lectores, en cuyo estante puedes encontrar el FIFA junto con La República de Platón. No son actividades que se anulan entre sí, como muchas personas piensan: – Deja el Gameboy y agarra un libro.

    Mientras los críticos emiten críticas lapidarias aislados en su celular mientras están en una fiesta con términos como «decadencia social», o «vacío existencial», también tenemos que hablar de los beneficios de este juego que supuestamente desconecta a los individuos de la realidad. Salir a la calle y caminar (sobre todo para quienes se quedan en su casa recluidos) es una buena noticia, más para quienes padecen depresión. Incluso puede ayudar a fomentar la convivencia entre personas, sobre todo cuando el individuo se encuentra con sus pares jugando al mismo juego.

    Es fácil hacer una crítica de un juego cuya nueva tecnología se desconoce (realidad aumentada), así como la temática misma. Al principio lo hice y hablé de zombies. Me puse a pensar un poco más, y son personas jugando a un videojuego. Simple y llanamente eso. Y la gente tiene derecho a jugar videojuegos.

    Cierto que Pokemon Go se ha convertido en un fenómeno tan grande, que a veces ya me tiene hasta la madre. Pero la gente tiene todo el derecho de tener sus actividades de ocio. Si una de estas consiste en buscar monitos en la calle, están en su derecho, y yo creo que deberíamos aprender de respetar eso y tolerar las actividades de las demás personas.

  • Ponerle etiquetas a la gente

    Ponerle etiquetas a la gente

    ¿Por qué existen las etiquetas?

    Las etiquetas (o taxonomías, o categorías, o clasificaciones o whatever you want) tienen una función, nos permiten agilizar el proceso que llevamos a cabo dentro de nuestro cerebro para poder conocer algún objeto y hacernos una idea de éste.

    ¿Cómo? Asumiendo que ya conocemos algo de dicho objeto.

    Tomo por ejemplo las especies de animales. Las especies no son iguales entre sí pero comparten muchas características, genéticamente son más parecidos entre ellos que entre otras especies, por lo cual los miembros de cada especie se aparearán entre ellos y nunca (o casi nunca) con un miembro de otra especie.

    Al saber de que especie es dado animal, puedes dar por sentado que tiene ciertos rasgos en particular. Por ejemplo, un perro ladra, puede morder si te muestras agresivo con el animal, le gusta la compañía de los seres humanos, etc.

    Si no clasificáramos a los animales, tendríamos menos elementos para reaccionar ante un perro que se nos cruce en la calle, porque como no lo hemos clasificado, y en tanto no tiene una etiqueta que le atribuya ciertas características, entonces no tenemos conocimiento del animal que está enfrente de nosotros. No lo concebimos como perro, sino como cualquier animal, y cualquier animal se puede comportar de cualquier forma.

    Pero esas etiquetas, clasificaciones o taxonomías tienen una razón de ser. Son producto de un método empírico. Quienes lo realizan, y quienes con base en los resultados asignan alguna etiqueta o clasificación a un objeto, lo hacen porque han determinado así que quienes comparten esa etiqueta comparten características en común.

    Las etiquetas se pueden utilizar para clasificar personas. Una persona es gorda porque tiene sobrepeso, es delgada, es de tez clara, es oscura, padece un trastorno de ansiedad, tiene TOC. Y lo sabemos porque existen elementos objetivos para hacerlo. Si esas evaluaciones se someten a un método empírico, pasan la prueba. No siempre necesitamos conocer todo el procedimiento llevado a cabo, no sólo porque salta a primera vista (por ejemplo el caso del peso o la tez), sino porque lo aprendimos de terceras personas.

    Pero no siempre es así. El problema viene cuando las etiquetas son producto de nuestros prejuicios, o peor aún, de nuestra ignorancia (aunque claro, la ignorancia y el prejucio son parte de una misma ecuación).

    Y digamos que, queremos «agilizar el proceso cognitivo» porque básicamente nos da güeva pensar.

    Ponerle etiquetas a la gente

    Y pues, es más fácil hacer un juicio apresurado de las personas, que molestarse en conocerlas.

    Cuando se trata de política o cuestiones sociales, en México nos encanta poner muchas etiquetas y hacer muchas generalizaciones. Aunque lo hagamos, paradójicamente, con un tufo de arrogancia intelectual.

    Después de dar mi opinión sobre lo ocurrido en Oaxaca, con base en todas las etiquetas y señalamientos, me podría considerar un: «chairo neoliberal», un «rojillo oficialista», o un «antisistema del PRI».

    Mucha gente trató de etiquetarme, como si tuviera que pertenecer a una trinchera, como si no tuviera la capacidad de pensar por cuenta propia.

    Depende de la posición ideológica del «crítico», es la pedrada. No se puede criticar al gobierno y criticar a la CNTE a la vez, tienes que acomodarte en una trinchera de tal forma que puedas ser etiquetado, y la gente pueda hacer un juicio de tu persona por tu etiqueta y no tus argumentos.

    Haznos fácil el trabajo. No queremos pensar. 

    De esta forma, los «críticos» tienen más facilidad de hacer señalamientos ad hominem. Si criticas al CNTE, entonces eres oficialista, por consecuencia eres priísta, y entonces tienes un interés. Por el otro lado, si criticas al gobierno, afirmas que hubo un crimen de estado, entonces eres chairo, rojillo, y no te has puesto a buscar un trabajo.

    Así, el debate e intercambio de ideas queda cancelado. Además de que las etiquetas nos dividen.

    Así, no hay necesidad de debatir porque «todos los religiosos son homofóbicos», «los gays están mal de la cabeza», «los derechistas son insensibles», «los izquierdistas no han abierto un libro de economía». Ya hicimos un juicio de la persona en cuestión (a veces con base en un simple comentario o un retweet) y ya no hay nada que decir, porque como esa persona no piensa como nosotros (es decir, nosotros tenemos la verdad y estamos en lo correcto, mientras el está en el error), entonces todo lo que diga será falaz porque sus argumentos son emitidos desde el error.

    No sólo es ignorancia, es terquedad, es estrechez de miras. Y lo es porque una persona con mente abierta ve más allá y se molesta en ir a donde otros no quieren ir, aunque eso implique conocer lo que no le gusta. Y cuando pasa eso, a veces uno se puede llevar una grande sorpresa.

    Y entonces, México se convierte en un campo de insultos y descalificaciones, en vez de intercambio de ideas.

    Luego entonces, nos preguntamos por qué en nuestro país tenemos conflictos como el de Oaxaca cuyo origen se resume en una sencilla frase: – Nadie sabe dialogar.

  • Nochixtlán, una herida más en un México que sufre

    Nochixtlán, una herida más en un México que sufre

    Hoy es un día difícil. La goleada que recibió la selección nacional a manos de Chile es una anécdota comparado con lo que ha sucedido hoy.

    Para entender lo ocurrido, no debemos abordar el asunto discriminando entre blancos y negros, entre buenos y malos. Hay que entender que hay toda una gama de grises y que el problema es mucho más complejo de lo que se piensa. Pensar en Gobierno bueno vs CNTE malo, o CNTE bueno vs gobierno malo no nos llevará a nada. La vida no es así, por más que nos hayan enseñado a verla de esa forma.

    Nochixtlán, una herida más en un México que sufre

    De hecho, las dos partes son muy corruptas. El gobierno de Peña Nieto es uno de los más corruptos de la historia moderna de México. La CNTE es una organización completamente corrompida heredera de las viejas prácticas del PRI, del corporativismo y del clientelismo, y que ahora recibe el cobijo de López Obrador.

    Voy a decir algo cierto. Es necesario que le quiten el poder a la CNTE y que el gobierno tome la rectoría de la educación educativa. La CNTE es una organización que ha contribuido al rezago de estados como Guerrero, Chiapas y Oaxaca. Unos líderes han tomado como botín la educación para satisfacer su hambre de poder.

    Voy a decir algo que también es cierto. El gobierno mató. El gobierno mató a maestros con el propósito de desalojar la carretera. Sí, #FueElEstado. También un periodista que cubría el evento fue asesinado por sujetos desconocidos cuando cubría la protesta.

    Y también cabe mencionar que la Reforma Educativa tiene el propósito único de regresar la rectoría de la educación al Estado. Que sí, es primera condición para mejorar el nivel educativo; pero a juzgar por la propuesta la Reforma en sí es el único fin. Por sí sola, podría interpretarse como un juego del poder. Que el Estado quiere tener la rectoría de la educación porque es poder y no porque quiera mejorarla.

    El gobierno niega que los policías hayan estado armados, pero las pruebas de lo contrario abundan. Fotografías, videos:

    nochistlan

    Yo había dicho que el Estado tenía que usar la fuerza de la ley en caso de que sea necesario. Pero ojo, no hay que tergiversar el término, hablo de «la fuerza de la ley». Es decir, el Estado debe de actuar respetando el Estado de derecho.

    Es decir, el gobierno debe hacer cuando pueda en tanto las leyes se lo permitan. Las leyes no te permiten matar manifestantes para desalojar una carretera. Incluso si los manifestantes actúan violentamente, si usan machetes por ejemplo, la violencia debe usarse solamente con el fin de salvaguardar la integridad de los cuerpos policiacos o de terceras personas. Los muertos, a juzgar por las imágenes y videos publicados en redes sociales (muchos replicados por medios informativos) no llevaban machetes, ni cargaban pistolas.

    Matar así, entonces, no es usar la fuerza de la ley, es cometer un crimen. Matar a una persona cuando la ley no justifica el acto se convierte automáticamente en un crimen. Los miembros de la Policía Federal que mataron a los manifestantes entonces son criminales y deben de ser procesados como tales. Si la orden la dio Aurelio Nuño, entonces también es un criminal. Si Peña Nieto tuvo relación alguna con dicha decisión, entonces es un criminal también.

    Nochixtlán CNTE

    La respuesta debe corresponder al acto. Es decir, las consecuencias de mis actos están tipificadas por la ley. Si robo un dulce, en consecuencia recibo una pena, si altero el orden público, tal pena, si mato a alguien, esta otra pena. De esto se trata cuando se habla de que se aplique la ley a cierto grupo. En algunos casos el Estado puede ejercer represión contra un grupo que está vulnerando los grupos de terceros. Pero también el tipo de represión debe tener relación con el tipo de acto. En ciertas circunstancias, la policía puede usar gases lacrimógenos, en otras puede llegar a usar la violencia para neutralizar ante un grupo que se ha convertido en una amenaza, y el tipo de violencia debe de ir en concordancia con el tipo de la amenaza. De esta forma, se entiende que no hay razón alguna para haber matado policías.

    Por otro lado tenemos que ver las consecuencias que estos actos tienen en la psique colectiva en México.

    México es un país «con muchos traumas». La izquierda radical como la propia CNTE, López Obrador y demás son claro ejemplo de ello. Estas organizaciones no salieron de la nada, son consecuencia del malestar de gobiernos que han trabajado para unos pocos, para las élites, que generalmente se encuentran muy cerca del propio gobierno, lo cual ha generado una gran desigualdad en el país (es eso, y no el libre mercado como muchos piensan). Actos como los de hoy son los que generan agravios, los cuales se convierten en traumas, y por tanto alimentan a estos grupos radicales y los empoderan. Grupos que se sienten indignados y se radicalizan, indignación que es cooptada con prontitud con líderes con oscuros intereses. Cuando se radicalizan, la posibilidad de diálogo disminuye o de plano desaparece.

    Lo ocurrido en Nochixtlán no será un golpe duro a la CNTE, por el contrario, le dará legitimidad. Un discurso de victimización ante un gobierno cuyos índices de popularidad son los más bajos desde que existen este tipo de mediciones quedará muy ad hoc.

    Y sí, así como he afirmado que López Obrador pareciera haberle hecho el trabajo al PRI «sin querer» en varias ocasiones, ahora parece que el PRI está haciendo todo lo posible para que el tabasqueño pueda erigirse como presidente en 2018. Son buenos cocineros, están preparando muy bien el caldo de cultivo para que así suceda.

    Y para concluir, como suele suceder en nuestro país, lo más probable es que no ocurra nada. No habrá culpables, y si los hay, serán de bajo rango. Este gobierno, por ejemplo, sigue sin explicarnos bien que pasó en Ayotzinapa.

    Sí, hoy es un día difícil.

  • Gritarle al portero rival en el estadio

    Gritarle al portero rival en el estadio

    El grito del «eeh puto» tuvo su origen en el seno de la Barra 51 del Atlas. Dice la leyenda que se originó cuando Oswaldo Sánchez (ex portero de Atlas) fue transferido del América a las Chivas (rival acérrimo de su primer club). Como respuesta a la traición, los miembros de la Barra 51 comenzaron a usar la palabra «puto» cada vez que Oswaldo despejaba desde su arco.

    Al parecer tuvo tanto éxito que fue utilizado en el preolímpico rumbo a Atenas en 2004, y y «ha sobrevivido» tres mundiales: Alemania 2006, Sudáfrica 2010 y Brasil 2014. En éste último, es donde el grito comenzó a llamar la atención. Aficionados de otros países lo comenzaron a utilizar sin saber su significado, e incluso personas de países en el otro extremo del globo terráqueo subieron videos del grito que ya se había vuelto famoso a nivel mundial:

    https://www.youtube.com/watch?v=B74EHL5A4zA

    Pero a partir de ahí, las críticas al grito no se hicieron esperar. La FIFA condenó el grito, y amenazó con sancionar a México. Fue la primera vez que el máximo órgano rector del balompié levantaba una advertencia. ¿La razón? Era un grito homofóbico, decían.

    La palabra puto siempre ha generado controversia en nuestro país. No sólo porque es un palabra agresiva y una grosería «mayor». Pronunciarla en un salón de clases puede ser motivo de suspensión.

    Pero también ha generado controversia cuando se trata de determinar qué tan «homofóbica» es la palabra. Y ésta viene porque en ese sentido, el término «puto» (que básicamente es una abreviación de «prostituto») es ambiguo. Sí, se usa mucho para discriminar homosexuales, pero también se usa constantemente para insultar a otra persona sin alguna connotación homofóbica, apelando más bien a la cobardía.

    Gritarle al portero rival en el estadio

    Algo así pasó con la canción de Molotov llamada «Puto». Aunque usaban este término e incluso añadían el de «maricón», los integrantes se defendieron alegando que su intención no era discriminar a la comunidad gay, y posiblemente tengan razón, no fue su intención, como se muestra en su video.

    Pero por otro lado, la canción de Molotov expresa muy bien el sentido que generalmente se le da a la palabra:

    “¿Qué, muy machín no?,  ¿A muy machín no?, Marica nena, más bien putino”

    Es decir, la letra no tiene intención alguna de discriminar a un homosexual, pero sí lo hace con quienes se considera «poco hombres», como si ser mujer «marica nena» fuera una condición inferior al hombre: «No seas niña, los niños no lloran». Hace más de 15 años, cuando Molotov compuso la canción, posiblemente no fueron conscientes de lo que esa letra implicaba. En ese entonces decirle «nena» o «puto» a un hombre con mucha sensibilidad era una conducta considerada normal.

    Bajo el mismo entendido tenemos que abordar el grito de «puto» dentro de los estadios, el cuál ahora ha causado polémica por ser usado en un partido de la Copa América poco después de guardarse un minuto de silencio por el asesinato dentro de un bar gay en Orlando. Diarios como The Guardian y The New York Times abordaron el caso. No entendían como después de un momento como ese, la afición seguía coreando el «puto».

    https://www.youtube.com/watch?v=VMFAgoA9aOE

    Pensar en que hay una intención de «odio homofóbico» cuando el aficionado grita «puto» al portero sería no entender el contexto. Yo no creo que los aficionados (al menos la mayoría) que hacen ese grito tengan la intención de agredir a la comunidad gay. De hecho pienso que la mayoría ni siquiera les pasa por la mente un homosexual a la hora de gritar. Lo ocurrido en la Copa América es prueba de ello, seguramente los aficionados no relacionaron el grito con un insulto a la comunidad gay y no vieron algo malo en gritarlo pese a que se había guardado un minuto de silencio.

    Pero a pesar de esto, a que no hay una intencionalidad de parte del aficionado por discriminar a los gays, sí estoy muy de acuerdo en erradicar ese grito del estadio; sobre todo tomando como parámetro el caso de Molotov. No deja de ser un ataque y una forma de discriminación a cierto tipo de personas.

    A pesar de esa «no intencionalidad homofóbica», muchas personas homosexuales han sido agredidos con ese término. Amigos míos que tienen preferencia por personas del mismo sexo sufrieron de un severo bullying dentro de su escuela y fueron discriminados por sus compañeros. Puto, puto, puto, les decían, hasta hacerlos romper en llanto.

    También existe esa correlación entre homosexual y cobarde. Según la idea que todavía pernea en el inconsciente colectivo, un homosexual es sensible, y entonces es cobarde, y poco hombre; es nena. Puto es una forma peyorativa de describir a un homosexual, y también es una forma de denigrar a quien es sensible y cobarde. Entonces se entiende el término de la palabra. Puto se usa para denigrar a los «cobardes y poco hombres» porque los gays «son cobardes y poco hombres», aunque luego se le quitó la «connotación homosexual» y se usó para «denigrar a los cobardes y poco hombres» sin el propósito de denigrar una persona homosexual.

    https://www.youtube.com/watch?v=SX16nN1Ugug

    Acusar a los «gritantes» de homófobos e incitar al odio es erróneo, injusto, y lo único que causaría es más odio y confrontación. Pero sí se puede generar una mayor conciencia en la sociedad sobre el uso del término y los efectos que puede tener en algunos sectores. Ese es el primer paso que se debería seguir si se quiere erradicar el grito de los estadios.

    El grito de «eh puto» se ha convertido en un grito de guerra. Recordemos que el futbol es la recreación de una batalla, donde cada bando toma simbolismos, banderas propias del equipo, así como rituales. El grito de «eh puto» es algo que se extiende más allá de de los bandos y se convierte en parte del folclor mexicano. Pero no en uno muy deseable (como sí lo es la ola, por ejemplo) sino en uno más bien vulgar. Lo mejor que puede pasar es que ese grito desaparezca de los estadios.

    No va a ser algo fácil de erradicar, en tanto ese grito ya es parte del «folclor del futbol». No se puede esperar a que eso ocurra de la noche a la mañana, pero sí se tiene que hacer un esfuerzo por generar conciencia.

  • Orlando, cuando la homofobia tiene una pistola en sus manos

    Orlando, cuando la homofobia tiene una pistola en sus manos

    ¿No te has puesto a pensar lo difícil que ha de haber sido para un gay llegar a la recámara de sus papás, pararse de frente y decirles, papá, mamá, soy gay?

    Primero, esa escena rompe con el tabú que reza que los gays son débiles de carácter, porque son «muy afeminados», que tienen que hacerse muy hombrecitos. Muchos de quienes somos heterosexuales posiblemente no vivamos una escena tan estresante como esa durante toda nuestra vida.

    Orlando, cuando la homofobia tiene una pistola en sus manos

    Ahora imagina que la respuesta del papá es: -¡Te largas de la casa! ¡Yo no quiero maricones ni putos viviendo aquí!

    Imaginemos que es lo suficientemente joven como para no tener un ingreso bajo el cual vivir solo; sus padres le pagan la escuela, comida, servicios médicos. Imagina el impacto que eso tendrá en la vida del joven. Posiblemente su vida cambie para mal, que sus aspiraciones profesionales queden truncas. Peor aún, todos los valores y educación que recibió en su casa quedarán en entredicho. Posiblemente piense que todo lo que aprendió en casa no tenga validez. Y sí, posiblemente tendrá más posibilidades de llevar una vida desenfrenada, llena de drogas y excesos, que al estar dentro del seno familiar.

    Paradójicamente, la decisión del padre atentaría contra la familia. Acaba de expulsar a uno de sus miembros.

    Esto me vino a la mente al escuchar la lamentable noticia del asesinato de más de 50 personas en un club gay de Orlando. Al momento que escribo este texto, parece que el autor intelectual Omar Mateen no tiene relación con DAESH o algún movimiento similar, sino que más bien fue movido por un puro acto de homofobia. Su padre afirmó que se había enfadado hace dos meses al ver a dos hombres besándose en Miami.

    El miedo irracional nubla y nos dirige a un odio que destruye eso mismo que este tipo de personas temen que los gays, dicen, pueden destruir: el tejido social.

    Muchas de estas personas, desde una postura desinformada, creen que los gays son personas que tienen la firme intención de destruir a la sociedad, que son personas que «decidieron enfermarse», que tienen serios conflictos psicológicos y quieren destruir el planeta. Peor aún, algunos creen desde su religión, que es un trabajo del diablo que conspira contra los designios de Alá, o el dios que sea; que los gays fueron tentados por satanás. Esta creencia naturalmente no empata con los miles de casos de hijos que tienen que ver de frente a sus papás para confesar su preferencia sexual.

    El fuerte conflicto que los gays tienen que enfrentar en esa escena es muestra patente de que no se trata de «una moda» o una «simple desviación que se puede cambiar con un tronido de dedos»; el precio de enfrentarse a los padres, so pena de ser apartados del seno familiar, es muy grande. Sería, de hecho, más rentable dejar del lado «la moda» que lidiar con el riesgo de perder contacto con tus seres queridos, un techo, y estabilidad económica.

    Tiroteo bar gay Orlando

    Hace poco escribí sobre las posturas en contra del movimiento LGBT, que no todas necesariamente implicaban un acto de homofobia como a veces se sugiere, y que temas polémicos como el matrimonio igualitario o la adopción podrían y deberían debatirse desde un nivel más alto del que se hace. Mi argumento es que tener escepticismo ante estas figuras propuestas, no implica necesariamente un miedo a lo gay o un rechazo, en tanto algunas personas que no se muestran a favor de éstas tienen amigos (algunos muy cercanos) con preferencia sexual por personas del mismo sexo, y su rechazo a estas instituciones no tiene que ver con un rechazo a los gays per sé.

    Pero cuando se trata de hablar de un rechazo que incluye el ostracismo, la expulsión del seno familiar, la negativa a ser contratado por una empresa por su mera condición, ahí sí tenemos que hablar de la homofobia, de una homofobia muy condenable, basada en prejuicios, miedos y concepciones sociales arcaicas.

    El asesinato en masa perpetrado por Omar Mateen es un acto de homofobia, y así se debe de recalcar, es un «asesinato en masa homofóbico». Es lamentable que en pleno siglo XXI resolvamos así nuestras diferencias (peor cuando los prejuicios tienen un papel preponderante), cuando el fanatismo y la absoluta desinformación tienen una gran influencia.

    Ojalá este lamentable evento sea motivo para reflexionar, entender una vez más que el miedo irracional nubla y nos dirige a un odio que destruye, que destruye eso mismo que este tipo de personas temen que los gays, dicen, pueden destruir: el tejido social.

    Mis condolencias al pueblo de Estados Unidos y a todos quienes lamentablemente perdieron la vida gracias a una persona cegada por el fanatismo.

  • La homofobia y la discriminación de la que nunca se habla

    La homofobia y la discriminación de la que nunca se habla

    Tengo el privilegio de tener amigos quienes tienen diferentes formas de pensar entre sí. Algunos de ellos son conservadores y asisten a misa, otros son liberales, algunos tienen otra preferencia sexual. Esto me ha ayudado a entender algo más a las dos partes que suelen enfrascarse en un debate tan ríspido como el tema de los matrimonios entre las personas del mismo sexo; y así, tratar de explicar, sin siquiera tener la necesidad de defender una postura (para efectos de este artículo no será necesario hacerlo), el contexto bajo el cual se desarrolla este debate (si es que podemos llamarlo así).

    La homofobia y la discriminación de la que nunca se habla

    En este sentido, las críticas que emitiré no tendrán que ver con una postura propia y sí mucho con las formas. Porque no sólo es lo que se dice o lo que se promueve, sino la forma en que se hace. Las formas también inciden en el resultado que un cambio genera dentro de la sociedad.

    He tratado de entender a ambas partes. Entiendo que un cambio de tal envergadura genere conflicto. Por un lado puedo divisar a la comunidad LGBT quienes han buscado expandir sus derechos, o a quienes simplemente concuerdan con la propuesta, así como a los conservadores que quieren mantener el modelo de familia tradicional. Si te pones a pensar, sin importar que estés de acuerdo o no, ambas posturas tienen sentido:

    Los seres humanos siempre entramos en conflicto cuando se pretende un cambio estructural en la sociedad por instinto de supervivencia. Es decir, una estructura social no puede permanecer rígida porque se atrofia, pero tampoco puede permitirse cambios estructurales de forma intempestiva (en vez de ser progresiva) porque ello amenaza la cohesión misma de la sociedad.

    Gracias a este jaloneo entre ambas partes, es que hemos podido implementar cambios de forma progresiva dentro de nuestra sociedad con sus propias particularidades. Cuando los cambios se imponen de forma súbita, sin importar si el fin último es bueno, pueden generar más bien caos. Un ejemplo de ello es el Consenso de Washington que proponía libre mercado, reducción del estado, privatizaciónes, y demás medidas.

    A priori, podríamos estar de acuerdo que un estado con una fuerte injerencia en la economía termina inhibiendo el progreso económico, pero al imponerse como una misma receta para todos, y sin pensar en la realidad propia del país, generó en muchos casos resultados adversos que se convirtieron en caldo de cultivo para el ascenso de dictadores como Hugo Chávez.

    La homofobia existe y es un problema, pero la discriminación en muchos casos es recíproca y tiene que ver más con una actitud que con una postura ideológica.

    Es decir, las resistencias, aunque estas representen una idea que será reemplazada por otra que la hará obsoleta, tienen un sentido dentro de nuestra evolución como especie.

    Un liberal, asumiendo el estricto significado de la palabra, debería ser respetuoso de la resistencia propia de los conservadores, donde el debate y el conflicto sea con las argumentaciones y no con las personas. Lamentablemente, en muchos casos no ha sido así.

    Me explico, me he molestado en leer ambas posturas, quienes apoyan estos cambios, y quienes desde el conservadurismo se oponen a la adopción por personas del mismo sexo y a un cambio en la currícula que tiene como fin integrarlos a la sociedad. Dichos cambios efectivamente implicarían un cambio en la agenda educativa, donde la familia pasaría de ser entre mamá y papá para dar entrada a otros modelos. Independientemente si se está de acuerdo o no se está de acuerdo con las argumentaciones, hay una constante que me cuadra. Y es, que muchos de los conservadores (u opositores) se sienten condenados al ostracismo cuando menos al expresar sus opiniones.

    Muchos gays se sienten discriminados y apartados de la sociedad por su mera preferencia sexual. Son discriminados de puestos de trabajo, son expulsados de sus familias, son insultados con términos como «joto o puto», son excluidos, etiquetados, tachados de enfermos, pecadores, a algunos los motivan a «quitarse lo gay» y demás. En ese sentido, se me hace correcto que en este tipo de actos se perciba una expresión de homofobia y se señale.

    Es decir, la homofobia sí existe, pero no abordaré eso con profundidad porque abunda literatura sobre la homofobia y la discriminación a los gays. Voy a hablar de lo que casi no se habla y se debería de hablar.

    Se me hace incorrecto que algunas personas pretendan encasillar y relegar a quienes, desde una postura no homófoba, disienten con alguna o algunas de propuestas, leyes o agendas que busca impulsar la comunidad LGBT como quienes expresan preocupaciones no por la preferencia sexual, sino por las consecuencias que en su opinión podrían acarrear este tipo de medidas. Por ejemplo, quienes dicen que los hijos pueden confundirse o no puedan desarrollar una identidad plena sin un mamá y un papá.

    De esta forma, asumimos una postura maniquea donde solo existen dos bandos, y se ignora la escala de grises.

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    Les contaba que yo tengo amigos conservadores que no están a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Y tal vez te sorprenderías si te dijera que varios de ellos tienen amigos gays. De hecho me atrevería a decir, que la distancia entre uno de ellos y una persona pro LGBT es menor, a la que hay entre ellos y quienes sí son homofóbicos y sí son partícipes de actos de discriminación. Es decir, apoyan el modelo de familia tradicional, pero no relegan a los gays ni los discriminan.

    Mis amigos pueden convivir con ellos sin ningún problema; a pesar de que la postura entre ambos es diferente, se respetan, porque la amistad, consideran, es más fuerte.

    Pero para algunos, ya son homofóbicos. Y entonces al constatar esto, la conclusión es que la discriminación es recíproca. Un sector de quienes se oponen (no todos) incurre en actos de homofobia, mientras que un sector de los que están a favor (tampoco todos) discrimina de la misma forma.

    Pero en vez de tolerar la disensión y debatir con argumentos, las descalificaciones abundan. Esto no sólo reduce el nivel de debate, sino que no ayuda mucho a nuestro crecimiento como sociedad.

    Otra cosa importante que debemos entender es que los cambios dentro de la estructura de valores y creencias de cada persona son progresivos. Cuando éstos ocurren de forma súbita, se debe fundamentalmente a dos razones. 1.- Por interés, o 2.- Como resultado de un lavado de cerebro intensivo.

    Vamos a hacer un ejercicio. Vamos a suponer que el matrimonio igualitario es deseable, que es consecuencia de nuestro progreso como especie humana, y que no hay argumentos sólidos, de acuerdo a nuestros avances en la ciencia, filosofía, psicología, o psiquiatría, para oponerse a ello.

    Una persona que no concuerde o su postura sea «en contra», no lo hace por ser una mala persona, o por que no es inteligente, o es intolerante. Tiene que ver más con una escala de valores y creencias que ha adquirido en el seno de su familia, la escuela, o la religión. Ese conjunto de creencias le otorga una esencia como persona y le ayuda a construir su personalidad (en conjunto con su temperamento y rasgos producto de los genes).

    A los individuos no se les puede obligar a cambiar de ideas de la noche a la mañana. Debido al instinto de supervivencia humana, esto requiere un proceso y quienes no estén de acuerdo con su postura, deberían de ser más empáticos.

    Cambiar esa escala de valores de la noche a la mañana tendría consecuencias nefastas para su psique, si lo hiciera podría sufrir una severa crisis de identidad que lo orille a suicidarse; por eso es que el individuo opta por defender su postura en un primer instante, porque es más sano para su mente. En cambio puede progresivamente, conforme a su experiencia, realizar «ajustes» en esa escala de valores sin el riesgo de que su estructura colapse. Para generar el primer resultado, está la degradación y la humillación (aunque en realidad, el individuo terminará reforzando más sus ideas), para el segundo, la persuasión.

    El tema del matrimonio igualitario es algo completamente novedoso en nuestro país, ni siquiera era parte de la discusión hasta hace poco tiempo. Cuando degradamos, etiquetamos, y condenamos al ostracismo, estamos obligando al individuo a hacer lo primero, que cambie su conjunto de creencias de forma inmediata. Como «defensores del matrimonio igualitario», en este caso hipotético, no estamos siquiera respetando el proceso psicológico que debería de llevar a cabo para convencerse de que ese conjunto de creencias con respecto al tema era obsoleto.

    Imagina que eres un activista que toda su vida ha luchado contra los GMO (transgénicos), ha dado conferencias, ha marchado a la calle, se ha hecho un nombre, y eso le ha dado un sentido a tu vida. De pronto, un estudio por parte de científicos respetados que no deja ninguna duda, demuestra que los GMO no tienen ningún problema. Naturalmente tú te vas a mostrar muy escéptico ante esa nota y no la vas a creer. Pero ahora imagina que el siguiente día sales a la calle y te empiezan a señalar como «GMOFóbico», al punto en que te la piensas dos veces antes de publicar algo en Facebook sin ser juzgado por tus amigos.

    Algo así es lo que pasa. Si bien, lo que le da sentido a la vida a la mayoría de los opositores no es «odiar a los gay», sí lo es la creencia en un modelo de familia tradicional. Entonces puedo entender su sentimiento cuando son señalados por no estar de acuerdo con algún punto, cuando ellos no son homófobos e incluso tienen amigos gay. Es lo mismo que sintieron Dolce & Gabanna, la famosa pareja gay creadora de la marca de moda del mismo nombre al oponerse al matrimonio igualitario. Muchos los amenazaron con ya no volver a comprar sus productos, y los humillaron en las redes sociales cuando ellos mismos no pueden ser homófobos porque eso implicaría darse un balazo en el pie.

    Dolce & Gabanna. Matrimonio gay

    Sí, sí se debe de señalar a quienes sí incurren en actos de homofobia porque van en contra de derechos esenciales como el respeto a la integridad de las demás personas, y esa postura tiene que ver más con una «escala de prejuicios». Pero quienes sin hacerlo desde una postura homófoba disienten, deberían merecer el mismo respeto que quienes están a favor.

    Tenemos que aceptar que la discriminación es recíproca, y que ésta tiene que ver más con una actitud de la persona que con una diferencia ideológica o de opinión. Tanto quienes están a favor de expandir los derechos de la comunidad LGBT por medio del matrimonio igualitario, como aquellos que defienden el modelo de familia tradicional, deben de aprender que lo que va en la zona de guerra son los argumentos y no las personas. Deben de aprender a no hacer juicios morales por tan solo disentir o pensar diferente. No se puede ser liberal si se coarta la libertad del otro a expresar su opinión. De igual forma un conservador que vive bajo la premisa de la familia y los valores, no puede discriminar a otra persona por su preferencia sexual.

    En democracia, ambas partes están en el derecho de defender su postura, de promover un modo de familia nuevo, o de defender un modelo tradicional. Palabras como liberalismo y democracia son atractivas, pero a veces no es tan atractivo ser congruente con dichos términos; porque eso implica tolerancia a la opinión del otro, y que a pesar de que se luche por ideales opuestos, el respeto a la persona y su derecho a la libertad de expresión siempre debe de garantizarse.

    Se trata de elevar el nivel de debate, de aprendernos a respetar a pesar de las diferencias.

  • Los círculos conservadores, y su ausencia en un país conservador

    Los círculos conservadores, y su ausencia en un país conservador

    Las cosas han cambiado mucho en 20 años. Yo asistí a una escuela del Opus Dei, y recuerdo muy bien que términos como homosexual, joto, o puto, eran considerados un insulto. Pero no porque se considerara eso un insulto hacia la comunidad gay; sino por el contrario, era reprobable decirle a otro compañero que tenía preferencia por las personas del mismo sexo. Un insulto de ese tipo te podía costar un reporte, el cual tus padres tenían que firmar de regreso; o bien, podía ameritar una suspensión.

    Los círculos conservadores, y su ausencia en un país conservador

    De igual forma, recuerdo que alguna vez los profesores nos entregaron circulares (de esas que tenías que entregar a tus padres para el siguiente día entregar el talón firmado al profesor) porque se iba a llevar a cabo una marcha en contra de los homosexuales. No era como ahora, que la marcha es estrictamente contra el matrimonio gay o la adopción, sino contra su condición per se. No era, respeto tu preferencia sexual pero no estoy de acuerdo con el matrimonio o la adopción. Era, no te respeto por tu preferencia sexual.

    Los círculos conservadores en ese entonces eran todavía más conservadores. En la actualidad no es extraño escuchar a un conservador decir: -No estoy en desacuerdo en las sociedades de convivencia, o -No estoy a favor del matrimonio del mismo sexo, pero no tengo nada en contra de ellos, incluso tengo amigos gais. De 20 años a la fecha han mostrado una mayor apertura.

    Ahora que Peña Nieto propuso legalizar los matrimonios del mismo sexo y anunció cambios en la constitución, lo que más me llamó la atención no fue la noticia en sí, sino el poco ruido de los sectores más conservadores de la sociedad. En un país tan católico y mariano, yo esperaba una reacción directamente proporcional. No la hubo, o al menos no la he visto.

    Es decir, las autoridades no se han encontrado con mucha resistencia. Cuando el matrimonio igualitario amenazaba con legalizarse en Guadalajara (lo cual evidentemente sucedió), la organización Jalisco es Uno por los Niños realizó una marcha multitudinaria. Fueron muchos pero no tantos, no lo que uno podría esperar para una ciudad tradicionalmente conservadora como Guadalajara. Después, cuando las autoridades legalizaron el matrimonio, la misma organización convocó a otra marcha. Ni siquiera pudieron llenar la Plaza de la Liberación (cuyo tamaño es aproximadamente la mitad del Zócalo de la CDMX).

    Me pregunté, ¿Y esa es la resistencia? ¿Tan pequeña? Incluso en otros países más «liberales» como Francia e Italia, la resistencia a estos cambios ha sido mayor.

    Creo que es sano que esas resistencias existan con el fin de que las transiciones, es decir, los cambios de valores o paradigmas dentro de una sociedad, sean más tersas, razonadas, y no abruptas (no me refiero necesariamente que se deba postergar una decisión así, sino que se deba someter a debate, se analicen sus pros y contras, y se delibere para buscar la mejor manera de adoptar dicho cambio).

    Los conservadores, así como los liberales, tienen un papel importante dentro su comunidad; porque la contraposición de las dos corrientes ideológicas propicia un sano equilibrio dentro de la sociedad.

    Las instituciones que hemos creado, como la familia, que tiene sus propios valores y principios, son las que dan cohesión a una sociedad. Un cambio de forma abrupta puede alterar esa cohesión. En cambio, cuando éste es razonado y se somete a un debate, puede incluirse dentro de ese tejido sin alterarlo, fortaleciéndolo más bien. Es decir, hablando del matrimonio gay, no sólo tendríamos que hablar de «mi derecho», sino deberíamos someterlo a escrutinio para incluirlo de tal forma que adopten los valores y responsabilidades que implica tener una familia. Es decir, que cumplan con esa función y no se quede en un «logro por la obtención de un derecho».

    Pero en México, ahora que se harán cambios en la constitución, los círculos conservadores han brillado por su ausencia. Y me sorprende.

    Y sería irresponsable decir que todo es culpa del lobby gay, o de los «intereses oscuros». Porque de la misma forma que la comunidad gay tiene sus mecanismos para ejercer influencia y sacar adelante una agenda, los sectores conservadores también la tienen, también tienen su agenda propia, muchas veces por medio de Iglesias y escuelas a las cuales existen las élites, donde inculcan su credo y sus valores. En una sociedad democrática, los sectores conservadores también gozan libertad de expresión y pueden ejercer su influencia. Tienen sus páginas web y sus Fan Pages de Facebook, pero parece que la gente no muestra mucho interés.

    Pareciera que los conservadores llevan las de perder en el discurso. De hecho parece que este sector conservador (a diferencia de hace 20 años que era mayoría) es más bien pequeño y minoritario.

    Por ejemplo, según Mural (Reforma), en Guadalajara todavía son mayoría quienes están en contra de los matrimonios igualitarios, aunque en las clases más educadas la resistencia ante el matrimonio igualitario es menor:

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    Pero tendríamos que remitirnos también a lo cualitativo. Es decir, quienes no están de acuerdo ¿qué tanto no están de acuerdo? Posiblemente muchos de quienes se oponen no lo hacen de una forma categórica.

    Es decir, su negativa no es lo suficientemente fuerte como para salir a la calle a manifestarse. Muchos de aquellos que aseguraron estar en contra, posiblemente no pierdan el sueño si el matrimonio entre personas del mismo sexo se aprueba. Eso, agregando el hecho de que como ciudadanos tendemos a ser pasivos y no luchamos mucho por lo que creemos, explica por qué la resistencia es tan endeble.

    En un país como Francia donde la gente está más preparada (tanto los liberales como conservadores tienden a ser más letrados y sus argumentos son más sólidos) y es más activa socialmente, se entiende que se organicen manifestaciones en pro y en contra que aglutinan a cientos de miles de personas, llenen plazas y presionen gobiernos. En México eso no sucede. Incluso las marchas a favor del matrimonio del mismo sexo tampoco se caracterizaron por ser masivas, cuando ya es poco menos de la mitad quien se muestra a favor.

    Los humanos tendemos a rechazar lo raro o lo poco frecuente, sobre todo aquello que no conocemos. Cuando entonces, ser gay ya no es algo «tan raro» (en términos de frecuencia), aprendemos a ser más tolerantes. Esto también explica por qué hay más gente que no siente aversión, y por qué una convocatoria para manifestarse en contra del matrimonio gay (aunque su postura sea «en contra») ya no les resulta tan atractiva. Incluso las razones para oponerse, en muchos casos, son otras. Ya no es «esos jotos desviados», sino «respeto a los gays pero un niño necesita una mamá y un papá».

    Los conservadores tienen, o deberían de tener, un papel que no están asumiendo, o lo están haciendo de una forma muy timorata; como si mostraran una fuerte incapacidad para poder comunicarse con el grueso de la sociedad (siendo que la sociedad mexicana no se destaca por ser una muy liberal), y como si sólo se tratara de aglutinar a los suyos, a quienes asisten frecuentemente a la Iglesia o que son parte de instituciones conservadoras.

    La comunidad gay (o el lobby gay, o como le quieras llamar) ha tenido la capacidad de persuadir a algunos de quienes no pensaban como ellos, se metieron hasta la cocina. Los círculos conservadores, a quienes en teoría no les falta dinero y recursos, no lo han hecho, y no han logrado conectar con el grueso de la sociedad. Posiblemente necesiten elevar el nivel del discurso o adaptarlo a las nuevas generaciones, posiblemente tengan que hacerlo de una forma menos sectaria (por ejemplo, sus argumentos son relacionados en la gran mayoría de los casos, con la religión), posiblemente necesiten mejorar la forma en que se comunican, o necesiten romper paradigmas y poner a prueba sus argumentos. Y contrario a lo uno podría pensar, incluso sin ser conservador, creo que los conservadores tienen algo valioso que aportar, porque dentro de una democracia, y sobre todo, dentro de una sociedad madura, su existencia es necesaria y no es prescindible.