Categoría: temas polémicos

  • La cultura de la cancelación

    La cultura de la cancelación

    La cultura de la cancelación

    Veo, con un poco de preocupación, que en algunos sectores progresistas se está volviendo costumbre tratar de silenciar a la persona que guarda prejuicios o incluso que tiene una forma de pensar diferente.

    Así, lo que no importa es refutar al opositor, sino evitar que hable porque aquello que dice es o se considera ofensivo. En lugar de ir a la conferencia a confrontar al opositor, se pide a la universidad o institución que se cancele el evento. Si tales libros pueden parecer ofensivos, entonces hay que quitarlos de la biblioteca.

    No sé ustedes, pero estos eran justo los terrenos del conservadurismo, los que buscaban censurar contenidos que no eran de «buenos modales», los que buscaban prohibir libros que «promovían el ateísmo» y demás.

    Es evidente que cierta dosis de corrección política es necesaria en la sociedad, y como he señalado en este espacio, cuando se incluyen a sectores que antes estaban relegados, las normas de convivencia tienen que sufrir cambios. Es evidente que la gente no está obligada a convivir con personas que pronuncien discursos machistas o racistas, pero otra cosa es negarse a debatir y, en vez de eso, apostar a silenciar o «cancelar» aquella persona cuyo comentario parece ofensivo en vez de refutarla y confrontarla.

    La verdad es que toda causa, por más noble que sea, debe estar abierta a la crítica. Al final, cualquier ideología y forma de pensamiento es un sistema, y los sistemas abiertos a la larga suelen funcionar mejor que los cerrados: es su interacción y confrontación con su opuesto lo que los retroalimenta y fortalece, es ello lo que les da un mayor sustento y fundamento.

    Al prejuicioso no se le debe censurar, se le debe de refutar. La censura le niega al activista un mayor aprendizaje incluso de su causa misma. Cuando el activista se cierra a lo diferente entonces deja de conocer a su contraparte y solo le queda el recurso de hacer de ella un vil estereotipo que no necesariamente es cercano a la realidad al cual se le juzga de forma mecanicista. Así, cancela la oportunidad de saber cómo persuadir o cómo refutar a su opositor porque deja de conocerlo.

    El/la activista dirá: «los otros son machistas, opresores o racistas», pero, por no confrontarse con ellos, entonces no va a saber por qué es racista o machista y asumirá que todos son exactamente iguales. No se dará cuenta que incluso hay diferentes tipos de ellos, que a algunos de ellos los puede persuadir, que algunos no son necesariamente malas personas y que basta con concientizarlos y darles la información correcta, que a otros puede confrontarlos duramente con argumentos y mostrarles por qué su postura es errónea.

    Cuando una causa se cierra a esta dinámica, cuando uno no tiene la suficiente tolerancia a la frustración para confrontarse con quien piensa distinto, ésta termina, con el tiempo, degenerándose o volviéndose dogmática. No importa cuán noble sea la causa ni lo bienintencionada que sea.

  • El mito del Peje comunista

    El mito del Peje comunista

    El mito del Peje comunista

    Algunas figuras de ultraderecha como Gilberto Lozano han propagado esta idea de que López Obrador nos va a llevar al comunismo. Bajo esa aseveración demagógica, el regiomontano ha logrado crear lo que, al día de hoy, parece ser el bloque opositor más grande y articulado.

    El argumento le funciona por la connotación negativa que el término comunismo tiene, sobre todo en aquel sector de la sociedad que vivió parte de su vida dentro del contexto de la Guerra Fría. No es como que los regímenes comunistas sean defendibles en lo absoluto, pero es claro que haber vivido en un contexto en donde la batalla era entre el capitalismo y comunismo soviético hace que el término genera más temor que entre los más jóvenes quienes no vivieron en esa época.

    Está de más explicar estrictamente el término en este artículo, pero sí es importante entender qué significa para la gente. El comunismo implica, dentro del inconsciente colectivo, que te van a quitar tus bienes, que la propiedad privada va a desaparecer y que todos vamos a caer en la pobreza dentro de un régimen totalitario como en la URSS de Stalin o la Cuba de Fidel. La verdad es que no se ve cómo ello vaya a ocurrir, aunque sí podemos matizar sobre el tema de la pobreza, ya que si bien no «todos los mexicanos se van a volver pobres», las políticas erráticas de este gobierno sí pueden llegar a provocar que no pocos pierdan ingresos y bajen de posición social.

    A esto, Gilberto Lozano agrega la agenda progresista, que es de izquierda evidentemente, pero que no ha formado parte ni del socialismo real ni del populismo latinoamericano que tiende más bien a ser algo conservador en los aspectos sociales. Afirma tramposamente Lozano que todas aquellas políticas que tienen que ver con el género o las minorías son políticas que nos van a llevar al comunismo y que los países «comunistas» como Venezuela, Bolivia o Ecuador ya implementaron. Esto es absolutamente falso.

    López Obrador es un populista, de eso no queda duda y sí hay que abordarlo desde esa perspectiva. ¿Ello implica que su gobierno nos vaya a llegar al comunismo? No.

    En la actualidad solo hay dos naciones comunistas en el sentido tradicional: Cuba y Corea del Norte. Hay otros tres países (China, Laos y Vietnam) que siguen considerándose nominalmente como comunistas y que mantienen la estructura política comunista pero que son más bien «socialismos de mercado» ya que gran parte de los procesos productivos han sido privatizados. Ni Venezuela, mucho menos Bolivia y Ecuador son comunistas. Venezuela es un estado fallido y una dictadura, pero la propiedad privada (con todo y las nacionalizaciones) no ha sido abolida.

    Si López Obrador nos llevara al comunismo como algunos aseguran, entonces México representaría apenas la segunda ocasión en que el comunismo llega a un país por medio de las urnas (la única ocasión en que ha ocurrido eso fue en el Chile de Salvador Allende, quien nunca logró consolidar el Estado socialista que buscaba). Pero nada de eso va a pasar.

    Basta leer los libros autobiográficos de López Obrador y revisar su historia para comprender que no su pensamiento no se forjó dentro del marxismo, AMLO no forma parte de esa tradición. Al menos en este sentido, AMLO parece ser honesto, su ideario político tiene que ver más bien con esa nostalgia posrevolucionaria, ese modelo económico mixto que se considera trajo el «milagro mexicano». En muchos sentidos, AMLO es más priísta (de la vieja guardia) que comunista.

    Otra «prueba de nuestro tránsito al comunismo» es que MORENA pertenece al Foro de Sao Paulo donde se aglomeran los partidos de izquierda de América Latina, desde laboristas y socialdemócratas hasta comunistas. Personas como Gilberto Lozano aseguran que México está siguiendo una supuesta agenda preestablecida para establecer el comunismo en nuestro país. Ciertamente, el partido de Nicolás Maduro o el de Evo Morales pertenecen a este foro, pero también la izquierda del uruguayo Pepe Mujica, el de Michelle Bachelet o el gobierno actual de Panamá forman parte de él y no es como que ellos hayan seguido una agenda para llevar a sus países al comunismo: sus países siguen siendo economías de mercado democráticas.

    En este sentido, MORENA es más parecido al PRI con el que creció López Obrador. El partido ha aglomerado en su seno tanto a gente de extrema izquierda, progresistas e inclusive personas de derecha muy conservadoras (sin olvidar a los evangélicos que han sido «apapachados» por este gobierno). Prueba de ello es la forma en que MORENA suele votar las agendas progresistas en los estados. En la Ciudad de México de Claudia Sheinbaum, MORENA muestra una línea claramente progresista que sigue la línea establecida desde el gobierno de Marcelo Ebrard. En cambio, en Puebla los integrantes de ese mismo partido bloquearon la iniciativa del matrimonio igualitario.

    La agenda progresista es una disputa dentro de ese partido, ya que mientras que unos están a favor y otros en contra, algunos representantes del partido buscan legalizar el matrimonio igualitario en todo el país mientras que el propio López Obrador mantiene una línea bastante más conservadora al respecto, lo cual incluye la abierta displicencia a los grupos feministas y la violencia de género. Esto es algo parecido a lo que ocurre con el PRI respecto a estos temas donde la postura suele ser ambigua y tiene discrepancias a nivel regional.

    En efecto, AMLO desea un papel más activo del Estado en la economía, pero no desea suprimir a la iniciativa privada. Más bien, como en la tradición del viejo PRI, pretende tener cierto control sobre la élite económica (a la cual considera necesaria, aunque no termina de entender ni de dimensionar su importancia del todo). Por ello se explica que lleve a los «peces gordos» como Carlos Slim, Salinas Pliego o Hank González a sus reuniones con Trump. Evidentemente, este tipo de relación entre Estado y élite económica donde la segunda se somete pero obtiene beneficios del primero termina siendo nociva para el país porque tiende, a la larga, a configurar eso que algunos llaman capitalismo de cuates y que termina generando una mayor desigualdad social. Pero eso no es comunismo.

    Luego, dentro de este «Estado más activo» AMLO tiene algunas particularidades que podrían sonar hasta «neoliberales». AMLO, hasta la fecha, ha sido constante con su idea de la austeridad republicana e incluso se le ha pasado la mano, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo. Su apuesta, a diferencia de la gran mayoría de los gobiernos de izquierda que justo al llegar al poder buscan gravar y recaudar más (si es que podríamos considerar estrictamente a AMLO de izquierda), es hacer más con menos.

    La geopolítica también contraria a quienes sugieren este «establecimiento del comunismo en México». ¿Por qué si López Obrador es comunista tendrá su primer viaje presidencial a Estados Unidos con Donald Trump? ¿Por qué su gobierno se ha sometido a todos los caprichos de Trump y por qué celebra con algarabía la firma del T-MEC? ¿No se supone que si es comunista tendría que sostener un discurso abiertamente anticapitalista, antiestadounidense y antiimperialista? ¿Por qué Estados Unidos permitiría así sin más un gobierno comunista como vecino y recibiría al mandatario a quien «estima como un gran amigo»?

    Nadie niega que el gobierno de López Obrador tenga muchos rasgos preocupantes y tal vez hasta peligrosos. La constante ineptitud de esta gestión y su necedad de tratar de encajar su visión ideal de un México que ya no existe con la realidad está generando serios problemas y podría traducirse en más pobreza y más inseguridad. La degradación institucional es un hecho, la democracia sí está en riesgo y la aspiración de «regresar al pasado» viene incluido con la apuesta de tener todas las variables bajo su control, pero de ahí a que nos quiera convertir en comunistas hay un largo trecho.

    AMLO es, básicamente, un hijo del PRI.

    Quien sugiera que México va a ser comunista y que el martillo y la hoz va a sustituir al escudo del águila y la serpiente de la bandera, o habla desde la ignorancia, o simplemente está engañando deliberadamente.

  • AMLO odia al INE, el que validó su triunfo en 2018

    AMLO odia al INE, el que validó su triunfo en 2018

    AMLO y el INE

    Antes del INE (antes IFE) no había democracia, las elecciones eran simuladas y los fraudes eran la regla (y no la excepción). El establecimiento del INE marcó el inicio de la era democrática en México (que si bien una democracia no puede reducirse al voto sí es condición necesaria para explicar su existencia), una democracia imperfecta en muchos ámbitos, pero que mal que bien nos ha dado un sistema representativo de partidos, una libertad de expresión y de organización, y una prensa que, si bien, parte de ella no ha dejado de ser ajena a los intereses políticos, sí es más libre que antes.

    Gracias al INE tuvimos dos de los cambios de régimen más importantes de la era moderna de México: el primero con la llegada de Vicente Fox que mandó al PRI a su casa y el segundo con la llegada de López Obrador en 2018. También se comenzaron a organizar debates. Sí, con un formato muy acartonado hasta 2018 donde se comenzaron a usar formatos algo más novedosos, pero antes ello no existía.

    Aún así, AMLO ha decidido arremeter contra el INE desconociendo todo esto que es obvio. Dice que no garantiza elecciones limpias y que su triunfo fue producto de las olas de apoyo que recibió y no del INE, pero esto es falso.

    Se intuye de esa afirmación que la «mafia del poder» habría visto imposible hacer un fraude para quitarle un triunfo contundente a AMLO ya que sí haces fraude de un triunfo tan contundente se habría «soltado el Tigre». Es cierto que si hubiera sido víctima de un fraude en estas circunstancias las cosas en el país se habrían puesto muy mal.

    Pero si el argumento es que el apoyo era tanto, entonces de ahí se seguiría que la «mafia del poder» sí habría podido pensar en evitar que ganara mayoría absoluta y conservar poder en las cámaras. Al cabo ahí no había tantos «votos que robar» y podría hacerse de forma «más discreta» si el INE fuera esa institución tan corrupta y vulnerable que AMLO imagina que es.

    Pero no lo hicieron. Dejaron que ganara la mayoría absoluta sin ningún problema contra los intereses de la mafia del poder (parte de la cual hoy recibe contratos sin licitación en este gobierno).

    El INE, con todas sus imperfecciones (porque es un sistema que dista de ser perfecto y que se ha involucrado en algunas cuestiones polémicas), funciona en su tarea de organizar elecciones. Tan funciona el sistema que cuando algún partido trata de enturbiar el proceso electoral, lo hace en el transcurso de la campaña e incluso por medio de acarreo o compra de conciencias y no alterando los resultados (las elecciones del 2012 o las del Estado de México de 2017 por ejemplo) y cuya sanción es tarea más bien de la FEPADE y el TEPJF. El proceso electoral, que comienza en las casillas y termina en la presentación de los resultados, está hecho de tal forma que no puede ser vulnerado. Todo el proceso es vigilado por los partidos contendientes y los mismos ciudadanos quienes vigilan las casillas y cuentan las actas. Desde 1994, el INE en este sentido ha garantizado elecciones limpias de cualquier fraude.

    Y tan bien hace su tarea de organizar lecciones que en 2018 el INE reafirmó la democracia calificando el legítimo y contundente triunfo del pejismo tal como fue: con mayoría en las cámaras y más del 50%. Incluso si en 2018 hubo irregularidades, AMLO terminó beneficiado de ellas (aunque no necesariamente él las haya cometido). Un ejemplo fue el uso que hizo el PRI de la PGR para afectar la imagen del entonces candidato Ricardo Anaya quien había decidido lanzarse con todo contra Peña Nieto.

    Parte de la mala imagen que el instituto tiene en algunos sectores es debido al fantasma del 2006, una acusación de fraude que, al día de hoy, el lopezobradorismo no ha logrado probar. Y parte de la mala imagen del instituto tiene que ver también con la insistencia del hoy Presidente de mostrar al INE como una institución corrupta y que no garantiza elecciones limpias.

  • ¿Por qué derriban las estatuas?

    ¿Por qué derriban las estatuas?

    ¿Por qué derriban las estatuas?

    Destruir o vandalizar estatuas porque las figuras que representan no sostuvieron los valores que hoy impulsamos es un terrible sinsentido.

    Sería comprensible si dicha estatua es de un dictador sanguinario o de una figura que refleje los más profundos antivalores de una nación o una sociedad. Pero ¿atacar la estatua de Winston Churchill y destruir todo su legado porque sus posturas raciales no serían muy aceptadas hoy en día y que, aún así, fue clave para destruir un régimen que era muchísimo más racista como el de Hitler?

    Si procuramos el progreso, si los individuos hemos ganado derechos con el tiempo y muchas minorías han ganado reconocimiento que en el pasado no tenían, entonces ello implica que quienes vivieron antes de que eso ocurriera no reconocieran ni conocieran esos derechos. Por lo tanto, lo que hoy nos parecería aberrante antes era la norma.

    Dicho esto, casi todas las figuras nacionales tenían formas de pensar que a la fecha de hoy nos parecerían aberrantes, y ello es regla y no excepción. Basta leer la epístola de Melchor Ocampo (político liberal) para darse cuenta de ello.

    Y si comprendemos que dichas figuras vivieron antes de que el mundo «progresara», entonces sería injusto que los juzgáramos bajo nuestros criterios del siglo XXI. Más bien tendríamos que contextualizar su legado y su altura moral de acuerdo con su tiempo y no con el nuestro, porque las convenciones contemporáneas ni siquiera las conocían. ¿De acuerdo con su época, podemos decir que tal individuo fue recto?

    Si no aprendemos a contextualizar, entonces vamos a llegar a la inevitable conclusión de que nos tenemos que pelear con nuestro pasado y que tenemos que borrarlo. Eso es muy grave, porque las sociedades necesitan un legado, un pasado sobre el cual sostenerse y justificar su esencia. ¿Qué nos volveremos incapaces de reconocer el papel de Winston Churchill a la hora de combatir el nazismo?

    La verdad es que, a pesar de que algunas de las formas de pensar y de actuar hoy nos sean aberrantes, el legado de muchas de esas figuras debe mantenerse. ¿Voy a despreciar toda la filosofía de Schopenhauer porque era misógino, algo que era la regla en sus tiempos? ¿No puedo ser una persona madura y aprender a separar la misoginia de Schopenhauer, muy típica en su tiempo, de su legado filosófico? ¿Los gringos tienen que pelearse con George Washington porque no defendió la paridad de género en su gobierno o porque no incluyó negros en su gabinete?

    ¡Qué terrible sería voltear al pasado de esa forma y concluir que los seres humanos éramos esencialmente malos y abominables!

    Y lo paradójico es que, asumiendo que en el futuro los individuos puedan adquirir otro tipo de derecho, bajo la misma tesitura entonces ellos juzgarían de abominables e inhumanos a quienes hoy protestan por la «inhumanidad» de sus antecesores.

    Voltear al pasado y percatarnos de que las figuras de antaño sostenían pensamientos y hasta actos hoy calificados como aberrantes debería de generar el sentimiento opuesto, que hemos evolucionado como sociedad y que podemos enorgullecernos de ello, no lo opuesto. Lo primero ayuda a fortalecer nuestro ethos social, lo segundo lo destruye.

  • ¿Por qué reprimieron a los manifestantes en Guadalajara?

    ¿Por qué reprimieron a los manifestantes en Guadalajara?

    ¿Por qué reprimieron a los manifestantes?

    En Guadalajara vivimos uno de los días más oscuros.

    Todo empezó con el asesinato de Giovanni, quien había sido levantado y asesinado por la policía. De esto escribí hace algunos días. Y si bien ello ocurrió ya hace un mes, la opinión pública se acababa de enterar del hecho.

    A raíz de esto, se organizaron una serie de manifestaciones en la ciudad. La primera fue a las afueras de Palacio de Gobierno. Había razones de peso para indignarse.

    Las cosas comenzaron a descontrolarse. Algunas unidades de policía fueron incendiadas y lo que a uno le rondaba por la cabeza es que la ola de motines provocada por el asesinato de George Floyd en Estados Unidos había llegado a México. Ambos casos concordaban en ser abusos policiales que derivaron en la muerte de una víctima y que se transformaron en protestas multitudinarias, muchas de ellas pacíficas, junto con otras donde el vandalismo y los saqueos se hacían presentes.

    Sin embargo, se puede percibir cuando aquellos que son parte de los motines están ahí producto de la indignación y cuando son «vándalos profesionales» enviados por algún interés específico. Varios de los «vándalos» no se veían precisamente enojados, parecía que estaban haciendo algún trabajo.

    Es importante entender el contexto en el que hay una gran tensión política entre el Gobierno Estatal (Enrique Alfaro) y el Gobierno Federal (Andrés Manuel López Obrador). Desde el inicio del sexenio ha habido pique entre ambas figuras, las cuales se acrecentaron con la pandemia donde Alfaro logró capitalizar el conflicto a su favor.

    Lo que vimos estos dos días se explica, en gran medida, por este conflicto donde hay muchos intereses políticos en juego: Enrique Alfaro aspira a ser Presidente de la República, mientras que él se ha convertido en una de las muy pocas figuras políticas de oposición en el país que tienen cierto peso. López Obrador está urgido de neutralizar el liderazgo de Enrique Alfaro mientras que este último está urgido de ungirse como el opositor que se opone a la 4T en aras de construir su candidatura a la presidencia y que es es, el día de hoy, una de las muy pocas cartas que la oposición tiene para poder competir en 2024.

    No solo eso, Enrique Alfaro es uno de los pocos políticos capaces de construir narrativas que atraigan la atención del electorado, que puedan generar mensajes de esperanza y, por tanto, que puede competir con la poderosa narrativa de la 4T. Para ello tiene agencias de comunicación como Indatcom y La Covacha que fueron cruciales en su ascenso como figura política.

    Vaya, hay muchos intereses inmiscuidos en este conflicto y que trascienden los intereses propios de Enrique Alfaro y Andrés Manuel López Obrador.

    Estos intereses explican que, después de lo ocurrido el primer día de las manifestaciones donde circularon tanto videos de detenciones arbitrarias así como de un vándalo que cobardemente prendió fuego a un policía, Enrique Alfaro afirmara que esto se había organizado desde los sótanos del poder del Gobierno Federal. Directamente culpó al gobierno de López Obrador por lo ocurrido:

    Es posible que el Gobierno Federal haya tenido algo que ver con esto si comprendemos el contexto en el que todo esto se llevó a cabo, hay algunas evidencias que sugieren esa hipótesis. Es posible que Alfaro llegara a tener algo de razón (que algunos de los vándalos hayan sido enviados para buscar deslegitimar a su figura). Lo que tenía que hacer Enrique Alfaro era no caer en la provocación.

    El problema es que cayó.

    Hasta este momento las cosas no iban tan mal para él. Se ordenó detener a los policías involucrados casi en ese mismo momento para evitar que esto se le convirtiera en su «Ayotzinapa», pero la comunicación de Alfaro no estaba siendo muy asertiva (y no es la primera vez que ocurre). Alfaro pudo comprometerse a combatir de fondo el problema del abuso policial y mostrar empatía, pero no lo hizo y ello generó más bien indignación. Se le veía notablemente molesto ante las cámaras. Mandaba mensajes confusos donde en las ruedas de prensa se veía visiblemente enojado con los manifestantes con los cuales después dijo empatizar.

    Uno de los talones de aquiles de Enrique Alfaro es su carácter, es una persona que se enoja fácilmente y que puede perder la cordura. Si el Gobierno Federal tuvo algo que ver con lo ocurrido, seguramente sabían de este detalle y sabían que podían darle «por ahí» para sacarle provecho. Alfaro se estaba volviendo muy incómodo para los intereses del poder político al mostrarse como quien sí estaba actuando de forma responsable ante la pandemia y como quien sí levantaba la voz y «tenía muchos huevos».

    El día siguiente fue uno de los días mas oscuros en la historia moderna de la ciudad y, por tanto, uno de los días más oscuros de su gestión. Un día antes, Alfaro, visiblemente molesto, recriminó que se manifestaran también ese dia cuando los responsables ya habían sido detenidos. Era muy visible la molestia del gobernador con la protesta que se llevaría a cabo en la fiscalía.

    ¿Qué pasó? Nos enteramos que varios manifestantes (inocentes y que no habían hecho nada) habían sido levantados y abandonados en colonias peligrosas por el Cerro del Cuatro (varios de los levantados no han aparecido al tiempo en que escribo esta columna). Algunos fueron golpeados y agredidos (agresiones que fueron documentadas en video) de forma arbitraria por policías vestidos de civiles como lo muestran varios testimonios aquí y aquí. Incluso figuras de talla internacional como Guillermo del Toro mostraron indignación ante lo ocurrido y solicitaron liberar y encontrar a los que fueron arbitrariamente levantados.

    Todo esto ocurría mientras en Twitter se promovía el hashtag #AlfaroParaPresidente, uno con un timing muy inoportuno y que fue aprovechado por sus detractores.

    ¿Cuál fue la respuesta de Enrique Alfaro? Acusar a la Fiscalía de «no haber hecho caso a sus indicaciones» y haber actuado con brutalidad. Básicamente se deslindó de lo ocurrido. El problema es que cualquiera de las dos hipótesis que se pueden esgrimir a partir de sus declaraciones lo dejan mal parado. Una evidentemente sugiere que sí tuvo algo que ver y la otra lo deja ver como alguien que no tiene control de sus fuerzas de seguridad.

    Lo triste es que decenas de manifestantes inocentes y pacíficos pagaron el precio de recibir las «balas perdidas» del conflicto entre el gobierno de Enrique Alfaro y el de Andrés Manuel López Obrador. A muchos de ellos les coartaron su derecho a la libertad de expresión, manifestación y movilidad. En un acto de autoritarismo, fueron brutalmente reprimidos por quienes dicen ser las fuerzas del orden y varios de ellos, en el momento que escribo este artículo, no han aparecido:

    El conflicto es evidente y basta darse una vuelta por las redes para constatarlo. El alfarismo y la oposición de López Obrador intentan mostrar a un Alfaro que se resistió al «embate autoritario» del Gobierno Federal, narrativa que hasta antes de la manifestación de ayer estaba funcionando relativamente bien. Por el contrario, el pejismo ha tratado de mostrarlo como un intolerante, fascista y represor mientras que se han deslindado completamente de lo ocurrido.

    Hasta el día de ayer, la primera narrativa tenía más peso, pero lo ocurrido hoy fortaleció la segunda.

    Alfaro pudo salir avante de este conflicto, pudo haberlo capitalizado a su favor, pero lo ocurrido ayer junto con sus imprudentes y confusas declaraciones lo puso en una situación muy comprometedora en aras a sus ambiciones políticas.

    Dicen que el que se enoja pierde. Hoy fue Alfaro el que se enojó y el que dejó que las cosas se le salieran de control. Es cierto que en política las narrativas suelen «crear la realidad» y el impacto sobre Alfaro o el gobierno de AMLO dependerá también del trato que se dé a lo ocurrido de forma que se pueda capitalizar. Lo cierto es que en esta batalla por la narrativa, con lo de ayer, Alfaro quedó en desventaja. Hoy mucha gente está muy molesta con él por lo ocurrido y es muy posible que se lo recuerden en campaña (independientemente de que hubiera tenido algo que ver o que hayan actuado así sin su permiso).

    Y quienes pagaron los platos rotos por el conflicto fueron personas inocentes.

  • Giovanni: De Minneapolis a Ixtlahuacán

    Giovanni: De Minneapolis a Ixtlahuacán

    Giovanni: De Minneapolis a Ixtlahuacán

    Los sucesos llegan, por sí mismos, a decirnos algo sobre la sociedad en la que se encuentran insertos. Los sucesos nunca están aislados de su contexto; de hecho, son producto de varios procesos a su vez determinados por la forma en que una sociedad dada se manifiesta.

    Justo en el post pasado decía que el asesinato de George Floyd, así como la posterior reacción, se explicaban por distintos procesos que acontecían en la sociedad en la que ocurrió este cobarde hecho. Podíamos hablar de brutalidad policiaca, de racismo y un sinfín de cuestiones que se explicaban por ciertos procesos culturales y sociales.

    Coincidentemente, pocos días después, justo cuando la discusión en las redes sociales tiene que ver con la brutalidad policiaca y el racismo, ocurre un hecho lamentable, indignante y cobarde en nuestros propios terrenos: entonces nos enteramos del asesinato de Giovanni, un albañil de 30 años, quien había sido detenido en Ixtlahuacán de forma arbitraria (cerca de Guadalajara) por no portar cubrebocas.

    El cuerpo de Giovanni fue entregado ya sin vida el día siguiente de su detención, a quien habían llevado al Hospital Civil porque «se le había pasado la mano a los oficiales» (grosero eufemismo). Los familiares se pudieron percatar de que el cuerpo de Giovanni presentaba varios signos de tortura y hasta un balazo en la pierna.

    La noticia, a diferencia del caso de George Floyd, no ha generado tanto ruido en nuestra propia ciudad (siendo que fue algo que aconteció en las afueras), por increíble que parezca. Mucho se habló de George Floyd y la discriminación de los negros en Estados Unidos, de las protestas y demás. Menos se ha hablado del asesinato de Giovanni, caso menos mediático. Curioso es que hasta revistas de la «alta sociedad», de esas donde solo aparece gente de tez blanca, se «solidarizaron» con los negros en Estados Unidos.

    Y así como podemos hablar de brutalidad policiaca o racismo (sea donde se encuentre ubicado), aquí podríamos hablar de indiferencia (sobre todo cuando la víctima no pertenece a las zonas acomodadas de la ciudad) ya que la violencia en México se ha vuelto tan cotidiana que la damos por sentado, de brutalidad policiaca (aunque expresada en otra forma y posiblemente por otras razones) así como una predilección de los mismos cuerpos policiacos de abusar de los que no tienen, de aquellos de quienes pueden abusar sin tener consecuencia alguna.

    Y es que los que viven en pobreza o en zonas populares no tienen los contactos o los mecanismos que sí tienen en las clases más acomodadas para presionar cuando son víctimas de una injusticia y porque aquello que afecta a este último sector suele generar mayor impacto mediático que lo que ocurre en las zonas populares o los barrios pobres.

    En nuestro caso tal vez no podría hablarse de racismo (en tanto varios de los policías no suelen ser de otra ‘etnia’ ni pertenecen a una clase social muy distinta a la de las víctimas) pero sí de un contexto donde el sistema de justicia no funciona igual para todos, de un sistema que hace distinciones de clase. Un policía sabe que si abusa de una persona que tiene dinero, el riesgo de sufrir consecuencias por ello será bastante mayor a que si abusa de una persona que se encuentra en la pobreza. No es un secreto que para «cumplir cuotas» los policías llegan a detener arbitrariamente a personas que se encuentran en barrios más populares por cualquier razón, cosa que difícilmente se atreverían a hacer si se encontraran a un joven perteneciente a la clase media o alta en un barrio de significativa capacidad económica (y aún así el riesgo no es inexistente).

    Cuando el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, decidió que iba a tomar medidas hacia aquellas personas que no se quedaran en sus casas, no pocas personas temieron que esto se tradujera en abusos de autoridad. A pesar de que esa medida se contemplaba como necesaria (dado que era necesario quedarse en casa para contener la pandemia y a muchas personas no les importaba) en sentido estricto ello era ilegal (solo el Gobierno Federal puede restringir derechos en caso de una emergencia de acuerdo al artículo 29 de la Constitución). No sabemos cuántos abusos han provocado estas medidas porque no parece haber un conteo al respecto y porque muchos quedan impunes, pero basta con recordar el trágico caso de Giovanni para recordar por qué la gente no confía en la policía.

    Así como Giovanni, todos los días muchas personas son vulneradas, agredidas y hasta asesinadas por aquellos que se supone los deberían de proteger. Hoy Giovanni perdió la vida a manos de quienes deberían protegerla y esto debería generar una profunda indignación.

  • Motines y saqueos. El ser y el deber ser

    Motines y saqueos. El ser y el deber ser

    Motines y saqueos. El ser y el deber ser

    Vimos que en Estados Unidos, a raíz del cobarde e indignante asesinato de George Floyd, se llevaron a cabo manifestaciones que terminaron en actos violentos, saqueos y demás.

    Evidentemente algunas personas insistieron en el cobarde asesinato y entendieron los motines como una mera consecuencia de lo acontecido, mientras que otros insistieron en que los actos violentos son condenables (los liberales-progresistas enfocados en lo primero, derechistas y conservadores en lo segundo).

    De alguna u otra forma, ambos tienen razón. Es evidente que las posturas ideológicas condicionan el enfoque y la forma en que abordan el conflicto. Pero para entender el fenómeno debemos hacer una distinción entre el ser y el deber ser. Si bien, los sesgos ideológicos o políticos son prácticamente inevitables, sí se les puede acotar para tener una mejor comprensión de lo ocurrido.

    El ser

    Es casi una consecuencia que, a raíz de lo ocurrido, esto haya derivado en motines y violencia. La violencia es una clara expresión de la indignación acumulada dentro de aquellos sectores de afroamericanos que viven en condiciones más difíciles producto de procesos históricos donde el racismo está involucrado y perciben cómo quienes deberían protegerlos los violentan.

    Ese sentimiento de impotencia y rabia se convierte en un detonante para que salgan a hacer desmanes. Voy a decir algo que espero se entienda bien y quede claro para evitar prejuicios: los negros tienden a ser, por lo general, más violentos: suelen cometer más crímenes y poblar más las cárceles. Pero no lo son porque sean más malos ni porque haya algo en su genética que los incline a comportarse así. Ello es producto de procesos históricos y culturales donde, por lo general, las personas afroamericanas conviven más con la violencia que los blancos y ya no digamos los asiáticos (que son bastante menos violentos que los blancos). Entonces es más probable que la respuesta ante un acto indignante (y con razón), la forma de reaccionar sea esa.

    Es un error, como suele ocurrir con aquellos que se enfocan solo en el «deber ser», no prestar atención a lo que hay detrás de un fenómeno social y cultural. Lo acontecido no es un hecho aislado, es consecuencia de diversos procesos y eventos que interactuaron de tal forma que bastó algo que prendiera la mecha para que todo explotara: el cobarde asesinato de George Floyd.

    En este punto es necesaria la empatía para comprender el origen del fenómeno. ¿Por qué son más los negros los violentados por la policía? ¿Qué es lo que ha hecho que ellos convivan más con la violencia, la ejerzan y sean víctimas de ella?

    ¿Hay un acto de racismo en el hecho de que negros inocentes sean tres veces más agredidos o asesinados por la policía? ¿Los policías blancos los agreden por ser negros? Es una buena pregunta. Un argumento que se suele esgrimir en contra de esa tesis es que los negros, a su vez, se involucran en actos más violentos y cometen más crímenes. Pero aún si ese argumento explicara todo (estadísticamente), tendríamos que profundizar más con el fin de no caer en un prejuicio producto de la superficialidad con la que abordamos el asunto y que, evidentemente, sería racista.

    En algún punto de la cadena de sucesos y procesos históricos hay, evidentemente, algún problema de racismo, y más innegable es cuando los negros han sido discriminados (hasta por la ley) a lo largo de casi toda la historia de los Estados Unidos. Los cambios sociales siempre son progresivos, y pensar que en unas décadas el problema del racismo (aunque sea evidentemente menor que hace algunas décadas) haya desaparecido. Pensar eso sería un acto de terrible ingenuidad.

    ¿Por qué los negros viven en condiciones más complicadas que los blancos o los asiáticos? ¿Por un fenómeno de aleatoreidad? Imposible ¿porque los negros son, por naturaleza, más violentos? Categóricamente falso. Si hay un sesgo que no se explica por la aleatoreidad o por una «condición natural», entonces podemos deducir que el racismo es parte de la fórmula.

    Es evidente que, en las condiciones actuales, los motines y los actos vandálicos siempre van a ser una posibilidad. Si las condiciones actuales no cambian, las consecuencias difícilmente lo harán. La indignación, el cólera y el repudio hacia este asesinato, son totalmente comprensibles y justificables, y uno puede deducir sin ningún problema que si ataca la problemática desde su base, los incentivos para manifestarse de forma violenta van a disminuir drásticamente.

    El deber ser

    Si, habiendo dicho lo anterior, no nos enfocamos en el «deber ser», correremos el riesgo de romantizar dicha violencia que, a fin de cuentas, afecta a terceras personas inocentes (ataques a la propiedad privada o a personas) y que, por lo tanto, no es justificable.

    Hasta ahora entendemos por qué ocurre y comprendemos que es casi una consecuencia de diversos factores que la desencadenaron. Cuando la derecha pugna por la ley y el orden como el remedio (como bien dijo Trump) sin comprender por qué ocurrió solo está atendiendo los efectos y no las causas. Si las causas no se atienden, solamente crearán una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento e incluso el resentimiento puede crecer.

    Que el hecho de que una persona ataque la propiedad privada de una persona inocente esté explicada por sucesos cercanos a la injusticia que lo incitaron a actuar así, no valida ni justifica éticamente dicho actuar por el simple hecho de que hay un tercer afectado que es inocente. De lo contrario, alguien podría justificar que el policía blanco que lo mató se puede justificar en el hecho de que es una persona que creció con muchos traumas producto de violencia familiar que recibió.

    En este sentido hablo de lo que «debe ser». Lo que es es el hecho de que estos actos son producto de una profunda y justificada indignación. Lo que debe ser es que una persona, sin importar si está enojada, no tiene derecho a violentar a otra persona inocente (o su propiedad). Es decir, la víctima no tiene el derecho a convertirse en victimario de alguien más.

    En este espacio he expresado que en el pasado no me indignó lo ocurrido en manifestaciones feministas ya que la propiedad vandalizada no es privada (tampoco es que me parezca que sea el escenario más deseable), y comprendí (el ser) lo ocurrido producto de la terrible violencia hacia la mujer y el machismo sistémico que todavía existe, por ello no lo descalifiqué. Sin embargo, hice un paréntesis y condené algunos actos (aislados, y de muy pocas) donde una camioneta de otras feministas fue vandalizada y otra donde un reportero fue agredido.

    De la misma forma entiendo que los manifestantes de Minneapolis se hayan ido contra el cuartel de los policías ya que son los agresores, pero es más difícil de justificar que algunos hayan violentado la propiedad privada, aún y cuando entiendo la rabia y la furia que cargan sobre su ser.

    Conclusión

    No podemos encasillarnos en una de las dos dimensiones. La derecha se equivoca rotundamente cuando, en aras de buscar el orden, desatiende flagrantemente las causas. Ello me parece insensible con las víctimas. He visto que algunas personas han decidido relativizar el hecho para condenar fervientemente la violencia. Dicen que «a los blancos también los matan» o All Lives Matter para relativizar lo ocurrido y esperar que las cosas sigan igual. La empatía sí es necesaria para comprender al que sufre y ver qué se puede hacer para acabar con aquél problema.

    Tampoco se puede, como ocurre, satanizar el conjunto y no a los que participan en esos actos. Muchas personas (la mayoría) se manifestaron pacífica y libremente.

    Tampoco podemos, como ocurre en el otro lado, celebrar que ataquen propiedad privada. No solo porque no hay justificación ética en ello, sino porque ello crea inmediatamente otra víctima la cual ni siquiera se está tomando en consideración: aquella persona inocente que vio su negocio arder y perdió todo su esfuerzo por un motín. Sensibilizarse no implica justificar. Podemos, perfectamente, empatizar con ese resentimiento o agravio que hizo al individuo actuar así y, a la vez reprobar el acto, no es excluyente una cosa de la otra.

    Es comprensible que los sesgos ideológicos nos inviten a tomar una de esas posturas, pero podemos al menos acotarlos para tratar de entender el problema con una mejor dimensión y así hacer un mejor juicio de ello.

    «No es suficiente pararme ante ti y condenar los actos vandálicos. Para mí sería moralmente irresponsable condenar el vandalismo si, al mismo tiempo, no condené también las intolerables condiciones que existen en la sociedad. Estas condiciones son las que causan a la gente sentir que no tienen otra alternativa que involucrarse en rebeliones violentas para llamar la atención. El vandalismo es el lenguaje de los que no han sido escuchados. ¿y qué es lo que Estados Unidos ha fallado en escuchar? Ha fallado escuchar que las promesas de libertad y justicia no se han alcanzado.»

    Martin Luther King
  • La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    La sociedad mexicana es una muy estratificada. La marcha y las reacciones a ella lo dejaron bien en claro.

    Se piensa que México está polarizado entre “fifís” y “chairos”. Esa es polarización que ha promovido AMLO y en la que sus opositores han caído cayendo inconscientemente. Pero es falso pensar que la sociedad está dividida de tal forma y que esa oposición meramente binaria explique todas las diferencias culturales, ideológicas o de clase.

    La sociedad en realidad está estratificada y dividida en diversas formas, y dicha estratificación es más notoria en la oposición que en los afines a López Obrador donde las diferencias no parecen ser un problema para alinearse con la 4T.

    No me podría explicar de otra forma que la marcha que ocurrió este sábado (donde manifestantes salieran a pedir la renuncia de López Obrador en sus coches) generara tanta resistencia, crítica y burlas incluso de un sector de la oposición. Esto, con todo y que fue una marcha donde la gente está genuinamente preocupada.

    A algunos les molestó (aquí incluyo a personajes como Enrique Krauze, Luis Carlos Ugalde o hasta el propio Felipe Calderón) que la gente pidiera su renuncia porque va contra la democracia y la institucionalidad. En el “intelectualismo” opositor no les pareció adecuada una manifestación que no se centrara en críticas específicas, reprochan que en vez de criticar tantas cosas que están ocurriendo con este gobierno se centran en que “nos van a llevar al comunismo y nos van a convertir en Cuba”. No es un secreto que Gilberto Lozano, una de las cabezas de estas marchas, ha promovido una retórica muy visceral y populista, con la cual pretende agitar las emociones.

    Varios de ellos temen que estas manifestaciones terminen alimentando la polarización promovida por el gobierno y se alimente un discurso de lucha de clases. En lo particular, creo que si no se tienen puentes (lo que explicaré más adelante) ese riesgo sí existe, y sería peligroso llegar a esas instancias.

    Aquí queda patente una estratificación entre los “académicos y los intelectuales de la política” y la “gente común”. Los primeros hablan de cosas más concretas como democracia, deterioro institucional, economía mientras que los segundos apelan más a conceptos retóricos como “nos van a llevar al comunismo” o el “Foro de Sao Paulo”. Es evidente que los primeros tienen una mayor compresión de los fenómenos políticos y sociales (es su área de expertise), pero habrá entonces qué tender puentes con los segundos para evitar que puedan ser objeto de discursos incendiarios con intereses dudosos (Gilberto Lozano viene otra vez a colación).

    La estratificación socioeconómica es aún más evidente. La mayoría de las personas que salieron a manifestarse (no absolutamente todas, aclaro) viene de posiciones relativamente acomodadas. Aunque se optó por usar automóviles por efectos de la pandemia y la sana distancia, el ver varios automóviles lujosos o del año generó la percepción de que se trataba de una “marcha de privilegiados” que se complementa con lo visto en otras marchas de los mismos colectivos donde personas marchaban con viseras y lentes para el sol. Existe la percepción de que la gente de la clase acomodada vive en su microcosmos y que entiende la política desde éste: “coincidimos en criticar a AMLO, pero ellos solo están pensando en cómo le afectan a ellos” suelen pensar algunos.

    Esto último podría explicarse por el recelo que existe entre los distintos estratos. No es falso que, tiempo atrás, algunos de los ahora manifestantes estaban en contra de las manifestaciones, pedían que se regularan porque causaban tráfico y hasta llegaran a decir que “mejor ponte a trabajar, el cambio está en uno mismo”. El hecho de que los otrora manifestantes vean que ahora son ellos tomen las calles, con las muestras de inexperiencia que implica ser “manifestantes primerizos”, les genera resistencia.

    La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    Después vienen las estratificaciones culturales, ideológicas y generacionales. La oposición lopezobradorista no tiene una afinidad ideológica afín. Algunos son conservadores, otros son liberales o progresistas. Los “grandes” suelen ser más conservadores que la gente joven. El discurso suele ser distinto. La gente grande, seguramente producto de haber vivido en tiempos de la Guerra Fría, habla sobre cómo es que “AMLO nos va a llevar al comunismo”; la gente joven no suele adoptar tanto dicho relato y le parece un tanto extraño, o como «de señor», como a veces dicen ellos.

    El hecho de que los grandes tiendan a ser más conservadores y los jóvenes más liberales hace que estos últimos muestren resistencia para incluirse en estas marchas. Si bien, al parecer fueron más jóvenes a esta marcha que a otras, lo cierto es que, en su mayoría, son gente grande la que las organiza y la lleva a cabo. Muchos se la piensan dos veces antes de juntarse con aquellos que también van a la marcha del Frente Nacional por la Familia y que suele pensar que la “agenda progre” es la misma “agenda que nos va a llevar al comunismo”, aunque es más que evidente que los líderes populistas de América Latina (que, con excepción de Cuba, no son en sí comunistas) tienen poco de progresistas y en no pocos casos suelen ser conservadores en temas sociales.

    Todo esto es un problema para que la oposición logre conformar un frente amplio que funja como contrapeso ciudadano a López Obrador. Las estratificaciones generan resistencia y en eso el oficialismo lleva ventaja ya que las estratificaciones que puedan existir dentro de los simpatizantes lopezobradoristas no son un problema.

    Aunque López Obrador ha perdido mucha popularidad, ésta sigue siendo considerable y homogénea. La oposición, en términos cuantitativos, es, al día de hoy, menor en tamaño; y lo peor es que está muy estratificada de tal forma que no ha logrado formar un solo frente. Líderes de ultraderecha como Gilberto Lozano, si bien tienen una capacidad de convocatoria y organización, se vuelven un serio problema a la hora de querer hacer que dicha oposición trascienda. Tienen presencia en muchas ciudades, pero dentro de ellas no logran crear grandes aglomeraciones que incomoden al gobierno en turno.

    Si se quiere formar una entidad opositora lo suficientemente grande como para que el gobierno sienta presión, deberán tenderse puentes entre los distintos estratos. Deberán, como entidad, dejar de lado temas donde no puedan existir puntos en común (los temas de género son un caso) y centrarse simplemente en los puntos de acuerdo. Tender puentes es una tarea muy difícil, implica “incluir al otro”; implica que una feminista y una señora en favor de la familia natural tendrán que tolerarse lo suficiente como para ir juntos en la causa opositora y dejar de lado, para estos efectos, sus posturas ideológicas en torno a estos temas.

    Tender puentes es importante, porque al mostrar que la oposición es heterogénea pero, a su vez, está unida, podrán en entredicho la narrativa binaria de «nosotros» contra «ustedes». El que muchas personas que piensan distinto puedan unirse rebatirá esa parte de la narrativa lopezobradorista que dice que toda la oposición es conservadora o que quiere que «todo se mantenga igual». Es justo esa heterogeneidad la que puede ser un gran arma, no solo para crear un frente que se vuelva un problema para el gobierno, sino para combatir las intentonas de polarización de su gobierno.

    Importante también es dejar de estigmatizar o reprochar a los que votaron por AMLO. Aunque muchos consideremos que fue una decisión errónea (como si nosotros no pudiéramos cometer errores), lo hicieron en plena libertad como parte del ejercicio democrático y el mandato debe ser respetado. Muchos de ellos están arrepentidos y habría que sumarlos.

    La gente tiene derecho a manifestarse como sea, y celebro que los que antes no salían a las calles ahora lo hagan, eso es un avances desde cualquier perspectiva. Pero el mensaje es importante, reconocer estas estratificaciones lo es, porque si no se hace, será complicado generar una oposición que realmente incomode al gobierno.

    Y recordemos el día de hoy este gobierno no tiene una oposición, tanto que es el gobierno el que tiene que inventarse enemigos.