Categoría: sociedad

  • La democracia no está de moda

    La democracia no está de moda

    Quienes ya tenemos treinta y tantos años cuando menos, nos acordamos de ese México autoritario (y eso que a finales de los años 80 e inicios de los 90 ya existían indicios de apertura democrática). Sabíamos que el PRI era «el partido», el que siempre «ganaba» y que las elecciones eran, pues un fraude o una simulación. De chicos conocimos a los medios alineados al gobierno, conocimos la escasez de voces disidentes e incluso había algo de atractivo en ver a aquellas personas que se atrevían a cuestionar al gobierno: era como una suerte de rebeldía.

    La democracia entró a México justo cuando la idea de la democracia liberal en el mundo tuvo su mayor auge (en los años 90) y se le veía como un camino al que todos debían llegar. Hasta a Francis Fukuyama se le ocurrió decir que la democracia liberal era el fin de la historia.

    En nuestro país la democracia nunca se terminó de asentar por completo, durante gran parte de la primera década del año 2000 hablamos de la transición democrática. En efecto, muchos de sus engranajes elementales ahí estaban: división de poderes, libertad de expresión y manifestación, libertad de prensa. Lo que tal vez nunca se terminó de asentar del todo fue la cultura democrática y por ello algunos vicios del régimen autoritario perduraron.

    Los gobiernos que fueron parte de esa transición (de 1994 a 2018) no fueron precisamente gobiernos excepcionales: fueron muy imperfectos, a veces mediocres y, en algunos casos, hubo corrupción rampante (sobre todo en el gobierno de Peña). Aún así, durante esta época se sentaron unas bases que hacían al estado de cosas algo diferente de lo que había en el pasado, un estado de cosas que nos dotaron a los ciudadanos de más derechos: derecho a expresarnos, derecho a elegir a nuestros gobernantes y demás.

    Pero ese tiempo de algarabía ya terminó, desapareció justo cuando presenciamos retrocesos democráticos en varios países del mundo. La democracia ya no está de moda: su defensa pareciera ser casi un capricho de académicos y opinadores que la defienden en Twitter. Los lopezobradoristas simplemente creen que el concepto de democracia se agota en el régimen actual y, siendo más precisos, en la figura de López Obrador. Otros sectores, como FRENA, tampoco es que crean mucho en ella ni en los contrapesos (de los cuales Gilberto Lozano se ha mofado en varias ocasiones), sino que simplemente están preocupados por esta idea de que «AMLO nos va a llevar al comunismo».

    Es posible que parte de este fenómeno tenga que ver con el hecho de que ya damos por sentado algunos de sus beneficios y pensamos que nunca se van a ir, podría uno suponer que alguna gente va a valorar la democracia cuando ya no esté ahí, cuando ya no se pueda expresar tan libremente, pero lo que es innegable es que parte del desencanto viene por la profunda decepción que ha generado la clase política y que crea la percepción de una democracia estéril.

    Y es comprensible: los partidos se han vaciado de cualquier contenido ideológico y se han llenado de un pragmatismo grosero con el mero afán de ganar votos y que hace que los ciudadanos ya no se sientan identificados con ellos. El sistema partidista existe, pero es disfuncional. En teoría, tener muchos partidos debería aumentar la representatividad (como ocurre con varios sistemas de representación proporcional o mixtos como el nuestro): tendría que haber varias opciones de distintas ideologías de tal forma que todos encuentren su partido que los representen, pero la mayoría de los partidos son entidades-negocio que fungen como satélites de los partidos grandes.

    Los políticos ya hasta evitan reconocerse como tales: se definen a sí mismos como ciudadanos, ignorando el inevitable hecho de que el individuo que entra a «hacer política» de manera formal es un político, y que un político es igualmente ciudadano que quien no es político. Muchos partidos, ante el fortísimo escepticismo de la gente hacia sus promesas y propuestas, buscan hacer cualquier cosa para llamar la atención de sus electores.

    El problema es que, con todo y estos inconvenientes, la democracia nos permite castigar a los malos gobernantes (aunque tengamos que conformarnos con votar por el menos peor) y da mayores posibilidades a los ciudadanos de entrar a la política. La democracia, imperfecta como es en México, nos dota de pesos y contrapesos que, de menos, diluye los abusos de poder de los gobernantes. Difícilmente (y así lo demuestra la historia de nuestro país) un régimen autoritario podrá traernos mayores beneficios (los «éxitos» de países como China o Singapur se explican en gran medida por una cultura que difícilmente podremos emular). Hoy, de menos los gobernantes pueden ser evidenciados y castigados en las elecciones. En un régimen autoritario que concentre todo el poder, los gobernantes podrán hacer lo que les plazca y abusar a sus anchas porque no existe contrapeso alguno. Ahí, la gente no puede sacarlos con su voto. Ahí, la prensa estará más restringida o limitada para evidenciar todo el cochinero. Ahí, la gente será menos libre.

    Y tal vez la gente solo valorará la democracia cuando ya no la tenga.

  • ¿Qué es y qué no es la cultura de la cancelación?

    ¿Qué es y qué no es la cultura de la cancelación?

    ¿Qué es y qué no es la cultura de la cancelación?

    Asumimos que el mundo progresa, o al menos pretendemos que lo haga.

    Si el mundo progresa, entonces ocurre que, al voltear al pasado, observaremos cosas que nos parecen reprobables o cuestionables. Por más progrese, más «negro» nos va a parecer el pasado.

    Y tiene sentido. Al estar menos evolucionados, las formas de convivencia entre humanos solían ser más arcaicas, más injustas y, por lo general, más violentas.

    Y quienes vivieron en tiempos pasados (ya sea en 1970 o en 1600) crecieron bajo paradigmas y cosmovisiones más arcaicas. Se adaptaron a ellas porque era lo que había, como ahora nos adaptamos a lo que hay. A una persona de 1600 nunca le pasó la idea de equidad de género por la cabeza ni la idea de que todos los seres humanos somos iguales ante la ley.

    Por eso cuando escucho a alguien proponer cancelar tal caricatura o programa de hace algunas décadas porque lo encuentra misógino, machista o racista, pienso que puede haber algo problemático ahí.

    Si no conocemos nuestro pasado ¿cómo entonces vamos a conocer los errores que cometimos?

    Porque entonces el progreso se vuelve algo paradójico: a mayor progreso, más incentivos para borrar nuestro pasado de un plumazo, y eso me parece algo preocupante. Si juzgamos a todos los contenidos, pensadores o filósofos del pasado con nuestros estándares actuales (lo cual es un grosero anacronismo), entonces tendríamos que cancelarlo todo, porque incluso resultará aquella figura tan «admirable» del pasado guardaba pensamientos y comportamientos que hoy nos son reprobables.

    Pero ¿podemos juzgar a alguien del pasado por su machismo con la misma severidad con la que juzgamos a un contemporáneo cuando aquella persona creció bajo otros paradigmas tan diferentes a los nuestros? Si la respuesta fuera afirmativa, entonces tendríamos que esperar que nuestros descendientes nos cancelen a nosotros mismos.

    Pero necesitamos conocer nuestro pasado. Conocerlo es condición necesaria para progresar. Si no conocemos nuestro pasado ¿cómo entonces vamos a conocer los errores que cometimos? ¿Cómo vamos a saber qué podemos rescatar de él? Porque cuando se pretende cancelar algo, en muchas ocasiones se le termina cancelando por completo, incluso las aportaciones positivas que un pensador pudo tener (me viene a la mente Schopenhauer quien evidentemente era un misógino, pero que, dejando eso del lado, derramaba sabiduría con su pensamiento).

    ¿Qué es?

    La cultura de la cancelación es, aunque a algunos les suene paradójico, una hechura conservadora. Hasta hace pocos años, eran los sectores conservadores quienes tenían el monopolio de la cultura de la cancelación: «que no podemos permitir esa música o esos contenidos porque es inmoral», nos decían (y a la fecha lo siguen haciendo). La diferencia es el enfoque: la cultura de la cancelación de los conservadores está orientada hacia el futuro: el conservadurismo suele pugnar por la cancelación de aquellos contenidos o expresiones que representan una afrenta al statu quo prevaleciente, mientras que la cultura de la cancelación de algunos sectores progresistas suele estar orientada hacia el pasado. Es decir, pretenden cancelar aquellas expresiones que están siendo desplazadas por la cultura prevaleciente con el supuesto de que de esa forma dichas expresiones (a las que se les considera nocivas) van a desaparecer de la faz de la tierra y lo cual se va a traducir en un mundo más justo e idílico.

    Pero ese supuesto me parece erróneo: para empezar, los seres humanos siempre hemos mostrado una fascinación con lo que está prohibido (o cancelado). Si los padres nos «cancelaban los Simpson» (en mi infancia era común que los padres no permitieran ver a sus hijos esa serie) ello creaba incentivos de sobra para verlo a escondidas. Todos los niños de mi época terminamos viendo los Simpson porque como estaba «prohibido» nos daba mucha curiosidad. Y como lo veíamos a escondidas, se perdía la oportunidad de que nuestros papás dialogaran con nosotros sobre ciertas conductas que aparecían ahí.

    Y si lo mejor es que nuestros padres dialogaran con esos contenidos, ¿no sería mejor que como individuos dialogáramos sobre los contenidos que hoy algunos quieren cancelar? ¿No sería mejor que habláramos por qué tal o cual conducta en tal caricatura o en serie tiene connotaciones racistas o misóginas? ¿Y no sería mejor contextualizar dichos contenidos a su tiempo antes de linchar categóricamente a quienes los crearon?

    Es muy problemático también cancelar, por ejemplo, a alguien por aquello que dijo hace diez años (digamos, en Twitter o en alguna entrevista) ¿qué no tiene derecho la gente a cambiar de forma de pensar o a tomar conciencia? Si la respuesta es negativa estamos en un problema, porque resulta que muchas personas, a lo largo de nuestra vida, hemos llegado a pensar, decir o hacer cosas que hoy a nosotros mismos nos parecen criticables.

    ¿Qué no es?

    Pero aquí habrá que hacer una pausa, porque no es lo mismo cancelar algo que criticar algo.

    Me he percatado de que algunas personas llaman «cancelación» a cualquier crítica que hace alguna persona sobre algún contenido: si dice que le parece machista o racista, entonces «lo están cancelando». Eso incluso llegó a pasar con varios medios cuando afirmaron que The New York Times buscó cancelar a ciertos personajes. Pero eso no fue exactamente lo que sucedió (incluso yo llegué a pensar lo mismo hasta que me molesté a leer la columna). Es cierto que el autor de la columna, Charles M. Blow, dijo que el racismo debería ser exorcizado de la cultura, pero nunca sugirió que habría que censurar a las caricaturas que criticó ni hizo un llamado para que los medios de comunicación dejaran inmediatamente de transmitirlos.

    Vale decirlo, cierta dosis de corrección política es necesaria para que la convivencia social sea sostenible como escribí aquí. Lo que he criticado son los excesos, no su existencia misma. Ésta nos ha acompañado siempre y voy a poner un ejemplo claro de esto.

    Este programa pasó como si nada hace ya varias décadas en Estados Unidos y creo que todos estamos de acuerdo en que esto debería ser completamente reprobable.

    Todas las personas sabemos que si yo le propusiera a una cadena de televisión que se transmitieran esos contenidos, me cerrarían la puerta en la cara y todos estaríamos de acuerdo en que tiene que ser así. Nadie se está quejando de censura o de cancelación. ¿Por qué? Porque hay un consenso social con respecto a este tipo de actitudes.

    Resulta que todas estas convenciones sociales van mutando de forma progresiva para adaptarse a los cambios sociales que ocurren también de forma progresiva. Hoy nos es reprobable que alguien promueva la esclavitud y el canibalismo y no tenemos ningún problema con eso, no decimos que hay ahí una restricción a la libertad de expresión.

    Si los cambios sociales ocurren, entonces lo normal es que cuando volteemos al pasado, varios contenidos, actitudes y tradiciones nos parezcan reprobables. Por ello es que se critican caricaturas de décadas atrás porque tenían normalizadas ciertas conductas que al día de hoy no son aceptables. Y este hábito no es cancelación sino el mero ejercicio de la libertad de expresión.

    Conclusión:

    Y hé aquí la diferencia que pareciera difusa pero que es determinante: el problema con la cultura de la cancelación es que adolece de un severo problema al no saber contextualizar los contenidos, cultura o actitudes que buscan cancelar. La cultura de la cancelación busca «combatir» a personas, o contenidos a través de la coerción directa. No responden a un consenso, sino que desean crearlo «borrando» dichos contenidos, evitando que la gente pueda exponerse a ellos.

    Lo que describí en los párrafos anteriores, en cambio, y aunque a algunos suene muy parecido, no implica necesariamente una coerción; es más bien el producto de un consenso social. Muchos medios modifican o retiran personajes de la pantalla porque saben que hay un consenso social en el cual dichos contenidos dejarán de tener demanda. Si a la gente le parece que tal personaje es misógino y la gente está cada vez más en contra de la misoginia, entonces no tiene caso seguir escribiendo caricaturas sobre él.

    Y esto no es algo nuevo, es algo que siempre nos ha acompañado: el caso del mismo Pepe Le Pew es ejemplar: este personaje (que ya había recibido críticas décadas atrás) ha sido modificado a través del tiempo por Warner Brothers para quitarle todo ese tufo sexista. Muchas de las críticas que hace Charles M. Blow ya se habían hecho tiempo antes, como bien se explica en este video.

    Y es necesario hacer énfasis entre lo que es cultura de la cancelación y que no es. Primero, porque es cierto que existe y que es nociva por las razones que mencioné al inicio de este texto. Segundo, porque los sectores más reaccionarios y conservadores se están haciendo del hábito para denominar «cultura de la cancelación» a cualquier cosa o crítica con el fin de evitar cualquier tipo de cambio social o, peor aún, para promover prácticas y actitudes que son el día de hoy muy criticadas.

  • Liberales que en realidad son conservadores o socialistas

    Liberales que en realidad son conservadores o socialistas

    En nuestros tiempos, el concepto de liberalismo se ha venido vaciando de significado, y esto ha ocurrido, a mi parecer, porque el término «libertad» es atractivo y todos quieren subirse a él. Todos quieren ser o dicen ser libres y todos quieren, dicen, respetar la libertad de los demás.

    El problema de los significantes es que, por más cosas intenten abarcar, se van volviendo más abstractos al punto que dejan de tener significado. Si todas las corrientes políticas se dicen liberales, entonces el concepto de liberalismo se vuelve inútil.

    El concepto de liberalismo nació en contraposición al conservadurismo: lo contrario de liberar es conservar o retener. El liberalismo buscaba el cambio, el conservadurismo pretendía mantener el orden monárquico.

    Pero si el liberalismo nació en contraposición al conservadurismo, ¿por qué es cada vez más común que personas que tienen ideas tradicionalistas y busquen mantener el orden social se digan liberales? Una razón es el appeal que el término «liberalismo» tiene. El concepto de conservador, en cambio puede llegar a sonar peyorativo; sobre todo por el papel que han jugado en la historia: son generalmente los que pierden, los vencidos, los que «no quieren que las cosas cambien» y contra quienes se han llevado a cabo las más grandes batallas idílicas.

    Un recurso retórico que suelen usar los conservadores es el uso del anacronismo. Los conservadores suelen apelar a los usos y costumbres del liberalismo de antaño para definir qué es un liberal hoy, y de tal forma poder «preservar las costumbres de esos tiempos»: citan a Adam Smith, John Locke o Stuart Mill para presentarse como liberales. Pero el liberalismo no es solo una ideología, sino una actitud.

    El liberalismo de antaño y el liberalismo actual aspiran ambos a la idea de la libertad del individuo, tanto la económica como la social, esta idea como valor es ciertamente inmutable. Lo que no es inmutable es el contexto en el que se desempeña: John Stuart Mill tenía un concepto sobre la mujer que damos por sentado, pero que en sus tiempos fue algo completamente revolucionario. Lo que define a Mill como liberal no es el concepto que tenía de la mujer en sí, sino el espíritu que había detrás de dicha postura.

    De alguna forma, el liberal debe abrazar el cambio sobre la tradición en un contexto donde siempre se procure la libertad del individuo: en el cual el papel del gobierno, si bien es necesario, debe tener ciertos límites (en ello se diferencia del socialismo). En el liberalismo hay posturas tanto socioliberales, que están más a la izquierda y que tienen como base el pensamiento de John Rawls con su idea del velo de ignorancia (pero que no llegan a ser socialdemócratas), hasta las corrientes más libertarias o de derecha que llevan el liberalismo a un extremo y abrazan a pensadoras como Ayn Rand.

    Ciertamente es raro que existan posiciones liberales puras. Algunos pueden tener cierta inclinación socialista o conservadora, pero siempre en segundo término frente al liberalismo que siempre va a ser la postura sobresaliente. Pueden existir algunas combinaciones: el conservador puede ser conservador en lo social y liberal en lo económico o político, pero como tal, es conservador más que liberal. Igualmente, el socialista podrá ser liberal en lo social y socialista en lo económico, pero entonces será socialista más que liberal.

    El liberal puede abrazar ciertos valores progresistas, incluso debería ser cuestionable que un liberal hable de cuestiones como «el matrimonio natural» donde no caben otros modelos ya que ello es una postura eminentemente conservadora, pero no puede aspirar a la coerción para que dichos cambios se lleven a cabo. Ciertamente, para que esos cambios ocurran, tienen que agregarse nuevas normas morales y éticas dentro de la sociedad (por ej, que sea mal visto discriminar a alguien con otra preferencia sexual), pero el liberal no puede esperar que el Estado censure a quien piensa distinto.

    En la actualidad, muchos se dicen liberales, pero no lo son tantos. Varios progresistas no son liberales porque aspiran a la coerción estatal para combatir a quien piensa distinto, y difícilmente lo son aquellos que se autodefinen como libertarios pero que, a la primera, abrazan nacionalismos como los de Donald Trump e incluso derechas iliberales como la Alt-Right y terminan dando más primacía al orden y la tradición.

    Todos estos anacronismos que he mencionado son utilizados por Andrés Manuel López Obrador quien ni siquiera se molesta en revisar el «liberalismo primigenio» sino que incluso lo distorsiona al afirmar que «él quiere cambiar el statu quo«, mientras que los otros quieren «conservar», para así «tomarse la foto» con los liberales de antaño. Pero que el cambio consista a retornar al pasado, como aspira Andrés Manuel, es cosa de reaccionarios. En lo social, López Obrador es conservador (y posiblemente más que muchos panistas) ya que busca mantener el orden y la tradición en materia moral. En lo económico, si bien no parece estar tan cercano a las izquierdas chavistas como le han acusado algunos de sus adversarios sí es, de alguna forma, socialista, ya concibe al Estado como aquella entidad rectora e incluso como paternalista (lo cual conjuga con su conservadurismo moral).

    La postura liberal es una que abarca, de forma holística, las convicciones de una persona. El liberal lo es en todos los ámbitos: es liberal en lo social: prefiere el cambio a la tradición; es liberal en lo económico: el papel del Estado en la economía debe tener ciertos límites y el mercado debe ser el motor de ésta (claro está, puede haber cierta flexibilidad a la hora de definir dónde se encuentran esos límites); y por último y muy importante, lo es en lo político: cree en la democracia, en el sufragio universal y la libertad de expresión. El conservador o el socialista puede adoptar alguna de estas posturas, pero no las adopta todas, y lo define más aquello que lo hace conservador o socialista.

    Acotar el término liberalismo es sano. Es necesario, sí, acudir a las raíces para comprenderlo, pero ello implica necesariamente que debe ser contextualizado de acuerdo a la época. Esta imposibilidad o falta de voluntad para contextualizar es lo que hace que el conservador se presente como un liberal.

  • El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    La candidatura de Félix Salgado Macedonio ha generado una intensa discusión en redes sociales. Como sucede con estos temas donde hay temas polarizantes como lo es López Obrador o cualquier cosa que parezca «feminismo», se presenta una fragmentación entre aquellos que tratan de justificar a AMLO, otros que insisten en que tal «pacto» no existe y que hay que meter ese tema ahí en la carpeta de genéricos o quienes piden a AMLO que rompa el pacto.

    Empiezo diciendo que el tal pacto sí existe, y en ambos sentidos: La decisión de mantener el apoyo a Félix implica una suerte de pacto y en nuestra sociedad sí es relativamente común que los violadores sean encubiertos por otras personas.

    Es muy simple. Si Félix Salgado Macedonio tiene varias acusaciones de violación y tú lo candidateas sin que ello te preocupe, entonces estás, de alguna manera, encubriendo a dicho candidato: el encubrimiento implica necesariamente un pacto dado que «yo te cubro las espaldas ya que ello me beneficia a mí».

    Si López Obrador sabe del negro historial en materia sexual y lo candidatea, está, cuando menos, relativizando el acto. No es como que AMLO esté frotándose las manos diciendo «vamos a violar más mujeres», pero el mensaje que da (y no es la primera vez) es que esos temas no tienen importancia para él: le importa más el poder que la integridad de las mujeres o los feminicidios. Igual ocurre con la corrupción: si AMLO nombra a un corrupto, ello implica la existencia de un pacto donde se está encubriendo la corrupción a cambio de algo.

    Algunos afirman que a Félix no se le ha probado nada sobre el tema de la violaciones y por ello insisten en que se trata de «caprichos de feministas histéricas«, pero justo hacen el mismo escándalo cuando las acusaciones son sobre otros temas. La gente tiene todo el derecho a ejercer presión o a criticar a un candidato con acusaciones de violación.

    Por otra parte, el delito de la violación sexual, por sus características (es un delito privado que generalmente es difícil de probar), requiere alguna forma de pacto ya que si no hay testimonios es muy difícil de probar. En muchos casos, los testigos lo encubren para que el violador no pague por lo que ha hecho, y es cierto que ello es una práctica muy común en los que muchos hombres encubren a otros, incluso existen mujeres que llegan a formar parte de ese pacto para proteger al amigo o familiar acusado. Lo que está haciendo AMLO no es muy distinto. Aunque él no es testigo de lo que Macedonio pudo hacer, de alguna forma sí lo está dejando de lado con fines políticos.

    Lo que me pregunto es si deberíamos conformarnos con pedirle a AMLO que rompa el pacto. Dudo que un personaje como López Obrador, quien ya ha demostrado su displicencia con las problemáticas que viven la mujeres, «agarre la onda». ¿No sería mejor que los sectores progresistas que todavía no se desencantan con el gobierno o se benefician de él rompan el pacto con AMLO? ¿No sería más congruente renunciar al gobierno o partido de un Presidente a quien le importa un «pepino» esos temas? ¿No sería mejor imponerle un costo más alto a AMLO por esta displicencia que vaya más allá de decidir promover a un candidato?

    Cierto es también que este asunto de Salgado Macedonio es algo más profundo que un mero pacto machista. Claro que debe molestar e indignar que una persona acusada de violación reciba la unción presidencial, pero también ello es expresión de un gobierno que está acostumbrado a incluir a gente innombrable, sin ningún resquicio de ética y moral, y esto va más allá del mero pacto machista: ya sean violadores, corruptos y demás.

    Lograr que remuevan a Félix Salgado Macedonio por sus antecedentes de violación sería una buena noticia, pero no es suficiente y contentarnos con ello puede permitir que lo otro siga existiendo. Los ciudadanos debemos de ser tajantes y oponernos al nombramiento de cualquier figura innombrable que pueda representar un peligro para la sociedad.

  • El gobierno de la chusma, por la chusma y para la chusma

    El gobierno de la chusma, por la chusma y para la chusma

    El gobierno de la chusma, por la chusma y para la chusma

    Que los líderes políticos relevantes (o aspirantes a serlo) sean Quico, Ricardo Salinas Pliego, Gilberto Lozano o Samuel García, debería ser algo preocupante.

    Se supone que en una democracia el votante elige al candidato que quiere que lo represente. En teoría, el votante tomará una decisión racional al elegir a aquel candidato que considere está mejor preparado para tomar decisiones en su nombre.

    La politóloga Hannah Pitkin decía que para que un candidato represente de forma efectiva a los ciudadanos no puede estar en ninguno de los siguientes dos extremos:

    1. No puede ser alguien que confíe en sus conocimientos y preparación de tal forma que deje de escuchar a sus representados y le sean irrelevantes.
    2. No puede ser alguien que sea igual de falible que el ciudadano promedio, de tal forma que no sea alguien que sobresalga o tenga atributos especiales para llevar a cabo su tarea como representante.

    Según Pitkin, lo ideal sería un punto intermedio: que los políticos tengan una preparación tal que el ciudadano no tiene, pero que, a la vez, escuche las necesidades de sus representados y trabaje en su beneficio.

    Las figuras que mencioné al principio se parecen al segundo extremo: son personas que no se distinguen mucho del ciudadano promedio, o si lo hacen (digamos, Salinas Pliego) no lo hacen necesariamente en materia de preparación política. Pueden ser buenos en algo pero no necesariamente presumen credenciales para gobernar y no sobresalen del individuo promedio.

    Estas figuras coinciden en que sus seguidores no buscan de ellos capacidad para gobernar, sino que son atraídos por la frivolidad del mensaje o personaje. ¿Por qué tendría que creer que Quico va a ser un buen gobierno? ¿Qué razones me ha presentado el comediante (ahora precandidato)? Responder esa pregunta no importa, lo que importa es que Quico me marcó mi infancia y me gustaría que aquél que se burlaba de Don Ramón sea mi representante.

    Los efectos de elegir a este tipo de representantes ya los conocemos, los estamos viendo en nuestro país vecino del norte, pero también lo vemos en Morelos, el estado que gobierna Cuauhtémoc Blanco.

    Mucho se ha debatido sobre la capacidad que el elector tiene para hacer una buena elección en las urnas. Se ha insistido en que la falta de conocimiento, el fanatismo ideológico (aquellos a los que Jason Brennan llama hooligans) o la mera irracionalidad hacen que muchos ciudadanos tomen decisiones equivocadas en las urnas. Pero aquí el problema es más grave, porque lo que muestra el surgimiento de estos líderes cuestionables ya no es una elección deficiente a la hora de ponderar qué candidato puede representar mejor y de mejor forma al individuo, sino la total renuncia a este ejercicio: no elijo a Quico o a Cuauhtémoc Blanco porque, a mi juicio, es el que mejor puede gobernar: lo elijo porque es mi futbolista favorito o el comediante que me gustaba en mi infancia.

    Así, el ejercicio del voto se termina pervirtiendo y se convierte en un mero show mediático más bien parecido a un concurso tipo Big Brother VIP que a un ejercicio democrático. A diferencia de Big Brother podemos saber algo de antemano: todos perdemos.

    Y el problema es que, aún cuando nos hemos percatado de los magros resultados de este tipo de personajes en el gobierno, la gente no solo deja de votar por ellos, sino que son más los que surgen y se apuntan, porque saben que tienen posibilidades de ganar. Tienen todos los defectos de los políticos de carrera: se pueden corromper de igual forma y mienten igual, pero no tienen las virtudes que un político de carrera sí tiene y que se suelen dar por sentadas frente a las críticas que hacemos de ellos.

    ¡Ya no se junten con esa chusma!

  • Trump, y el libertinaje moral del conservadurismo

    Trump, y el libertinaje moral del conservadurismo

    Trump, y el libertinaje moral del conservadurismo

    Que vivamos en tiempos de verdades relativas y posverdades no es una sorpresa.

    El conservadurismo ha insistido en que el relativismo y la decadencia moral es producto de esa izquierda cultural influida por los filósofos posmodernos como Michel Foucault y Jacques Derrida.

    Sin embargo, la realidad es que en estos últimos años hemos sido testigos de la aparición de una derecha profundamente «líquida», (como dijera cierto filósofo), en la cual se arropan quienes dicen defender los valores morales, pero que está representada por una corriente de pensamiento nihilista (si es que se le puede llamar corriente de pensamiento) encarnada por Donald Trump.

    En el pasado, la derecha procuraba votar a políticos que eran (o aparentaban ser) hombres íntegros, patrióticos, de familia, con una buena conducta, moderación (más allá de si realmente lo eran). Se fijaban mucho en esos detalles y los políticos lo sabían.

    Donald Trump es lo opuesto al arquetipo conservador: es un hombre profundamente nihilista para el cual «todo se vale». El concepto de «ley y orden» se ha repetido una y otra vez en su presidencia, pero lo que hemos visto de su gobierno es lo contrario: caos, atropello institucional y un profundo atropello a los valores democráticos de los Estados Unidos. Incluso habría que preguntarse si una de las posturas más importantes para su electorado, como era su oposición al aborto, fue genuina o no. En 1999, él mismo afirmó ser «pro-choice».

    Podría esperar, por ejemplo, que en 2016 vieran a Trump como el menor de los males (pero mal al fin y al cabo) y votaran estratégicamente porque son «Prolife», pero no me hace sentido alguno que lo arropen y lo hagan suyo.

    Y es que Trump está lejos de ser ese arquetipo que los conservadores antes buscaban: Trump no es un hombre familiar (aunque insista en ello), no es un hombre «fiel a su esposa» ni un padre de familia ejemplar en lo absoluto como un conservador esperaría: no es una persona que promueva valores morales, por el contrario: representa la ausencia de cualquier principio ético o moral. Trump está muy lejos de ser un Ronald Reagan, quien sí parecía encajar mucho más con ese arquetipo.

    Esta idea posmoderna de que todo es un mero relato y que tanto han criticado algunos conservadores es también parte de ellos y su postura en torno al Covid lo deja patente. Si algunos posmodernos se atreven a argumentar que la ciencia no es más que un relato, estos sectores conservadores que simpatizan con Trump tienden a hacer lo mismo, y tal vez de una forma más grosera. Estos sectores son los que se han mostrado más reacios a tomar medidas recomendadas por especialistas en la materia (incluido Trump mismo), son los que más «oposición» han tenido frente a las vacunas y los que más consideran las propuestas científicas al mismo nivel que las «soluciones alternativas», e incluso prefiriendo estas últimas. No es que en los demás sectores ideológicos este problema esté ausente, pero es particularmente notable entre los sectores conservadores que simpatizan con Trump.

    Estos conservadores nos han alertado una y otra vez que el relativismo y las políticas identitarias son peligrosas para Occidente, pero cuando su líder clama un fraude que no hubo y viola todos esos acuerdos tácitos que explican la supervivencia de la democracia estadounidense no solo hacen mutis, sino que se dejan convencer y aplauden la «irreverencia» antidemocrática de su tirano. Llaman la atención influencers conservadores como Agustín Laje, que tanto se indignaron por las protestas de Black Lives Matter que terminaron en violencia, pero que mide con una vara distinta las protestas de los extremistas simpatizantes de Trump porque son de «los suyos».

    Por todo esto es que veo con asombro cómo algunos líderes de opinión de la derecha más conservadora y confesional de México han convertido a Trump en un mártir e incluso le ruegan a Dios que lo proteja. ¿Un hombre corrupto, egocéntrico y misógino que representa la más profunda decadencia de valores y principios éticos y morales un mártir?

    Si estos sectores están abocados en denunciar la decadencia moral, deberían empezar por verse al espejo. Hay algo muy grotesco en la idealización de un hombre nihilista por parte de aquellos que dicen ser guardianes de los valores morales.

  • ¿Por qué no te quieres vacunar?

    ¿Por qué no te quieres vacunar?

    ¿Por qué no te quieres vacunar?

    Mucho se ha hablado sobre las deficientes políticas del gobierno para contener la pandemia o sobre la irresponsabilidad de muchas personas. ¡Lo bueno es que ya vienen las vacunas! Algunos dicen aliviados, pero de aquí surge otro problema que puede ser determinante y que puede marcar una gran diferencia entre el número de muertes por el Covid.

    Resulta que muchas personas no se quieren vacunar. Nos dicen que son muy escépticos a las farmacéuticas y a las élites de poder. ¡Podría haber gato encerrado! ¡Quieren manipularnos! Hablan de supuestos órdenes mundiales, de Bill Gates, de chips y hasta de fetos abortados.

    Días después ven una nota en redes sociales que confirman su postura: resulta que un médico que se vacunó desarrolló síntomas graves: ¿ves? Te dije, hay gato encerrado. ¡Te dije y una y otra vez que no tenía sentido que una vacuna saliera tan rápido!

    Pero ello no es más que un sesgo cognitivo. No es lo mismo un caso específico publicitado en los medios que muchos casos que no son cubiertos (básicamente, porque los medios no se van a poner, por poner un ejemplo, a sacar una plana por cada muerte del Covid).

    Estadísticamente, vacunarse contra el Covid es «mucho menos peligroso» que no vacunarse contra el Covid. Una persona que no está vacunada tiene posibilidades mucho más altas de morir o tener un cuadro grave que el que tiene una persona por recibir la vacuna. ¿Cuántas muertes por Covid o cuántos cuadros graves se desarrollan mientras lees una nota de un doctor que tiene una sintomatología grave a causa de la vacuna en México o en alguna parte del mundo? En México se han administrado 25,000 vacunas y de estas solo se ha reportado un caso grave. Mientras tanto, ha habido casi 25 muertes por cada 25,000 personas (con base en cifras oficiales que, como sabemos, tiene un subreporte de muertes).

    Esto ya es argumento suficiente y necesario para vacunarse. Es más, es menos peligroso vacunarse que manejar un coche o salir a andar en bicicleta. Ahí hay más probabilidades de fallecer que recibiendo una vacuna.

    Los «escépticos» de las vacunas también insisten en que la vacuna salió muy rápido, que ahí hay «gato encerrado». Pero difícilmente te sabrán explicar cómo es que se desarrolla una vacuna.

    Explicaciones explicar la rapidez del desarrollo de la vacuna abundan. Una de las razones por las que la vacuna salió en menos de un año es que las investigaciones no comenzaron desde cero. Había ya mucho camino recorrido gracias a los «hermanos» del Covid, el SARS y el MERS.

    Otra de las razones es que, dado los estragos que causa la pandemia, había demasiado interés en tener una vacuna. Sí, los intereses económicos de «los poderosos» están alineados con los intereses de la población en general. A todos, a la farmacéutica malévola, al gobierno, a ti y a mí nos conviene tener la vacuna.

    Los sospechosistas nos quieren convencer de que «algo nos están queriendo ocultar», pero no saben bien qué o cómo: nos dicen que el virus fue creado en un laboratorio para contagiarnos y hacer dinero con ello. Pero eso es un absurdo porque la pandemia no ha hecho más que golpear a muchos sectores económicos. Muchas transnacionales han visto pérdidas en sus cuentas producto de la reducción del consumo producto de la pandemia.

    Pero así como no pueden explicarnos cómo es que se desarrolla una vacuna o cómo funciona, tampoco pueden explicarnos bien en qué consiste esta conspiración. Y lo preocupante es que este «escepticismo» solo va a traer consecuencias adversas a la población en general.

    La sana duda y el escepticismo son válidos, pero para eso se investiga, no se supone. Cualquier persona sensata que haga un esfuerzo en investigar se dará cuenta que gran parte del miedo a las vacunas no tiene fundamento alguno.

  • La segunda ola del Covid y México. Solo nos queda el caos

    La segunda ola del Covid y México. Solo nos queda el caos

    La segunda ola del Covid y México. Solo nos queda el caos

    Últimamente me he sentido muy frustrado, ¿saben? La segunda ola (sin que siquiera hubiese terminado la primera en nuestro país) está aterrizando en nuestro país y apenas va a comenzar lo peor, no solo por la naturaleza de dicha segunda ola, sino porque no estamos preparados en lo absoluto.

    La segunda ola es inevitable porque está impactando en prácticamente todo el mundo, pero evidentemente este impacto terminará de variar de acuerdo con la cultura del país en cuestión, el contexto socioeconómico y la calidad de las políticas públicas impuestas ahí.

    Llega, sí, casi al mismo tiempo en que las vacunas van a comenzar a aplicarse, pero el efecto de las vacunas va a tardar unos meses en notarse para toda la población en general. Esto quiere decir que las vacunas no nos van a salvar en el corto plazo. Es como si tu casa se estuviera quemando y tienes la esperanza en que el cuerpo de bomberos se comprometió en llegar en 15 minutos, no te puedes sentir aliviado porque tu casa se va a seguir quemando en lo que llega.

    Mientras la segunda ola comienza a revolcarnos, las camas de los hospitales comienzan a escasear y cada vez más gente morirá porque no había cama ni ventilador, pensamos que nos habíamos salvado de eso, pero no es así.

    Las autoridades terminan obligadas a «suspender» actividades, con el impacto económico que ello implica (y que habría sido menor si, como cualquier país decente hizo, hubiera dado apoyos tanto a personas como a empresas que no dio). Lo nuestro es un caos total.

    Y es que todo falla por todos lados. Si los países más preparados están en un serio aprieto (véase Reino Unido y la nueva cepa que tiene a los ingleses en aprietos) imagínense lo que va a ser para nosotros.

    En nuestro país el Gobierno Federal lo ha hecho mal: no han hecho más que enviar mensajes confusos y contradictorios, no han hecho más que tomar pésimas decisiones de política pública (nos juraron que la estrategia iba a ser evitar la saturación en los hospitales, hasta cifras nos presumían y ahora ni eso). Luego ha habido una terrible descoordinación con las entidades federativas. Cada quien su estrategia. No ha habido nada cercano a un consenso, todos van por su cuenta.

    Mientras esto ocurre, a una gran parte de la sociedad literalmente le vale madre: bodas multitudinarias, grandes posadas, gente que va al tianguis sin cubrebocas. No es que sea el único país en el que pase, hasta en las naciones desarrolladas aparecen esas actitudes de free rider, pero allá al menos hay una autoridad mientras que acá el mismo gobierno alimenta estas conductas y dan incentivos para ellas porque ellos mismos hicieron como que no pasaba nada, López Obrador ni siquiera se molesta en usar cubrebocas, López-Gatell dice en TikTok que no lo cuestionen a él por las actitudes de AMLO que porque él sí usa el cubrebocas cuando en el pasado nos dijo literalmente que no servían.

    Y ante este vacío podríamos pensar que vendría algún liderazgo que trate de llenarlo, pero en vez de ello tenemos a figurines como Salinas Pliego, quien, por cuidar sus ingresos, ha expuesto a sus más de 90,000 empleados y ha utilizado los medios a su alcance (desde los noticieros de TV Azteca hasta su cuenta de Twitter) para invitarnos a no tomar medidas y vivir la vida.

    Claro está, la conspiranoia y el escepticismo absurdo (que claramente se vuelve más agudo cuando las autoridades no hacen bien su trabajo de informar y han perdido su legitimidad para hacerlo) en el que la gente cree que el Covid no existe, que el dióxido de cloro es más efectivo que las vacunas, que hay un plan por parte de Bill Gates para controlar el mundo y demás teorías absurdas,

    Y mientras tanto, diariamente siguen muriendo decenas de personas. Ciertamente, muchas de esas muertes eran inevitables, pero otras podrían haberse salvado si no fuera por la ineptitud del gobierno y la indiferencia de un sector de la sociedad. Los muertos se convirtieron en mera estadística (y ni siquiera están bien contados), parece que se volvieron completamente irrelevantes para la gente (a menos que le toque a un cercano suyo) y, peor aún, para el mismo gobierno que anda concentrado en construir sus obras faraónicas o presumirnos paisajes desde el avión.

    Luego podría pensar que al menos en pocos meses los sectores más vulnerables van a estar vacunados y la mayoría de todos nosotros en unos pocos más. Podría sentirme aliviado porque las elecciones del 2021 son un incentivo para que el gobierno, ahora sí, haga bien su trabajo. Me temo que, debido a las experiencias reiterativas con este gobierno, lo menos que uno puede hacer es guardar profundo escepticismo: sí, el gobierno debe liderar el suministro de vacunas, pero que hospitales privados no puedan comprar por su cuenta las suyas es un completo absurdo, y también lo es que no exista coordinación alguna entre Estado e iniciativa privada para el suministro.

    Por eso solo nos queda el caos. Por eso solo nos queda tomar nuestras medidas de forma personal y privada en un entorno hostil y adverso, y aquí sólo quien tenga la información adecuada (que uno tiene que buscar por sí mismo) tendrá más posibilidades de protegerse contra el virus.