Categoría: sociedad

  • Los meritócratas

    Los meritócratas

    Desde hace algunas semanas, el concepto de meritocracia ha adquirido relevancia en el discurso público (sobre todo en redes sociales). Que si la meritocracia existe, que si no, que si es buena o que si es mala.

    Se entiende como meritocracia aquel orden social que está dado por el mérito: es decir, le debe ir mejor a quien lo merece más. ¿Y quién lo merece más? El que haya puesto un mayor esfuerzo y tenga mayor talento.

    La etimología de esta palabra, que no es otra cosa que un neologismo y que fue acuñado de forma crítica y satírica por el sociólogo británico Michael Young, presenta problemas. Tendría que ser algo así como «el gobierno de quienes tienen el mérito», pero en el discurso más bien trata sobre el ordenamiento social con base en el mérito, no necesariamente quién está gobernando.

    Pero su uso práctico también es cuestionable. Me llama la atención, por ejemplo, que en el discurso público se confunda y traslape el «deber ser» con el «ser». Si el deber ser se pregunta si es deseable un ordenamiento social con base en el mérito, el ser se pregunta si este ordenamiento existe en la práctica.

    Veo muchos decir que «yo creo en la meritocracia», pero en su pronunciamiento suelen confundir e intercambiar estas dos vertientes. Quienes utilizan ese «yo creo en la meritocracia» por lo general suelen oponerse a argumentos que sostienen que el ordenamiento social no está condicionado por el mérito y sí más por factores externos sobre los cuales el individuo no tiene control. Dicen que es deseable que haya un ordenamiento social conforme al mérito, pero a veces parecen intuir que este existe en la realidad, porque sin problemas podría defenderse a la meritocracia desde el deber ser y criticar que esta no existe en la práctica y señalar por qué no existe.

    Por eso es posible ver tanto a oligarcas beneficiarios del poder político como Ricardo Salinas Pliego utilizarla para justificar su posición social en la punta de la pirámide hasta personas que «comenzaron» desde abajo como Xóchitl Gálvez utilizan este concepto con el fin de «dotar de capacidades a los individuos para que salgan adelante».

    El problema es que una meritocracia pura es prácticamente irrealizable y posiblemente podría decirse lo mismo de la ausencia total de meritocracia. La existencia de la meritocracia solo puede entenderse como de grado. Se puede decir «existe algo de meritocracia», «este país tiene más meritocracia que este otro», pero difícilmente podría sostenerse que existe una meritocracia plena o siquiera algo cercano de ello.

    Para que esta exista, es necesario que exista una relación causal preponderante entre mérito con la posición social y no haya otras variables que la estén condicionando o que sean mucho menos relevantes, lo cual es prácticamente imposible.

    Y para que existiera este escenario se necesitaría que todos los individuos partieran desde el mismo punto, es decir, que la pureza de la meritocracia deba ser directamente proporcional a la pureza de la igualdad de oportunidades, algo así como el «velo de ignorancia» de John Rawls que también es irrealizable en la práctica y seguramente no pocos adalides de la meritocracia verían con escepticismo.

    La realidad es que todos partimos de escenarios distintos, tenemos distintas habilidades innatas y contextos distintos que nos pueden dejar en distintas posiciones de acuerdo al contexto en el que estamos insertos: estos van desde la posición socioeconómica hasta algo que en la apariencia puede parecer tan trivial como la aleatoriedad (la suerte). El contexto importa y mucho, y me atrevo a decir que por lo general importa más que el mérito. Por lo general, a los individuos no nos agrada sentir que no tenemos tanto control sobre la realidad como quisiéramos, aunque eso no significa que no tengamos control alguno sobre nuestro destino.

    Después viene otro problema. ¿Cómo medimos el mérito? Por lo general, insertamos ahí al esfuerzo y al talento. El talento es fácil de conceptualizar y tiene que ver con la habilidad que una persona tiene para llevar a cabo una acción dada (donde se entremezclan factores innatos y otros que el individuo puede desarrollar).

    El problema es que el esfuerzo es algo muy complicado de conceptualizar. ¿Cómo se mide el esfuerzo? ¿Por la cantidad de energía y sacrificio que una persona emplea en alguna actividad? ¿Por su disposición a aceptar el «dolor» a cambio de recibir una gratificación posterior? ¿Se puede seguir considerando esfuerzo si el individuo ya está habituado a éste y ya no le pesa, o incluso si ya lo disfruta (como aquellos que son adictos al trabajo?

    Entenderíamos que quien «le sufre más» le va mejor, pero esto no necesariamente se sostiene, sobre todo cuando el individuo se sobreexige: el exceso de trabajo y de gasto de energía puede crear, en ciertos ámbitos, efectos contraproducentes en la psique e incluso en el rendimiento. Importa mucho también a dónde se dirige ese esfuerzo. Es muy posible que un directivo no tenga la capacidad física de emplear el esfuerzo que un albañil emplea en la obra, y sin embargo, al directivo le va mejor que al albañil.

    Posiblemente, podría redefinirse al mérito como la capacidad de crear valor: eso que hago aporta valor a las demás personas, y por más valioso sea me tiene que ir mejor. Hace sentido porque es un concepto toral dentro de las economías de mercado. Sin embargo, la creación de valor nos regresa al punto de partida: ¿genera más valor quien se esfuerza más y tiene más talento? ¿O quien tuvo mayor acceso a la adquisición de herramientas para poder ofrecer valor?

    Pero eso no significa que la meritocracia (en su definición original) no esté absolutamente ausente. Pocos podrían negar que esforzarte y tener talento no te va a llevar a ningún lado. La realidad es que, al menos, puede dejarte en una posición un poco mejor, o aumentar aunque sea un poco las probabilidades de que te vaya mejor. Incluso en un régimen de lo menos meritócrata (digamos, una monarquía absoluta o una dictadura comunista) esforzarte o tener una suerte de talento puede establecer la diferencia entre comer o no comer.

    Dicho todo esto, es imposible crear una meritocracia tal que podamos afirmar que vivimos en ella. A lo mucho, se pueden crear situaciones específicas donde la meritocracia tenga un papel preponderante. Por ejemplo, los exámenes de admisión tratan (aunque solo hasta cierto punto lo logran) crear el proceso de admisión de una forma más meritocrática. Las competencias deportivas y otro tipo de escenarios suelen procurar estos mecanismos.

    Entonces, ¿qué hacer? Sabemos que la meritocracia pura no existe ni podrá existir, pero sabemos que de ahí no se sigue que el esfuerzo y el talento no sirvan, negarlo podría ser pernicioso para la sociedad. Claro, la cultura del esfuerzo debe promoverse porque el individuo aumenta las probabilidades de estar en una situación aunque sea un poco mejor y porque ello también beneficia a la sociedad en su conjunto.

    Simplemente, debemos dejar de pensar que este ordenamiento meritócrata es posible, debemos dejar de pensar que los individuos estamos en tal posición solamente nuestro esfuerzo ignorando el contexto en el que nos encontramos. Esta negación, como bien señala el filósofo Michael Sandel, se puede traducir en una profunda arrogancia por parte de aquellos que pueden sentirse superiores porque creen que «todo fue producto de su esfuerzo».

    En mi particular opinión, debemos pensar que el ordenamiento social debe estar dado por la creación de valor (que, como vemos, no está necesariamente ligado al mérito) ya que el valor genera un mayor bienestar para la sociedad y, al mismo tiempo, deben existir mecanismos o políticas para procurar que aquellos que estén en desventaja lo estén menos y tengan mayor acceso a herramientas y oportunidades para que tengan mayor movilidad social. No vamos a poder garantizar una equidad perfecta, pero sí una situación donde los puntos de inicio de los individuos no sean tan dispares.

    Claro, paradigmas que atentan contra la idea liberal de que todos los seres humanos valemos lo mismo como la discriminación por género, color de piel u orientación sexual y similares deben ser combatidos. De la misma forma, es indispensable que exista un Estado de derecho que conciba a todos los seres humanos como iguales y que ninguno tenga más privilegios frente a la ley que otros. Así mismo, la cultura del esfuerzo debe existir y promoverse aunque aceptemos que esta posiblemente no determine en gran manera el ordenamiento social.

  • La pedagogía del opresor, o los libros de la SEP contra los niños neoliberales.

    La pedagogía del opresor, o los libros de la SEP contra los niños neoliberales.

    Con los nuevos libros de texto les han quitado las matemáticas a las niñas y a los niños mexicanos, dejándolos sin el instrumento lógico y conceptual esencial para enfrentar los desafíos en su vida en la era moderna. Los nuevos libros de texto gratuitos son una traición a Freire.

    Luz de Teresa, Investigadora del Instituto de Matemáticas de la UNAM y expresidente de la Sociedad Matemática Mexicana

    Para el régimen. la función de la educación no es formar capital humano para el mercado.

    Claro, esa no debería ser la única función de la educación. Esta, a mi parecer, tendría que tener una visión más holística y debería ayudar a formar a la persona como tal, no solo en el ámbito productivo.

    Pero esta formación ciertamente debería de dotar de capacidades al individuo para integrarse al área productiva para que tenga una mayor movilidad social y contribuya a la economía de su país. De algún lado el individuo tiene que producir para comer y poder satisfacer sus necesidades materiales.

    Al notar este desprecio por la matemática en estos libros de texto, recordé el trend de #RosaPastel donde muchos jóvenes se sentían frustrados porque su vida laboral les parecía decepcionante con respecto de las expectativas que ellos tenían. Mucho de ello, decía, se explicaba porque la mayoría de los estudiantes no adquieren las habilidades necesarias para optar por carreras que tienen una mejor perspectiva (ingenierías y similares) en lugar de profesiones que adolecen de una profunda sobreoferta.

    El problema es que los avances tecnológicos de nuestros tiempos crearán mayor demanda de estos perfiles que nuestro sistema educativo (no solo público) no está siendo capaz de crear. Es decir, si el rezago en matemáticas siempre ha sido un problema en nuestro país, este se va a agravar cuando las matemáticas se vuelvan más importantes.

    Y este es el caso de estudiantes donde una gran parte tienen el privilegio de estudiar en escuelas privadas, cuyo nivel tampoco es para presumir, pero que tienen cierta libertad sobre qué materiales y qué cosas les van a enseñar a los alumnos. Ahora imagínense a los niños que tienen que estudiar en escuelas públicas que van a recibir una dosis ínfima de matemáticas y ciencias exactas en el aula.

    Es decir, contrario a los deseos del famoso pedagogo Paulo Freire, en el cual supuestamente está inspirada esta currícula y cuyo pensamiento ya data de hace más de 60 años, los nuevos textos no ayudarán a emancipar a las nuevas generaciones. La ausencia de matemáticas les dará menos margen de acción, no sólo para encontrar trabajo, sino para poner un negocio o hasta trabajar en áreas cuantitativas necesarias tanto en la iniciativa privada como en el servicio público. Por el contrario, estos textos buscan hacer de los niños a seres más dependientes ideológicamente del régimen de tal forma que se conviertan en instrumento para transmitir y perpetuar su ideario en el colectivo mexicano.

    Es cierto que la educación lleva necesariamente alguna dosis de adoctrinamiento. Es imposible que no exista ya que es imposible educar a los niños desde una postura completamente neutra sin un «deber ser» detrás del diseño de la currícula. En las escuelas confesionales se adoctrina a los niños con fundamentos religiosos, en otras con una visión más liberal y en la pública con la doctrina gubernamental.

    Pero dentro de esta imposibilidad, hay educaciones que forman a individuos más libres que otros y sobre de ello habría que hacer esta distinción. Existen, a su vez, doctrinas más nocivas que otras y hay poderes políticos que buscan controlar ideológicamente más a sus gobernados que otros.

    Lo que ha hecho este régimen sí se ha volado la barda.

    Básicamente, quieren imponer el ideario personalista del presidente en las nuevas generaciones combinado con algunas pinceladas marxistas y otras nostálgicas orientadas hacia el sur. No podría decirse que son «libros comunistas» como algún periodista está sugiriendo, pero sí parte, en cierta medida, de conceptos y paradigmas ya caducos más propios del siglo pasado y que la izquierda populista latinoamericana ha tratado de rescatar.

    El obradorismo está ahí: en el libro se nos dice que hubo fraude en el 2006, que el neoliberalismo (en la particular definición de López Obrador) está mal y un diverso cúmulo de ideas que se han repetido hasta el cansancio en los libros y los discursos de López Obrador: incluso se propone a las niñas y niños hacer asambleas con todo el sabor y estilo de MORENA. No se hace mención explícita al presidente, pero sí a su ideario.

    Por ejemplo, con un ejercicio de text mining que hice utilizando los libros de secundaria, encontré que estos preceptos aparecen con la siguiente frecuencia (es el total de palabras utilizadas en los 4 libros dividido entre 4):

    • Neoliberalismo: 13
    • Democracia: 12.75
    • Desigualdad: 9.75
    • Privatización: 3.75
    • Soberanía: 2.5
    • Conservadores: 2.5
    • Matemáticas: 2.25
    • Adversarios: 0.5

    Conceptos como «neoliberalismo», «privatización», «soberanía» y «conservadores» forman parte del discurso de López Obrador y aparecen recurrentemente en el libro, incluso más que la palabra «matemáticas» que apenas aparece poco más de dos veces por libro. Aproximadamente, por cada vez que aparece el término matemáticas, el de neoliberalismo aparece cinco veces. Este «adoctrinamiento» ocurre con mayor énfasis en los libros dirigidos a los maestros.

    Mi intención no es analizar la pedagogía de estas obras porque no soy un experto en el tema y creo que otras personas pueden hacer un análisis mucho mejor al mío, sin embargo no se necesita hacer un análisis complejo para ver los nocivos efectos que estos nuevos libros van a tener en las nuevas generaciones.

    El enfoque ideológico de estos libros presume ser comunitario e igualitario; sin embargo, condenará a las nuevas generaciones a lo contrario. Me explico:

    La niñas y niños que acuden a la escuela pública tienden (aunque no siempre) a asistir ahí porque no tienen la alternativa de acudir a una institución privada. Ello quiere decir que su capacidad económica es menor y suelen encontrarse en los deciles más cercanos a la base de la pirámide socioeconómica.

    Una izquierda moderna que diga buscar la igualdad debería dotar a estas personas de habilidades para que tengan una mayor movilidad social, pero justo están haciendo lo contrario. Esta degradación de la calidad de la educación (que ya de por sí es mala) va a crear una brecha mayor entre aquellos que asisten a la escuela pública y aquellos que van a la escuela privada. Ello necesariamente va a crear una mayor desigualdad con el tiempo.

    El problema es que los nefastos efectos que estos cambios en la currícula van a tener no se van a notar en el corto plazo. Actualmente, el oficialismo hasta presume de cierta reducción de la desigualdad. Pero, con el pasar de los años, cuando los niños que hoy asisten a las primarias y secundarias públicas tengan que buscar trabajo en un mundo cada vez más «tecnologizado» más llenos de expertos en ciencia de datos, robótica o inteligencia artificial y se vean imposibilitados de participar, ello tendrá repercusiones nocivas en la propia economía: un país sin capital humano incapaz de generar riqueza para, a su vez, generar mayor bienestar en la población.

    Y un niño que tiene menos educación, que está en desventaja y tiene menos habilidades es, necesariamente, un niño «menos emancipado» y más esclavizado por sus circunstancias.

  • #RosaPastel ¿Por qué los profesionistas están frustrados?

    #RosaPastel ¿Por qué los profesionistas están frustrados?

    En las redes hay un trend llamado #RosaPastel que consiste en que los jóvenes expresen su frustración porque, pocos años de haber egresado, la realidad no está cumpliendo con sus expectativas.

    Así, el que hace dos años se graduó como psicólogo o arquitecto se encuentra manejando un Uber, o la persona que quería crear una empresa y dar empleo a cientos de personas está trabajando como godín.

    Me llama la atención porque 1) porque no me parece que sea algo nuevo o algo exclusivo de estas generaciones: cuando salí al campo laboral hace poco menos de veinte años la realidad no era muy distinta y 2) porque esta frustración habla de de una cultura y unos hábitos (vicios) que hemos estado replicando y que no son consistentes con la realidad.

    Voy a dar por sentado que el panorama socioeconómico no es el óptimo (aunque no recuerdo si alguna vez lo ha sido, sobre todo en los países del tercer mundo como el nuestro): vivimos en un país con mucha desigualdad, poca movilidad social, es más difícil adquirir vivienda que en el pasado y las nuevas y no tan nuevas generaciones no van a tener una generosa pensión (aunque, por supuesto, existe la alternativa de poder ahorrar o comprar un plan de retiro). A esto se agrega que, en muchos casos, la oferta de estudiantes de muchas carreras sobrepasa la demanda de puestos de trabajo para los nuevos profesionistas. Un panorama no mucho más desolador que el que nos tocó a la generación X, pero que existe y ahí está.

    Al tiempo que el contexto es este, a los estudiantes se les vende la idea de que van a salir y van a tener el trabajo que quieren, puestos gerenciales y hasta el trabajo de sus sueños. Esto es terrible en un contexto se sobreoferta de estudiantes que adquieren habilidades que los motiva a inscribirse en «carreras de moda» y sobresaturarlas (ya saben, psicología, mercadotecnia y un largo etc), pero que no alcanzan las habilidades en STEM porque nuestro sistema educativo es magro de tal forma que suelen rehuir de profesiones «ingenieriles» que suelen tener una mejor perspectiva: ya saben, la gente cree que es mala en matemáticas cuando más bien no se las enseñaron bien.

    Muchos de los videos que observé en el TikTok tienen que ver mucho con esto: un problema de expectativas no satisfechas. Los egresados tenían una idea de que iban a comerse el mundo, que con ese entusiasmo todo iba a darse de forma automática: tuve buenas calificaciones, salí al mercado laboral, le eché ganas y ¡voila! Ya tengo mi empleo-empresa-negocio soñado.

    Pero, evidentemente, esto no va a ocurrir así. Incluso, en un contexto más favorable, las trayectorias profesionales suelen construirse paulatinamente y, como se suele decir, se empieza picando piedra.

    Los egresados se sienten fracasados porque, al no encontrar empleo, tuvieron que ponerse a trabajar en algo que no tenía nada que ver con su carrera porque tenían que sacar para los gastos. Estos egresados, que se encuentran al inicio de una larga trayectoria laboral, sienten que fracasaron como personas y comienzan hasta a dudar de sus capacidades, cuando no es así.

    El problema es que hemos construido una cultura de la inmediatez donde queremos todo ya, y a esto se le agrega que le hemos dicho a las nuevas generaciones que son especiales y merecedoras de todo. Los profesionales se sienten defraudados porque en la facultad tenían muchos dieces y el mercado no se los está recompensando. Aquí hay muchísimos malentendidos que hace que los jóvenes se crean expectativas demasiado altas.

    La realidad es que cuando sales a la vida real te das cuenta que las calificaciones sirven de prácticamente nada.

    Y ojo, no estoy sugiriendo que los estudiantes no se esfuercen en el aula, por el contrario.

    Y mucho menos sugiero que no estudies, como por ahí lo proponen algunos pseudo-gurús.

    Sin embargo, la forma de trascender tiene que ver con la capacidad de crear valor: ya sea a tus clientes, a la empresa para la que trabajas. Por más escaso y más valioso sea aquello que ofreces, mejor recompensado serás.

    Y eso difícilmente se mide con una calificación. Las calificaciones no suelen medir de forma precisa el conocimiento que adquiriste en el aula y, peor aún, menos dicen sobre tu capacidad de aplicar dicho conocimiento a situaciones reales que suelen ser diferentes que incluso las versiones simuladas que se utilizan en las universidades más costosas.

    Además, están las habilidades blandas que suelen subestimarse e incluso ignorarse hasta que uno se da cuenta de cuán necesarias eran. Desarrollar habilidades sociales mínimas para hacer contactos puede marcar una diferencia importante, saber cómo tolerar la frustración y postergar el placer es muy importante, trabajar mientras se estudia también es crucial.

    A 20 años de haber egresado de la facultad, aprendí que la vida profesional suele ser mucho más compleja, llena de matices y vaivenes: en mi caso, de muchos detours.

    ¿Qué le habría dicho mi yo de 40 años a mi yo de 20 años?

    No eres especial. Todos partimos de ser unos don nadie. El ser especial se gana y se construye, y no se le puede exigir al mundo que te trate como tal.

    La trayectoria profesional no es lineal e incluso lo es mucho menos que en los tiempos de nuestros padres: más bien suele ser caótico. Por ello no te aferres a que tu profesión deba ser lineal o deba ajustarse a tus expectativas iniciales, lo más probable es que sea distinto a lo que te imaginabas en un principio.

    Cualquier circunstancia, hasta la menos sospechada, es un aprendizaje. Un egresado de mercadotecnia seguramente se sentirá frustrado porque no encontró trabajo como analista de mercado y tuvo que ponerse a manejar un Uber. Como conductor de Uber aprenderá sobre servicio al cliente que le podrá ser útil en su crecimiento profesional.

    Actualízate constantemente. El aprendizaje no terminó en la universidad. Mantente al tanto de las tendencias de tu profesión: allá afuera hay cursos en línea, diplomados, talleres o hasta maestrías.

    Aprende cosas que no son de tu profesión pero pueden estar relacionadas o pueden crear nichos de valor. Constantemente observo cómo muchos profesionistas se concentran en su profesión como si no hubiera nada más allá, pero son justo los que adquieren otras habilidades que en principio parecen ajenas a su carrera que les terminan dando un perfil único y más escaso que el mercado valora más.

    ¿Qué te gusta hacer? ¿Para qué eres bueno? ¿Y qué de ello es demandado? Y no necesariamente será tu carrera universitaria la que responda esas preguntas sino la experiencia posterior. Si logras descubrir aquello que conteste positivamente estas tres preguntas, estarás en una muy buena posición para impulsarte profesionalmente.

    Contactos, contactos, contactos. Aprende a socializar. No tienes que ser un mirrey antrero ni tienes que fingir que eres extrovertido cuando no lo eres, pero sí debes desarrollar las mínimas habilidades sociales para que puedas conocer gente y crear relaciones. Y esta labor no se limita a las relaciones físicas. Las relaciones virtuales por medio de plataformas como LinkedIn pueden ser un complemento al primer tipo de relaciones.

    Fracasar es normal. Puede pasar que abriste un negocio y quebró, que no diste el ancho en un empleo y te corrieron. Mucha gente suele frustrarse cuando eso pasa, pero es parte de la vida y todo ello es parte del aprendizaje. Permítete fracasar.

    Profesionalidad, ética y esfuerzo. Siempre haz tu mejor esfuerzo, sé una persona honrada, confiable y profesional. A veces, incluso haciendo las cosas bien, los conflictos profesionales, malos entendidos y tragos amargos pueden surgir. Si no haces las cosas bien, tu honor y reputación como profesionista pueden venirse abajo, y en este escenario tener muchos contactos terminará siendo hasta contraproducente porque tu mala fama se propagará con mayor facilidad.

    Es válido cambiar de profesión. Mucha gente teme cambiar de profesión y se aferra neciamente a ella. La realidad es que tendemos a elegir nuestra carrera universitaria cuando todavía no terminamos de saber lo que queremos y es muy posible que la experiencia nos diga que es más conveniente darle por otro lado. Recuerda las preguntas ¿Qué te gusta hacer? ¿Para qué eres bueno? ¿Y qué de ello es demandado? La buena noticia es que haber elegido esa profesión que has decidido dejar no será en vano, incluso podrá ayudar a complementar la nueva profesión que has decidido elegir.

    Imagina que estudiaste mercadotecnia,, y por alguna razón, descubriste que lo tuyo es la creación musical. Bueno, tus conocimientos en mercadotecnia ayudarán a que sepas vender de mejor forma los contenidos que estás creando.

    Piensa a futuro. Muchos jóvenes quieren salir de la carrera con un buen sueldo. Al principio el sueldo es lo menos importante, lo más importante es la experiencia que vas a ganar. Y eso me lleva al siguiente punto.

    Crea valor. De nuevo, parte de las preguntas ¿Qué te gusta hacer? ¿Para qué eres bueno? ¿Y qué de ello es demandado? De ahí, pregúntate, ¿qué puedo ofrecer que la gente o el mercado necesite y que haga de forma especial de tal forma que sea muy valorado? Aunado a ello se suman muchas de las cosas que mencioné, como actualizarte y estudiar constantemente para que sigas siendo igual o más valioso y tratar de crear un perfil único que sea escaso en el mercado. Asimismo, sé una persona honesta y ética en la cual la gente pueda confiar.

    Tu estado mental y físico. Si tienes algún problema que afecta tu salud mental, no dudes en ir a terapia y buscar ayuda. De la misma forma, aliméntate bien, duerme bien y ejercítate constantemente. Eso va a influir sobremanera en tu desempeño profesional. De la misma forma, adquiere el hábito de la lectura (y no tiene que ser literatura afín a tu carrera necesariamente) y busca hobbies: no es nada raro que de los hobbies surjan algunas ideas profesionales.

    Conclusión

    Nadie dijo que la vida ni el crecimiento profesional sería fácil. Es innegable que algunos parten de una posición más privilegiada que otros, es innegable que el contexto socioeconómico ejerce una fuerte influencia sobre nuestras aspiraciones profesionales. Sin embargo, como profesionistas, los individuos siempre tenemos un margen de acción sobre el cual podemos incidir.

    Si tienes poco tiempo en el mundo real y tus expectativas quedaron muy altas, piensa que te falta mucho tiempo como para frustrarte y dudar de tus capacidades, muchas cosas pueden y van a pasar. Si hoy manejas un Uber y ello no te gusta, piensa que no siempre va a ser así, apenas estás iniciando en esto. Mantén siempre la mente abierta.

  • ¿Sí podía saberse?

    ¿Sí podía saberse?

    No somos seres racionales que nos emocionamos, somos seres emocionales con capacidad de razonar

    Humberto Maturana

    Ahí en las redes sociales, y sobre todo en Twitter (para variar), hay una férrea, acalorada y polarizante discusión sobre la «responsabilidad» que tienen aquellas personas que votaron por López Obrador y hoy se arrepintieron.

    Esta se desató básicamente por algunas columnas publicadas como las de Genaro Lozano o la de Jorge Volpi (quien tuvo la osadía de señalar a los opositores como principales culpables de la desgracia de este gobierno). En ellas, hay una insistencia en deslindarse del hecho de que su voto en las urnas pudo no haber sido la mejor achacando todo a la idea de que fue López Obrador quien traicionó a todos, se traicionó a sí mismo y se «derechizó».

    De aquí salieron varias discusiones. Unas señalan la arrogancia de estos periodistas e intelectuales quienes, por medio de sus columnas, parecen afirmar: «yo no me equivoqué porque soy inteligente, fue AMLO el que me traicionó». Otras van más allá y hasta responsabilizaron a los que votaron por AMLO de la desgracia, como si no fuera suficiente arrepentirse sin ser sometidos al paredón.

    Estas discusiones siempre tienden a gravitar a la siguiente pregunta: ¿sí podía saberse? ¿Si podía deducirse que el gobierno de López Obrador sería tal y como lo estamos viendo?

    El tema es complejo y requiere matices. Es cierto que los seres humanos somos torpes para pronosticar el futuro. Son tantas las variables inmiscuidas que nuestra mente simplemente no tiene la capacidad de hacerlo, pero ello no quiere decir que no podamos hacer algunas aproximaciones que puedan incrementar la probabilidad de que hagamos una buena elección. De lo contrario, votar por un político sería prácticamente lo mismo que seleccionar a uno de forma completamente aleatoria.

    Por ejemplo, el sujeto que va a elegir entre las distintas opciones puede estudiar los patrones que un dado político muestra, ya sea de su personalidad, su trayectoria política, su rectitud, sus convicciones ideológicas. Cuando se analizan estas características en retrospectiva y se compara con la forma en que el político elegido está gobernando, se verá que hay cosas que sí empatan. Hay alguna coherencia entre el hecho de que AMLO haya mandado al diablo a las instituciones y no haya reconocido derrotas con su afán de destruir instituciones autónomas y concentrar la mayor cantidad de poder. De igual forma, a nadie sorprende que Trump haya desconocido el triunfo de Biden si se analiza su discurso populista y polarizante.

    Cuando la gente va a votar, tiende a ser más emocional de lo que está dispuesta a reconocer. Si la gente no tiene el tiempo (y ni la capacidad cognitiva) de analizar a cabalidad todas las variables, entonces estará limita a utilizar atajos heurísticos que le ayuden tomar una decisión acertada y los cuales están condicionados por preferencias ideológicas, suposiciones, prejuicios y demás, así como por diversos impulsos emocionales producto de su entorno. Claro está, por menos preparado esté el sujeto en cuestión o menos interés tenga en el asunto, los atajos heurísticos serán más simples o frívolos, y por más lo esté, tenderán a ser más sólidos, pero siempre de alguna u otra forma falibles.

    Como los atajos heurísticos siempre pueden fallar a no, es posible que un atajo heurístico más sólido falle en tanto otro más débil no lo haga. Por ejemplo, una persona que haga una sobresimplificación del siguiente tipo «AMLO es de izquierda, nos va a convertir en Cuba y nos va a quitar nuestras propiedades, ergo, no voto por él» podrá decirse que hizo una buena elección al no votar por él, pero ello no significa que haya hecho una elección medianamente razonada. Por el contrario, sabemos que está equivocada porque no hay señales de que nos estemos convirtiendo en Cuba.

    En cambio, una persona que votó por López Obrador al razonar que la clase política vigente está muy corrompida (lo cual es cierto) y que López Obrador representaba la única alternativa de cambio (lo cual es parcialmente cierto) podrá decir que llevó a cabo un razonamiento un poco más sólido que el primero (tampoco es que mucho), pero, a diferencia del primero, se arrepintió. Posiblemente la molestia que tenía con el estado de cosas actual o sus inclinaciones ideológicas hicieron que tomara menos en consideración las alertas (red flags, como se dice popularmente ahora) que empataban con aquello que hoy le molesta.

    Es cierto que habían varias señales que podían sugerir lo que hoy está ocurriendo. Tal vez con excepción de la militarización y el ataque a la ciencia, había referencias a la forma actual de gobernar de López Obrador y es cierto que estas se subestimaron. A pesar de ello, me parece un despropósito culpar a las personas que votaron por López Obrador por lo ocurrido dado que:

    • No hubo algún dolo en su forma de votar y no deseaban que ocurriera lo que hoy ocurre (tal vez con excepción de quienes se «arrepintieron» porque no les dieron lo que les prometieron desde el poder).
    • Se diluye la responsabilidad que debe recaer sobre el Presidente, su gobierno y quienes aplauden sus actos.
    • En una democracia la gente es libre de votar por quien quiera e incluso de equivocarse.

    Pero, sabiendo que existían varias señales que empatan con la forma de gobierno actual, podemos deducir que su elección no fue la más acertada y que la configuración de los atajos heurísticos de los votantes hoy arrepentidos falló. Algunos opinadores e intelectuales se niegan a reconocerlo ya que consideran que eso pone a su prestigio en tela de juicio y por ello han decidido asegurar que fue AMLO el que se traicionó a sí mismo y el que se «derechizó». Debe señalarse que no aceptar ello implica no retroalimentarse de su decisión, lo cual evitará que tengan un mayor conocimiento en elecciones futuras con el riesgo de ser proclives a volver a optar por personajes similares, ya que si «AMLO se traicionó» entonces fue producto de su voluntad y solo se necesitaría, ceteris paribus, que el nuevo político tenga otra voluntad diferente para sí ser ese «socialdemócrata danés».

    Otra cosa es que aquellos que «acertaron» no votando por AMLO también pueden ser proclives a fallar y arrepentirse en un contexto dado porque también operan bajo atajos heurísticos. Que hayan «acertado» esta vez y en este contexto no implica que lo hagan en el otro. Incluso es posible que en otro contexto dado, quienes fallaron acierten (que en retrospectiva piensen que su voto fue el correcto) y que quienes acertaron fallen (que se arrepientan de su voto).

    Las únicas personas que nunca correrán el riesgo de fallar en absoluto son aquellas que sepan abstraer a cabalidad todas las variables y logren neutralizar por completo sus emociones e inclinaciones ideológicas: o sea, nadie.

  • El fin del mito de Dalai Lama, o por qué Game of Thrones es la versión posmoderna del Señor de los Anillos

    El fin del mito de Dalai Lama, o por qué Game of Thrones es la versión posmoderna del Señor de los Anillos

    Los seres humanos entendemos el mundo a través de relatos. Es gracias a ellos que somos capaces de poder dar forma y simplificar una realidad que suele ser demasiado compleja y caótica para nuestra capacidad de entendimiento. A través del relato podemos navegar en la realidad sin ahogarnos.

    Los seres humanos construimos una identidad tanto personal (el relato de mi vida) como social, nacional, cultural, internacional gracias a los relatos que nos contamos, y, a través de ellos, es que le damos sentido a la existencia de instituciones, organizaciones, naciones y demás forma de organización humana.

    Pero dichos relatos suelen, en el mejor de los casos, ser imprecisos. Por ejemplo, el relato de nuestra vida personal está ligada a nuestra memoria, la cual no necesariamente almacena una réplica exacta de lo acontecido sino que, además de numerosas cuestiones orgánicas, está afectada por sesgos implícitos que van desde un sesgo de selección (recordamos lo que consideramos más importante y olvidamos muchas otras cosas que consideramos no son importantes pero que podrían ser lo suficiente relevantes para explicar nuestro pasado de mejor forma) hasta el hecho de que solemos hacer una «reinterpretación de lo sucedido» que está condicionado por creencias, paradigmas y demás subjetividades. Basta ver cómo recordamos un acontecimiento en diferentes etapas a lo largo del tiempo, cómo es que no lo recordamos de la misma forma y lo reinterpretamos una y otra vez. Esto, sin mencionar las afectaciones y traumas psicológicos causados por los propios eventos del pasado que tergiversan la forma en que evaluamos aquellos hechos. ¿Es más importante recordar los hechos de forma objetiva, o recordar cómo es que los vivimos y sentimos al respecto?

    En cuanto a los relatos colectivos, pasa algo parecido. Ya no se trata de un fenómeno psicológico sino sociológico (aunque lo psicológico nunca termina de estar ausente porque no dejan de ser mentes humanas las que, intersubjetivamente, interpretan el pasado) y uno donde las dinámicas de poder cobran gran relevancia. Si en lo personal, nuestra historia le da forma a nuestra identidad, lo mismo pasa con las organizaciones colectivas. La razón de ser de un país o una institución no solo tiene que ver con la función que cumple dentro de una comunidad dada, sino que es explicada y justificada por su historia, o más bien por el relato que nos contamos y el que consideramos como «la historia».

    En la construcción de organizaciones colectivas, desde aquellas más nobles hasta las más inhumanas, existen dinámicas de poder: quienes forman parte (en todos los niveles) depositan un interés personal en ellas. Personalmente consideran que es de su conveniencia pertenecer a ellas en vez de no hacerlo (aunque en la realidad esa creencia no siempre esté sustentada). Básicamente se trata de un esfuerzo colectivo que implica cierta cooperación para satisfacer las necesidades individuales. Dado que muy rara vez las organizaciones colectivas son completamente horizontales y siempre muestran algún grado de jerarquía, entonces las diferentes personas tienen diferentes roles que no solo se explican por la función que su rol funge, sino por las distintas necesidades de los propios individuos que tratan de ser satisfechas por los distintos roles.

    Para que la gente decida ser parte de una organización o interactuar con ella, esta debe tener cierta cohesión, la cual no solo se construye a través de las estructuras organizativas y operacionales, sino a través de los relatos. Esto se vuelve muy importante cuando la organización en cuestión es lo suficientemente grande como para que la proximidad de las relaciones personales no puedan sostenerla. Dichos relatos explican el por qué de la organización, por qué es importante, por qué es valiosa y por qué un individuo debería formar parte de ésta. Sin un relato, una organización no se sostiene.

    Entonces, dado que los relatos son importantes para mantener una cohesión dentro de alguna organización, se vuelve indispensable construir uno lo más atractivo posible para que los individuos se sientan identificados con éste. Las aventuras idílicas, los héroes y los mitos funcionan muy bien en este sentido y está en el interés de quienes ostentan el poder de la organización dada promoverlos.

    Así, aparecen en escena los héroes de la patria, las figuras políticas o religiosas a las que se les adjudica una benevolencia suprahumana. Quienes conforman o aspiran a conformar el statu quo engrandecen a ciertos personajes y satanizan a otros porque dicha configuración los coloca en un mejor lugar. Esta práctica ocurre tanto en las más sangrientas dictaduras como en las democracias más plurales. En las organizaciones siempre existirá una minoría que ostente gran parte del poder (ateniéndome al principio de Pareto) y esa minoría, ya sea política, económica, intelectual o de cualquier otra índole, buscará mantener el estado de cosas en tanto las mayorías formarán parte de porque consideran que pertenecer les conviene. La minoría entonces debe persuadir a las mayorías para que pertenezcan y la legitimen.

    Aquellas mayorías pertenecen no sólo por razones instrumentales sino por una cuestión de identidad: yo «soy mexicano», yo «soy católico», yo «soy de Occidente» o «yo trabajo para Google» y ello implica compartir de alguna u otra forma el relato que sostiene a la organización. ¿A qué viene esto el Dalai Lama?

    Nuestros tiempos se caracterizan por la deconstrucción de estos personajes y relatos. Nosotros, como contemporáneos, nos hemos vuelto más escépticos ante estos elementos que sostienen los pilares de las organizaciones, sobre todo en su versión más idealizada y mitificada. Nos hemos preguntado si su mitificación o idealización corresponde con los hechos y nos hemos dado cuenta de que por lo general no ocurre así. Hemos descubierto que la realidad dista de aquella clara distinción entre el bien y el mal típica de obras como El Señor de los Anillos y se parece más a Game of Thrones donde no existe una clara distinción y donde los matices abundan.

    Incluso, el acto de mitificar se ha convertido en un defecto. Criticamos a quienes adulan e idealizan exageradamente a algún político o líder religioso; asumimos que están (auto)engañados, cuestionamos su criterio.

    El lamentable acto del Dalai Lama implica la destrucción de un mito. ¿Cómo una persona tan elevada y tan sabia es capaz de cometer un acto aberrante? Muchos se preguntan. Tal vez la respuesta resida en que, en esa mitificación, suele omitirse que se trata de un simple ser humano tan imperfecto como nosotros y hecho de la misma materia que nosotros y que, por lo tanto, puede fallar. Tal vez las personas que idealizamos como perfectas no lo sean tanto y algunas incluso sean capaces de decepcionarnos profundamente.

    Muchos de esos relatos que nos contamos están llenos de esas imperfecciones e inconsistencias. El individuo contemporáneo, al ser más escéptico, será más exigente al respecto. Ello puede ser algo paradójico. Si la gente tiene mayor capacidad o disposición para comprender que los ídolos y mitos no lo son tanto, si la vara «está más alta», entonces será un tanto más difícil construir relatos para levantar y sostener organizaciones porque dichos relatos serán sujetos a cuestionamientos que el propio relato tendrá que saber responder para sostenerse.

    ¿Cómo crear relatos e historias que den cohesión a las organizaciones humanas en un estado donde los individuos abordan con escepticismo dichos relatos? Es una duda muy razonable en tiempos donde la gente ya no cree en los políticos ni en la democracia en un tiempo en el que, paradójicamente, nuestra especie puede presumir estar, con algunos bemoles, en el mejor punto histórico de su desarrollo.

  • Norma Lizbeth, el bullying y el contexto

    Norma Lizbeth, el bullying y el contexto

    Norma Lizbeth, el bullying y el contexto

    Las redes sociales se estremecieron porque una niña llamada Azahara Aylín de 14 años golpeó con una piedra a Norma Lizbeth mientras sus compañeras y compañeros grababan y se reían. Esta agresión le ocasionó lesiones que provocaron su muerte días después. Norma ya había alertado que sufría de bullying por parte de sus compañeras y compañeros en la escuela. A pesar de eso, las agresiones siguieron hasta derivar en esta tragedia.

    Naturalmente, este hecho generó indignación en las redes sociales así como un debate sobre qué tanta responsabilidad tiene Azahara sobre la muerte de Norma Lizbeth. Como suele ocurrir, el debate tiende a polarizarse: hay quienes tratan de reducir el asunto a la responsabilidad que Azahara tiene y otros la presentan como una víctima de sus circunstancias. La realidad es que este asunto tiene muchos matices y hay que comprenderlos para evitar que este tipo de tragedias sigan ocurriendo.

    ¿Qué tan responsable es Azahara?

    Azahara es una niña que tiene 14 años, una niña que todavía no ha terminado su desarrollo cognitivo, que tiene menor control sobre sus emociones que una persona adulta y que no necesariamente tiene plena conciencia sobre sus actos como lo tiene un adulto maduro. También es cierto que, a esa edad, una persona ya tiene la capacidad de discernir entre lo que es bueno y malo. Ya sabe que agredir a una persona con una piedra es un acto reprobable y, aunque es posible que su intención premeditada no haya sido privar a Norma de su vida, sabe que golpearla con una piedra podía poner en riesgo su integridad.

    Responsabilidad hay, pero es claro que no puede juzgarse de la misma forma que un adulto. Como Azahara no tiene un desarrollo cognitivo pleno, sus padres tienen tutoría sobre su persona y todavía no está en condiciones de recibir la ciudadanía. En ello, se reconoce que la autonomía de Azahara es menor y por tanto debe estar bajo la tutela de alguien más. Ello explica que posiblemente su crimen sea castigado con cinco años en un reformatorio y poco más.

    El contexto

    Todos los seres humanos somos, en mayor o menor medida, hechuras de nuestro entorno. Si bien, creo que tenemos cierto margen de libre albedrío y cierta autonomía a la hora de tomar decisiones, el entorno nos condiciona más de lo que quisiéramos reconocer. ¿Seríamos las mismas personas si hubiésemos nacido en otra familia, en otra clase social, en otro país, si nuestra carga genética hubiese sido distinta? Lo dudo bastante.

    Incluso, yendo a un extremo, existen casos de personas que han mantenido conductas antisociales y criminales producto de alguna lesión cerebral, las cuales han desaparecido por completo en tanto dicha lesión ha sido removida. ¿Qué tanta responsabilidad podemos adjudicar a dichas personas por sus crímenes? ¿Podemos decir que se tratan decisiones conscientes?

    A menos que ocurriera el remoto caso de que Azahara fuera uno de estos, a ella podríamos colocarla en un punto intermedio. Ella tiene cierta capacidad de autonomía, pero esta es menor a la de un adulto. Si bien, todos estamos relativamente condicionados por el entorno, en tanto la autonomía de un individuo sea menor el entorno o el contexto importan proporcionalmente más.

    Si ella está bajo la tutela de sus padres, quienes además encargan parte de su desarrollo a una escuela o sus maestros, sabemos que gran parte del contexto están representados por estos agentes quienes deberían encargarse de guiar a Azahara por el buen camino y dotarle de una serie de valores éticos y morales para que sea una persona de bien.

    Claro, podemos irnos más profundo y comprender que el efecto del contexto en el que está inserta una persona es mucho más complejo. Como explica Gabor Maté en su libro the Myth of Normal, el hecho de que una persona padezca ciertas enfermedades o tenga ciertos problemas psicológicos se explica no solo por su contexto inmediato, sino por uno que tiene muchas ramificaciones que nos obligan a desplazarnos mucho tanto en la vertiente espacial como en la temporal: Por ejemplo: si los papás fueron ausentes, el contexto tuvo cierta influencia sobre de ellos para que fueran ausentes.

    El falso dilema

    En estas discusiones polarizantes, suelen tomarse posturas como si fueran mutuamente excluyentes: si hablas del contexto niegas la responsabilidad, si hablas de la responsabilidad niegas el contexto. Las distintas posturas políticas tienden dar peso a una variable que la otra y en las redes la postura contraria siempre suele tacharte de «insensible».

    Y esto ocurre porque la gente tiende a querer explicaciones más bien fáciles a fenómenos que son complicados, pero conformarse con una explicación simplona necesariamente traerá resultados funestos. Si me fuera a un extremo y redujera el fenómeno a un discurso de responsabilidad, entonces desdeñaría completamente el entorno y esto seguiría ocurriendo, aún cuando aumente las penas (porque una niña, al tener menos conciencia de sus actos, naturalmente tendrá menos conciencia sobre la pena que puede recibir). A su vez, si explicara todo por el entorno, entonces tampoco podría juzgar a sus padres, ni a sus abuelos ni a nadie y así ad infinitum porque cada agente en la extensa cadena sería exclusivamente producto de su propio entorno.

    La realidad no es binaria ni excluyente. Por ejemplo, se discute si Azahara es victimaria o es víctima de sus circunstancias, pero pocos reparan en que puede ser las dos cosas al mismo tiempo. Azahara es víctima ya que, como menor de edad, seguramente tuvo problemas familiares, padres ausentes o violentos, una escuela que no le puso atención. Vaya, cosas que no dependen de ella. A la vez, como reconocemos que, a pesar de todo esto, tiene cierto margen de autonomía sobre sus decisiones, también es victimaria y, en tanto victimaria, merece un castigo (naturalmente menor al de un adulto dadas las consideraciones que mencioné anteriormente y que es como está estipulado en la ley).

    Conclusión

    ¿Se debe responsabilizar en su justa medida a la victimaria? Sí, en tanto tiene cierto margen de autonomía. ¿Se debe comprender su contexto y este debe considerarse tanto para determinar el tamaño de la pena, para otorgar la debida responsabilidad a los padres y maestros y para combatir este problema que tanto aqueja a la niñez y adolescencia en nuestro país y lo cual se explica también por factores sociales, económicos y culturales? También. No son debates excluyentes como algunas personas, que buscan respuestas fáciles que satisfagan sus posturas ideológicas (tanto en la izquierda como en la derecha). Son debates que se pueden y deben complementarse.

    Claro, Norma Lizbeth merece justicia, pero esta no termina en que Azahara reciba un justo castigo, sino en que cada uno de los agentes asuma su responsabilidad y en que esto sirva como antecedente para que se combata el severo problema de bullying que aqueja nuestro país.

  • La gordofobia y lo que implica perder peso

    La gordofobia y lo que implica perder peso

    Hace poco más de cinco años escribí este artículo sobre la gordofobia que puedes leer aquí. Ahora que el tema y el concepto vuelven a estar en boga por alguna razón, y tras seis años de aprendizaje con mi peso, muchas cosas cambiaron en mi forma de pensar sobre ese tema y por tanto decidí escribir al respecto, como si de una revisión de mi postura se tratara.

    En el artículo recuerdo haberme puesto como ejemplo de que «sí se podía» porque unos años atrás había bajado 30 kilos. Posteriormente bajé otros 20 y estoy solo a cuatro de no tener clínicamente sobrepeso alguno, pero mi experiencia cambió mi modo de ver este proceso desde una postura mucho más compleja y, me parece, más madura e informada. Entendí que bajar de peso es un proceso muy complejo que, en muchas ocasiones, rebasa la mera fuerza de voluntad y justo al revisar mi experiencia me di cuenta de ello.

    Introducción

    La discusión sobre lo que se denomina gordofobia tiene muchos matices y ello implica que no estoy de acuerdo en absolutamente todo. Por ejemplo, algunas personas llegan al extremo de sostener que la obesidad no es algún problema o algo malo y que las cargas que tiene este fenómeno son meramente culturales. Ahí yo discrepo porque objetiva y científicamente la obesidad sí puede ser un problema para quien la padece, sobre todo en temas de salud.

    Que no sea un fenómeno puramente cultural no implica que la cultura no esté inmiscuida en la construcción de lo que la obesidad es y cómo se le trata. Por ejemplo, solemos tratarla con más agresividad y desprecio que aquellos cuerpos excesivamente esbeltos producto de los paradigmas empujados en la industria de la moda (y que afecta mayoritariamente a mujeres) los cuales, aunque atractivos para algunos, no son necesariamente sanos y pueden acarrear enfermedades.

    Por otro lado, también discrepo también con aquellas posturas que buscan abordar el problema desde una perspectiva fuertemente moralizante o puritana y que, en ese afán, muchas veces dejan del lado el conocimiento que se debería compartir para que se puedan eliminar prejuicios frente a la obesidad. Esta postura, además, suele generar reacciones adversas que derivan en más insultos y agravios hacia personas que padecen obesidad. Ello no quiere decir que no se deba hablar sobre los prejuicios que existen en torno a la obesidad ni tampoco que no deba reprobarse aquellas actitudes agresivas e insultantes.

    ¿Por qué la gente es gorda?

    Sin embargo, si algo he aprendido es que la obesidad es un fenómeno multicausal donde muchas más variables que el «échale ganitas» están implicadas y donde en muchos casos la voluntad ni siquiera es la más relevante. Como se trata de un fenómeno multicausal, existen diversas razones por las cuales distintas personas tienen sobrepeso:

    • Existen personas que tienen problemas con la tiroides.
    • Personas que tienen trastornos de la alimentación producto de problemas de la mente tales como depresión, trastornos de ansiedad (fue mi caso). Es decir, el «gordito» que come muchos taquitos posiblemente lo haga porque su afición a la comida es una suerte de compensación frente a otro problema.
    • Gente con predisposiciones genéticas
    • Personas con problemas de salud que inciden en el sobrepeso
    • Personas con mucho estrés
    • Gente con problemas endócrinos
    • Personas cuyo entorno no es muy propicio para desarrollar buenos hábitos alimenticios (ello explica por qué hay mucha más obesidad en Estados Unidos que en Europa).
    • Poca accesibilidad para poder hacer ejercicio.
    • Y un largo etcétera.

    Y generalmente varios factores pueden estar incidiendo a la vez.

    ¿Por qué rechazamos a la gente gorda?

    El problema es que, a la hora de construir este concepto de gordura u obesidad, a la definición más médica le agregamos muchos factores culturales que en muchas ocasiones están llenas de prejuicios. Una persona gorda para muchos no solo es una persona con más grasa de lo habitual, sino una persona floja, sedentaria o que no quiere de su persona. Esos argumentos suelen ser poco sostenibles y hace que la persona que padece sobrepeso u obesidad reciba señalamientos, críticas o rechazo que no tienen fundamentos. Tal vez ello explique un poco esta definición de «gordofobia»: a mí no me gusta estar con gente floja, sedentaria o que no tiene amor propio, y como creo que la gente gorda cumple con esas características, la rechazo o me trato de alejar de ellos.

    Sabiendo esto, sé que juzgar a una persona por su cuerpo se termina convirtiendo en un sinsentido. Yo no puedo saber por qué una persona está gorda. Es más, es probable que la misma persona no lo sepa.

    ¿Quién soy yo para juzgar a una persona cuya situación muy probablemente desconozca sobre algo que a mí no me compete? ¿Por qué estoy en mi derecho de juzgar a una persona gorda sin saber por qué está gorda y sin saber qué hay detrás de su gordura? ¿Por qué yo tendría que criticar a una persona por ello? En este sentido, creo que el activismo relacionado con la gordofobia acierta.

    Pero hay que hacer una acotación. De aquí no se sigue que la gente deba sentirse forzada a sentir el mismo atractivo por una persona gorda que por una delgada. Si a una persona le parece que las personas esbeltas son más atractivas que las personas con obesidad, está en su derecho a ello al igual que una persona está en su libertad de preferir a una persona con un rostro bello a una persona que no lo tiene.

    ¿Es posible que, al eliminar prejuicios, cambien las diferencias estéticas? No lo niego. De hecho, en tiempos pasados como el renacimiento y las épocas victorianas, el cuerpo ideal de una mujer tendía a ser menos esbelto. Pero, aunque este cambio de paradigma pueda generar ciertos cambios en las preferencias estéticas, no implica que deban imponerse ya que los individuos deberían ser libres de elegir aquello que les parezca mejor o más atractivo.

    Mi experiencia

    En prácticamente toda mi vida, yo he tenido sobrepeso u obesidad. El día de hoy posiblemente esté en mi mejor punto a solo cuatro kilogramos de dejar de tener sobrepeso de acuerdo con el IMC. Seguramente podría dar un speech moralizante sobre «cómo le eché ganitas y tú también puedes bajar de peso» pero al recordar todo este proceso fue que me di cuenta cómo existieron un sinnúmero de factores más allá de la voluntad que hice que pudiera perder peso.

    Varias veces fui con nutriólog@s, en algún punto me estanqué y casi todas las veces recuperé mi peso. Si bien, de alguna forma aprendí a comer mejor, no era capaz de tener una figura medianamente esbelta y terminaba regresando donde mismo. Lo que hice que realmente perdiera peso no fue una mayor fuerza de voluntad a la que ejercía cuando iba a consulta, sino factores que nunca tenía en mente.

    Hace unos 10 años bajé 30 kilos que de alguna forma ya no volví a recuperar. ¿Ejercí una mayor fuerza de voluntad? No. Ejercía la misma voluntad de siempre, pero resulta que en mi casa había «aprendido» a tomar Coca Cola Light como agua y decidí dejarla porque no quería tener problemas renales cuando grande. Nadie me dijo que hacer eso me iba a ayudar a bajar de peso, no lo hice por esa razón, pero resulta que a partir de ahí pude mejorar mi alimentación de tal forma que empecé a perder peso. Luego comencé a hacer ejercicio y logré bajar significativamente hasta tener el peso con el que viví hasta hace dos años.

    Posteriormente me estanqué, aunque ya no reboté, eso ya era un logro, pero todavía tenía algo más de 20 kilogramos de sobrepeso (que en términos de salud es mejor que tener 50, que era lo que tenía antes). En esos años subía y bajaba poco pero en realidad mi peso siempre oscilaba entre los 100 y 106 kilogramos y pues no sabía cómo romper esa barrera. Es cierto que, al tener menos sobrepeso que antes me preocupó menos pero mi escenario ideal era perder todo el sobrepeso.

    Y la vida me enseñó qué era lo que no me permitía bajar más: la maldita ansiedad. Tengo un trastorno de ansiedad que me aquejó por muchos años y allá por el 2017 comencé a controlarla con medicación, cosa que he mantenido hasta la fecha. En 2020, producto del estrés que me estaba provocando la maestría (y la pandemia) comencé a hacer más ejercicio y comencé a bajar de peso sin siquiera hacer dieta más allá de comer bien y balanceado. Eso habría sido imposible hace algunos años ya que lo había intentado y porque nunca en todos estos años había sido completamente sedentario (solía salir a trotar o hacer bicicleta). Como todo fue mucho más fácil se convirtió en un círculo virtuoso. Comencé a hacer ejercicios de fuerza porque si adelgazaba no quería verme como un palo, compré unas mancuernas y unas ligas. Cuando me fui a vivir a CDMX me inscribí en un gimnasio y continué yendo regresando a Guadalajara, cosa que hago hasta ahora.

    Así que, si bien considero que soy una persona que tiene fuerza de voluntad, no fue esta la que hizo la diferencia entre bajar y no bajar porque se mantuvo constante, fueron cosas como dejar de consumir Coca Cola Light y lograr controlar la ansiedad (que, después de varios años, varios especialistas y distintos medicamentos, logré hacer).

    Conclusión

    Cuando pienso esto comprendo por qué mucha gente no logra bajar de peso significativamente y se puede sentir frustrada o desesperada o hay gente que mejor prefiere aceptarse así como es y piden que no la juzguen por como es. Comprendiendo esto sé que no puedo juzgar a la gente por su peso. Hay gente que demuestra mucha fuerza de voluntad en otros ámbitos (por ejemplo, en el profesional) y simplemente no puede bajar de peso.

    Sin ser para nada un experto en el tema, tengo la sensación de que la disciplina de la nutrición debería comenzar a tomar posturas más multidisciplinarias y holísticas de tal forma que puedan controlar más variables para ayudar a la gente a bajar de peso y que no lo vuelva a recuperar. Mi pregunta es si existen incentivos para ello, ya que el hecho de que mucha gente pierda y gane peso genera mayor demanda de trabajo a las personas que trabajan en el ámbito de la nutrición.

    Claro que la obesidad debe combatirse, así como tratamos de combatir todos aquellos padecimientos que afectan la calidad de vida de las personas, pero de ahí no se sigue que nos sintamos con derecho a señalar y estigmatizar a personas que tienen obesidad, sobre todo cuando lo hacemos por medio de prejuicios que no se sostienen.

  • Charlie y la fábrica de censura y revisionismo literario

    Charlie y la fábrica de censura y revisionismo literario

    Charlie y la fábrica de censura y revisionismo literario

    ¿Por qué el revisionismo literario de la obra de Roald Dahl es un despropósito?

    Introducción

    La sociedad en la que vivimos tiende a ser dinámica a través del tiempo. Sobre todo, a raíz de la Revolución Industrial y la Ilustración, hemos visto cómo las normas y los paradigmas han estado cambiando constantemente, generalmente más para bien que para mal (claro, sin dejar de ignorar fatales experimentos como el comunismo, el fascismo y el nazismo). Los cambios tecnológicos han traído consigo cambios económicos, cambios sociales y culturales, y son precisamente los cambios culturales los que más han politizado (y polarizado) a los individuos en estos últimos tiempos.

    Pero más allá de este debate, lo cierto es que lo que debería ser aceptado y lo que no o la forma en que usamos el lenguaje para significar la realidad ha estado en constante movimiento. Muchos de estos cambios buscan mejorar el estado de cosas de tal forma que la mayor cantidad de personas se beneficien de ello y quienes se oponen temen que se laceren las tradiciones y la estructura social que les da certidumbre. Mucha de la discusión actual gira en torno a la inclusión de las minorías, y es que los seres humanos hemos mostrado una tendencia a abrazar aquello que es normal y previsible (aquello que se repite más veces) y rechazar la anormalidad (lo que es poco común y se repite poco) sin que, en muchas ocasiones, haya un razón justificada.

    Al mismo tiempo, valores liberales como la democracia, la libertad de expresión y asociación y el hecho de que el individuo es digno por solo el hecho de ser un ser humano han establecido la arena o el campo de batalla dentro de los cuales los individuos dirimimos estos conflictos. Es decir, más allá de nuestros conflictos y diferencias de carácter ideológico e idiosincrático sabemos que no tenemos derecho de censurar a alguien o atentar contra la integridad y la dignidad de otra persona porque sostiene una forma de pensar distinta que la nuestra.

    En este sentido y en este contexto debe analizarse la decisión de Puffin Books de contratar a «lectores sensibles» para reescribir la literatura original de Roald Dahl entre cuales se encuentran obras como Charlie y la Fábrica de Chocolate y de las cuales esta editorial tiene los derechos. Aunque la decisión pareciera bienintencionada, debería ser más bien preocupante y, en lo particular, no puedo estar más en desacuerdo con esta decisión.

    El problema de la censura

    Mi primer argumento es que este revisionismo literario implica una suerte de censura hacia el propio autor (lo es aunque ya no se encuentre con nosotros). No es lo mismo publicar una edición especial escrita en lenguaje inclusivo o qué sé yo a reescribir la edición original de tal forma que la obra que escribió Dahl termine en el ostracismo mientras que aquella publicada no sea exactamente la escrita por el autor y se publique como si fuera la que él escribió.

    Imagina que escribes un libro y, sin previo aviso, la editorial con la cual habías firmado le cambia cosas porque algunos de tus argumentos no empatan con su visión del mundo. Ciertamente, una editorial puede decidir no publicarte y están en su derecho comercial de hacerlo. En ese caso, vas y buscas otra que sí lo quiera hacer, pero otra cosa es que tergiversen lo que escribiste sin tu consentimiento. Ello es una forma de censura.

    El problema de la descontextualización

    Mi segundo argumento va en sintonía con esa tan conocida frase que dice que «si no conoces tu historia estás condenado a repetirla». Es cierto que el lenguaje y los paradigmas cambian con el tiempo, pero de ahí no se sigue que debamos de censurar todo aquello que nos parezca repudiable o criticable a nuestros ojos contemporáneos. Esto, además de ser reprobable por sí mismo, es muy peligroso. Si lo hiciéramos nos perderíamos de casi todo nuestro acervo histórico: ni Aristóteles (quien a nuestros ojos descontextualizados sería un misógino y promotor de la esclavitud) ni Karl Marx ni mucho menos Schopenhauer estarían permitidos en las librerías.

    Roald Dahl escribió Charlie y la Fábrica de Chocolate en 1964. Muchas de las convenciones sociales eran distintas en aquél entonces, así como Aristóteles o Marx se desenvolvieron en contextos muy distintos a los nuestros. Al censurar sus obras se está privando al individuo de conocer cómo eran aquellos contextos y, de la misma forma, de comprender por qué de 1964 a la fecha muchas de las formas de usar el lenguaje o de incluir a las minorías han cambiado. Las obras deben de juzgarse en su contexto y no como si la realidad absoluta fuera nuestra circunstancia. De lo contrario, surgiría una terrible paradoja y es que, a más evolucione una sociedad dada, más prohibitivo se convierte su pasado y más argumentos habría para censurarlo y borrarlo de un plumazo.

    Si nuestra sociedad actual ha decidido no llamar gordo de forma despectiva a alguien que tiene «unos kilos de más» esta debe comprender que en el pasado sí se hacía y debe comprender por qué ya no se hace. Igual con los personajes «colonialistas» que se mencionan en las obras. De igual forma, es enriquecedor saber que Aristóteles apoyaba la esclavitud porque así comprendemos por qué se apoyaba y por qué decidimos abolirla y repudiarla categóricamente sin que ello implique que reprobemos a Aristóteles porque comprendemos que se desarrolló en un contexto bastante diferente.

    Ciertamente, hay un debate sobre aquellos cambios culturales que se encuentran detrás de estos cambios. No es necesario siquiera debatirlos porque estar de acuerdo o en desacuerdo con ellos no cambia el sentido de mi argumento. Si estoy de acuerdo con dichos cambios culturales, igualmente lo más razonable sería oponerme a este «revisionismo literario» porque para que un cambio ocurra es indispensable conocer el estado de cosas que se quiere abandonar para «no repetir la historia» y porque la censura per sé me debería ser repudiable a menos que lo que se dice tenga el propósito explícito y malintencionado de atentar contra la dignidad de otra persona y la pueda poner en peligro (por ello no vemos con malos ojos que se censuren contenidos alusivos al nazismo).

    El problema de tratar a la gente como tonta

    Muy en sintonía con mi argumento anterior, este tipo de censura es una forma de subestimar groseramente a las y los lectores. Pensar que no debemos exponerlos a ciertos contenidos bajo el argumento de que son sensibles y les puede afectar solo los priva de conocimiento de la historia y del mundo para recluirlos en una burbuja donde todo está arreglado para no herir susceptibilidades. Es una forma de infantilizarlos casi como si no pudieran tomar sus propias decisiones y se le diga qué deben leer y qué no, y eso me lleva al siguiente punto.

    El problema del backlash y los efectos colaterales

    Si algo aprendimos del conservadurismo más rancio y puritano es que aquello que se prohíbe de forma coercitiva corre el riesgo de convertirse en algo atractivo: fumar, el «nopor», tener sexo fuera del matrimonio. Y eso es un gran problema, porque cuando se prohíbe algo de tal forma, la gente no suele comprender por qué ocurre, solo sabe que está mal, está prohibido, es «pecado» y, como lo que está prohibido es atractivo entonces lo hago sin comprender las consecuencias. Así, tenemos a muchos adictos al «nopor» por no comprender los efectos que ello puede tener en su cerebro y tenemos muchos embarazos adolescentes porque les prohibieron tener sexo y se los vendieron como algo pecaminoso en vez de explicarles las consecuencias a las que se podrían enfrentar si tienen sexo para que, con información, puedan tomar mejores decisiones.

    Naturalmente, sobre todo en la era del Internet, las nuevas generaciones van a saber que existe una versión «políticamente incorrecta censurada» de los libros de Dahl y los querrán leer sin comprender por qué el libro dice lo que dice. ¡Está prohibido decirle gordo a tal persona! Digámosle gordo a Juan y burlémonos de él. Luego también hemos aprendido que la cancelación suele rebotar y, en muchos casos, empoderar a los casos más extremos y agresivos que están dispuestos a insultar o denigrar en un acto de rebeldía. Así, cuando en Twitter algunas personas buscaron ejercer la cancelación por medio de posturas puritanas en torno a la gordofobia, hicieron famosas a personas que estaban dispuestas a insultar a la gente con sobrepeso diciéndoles cosas denigrantes como «ponte a bajar de peso marrana».

    Conclusión

    Cabe aclarar que este revisionismo no es lo mismo siquiera que la inclusión que observamos en Hollywood, donde las obras originales no son censuradas y siguen circulando junto con las nuevas versiones. Si bien, estas políticas de Hollywood generan molestia en algunos sectores, no implican censura alguna y tampoco se trata de algo nuevo: la versión familiar de Pinocho de Disney dista de la obra original, pero no hay revisionismo alguno porque la suya es una versión basada en la original y no es su reescritura. De la misma forma, si la editorial hubiera sacado una «versión inclusiva», no habría problema porque los textos originales se habrían mantenido intactos y los lectores tendrían libertad de elección a la hora de decidir qué leer.

    El problema es que el revisionismo implica alterar la versión original, y en esa alteración ya se están censurando partes de ella y se está privando al lector de tener acceso a esta.