Categoría: sociedad

  • Pequeña propuesta para combatir la violencia contra la mujer

    Pequeña propuesta para combatir la violencia contra la mujer

    Hazme un pequeño favor: observa este video. Si eres una persona con la mínima capacidad para empatizar con el prójimo te va a indignar.

    En la semana, a raíz del momentum producto de la marcha y todo lo que ella generó, han aparecido más casos de mujeres que han sido violentadas. No es que se haya incrementado el número de casos, más bien es que han ganado más visibilidad. Pero de entre todos esos videos, me di a la tarea para elegir éste para entender de mejor forma la problemática y qué es lo que se debe hacer. De este video puedo concluir lo siguiente:

    Primero: la cultura machista existe. El video que acabas de ver lo deja muy en claro. Lo que acabas de ver no es un caso aislado, eso es algo que viven no pocas mujeres en el país. El hecho de que un hombre acostumbre golpear a una mujer no puede estar desligado de ello. A través de la fuerza, el hombre está acostumbrado a dominar a su mujer, lo cual en sí es una conducta machista.

    Segundo: La conducta violenta del individuo no se agota en el machismo. Es decir, el individuo evidentemente es machista, pero su conducta no es solo producto de sus creencias sino de algo más: de algún problema psicológico, de algún daño emocional o un desarrollo personal que fue muy deficiente. Es decir, esta persona difícilmente va a cambiar solamente haciéndolo consciente de su machismo, tal vez hasta se congratule por ello.

    Y tercero: Es evidente que la impunidad juega un papel muy importante en este caso. La falta de un Estado de derecho sólido y unas instituciones de seguridad que funcionen provocaron que el sujeto quedara impune y solo se le imputaran cargos hasta que la víctima exhibió los videos en redes (y lo cual evidentemente generó presión sobre el gobierno de la Ciudad de México). Si tuviéramos instituciones confiables, el tipo estaría detenido y la mujer fuera de peligro desde un inicio. También tendríamos en general menos homicidios y violencia en general, y la violencia a la mujer se reduciría manteniéndose la cultura machista al mismo nivel. Prueba de ello es que el número de mujeres asesinadas tiene cierta consonancia con el número de asesinatos en general.

    No solo se trata de cambiar la cultura, se trata de elevar el costo de agredir a una mujer.

    Pequeña propuesta para combatir la violencia contra la mujer

    Conclusión:

    El punto es que este problema tiene varias dimensiones y no solo una. Muchas personas reducen el problema a un problema de género, la contraparte dice que es una violencia como la que todos, hombres y mujeres sufrimos. El problema es que estos dos approaches son más bien parciales y por sí mismo no van a resolver el problema de fondo. Posiblemente reduzcan la tasa de violencia, pero no hasta un punto deseable porque no están atendiendo a todas las dimensiones del problema.

    Este problema debe ser atacado desde una perspectiva multidimensional que sí, abarque un enfoque de perspectiva de género que busque modificar la cultura del machismo. Pero también es importante procurar un tejido social sano de tal forma que sean menos las personas que se desarrollen con una psique seguramente lastimada como la de este hombre que ha hecho de la violencia una constante para resolver cualquier conflicto. Por último, muy importante también, es urgente crear instituciones de seguridad que funcionen, donde los criminales no queden impunes, donde el gobierno logre garantizar un nivel aceptable de seguridad a sus ciudadanos.

    En el caso que puse seguramente habrá muchos otros aspectos que no consideré, y mencioné los más relevantes para que mi punto se entendiera. Pero el argumento se entiende: un problema tan fuerte como la violencia, y sobre todo la violencia contra la mujer, es un problema que tiene muchas dimensiones. Por ello se deben de conocer todos los matices y todas las variables que están involucradas.

  • ¿Por qué hay una fuerte división frente a la marcha feminista del sábado?

    ¿Por qué hay una fuerte división frente a la marcha feminista del sábado?

    La postura sobre las marchas ha polarizado a la opinión pública. Unos condenan los destrozos y otros reclaman que ello es producto del fuerte hartazgo de las mujeres quienes siguen siendo violentadas. ¿Pero por qué la postura está polarizada? ¿Es que unos son machistas y otros no? ¿Es que algunos están «ideologizados» y otros no? ¿Algunas personas son más sensibles que otras? En realidad esas preguntas no nos pueden dar una respuesta completa, ya que ésta es más compleja y tiene también que ver con la forma en que los individuos conformamos nuestras posturas políticas.

    De acuerdo a Jonathan Haidt, nuestras posturas políticas son producto de muchas variables que van desde el temperamento (determinado genéticamente), la educación y la experiencia mediante las cuales construimos nuestra percepción del mundo. Estamos condenados a interpretar el mundo de manera subjetiva y cuando se habla de posturas políticas éstas no son la excepción. Ellas son más producto de la forma en que percibimos el mundo que de una deliberación meramente racional.

    De la misma forma, esta división (entre quienes son más conservadores o son más liberales, tomando el espectro estadounidense que Haidt utiliza) parece ser inherente a nuestra especie. Es decir, es imposible encontrarte una sociedad donde todos sean absolutamente conservadores o liberales. Si bien es cierto que cuando definimos conservadurismo y liberalismo como posturas políticas tendemos a hacerlo de una forma relativa al contexto (es decir, un conservadurismo del siglo XXI no va a defender necesariamente las mismas cosas que uno del siglo XIX) el espíritu sí permanece y es inmutable, lo cual se entiende si comprendemos los valores fundacionales sobre los que están basados.

    Es importante recalcar que las posturas políticas no determinan la calidad moral de quienes la profesan. Sería irresponsable decir que una persona es más buena que otra simplemente por su postura política.

    Haidt dice que dentro de las posturas políticas hay 5 valores fundacionales: El cuidado a los demás (proteger a otros del sufrimiento), la justicia, la libertad contra la opresión, el orden, la autoridad y la santidad (que se refiere a sentir repulsión ante cosas que son vistas como desviaciones de lo normal) y toma como referencia el espectro político estadounidense entre demócratas (liberales – progresistas) y republicanos (conservadores) así como los libertarios para explicar el valor que las distintas posturas le dan a estos valores.

    Los progresistas suelen apelar más a la justicia y al cuidado de los demás. Los libertarios son quienes, según Haidt, se preocupan menos por los demás, se preocupan más bien por la libertad y en una dosis menor por la justicia. Tanto los progresistas como los libertarios le toman poca importancia al orden, la autoridad y la santidad. Los conservadores le dan cierta importancia a todas las variables, aunque ni ellos ni los libertarios interpretan de la misma forma la justicia que los progresistas. Para estos últimos es justo, por ejemplo, que todos tengan seguro social y no haya mucha desigualdad, para los otros lo justo es que quien se esfuerce más gane más.

    Ilustraciones tomadas del libro The Righteous Mind de Jonathan Haidt.

    Con esto, podríamos entender mejor por qué las distintas posturas ante las marchas que vimos el día de ayer. Es importante recalcar que las posturas no son rígidas, se puede ser más o menos progresista, conservador moderado o conservador ortodoxo, y de la misma forma, no está de más señalar que también hay otros factores ajenos a las posturas políticas que pueden influir en la postura de un individuo hacia el tema de las marchas: por ejemplo, que una mujer haya vivido una violación o que una persona muy querida o cercana lo haya vivido, que seas afectado por los actos de vandalismo a que no lo seas, etc. De la misma forma hay quien pueda ser realmente insensible o albergue posturas machistas que no se explican por su postura política. Pero creo que el uso de los valores fundacionales sí nos puede dar un norte para entender de una u otra manera cómo es que las posturas políticas influyen sobremanera en la postura de eventos como la marcha de las feministas.

    Si tomamos la marcha de ayer, la gente con una tendencia liberal-progresista es la que más levantará la voz a favor de las mujeres pero la que tal vez minimice más los actos de vandalismo o, en el caso más radical, los celebre. El progresista apuesta al cambio por medio de la trasgresión del status quo para satisfacer sus valores fundacionales de justicia y cuidado a los demás.

    Los conservadores, en este sentido, sentirían desde las particularidades de su postura cierta preocupación e indignación por las mujeres violentadas, aunque lo harán desde el status quo y tomarán a éste como punto de referencia para hablar del problema. Por otra parte, ellos serían los más enojados y espantados por los actos vandálicos, y los que más exigirán castigar a los involucrados con todo el peso de la ley.

    Los libertarios analizarían el caso casi exclusivamente desde la libertad (negativa). Cuestionarían las violaciones menos que los otros dos desde la perspectiva de la indignación o del deseo de auxiliar a las víctimas, y lo harán más bien desde la perspectiva de que las violaciones representan una coerción a la libertad de las mujeres. Se escandalizarían menos que los conservadores por los destrozos aunque igual, criticarían el hecho en función de la libertad y la propiedad. Por ejemplo, que vandalizar una camioneta es un atentado contra la libertad y propiedad de los dueños.

    Es evidente que el tema es muy álgido, sin embargo, creo que estos ejercicios ayudan un poco a entender que somos individuos subjetivos y nos puede ayudar a tomar posturas un tanto más sensatas.

  • ¿Por qué se rompieron los vidrios?

    ¿Por qué se rompieron los vidrios?

    Madrugué dándole vueltas a la cabeza para escribir este artículo. Es uno de los artículos que más me ha costado escribir porque me ha obligado a hacer un ejercicio interno, de tratar de entender a las partes y llegar a mi propia conclusión (lo cual evidentemente no significa que vaya satisfacer a las distintas partes ni es la intención).

    ¿Les soy sincero? Me cuesta mucho trabajo indignarme por los vidrios rotos o por las paredes pintadas. Me cuesta trabajo ponerme en el lugar de quienes están indignados con lo ocurrido en las manifestaciones.

    Tengo un sentimiento como de «me vale madre»: al cabo se limpia, al cabo los vidrios, que son públicos y no son de alguna propiedad privada, la casa de una señora como para que alguien se viera afectado (lo que sí me habría molestado, por ejemplo), los vidrios se vuelven a poner, me dije. No entiendo por qué tendría que sentir indignación por eso, no es que sea correcto hacerlo ni es algo que aplauda. Es que, comparado con lo que se demanda, es irrelevante. Es como si sufriera un accidente automovilístico donde por alguna razón ajena a mí choco con un poste y quedo al borde de la muerte, pero nadie se preocupa por mí y todo el mundo se preocupa por el poste.

    Andrea Sánchez / Twitter

    Podemos cuestionar en un largo debate si esas son las mejores formas de manifestarse, pero en este contexto eso es un tema secundario, lo que sí sabemos es que es el efecto de una profunda y fuerte indignación. Me llama la atención que en las redes se hable más de los vidrios en sí que de los casos de violación que ocurren una y otra vez en México (independientemente de que el caso que fue la gota que derramó el vaso haya sido verídico o no, que es ahora lo que se discute). Me pregunto si son los vidrios los que realmente causan esa indignación.

    ¿Son los vidrios? ¿O es que causa resquemor ver a las mujeres exigiendo en las calles que no sean violentadas? No dudo que haya quienes legítimamente estén preocupados por los conatos de violencia y por las formas, pero temo que hay varias personas a las que más bien les preocupa la segunda razón.

    Me trato de poner en el lugar de una mujer que ha sido violada, que se ha sentido ultrajada o abusada, donde el Estado de derecho es lo suficientemente débil para que te ignoren las autoridades y la verdad es que tal vez a mí me darían ganas de romper cosas. Ese sería mi primer pulso instintivo. Me recuerdan a mi yo de la primaria, al que le hacían bullying y cuyos maestros no hacían nada. Yo en ese entonces azotaba puertas y hasta le dije a un profe que fuera a chingar a su madre porque era una forma de llamar la atención para que alguien hiciera algo, porque yo no tenía la fuerza para defenderme de los bullies y porque a los maestros les valía madre, incluso alguno llegaba a divertirse.

    ¿Es lo más asertivo? No lo sé, al menos para mí no lo fue y eso lo descubrí con el tiempo. Yo decidí no dejar carcomerme por el dolor y el resentimiento que tenía porque no me llevaba a ningún lado. Ellas sabrán si aquello que me ocurrió pudiera aplicar para ellas o no porqué posiblemente no termine de entender qué es lo que ellas sienten, y creo que no soy quien para decirles qué hacer ni sé si mi caso siquiera aplique como analogía o no. Eso es algo que a mí no me corresponde. Ellas son quienes deciden cómo llevar a cabo su movimiento y ellas son las que asumen sus aciertos o sus errores.

    Twitter / Alejandra Crail

    En esta vorágine muchas personas no se dan cuenta que detrás de muchas de ellas hay muchas historias de profundo dolor, muy posiblemente mucho más profundo que el que yo tenía. Lo que más teme una mujer en su vida es ser violada, no sólo por el acto en sí, sino por el significado y el juicio de la sociedad. El daño en muchos casos es irreparable y yo no soy la mejor persona para dimensionarlo de la mejor forma.

    Ellas gritan, rompen vidrios y rayan paredes porque no encuentran respuesta en ningún lado, ni con las autoridades (que se dicen de izquierda) ni con la sociedad. Ellas se sienten solas y frustradas como yo me sentía. Lo que ocurrió no es fortuito: la realidad, todos los efectos, son producto de una causa, no son gratuitos ni son hechos disconexos. Si alguien se enoja y se indigna es que debe haber algo que hizo que se indignara.

    ¿Hubo excesos? Sí. Pero también es cierto que en cualquier causa reivindicativa la posibilidad de que haya excesos es latente. También, como en cualquier movimiento, hay sectores radicalizados. Las sufragistas, aquellas mujeres que lucharon por su derecho al voto (lo cual costó mucho, y basta ver la gran distancia entre los años en que ganaron el derecho en los distintos países), esas que son señaladas por alguno como ejemplo de «feminismo liberal apegado a la civilidad» también llegaron a hacer destrozos y se involucraron en peleas con los policías. De hecho, los parecidos entre aquel feminismo y el actual son más bien muy asombrosos. A las mujeres las ridiculizaban como locas o como brujas, e incluso había algunas mujeres que formaban ligas en contra de las sufragistas. También hubo este tipo de manifestaciones dentro de la lucha de los negros e incluso Martin Luther King, quien representaba la vertiente pacifista, llegó a decir que «los motines son el lenguaje de los que no son escuchados».

    En una manifestación en la cual la gente está enojada e indignada hay quienes pueden salirse de control, son los riesgos que tienen marchas que parten desde la indignación y donde las emociones están a flor de piel. También es cierto que el comportamiento en masa suele ser distinto a nuestro comportamiento individual.

    Sin embargo, sí debo decir que hubo algunos actos que no puedo justificar de ninguna forma y que se deben señalar como que unas mujeres arrojaran brillantina al reportero que había sido golpeado por un hombre, o que una periodista de Milenio y un repartidor de Uber fueran agredidos así como también la camioneta de unas zapatistas feministas sufrió destrozos al punto en que ellas no pudieron regresar, sin olvidar la cobarde agresión que recibió un reportero por parte de un intruso que nada tenía que ver con el movimiento. Se deben reconocer pero no debe de distraernos de lo más importante, que también explica (aunque no justifique) los excesos que he mencionado. Tenemos que escuchar el mensaje.

    Y tal vez no estás poniendo atención porque tu foco siguen siendo solamente esos excesos a los que ves como hechos disconexos (efectos) y no las causas a las que están ligadas (que muchas mujeres siguen siendo violadas o violentadas sin que pase absolutamente nada y sin que puedan hacer nada). Porque los efectos no van a desaparecer hasta que las causas hayan sido combatidas. Si la violencia contra las mujeres sigue, van a seguir organizando marchas y una vez que se abrió la caja de pandora no es como que vayan a parar. En un mundo idílico donde hubiera equidad de género y donde no hubiera numerosos casos de violaciones, las mujeres no tendrían la necesidad de salir a la calle y hacer ruido, no tendría sentido siquiera.

    Y la verdad es que los hombres no tenemos derecho a quejarnos de lo ocurrido si nosotros no ponemos nuestro grano de arena, si nosotros no combatimos la violencia de género desde nuestras trincheras, si no señalamos, reprendemos y denunciamos a aquella persona que ha abusado de una mujer, si no nos preguntamos si nuestros comportamientos limitan o hacen menos a las mujeres. Estoy de acuerdo, no debe de ser una batalla entre mujeres y hombres sino en contra del machismo y la falta de equidad de género, pero si la causa se desvía a ello, entonces nosotros seremos corresponsables por no haber hecho nada.

    Twitter / Alfonso Nava

    ¿Que las mujeres pueden aprovecharse de los hombres? Sí (y créeme que en alguna ocasión alguna mujer me ha herido de forma fea). Pero las mujeres en muchos sentidos se encuentran en desventaja: son menos fuertes físicamente (lo cual hace que a un hombre le esa relativamente fácil violar a una mujer) y, a diferencia de nosotros, las mujeres son todavía afectadas por algunos paradigmas y creencias que no se han ido del todo y gracias a las cuales ellas llegan a sentir que les es un tanto más difícil que al hombre llegar a puestos de poder o tener la misma relevancia. Es cierto, se ha avanzado mucho con respecto del pasado y eso es innegable, pero tampoco podemos hablar todavía de una situación de equidad.

    Y es que no tienes que tratar el tema «ideológicamente», más allá de las ideologías que puedan profesar las diferentes activistas. Tampoco debes estar necesariamente de acuerdo con el ideario feminista (yo tengo algunas discrepancias que he expresado en este espacio), ni con las formas o los métodos, ni mucho menos se te pide que los aplaudas, sino que escuches el mensaje, que empatices, que te pongas en sus zapatos.

    Y es que se trata de ir a lo más básico, es tan simple y no tiene mucha ciencia porque todo parte del hecho de que el ser humano es digno y valioso por el mero hecho de serlo, y en ese entendido, ninguna persona puede ser violentada ni ninguna persona debería tener distinta consideración por su género (y las otras dimensiones que caracterizan al ser humano).

    Como en cualquier conflicto, las mujeres quieren que los hombres que tienen conductas machistas cedan, y lo que piden es totalmente justo: ya no quieren abusos sexuales ni violencia.

    Y nadie dijo que una causa social iba a ser muy cómoda, así con tazas de café y galletas pidiendo permiso para no incomodar. Es evidente, dado que han agotado muchas posibilidades y, frustradas, no han visto avances.

    Esos vidrios rotos son un mensaje, y hay que entenderlo.

    Porque si el problema persiste, ellas ya no se van a detener. Y si logramos que se detenga, ¡vualá! Estas manifestaciones que tanto incomodan desaparecerán del mapa. Si temes que estas manifestaciones se radicalicen cada vez más, entonces habría que hacer algo de nuestro lado y combatir ese problema que tanto les aqueja.

  • 10 cosas que debes saber antes de hacer análisis sociales y políticos

    10 cosas que debes saber antes de hacer análisis sociales y políticos

    1) La realidad que percibes y que quieres analizar es necesariamente efecto de una causa o de una multiplicidad de causas. A su vez, cada una de esas causas es efecto de otra causa y así ad infinitum. Ya sea que te preguntes por qué se acabó el papel del baño o por qué tal político ganó las elecciones, todo es efecto de una o varias causas anteriores.

    2) A su vez, un conflicto político o social es producto no solo de una causa, sino de muchísimas causas que conforman esa causa mayor y que es la más visible. Puedo decir: las feministas rompieron unos vidrios porque los policías violaron a una mujer. Pero de ahí se desprenden muchas otras causas: por ej, quienes hicieron eso lo hicieron por distintas razones: tal vez una de ellas era amiga íntima de la víctima y le dolió en lo más profundo del corazón; otra tal vez no tenía relación con la víctima pero se acordó cuando ella misma fue violentada cuando era más jóven y ello le motivó a ir a manifestarse. A la vez, todo ello es efecto de otras causas que están interconectadas dentro de una cadena cuyo inicio tal vez no podamos rastrear.

    3) Casi siempre la discusión política se reduce a un conflicto binario (ricos vs pobres, chairos vs fifís, oficialistas vs opositores). Pero para hacer un buen análisis, habiendo entendiendo los dos puntos anteriores donde todo es un efecto de una diversas causas, se debe ir más allá y ser capaz de ver todos los matices y la escala de grises.

    4) Es imposible dejar de ser subjetivo a la hora de analizar la realidad ya que nuestra interpretación del mundo está construido por nuestra experiencia y nuestro temperamento. Todo análisis es, por definición, subjetivo. Y esto quiere decir que siempre existirá la posibilidad de que alguien más analice o interprete un hecho de tal forma que nunca se te hubiera ocurrido. Peor aún, nuestros sesgos cognitivos también juegan un papel a la hora de hacer estos juicios. Es imposible despojarnos de subjetividades, pero si reconoces que tus juicios son subjetivos y que los sesgos cognitivos están ahí merodeando, será más posible que hagas un análisis más sensato a que ignores todo esto y pienses que tu juicio es objetivo y necesariamente el más acertado.

    5) Sin embargo, los hechos por sí mismos son objetivos. Un descenso del 5% en el PIB, aunque sea interpretado y analizado desde distintas perspectivas subjetivas, siempre será un descenso del 5% en el PIB y no otra cosa.

    6) Siempre, por más que pequeña que sea, hay alguna posibilidad de que estés equivocado. Tómalo en cuenta antes de hacer tus análisis porque eso te ayudará a ser más humilde y te hará más receptivo a escuchar lo que otros dicen. Escucha también a lo que dicen aquellos que hacen análisis desde otras disciplinas distintas a la tuya. Posiblemente te lleves una gran sorpresa.

    7) Todo significante o concepto que resida dentro de la mente de uno (subjetivo) o varios individuos (intersubjetivo) y no pueda existir sin un ser humano que lo conciba o interprete es una construcción social: los significantes, las marcas, el dinero, la cultura y hasta las naciones. Toda cosa que resida fuera de la mente del individuo no es una construcción, sino que es una realidad objetiva como tal, aunque el individuo solo pueda interpretarlo subjetiva y fenoménicamente: una montaña o el sol. Ello siempre debe tomarse en consideración a la hora de hacer análisis.

    8) Para conocer la verdad de la forma más fiel posible, siempre deberá de darse preferencia a un estudio cuantitativo bien diseñado como el que arroja que el 30% de los niños lloraron el día en que fueron por primera vez a la escuela en vez de conformarnos con una estremecedora historia sobre cómo un niño lloró y pataleó en su primer día de clases e inferir de ahí que todos los niños sufren al ingresar a la escuela por primera vez. A la hora de hacer análisis, los datos recogidos por instrumentos diseñados para ello siempre serán más fieles que las historias que apelan a las emociones.

    9) Quien quiera hacer un buen análisis debe saber contextualizar y entender el contexto en el que un suceso tuvo lugar. Por poner un ejemplo, no se puede juzgar de la misma forma a un individuo que tenía un esclavo en el siglo XVIII a alguien que tiene un esclavo en el siglo XXI, dado que las realidades y los paradigmas bajo los que se desenvolvieron eran muy distintos a los nuestros.

    10) Y por último, contextualízate a ti mismo. Entiende que cuando haces un análisis, no lo haces desde una realidad total que te permite llegar a la cumbre de la objetividad porque no tienes acceso a esa realidad total ni tienes sabiduría absoluta que te permita desprenderte de tu contexto. Estás condenado a hacer tus juicios desde tu contexto, desde tu forma de entender el mundo la cual tiene mucha relación con la cultura en la que te desenvuelves. Si quieres tener una visión lo más amplia y menos condicionada posible, tendrás que abrirte, cultivarte más y conocer otras realidades. Aún así, nunca podrás alcanzar la sabiduría total, por lo cual siempre estarás condicionado, de una u otra forma, por tu entorno, por tu cultura y por la forma en que has construido tu realidad del mundo a través de la experiencia.

  • ¿Tienes un minuto para hablar de #Pigmentocracia?

    ¿Tienes un minuto para hablar de #Pigmentocracia?

    Hablemos de #pigmentocracia, pues

    No son pocos los casos que he escuchado de gente de piel oscura que ha sido rechazada o marginada por su mero tono de piel. En Guadalajara, mi ciudad, es todavía común que los cadeneros de los antros se fijen en ello (es decir, que si está muy «prietito» o no es agraciado no puede entrar). Por otro lado hay personas que dicen haber sido confundidas con «el chalán» por su tono de piel. Hay quienes siguen utilizando términos despectivos para referirse a la gente de color morena. De igual forma, el trato hacia los migrantes de tez morena conlleva más desprecio que el que reciben los migrantes argentinos o aquellos de tez blanca o morena clara.

    Vaya, el problema existe, se puede medir tanto cualitativa como cuantitativamente. El INEGI y el Colmex han hecho interesantes estudios sobre el tema. Eso es un hecho irrefutable científica y epistemológicamente.

    El racismo en México, a diferencia de lo que ocurre en otros lares, es gradual. No hay una clara división entre razas, lo cual hace mucho más difícil entender este problema. Por ejemplo, una persona de tez blanca europea podrá ver como igual a una persona mientras su tonalidad de piel no rebase cierto punto, o bien es posible que la diferencia de trato sea igual de progresiva que la diferencia del color de piel. Ese umbral puede ser distinto en distintas personas, mientras que algunas en un extremo pueden decidir no salir con una pareja porque no es tan blanca, en otro habrá a quienes no les importe salir con alguien de rasgos indígenas.

    La inequidad o desigualdad tampoco está determinada únicamente por el tono de piel. Es una de las variables, sí, pero no es la única razón: podemos hablar del clasismo, de una estructura social rígida, de instituciones que no funcionan bien y donde quienes se ven más afectados son quienes tienen menos. Hay que hacer enfáticos en esto porque sería un error caer en el reduccionismo de «la desigualdad es producto del tono de piel» y creer que la solución es crear un conflicto entre quienes son blancos y quienes no lo son, o señalar a los primeros como opresores de forma apriorística. El tema es mucho más complejo y es importante entender dicha complejidad.

    Es decir, el racismo que existe (y que sí existe) en México no es algo lineal o dicotómico como para pretender dividir a la sociedad en dos bandos: en los privilegiados (o whitexicans como les llaman algunos) y en los de abajo, los morenos, reduccionismo propio de la teoría interseccional. No se puede apostar a un discurso polarizador para atacar un tema que tiene muchas complejidades, donde las distintas personas actúan de distintas formas de tal forma que no se puede acusar a todas las personas de lo mismo por su mero tono de piel, y donde el problema representa una de las varias dimensiones de aquel otro (la desigualdad) y no todo el problema en su conjunto.

    No todos los blancos son racistas, aunque hay quienes sí lo son; no todos los morenos se han sentido discriminados, aunque hay varios que sí se han sentido así. Por eso, así como hay morenos que te van a contar historias de los más denigrantes, otros van a decir que nunca en su vida se han sentido limitados por otras personas. Ello es algo parecido a lo que ocurre con la equidad de género, donde todavía existe un problema, pero no todas la mujeres lo viven de la misma forma e incluso algunas tienen la fortuna de no encontrarse con problema alguno durante su vida. Los seres humanos somos diferentes entre sí, y las personas que conforman una raza o etnia, más en estos tiempos, suelen tener actitudes muy distintas entre sí con los demás como para atreverse a tratar a todos de la misma forma.

    Que exista una evidente división donde los blancos suelen estar en el tope de la pirámide y la gente más morena más abajo tampoco implica que todos los del tope sean racistas. Esa división no es sólo producto de actitudes actuales, sino más bien (y posiblemente con más fuerza) de procesos históricos donde la sociedad estuvo muy estratificada (hasta en lo legal) por castas. Desde hace tiempo todos somos iguales ante la ley, pero muchas de las construcciones culturales perviven hasta nuestros días. Revertir un proceso histórico así toma mucho tiempo, muchas décadas, y para hacerlo primero hay que reconocerlo. Incluso si se lograra hipotéticamente, de buenas a primeras, cambiar la actitud de toda la gente de tal forma que absolutamente nadie sea racista, tardaríamos tiempo en ver una distribución igual entre personas blancas y morenas dentro de la pirámide social ya que todos partirían desde la posición en la que se encuentran.

    Pero hacer estas acotaciones y estos matices no debe de ser pretexto para relativizar el problema. El problema del racismo existe en nuestro país y hay que combatirlo. Hay quienes son racistas de forma explícita, pero también existe mucho racismo normalizado: es decir, ese que se manifiesta en aquellas personas que no tienen la intención explícita de serlo pero que repiten patrones que han aprendido de la sociedad. Esto es importante entenderlo porque la forma de combatir ambas manifestaciones no puede ser igual. Quien es racista de forma explícita merece el oprobio y el señalamiento de la sociedad, quien lo llega a hacer de forma normalizada, más bien debería ser persuadido y concientizado.

    Me parece muy bien que se visibilice este problema porque ha estado oculto y no lo habíamos querido reconocer y que, a estas alturas, como hemos podido ver en las redes, sigue generando muchas incomodidades. Pero también es importante saber matizar y entender el problema con la complejidad que tiene.

    En las batallas gana quien usa la estrategia más inteligente y no necesariamente quien se lanza al campo de batalla encolerizada esperando que la pura emoción los convierta en vencedores. De igual manera, así como en una batalla, es importante reconocer el campo donde esta se va a llevar a cabo, entender bien al enemigo y llevar a cabo una estrategia inteligente. (Claro, entendiendo que el enemigo es el racismo y no las personas blancas).

  • ¡Aviso! Se busca una oposición

    ¡Aviso! Se busca una oposición

    ¡Aviso! Se busca una oposición

    «¡Ni chairos ni fifís! Todos mexicanos», «se cansó el ganso», gritan y repiten los opositores, quienes hasta el momento no han podido crear algún discurso o agenda propia.

    Repiten las frases que AMLO ha introducido en el discurso político y en la vida cotidiana, las usan para hacer sus consignas porque creen que así éstas van a tener más impacto. Pero no se han dado cuenta de que su discurso tan solo se ha vuelto parasitario del de AMLO. No importa si es la oposición política o la ciudadana, los dos han caído en su juego.

    Es decir, AMLO es el que propone, el que dice, el que pone las reglas, el que crea el discurso. La oposición no crea las suyas, se adapta al escenario propuesto por López Obrador. Ni siquiera son capaces de usar las frases del lenguaje obradorista para deconstruirlas y darles un nuevo significado. Así, AMLO logra que los opositores bailen a su ritmo.

    La oposición no ha podido crear ya no una agenda alternativa, sino un discurso, uno que les dé identidad propia, que los defina. La oposición hasta la fecha solo ha logrado crear un refugio para la catarsis, para gritar #AsíNoAMLO, para mostrar su hartazgo y su inconformidad, pero no más. La partidocracia ha dejado un vacío que hasta ahora nadie ha parecido molestarse en llenar o no han sabido cómo.

    Algunos han estado haciendo marchas de manera sistemática, lo cual de principio está bien porque los nuevos opositores y decepcionados saben a donde podrán recurrir, pero los opositores no han ido más allá de las consignas, de los tablones.

    ¿Cuál es el México que quiere esa oposición? ¿Qué propone para acabar con la corrupción? ¿Qué propone para reducir la pobreza, para reducir la injusticia social y la desigualdad que ésta crea? ¿Qué proponen para generar más empleos y riqueza? ¿Qué proponen para construir instituciones fuertes y justas para todos? No lo sabemos. Nadie está pidiendo que, a estas alturas, diseñen políticas públicas y profundicen en tecnicismos, pero sí que haya posicionamientos generales, que logren crear una narrativa que signifique algo, que genere alguna suerte de esperanza, no hay nada de eso.

    Lo único que vemos son consignas disonantes entre sí, unos llamando a la conciliación entre los distintos sectores, otros cayendo en la trampa de la polarización o incluso expresando consignas xenofóbicas hacia los migrantes. Y como estas marchas no han definido nada, entonces han permitido que sean los otros (sus adversarios) los que las definan. Basta con que vaya Hernán Gómez a entrevistar a manifestantes específicamente seleccionados (aquellos con ideas más reaccionarias y prejuiciosas) para hacer creer que toda la oposición es así, lo cual provoca que mucha gente (sobre todo jóvenes) decidan no asistir a dichas marchas.

    El obradorismo ha logrado, con relativo éxito, definir a una oposición que no se ha molestado en definirse. Han promovido la idea de que la oposición está compuesta de personas que no quieren perder sus privilegios, que son, de una u otra manera, una extensión de lo que llamaba «la mafia del poder». Ellos siguen siendo dueños del discurso y de los significantes porque los opositores no han creado los suyos.

    A la oposición le urge crear un discurso, una narrativa que logre amalgamar a todos los inconformes (más distintos entre sí de lo que parece) y un agenda de propuestas con las cuales puedan presentarse como una alternativa y que trascienda su inconformidad hacia el gobierno en turno. Y dada su heterogeneidad (desde jóvenes liberales y socialdemócratas hasta señores de ideas ultraconservadoras) tendrán que centrarse en las coincidencias y dejar fuera de ella las discrepancias para poder así hacer un movimiento unitario que funja como contrapeso hacia el gobierno. Todo esto implicará un increíble ejercicio de autocrítica.

    No son pocas las voces que me han expresado su desolación, que les preocupa este nuevo gobierno pero que sienten que no pueden hacer nada y no saben siquiera a donde podrían acudir, que no saben siquiera por dónde empezar. Es cierto que en los últimos días han comenzado a aparecer algunas propuestas como la de la Coparmex llamada Alternativas por México, que es muy rescatable aunque no es un proyecto propiamente político y que, al parecer, tiene una visión a mediano y largo plazo. Hay organizaciones civiles que tienen el expertise para cuestionar e investigar a gobiernos como lo es Mexicanos en Contra de la Corrupción y la Impunidad que mostraron ya de lo que son capaces en el sexenio pasado. Estos ejemplos son como piezas sueltas que si se logran unir y adherir a una narrativa, podrían crear un contrapeso a este gobierno, ese que hasta ahora no tienen ni dentro del ejercicio político ni de la ciudadanía.

    Todos los gobiernos necesitan un contrapeso, y este se caracteriza por no tenerlo. No se trata tampoco de destruir a López Obrador como algunos podrían pensar, sino de crear un ambiente donde el gobierno rinda cuentas, donde si bien sea reconocido por sus aciertos, sea cuestionado por sus errores.

    Por eso se busca una oposición.

  • El fraude del 2006 como arquetipo cuatrotransformador

    El fraude del 2006 como arquetipo cuatrotransformador

    El fraude del 2006 como arquetipo cuatrotransformador

    La elección del 2006 no fue una elección ejemplar: Fox intervino abiertamente en las elecciones en favor de Felipe Calderón (con quien luego se conflictuó) cuando las leyes dicen que un Presidente no podía hacerlo. Calderón le entregó la educación a Elba Esther Gordillo a cambio de los votos del sindicato de maestros, con todas las implicaciones que eso tuvo para la educación de los niños. Hubo acarreos, el PRI operó en favor de Calderón y ello se suma al desafuero de un año atrás que ciertamente era injusto y que naturalmente funcionó como antecedente para que AMLO y los suyos calificaron como fraude lo acontecido en estas elecciones. Es cierto que si alguna de estas cosas no hubiera pasado, AMLO habría ganado en el 2006.

    Aunque si bien este tipo de actos distorsionan el proceso democrático, no constituyen por sí mismos un fraude electoral. Para que una elección sea calificada como fraude, el número de votos registrados tendría que tener una discrepancia, producto de una manipulación, con el número de votos realmente emitidos. Y no pudieron probar que existiera alguna manipulación del número de votos que fueron emitidos. Los observadores internacionales calificaron las elecciones como limpias.

    Irregularidades como las que ocurrieron en el 2006, ocurrieron también en el 2012 (amén de toda la campaña de acarreo de Peña Nieto) y en el 2018, donde si bien MORENA no fue quien cometió más irregularidades ni se destacó por cometerlas, sí fue la mayor beneficiaria de ellas. Tampoco es como que el PRD (entonces el partido en el que militaba AMLO) hiciera demasiado en las reformas electorales subsiguientes para evitar este tipo de problemas (las cuales se limitaron a evitar que alguien ajeno a los partidos políticos hicieran propaganda, o que ya no se pudiera llevar a cabo guerra sucia en contra de un candidato). El 2018 demostró que la izquierda no hizo mucho para que aquello que ocurrió en el 2006 fuera causalidad de nulidad de una elección, ya que en el 2018 ellos se beneficiaron de actos muy parecidos perpetrados por el PRI.

    Ni AMLO ni MORENA dijeron nada sobre la intervención del gobierno de Enrique Peña Nieto vía la entonces PGR (acto que luego fue señalado por el tribunal) para afectar a Ricardo Anaya, donde el gran beneficiario fue López Obrador, ya que Anaya se encontraba en segundo lugar (ciertamente algo lejano, y quien aún sin dicha intervención difícilmente habría ganado). El pejismo nada hizo para reclamar esta tropelía que era todavía más agresiva que lo ocurrido en el 2006, ya que aquí hubo un uso directo de una institución para incidir en el resultado electoral.

    Irónicamente, en la toma de protesta AMLO agradeció a Peña por no haber intervenido en las elecciones, cosa que fue absolutamente falsa. Más irónico es que en sus filas tengan a Manuel Bartlett, el ejecutor del fraude del 1988, y quien está a cargo de la CFE.

    Con todo esto, el gobierno de AMLO rememora aquello que dicen que fue el gran fraude como uno de los días más oscuros de la historia mexicana para abonarlo como relato al simbolismo cuartotransformador, como si su llegada al poder no fuera siquiera suficiente como para sobreponerse a ese resentimiento que seguía ahí.

  • ¿Es malo el conflicto?

    ¿Es malo el conflicto?

    ¿Es malo el conflicto?

    Generalmente, la palabra conflicto tiene una connotación negativa. Cuando alguien nos habla sobre conflicto se nos viene a la mente una disputa, un desacuerdo o incluso la violencia. El conflicto implica una desestabilización del orden que lo antecedió dado que había una inconformidad con dicho orden preestablecido.

    Pero sería ingenuo pensar que el conflicto es per sé algo malo. La paz y el consenso, términos a los cuales les damos una connotación positiva, serían su categorización opuesta. Pero en realidad, así como el conflicto eterno es algo indeseable, en realidad también lo debería de ser la paz y el acuerdo eterno ¿por qué?

    Porque la paz y el acuerdo eternos implican una conformidad con el orden de las cosas, como si fuera indeseable cualquier progreso desde ese lugar, como si ha hubiésemos llegado al fin de la historia (erróneamente sugerido por Hegel y Fukuyama).

    El conflicto no es un defecto de nuestra especie, es parte inherente de ella.

    De hecho, el mundo que tenemos (incluidos sus miles de beneficios que nuestros antepasados no tuvieron) es producto de una cadena de conflictos a distintos niveles. Tus derechos, tu nivel de vida, tu entorno, todo es un orden que derivó de un sinnúmero de conflictos.

    Y de hecho, el equilibro de nuestro mundo actual no es uno rígido, sino producto de una serie de conflictos actuales se contraponen entre sí: conflictos sociales, ideológicos, económicos y políticos que, sumados a aquellos que ya se llevaron a cabo, nos presentan al mundo tal y como lo conocemos. Es decir, el orden y el conflicto no necesariamente se contraponen, sino que incluso pueden retroalimentarse: la democracia como orden tal persiste gracias al conflicto entre sus diversos actores tales como oposiciones políticas, prensa, o la ciudadanía que aprovecha su derecho a la libertad de expresión para incidir en lo público.

    El orden, como decía, es producto de diversos conflictos. Pero a la vez, un nuevo orden que representa un avance social (en lo cualitativo y/o en lo cuantitativo) genera nuevos conflictos. Tomemos la equidad de género, estadío al que ciertamente todavía no terminamos de llegar pero del cual estamos más cerca que antes. Su realización ha sido y será producto de diversos conflictos, principalmente de mujeres inconformes con su realidad actual que buscan desestabilizar el orden actual para así crear uno nuevo en el cual se encuentren en una situación de equidad.

    Evidentemente es un avance real, pero dicho avance genera nuevos conflictos que tienen que ver, por ejemplo, con el hecho de que en un matrimonio la mujer y el hombre, quienes tienen carreras profesionales, deben dividirse tareas del hogar así como estar al cuidado de los hijos. Esto también implica una alteración de las estructuras sociales para que se adapten a una nueva realidad donde ambos géneros puedan aspirar a tener una carrera profesional y que a la vez puedan cuidar de sus hijos y formarlos. Tal vez las empresas (como en algunos casos ya hemos visto) den también permisos de paternidad, o tal vez los horarios laborales cambien de tal forma que puedan satisfacer esta nueva realidad.

    Anteriormente el conflicto no existía, porque se decía que la mujer tenía que quedarse en el hogar cuidando a los hijos y el hombre debía salir a trabajar. El conflicto era ese rol mismo en el cual la mujer se sentía limitada, pero al sobreponerse a dicho conflicto, se generaron estos otros y era necesario que ello ocurriera para que la sociedad se adaptara al nuevo cambio.

    El conflicto es el que nos hace crecer como personas y especie. Es el que reconoce nuestra heterogeneidad, que los seres humanos somos irrepetibles y únicos. Sin él tan sólo podríamos aspirar a vivir en un mundo monótono y estancado incapaz de evolucionar y progresar. Los derechos que adquirimos en un Estado democrático como el derecho a participar en la vida política, el derecho a la libertad de expresión o la libertad de prensa, están íntimamente ligados con el conflicto. Dichos derechos permiten al individuo entrar en conflicto dentro de un esquema tal que puedan dirimir sus diferencias.

    Podemos, sí, aspirar a qué el conflicto tenga el menor impacto posible dentro de nuestra integridad. Podemos aspirar a que usemos cada vez menos la violencia física o la guerra para dirimir nuestros conflictos y cada vez más el debate y la discusión civilizada. Madurar (tanto personal como socialmente) no tiene que ver con acabar con el conflicto, sino con la forma en que nos conflictuamos.

    No podemos aspirar a acabar con él, no deberíamos. Acabar con el conflicto implicaría conformarnos. Negar el conflicto es tan solo una forma de huir, de negar nuestras convicciones, de dejar que otras personas sean las que determinen la forma y el ritmo de nuestra vida. Es necesario también el conflicto para neutralizar una amenaza o agresión. El conflicto es parte de nuestro crecimiento, de nuestra formación, de nuestro carácter y nuestro espíritu.