Categoría: sociedad

  • La «gran conspiración» detrás del #Covid-19

    La «gran conspiración» detrás del #Covid-19

    La conspiración detrás del #Covid-19

    Siempre me he preguntado por qué a muchas personas les gusta las teorías de la conspiración.

    Con esto no quiero decir que los gobiernos nunca nos oculten nada o que no haya nada que no sepamos, sin embargo por alguna razón la gran mayoría de las teorías de la conspiración resultan falsas o nunca se pueden probar con el tiempo.

    Las teorías de la conspiración son atractivas por muchas razones, una de ellas es la intriga. Los relatos de la conspiración están llenos de intriga, algo así como si se trataran de un espectáculo hollywoodense: incluso muchas de las teorías de la conspiración terminan siendo muy parecidas al guión de las películas hollywoodenses.

    La realidad, me temo, es un tanto más aburrida ya que las películas buscan divertir al espectador y la realidad en sí misma no tiene como fin el espectáculo. Seguramente habrá cosas que no sabemos pero seguramente esos misterios, que nos podrían hacer enojar o podría crear un gran conflicto, tal vez no serán tan intrigantes como se supone que serían.

    Otra razón de su atractivo reside en el sentimiento de seguridad. Al individuo no le gusta conformarse con la incertidumbre, tiene una aversión a ella y le angustia. Es algo así como, recordando a Kierkegaard, el quedarse en la punta del precipicio con un terrible miedo a lanzarse pero, a la vez, con un fuerte deseo de hacerlo. Como no sabemos bien cómo funciona el mundo (incertidumbre), las teorías de la conspiración se convierten en ese «arrojarse al vacío». Los conspiranoicos temen que la realidad sea como creen que es, pero prefieren arrojarse porque ello les da un sentimiento de seguridad, incluso si su creencia es más dolorosa y oscura que la realidad.

    Y otra razón tiene que ver con un sentimiento de pertenencia y reafirmación personal. El hecho de saber algo que creen verdadero y que la mayoría de la gente no cree los hace sentirse especiales: yo no estoy siendo engañado como la mayoría de la gente, soy especial. Luego, los conspiranoicos pueden llegar a crear un sentimiento de pertenencia entre ellos. Conviven en los mismos foros, en las redes y hasta organizan congresos internacionales como ocurre con los terraplanistas y los antivacunas.

    Dado que alguien siempre es capaz, de alguna u otra forma, de ocultarnos algo, me parece que es válido cuestionar si dentro de un evento hay algo que no sepamos. Es válido que cuestione en mi mente si el Covid-19 pudo ser creado en el laboratorio, pero de aquí en adelante habrá una separación entre aquella persona que busca resolver su duda de forma racional y aquel otro que decide usar una lógica conspiranoica bajo la cual asegura, sin pruebas y con meras conjeturas producto de correlaciones que muy probablemente son espurias, que dicha conspiración sí está ocurriendo.

    Imagen: Wired

    Una persona sensata indaga recopilando pruebas, y sabe que no podrá decir que algo ocurre al menos que tenga las suficientes pruebas en la mano. El conspiranoico no opera igual ya que de entrada está prácticamente asegurando una tesis que no ha sustentado: los terraplanistas aseguran que la tierra es plana y los antivacunas aseguran que las vacunas son tan solo una estrategia de las farmacéuticas para manipularnos.

    Los conspiranoicos en realidad no indagan ni buscan pruebas, sino que más bien ya han llegado a una conclusión desde un principio y más bien buscan a posteriori elementos con los cuales reafirmen su postura. Los conspiranoicos basan su tesis en relaciones espurias producto de razonamientos en las cuales se extraen conclusiones de premisas débiles. Tomemos como ejemplo este silogismo:

    Premisa 1: Estas personas parecen ser mexicanas

    Premisa 2: Las personas mexicanas deben pagar una cuota

    Conclusión: Estas personas deben pagar una cuota

    Una de estas premisas es débil (la primera) ya que no comprueba nada por sí misma sino que sólo elabora una suposición. Al observador le parece que esas personas son mexicanas, pero no está seguro de ello. Es muy probable que si les exige pagar una cuota, esté cobrándola a personas que no deberían pagarla.

    Si hago un ejemplo con algunas de las teorías que circulan por las redes podría elaborar un razonamiento así, el cual es a todas luces más débil que el primero:

    Premisa 1: Los gobiernos a veces nos engañan y nos ocultan algo

    Premisa 2: Algunos de los agentes involucrados en el combate al Covid-19 son gobiernos

    Conclusión: Los gobiernos crearon o inventaron el Covid-19 para engañarnos

    Esta premisa, bajo la cual algunos concluyen que el virus no existe o crearon, es todavía más débil que la primera. La primer premisa dice que «a veces los gobiernos nos engañan, es decir, ello no siempre ocurre. Pero la primera premisa no dice nada sobre la forma en que nos engañan y no dice nada sobre si los gobiernos han creado o inventado epidemias o no. Se observa que la conclusión es mucho más débil incluso que en el caso del primer silogismo porque la conclusión ni siquiera se apega a la información dada por las premisas.

    Es válido preguntarse «¿habrán inventado el Covid-19 en un laboratorio?». Sí lo es, pero para ello es importante recabar pruebas que vayan fortaleciendo o descartando la hipótesis. Una cosa es hacerse la pregunta, otra cosa es afirmar o pensar que una sospecha producto de un argumento débil debe ser muy probable, porque lo cierto es que, conforme menos información tengamos para evaluar un caso hipotético del cual sospechamos, es menos posible que nuestra hipótesis sea verdadera.

    Un evento ocurre o no ocurre, no es que tenga posibilidad de que ocurra o no sí ya está ocurriendo o no. Pero lo cierto es que hay una proporcionalidad inversa entre la cantidad de conocimiento sobre lo que se juzga y la posibilidad de que eso que se juzga sea cierto (obviando que esta proporcionalidad no es necesariamente perfecta, ya que el sujeto, con la información suficiente a la mano, puede hacer una argumentación irracional). Es decir, por menos información y argumentos tengamos a la mano, es más probable que estemos equivocados.

    También hay que tomar en cuenta que dentro de una conspiración tal hay muchas variables que están involucradas. Habrá que tomarlas todas en cuenta para evaluarlas e ir consiguiendo información. Por ejemplo, imaginemos que investigo en fuentes confiables y concluyo que el virus sí puede ser fabricado en un laboratorio sin que nadie se de cuenta (en realidad es complicadísimo hacerlo si no es que imposible, pero para efectos de este ejemplo, vamos a suponer que sí es posible).

    Premisa 1: Un virus puede ser fabricado por un especialista en un laboratorio sin que nadie se dé cuenta de que es artificial

    Premisa 2: Los gobiernos, que tienen especialistas a la mano, tienen la capacidad de fabricar virus

    Conclusión: Por lo tanto, un gobierno puede fabricar un virus en un laboratorio sin que nadie se dé cuenta de que es artificial

    Este es un silogismo deductivo que tiene premisas sólidas (para efectos de nuestro ejemplo) y cuya conclusión también lo es. Sería una hipótesis a favor de la teoría conspirativa, pero no la comprueba por sí misma, sino que sólo comprueba una de las tantas variables que deben ser comprobadas para llegar a esa conclusión. Hemos concluido tan solo que el gobierno sí tiene la capacidad de crear un virus artificial sin que nadie se dé cuenta de que fue un gobierno el que lo creó, pero de ahí no se sigue que el Covid-19 haya sido fabricado por el gobierno porque para llegar a ello entonces habrá que analizar todas las demás variables.

    Es cierto que es casi imposible desenmarañar una conspiración así, pero sí que se pueden resolver varios argumentos para que, de menos, nos dejen en una posición de que ello es plausible aunque no segura. Demostrar la plausibilidad de una conspiración es muy útil porque, a más plausible sea, más incentivos habrá para que terceros decidan aventurarse e investigar más sobre el tema (periodistas, etc) para tratar de llegar a la verdad.

    Podemos también preguntarnos cuántas personas o quiénes estarían involucradas en la conspiración. Por más sean las personas involucradas será más difícil llevarla a cabo ya que es más probable que alguna persona suelte la sopa. Eso es algo que no consideran los terraplanistas porque para sostener que la tierra es plana entonces deben haber muchísimos agentes involucrados en la conspiración como gobiernos, líneas aéreas, comunidad científica y además debe considerarse el entorno en el que se encuentran (en un régimen dictatorial será relativamente más fácil ocultar información que en uno democrático). Estas consideraciones hacen dicha tarea imposible. No es casualidad que las pocas teorías de la conspiración que han resultado ciertas como el MK-Ultra hayan requerido de relativamente pocas personas involucradas en tal actividad. Estas consideraciones también hacen que las teorías de un «nuevo orden mundial» que nos están ocultando sean difíciles de sostener.

    Así mismo, podemos tratar entender otras variables que por sí mismas no nos darán algo concluyente pero pueden hacer la hipótesis más plausible. Por ejemplo, podemos tratar de entender el panorama geopolítico porque ello nos puede explicar algo sobre los incentivos (si alguien quiere conspirar, alguien debería tener un incentivo para hacerlo) y sobre las barreras que juegan el papel contrario (la posibilidad de que alguien más me descubra y pague un precio alto por ello desincentiva la acción).

    Si sabemos que China y Estados Unidos son, al día de hoy, una suerte de adversarios ¿cómo juega ello con las demás variables? Podemos preguntarnos ¿qué ganan los distintos actores al fabricar un virus o qué reacción tendrían los distintos actores? Si el virus lo fabricó China ¿Por qué Trump no ha dicho que es una conspiración para acabar con EEUU? ¿Por qué la Unión Europea, parte del polo occidental, no ha sospechado absolutamente nada? ¿De verdad pudieron ocultarlo y eliminaron absolutamente todas las pistas para que la comunidad científica no albergara sospecha alguna?

    Evidentemente, todas estas preguntas deben de ser contestadas con el máximo rigor posible y no con meras conjeturas que adolecen de lo que adolecen las mismas teorías que los conspiranoicos defienden a capa y espada como por ejemplo: «si el gobierno hizo X (de lo cual no tengo pruebas y es una teoría de la conspiración), ¿el gobierno volverá a hacer X?».

    La postura más responsable, a mi parecer, sería partir a priori de la idea de que la teoría es hipotéticamente falsa en tanto no tengamos elementos para decir lo contrario y, con base en los hechos y pruebas que se recaben, dimensionar la plausibilidad que ésta podría tener. Si no tengo ninguna prueba medianamente aceptable entonces descarto que X esté sucediendo en tanto no acumule más pruebas que de menos me hagan decir que hay ciertas posibilidades de que X ocurra y que, al haber cierta plausibilidad, entonces vale la pena investigarlo. Es válido preguntarse, pero es muy distinto preguntarse «¿podrá estar ocurriendo eso?» a afirmarlo o darle una plausibilidad que no tiene porque no tenemos elementos a la mano.

    El problema con los fanáticos de las teorías de la conspiración es que no suelen hacer este ejercicio, sino que más bien parecen acumular una gran cantidad de argumentos que no pueden ser validados o acumulan una gran cantidad de correlaciones espurias con algún hecho aislado para así concluir que su tesis es cierta. La necesidad de paliar la incertidumbre, la necesidad de pertenencia y reafirmación terminan sesgando completamente el ejercicio.

    Que algo sea plausible nos evoca de nuevo a la incertidumbre, porque hablamos de que algo pudiera estar sucediendo pero no podemos decirlo con certeza. Solo sospechamos, pero no afirmamos. De nuevo, la angustia kierkegaardiana y la necesidad de arrojarse al vacío les viene a muchos. Por eso el conspiranoico afirma, no se pregunta.

    Por ejemplo, alguien puede argumentar que el gobierno de EEUU pudo fabricar el virus porque hace dos décadas ellos se encargaron de derrumbar sus torres gemelas, argumento que, dos décadas después, tampoco ha sido comprobado con hechos. Los teóricos de la conspiración suelen acumular este tipo de argumentos porque deducen que el cúmulo de correlaciones espurias o no probadas los lleva a la verdad. Ello es falso. De hecho, han logrado tejer historias muy complejas e intrigantes a través de este tipo de correlaciones que terminan siendo desmentidas, a veces con un simple argumento.

    Los teóricos de la conspiración suelen desechar de forma a priori evidencia que ponga en duda su teoría. Si un medio que consideran mainstream publica la información, entonces tiene que ser falsa ya que hay una «gran conspiración». Es cierto que una fuente seria puede, en algún dado caso, llegar a mentir, puede llegar a equivocarse o verse afectada por su sesgo ideológico, sería iluso pensar que ello no sucede, aunque ciertamente las que llamamos «fuentes confiables» suelen ser, valga la redundancia, más confiables de las que no lo son o de las que tienen mala reputación y por ello se les da más valor. Para reducir la posibilidad de recibir información falsa se indaga más sobre el tema, se buscan otras fuentes que lo corroboren o, si es el caso, se analiza el paper del cual se extrajo la información. Otra cosa es afirmar que los medios siempre mienten porque están ocultando una gran maquinación sin probarlo.

    Decía que los teóricos de la conspiración no suelen hablar de plausibilidades, sino que aseguran que algo está ocurriendo con base en correlaciones espurias. A parece relacionarse con B, pero no pueden determinar si A provoca B, B provoca A, si ambas variables son ocasionadas por una tercera variable o es una simple y linda «casualidad de la vida» que exhibe su condición espuria porque:

    Vincent Granville on LinkedIn: Spurious correlations: 15 examples

    ¿Hay una conspiración entre el gasto en ciencia y los suicidios por ahorcamiento o estrangulamiento? ¿Si recortamos el gasto en ciencia reducimos los suicidios? Es obvio que es una coincidencia porque se trata de una correlación espuria, pero un teórico de la conspiración no lo verá así, pensará que le están ocultando algo.

    Por último ¿Por qué es importante partir de la idea de que una teoría es hipotéticamente falsa mientras no comprobemos su existencia o, ya de menos, su plausibilidad?

    La respuesta la podemos ver en las redes. El hecho de que las personas tejan teorías de la conspiración a partir de cualquier correlación (las cuales o la mayoría de las cuales son falsas) hace que dichas teorías se mezclen con la información veraz. En la práctica, ello crea un clima de fuerte desconfianza a través de la cual la gente termina desconfiando de todo el mundo y de cualquier argumento porque siempre debe haber una conspiración detrás de éste. Si la gente ya desconfía de todos los medios y de todas las personas, entonces ninguna información es más valiosa y confiable que otra y ello es un problema muy grave. Peor, se puede incluso llegar a la conclusión de que la información falsa e intrigante «fake news» termine teniendo más credibilidad que aquella información que debería ser creíble. Los antivacunas y los nefastos efectos de su activismo son un claro ejemplo de ello.

    No se trata de asumir que no existen conspiraciones en el mundo, se trata de ser más rigurosos a la hora de investigar aquello que nos hace dudar y sospechar. La duda es completamente sana, preguntarse si el virus fue creado en un laboratorio es completamente válido. El problema es 1) tomar como verdaderas aquellas conspiraciones de la cual no tengo pruebas y 2) crear un ambiente de absolutamente desconfianza y sospechosismo. Todo ello es nocivo para el bienestar de la sociedad misma y, en nuestro caso, puede terminar afectando los esfuerzos para controlar la pandemia que estamos viviendo.

    Y para terminar hay que decirlo: tener espíritu crítico no es solo ser crítico con el gobierno o con aquello sobre lo que se desconfía, sino con el mismo paradigma y los métodos a través de los cuales estoy emitiendo mi crítica.

  • El México solidario y el México egoísta dejabajo.

    El México solidario y el México egoísta dejabajo.

    El México solidario y el México egoísta dejabajo.

    Recuerdo muy bien el momento en que me enteré por redes sociales que había ocurrido un sismo en el centro del país. Por los primeros «tuitazos» no parecía ser la gran cosa: «ay, este se sintió duro», «tenemos sismo». Pero pocos segundos después alguien habló de un edificio que se vino abajo (igual estaba viejo y descuidado, solo le faltaba un «empujoncito», pensé), pero luego fue otro, y otro. Pasaron muy pocos minutos para entender lo que había ocurrido.

    Y solo pasaron pocos minutos para que se fuera conformando toda una red de ayuda a través de las redes sociales y que duró muchos días. Todo México se movió para ayudar, había pensado: médicos, ingenieros, rescatistas, gente común que se puso a ayudar con lo que podía. Y aunque el gobierno no actuó tan mal como lo hizo en el 85 y el ejército sí jugó un papel importante, el activismo de los ciudadanos terminó salvando muchas vidas.

    Me quedé con la impresión de que México era un país solidario, donde toda la gente se ayuda. Pero a veces las impresiones pueden ser engañosas.

    Un sismo y una pandemia son crisis trágicas, pero son dos fenómenos muy distintos entre sí. El primero te obliga a salir a la calle, la segunda más bien te invita a no salir. El sismo es un evento que dura unos segundos o minutos y justa cuando termina es cuando hay que salir a ayudar al prójimo. La pandemia es un evento que dura semanas o meses, la crisis es un continuum que está ahí y que no nos deja.

    El terremoto corta de tajo nuestra cotidianeidad y crea un sentimiento de urgencia que nos obliga a reaccionar inmediatamente para reparar el daño (después del activismo, la gente se percata de que ha gastado muchas energías y está muy cansada). La pandemia no corta dicha cotidianeidad sino que la infecta y se vuelve parte de ella. El individuo no puede utilizar todas las energías que utilizaría para rescatar a las víctimas de un sismo a lo largo de varias semanas o meses, es imposible. Quienes desean ayudar en la crisis sanitaria deben compaginar su activismo con la vida cotidiana, por ello su labor no se nota tanto, y también se vuelve más invisible por el hecho de que están confinados en sus casas: no se ven muchos voluntarios en la calles.

    Posiblemente la naturaleza de ambos eventos explique por qué en el primero hayamos visto a un México muy solidario y a otro a un México más bien egoísta donde hemos visto incluso agresiones a médicos: es cuestión de percepciones y tiene que ver con lo que salta a la vista.

    Después de un sismo, el México egoísta se vuelve invisible al punto en que crees que no existe. No te percatas de ello porque se queda en sus casas sin hacer nada. Lo que está en el centro son las montañas de personas ayudando a rescatar gente, las personas en redes tratando de ayudar, los médicos y los rescatistas. De ahí se infiere que todo México es solidario: incluso se dice «México se solidarizó con las víctimas», «México hizo esto y aquello», pero en realidad es solo una faceta, la otra está ahí escondida.

    Con la pandemia ocurre algo muy distinto que genera la percepción de que la sociedad es de lo más ruin y egoísta que podría haber:

    Primero, el activismo en redes no es tan intenso porque como la crisis no es inmediata sino lenta y continua no hay un sentimiento de urgencia. Como comenté, la gente tiene que compaginar su activismo con la vida cotidiana. Sí hay activismo, pero no vemos todas las redes inundadas de gente ayudando, los activistas tienen que dosificar la ayuda porque ayudar también implica esfuerzo y gastar energía. Sería humanamente imposible emplear la energía utilizada para ayudar las víctimas del sismo durante las semanas o meses que dure la epidemia.

    Segundo, porque lo visible, lo que queda al centro, es aquel México egoísta. Si en el sismo quienes acuden a las calles son los voluntarios, en una epidemia quienes salen a las calles son aquellos que no están dispuestos a quedarse en sus casas (claro, exceptuando a los que tienen que salir por necesidad). Lo que sale a la luz no es tanto la gente que ayuda, sino la gente que no está dispuesta a hacer el mínimo sacrificio por los demás: los que se van a Vallarta, los que pretenden seguir con su vida diaria y los cuales, presas de un pánico irracional combinado con egoísmo, agreden a doctores y enfermeras porque tienen miedo de que «les peguen el bicho».

    Pero tal vez nuestra sociedad no sea tanto ni lo uno ni lo otro. Tal vez no es tan solidaria como pensamos que en 2017 era, pero tal vez no sea tan ruin como hoy pensamos que es. La diferente naturaleza de las crisis nos mostró a dos Méxicos diferentes, uno puso al México solidario al centro y escondió al egoísta en la periferia, el otro puso al México egoísta al centro y escondió al solidario en la periferia.

    La realidad es que, a pesar de que no lo parezca, sí hay gente ayudando. Hay gente que dona parte de su tiempo y talento para que otras personas tengan una cuarentena más llevadera. Otros buscan herramientas de trabajo, cubrebocas y trajes para los médicos (mientras los otros los agreden). El problema es que en una crisis como la actual el impacto que genera el «México egoísta» es considerable al punto en que podemos no salir bien librados por ello y su displicencia tiene un mayor impacto que el esfuerzo de la gente que quiere ayudar: tener más gente en la calle implica que la tasa de contagio es más elevada y los sistemas de salud se ven más rebasados, lo cual se traduce en más muertes. En el sismo pasaba lo contrario: tal vez ni siquiera era necesario el «México egoísta», bastaban las manos del México solidario para hacer las labores de rescate.

    Tal vez tenemos que pensar en que México es algo heterogéneo: tal vez no hay algo así como un México solidario o un México egoísta como tal, sino gente solidaria y gente egoísta. Es cierto que la cultura y la idiosincrasia moldea la forma en la que la sociedad se manifiesta y que por ello las sociedades de algunos países están más a la altura que otras (o están más a la altura en ciertos eventos como en otros, como es nuestro caso), pero también es cierto que la gente tiene libre albedrío y tiene la capacidad de decidir si es solidaria o egoísta.

  • Cielito Lindo y qué ruido

    Cielito Lindo y qué ruido

    Cielito Lindo y qué ruido

    La forma en que las personas actúan refleja necesariamente la realidad en la que se encuentran insertas. Sus actuaciones responden a construcciones de la realidad que han hecho a través de la experiencia.

    Es decir, si esta persona actúa de tal o cual forma, ello explica de alguna forma la realidad de la cual forma parte. Y viendo ese penoso «Cielito Lindo» que se aventaron algunos artistas de la farándula, puedo tratar de explicarme un poco su realidad.

    Es que ¿a quién se le ocurre montar un espectáculo de tan baja calidad para «animar a la gente» o «solidarizarse», si es que ello fue su verdadera intención?

    El contenido del video ya es de por sí muy cliché: ¿qué cantamos? Ah sí, ¡el Cielito Lindo! Es lo que la gente canta cuando gana México en los mundiales. Luego, creemos que tenemos un gran poder de convocatoria porque somos estrellas de Televisa (o de TV Azteca). Esto va a pegar, esto le va a encantar a la gente. No importa que sea un video mal hecho hecho al aventón al que no le pusimos ningún esmero, que no está bien editado, donde nadie sabe cantar ni se esfuerza por hacerlo, donde unos cantan con enjundia y otros parecen que se están durmiendo lo cual arruina por completo la continuación del video: parece que van a llegar al punto álgido de la canción con esos insulsos gritos de ¡viva México! para que llegue otro de esos artistas a cantar el coro sin ganas, ni pasión. Es más, ni siquiera están coordinados con la pista. Es una experiencia visual y auditiva terrible.

    Esto se trató de una iniciativa basada en el mínimo esfuerzo: no importa que quede parchado, la cosa es que salga. Y eso se notó y mucho, eso hizo al video todavía más patético, porque el mensaje que comunican a su audiencia (o la que creen que es su audiencia) es que están dispuestos a dar poco de sí.

    Luego tienes a los artistas en sus casas presumiéndonos sus jardines, sus albercas, sus balcones con vista a la ciudad o a la playa (presumiblemente Miami) como para decirnos que ellos se la están pasando muy guay en una cuarentena todo de lujos, como para restregarle su privilegio a la gente en su cara.

    Evidentemente, la desconexión de su «México» ya no con el México real, sino incluso con el México de las clases medias, es notable. Pareciera que tratan al público de forma condescendiente, como si fuéramos a pensar que ellos son importantes para nosotros porque pueden ser conocidos (en realidad yo solo ubico a Daniel Bisogno, Yuri y Rebeca de Alba), pero ello no quiere decir que sean admirados o sean referencias para una gran parte de la población que está cada vez más desconectada de los medios tradicionales que es donde ellos tienen exposición. Pareciera que creen que seguimos viviendo en esos años 80 siempreendominguistas donde los famosos eran construidos por aquellas televisoras en donde trabajan y eran casi la única referencia que la gente tenía.

    Era evidente que cuando subieran el video a redes lo único que se iban a ganar son burlas. Era evidente que la impresión del público es que lo único que estos artistas querían era exposición y ni para hacer eso le echaron ganas.

    https://www.youtube.com/watch?v=xnYBoUGYACM
  • #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    Está llegando el momento que todos sabíamos que iba a llegar, pero que pocos habían dimensionado.

    Está llegando ese momento en que los fallecidos diarios se comenzarán a contar por centenas y no decenas. Si el día de hoy ya no son pocas las personas que conocen al menos a una persona que tiene Covid-19, pronto no serán pocas las que conozcan al menos una persona que falleció por el virus.

    Sí el día de hoy ya tenemos algunos hospitales a su máxima capacidad, pronto veremos al sistema de salud rebasado y habrá gente que no podrá recibir atención hospitalaria (suena duro, pero las cosas como son) lo cual seguramente provocará conflictos y descontento. Si en los países desarrollados ello está pasando ¿por qué tendríamos que esperar algo diferente en nuestro país donde el sistema de salud es más precario?

    En unos días, alguna que otra persona de aquellas que se fueron a vacacionar o que dijeron que el coronavirus era una simple gripe van a estar implorando en sus redes sociales porque no hay ventiladores. Más de una de esas personas va a fallecer.

    La crisis va a ser complicada por la naturaleza de la pandemia, pero los efectos causados por las personas que no tomaron precauciones y los errores de las autoridades van a complicarlo más aún más porque debido a ello la curva no se habrá «aplanado lo suficiente» y muchas personas no recibirán la atención médica necesaria para sobrevivir.

    En unos días vamos a escuchar uno que otro caso de algún famoso, político o personalidad pública que falleció a causa del Covid-19 y ello asustará mucho a la gente, incluso a algunos de los que el día de hoy creen que es un juego.

    Vamos a escuchar a mucha gente desesperada, incluyendo gente cercana. Veremos a alguno que otro conocido llorando porque se le murió alguien. Nuestras redes se van a inundar de casos, de anécdotas muy dolorosas e indignantes aunque también de aquellas que nos harán tener una luz de esperanza: veremos algunos actos heroicos, personas que se salvaron contra todo pronóstico, personas que se partieron la madre para salvar a los otros.

    A juzgar por los pronósticos, esta etapa de finales de abril y el transcurso de mayo va a ser la más complicada, e incluso va a ser la etapa más complicada para el país en muchos años y en muchos ámbitos.

    Y ello quiere decir (partiendo del hecho de que la enfermedad no muestra síntomas sino hasta casi dos semanas después) que hoy es cuando más debes cuidarte. Si te contagias hoy, posiblemente muestres síntomas cuando los hospitales estén rebasados. Dicho esto, hoy más que nunca deberías de cuidarte porque si la enfermedad se complica va a ser un problema. Con probabilidad adquirirás el Covid-19 algún día, pero mucho mejor que ello ocurra cuando el sistema de salud no esté saturado.

    Y eso no quiere decir que en junio vayamos a regresar a la normalidad. La normalidad tal y como la conocíamos va a tardar mucho en llegar. Se manejan muchos escenarios al respecto, tal vez en un par de meses no tengamos que estar encerrados en casa pero sí se van a cambiar muchos patrones de conducta: evitaremos saludarnos de mano, no iremos a eventos donde mucha gente se conglomera. Es más, incluso podrían establecerse cuarentenas periódicas o parciales mientras se encuentra la vacuna. No lo sabemos.

    Hoy vivimos en una tranquilidad tensa, sabiendo que lo peor, lo que ya está a la vuelta de la esquina, no ha llegado.

    La tranquilidad se disipará pero la tensión subirá, nuestras vidas tal vez se verán algo más interrumpidas de lo que ya están. Trataremos de continuar haciendo nuestras vidas implorando porque el crecimiento se detenga sin saber siquiera qué va a pasar después ¿se habrá acabado todo? ¿Vendrá una segunda ola de contagios? No lo sabemos.

    Y ello, además, vendrá con consecuencias económicas. Habrá que apretarse, hacer algunos sacrificios, algunos proyectos tendrán que empezarse desde cero.

    Y ante la frustración buscaremos culpables: el gobierno, la gente que no hizo nada, la OMS, AMLO, Trump, López-Gatell, China y hasta los murciélagos.

    Sé que sonará chocante, pero esto es parte de la vida. Los equilibrios que damos por sentado y que nos permiten mantenernos en nuestra zona de confort son eso, equilibrios que en cualquier momento pueden sacudirse. La estabilidad nunca es eterna. De hecho, el mundo necesita sacudirse de cuando en cuando para no atrofiarse y colapsar.

    Pero hasta en esta sacudida somos afortunados. Al final, el virus tiene una tasa de mortalidad relativamente baja, más baja que muchas otras pandemias que nos han azotado como la peste o la gripe española. Las posibilidades de que fallezcas son bastante bajas (sobre todo si tienes menos de 60 años y no presentas comorbilidad), las posibilidades de que te hospitalicen son un poco más altas pero siguen siendo relativamente bajas.

    Y es por esto que nos debemos mantener fuertes y unidos. Ahora que viene la ola más avasalladora es donde tendremos, al menos en espíritu, que sostenernos todos y agarrarnos muy muy fuerte, porque no tenemos margen de maniobra para evitar que la ola nos caiga encima pero sí lo tenemos para que no nos derrumbe.

    Porque siempre hay una luz al final del túnel. Porque llegará el momento en que todo haya acabado, y aquello que no nos mató, nos habrá hecho más fuertes.

  • Nuestra terrible incertidumbre en tiempos del COVID-19

    Nuestra terrible incertidumbre en tiempos del COVID-19

    Nuestra incertidumbre en tiempos de COVID-19

    Todos en algún momento nos hemos enfrentado a la incertidumbre, a esa sensación de que no sabes qué va a pasar:

    Nos pasa cuando nos vamos a cambiar de ciudad, cuando vamos a entrar a una nueva escuela o trabajo, cuando estamos esperando algún resultado, cuando vamos a pedirle matrimonio a una persona del sexo opuesto. Es una incertidumbre que, en la gran mayoría de los casos, sabemos que tarde o temprano va a desaparecer en el momento en que nos adaptemos a las nuevas circunstancias: asumimos su temporalidad.

    Es esa incómoda sensación de que no sabes qué es lo que va a pasar porque no tienes la información suficiente para prever el futuro. Entonces te imaginas demasiados escenarios e incluso sobresaturas a tu cerebro tratando de encontrar una respuesta que te mantenga en calma y que no existe: en algún momento te dices que todo va a salir bien y luego, de pronto, te vuelves más bien pesimista.

    Hoy el mundo vive una situación de incertidumbre inédita desde la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de las incertidumbres que vivimos en nuestra vida diaria no sabemos cuándo va a acabar. Sabes que la incertidumbre de cambiar de trabajo terminará cuando te hayas adaptado al nuevo, o que la incertidumbre de saber si tu persona amada te dirá que sí o no terminará en el preciso instante en que te dé la respuesta.

    Pero con el Covid19 no sabemos siquiera cuándo van a terminar de llegar las respuestas, porque se trata de una incertidumbre temporalmente indefinida. No solo es la incertidumbre per sé, sino aquella otra incertidumbre de saber cuándo la primera incertidumbre va a terminar.

    Todos los años podíamos más o menos darnos una idea de cómo sería el siguiente: al menos podíamos decir casi con certeza que sería algo parecido aunque no necesariamente lo fuera, pero asumirlo nos daba tranquilidad.

    Pero el día de hoy no podemos hacer eso. No sabemos cómo se va a transformar el mundo. No sabemos si esos equilibrios que mantienen el estado de cosas que asumimos casi como algo dado o natural vayan a resistir.

    De hecho, desde tiempo antes estaba sorprendido de que nuestro mundo no hubiera recibido alguna sacudida porque históricamente los cambios tecnológicos derivan en profundos cambios sociales, económicos y culturales; en cambios drásticos e incluso revoluciones o hasta guerras. Y hasta hoy, el orden social, político y económico se había mantenido relativamente parecido. El COVID-19 entonces llegó como una nueva variable que amenaza con sacudir más un orden que ya se está tambaleando.

    No es improbable entonces que el orden social cambie, y si lo hace, al día de hoy no tenemos la más mínima idea de la forma y la profundidad del cambio que pueda ocurrir: ¿va a ser para bien o para mal? ¿Veremos un acelerado progreso de la calidad de vida humana o esto nos enfrascará en un conflicto bélico o nos mantendremos más o menos igual? ¿Fortalecerá los valores democráticos y la solidaridad humana o volveremos al nacionalismo exacerbado y al autoritarismo?

    Son preguntas que no podrán responderse hasta que la realidad lo haga. Podemos hacer análisis históricos, buscar pistas, patrones, pero nada, absolutamente nada al día de hoy, nos puede dar la certeza absoluta de lo que va a pasar simplemente porque los seres humanos somos pésimos para «adivinar el futuro». Hace 100 años no teníamos casi la más remota idea sobre cómo iba a ser el mundo actual.

    No sabemos bien cuántas personas van a fallecer, no sabemos cuándo va a estar disponible la vacuna, incluso no sabemos a ciencia cierta cuánto durará el confinamiento ni sabemos siquiera cómo va a evolucionar la pandemia en unos meses o de qué tamaño va a ser el impacto económico (tan solo podemos prever su existencia). Todo parte de supuestos, de experiencias pasadas que nos pueden dar un norte pero que en sentido estricto no están obligadas a explicar la actual: que si la inmunidad de grupo, que si la pandemia del 2009, que si esto o que si lo otro.

    Modelos se han hecho muchos, algunos hasta con inteligencia artificial y las más avanzadas tecnologías. pero la realidad es que la contingencia nos rebasa y muestra las limitaciones de una especie humana que había confiado demasiado en su progreso como para pensar que algo así no podía pasar (con todo y que los progresos tecnológicos son evidentes y hasta palpables en esta pandemia pero no todavía suficientes).

    Woman in White Crew Neck T-shirt Standing Beside A Man Holding A Placard Of Coronavirus

    Sabemos que no hay garantía alguna de que esos instrumentos (por más sofisticados y geniales sean) nos vayan a dar la tranquilidad absoluta que estamos tratando de buscar en algún lugar. La naturaleza nos hace sentir, con todos nuestros avances tecnológicos, médicos y sociales, como si fuéramos seres primitivos e indefensos. La naturaleza nos dice «quietos» ¿acaso creen ustedes que tienen total dominio sobre mí?

    Todo esto genera mucha incertidumbre, y la realidad es que no hay forma de eliminarla porque en algunos casos no hay respuestas claras y en otros no las hay en absoluto. Estamos ante una incertidumbre tal que ha adquirido tintes históricos ya por sí misma. De esta pandemia se hablará en los libros de historia en cien años e incluso más.

    Evidentemente, la sensación se vuelve más fuerte si el impacto sobre tu vida cotidiana ha sido mayor; si estás en riesgo de perder tu empleo; si no sabes si tu nuevo emprendimiento va a resistir; qué va a pasar si «se te mete el bicho» porque tus defensas no son buenas o estás dentro de los grupos más vulnerables.

    Y si te sientes así no te culpes, es completamente normal. Ante lo incierto, nuestro organismo adopta un mecanismo de alerta para tratar de adaptarse a los cambios, y ello se vuelve más sistemático en tanto el individuo se encuentra dentro de un estado de incertidumbre constante. Grave sería que estuvieras muy tranquilo sabiendo que estás en una situación de riesgo.

    Para quienes tenemos un cuadro de ansiedad, esa sensación nos es muy conocida y familiar. De hecho sospecho que ese reconocimiento me ha ayudado a sobrellevar este periodo de forma más tranquila gracias a la experiencia que tenemos a la hora de enfrentar a ese monstruo llamado ansiedad y que es causada, en este caso, por la incertidumbre (es algo que también me han comentado amigos míos que tienen este tipo de cuadros).

    Como no podemos eliminar la incertidumbre porque es incluso irracional y contradictorio tener certeza sobre algo de lo que no se tienen elementos, podemos limitarnos a controlarla de acuerdo a nuestras capacidades. Podemos hacer ejercicio en esta cuarentena, buscar distractores, meditar, hacer yoga, leer, rezar, fomentar la convivencia social (gracias a los avances tecnológicos que lo permiten hacer de manera remota), ayudar a otra gente e incluso usar el humor como los mexicanos tan bien acostumbramos a hacerlo. Muchas personas (quienes viven en condiciones más difíciles) no tienen siquiera ese privilegio.

    Y ni siquiera tendríamos que recriminarnos por no hacerlo, por no adquirir un hobbie o no haber aprendido algo nuevo. Si bien es cierto que las crisis en algunos casos pueden ser puntos de partida para un gran desarrollo personal, también es cierto que se ha propagado un peligroso discurso de autoayuda donde se le dice a la gente que sonría todo el rato y se le recrimina si no aprende algo nuevo o aprovecha la pandemia para a partir de ahí crear el negocio millonario de su vida. Al final es una crisis, las crisis son difíciles, cuestan trabajo y no todo el mundo tiene el lujo de divertirse y ponerse creativo en la cuarentena. Muchas personas sobrellevan las crisis de forma distinta y habrá que respetar ese proceso.

    Son tiempos difíciles los nuestros: estamos en el momento de mayor incertidumbre desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; estamos frente a la incertidumbre más globalizada de la historia; estamos frente a algo inédito en algunas dimensiones. Ello es difícil y angustiante. Saca a las personas de su zona de confort que en esta era posmoderna ya era lo suficientemente líquida para ahora sumirlas en una incertidumbre profunda y angustiante.

    Pero el ser humano si algo sabe hacer es superar sus tragedias, y no creo en lo absoluto que esta sea la excepción.

    Porque llegará el momento en que podamos sortear la crisis como siempre lo hemos hecho, y espero con todo mi corazón que a partir de esta crisis nos volvamos mejores humanos, construyamos un mundo y una sociedad mejor.

  • La gente a la que le no le importa

    La gente a la que le no le importa

    La gente a la que le no le importa

    El miércoles tuve que salir de mi casa al hospital por una prueba médica. Éste se encuentra a tres cuadras por lo que me fui caminando, al cabo habría poca gente en las calles, pensé.

    Desde que puse el primer pie fuera de mi casa me percaté de algo: sí había gente.

    Es cierto que había menos gente de lo normal, pero tampoco es como para decir que las calles estaban vacías. Decían los «expertos» en mi ciudad que para contener la pandemia era necesario que el 70% se quedaran en sus casas, pero cuando mucho podría decir que había sólo 50% menos gente, si no es que menos.

    Es cierto que tendría que obviar a la gente que no puede dejar de salir a trabajar porque tienen que comer (y hacia quienes no se puede esgrimir críticas), pero en ese caso tendría que haber visto muy pocos autos y sí más gente en el transporte público, lo cual no fue el caso. Si digo que se redujo menos del 50% de gente en las calles, ello se vio reflejado en igual proporción en los automóviles como en los transeúntes que toman el transporte público. Ello quiere decir que personas con lujo de sobra salieron a la calle y personas con una realidad un poco más «ajustada» hicieron el sacrificio de quedarse en su casa.

    En la calle había muchos coches de lujo circulando, de gente de la cual uno esperaría que solo salga para lo estrictamente necesario. Pero eran los suficientes coches para darse cuenta que la mayoría no salían para ello sino para cosas que podrían evitar hacer.

    Luego crucé el camellón que tiene una pista para correr. Había alguna que otra persona trotando. Y me dije, está bien, mientras tomen sus precauciones y mantengan distancia entre ellos no hay mucho riesgo (la posibilidad de contagio es mínima con tres personas en una pista de un kilómetro) y les ayuda para el bienestar emocional, si no tuviera la bicicleta estática que me permite hacer ejercicio en mi casa posiblemente lo haría (tomando las evidentes precauciones). Varios países europeos en cuarentena lo permiten porque, a la larga, ello permite que la gente no se desespere tanto y tengan su sistema inmunológico en mejores condiciones.

    Pero solo bastó cruzar la avenida para ver a un grupo de jóvenes (de clase media alta) platicar afuera de un automóvil, eran unos ocho. Estaban relajados, se reían, bromeaban como si nada. Eran de esos jóvenes que evidentemente tienen la capacidad económica para quedarse en casa.

    Seguí caminando y pasé por edificios donde había empresas que, por su naturaleza, podrían hacer home office pero que tenían ahí a sus empleados trabajando como si nada. Desde la ventana de afuera ni siquiera se veía nada anormal (que por ejemplo, hubiera más distanciamiento entre los empleados).

    Luego llegué al hospital donde el vigilante me tomó la temperatura y me dio gel antibacterial. Hasta ese momento volví a recordar que estamos en una situación de emergencia sanitaria, no sentí la calle muy extraña, tan solo parecía ser día feriado cuando mucho y nada más.

    ¿Por qué hay mucha gente a la que no le importa lo que está pasando? ¿Por qué hay mucha gente que antepone aferrarse a su vida cotidiana que evitar que mucha gente, sobre todo aquella vulnerable ante el COVID-19 muera? ¿Por qué hay gente que sigue yendo al gimnasio? ¿Por qué hay gente que cree que no hay problema con platicar con ocho amigos en la calle?

    Y si bien hay gente que sí está actuando de forma muy responsable y solidaria, hay otra que no lo está haciendo, la suficiente cantidad para que se conviertan en un problema. Lo peor es que ello va a afectar a muchas personas, se va a traducir un mayor número de muertes.

    Al final, todas aquellas personas tendrán alguna responsabilidad moral por aquellas muertes que pudieron evitarse.

  • El COVID-19, la enfermedad que primero es de los ricos y luego de los pobres

    El COVID-19, la enfermedad que primero es de los ricos y luego de los pobres

    El COVID-19, la enfermedad que primero es de los ricos y luego de los pobres

    La gente acomodada importó el Covid 19 a México por una sola razón, ellos tienen mayores facilidades para salir del país. Esto aplica para cualquier país que no haya alcanzado el suficiente desarrollo como para que la mayoría de sus habitantes puedan viajar en avión.

    Los primeros casos que aparecen entonces son personas de clase acomodada. Los primeros fallecimientos, por lo general, también.

    Pero la gente acomodada convive con personas que pertenecen a las clases populares o que son pobres: las señoras del aseo, el de las tortillas, el peón de una fábrica, el zapatero, el jardinero y demás.

    Así, llega un momento en que parece no haber distinciones sociales: todos se enferman.

    Pero luego la gente acomodada se topará con que tiene más facilidades para hacer frente a la pandemia. Una vez que el contagio comunitario ha comenzado, ellos pueden hacer algo más para evitar contagiarse: ellos se quedan en sus casas y pueden trabajar desde el hogar. Si necesitaran salir, pueden usar el carro para trasladarse, lo cual representa un riesgo menor que si tuvieran que trasladarse en camión, lo cual se vuelve un foco de infecciones.

    Entonces la distribución comenzará a cambiar paulatinamente. Si bien es cierto prácticamente todos vamos a portar el COVID19 en algún momento, es más probable que la curva «sea más plana» dentro de las clases más acomodadas, además de que tienen acceso a hospitales privados. En el caso de la gente más pobre, la curva será más pronunciada por lo anteriormente mencionado.

    A eso hay que agregarle que los servicios de salud que reciben son pésimos. Si bien la misma clase acomodada sufrirá de «saturación de hospitales», los menos privilegiados lo sufrirán aún más. Tendrán todavía más problemas en ser atendidos y, por ende, la tasa de mortalidad ahí será más alta.

    Así, una enfermedad importada por las clases medias y altas se volverá más que nada una enfermedad de los pobres, porque ahí habrá más casos, mayor tasa de mortalidad y peores condiciones para combatir el problema. Esto es recurrente en todas las pandemias a lo largo de la historia: la gente más pobre tenía más posibilidades de contraer la peste que la gente más rica e incluso Camus narraba en su novela que los acomodados trataban de evitar los barrios bajos y se prohibía el tránsito entre los distintos sectores.

    Lo mismo sucedía con la tuberculosis y ya no digamos el cólera, donde las condiciones sanitarias lúgubres están fuertemente relacionadas con la incidencia de contagio (por lo general, por heces restantes en el agua) sin olvidar a la malaria que es otro caso ejemplar.

    Nuevamente las diferencias socieconómicas incidirán sobre la forma en que la pandemia se manifiesta. El mismo fenómeno se puede percatar entre los distintos países. Primero «enfermaron» aquellos más desarrollados y que, por ende, tenían mayores conexiones aéreas. Hoy África tiene pocos casos, pero tal vez será cuestión de semanas para que el coronavirus se concentre dentro de los países más pobres del mundo y ahí residan las mayores afectaciones: la India, históricamente susceptible a las pandemias, posiblemente sufra mucho, y tal vez lo harán todavía más aquellos países cuyo sistema de salud sea muy pobre o casi inexistente.

    En aquellos países más deprimidos, el COVID19 se encontrará con aliados como la malaria o el HIV que hará el problema todavía más grave. Sobre todo en aquellas ciudades atiborradas de personas como Lagos donde pensar en una cuarentena es casi imposible. Ahí es donde se va a sufrir más, aún más que los que viven en las periferias de las ciudades de México.

    Por ello, los distintos sectores socioeconómicos viviremos el problema de forma distinta. Hasta el más rico tiene algunas posibilidades de riesgo, pero siempre serán menores a la de su contraparte de los barrios más deprimidos.

  • El Hoyo y el coronavirus. Obvio

    El Hoyo y el coronavirus. Obvio

    El Hoyo y el coronavirus. Obvio

    En estos tiempos pandémicos, y más con el encierro, es común que las personas consuman contenidos que les ayude de alguna u otra forma a explicar qué es lo que estamos viviendo. La Peste del existencialista Albert Camus ha sido la referencia más obvia para muchos, al grado que las búsquedas relativas al escritor francés se dispararon. Existen otros contenidos que no son tan obvios y que ni siquiera hacen referencia a una pandemia, pero que nos pueden ayudar a reflexionar sobre lo que estamos viviendo y en este sentido, la película «El Hoyo» del español Galder Gaztelu-Urrutia me ha hecho meditar mucho. Es una película cruda y que a más de una le podrá parecer chocante verla en estos tiempos, pero vale la pena.

    Esta cinta, que se encuentra en Netflix y que se ha vuelto muy popular estos días, trata sobre una suerte de prisión vertical ubicada en algún punto del futuro y que funge como una suerte de juego de supervivencia donde un banquete de comida que, en teoría, debería alcanzar para que todos se alimenten, se traslada a través del hoyo desde las celdas superiores a las inferiores; pero como los reos tratan de comer lo más posible en vez de racionar dicha comida, resulta que los de las celdas «no privilegiadas» reciben puros restos si no es que absolutamente nada.

    La analogía más común que se ha hecho con esta película es aquella que tiene que ver con el capitalismo y la desigualdad. Parecería también una suerte de crítica a eso que los economistas llaman trickle down economics (teoría del goteo), que asegura que en los países donde hay pocas regulaciones se habrá generado tal desarrollo dentro de las clases altas y medias de un país que éste «se derramaría» hasta los sectores más pobres de tal forma que éstos resultarían más beneficiados que en el caso de que el gobierno interviniera para ayudar a los que tienen menos. La teoría ha sido criticada por algunos sectores de la izquierda quienes dicen que dicha proposición no se cumple en la práctica y que los pobres apenas reciben migajas de los más ricos.

    Pero considero que la crítica puede ir más allá de meros modelos económicos porque igual podría tejerse alguna suerte de analogía con los países comunistas (nada más con «menos pisos»), donde las élites gubernamentales se quedan con casi todo el pastel y todos los demás se quedan con las migajas. Creo que «El Hoyo» tiene que ver un poco más con lo más oscuro de la condición humana en sí.

    Un ejemplo lo podemos ver con las compras de pánico que vimos hace algunos días, lo que me recuerda a las personas de los primeros niveles que tratan de comer toda la comida posible sin pensar en lo que van a comer los de los niveles de abajo. ¿Por qué las personas decidieron vaciar los estantes de los supermercados de productos que no necesitaban en cantidad o de productos que eran completamente inútiles como los rollos de papel? Los que llegaron primero acapararon todo sin importar que ellos iban a necesitar tantas cosas y que la escasez que provocaron podría poner en riesgo la vida de más de una persona.

    Esta dinámica también podría ayudarnos a entender la actitud del individuo ante la escasez y la necesidad. En la película, quienes estaban en los niveles inferiores y no recibían comida tenían que verse en la necesidad de comerse a sus compañeros de celda para sobrevivir, mientras que los de los niveles superiores podían disfrutar de su plato favorito de entre muchas opciones suculentas. Así, los que somos parte de las clases medias y altas, podemos pasar una «cuarentena VIP» trabajando desde casa, con televisión y redes sociales a la mano para comunicarse con sus seres queridos, mientras que quienes están en los sectores más populares no pueden darse el lujo de quedarse en casa porque tienen que salir si es que quieren comer.

    ¿Qué pasaría, por ejemplo, si a aquella persona necesitada de salir de su casa se le obliga a quedarse? ¿Qué va a pasar cuando se le acabe la comida? Es muy posible que se cree un ambiente muy tenso y derive en connatos de violencia y rapiña ya que tienen que hacer lo que sea para sobrevivir. Este es precisamente uno de los dilemas que tienen los países latinoamericanos, ya no digamos los africanos, ya que pueden verse en la necesidad de elegir entre contener el COVID_19 o mantener la economía relativamente estable.

    Afortunadamente, en la vida real sí podemos ver un poco de esa «solidaridad espontánea» aunque a todas luces sea insuficiente. Por un lado tenemos a actores más parecidos a los prisioneros de los pisos de arriba que con cuyas posturas procuraron su propio bienestar y la abundancia, como ocurrió con algunos empresarios, mientras que otros sí mostraron algo de solidaridad espontánea como el caso de Cinépolis o Banorte que hicieron algunos sacrificios en aras del bien común.

    También podemos ver esa diferenciación entre la actitud de la gente. Hay quienes ni siquiera se han molestado en tomar precauciones por no querer renunciar a su vida cotidiana, y otros que le dijeron a la señora del aseo que se quedara en su casa mientras le continuaban pagando como si estuviera trabajando. Así como hay algunas personas que creen que estamos en vacaciones, otras han hecho una suerte de activismo para tratar de ayudar a quienes se encuentran en los sectores más vulnerables. Por su parte, las invitaciones a «quedarse en casa» me recordaron también esa parte de la solidaridad espontánea a la que refería Imoguiri, cuando ella pedía a los reos del piso de abajo racionar la comida para que les llegara a todos.

    Al final de la película, Goreng y Baharat intentan descender al último piso racionando la comida de tal forma que lograran subir hasta al primer nivel con la panacota para mandar un mensaje a la administración. Habrá quien pueda ver ello como una suerte de imposición de un régimen socialista, pero a mí no me pareció algo así, sino más bien un acto de irrupción para modificar un sistema evidentemente vicioso y contraproducente. Goreng y Baharat con la panacota son para mí todos aquellos que están poniendo de su parte para acabar con la pandemia y que tratan de remar contracorriente, aquellos que incluso son capaces de exponer su integridad o su bienestar para ayudar a los demás: ya sean doctores, científicos, personas comunes que tratan de concientizar y toman sus precauciones etc.

    El coronavirus, como narraba Albert Camus en la peste, va a sacar lo mejor y lo peor de las personas. Algunos serán héroes, otros serán vistos como villanos aprovechados, otros, presas del pánico y por su falta de carácter, se aventarán por el hoyo.

    Lo cierto es que estamos en tiempos inéditos. Tal vez son los tiempos «más históricos» que estemos viviendo aquellos que nacimos en las últimas décadas del siglo XX o en las primeras del XXI. El coronavirus cambiará muchas cosas, cambiará estructuras, cambiará modos de vida, patrones, sistemas, formas de hacer política. La pregunta es ¿en qué va a derivar todo esto y a donde queremos llegar?