Categoría: reflexión

  • Los políticos, y el arte de aguantar vara

    Los políticos, y el arte de aguantar vara

    Los políticos, y el arte de aguantar vara
    Fuente: http://abovethelaw.com/

    Muchas personas te critican a tus espaldas, y sucede con más frecuencia de lo que crees. No lo hacen necesariamente con una mala intención, pero entre algunos rasgos o conductas nuestras que pueden no agradar mucho a personas a las que, paradójicamente, les agradamos, y nuestra tendencia a meter el ojo en paja ajena -lo hacemos más de lo que decimos hacerlo-, nuestro nombre es mencionado de forma bastante frecuente y por varias personas en muchos lugares. Por más importantes seamos, y por más amigos tengamos, la frecuencia de esas críticas aumentará.

    Si tuviéramos alguna forma de ver todo lo que los demás dicen nosotros, desde los amigos, parientes o colegas, nos sentiríamos agraviados, traicionados, posiblemente perderíamos algunos amigos y los señalaríamos de hipócritas. Verías cómo es que a las demás personas les causa gracia tu nuevo peinado, cómo dudan de tus proyectos, les molesta mucho que hables demasiado -cuando tú pensabas lo contrario de tu pose de supuesto macho alfa-, alguno dice que te huelen los pies -y ni te habías dado cuenta-, que no eres bueno para combinar los colores de tu ropa, que algunas actitudes tuyas parecen infantiles, y un largo etcétera.

    Que suceda eso, mientras las críticas no lleven una intención de destruirte o llamar la atención a costa tuya, es algo normal y es bueno para nuestra salud emocional, porque el ser humano necesita lidiar psicológicamente con aquello «que no nos gusta de las personas que nos gustan». No somos perfectos y nuestras imperfecciones no serán necesariamente del agrado de todos, aunque ciertamente no siempre estamos obligados a cambiarlas para tratar de caer bien a los demás, porque vaya, así nos aceptan; y porque es muy probable que tú también critiques a tus amigos: dirás que tu amigo Juan a veces es necio y te saca de tus casillas, o que Paulina a veces es bien materialista.

    Como dicen por ahí, no es personal.

    Como nosotros no somos sujetos al «escrutinio público» y no nos damos cuenta de todo lo que se dice detrás, entonces no entrenamos a la mente para lidiar con algo de lo que en realidad nunca se entera, y así, podemos vivir nuestras vidas como si nada. Pero están aquellas personas quienes son «personajes del dominio público» para quienes lo privado se hace público y quienes deben sí aprender a lidiar con el problema: artistas, actores, futbolistas, pero sobre todo los políticos.

    Y hago énfasis en los políticos porque son quienes más sufren el aluvión de críticas. Los políticos (con muy honrosas excepciones) no son admirados por sus hazañas, sino más bien son señalados por lo que han dejado de hacer, o lo que han hecho mal. Sus aciertos se dan por sentado y sus críticas destacan e indignan mucho.

    Un político promedio conocido por la sociedad sabe que si abre su Twitter y lee su feed, se encontrará una marejada de burlas, memes, cartones, insultos o descripciones grotescas. Algo así como si nosotros viéramos un documento que contiene todas las críticas que han hecho todos sobre nuestra persona. Pero en el caso del político es peor, porque las críticas de los amigos y seres queridos contienen aquello que les molesta o les causa gracia de una persona a quien estiman y cuyas virtudes resaltan muy por encima de los defectos -si no, tal vez ni tus amigos serían-, mientras que la gente no siente amor o afecto por sus políticos, y ve en ellos a alguien en que descargar sus frustraciones al considerarlos responsables de la comunidad que gobiernan.

    Pero el político no sólo se enfrenta a la «indignación de las personas» reflejada en un meme. Como la política es poder, y el poder es algo así como una sustancia que causa mucha adicción, éste se dará cuenta que siempre habrá quienes lo quieran destruir. Ya sean los opositores en una campaña, los propios opositores dentro de su gobierno, hasta los que considera cercanos y por debajo confabulan para obtener un beneficio -es decir, una tajada de poder- a su costa.

    Un político debe tener entonces, el suficiente temple para aguantar esa dura marejada de críticas e insultos, muy característicos gajes de su oficio. Si no puede lidiar con ellos, es prácticamente hombre muerto.

    Javier Duarte

    Por ejemplo, para Donald Trump, como relata el filósofo Aaron James en su libro «Trump, ensayo sobre la imbecilidad» es indispensable que sea percibido como alguien superior a los demás. Más que ser libre gracias sus grandes posesiones materiales y capacidad de trasgredir las reglas sin recibir pena alguna, es prisionero de su propio narcisismo. Trump es alguien que sabe, como buen empresario, hacer rentables esas duras críticas contra su persona, refuerzan su papel de «payaso bobo imbécil» con el cual, según afirma Aaron James, Trump se ha vendido al electorado. La megalomanía de Trump sirve también para contener psicológicamente esa marejada de críticas: – Me critican porque soy superior a los demás-.

    Hay quienes, no siendo capaces, al menos al parecer, de contener psicológicamente esas burlas e insultos, prefieren taparse los ojos y darles la espalda. Algo así parece suceder con Peña Nieto quien vive en un mundo muy controlado y que recibe la información después de haber pasado por varios filtros. Muy posiblemente se entere a grandes rasgos que la gente está molesta por su casa blanca o conoce la popularidad en las encuestas, pero a mi parecer, con base en sus declaraciones, parece que Peña no se entera mucho de la forma en que la gente expresa sus críticas. Es decir, no le comunican los memes, ni los «chinga tu madre Peña Nieto» para que esto no le afecte psicológicamente.

    El sentirse superiores es un buen mecanismo de defensa. El poder no pervierte a las personas, sino que más bien perversas desde un inicio -perversidad latente pero que no podía ser expresada debido a que sin poder tenían que estar sujetos a varias reglas – sacan el cobre. Sienten que merecen más que aquellos que no lo poseen. De esta forma, este halo de superioridad les ayuda a contener las críticas. Las críticas que más nos duelen son las de nuestros pares, con quien tenemos más cosas en común y pertenecen a nuestras clases sociales. El político criticado entonces, se sube a ese monte del que el poder le dota para desligarse de esa masa que lo critica e integrarse a una clase superior, y entonces así ver a sus gobernados de arriba a abajo.

    – Me critican, pero el pópulo es inferior a mi. – Dice el político. – Yo tengo poder, yo tengo dinero, yo me los puedo chingar si quiero.

    Pero no es que no les importen las críticas o las ignoren del todo, no es gratuito que los políticos traten de defender su nombre cuando terminaron su gestión. Dan innumerables entrevistas justificando sus decisiones o escriben libros. A un mandatario le importa de alguna manera cómo será recordado por sus gobernados. Pero esa gran dosis de poder con la que contaron, que los hizo lo suficientemente inmunes a esas críticas y agravios al su persona para al menos no quebrarse, también les permitió abusar de su poder para beneficiarse. Luego entonces, se preguntan por qué a pesar de haber desfalcado al pueblo éste los repudia.

    Por último está el déspota, que a diferencia del político normal, consigue amasar una cantidad de poder tal que puede ya considerar que las críticas no son gajes del oficio, sino que por el contrario, es un problema que puede ser resuelto. El déspota no utiliza mecanismos de defensa psicológicos porque por medio del ejercicio del poder puede callar las críticas. El déspota censura periódicos o incluso manda a matar periodistas. El déspota crea un clima de miedo tal, que quienes tienen una pluma o micrófono a la mano, titubean a la hora de emitir una crítica con el político.

    Por eso no cualquier persona puede ser político, no todos tienen el hígado de aguantar las críticas y las injurias en su contra. Es el precio a pagar para eso que ellos quieren acumular tanto: el poder.

  • La dictadura de lo políticamente correcto

    La dictadura de lo políticamente correcto

    La dictadura de lo políticamente correcto
    The Federalist

    Vamos a poner esto en contexto. Las estructuras sociales son dinámicas, no son estáticas. Es decir, éstas van mutando con el tiempo: las instituciones, las familias, los roles que tienen las personas dentro de una sociedad van cambiando progresivamente. Por ejemplo, el papel de la mujer del siglo XXI no es el mismo que el del siglo XIX, y tampoco es el mismo el papel que desempeña en Occidente comparado con el que desempeña en Medio Oriente. Las familias, de la misma forma, han sufrido cambios y su estructura no es exactamente igual en todos los rincones del mundo.

    Una de las características más importantes de los últimos siglos, sobre todo de los dos últimos, es el papel cada vez más relevante de la mujer y algunos grupos minoritarios dentro de la sociedad. Muchos de estos cambios se deben en parte en su insistencia pero también en coyunturas como la Segunda Guerra Mundial y la participación de la mujer en la vida laboral. A la fecha, si bien la mujer tiene un papel más relevante en la sociedad, todavía no se ha logrado llegar a un estado donde ambos géneros se encuentren en igualdad de condiciones. Todavía podemos percibir algunas diferencias donde el hombre tiene ciertas ventajas y privilegios inherentes a su género.

    Entonces pienso, qué bueno que las mujeres están ganando más espacios dentro de la sociedad, qué bueno que los homosexuales de la misma forma estén cada vez más integrados a la sociedad y tengan el derecho de contraer matrimonio como las parejas heterosexuales, qué bueno que rompamos tabúes y dejemos de pensar que las estructuras sociales son monolíticas e inamovibles.

    Pero…

    Yo como persona que cree en la democracia y en la libertad de expresión, no estoy de acuerdo con esta «onda» de establecer que es lo políticamente correcto y qué no, sobre todo por las formas en que eso se hace.

    Con el afán de buscar esa igualdad y acabar con la discriminación hacia las minorías sexuales, se quiere implementar un dogma. Como si ese dogma fuera una verdad absoluta. Es el dogma de lo «políticamente correcto».

    Sin caer en la exageración de algunos grupos conservadores que afirman que «quieren imponer una dictadura totalitaria», esta nueva cultura de lo «políticamente correcto» más que ser demócrata o liberal, es dogmática y puede poner en entredicho la libertad de expresión.

    Y es paradójico, porque quienes nos definimos más bien como liberales, se supone, aspiramos a conducirnos por medio de la razón y no por medio del dogma.

    La teoría de género tiene, a mi parecer, algunos puntos válidos y otros que no lo son tanto y son muy discutibles. Entiendo que esta teoría tiene varias vertientes, y como teoría, es válida impulsarla o confrontarla.. Pero no es algo muy democrático querer imponer una visión como la verdad absoluta de las cosas, como algunos pretenden hacer.

    Los teóricos del género han ya catalogado algunas conductas que son discriminatorias en contra de las mujeres y las minorías sexuales. El problema es que para ello corren el riesgo de crear tabúes y normas morales muy rígidas, y en eso se parecen mucho a ese conservadurismo rancio que tanto denuncian.

    Hay un caso que me llamó mucho la atención, el de Nicolás Alvarado, quien tuvo que dejar la dirección de TV UNAM por hacer las siguientes declaraciones en un artículo suyo donde explicaba por qué a él no le gustaba Juan Gabriel:

    Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es, pues, clasista: me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas.

    La «policía de lo políticamente correcto» determinó que Nicolás Alvarado había discriminado a los gays. Yo por más que quise, no encontré ninguna discriminación en ese artículo ni en esa frase.

    Hacer mofa de la condición de una persona no implica necesariamente un acto de discriminación. Si yo tengo sobrepeso y mis amigos me dicen «Quiubo panzón», ¿me están discriminando? No, en lo absoluto. Si yo voy constantemente al gimnasio, y mis compas me dicen -Miren quien llegó, el mameluco-, tampoco me están discriminando. De la misma forma, Nicolás Alvarado se mofó de su condición de la forma en que los propios gays llegan a hacerlo. Conozco gente homosexual que se hecha carrilla entre sí, usando frases como #NoEraPuñal -mofándose del célebre penal que nos dejó fuera del mundial- o algunos de ellos incluso gritaban el «puto» en el estadio -porque consideran que esa palabra no tiene necesariamente una connotación discriminatoria en contra de los gays-.

    ¿Pero qué pasa?

    Que la policía de lo políticamente correcto quiere prohibir y censurar ese tipo de expresiones, porque dicen, que redefiniendo el lenguaje vamos a acabar con la discriminación hacia las mujeres y las minorías. Dicen que hay expertos que han llegado a esa conclusión.

    Que no, no es informando o concientizando a la gente la forma para promover la equidad de género o los derechos de las minorías, sino prohibiendo y censurando.

    Teoría de género
    Foto: @redretro

    En realidad lo único que estamos haciendo es crear una nueva camada de tabúes morales. Es decir, queremos llegar a «la igualdad» aboliendo cualquier expresión que según algunos criterios que muchas veces no están sujetos a debate, promueven la desigualdad. ¿Te suena marxista? No, no es coincidencia, se trata en efecto de un marxismo cultural. Basta escarbar para encontrar las raíces de estas propuestas. Basta ver a los sociólogos expertos en teoría del conflicto -corriente netamente marxista- y a las corrientes feministas radicales cuya ideología reside en el marxismo.

    Y así como el marxismo en lo económico fracasó estrepitosamente la imponer un estado completamente igualitario que se resquebrajó por su contradicción con la naturaleza humana, no podemos esperar algo muy diferente al tratar de «imponer la igualdad». Porque aunque el gobierno junto con su «policía de lo políticamente correcto» prohíba usar algunos términos, eso no hará que la gente cambie de parecer. Y a esa disonancia entre lo que se piensa y lo que se dice se le llama hipocresía.

    Tan sólo lograremos «formar» individuos hipócritas y doblemoralinos que en el discurso se muestren como respetuosos y tolerantes con las minorías, pero que en lo privado hablen pestes; así como sucede con los conservadores de doble moral que van a misa todos los domingos y muestran al público una familia recta y de valores cuando en lo privado tienen amantes, son corruptos y golpean a su esposa.

    Las minorías entonces se encontrarán con personas que hacen como que los tratan bien, para que estas últimas no corran el riesgo de recibir una sanción informal o formal.

    Sigo…

    Si a mí, por ejemplo, no me gusta el lenguaje incluyente porque considero que distorsiona y le quita elegancia y practicidad al idioma -qué todxs nosotrxs escribamos así hace que me sangren los ojos- entonces ya soy etiquetado por la policía de lo políticamente correcto como machista cuando no lo soy. Si considero que el lenguaje incluyente puede más bien reforzar la idea de que hay una discriminación implícita en la frase «todos nosotros» con mujeres presentes, entonces es que no he salido de las cavernas. Es decir, no sólo se trata de desear la equidad de género, sino de desearla a su manera, con sus formas y signos, los cuales, para algunos, no pueden estar sujetos a debate.

    Este video es icónico, un grupo llamado Social Justice Warriors que dice defender las causas más nobles como el multiculturalismo, el feminismo y la libertad de expresión, criticó y censuró a un profesor porque no estaba de acuerdo en usar pronombres transgénero. Este movimiento incluso se mostró agresivo con los medios y quienes no pensaban como ellos:

    También basta voltear a la historia reciente. Todos los avances que se han dado en cuestión de derechos no se dieron por la implementación de una «policía de lo políticamente correcto», los negros no ganaron derechos al solicitar la prohibición de términos y expresiones, sino por el contrario lograron ganarse el respeto de muchos, lo cual derivó en la abolición de leyes que restringían varios de sus derechos y los segregaban de los blancos. Las mujeres dieron un salto cuántico en materia de derechos cuando los hombres fueron a pelear en la Segunda Guerra Mundial y ocuparon temporalmente los puestos de trabajo de los hombres, puestos que se negaron a abandonar cuando los soldados regresaron a su país.

    Además, pensar en prohibir o en sancionar expresiones o señalar a aquellos que no se adhieren a lo que consideran la «teoría definitiva» es un contrasentido total y en realidad va incluso en contra de las libertades que aseguran buscar, pongo un ejemplo claro: Algunos grupos feministas radicales -Ojo, hago énfasis en lo radical porque no todo el feminismo es así, de hecho hay corrientes que considero benévolas y necesarias- consideran que las mujeres ya no deben mostrarse como tiernas sino que deben «masculinizarse» porque esa «pose tierna» es un constructo social patriarcal. En realidad, más que liberar a la mujer, están reafirmando esa discriminación que ellas mismas denuncian.

    Muchos queremos una sociedad libre basada en la razón y el sentido común. Muchos creemos en las libertades y en los derechos de aquellos grupos que por su raza, preferencia sexual o religión han sido segregados. Yo como demócrata, deseo un mundo donde tanto religiosos, gays, negros, blancos, altos y chaparros, tengan el derecho de expresarse y a crear su proyecto de vida sin que alguien los restrinja. Si una madre quiere inscribir a sus hijos en una escuela religiosa, que pueda hacerlo; si esa madre prefiere mejor inscribir a su hijo en una escuela de género neutro como Egalia, escuela pionera en Suecia, que de la misma forma tenga el derecho de hacerlo. Lo que no estoy de acuerdo es que con el afán de «promover la igualdad» algunos pretendan prohibir o restringir la libertad de expresión. La peor forma de acabar con tabúes y paradigmas rancios, es mediante la conversión por otros, que aunque propios de una ideología diferente, comparten muchas caractarísticas similares.

  • El apocalipsis digital, o el día en que nos quedemos sin Internet para siempre

    El apocalipsis digital, o el día en que nos quedemos sin Internet para siempre

    El apocalipsis digital, o el día en que nos quedemos sin Internet para siempre
    Maurusone

    No estar en Facebook se ha vuelto algo muy extraño, típico de un outsider que decide «no estar en contacto con la sociedad». La red social se ha convertido, de hecho, en una extensión de los lazos sociales reales, y por lo tanto, en una extensión del individuo. Estar fuera de, podría ser interpretado por algunos como una conducta antisocial. Las otras redes sociales como Twitter o Youtube posiblemente no tenga la injerencia que Facebook tiene en los grupos primarios -con quienes mantenemos lazos de afecto-, pero también han moldeado las estructuras sociales.

    Si nos vamos con los grupos secundarios y aquellas formas de organización formales como lo son la escuela, el trabajo y demás organizaciones, podemos observar como el Internet también ha trastocado las estructuras. Plataformas como Google, el popular Slack, o hasta el Whatsapp son completamente indispensables para hacer bien nuestro trabajo, de tal forma que la productividad, y por ende, la economía, ya tienen una gran dependencia con los medios digitales.

    Algunas voces, sobre todo aquellas nostálgicas, afirman que si el Internet se apagara, volveríamos a esa vida de antes donde las relaciones importaban, donde los individuos pasaban el día en familia en vez de estar «pegados a sus aparatotes», donde las relaciones sociales tendrían más importancia tanto para nuestra vida como para nuestro trabajo.

    La expectativa que se hacen aquellos nostálgicos es completamente falsa. Si Internet se apagara, se crearía una hecatombe. ¿Por qué?

    Porque nuestras organizaciones ya se han transformado y ahora Internet tiene una relación directa con ellas. Nuestras estructuras sociales no son las de 1995, de hecho ya muchas cosas han cambiado.

    Por ejemplo, redes sociales como Facebook, Whatsapp o hasta Snapchat tienen ya una función en la vida de las personas. Gracias a esta red social los individuos pueden realizar actividades que antes tenían que realizar por otros medios. Los millennials ya no se la pasan horas hablando por teléfono porque ya hay otros medios de comunicación y se han a costumbrado a seguir lo que sus amigos hacen. Ellos encuentran en las redes sociales una forma de expresión que jamás antes habían tenido. Estas redes también permiten a los individuos estar más conectados, lo cual es muy útil cuando la distancia separa a una persona de sus seres queridos. Así también, estas son herramientas valiosas de información -otra cosa es que muchos individuos no usen filtros para hacer una buena selección-.

    Las redes sociales, como todas las tecnologías, tienen varios efectos colaterales, y cuando se usan en exceso, sí, pueden causar (o más bien ser síntoma de) problemas psicológicos, y ciertamente todavía no hemos terminado de crear «reglas de etiqueta» para reducir los efectos colaterales de las nuevas tecnologías, como ese vicio de utilizar los celulares en las reuniones. Pero en realidad, redes sociales como Facebook o Twitter han abonado a las relaciones humanas, no al contrario.

    De hecho, gracias a Facebook yo he cerrado negocios, he podido hacer más amigos y conservar a varios de los existentes. Gracias a las redes es más fácil enterarte de eventos que se van a llevar a cabo, y seguramente para un introvertido, Facebook puede ser una herramienta muy útil para saber qué está sucediendo allá afuera e involucrarse.

    Imaginemos que de un día para otro Internet se apaga. ¿Qué efecto podría tener esto en la vida de las personas? Que muchos de pronto ya no puedan estar en contacto con muchos de sus amigos porque -y me incluyo-, gracias a las redes sociales, no se pierde la comunicación y el contacto con varios de ellos. Imaginemos retornar al teléfono fijo como principal medio de contacto, imaginemos cómo es que nos organizaríamos o pondríamos de acuerdo ahora que no podemos utilizar las redes sociales para comunicarnos.

    Los nostálgicos afirmarán que hemos «acabado con una dependencia», pero la verdad es que los seres humanos somos dependientes de todas las tecnologías que creamos. Cuando inventamos la rueda, nos volvimos dependientes de ella para transportarnos, luego nos volvimos dependientes de las cartas por correo, luego del teléfono, y ahora de Internet. Si los nostálgicos quieren entender qué es acabar la dependencia de Internet, deberían preguntarse, ¿qué habría pasado en sus tiempos si de pronto el servicio telefónico hubiera desaparecido?

    El efecto (negativo, claro) de un apagón podría ser considerable; desaparecería una herramienta que ya ha penetrado las estructuras sociales. Seguramente ésto tendría un considerable impacto psicológico en muchas personas que de pronto se verían obligadas a modificar sus patrones de conducta de un día para otro, no es cualquier cosa.

    Pero ahora hay que hablar de lo que ocurriría en otros ámbitos, por ejemplo, en los negocios, en las telecomunicaciones, y en la forma en que la gente se comunica. Si las relaciones interpersonales se entienden cada vez menos sin Internet, las estructuras económicas y de gobierno son incluso más dependientes. En un mundo donde hasta ya nuestro dinero y parte de nuestros bienes son digitales y virtuales, si Internet se apagara, no sólo las empresas e instituciones tendrían que encontrar la forma de organizarse de un día para otro, lo cual implicaría rediseñar completamente procesos y cambiar hábitos, lo cual se antoja muy difícil, sino que tendríamos también que considerar el fuerte el impacto que tendría en la economía, porque las facilidades que Internet otorga se traducen a una mejor productividad, lo cual se traduce en una mucho mayor generación de riqueza. Posiblemente sin Internet, la crisis del 2008 sería un «juego de niños» comparado con lo que podría ocurrir. El colapso tanto económico como social no tendría precedentes.

    El apocalipsis digital, o el día en que nos quedemos sin Internet para siempre

    ¿Y qué hay de toda la industria digital que tiene su core business en el Internet? ¿Qué pasaría con los millones de empleos que generan? Básicamente desaparecerían.

    Y si desaparecen millones de empleos, el consumo se reduce afectando a casi todas las industrias, que a su vez generan otros millones de empleos.

    Pero me voy más allá, en lo que tiene que ver con la organización social y política. Internet ya ha permeado las estructuras políticas y de gobierno de las comunidades; la gente tiene más herramientas para informarse y ha hecho de Internet, su fuente primaria de información, y tanto ellos como los políticos y activistas, han encontrado en Internet una forma de tender puentes de comunicación. Los procesos políticos actuales no se pueden entender sin Internet, y con un apagón, estos procesos se podrían modificar sustancialmente. Sin Internet ocurriría una especie de «desglobalización» y un mayor aislamiento. Los medios tradicionales adquirirían más poder y monopolizarían la información de una forma considerable.

    En el terreno social y académico, gracias a Internet, mucha gente puede aprender y perfeccionar sus habilidades continuamente, sin olvidar lo que esta herramienta representa para las universidades. Sin Internet, una gran oportunidad de desarrollo profesional se desperdiciaría, lo cual podría incluso condicionar el futuro de muchas personas. Los estudiantes ya no tendrían acceso a mucha información valiosa que se encuentra en otros países.

    No hay que olvidar el caos que se generaría en nuestra vida diaria. Las ciudades dependen cada vez más de Internet, los servicios tanto gubernamentales como privados colapsarían porque dependen de éste. Desde la luz hasta parte del transporte público, sin olvidar los servicios como Uber que dependen completamente de Internet, las compras en línea, las millones de transacciones bancarias que se hacen por este medio, etcétera.

    Hablaríamos de un colapso total que afectaría fuertemente nuestro modo de vida.

    Y no hay que olvidar que todas estas variables están interconectadas. Cambios en las estructuras de los grupos primarios o afectivos generan cambios en los grupos secundarios (formales) los cuales afectan la economía, la sociedad y la política; y a la vez, éstas últimas generarían fuertes cambios en las primeras.

    Eso es lo que podría causar un ataque ciberterrorista. Tener la capacidad de colapsar Internet es casi como tener un arma de destrucción masiva en las manos. Por eso es que el tema, aunque irrelevante para muchos, es muy preocupante para muchos gobiernos y la comunidad internacional. Un apagón podría poner en jaque todo el orden mundial. Y créanme que hay interesados en que algo así suceda.

  • Proteger y cercenar a la comunidad

    Proteger y cercenar a la comunidad

    En las redes sociales circularon unas imágenes de unos presuntos delincuentes a quienes les cercenaron las manos. Sus brazos, o lo que quedaba de, estaban «protegidas» por una bolsa de plástico para que no se derramara la sangre. Había otra foto de las manos dentro también, de bolsas de plástico transparentes.

    Proteger y cercenar a la comunidad

    ¿Cuál fue la respuesta de la gente?

    -¡Qué bueno, eso se lo merecen por ladrones y por hijos de su puta madre!. -Luego todos nos enteramos que había sido un cártel de la droga quien perpetró semejante barbarie.

    Si un hombre estuviera atentando contra tu integridad de un ser querido tuyo y tú tuvieras la capacidad física de defenderlo ¿lo harías? La respuesta es obvia, sí. En ese entendido se entiende incluso que la gente se defienda como ocurre en varios videos que se han subido a las redes, donde pasajeros de un camión se ajustician a un delincuente. Y si bien, desde las vísceras, algún individuo puede llegar a sentir placer al ver como se «ajustician» a una persona que hasta hace poco era una amenaza, la realidad es que ésto es algo que no debería ocurrir.

    Todas estas expresiones de violencia tienen algo en común, la gran incapacidad del gobierno por protegernos.

    Si los pasajeros tienen que patear delincuentes para ver «si así aprenden» es un claro síntoma de que las autoridades e instituciones han fallado rotundamente ya no solo el monopolio de la violencia, sino en el cumplimiento de la ley para garantizar seguridad a su gobernados.

    Aplaudir actos de violencia propios de países realmente subdesarrollados o etapas de la historia que asumimos como superadas es algo preocupante. Pensar que ésta debe de ser la forma de hacer justicia es ignorar toda la evolución de la civilización que tanto trabajo ha costado, incluyendo muchas muertes.

    El Estado tiene una razón de peso para ejercer el monopolio de la violencia. Cuando grupos de ciudadanos lo hacen, y se organizan autónomamente para hacerlo, la posibilidad de que se desvirtúen es casi inminente. Como lo comenté en mi artículo sobre la propuesta de un senador de armar a los ciudadanos, la historia nos ha enseñado, con ejemplos claros como la mafia italiana o la guerrilla de países como Colombia, cual es el paradero de estos grupos que en un principio buscan legítimamente defenderse ante la incapacidad del Estado.

    Y es sencillo, porque el Estado está llamado a rendir cuentas. Las organizaciones «autónomas» no.

    Actuar con las vísceras es muy fácil, construir es muy difícil. Si queremos un Estado eficaz que pueda garantizar un entorno seguro a sus ciudadanos, habrá que poner de nuestra parte para tener instituciones más sólidas. Instituciones que no son respetadas por los ciudadanos ni por sus miembros, nunca tendrán la posibilidad de proteger a los ciudadanos. Una institución corrupta generará cuerpos de seguridad corruptos, los cuales pueden entonces, ser infiltrados por los criminales o los cárteles ¿te suena?

    Si no pagas impuestos, si das mordidas o te aprovechas de las instituciones del país para tu propio beneficio, entonces luego no te preguntes por qué México es tan inseguro.

    La tarea es mucho más compleja. Pensar que cortando manos y portando armas vamos a garantizar nuestra seguridad y las de los nuestros es estar en un error, por el contrario, lo único que crearemos es una sociedad más violenta donde al final, todo se vale.

  • Una indígena en Los Pinos

    Una indígena en Los Pinos

    Una indígena en Los Pinos
    Foto: Moyses Zuniga Santiago.

    En las últimas elecciones, siempre ha contendido una candidata o candidato que intelectualmente destaca sobre los demás y se gana la simpatía de muchos (que generalmente no se convierte en votos) por ser el nuevo, el que parece ser más inteligente y hasta el que parece mostrar un proyecto de gobierno más congruente, pero que no tienen posibilidad alguna de ganar porque fueron nombrado por algún partido pequeño sin estructura alguna. De hecho, ese perfil intelectual tiene una estrecha relación con sus nulas posibilidades de ganar la contienda. Al saber que su trabajo se limita a conservar el registro del partido pequeño al que representa, en vez de convencer a las masas, buscarán promover un programa o poner sobre la mesa una corriente de pensamiento. Ahí está la progresista Patricia Mercado, o el libertario Gabriel Quadri.

    El EZLN ha decidido nominar a una indígena para que contienda como candidata independiente por la Presidencia de la República. ¿Va a ganar? A menos que pase algo demasiado extraño y de proporciones históricas, no lo va a hacer.

    Pero seguramente esta indígena, arropada claro está, por el EZLN,  jugará un papel similar al que han jugado Quadri o Patricia Mercado. ¿Y saben? Esa es una muy buena noticia para México.

    ¿Por qué?

    Según el INEGI, más de 7 millones de mexicanos hablan una lengua indígena, pero su papel dentro de la política mexicana es casi inexistente. El simple hecho de tener una candidata indígena, dará visibilidad a las comunidades que han quedado rezagadas por muchos y utilizadas por el gobierno como accesorio en spots para presumir el país.

    Se pondrá el tema de los indígenas, sus derechos, sus comunidades, y sus problemas sobre la mesa. Ahora sí estarán representados.

    En un país de simulación, lo políticamente correcto es decir que el racismo no existe. La realidad es que México es un país muy racista. No nos vayamos tan lejos, cuando en el 2006 López Obrador contendió por la presidencia, se oyeron frases hirientes como «los nacos al poder» o «7 de cada 10 gatos prefieren Whiskas». López Obrador, así como gran parte de sus seguidores, son mestizos, no indígenas.

    En realidad, los indígenas son quienes más sufren, y son quienes han sido mayormente rezagados.

    Una indígena como candidata podrá dar voz a quienes no la tienen, a quienes han quedado en lo oscurito, a ese México que nos representa mucho pero que hemos «escondido» en aras de un México supuestamente más moderno y cosmopolita -término muy irónico-. Ella dará voz a unas comunidades que después del levantamiento zapatista, se encuentran en peores condiciones.

    No se trata de simpatizar con el EZLN -no comulgo con el marxismo que ellos pregonan-, sino de darnos cuenta que ésta puede ser una gran oportunidad para la clase social más rezagada y olvidada desde la colonia.

    A pesar de ser una «minoría muy numerosa», los indígenas no tienen representación en el Gobierno ni en el Congreso. Los partidos que presumen de dientes pa fuera mayor «preocupación» por estas minorías en el discurso como Morena o hasta el PRI, solamente lucran con su pobreza para ganar votos, para que una vez que lleguen al poder, desplacen a sus comunidades para construir un nuevo «proyectote», una nueva inversión -alguna minera canadiense-, o una obra para presumirla con un bombardeo de spots en televisión.

    Naturalmente, el más indignado con esta elección es López Obrador. Sabe que los votos (aunque sean pocos) que ella obtenga, los ganará, posiblemente, a costa de López Obrador. AMLO, al sentirse dueño de la izquierda mexicana, ya ha salido a decir que esto se trata de una estrategia del PRI y la «mafia del poder». Si pensabas que el Peje era quien defendería las causas de los indígenas, aquí te presento al verdadero López Obrador:

    Decir que el PRI está detrás del EZLN es insultar la inteligencia de muchos. Él mismo, desde el 2006, se ganó la antipatía del Subcomandante Marcos, por no representar tanto a una izquierda verdadera y más bien a un pequeño burgués emanado del PRI. López Obrador se ha dado cuenta que la izquierda no es suya, y que desde ese espectro ideológico, también tiene competencia.

    La candidata independiente no ganará la elección, pero seguramente será un gran triunfo y sentará un gran precedente. Más mexicanos, a través de su voz, podrán conocer más a estas comunidades y el rezago que sufren. Espero que esta sea el primer paso para que los indígenas tengan mayor representación en la política. Si los indígenas constituyen una considerable porción de nuestra población, también deberían tener acceso libre a desempeñarse en política para construir un mejor país, donde estén incluidos como ciudadanos y no como accesorios turísticos.

    Una candidata indígena y mujer, es un gran reto para romper paradigmas y tabúes en México.

  • Cuando un robot te quite tu chamba

    Cuando un robot te quite tu chamba

    Cuando un robot te quite tu chamba
    Fuente: Honda

    Este fin de semana posiblemente tuviste un encuentro con un cajero automático, te viste cara a cara con la computadora que dispensa dinero de tu cuenta y le pediste cierta cantidad económica requerida para poder pagar tus gastos y salidas. Posiblemente pensarás que el cajero es tu amigo, te facilita la tarea de darte el dinero, te ahorra interminables filas. Pero el cajero, ese amigo tuyo, fue responsable de la pérdida de 500,000 empleos en Estados Unidos entre 1980 y 1995. ¿Qué pasó? Resulta que tu amigo tenía la habilidad de realizar el trabajo que estos 500,000 empleados bancarios podían hacer, y de una forma más eficiente.

    Desde los albores de la Revolución Industrial, la sociedad no ha parado de avanzar. El mundo avanza muy rápido y bastó menos de un siglo para movernos de aquella sociedad industrial weberiana a la sociedad de las tecnologías de la información. Los cambios económicos traen consigo cambios estructurales dentro de la sociedad. Los puestos de trabajo cambian, se transforman o desaparecen.

    Y los primeros en desaparecer serán todos esos trabajos rutinarios y repetitivos, que no requieren, en su mayoría, de grandes capacidades para ser ejecutados y pueden ser suplidos por la tecnología, de esos trabajos que en México hay tantos. Personas que recogen la basura, servicio al cliente, agentes de viaje, oficinistas, secretarias, carteros, taxistas, contadores, reporteros, empleados de call center, trabajos relacionados con la imprenta, relojeros y un montón más.

    Por un ejemplo, los taxistas -y sí, también estoy contando a los choferes de Uber- desaparecerán con el advenimiento de los automóviles autónomos. Los agentes de viaje están desapareciendo gracias a la especialización de los portales donde la gente reserva y compra sus boletos. Las secretarias con cada vez menos útiles en un mundo de teléfonos móviles y aplicaciones de software, los empleados de call centers y servicio al cliente verán en riesgo sus puestos al ser sustituidos por el dinamismo de las redes sociales. Posiblemente no trabajes en uno de estos puestos, pero estarás de acuerdo conmigo que estos puestos en conjunto representan millones de bocas que alimentar en nuestro país.

    ¿Y a donde se van a ir estos puestos de trabajo? ¿Cuáles suplirán a los que se perderán?

    Simple, los relacionados con la tecnología.

    Y cuando hablo de tecnología hablo de informática, de programación, de ingenierías, de matemáticas. Sí, de matemáticas.

    Es decir, en un futuro, todos aquellos que antes aspiraban a trabajo poco cualificados y con una remuneración aceptable, como los empleos que acabo de mencionar, tendrán que tener conocimientos en matemáticas y programación si quieren sobrevivir.

    Pero eso no es todo, porque estamos hablando de que los empleos más rutinarios son los más proclives a ser «automatizados». Los empleos del futuro no solo requerirán que tengan conocimientos en ciencias exactas, sino que tendrán que tener habilidades en solución de problemas, creatividad, pensamiento crítico, iniciativa o curiosidad.

    www.weforum.org
    www.weforum.org

    Imaginemos un empleo relacionado con big data, fenómeno que creará muchos empleos en el futuro próximo -y que ya está creando-, y que será una herramienta muy importante para que las empresas puedan tomar decisiones efectivas dentro de un mundo digital e interconectado como el nuestro. Un analista digital no sólo deberá saber programación, matemáticas o estadística -al menos una de estas habilidades es requerida dependiendo del perfil-, sino que deberá tener la suficiente capacidad de pensamiento crítico para poder interpretar los datos.  ¿Verdad que no se parece mucho a ese empleo rutinario de 9 a 6 donde siempre tienes que hacer lo mismo?

    Es decir, esos empleos donde no necesitabas tener iniciativa alguna, donde sólo bastaba tu título sin importar si aprendiste algo siquiera, y donde sólo tenías que obedecer órdenes y seguir procesos van a desaparecer.

    Y ante un cambio estructural que ya está a la vuelta de la esquina, ¿estamos preparados?

    La respuesta es no.

    Los nuevos puestos de trabajo demandan habilidades en ciencias exactas y pensamiento crítico. Mientras, en nuestras escuelas, se sigue enseñando a memorizar, repetir y aprender capitales.

    ¿Sabes por qué demagogos como Donald Trump se han podido erigir en países como Estados Unidos? En parte porque los trabajadores poco cualificados vieron como sus empleos se fueron a otros países o fueron reemplazados por máquinas. Esas personas frustradas porque su perfil laboral ya no da para conseguir un buen empleo votarán por Donald Trump. El discurso del muro para evitar que los mexicanos les quiten sus trabajos y el de las empresas que externalizan sus actividades en otros países funciona muy bien por esa misma razón.

    Y ojo, estamos hablando de Estados Unidos, un país con muchos defectos, pero mucho mejor preparado que nosotros para enfrentar este cambio producto de los avances tecnológicos.

    Es cierto, no todos tienen que saber ciencias exactas. Profesiones relacionadas con las ciencias sociales o las profesiones liberales siempre serán indispensables. Carreras como psicología, comunicación, medicina o relaciones internacionales ahí siempre estarán acompañándonos. Pero estamos hablando de que los nuevos empleos, aquellos que sustituirán a los empleos tradicionales, se caracterizarán por requerir habilidades matemáticas y pensamiento crítico.

    Robot empleo
    Fuente: airbus.com

    Y en vez de preparar a las nuevas generaciones para que desarrollen un mayor gusto por las ciencias exactas, siguen siendo educados para aprenderse los nombres de las capitales. La educación en México, por el contrario, anula cualquier expresión de espíritu crítico. Repetir y copiar, las chicharras, los horarios estrictos y todo ese ambiente weberiano propio de la sociedad industrial son parte de la educación actual.

    Es decir, la educación mexicana está creando autómatas que ya no podrán ser empleados porque sus funciones serán ejecutados por robots e inteligencia artificial.

    Menudo problema, porque entonces tiene que haber una revolución educativa en nuestro país si no queremos que nos cargue el payaso -o, más bien, nos cargue un robot-.

    Y también es necesario un cambio de cultura. Afortunadamente en ciudades como Guadalajara ya existe una cultura incipiente relacionada con las tecnologías de la información que tiene como antecedente el establecimiento de empresas tecnológicas como HP, IBM y similares en la ciudad. No es coincidencia que Elon Musk haya venido a esta ciudad para presentar su modelo de negocio para colonizar Marte. No, no fueron las tortas ahogadas, ni las Chivas, sino la cultura que se está creando y la decisión del Gobierno del Estado de crear la primera Secretaría de Innovación en el país lo que hizo que Musk se decantara por la perla tapatía. Pero hablamos de que se trata todavía de una cultura incipiente y que con excepción del Gobierno del Estado de Jalisco, y en menos medida, de los gobiernos locales de la ciudad (que han auspiciado eventos como Campus Party), las políticas gubernamentales están muy lejos todavía de entender el cambio tecnológico, social y estructural que se está gestando en el mundo.

    No, no es tu colega, es un robot, un paquete de software o un conjunto de datos el que te amenaza con dejarte desempleado. Bastará media década para ver un cambio significativo en el mercado laboral, muchos puestos desaparecerán y se crearán otros. El problema es que no estamos preparados para el cambio.

  • Tengo un trastorno mental

    Tengo un trastorno mental

    http://www.ellitoral.com.ar/387603/Como-detectar-si-sufro-un-trastorno-de-ansiedad
    El Litoral

    Les voy a contar una cosa, tal vez se los llegué a platicar hace tiempo, no lo recuerdo, pero lo haré. Voy a salir del closet como Juanga: tengo un trastorno de ansiedad.

    Es decir, padezco un trastorno donde una situación que una persona puede abordar normalmente puedo llevarla al extremo al punto de sentir que el mundo se está acabando. Y créanme, ese es un sentimiento que no le deseo a nadie.

    El trastorno de ansiedad no es un problema grave si lo comparamos con la esquizofrenia y algunas otras neurosis o psicosis que no permiten al individuo desarrollar su vida normal. Yo sí puedo hacerlo, puedo trabajar, puedo divertirme y puedo desarrollar mi proyecto de vida, pero soy consciente de que con el trastorno de ansiedad, la calidad de vida no es la misma.

    Durante algún tiempo estuve medicado, fueron algunos años, algunos medicamentos medio funcionaban o funcionaban por un tiempo. El tratamiento suele ser caro, los neurólogos o psiquiatras no cobran cualquier cosa. A eso agrega el costo de las medicinas. Un tratamiento completo podía llegar a costarme hasta cuatro mil pesos al mes. Por eso, y porque no encontraba la «receta ideal», decidí dejar el medicamento. En vez de eso me puse a hacer ejercicio y bajar de peso.

    Eso redujo un poco el número de trastornos o crisis, al menos al punto de hacer mi vida más tolerable. He tratado de hacer otras cosas que me han funcionado como dormir bien (si van a trabajar de noche en la computadora, les recomiendo una aplicación tanto para Windows como Mac llamada f.lux, me lo agradecerán).

    Entonces decidí a tolerar mi padecimiento y a entender que es parte de mi vida. Eso, aceptar que existe, me ha ayudado mucho a abordarlo de mejor manera. De hecho, soy una persona mentalmente fuerte y con una buena inteligencia emocional gracias a ello.

    En general el trastorno no me ha causado mayores problemas en mi vida más que en dos ocasiones. Primero, una «amiga» de la CDMX que me llegó a gustar por no se cual razón me trató de una forma humillante al pasar por una crisis. Luego, me despidieron de un trabajo (del cual de todos modos ya pensaba renunciar) porque me dio un ataque y no entendían de que se trataba. Recursos humanos decidió «cortarme la cabeza» para «no meterse en problemas». En los dos eventos, la ignorancia fue la constante, y como pueden ver, no es que haya perdido de mucho.

    Y es a lo que quiero ir. Hay gente cercana a mí que entiende el padecimiento, pero de acuerdo a mi experiencia, en México hay una ignorancia tremenda cuando se trata de trastornos mentales.

    Trastorno de ansiedad
    Getty images

    Sí, si se que ya pasó el día mundial de la salud mental, pero eso es lo de menos.

    Y hablo de ignorancia porque a pesar de que 1 de cada 4 personas padece un trastorno mental en su vida, parece tratarse como si fuera algo tan ajeno y desconocido.

    Uno de los mayores errores ocurre cuando la gente piensa que se trata de «mejorar la actitud». Creen que si tienes ansiedad eres un dramático que quiere llamar la atención, o que si tienes un cuadro de depresión es porque eres pesimista y «no le quieres echar ganas a la vida». Entiendo un poco esa postura porque a veces el comportamiento relativo a un problema de conducta y el relativo a un trastorno mental suelen tener características un tanto parecidas, pero no son iguales. En realidad, en el fondo, son muy diferentes, y basta un poco de sentido común para darse cuenta de la diferencia, pero también falta información.

    De la misma forma, muchas personas tienen algún trastorno mental y no lo saben, creen también que es un problema de actitud aunque se enfrenten al problema para no llegar a ningún lado. Incluso, en un mundo tan ajetreado y dinámico como el actual, los trastornos mentales han aumentado, pero parece que ni así aprendimos a conocerlos.

    Un trastorno mental ignorado o no diagnosticado puede convertirse en un problema mayor, en un suicidio por ejemplo. Quienes padecemos trastornos mentales sabemos que ser conscientes de ello hace que controlemos de mucho mejor manera los síntomas del trastorno. Quien lo padece y no lo conoce no lo puede controlar, y ante el desconocimiento y la desesperación, puede tomar una decisión fatal.

    Si tú crees padecer un trastorno mental busca ayuda. No le hagas «al vergas» ni trates de enfrentarlo tú solo. Busca un doctor que te ayude con el tratamiento, o de menos, un buen psicólogo para que te ayude a hacer más llevadero el padecimiento. De la misma forma ayuda a tu amigo o familiar que padece un trastorno mental, dile que busque ayuda, darle consejos de «échale ganas» o «está en ti» no sirve de mucho. La voluntad sí importa para poder combatir el trastorno, pero el individuo no puede solo y necesita ayuda externa, y la causa del trastorno no es la voluntad ni la actitud.

    Por eso, ahora pasado el día mundial de la salud mental, te invito a ser consciente de este problema que afecta a cada vez más personas.

    Y ah, es cierto, Juanga nunca salió del closet.

  • Un México de ciudadanos armados

    Un México de ciudadanos armados

    Los seres humanos hemos, con el tiempo, aprendido a dejar las armas para resolver nuestros conflictos y diferencias.  A pesar de las constantes noticias sobre casos de violencia, vivimos en el mundo menos violento de la historia de la humanidad. Las organizaciones que han sido creadas para ejercer el uso de la violencia, tales como el ejército, siguen existiendo y al parecer lo seguirán haciendo por un buen tiempo; pero las diferencias entre naciones y comunidades tienden cada vez más a resolverse de otras formas, menos violentas. Las guerras son cada vez menos comunes y en éstas suelen estar involucradas países que muestran cierto rezago en su desarrollo.

    Un México de ciudadanos armados

    La propuesta que hizo el senador José Luis Preciado del PAN es un paso atrás en esa intención de dirimir las diferencias y conflictos de formas cada vez menos violentas. Su iniciativa consiste en reformar el artículo 10 constitucional para que los ciudadanos puedan portar armas en su automóvil y en su negocio para así poderse «defenderse legítimamente del crimen».

    En los países democráticos, el Estado tiene el monopolio legítimo de la violencia y la ejerce para proteger a los ciudadanos de las amenazas tanto internas como externas. Permitir que los ciudadanos usen armas para defenderse es una forma de claudicar y mandar un mensaje a la ciudadanía de que están incapacitados e imposibilitados de defenderla. En lugar de crear estrategias para tratar de combatir el problema de la inseguridad creciente en nuestro país, le pasan la estafeta del combate de la violencia a los ciudadanos: -yo no te puedo defender, así que defiéndete tú solo-.

    Un Estado fuerte es capaz de proteger a la población de la violencia por medio de estrategias tanto violentas como no violentas, para que así los ciudadanos no necesiten usar la violencia para defenderse de amenazas externas. Una policía eficiente disuade a los criminales de llevar a cabo sus fechorías, con lo cual el ciudadano no tiene la necesidad de defenderse. Pero el Estado fuerte no es sólo quien ejerce el monopolio de la violencia, sino quien es capaz de crear políticas públicas que ayuden al desarrollo de un tejido social de donde no surjan nuevos criminales y se cree una cultura de la legalidad donde ser criminal sea cada vez menos redituable.

    Armar al ciudadano entonces, es asumir que el Estado es débil y que éste se siente completamente imposibilitado de ejercer sus tareas de protección a la ciudadanía. La incapacidad del Estado para ejercer el uso de la violencia es la misma que ha permitido el surgimiento de grupos de autodefensa que en un principio parezcan legítimos, pero que pueden pervertirse y usar la violencia con el fin de satisfacer sus intereses y no los de la población en común. Ejemplos como los de grupos de autodefensa en Colombia o la mafia italiana que surgieron como respuesta a la incapacidad del Estado para proteger a los ciudadanos nos han mostrado como permitir el uso de la fuerza desde fuera del Estado puede convertirse en un riesgo muy serio para las estructuras sociales e institucionales.

    Nuestro gobierno no debería de preocuparse por armar a los ciudadanos, sino por fortalecerse y poder diseñar estrategias efectivas que disminuyan el problema de la violencia. Pero no sólo se trata del diseño de estrategias, porque ante un Estado tan débil y deteriorado por la corrupción, es muy difícil que pueda proteger a la sociedad de los criminales.