Categoría: reflexión

  • Vigilar y Cancelar a Quadri

    Vigilar y Cancelar a Quadri

    Para que una causa sea buena es condición necesaria que sea noble, mas no suficiente.

    No estoy de acuerdo con la postura de Gabriel Quadri. Sin embargo, de igual forma tampoco puedo estar a favor de la actitud del conductor de CNN al correrlo, ya no solo por mis principios liberales, sino porque en ese ámbito de la búsqueda de la inclusión ese tipo de actitudes terminan siendo muy contraproducentes.

    En ese programa todo salió mal. El propio Gabriel Quadri llegó predispuesto al programa y no mostró la más mínima empatía por la diputada transexual a raíz del sufrimiento y el abuso del que ha sido sujeta por su identidad de género (quien tampoco es que haya mostrado una muy buena actitud). El conductor, quien debería haber sido una suerte de moderador, terminó corriendo a Gabriel Quadri del programa.

    Nada salió bien, nadie se detuvo a hacer un alto y pensar. Las tres personas, en un desplante mecanicista, se pusieron en automático y todo inevitablemente colapsó.

    Prejuicios al Quadrado

    Pensemos. ¿Qué habrá pensado Gabriel Quadri después de que el conductor lo corriera (o como decimos ahora, que lo cancelara)? Si de algo estamos seguros es que ello no lo llevó a una reflexión alguna. Por el contrario, seguramente se sintió alienado y reforzó la postura que ya tenía.

    La gente tiene prejuicios por distintas razones. Evidentemente existe gente que siente odio y repudio por los transexuales: ellos son los que están más predispuestos a agredirlos o a excluirlos porque lo hacen de manera completamente voluntaria y consciente, pero no toda la gente que alberga prejuicios (todos los tenemos de una u otra forma, o solo miren al mismo conductor al hacer alusiones a Tepito) tiene esas intenciones. Hay gente que los tiene porque no tiene la información o el conocimiento necesario sobre algún fenómeno, o bien, creció y se familiarizó con una realidad para la cual ese fenómeno le era ajeno y desconocido, por lo cual lo que le es poco familiar le asusta y le genera incertidumbre. Algunas personas dejan que esa incertidumbre se convierta en odio hacia aquellas personas que albergan lo «diferente» o lo que rompe la normalidad, pero muchas otras personas, a pesar de la incertidumbre, comprenden que el hecho de que sea algo poco familiar no le despoja de dignidad: «no comprendo la transexualidad y ello me hace sentir incómodo y tal vez hasta amenazado porque siento que confronta mi idea de lo que la realidad o el orden social debería ser, pero comprendo que, dado que son humanos, son personas dignas por el mero hecho de ser personas y merecen ser respetadas».

    De ahí se sigue que varias de las personas que albergan prejuicios podrían ser persuadidas para que, en mayor o menor medida, los abandonen, y ello ocurrirá cuando tengan información tal que les haga ver que las ideas que tienen de tales o cuales personas eran erróneas. Claro, ello no es una tarea fácil porque implica que la persona se confronte consigo misma, pero podemos estar seguros de que la censura tendrá menos beneficios y será muy contraproducente.

    El problema es que parece asumirse que quien tiene un prejuicio lo hace necesariamente por razones de odio, como si aquella persona tuviera la intención deliberada de querer «atentar contra aquellas minorías» de las cuales alberga prejuicios. De ahí se asume (erróneamente) que cualquier persona que tenga un prejuicio debería ser cancelado, y ello me parece un error.

    Pareciera asumirse que cancelando discursos estos van a desaparecer, porque entonces la gente va a temer expresar sus opiniones por miedo a ser relegado o señalado, fenómeno que se le conoce «la espiral del silencio» acuñado por Elisabeth Noelle-Neumann. El problema es que, dado que dicha gente sigue albergando sus propios prejuicios (nada más no los dice por miedo a sufrir represalias), bastará con que alguien les dé un espacio para que puedan expresarse: movimientos ultraconservadores o de ultraderecha que no solo critican los «cómos» en lo relativo a la inclusión, sino que en muchos casos se opondrán a la inclusión misma.

    Por el contrario, hacer la distinción hará que algunas personas ya no propaguen prejuicios simplemente porque ya no creen en ellos. Las personas que realmente odian a los que perciben como diferentes ya no tendrán en los individuos que se sienten alienados a unos aliados potenciales a través de los cuales fortalecer sus movimientos.

    El infierno que está pavimentado de buenas intenciones

    Otro problema con la censura es el siguiente: las causas nobles no necesariamente derivan en buenos resultados (muchos ejemplos de esto existen a lo largo de la historia). Es importante la forma en que está instrumentalizada la causa y para ello es importante que la causa misma reciba retroalimentación y pueda ser objeto de crítica: si ello no ocurre, se volverá más dogmática, rígida y, por tanto, más ineficiente.

    Criticar las formas no implica oponerse al fondo. Yo bien puedo oponerme a que haya animales al circo pero, a la vez, sé que simplemente aplicar la prohibición sin que haya una política pública bien diseñada podría traer resultados lamentables como, por cierto, ocurrió en la Ciudad de México.

    A veces es difícil distinguir entre aquella persona que alberga prejuicios y aquella persona que simplemente muestra escepticismo hacia las formas: se tiende mucho a asumir que aquella persona que guarda escepticismo es prejuiciosa, lo cual muchas veces no es el caso. Que el ejercicio sea complicado no significa que ese esfuerzo deba abandonarse. Por ejemplo, preguntarse si es buena idea que los transexuales participen en competiciones deportivas de personas del sexo con el que se identifican no es per sé discriminatorio: reflexionar sobre el hecho de que los transexuales tengan franca ventaja física pueda crear un orden de cosas injusto puede ser algo razonable (lo cual, por cierto, fue lo único sobre lo que el conductor pareció reflexionar).

    Si se comprende esto, si se asume que la realidad es muy compleja y que los fenómenos sociales no son tan simples como creemos, entonces podrá abordarse el problema con mucha más inteligencia y asertividad. Muchos podemos considerar la inclusión como algo imperativo, pero ello no significa necesariamente que la ruta propuesta para alcanzarla siempre sea la idónea: ahí es donde la retroalimentación puede llevarnos a construir mejores esquemas y hojas de ruta para que las minorías sean incluidas en la sociedad, para que estén en el centro y no en la periferia.

    Detenerse a pensar no implica tomar una postura tibia o pusilánime, sino más bien una inteligente, madura y pragmática. Se deberá ser duro y determinante con aquellas personas con las que se tenga que ser duro y determinante, pero también se deberá ser empático y persuasivo con aquellas personas con las que se tenga que ser empático y persuasivo.

    Paréntesis: ni todo es cultura de la cancelación ni cancelar no siempre es malo

    Quiero concluir haciendo una acotación. Que reproche el acto de censura y cancelación no implica que en todas las circunstancias ello sea malo. Por ejemplo, es acertado cancelar a aquella persona cuyos dichos tienen la intención de agredir a otra persona o a poner en riesgo su integridad (por ej, que Quadri diga que hay que rechazar o excluir a los trans porque son obra del demonio). Reprochar que se contrate a una persona con antecedentes de abuso sexual o comportamientos denigrantes es acertado ya que dicha persona puede ser una amenaza potencial en muchas formas (claro, a menos que dicha persona haya mostrado un sincero arrepentimiento).

    Tampoco todo lo que se dice que es cultura de la cancelación lo es ni es algo nuevo, pareciera que para algunos sectores cualquier crítica que no les agrada implica una «cultura de la cancelación», para explicar esto les comparto este texto que escribí hace un año.

  • El problema con el mérito

    El problema con el mérito

    El problema con el mérito

    El día de ayer, a raíz del debate de las becas y otras discusiones en Twitter, así como lecturas que he hecho de la meritocracia en el pasado, me puse a pensar lo siguiente.

    1) Normativamente, quienes tienen más méritos (valga la redundancia) merecerían tener mayor acceso a oportunidades. Es cierto que ello es «desigualador», pero en ese contexto, dicha desigualdad no es mala. Habría que hacer esa distinción en las desigualdades que no no son inequitativas de las que sí lo son.

    Pero el diablo está en los detalles.

    2) ¿Qué entendemos por mérito? ¿cómo lo conceptualizamos y lo instrumentalizamos? ¿Tiene más mérito quien se esfuerza más? ¿Cómo determinamos quién se esfuerza más? ¿quien emplea más horas de estudio efectivas, o quien gasta una mayor energía a la hora de estudiar y termina más cansado? ¿Cómo se mide eso?

    3) Para medir el mérito con base en un instrumento como las calificaciones o la evaluación personal del profesor, donde el mérito es la variable independiente y el instrumento la dependiente, tenemos que asegurarnos que no hay otros factores que inciden en el instrumento. El problema es que, por lo general, los hay: hay diferencias socioculturales, psíquicas, intelectuales, familiares y de otra índole que inciden en la medición. ¿Cómo los separas de la medición para que éste mida el mérito sin que esté contaminado por otras cuestiones? No es una tarea fácil.

    Es la misma razón por la cual esa idea de pensar que quienes están en la cúspide de la pirámide social fueron quienes se esforzaron más es problemática. El esfuerzo juega un papel, pero ni siquiera es el más relevante de la ecuación, ni siquiera en los países más justos, ahí donde todos se apegan al Estado de derecho.

    4) Si estas cuestiones afectan el instrumento a partir del cual medimos el mérito y decidimos asignar más oportunidades, entonces el argumento de que «las calificaciones perpetúan la desigualdad» se vuelve cierto, porque quienes se encuentran en desventaja tienen menores posibilidades de alcanzar mejores calificaciones.

    5) Ahora, de aquí no se infiere que no deba dar más oportunidades a quienes se esfuercen más. Anular esto también conlleva muchos problemas. Si pudiera medirse el esfuerzo, los estudiantes tendrían más incentivos para echarle ganas ya que tendría una mayor retribución.

    6) La cuestión es ¿cómo saber quién se esfuerza más? Parece tarea sencilla, pero no lo es: un profesor puede decir que Juan merece más oportunidades que Pedro porque pone más atención en clase y levanta más la mano (además de que tiene mejores calificaciones), pero es posible que Pedro esté viviendo serios problemas familiares o su capacidad intelectual o de concentración sea menor de tal forma que emplea mucho más esfuerzo que Juan para obtener una evaluación que es más baja.

    7) Primero habrá que reconocer que el fenómeno es complejo, y solo reconociendo su complejidad, solo teniendo más empatía y acercamiento con los estudiantes de tal forma que se conozca su situación individual más a fondo, será más fácil poder medir el esfuerzo de una forma, si bien no perfecta, sí más aproximada.

    8) Pueden darse oportunidades a talentos destacados, sí, pero esto puede hacerse pensando en que esos talentos tienen mayor potencial de aportar algo a su comunidad dadas sus capacidades, y no pensando en que tienen un mayor mérito. Aunque pueda parecer desigualador, el hecho de que la gente más talentosa tenga más oportunidades creará sociedades más prósperas de las cuales los menos desaventajados puedan beneficiarse indirectamente. Esto sigue esta idea rawlsiana de que la desigualdad no es mala cuando incluso los de abajo se beneficien de ella.

    9) Puede exigirse una calificación mínima, sí (ya se hace al establecer como requisito pasar la materias con 6 o más), siempre y cuando se hayan considerado los otros factores y se apoye a quienes hayan tenido calificaciones más bajas ajenas al esfuerzo, y no pensando en que es cuestión de mérito, sino como forma de incentivar a que los estudiantes efectúen un esfuerzo mínimo. El esfuerzo es importante ya que éste aumenta, de una u otra forma, la preparación de los estudiantes.

    10) Esto no implica que deban eliminarse instrumentos como evaluaciones en pos de una supuesta igualdad, se trata más bien de crear las condiciones para que los menos desfavorecidos puedan ya no solo ir a la escuela, sino tener un mejor desempeño: por ejemplo, atención en sus problemáticas familiares (psicológica y de otra índole), escuelas de tiempo completo, desayunos para que estén mejor nutridos (lo cual influye fuertemente en el desempeño académico).

    Estas consideraciones no justifican ni validan, a mi parecer, la propuesta de becas de Claudia Scheinbaum. Su crítica al mérito puede tener alguna validez, pero es claro que la forma en que esta política pública está diseñada con propósitos clientelares como bien lo explica este tuit.

  • ¿Por qué sí se deben tomar medidas para que la gente se vacune?

    ¿Por qué sí se deben tomar medidas para que la gente se vacune?

    ¿Por qué sí se deben tomar medidas para que la gente se vacune?

    Nuestra especie vive en una situación extraordinaria (aunque pueda parecerlo menos porque, después de dos años, parece que nos hemos comenzado a acostumbrar al bicho), y si vive en una situación extraordinaria, la respuesta de los distintos actores, que van desde el Estado hasta la sociedad civil, pasando por las propias empresas, deben de ser extraordinarias.

    En un contexto liberal, no deberíamos esperar que el gobierno tome medidas draconianas como ocurre en países como China, pero sí las medidas mínimas necesarias para proteger la vida de las personas y aminorar el impacto que este virus tiene al tiempo que estas tengan el impacto menor en la vida cotidiana. Ello quiere decir que no se deben tomar medidas más allá de lo estrictamente necesario para proteger la vida e integridad de los individuos.

    Y una de esas medidas «estrictamente necesarias» es que las personas se vacunen.

    Todos estamos de acuerdo en que ya no podemos quedarnos encerrados en nuestras casas muertos de miedo, que ello tendría un impacto en la economía y en la psique tal que también afectaría la integridad de las personas, pero sabemos que debemos tomar ciertas medidas para que el impacto sea el menor posible como lavarnos las manos, usar cubrebocas en lugares muy concurridos o tomar ciertas medidas de sana distancia (las cuales bien pueden relajarse un poco cuando los contagios se reducen pero no en un pico de pandemia como ocurrirá en las siguientes semanas con la nueva variante).

    Dicho esto, para poder continuar nuestras vidas con cierta normalidad, es importante que la gente esté vacunada. Las vacunas no acaban con el riesgo de la transmisión pero sí la reducen. Tampoco tienen, como hemos visto, la capacidad de alcanzar la inmunidad de rebaño, pero la gente vacunada provoca menos muertes que la gente que no lo está. Ciertamente, si una persona decide poner en riesgo su propia integridad el Estado no debería entrometerse, pero si la persona pone en riesgo la integridad de los demás, sí que lo debería de hacer.

    He visto, con algo de asombro, que algunas personas se oponen a las medidas del Estado y de las empresas para hacer que la gente se vacune. Incluso, en un acto de deshonestidad intelectual, han equiparado estas medidas con el régimen nazi. Vaya, comparar la toma de medidas sanitarias para proteger a la gente con medidas para discriminar a una persona con su religión es algo completamente absurdo. Comparar a los judíos con la gente que, por ignorancia o irresponsabilidad, ha decidido no vacunarse, puede verse incluso como una forma de relativizar groseramente el genocidio del cual fueron víctimas los propios judíos.

    Algunas personas dicen que estas medidas son iliberales y dictatoriales, pero no es así. Primero, son medidas mucho más moderadas que las que se toman en países autoritarios. Segundo, ni siquiera entran en conflicto con los valores del liberalismo. Por ejemplo, en su libro On Liberty, John Stuart Mill dice que el Estado no debería entrometerse con las vidas de las personas y solo pueden restringir la libertad de aquellos actos que puedan dañar a otros. Claro está, no vacunarse afecta la integridad de los demás ya que podemos propagar el virus con mucha mayor facilidad.

    Por esta misma razón, uno tiene que sacar una licencia de conducir para poder manejar y uno no puede conducir bajo los efectos del alcohol. De la misma forma, un empresario tiene derecho a hacerse millonario legalmente pero no tiene derecho a destruir el ecosistema o a atentar contra la integridad de otras personas.

    Ser liberal no implica hacer lo que nos plazca sin consecuencias. El liberalismo busca, por el contrario, maximizar nuestra libertad dentro de un entorno en el que estamos sujetos a ciertas reglas para que nuestras libertades no afecten a las de los demás. Es decir, los seres humanos estamos sujetos a un contrato social el cual nos restringe ciertas libertades en aras de proteger la integridad y la libertad de los demás: no tenemos derecho a matar a otra persona, no tenemos derecho a robar y no tenemos derecho a conducir alcoholizados porque en ese estado corremos el riesgo de atentar contra la integridad de terceras personas.

    Incluso, en estas restricciones no se elimina la agencia que el individuo tiene. El individuo bien puede decidir no vacunarse, pero debe asumir que no podrá realizar tal o cual actividad. Si quiere realizar tales actividades, entonces tiene la opción de vacunarse.

    Habiendo dicho esto, me parece muy complicado de justificar, tanto desde una forma normativa como una práctica, la oposición hacia las medidas que el Estado y las empresas puedan tomar para hacer que la gente se vacune. Sin embargo, vale mencionar algunos requisitos que me parecen importantes para que el Estado o las empresas implementen este tipo de medidas.

    1. La ciudadanía debe tener acceso a la vacunación. Es decir, el Estado o las empresas solo deberían implementar estas medidas en tanto que las personas puedan acceder a vacunarse.
    2. La decisión debe estar sustentada en evidencia empírica. Por ejemplo, si una nueva variante hace que las vacunas no reduzcan el riesgo de transmisión o no funcionen y ésta se vuelve dominante, entonces estar o no vacunado no marcaría diferencia alguna para estos efectos y las medidas terminarían volviéndose innecesarias.
    3. No debería aplicarse para las personas que, por una condición médicamente justificada, no puedan o deban vacunarse.
    4. El Estado o las empresas que tomen estas decisiones deben comunicar sus decisiones de la forma más eficiente posible para que la gente las comprenda y tenga mayor información al respecto.

    A medida que pasa el tiempo (más de año y medio), nos hemos percatado de que las vacunas funcionan y que sus efectos secundarios son reducidos (y los cuales, cuando han existido, han sido comunicados al público y estos conllevan un riesgo bastante menor al riesgo que implica no estar vacunado). No hay justificación con base en evidencia para oponerse a ser vacunado. Quienes deciden no vacunarse lo hacen por ignorancia (no tienen la información suficiente o correcta a la mano) o por irresponsabilidad (no quieren o no les importa vacunarse), o una combinación de las dos.

    No hay justificación para oponerse a estas medidas, ni siquiera desde una postura liberal.

  • El campeonato del Atlas en deconstrucción

    El campeonato del Atlas en deconstrucción

    El campeonato del Atlas en deconstrucción
    Fotografía: @Atlas_FC (Twitter)

    El futbol es un espectáculo, ciertamente. Es una forma de entretenimiento. Así como vamos al cine o tocamos algún instrumento, uno se hace aficionado a un equipo de futbol y lo apoya. No puede ser visto como una forma de religión o un sustituto de elementos esenciales de la vida, ni de la participación política ni mucho menos del desarrollo personal o la necesidad de autorrealización (aunque ciertamente, hay gente que lo llega a tomar así). Ya lo expresaba muy bien Jorge Valdano al decir que «el futbol es lo más importante de las cosas menos importantes).

    Pero, en su condición de espectáculo, el futbol tiene algunas particularidades (que ciertamente comparte con otros deportes en otros lugares) y es el sentimiento de identidad. El futbol profesional es un fenómeno inherentemente tribal e identitario: uno simpatiza y defiende a un equipo en detrimento del otro. Podría incluso ser visto como una versión amigable y lúdica de los conflictos nacionalistas o regionales expresados en la simpatía en una organización cuyo fin último es meter un balón a una portería. Pero la identidad no se reduce al conflicto, sino a la narrativa que subyace al equipo en cuestión.

    ¿Pero cómo es que un equipo de futbol genera un fuerte sentimiento de identidad en mucha gente? Un equipo no solo está ahí, está en una ciudad, representa ciertos valores, una narrativa alrededor de dicho equipo le da sustancia y eso que se dice que el equipo es o lo que representa hace que la gente se identifique con ello, porque hay un emparejamiento de su identidad o sus valores con los del equipo que apoya.

    Se dice que la gente suele simpatizar más con los equipos ganadores, eso puede ser cierto pero sólo hasta cierto punto. La narrativa de triunfalismo es apenas una parte, no es condición necesaria ni suficiente, tiene que existir algo más. Pensar que es racional apoyar a un equipo ganador porque da más glorias es un approach muy limitado y superficial. Si esto fuera así, el Atlas tal vez no existiría o casi nadie lo apoyaría. Lo cierto es que el Atlas suele ser, de acuerdo con muchas encuestas hechas a lo largo del tiempo, uno de los 8 equipos más populares de toda la liga.

    ¿Por qué alguien le va al Atlas, si casi no ha ganado nada y solo da lamentos a la gente que lo sigue? Es simple, es una cuestión de identidad. Ser del Atlas es ser muchas cosas: se pertenece a algo, a los «valores rojinegros», a la juventud, a la eterna esperanza, al ser aquél David que aspira a vencer a Goliat, a la necesidad de tener un enemigo para reafirmar su identidad (como bien lo explica Umberto Eco) y que se plasma en las Chivas, así como ocurre con el Real Madrid con el Barcelona.

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    Fotografía: ESPN

    Aunque yo no soy una persona muy futbolera, en el sentido de que no soy de esas personas que va todas las semanas al estadio ni ve todos los partidos en la televisión, siempre estoy pendiente de lo que ocurre con mi equipo. Mi caso puede sonar muy particular: se trata de una tradición familiar. Mi abuelo, Rafael Sánchez Pillot, fue uno de sus directivos más importantes y transmitió la «filosofía Atlas» a toda la familia. Además, mi padre (su yerno) estuvo en la directiva en la década pasada. El Atlas tiene que ver con una cuestión de identidad familiar. Pero mi caso es una peculiaridad, y es que el Atlas va más allá, hay algo de épico en lo que la institución significa.

    Lo que ocurrió en el Estadio Jalisco habla mucho de lo que representa el Atlas como identidad: aquella entidad que siempre ha estado en condiciones desfavorables, que empieza «desde abajo» y que se redime venciendo una cantidad casi infinita de obstáculos para llegar a la gloria. Hay muy pocas finales en el futbol mexicano (en lo particular no recuerdo una) que haya desatado tanta pasión entre sus aficionados. No solo se trata de esa frustración acumulada a lo largo de setenta años (los más jóvenes deberían entonces ser los menos entusiastas por tener menos años frustrados y ello no ocurre) sino más bien de la narrativa que se construye a partir de ello y que contribuye a su epicidad: no es casualidad que su principal grupo de apoyo se llame la «Barra 51» haciendo alusión al año en que ganaron su primer campeonato.

    La enorme cantidad de años sin ser campeón tan solo establece el punto de partida: se empieza desde abajo, desde ahí donde se reciben muchas burlas y humillaciones, desde donde nadie cree en ti para luego resurgir, contra todo paradigma establecido y escalar, desde allá abajo, hasta la gloria para, apelando a la mitología que le da nombre al equipo, sentir que se sostiene al mundo: el mote de furia posiblemente no sea gratuito.

    Por ello es que esta final fue jubilosa como pocas, porque la narrativa que sostiene a la identidad del Atlas es mucho más ambiciosa (cercana a la utopía) que la narrativa de los equipos ganadores. El Atlas aspira a cosas mucho más grandes con relación a su «aparente» capacidad. Hasta se da lujo de tener un rival históricamente mucho más poderoso (las Chivas) para que, a partir de esa asimetría de poderes, fortalezca la narrativa del débil que puede emerger lo cual, dicho sea de paso, reafirma su idedntidad.

    Esa sensación de remar contracorriente, de hacer posible lo absolutamente imposible y lograr lo impensado genera una sensación de gloria mucho mayor, tanto que se dice que muchos aficionados no sabían ni cómo festejarlo. El aficionado del Atlas tiene pocas glorias, pero cuando llegan, le llegan como a nadie más: es tan grande que hasta el aficionado del equipo rival quiere contagiarse un poco de ella; es tan grande que la opinión pública (nacional, y cuando menos) se vuelca con más enjundia que en el campeonato de muchos otros equipos. Ese coctel de tradición y abolengo junto con esa epicidad del «zorro» un underdog que emerge desde la más profunda y fría oscuridad hacia el pináculo de la gloria. No hay otra cosa que pueda explicar esto, es algo mucho más difícil de explicar que de sentir:

    Ello no significa que con el título el Atlas pierda su narrativa e identidad al haberse consumado el relato. Por el contrario, lo que ocurrirá es una continuación de este relato épico. Ya no trata de aquel que estaba abajo esperando emerger, sino aquel que ya lo logró, aquel que tiene algo que contar y que podrá traer glorias futuras. Alguien que emerge desde abajo y vence ya no puede ser subestimado y humillado, se le tiene que tener respeto.

    En 1999, a raíz del subcampeonato, el equipo ganó más aficionados por el simple hecho de que aquel acontecimiento, ese equipo que llegó a la final por medio de jóvenes aguerridos, dejó entrever que había una esperanza: el Atlas estuvo a punto de emerger, perdió en la raya y de forma muy digna. Por ello, la nostalgia del aficionado se enclavó ahí. Quien pierde dignamente se fortalece como narrativa, porque muestra fuerza, tesón y garra, no se rinde. Incluso puede ser más digno que aquel que gana cómodamente. El 99 fue un aviso de que el relato épico podría consumarse.

    Por eso el Atlas es popular, a pesar de sus escasas victorias, y por eso su victoria sabe a tanto, porque ha logrado construir una narrativa épica con la que muchas personas se identifican (remando contracorriente con aquella idea del triunfalismo como principal atractor), una que incluso da esperanzas al individuo: si el Atlas es campeón, entonces cualquier cosa es posible.

  • ¿Se va a salvar el CIDE?

    ¿Se va a salvar el CIDE?

    ¿Se va a salvar el CIDE?

    Uno que simpatiza con el Atlas y ve a su equipo llegar a la final sabe que está ante un momento excepcional. Ninguna persona que tenga menos de 70 años ha visto con sus propios ojos ver a su equipo campeón, ha vivido frustrado una y otra vez viendo las escasas glorias de su equipo, pero cuando ve a su equipo en la final piensa que, contra lo comúnmente esperado (que no llegue a la gloria), las cosas pueden ser diferentes.

    El caso con el CIDE se siente muy parecido al del Atlas. No porque el CIDE no tenga glorias, al contrario, sino porque se encuentra en un conflicto tan asimétrico de poder que el sentido común, lo cotidiano, te dice que está casi condenado a perder, pero aquí también las cosas pueden ser diferentes.

    En estos últimos meses (o más bien años) el CIDE ha sido maltratado, estigmatizado públicamente y ahorcado política y financieramente. El régimen considera que la institución es su enemiga por muchas razones: parece que le molesta que en esta institución se genere opinión pública o investigaciones que puedan no ser favorables al gobierno como ha ocurrido con cualquier régimen (aunque se pasa de largo que estudiantes y profesores le dieron su confianza en el 2018). Los mismos acólitos del régimen han dicho una y otra vez que la opinión pública del CIDE suele ser opositora.

    El régimen insiste que el CIDE es «neoliberal», aunque para ser sinceros no han sabido explicar bien por qué. Dicen, sin pruebas, que el CIDE ha contribuido a un supuesto saqueo. La realidad es que el régimen parece seguir esa tradición iniciada por Juan Domingo Perón: «todo debe estar dentro del Estado y fuera de él» (como dijera Mussolini, una de las referencias del argentino) y que también adoptara en cierta medida el PRI autoritario.

    El CIDE, como muchas instituciones educativas, es un actor incómodo para el gobierno, pero el CIDE es pequeño, por lo cual es más fácil intervenirlo y porque puede servir, como bien afirmó Jean Meyer, de laboratorio para una hipotética intervención posterior en instituciones de mayor calado. Somos un puñado de estudiantes y profesores luchando contra la avalancha de un régimen que si algo tiene de sobra es su oficio político, que no cuenta con una oposición efectiva (los panistas se toman fotos en sus propios eventos), que tiene una alta popularidad y cuyo líder carismático es una gran referencia para una cantidad nada despreciable de mexicanos.

    Además, los sectores sociales en los que el régimen despertaría un mayor cólera si logra golpear al CIDE son aquellos de los que ya prescindieron desde antes: básicamente los sectores académicos y universitarios. El entonces candidato López Obrador sedujo a las clases medias con educación para llegar al poder, pero en cuanto llegó prescindió de ellos al tiempo en que comenzó a construir un coto de poder electoral dentro de las clases populares y menos privilegiadas a través de programas sociales con enfoque clientelar. Este es un problema, porque la base electoral del régimen está muy lejana y ajena de los sectores a los cuales el CIDE les podría importar: dirán en el régimen ¿cuál es el problema si acabamos con el CIDE, si los que se van a enojar son los mismos que ya nos odian?

    Ahí el régimen tiene la narrativa a su favor. Si se meten con el CIDE podrán insistir en que ahí estudian muchos «privilegiados neoliberales». No le pierden nada, para muchos que no conocen la institución puede ser algo prescindible, aunque evidentemente el régimen no contará la historia completa: en realidad la composición del estudiantado se explica por el hecho de que la educación pública en México es paupérrima y el CIDE es un instituto de alto rendimiento. Lo sensato sería mejorar la calidad de la educación pública para que más gente de escasos recursos puede entrar (y aún así, en el CIDE hay historias de vida de gente que comenzó desde abajo, logró entrar y le cambió la vida).

    Fotografía de @karinguilera

    A ello se agrega el revanchismo y orgullo del ejecutivo. Que el CIDE se salga con la suya implicaría una «victoria del neoliberalismo» y una derrota para él. Tal vez ello haga que pueda ser prudente evitar, por el momento, la confrontación directa con López Obrador. Tal vez por ello se haya optado hacer ver que el conflicto es entre el CIDE y Tellaeche o con Álvarez-Bullya. Ciertamente, la resistencia no es ni debería ser vista como un ataque al gobierno (cosa que el régimen podría aprovechar en materia de narrativa a su favor), sino como una defensa de éste. Ciertamente podría uno cuestionarse si esto es iniciativa directa del ejecutivo o de Álvarez-Bullya, pero al menos podemos deducir que el Presidente no se opone a las decisiones de la directora del Conacyt y tiene conocimiento de ellas.

    Esa posición tan asimétrica, donde el CIDE es una institución muy pequeña (más allá de su influencia intelectual y académica) que se enfrenta a un enorme poder político con mucho oficio, poder que reside en aquellos sectores socioeconómicos más bien alejados de la academia y que, además, tiene el control sobre la narrativa, nos deja ver que las cosas no son nada fáciles.

    Sin embargo, la reacción de las y los estudiantes en los espacios que se tuvieron con Tellaeche y la propia Álvarez-Bullya dan algo de esperanza. En el régimen pensaron que no sería tan complicado, que bastaba con ofrecerles quitar las colegiaturas, pero el estudiantado ha mostrado tener carácter y firmeza. Era evidente que Álvarez-Bullya estaba molesta y, como buena política, buscó chantajearlos, pero no lo logró, y ella terminó accediendo a asistir a un diálogo en el CIDE en condición de visitante y no de local. Las y los profesores, por su parte, han hecho su labor y han sido muy solidarios con sus estudiantes. Ambas partes (estudiantado y profesorado) se han mantenido muy unidas a pesar de los intentos de dividirlas.

    Y ni que decir de aquellas personas que se la han rajado, que han acampado, que tomaron las instalaciones y llevan ahí varios días al tiempo que tienen que estudiar para los exámenes finales. El espíritu de lucha está ahí, muy vivo y si de algo podemos estar seguros es que se va a resistir y que la comunidad no se va a morir de nada.

    También han logrado, cuando menos, la solidaridad de muchas instituciones educativas: de universidades (incluso no solo de México) académicos, intelectuales, ex alumnos. El conflicto que vive este instituto tan chiquito ha resonado en la opinión pública, se ha vuelto uno de los temas nacionales más relevantes en las últimas semanas y eso no es cualquier cosa.

    La situación para el CIDE se ve complicada, es algo que lamentablemente no podemos negar, nuestra institución está en desventaja, pero como dijera el título de una de las canciones de The Smiths: hay una luz que nunca se va: hay una posibilidad de que las cosas sean diferentes, así como ese sentimiento que los aficionados del Atlas tienen con su equipo al ver que van a disputar una final.

  • Sobre los del CIDE que votaron por AMLO

    Sobre los del CIDE que votaron por AMLO

    Sobre los del CIDE que votaron por AMLO
    Foto: @plumaverdeORG

    Contrario a lo que muchos suelen suponer, predecir cómo va a gobernar un mandatario a la hora de llegar al poder y qué resultados va a tener es un trabajo difícil y, por tanto, asegurarse que su voto será por aquel que le traiga mejores resultados para él, su comunidad o la nación o región que el candidato representa, no está garantizado.

    Si quisiéramos hacer una evaluación lo más precisa sobre las candidaturas, tendríamos que procesar muchísima información y tener el conocimiento para evaluar dicha información, lo cual es imposible. Por ejemplo, si estudio todo el paquete de propuestas de un candidato (del que ni tengo la absoluta certeza de que vaya a cumplir) necesitaría tener cierto expertise en las distintas disciplinas a las que están relacionadas las propuestas (digamos, economía, urbanismo, derecho) y eso es imposible. Tendríamos, además, que conocer a cabalidad la psique del candidato (lo cual ni el mismo conoce completamente) para predecir con 100% de certeza cómo es que va a reaccionar ante diversas circunstancias.

    Pero ahí no termina todo: el contexto en el que se desempeñará el político electo es cambiante, de tal forma que un político puede tener mejor desempeño en un contexto que en el otro. ¿Cómo podemos predecir el contexto futuro? Bueno, es imposible, dado que históricamente los seres humanos hemos sido muy torpes para predecir lo que va a ocurrir en el futuro.

    Como es imposible hacer una evaluación precisa de los candidatos porque no tenemos el tiempo ni el conocimiento necesario para evaluar todos los aspectos a cabalidad y con una gran precisión (aunque se tenga un PhD de Harvard), entonces siempre tendremos que echar mano de atajos heurísticos. Si nuestros valores están asociados con la izquierda, entonces tenderemos a votar por candidatos de izquierda (o se presenten como de izquierda) de la misma forma que lo haría una persona de derecha. Es posible que evaluemos la personalidad del candidato y digamos: tal o cual candidato me da más confianza que aquel otro (sin saber necesariamente por qué).

    De la misma forma, podremos relacionar algunos rasgos del candidato con ciertos valores o ciertas predisposiciones personales. Para algunas personas ver ciertos rasgos autoritarios en López Obrador será señal de alarma porque lo relacionaremos con Hugo Chávez o Fidel Castro, otras personas no se terminarán de percatar de ello de tal forma que no serán atributos sobresalientes (sin que ello implique que simpaticen con el autoritarismo) porque tal vez les llaman la atención aquellos otros. Trataremos también de predecir la conducta o incluso las propuestas del político en cuestión con aquello que hemos visto en el pasado y que nos pueda parecer parecido o familiar.

    En todo este proceso los sesgos cognitivos juegan un papel. Ciertamente algunas personas tendrán una mayor predisposición de evaluar una candidatura de la forma lo más neutra posible (sin que ello implique que los sesgos desaparezcan del todo) mientras que otras simplemente se dejarán arrastrar por el razonamiento motivado (lo cual suele dispararse en un contexto de polarización) pero en cualquier caso siempre existirá un margen de error. Ciertamente, por más grande sea el esfuerzo de un sujeto de hacer una evaluación concienzuda, la probabilidad de tomar una decisión acertada será mayor, pero nunca existirá la certeza total de que se ha tomado una buena decisión hasta que el político llegue al poder y gobierne: por eso es posible ver a personas muy inteligentes y preparadas votar por alguien que termina afectando sus intereses.

    Si a mí me preguntan si las personas del CIDE que votaron por AMLO tomaron una mala decisión en las urnas contestaré que sí, pero seguramente te contestarán lo mismo la mayoría de esos votantes al ver cómo las decisiones del régimen están afectando sus intereses y los de su institución. Sin embargo, a partir de aquí, a diferencia de los entusiastas del «se los dije, se les advirtió», la explicación se vuelve más complicada.

    ¿Por qué varios en el CIDE votaron por AMLO? Porque sus atajos heurísticos les indicaron que esa podía ser la mejor opción. Si AMLO se dice de izquierda y si históricamente la izquierda se ha preocupado por la ciencia y la educación, entonces AMLO tendría que ser una mejor opción. A ello hay que agregarle la indignación con el régimen saliente (justificada por la profunda corrupción y cinismo del gobierno de Peña) al que se sumó un discurso anticorrupción de López Obrador. Para el caso del estudiantado, entre la juventud suele preferirse el cambio o el riesgo sobre la estabilidad, ya no solo por la energía que tienen los jóvenes, sino porque, a diferencia de las personas de edad avanzada que tienen una vida hecha (y para quienes puede ser más racional votar de forma más conservadora), tienen un futuro incierto y, dada esa incertidumbre, sienten que tomar riesgos esperando que uno de ellos derive en un mejor estado de cosas.

    Ciertamente, quienes votaron por AMLO no vieron algunas cosas que otros sí alertamos: algunos hablamos sobre el talante autoritario que López Obrador a veces expelía, vimos en la sugerencia en la propuesta de Santa Lucía y la cancelación del NAICM una premonición de una excesiva improvisación y falta de rigor donde la técnica estaría sometida a los caprichos del ejecutivo. Vimos también, en esa simbología religiosa, un potencial conservadurismo social (que va desde esta intención de moralizar a la población hasta hacia el desdén hacia la violencia contra la mujer) y sin olvidar su desdén por el orden institucional («al diablo con sus instituciones»). Todos ellos también son atajos cognitivos a través de los cuales evaluamos al hoy presidente y decidimos no votar por él.

    Fotografía: @cataperezcorrea

    A diferencia de lo que muchos podrán suponer, no es necesariamente fácil explicar por qué en algunas personas se activaron algunos atajos heurísticos y en otras otros (seguramente las filias ideológicas y muchos otros factores juegan un papel). Queda claro que la decisión que ellos tomaron no fue acertada y no me parece mal invitarlos a la reflexión (desde una postura de empatía) de tal forma que esta experiencia actualice su sistema de creencias y les ayude a tomar una mejor decisión para las elecciones que puedan venir.

    Pero el linchamiento por parte de algunos influencers de la red social (de esos que presumen ser opositores a morir) no abona siquiera a este ejercicio y lo único que su comportamiento hace es, paradójicamente, beneficiar al régimen. Esta circunstancia tampoco puede sugerir una superioridad moral. Me voy a explicar:

    Vamos a partir de la suposición de que votar por AMLO fue una decisión errónea y no votar por él haya sido una decisión acertada (digo suposición porque, aunque muchos supongamos que Anaya o Meade pudieron haber hecho las cosas mejor, es imposible hacer un contrafactual contra algo que no ocurrió):

    1. Que los que no votaron por López Obrador hayan tomado una decisión acertada no implica que en otro contexto puedan tomar una decisión errónea. Algunos de ellos dirán. ¡Por eso yo nunca votaré por la izquierda o por el socialismo! ¿Pero, qué pasa si el Presidente de derechas por el que voten termina siendo un corrupto del cual fueron sus contrapartes de izquierda quienes vieron esas «red flags»? La posibilidad de que ellos erren de la misma forma siempre existirá.
    2. Que su decisión en las urnas haya sido la acertada no implica necesariamente que la decisión haya sido razonada. Por ejemplo, queda claro que una persona que no votó por AMLO porque pensaba que nos iba a llevar al comunismo no tomó una decisión informada aunque su decisión haya sido correcta. Haber acertado así es algo fortuito. En todos los casos siempre existirá, en mayor o menor medida, un factor suerte, por el simple hecho de que es imposible hacer una representación exacta y perfecta de lo que un candidato va a hacer llegando al poder.
    3. La realidad es que prácticamente ninguno de los hoy críticos previeron que el régimen iba a intervenir en las universidades. Vieron (vimos) rasgos autoritarios, pero nadie pensó que iban a jugar de esa forma, nadie alertó a los chicos del CIDE que subieron sus videos apoyando a AMLO que se iba a meter con su instituto. Repiten que «se les dijo, se les advirtió», pero en realidad nunca advirtieron que esto que está ocurriendo en específico ocurriría.
    4. Si estas personas están tan preocupadas por la evidente deriva autoritaria, entonces estarían defendiendo al CIDE en vez de sumergirse en burlas y linchamientos, porque lo prioritario es evitar que este espiral autoritario continúe avanzando (si el gobierno logra salirse con la suya, como bien menciona Jean Meyer, luego seguirán la UNAM, la U de G, el INE y demás). Peor aún, a través de estas burlas (que no es lo mismo que invitar a la reflexión), no van a persuadir a los que votaron por AMLO de no volverlo a hacer: harán que se sientan alienados y no se sientan aceptados en el bando de la oposición como efectivamente está ocurriendo.
    5. Y, evidentemente, este estado de cosas beneficiará al régimen. Es irracional ser opositor y tomar dicha postura donde el sentimiento de superioridad (el cual puede no estar justificado por los puntos anteriormente mencionados) se vuelve más importante que la defensa de las libertades y los valores democráticos. Ese sentimiento de superioridad (que además tiene el propósito más de reforzar y legitimar sus posturas ideológicas que defenderlas en la práctica) estará todavía menos justificado al percatarnos de que esta acción termina, de alguna forma, afectando sus propios intereses. Terminan, paradójicamente, haciendo lo mismo de lo que acusan a su contraparte.

    Algo que no debe olvidarse es lo siguiente: quienes votaron por AMLO no votaron porque esto pasara, no existió una mala intención en su voto y el error fue crearse expectativas equivocadas a través de sus atajos heurísticos que desear algún mal. El juicio moral que se hace sobre aquella persona que votó intencionadamente para que esto pasara no puede ser el mismo que el que cae sobre aquellos que «se equivocaron». En el primer caso por supuesto que debe haber un reproche (como ocurre con quienes siguen defendiendo al gobierno a pesar de lo evidente porque obtienen de ello un beneficio) mientras que en el segundo puede haber, en todo caso, una invitación a la reflexión.

    Tampoco debería esperarse que dentro de la institución se le diga al estudiantado por quién votar porque ello violaría la pluralidad que la institución busca preservar. En efecto, el CIDE nunca les «dio línea» ni tomó postura como institución y ello debe recordarse. Está en su libertad decidir por quién votan.

    Y todo esto es importante decirlo, porque la prioridad debe ser evitar la deriva autoritaria. Si como opositores estamos preocupados por el talante autoritario de este régimen, burlarse sin piedad continuamente de la decisión que algunas personas tomaron (en especial si uno se presume opositor) posiblemente no sea la mejor opción.

  • Defender al CIDE del acoso y el estigma

    Defender al CIDE del acoso y el estigma

    Defender al CIDE en tiempos difíciles

    Lo que le está pasando al CIDE es algo que debería preocuparnos a todas las ciudadanas y ciudadanos de este país.

    Y debe de preocuparnos no solo por la importancia que tiene esta institución en nuestro país, sino porque está sufriendo el mismo acoso que sufren las instituciones autónomas por parte del régimen actual que, en un acto autoritario, busca imponer una forma de pensamiento único que le sea beneficioso al régimen.

    El régimen actual ha buscado estigmatizar a la institución (hasta ha recibido varias menciones en las mañaneras), ha hecho lo propio con las y los profesores así como con quienes estudiamos ahí. El encuentro que tuvimos hoy por Zoom los alumnos con el director interino José Antonio Romero Tellaeche, que fue colocado en esa posición por el régimen, lo dejó muy claro: de alguna forma sugirió que quienes estudiamos ahí estamos manipulados ideológicamente, que no tenemos pensamiento crítico, que no servimos al país y que nuestras mentes están moldeadas por profesores que estudiaron en Estados Unidos (el propio Romero Tellaeche estudió ahí, pero se justificó diciendo que en nuestro país no había doctorados y que tiene pensamiento propio). Además, en este mismo encuentro también afirmó que los medios de comunicación orquestaron una campaña de desprestigio en su contra.

    Sin conocer a su comunidad ni las dinámicas de la institución, el director interino se atrevió a hacer aseveraciones estigmatizantes de forma categórica, además, claro, de destituir arbitrariamente a personas que ostentaban posiciones directivas. Algunas alumnas y alumnos que intervinieron en esta sesión le pidieron que conociera más a la comunidad y la institución, pero siguió haciendo lo mismo hasta que terminó la entrevista.

    Lo que vivimos ahí fue básicamente una extensión del régimen, de una mañanera: el tono del discurso era exactamente el mismo. Acusó al CIDE de neoliberal e ideologizante. Todo esto fue insultante. Por ello, yo quiero contar mi experiencia en esta institución para desmentir los estigmas que el régimen ha tratado de hacer caer sobre la institución de la que formamos parte.

    Mi experiencia

    Primero, lo que caracteriza al CIDE es su orientación metodológica y de investigación. En el año y medio yo nunca he visto imposición ideológica alguna. Entre mis compañeras y compañeros tenemos distintas orientaciones ideológicas: algunos son de izquierda, otros de centro y otros de derecha, y nadie nos ha dicho cómo tenemos que pensar. Nadie me ha corregido algún texto porque usé o no usé lenguaje inclusivo ni me dijeron que mi forma de pensar está mal o es una tontería. Yo me siento aceptado tal y como pienso.

    Es cierto, por ejemplo, que la ciencia política que nosotros estudiamos está influida por la ciencia política americana (american politics), pero ello no implica que sea neoliberal: nadie nos dice que tenemos que apoyar al capitalismo o el socialismo. Más bien el CIDE nos otorga herramientas metodológicas para que nosotros, que estudiamos ahí, los apliquemos a nuestras convicciones ideológicas. Las herramientas de investigación las puede usar tanto una persona que es de derecha para estudiar, por decir, el conservadurismo en tal país, o las puede usar una feminista para estudiar la violencia contra la mujer. Si eres comunista o marxista, nadie te dice que debes dejar de serlo. También hay (aunque, por lo ocurrido, parece que ya son realmente pocos) simpatizantes de López Obrador. A ninguna de las personas que simpatizan con el Presidente se les estigma y su postura se respeta.

    Segundo. cuando fui aceptado en la institución, llegué con tres temas que eran candidatos para investigación. En el proceso de la selección y desarrollo del tema no hubo nunca algún condicionamiento ideológico ni nadie me sugirió alguna «perspectiva ideológica». Lo que mis profesores de investigación, mi tutor, el profesor Gerardo Maldonado y mi asesora de tesina, la profesora Amalia Pulido, me han pedido es rigor metodológico: que la investigación esté bien sustentada teóricamente, que las variables estén bien conceptualizadas y operacionalizadas, pero la pregunta de investigación es producto de mis propias convicciones y no de la intervención ideológica de la institución.

    Tercero, no recuerdo que las preguntas de investigación de quienes estudian conmigo sean «neoliberales». Algunas estudian el autoritarismo, el voto, partidos políticos y demás. Las preguntas de investigación son muy variadas, tienen distintas posturas y abordan distintos temas.

    Cuarto. si los profesores «moldearan nuestras mentes sin criterio», entonces podría esperarse que las y los estudiantes pensemos igual, que somos una masa ideológicamente homogénea, y la realidad es que no es así en lo absoluto. Por el contrario, mi grupo de clase es muy diverso. Dicen que el CIDE es «neoliberal» pero varias de las personas que estudian conmigo (no todas) son de izquierda y siguen siendo de izquierda.

    Pero esta diversidad no ocurre solo con los estudiantes sino con los profesores, muchos de ellos tienen formas de pensar distintos y sus temas de interés son distintos. Es justa esta pluralidad la que nos da un conocimiento más rico y amplio. Es cierto que muchos (aunque no todos) estudiaron en Estados Unidos, pero ello no implica que piensen igual en lo absoluto ni mucho menos que sean ideológicamente homogéneos. Es cierto, como dice Romero Tellaeche, que tener profesores que estudiaron en otros lados es una buena idea, pero de ahí no se sigue que como muchos profesores estudiaron en Estados Unidos, entonces nos quieren adoctrinar ideológicamente.

    Quinto, la diversidad no solo debe ocurrir dentro de la institución sino fuera de ella. Es deseable una institución orientada metodológicamente como es el CIDE exista, al tiempo que exista el COLMEX que tiene otra orientación o la UNAM. Homogeneizar la oferta académica tan solo empobrecerá el conocimiento (ya de por sí limitado) que se genera en el país.

    Sexto, el CIDE no es un centro de «blancos privilegiados» como también se pareció sugerir. Tal vez yo sí venga de una posición relativamente acomodada clasemediera, pero no es el caso de todas las personas que estudian conmigo. Tal vez las personas que vengan «desde abajo» no sean mayoría, pero eso es así no por problema del CIDE sino de toda la estructura educativa del país que da una educación paupérrima a los que menos tienen. El gobierno debería procurar que las personas que nacieron en condiciones difíciles puedan recibir una educación desde los niveles básico lo suficiente decente para que puedan acceder a estudiar en centros como el CIDE, eso no ocurre porque una y otra vez nos han mostrado que no es su prioridad.

    Seguramente el CIDE tiene cosas por mejorar, pero no es ahorcando a su comunidad e imponiendo una forma de pensar que puede mejorar como institución.

    Resistir

    La situación del CIDE es complicada. Mucha gente no conoce esta institución ni su importancia. El CIDE no es visible como el INE, por poner un ejemplo. López Obrador tiene una popularidad, de acuerdo con Consulta Mitofsky, de más del 60% y ella no reside en los sectores académicos e intelectuales, la cual perdió (sin preocupación alguna) desde un principio. Dicho esto, es evidente que López Obrador considera que deshacerse o «adoctrinar» al CIDE no le va a traer costo político alguno.

    También es complicado porque el CIDE no ha recibido empatía por toda la oposición. Si bien es válido invitar a la reflexión a las personas que votaron por López Obrador y se han percatado de que ello fue contraproducente y que los atajos heurísticos no hicieron el mejor papel, las burlas y las frases como «disfruta tu voto» nada ayudan a ese fin y lo único que logran es hacer el favor al régimen. Al final, ejercieron su voto de forma libre (más allá que algunos no tengamos su mismo punto de vista) y seguramente algún aprendizaje quedará de esto.

    Pero si la situación es muy complicada, lo cierto es que el CIDE tiene una comunidad muy fuerte. Que la comunidad resista con fuerza y entusiasmo, pero también con inteligencia. Posiblemente será necesario crear lazos con otras instituciones académicas y universitarias para poder ejercer más presión y elevar el costo político para que el acoso ceda.

    Si algo me dio esperanza fue la reacción de las y los estudiantes en el diálogo (si se le puede llamar así) con el director interino. Se atrevieron a confrontarlo, a decirle lo que piensan sin tapujos. Él, por su parte, nunca terminó de contestar las preguntas que le hicieron, dio muchas evasivas y nunca dejó el lado del discurso propio del régimen.

    Conclusión

    Para mí sería fácil desentenderme porque en junio termino mis estudios y las consecuencias posiblemente no me toquen, yo me iré de la institución con educación de alto nivel, pero si el CIDE me ha dado tanto, creo que una forma de retribuir es ayudar, en mis limitadas capacidades, a defender a esta institución de pulsiones autoritarias para que las siguientes generaciones puedan seguir recibiendo educación de alto nivel para que lo pongan al servicio de nuestro país.

    La pluralidad y la democracia liberal están en riesgo. El ataque al CIDE es tan solo una de las múltiples manifestaciones de este riesgo. La ciudadanía debe resistir. Las y los estudiantes, profesores y académicos debemos resistir contra el autoritarismo y las amenazas contra la libertad de pensamiento.

    Y por cierto, al ser una institución que paga mis estudios, a quien le debo algo no es al gobierno, sino a las personas que pagan sus impuestos. El gobierno es, o debería ser visto, como un mero administrador y no como un «padre» que nos está haciendo algún favor y al cual le debemos pagar con algo.

    Para concluir, les comparto un video sobre la fundación del CIDE. Pueden ver todo el hilo del profesor Carlos Bravo Regidor al respecto.

    Lo anteriormente escrito representa nada más que mi opinión y solo hablo por mí mismo.

  • El Estado soy yo merengues

    El Estado soy yo merengues

    El Estado soy yo merengues

    Hay algo perverso en el hecho de que un político busque colocarse en los anales de la historia antes de haberla hecho. Algo muy perverso era que un político (ahora Presidente de la República) denominara a su gobierno como la cuarta transformación (minúsculas a propósito).

    Muchos no repararon en ese «pequeño detalle», lo pasaron por alto y algunos incluso se dejaron llevar por él. Los juicios históricos deberían hacerse ex post (después de) y no ex ante (antes de) por los mismos agentes que terminarán «haciendo la historia». Cualquier sociedad debería preocuparse por el hecho, porque si un político pretende estar destinado a convertirse en un personaje histórico, será alguien que buscará acaparar y acumular el poder posible con ese fin.

    La sutil distinción entre desear pasar a la historia y pretender estar destinado a ello y actuar en consecuencia marca una gran diferencia. No pocos políticos desean ser recordados positivamente por su comunidad (aunque ciertamente muy pocos lo logran) pero saben que no serán ellos mismos los que hagan el juicio sumario de la historia. Quienes se sienten destinados, en un despliegue profundamente narcisista y megalomaníaco, a convertirse en personajes históricos, creen que ellos mismos tienen derecho a hacer el juicio sobre ellos mismos: creen que pueden ser juez y parte.

    Si un agente político se considera destinado a pasar a la historia de la forma en que él lo desea, entonces tendrá muchos incentivos para acallar aquello que pueda ir en contra de la narrativa. El político se preocupará tanto por pasar a la historia que olvidará su función como servidor público y que es procurar el bienestar de sus gobernados. Algunas personas, en su ingenuidad, creerán que una cosa implica la otra: que si procuro el bienestar entonces pasaré a la historia o que para pasar a la historia debo procurar el bienestar, pero nada más falso.

    Quien cree estar destinado a pasar a la historia no busca maximizar el bienestar de sus gobernados como fin último, lo que pretende es que se le recuerde como líder histórico y para ello echará mano de las narrativas y los símbolos. La construcción de los líderes históricos es subjetiva (o bien, intersubjetiva) y no tiene como base métricas de desempeño que reflejen cuánto logró aumentar el bienestar de sus gobernados sino la construcción de relatos míticos: tal figura hizo esto, tal figura combatió a aquellos o resistió ello y aquello.

    Como el político narcisista quiere escribir la historia por sí mismo y como quiere ser el personaje principal (si no es que el único), entonces no puede permitirse que otros la escriban: así, el político no se contempla como parte del Estado, sino como el Estado mismo. Todo aquello que es autónomo o diverso es indeseable porque ello implicaría, cuando menos, compartir créditos con otros agentes que no necesariamente querrán escribir la historia de acuerdo con los designios del político narcisista.

    Así, cuando se le habla de pluralidad de ideas, autonomía universitaria, participación ciudadana, el político narcisista hace un gesto de desaprobación. Todo aquél que se interponga en su ambición se convierte en enemigo de las andanzas históricas, en el otro, en el villano. Porque si algo necesita el político narcisista para ungirse como líder histórico es crearse villanos. Haciendo referencia a Umberto Eco, el líder histórico necesita de un enemigo para reforzarse a sí mismo.

    Para que ese ímpetu mítico e histórico cobre legitimidad hay que hacer sentir al «pueblo» partícipe, pero de una forma que no tenga voz ni créditos en la historia: algo así como el escenario sobre el cual el actor principal actúa. El escenario ahí está, aparece en el relato y es mencionado en las páginas del libro, pero no hace nada, solo da contexto a nuestro personaje. Así, nuestro narcisista-actor es auto-ungido como la voz y representante del pueblo (homogéneo) como aquel ser mítico que defiende algún bosque del enemigo (pero ni el bosque ni el lago hacen nada nunca): al bosque hay que defenderlo y cuidarlo del enemigo externo, pero también hay que servirse de él, hay que prender una fogata o construir el armamento con los recursos que el bosque le da.

    Pero la gente no repara en ello (en especial aquella que niega su propia autonomía): cree que esa andanza es noble, que aquel que quiere pasar a la historia es un gran transformador, un héroe mítico que rescatará al pueblo pasivo e inválido. Pero el héroe mítico no quiere rescatar a nadie, solo quiere ser un héroe mítico y que los demás se la crean.

    Lo demás es, o accesorio de esta pulsión narcisista o ya de plano irrelevante.