No existe algo así como una belleza objetiva y universal.
Algunos, sobre todo en aquellos sectores conservadores, desearían que así fuera. Pensar que los paradigmas con los cuales perciben al mundo no son necesariamente universales o absolutos, y a veces sean más bien contextuales, hace que algunas personas sientan incertidumbre al respecto.
Si bien, creo que existen algunos rasgos o patrones universales en la construcción de lo que es bello (en el caso de las personas, la simetría o aquellos rasgos que denoten que una persona es sana podrían jugar algún papel), la verdad es que muchos factores culturales y subjetivos influyen sobre aquello que decimos que es bello o que esta persona es bella y posiblemente estos últimos pesan más que los primeros. La evaluación de la belleza termina siendo una cuestión más bien personal que universal.
Mis predisposiciones personales; mi concepción de la realidad; posiblemente hasta mi misma genética; la cultura en la que estoy inmerso; lo que es más similar a lo que me es familiar sobre aquello que me puede parecer más ajeno, lejano o extraño; la influencia social o los medios también juegan un papel para decir que tal persona es más bella que otra. A veces, incluso la misma presión social puede ganar cierta relevancia: si esto es lo aceptado como bello, entonces me acoplo a ello para sentirme incluido en el grupo. Si esto no es aceptado como bello, entonces no voy a mostrar admiración por ello. Si tal persona tiene una pareja que es considerado o considerada como bella por la sociedad, ello le puede traer más réditos sociales.
Es más, quienes comparten una misma cultura no tienen necesariamente las mismas preferencias y a veces a uno no le interesaba mucho la chava por la que babeaban los pubertos en la secundaria. La percepción de la belleza entonces no es algo universal, es una asignación personal que está influida por el contexto en el que la persona se encuentra.
Los cánones de belleza ni siquiera han sido constantes a lo largo del tiempo. Antes, el estereotipo de belleza de la mujer era una que estaba más bien un poco más «llena» para luego pasar a ser el de una mujer voluptuosa. Claramente los cambios culturales influyeron en la mutación de estos cánones.
Al parecer, no a mucha gente le agradó la idea de que Kim Nam-Joon fuera más votado que Henry Cavill como el hombre «más guapo del mundo» (más allá de que estas encuestas hechas en Twitter no cuentan con rigor alguno para poder determinar que es representativa de toda la especie humana). ¿Cómo ese «niño coreano» es más guapo que Cavill, tan hermoso y tan mamado?
Es simple: la gente tiene distintos gustos, los cuales, además, están influidos por el entorno en el que se encuentran. Es posible, por ejemplo, que a los coreanos o asiáticos tiendan a sentir más atracción por Nam-Joon mientras que los occidentales tiendan a sentir más atracción por Cavill.
Que muchos se indignen porque más gente haya votado a Kim Nam-Joon por encima de Henry Cavill solo refleja la existencia de la subjetividad en la belleza. Si la belleza fuera universal, entonces tendríamos que encontrar un consenso con respecto de estas dos personas que físicamente son muy distintas y solo tendría que haber disputas cuando los «contendientes» sean físicamente parecidos.
Pero no es el caso. Ambos son demasiado diferentes. No puede existir un estándar de belleza universal e incluso de aquí puede deducirse que es un despropósito buscar al «hombre más guapo del mundo».
La tauromaquia es una práctica que se ha vuelto muy polémica en tiempos recientes, y en este sentido, estoy muy seguro que mi opinión al respecto va a generar polémica y puede que moleste a más de alguno. Sin embargo, quise aprovechar este espacio para expresar mi sentir contra esta práctica que, por más milenaria o cultural sea, me parece aberrante y que considero debe desaparecer.
No me voy a centrar del todo en la discusión actual, que si dicha práctica debe estar prohibida o no: por lo general, quienes apelan a la libertad para defender estas prácticas (generalmente desde una postura conservadora) suelen abogar por actos prohibitivos en otros rubros. Argumentaré por qué esta práctica me parece aberrante.
Primero, antes que nada, hay que recordar que el punto culmen de esta práctica es la muerte del animal por razones de ocio o entretenimiento y ello es muy fácil de abstraer. Muchos de los pro-taurinos argumentan que quienes nos oponemos a esta práctica no la conocemos bien, no conocemos la tradición, la cultura o el «arte» que existe detrás. Que si el traje de luces o el movimiento del torero, pero nada de ello niega la realidad: la muerte de un animal por placer.
La tauromaquia refleja el dominio del hombre sobre la bestia, lo cual en sí no es malo: tenemos capacidad de dominio de los animales porque tenemos mayor inteligencia que ellos. Sin embargo, la civilización humana es una que con el tiempo va evolucionando, y si algo hemos aprendido con el tiempo, sobre todo en las sociedades más civilizadas, es el respeto por el entorno de tal forma que el ser humano maximice la satisfacción de sus necesidades generando el menor impacto posible en el ecosistema. Es imposible no causarle un daño, pero, sí es posible lograr que la afectación será mucho menor si satisfacemos nuestras necesidades de esta forma.
No se trata, aclaro, de tomar una postura especista radical, sino una postura más bien consciente y pragmática. Es cierto que todas las especies se matan unas a otras para sobrevivir, pero el ser humano, al ser dotado de una inteligencia superior, puede encontrar formas de sobrevivir sin tener que sacrificar su calidad de vida, al tiempo que adquiere un respeto por el entorno cada vez mayor. Como nuestro ecosistema no es infinito, el respeto por éste se vuelve cada vez más necesario a largo plazo incluso para nuestra misma satisfacción de necesidades.
Posiblemente seguiremos prescindiendo de la vida de los animales para alimentarnos, pero es cierto que algunas personas han reducido su consumo animal (y otras incluso la han eliminado) con el fin de reducir el impacto sobre estas especies. También es cierto que los avances tecnológicos pueden hacer que estas prácticas vayan induciendo el menor sufrimiento posible a las distintas especies. Esta relación de nuestra especie con el animal, cada vez menos violenta, nos obliga a prescindir de las prácticas más innecesarias que lleve a la muerte de los animales: y por sentido común sabemos que ni la tauromaquia ni la caza son necesarias para nuestra satisfacción de necesidades primarias.
Un argumento de los pro-taurinos es que esta industria genera empleos y alimenta bocas, lo cual es cierto, pero en esa argumentación olvidan que el dinero que se gastaba en asistir a estos espectáculos se gastará en otras formas de entretenimiento, en ropa o en dispositivos electrónicos que tendrán una mayor demanda y, por tanto, generarán más empleos. Claro, este argumento puede servir para implementar políticas públicas para que, en caso de que estas prácticas desaparezcan o se prohiban, el impacto sobre la gente perjudicada sea menor, pero no sirve para justificar la existencia de esta práctica. Si la justificación es esta, entonces la innovación sería criticable ya que los nuevos productos desplazan a los viejos junto con los empleos que estos últimos generaban. De igual forma, bajo este mismo supuesto, podría justificarse la prohibición de Uber en aras de mantener los empleos de los taxistas.
Otro argumento tiene que ver con la libertad de elección. Se argumenta que al prohibir la tauromaquia se pierden libertades. Que se defienda la libertad de elección y decisión del ser humano no implica que absolutamente todo esté permitido y vivamos en una suerte de anarquía donde todos los hombres tienen derecho a hacer todo (como diría Hobbes). Nadie en su sano juicio considera que es un acto de libertad de expresión que una persona maltrate y violente a un perro o un gato en la calle por diversión.
También argumentan que si la tauromaquia desapareciera, desaparecería con ello el toro de lidia. Ello podría ocurrir así porque la existencia de este toro se explica por la intervención humana. Sin ella, esta raza de toro podría no seguir existiendo. Que una raza de alguna especie se extinga no es per sé algo malo: ello ha ocurrido un montón de veces y forma parte del equilibrio del ecosistema. El problema ocurre cuando una raza o especie se extingue producto de la intervención humana porque ello habla de la afectación que nuestra especie causa a nuestro ecosistema. Dicho esto, si esta raza desapareciera, no ocurriría por la intervención humana, sino por la decisión del humano de no intervenir. El animal (el toro) no desaparecería. Por otro lado, ello no quiere decir que no se puedan tomar acciones para preservar a esta raza si así hay quien lo deseé.
Se argumenta, además, que estos toros tienen una «gran calidad de vida» antes de ser llevados al ruedo, pero ello podría ser análogo a justificar, por ejemplo, la esclavitud de una persona bajo el argumento de que en su infancia se le alimentó muy bien para que después se convirtiera en un esclavo fuerte y más eficiente. La «gran calidad de vida» no es producto de la bondad de aquellos que son parte del negocio de la tauromaquia. Ocurre más bien porque ello es útil para tener toros competitivos y físicamente saludables que satisfagan el negocio de quienes están involucrados en éste.
Añaden que por qué la preocupación por los animales cuando muchos seres humanos son asesinados, como si tuviéramos derecho a maltratar a los animales hasta que haya cero asesinatos en la tierra. Claro está que para nuestra especie velar por nosotros mismos es prioritario sobre los animales, incluso para nuestra supervivencia: podemos matar a un animal si amenaza nuestra integridad o si necesitamos alimento, pero una cosa no excluye a la otra. Cualquier persona decente está de acuerdo que matar a un ser humano (a menos que sea por defensa propia) es una aberración, incluso las guerras nos parecen menos «románticas que en el pasado porque valoramos más la integridad de los seres humanos», quien salga de esta concepción (que crea que está bien matar a alguien) es mirado con muchísimo recelo y se le considera una amenaza. Matar a un gato por diversión (aunque sea menos preocupante que el caso de nuestra especie) ya es visto de manera similar. ¿Por qué la tauromaquia debería tener un trato diferente? ¿Porque es una tradición o es «cultura»?
Y por cierto, el argumento de la cultura y las tradiciones me parece el más endeble. La sociedad es dinámica y cambiante, no es estática. Una tradición debe mantenerse en tanto esta sea útil en el contexto en el que se encuentra y enaltezca al ser humano. La tauromaquia no cumple con ninguna de ambas cosas. Las tradiciones deben revisarse periódicamente de tal forma que se mantengan aquellas que sean útiles para la sociedad y desaparezcan aquellas que sean nocivas, perjudiquen al individuo o su entorno. Ciertamente, algunas personas argumentarán que la durabilidad de las tradiciones pueden darnos una pista de su eficacia y utilidad, pero ello no siempre ocurre así y prácticas que nos han acompañado en la mayor parte de nuestra historia humana hoy nos son repudiables, como la esclavitud.
Si una tradición se va a defender, se debe dar una justificación para su defensa que va más allá de su simple condición de tradición. Si la separación de poderes en Estados Unidos se considera una tradición por los Padres Fundadores y esta idea resulta funcional en nuestros tiempos (cosa que lo es) entonces debe mantenerse y defenderse (por cierto, en Estados Unidos, país de libertades, la tauromaquia que implique el daño o la matanza de un animal está prohibida), pero si no es útil o es nociva, como ocurre, por un decir, con el duelo o el sacrificio humano en las sociedades indígenas, entonces debe desecharse. Defender las tradiciones por el mero hecho de ser tradiciones nos condenará al estancamiento como especie.
Tampoco podemos justificarlo bajo la idea de la identidad cultural. Dudo que en México la tauromaquia (como lo puede ser más en España) sea uno de los elementos más importantes de nuestra cultura. Además, muchas de las prácticas o actitudes que daban identidad a nuestra cultura se han vuelto obsoletas o simplemente han desaparecido, al tiempo que se mantienen muchas otras que dignifican a nuestro país y hacen que los individuos nos sintamos orgullosos de nuestra nación.
Para finalizar, si bien la tauromaquia es una manifestación cultural, no se puede considerar un arte. Que Picasso o algunos otros artistas hayan pintado o escrito sobre la tauromaquia no la convierte en un arte (arte, en todo caso serían sus obras) de la misma forma que la guerra no es arte por el hecho de que se haya escrito mucha poesía o se hayan pintado muchos cuadros alrededor de ella. Es cierto que pueden haber expresiones estéticas alrededor de la práctica que puedan ser ligadas con lo artístico, pero de igual forma no podemos considerar al futbol un arte en el sentido estricto porque las empresas que fabrican los jerseys buscan que éstos sean estéticos, agradables a la vista o expresen algo (por ejemplo, elementos que expresen algo de la ciudad donde reside el equipo). No podemos considerar arte los movimientos de los toreros así como no consideramos arte en el sentido estricto las gambetas de Leo Messi por más las admiremos.
La tauromaquia es una práctica bárbara, donde la matanza del animal es el momento cumbre en esta práctica, la culminación del dominio del individuo sobre la bestia quien se vuelve triunfante: las luces, los protocolos, el colorido y los símbolos que dan identidad a esta práctica y bajo lo cual se justifica su condición de tradición y cultura, se vuelven accesorios a este crucial momento.
Ayer, muchos aficionados y opinadores (Failtelson) andaban indignados porque el Real Madrid (equipo al que no le voy) ganó haciendo solo dos tiros a gol mientras que el Liverpool hizo más de 10 y dominó casi todo el partido. ¡Qué injusto! ¡El Madrid ganó injustamente! ¡Liverpool mereció ganar!
Pero el Madrid fue justo y merecido campeón porque en el futbol quien gana es quien mete los goles y no quien remata más o tiene más posesión del balón. Esto último son recursos para ampliar las posibilidades de ganar, pero no dice nada sobre quién ganó.
Resulta que cuando los individuos queremos obtener algo tratamos de optimizar nuestras habilidades y capacidades, y empleamos un mayor esfuerzo para lograr tal o cual resultado. Así, se esperaría que quien haga un mayor esfuerzo y tenga un mayor desempeño, tenga mayores posibilidades de obtener el triunfo.
De alguna forma educamos a la gente para que haga un mayor esfuerzo porque ello genera mejores resultados tanto individuales como sociales. Reconocemos a quienes emplean un mayor esfuerzo y muestran mayor talento porque esperamos gente que obtenga «más cosas» en la sociedad y ésta se beneficie en su conjunto. Así, relacionamos los instrumentos (esfuerzo y desempeño) con los resultados.
De igual forma, las empresas (o equipos, o lo que sea) eligen a personas con un mayor desempeño o talento porque las probabilidades de obtener mejores resultados son más altas. No es un tema de merecimiento, sino de interés mutuo (si me esfuerzo tengo más probabilidades de tener éxito y si yo contrato a gente que se esfuerza, tengo más probabilidades de obtener tales resultados).
Pero de estas dinámicas, los individuos asumimos que quien merece la gloria es quien tuvo un mejor desempeño o talento, y eso es un error.
Quien merece algo es quien obtuvo el éxito en un entorno de reglas justas y punto. Lo demás es irrelevante.
Con reglas justas me refiero a que no se haga trampa y que dichas reglas no beneficien arbitrariamente a unos sobre otros (por influencias, prejuicios de género y un largo etc).
Si el otro se esforzó más o «dominó más» es irrelevante, a menos que el juego de reglas determine al triunfador con base a dicho desempeño (como a veces pasa en el box).
Si el compa que es menos talentoso que tú y tiene un mejor trabajo o gana más dinero empleando menos esfuerzo que tú, ello no es injusto. Si la suerte benefició a la otra persona y a ti no, ello tampoco es injusto.
Pensar en que mereces algo porque le echaste ganas genera una mentalidad mediocre, porque entonces esta arrogancia evita que te replantees la estrategia. Peor aún, que te prives de hacerlo cuando ya tienes muchos elementos (esfuerzo y talento) que hacen que la posibilidad de tu éxito sea más probable.
Dicho esto, si te esforzaste mucho, no te fue bien y nadie hizo trampa en el proceso, ello no es culpa de nadie. Lo único que toca es replantear tu estrategia.
Si te esforzaste mucho y te la partiste, está muy bien que te sientas contigo mismo, a pesar de que no lo hayas logrado, pero ello no implica que le puedas exigir al mundo que te dé lo que crees merecer.
Generalmente, las grandes ciudades suelen ser más liberales. Como señalaba el economista Edward Glaeser, ahí las personas viven más en el anónimato que en los pequeños pueblos donde son observadas y juzgadas por la comunidad.
La Ciudad de México es una ciudad muy grande y su sociedad es más liberal (en el sentido progresista) que la de cualquier otra ciudad. Hay tanta gente que puedes perderte entre ella.
Pero la forma en que la política se despliega en la capital sufre de una aparente fuerte contradicción producto de la desigualdad que existe en esta ciudad. La CDMX para nada es homogénea, más bien es muy heterogénea. Aunque más liberal que las otras ciudades, coincide con las otras en que la cultura liberal se expresa como una U invertida a lo largo del espectro socioeconómico. Es decir, las clases altas suelen ser conservadoras, las clases medias suelen ser las más liberales y las clases bajas todavía más conservadoras y religiosas que las altas.
El liberalismo clasemediero muestra una combinación de valores liberales clásicos (creencia en la democracia, la separación de poderes, contrapesos, libertad de expresión) y progresistas (apoyo a causas LGBT, feminismo, ecologismo): una suerte de socialdemocracia o socioliberalismo. Conforme se desciende en la posición social, estos valores liberales clásicos parecieran a ser progresivamente reemplazados por la idea de un Estado más intervencionista y protector mientras que los valores progresistas van pasando progresivamente a ser reemplazados por ideas un tanto más tradicionalistas. En el caso contrario, cuando se asciende a la posición social, los valores liberales clásicos toman mayor predominancia: la idea del libre mercado, por poner un ejemplo, y estos se combinan con una postura social cada vez más conservadora (aunque muy posiblemente en menor grado que en otras ciudades del país).
De la misma forma, tanto más se baja de posición social, la relación paternalista y asistencialista comienza a manifestarse.
Claro que esto es una generalización y no implica que todos los individuos sigan este patrón. Aún así, en este oscilar de posturas ideológicas de forma gradual es posible encontrar personas (sobre todo de clase media-alta) que combinan valores progresistas en lo cultural con el libre mercado mientras que otras (sobre todo en la clase media) defienden esos mismos valores progresistas acompañados de discursos más críticos con el capitalismo.
Así, la CDMX pareciera dividirse en microculturas que van desde Las Lomas (gente de clase alta con valores más tradicionales), Polanco (algo más progresista que la primera), el eje Roma-Condesa (la zona más progresista por excelencia de la ciudad y tal vez del país), o zonas más populares como Iztapalapa donde los gobiernos tejen muchas redes clientelares y donde tiene lugar el muy típico viacrucis.
Dentro de todas estas tendencias, el progresismo-liberal y el paternalismo viejopriísta parecen ser aquellas que pueden ser más capitalizables políticamente por el número de personas que las abrazan. Estas expresiones, que en muchos sentidos pueden ser contrarias (la primera burguesa y la segunda popular) se entremezclan para dar forma a los gobiernos que están al frente de la ciudad.
Así, cada régimen de la CDMX que pasa, aspira a ser un régimen de avanzada a la Copenhague, a la vez que emula al populismo latinoamericano y al paternalismo priísta. Estas dos visiones opuestas conviven de tal forma que la frontera entre ellas se vuelve muy difusa.
Los plebiscitos y referendums que se llevan a cabo en muchas colonias a veces quieren parecerse a alguna política suiza pero luego parece tomar la forma de esos plebiscitos que tanto se hacen en países como Venezuela o Bolivia. El gobierno construye ciclovías a la vez que refrenda pactos con los taxistas para mantener cuotas de poder político. La misma Claudia Scheinbaum parece tratar de hacer cierto equilibrismo entre el progresismo capitalismo y el conservadurismo de su patrón y de quien dependen sus aspiraciones políticas: Andrés Manuel López Obrador.
La CDMX, tan gay-friendly y guadalupana a la vez. Con un PAN del que se rumora está jugando al progre para aspirar a arrebatarle la capital a MORENA y con una jefa de gobierno que porta en su vestimenta a la Virgen de Guadalupe para atraer la simpatía de las clases populares.
Así, en una ciudad tan heterogénea, los gobiernos (todos denominados de izquierda desde que Cuauhtémoc Cárdenas ganó las elecciones) terminan siendo una expresión muy sui géneris. A veces se dicen de izquierda porque «dan dinero a los pobres (para tejer redes clientelares)» o porque defienden los derechos de la mujer: dos izquierdas completamente distintas y que pertenecen a tradiciones muy disimiles.
Y, mientras tanto, este liberalismo de las grandes ciudades coincida con una profunda desigualdad, los gobiernos tendrán muchos incentivos para jugar este juego en apariencia contradictorio, porque ello les es rentable electoralmente, porque el votante mediano se encuentra en medio de esa contradicción.
Imagen: cuenta de Facebook del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles
Cuando se canceló el NAIM, se nos argumentó que las mayorías no iban a utilizar el aeropuerto por el simple hecho de que no viajan en avión.
De pronto, con el AIFA, la afirmación fue la contraria: «este es el aeropuerto del pueblo».
No hay sustento para hacer esta afirmación. Tanto en el caso del NAIM como el del AIFA quienes lo construyeron fueron albañiles, trabajadores, pintores, profesionistas, ingenieros, y gente que conforma un amplio espectro de la sociedad mexicana.
La afirmación se hace porque el régimen dice ser representante de la voluntad popular, todo lo que pasa por él, en un sentido «pseudo-rousseauniano turbo-recargado», es el pueblo, y todo lo que no pasa por él, es ajeno a éste (a esos los llama conservadores, neoliberales, fifís).
El aeropuerto del pueblo tiene que ser austero, nos dicen, pero la interpretación que se hace de la palabra «austeridad» es muy vaga y pobre. Austeridad implica hacer mucho con poco, no degradar la calidad en aras de reducir el gasto (esto último incluso hasta podría entrar en cuestionamiento porque al costo del AIFA habrá que sumar el costo de la cancelación del NAIM).
Lo que entregó el gobierno el día de hoy fue un aeropuerto regional que tal vez allá algún día en el futuro va a ser un aeropuerto internacional. De algo sirve, es mejor a nada, paliará un poco la congestión aérea que vive la CDMX, parte de su futuro dependerá de lo que se haga en los años subsiguientes y de las necesidades de mercado de las aerolíneas, pero es evidente que su utilidad es bastante menor al aeropuerto cancelado por los diversos problemas de origen (muchos de ellos conceptuales, improvisación y falta de planeación) y tiene muchas deficiencias que no se han solucionado.
Si hubiera sido planteado como un aeropuerto regional tal cual no sobrarían las críticas sobre la estética o los alcances del aeropuerto: algunos dirían que se trata de un aeropuerto sencillo, sin mayores ambiciones, que no es horrendo a la vista (a comparación de algunos aeropuertos regionales del país), con algo de tecnología y que le falta varias cosas por mejorar. Lo que hace ruido es que, en el papel, sería un aeropuerto internacional (y así lo venden porque hay un vuelo a Venezuela que se sacaron de la manga) y, peor aún, uno que sería la sustitución del ambicioso NAIM cuyo único pecado, al parecer, fue que se comenzó a construir en el sexenio de Peña Nieto. Ahí, en las comparaciones estéticas y de alcance, el contraste es grosero. Lo que pudo ser un gran hub para el país, se convirtió en un parche, en una obra sin terminar.
Y si se dice que es el aeropuerto del pueblo, entonces parecería decirse que el pueblo merece poco. Ahí entra la trampa discursiva. El NAIM es ambicioso, una obra de Sir Norman Foster, uno de los arquitectos más prominentes del mundo, ahí el aeropuerto es solo para los ricos; y como el AIFA es austero, sencillo, improvisado, ahí el aeropuerto es para el pueblo, pero el AIFA no está abriendo los vuelos de avión a nuevos mercados ni está logrando abaratar los precios para que gente que antes no podía costearse un vuelo en avión ahora pueda hacerlo.
La narrativa entonces sugiere eso: el pueblo merece un aeropuerto barato e improvisado, y dicha narrativa es clasista. Como el pueblo tiene carencias y no tiene recursos, entonces merece solo cosas sencillas y medio jodidas. Quien funge como real soberano (el régimen) y que dice representar al pueblo, hace su distinción de élite en la inauguración. Ahí no estuvo el pueblo, ahí estuvieron los militares, los empresarios oligarcas que se benefician del régimen. Ahí queda la clara distinción entre élite y pueblo, tal como fábula de La Rebelión en la Granja.
Una de las puestas en escena fue utilizar al mismo pueblo, a la señora de las tlayudas, al que vendía las garnachas, personas que trabajan duro día a día para llevar sustento a casa, como una estrategia para incitar a que algunos opositores expresaran alguna cosa clasista y así poder descalificar a la oposición. Siendo realistas, el clasismo abunda en México y no iba a ser difícil que algunos incautos cayeran en la estrategia y justo eso fue lo que ocurrió.
Evidentemente esos discursos son despreciables y los propios opositores deberían señalarlos y repudiarlos. Sin embargo, en lo que no se repara es que la estrategia del propio gobierno, de utilizar a esta gente como carne de cañón, es también un acto igualmente clasista y despreciable, por más se trate de disfrazar con una narrativa que apela al pueblo.
El clasismo del régimen y del aeropuerto como símbolo del régimen es ese. Aquello que llaman pueblo es simplemente un accesorio para mantener su poder: lo usan, lo explotan, hablan en su nombre, les hacen sentir que su voz vale en las consultas previamente calculadas, les dan beneficios a cambio de lealtad, pero en realidad no les importa. Lo único que siempre desearon es el poder, ese que tanta hambre les da. Tanto, que son capaces una y otra vez de pisotear el orden institucional para salirse con la suya.
Este domingo hice una exhaustiva caminata por la CDMX. Llegué a la estación Pino Suárez, de ahí al Zócalo, luego caminé por la Juárez hasta Reforma, de ahí al Ángel y posteriormente crucé la Roma y la Condesa donde rento el cuarto donde actualmente estoy viviendo.
En esas andanzas, en las que platico solo con mi mente, observé muchas cosas que me llamaron la atención. Muchos contrastes.
El primero ocurrió al llegar al Zócalo. No podía encontrar el mejor ángulo de Palacio Nacional para tomar una fotografía porque habían varias mantas donde se exhibían a los «enemigos del pueblo», es decir, a aquellas personas opositoras al régimen de López Obrador. Claudio X González aparecía en letras grandotas. Ahí también estaban Carlos Loret de Mola, Enrique Krauze, Lorenzo Córdova, Brozo y hasta Carmen Aristegui. Ellos son los enemigos de la nación.
En esta expo mitad linchamiento, mitad alabanzas al Presidente, se vendían también muñecos de López Obrador, banderas que decían «AMLO, no estás solo», vaya, al igual que venden crucifijos afuera de las Iglesias. Ahí habían mantas de la reforma eléctrica, de la revocación de mandato (que llaman ratificación) y hasta uno que decía que AMLO es el mesías.
Fotografía propia.
Pero la vendimia era lo de menos, abundaba la presencia de «activistas» con su megáfono haciendo cánticos y porras a López Obrador: «no estás solo», «es un honor estar con Obrador». Habían «oradores» hablando de la «prensa chayotera». Todo frente a un Palacio Nacional que no había estado tan cercado ni en tiempos de Peña Nieto. Ahí el primer contraste.
Pero la exposición no terminaba ahí. A lo largo de la calle Madero y posteriormente la Avenida Juárez hasta llegar a Bellas Artes estaban varios grupos apoyando a López Obrador y denigrando a los opositores. El centro estaba más sucio que de costumbre. La insistencia de los activistas denotaba desesperación del régimen. Era necesario movilizar a la gente por todo el centro para dar a entender que la gente apoyaba a López Obrador quien estaba siendo «atacado» por una oposición corrupta que no quería perder sus privilegios.
Entré al museo Memoria y Tolerancia. Muy buen museo, necesario para recordar a la gente de las atrocidades que ha cometido el ser humano para que no vuelva a repetirlas. Los admiradores de Putin (algunos ultraderechistas, otros ultraizquierdistas y otros obradoristas) deberían visitarlo. Ahí estaban la historia de los nazis, el gobierno de Ruanda y muchos otras historia de genocidios. Ese llamado a la concordia contrastaba con el activismo oficialista fuera del recinto que era básicamente un ataque a quienes no estaban de acuerdo con el gobierno.
Vagón original (restaurado) que fue utilizado para llevar a los judíos a los campos de concentración. Fotografía propia.
Y es que, según Oráculus, el agregador de encuestas, López Obrador perdió algo así como entre 8 y 10 puntos de popularidad después del escándalo de su hijo José Ramón. Incluso el descalabro puede ser mayor en tanto otras encuestas se publiquen y se agreguen a este modelo. 8 puntos no es una cantidad despreciable, es para preocuparse (y se nota, por eso todo el merequetengue en las calles del centro). Sin embargo, la aprobación de López Obrador sigue siendo positiva (más de 50 puntos) y a estas alturas del sexenio, AMLO es más popular de lo que fueron todos los presidentes desde Ernesto Zedillo.
Pero AMLO y los suyos saben que si pierden más popularidad ello sí puede ser un problema. Por eso están preocupados, porque la oposición por fin supo cómo golpear su narrativa que parecía mantener al Presidente inmune a críticas.
Luego me dirigí a Reforma, no sin consultar de vez en cuando mi Twitter para ver las nuevas sobre el conflicto entre Ucrania y Rusia. Ahí en el Ángel de la Independencia había un joven criticando, al parecer, el silencio del gobierno quien tardó en declararse en contra de la invasión de Rusia.
Fotografía propia
Si algo me llama la atención es que las guerras son cada vez más impopulares. Pareciera que los humanos hemos aprendido, progresivamente, a resolver nuestros conflictos de forma cada vez menos violenta. La gran mayoría de los ciudadanos occidentales (con excepción de esos «despistados») ha desaprobado contundentemente las acciones de Putin quien es visto como un tirano, e incluso algunos rusos han salido a las calles a manifestar su oposición a la guerra.
No es la primera vez. Algo parecido ocurrió cuando Estados Unidos invadió Irak. La desaprobación de los ciudadanos de los propios países aliados (e incluso de los mismos estadounidenses) fue alta. Hacer la guerra (a menos que se trate de una defensa a un ataque previo) tiene un costo político cada vez más alto. Ni con su máquina de propaganda (RT Noticias y algunos «chayoteros» en varios países, uno de ellos el nuestro) han logrado imponer su narrativa. Ya ni porque ante las medidas tomadas por YouTube o Twitter están inundando de propaganda redes sociales de países «un poco más amigos» como TikTok. Ese liberalismo que parecía quedar semienterrado ha resucitado. Ante la amenaza, la gente se acordó de las democracias, la libertad y los derechos humanos.
Así, seguí caminando. Paseo de la Reforma es una avenida muy bella, muy peculiar y majestuosa. Es una avenida imponente. Lo único triste del recorrido (tanto en el Centro, como en partes de Reforma, en la Roma y en la Condesa) son las cicatrices del terremoto. Ahí todavía hay edificios abandonados que con trabajo siguen en pie y no han sido demolidos. No son los suficientes como para afear el paisaje pero no son lo suficientemente pocos como para pasar desapercibidos. Ahí estaba el edificio El Moro (el de la Lotería Nacional) que, aunque de pie y habilitado, tiene algunas cuarteaduras y grietas que, a más de 4 años del sismo, no han sido reparadas. En la Condesa hay algunos edificios que siguen siendo demolidos para construir otros e incluso otros con graves cuarteaduras que siguen en pie.
Fotografía propia.
Dentro de la tragedia y el dolor que significó el terremoto, todos lo recordamos también por la unión y solidaridad que, en ese entonces, mostraron los ciudadanos de nuestro país. Un breve momento en el cual las clases sociales, el género, las ideologías y demás diferencias parecieron no importar. Y es que, en momentos amenazantes, muchos antagonismos son capaces de unirse (aunque sea temporalmente) para solucionar un problema mayor.
Así terminó mi larga caminata (10 km aprox). Algo cansada, pero reflexiva. Todos los contrastes de la Ciudad de México están ahí llamando tu atención todo el tiempo.
Más de una vez me han dicho: «Álvaro, deberías tener más malicia».
Siempre he estado rotundamente en contra de esa sugerencia y siempre lo estaré.
No es lo mismo tener malicia que saber defenderse. Tener malicia implica que, si en una comunidad es común que la gente saque ventaja de otras o se meta la pata, tú debes jugar al juego si no quieres que te jodan y puedas sobrevivir en el ambiente.
¿Por qué se hace sugerencia? Es simple, por desconfianza.
Si la gente desconfía de sus pares, entonces adoptará mecanismos a través de los cuales buscará protegerse. La malicia implica cierta proactividad (y no en el buen sentido), porque si las demás personas juegan al juego, si tú quieres destacar y quieres crecer en ese ambiente, entonces debes embarrarte en el lodo.
Pero esta dinámica implica un problema de acción colectiva ya que un ambiente en el cual todos tienen que proteger sus espaldas y atacar, la cooperación se vuelve mucho más complicada y ello tiene consecuencias nefastas no solo a nivel micro (en mi persona o mi lugar de trabajo) sino en el macro: en la sociedad, país o región.
América Latina es la región del mundo (sí, por encima de África) donde la gente desconfía más de los demás: no solo de los desconocidos, sino de su familia inclusive:
Para que existan instituciones fuertes y justas en una sociedad, la cooperación es muy importante. Si la gente no confía en los demás y no está dispuesta a cooperar, entonces dicha sociedad tendrá instituciones débiles e injustas.
Si la gente considera que las instituciones son débiles e injustas, entonces será más proclive a saltárselas para sobrevivir. Si apegarme a la ley y a las instituciones no me funciona para satisfacer mis necesidades entonces tengo que brincármelas. Si en el nivel personal hay que «embarrarse en el lodo», a nivel macro habría que hacer lo mismo, tengo que «jugar al juego».
Dicho esto, podemos asumir que si en una sociedad la gente desconfía de los demás, no podrá construir instituciones sólidas y por lo tanto no podrá confiar en ellas. Los datos en este sentido son reveladores. América Latina también es la región que menos confía en sus instituciones.
América Latina es la región que menos confía en el Congreso, en las elecciones, en el gobierno, en la justicia, los partidos y la policía. Esta relación entre confianza personal e institucional es consistente en todas las demás regiones con excepción de Asia Oriental, donde la gente confía más en las instituciones que en las personas.
No tener instituciones fuertes es un gran problema, de acuerdo con Van der Meer, la confianza política funciona como el pegamento que mantiene el sistema integrado y como el aceite que lubrica la maquinaria política. La confianza política e institucional permite promulgar legislación controversial que sea positiva para la sociedad (por ej, medidas impopulares que beneficiarán a la gente en el largo plazo), participación en las urnas, disposición para pagar impuestos y apoyo en asuntos internacionales.
La confianza política e institucional es importante para el desarrollo, ya que da más certidumbre a las personas que deseen poner un negocio o invertir en un país. Es revelador el estudio que hizo Robert Putnam en Italia donde descubrió que en la región norte, ahí donde hay más prosperidad económica y mayor participación ciudadana, existe una mayor confianza interpersonal que en la región sur, menos próspera, con relaciones políticas más clientelares y donde precisamente surgieron las mafias italianas.
La cuestión es que se trata de un círculo vicioso:
Si no confío en las demás personas ni en las instituciones entonces tendré incentivos para «tener más malicia» y pasarme las leyes por encima. Pero si decido tener «más malicia» y decido pasarme las leyes por encima, entonces estoy cooperando para que exista menos confianza interpersonal e instituciones más débiles que hagan que más personas decidan hacer lo mismo.
Como bien afirman Nathan Nunn y Leonard Wantchekon, los efectos culturales de la desconfianza pueden expandirse a lo largo de los años, como descubrieron en África, donde las regiones donde existía mayor comercio de esclavos tienen mayores niveles de desconfianza interpersonal (el comercio de esclavos hacía que la gente desconfiara más de sus pares y estuviera menos dispuesta a cooperar con ellos ya que podían ser vendidos como esclavos por sus amigos o familiares). Evidentemente, en América Latina existen razones históricas que explican la desconfianza interpersonal (por ejemplo, la colonización), pero ello no quiere decir que uno no pueda hacer nada ni poner su grano de arena:
Romper esa idea de la malicia no implica ser ingenuo ni dejarse «tragar por el sistema». Posiblemente le dé al individuo, en el corto plazo, más réditos ser «malicioso» que aprender a defenderse manteniendo sus valores y principios personales, pero en el largo plazo será una persona más honorable y sabrá que habrá puesto de su «de su parte» para contribuir con una mejor sociedad.
Al final, tener malicia implica perpetuar aquello que no nos gusta: una sociedad injusta, con instituciones que no funcionan bien y donde las personas se sienten inseguras en su relación con las otras.
Recuerdo, hace más de diez años, que nos congratulábamos por la forma en que Internet expandía nuestra libertad de expresión.
No es que antes no existiera, más bien es que no teníamos los medios para expresarla. Los medios de comunicación tradicionales, por su mera arquitectura, no tenían el tiempo ni la capacidad para darle voz a todos, y por ello establecían filtros para decidir a quién darle voz: ello podía deberse a razones comerciales, ideológicas y, en el caso de los países menos democráticos, para alinearse con el gobierno. Esos filtros, se dice, ayudaban a reducir el impacto de los discursos extremistas. Rara vez ibas a ver a un comunista o a un ultraderechista con discursos de odio opinando ahí y mucho menos conduciendo algún programa (aunque ciertamente muchas veces llegaron a dar voz a personas con posturas pseudocientíficas como astrólogos y demás, sobre todo en la televisión).
Pero después de «emanciparnos» de los medios tradicionales, a esa pluralidad aplaudida se empezaron a sumar los «outliers», esos que antes dábamos por descontados o que creímos que iban a quedar en la marginalidad. Discursos de odio, narrativas radicales, teorías de la conspiración, desinformación (tanto la no intencionada como la deliberada) comenzaron a poblar la opinión pública dentro de Internet. Con el tiempo, ello comenzó a ser un problema. De pronto, que cualquier persona pudiera opinar (como bien señalaba Umberto Eco con su argumento de la legión de idiotas) metió mucho ruido a la red. De pronto, una persona que decía tonterías en un bar podía convertirse en un líder de opinión (influencer) por medio de una cuenta de Twitter, un canal en YouTube o un podcast en Spotify. Es más, ese «líder de opinión» podía llegar a aspirar a ser un representante popular.
Pronto nos dimos cuenta que para «informarnos en Internet» se necesitaban adquirir ciertas habilidades para discernir entre la información valiosa y el ruido. Y ello no es una tarea fácil porque para ello se necesita educación y, sobre todo, espíritu crítico. Pero la inmediatez que Internet representa lo hace todo aún peor, porque verificar información implica tiempo y esfuerzo que muchas personas no están dispuestas a llevar a cabo.
La desinformación y los discursos de odio (más allá de lo que esto signifique) siguen flotando en Internet. La primera hace que la gente tome malas decisiones (como no vacunarse, por poner un ejemplo) y la segunda enturbia la convivencia en las redes sociales, de tal forma que ello refuerza lo que la misma arquitectura de las redes parece generar: cámaras de eco donde la gente se expone solamente a los pensamientos afines.
Y el problema es ¿qué hacer con esos problemas? Ellos son reales y tienen un impacto negativo en la sociedad. Lo cierto es que la comunicación por Internet es algo nuevo y no hemos sabido establecer las reglas del juego, apenas estamos comprendiendo su dinámica y sus implicaciones.
En ello hay varios grados y matices. Algunos apelan a la libertad absoluta: que no haya reglas y no puedas ser censurado por razón alguna, mientras que otros esperan que la censura o «la cancelación» sea ya no solo sobre aquello en lo que todos pueden estar de acuerdo que es reprobable, sino con aquello que no se ajuste a sus preceptos ideológicos.
El caso de Joe Rogan es paradigmático por lo complejo que es. Artistas como Neil Young amenazaron con retirar su música de Spotify si ésta plataforma no retiraba los contenidos del podcaster por promover desinformación sobre las vacunas al sugerir que los jóvenes no deberían vacunarse y que utilicen un medicamento parasitario para combatir el virus (clara desinformación que contraviene a la evidencia científica).
La respuesta más simple podría ser que Spotify debería censurarlo porque está propagando desinformación (lo cual es cierto) que puede llevar a la gente a tomar malas decisiones. Una persona razonable debería estar de acuerdo con que es necesario vacunarse: la evidencia a favor de la vacunación es abrumadora y ciertamente cualquier postura antivacunas es, casi por definición, irracional.
Pero hablar de censura nos mete en un terreno fangoso, la cuestión no es tan simple. La ausencia total de censura es problemática: es correcto censurar a aquellas personas que busquen atentar contra la integridad de alguien más (digamos que promuevo atentar o agredir a una minoría). La libertad de expresión termina ahí donde comienza la integridad del otro, ahí donde tu derecho está atentando en contra del mío y donde mi integridad es más valiosa que tu derecho a decir algo.
El caso de Joe Rogan es más complicado. Todos estamos de acuerdo en que aquello que comunicó es desinformación y que ello puede hacer que la gente (que tome su palabra) tome malas decisiones que puedan comprometer su salud. Es cierto también que Joe Rogan no tiene la intencionalidad de poner en riesgo la integridad de los demás sino que opina desde la ignorancia y no comprende las consecuencias de lo que dice.
Si la respuesta para combatir la desinformación siempre es la censura, ello puede volverse muy problemático y riesgoso. Por ejemplo, ¿cómo determinamos qué es desinformación? En el caso de Joe Rogan parece claro porque la comunidad científica lo puede aclarar al mostrar la evidencia disponible, pero habrá casos en que determinar que algo sea desinformación pueda un tanto más complicado, y en esas situaciones existe el potencial de que se utilice la censura para callar voces contrarias a ciertos intereses: digamos que cometí un acto ilícito, que quien me acusa en las redes sociales fue testigo pero no tiene pruebas (digamos, me vio cometerlo pero no tenía un celular y no me grabó) y apelo a la censura como amenaza para que «se quede quieto». Esos puntos «intermedios» pueden ser aprovechados por el poder político o el poder económico para ejercer censura sobre aquellos actores que les parezcan incómodos.
Cuando entramos en estos matices, cuando no es evidente qué es desinformación, aquello que se pueda considerar desinformación se confunde con lo que contraviene lo que es socialmente aceptado o forma parte del statu quo y lo cual no es necesariamente algo malo.
También es cierto que yo puedo decir algo falso por desconocimiento: nadie sabe todo, todos ignoramos muchas cosas. Si se me censura lo tomaré cómo un ataque a mi libertad de expresión y, peor aún, tendré miedo de decir algo por miedo a equivocarme y me autocensuraré. ¿No sería mejor que alguien más me refute y me corrija?
Otro problema con la censura es el backlash que ésta puede generar. No es algo tan sencillo como decir que lo silenciamos y su opinión ya no va a ser propagada. Es posible que ese individuo busque otros canales o que algún movimiento de ultraderecha lo convierta en un mártir de la corrección política para fortalecer su discurso de que son «víctimas de una dictadura globalista» e incluso es posible que al final, ello termine haciendo que se propague más la desinformación.
Pero de ahí no se sigue que la censura sea indeseable en todos los casos. Es cierto que, en algunas ocasiones límite, la censura puede ser más eficiente que su ausencia. ¿Qué pasa si una persona quiere decir al aire un argumento que puede hacer que la sociedad tome decisiones apresuradas de tal forma que ello se traduzca en la pérdida de miles o millones de vidas? ¿Se le debería permitir decir lo que quiere decir a pesar de que está poniendo en riesgo millones de vidas?
¿El caso de Joe Rogan entraría dentro de esta circunstancia similar o tiene atenuantes como para sugerir que la censura no es prudente? ¿Cómo lo determinamos? ¿Por el número de vidas potenciales que pueda costar su opinión (lo cual es casi imposible de medir)? ¿Porque no tiene la intención de agredir a alguien? ¿O porque esté dispuesto a la réplica y que alguien más cuestione sus puntos de vista?
Si se va a ejercer dicha censura, ¿quién lo hará? ¿Spotify? ¿El Estado? ¿Qué riesgos existen si Spotify o el Estado la ejercen? Si se usa ¿cómo podemos estar seguros de que no se cometerán abusos? ¿qué mecanismos podrían utilizarse para garantizar transparencia al respecto?
Por otro lado, ¿podrían pensarse en alternativas que no impliquen la censura tal como la réplica anteriormente mencionada o el uso de fact checking (los cuales tienen un alcance limitado)? ¿Puede esperarse que sea la misma comunidad en Internet la que desacredite sus dichos?
Más allá de posiciones ideológicas, queda claro que habría que buscar un punto óptimo (el cual creo difícil de encontrar) y a partir de ahí establecer las reglas del juego, de tal forma que una persona no pueda poner en riesgo a muchas otras con lo que dice pero donde se maximice, en medida de lo posible, la libertad que tengo para opinar lo que quiero opinar. Es claro que las posiciones extremas son ineficientes en estos casos, pero es cierto que encontrar el sweet point es una tarea muy difícil.
Encontrar cómo solucionar este tipo de problemas es uno de los retos de la humanidad contemporánea. La tarea es difícil, pero tendremos que encontrar mecanismos a partir de los cuales se reduzca la desinformación y los discursos de odio sin que ello implique una fuerte restricción a la libertad de expresión.