Categoría: reflexión

  • El mito del vaso lleno y el vaso vacío

    El mito del vaso lleno y el vaso vacío

    El mito del vaso lleno y el vaso vacío

    El vaso se te rompió

    Lo has escuchado muchas veces. Te ponen un vaso que contiene exactamente la mitad de agua y te preguntan si lo ves lleno o vacío. El argumento es que si ves el vaso «medio lleno» eres una persona positiva, y si lo ves «medio vacío» eres una persona negativa que debe de cambiar su actitud. Proponen que veas el vaso «medio lleno».

    En realidad el argumento es falso. Percibir un vaso «medio lleno» o un vaso «medio vacío» implica percibir de forma errónea la realidad. En efecto, quien ve el vaso «medio vacío» suele tratarse de alguien negativo, pero quien lo ve «medio lleno» no es una persona positiva, más bien es una persona ilusa.

    La cultura new age nos ha intentado educar con frases como «si lo deseas, se te dará», «si realmente deseas algo, los planetas se van a alinear». En muchas ocasiones pretenden decirte que todo lo que ocurre en tu vida es causal (es decir, todo lo que te ocurre es producto de tus decisiones y nada más) cuando en realidad son dos elementos los que escriben la historia de tu vida: el causal, el que puedes trabajar, y el casual, que consta aquellos factores externos sobre lo que no tienes control alguno.

    El argumento es que si piensas positivo, si tienes una «actitud positiva», que en este lenguaje significaría pensar que las cosas van a suceder porque tú lo decretas tan solo con tu intencionalidad, entonces estarás del otro lado. Eso es totalmente falso, y voy a explicar por qué.

    La actitud positiva es necesaria, pero esta no implica desconstruir la realidad de tal forma que piense que las posibilidades de que algo ocurra son más altas de lo que en realidad son (el vaso lleno). La realidad es objetiva, no es un constructo que pueda estar sujeto a modificaciones y reinterpretaciones. En realidad, para que las posibilidades de éxito sean mayores, es indispensable partir de la realidad o lo más aproximado a la realidad (con los argumentos que tengamos a la mano) para que, a partir de ahí, podamos tomar decisiones. En lugar de hablar de «ver el vaso medio lleno o medio vacío» yo propondría la siguiente categorización basada en el justo medio de Aristóteles:

    Percepción negativa – Percepción realista – Percepción ilusa.

    La actitud positiva no puede ni debe negar la realidad, ¿por qué? Porque si el individuo percibe una versión tergiversada de la realidad, entonces desarrollará su estrategia con base en esa percepción y, como esta no empata con la realidad, lo más probable es que la estrategia fracase. Así como es importante conocer el subsuelo donde se va a levantar un edificio para diseñarlo y que este no se caiga, es importante conocer, en la medida de lo posible y de forma objetiva, la realidad sobre la cual se parte.

    La actitud positiva no es pensar en positivo como se dice, tal vez el término sea inadecuado, pero yo la definiría con base en tres elementos: el autoconocimiento, el esfuerzo y el desarrollo de habilidades. 

    Cuando deseas algo (un empleo, una relación sentimental, una beca, o ganar en un partido de futbol) te darás cuenta que ese deseo consta de una ecuación que contiene algunas variables que tú puedes controlar, otras que no puedes controlar y unas constantes que tampoco puedes controlar, pero que están ahí, que conoces su valor y cuyo conocimiento te puede ayudar a adaptarte de mejor forma al entormo.

    La actitud positiva no consiste en esperar que las variables que no conoces tengan el número más favorable ni mucho menos que las constantes tengan un valor más alto del que en realidad tienen (es decir, ver el vaso medio lleno cuando está a la mitad). La actitud positiva consiste en que aumentes el valor de la variable que sí puedes controlar al mayor grado posible.

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    Para lograr esto, tomamos los tres elementos que he mencionado:

    Autoconocimiento: por mejor te conozcas como persona, vas a ser más consciente de tus habilidades y capacidades. Sabrás de mejor forma en qué eres bueno y en qué no lo eres. Conocerte es indispensable para desarrollar estrategias que te lleven a la meta. Quien se conoce bien tenderá a estar en franca ventaja frente a quien no se conoce a sí mismo.

    Esfuerzo: El esfuerzo es indispensable. Si quieres llegar a una meta no lo vas a lograr con buenos deseos, sino con sacrificio, con la tolerancia a la frustración necesaria que implica dejar los placeres inmediatos para apuntar a objetivos más trascendentales.

    Desarrollo de habilidades: Este elemento necesita de los otros dos: el autoconocimiento para conocer dónde te encuentras actualmente, y el esfuerzo, para desarrollar de mejor forma tus habilidades. Tal vez, en determinado momento de tu vida, te conozcas bien a ti mismo, pero hay áreas en las que no te sientes cómodo y tienes que desarrollar de mejor forma para tener mayores posibilidades de éxito.

    Hecho esto, tendrás más confianza en ti mismo. Pero la tendrás no por deseos positivos inocuos producto de un libro de autoayuda del Sanborns, sino porque tienes argumentos para sentir más confianza en ti mismo, y eso hace que las posibilidades de éxito aumenten.

    No sólo hay que soñar cosas chingonas, hay que trabajarlas

    Pongo un caso propio como ejemplo. Hace unos meses apliqué de último momento a una maestría en Ciencias Políticas del CIDE, la primera etapa consistía de un examen de matemáticas que no era nada fácil. Lo primero que hice fue analizar la realidad hasta donde pudiera. Sabía de antemano que la tasa de aceptación es cercana al 10% y que yo no veía álgebra desde la preparatoria (la constante de la ecuación). A la vez, como la mayoría de las personas que van a estudiar la maestría en ciencias políticas suelen venir de carreras que no llevan muchas matemáticas, entonces es posible que muchos estén en una situación parecida que yo, pero en realidad no lo sé bien y no sé cómo se van a desempeñar (la variable que yo no puedo controlar).

    Tomando en cuenta esto, sin necesidad de decirme: sí, sí vas a pasar. tú puedes, desarrollé mi estrategia. ¿Cuál fue? Qué tenía que partirme la madre estudiando dos semanas: dos horas entre semana y el día entero los sábados y domingos. Para mi sorpresa, pasé el examen. Yo fui consciente de que lo más probable era que, de acuerdo a la información que tenía la mano, no lo pasaría. Pero sabía que la posibilidad de pasar la etapa del examen (entre el 10% y el 20%) si bien era baja, no era imposible. Yo le aposté a mi esfuerzo y a mi talento para aumentar el valor de mi variable y, por tanto, las posibilidades de entrar, y dejé todo lo demás en mano del destino. Si no pasaba el examen no me iba a sentir mal porque sé que hice el máximo esfuerzo posible para que mi variable tuviera el máximo valor posible.

    ¿Qué hubiera pasado si hubiera visto el vaso «medio lleno»? Es posible que si hubiera pensado de antemano que «sí, si lo voy a hacer, sí lo voy a lograr» y eso tal vez me hubiera provocado cierto exceso de confianza. Saber que las posibilidades eran bajas es lo que me hizo tomar la decisión de «romperme la madre». Si, por el contrario, lo hubiera visto medio vacío, simplemente no habría confiado en mis capacidades, me hubiera abrumado y hubiera hecho un mal examen. Acerté al ver exactamente la cantidad de agua que el vaso tenía.

    Desafortunadamente no pasé la etapa de la entrevista por razones ajenas a mí (aunque podía haberme confiado, decidí no hacerlo y decidí prepararme de la mejor forma y hasta viajar para tener una entrevista presencial cuando pudo ser de forma remota). No pasé aunque me preparé de la mejor forma porque asumo que si bien mi esfuerzo influye mucho sobre el resultado, también lo tienen circunstancias ajenas a mí o que desconozco. Por eso es bueno, en estos casos, pedir retroalimentación para saber si uno puede mejorar en ciertos apartados en caso de volver a intentar.

    Wishful Thinking. El sesgo cognitivo disfrazado de actitud positiva

    Esta falsa actitud positiva o «wishful thinking» que dice que la actitud positiva significa «pensar en positivo» y deconstruir la realidad, es algo que se ve de forma constante tanto en la campaña electoral como en el desempeño de la Selección Mexicana. Por ejemplo, antes del Mundial, yo pensé que lo más probable es que México perdiera contra Alemania, la información que tenía a la mano me decía que eso es lo que ocurriría con mayor posibilidad (aunque uno sabe, que no se puede descartar en lo absoluto, por más improbable que parezca, una victoria de México, de lo contrario no hubiera visto el partido), no era una actitud negativa, porque incluso las empresas y organizaciones que se dedican a los pronósticos, pronosticaban algo similar. Ganó México contra Alemania y, como yo percibí un buen partido ante una potencia mundial, subió mi expectativa. Pero esta luego bajó cuando fue goleada por Suecia (al percatarme de que también podrían tener un pobre desempeño) y porque Corea le ganó a Alemania (a quien México le jugó bien, pero donde quedó demostrado que Alemania no venía de la mejor forma).

    Mi aproximación se puede equivocar en un deporte tan caprichoso como el futbol, pero tal vez si hubiese sido excesivamente positivo sobre el partido de México como Alemania, posiblemente hubiese visto el juego como un mero trámite. Tal vez fueron mis pocas expectativas lo que hizo que disfrutara mucho el triunfo.

    Muchos piensan que los aficionados deben tener una buena actitud, que hay que magnificar las victorias y relativizar las derrotas. La realidad es que la «actitud» en realidad no hace diferencia alguna porque los aficionados prácticamente no tenemos injerencia sobre el resultado (siento decirles a los que piensan eso de «deséalo y ocurrirá» o «lo estás decretando» que la realidad es así). La selección va a tener el mismo desempeño si tú piensas que es una basura a que si tú piensas que es el candidato ganar el Mundial.

    Algo muy similar ocurre con las elecciones. A mucha gente no le gusta que diga que es muy probable que gane López Obrador y me sugieren mantener una «actitud positiva». La realidad es que, a menos de que seamos un líder de opinión reconocido o un operador político que puede movilizar centenas de miles de votos, los ciudadanos sólo podemos incidir con nuestro voto y tal vez poco más (que alguien se ponga a convencer a dos o tres personas). La realidad es que nuestro voto es solo uno entre decenas de millones de distintas voluntades cuya mayoría posiblemente no piense igual que a nosotros.

    Es muy posible que quienes quieren aferrarse demasiado a la idea de que su candidato va a ganar, lo vayan a pasar mal el domingo cuando se anuncien los resultados. Los más extremos hasta se van a preocupar por su futuro (con la historia de que nos van a convertir en Venezuela). Si eso ocurre, como he percibido desde hace tiempo, con base no solo en las encuestas, sino en el tono de la elección, lo más probable es que yo esté tranquilo o incluso pueda estar feliz porque AMLO no ganó mayoría en el Congreso (creo que, cualquiera sea el ganador, no es deseable que en un país como México gane mayoría).

    Eso no quiere decir que una persona debe resignarse y no salga a votar (además que es su obligación como ciudadano). Al contrario, si Oráculus dice que la posibilidad de que gane AMLO es del 99.5%, existe una mínima, muy mínima posibilidad de que eso ocurra (es improbable, pero no imposible), y quien no quiere que ocurra, debería votar por su candidato. Pero también debe estar preparado para el hecho de que es muy posible que el resultado va a ser el que no quería.

    Conclusión: Es la estrategia, no la ilusión

    Pero el wishful thinking, eso que muchos tan maletiquetado como «actitud positiva», en realidad no tiene utilidad alguna más que para las utilidades de los libros y conferencias de los pseudogurús que promueven estas formas de pensamiento. Por el contrario, puede convertirse en un lastre para el individuo que se sumerge en él, sobre todo si tiene que tomar decisiones. El individuo debe reconocer que el wishful thinking (pensamiento desiderativo), al igual que el negativismo, son sesgos cognitivos que distorsionan la realidad y que entorpecen la toma de decisiones. Estos sesgos son muy comunes, pero es tarea de los individuos de reconocerlos para poder lograr interpretar de una mejor forma la realidad.

    La «actitud positiva» es algo que tarda más en desarrollarse, no le puedes decir a una persona que nunca ha cortejado a una mujer y vaya a hacerlo con una actitud positiva y esperes que le vaya bien. El ser humano necesita conocerse, necesita tropezarse, necesita experimentar, necesita fracasar de vez en cuando. Los seres humanos no somos perfectos y las ilusiones no pueden, por sí mismas, controlar nuestro destino. Eso es lo que quieren vender los libros, porque suena fácil, suena cómodo, para un mundo donde algo que nunca le falta a la gente son problemas.

    Se trate de elecciones, de selecciones, de becas en el extranjero o de decisiones familiares, el individuo siempre debe partir de una realidad objetiva la cual debe tratar de conocer en la medida de lo posible con las herramientas que tenga a la mano. Los vasos medio llenos o medio vacíos tan sólo son distorsiones de la realidad: el vaso está, en realidad, exactamente a la mitad.

  • Las elecciones me tienen hasta la madre

    Las elecciones me tienen hasta la madre

    Las elecciones me tienen hasta la madre

    Quiero confesar algo a mis lectores: estoy hasta la madre de las elecciones.

    Hasta hace unos meses, pensé que en las últimas dos semanas iba a estar escribiendo constantemente sobre el tema, de forma apasionada, una y otra vez, para compartir mis lecturas sobre el proceso electoral. Pero si ustedes se fijan, mis dos últimos artículos ni siquiera trataron de ello. 

    En realidad, me ocurre constantemente que cuando quiero escribir algo sobre las elecciones no tengo idea sobre lo que pudiera hablar. Tal vez porque ya analicé demasiado a los candidatos, porque ya hice lo propio con el entorno que rodea a las elecciones, porque siento que ya no hay nada relevante que aportar (y no tiene que ver con capacidades, sino que, día a día, vemos más de lo mismo).

    Creo que mucho tiene que ver la calidad de las candidaturas a la presidencia que tenemos. Muchos de nosotros no estamos entusiasmados con ninguno de los candidatos. Algunos están pensando en ejercer el voto útil, a otros nos comienza a pasar por la cabeza incluso la idea de anular el voto. Muchos queremos un cambio y estamos hartos del sistema político actual, pero las opciones que pretenden representarlo (como Ricardo Anaya y López Obrador) dejan muchísimo que desear.

    Partimos de ahí, de que, a diferencia de las elecciones pasadas, no hay algún elemento que entusiasme. En 2000 era el cambio de régimen (que terminó decepcionando a muchos, ciertamente); en 2006 lo que conmovió fue la cerrada batalla entre AMLO y Felipe Calderón; en 2012 fue el surgimiento del movimiento #YoSoy132 para protestar contra lo que se venía con el PRI. En 2018 no hay nada, y no lo hay porque tenemos una clase política totalmente desprestigiada a la cual remata esa crisis de representatividad que se propaga por todo Occidente.

    Las elecciones se han vuelto muy predecibles. Era predecible que los opositores de AMLO (sobre todo el PRI) fueran a lanzar una campaña de guerra sucia y era predecible que no fuera a funcionar porque estas elecciones trataban sobre un profundo hartazgo y no sobre el miedo. Tal vez la parte más llamativa (si pudiera llamarse así siquiera) fue la guerra entre Anaya y Meade-PRI-Gobierno, pero no era una batalla con el puntero, sino una entre el segundo y el tercer lugar. Hasta el casi inminente triunfo de AMLO se veía predecible. Desde hace tiempo había comentado en este espacio que si ningún partido postulaba a un candidato honorable que representara una ruptura con el ethos político actual, López Obrador no tendría problemas para ganar la elección. 

    Los formatos de debate mejoraron bastante, ciertamente, pero no la calidad de los candidatos a los que les quedó grande el escenario. Los formatos novedosos solo sirvieron para exhibir la pobreza de los candidatos que tenemos, quienes prometen hasta lo que no porque no conocen otra forma de llamar la atención de sus electores. Hemos visto a candidatos con tan poca sustancia que las bromas y las mofas son lo que más queda en nuestro recuerdo. Hemos visto a cierto sector de la clase intelectual despojarse de su espíritu crítico para aferrarse ciegamente a un candidato, aunque para ello tengan que torcer la realidad. 

    El bajo nivel discursivo del debate, tanto por los candidatos, los estrategas de campaña e incluso los electores, es otra razón por la cual las elecciones me tienen hasta la madre. Ver las redes sociales llenas de fake news que muchos se creen a pies juntillas, los rumores falsos, las mentiras y las calumnias, termina por ser cansado. En unas elecciones se definen muchas cosas y parece que nuestro país no está a la altura de su propia circunstancia.

    También es frustante ver la tremenda polarización a cambio de nada, por unos candidatos que poco representan a los ciudadanos. En mi particular punto de vista, me frustra ver cómo personas pierden amigos o se agreden por candidatos a quienes no les importan más allá del voto que van a emitir. Es frustrante la corrección política que parece fomentarse dentro de las discusiones donde criticar a un candidato te garantiza una lluvia de juicios de valor hacia tu persona.

    Estas elecciones no entusiasman. Creo, porque muchos reconocemos, que cualquiera que sea el resultado de las elecciones, los problemas de nuestro país van a cambiar más bien poco. Tal vez nos terminemos dando cuenta que es iluso aferrarse a un simple cambio de mando para esperar un cambio.

  • Una orden de arroz cocido para Ricky

    Una orden de arroz cocido para Ricky

    Una orden de arroz cocido para Ricky

    Al igual que yo, Ricky no simpatiza con AMLO; pero yo, a diferencia de Ricky Incredulín, acepto la realidad y no me dejo invadir por mi sesgo cognitivo. Ricky está tratando de cuadrar los números porque no da razón a lo que sucede en las encuestas: AMLO sube y sube como la espuma. Que si los indecisos, que la tasa de rechazo, que el voto oculto, Ricky trata de encontrar algún recoveco para mantener sus esperanzas.

    Ricky Incredulín: – Oye Álvaro, pero Roy Campos dijo que las encuestas no son un oráculo que predicen la victoria.

    Yo: – Es cierto, una encuesta por sí misma no te puede asegurar que alguien puede ganar porque las tendencias pueden cambiar y porque las encuestas muestran una tendencia aproximada de las preferencias al día de hoy, pueden tener errores. Pero si ves el panorama completo te darás cuenta de que la victoria de AMLO está, si no completamente definida, sí muy muy cercana.

    Ricky Incredulín: – ¿Cómo el panorama completo?

    Ricky me pregunta mientras analiza ansiosamente una y otra vez las gráficas. Piensa erróneamente que todas las barras de indecisos o tasa de rechazo se van a ir con Anaya, sin percatarse de que muchos de ellos ni siquiera van a salir a votar y que es probable que la tendencia en ese voto no difiera mucho del que sí lo declara. 

    Yo: – Sí.  No sólo es la encuesta, es también la tendencia donde López Obrador sigue subiendo mientras que Ricardo Anaya y José Antonio Meade están estancados. Esperaría que la elección se cerrara conforme se acercara la elección y eso no está sucediendo. Y no sólo es eso, es que Anaya tiene una pésima campaña, no tiene una narrativa, no conecta. Incluso ya varios panistas como Juan Ignacio Zavala y Roberto Gil Zuarth dicen que este arroz ya se coció, que «ya valió madres». Se trata de analizar la campaña en su conjunto mi estimado. Estamos en una elección donde la gente grita cambio y venganza contra el gobierno actual. 

    Ricky Incredulín: – Pero seguramente tendrán un as bajo la manga.

    Yo: – Recapitulemos Ricky. Qué no se ha dicho ya de AMLO, que si nos va a convertir en Venezuela, que varias de sus propuestas son absurdas (y lo son), que si el aeropuerto, que se peleó con algunos empresarios y míralo, sigue subiendo. Está casi igual que Trump, quien dijo que podía matar a alguien en la Quinta Avenida y aún asi no caer en la encuestas. Si tuvieran un as bajo la manga ya la hubieran sacado. Yo no sé realmente qué se tendría que hacer a estas alturas. Incluso, ni se si sería buena idea que a Meade se le ocurriera declinar a favor de Anaya (lo cual dudo muchísimo que suceda), en una de esas Anaya pierde muchos de esos votos de quienes quieren castigar al PRI pero no quieren votar por AMLO. Tal vez prefieran lo primero a lo segundo.

    Ricky Incredulín: – Pero ve, Anaya es rebueno para los debates. Al Beltrones se lo puso como camote. ¡Esperate al tercer debate!

    Yo: – Sí, lo recuerdo, pero ya van dos debates y Ricardo Anaya no ha capitalizado nada. No conecta y trata de ser muy racional cuando la gente vota más por emociones y en una elección donde los sentimientos están a flor de piel. Anaya no ha construido una narrativa, en cambio AMLO, con todo y sus propuestas mafufas, sí lo ha logrado. Además, los golpes que sufrió del PRI le quitaron mucha credibilidad ante un sector del electorado.

    Ricky Incredulín: – Pero no te dejes engañar. O sea, las encuestas usan muestras de 1200 entrevistados, son bien poquitos y no representan a todos los votentes ¡a mí no me encuestaron!

    Yo: – Me temo, mi estimado Ricky, que no tienes muchos conocimientos sobre muestreo. Te recomiendo este libro de estadística para Dummies donde podrás darte cuenta que así se hacen todos los estudios. Se sacan muestreos representativos del universo y, con base al número de entrevistados, se obtiene un margen de error que en general está cerca del 3%. O sea, que el resultado puede variar 3 puntos arriba o abajo de la realidad. Es natural que en un país de más de cien millones de habitantes donde las casas encuestadoras no suelen entrevistar a más de dos mil personas nunca te hayan entrevistado. 

    Ricky Incredulín: – Pero están cuchareadas. Una vez un cuate me dijo que en la encuesta del Reforma en la Ciudad de México entrevistaron solo en las delegaciones que coincidentemente en la mayoría AMLO tenía fuerza. No fueron a la Benito Juárez donde están los pirrurris. ¿Ves? Están manipuladas. Ya te sabes como son los pejezombies paranoicos.

    Yo: – Pero entonces no te comportes como «pejezombie paranoico» diciendo que todas las encuestas están compradas. No sólo hay que advertir que todas esas encuestas son verificadas por el INE sino que lo que mencionas de las delegaciones no es algo que se haga a propósito para «manipular». Se seleccionan aleatoriamente porque como son 1200 encuestas repartidas en todo el país, no alcanza para encuestar en todas. De la misma forma es muy posible que lo opuesto haya pasado en otros lugares de la República.

    Ricky se pone muy ansioso y nervioso, me dan ganas de darle un abrazo porque hasta ahora se acaba de dar cuenta de la realidad, una que no le gusta ni a él ni a mí, pero que yo ya había anticipado desde hace mucho tiempo.

    Ricky Incredulín: – ¿Entonces ya ganó?

    Yo: – No me atrevería a afirmarlo categóricamente. Falta un mes y puede llegar a pasar algo que cambie las tendencias, pero la verdad se me antoja muy difícil que suceda. Incluso, toma en cuenta que ya va a empezar el Mundial y la gente se va a distraer un poco de las elecciones con lo cual las estrategias de campaña van a tener menos impacto. 

    Ricky Incredulín: – ¡No puede ser!

    Yo: – Ánimo Ricky, nosotros como sociedad civil vamos a ser un contrapeso ante su régimen. Ánimo que el mundo no se acaba, no llores. Vamos por algo de comer, ¿qué quieres?

    Ricky Incredulín: -¡Ya sé! Una torta y un Frutsi,

    Yo: – ¿Queeee?

    Ricky Incredulín: – Estaba bromeando, vamos mejor al McDonalds antes de que AMLO lo cancele. 

  • La etapa de la negación

    La etapa de la negación

    La etapa de la negación

    Es cierto que no se puede asegurar de forma categórica que López Obrador ha ganado la elección. En el mes que falta para el día de la elección pueden llegar a ocurrir eventos que modifiquen las intenciones de las encuestas: una revelación muy oscura y turbia del candidato (o sea, un as bajo la manga), una estrategia electoral muy inteligente (que raye en la genialidad) o algo parecido.

    Pero lo cierto es que las posibilidades de que AMLO gane son muy altas. Oráculus (el agregador de encuestas) dice que si hoy fueran las elecciones, López Obrador tendría el 92% de ganar. Si lo comparamos con futbol (aprovechando que tenemos al Mundial a la vuelta de la esquina) es más probable que ninguna de las potencias (Alemania, Francia, Brasil, Portugal, Inglaterra, Argentina, España y Bélgica) gane el Mundial, o que México llegue a semifinales (de acuerdo con las predicciones de UBS) a que López Obrador pierda las elecciones (con las tendencias del día de hoy, aclaro). 

    Las encuestas no se han movido mucho en los últimos tres meses, solo hemos visto un ligero incremento en favor de AMLO, mientras que Anaya después de un crecimiento se ha estancado y Meade se mantiene en tercer lugar; casi pareciera que están congeladas. También hemos visto que a pesar de que varios indecisos ya han comenzado a definir su voto (tomando a Oráculus de nuevo), éstos son menos que hace dos meses y no se han convertido automáticamente en votos en contra de AMLO. Ni siquiera la declinación de Margarita Zavala ayudó a cerrar la brecha. Es casi imposible que las tendencias cambien si en este mes no se da algún evento que implique un quiebre o ruptura.

    Y también es cierto que la respuesta de «no respondió o no sabe» no sólo está compuesta por indecisos, sino por gente que no va a ir a votar o que no le interesa. 

    Ante esta situación, muchas personas que no simpatizan con López Obrador se encuentran en una etapa de negación. Tratan de interpretar la realidad de tal forma que sea más cómoda emocionalmente (es decir, que mantengan una considerable esperanza de que López Obrador no vaya a ganar).

    Y esto es, hasta cierto punto, normal. Cuando se trata de política los individuos no somos completamente racionales, más bien mantenemos un sesgo donde tratamos de favorecer información que nos haga sentir bien y minimizamos aquella información que nos hace sentir mal. Así como muchos lopezobradoristas relativizan los errores y cuestionamientos de su candidato, también varios antilopezobradoristas ponen a las encuestas en tela de juicio porque no les agrada el resultado. Recordemos cuando López Obrador y sus seguidores decían que las encuestas estaban cuchareadas en 2006 porque se espantaron al ver como la brecha se cerraba.

    Este sesgo de confirmación no distingue siquiera preparación y educación. La gente más docta también es muy proclive en caer en este tipo de sesgos cognitivos. 

    Muchos dicen que las encuestas son falaces porque la muestra es de 1,200 cuestionarios cuando este tipo de muestra es más bien completamente normal y suele ser más la norma que la excepción. Para ello, tenemos que hablar del margen de error.

    El margen de error de las encuestas está determinado por el número de cuestionarios. Si el tamaño es de 1,200, el margen de error es de +/-3%. Esto quiere decir que si AMLO tiene 40 puntos, significa que la realidad se encuentra en un rango de 37 o 43 (tomando el caso de que el instrumento y la muestra estén bien diseñados). La relación entre el margen de error y el número de encuestas no es lineal, es exponencial. Si una casa encuestadora decide hacer 2,200 encuestas para que tenga mayor validez, se encontrará con que el margen de error es de +/-2% (solo disminuyó un punto). Tendría que hacer más de 6,000 encuestas para llegar al 1% aproximadamente, mientras que para llegar al cero absoluto tendría que encuestar a absolutamente todos los electores que van a votar. 

    Por ejemplo, tomando la encuesta de Reforma que salió el día de hoy que muestra que AMLO tiene más de 20 puntos sobre Ricardo Anaya, muchos aludieron a encuestas pasadas para afirmar que Reforma «siempre se equivoca» como en esta imagen:

    Si analizamos estrictamente todas estas gráficas nos daremos cuenta que en realidad la única que valida el argumento de que Reforma se equivocó fue en el 2000, error mucho menor del que algunos esperan. Coahuila no se puede tomar como referencia ya que ahí el PRI orquestó un fraude electoral, pero vayámonos con la encuesta de 2006 y la del Estado de México:

    Cuando una encuesta muestra una diferencia que se encuentra dentro del margen de error (es decir que es menor a este) se dice que hay un empate técnico. Este es el caso de de estas dos encuestas. En Estado de México le daba ventaja a Delfina, pero la victoria de Del Mazo quedó casi en los bordes del margen de error. La discrepancia fue de 4% cuando el margen de error fue del 3%. Reforma se equivocó por ¡1%! E incluso, dado que la diferencia que pronosticó era menor al margen, podemos decir que la encuesta de Reforma contemplaba la posibilidad de triunfo de Alfredo del Mazo.

    En 2006 ni siquiera hay error alguno ya que le dio a AMLO una ventaja de 2% (que es un empate técnico por estar dentro del margen de error) cuando Calderón ganó por menos del 1% cuando el margen de error oscilaba por el 3%.

    En la encuesta de Reforma que se acaba de presentar estamos hablando de más de 20 puntos de ventaja.

    ¿Esto significa que Reforma es infalible? No, aunque en 2012 fue una de las encuestas más certeras. Yo pienso que la diferencia es algo menor de la que muestra Reforma y creo que está más cercana a los 16 puntos de diferencia que muestra Oráculus. También debemos tomar en cuenta qué tan bien está diseñado el instrumento, la muestra, y el efecto de la tasa de rechazo (que podría tener una incidencia). Las encuestas se pueden llegar a equivocar, pero la realidad es que la gran mayoría de las encuestas muestran una misma tendencia, lo cual se refleja en el ejercicio de Oráculus, y que dice que López Obrador tiene una ventaja considerable  Yo prefiero usar los agregadores como referencia más que las encuestas por sí mismas, porque creo que, al final, al promediar, logran atenuar las discrepancias que estas puedan tener. 

    En redes me he encontrado con afirmaciones que dicen que la encuesta está pagada, que hay «algo chueco». Algunos (con mucha curiosidad pero sin el suficiente conocimiento en materia de investigación cuantitativa, porque vaya, no es su profesión) dicen que está manipulada porque en la CDMX se levantaron encuestas en delegaciones donde AMLO puede tener mayor ventaja, aunque en realidad estas se seleccionan de forma aleatoria. 

    Algunos también argumentan que entre sus amigos «casi nadie» va a votar por López Obrador,  que fueron a una conferencia de negocios y ahí muchos simpatizaban por Meade. Peor aún, algunos vieron un sondeo en Twitter y lo tomaron como argumento para decir que «el tabasqueño ya perdió y que todo es una manipulación de las encuestadoras». Pero los círculos cercanos no son siquiera representativos del universo. En 2012 nadie en mis redes quería a Peña Nieto y ganó porque el voto estaba en otros sectores con los cuales casi no tengo contacto. 

    Otro argumento es que las encuestas se equivocaron en el Brexit y en la elección de Estados Unidos:

    En el caso de Brexit, las encuestas se equivocaron más bien por pocos puntos. La mayoría de ellas daban el triunfo al «remain» por dos o cuatro puntos. Ni una lo hizo por más de 10 puntos de ventaja. 

    En el caso de Estados Unidos todas le dieron el triunfo a Clinton, pero la diferencia fue de 4 a 6 puntos al cierre. Y de hecho, Hillary ganó por 2 puntos tomando el voto popular (recordemos que en Estados Unidos las elecciones se definen por los votos de los superdelegados de los estados). El error de las encuestadoras fue de muy pocos puntos y el beneficiario fue el que representó el discurso sistema, al igual que en el Brexit. En el caso de México, el que tiene un discurso antisistémico es López Obrador. 

    Acá estamos hablando de que Oráculus, el agregador de encuestas más conocido de esta elección, le da al momento 16% de ventaja a López Obrador al día de hoy. Hablamos de que las tendencias no se han movido mucho en los últimos meses a pesar de la guerra sucia, del pleito de AMLO con los empresarios y los debates donde el tabasqueño no muestra sus mejores tablas. Hablamos de que la campaña del PRI contra Anaya afectó de forma considerables las posibilidades del panista y que las rencillas siguen, por lo cual se antoja complicado en extremo que todo el voto de ambos se concentre en un solo candidato. 

    Esto no se acaba hasta que se acaba, en una elección todo puede pasar. Lo que reflejan las encuestas actualmente es lo que ocurriría si la elección fuera el día de hoy, y eso significa que no se puede descartar alguna variación en el mes que falta. Pero por lo que comenté anteriormente, la realidad es que por más se acerca la elección las posibilidades de que López Obrador crecen cada vez más ya que, a pesar de todas las estrategias que se han utilizado para tratar de bajar el tabasqueño, este sigue muy cómodo allá arriba y se antoja cada vez más difícil que ocurra algo que represente una ruptura.

    Digamos que estamos el minuto 30 del segundo tiempo y el Atlético MORENA le va ganando 3-0 al Racing del Frente al cual ha superado ampliamente en la cancha. Sí, se han dado casos en que un equipo remonta ese marcador, pero eso ha ocurrido muy pocas veces. En muchas ocasiones, con un marcador así, algunos prefieren ir abandonando el estadio para no tener que lidiar con el tráfico de regreso a casa. 

    Y tal vez esta realidad no les (nos) guste a muchos. Pero habrá un momento en que se tengan que enfrentar a ella, ya que será importante conocerla para poder llevar a cabo de mejor manera su voto. Por ejemplo, en dado caso de que se acerque cada vez más la elección y no veamos variaciones, tal vez será más prudente preguntarse si López Obrador puede obtener mayoría en el congreso o no y votar en consecuencia. 

  • Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú Pt 2

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú Pt 2

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú Pt 2

    Te recomiendo encarecidamente leer la primera parte de este artículo si no lo has hecho. Dale click aquí. 

    Habiendo dicho todo lo que dije en la primera parte de este artículo, que un voto no sólo representa para el individuo un simple voto sino que, además, representa una forma de reafirmación de sus creencias y valores, entendemos que, en muchos casos, el elector estará poco dispuesto a cambiar su preferencia. 

    Quienes cambian su preferencia suelen ser aquellos que piensan que ningún candidato termina de representar sus creencias y valores de forma suficiente y mucho más que los otros. Es en estos casos cuando la gente puede estar más dispuesta a revisar y analizar las propuestas de gobierno y que estas terminen marcando una diferencia. Pero eso no significa que siempre lo hagan así, ya que lo que puede terminar determinando su voto es alguna estrategia de campaña que termine moviendo su emoción.

    Las propuestas por sí solas no ejercen casi influencia alguna sobre el elector, más bien lo hacen en la medida en que estas sean capaces de transmitir una emoción, un valor o ideario al elector. Recortar los servicios de salud a la mitad no le dirá nada hasta que se imagine en su cabeza (o que le cuenten) cómo podría sufrir al no seguir recibiendo el tratamiento que recibía en las instituciones públicas. Las propuestas de un candidato en su conjunto suelen generar una narrativa que, a la vez, le da sustancia y lo define, ya que a través de estas elector puede determinar a dónde quiere llegar o qué afinidad política tiene el candidato. Y si esta «sustancia» empata con las creencias y valores de un sector del electorado, se traducirá en votos en las urnas. 

    Ricardo Anaya y López Obrador, en este sentido, le dan un trato muy diferente a las propuestas, lo cual nos explica por qué aparecen como aparecen en las encuestas. Varias de las propuestas de Ricardo Anaya pueden parecernos sensatas, pero su equipo de campaña ha tenido dificultades para traducirlas en emociones y, peor aún, no nos cuentan una narrativa creíble: nadie sabe quién es Ricardo Anaya a través de sus propuestas. Con López Obrador sucede lo opuesto, podemos cuestionar la validez de sus propuestas pero en su conjunto (sí, incluyendo las más absurdas como lo es la cancelación del aeropuerto) sí crean una narrativa sólida: de un López Obrador que se presenta como antisistema y como la opción de cambio ante un régimen de corrupción como el actual. La gente no quiere datos, quiere emociones. 

    Si el individuo fuera enteramente racional como algunos sugieren, diseccionaría las propuestas, le daría un valor a cada una de ellas, las pondría en una balanza y determinaría, con base en una evaluación o puntaje final, quien es el candidato idóneo. Pero esto no sólo no sucede así, sino que este ejercicio sólo podrían hacerlo aquellos individuos con alguna psicopatía o algún impedimento para tener emociones. Es imposible que nuestras creencias, nuestros valores y nuestro estado de ánimo no afecten nuestra intención de voto.

    Esperar a que la gente sea completamente racional a la hora de elegir su voto (con la connotación que se le da) y analice las propuestas a profundidad, es como si se nos apareciera un tigre y, en vez de asustarnos y correr, nos pusiéramos a evaluar los pros y los contras de las acciones que podríamos realizar. 

    Las emociones juegan un papel muy importante cuando los candidatos nos transmiten las propuestas. Las propuestas de AMLO no sólo generan incertidumbre en un sector por los errores en el planteamiento de varias de ellas, también están acompañadas de una oratoria muy torpe y lenta que refuerza la impresión de que sus propuestas están mal planteadas. La propuesta de la Renta Básica Universal de Ricardo Anaya es un gran ejemplo de esto que digo: su propuesta no tiene mucho sustento ya que es una medida de la cual sólo se han hecho pruebas piloto en sectores muy específicos de algunos países, pero además las cuentas no cuadran. Si López Obrador la hubiera propuesto se hubiera reforzado la idea de que es un demagogo que no sabe nada de economía, pero ésta no generó tanta incertidumbre ya que Anaya fue elocuente al comunicarla, casi como si se tratara de algo novedoso o sofisticado. La medida fue criticada por varios expertos pero no necesariamente por el grueso de la población. Hoy, nadie está pensando en «no votar por Anaya» porque su propuesta nos podría llevar a una crisis económica. 

    Pero justamente este mismo ejemplo es muy bueno para explicar por qué una propuesta, si no tiene un contenido en general, no tiene impacto. La propuesta no generó reacciones negativas porque la elocuencia de Ricardo Anaya logró disfrazar sus carencias, pero tampoco logró generar reacciones positivas porque Anaya nunca logró subirla al terreno de las emociones, todo quedó en un terreno racional, como si un académico estuviera explicando a sus alumnos por qué cierta política es útil. 

    La narrativa que crean los candidatos es la que genera que muchos electores simpaticen con ellos o los desprecien (como suele ocurrir con López Obrador en ambos casos). Como los individuos no somos iguales, no pensamos todos de la misma forma y no compartimos exactamente los mismos valores, no todos haremos el mismo juicio de una misma narrativa. Algunos valorarán más el sentimiento de esperanza en el discurso de López Obrador en tanto que otros tenderán a preocuparse por la incertidumbre. Algunos se preocuparán más por la demagogia de AMLO que por la falsedad que transmite la narrativa de Anaya o viceversa. 

    La misma narrativa nos explica por qué los embates hacia López Obrador no afectan mucho en las encuestas. Después de más de 12 años de campaña, López Obrador ya tiene una narrativa definida y los electores ya se hicieron una idea clara de ella. Además, AMLO tiene la suerte de que esa narrativa embone con el contexto actual de hartazgo y resentimiento hacia el gobierno. En cambio, Ricardo Anaya y Meade están obligados a construirla dentro de las mismas elecciones pero no han sabido cómo (a Meade le afecta sobremanera el lastre llamado PRI que lo limita y Anaya no ha encontrado la fórmula). Pero la narrativa no es una simple estrategia de publicidad, la mercadotecnia ayuda a venderla, a ponerle un empaque atractivo y a enclavarla dentro del contexto actual mas no a crearla (es muy evidente cuando es creada y diseñada de forma artificial por publicistas o estrategas políticos). La narrativa, decía, proviene de las propuestas que, a su vez, provienen de las ideas, y damos por sentado que las ideas nos hablan de las convicciones y las creencias del candidato.

    La narrativa empata con la esencia del candidato (lo cual tiene que ver con su historia tanto personal como política, su personalidad y, a veces, hasta con su lenguaje corporal y su forma de expresarse) y si no lo hace, entonces pierde credibilidad. 

    Como decía en la primera parte, que necesariamente estén entremezcladas subjetividades y emociones no implica que no podamos ejercer un voto más informado. Las mismas emociones incluso, bien entendidas, podrían ayudarnos a ello. Hay qué hacer el ejercicio opuesto, bajar las emociones al terreno de la razón, entender por qué cierto candidato evoca ciertas emociones. Las emociones no son un defecto o algún lastre, por el contrario, tienen una función y nos pueden servir como una guía, así como lo ocurre en nuestra vida diaria. No se trata de eliminar la emoción frente a la razón, sino de complementarlas y de hacer que una sirva a la otra.

    Si un candidato te causa repulsión, podrías preguntarte exactamente por qué. Puede ser que lo percibas como una figura corrupta y eso te cause molestias, pero luego podrías preguntarte ¿cuáles son los argumentos por los cuales lo percibes de esa forma? ¿Tienen sustento esos argumentos? Un ejercicio de empatía hacia las emociones y argumentos de los demás también podría ayudarte a ejercer un voto más informado porque de esa forma puede que conozcas información que antes siquiera habías considerado y tendrás más elementos para hacer un juicio.

    Eso no hará que todos «descubran» que un candidato sea la mejor opción de forma unánime. No sólo porque, en muchos casos, es más difícil y complejo determinarlo de lo que pensamos, sino porque los elementos subjetivos (aquellos determinados por las creencias, la historia de vida o hasta la genética) no pueden deshacerse del todo. Pero este ejercicio sí hará que tengas más posibilidades de hacer una buena elección.

    Porque créeme, hasta los más doctos y cultos se han llegado a equivocar a la hora de apoyar a algún candidato o movimiento. Y no por equivocarse son «unos pendejos». 

  • Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    En el libro «Political Brain» de Dres Westen, se narra un experimento para tratar de entender qué tan racional es el hombre a la hora de decantarse por un candidato o candidata. En dicho experimento se sometió a los participantes (que simpatizaban con los republicanos o con los demócratas) a una serie de diapositivas: en la primera, cierto político hacía una afirmación, y en la siguiente hacía otra afirmación que se contradecía con la primera (Por poner un ejemplo, un candidato dice: «voy a subir el salario mínimo para ayudar a las familias que menos tienen» y un mes después ante empresarios dice «subir el salario mínimo es una medida artificial que va a detonar la inflación»). Luego, se les pedía que en una escala del 1 al 5 evaluaran qué tan contradictorio era dicho candidato.  

    Resultó que los participantes le dieron una calificación más alta (más contradictorio) al político del partido con el que no simpatizaban, en tanto que, de la misma forma, relativizaban las contradicciones del político del partido con el que tenían simpatías. Al primero le daban un 5 y al otro un 2 o 3. Las reacciones en el cerebro de los participantes iban en consonancia, los participantes buscaban reducir aquellas sensaciones que les parecieran desagradables e incómodas (como caer en la cuenta de que su candidato era un mentiroso).

    Cuando de una elección se trata, todos juran ser objetivos y racionales. Todos juran estar del lado de los que piensan, mientras que los otros son los emocionales, los viscerales, y hasta los pendejos y los ignorantes; como si la elección se tratara de una batalla entre los que sí piensan y los pendejos. Peor aún, creen que haciendo gala de su superioridad moral van a lograr persuadir a los otros:

    – A ver, voy a compartir este post y le voy a poner: «para que se eduquen, chairos ignorantes». Así le voy a quitar algunos votos a López Obrador.

    En realidad, eso es muestra de que ellos mismos también están siendo muy irracionales. En principio, porque ni siquiera saben las razones por las cuales sus «contrapartes» van a votar por uno u otro candidato. Creen que «escuchar las razones del otro» es ceder, cuando bien les podrían dar más información para llevar a cabo una elección racional. En ese momento, elegir a un candidato deja de ser un tema de racionalidad y comienza a ser una batalla donde cada quien agarra una bandera.

    Por eso es que en los debates las tendencias se mueven más bien poco y sólo llegan a influir entre los que están más indecisos. Los que han tomado una postura no la van a cambiar y el debate solamente les funciona para reafirmar su postura. Tómese como constante en esta elección la batalla entre el lopezobradorismo y el antilopezobradorismo. Según Demotecnia, AMLO fue el gran ganador del debate, pero al mismo tiempo también fue el gran perdedor del debate. 

    Fuente: Demotecnia
    De las Heras Demotecnia

    ¿Por qué pasa esto? Porque la postura que los electores tienen frente a López Obrador (sea positiva o negativa) se explica más por las emociones que por la razón. Las dos emociones que mueven más estas elecciones tienen que ver con el tabasqueño. López Obrador es el depositario del hartazgo hacia el gobierno actual y el sistema, y «se le tiene miedo» a López Obrador. No hay medias tintas con el candidato, no son muchos los que se atreverían a decir: «pronostico que AMLO no gobernará muy bien pero no ocurrirá una catástrofe» o «la presidencia de AMLO será medianamente aceptable» aunque esos escenarios bien pueden plausibles. 

    El efecto de la polarización, generada tanto por el tabasqueño con su discurso como por sus críticos acérrimos con las campañas de contraste, ha acentuado estas posturas. Unos esperan un cambio profundo y otros una tragedia. Eso también explica por qué la postura hacia López Obrador suele ser más dura e incluso rayar en el fanatismo en muchas ocasiones, mientras que los otros dos candidatos casi no generan emociones ni de una simpatía extrema ni de un fuerte rechazo, sino más bien de indiferencia, cierto desprecio o más bien como vía para ejercer el voto útil contra AMLO.

    Este sesgo de confirmación no es necesariamente producto de la ignorancia, ya que es posible verlo hasta en los más eruditos quienes hacen juicios de los candidatos con base en sus posturas ideológicas. Esta irracionalidad tal vez tenga algún sentido de existir ya que es muy complejo y difícil pronosticar bien a bien cómo es que un candidato va a gobernar, y sólo es posible tener una vaga aproximación con información limitada porque ni siquiera conocemos el entorno en el que gobernará.

    Una forma de tener alguna aproximación es analizando las propuestas y corroborar que estén bien sustentadas. Para saberlo será, en muchos casos, necesaria la opinión de expertos en el tema de quienes debemos esperar que algún tipo de sesgo no tuerza la evaluación ya que prácticamente nadie tiene la preparación en todas las áreas en las que un Presidente gobernará. Habrá que ver si están realmente dispuestos a cumplirlas o son actos de propaganda; y si están dispuestos a hacerlo, habríamos de preguntarnos si habrá la posibilidad política de aplicarlas (por ejemplo, reformas que necesiten una mayoría en el Congreso). 

    Importa, sí, el historial del candidato y su reputación. Pero aunque sea buena o mala, tampoco sabemos bien a bien cómo podrá reflejarse en su gestión. Hay atributos que pueden ser vistos como malos pero que en ciertos contextos podrían llegar a ser buenos. Me viene la mente cuando a Anaya se le acusa (con razón) de haber traicionado a otros políticos para salirse con la suya. Esa agudeza política no siempre será nociva, en ciertos contextos podría incluso generar algunos aciertos. 

    Entendiendo todo esto, podemos concluir que emitir un voto racional es más bien complicado. Y ya que la realidad objetiva en esta cuestión es difícil de alcanzar y evaluar dada su complejidad, las subjetividades y las emociones juegan, sí o sí, un papel muy importante. Aunque esta imposibilidad no significa que nos dejemos llevar completamente por las emociones, sino reconocer nuestras limitaciones y procurar acercarnos a la realidad objetiva lo más posible, aunque no la alcancemos del todo.

    Si se le viera desde un punto de vista racional y pragmático, un solo voto no vale casi nada. A menos que la diferencia entre los dos punteros sea de un solo voto, el voto de una sola persona no alterará el resultado de la elección. Pero en realidad muchos de los electores están deliberando y discutiendo su forma de votar durante toda su campaña y, pasados los años, recuerdan muy bien por quienes votaron (al menos los cargos muy importantes). Debe haber necesariamente un componente emocional para que la gente salga a votar.

    Un voto también es una forma de reafirmarse personalmente, es también una suerte de expresión personal. Cuando una persona vota por tal o cual candidato reafirma ciertos valores o intenta mandar un mensaje. Su voto casi no hará diferencia, pero sentirá un placer dentro de su organismo cuando vote por un candidato para votar al sistema o cuando vote en contra del otro candidato. También alimenta su sentimiento de pertenencia, lo cual es fácilmente demostrable en las redes sociales donde se crean facciones: «los chairos contra los fachos o derechosos». Votar es pertenecer a algo, a una forma de percibir y concebir la realidad, percepción que está dada por factores culturales, de historia personal y hasta genéticos, donde algunos valores tienen prioridad sobre otros: algunos se preocupan más por la libertad que por la igualdad y viceversa.  

    Cuando una persona cuestiona a otra y le dice: «qué pendejo, cómo votaste por Anaya», no sólo está haciendo un juicio de su voto, sino de su persona, porque su forma de votar podrá reflejar algo de su persona e incluso se atreverá asumir atributos que tal vez ni siquiera la otra persona posee. Incluso evaluamos las subjetividades de la otra persona por medio de nuestras subjetividades propias. Por eso es que un ínfimo voto que por sí mismo no cambia ninguna realidad puede llevar a mucha gente a perder amigos o hasta familiares. 

    A menos que una persona piense votar por un candidato porque tiene un gran deseo de afectar a otras personas (por ejemplo, votar por un candidato que deseé atentar contra la integridad o dignidad de algún sector social), hacer un juicio sobre la integridad de una persona tan sólo por su intención de voto es un acto irresponsable. 

    Por eso es importante recordar que, antes de juzgar a otra persona por su forma de votar, recuerdes que es muy posible, si no es que seguro, que las emociones también estén teniendo una influencia sobre tu voto.

  • Los boicots que no funcionan ni al derecho ni al Derbez

    Los boicots que no funcionan ni al derecho ni al Derbez

    Los boicots que no funcionan ni al derecho ni al Derbez

    A mí siempre me han molestado los boicots: no por su esencia sino por su forma, no porque esté en contra de la libertad de expresión (que en muchos casos es una forma de expresarse y ejercer presión) sino porque en la gran mayoría de los casos están muy mal planeados o dirigidos.

    Los típicos boicots con los que me topé desde mi adolescencia son aquellos que buscaban «castigar» a los Estados Unidos. Si el gobierno decidía deportar mexicanos había que abstenerse de tomar Coca Cola y consumir productos gringos durante un día. 

    Eran absurdos en principio porque ni Coca Cola ni las empresas gringas tenían algo que ver con las decisiones del gobierno. También lo son por el escaso impacto que tendrían con las finanzas de esas corporaciones que, como acabo de decir, nada tienen que ver con las decisiones del gobierno el cual ni se enterará de lo ocurrido. 

    Ese tipo de boicots absurdos siguen existiendo: uno clásico fue cuando algunos quisieron boicotear a Starbucks para «joder a Trump» siendo que la filosofía de la empresa de Seattle es casi diametralmente opuesta al ideario de Trump. Si el mandatario estadounidense se hubiese llegado a enterar (cosa que seguramente no ocurrió) hasta le hubiera dado gusto que «castigaran» a una de esas empresas liberales que tanto lo odian.

    Luego vino el boicot del gasolinazo. Muchos sugirieron dejar de cargar gasolina durante un número limitado de días en tanto que otros decidieron bloquear pacíficamente las gasolineras. En el primer caso, no redujeron el consumo de las gasolinas ya que cargaron su coche días antes o después de los días del boicot. En el segundo, solo perjudicaron a quienes tienen la franquicia de las gasolineras o a quienes trabajan ahí que nada tienen que ver con las decisiones del gobierno.

    El problema con los boicots es que para que funcionen tienen que ser bien planeados para que quien tenga la capacidad de ejecutar o revertir la decisión que está molestando a los inconformes se sienta presionado a recular. En ninguno de los tres casos que mencioné se cumple con esta condición. En el primero y en el segundo se presiona a la iniciativa privada cuando la decisión es tomada por el gobierno, y en el tercero se presiona,  cuando mucho, a los despachadores de gasolinas o franquiciatarios de Pemex cuando «el gasolinazo» es una decisión en materia económica del gobierno. Los indignados parecen no molestarse en averiguar bien las características del problema que los aqueja y, movidos por las emociones, asumen cosas que los llevan a cometer errores. 

    El boicot que me llamó la atención en estos días fue el que se hizo a la película de Eugenio Derbez que, a diferencia de los otros ejemplos, tiene un talante intolerante y fanático. Varios seguidores de López Obrador se indignaron porque Derbez simplemente expresó lo que pensaba: que no estaba seguro de que el tabasqueño fuera la mejor opción. Organizaron un boicot para que nadie fuera a ver su película Hombre al Agua. No lo perdonaron ni porque se trata de alguien que está dignificando a los latinos asediados por Donald Trump. 

    Movidos desde el encono y el fanatismo, ellos no se percataron que se habían convertido en publicistas gratuitos para la película de Eugenio Derbez. Creyeron que iban a lograr que muchas personas no fueran a ver la película y lograron lo contrario. Desde un principio visualicé ese resultado porque no se requiere mucha ciencia para entenderlo: ¿cuántas de estas personas irían a ver una película de Eugenio Derbez? La verdad que muy pocas. Gracias a ellos se empezó a hablar más de la película en redes, muchas personas seguramente ni se habían enterado que Derbez tenía una nueva película (yo no lo sabía). 

    Además de las personas que fueron a verla porque gracias a ellos se habían enterado del nuevo filme de Derbez, otras varias, por solidaridad con el comediante, fueron a ver la película. Hoy, Eugenio Derbez, a quien trataron de callar y coartar su libertad de expresión, tuvo más ventas que Avengers en México, y conste que a mí no me gustan mucho sus películas.

    Este caso es más grave que los otros porque al menos los otros boicots parten de una causa noble o justa. Aquí no ocurre eso, aquí el objetivo fue coartar la libertad de expresión de un comediante que tiene derecho a decir lo que se le venga en gana. Una cosa es criticar lo que se dice (como ocurrió con unas declaraciones polémicas sobre los community managers) y otra cosa es restringir uno de los derechos que tiene no sólo gracias a la constitución sino a los tratados internacionales. Pero fue su mismo odio lo que llevó su boicot al fracaso, porque ni siquiera analizaron bien las repercusiones que su «medida» podría traer. Actuaron con las vísceras y Eugenio Derbez ahora tiene, gracias a ellos, más dinero en su cuenta de banco.

    Si el gobierno o las empresas «malévolas» toman decisiones muy bien calculadas y los indignados actúan con las vísceras sin estrategia y hoja de ruta alguna (como ocurre con la gran mayoría de los boicots) es muy fácil advertir quien va a ganar la partida. 

  • Tenemos que hablar de Ricardo Alemán, #NoAlPeriodismoSicario

    Tenemos que hablar de Ricardo Alemán, #NoAlPeriodismoSicario

    Tenemos que hablar de Ricardo Alemán, #NoAlPeriodismoSicario

    México es un país que se encuentra polarizado como consecuencia del proceso electoral en el que se encuentra inmerso, en el cual las descalificaciones y los insultos de uno a otro lado abundan. Pero eso no es nada, México ha venido sufriendo, desde hace varios años, una espiral de violencia en la cual diariamente muchas personas pierden la vida, sobre todo como producto de la delincuencia y el narcotráfico. ¡Vaya! no faltan las palabras para decir que nuestro país se encuentra en una posición delicada.

    Por eso es que deberíamos esperar, por parte de los periodistas y líderes de opinión, prudencia ante este entorno agitado, ya que sus palabras resuenan y se multiplican mucho más que las de cualquier usuario de redes sociales. También, como periodistas, deben de sujetarse a una ética profesional por medio de la cual deben de acostumbrar informar o generar opinión dentro de su audiencia y no lo opuesto.

    Ricardo Alemán es un periodista que ha sabido jugar con los límites de esta ética profesional. La fama que le acarrea (positiva o negativa) es producto de ello. Más que ser un periodista, Alemán ha acostumbrado, de forma sistemática, a atacar a un sector de la sociedad que no sólo está compuesto por los simpatizantes de López Obrador, sino básicamente por quienes fungen como opositores del gobierno actual.

    Ciertamente, a Ricardo Alemán le ha funcionado «la fórmula» en un sector, ya que algunos de los simpatizantes lopezobradoristas suelen ser poco tolerantes y tienden a descalificar en vez de debatir y contrastar ideas. Alemán ha tomado una postura igual de visceral que su contraparte y por eso es que puede entusiasmar a ciertas personas que están «hartas» de las descalificaciones que provienen del lopezobradorismo. Pero él es un periodista, no es cualquier usuario de las redes sociales. 

    Alemán no es cualquier tonto, con anterioridad había mostrado que era capaz de hacer análisis bastante decentes, pero en los últimos años se ha decantado por una postura oficialista ramplona, guarra y majadera; podría describirse como un Alex Jones priísta. Últimamente ha tenido intervenciones bastante nefastas, no sólo porque acostumbra a llamar «legión de idiotas» a quienes no piensan como él o son críticos del gobierno actual. Hace pocos días se burló de las manifestaciones que surgieron a raíz del asesinato de los estudiantes del CAAV y que generaron bastante indignación:

    Pero lo que ocurrió ayer (al día en que escribo esta columna) fue la gota que derramó el vaso. A Ricardo Alemán se le ocurrió compartir una publicación en la que se hace apología al delito y sugiere privar de la vida al candidato Andrés Manuel López Obrador. Aunque lo haya publicado en «tono de broma», su actuar es muy irresponsable, inadmisible y hasta peligroso, como mencionó Enrique Krauze. 

    «Les hablan!!!» (dice Ricardo Alemán) junto con la siguiente publicación: «A John Lennon lo mató un fan, a Versace lo mató un fan, a Selena lo mató un fan, a ver a qué hora chairos».

    La reacción en redes sociales fue de una fuerte desaprobación, no sólo entre «sus enemigos» sino entre casi todos los líderes de opinión del país tal vez con excepción de alguno que otro que tiene un perfil similar. Julio Astillero fue uno de los periodistas que le dio más difusión a estas calumnias, pero también fue desacprobado contundentemente por Enrique Krauze y Juan Pardinas quien dijo que en una democracia civilizada, hoy debería ser el último día en la carrera profesional de Ricardo Alemán.

    Pero Ricardo Alemán (quien me bloqueó de Twitter por reclamarle de forma civilizada sus palabras) no reculó. Por el contrario, siguió descalificando y afirmó que Julio Astillero y MORENA habían tergiversado lo que él había querido decir:

    Pero no fue ni Julio Astillero ni MORENA quienes «distorsionaron» su post. Muchos de los líderes de opinión que lo vieron y muchos usuarios que lo vimos llegamos a la misma conclusión: el texto que compartió Ricardo Alemán sugiere privar de la vida a un candidato.

    A pesar de ello Ricardo Alemán siguió insistiendo. Trató de «arreglarle» y ofreció una «disculpa» a medias a quien pudo ofender por hacer lo que realidad sí hizo y que a muchos nos quedó claro. Siguió insistiendo en una conspiración hacia su persona de parte de Julio Astillero y «los chairos» y que quiso advertir de «ese riesgo» aunque no aclara bien cómo, además de que se me hace un absurdo que alguien como Alemán advierta sobre un supuesto riesgo de que un fan «mate» a AMLO.

    https://www.youtube.com/watch?v=kN5l7oQvEUU

    La libertad de expresión tiene límites, y esta frontera se cruza cuando se dice o se pronuncia algo que pueda atentar contra la dignidad o integridad de un tercero. Aquí, los dichos de Alemán van más inclusive más allá de eso. En el contexto que vivimos como país, donde la inseguridad y el encono prevalecen, ese tipo de palabras son muy peligrosas.

    Por eso es que creo que todos los medios que tienen relación alguna con Ricardo Alemán deberían rescindir de su contrato. Una cosa es que un periodista tenga algún sesgo político o una preferencia política, pero aprovechar un espacio para agredir e incluso sugerir un delito debe de ser penado y sancionado severamente por quienes le otorgan estos espacios al periodista, de no serlo podrían ser vistos como una suerte de cómplices al permitir que en sus medios alguien pueda llamar al odio, a la agresión o a la privación de los derechos más elementales. 

    Espero que Milenio y todas estas empresas rescindan de su contrato por el bien del periodismo. En México no podemos darnos el lujo de tener periodistas que sólo abonen al odio y a la agresión. No es lo mismo un periodista polémico y que confronta a uno que pide públicamente atentar contra los derechos de alguien más. Debemos evitar que estos discursos se pronuncian en las elecciones, ya que no es la primera vez que ocurre. Ignacio Taibo II, hace unos días, sugirió que a los «traidores» los fusilaran en el cerro de las campanas. 

    De la misma forma, Twitter pone a su disposición herramientas para denunciar discursos de odio y esa cuenta puede ser reportada. Para hacerlo (no importa que hayas sido bloqueado por él) tienes que seguir los siguientes pasos:

    1. Ve a la cuenta
    2. Reportar
    3. Sus tweets son ofensivos e incitan al odio 
    4. Amenaza con violencia y daño fisico