Categoría: reflexión

  • Chumel no es un analista político

    Chumel no es un analista político

    Chumel no es un analista político

    Me preocupa que haya quien piense que Chumel Torres es un analista político. 

    Y me preocupa porque eso implica que creen que ver El Pulso de la República (y similares) equivale a informarse sobre lo que acontece en el quehacer público y social de México:

    Es como si un norteamericano pensara que la forma de informarse de la política de ese país es John Oliver o Stephen Colbert (con todo y las enormes distancias que hay entre ellos y Chumel Torres). La realidad es que su tarea es hacer comedia a partir de un tema que suele ser más bien serio. Sí, dentro de su comedia (algo que hacen mucho mejor que Chumel, naturalmente) incluyen una dosis de crítica, pero es eso, comedia. Ni Oliver ni Colbert son analistas políticos, nunca han pretendido serlo. 

    Que recuerde, yo nunca he visto que el propio Chumel se asuma como tal. Esa es una etiqueta que muchos de los consumidores de sus contenidos (y algunos de sus detractores) le han puesto. En Twitter repiten: ¡Chumel no es un analista político! ¡No se dejen engañar! 

    Pero no es lo mismo un analista político que un comediante político. El primero hace un análisis riguroso sobre el acontecer político y el otro hace comedia ¿entienden la diferencia? El primero está leyendo a Norberto Bobbio, a John Rawls, Isaiah Berlin, libros de la Historia de México; el segundo está preocupado por los sketches, por los chistes que hagan reír al público. 

    El «desliz» de Chumel Torres, quien aseveró que Karl Marx separó a la Iglesia del Estado, soltó más de una carcajada a uno. Evidentemente, Chumel sabe más bien muy poco de Karl Marx y sus conocimientos de teoría política son muy básicos o casi nulos. Lo que me sorprende es que la gente se sorprenda demasiado y utilice su error para evidenciar algo que el propio comediante nunca negó: que Chumel Torres no es un analista político, que no es un politólogo ni es experto en la materia. 

    El pobre tipo se dedica a hacer comedia, y para que todo el proyecto salga bien, tiene en su equipo a gente que sabe mucho más de política que él: ellos se encargan de preparar los contenidos y hacer los análisis. Esto es muy evidente, porque se nota cuando Chumel los tiene como respaldo y cuando no (como cuando se pone a tuitear). 

    Que Chumel sea un ignorante de la teoría política no es algo que debería sorprender, ni siquiera necesita ser un erudito en el tema para lo que hace. Lo que me preocupa es que haya quien vea a Chumel como un medio de análisis y sea él, o Callodehacha (aunque este sí llega a pretender que es un analista político) a quien consideren como una de las principales voces en materia de política. Lo que Chumel hace son contenidos para hacer reír, que sí, pueden servir para enterarse, de paso y de forma superficial, sobre lo que está aconteciendo en el país. Lo que hace es eso, él nunca ha pretendido es otra cosa. 

    A mí no me preocupa Chumel, a mí me preocupa que mucha gente no vaya más allá de estos perfiles para informarse y generar opinión. Me preocupan que no puedan poner a un comediante en su justa medida y le den atribuciones que no tiene y que ni siquiera ha pretendido tener. Me preocupa que solo a través de la comedia se informen y sean menos capaces de consultar fuentes primarias y llegar a conclusiones por sí mismos.

    Así es el nivel de consumo de contenidos en nuestro país, en el que la comedia genera en muchos más opinión pública que los medios más serios; en el que los usuarios están acostumbrados a leer los cabezales de las columnas y poco más. Y luego por qué ocurre lo que ocurre. 

    Me pregunto si la «mayoría de la raza» en Twitter tiene más conocimientos sobre Marx y el Estado laico que el propio Chumel. Tal vez la respuesta no llegue a ser muy halagadora. 

  • La insoportable levedad de imaginarse cosas chingonas

    La insoportable levedad de imaginarse cosas chingonas

    La insoportable levedad de imaginarse cosas chingonas

    La frase de «imaginemos cosas chingonas» se convirtió en el lema del aficionado mexicano en el Mundial de Rusia 2018, así como en 1998 fue el «sí se puede» y en 2014 el «no era penal». Esa fue la frase que marcó a los aficionados que vieron un desempeño un tanto mediocre de su selección en el mundial.

    La frase se originó de una entrevista del Chicharito con el comentarista deportivo David Faitelson quien le dijo que México no está para campeón del mundo. El Chicharito reviró diciendo que por qué no podíamos ser la «Grecia de le Eurocopa» o el «Leicester City». El video comenzó a rolar en las redes como si se tratara de un discurso motivacional: el «imaginemos cosas chingonas» traslapó por un momento la psique del aficionado quien comenzó a usar la frase para aludir a una supuesta actitud positiva.

    El tiempo le daría la razón a David Faitelson, cuyo único error fue asegurar que Alemania tenía asegurado el grupo. A pesar de un partido inicial esperanzador donde la selección venció a Alemania y que incluso a mí me generó algunas ilusiones (donde se combinó un muy buen partido de la selección con un mal partido de la escuadra teutona), México tuvo un desempeño más bien mediocre donde no pudo ni siquiera meter las manos con Suecia y Brasil.

    Por alguna razón, los mexicanos estamos muy acostumbrados a recurrir a frases, clichés, e incluso a música motivacional como bandera para tratar de salir adelante. Cuestionar su uso o su contenido significa, para muchos, una actitud negativa hacia la vida: soñar es positivo, despertarse del sueño es algo negativo. La crítica se confunde con el pesimismo porque muchos no desean ser despertados de su letargo, de su ilusión que tiene como vigencia el día en el cual se van a topar con la realidad: déjenos soñar mientras dure. 

    Así me ocurrió cuando aseguré que México tenía muy escasas posibilidades de pasar los cuartos de final; dijeron que era muy pesimista, que estaba transmitiendo pesimismo, que qué estaba pasando con mi «actitud hacia la vida». La realidad es que había pocos elementos para asegurar que México llegaría a tales instancias e incluso los pronósticos más serios del mundo coincidían con el pronóstico que hacíamos muchos. 

    Nos gusta «imaginarnos cosas chingonas» porque es muy fácil, no requiere nada de esfuerzo ni sacrificio. Basta cerrar los ojos y visualizar a los jugadores festejando por su pase a semifinales. Es sano que el individuo tenga sueños o que se imagine un futuro promisorio y tal vez hasta cierto punto sea una condición casi a priori al trabajo que debemos desempeñar para que eso suceda, pero otra cosa es quedarse empotrado en esos sueños como si el mero hecho de soñar fuera transformador. 

    Tal vez esa sea una de las razones por las cuales los aficionados mexicanos sean de los que más llenan estadios en los mundiales (a pesar de la lejanía del país sede), los que hacen más ruido y algarabía. Pero en realidad no parece haber una correlación tan clara entre la candidez del aficionado y el desempeño de la selección que vaya más allá de la motivación que el jugador pueda tener en el momento. En 2010, los franceses le dieron la espalda a su selección por su mediocre desempeño (en el cual fue vencido por nuestra selección dos a cero) pero a partir de ahí comenzaron a crecer hasta al punto de llegar a la final de la Eurocopa y ganar el Mundial que acaba de pasar. México, entretanto, con su afición siempre jubilosa e incondicional, se mantiene estancado en la medianía.

    El mexicano se postró en su eterna esperanza. Francia, en cambio, diseñó una estrategia metódica y bien planificada aprovechando la inmigración de africanos a su nación. No es que no hayan soñado, tuvo que haber algo de ilusión y sueños que antecedieron la construcción de la estrategia, pero supieron pasar del sueño a la acción antes de estancarse en su letargo. 

    El mero hecho de soñar no es transformador, soñar sirve como una suerte de agente motivador para realizar una acción ya que el individuo puede imaginarse logrando la meta a la que quiere llegar y de esa forma se motiva a llevar a cabo dicha acción. Menos un aficionado puede acusar a otro de «no soñar tanto» dado que sus acciones ni siquiera influyen en el desempeño de su amada selección y se reducen tan sólo a un sentimiento emocional: si es improbable ver a mi selección en las alturas, mejor «imaginemos cosas chingonas». 

    Si no hay una estrategia o un método de por medio, el sueño se vuelve inocuo porque tan sólo termina motivando a soñar más en vez de tomar acción. Así es como llega el aficionado mexicano cada cuatro años a soñar, ni siquiera exige, ante el desencanto, a la Federación o a los hombres de pantalón que diseñen mejores estrategias o que limpien las instituciones del futbol de corrupción, el sueño se esfuma y se esfuma todo, el interés inclusive. 

    Tal vez hace falta pintarse menos la cara color esperanza y sentarse más veces en un escritorio para comenzar a planificar una estrategia o un método. Tal vez a nosotros los mexicanos nos hace falta más aprender a postergar el «sentimiento bonito» y trabajar en aquello que es aburrido y requiere sacrificio para obtener mejores resultados (independientemente si se trata de futbol o de lo que sea). 

    https://www.youtube.com/watch?v=y2PeG9OLL9A

  • Arts Pedregal, la corrupción inmobiliaria que pudo terminar en tragedia

    Arts Pedregal, la corrupción inmobiliaria que pudo terminar en tragedia

    Arts Pedregal, la corrupción inmobiliaria que pudo terminar en tragedia
    Foto: Proceso

    Imagina que un día decides ir con tu novio o novia, esposa, familia o tus amigos al nuevo centro comercial que tiene varias tiendas de lujo que venden ropa por miles de pesos, que presume una arquitectura moderna diseñada por un arquitecto reconocido, que tiene fuentes de agua, donde la gente acude para comprar la ropa que van a presumir en algún evento social.

    Puedes pensar muchas cosas, pero lo último que se te vendría a la mente es que ese complejo se vaya a caer.

    Y se cayó. Parte de uno de los edificios que componen la Plaza Arts Pedregal, que iba a ser una suerte de Antara al sur de la Ciudad de México desarrollada por el arquitecto Javier Sordo Madaleno y cuyos cálculos estructurales estuvieron a cargo de Grupo Rioboo (el que había recibido licitaciones directas durante la jefatura de gobierno de AMLO), se vino abajo pocos meses de haberse construido. No era la primera vez que eso ocurría, la construcción ya tenía varias demandas e incluso sufrió un derrumbe durante su construcción por una fuga de agua

    Afortunadamente nadie pereció en el incidente, pero cosa distinta habría sido si en ese momento el centro comercial hubiera estado abarrotado de gente, hablaríamos de una tragedia. Y la indignación se hace más grande si tomamos como antecedente el sismo del año pasado, que se caracterizó por el desplome de algunos edificios relativamente nuevos cuya estructura no había sido bien diseñada. 

    A espera de que se de una explicación concreta de las causas del derrumbe, es importante hablar sobre la corrupción y la voracidad inmobiliaria que se ha convertido en una constante en este país, donde obtener la mayor cantidad de dinero, independientemente del impacto negativo en el entorno o los riesgos que una obra pueda representar, parece ser la única prioridad. 

    Muchos de los desarrollos que se levantan en nuestro país se presumen como de primer mundo, presumen tecnologías en la construcción, incluso algunos emulan o intentan emular ciertas edificaciones de países desarrollados. En muchos casos tienen nombres en inglés para vender status, tienen espacios amplios, wi-fi gratis o vistas privilegiadas. Pero estos desarrollos terminan siendo una suerte de burbuja donde el «primer mundo» termina donde comienza la banqueta (si es que esta existe). Gracias a la corrupción y a la displicencia de las autoridades, o a unos planes parciales que no tienen mucho sentido, muchos de estos desarrollos no se integran adecuadamente al entorno donde se encuentran. 

    Así, vemos edificios de lujo donde no hay banquetas, lujosos centros comerciales a los cuales es casi imposible llegar en transporte público, edificios amontonados que no permiten el paso de la luz porque lo importante era que el desarrollo cupiera sí o sí en el terreno, desarrollos ecológicos que lo que menos tienen es sentido alguno de la ecología.

    El caso de Plaza Arts Pedregal fue más allá, porque en los casos anteriores la corrupción y la falta de sensibilidad terminaba en la puerta de la entrada del edificio. Acá se metió y derrumbó parte del propio complejo. Alguien hizo algo mal, ya sea que hayan sido quienes hicieron el diseño del proyecto, quien lo ejecutó o quienes hicieron los cálculos: posiblemente los peritajes lo lleguen a resolver. Pero el mensaje para muchos es claro: en ningún lugar nos podemos sentir completamente a salvo. Este no fue el primer caso, ocurrió también con Galerías Coapa, el Centro Comercial donde dos personas perecieron a causa de los derrumbes ocasionados por el sismo y el cual «están parchando» para rehabilitarlo a pesar de las muy probables fallas estructurales. Ocurrió también en Guadalajara donde, a raíz de los permisos dados de forma cuestionable y la poca vigilancia, Plaza Patria sufrió una fuerte inundación producto de la ampliación del centro comercial y que ocasionó la pérdida de numerosos autos y donde, afortunadamente, nadie perdió la vida. 

    La voracidad y la falta de sensibilidad con el entorno es un gran problema a todos los niveles que van desde las casas de interés social que son casi inhabitables y poco dignas hasta los desarrollos de lujo que suelen ser muy excluyentes (sobre todo si los comparamos con sus símiles de los países de primer mundo), donde lo único que importa es generar dinero a como dé lugar y donde no importa generar ciudades más vivibles e integradas; donde no importa afectar la vida «allá afuera» con tal de mejorar la vida «allá adentro» (y en el mejor de los casos). 

    El derrumbe de Plaza Arts Pedregal es tan sólo la punta del iceberg inmobiliario de nuestro país, donde cualquier cosa se vale, donde se puede amontonar lo que sea con tal de vender, donde no importan los riesgos o los demás. Fue un aviso, uno muy claro. 

  • ¿No es mi Presidente?

    ¿No es mi Presidente?

    ¿No es mi Presidente?

    En 2012 muchos decían que «Peña Nieto no es mi Presidente».

    En 2018 escucho a varias personas decir lo mismo de López Obrador. Dicen que «no es su Presidente», que «no los representa». 

    Algunos hacen matemáticas absurdas al restar los votos efectivos que ganó López Obrador a la población total del país: «Mira, la mayoría no estamos representados por AMLO». Eso, ignorando que gran parte del remanente de la población son jóvenes, niños y bebés que no están en edad de votar.

    La realidad es que formalmente sí es su Presidente y sí los representa. Pero no sólo lo es en la cuestión legal sino también si hablamos de lo que es justo. El Presidente fue elegido en las urnas por los mexicanos, y por lo cual, decir que «el Presidente no me representa» es una falta de respeto a quienes sí votaron por él, ya que lo hicieron libremente. 

    Reconocer que uno está representado por un Presidente no implica que se esté de acuerdo con él, no implica tampoco que se comparta sus valores o su ideología, menos implica que se tenga que chiflar y aplaudir. Por el contrario, se puede tomar una postura muy crítica. 

    Yo discrepo con AMLO en muchas cosas, pero reconozco que él será el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, y reconozco que Peña Nieto lo es actualmente, con todo y que creo que, si en México la justicia y las instituciones funcionaran bien, debería estar enfrentando algún proceso en su contra. Puede no representar mis valores, ni mis creencias. Pero a mí me representa formalmente ya que formalmente él es el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos y tiene, por ley, ciertas capacidades o facultades. 

    Decir: «no es mi Presidente» implica no reconocer la vida institucional de nuestro país. Es curioso ver que muchas personas adversas a López Obrador que lo criticaron por su «al diablo con sus instituciones» tomen una postura de no reconocimiento por el mero hecho de que el candidato no les gusta. 

    Pero peor para los que dicen «no es mi Presidente» es que para todas las demás naciones, nuestro Presidente es el que representa a nuestro país, él es nuestro interlocutor y él nos representa ante las instancias internacionales. Los mandatarios de otros países no van a hacer caso a quienes no estén legalmente habilitados para representarnos. Al único que tomarán en cuenta es al «Presidente que dices, no te representa» y a su comitiva. 

    También es absurdo decir que «no me representa» porque la mera representación implica que el Presidente debe de ser responsivo hacia los ciudadanos. Si el Presidente representa a los ciudadanos es porque tiene la obligación tanto formal como ética para gobernar para sus ciudadanos. Así como, en lo formal, el Presidente representa a los ciudadanos, en el mismo sentido éste debe de velar por los intereses del país y de quienes forman parte de él. El Presidente tiene derecho a representar a los ciudadanos porque éste fue elegido por la mayoría (sea relativa o absoluta) de ellos. Así es como el Presidente obtiene legitimidad por parte de la ciudadanía, unos lo eligen, los otros no, pero reconocen que sus pares (que son más) decidieron elegirlo. 

    Decir «no es mi Presidente» es un acto antidemocrático, ya que eso implica que sólo se va a reconocer al candidato que me gusta. Implica decir que mi intención de voto es la que debe de ser válida y no las intenciones de voto diferentes a la mía. 

    Por eso, aunque tengamos una postura muy crítica e incluso adversa (lo cual es legítimo) eso no implica que no se deba reconocer quién es el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos. La misma crítica se sostiene sobre el hecho de que, anteriormente, se ha reconocido, que dicho Presidente ha sido reconocido como tal.

    Tenemos un Presidente, y es el que formalmente representa a nuestro país y a los ciudadanos. 

  • Wikipolítica, la derrota sobre la cual comienza una gran victoria

    Wikipolítica, la derrota sobre la cual comienza una gran victoria

    y estaba bien categorizado de tal forma que se podía generar una narrativa
    Foto: @JuanYvesPalomar

    No fue la mañana más feliz de todas, me había ido a dormir pensando en que se revertirían las tendencias y los wikis lograrían la senaduría y uno que otro puesto más. En ese momento, el PREP ponía a Pedro Kumamoto en tercer lugar pero la brecha parecía cerrarse: – era cuestión de que comenzaran a entrar las actas de la Zona Metropolitana de Guadalajara. – Pensaba yo. Me fui tranquilo a dormir, y así como desde hace tiempo había «vaticinado» el triunfo de AMLO al grado en que ni me inmuté, casi daba como un hecho que Kuma alcanzaba al menos el segundo lugar que le diera acceso a una curul en el Senado. 

    Me desperté y vi con un amargo asombro cómo la brecha más bien se había abierto, pero no sólo con el caso de Kumamoto, sino también la elección donde participaba Susana Ochoa. Traté de explicarme qué había ocurrido, algunos amigos míos estaban devastados, una amiga que se había desvelado contando actas y solo había dormido una hora para después ir a trabajar me contaba con angustia su sentimiento, había llorado mucho; otra que había presumido un día antes su voto por los wikis estaba devastada. Al ver todo este ambiente se me salieron unas cuantas lágrimas (cosa que nunca me había ocurrido en alguna elección), me preguntaba por qué, buscaba culpables en mi mente, ¿qué fue lo que salió mal?. Ignoré el partido de México contra Brasil por completo y amenacé con sentarme frente a la computadora a escribir sobre el tema , pero sabía que opinaría con las vísceras y por eso decidí escribir el artículo hasta el día de hoy, una semana después, incluida una «peda postelectoral» en un depa en Santa Fe con unos amigos que son, como yo, apasionados de la política.

    Le había mandado a Susana Ochoa un mensaje privado expresándole mis mejores deseos tras esta derrota y tras su agradecimiento me invitó al evento que tendrían en el parque La Calma, el primero después de esa elección tan difícil. Al momento que llegué entendí por qué habían elegido esa ubicación: no es un parque que sea icónico pero tiene como característica unos árboles muy frondosos y robustos. El mensaje que querían dar era claro: hemos construido un bosque.

    A pesar de la lluvia que postergó el evento varios minutos, el lugar lució abarrotado. Ahí se encontraba toda la gente que había, de alguna u otra forma, colaborado con ellos (cosa que yo no pude hacer debido a los compromisos que tenía con el programa «Sin Comentarios» el día de la elección). Saludé a Susana Ochoa, a Bernardo Masini y a Pedro Kumamoto. No era uno de los mejores días pero no estaban cabizbajos ni derrotados, sabían que hay que seguir adelante y reconocían que en cuestiones de política no siempre se gana: en vez de lamentarse estaban ahí para agradecer a todas las personas que colaboraron. Además de ofrecer agua fresca y algunos aperitivos, también entregaron diplomas a los colaboradores y mostraron una galería. Ese evento fue una suerte de agradecimiento e incluso hasta de humildad. Saben que su movimiento está sostenido por muchas personas y había que agradecerles. 

    Los wikis tendrán una tarea difícil, pero no imposible: tendrán que mantenerse vigentes estando fuera de la política para llegar lo más fuerte posible durante los tres años que deberán transcurrir para las elecciones del 2021. Aunque creo que la derrota que sufrieron ocurrió mayormente por factores exógenos (cosas que estaban fuera de su control) sí hay algunas cosas que pienso que se pudieron hacer mejor (que mencionaré unos párrafos después). Invitaron a no criticar u atacar a los candidatos que ganaron la elección ni a quienes votaron por ellos y también reconocieron que deben de ser autocríticos con lo que hicieron o dejaron de hacer.

    En política las narrativas importan y mucho, ya que son estas (más que las propuestas o cualquier otra cosa) las que seducen al electorado. Creo que el éxito o el fracaso del movimiento tendrá que ver con la narrativa que ellos construyan en estos tres años y, sobre todo, la narrativa de esta elección. Es tentador hablar de una derrota como tal: «perdimos, estamos frustrados, no logramos lo que queríamos», es lo primero que se viene a la mente ya que es lo primero con lo que nuestras emociones inmediatas conectan, pero una narrativa nunca atrae votos ni simpatías, por el contrario. Pero dentro de este suceso hay otra perspectiva que se debe narrar, y es que cuantitativamente Wikipolítica ganó mucho más votos que los que obtuvo para que ganara Pedro Kumamoto en 2015. Visto así, Wikipolítica ha crecido considerablemente estos últimos años. Kumamoto y los suyos han ganado simpatías dentro de la comentocracia a nivel nacional así como dentro de líderes de organizaciones civiles tan importantes como el IMCO. 

    Wikipolítica
    Foto: @Clairewitzilin

    Wikipolítica no ganó ninguna elección, pero aún así creció y se hizo más fuerte. Tal vez no fue lo suficiente para contrarrestar el vendaval compuesto de coaliciones de partidos (a los cuales, de forma individual, les ganaron) y al arrastre de MORENA, pero si hablamos de crecimiento tenemos que hablar de números positivos. En los años que vienen tendrán que hacer énfasis en ello, en que el movimiento es cada vez más fuerte. Será decisión de ellos si mantienen el movimiento con el mismo formato o deciden modificarlo (por ejemplo, convirtiéndose en un partido político u otra forma de organización) pero hay argumentos para crear una narrativa positiva a pesar de lo que ahora podríamos considerar una derrota. 

    ¿Hubieran ganado se si hubieran hecho mejor las cosas? No lo sé, es difícil saberlo, pero si tuviera que hacer un diagnóstico de lo que se pudo hacer mejor haría énfasis en lo siguiente. Con esto no digo que hayan hecho una mala campaña, hay cosas que se hicieron muy bien, pero también es importante hacer notar aquellos puntos donde yo noté algunas fallas.

    1. Muchos candidatos. Creo que colocaron demasiados candidatos, lo que hizo que su esfuerzo se diluyera. Pienso que debieron apostar a 5 o 6 candidatos a lo mucho (sumando los candidatos al Senado, diputados nacionales y locales) en vez de los 16 que postularon. No sé si ellos lo hayan visto así (me atrevo a pensarlo porque yo mismo lo llegué a pensar), pero pensar que el fenómeno Kumamoto iba a potenciar por sí solo las candidaturas es un exceso de confianza. 
    2. Posicionamiento de marca. Aunado a esto, percibo que la estrategia de branding (posicionamiento de marca) no fue la mejor. En 2015 funcionó haber creado a Pedro Kumamoto como marca, pero al parecer, y por lo que me comentaron algunas personas, hubo confusión entre quienes eran los candidatos. Kumamoto estaba muy posicionado, pero no Wikipolítica. Ya que Kuma estaba posicionado, tal vez era necesario tejer la relación entre Kuma y los otros candidatos (relación que, por ejemplo, hicieron los candidatos de MORENA con AMLO) o mejores estrategias para posicionar el movimiento. Siento que hizo falta más difusión del concepto de «sembrar un bosque» que tenía potencial para más. 
    3. Catálogo de propuestas mejor definido. Una de las cosas más valiosas de Wikipolítica es su disposición a rebotar su proyecto con la sociedad civil y con los vecinos, eso es algo a lo que está muy poco acostumbrada la clase política de nuestro país. Pero si yo no hubiera asistido a estas reuniones, posiblemente no hubiera sabido bien a bien qué es lo que estaban proponiendo. Las propuestas son importantes, no como meros tecnicismos, sino porque en su conjunto ayudan a crear narrativas y le dan identidad a un movimiento o a un candidato. Wikipolítica habló de «reemplazar a los políticos» y jugó con el hartazgo, lo cual me parece bien, pero se quedó simplemente ahí. El proyecto no estaba mal en general y estaba bien categorizado de tal forma que tuviera potencial para generar una narrativa (aunque por momentos parecían ser más una organización civil que un movimiento político), pero no fue debidamente difundido. Un proyecto más sólido y, sobre todo, con una mejor difusión, le hubiera dado más sustancia a su movimiento y a sus candidaturas. 
    4. Definición ideológica. Tengo la percepción de que Wikipolítica pretende «abarcar todo» lo cual a priori se puede interpretar como un mensaje incluyente. Sin embargo, en política, e incluso en esta era etiquetada como post-ideológica, querer abarcar gran parte del espectro ideológico se presta a confusiones. Yo ubico a Wikipolítica como un movimiento de centro-ízquierda o socialdemócrata (sobre todo por la forma de pensar de quienes lo forman) pero no se termina definiendo como tal y cae en muchas ambiguedades. 
    5. Más barrio. Tal vez sería injusto achacarles esto porque en estas elecciones sí se esforzaron por conocer otros sectores sociales distintos a los suyos. Salieron a la calle en vez de centrarse en las redes sociales. Pero algo que creo que ocurre con la participación ciudadana dentro de Guadalajara (hay que recordar que ellos son, en parte, herederos de la creciente ciudadanía organizada que ha visto nuestra ciudad) es que ha faltado un poco más conocer las otras realidades, y esas parecen ser algo totalmente nuevo para ellos. Algunas personas se llegaron a sentir alienadas por esta cuestión e incluso vieron a Wikipolítica como un «movimiento de hipsters con privilegios de clase». Estos tres años será una gran oportunidad para ir y conversar con las personas de las colonias populares, aquellos que viven otras realidades distintas, aquellos que han sido cooptados por el asistencialismo de partidos como el PRI. Si lo logran, llegarán muy fuertes al 2021.

    Wikipolítica es un movimiento que tiene mucho potencial. Vaya, me atrevo a asegurar el movimiento político con mayor legitimidad en nuestro país. A pesar de la natural falta de experiencia o conocimientos en algunas cuestiones, la humildad para aceptar recomendaciones u opiniones hace que esto casi deje de ser un defecto. En lugar de mantener una postura soberbia, ellos asumen que no son perfectos, por lo cual les es indispensable escuchar y, sobre todo, seguir aprendiendo. Eso es algo que yo reconozco mucho, porque me habla de una visión completamente nueva de lo que es o lo que debe ser la política. 

    Tal vez por eso su derrota nos duela a muchos, pero el éxito está pavimentado de muchos fracasos (un fracaso que lleva consigo, como lo mencioné, un éxito que a veces podría no ser tan palpable). Yo estoy seguro que en 2015 llegarán muy fuertes. A pesar de que no ganaron nada, me llama la atención que en municipios que antes estaban muy ajenos a este movimiento como Tequila cobraron, de acuerdo al PREP, cierta relevancia. Llama la atención que, sin estructuras, le hagan ganado de forma individual a los partidos más importantes en mucho de los casos. 

    Luchar sin los beneficios del presupuesto y las estructuras es una tarea muy difícil, por eso sería una irresponsabilidad hacer creer que el movimiento se está diluyendo o debilitando, por el contrario. Wikipolítica ha seguido creciendo y estoy seguro que cimbrarán, en los años venideros, las estructuras políticas de nuestro país. 

     

  • El Mijis, las etiquetas y los prejuicios

    El Mijis, las etiquetas y los prejuicios

    El Mijis, las etiquetas y los prejuicios

    Las etiquetas (esas de las que tanto nos quejamos pero que tanto usamos) juegan un papel importante dentro de la psique humana ya que fungen como una suerte de atajos mentales que nos son útiles ya que la racionalización, si bien es mucho más precisa, suele ser más bien lenta y poco útil cuando se debe hacer un juicio o tomar una decisión donde el tiempo no es lo que sobra.

    Pongo un ejemplo: imagina que vas caminando por la calle en un barrio peligroso y, al frente de ti, caminan unos “cholos” que están tatuados, tienen aretes y camisas sin mangas que presumen unos músculos fornidos. Es imposible determinar si estos cholos en específico pueden representar un riesgo para tu integridad ya que no sabes si se dedican a proteger a su comunidad de delincuentes, o bien, ellos son delincuentes. Es imposible hacer un juicio específico de estos cholos porque no sabes quienes son, ni su historia de vida y saberlo te llevaría mucho más tiempo que el que necesites para tomar una decisión acertada. Aquí es cuando las generalizaciones o etiquetas funcionan: tú piensas que los cholos generalmente son personas violentas que ponen en riesgo tu integridad porque así lo has aprendido en tu cultura, por experiencia personal o por los medios de comunicación, y entonces decides cruzar la banqueta para no pasar donde ellos están. Aunque no puedes estar seguro si esas personas representan un riesgo en realidad, es evidente que la decisión mas sensata es evadirlos “por si llegaran a ser violentos”. Es una decisión que lleva muy pocos segundos y donde el inconsciente juega un papel muy importante (a veces al punto en que no siempre sabes a nivel consciente por qué tomaste esa decisión), por eso es que la reacción parece tener un carácter instintivo.

    Pero si bien las etiquetas suelen ser atajos mentales que en ciertas circunstancias nos pueden ayudar, también son proclives a contener prejuicios irracionales, algunos de los cuales pueden terminar afectando a terceras personas. Además, el ser humano es proclive a utilizar etiquetas llenas de prejuicios en entornos en los que sí puede ser capaz de emitir un juicio de una persona, idea o cosa mediante un proceso racional con base en los recursos que tiene a la mano. Las actitudes racistas, clasistas y xenofóbicas son claros ejemplos de como esas generalizaciones pueden llegar a mantenerse si no hay voluntad alguna por parte del individuo. Este es el caso de Pedro Carrizales “El Mijis”, el candidato a Diputado Local de MORENA que tanta polémica ha generado estos días.

    La reacción de muchas personas ante este candidato que estaba tatuado, y que se hacía acompañar de otras personas tatuadas, tuvo un alto contenido clasista y discriminatorio. Muchos se empezaron a burlar e incluso criticaron a su partido y a AMLO por permitir que se postulara a un candidato con este perfil. Pero en este caso, a diferencia del ejemplo que narré, quien hace el juicio tiene todo el tiempo y todos los recursos para poder hacer un juicio racional con base en los elementos que tiene a la mano. Basta utilizar algún motor de búsqueda o un portal de noticias para conocer la historia de esta persona y darse cuenta que aquello que para muchos es un defecto o motivo de discriminación es reflejo más bien de una virtud: un hombre que salió de graves problemas relacionados con el pandillerismo y que, a través de la política, pretende dar empleos a pandilleros para que se regeneren y se conviertan en hombres de bien. ¿Está «el Mijis» preparado para ser Diputado local? No lo sé, aunque el debate no giró en torno a su preparación, sino a su aspecto, que fue muy relacionado también con esta idea de la «amnistía a los delincuentes». 

    Las etiquetas nos ayudan cuando necesitamos tomar una decisión rápida, de vida o muerte, donde no nos podemos dar el lujo de utilizar la razón para emitir un juicio por falta de tiempo o recursos, pero es una irresponsabilidad recurrir a ellas por pereza o por la poca disposición a empatizar con las demás personas. Además, deberíamos revisar las etiquetas que utilizamos periódicamente ya que estas pueden contener prejuicios que no tienen relación alguna con la realidad: etiquetas como las de “los pobres son pobres porque quieren”, “todos los ricos son malos” y muchas otras que hemos aprendido dentro de nuestra cultura pero que no empatan con la realidad.

    Parte del combate a la discriminación está estrechamente relacionado con la deconstrucción de las narrativas que están contenidas dentro de estas etiquetas. No se debería pretender eliminarlas, sino apegarlas, en la medida de lo posible, a la realidad. Las etiquetas, en tanto que atajos mentales, suelen funcionar más bien de forma inconsciente, al punto en que algún sujeto puede emitir una opinión sobre algún tema de forma racional pero que se contradice con las etiquetas o prejuicios que operan al nivel del inconsciente. Cuando digo que debemos revisar nuestras etiquetas, eso implica que las traigamos al nivel de lo consciente para poder analizarlas y desmenuzarlas de tal forma que no se transformen en actos discriminatorios. Mientras no hagamos eso, nuestros prejuicios seguirán condicionando nuestro comportamiento y seguirán afectando a muchas personas que, sin haber hecho absolutamente nada, son discriminadas e incluso aisladas de la sociedad.

  • ¿Por qué ganó López Obrador? Primeras reflexiones

    ¿Por qué ganó López Obrador? Primeras reflexiones

    ¿Por qué ganó López Obrador?

    López Obrador será el próximo Presidente de la República, muy posiblemente gobernará la mayoría absoluta en las cámaras. 

    El triunfo del tabasqueño es algo histórico, inclusive lo es más que el triunfo de Vicente Fox en el año 2000. Vendrán muchos cambios (sean para bien o para mal) y estaremos viendo el fin de un modelo político y económico que ha prevalecido en nuestro país en las últimas décadas.

    Algunas personas casi ya lo dábamos por sentado desde algunos meses, era muy evidente que López Obrador ganaría si la oposición no lograba postular a un candidato antisistema que tuviera credibilidad. Era evidente porque, como lo dije de forma reiterada, el voto del hartazgo tiene un efecto multiplicador. Ni Anaya ni Meade entendieron el hartazgo de la gente, porque creyeron que ir a hacer campañas en escenarios cerrados y no con el pueblo era muy buena idea. 

    Muchos no lo vieron venir porque prefirieron recluirse en sus cámaras de eco, en sus burbujas, en ese México que solo existe en sus mentes. Creyeron que por medio de encuestas podían entender el clima ciudadano. Bajo este grave sesgo se plantearon las campañas electorales, el PRI comenzó con una actitud triunfalista, Anaya pensó que con discursos «tecnológicos e irruptores» se captaría el voto de los mexicanos ávidos de un cambio. No entendio, no entendieron, y lo dije en este espacio.

    López Obrador ganó merecidamente, él fue el único que entendió de que iba. Mientras Meade y Anaya estaban pálidos, López Obrador presumía una tez bronceada producto de sus mítines que fueron mayores en cantidad y menores en presupuesto. Debo reconocer la tenacidad de López Obrador quien recorrió dos veces todos los municipios del país durante 12 años. A pesar de las derrotas, el siguió, no se cayó, no se rindió, y logró llegar a la Presidencia. Es una ventaja, sí, pero de alguna forma merecida. Logró posicionar su mensaje, el cual se volvió imbatible. Hasta se dio lujo de caer en algunas contradicciones (la alianza con el PES, por un ejemplo) sin que eso le afectara en las intenciones de voto. Y mientras recorría todos los pueblos, el PRI y el PAN pensaron que bastaba con ofertas mediocres aderezadas con grandes estrategias de mercadotecnia para hacerle frente al vendaval en el que se convirtió MORENA.

    Si bien, la intención de voto hacia AMLO no fue tan ideológica como en otras ocasiones, su victoria se explica, en gran parte, a esas cosas que muchos mexicanos hemos ignorado por vivir en una burbuja y a las cuales se sumó el hartazgo generalizado hacia una clase política displicente, tan distante de los ciudadanos. López Obrador fue el único que supo o tuvo la voluntad política para hacer un diagnóstico medianamente acertado (independientemente de lo cuestionable que pueda ser el remedio). Por eso ganó y por paliza, por eso gobernará con mayoría. Porque trabajó durante años y se posicionó como el único candidato que representaba una esperanza ante el hartazgo, ante un país donde reina la injusticia.

    Si bien yo tengo serias diferencias con López Obrador, reducir su triunfo a «la ignorancia de población» o «las vísceras» es un error garrafal, además de que es una postura muy arrogante e irracional y que no permite hacer un diagnóstico certero sobre lo que ocurre en México. Ni siquiera creo que la votación a AMLO sea consecuencia de la ignorancia: votaciones irracionales o «ignorantes» pueden verse en ambos lados del espectro.

    Quienes detestan a López Obrador más bien deberían cuestionarse qué es lo que dejaron de hacer porque López Obrador es la manifestación y la consecuencia de los diversos problemas que arrastra nuestro país: un país con índices de corrupción excesivamente altos, un país con una profunda desigualdad y que no es producto del mérito sino de unas estructuras que no permite a los que están en la base de la pirámide ascender. Y si bien México no es un Estado fallido como algunos dicen, sí es un país con unas instituciones lo suficientemente débiles para que no cumplan con su función, para que quienes tienen más poder y recursos las puedan cooptar.

    Tal vez López Obrador sea una lección que nos merezcamos los mexicanos, una cachetada para que despertemos de nuestro letargo, de nuestra indiferencia. Mucha gente quiso un cambio y lo expresó en las urnas. Esa decisión se debe de acatar, se debe de respetar (lo que incluye respetar a quienes votaron distinto a nosotros, abstenerse de «culparlos» si AMLO gobernara mal o hacer juicios de valor). Nuestro papel debe de ser propositivo, debemos involucrarnos más como ciudadanos, debemos fungir como un contrapeso real en vez de esperar que el gobierno lo haga todo. 

    Algunos están llenos de algarabía, otros prevén una catástrofe. Yo me siento tranquilo, no es un resultado que me guste, pero es un resultado que asumo y que entiendo. Quiero felicitar desde aquí a Andrés Manuel López Obrador por su triunfo así como a sus seguidores, es un triunfo muy merecido. Yo y muchos otros seremos férreos críticos en aquellas cosas que no concordemos, pero también reconoceremos los aciertos que su presidencia tenga.

    Y a pesar de todo, me siento motivado, porque creo en el poder que los ciudadanos tenemos para transformar la realidad de nuestro país. 

  • Mañana vamos a votar, pero ¿qué es un voto?

    Mañana vamos a votar, pero ¿qué es un voto?

    Mañana vamos a votar, pero ¿qué es un voto?

    El día de mañana, primero de julio, los mexicanos saldremos a votar.

    Nos hemos preguntado todo, pero seguramente no nos hemos preguntado ¿qué es un voto?

    Cuantitativamente, un voto individual parecería tener poco valor. Este tiene el valor de uno entre poco más de 50 millones que van a salir a votar. 

    Para que una persona pueda estar segura de que su voto por sí mismo determinó el resultado de la elección, el resultado entre el candidato puntero y el segundo lugar tendría que ser de tan sólo un voto de diferencia. Pero aún así, los 50 millones de votantes podrán sentirse con el mismo derecho de decir que «ellos definieron la elección» ya que también el voto de cada uno de ellos vale uno. Los cincuenta millones podrían decir: «si hubiera votado de otra forma, el presidente sería otro». 

    Si al voto se le trata como «un voto individual», una persona podrá pensar que ni siquiera tiene caso irse a parar a la casilla porque su voto individual no va a definir la elección.

    Pero al final, lo que decide la elección es la suma de todos los votos. Es decir, el voto individual no define una elección, pero ese voto, sumado con todos los demás, sí la definen.

    Por esto es que el atractivo del voto reside en lo cualitativo, no en lo cuantitativo. El atractivo del voto reside en el voto mismo como expresión de un individuo que pertenece a una comunidad, y esa expresión está dada por sus valores, su forma de pensar y su visión del mundo.

    El elector no delibera su voto, como se piensa que debería ser, con base en una minuciosa comparación de las propuestas de los candidatos para determinar quién se desempeñaría de mejor forma. En realidad, el votante opta por una narrativa que vaya en consonancia con sus principios y valores. Las propuestas son parte de la narrativa, pero no son las propuestas por sí solas las que determinan el voto del elector sino lo que dicen en su conjunto y que se adhieren a la retórica del candidato y a su historial para formar dicha narrativa. El voto siempre tendrá un fuerte contenido emocional, no importa que el elector tenga mucha educación o no.

    El voto es una forma de proyectarse y reafirmarse a sí mismo en la boleta. Cuando el elector tacha uno de los recuadros, también está expresando quién es, qué piensa, qué le preocupa y qué no. Por eso es que es un sinsentido decir que los electores que van a votar por cierto candidato son ignorantes o «pendejos». En realidad, su orden de prioridades y su visión de las cosas difiere con el de los otros. Incluso muchos electores podrían optar por un autoritario o xenófobo no por ignorancia, sino porque comulgan con sus retorcidas ideas. Es cierto que hay gente que ejerce un voto más informado que otros, pero en la mayoría de los casos, la decisión tiene como fundamento las prioridades del individuo.

    Dicho esto, no podemos decir que el votante es completamente racional a la hora de elegir a su candidato. Y hasta cierto punto tiene sentido, porque en realidad es una tarea demasiado compleja determinar cómo es que va a gobernar x o y candidato. Son demasiadas las variables que están en juego como para tomar una decisión completamente racional. Las emociones y las generalizaciones funcionan entonces como una suerte de atajo para poder tomar una decisión: «López Obrador es igual a Chávez», «como es priísta, necesariamente nos va a robar». Es decir, el elector no sólo da prioridades a unas variables sobre otras (de acuerdo a su forma de pensar), sino que no las toma todas y las reduce de tal forma que tenga capacidad de interpretarlas. 

    Elecciones 2018, voto

    La sabiduría ciertamente permite tomar un abanico más amplio de variables o evaluarlas de mejor forma (diríamos que su voto tenderá a ser más razonado), pero esto no significa que el sabio termine por despojarse completamente del componente emocional, este sigue estando ahí muy presente. 

    El voto como expresión también explica por qué a una persona le puede molestar que otra vote por otro candidato. Hemos escuchado casos de familias que se han roto por esa razón, cosa que no puede explicarse desde el voto como algo cuantitativo, ya que el voto vale uno entre centenas de miles o millones. Pero sí que se puede explicar desde la perspectiva cualitativa:

    Cuando un individuo vota diferente a otro, tácitamente está expresando que tiene discrepancias ideológicas con el otro y que su escala de valores no es necesariamente igual. La intención de voto tiene un componente tribal: si bien los que simpatizan con el mismo candidato no tienen por qué pensar exactamente igual, sí tienen ciertos puntos en común que provoca que los votantes se aglutinen: los lopezobradoristas, los antiamlo, los priístas y un largo etcétera. Incluso en estos tiempos donde la carga ideológica de los partidos se ha comenzado a vaciar, los votantes siguen viendo a las opciones políticas como una forma de expresión. 

    Es, tal vez, en este sentido, que el voto tiene un valor. El votante no sólo elije individualmente a un candidato (o decide votar en contra de uno de ellos) sino que se expresa y se suma a aquellos que van a votar la misma opción y con quienes tiene varios valores o prioridades en común. Por esto es que las elecciones se suelen polarizar, porque es natural que los votantes terminen aglutinándose entre ellos y formando bandos. Termina siendo una cuestión de pertenencia. 

    En muchos de los casos (no en todos) cuando terminan las elecciones la polarización se reduce, sobre todo en aquellas personas que no son completamente incondicionales hacia alguna opción o candidato, ya que, por más incondicionales sean, son más los valores y las prioridades que tienen en común con sus pares, lo que hace que su sector se fortalezca. Los votantes blandos también forman facciones, pero estas no están lo suficientemente cohesionadas como para que sobrevivan al final de la elección. Ellos posiblemente se terminen olvidando del tema y regresen a su vida cotidiana. 

    Al final, lo que quiere el elector es un mandatario que represente de mejor forma sus valores y su visión del mundo. La narrativa tiene, por tanto, un mayor impacto en el elector que el desglose de las propuestas, ya que esto último termina siendo algo demasiado técnico y hasta «aburrido». Las propuestas funcionan en tanto puedan empatar con una narrativa con la que los electores se identifican. 

    Por eso es que, a pesar de que el voto vale solo un voto, importa tanto. El elector no sólo va a las urnas a elegir, sino a expresarse.