Categoría: reflexión

  • ¿Y quién va a ser la oposición de López Obrador?

    ¿Y quién va a ser la oposición de López Obrador?

    ¿Y quién va a ser la oposición de López Obrador?

    Lo voy a decir de una forma clara: si las cosas siguen como van en la oposición y el gobierno de AMLO no se convierte en un desastre, MORENA va a repetir en 2024.

    ¿Por qué? Porque la oposición al gobierno de López Obrador es algo lamentable y casi inexistente. Para mí lo que sucedió en la toma de posesión de AMLO resume muy bien lo que es la oposición hoy en día: a los panistas se les ocurrió sacar carteles pidiendo bajar la gasolina y el propio López Obrador les recriminó el haber votado por subirla en el sexenio de Peña Nieto. AMLO los exhibió.

    La oposición partidista, a pesar de la sacudida que recibieron y que los dejó casi en la irrelevancia, no ha logrado entender el mensaje ni el contexto. Siguen enfrascados en una forma de hacer política que fue casi unánimemente rechazada en las urnas en las elecciones federales. Otra muestra de ello es el spot que el PAN acaba de sacar donde compara a López Obrador con los líderes autoritarios históricos que van desde Hitler hasta Chávez; la misma estrategia que no funcionó en lo absoluto en la campaña:

    La oposición partidista cree que va a lograr crear un movimiento de oposición por medio de mensajes acartonados, que no dicen nada, que son creados por agencias de comunicación y que son pronunciados por políticos tibios, falsos y oportunistas que en todo el sexenio de Peña Nieto no se comportaron a la altura de lo que una oposición debe ser ¿por qué pensar que las cosas van a ser diferentes esta vez?

    López Obrador, mal que bien, tiene ideales y es en cierta forma congruente con ellos (que sea o no congruente con sus mensajes hacia la opinión pública es otra cosa) a diferencia de la gran mayoría de los políticos ahora de oposición que creen poderse mover, despachando desde sus oficinas aisladas del resto del país, dentro de un mar de pragmatismo político excesivo movido por las meras conveniencias y aspiraciones personales. Que AMLO tenga ideales claros y ellos no, los deja en una clara desventaja y casi fuera de competencia.

    Pero hasta el momento, dentro de la sociedad civil las cosas no se ven mucho mejores. Es cierto que ha habido marchas para oponerse a las decisiones de AMLO, pero no hay un hilo conductor ni parece haber una buena articulación. Parece más bien un colectivo de gente cuya coincidencia es el desdén hacia la figura de López Obrador, el miedo a que México se convierta en Venezuela y un discurso no rebasa por mucho lo que uno puede leer en los chats de los familiares de Whatsapp. No se percibe al menos en el corto plazo que vayan a surgir liderazgos políticos de éstas y tampoco hay actualmente líderes que le den forma y contenido político a estas marchas. Las entrevistas que realizó el periodista Hernán Gómez (con todo y el sesgo que pueda haber dada su simpatía con López Obrador) me parece que refleja muy bien esto.

    También se ve difícil que estas marchas vayan a generar masa crítica ya que sus formas son más propias de una minoritaria clase acomodada de clase media-alta y alta que hasta este momento solía tener una postura más apática hacia lo público (y que se puede palpar en la forma en que llevan a cabo las marchas). El hecho de que vayan vestidos de luto en un país donde hay muchas más razones de peso para vestirse así genera rechazo en un sector importante de la población.

    Estas marchas parecen no tener el expertise ni sus integrantes parecen estar lo suficientemente politizados como para profundizar en las demandas que le plantean a López Obrador y articular un discurso en el cual los opositores a López Obrador puedan sentirse integrados. Por el contrario, en el colectivo se siente como si solo representaran a una minoría (producto de su inexperiencia al tratar de entender y empatizar con el «México mayoritario», lo cual podría alienar a quienes no simpatizan con AMLO pero que no se sienten identificados con estas marchas). No son pocos los que han dicho en las redes que se puede estar perfectamente en contra de AMLO pero también de estas «marchas fifí». 

    Tal vez las organizaciones que representan al sector civil y el privado puedan hacer una mejor tarea ya que tienen más organización y más conocimiento de lo político. Las cámaras empresariales como la Coparmex (que mantuvo una postura de oposición al gobierno de Peña Nieto en los últimos años y que es, a mi parecer, la única cámara que tiene un sentido social) y las organizaciones como el IMCO o Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad podrían articularse de mejor forma e ir creando un frente de oposición.

    Pero, con independencia de la sociedad civil, es necesaria una oposición política. ¿De dónde van a surgir los nuevos liderazgos? Es casi una obviedad que es cada vez menos probable que surjan de las fuerzas políticas tradicionales. ¿Serán necesarios nuevos partidos? ¿Podrán movimientos como Wikipolítica lograr articular algún movimiento de oposición y desde ahí ingresar al poder político como lo intentaron sin éxito en las elecciones pasadas? Gobernadores como Javier Corral y Enrique Alfaro (por su cuenta y no producto de sus partidos) parecieron ejercer una forma de liderazgo como gobernadores, sobre todo por los superdelegados que les restaban poder. Pero López Obrador ya se ha dado a la tarea de neutralizarlos al darles ciertas concesiones. 

    Lo cierto es que este gobierno necesita una oposición, y en medio de un presidente muy dado a basar su legitimidad en narrativas y simbolismos, en tanto la oposición no encuentre una narrativa convincente, se va a ver rebasada. Pero lo cierto es que no se ve donde se encuentra esa oposición y por dónde pueda surgir. Está muy desarticulada y López Obrador y los suyos sienten que están casi en un día de campo.

  • No, López Obrador no está tonto

    No, López Obrador no está tonto

    Foto: Azteca Noticias

    Diré algo políticamente incorrecto: aunque pueda no tener gran conocimiento en algunas cuestiones, AMLO es una persona sumamente inteligente y con mucho oficio político.

    La gente que hace juicios y análisis bajo el falso supuesto de que es ignorante o es una persona tonta porque habla lento o porque obtuvo calificación de 7 en su carrera de ciencias políticas, está haciendo una mala lectura porque está partiendo de un supuesto falso. Es absurdo pensar que un presidente, que es un político de carrera, no se dé cuenta de lo que todos nos damos cuenta (todo eso que parloteamos a cada rato en las redes sociales), menos teniendo asesores, a todos los medios encima, y diferentes actores tratando de cabildear o influir en su opinión.

    Hay algunas decisiones que nos pueden aparecer aberrantes o engañabobos, pero esto ocurre porque en muchos de los casos no se está dirigiendo al público que lo critica, sino al otro, al de sus fieles seguidores que es al que debe mantener contento porque es en donde basa su legitimidad (la consulta es un gran ejemplo de ello). Muchas decisiones me parece son equivocadas desde lo económico, pero no necesariamente lo son desde lo político; y López Obrador está privilegiando lo político sobre lo económico, al menos al inicio de su mandato. Un ejemplo es el aeropuerto, a muchos de nosotros nos parece, desde nuestra lógica, un craso error, y pienso que desde el terreno económico y comercial lo es. Pero si se ve desde la perspectiva donde necesita fortalecer a ese sector que simpatiza con él, y cuya existencia (debido al tamaño y a la fidelidad) puede bastar para poder gobernar, las cosas pintan un poco distintas. 

    Luego, muchos decimos que varias decisiones que está tomando (sobre todo aquellas que afectan el comportamiento de los mercados) se hacen bajo un supuesto de irracionalidad. ¡Pero claro que AMLO entiende las consecuencias, los costos y beneficios! Máxime que tiene economistas que le asesoran, aunque muchos digamos que muchas de sus decisiones no sean buenas. AMLO sabe que sus decisiones tienen un impacto en los mercados y está asumiendo el riesgo. Claro que sabe lo que todos vemos, con todo y que en su gobierno haya mucha improvisación y mucho trabajo a marchas forzadas (en gran medida, porque se trata de un equipo nuevo dentro de un partido recién formado que todavía no termina de cohesionar, donde todos tratan de meter su cuchara y que busca crear un cambio de paradigma en lo económico).

    Los riesgos de los que muchos hemos alertado (y que no tienen que ver con un supuesto parecido con Chávez) no son producto de su falta de inteligencia, sino de su necedad que le puede llevar a tomar decisiones equivocadas (ser necio no está peleado con la inteligencia, incluso hay quienes se sirven de ella para ser necios) y de ese atrevimiento para supeditar lo económico a lo político.

    Podrás argumentar que AMLO está idiota porque habla lento, repite lo mismo o porque en algunas de sus propuestas económicas no les salen las cuentas, pero no se convirtió en el líder social más importante de los últimos 20 años de la nada, es el único político que tiene una base de fieles que no le cuestionan nada, ahí te tiene repitiendo sus mismas frases una y otra vez: aunque seas opositor conoces y has usado términos como fifí o mafia del poder. Una mente promedio no logra eso, una persona «cualquiera» no logra desde la nada, llegar a la presidencia siendo el político más importante y reconocido de México. Estamos hablando de quien fue el líder social más importante dentro de un país que tiene más de cien millones de habitantes. Sinceramente, no creo que eso sea producto del azar. 

    Por eso, los análisis que hagamos a partir de hoy, no deberían de partir del supuesto de que AMLO es alguien tonto o que no es inteligente. De hacerlo, el nivel de nuestras críticas no serán más elevados que el chat de los tíos de Whatsapp. 

  • No son buenos tiempos para ser violador ¡y qué bueno!

    No son buenos tiempos para ser violador ¡y qué bueno!

    No son buenos tiempos para ser violador ¡y qué bueno!

    No son buenos tiempos para ser violador ¡y qué bueno!

    Aquellas personas que en algún momento violaron o abusaron de una mujer, jamás pensaron que en un futuro relativamente cercano (o tal vez ni tan cercano) sus historias iban a ser exhibidas en público y que su reputación iba a caer hasta el piso. Varios de ellos afirman que es algo injusto porque es algo que «ocurrió hace tiempo», aunque poco meditan sobre la injusticia que sufrió la víctima que vio por tanto tiempo a su victimario impune.

    Creyeron que la impunidad con la que habían gozado era vitalicia, que como en su momento no sufrieron consecuencia alguna entonces ya se habían zafado del problema. Algunos de estos hombres han quedado arruinados, otros han sido despedidos de sus puestos de trabajo o, cuando menos, han sido señalados y, a raíz de esto, su vida no volverá a ser la misma. Insisten que es injusto porque, dicen, no están tomando en cuenta si el otrora victimario cambió, pero la realidad es que si las cosas siguieron su curso normal es porque no hizo nada por resarcir el daño que dicho victimario causó.

    Las propias estructuras sociales se han agitado a raíz de esta ola donde muchas mujeres se empoderaron. También han exhibido cómo muchas instituciones, universidades, empresas o dependencias de gobierno toleraban este tipo de conductas y cúan normalizadas estaban. Al menos, las barreras de entrada para atreverse a violar a alguien serán más altas (ya nada puede garantizar impunidad vitalicia). Las mujeres están cada vez más acostumbradas a exhibir sin pena que fueron víctimas de un acoso o violación, orque recordemos que en nuestra sociedad la mujer violada siempre había sido estigmatizada y señalada como impura. 

    No importa si el acto ocurrió hace 6 meses, hace 2 años o incluso hace 10 años. En algún momento las mujeres decidieron agarrarse los ovarios para hablar de aquellos casos que las habían marcado de por vida. Al ver que otras lo estaban haciendo se motivaron a hacerlo: el hombre que las emborrachó para violarlas, el hombre que las chantajeó sexualmente. Algunas incluso exhibieron la complicidad de la gente cercana, de las autoridades que sabían y no habían hecho nada o que incluso protegieron al victimario ya que éste era una persona importante o tenía un puesto de poder dentro de dicha organización. Esas historias que habían quedado enterradas en lo oscuro, por miedo incluso de las propias mujeres de que fueran estigmatizadas, ahora están saliendo a la luz, la caca sale a flote.

    Nota al pie:

    También es cierto que no deja de ser genuina la preocupación de quienes temen que haya quienes se aprovechen de esta ola para vertir falsas y deliberadas acusaciones con la intención de perjudicar a otra persona que, en realidad, es inocente, ya que se está confiando en la palabra de quienes se presentan como víctimas y nada más. Es natural que se le dé mucho peso a la versión de las mujeres porque son quienes han estado en desventaja en este asunto, pero ¿qué pasa si una mujer quiere acusar a su ex novio de violador porque le tiene resentimiento? ¿cómo corroborar si la mujer está o no mintiendo? 

    También se puede dar el caso que una acusación de acoso o violación se pueda atribuir a un problema de comunicación: por ejemplo, que una mujer no se haya sentido cómoda en una relación sexual porque el hombre fue agresivo a la hora de la penetración o no le agradó la forma en que la «conquistó» pero que el hombre no se haya percatado de eso (por tanto no haya tenido nunca la intención de abusar), y ella lo denuncie públicamente como abuso sexual.

    Estos movimientos también deberían atender estos problemas. Señalar a quienes se quieran colgar de la causa para dañar a un tercero, o que la mujer pueda determinar de forma objetiva que fue violada, que el hombre haya tenido una intencionalidad explícita y no quede en interpretaciones subjetivas vagas que pueden ser atribuibles a problemas de comunicación dentro de los dos involucrados. 

  • Fifís contra chairos

    Fifís contra chairos

    Fifís contra chairos

    Bastó la organización de una marcha para ver cuán polarizado está nuestro país.

    Algunas personas me insistirán en que López Obrador ha polarizado a la nación. No estoy completamente de acuerdo con esa aseveración porque creo que más bien lo que ha hecho es explotar la polarización ya existente, no crearla.

    Quienes dicen eso están aseverando de forma tácita que nuestra población anteriormente estaba unida. ¡Nada más falso! En nuestro país existen dos realidades completamente diferentes y para entenderlas tendríamos que irnos hasta atrás, muy atrás. Tal vez a los tiempos de la colonia.

    La polarización está latente y solo le hace falta una chispa para manifestarse. Está latente en un país donde el color de piel llega a predecir en cierto grado el poder adquisitivo del individuo. Está latente en un país donde la desigualdad es abrumadora y donde la movilidad social es escasa. Quien ignore este problema estructural está siendo intelectualmente irresponsable. 

    ¿Pero saben? Me da gusto que la gente de clases acomodadas se manifiesten. 

    Y me da gusto que se involucren en lo público y que entren a un terreno que les era desconocido. Y considero que en este caso tienen razón en la mayoría de las peticiones que hicieron. Considero acertada la crítica a las consultas a modo de AMLO y considero que el aeropuerto de Texcoco no debería cancelarse.

    El problema, lo que genera indignación no es, creo yo, el mero hecho de la protesta, sino que la gente de arriba sale a la calle con su cosmovisión del mundo, una que pertenece a un México que le es muy ajeno a los demás, y eso se hace palpable.

    Por ejemplo, el hecho de que salieran vestidos de negro a muchos nos generó conflicto. Muchos se cuestionaron por qué entonces muchos de ellos no salieron para manifestarse en contra de la violencia o la matanza de los estudiantes de Ayotzinapa. Tal vez esa pregunta se responda con el hecho de que varios de quienes pertenecen a las clases acomodadas sienten ajeno el otro México (y no quiero generalizar, porque me consta que, al menos acá en Guadalajara, si vi a una que otra persona «privilegiada» sumándose a la marcha por el asesinato de los estudiantes).

    Cierto que hubo quienes salieron con unas pancartas muy desagradables que iban contra la caravana migrante. Pero también es cierto que era una ridícula minoría, y me parece injusto juzgar a toda una marcha por lo que hacen unas pocas personas. Igual de injusto que cuando se decía que las marchas de este sexenio eran violentas por lo que hacían algunos pocos porros (tal vez hasta pagados por el gobierno). De igual forma también otros pidieron no polarizar a la sociedad (aunque ya está polarizada de antemano). 

    En una sociedad tan polarizada como la mexicana, es natural que este resentimiento recíproco se manifieste. Son pocos los puentes tendidos entre los dos Méxicos. Los de arriba son vistos como aquellos privilegiados que no obtuvieron su riqueza por mérito sino por la tranza y la corrupción, los de abajo son percibidos como inadaptados, vagos, güevones y tal vez hasta como delincuentes. Tal vez esas calificaciones sean injustas, pero en un estado de las cosas así es muy fácil que alguien explote esta división.

    Por eso lo más común es el señalamiento de incongruencias en ambos bandos: unos critican que adoraban la libertad de expresión cuando AMLO bloqueó Reforma y ahora critican una protesta porque no están de acuerdo con ella. Otros critican que les valía madre lo que ocurría en el país y se la pasaban criticando las protestas e incluso pedían que se regularan, y ahora insisten en la «participación de la sociedad civil». Posiblemente ambas acusaciones tienen algo de verdad, y son producto más que nada de la misma polarización social, de los dos Méxicos que son tan ajenos. Pero creando una etiqueta binaria para confrontar a las dos entidades no va a ayudar en nada, por el contrario. 

    La realidad es que el conflicto solo se va a terminar al momento en que se tiendan puentes entre los dos Méxicos de tal forma que las fronteras se vayan difuminando y tengamos un solo México. Pero esto implica ir contra parte de nuestra cultura e idiosincrasia, contra nuestros prejuicios históricos, y ello es muy difícil de desterrar. Pero la realidad es que una sociedad tan profundamente dividida tiene menos posibilidades de crecer y desarrollarse que una cuyas divisiones sean más tenues y donde exista comunicación entre las distintas clases sociales (que, por consecuencia, son menos desiguales). 

    El problema es que tender puentes también implica ceder y comprometerse, reconocer que ciertas actitudes y acciones perjudican a los demás y cambiar la conducta y ciertas prácticas. Implica también reconocer conductas muy normalizadas, implica tener un mejor control de las emociones (ya que cuando el individuo se vuelve esclavo de sus pasiones, tiene más razones para odiar y dividirse). Pero sobre todo, y lo que es más difícil de todo, implica tener la voluntad de hacerlo. 

    Dejemos de ignorar el problema, dejemos de decir que la división es una creación de López Obrador, dejemos de hacer como que no pasa nada y dejemos de pensar que no tenemos ninguna responsabilidad. Dejemos incluso de dejar de reconocer que esta división y estos prejuicios afectan incluso a los de arriba (aunque no lo reconozcan) y que por ello se atrincheran dentro de muros, vallas perimetrales y vigilancia. Si esta profunda división sigue, bastará cualquier chispa para que se prenda y para que se destruya la paz, y ahí perdemos todos.

    Y si eso pasa, y si no hicimos nada, entonces no nos quejemos. 

  • Por el bien de todos, primero los Forbes

    Por el bien de todos, primero los Forbes

    Por el bien de todos, primero los Forbes

    Me parece a veces que somos un país un tanto extraño. Pareciera que las prioridades están al revés, que lo que es menos importante es más importante que lo más importante y viceversa.

    Me llama la atención, por ejemplo, que en Guadalajara haya sido más mediática la noticia donde unos jóvenes gratittearon un vagón de la nueva línea del Tren Ligero (hasta el alcalde terminó haciendo un video con ellos para mostrarse jovial y comprensivo) mientras que la noticia donde cinco indigentes fueron asesinados en distintos puntos de la ciudad con una piedra mientras dormían pasó desapercibida. ¿Por qué un vagón, que es eso: un vagón que puede limpiarse, nos parece más importante que la vida de 5 personas que fueron asesinadas impunemente? ¿Por qué incluso las autoridades le prestan más atención al vagón?

    Pero de la que quiero hablar hoy es de la marcha para salvar al aeropuerto de Texcoco. Ustedes saben que yo siempre he estado a favor del aeropuerto de Texcoco, pero la marcha que quieren realizar en la CDMX, al menos como la están planteando, se me hace un absurdo. Y ojo, al criticar esta marcha no estoy poniendo en entredicho su libertad de expresarse, tienen derecho a hacerlo. Pero lo que se me hace esquizofrénico es que pidan ir vestidos de luto. 

    ¿De luto, de verdad?

    ¿En un país donde hay muchas más razones para vestirnos de luto?

    ¿En un país donde muchas familias y comunidades son destrozadas por la violencia y el narcotráfico?

    ¿En un país donde los periodistas son asesinados cada rato?

    ¿En un país donde mujeres y niñas son violadas y asesinadas y donde la noticia se pierde dentro del mar de la cotidianeidad?

    Y si bien considero que el aeropuerto de Texcoco no debería de cancelarse, en la marcha no parece proponerse nada para combatir la corrupción que hay en ese proyecto como revisar los contratos ni mucho menos de pedir que el impacto ecológico sea el menor posible. Me parece más bien un desplante de «es que el aeropuerto está chido, lo diseñó Norman Foster».

    La otra vez comenté en mis redes sociales sobre la responsabilidad que tenían las cúpulas empresariales en la cancelación del aeropuerto. Dije que nunca se habían molestado en socializar bien el proyecto, que parecía que se estaban hablando entre ellos mismos al hablar de términos que la mayoría de la población ni siquiera usa. Fue el colmo que para defenderlo lo hicieran en una reunión de banqueros y no en la obra, junto con los empleados y los trabajadores (que perderán sus trabajos).

    La marcha parece volver a exhibir lo mismo, una clase alta que parece desconectada del resto de México, el «mexiquito» que es ajeno a los problemas del «mexicote» (como diría Ricardo Raphael), que vive en su burbuja, que pocas veces sale de su microcosmos que compone Polanco – Lomas – Santa Fe, donde a López Obrador, muy astuto, no se le ocurrió poner ninguna casilla. De forma injusta AMLO no les dio voz porque ya sabían cómo iban a votar, pero los organizadores de la marcha parecen empecinados a darle la razón: sí, vivimos en una burbuja, por eso es que nos vestimos de luto cuando van a cancelar una «obra chingona» y no por todos los desaparecidos y asesinados.

    Tal vez por eso esta marcha ha recibido más bien burlas y críticas (incluso de varios que, como yo, preferimos el proyecto de Texcoco al de Santa Lucía), porque parece ser una manifestación complaciente, porque con sus atuendos de luto los único que comunican es que desconocen la realidad de las mayorías. Tal vez por eso se entiende que muchos prefieran a AMLO que a los empresarios, porque como sea, AMLO de menos sabe como comunicarse con las masas, para las cúpulas empresariales parecen más bien no existir. Tal vez por eso gran parte de los mexicanos asocia a los empresarios con la corrupción y, por eso, es escéptica ante este tipo de marchas que consideran buscan salvaguardar sus intereses. 

  • Bolsonaro y el arribo de la ultraderecha posmoderna

    Bolsonaro y el arribo de la ultraderecha posmoderna

    Bolsonaro y el arribo de la ultraderecha posmoderna

    Al mundo se le acabaron las narrativas.

    Tal vez sea la primera vez en varios siglos de historia en que las grandes narrativas, esas que le daban sentido a la vida de los seres humanos y que les ayudaban a explicar el mundo del cual eran parte, brillan por su ausencia en Occidente.

    Las dos narrativas más predominantes en nuestra región: las del cristianismo y el liberalismo, están cada vez más debilitadas; intentan sobrevivir ante esta vorágine que no solo se explica por los cambios políticos sino los económicos y los ideológicos que influyen en el tejido social, cambios que han dejado al mundo político, que sigue aferrado a una era industrial que ya no existe, completamente rebasado y que no ha hecho otra cosa más que improvisar sobre la marcha.

    Bolsonaro es una reacción a este complejo problema. El resumen sencillo y superficial (aún así válido) es el fracaso del régimen socialista que derivó en una crisis económica, de inseguridad y de corrupción. El más complejo es uno donde la gente ya no tiene una narrativa a la cual aferrarse porque las que había han quedado rebasadas y porque en este mundo tal acelerado, donde todo avanza rápido, y donde el individuo ha aprendido a ser escéptico ante todo y ante cualquier cosa, ha sido casi imposible crear una nueva o ya siquiera modernizar las que todavía no acaban de morir.

    Como dice Yuval Noah Harari, el individuo no interpreta el mundo a través de datos y hechos, sino a través de narrativas e historias. La religión le ha sido muy útil al individuo por mucho tiempo ya que lo simbólico le ha ayudado a interpretar al mundo. Cualquier persona sensata sabe que Jesús no convirtió de forma literal el agua en vino, pero sabemos que dichas historias guardan moralejas que le han servido a la gente para relacionarse con su entorno y para tener una estructura de valores éticos y morales. Luego vino el comunismo con su promesa de crear un mundo completamente justo e igualitario y, a su vez, el liberalismo creó una narrativa en torno a la libertad, el progreso y un futuro promisorio. Hoy no existe ninguna grande narrativa que le dé forma a la sociedad occidental.  Lo que hay en su caso es una antinarrativa que mira con ojos escépticos cualquier cosa que parezca una narrativa: la desmenuza, la interpreta y la deconstruye, pero no forma nada nuevo con aquello que desmenuzó. Esa narrativa pareciera ser por sí sola una narrativa, pero a la vez no lo es porque carece de fondo más allá de su carácter crítico y escéptico.

    La era posmoderna le dijo adiós al cristianismo, al liberalismo y al propio comunismo. Prometió la emancipación al individuo, la libertad de interpretar el mundo a su manera y bajo sus propias creencias sin necesidad de definirse como algo. 

    Lo que hay ahora son más bien pequeñas narrativas muy concretas y que no son necesariamente universales. Ni siquiera los movimientos relacionados con la izquierda como el feminismo, los colectivos LGBT, los ecologistas o los animalistas forman parte de una narrativa más grande.  Estos buscan deconstruir las grandes narrativas (o lo que queda de ellas) para resolver problemas muy concretos y relacionados con su causa. Las grandes religiones en Occidente, por su parte, dan paso a pequeñas iglesias (el propio Brasil es un claro ejemplo de ello) las sectas o al eclectisimo religioso sin ignorar el creciente agnosticismo y ateísmo.

    Bolsonaro no es nada ajeno a los influjos posmodernos (y lo mismo se puede decir de Trump o Putin). El virtual Presidente de Brasil, a diferencia de los fascistas con los que se le compara (de forma un tanto exagerada creo yo). no propone ni defiende narrativa alguna. Su postura, por más autoritaria que sea, está desprovista de un contenido ideológico concreto. Es homofóbico, misógino, cree en la tortura y en el libre mercado, pero no narra nada en concreto, no hay sustancia alguna. Por esto es que, a pesar de su ultraconservadurismo en cuestiones sociales, muchos brasileños que están a favor de estas causas sociales de las que él se burla votaron por él. Pareciera que estas posturas conservadoras son más bien contingentes y no esenciales, por eso muchos decidieron pasarlas por alto porque, además, ven la economía y la seguridad como algo más prioritario porque tienden a ser soluciones más básicas. En realidad no hay más esencia que la resolución de problemas muy concretos que tienen que ver con la crisis económica, política y de seguridad que vive el país.

    El surgimiento de personajes como Bolsonaro, Trump o López Obrador no son una salida al problema posmoderno, sino una exacerbación de éste. Al no existir narrativa alguna, no queda de otra que buscar soluciones pragmáticas e inmediatas. Por eso es que es muy difícil vaticinar como podría ser nuestro futuro (incluso el relativamente inmediato), porque vivimos en un mundo tan líquido, donde las innovaciones tecnológicas cambian día a día el entorno y las condiciones bajo las que nos movemos y donde amenazan hacerlo más con la tecnología artificial y el advenimiento de eso que llaman «la singularidad». 

    No sabemos siquiera si surgirá una nueva narrativa o más bien es que el dejarlas del lado sea una suerte de paso evolutivo de nuestra especie. El mundo actual, sobresaturado de información, es tan incierto, que no nos da siquiera un respiro para detenernos y terminar de analizar qué es lo que está pasando.

  • El niño de López Obrador

    El niño de López Obrador

    ¿Hasta donde es ético y moralmente aceptable criticar a una persona?

    Si alguien ha sido objeto de fuertes críticas en estas últimas semanas es el hijo de López Obrador.

    ¿Puede ser el hijo de un Presidente, por su corta edad, objeto de críticas y burlas? ¿Puede serlo aún cuando éste no haya hecho o dicho nada que pueda molestar a los gobernados? 

    Las críticas no tienen que ver con su dudoso comportamiento, ni mucho menos recuerdo que le haya dicho «esa prole» a los críticos ni que haya respondido críticamente a los que critican (criticamos) las decisiones de su señor padre. Las críticas tienen que ver con su aspecto físico o el color de su pelo.

    Las críticas que se vertieron sobre Paulina Peña y la familia Peña Nieto tenían que ver con actos que indignaban a la población. Declaraciones despectivas, comportamientos arrogantes o lujos excesivos son los que motivaban las críticas. Y estoy consciente de que algunas de esas críticas eran demasiado duras y viscerales. 

    Pero ¿es válido burlarse de un niño quien, por cierto, parece representar lo opuesto de lo que representaba la familia Peña Nieto? Un niño quien no se caracteriza por derrochar elegancia y para el cual la imagen personal no tiene importancia, que se ve desaliñado, que se pinta el pelo a veces de amarillo o a veces de otro color, que tiene algo de sobrepeso. Vaya, como cualquier niño de clase media no muy acomodad de nuestro país. 

    Es cierto que criticar a quienes ostentan el poder es algo sano, a veces funciona como catarsis y ayuda a humanizar a quienes en otros tiempos la gente veía como autoridades superiores a quienes se tenían que respetar a pesar de que fueran corruptos o abusivos. Pero ¿acaso Jesús Ernesto ha utilizado la posición de poder de su padre para llevar a cabo actos o afirmaciones que pueda molestar o indignar a la gente?

    Si no ha sido así, porque hasta el día que escribo esto eso no ha ocurrido ¿de todos modos no importa si estas burlas directas hacia su persona o su apariencia puedan afectar su psique? ¿Es válido burlarse de él de una forma en la que no nos burlaríamos de otros niños tan solo por ser el hijo de un Presidente (electo) con el que no simpatizamos? ¿Es justo que él pague los platos rotos por las incongruencias de su padre y vea, cuando entra a las redes sociales, memes, burlas o insultos hacia su persona, insultos que pueden traducirse en bullying no solo en redes sino en su escuela? ¿Por qué la integridad de un niño tiene que importar menos por el hecho de ser hijo de un Presidente?

    Tanto tuiteros, usuarios de redes sociales y hasta algunos de esos periodistas deberían molestarse, aunque sea un poco, en contestar estas preguntas en vez de dejar llevarse por lo cómodo y lo cotidiano.

     

  • Activistas al gobierno

    Activistas al gobierno

    Hace diez años o poco más, surgió en Guadalajara una ola de participación ciudadana que poco a poco comenzó a incidir en lo público. Temas como movilidad, combate a la corrupción y muchos otros se pusieron sobre la mesa y entraron a discusión gracias a la presión y a la labor de este activismo por parte de jóvenes que comenzaron a conocer ese mundo desde la universidad. 

    Poco a poco, este activismo comenzó a influir en las estructuras sociales y públicas con el objetivo, sobre todo, de convertir a la capital de Jalisco en una ciudad donde se pudiera vivir de mejor forma. El resultado de su chamba se puede ver en la cotidianeidad de la ciudad.  Las ciclovías, la Vía Recreactiva, e incluso los puentes que el propio gobierno establece con la sociedad civil como las glosas ciudadanas que ha organizado. La participación ciudadana ha influido en una ciudad otrora conservadora, que junto con un creciente crecimiento de las industrias creativas y tecnológicas, ha cambiado el semblante de la ciudad de una más tradicionalista a otra más bien horizontal donde las ideas, la creatividad y la innovación confluyen.

    Pero así como hemos visto el crecimiento del activismo y la sociedad civil, también hemos testigos de que, de forma progresiva, algunos de los miembros que la conforman terminan formando parte del servicio público. Y ante esto, surge cierto recelo.

    Es entendible, ya que una de las formas de operar que tuvo el régimen del partido único, sobre todo después de la matanza del 68, fue la absorción de líderes sociales dentro del gobierno para así neutralizar las amenazas que las sociedad civil representaba. 

    Pero también es cierto que ya no estamos en 1968, también es cierto que la realidad del México de ese entonces era distinta a la realidad del México actual. En realidad, la decisión de involucrarse en el servicio público (el gobierno) ya poco tiene que ver con la intención de desarticular a la sociedad civil sino con la inclusión de perfiles que se creen podrían desempeñarse de buena forma. Y es que una de las ventajas del perfil del activista es la especialización en la causa social que defiende. Si un gobierno está interesado en mejorar la movilidad de la ciudad, sabe que si dentro del activismo existen perfiles destacados, habrá una motivación para invitarlos a ser parte de su equipo.

    ¿Y tiene eso algo de criticable, que un activista decida «entrarle»? Lo criticable en todo caso sería no el hecho en sí, sino las motivaciones para decidir entrar al gobierno. Sería criticable, desde mi punto de vista, que alguien tan solo haya utilizado al activismo de aparador con el propósito de entrar al servicio público; sería criticable si el acto de entrar al gobierno representara una incongruencia: por ejemplo, que alguien que deteste al PRI y denuncie su corrupción deje seducirse ante la primera oferta y termine emulando las prácticas que criticaba. 

    Pero en realidad, que un activista entre al servicio público en sí no tiene nada de malo. En muchos casos puede terminar siendo algo muy benéfico.

    Decía yo que los perfiles ciudadanos (por llamarlos de alguna forma) generalmente suelen especializarse en aquello que defienden o saben hacer. Quienes han estado involucrados en movilidad lo han estado porque el tema les apasiona. Por eso mismo suelen especializarse, leen mucho sobre el tema y, en algunos casos, hasta toman diplomados, especialidades o posgrados en el tema. Una de las ventajas es que, evidentemente, al estar dentro de gobierno se tiene más margen de maniobra para incidir, ya que tienen más recursos a la mano para llevar a cabo los cambios que desean.

    Los perfiles ciudadanos también pueden ser muy útiles en aras de renovar la política. Estos, a diferencia del político de carrera, no crecieron bajo los antiguos paradigmas y podrían ayudar a crear una política más horizontal y programática, más alejada del corporativismo y el asistencialismo que tanto ha caracterizado a la política de nuestro país. 

    Evidentemente el activismo y el gobierno son plataformas muy distintas para incidir en lo público. La limitante del primero suelen ser los recursos y en el caso del segundo el problema principal tiene que ver con el poder. Al entrar al gobierno, el otrora activista se dará cuenta que la dinámica es diferente a la que conocía, que el poder es la moneda de cambio dentro del servicio público y que requerirá algo de éste para poder impulsar esa agenda que impulsaba desde la ciudadanía. Tendrá que saber conciliar, dialogar con los distintos actores de una forma en que tal vez nunca lo había hecho, saber llegar a acuerdos y, en algunos casos, ceder con el fin de lograr su objetivo. Todo esto le requerirá el desarrollo de otras habilidades y pasar por una curva de aprendizaje. 

    Dicen que el poder no corrompe a la gente, sino que la muestra tal cual es. Si un activista se corrompe al entrar al servicio público es porque posiblemente desde antes no tenía las mejores intenciones o que su sistema de valores ya era lo suficientemente endeble. Creo que la inclusión de algunos activistas dentro del servicio público puede ser una buena noticia dentro de un sistema político que ha sido más bien muy cerrado y hermético, pero de la misma forma es deseable que la cultura de la participación ciudadana siga creciendo. Si la participación ciudadana sigue creciendo como entidad independiente del gobierno y si algunos de sus miembros se involucran de forma progresiva, posiblemente logremos ver una transformación de la política más horizontal, donde los ciudadanos estén acostumbrados a rendir cuentas a sus políticos y éstos, al haber estado en el otro lado de la cancha, entiendan de mejor forma esta dinámica y tengan una mayor facilidad para tender puentes entre gobernantes y gobernados.