Algo que también me da tristeza ver es el papel de muchas de las plumas, opinólogos e intelectuales durante este sexenio. Y de ambos bandos.
A veces es buen ejercicio ver el papel que juegan dichos intelectuales ante un cambio de régimen. Evidentemente, su postura no tiene por qué ser exactamente la misma ya que, por lo general, tendrán más afinidad ideológica con un régimen que con el otro. Pero ello no implica privarse de cualquier tipo de crítica ni comprometer su calidad como intelectuales que son o dicen ser por medio de críticas superfluas y viscerales.
Por un lado, son evidentes aquellas plumas que eran férreas críticas del gobierno hasta diciembre, ahora callan y hacen mutis ante medidas o decisiones que hubieran criticado ferozmente si hubiesen sido tomadas por un político del otro bando.
Pero en esta ocasión me quiero enfocar en la oposición.
Muchos de los artículos escritos contra la Cuarta Transformación me parecen viscerales y solo recurren a lugares comunes, me atrevo a decir que la mayoría son así. Pareciera que están escritos para que circulen con éxito en los chats familiares de Whatsapp.
Un claro ejemplo de este «intelectualismo» mediocre es el artículo de «Neosovietismo» de Isabel Turrent. El mismo título es muy descriptivo sobre lo que este texto trata y el cual contiene más que nada analogías muy forzadas para convencer al lector, apelando al comunismo soviético, del peligro de López Obrador como un izquierdista radical que está en contra de la iniciativa privada y que desea estatizar todo.
En estos artículos no hay un análisis serio, son superficiales, suenan forzados, viscerales y pasan sin ver porque los consumen los férreos opositores de AMLO , son rechazados de forma contundente por los pejistas e ignorados por quienes tienen una postura ambigua por su falta de seriedad. Estos artículos solo sirven para reforzar posturas y caen en el mismo juego del gobierno al que critican, ya que contribuyen a la polarización. No generan opinión pública.
No estoy diciendo que no se hagan opiniones duras y callen. Por el contrario, ojalá se hagan y muchas. Pero es necesario que esa dureza, esa contundencia, tenga sustancia, análisis, que diseccionen y deconstruyan las decisiones políticas que realmente son de interés para la gente. Artículos así podrían poner aunque sea a reflexionar a más de uno.
Una de las excepciones de las que hablo es Jesús Silva-Herzog, quien ha escrito artículos contundentes y demoledores contra este gobierno, pero sus artículos son bien pensados, es contundente y ecuánime a la vez, no se convierte en esclavo de sus pasiones: piensa, profundiza, analiza. Es contundente, porque después de un análisis dentro de su fuero interno, sabe poner el dedo en la llaga, ahí donde duele. No por nada sus artículos, a diferencia de otros, viscerales y predecibles, han merecido críticas del propio Andrés Manuel López Obrador. Escribir un artículo con las vísceras es fácil, y no ofrece nada muy distinto a los comentarios y los memes de la gente común en las redes sociales. Escribir un buen artículo es más complicado y requiere de mucha reflexión.
Si los que se dicen ser «intelectuales de oposición» creen que van a combatir a este régimen por medio de columnas viscerales llenas de lugares comunes, siento decirles que están equivocados. Si hay algo que beneficia a regímenes como los de López Obrador es la polarización, y en tanto polaricen con este tipo de artículos, le van a dar más herramientas a AMLO para separar entre el «pueblo bueno» y la «élite fifí de la mafia del poder».
En nuestro país, con excepción de los deportes (ahí donde la clase y el status no importan tanto) es complicado ver a un indígena o con rasgos indígenas triunfar y que se le reconozca mediáticamente por ello. Y cuando ello ocurre, se le reconoce de tal forma que no se le reconozca como parte de y no se le integre, sino como una entidad externa, una excepción. No fue ella, sino «aquella» quien triunfó.
La actriz Yalitza Aparicio, al convertirse un fenómeno internacional, sobrepasó todos esos paradigmas y conveniencias sociales. Triunfó y fue reconocida ahí donde se supondría que solo las personas que forman o aparentan formar parte de una élite artística y social pueden ser parte. Los mexicanos nos regocijamos al presumir la belleza de nuestras mujeres en el cine como si se tratara de un orgullo nacional: «miren a Salma Hayek, miren a María Felix», actores que sobresalen en tanto los más «oscuritos» quedan muchas veces condenados a representarse a ellos mismos como clase social inferior. Pero aquí algo diferente pasó.
Aunque en la película Roma Yalitza Aparicio siguió representando a los de «su clase», algo muy diferente ocurrió. Alfonso Cuarón le dio un papel protagónico e hizo que la película girara en torno a ella en su mayor parte, logró que el espectador empatizara con ella y no la viera como esa «aquella» que tanto nos han mostrado las telenovelas. Ayudó también que ese racismo tan oculto pero presente dentro de nuestras estructuras sociales no haya estado tan normalizado en otros lares. A Yalitza la trataron de una forma en que en su propio país tal vez no la hubieran tratado: la buscaron para entrevistarla, la invitaron a programas de televisión y no la trataron con esa conmiseración con la cual se suele tratar a una persona de rasgos indígenas.
La verdad es que a muchas personas les molestó que Yalitza Aparicio, alguien con «la apariencia de la señora del aseo», acaparara tantos reflectores y fuera nominada como mejor actriz para el Oscar. Ese racismo, ese que todos dicen que no existe, ese que muchos esconden y disfrazan como un imposible bajo el manto de la fe religiosa o de la supuesta opresión de las culturas consideradas superiores (como la estadounidense). se exhibió y tomó forma. Bastó que el cine y la prensa internacional le diera reflectores a una indígena para que «la caca saliera a flote».
Personas como Sergio Goyri no se tentaron el corazón. El actor, en una comida privada, expresó su molestia llamándola una «pinche india que sólo sabe decir, sí señor, no señor» para después ofrecer una disculpa fría e hipócrita. Muchas otras personas pertenecientes a la farándula mexicana, si bien, no fueron tan agresivos, sí minimizaron su logro criticando su apariencia, diciendo que fue un golpe de suerte, que sí actúa bien, pero que no es como para ser nominada.
Varias personas también se indignaron en las redes. Y dada la naturaleza de la interacción que existe en las redes, ahí las manifestaciones racistas y agresiones verbales no se hicieron esperar. Ahí no cuidaron las formas. Dijeron lo que siempre han pensado, y se dieron el permiso de hacerlo al tener un foro donde expresarse. Tal vez Umberto Eco no se había equivocado tanto con eso de la «legión de idiotas».
Pero eso tampoco significa que todos los mexicanos sean racistas. Muchas otras actrices salieron en su defensa, muchas otras personas entraron a las redes para defenderla e incluso la presumieron en sus posts con orgullo. Les dio gusto que una persona de «tan abajo» hubiese llegado «tan arriba». Y eso es bueno, porque por cada manifestación de racismo hay otro mexicano que se molesta en reconocer el problema, trabaja por cambiarlo y se contagia del ejemplo que Yalitza Aparicio es. Seguramente más de uno reflexionará sobre el trato que les da a las personas indígenas y hará algo por mejorar en ello y verlas más como «nosotros» que como «aquellos».
Pero que se manifieste todo ese racismo no es en sí una mala noticia. Dicho racismo siempre ha estado ahí presente, pero siempre ha estado tan escondido que no se había hecho nada al respecto. El que se manifieste hace que le demos forma, que lo entendamos y así asumamos que es un mal que debemos combatir. Gracias al éxito de Yalitza que tanta «indignación» causó en unos, nos damos más cuenta de que como sociedad tenemos un problema. Que allá afuera Yalitza puede acompañarse de Angelina Jolie mientras acá despreciamos a los indígenas bajo la cortina de humo de la conmiseración. Yalitza nos mostró que esa concepción de los «pobres indígenas» bajo la cual justificamos la discriminación no tiene sustento alguno.
Yo no sé si Yalitza vaya a ganar el Oscar y no sé si sea la mejor actriz (básicamente porque no he visto las otras actuaciones), pero lo que sí puedo decir es que es alguien de quien los mexicanos debemos sentirnos muy orgullosos. Ella es uno de nosotros, no de «aquellos».
La pobreza es el estado natural de las cosas, el ser humano nació siendo pobre ya que solo tenía a su alcance lo que la naturaleza le disponía en su entorno inmediato.
La riqueza, por el contrario, es un artificio. Es necesaria la intervención del hombre dentro de su entorno para que ésta se dé. Para crearla no solo necesita del esfuerzo, sino del ingenio, del talento, de la acumulación de experiencia y conocimiento. Atentar contra la generación de riqueza siempre termina perjudicando a todos.
Entonces, la riqueza existe porque alguien la tuvo que crear, tuvo que venir de alguna parte. La riqueza no es algo que esté ahí disponible, es algo que se está generando continuamente por el trabajo de muchas personas en las distintas etapas de producción y comercialización.
Cuando hablamos de la desigualdad, hablamos de la inequidad entre lo que una u otra persona posee. La cantidad y la calidad de las posesiones determinan su nivel de vida y, de la misma forma, las estructuras sociales están en gran medida determinadas por lo que él y otros poseen.
Dicho esto ¿Sería justo redistribuir la riqueza entre todos de forma equitativa independientemente de que unos hayan aportado más que otros a su creación? ¿Podemos llegar a la conclusión de que quien tiene más riqueza es quien merece tener más? ¿Qué hay de las personas cuya gran parte de su riqueza la tuvieron gracias a que nacieron en un entorno social privilegiado? ¿Los que generan menos y, por tanto, obtienen menos, generan menos porque son más flojos o menos talentosos, o porque al nacer en una clase social menos privilegiada no obtuvieron las herramientas (educación o acceso a información) que otros sí obtuvieron? ¿Qué podríamos decir de la gente que tiene una discapacidad y no puede producir? ¿Se le debe dejar en el abandono así nada más o se le debe atender? ¿Es justo que una persona tenga acceso a mejor educación que otra porque su padre logró obtener más recursos que el otro padre?
Considero que la desigualdad como tal no es necesariamente mala. Cierta dosis de desigualdad es buena, ya que nosotros, como seres humanos, queremos sobresalir y un estado de completa igualdad tendría que implicar crear barreras muy grandes a los individuos para que pueden hacerlo, También es cierto que no todas las personas tienen la máxima aspiración de acumular la mayor cantidad de bienes, hay quienes se conforman con cierta cantidad de bienes ya que desean autorrealizarse de otra forma (por ej, un profesor, un filósofo, o un padre o madre que prefiere estar un tiempo con sus hijos en vez de estar encerrado todo el día en la oficina), lo que crea una condición de desigualdad entre quien busca adquirir la mayor cantidad de bienes y quien no.
El desarrollo económico siempre viene acompañado de cierta dosis de desigualdad, ya que cuando un país crece no lo hace porque toda la sociedad en su conjunto lo haga, sino porque empieza a hacerlo una minoría que aprovecha o crea las nuevas oportunidades para que después, de forma progresiva, ese crecimiento económico termine beneficiando a todos. Esto no solo ocurre gracias a la Teoría del Goteo que tanto encanta a los liberales económicos, sino gracias también a estrategias de redistribución de esa nueva riqueza por medio de inversión en educación, infraestructura y un sistema de seguridad social que generalmente va creciendo con dicho desarrollo como ocurre en todos los países desarrollados:
Pero ¿es la desigualdad actual un producto de la libre elección o de la meritocracia? El problema en nuestro país está lejos de serlo. Gran parte de la desigualdad se entiende por estructuras sociales rígidas producto de paradigmas culturales y la corrupción, lo cual se traduce en una condición de injusticia. Si decimos que la seguridad producto del mérito y de la libre elección no es sí mala, pero la que genera la corrupción sí (privilegios creados, poca movilidad social, falta de oportunidades), entonces habría que pensar en atacar estos problemas puntuales más que la desigualdad en su conjunto. Habría que atacar las causas, porque la desigualdad tal cual es un efecto:
Por ejemplo ¿qué es más eficiente? ¿Darle dinero a la gente que menos tiene para que «aparejar los ingresos? ¿O utilizar esos recursos de forma más focalizada? Por ejemplo, para que los de abajo tengan acceso a una mejor educación y así tengan más recursos para que tengan mayores posibilidades de salir adelante, o para que tengan una alimentación mínima y así la desnutrición no sea un obstáculo para que puedan desarrollarse. Evidentemente la segunda, ya que considera a la desigualdad como un efecto y la primera como una causa.
La postura en la que yo creo es la siguiente: 1) Se debe procurar que los individuos partan de condiciones relativamente iguales (que tengan acceso a educación, tengan buena alimentación etc), que quienes tengan un impedimento físico reciban apoyo para paliar su desventaja a la hora de competir 2) Que la desigualdad no es necesariamente mala cuando los que están abajo se benefician de dicha desigualdad (es decir, que si los ricos crecen, que ellos crezcan también) y 3) Que la desigualdad no sea extrema (México es un ejemplo), un país excesivamente desigual, además de tener un tejido social más débil, padece mayores problemas de delincuencia e inseguridad que afecta a todos los estratos socioeconómicos 4) Que la desigualdad que exista sea producto del mérito, no de privilegios creados. 5) Que todos sean iguales ante la ley y que los derechos humanos de absolutamente todos los individuos sean respetados.
A mi parecer, el sistema más adecuado sería una economía de mercado capitalista que esté acompañada de una red de seguridad social que sea proporcional a la economía de cada país, que no solo aspire a crear una sociedad más estable, sino que ayude a que los individuos se encuentren en condiciones para integrarse a la economía y que partan desde un inicio más justo y equitativo.
El mercado debe producir porque es mucho más eficiente que el Estado, pero eso no significa que el Estado no tenga ningún papel ni que se deba desentender como desde el libertarismo se sugiere.
Todo empieza así: Una élite le arrebata el poder político a otra (que en teoría es sano que las élites roten con el tiempo).
Pero ocurre que esa élite surgió del «mismo lugar» del que la otra surgió. No se trata de una nueva élite política, sino de una élite vieja que había sido desplazada desde 1982 por lo que ellos llaman la «tecnocracia neoliberal» y que no solo se había concentrado en la izquierda, sino en el mismo PRI, facción que coexistió por mucho tiempo con la facción tecnócrata.
Lo que llaman la Cuarta Transformación no ofrece nada novedoso, nada que no hayamos visto antes, sino tan solo la coexistencia de un PRI nacionalista que rememora al que gobernó nuestro país entre los años 40 y 70 dentro de un contexto actual en el cual se integran, además, y de forma periférica, algunas corrientes de izquierda dura (esas que apoyan al chavismo) y otras de centro-izquierda y de centro más liberales y de avanzada pero que no tienen tanto peso.
Algunos ven en la definición de izquierda una novedad, dicen que se trata del primer gobierno de izquierda en México. Pero esa definición de izquierda es algo ambigua, dado que la dicotomía izquierda-derecha son relativas a su tiempo, y un gobierno del PRI de los años 60 por poner un ejemplo, que en ese entonces no era considerado de izquierda, en tiempos actuales podría ser considerado como tal.
La definición como gobierno de izquierda tiene como base más que nada la retórica, ya que esta había sido utilizada para desmarcarse del status quo prevaleciente (la tecnocracia liberal), pero al analizar todas las posturas y las políticas implementadas por este gobierno, podemos darnos cuenta que no se trata de una agenda de izquierda en su totalidad, de lo cual escribí hace algunos días.
La llamada Cuarta Transformación se sustenta de la misma forma en la retórica: nadie puede tener la osadía de ponerle una etiqueta histórica a un evento que todavía no ocurre. Estas etiquetas se colocan ya que el evento ha ocurrido y después de que se le haya dado su justa dimensión con base en un riguroso análisis histórico. Pero ni siquiera en el planteamiento podríamos hablar de una transformación profunda ya que, si bien el gobierno de AMLO implica un cambio con respecto al régimen anterior, sigue formando parte de las mismas élites políticas y las sigue tomando como referencia.
Que el gobierno de AMLO tenga ese espíritu del PRI del siglo pasado al cual el mismo López Obrador hace referencia no implica necesariamente que sea o vaya a ser igual a esos gobiernos por tres razones:
1) Que se encuentra inserto en un contexto diferente, con reglas de juego distintas. (prensa más libre, geopolítica muy distinta, una sociedad distinta, dinámicas políticas, sociales y económicas muy distintas).
2) Que, a diferencia del PRI, no existe una férrea disciplina dentro del partido. El único punto de referencia para «cuadrarse» es el Presidente López Obrador, pero no hay una lealtad al partido como tal. Tampoco, producto de la ausencia de dicha disciplina y de MORENA como un partido nuevo que se acaba de formar, es perceptible la eficacia que caracterizaba a los gobiernos del PRI. Eso se puede palpar en las improvisadas políticas que han buscado implementar en los dos meses que llevan de gobierno.
3) Que concentra su legitimidad en un líder y no en un partido. La llamada Cuarta Transformación pareciera en ese sentido una amalgama del PRI hegemónico con el caudillismo revolucionario.
4) Que el PRI siempre fue respetuoso del Estado laico y se abstuvo de utilizar símbolos religiosos, a los que sí apela López Obrador de forma recurrente. Pero al mismo tiempo, el gobierno de AMLO es capaz de albergar dentro de su movimiento corrientes de izquierda social como personas que son miembros de colectivos LGBT y similares (la misma política del PRI de acaparar todo pero con un umbral más amplio).
En la práctica, parece algo difícil ubicar al gobierno de AMLO dentro del espectro político, dificultad que comparte con el propio PRI. Ideológicamente, no se trata de un gobierno radical o extremo, a pesar de su carácter populista. En el sentido meramente ideológico se trata de un gobierno moderado. No vemos un estatismo exacerbado, por el contrario, vemos a un gobierno que pretende hacer «justicia social desde la austeridad». La crítica hacia muchas de sus medidas tienen que ver con la excesiva improvisación pero no con una «radicalización». inclusive algunas de las medidas tomadas podrían ser catalogadas por algunos como de «derecha».
Si bien sí se puede hablar de un cambio de régimen (o al menos de élites), no se puede hablar de una transformación ni mucho menos puede equiparársele con la Independencia, la Reforma o la Revolución Méxicana que, en su tiempo, para bien o para mal, sí representaron algo nuevo con respecto a su estado anterior. La Cuarta Transformación ni siquiera hace referencia a la transición democrática acontecida apenas hace unas pocas décadas, la cual, al menos de forma parcial, sí llegó a representar un quiebre y una novedad.
Así, me parece difícil llamarle «Cuarta Transformación» a un gobierno que no parece traer consigo una sacudida de fondo como lo trajeron las primeras tres transformaciones y que ha cometido el error de autodenominarse como tal, cuando es el juicio de la historia el que debería encargarse de esa tarea.
Querer ser influencer está de moda. No son pocas las personas que quieren ingresar a este mercado cada vez más saturado. El mismo término anglosajón se carga de un hype que para qué les cuento.
Está de moda porque Internet le ha dado al individuo de a pie un canal para aspirar a ser famoso. No tiene que tocar las puertas de Televisa ni algún otro medio tradicional para ver si después puede aparecer en una novela, en un programa de revista o de debate político, basta un canal de Youtube, una cuenta en Instagram o Twitter y cómo grabarte ¿no?
Suena muy sencillo, pero no lo es.
Muchas de las personas que aspiran a ello creen que no es tan difícil. Ven algún video de Yuya y dicen «es banal y frívolo, que cualquiera lo puede hacer». Entonces, los ilusos y las ilusas hacen cualquier cosa, como irse a emborrachar a un antro para subirlo a Instagram Stories y presumir una vida frívola o empezar a seguir a multitud de personas esperando que les den follow-back, de esas personas me he topado mucho en Instagram.
Pero detrás de los videos de Yuya y de los influencers exitosos hay mucha preparación y mucho trabajo: hay que escribir guiones, investigar, y mientras no tengas los recursos necesarios, encargarte de toda la edición, y eso de verdad que es algo bastante pesado. Implica encerrarte un día y «picarle» al Adobe Premiere e implica que le estudies en Internet para que ese producto quede lo suficientemente decente. Implica prueba y error. Vaya, implica «ponerte en la madre».
A diferencia de los influencers con mucha audiencia, que al final son muy pocos, que son los que llegaron primero y que tienen una estrategia y muchas horas de esfuerzo duro detrás, estas personas que aspiran a ser influencers no tienen una estrategia clara y creen que todo se trata de inflar followers para venderse a las marcas. Creen que basta un cuerpo bonito o que se trata de presumir su vida cotidiana para hacerse famosos y así monetizar a su persona para vivir de ahí. Vieron que otra persona ya lo hizo y le funcionó, pero esa persona ya acaparó el mercado, y lo hizo de una forma mucho más inteligente que ellos.
Ellas y ellos creen que la vida de influencer es fácil y, en realidad, no lo es. Hay que chingarle, como en cualquier proyecto, como en cualquier empleo, y más aún ahora cuando el sector está cada vez más saturado.
El problema más grande de estos influencers de medio pelo es que se concentran tanto en su ego (que me conozcan, que tenga muchos followers) que olvidan que se trata de generar contenido para los demás. No se preguntan bien siquiera ¿qué es lo que la gente quisiera ver? ¿Es mi contenido original? ¿A qué segmento de mercado puedo aspirar a entrar con mis talentos y habilidades? Se preguntan ¿Cómo me voy a ver? ¿Qué tan famos@ voy a ser? ¿Cuánto voy a ganar?
Creen que son lo suficientemente cool como para atraer a las masas a sus cuentas, pero no lo son. Muchos influencers ni siquiera necesitan ser tan cool (algunos incluso son antipáticos y saben explotar esa antipatía a su favor), necesitan una fórmula que funcione, para eso se necesita mucha creatividad, trabajo y esfuerzo.
Y por eso entendemos que la mayoría de aspirantes a influencers están condenados al fracaso.
Un gobernante al frente de un cargo importante que ostenta un muy alto nivel de popularidad puede llegar a ser ser peligroso.
El precio que debe pagar la oposición (política e incluso civil o por parte de algún medio de comunicación) por oponerse es más alto, ya que, valga la redundancia, oponerse a un político popular puede ser muy impopular. Entonces los contrapesos que tiene ese gobernante son ínfimos: no muchos se atreven a cuestionarlo porque se llevarán las rechiflas y porque es hasta políticamente incorrecto criticar a un gobernante que, según las mayorías, está velando por el país o por el pueblo. No importa si ese gobernante es de izquierda o derecha, si viene de arriba o de abajo.
Cuando nadie se opone a un gobernante, por consecuencia termina concentrando mucho poder en sus manos. El político popular, al tener poder político en exceso para gastar, podrá darse el lujo de tomar medidas que no son democráticas o que incluso puedan afectar los derechos humanos, ya que, aunque pudiera llegar a perder algo de popularidad por estas medidas, seguirá siendo popular. Es tan popular que es impopular cuestionar esas medidas que podríamos considerar como peligrosas. En el mejor de los casos, pocos se dispondrán a escuchar a quien hace la denuncia.
Una de las formas idóneas para que un gobernante adquiera mucha popularidad es a través de una crisis que le dé legitimidad. Por ejemplo, un mandatario que adquiera mucha popularidad consecuencia de la corrupción rampante de sus antecesores, una amenaza externa que genere pánico en la población como un ataque terrorista o cualquier crisis en la que el gobierno (al menos en las apariencias) no tenga responsabilidad alguna. En ese entendido, la gente estará más dispuesta a aceptar medidas que en otras circunstancias no habría aceptado: es por el bien del pueblo, es para defendernos del «eje del mal». Los líderes autoritarios entienden muy bien estas dinámicas e incluso ellos pueden llegar a inventar crisis para que la gente cierre filas ante su gobierno y puedan así implementar medidas antidemocráticas bajo las cuales aumente su poder.
Lo sano es que un presidente tenga una aceptación relativamente positiva pero no en exceso; en el otro caso, cuando un presidente es sumamente impopular, pierde margen de maniobra para gobernar y tomar decisiones difíciles pero necesarias. Así, el presidente no debe tener un nivel de aprobación tan alto que le permita concentrar el poder, pero tampoco uno tan bajo que le imposibilite tomar decisiones que, al menos en el corto plazo, podrían no ser bien aceptadas por la población, pero que son indispensables para el futuro de una nación.
Ayer, el Congreso (MORENA + PRI) aprobó la Guardia Nacional propuesta por AMLO que, de alguna forma, profundiza (aunque digan lo contrario) una estrategia que comenzó con Felipe Calderón.
Sin escuchar a la sociedad civil y a los organismos internacionales, el gobierno hizo realidad algo que podría tener muchos riesgos ya que termina de militarizar al país otorgándole tareas de seguridad pública, lo cual puede generar un aumento de desapariciones forzadas y puede constituir un riesgo para los Derechos Humanos.
Pero es curioso que esta noticia no haya merecido mucha indignación ni manifestaciones como sí lo hizo el desabasto. No vimos a los denominados chalecos amarillos (que es una esquizofrénica tropicalización de las manifestaciones en Francia que incluyeron vandalismo y saqueos traducida en personas de clase media alta que salen con lentes para que no les dé el sol) ni a movimientos similares en las calles como sí los vimos con el desabasto.
¿Por qué una medida que generará incomodidades en algunos días genera más indignación que otra que puede generar problemas más graves en el mediano y largo plazo?
La respuesta es sencilla, porque nos molesta más las incomodidades que podamos tener en nuestra vida cotidiana que las afectaciones a toda la nación en su conjunto. Es una visión muy individualista.
En realidad, parece ser que los chalecos amarillos y organizaciones similares no salieron a las calles porque estuvieran preocupados por su país, sino porque estaban preocupados por ellos mismos. Al momento que escribo esto en su fan page no hay casi ningún contenido sobre la Guardia Nacional y sí lo hay sobre el desabasto y alertas sobre cómo México se podría convertir en Venezuela.
Podría argumentarse que estas organizaciones compuestas en lo general de personas de clase media-alta ya están saliendo al espacio público. Pero eso no implica necesariamente que haya un involucramiento con el quehacer político y social del país ni el deseo de hacerlo, sino que quieren que aquello que les aqueja en lo inmediato como personas se resuelva. En su Fan Page no vemos algún ideal o alguna causa sino tan solo la solución a sus problemas inmediatos, tampoco vemos siquiera una postura o contrapropuestas. Tan solo vemos un escueto análisis a la estrategia de AMLO que no profundiza y hace muchas suposiciones. Dicho esto, es difícil esperar que de este tipo de agrupaciones pueda surgir alguna oposición real ya que son meramente reactivas.
Es evidente que el desabasto genera incomodidad, la gente tiene derecho a sentirse molesta por ello (independientemente de si éste haya sido un mal necesario para el combate al huachicol o no). Pero lo que me llama la atención es que las medidas que nos afectan como país no nos importen sino solo las que nos afectan como personas en lo inmediato.
A diferencia del combate al huachicol, la Guardia Nacional ya era de dominio público desde hace ya algunos meses, la cual recibió más bien críticas dentro de los comentaristas y especialistas y no tanto en la calle, donde solo llegó a ser abordada de forma muy secundaria y marginal por alguna de las primeras manifestaciones en contra de AMLO.
Tal vez tengan razón quienes se han atrevido a dominarnos como «liberales salvajes», todavía nos falta un buen tramo para aspirar a ser una sociedad que se involucre en lo público y que logre construir una oposición fuerte y responsable ante un gobierno que se ha encontrado sin una ni dentro de las instituciones políticas ni en la sociedad civil.
Ayer me fui a formar para ponerle gasolina al automóvil. Era una fila kilométrica que daba vuelta en varias cuadras. En la esquina unos automovilistas se agarraron a golpes porque uno había tratado de meterse a la fila. Otro ya no tenía gasolina y tenía que empujar su automóvil. La situación era caótica, la gente estaba desesperada porque no sabía si iba a alcanzar a llegar a la gasolinera. La gente temía que se acabara el abasto de gasolina antes de que le tocara el turno, que pasara eso implicaba ir a buscar otra gasolinera y hacer el mismo procedimiento.
El gobierno de López Obrador ha tomado una decisión muy impopular con el fin de acabar con el huachicoleo, un problema que se ha convertido en un cáncer, no solo por la afectación a las finanzas públicas sino porque termina financiando a los mismos grupos de delincuentes que se benefician de ella (incluidos cárteles de la droga). Su gobierno hizo bien en hacerle frente y era necesario tomar medidas drásticas.
Y como toda medida drástica, esta iba a tener afectaciones en la vida cotidiana de la gente. Así como cuando la policía tiene que cerrar toda una cuadra para perseguir a un criminal o como cuando el gobierno tiene que hacer recortes producto de la mala gestión del gobierno anterior o cuando algunos negocios terminan perjudicados debido la construcción de un transporte público que era necesario, se entiende que una medida como la actual tenga afectaciones en la vida cotidiana. Sería pecar de ingenuo pensar que algo así no fuera a ocurrir.
Esta parte, esta voluntad política puede reconocerse y no podría negarse. El gobierno de AMLO está haciendo frente a un cáncer que los otros gobiernos dejaron crecer (lo cual los convierte en automático en corresponsables de lo que estamos viendo el día de hoy) y está apostando parte de su capital político combatirlo.
Pero el infierno está pavimentado de buenas intenciones…
El tomar medidas drásticas también conlleva responsabilidades, responsabilidades que han sido omitidas por este gobierno y que pueden terminar comprometiendo la estrategia que está llevando a cabo.
Entre todos los errores, el que me parece más grave es el que tiene que ver con la comunicación pero que también puede estar explicado por los otros (que tienen que ver con una deficiente planeación, deficiencia que, por cierto, no conocemos a profundidad ni podemos dimensionar bien por la misma falta de comunicación entre el gobierno y sus gobernados).
La comunicación es importantísima cuando le quieres pedir a la gente que haga sacrificios. Si la gente va a tener una alteración en la vida cotidiana de menos debería saber para qué fin ésta se va a ver alterada (tal vez esto es lo único que sabe y a medias), por qué debe combatirse ese problema, en qué consiste el problema, qué estrategia se va a seguir (aunque no pueda darse a conocer al público por completo, al menos que se delineen algunos puntos de ella para que la gente sepa que hay una estructura y un plan detrás), cuáles son las medidas a largo plazo para que el huachicoleo no resurja y para que los huachicoles no terminen delinquiendo en otras cosas, aproximadamente cuánto va a durar, o qué medidas va a tomar el gobierno para que el impacto, inevitable, sea el menor posible.
Como todas estas cuestiones no han sido respondidas, la gente llega a la conclusión de que no hay estrategia alguna y se trata de una mera ocurrencia a la cual ya le han sentenciado un rotundo fracaso a pesar de que lleva pocos dias (producto de la poca disposición del gobierno de comunicarla). De la misma forma, la gente tampoco dimensiona el problema que se busca combatir (el huachicoleo) y, aunque reconoce que sí es un problema, le puede restar importancia. La gente tampoco entiende cómo funciona Pemex, no sabe por qué se tuvieron que cerrar los ductos, no sabe cuándo van a abrir, no sabe nada. Esto es responsabilidad del gobierno y de nadie más.
El gobierno no puede exigir a los ciudadanos que se solidaricen, más bien deben ganarse la comprensión de la ciudadanía. El gobierno debe de ser empático y explicar bien por qué ese sacrificio que van a hacer vale la pena, lo cual no ha hecho. En cambio, hemos visto declaraciones de AMLO y los suyos que llegan a rozar en la burla y la arrogancia, vemos descalificaciones a diarios a la Trump e incluso burlas de algunos de los suyos en redes sociales.
La comunicación podrá parecer una nimiedad, pero ésta puede determinar el éxito o el fracaso de la estrategia. Por ejemplo, con la comunicación tan deficiente que el gobierno está teniendo, el umbral de tolerancia de la gente se reduce considerablemente. Con una mejor comunicación la gente podría estar más dispuesta a hacer sacrificios y eso le daría un mayor margen de maniobra al gobierno para actuar.
Pero en vez de ver una estrategia de comunicación sensata, lo que vemos son flyers que no dicen nada, que contienen un tufo de culto a la personalidad y que incluso violan el artículo 134 de la constitución. Es paradójico que se viole el Estado de derecho para anunciar una estrategia que busca fortalecerlo:
También, podemos ver que detrás de esta estrategia están ausentes previsiones y mecanismos que tengan el fin de aminorar el impacto y las externalidades. En caso de que no se haya podido avisar a la ciudadanía con tiempo (por la mera estrategia), sí podría haberse implementado medidas tales como coordinación con las gasolineras para racionalizar la gasolina de forma ordenada, se me ocurre algo así y también agrego una sugerencias que un amigo mío hizo: por ejemplo, que solo puedan despachar gasolina los automóviles que tengan menos de medio tanque lleno, que tal terminación de placas pueda abastecerse tal día para que las colas no sean tan grandes, o que si bien es cierto que Pemex tiene poca capacidad de almacenaje (lo cual explica por qué hay barcos varados en el mar) haber buscado la forma de tener una reserva, aunque sea la mínima. Otra medida debería haber sido priorizar la gasolina a los vehículos automotores que trasladan insumos de primera necesidad tales como alimentos perecederos, medicinas así como ambulancias. Si la gente hubiera visto alguna forma de coordinación tal vez no estaría tan enojada. La poca coordinación que hay es producto de los mismos ciudadanos, no del gobierno. Son los ciudadanos los que se han tenido que organizar por sí mismos.
Es cierto que la gente está haciendo muchas suposiciones, que si cerrar los ductos es una tontería, que si de verdad están combatiendo el problema del huachicoleo e incluso corrieron teorías de la conspiración que tenían el fin de acabar con las importaciones en aras de la soberanía energética. Algunos activistas piden a AMLO que abra ya los ductos sin saber bien si esto es una buena idea porque ni siquiera conoce bien la estrategia. Pero el gobierno es en gran medida responsable de esto. La gente no tiene la suficiente información porque el gobierno no se las ha dado. Lo que la gente percibe allá afuera es desorden porque el gobierno ha sido incapaz de explicar el por qué del caos, los ciudadanos opinan y especulan con lo que tienen a la mano (que es poco, y eso poco les es muy molesto).
La gente no cree en la estrategia porque no ve detenidos. En efecto, no necesariamente tendría que haberlos a estas alturas del juego, pero la gente lo entendería si el gobierno hubiera comunicado mejor. Como la gente no conoce la estrategia, se imagina o asume cómo debería de ser y con base en ello hace esas suposiciones. Pero eso no es responsabilidad de la gente, sino del propio gobierno.
Yo apoyo la decisión de AMLO, creo que ha tomado una medida necesaria e incluso valiente para combatir un problema producto de la complicidad o la displicencia de los gobiernos anteriores. Yo quiero que se acabe con el huachicol porque es un problema gravísimo y si para eso algunos días nos vamos a tener que formar en las gasolineras estoy dispuesto a asumir el sacrificio. Pero el apoyo también significa ser crítico con lo que se está haciendo mal y con lo que se puede hacer mejor y no podemos negar que detrás de esta estrategia, bien intencionada, sí, falta planeación y hay mucha improvisación.
Al final, lo que importa y lo que debe importar no son las buenas intenciones, que se agradecen pero nada más. Lo que importa son los resultados, nosotros votamos a los candidatos para que den resultados, no para que «le echen ganas» y se jacten de ello. La gente quiere ver resultados tangibles y concretos. Si no existe eso, entonces esta estrategia habrá fracasado y la gente tendrá todo el derecho de estar molesta porque su vida se vio interrumpida a cambio de absolutamente nada.