Categoría: reflexión

  • Deepfake. La mañanera que viste nunca ocurrió

    Deepfake. La mañanera que viste nunca ocurrió

    Hace algunos meses apareció una página web que imitaba la voz del psicólogo clínico Jordan Peterson a la perfección. En dicha página cualquier usuario podía escribir cualquier cosa para que «Jordan Peterson lo dijera». La emulación era tan increíble que cualquier persona podía llegar a pensar que realmente él lo había dicho. Evidentemente Peterson buscó con éxito bajar la página de la red ya que era bien fácil hacer creer a la gente que el psicólogo había dicho algo que realmente no había dicho.

    A este nueva técnica se le llama deepfake, la cual, por medio de inteligencia artificial (algoritmos y deep learning ‘de ahí, el deep‘), permite crear audios y videos falsos de personas que aparentemente son reales. Esta técnica no solo emula en sí la voz y la imagen de aquella persona a quien quiere imitar, sino que «aprende a ser ella» al alimentar al programa con los suficientes contenidos relativos a la persona en cuestión. Llegará un punto donde no solo el tono de voz sea igual, sino que las expresiones y las muletillas serán exactamente las mismas. La tecnología está justo rebasando sea frontera en la cual la gente ya no es capaz de darse cuenta de que un contenido multimedia es falso, y esto puede representar un grave problema con implicaciones políticas y sociales.

    Un conocido antecedente de esta tecnología fue la recreación de la cara de la actriz Carrie Fisher (quien interpreta a la Princesa Leia) que vimos en la película Star Wars Rogue One:

    Pero cuando vimos esa escena que tantos recuerdos nos trajo, casi nadie se preguntó qué implicaciones podía tener la capacidad de emular la imagen y la voz de una persona con tal fidelidad que la gente no se vaya a dar cuenta de que lo que está viendo no es real. La animación y la inteligencia artificial al parecer ya han avanzado lo suficiente como para que no podamos distinguir qué es real y qué no lo es, y eso nos obliga a reflexionar sobre los externalidades que dicha tecnología pueda tener.

    En la actualidad, estas técnicas se desarrollan dentro de estudios muy sofisticados, pero como ocurre con cualquier tecnología, será cuestión de tiempo para que más personas y organizaciones puedan utilizarla a un costo cada vez menor. Pero si con Internet hemos aprendido que nos cuesta trabajo distinguir las noticias reales de las fake news cuando ciertamente hay forma de sortear ese dilema si investigamos bien la fuente, ¿qué va a pasar cuando frente a nuestra pantalla tengamos, por ejemplo, declaraciones de políticos que en realidad nunca existieron y que han sido creados para manipular a la opinión pública?

    Imagina que frente a la pantalla, el día de la elección presidencial, estás viendo un video donde a tu candidato favorito lo «agarraron con las manos en la masa» pactando con uno de los principales líderes del narco. Seguramente, al ser esta técnica ya conocida, mucha gente va a comenzar a sospechar y a preguntarse si lo que vio es verdad, pero bastará con que algunos duden para que dicho video tenga un impacto en las votaciones e influya sobre el resultado.

    Pero el problema también puede darse a la inversa, que los usuarios sospechen de cualquier contenido de tal forma que cuando un mandatario se vea en la necesidad de dar una declaración polémica y que salga de lo habitual pero que es necesaria, mucha gente comenzará a creer que es falso y posiblemente lo ignore.

    O ahora imaginemos que una pandilla delincuencial afirma haber sacrificado a un ser querido tuyo y te envía un video donde dicha persona se encuentra atada a una silla diciendo que si no le pagan tanta cantidad de dinero a los capos lo van a matar y que tiene tantos minutos para hacer la transferencia. ¿Cómo saber si lo que estás viendo es verdad?

    Esto puede tener serias implicaciones porque hasta ahora hemos dado por sentado que lo que estamos viendo frente a nuestra pantalla es real. Hasta ahora podíamos tener algunas imitaciones que eran asombrosamente parecidas pero que sabíamos que eran falsas. Ellas dependían de la caracterización y del maquillaje con lo cual era particularmente complicado engañar al público. El actor habría tenido que practicar por años a su personaje (cosa que la inteligencia artificial puede hacer de forma mucho más rápida) además de tener un aspecto físico lo suficientemente parecido como para que su caracterización fuera casi fiel: era un trabajo casi imposible. Dichas imitaciones por lo tanto tenían más bien propósitos humorísticos.

    Pero con la inteligencia artificial esos obstáculos propios de la condición humana han sido prácticamente sorteados. En no mucho tiempo podremos emular una mañanera de López Obrador sin problema alguno, o bien podremos crear un acuerdo ficticio entre Donald Trump y Vladimir Putin.

    Si ya de por sí el Internet ya ha modificado los canales de comunicación con la suficiente fuerza como para afectar la forma en que hacemos política, el caos podría adquirir nuevas tonalidades con esta tecnología que, si bien por un lado podría traer muchos beneficios, también podría generar muchísimos problemas si es utilizada con intenciones perversas u oscuras.

  • La política, la derecha, la izquierda y el humor

    La política, la derecha, la izquierda y el humor

    Generalmente la derecha suele usar el humor de mejor forma que la izquierda. No es gratuita la frase: «Left can’t meme» que circula por Internet.

    Resulta que la derecha desea mantener el status quo porque teme que el cambio vaya a trastocar el orden y la armonía mientras que la izquierda pretende cambiarlo ya que considera que hay una forma de opresión (económica, social, cultural o hasta sexual) contra algún sector de la sociedad que se ve afectado.

    En este estado, la derecha está cómoda con el orden de las cosas (por ello su miedo al cambio) y se siente en más en control de sí misma que la izquierda que se siente insatisfecha y, en muchos sentidos, agraviada. Como la derecha se siente en control, es más capaz de reírse de sí misma e incluso puede hacer bully sobre aquellos que se sienten insatisfechos o marginalizados. Por medio de la burla, tratan de mantener a la izquierda en la periferia y les recuerdan su condición de agraviados con lo cual se les hace más fácil alterarlos o sacarlos de sus casillas para mantener cierto control emocional sobre de ellos.

    Por ello, a la derecha no suele afectarle mucho cuando se burlan de ella. En algunos casos hasta disfrutan la burla. La izquierda, por su parte, se siente afectada y agraviada cuando se burlan de ella porque ello les recuerda el agravio mismo por el cual se siente afectada. El humor es bueno para sobrellevar el miedo, pero no tanto para hacer lo propio con el resentimiento.

    Así, la derecha puede usar un humor fino o jocoso porque tiene más control sobre la forma en que plantean sus situaciones humorísticas, mientras que la izquierda cuando hace uso del humor suele verse afectada por el agravio y resentimiento que siente, lo cual termina por afectar las situaciones humorísticas que plantean, al veces al grado en que su humor, en muchos casos, se confunde con un severo reclamo o insulto al opresor.

    Para concluir, así como la izquierda suele ser más hábil en la construcción de narrativas, la derecha suele serlo más al usar el humor y, en algunos casos, puede echar mano del humor mismo para atacar las narrativas que fortalecen a la izquierda: sí, tu relato reivindicativo es muy bonito, pero te recuerdo que te sientes agraviado y puedo recordártelo para que te alteres por medio del humor.

  • Esa obsesión con López Obrador

    Esa obsesión con López Obrador

    Esa obsesión con López Obrador

    Estaba leyendo una columna de Jorge Zepeda Patterson quien dice rehusarse a conceder la razón a los críticos de López Obrador que repiten una y otra vez el «Se los dije». En su argumentación pareciera tratar de conciliar los desaciertos del presidente en turno con la simpatía que tiene por su gobierno (posiblemente noble y no interesada), el cual dice que, a pesar de todo, volvería a votar por él en vez de votar por Ricardo Anaya o por José Antonio Meade. Dice Zepeda que se juzga a la administración como si viniéramos del paraíso perdido.

    Otros de los otrora simpatizantes de López Obrador han tomado una postura parecida. Gael García se lanzó contra el gobierno de AMLO por la masacre en contra de la familia LeBarón. Pero, de la misma manera, todavía parecen rehusarse a perder la esperanza. Parecen decir que «no me está gustando tu gobierno, pero no quiero perder la fe en el cambio que prometiste».

    A diferencia de Gael, Zepeda hace un reproche a los críticos: que sí es cierto que está mal su actitud con la prensa, que ha tenido algunos dislates, pero que también ha tenido aciertos como la subida del salario mínimo y la libertad sindical, aciertos que ciertamente ha tenido a mi juicio (aunque poco más puedo decir del gobierno actual). Zepeda parece resaltar lo bueno y relativizar un poco lo malo ensalzando lo primero y mencionando un poco a regañadientes lo segundo sugiriendo que AMLO no es perfecto. Él mismo lo dice así:

    Me gustaría que Andrés Manuel López Obrador fuera el estadista sabio, sobrio y profundo, que podría haber sido. También me gustaría que Richard Wagner no hubiese sido antisemita pero eso no impide que encuentre a su música sublime; habría deseado que Octavio Paz hubiese sido más crítico del presidencialismo priista, aunque eso no demerita su talento como poeta y la grandeza de algunos de sus ensayos.

    Jorge Zepeda Patterson – Sin Embargo

    Pero los críticos, esos a los que señala Zepeda Patterson, no tendrían por qué dejar de serlo ni tendrían por qué forzarse a buscar un punto medio: que la realidad sea una escala de grises y no blancos y negros no implica que la realidad quede en el justo medio y que lo justo es que todos nos ubiquemos ahí. El problema es que Zepeda pareciera entender la polarización actual como un problema de los críticos, de aquellos que «solo ven las cosas mal» y que «no valoran la transformación que se está llevando a cabo». Es cierto que la crítica que hace Zepeda no cae en la visceralidad ni en los ataques, pero cae en el error de acusar a los otros de juzgar desde un sesgo del que él mismo no carece. Es como un intento de ser razonable pero, a la vez, rehusándose de dejar del lado la esperanza que le representa el gobierno de López Obrador.

    Lo que él y muchos obradoristas alertan es una tremenda polarización traducida en una visceralidad en contra de López Obrador: todos los días se le critica, se le hacen memes, se le escriben columnas en su contra. Pero si Zepeda quisiera ser neutral y entender esta polarización por completo entonces también tendría que hablar de lo que ocurre en el otro lado:

    Zepeda cuestiona por qué se hace hincapié en la ausencia de licitaciones en la compra de medicinas como el fracaso fehaciente del gobierno de López Obrador cuando en el sexenio de Peña Nieto la mafia de los toluqueños y los constructores cómplices (como OHL) robaron al por mayor. Pero esto es una falacia de falso dilema porque sobre mucha tinta se gastó hablando de las constructoras, de las tranzas, del infame Grupo Higa y las casas blancas.

    Es un falso dilema porque criticar a López Obrador no implica de ninguna manera simpatizar con el régimen anterior. Que se diga que AMLO está gobernando mal no tiene relación alguna con la forma en que decimos que gobernó el presidente anterior.

    Pero Zepeda no imaginó cómo es que la sociedad (y en especial los simpatizantes de la 4T) hubiera reaccionado en el hipotético caso de que a Osorio Chong lo hubieran grabado infraganti con un gobernador quien desea extender su mandato como ocurrió con Olga Sánchez Cordero. ¿Cómo hubiera reaccionado la gente si en el gobierno de Peña hubiesen liberado a un capo producto de un operativo fallido? ¿O qué no recuerdan la reacción de la opinión pública ante la fuga del Chapo? ¿Qué habrían dicho si Peña Nieto todos los días cuestionara duramente a la prensa y su ejército de bots y simpatizantes lanzaran hashtags como #PrensaSicaria? ¿O qué habría ocurrido si Peña Nieto hubiera decidido cancelar una obra por medio de una encuesta popular hecha a modo? ¿Cómo habrían reaccionado si un gobernador del mismo partido del de Peña y cercano a él (digamos, Eruviel Ávila) hubiera dicho que a su ex contrincante, fallecido por un percance aéreo que generó sospechas, lo castigó Dios? ¿Qué se habría dicho sobre el Secretario de Hacienda Luis Videgaray si la economía hubiera crecido 0.0%?

    ¿Es la polarización, esa que todos categorizan como indeseable, producto del actuar de la oposición? ¿Es la oposición el problema? ¿Estamos moralmente obligados a volver a decir que «las cosas buenas no se cuentan pero cuentan mucho»?

    Es cierto que en toda oposición hay excesos y hasta disparates. Es cierto que algunos han llegado a decir barbaridades como que hay «un plan bien armado por el Foro de Sao Paulo para hacer de México un país comunista y que hagamos filas para comprar pan mientras nos imponen la ideología de género» pero igualmente en el sexenio pasado algunos de los otrora opositores afirmaban categóricamente que Peña Nieto había mandado matar a los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

    Es cierto también que la oposición actual es muy débil y que no ha terminado de entender muchas cosas, como he hecho hincapié en este sitio; es cierto que en muchas ocasiones la crítica tiene que subir de nivel (lo cual igual aplicaba el sexenio pasado), pero ello no significa que reculen a su derecho de criticar al régimen en turno ni que tengan que atenuar lo que dicen del gobierno. Es mejor que haya exceso de crítica a que ésta no exista. Es mejor tener una amplia pluralidad de voces que una sola que pretenda ser tenue y políticamente correcta para no herir susceptibilidades. Sesgos y afinidades políticas siempre va a haber, pero con todo y lo imperfecta que puede ser la crítica, siempre debe de existir.

    Y bien lo deberían de saber quienes hasta el año pasado supieron muy bien qué era ser un crítico ferviente del régimen.

  • La conspiración de George Soros

    La conspiración de George Soros

    George Soros (Investor, Finanzier, Open Society Foundation), Foto: www.stephan-roehl.de

    ¿En qué coinciden la ultraderecha y la izquierda radical mexicana? George Soros.

    Voceros que apoyan a la 4T, como Alfredo Jalife, dicen que George Soros controla todo el poder mediático en México (poder mediático que dice, es sionista) y que orquestó todo lo ocurrido en Culiacán para desestabilizar al gobierno de López Obrador. También llegan a decir que él estuvo detrás de los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

    La ultraderecha dice que George Soros está detrás de todos los colectivos LGBT y feministas con el fin de «destruir a la familia» e imponer una dictadura mundial, y que de paso busca destruir a Occidente promoviendo la migración en Europa. La ultraderecha lo acusa de estar detrás de una supuesta agenda comunista, pero izquierdistas latinoamericanos como Hugo Chávez lo han acusado de lo contrario.

    Y esto no es nuevo. Tanto los nazis como los comunistas rusos crearon un sinfín de teorías conspirativas en contra de los judíos.

    George Soros se ha convertido en un comodín para crear las conspiraciones más macabras y ridículas. Los radicales de ambas posturas saben que las teorías de la conspiración fundadas en el miedo o en el resentimiento pueden funcionar más que el debate racional. Las teorías de la conspiración son más emotivas y no necesitan del uso de la razón. No necesitan de preparación alguna o conocimiento previo como sí se necesita para discutir profundamente sobre los temas en los que, dicen, George Soros está involucrado.

    George Soros se ha convertido en el comodín de los sectores políticos radicales porque 1) es judío, y las historias antisemitas sobre los judíos que conspiran suelen caer bien en ciertos sectores de la sociedad (los Rothschild o los supuestos Protocolos de los Sabios de Sion son un claro ejemplo) 2) porque es conocido el caso en el que una vez logró desestabilizar la libra esterlina especulando y porque tiene ONG’s internacionales como Open Society por medio de las cuales promueve sus convicciones políticas (libre mercado y progresismo social).

    Y si bien Soros es un millonario que tiene cierto peso político, está muy lejos de tener esa gran influencia que los conspiranoides de la izquierda radical y la ultraderecha le asignan.

  • Andrés Manuel Superestrella

    Andrés Manuel Superestrella

    Un presidente cristiano

    La religiosidad latinoamericana es una muy particular:

    Importamos el catolicismo de Europa (bueno, más bien los españoles nos la «importaron») y naturalmente la forma en que la religión se manifestó no podía estar exenta del contexto colonialista en el que se implantó la fe católica.

    En nuestra porción de continente crecimos con esta idea muy marcada del «pide y se te dará» a diferencia de lo que ocurría con la religiosidad en Estados Unidos y lo que ahora es Canadá. Esa dinámica rememora un poco a aquella que los romanos sostenían con los dioses y que San Agustín de Hipona aborrecía (aunque no era exactamente igual): en aquel entonces había un dios para cada necesidad terrenal, así como en nuestra región se acostumbra mucho a rezar a los santos para pedir trabajo o pedir salud, aunque evidentemente la primera sin esa trascendentalidad de la fe religiosa que tiene la última: la idea de la salvación.

    La cuestión es sea: los pueblos latinoamericanos hemos estado acostumbrados a la idea de pedir a un ser superior que resuelva nuestros problemas. Y así como en los albores de la Ilustración el Estado no rechazó por completo las formas religiosas sino que las adaptó de alguna u otra forma en una realidad laica y más terrenal, esta idea del «pide y se te dará» también se trasladó al Estado en nuestra región.

    El Estado en México y en casi toda Latinoamérica se presentó como uno paternalista, y con base a ese rol construyó el tejido social. Paradójico que ese paternalismo coexistiera con altísimos índices de desigualdad y poco hiciera para reducirlos (y si lo llegase a hacer, lo hace a costa del aparato productivo). Tal vez esa relación vertical entre gobernantes y gobernados explique en parte la incapacidad de los países de nuestra orbe para construir instituciones sólidas. La debilidad institucional, en parte, explica esa profunda desigualdad que coexiste con el paternalismo: la incapacidad del Estado de cobrar impuestos, su dependencia de los recursos naturales. A diferencia de Europa e incluso de Estados Unidos, la desigualdad permanece prácticamente igual antes de impuestos y después de impuestos.

    Si el rol de la religión católica con el Estado en la Edad Media (que no estaban completamente unidos y fungían como una suerte de contrapeso) fue un claro antecedente que, después diversos procesos históricos, derivó en la división de poderes y el Estado de derecho, la particular religiosidad en América Latina derivó en algo no muy parecido y que se conflictúa con el Estado de derecho mismo: el Estado paternalista.

    No es casualidad el surgimiento de los liderazgos populistas en América Latina más que en ninguna otra orbe. La primera ola (Juan Domingo Perón, Getulio Vargas y demás) tenían tanto elementos socialistas, como conservadoras e incluso algunas connotaciones fascistas, pero claramente determinados por el paternalismo. La segunda ola (Chávez y los suyos) con una retórica más socialista (en gran medida por su relación con Cuba), pero en la práctica no muy distintos a los de la primera ola. Pero incluso muchos gobiernos no populistas y que fueron un poco más institucionales dentro de lo que cabe (Lázaro Cárdenas y el PRI en general) mantuvieron una relación paternal con los gobernados.

    Cuando López Obrador dice que su gobierno es cristiano (casi equiparándose con Jesucristo), apela más bien a este cristianismo típico de América Latina, donde un líder salvador vendrá al rescate de su pueblo. Aunque parezca contradictorio y paradójico dado que se considera que es la izquierda la que más pugna por la separación entre Iglesia y Estado, la izquierda latinoamericana siempre ha estado bañada de una fuerte dosis de cristianismo. En muchos casos, los líderes renegaban de ello, así como las primeras repúblicas europeas lo hacían a la vez que importaban muchas de sus formas.

    López Obrador simplemente quita ese velo bajo el cual se niega cualquier influencia cristiana de forma explícita (aunque se mantiene de forma tácita) y revela a la tradición del cual él forma parte tal y como es. Retorna a los símbolos cristianos muy latinoamericanos haciéndolos explícitos, habla de los mandamientos, de «pecados sociales», hace analogías de su gobierno con el cristianismo. Su religiosidad no es una de élites, sino con una más de pueblo, no tan parecida a la de aquel joven que estudia en una escuela del Opus Dei sino al de aquel que todos los años participa en la peregrinación de la Virgen de Guadalupe o la Virgen de Zapopan.

    No es descabellado imaginar a López Obrador como un líder parroquial, no es casualidad que su partido tenga como nombre MORENA (la morenita). López Obrador se ha sumado a esa izquierda cuasirreligiosa, esa que está tan arraigada en nuestro continente y sigue siendo parte de nuestra cultura, pero que, para efectos prácticos, se ha convertido un problema a la hora de construir instituciones sólidas y a la hora de tratar de consolidar una democracia liberal como la que presumen gran parte de los países desarrollados.

  • ¿Por qué Chile?

    ¿Por qué Chile?

    ¿Por qué Chile?
    Foto: CIDH

    El mundo actual parece muy convulso y muy incierto.

    Hoy más que nunca se discute sobre el futuro de la democracia liberal (incluso se llega a dudar de su futuro mismo), se habla del Brexit, del nuevo reacomodo geopolítico, del nacionalismo, del nativismo. El orden que hasta hace poco dábamos por hecho y que incluso algunos tuvieron la ocurrencia de asegurar que se trataba del fin de la historia se tambalea.

    Por si eso no fuera poco, comenzaron a manifestarse varios brotes de descontento en muchos países y por diversas razones: Hong Kong, España (Cataluña), y ahora gran parte del Cono Sur donde tanto regímenes de derecha como de izquierda vieron cómo la ciudadanía salía a las calles para manifestarse en su contra: ahí tienen a Venezuela, Ecuador, Bolivia, y ahora Chile.

    Pero ¿por qué Chile?

    ¿Por qué Chile si era casi el ejemplo a seguir de América Latina, si es uno de los países que más ha crecido en estos últimos años?

    ¿Por qué ahí la indignación se manifestó con tanta virulencia, con metros y hasta edificios incendiados?

    Algo que me parece que ignoran muchos, es que muchas de las demostraciones de descontento ocurren en países que están creciendo. Fue el caso de México en el 68, fue el caso de la manifestación que derivó en la masacre de Tiananmén en China, por poner uno de varios ejemplos. Suena paradójico pero así ocurre en muchas ocasiones: la gente de las clases altas no tendría muchas razones para manifestarse (a menos con que le amenacen nacionalizar su patrimonio) y la gente pobre no tiene que comer. En cambio, es la clase media, la que ha crecido en las últimas décadas, las que se muestra descontenta e inconforme.

    Lo que disparó la manifestación fue una modesta alza en el metro, y esto, junto con lo anteriormente mencionado, explica por qué hay gente que cree que hay una conjura o un complot. No dudo que existan intereses políticos que aprovechen el descontento, así como seguramente ocurrió en Venezuela, en Ecuador o en Bolivia, pero me parece un despropósito explicar las razones del descontento en tonos conspiranoides. La realidad es que el alza en el metro fue solo la gota que derramó el vaso. El ex presidente Ricardo Lagos afirma que desde hace años venía diciendo que «Aquí hay una situación que va a explotar, porque el país sigue creciendo pero a mí no me toca nada».

    Hay quienes dicen que «falló el neoliberalismo» y otros que no entienden cómo es que con un modelo tan exitoso los chilenos se sientan inconformes. Pero me parece que ambos no terminan de entender todo el fenómeno en su complejidad y están juzgando desde sus afinidades ideológicas.

    Sería precipitado culpar al modelo en sí. Que Chile creció es una realidad que no se puede negar, pero tampoco se puede decir que no existan razones para el descontento y ello debería motivar a los chilenos a ser críticos con ellos mismos. ¿qué sí funciona? ¿Qué es lo que no está funcionando? ¿Que el PIB haya crecido más que ningún país del Cono Sur es suficiente para decir que todo va bien y que no hay razones para que la gente se moleste?

    Una de las razones, me parece, tiene que ver con la tecnocracia y las actitudes de la élite política. En Chile hay una sensación de que muchos no se están beneficiando de las mieles del crecimiento, que a pesar de que escuchan a cada rato lo maravilloso que el país crece, ellos no sienten algo recíproco en su vida diaria. Dicen muchos que los ricos tienen mecanismos y herramientas que ellos no tienen a su alcance para salir adelante, se preguntan por qué, a pesar del crecimiento, los servicios públicos son muy malos, que por qué el transporte público es muy caro. Sienten que no están tan bien como les dicen que están. Esos «recovecos» del sistema que los hizo crecer se manifestaron con más ahínco y dicho sistema se volvió víctima de su propio éxito: engrosó la clase media, pero esa misma clase media salió a las calles a manifestar su indignación.

    El problema es que, si bien el sistema económico ha traído números muy positivos, la tecnocracia no ha salido de su burbuja a entender las necesidades de la gente. Los chilenos sienten a la clase política muy distante, como encerrados en sus oficinas diseñando fórmulas y creyendo que con ver los números positivos ya habían hecho todo su trabajo. Ignoraron que el sistema exitoso también tenía algunos defectos, los subestimaron, y ahora les explotó en las manos. A pesar de que la desigualdad ha disminuido ligeramente en las últimas décadas, el país sigue siendo muy desigual y, a diferencia de todos los países de la OCDE al cual ingresaron precisamente por sus éxitos (excepto México y Turquía), no hay una disminución de la desigualdad después de impuestos.

    Posiblemente el sistema no estaba mal del todo, pero tal vez sí le faltó ese sentido humano que los políticos chilenos ignoraron confiados de que las gráficas se mostraban ascendentes. Al mantenerse distanciados, la izquierda se apoderó de toda la retórica. La derecha no tenía narrativa, no sabía comunicar y tal vez ni siquiera estaba interesada en ello. Creían que con las métricas era suficiente.

    La reacción del gobierno de Piñera ha sido pésima: primero, porque reaccionó tarde, ya que todo explotó de forma violenta en una reacción en cadena que, además, se alimentó de las manifestaciones que surgieron en estos días en otros paìses, y cuando eso ocurrió, le declaró la guerra a los inconformes (como si todos fueran violentos) y, peor aún, reaccionó de forma desproporcionada ocasionando varias muertes en un país donde la herida llamada Augusto Pinochet no termina de cerrar. Aunque cedió y propuso algunas medidas (que suenan un poco más a paliativo), el daño ya está hecho.

    Preocupante sería que Chile termine no reconociendo lo bueno dentro de lo malo y se vea tentado por el populismo, y eso puede ocurrir si el gobierno no reconoce lo malo dentro de lo bueno y se pone manos a la obra, al menos para recuperar algo de todo lo que se perdió en estos días. La reacción del gobierno (tardía y desproporcionada) tan solo reafirma lo que muchos chilenos pensaban de éste: que se trata de una élite que está aislada de la ciudadanía a la cual ni le entiende ni le importa. El gobierno tendrá la difícil tarea de tender puentes (y que se hace más difícil conforme pasa el tiempo), de salir de su burbuja y entender al país al que está gobernando que es mucho más complejo que una gráfica del crecimiento del Producto Interno Bruto.

    Chile se encuentra en el caos. Una turba indignada y un gobierno actuando de forma arbitraria invaden las calles de las principales ciudades del país. Es un asunto muy complejo. Se necesitará de mucho tesón y de mucha paciencia para resolverlo. Pero sobre todo de mucha inteligencia.

  • Una sociedad más libre, una sociedad con más normas

    Una sociedad más libre, una sociedad con más normas

    Una sociedad más libre, una sociedad con más normas

    Aunque no lo parezca, vivimos en una sociedad con muchas regulaciones, normas sociales y leyes. Aún así, nos atrevemos a decir que somos más libres que tiempo atrás. En la mayoría de los países occidentales no nos sentimos oprimidos ni vivimos bajo el yugo de una dictadura o un régimen monárquico, pero es posible que estemos sujetos a más leyes y normas que en aquellos regímenes. ¿Cómo es eso?

    Resulta que, cuando alguien adquiere un nuevo derecho, alguien más pierde necesariamente otro. Los derechos no surgen de la nada ni pueden excluirse de esta dinámica. Muchas de las normas y leyes tienen el fin de preservar los derechos de los demás. El Leviatán de Hobbes, con lo grotesco que pueda parecer a nuestros tiempos, es muy ilustrativo: los seres humanos, al abandonar su estado natural y formar parte de una civilización, renuncian al derecho a matar o al derecho a robar de tal forma que puedan vivir en un Estado civilizado.

    Pongo un ejemplo: si la esclavitud fue abolida (con lo cual se reafirma el derecho de todo ser humano a ser libre) entonces yo ya no tengo derecho a tener esclavos. Para que los otrora esclavos ganen un derecho, yo, como esclavista, tengo que perder otro.

    O uno más actual. Como los LGBT están cada vez más integrados a la sociedad, se vuelve más reprobable que yo me burle de ellos o utilice términos como «ese joto» o «ese maricón».

    Cuando se ingresa un nuevo derecho, alguien más pierde otro derecho y que es el que estaba contrapuesto con ese derecho nuevo. Cuando se gana una nueva libertad, alguien pierde otra y que es esa libertad que no permite a la primera manifestarse.

    Entonces, si hay más normas y regulaciones que nunca, ¿por qué decimos que somos más libres?

    Resulta que los derechos que se ganan otorgan una mayor libertad que aquellos que se pierden. Así, las normas y las leyes cuando son justas, aunque sean mayor en número, otorgan una mayor libertad que la que quitan. Si a mí se me diera el derecho a matar, muchas personas (a quienes yo mataría) perderían el derecho a vivir, en tanto que si yo pierdo el derecho a matar, todas aquellas personas ganan el derecho a vivir. Ellos ganan más «en cantidad y calidad» que lo que yo pierdo, porque si yo pierdo el derecho a matar, yo mantengo mi derecho a vivir, en tanto que si yo gano el derecho a matar, ellos pierden su derecho a vivir además que no tienen el derecho a matar porque no se les concedió.

    Por ello tenemos un sinfin de normas (escritas y no escritas) que debemos seguir, pero no consideramos que la mayoría de ellas sean opresivas. Por el contrario, la coerción se diluye en la multiplicidad de normas a las que estamos sujetos ya que muchas de ellas tienen el fin de que nadie más restrinja nuestra libertad.

    Hemos perdido el derecho a matar, a agredir, a discriminar a alguien por su raza, a robar. Pero hemos ganado muchos otros derechos que nos hacen más libres que aquellos derechos que hemos perdido, derechos que, a diferencia de los primeros, nos permiten coexistir dentro de una civilización.

    El progreso de la sociedad consiste en ello: no en buscar la libertad transgrediendo las normas o liberándonos de ellas, sino precisamente en sustituir unas normas por otras, en retirar algunos derechos para incluir otros. Las normas no desaparecen, por el contrario, se vuelven más sofisticadas.

  • Fuchiguacalismo, la humillación del Estado

    Fuchiguacalismo, la humillación del Estado

    Preocupante me parece es que este sea el tercer artículo seguido que escribo sobre un tema preocupante de lo que está aconteciendo con el gobierno de López Obrador (y eso que me he guardado otros temas). Pero lo que ocurrió ayer no tiene nombre y no hay manera de justificarlo.

    Lo que ocurrió ayer es tan solo un peldaño más de lo que muchos estábamos alertando: que este gobierno se muestra débil, que a este gobierno le tiembla la mano a la hora de querer aplicar la ley. Lo vimos con las repetidas ocasiones en que el ejército fue humillado por pobladores o delincuentes, en aquellas declaraciones donde decía que el narco es pueblo. Lo vimos en el excesivo buenismo al tratar de abordar un tema tan complejo como es el tema de la inseguridad, el cual, como dice el ya tan cacareado slogan, dicen que puede resolverse con abrazos y no con balazos.

    Que un gobierno haya liberado a un capo de la droga porque «no pudo» no tiene precedentes. Es una humillación histórica, es la renuncia del Estado a una de sus funciones más elementales que es la de proporcionar seguridad a sus gobernados.

    Me dirán que el Estado siempre ha sido incapaz de proporcionar seguridad, lo cual es cierto. Pero aquí hablamos de una renuncia formal traducida en la liberación de un capo previamente capturado producto de una deficiente estrategia que orilló al gobierno a liberarlo para evitar una tragedia.

    El problema no fue tanto la liberación en sí. En ese contexto, tal vez habría sido más grave no hacerlo. El problema fue eso que llevó al gobierno a liberarlo y que se puede resumir en un operativo completamente deficiente. Eso es todavía más grave porque el mensaje que se manda es muy claro:

    Cedemos ante el narco porque no pudimos contra ellos.

    Son preocupantes las imágenes donde la SEDENA, casi sometida, ve pasar a hombres con armas de grueso calibre sin hacer absolutamente nada porque están en desventaja. Ello es tan solo un reflejo de la incapacidad del Estado, del cual se dice tiene el monopolio de la violencia, para hacer frente al crimen. ¿12 años de campaña, 12 años de levantar la mano, para llegar a la presidencia y presentar un gobierno tan débil y tan pusilánime ante una crisis de inseguridad por la cual sufren muchos mexicanos? ¿De verdad?

    Después de desmentir al propio Durazo, López Obrador declara en su mañanera que se tomó la decisión acertada, que había que liberar al hijo del Chapo para evitar un derramamiento de sangre.

    El Presidente dice que en su gobierno «el derramamiento de sangre ya terminó», que no puede «valer más la captura de un delincuente que las vidas de las personas». Se contrasta con los anteriores gobiernos para decirnos que están haciendo las cosas de forma diferente. ¿Y cómo el que ese capo esté libre va a garantizar seguridad a los ciudadanos? ¿Y cómo lo va a hacer los treinta y tantos reos que se fugaron? El ridículo es tan grande que la familia de Ovidio hasta mensaje de gratitud va a enviar.

    Como dije antes, con la situación ya insostenible no quedaba otra que liberarlo, pero ¿entonces por qué hacen un operativo sin pies ni cabeza que va a salir mal? ¿Por qué no lo plantearon de mejor manera? ¿Por qué improvisar de esa manera ante algo tan delicado y sobre lo cual, se supondría, ya existe mucha experiencia porque no son pocos los capos que se han detenido en nuestro país?

    Hoy los cárteles se sentirán más seguros, porque frente a ellos tienen a un Estado débil, uno al que le tiembla la mano, uno que improvisa y luego recula, uno que dice que «no quiere derramamiento de sangre» ni violencia, uno que habla de dar abrazos, de recular a su tarea como poseedor del monopolio de la violencia porque piensa que basta con entender las causas por las cuales alguien se vuelve delincuente para acabar con el narco y el crimen.

    El Estado mexicano fue derrotado, fue humillado. No lo fue tanto por incapacidad sino por incompetencia. El día de hoy se sienta un precedente muy peligroso, incluso para las aspiraciones de López Obrador, ya que si hay algo capaz de matar una narrativa tan poderosa como la que AMLO ha creado es una situación grave de inseguridad.

    Lo que pasó es muy peligroso y preocupante. El ciudadano promedio tiene razones de peso para estar preocupado.