Categoría: reflexión

  • ¿Por qué derriban las estatuas?

    ¿Por qué derriban las estatuas?

    ¿Por qué derriban las estatuas?

    Destruir o vandalizar estatuas porque las figuras que representan no sostuvieron los valores que hoy impulsamos es un terrible sinsentido.

    Sería comprensible si dicha estatua es de un dictador sanguinario o de una figura que refleje los más profundos antivalores de una nación o una sociedad. Pero ¿atacar la estatua de Winston Churchill y destruir todo su legado porque sus posturas raciales no serían muy aceptadas hoy en día y que, aún así, fue clave para destruir un régimen que era muchísimo más racista como el de Hitler?

    Si procuramos el progreso, si los individuos hemos ganado derechos con el tiempo y muchas minorías han ganado reconocimiento que en el pasado no tenían, entonces ello implica que quienes vivieron antes de que eso ocurriera no reconocieran ni conocieran esos derechos. Por lo tanto, lo que hoy nos parecería aberrante antes era la norma.

    Dicho esto, casi todas las figuras nacionales tenían formas de pensar que a la fecha de hoy nos parecerían aberrantes, y ello es regla y no excepción. Basta leer la epístola de Melchor Ocampo (político liberal) para darse cuenta de ello.

    Y si comprendemos que dichas figuras vivieron antes de que el mundo «progresara», entonces sería injusto que los juzgáramos bajo nuestros criterios del siglo XXI. Más bien tendríamos que contextualizar su legado y su altura moral de acuerdo con su tiempo y no con el nuestro, porque las convenciones contemporáneas ni siquiera las conocían. ¿De acuerdo con su época, podemos decir que tal individuo fue recto?

    Si no aprendemos a contextualizar, entonces vamos a llegar a la inevitable conclusión de que nos tenemos que pelear con nuestro pasado y que tenemos que borrarlo. Eso es muy grave, porque las sociedades necesitan un legado, un pasado sobre el cual sostenerse y justificar su esencia. ¿Qué nos volveremos incapaces de reconocer el papel de Winston Churchill a la hora de combatir el nazismo?

    La verdad es que, a pesar de que algunas de las formas de pensar y de actuar hoy nos sean aberrantes, el legado de muchas de esas figuras debe mantenerse. ¿Voy a despreciar toda la filosofía de Schopenhauer porque era misógino, algo que era la regla en sus tiempos? ¿No puedo ser una persona madura y aprender a separar la misoginia de Schopenhauer, muy típica en su tiempo, de su legado filosófico? ¿Los gringos tienen que pelearse con George Washington porque no defendió la paridad de género en su gobierno o porque no incluyó negros en su gabinete?

    ¡Qué terrible sería voltear al pasado de esa forma y concluir que los seres humanos éramos esencialmente malos y abominables!

    Y lo paradójico es que, asumiendo que en el futuro los individuos puedan adquirir otro tipo de derecho, bajo la misma tesitura entonces ellos juzgarían de abominables e inhumanos a quienes hoy protestan por la «inhumanidad» de sus antecesores.

    Voltear al pasado y percatarnos de que las figuras de antaño sostenían pensamientos y hasta actos hoy calificados como aberrantes debería de generar el sentimiento opuesto, que hemos evolucionado como sociedad y que podemos enorgullecernos de ello, no lo opuesto. Lo primero ayuda a fortalecer nuestro ethos social, lo segundo lo destruye.

  • ¿Por qué reprimieron a los manifestantes en Guadalajara?

    ¿Por qué reprimieron a los manifestantes en Guadalajara?

    ¿Por qué reprimieron a los manifestantes?

    En Guadalajara vivimos uno de los días más oscuros.

    Todo empezó con el asesinato de Giovanni, quien había sido levantado y asesinado por la policía. De esto escribí hace algunos días. Y si bien ello ocurrió ya hace un mes, la opinión pública se acababa de enterar del hecho.

    A raíz de esto, se organizaron una serie de manifestaciones en la ciudad. La primera fue a las afueras de Palacio de Gobierno. Había razones de peso para indignarse.

    Las cosas comenzaron a descontrolarse. Algunas unidades de policía fueron incendiadas y lo que a uno le rondaba por la cabeza es que la ola de motines provocada por el asesinato de George Floyd en Estados Unidos había llegado a México. Ambos casos concordaban en ser abusos policiales que derivaron en la muerte de una víctima y que se transformaron en protestas multitudinarias, muchas de ellas pacíficas, junto con otras donde el vandalismo y los saqueos se hacían presentes.

    Sin embargo, se puede percibir cuando aquellos que son parte de los motines están ahí producto de la indignación y cuando son «vándalos profesionales» enviados por algún interés específico. Varios de los «vándalos» no se veían precisamente enojados, parecía que estaban haciendo algún trabajo.

    Es importante entender el contexto en el que hay una gran tensión política entre el Gobierno Estatal (Enrique Alfaro) y el Gobierno Federal (Andrés Manuel López Obrador). Desde el inicio del sexenio ha habido pique entre ambas figuras, las cuales se acrecentaron con la pandemia donde Alfaro logró capitalizar el conflicto a su favor.

    Lo que vimos estos dos días se explica, en gran medida, por este conflicto donde hay muchos intereses políticos en juego: Enrique Alfaro aspira a ser Presidente de la República, mientras que él se ha convertido en una de las muy pocas figuras políticas de oposición en el país que tienen cierto peso. López Obrador está urgido de neutralizar el liderazgo de Enrique Alfaro mientras que este último está urgido de ungirse como el opositor que se opone a la 4T en aras de construir su candidatura a la presidencia y que es es, el día de hoy, una de las muy pocas cartas que la oposición tiene para poder competir en 2024.

    No solo eso, Enrique Alfaro es uno de los pocos políticos capaces de construir narrativas que atraigan la atención del electorado, que puedan generar mensajes de esperanza y, por tanto, que puede competir con la poderosa narrativa de la 4T. Para ello tiene agencias de comunicación como Indatcom y La Covacha que fueron cruciales en su ascenso como figura política.

    Vaya, hay muchos intereses inmiscuidos en este conflicto y que trascienden los intereses propios de Enrique Alfaro y Andrés Manuel López Obrador.

    Estos intereses explican que, después de lo ocurrido el primer día de las manifestaciones donde circularon tanto videos de detenciones arbitrarias así como de un vándalo que cobardemente prendió fuego a un policía, Enrique Alfaro afirmara que esto se había organizado desde los sótanos del poder del Gobierno Federal. Directamente culpó al gobierno de López Obrador por lo ocurrido:

    Es posible que el Gobierno Federal haya tenido algo que ver con esto si comprendemos el contexto en el que todo esto se llevó a cabo, hay algunas evidencias que sugieren esa hipótesis. Es posible que Alfaro llegara a tener algo de razón (que algunos de los vándalos hayan sido enviados para buscar deslegitimar a su figura). Lo que tenía que hacer Enrique Alfaro era no caer en la provocación.

    El problema es que cayó.

    Hasta este momento las cosas no iban tan mal para él. Se ordenó detener a los policías involucrados casi en ese mismo momento para evitar que esto se le convirtiera en su «Ayotzinapa», pero la comunicación de Alfaro no estaba siendo muy asertiva (y no es la primera vez que ocurre). Alfaro pudo comprometerse a combatir de fondo el problema del abuso policial y mostrar empatía, pero no lo hizo y ello generó más bien indignación. Se le veía notablemente molesto ante las cámaras. Mandaba mensajes confusos donde en las ruedas de prensa se veía visiblemente enojado con los manifestantes con los cuales después dijo empatizar.

    Uno de los talones de aquiles de Enrique Alfaro es su carácter, es una persona que se enoja fácilmente y que puede perder la cordura. Si el Gobierno Federal tuvo algo que ver con lo ocurrido, seguramente sabían de este detalle y sabían que podían darle «por ahí» para sacarle provecho. Alfaro se estaba volviendo muy incómodo para los intereses del poder político al mostrarse como quien sí estaba actuando de forma responsable ante la pandemia y como quien sí levantaba la voz y «tenía muchos huevos».

    El día siguiente fue uno de los días mas oscuros en la historia moderna de la ciudad y, por tanto, uno de los días más oscuros de su gestión. Un día antes, Alfaro, visiblemente molesto, recriminó que se manifestaran también ese dia cuando los responsables ya habían sido detenidos. Era muy visible la molestia del gobernador con la protesta que se llevaría a cabo en la fiscalía.

    ¿Qué pasó? Nos enteramos que varios manifestantes (inocentes y que no habían hecho nada) habían sido levantados y abandonados en colonias peligrosas por el Cerro del Cuatro (varios de los levantados no han aparecido al tiempo en que escribo esta columna). Algunos fueron golpeados y agredidos (agresiones que fueron documentadas en video) de forma arbitraria por policías vestidos de civiles como lo muestran varios testimonios aquí y aquí. Incluso figuras de talla internacional como Guillermo del Toro mostraron indignación ante lo ocurrido y solicitaron liberar y encontrar a los que fueron arbitrariamente levantados.

    Todo esto ocurría mientras en Twitter se promovía el hashtag #AlfaroParaPresidente, uno con un timing muy inoportuno y que fue aprovechado por sus detractores.

    ¿Cuál fue la respuesta de Enrique Alfaro? Acusar a la Fiscalía de «no haber hecho caso a sus indicaciones» y haber actuado con brutalidad. Básicamente se deslindó de lo ocurrido. El problema es que cualquiera de las dos hipótesis que se pueden esgrimir a partir de sus declaraciones lo dejan mal parado. Una evidentemente sugiere que sí tuvo algo que ver y la otra lo deja ver como alguien que no tiene control de sus fuerzas de seguridad.

    Lo triste es que decenas de manifestantes inocentes y pacíficos pagaron el precio de recibir las «balas perdidas» del conflicto entre el gobierno de Enrique Alfaro y el de Andrés Manuel López Obrador. A muchos de ellos les coartaron su derecho a la libertad de expresión, manifestación y movilidad. En un acto de autoritarismo, fueron brutalmente reprimidos por quienes dicen ser las fuerzas del orden y varios de ellos, en el momento que escribo este artículo, no han aparecido:

    El conflicto es evidente y basta darse una vuelta por las redes para constatarlo. El alfarismo y la oposición de López Obrador intentan mostrar a un Alfaro que se resistió al «embate autoritario» del Gobierno Federal, narrativa que hasta antes de la manifestación de ayer estaba funcionando relativamente bien. Por el contrario, el pejismo ha tratado de mostrarlo como un intolerante, fascista y represor mientras que se han deslindado completamente de lo ocurrido.

    Hasta el día de ayer, la primera narrativa tenía más peso, pero lo ocurrido hoy fortaleció la segunda.

    Alfaro pudo salir avante de este conflicto, pudo haberlo capitalizado a su favor, pero lo ocurrido ayer junto con sus imprudentes y confusas declaraciones lo puso en una situación muy comprometedora en aras a sus ambiciones políticas.

    Dicen que el que se enoja pierde. Hoy fue Alfaro el que se enojó y el que dejó que las cosas se le salieran de control. Es cierto que en política las narrativas suelen «crear la realidad» y el impacto sobre Alfaro o el gobierno de AMLO dependerá también del trato que se dé a lo ocurrido de forma que se pueda capitalizar. Lo cierto es que en esta batalla por la narrativa, con lo de ayer, Alfaro quedó en desventaja. Hoy mucha gente está muy molesta con él por lo ocurrido y es muy posible que se lo recuerden en campaña (independientemente de que hubiera tenido algo que ver o que hayan actuado así sin su permiso).

    Y quienes pagaron los platos rotos por el conflicto fueron personas inocentes.

  • Giovanni: De Minneapolis a Ixtlahuacán

    Giovanni: De Minneapolis a Ixtlahuacán

    Giovanni: De Minneapolis a Ixtlahuacán

    Los sucesos llegan, por sí mismos, a decirnos algo sobre la sociedad en la que se encuentran insertos. Los sucesos nunca están aislados de su contexto; de hecho, son producto de varios procesos a su vez determinados por la forma en que una sociedad dada se manifiesta.

    Justo en el post pasado decía que el asesinato de George Floyd, así como la posterior reacción, se explicaban por distintos procesos que acontecían en la sociedad en la que ocurrió este cobarde hecho. Podíamos hablar de brutalidad policiaca, de racismo y un sinfín de cuestiones que se explicaban por ciertos procesos culturales y sociales.

    Coincidentemente, pocos días después, justo cuando la discusión en las redes sociales tiene que ver con la brutalidad policiaca y el racismo, ocurre un hecho lamentable, indignante y cobarde en nuestros propios terrenos: entonces nos enteramos del asesinato de Giovanni, un albañil de 30 años, quien había sido detenido en Ixtlahuacán de forma arbitraria (cerca de Guadalajara) por no portar cubrebocas.

    El cuerpo de Giovanni fue entregado ya sin vida el día siguiente de su detención, a quien habían llevado al Hospital Civil porque «se le había pasado la mano a los oficiales» (grosero eufemismo). Los familiares se pudieron percatar de que el cuerpo de Giovanni presentaba varios signos de tortura y hasta un balazo en la pierna.

    La noticia, a diferencia del caso de George Floyd, no ha generado tanto ruido en nuestra propia ciudad (siendo que fue algo que aconteció en las afueras), por increíble que parezca. Mucho se habló de George Floyd y la discriminación de los negros en Estados Unidos, de las protestas y demás. Menos se ha hablado del asesinato de Giovanni, caso menos mediático. Curioso es que hasta revistas de la «alta sociedad», de esas donde solo aparece gente de tez blanca, se «solidarizaron» con los negros en Estados Unidos.

    Y así como podemos hablar de brutalidad policiaca o racismo (sea donde se encuentre ubicado), aquí podríamos hablar de indiferencia (sobre todo cuando la víctima no pertenece a las zonas acomodadas de la ciudad) ya que la violencia en México se ha vuelto tan cotidiana que la damos por sentado, de brutalidad policiaca (aunque expresada en otra forma y posiblemente por otras razones) así como una predilección de los mismos cuerpos policiacos de abusar de los que no tienen, de aquellos de quienes pueden abusar sin tener consecuencia alguna.

    Y es que los que viven en pobreza o en zonas populares no tienen los contactos o los mecanismos que sí tienen en las clases más acomodadas para presionar cuando son víctimas de una injusticia y porque aquello que afecta a este último sector suele generar mayor impacto mediático que lo que ocurre en las zonas populares o los barrios pobres.

    En nuestro caso tal vez no podría hablarse de racismo (en tanto varios de los policías no suelen ser de otra ‘etnia’ ni pertenecen a una clase social muy distinta a la de las víctimas) pero sí de un contexto donde el sistema de justicia no funciona igual para todos, de un sistema que hace distinciones de clase. Un policía sabe que si abusa de una persona que tiene dinero, el riesgo de sufrir consecuencias por ello será bastante mayor a que si abusa de una persona que se encuentra en la pobreza. No es un secreto que para «cumplir cuotas» los policías llegan a detener arbitrariamente a personas que se encuentran en barrios más populares por cualquier razón, cosa que difícilmente se atreverían a hacer si se encontraran a un joven perteneciente a la clase media o alta en un barrio de significativa capacidad económica (y aún así el riesgo no es inexistente).

    Cuando el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, decidió que iba a tomar medidas hacia aquellas personas que no se quedaran en sus casas, no pocas personas temieron que esto se tradujera en abusos de autoridad. A pesar de que esa medida se contemplaba como necesaria (dado que era necesario quedarse en casa para contener la pandemia y a muchas personas no les importaba) en sentido estricto ello era ilegal (solo el Gobierno Federal puede restringir derechos en caso de una emergencia de acuerdo al artículo 29 de la Constitución). No sabemos cuántos abusos han provocado estas medidas porque no parece haber un conteo al respecto y porque muchos quedan impunes, pero basta con recordar el trágico caso de Giovanni para recordar por qué la gente no confía en la policía.

    Así como Giovanni, todos los días muchas personas son vulneradas, agredidas y hasta asesinadas por aquellos que se supone los deberían de proteger. Hoy Giovanni perdió la vida a manos de quienes deberían protegerla y esto debería generar una profunda indignación.

  • Motines y saqueos. El ser y el deber ser

    Motines y saqueos. El ser y el deber ser

    Motines y saqueos. El ser y el deber ser

    Vimos que en Estados Unidos, a raíz del cobarde e indignante asesinato de George Floyd, se llevaron a cabo manifestaciones que terminaron en actos violentos, saqueos y demás.

    Evidentemente algunas personas insistieron en el cobarde asesinato y entendieron los motines como una mera consecuencia de lo acontecido, mientras que otros insistieron en que los actos violentos son condenables (los liberales-progresistas enfocados en lo primero, derechistas y conservadores en lo segundo).

    De alguna u otra forma, ambos tienen razón. Es evidente que las posturas ideológicas condicionan el enfoque y la forma en que abordan el conflicto. Pero para entender el fenómeno debemos hacer una distinción entre el ser y el deber ser. Si bien, los sesgos ideológicos o políticos son prácticamente inevitables, sí se les puede acotar para tener una mejor comprensión de lo ocurrido.

    El ser

    Es casi una consecuencia que, a raíz de lo ocurrido, esto haya derivado en motines y violencia. La violencia es una clara expresión de la indignación acumulada dentro de aquellos sectores de afroamericanos que viven en condiciones más difíciles producto de procesos históricos donde el racismo está involucrado y perciben cómo quienes deberían protegerlos los violentan.

    Ese sentimiento de impotencia y rabia se convierte en un detonante para que salgan a hacer desmanes. Voy a decir algo que espero se entienda bien y quede claro para evitar prejuicios: los negros tienden a ser, por lo general, más violentos: suelen cometer más crímenes y poblar más las cárceles. Pero no lo son porque sean más malos ni porque haya algo en su genética que los incline a comportarse así. Ello es producto de procesos históricos y culturales donde, por lo general, las personas afroamericanas conviven más con la violencia que los blancos y ya no digamos los asiáticos (que son bastante menos violentos que los blancos). Entonces es más probable que la respuesta ante un acto indignante (y con razón), la forma de reaccionar sea esa.

    Es un error, como suele ocurrir con aquellos que se enfocan solo en el «deber ser», no prestar atención a lo que hay detrás de un fenómeno social y cultural. Lo acontecido no es un hecho aislado, es consecuencia de diversos procesos y eventos que interactuaron de tal forma que bastó algo que prendiera la mecha para que todo explotara: el cobarde asesinato de George Floyd.

    En este punto es necesaria la empatía para comprender el origen del fenómeno. ¿Por qué son más los negros los violentados por la policía? ¿Qué es lo que ha hecho que ellos convivan más con la violencia, la ejerzan y sean víctimas de ella?

    ¿Hay un acto de racismo en el hecho de que negros inocentes sean tres veces más agredidos o asesinados por la policía? ¿Los policías blancos los agreden por ser negros? Es una buena pregunta. Un argumento que se suele esgrimir en contra de esa tesis es que los negros, a su vez, se involucran en actos más violentos y cometen más crímenes. Pero aún si ese argumento explicara todo (estadísticamente), tendríamos que profundizar más con el fin de no caer en un prejuicio producto de la superficialidad con la que abordamos el asunto y que, evidentemente, sería racista.

    En algún punto de la cadena de sucesos y procesos históricos hay, evidentemente, algún problema de racismo, y más innegable es cuando los negros han sido discriminados (hasta por la ley) a lo largo de casi toda la historia de los Estados Unidos. Los cambios sociales siempre son progresivos, y pensar que en unas décadas el problema del racismo (aunque sea evidentemente menor que hace algunas décadas) haya desaparecido. Pensar eso sería un acto de terrible ingenuidad.

    ¿Por qué los negros viven en condiciones más complicadas que los blancos o los asiáticos? ¿Por un fenómeno de aleatoreidad? Imposible ¿porque los negros son, por naturaleza, más violentos? Categóricamente falso. Si hay un sesgo que no se explica por la aleatoreidad o por una «condición natural», entonces podemos deducir que el racismo es parte de la fórmula.

    Es evidente que, en las condiciones actuales, los motines y los actos vandálicos siempre van a ser una posibilidad. Si las condiciones actuales no cambian, las consecuencias difícilmente lo harán. La indignación, el cólera y el repudio hacia este asesinato, son totalmente comprensibles y justificables, y uno puede deducir sin ningún problema que si ataca la problemática desde su base, los incentivos para manifestarse de forma violenta van a disminuir drásticamente.

    El deber ser

    Si, habiendo dicho lo anterior, no nos enfocamos en el «deber ser», correremos el riesgo de romantizar dicha violencia que, a fin de cuentas, afecta a terceras personas inocentes (ataques a la propiedad privada o a personas) y que, por lo tanto, no es justificable.

    Hasta ahora entendemos por qué ocurre y comprendemos que es casi una consecuencia de diversos factores que la desencadenaron. Cuando la derecha pugna por la ley y el orden como el remedio (como bien dijo Trump) sin comprender por qué ocurrió solo está atendiendo los efectos y no las causas. Si las causas no se atienden, solamente crearán una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento e incluso el resentimiento puede crecer.

    Que el hecho de que una persona ataque la propiedad privada de una persona inocente esté explicada por sucesos cercanos a la injusticia que lo incitaron a actuar así, no valida ni justifica éticamente dicho actuar por el simple hecho de que hay un tercer afectado que es inocente. De lo contrario, alguien podría justificar que el policía blanco que lo mató se puede justificar en el hecho de que es una persona que creció con muchos traumas producto de violencia familiar que recibió.

    En este sentido hablo de lo que «debe ser». Lo que es es el hecho de que estos actos son producto de una profunda y justificada indignación. Lo que debe ser es que una persona, sin importar si está enojada, no tiene derecho a violentar a otra persona inocente (o su propiedad). Es decir, la víctima no tiene el derecho a convertirse en victimario de alguien más.

    En este espacio he expresado que en el pasado no me indignó lo ocurrido en manifestaciones feministas ya que la propiedad vandalizada no es privada (tampoco es que me parezca que sea el escenario más deseable), y comprendí (el ser) lo ocurrido producto de la terrible violencia hacia la mujer y el machismo sistémico que todavía existe, por ello no lo descalifiqué. Sin embargo, hice un paréntesis y condené algunos actos (aislados, y de muy pocas) donde una camioneta de otras feministas fue vandalizada y otra donde un reportero fue agredido.

    De la misma forma entiendo que los manifestantes de Minneapolis se hayan ido contra el cuartel de los policías ya que son los agresores, pero es más difícil de justificar que algunos hayan violentado la propiedad privada, aún y cuando entiendo la rabia y la furia que cargan sobre su ser.

    Conclusión

    No podemos encasillarnos en una de las dos dimensiones. La derecha se equivoca rotundamente cuando, en aras de buscar el orden, desatiende flagrantemente las causas. Ello me parece insensible con las víctimas. He visto que algunas personas han decidido relativizar el hecho para condenar fervientemente la violencia. Dicen que «a los blancos también los matan» o All Lives Matter para relativizar lo ocurrido y esperar que las cosas sigan igual. La empatía sí es necesaria para comprender al que sufre y ver qué se puede hacer para acabar con aquél problema.

    Tampoco se puede, como ocurre, satanizar el conjunto y no a los que participan en esos actos. Muchas personas (la mayoría) se manifestaron pacífica y libremente.

    Tampoco podemos, como ocurre en el otro lado, celebrar que ataquen propiedad privada. No solo porque no hay justificación ética en ello, sino porque ello crea inmediatamente otra víctima la cual ni siquiera se está tomando en consideración: aquella persona inocente que vio su negocio arder y perdió todo su esfuerzo por un motín. Sensibilizarse no implica justificar. Podemos, perfectamente, empatizar con ese resentimiento o agravio que hizo al individuo actuar así y, a la vez reprobar el acto, no es excluyente una cosa de la otra.

    Es comprensible que los sesgos ideológicos nos inviten a tomar una de esas posturas, pero podemos al menos acotarlos para tratar de entender el problema con una mejor dimensión y así hacer un mejor juicio de ello.

    «No es suficiente pararme ante ti y condenar los actos vandálicos. Para mí sería moralmente irresponsable condenar el vandalismo si, al mismo tiempo, no condené también las intolerables condiciones que existen en la sociedad. Estas condiciones son las que causan a la gente sentir que no tienen otra alternativa que involucrarse en rebeliones violentas para llamar la atención. El vandalismo es el lenguaje de los que no han sido escuchados. ¿y qué es lo que Estados Unidos ha fallado en escuchar? Ha fallado escuchar que las promesas de libertad y justicia no se han alcanzado.»

    Martin Luther King
  • La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    La sociedad mexicana es una muy estratificada. La marcha y las reacciones a ella lo dejaron bien en claro.

    Se piensa que México está polarizado entre “fifís” y “chairos”. Esa es polarización que ha promovido AMLO y en la que sus opositores han caído cayendo inconscientemente. Pero es falso pensar que la sociedad está dividida de tal forma y que esa oposición meramente binaria explique todas las diferencias culturales, ideológicas o de clase.

    La sociedad en realidad está estratificada y dividida en diversas formas, y dicha estratificación es más notoria en la oposición que en los afines a López Obrador donde las diferencias no parecen ser un problema para alinearse con la 4T.

    No me podría explicar de otra forma que la marcha que ocurrió este sábado (donde manifestantes salieran a pedir la renuncia de López Obrador en sus coches) generara tanta resistencia, crítica y burlas incluso de un sector de la oposición. Esto, con todo y que fue una marcha donde la gente está genuinamente preocupada.

    A algunos les molestó (aquí incluyo a personajes como Enrique Krauze, Luis Carlos Ugalde o hasta el propio Felipe Calderón) que la gente pidiera su renuncia porque va contra la democracia y la institucionalidad. En el “intelectualismo” opositor no les pareció adecuada una manifestación que no se centrara en críticas específicas, reprochan que en vez de criticar tantas cosas que están ocurriendo con este gobierno se centran en que “nos van a llevar al comunismo y nos van a convertir en Cuba”. No es un secreto que Gilberto Lozano, una de las cabezas de estas marchas, ha promovido una retórica muy visceral y populista, con la cual pretende agitar las emociones.

    Varios de ellos temen que estas manifestaciones terminen alimentando la polarización promovida por el gobierno y se alimente un discurso de lucha de clases. En lo particular, creo que si no se tienen puentes (lo que explicaré más adelante) ese riesgo sí existe, y sería peligroso llegar a esas instancias.

    Aquí queda patente una estratificación entre los “académicos y los intelectuales de la política” y la “gente común”. Los primeros hablan de cosas más concretas como democracia, deterioro institucional, economía mientras que los segundos apelan más a conceptos retóricos como “nos van a llevar al comunismo” o el “Foro de Sao Paulo”. Es evidente que los primeros tienen una mayor compresión de los fenómenos políticos y sociales (es su área de expertise), pero habrá entonces qué tender puentes con los segundos para evitar que puedan ser objeto de discursos incendiarios con intereses dudosos (Gilberto Lozano viene otra vez a colación).

    La estratificación socioeconómica es aún más evidente. La mayoría de las personas que salieron a manifestarse (no absolutamente todas, aclaro) viene de posiciones relativamente acomodadas. Aunque se optó por usar automóviles por efectos de la pandemia y la sana distancia, el ver varios automóviles lujosos o del año generó la percepción de que se trataba de una “marcha de privilegiados” que se complementa con lo visto en otras marchas de los mismos colectivos donde personas marchaban con viseras y lentes para el sol. Existe la percepción de que la gente de la clase acomodada vive en su microcosmos y que entiende la política desde éste: “coincidimos en criticar a AMLO, pero ellos solo están pensando en cómo le afectan a ellos” suelen pensar algunos.

    Esto último podría explicarse por el recelo que existe entre los distintos estratos. No es falso que, tiempo atrás, algunos de los ahora manifestantes estaban en contra de las manifestaciones, pedían que se regularan porque causaban tráfico y hasta llegaran a decir que “mejor ponte a trabajar, el cambio está en uno mismo”. El hecho de que los otrora manifestantes vean que ahora son ellos tomen las calles, con las muestras de inexperiencia que implica ser “manifestantes primerizos”, les genera resistencia.

    La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    Después vienen las estratificaciones culturales, ideológicas y generacionales. La oposición lopezobradorista no tiene una afinidad ideológica afín. Algunos son conservadores, otros son liberales o progresistas. Los “grandes” suelen ser más conservadores que la gente joven. El discurso suele ser distinto. La gente grande, seguramente producto de haber vivido en tiempos de la Guerra Fría, habla sobre cómo es que “AMLO nos va a llevar al comunismo”; la gente joven no suele adoptar tanto dicho relato y le parece un tanto extraño, o como «de señor», como a veces dicen ellos.

    El hecho de que los grandes tiendan a ser más conservadores y los jóvenes más liberales hace que estos últimos muestren resistencia para incluirse en estas marchas. Si bien, al parecer fueron más jóvenes a esta marcha que a otras, lo cierto es que, en su mayoría, son gente grande la que las organiza y la lleva a cabo. Muchos se la piensan dos veces antes de juntarse con aquellos que también van a la marcha del Frente Nacional por la Familia y que suele pensar que la “agenda progre” es la misma “agenda que nos va a llevar al comunismo”, aunque es más que evidente que los líderes populistas de América Latina (que, con excepción de Cuba, no son en sí comunistas) tienen poco de progresistas y en no pocos casos suelen ser conservadores en temas sociales.

    Todo esto es un problema para que la oposición logre conformar un frente amplio que funja como contrapeso ciudadano a López Obrador. Las estratificaciones generan resistencia y en eso el oficialismo lleva ventaja ya que las estratificaciones que puedan existir dentro de los simpatizantes lopezobradoristas no son un problema.

    Aunque López Obrador ha perdido mucha popularidad, ésta sigue siendo considerable y homogénea. La oposición, en términos cuantitativos, es, al día de hoy, menor en tamaño; y lo peor es que está muy estratificada de tal forma que no ha logrado formar un solo frente. Líderes de ultraderecha como Gilberto Lozano, si bien tienen una capacidad de convocatoria y organización, se vuelven un serio problema a la hora de querer hacer que dicha oposición trascienda. Tienen presencia en muchas ciudades, pero dentro de ellas no logran crear grandes aglomeraciones que incomoden al gobierno en turno.

    Si se quiere formar una entidad opositora lo suficientemente grande como para que el gobierno sienta presión, deberán tenderse puentes entre los distintos estratos. Deberán, como entidad, dejar de lado temas donde no puedan existir puntos en común (los temas de género son un caso) y centrarse simplemente en los puntos de acuerdo. Tender puentes es una tarea muy difícil, implica “incluir al otro”; implica que una feminista y una señora en favor de la familia natural tendrán que tolerarse lo suficiente como para ir juntos en la causa opositora y dejar de lado, para estos efectos, sus posturas ideológicas en torno a estos temas.

    Tender puentes es importante, porque al mostrar que la oposición es heterogénea pero, a su vez, está unida, podrán en entredicho la narrativa binaria de «nosotros» contra «ustedes». El que muchas personas que piensan distinto puedan unirse rebatirá esa parte de la narrativa lopezobradorista que dice que toda la oposición es conservadora o que quiere que «todo se mantenga igual». Es justo esa heterogeneidad la que puede ser un gran arma, no solo para crear un frente que se vuelva un problema para el gobierno, sino para combatir las intentonas de polarización de su gobierno.

    Importante también es dejar de estigmatizar o reprochar a los que votaron por AMLO. Aunque muchos consideremos que fue una decisión errónea (como si nosotros no pudiéramos cometer errores), lo hicieron en plena libertad como parte del ejercicio democrático y el mandato debe ser respetado. Muchos de ellos están arrepentidos y habría que sumarlos.

    La gente tiene derecho a manifestarse como sea, y celebro que los que antes no salían a las calles ahora lo hagan, eso es un avances desde cualquier perspectiva. Pero el mensaje es importante, reconocer estas estratificaciones lo es, porque si no se hace, será complicado generar una oposición que realmente incomode al gobierno.

    Y recordemos el día de hoy este gobierno no tiene una oposición, tanto que es el gobierno el que tiene que inventarse enemigos.

  • Breve reflexión sobre el pensamiento binario

    Breve reflexión sobre el pensamiento binario

    Breve tratado sobre el pensamiento binario

    El pensamiento binario es la diferenciación más simple.

    Es la más simple porque si queremos diferenciar una cosa de otra, entonces dicha diferencia implica una relación de esa cosa con la otra. No podemos diferenciar, por ejemplo, un reloj de sí mismo que se nos presenta de la misma forma: tan solo podemos diferenciarlo con otros relojes o con el mismo reloj en otras condiciones (porque entonces son las condiciones, una distinta de otra, las que estamos diferenciando).

    Como el pensamiento binario es el más simple, es el que requiere la menor abstracción.

    Es común porque, dada la simplicidad de la abstracción, requiere un menor esfuerzo mental, lo cual lo hace eficiente. Lo más sencillo tiende a repetirse más veces y lo más complejo menos.

    Que requiera un esfuerzo mental mínimo no es algo per se malo. Hacer abstracciones más complejas con la mente lleva más tiempo y esfuerzo.

    Por ejemplo, es más práctico hablar de hombre y mujer que hacer una categorización por medio de otros rasgos que nos dé diez géneros en vez de dos. Sería más fácil determinar si tal persona es hombre o mujer que si tal persona es uno de todos esos géneros propuestos. Implicaría mucho más esfuerzo identificar todos esos géneros y hacer que el entramado institucional se adapte a todos ellos.

    De igual forma podemos hablar de bueno y malo, de arriba y abajo, de claridad y oscuridad, adentro y afuera, listo y tonto, derecha e izquierda (tanto en las direcciones como en la simetría política) y un largo etcétera.

    Pero los binarismos son una abstracción de una cosa que en realidad es mucho más compleja, que tiene muchos matices y asegunes. Podemos encontrarnos con gradaciones, con esas «tonalidades de grises»:

    Sabemos que entre los hombres y mujeres podemos encontrar hombres que son más femeninos que otros o mujeres que son más masculinas que otras. También podemos encontrarnos a aquellas personas cuyo género no empata con su sexo biológico (transgénero). Sabemos también que hay gente muy buena, otra no tan buena, otra que a veces es malvada pero de vez en cuando puede compadecerse y otra que es completamente malvada.

    Pero la complejidad no solo se explica por medio de gradaciones. La diferenciación de una categoría con respecto de otra también se explica por la relación que tiene con otros factores. Por ejemplo, tenemos dos personas que son igualmente malvadas pero cuya maldad, aunque sea igual en grado, no se explica de la misma forma ya que cada una se explica por su relación con un factor distinto: que una persona sea mala porque es psicópata y la otra porque sufrió de violencia familiar de chico. Aunque ambas maldades sean igual en grado, no pueden atenderse de la misma forma.

    Aún así, seguimos hablando de personas buenas y malas. El binarismo es útil cuando quieren crearse conceptos a través de los cuales posteriormente se harán gradaciones y relaciones (ej: menos bueno, más bueno, algo malo). También es útil cuando se debe tomar una decisión rápida en la cual el individuo no puede darse el lujo de profundizar sobre una cuestión dada, o cuando es irrelevante hablar de grados y de relaciones: «Oye mamá, ¿dónde está mi papá? Está arriba (es decir, en la planta alta de la casa). ¿Pero qué tan arriba está?. Está exactamente 3.2 metros arriba porque está sentado en el sillón Es claro que en este caso no tiene sentido ir más allá de la relación binaria (arriba – abajo).

    Pero dado que el binarismo implica la abstracción lo más simple de algo que es necesariamente más complejo, la posibilidad de equivocarse siempre será más alta que cuando se profundice en los matices.

    El binarismo es más práctico pero menos preciso, la complejidad es menos práctica pero más precisa.

    Por ello, cuando una persona quiere profundizar, analizar algo o quiere hacer crítica sobre algo, debe ir más allá de las relaciones binarias y comprender los matices y las relaciones de aquello que está estudiando. Una feminista puede decirme que hay machismo (en contraposición a la equidad de género) y le daré la razón, pero también repararé que el machismo puede manifestarse en diferentes grados y deberse a distintas causas y entender que no es lo mismo una persona que maltrata y abusa de una mujer a otra que puede tener algunos patrones aprendidos de los cuales es inconsciente. Es claro que no puedo tratarlos de la misma forma aunque se diga que ambos son machistas: uno es condenable, el otro es persuadible.

    Un ejemplo nefasto que pueden tener los binarismos es cuando se utilizan con fines políticos para que el individuo no repare de la heterogeneidad de la realidad y puedan construir discursos donde se apela al conflicto entre buenos y malos:

    Hace unos días, una persona en Twitter que simpatiza con el presidente López Obrador me dijo que yo era calderonista porque estaba criticando una campaña de linchamiento contra un periodista que entrevistó a Felipe Calderón. Como Calderón es el «antagonista» de López Obrador, entonces si soy crítico con López Obrador, tengo que ser calderonista.

    En este caso hay un binarismo que ya es de por sí arbitrario (Calderón – Obrador) en el cual si no estás con uno tienes que estar con el otro. López Obrador ha sabido explotar muy bien esto a su favor. Al crear esta distinción entre «pueblo bueno» y «conservadores fifís» busca anular lo heterogéneo, como las voces que están en contra de la corrupción y los privilegios, pero que también están en contra de AMLO (y que no son pocos).

    Ello no significa que del otro lado este fenómeno no ocurra. Por ejemplo, se dice que el feminismo y las «causas progres» son de izquierda y el populismo latinoamericano también. En pensamiento binario, podría decir que el feminismo y el populismo latinoamericano son de una misma cosa o una misma agenda (e incluso algunos sectores sostienen ese argumento), pero luego uno se da cuenta que en la mayoría de los países «populistas» la agenda progresista no luce mucho, y que incluso varios de los líderes populistas han mostrado desden con los sectores que el progresismo dice representar, desde un AMLO que denosta a las feministas hasta un Evo Morales que dice que la homosexualidad es producto de los transgénicos.

    Pensar que la izquierda o la derecha sin reparar en las distintas manifestaciones y corrientes son una misma cosa homogénea es producto de la reducción de la realidad al binarismo. Decir que todo derechista es fascista o que todo progre o hasta socialdemócrata es comunista es simplemente producto de un pensamiento binario que parte, como dije, de una dualidad que ya de origen es arbitraria.

    La incapacidad de trascender el binarismo, por su parte, también es producto de la pereza mental. Así, la persona con un menor espíritu de autocrítica tenderá a ser más manipulable. Y con espíritu de autocrítica no me refiero a simplemente «llevar la contra», sino a ser crítico incluso con uno mismo y, sobre todo, a la capacidad y disposición para detectar gradientes y relaciones más allá del binarismo.

    No se puede dejar de utilizar los binarismos y no es siquiera deseable porque en ciertos contextos son muy útiles. Pero el individuo, de vez en cuando, debe de profundizar y trascenderlos por medio de la razón y el buen juicio si no quiere convertirse en un individuo prejuicioso y manipulable.

  • El futbol mexicano como crudo y cruel espejo

    El futbol mexicano como crudo y cruel espejo

    El futbol mexicano como crudo y cruel espejo

    No, no vayan a malinterpretarme y creer que soy unos de esos pseudointelectuales que repiten a cada rato que «no entiendo como les gusta ver a once monitos perseguir un balón».

    No me desagrada el futbol, de hecho me gusta. No soy ferviente seguidor del deporte pero sí de pronto me gusta ver y disfrutar a alguno que otro partido, pero la verdad es que desde hace varios años prácticamente no sigo el futbol mexicano porque me parece un espectáculo mediocre.

    Si bien el futbol es una forma de entretenimiento, también es una suerte de manifestación cultural. Si queremos hablar de Guadalajara, su cultura y su historia no se pueden dejar de mencionar a las Chivas o al Atlas. Si queremos hablar de Barcelona (la ciudad), el Barça es una de las primeras cosas que se nos viene a la mente.

    La gente le va a un equipo no solo porque juegue bonito (sobre todo en un futbol como el nuestro donde el desempeño de los equipos es tan cambiante) sino por un sentido de pertenencia, porque tal o cual equipo significa algo para los aficionados, sienten que son parte de algo que los representa. En Inglaterra los equipos suelen tienen un gran arraigo con los barrios a los que pertenecen (algunos tienen el nombre del barrio como el Chelsea), en México porque el Guadalajara representa la «mexicanidad», el América porque es el equipo ganador al que todos odian; los equipos pueden representar a x o y sector social, a tal o cual comunidad.

    Y en un deporte como el futbol, lo menos que el aficionado espera de los equipos es que mantengan su arraigo, que no perviertan los valores que representan, que las normas y reglas bajo las que compiten los distintos equipos sean justas ya que, de otra forma, los logros o fracasos pierden legitimidad.

    Y es este último párrafo el que explica por qué el futbol mexicano está sumido en la mediocridad. Hoy escuché que el Morelia, un equipo de mucho arraigo en su ciudad (del mismo nombre) de buenas a primeras se iba a ir a Mazatlán por meros intereses comerciales. En plena cuarentena muchos aficionados salieron a manifestarse en las calles porque no querían que les arrebataran a su equipo que ha competido en la primera división por décadas.

    Pero no solo es eso: hace unas semanas escuchaba que de forma arbitraria quitarían el ascenso por unos años, que harían todo un desorden con la liga de ascenso (que ni terminé de comprender bien), todo lo cual está movido por intereses que poco tienen que ver con el deporte. No es que no haya intereses comerciales detrás porque evidentemente el futbol es un negocio, pero vaya, hasta los nuevos jeques árabes que compran equipos en Inglaterra tienen la precaución de respetar la identidad y el arraigo de sus equipos, y tampoco es como que las ligas más competitivas cambien las reglas de buenas a primeras y sin explicación alguna.

    ¿Resultado? El futbol mexicano nunca se ha jactado de un gran nivel (tampoco es que sea pésimo), a pesar que hablamos de uno de los países donde más personas practican el futbol y donde más arraigo tiene. La selección con trabajos está dentro de las 20 mejores del mundo, la liga anda por las mismas: su nivel anda generalmente un poco por debajo de las ligas argentinas y brasileñas y mucho más abajo que las principales ligas europeas. México en teoría debería tener mucha materia prima para tener una liga más competitiva y una selección que de vez en cuando estuviera llegando a cuartos de final o semifinales de un mundial.

    A pesar de su mediocridad la gente la sigue, no porque sea necesariamente conformista sino por esa «identificación» con los equipos. La gente la sigue porque no hay «otra liga», porque ser chiva o ser águila significa algo, tiene que ver con la cultura, las costumbres y el sentimiento de pertenencia. Pero la corrupción es tal que ni eso le respetan a los aficionados: «tu equipo podrá significar algo o será parte de la cultura de tu ciudad pero, en una de esas, puedo moverte la franquicia a otro lado. Es más, si tu equipo asciende con tanto sudor y sangre, se me puede ocurrir llevarlo a otra ciudad».

    Y cuando pasa esto el futbol pierde seriedad, se convierte en una burla a los mismos aficionados que ya se habían identificado con su equipo. Se convierte en una burla porque luego el aficionado se da cuenta de que las reglas que sostienen a la competición son arbitrarias y no son necesariamente justas, pero a la vez se rehusa a dejarlo porque no hay espectáculo que supla aquellas necesidades que satisface con la afición a algún equipo de futbol.

    Irónicamente, todo esto también es, a la vez, un reflejo de la cultura mexicana, lo cual se ve también reflejado en las mismas autoridades, el gobierno y la sociedad misma. Sí, por un lado está ese mexicano luchón que no se raja (como bien diría Octavio Paz), como decimos que México no se raja en los mundiales; pero también está aquel improvisado, al que le cuesta trabajo construir instituciones sólidas y confiables, aquel que es poco respetuoso de su propio entorno y del prójimo, todo un individualista en el mal sentido de la palabra.

  • ¿A qué normalidad vamos a regresar?

    ¿A qué normalidad vamos a regresar?

    ¿A qué normalidad vamos a regresar?

    Las autoridades nos hablan de «regresar a la normalidad».

    Aunque es posible que haya una segunda ola de contagios, lo cierto es que en muchos países ya se ha logrado contener la curva. Incluso, en el caso de México, la curva, que ciertamente no se ha aplanado, pero que no parece crecer de forma tan virulenta y que tiene una economía algo precarizada que no aguantaría más días de cuarentena, ya hay planes de reapertura. Todo esto nos ha llevado a comenzar a hablar de «regresar a la normalidad», de ir reduciendo por etapas las medidas de confinamiento (que, no sobra decirlo, no han sido muy bien llevadas a cabo por la población).

    Pero hablar de «regresar a la normalidad» es engañoso.

    Primero, ¿qué es lo normal? Esta palabra tiene muchas connotaciones y, en muchos casos, se utiliza para justificar ideas o doctrinas. Se cree que lo normal es lo natural o lo deseable (en realidad algo normal puede ser indeseable y normal no es de ninguna forma sinónimo de natural), pero en sentido estricto su significado tiene que ver con la norma: el evento que se repite un mayor número de veces y/o de forma periódica es lo normal.

    Lo normal es lo previsible, lo que puedo prever que va a pasar y, en efecto, comúnmente pasa. Lo anormal es lo que ocurre rara vez, lo que es imprevisible y lo que no contemplo al punto que me llega de sorpresa y no sé cómo tratarlo. Por ello es que lo normal nos es cotidiano y familiar mientras que a lo anormal lo percibimos con suspicacias y algo de temor porque representa lo diferente y lo extraño.

    Antes de la pandemia, casi todos los días teníamos una rutina en la cual podíamos salir a la calle sin ninguna preocupación relacionada con la salud. Ello era la normalidad, incluso aquello que interrumpía la cotidianeidad lo considerábamos como normal: si me enfermo de gripa tengo que quedarme en mi casa, pero es normal que me enferme de gripa de vez en cuando, o es normal que algún que otro día del año llueva a cántaros y sea mejor quedarme en mi casa.

    Pero una cuarentena no es normal ni previsible. Si bien no es la primera cuarentena producto de una pandemia que ha vivido nuestra especie, lo cierto es que las pandemias de este tipo (en el entendido de que el SIDA no requirió de una cuarentena) ocurren de forma tan esporádica y en un contexto temporal tan diferente que no pensamos siquiera que van a llegar a irrumpir en nuestro día a dia.

    Entramos así en una etapa de anormalidad, donde hemos tenido que modificar temporalmente nuestros hábitos para podernos adaptar a esta contingencia sanitaria. Nuestras vidas hoy son, en cierta medida, anormales (más para unos que para otros, pero nadie escapa de lo anormal), y como se trata de una anormalidad que no es previsible y porque sería mucho más anormal pensar en que dicha anormalidad se va a normalizar debido a que las cuarentenas terminan en algún momento (no es que vayamos a durar varios años encerrados en nuestras casas), entonces nos aferramos a la idea de que la anormalidad se va a ir y «regresaremos a la normalidad».

    Pero ese regresar es equivocado, tendríamos que hablar de una nueva normalidad que no será idéntica a la otra. Esa normalidad a la que algunos quieren regresar simplemente ya se fue.

    Como el virus no se va a ir de la noche a la mañana, no vamos a regresar a las calles como si nada; de hecho, temo que vamos a regresar a una anormalidad más matizada, una donde algunas características de la anormalidad actual van a convivir con otros de la normalidad anterior en conjunto con algunas otras nuevas y exclusivas de esta etapa que está próxima.

    Vamos a tener que volver a salir a las calles con hábitos lo suficientemente distintos para poder coexistir con el Covid-19. Vamos a salir con cubrebocas, vamos a tener que evitar abrazarnos o saludarnos de mano y usaremos gel antibacterial a la hora de entrar a cualquier recinto. Vamos a salir en medio de una crisis económica, en un entorno donde muchos procesos tecnológicos y políticos se han acelerado producto de la pandemia misma.

    Incluso, cuando la pandemia termine, no habremos de regresar a una normalidad, sino que viviremos una nueva que no va a ser exactamente igual a la anterior. Algunos hábitos cambiarán para siempre, la vida no será la misma incluso con el virus controlado o eliminado. Si varios de nuestros hábitos de higiene surgieron a causa de otras pandemias o crisis sanitarias y perviven con nosotros, es posible que lo mismo ocurra en el futuro.

    Y esto sin contar algo de lo que se habla cada vez más, una hipotética segunda ola de contagios que nos obligará a readaptarnos y posiblemente creé una nueva anormalidad que ni siquiera será igual a la anormalidad actual, ya que nos parecerá más «anormal» debido a que nos hemos acostumbrado un poco a la anormalidad que hoy estamos viviendo.