Categoría: política

  • El 18 Brumario de López Obrador

    El 18 Brumario de López Obrador

    El 18 Brumario de López Obrador

    En su libro, El 18 Brumario de Napoleón Bonaparte, Karl Marx afirmaba que la Revolución de Francia del siglo XIX parece haber transcurrido en sentido contrario a la Revolución Francesa que todos conocemos (la cual se fue radicalizando con el tiempo hasta derivar en El Terror de la era de Robespierre), como si esa segunda Revolución volviera a la dominación más antigua (del sable y la sotana).

    Algo parecido pasa con la llamada cuarta transformación de López Obrador. Las primeras tres transformaciones a las que López Obrador hace alusión, con sus virtudes y sus defectos, trajeron consigo alguna suerte de progreso: la Independencia se explica por sí misma, la Guerra de Reforma trajo la separación entre la Iglesia y el Estado mientras que la Revolución Mexicana, con todas sus cuestiones criticables, como el hecho de ser el génesis del PRI autoritario, de menos trajo consigo una mayor cobertura educativa y una mayor cobertura de derechos sociales que se hicieron realidad años más tarde.

    Esta autodenominada cuarta transformación también parece ir a la inversa. Si la tercera trajo una mayor cobertura educativa y una mayor cobertura de derechos sociales, la cuarta trae una cruzada en contra de la educación y la ciencia estigmatizando a la comunidad científica, desmantelando y colonizando el propio Conacyt, atacando al CIDE y al ENAH que siguen siendo hostigados y deteriorando los propios programas sociales, sobre todo aquellos que tienen que ver con la salud que han dejado a los que menos tienen en una peor posición. No sin olvidar la terrible e irresponsable gestión que este gobierno ha hecho en medio de la pandemia.

    Con relación a la segunda transformación, los constantes ataques al estado laico y la «sacralización» del poder ha constituido casi un ataque frontal a la Guerra de Reforma, y con relación a la primera, hemos visto el constante ataque a los migrantes que tiene como fin quedar bien con el vecino del norte haciéndole el «trabajo sucio» para que éste no sea un problema en la ambición restauradora del régimen actual. Todo parece ir para atrás, todo es un retroceso, la reversa también es cambio.

    Marx no se equivocaba al explicar la dominación burguesa como algo que no necesariamente era una suerte de opresión explícita o deliberadamente intencionada. Decía más bien que quienes detentaban el poder (en sus diversas denominaciones) lo ejercían de tal forma que, de acuerdo a su cosmovisión, creían que era lo más adecuado para la sociedad. Tal vez ello nos ayude a explicar la debilidad opositora que, estando en el poder, gobernó pensando que la mejor forma de gobernar a la sociedad era aquella que empataba con su cosmovisión, la cual, si algo carecía, es de capacidad para tender puentes y establecer diálogo con los que menos tienen, vacío que aprovechó López Obrador.

    Pero López Obrador ha hecho el esfuerzo de empaquetar a todo aquello que no cuadre con su régimen dentro de una sola cosmovisión, una «superestructura» que tiene que ser sustituida en el discurso por la voluntad del pueblo y en los hechos por la suya propia. Pero este afán es muy superficial.

    Aunque AMLO insiste en que el CIDE ha «formado parte del saqueo», la realidad es que desde esta institución, que, a pesar de la imposibilidad de no tener orientación alguna pero que ciertamente ha mantenido cierta autonomía idiosincrática gracias a su comunidad, creó e hizo mucha crítica hacia los regímenes de Felipe Calderón y, sobre todo, el de Peña Nieto. Es todavía más difícil equiparar al ENAH con esa «superestructura neoliberal» que López Obrador pretende desmantelar. Y aunque el INE fue creado en tiempos de Salinas, éste fue creado gracias a la presión opositora (de la cual formaba parte su entonces partido el PRD) producto de la ilegitimidad de las elecciones de 1988.

    Pero López Obrador sí que pretende crear una superestructura rígida que más que revolucionaria es restauradora, donde lo autónomo (asumido como remanente de la antigua superestructura) debe desaparecer, o bien, ser transformado y sometido al poder. Una superestructura que, en el discurso, se desprende completamente de la otra pero que en la práctica no lo hace del todo. Las condiciones materiales y económicas son las mismas (aunque más deterioradas) y las mayores fortunas, hechas al amparo de distintos gobiernos, parecen llevarse bien con el régimen actual.

    Para concluir, vale la pena rescatar a Luis Villoro quien insiste en que los discursos y formas de pensamiento que en un inicio son libertadores o aparentan serlo, corren el riesgo de convertirse en ideologías que, a su vez, fungen como instrumentos de dominación. Así, el otrora discurso liberador de López Obrador (liberarse de la corrupción y el neoliberalismo) se ha convertido en la nueva ideología hegemónica, una todavía menos flexible que la del pasado reciente. La otra «superestructura» le dio la oportunidad de contender en unas elecciones y ganarlas. No es completamente seguro que quien quiera contender contra el régimen actual vaya a tener las mismas facilidades.

  • El problema con el mérito

    El problema con el mérito

    El problema con el mérito

    El día de ayer, a raíz del debate de las becas y otras discusiones en Twitter, así como lecturas que he hecho de la meritocracia en el pasado, me puse a pensar lo siguiente.

    1) Normativamente, quienes tienen más méritos (valga la redundancia) merecerían tener mayor acceso a oportunidades. Es cierto que ello es «desigualador», pero en ese contexto, dicha desigualdad no es mala. Habría que hacer esa distinción en las desigualdades que no no son inequitativas de las que sí lo son.

    Pero el diablo está en los detalles.

    2) ¿Qué entendemos por mérito? ¿cómo lo conceptualizamos y lo instrumentalizamos? ¿Tiene más mérito quien se esfuerza más? ¿Cómo determinamos quién se esfuerza más? ¿quien emplea más horas de estudio efectivas, o quien gasta una mayor energía a la hora de estudiar y termina más cansado? ¿Cómo se mide eso?

    3) Para medir el mérito con base en un instrumento como las calificaciones o la evaluación personal del profesor, donde el mérito es la variable independiente y el instrumento la dependiente, tenemos que asegurarnos que no hay otros factores que inciden en el instrumento. El problema es que, por lo general, los hay: hay diferencias socioculturales, psíquicas, intelectuales, familiares y de otra índole que inciden en la medición. ¿Cómo los separas de la medición para que éste mida el mérito sin que esté contaminado por otras cuestiones? No es una tarea fácil.

    Es la misma razón por la cual esa idea de pensar que quienes están en la cúspide de la pirámide social fueron quienes se esforzaron más es problemática. El esfuerzo juega un papel, pero ni siquiera es el más relevante de la ecuación, ni siquiera en los países más justos, ahí donde todos se apegan al Estado de derecho.

    4) Si estas cuestiones afectan el instrumento a partir del cual medimos el mérito y decidimos asignar más oportunidades, entonces el argumento de que «las calificaciones perpetúan la desigualdad» se vuelve cierto, porque quienes se encuentran en desventaja tienen menores posibilidades de alcanzar mejores calificaciones.

    5) Ahora, de aquí no se infiere que no deba dar más oportunidades a quienes se esfuercen más. Anular esto también conlleva muchos problemas. Si pudiera medirse el esfuerzo, los estudiantes tendrían más incentivos para echarle ganas ya que tendría una mayor retribución.

    6) La cuestión es ¿cómo saber quién se esfuerza más? Parece tarea sencilla, pero no lo es: un profesor puede decir que Juan merece más oportunidades que Pedro porque pone más atención en clase y levanta más la mano (además de que tiene mejores calificaciones), pero es posible que Pedro esté viviendo serios problemas familiares o su capacidad intelectual o de concentración sea menor de tal forma que emplea mucho más esfuerzo que Juan para obtener una evaluación que es más baja.

    7) Primero habrá que reconocer que el fenómeno es complejo, y solo reconociendo su complejidad, solo teniendo más empatía y acercamiento con los estudiantes de tal forma que se conozca su situación individual más a fondo, será más fácil poder medir el esfuerzo de una forma, si bien no perfecta, sí más aproximada.

    8) Pueden darse oportunidades a talentos destacados, sí, pero esto puede hacerse pensando en que esos talentos tienen mayor potencial de aportar algo a su comunidad dadas sus capacidades, y no pensando en que tienen un mayor mérito. Aunque pueda parecer desigualador, el hecho de que la gente más talentosa tenga más oportunidades creará sociedades más prósperas de las cuales los menos desaventajados puedan beneficiarse indirectamente. Esto sigue esta idea rawlsiana de que la desigualdad no es mala cuando incluso los de abajo se beneficien de ella.

    9) Puede exigirse una calificación mínima, sí (ya se hace al establecer como requisito pasar la materias con 6 o más), siempre y cuando se hayan considerado los otros factores y se apoye a quienes hayan tenido calificaciones más bajas ajenas al esfuerzo, y no pensando en que es cuestión de mérito, sino como forma de incentivar a que los estudiantes efectúen un esfuerzo mínimo. El esfuerzo es importante ya que éste aumenta, de una u otra forma, la preparación de los estudiantes.

    10) Esto no implica que deban eliminarse instrumentos como evaluaciones en pos de una supuesta igualdad, se trata más bien de crear las condiciones para que los menos desfavorecidos puedan ya no solo ir a la escuela, sino tener un mejor desempeño: por ejemplo, atención en sus problemáticas familiares (psicológica y de otra índole), escuelas de tiempo completo, desayunos para que estén mejor nutridos (lo cual influye fuertemente en el desempeño académico).

    Estas consideraciones no justifican ni validan, a mi parecer, la propuesta de becas de Claudia Scheinbaum. Su crítica al mérito puede tener alguna validez, pero es claro que la forma en que esta política pública está diseñada con propósitos clientelares como bien lo explica este tuit.

  • Gabriel Boric y la izquierda más posmaterialista que bolivariana

    Gabriel Boric y la izquierda más posmaterialista que bolivariana

    Gabriel Boric y la izquierda más posmaterialista que bolivariana

    No comparto ese gran entusiasmo por la victoria de Gabriel Boric en Chile en un sector de la población e incluso en la comentocracia, pero tampoco comparto ese fatalismo que se respira en la derecha y que ya condenó de inicio a Chile en la desgracia y me explico.

    Comprendo el entusiasmo por Boric, sobre todo partiendo de las protestas y la profundamente inconformidad que hacían de la sociedad de Chile, de acuerdo con Latinobarómetro, una de las que reflejan un mayor descontento con el estado de cosas. Basta con ver los datos. A pesar de que los chilenos son de los que más apoyan la democracia como valor político son quienes más afirman que ésta no ha funcionado bien en su país. Los chilenos son los que más creen que la igualdad de oportunidades o la seguridad social está menos garantizada, es el país que cree que el acceso a la salud es más injusto y de los países más pesimistas en cuanto el futuro económico de su nación. Ciertamente, cuando uno revisa las cifras y las contrasta con las de otros países parecería existir una grosera incongruencia (es de los países más ricos y con mejor calidad de vida), pero lo cierto es que los individuos suelen generarse expectativas con relación al contexto en el que se encuentran y Chile, después de un enorme crecimiento en la primera década del siglo XXI, se ha estancado en muchos ámbitos.

    En ese sentido, el triunfo de Boric es una suerte de catarsis para los chilenos que votaron por él: una suerte de creencia de que las cosas pueden ser diferentes, de que habrá mayores oportunidades, una mejor calidad de vida, mayor acceso a la educación, una mejor seguridad social o mejores servicios de salud. Sin embargo, no me queda claro si Boric podrá traer todo ello o si lo que propone sea el camino indicado. No son pocos los casos en los que se deposita la confianza en un mandatario que termina desilusionando, y lo cierto es que el progreso va mucho más allá de lo que un político pueda hacer en un sexenio.

    Una de las cuestiones que se suelen cernir sobre los gobernantes de izquierda es si su propuesta de extensión de derechos o servicios no terminará por poner obstáculos a la inversión o al crecimiento económico. Como vaya a configurar ello el gobierno de Boric será muy importante y en ello residirá el éxito o el fracaso de su gobierno. Ello no solo reside en la calidad de sus propuestas sino en la capacidad para negociarlas y en el diseño de políticas públicas. ¿Cómo crear cierta confianza en el empresariado para que no lleven sus inversiones a otro lado? Lograr esta expansión de tal forma que el aparato productivo no se vea afectado no es, por lo general, una tarea fácil.

    No me parece que todas sus propuestas sean convincentes y, en mi opinión, creo que debería reformar y no sé si abandonar algunas de ellas si desea que su gobierno termine en buen puerto. Al final, sigue respirándose en su programa algo de ese idealismo que no se sabe bien a bien si podrá ser aterrizado en políticas públicas funcionales.

    Pero tampoco comparto ese terrible pesimismo que se respira en la derecha conservadora: ¡Chile ya está condenado! ¡Se va a convertir en Venezuela! ¡El comunismo ha llegado al país andino! Su postura, sin embargo, es comprensible dado que en el colectivo Chile representa el éxito del liberalismo económico y la existencia de ese país es uno de sus estandartes.

    Aunque Boric aparenta estar «más a la izquierda» que los centroizquierdistas que han gobernado en ese país, me cuesta mucho trabajo concebirlo como un equivalente al populismo latinoamericano. En todo caso, me parecería más equivalente a figuras como Bernie Sanders.

    Primero, porque él no es un populista (en el sentido académico del término): no hay un evidente discurso confrontativo entre buenos y malos, del pueblo contra las élites. Su discurso y sus propuestas tienen un tono más programático: habla sobre reformar las pensiones, el empleo, un sistema de salud universal. Su moderación en las elecciones (que no suele ser típica dentro de los izquierdistas populistas) revela cierta flexibilidad.

    Ciertamente, hace algunos años (ocho, para ser exactos) mostró cierto entusiasmo con la izquierda bolivariana, pero en tiempos recientes ha sido más bien crítico de Nicolás Maduro, ha apoyado a la oposición cubana y ha condenado a la dictadura de Nicaragua como puede verse en este texto que escribió hace tres años.

    Segundo, porque la izquierda populista latinoamericana es conservadora, reaccionaria y tradicionalista. Boric, en cambio, refleja los valores posmaterialistas que relucen en las nuevas generaciones: el discurso sobre las mujeres, el ecologismo, inclusión y sostenibilidad (eso que para AMLO es «neoliberal»). El paradigma bajo el que opera es, en este sentido, muy distinto. Ese posmaterialismo explica por qué Boric obtuvo votos entre los más jóvenes mientras que Kast obtuvo más votos en las personas de mayor edad.

    Tal vez ello explique por qué parte de la opinión pública siente cierto entusiasmo: Boric les parece algo más parecido a una socialdemocracia «europeísta» que va a llegar a desterrar a la vieja izquierda populista que tanto detestan. No sé si termine siendo un socialdemócrata como desean y menos creo que destierre a la izquierda populista la cual seguirá existiendo mientras las condiciones de pobreza e instituciones débiles que la alimentan exista en la mayoría de los países, pero dudo mucho que vaya a convertirse simplemente en un Maduro.

    Otra razón por la que no comparto ese profundo pesimismo tiene que ver con el desarrollo económico e institucional de Chile. Las izquierdas populistas aprovechan la pobreza (para crear relaciones clientelares), la debilidad institucional y la falta de cultura cívica para echar raíces en los países que gobiernan. Me parece que Chile logró avanzar en la primera década de este milenio a un estadio superior que tal vez solo comparten países como Uruguay y Costa Rica, donde la cultura de la sociedad es más avanzada y donde las instituciones funcionan mejor, y me parece que Boric es un hijo de esa nueva realidad. Tanto Kast como él después de las elecciones mostraron una institucionalidad y valor cívico que es de plano inexistente en otras naciones de nuestra región.

    Por último, la izquierda lleva tiempo gobernando en Chile y, por tanto, tiene una base desde donde partir. Además, Boric tendrá que trabajar con esa centroizquierda moderada para tratar de impulsar su agenda, tendrá que trabajar en coalición con ellos. No se trata de un experimento completamente nuevo como lo suelen ser los liderazgos populistas que irrumpen y destruyen todo lo que hay para «comenzar de nuevo». Todo esto sin olvidar que Boric no tendrá mayoría en el Congreso, lo cual puede fungir como dique de contención ante las propuestas que puedan sonar más polémicas e irracionales.

    Gabriel Boric será un experimento interesante para observar desde fuera. ¿Repetirá los mismos errores, o podrá mostrar que en América Latina una izquierda moderna y democrática, lejos de los cánones del populismo latinoamericano, es posible? ¿Le callará la boca a los derechistas que lo tildan como una desgracia, o les dará argumentos a estos mismos para que les digan a los hoy entusiastas de su triunfo «te lo dije, no podía saberse»? Ello lo dirá el tiempo.

  • ¿Se va a salvar el CIDE?

    ¿Se va a salvar el CIDE?

    ¿Se va a salvar el CIDE?

    Uno que simpatiza con el Atlas y ve a su equipo llegar a la final sabe que está ante un momento excepcional. Ninguna persona que tenga menos de 70 años ha visto con sus propios ojos ver a su equipo campeón, ha vivido frustrado una y otra vez viendo las escasas glorias de su equipo, pero cuando ve a su equipo en la final piensa que, contra lo comúnmente esperado (que no llegue a la gloria), las cosas pueden ser diferentes.

    El caso con el CIDE se siente muy parecido al del Atlas. No porque el CIDE no tenga glorias, al contrario, sino porque se encuentra en un conflicto tan asimétrico de poder que el sentido común, lo cotidiano, te dice que está casi condenado a perder, pero aquí también las cosas pueden ser diferentes.

    En estos últimos meses (o más bien años) el CIDE ha sido maltratado, estigmatizado públicamente y ahorcado política y financieramente. El régimen considera que la institución es su enemiga por muchas razones: parece que le molesta que en esta institución se genere opinión pública o investigaciones que puedan no ser favorables al gobierno como ha ocurrido con cualquier régimen (aunque se pasa de largo que estudiantes y profesores le dieron su confianza en el 2018). Los mismos acólitos del régimen han dicho una y otra vez que la opinión pública del CIDE suele ser opositora.

    El régimen insiste que el CIDE es «neoliberal», aunque para ser sinceros no han sabido explicar bien por qué. Dicen, sin pruebas, que el CIDE ha contribuido a un supuesto saqueo. La realidad es que el régimen parece seguir esa tradición iniciada por Juan Domingo Perón: «todo debe estar dentro del Estado y fuera de él» (como dijera Mussolini, una de las referencias del argentino) y que también adoptara en cierta medida el PRI autoritario.

    El CIDE, como muchas instituciones educativas, es un actor incómodo para el gobierno, pero el CIDE es pequeño, por lo cual es más fácil intervenirlo y porque puede servir, como bien afirmó Jean Meyer, de laboratorio para una hipotética intervención posterior en instituciones de mayor calado. Somos un puñado de estudiantes y profesores luchando contra la avalancha de un régimen que si algo tiene de sobra es su oficio político, que no cuenta con una oposición efectiva (los panistas se toman fotos en sus propios eventos), que tiene una alta popularidad y cuyo líder carismático es una gran referencia para una cantidad nada despreciable de mexicanos.

    Además, los sectores sociales en los que el régimen despertaría un mayor cólera si logra golpear al CIDE son aquellos de los que ya prescindieron desde antes: básicamente los sectores académicos y universitarios. El entonces candidato López Obrador sedujo a las clases medias con educación para llegar al poder, pero en cuanto llegó prescindió de ellos al tiempo en que comenzó a construir un coto de poder electoral dentro de las clases populares y menos privilegiadas a través de programas sociales con enfoque clientelar. Este es un problema, porque la base electoral del régimen está muy lejana y ajena de los sectores a los cuales el CIDE les podría importar: dirán en el régimen ¿cuál es el problema si acabamos con el CIDE, si los que se van a enojar son los mismos que ya nos odian?

    Ahí el régimen tiene la narrativa a su favor. Si se meten con el CIDE podrán insistir en que ahí estudian muchos «privilegiados neoliberales». No le pierden nada, para muchos que no conocen la institución puede ser algo prescindible, aunque evidentemente el régimen no contará la historia completa: en realidad la composición del estudiantado se explica por el hecho de que la educación pública en México es paupérrima y el CIDE es un instituto de alto rendimiento. Lo sensato sería mejorar la calidad de la educación pública para que más gente de escasos recursos puede entrar (y aún así, en el CIDE hay historias de vida de gente que comenzó desde abajo, logró entrar y le cambió la vida).

    Fotografía de @karinguilera

    A ello se agrega el revanchismo y orgullo del ejecutivo. Que el CIDE se salga con la suya implicaría una «victoria del neoliberalismo» y una derrota para él. Tal vez ello haga que pueda ser prudente evitar, por el momento, la confrontación directa con López Obrador. Tal vez por ello se haya optado hacer ver que el conflicto es entre el CIDE y Tellaeche o con Álvarez-Bullya. Ciertamente, la resistencia no es ni debería ser vista como un ataque al gobierno (cosa que el régimen podría aprovechar en materia de narrativa a su favor), sino como una defensa de éste. Ciertamente podría uno cuestionarse si esto es iniciativa directa del ejecutivo o de Álvarez-Bullya, pero al menos podemos deducir que el Presidente no se opone a las decisiones de la directora del Conacyt y tiene conocimiento de ellas.

    Esa posición tan asimétrica, donde el CIDE es una institución muy pequeña (más allá de su influencia intelectual y académica) que se enfrenta a un enorme poder político con mucho oficio, poder que reside en aquellos sectores socioeconómicos más bien alejados de la academia y que, además, tiene el control sobre la narrativa, nos deja ver que las cosas no son nada fáciles.

    Sin embargo, la reacción de las y los estudiantes en los espacios que se tuvieron con Tellaeche y la propia Álvarez-Bullya dan algo de esperanza. En el régimen pensaron que no sería tan complicado, que bastaba con ofrecerles quitar las colegiaturas, pero el estudiantado ha mostrado tener carácter y firmeza. Era evidente que Álvarez-Bullya estaba molesta y, como buena política, buscó chantajearlos, pero no lo logró, y ella terminó accediendo a asistir a un diálogo en el CIDE en condición de visitante y no de local. Las y los profesores, por su parte, han hecho su labor y han sido muy solidarios con sus estudiantes. Ambas partes (estudiantado y profesorado) se han mantenido muy unidas a pesar de los intentos de dividirlas.

    Y ni que decir de aquellas personas que se la han rajado, que han acampado, que tomaron las instalaciones y llevan ahí varios días al tiempo que tienen que estudiar para los exámenes finales. El espíritu de lucha está ahí, muy vivo y si de algo podemos estar seguros es que se va a resistir y que la comunidad no se va a morir de nada.

    También han logrado, cuando menos, la solidaridad de muchas instituciones educativas: de universidades (incluso no solo de México) académicos, intelectuales, ex alumnos. El conflicto que vive este instituto tan chiquito ha resonado en la opinión pública, se ha vuelto uno de los temas nacionales más relevantes en las últimas semanas y eso no es cualquier cosa.

    La situación para el CIDE se ve complicada, es algo que lamentablemente no podemos negar, nuestra institución está en desventaja, pero como dijera el título de una de las canciones de The Smiths: hay una luz que nunca se va: hay una posibilidad de que las cosas sean diferentes, así como ese sentimiento que los aficionados del Atlas tienen con su equipo al ver que van a disputar una final.

  • Vamos a deconstruir el concepto de «pueblo bueno».

    Vamos a deconstruir el concepto de «pueblo bueno».

    Vamos a deconstruir el concepto de "pueblo bueno".

    Sospecho que esa atribución de bondad que se le da al pueblo, a los de abajo, tiene que ver con un discurso que tiene como propósito el sometimiento y el uso político de los que menos tienen.

    Este discurso del pueblo bueno es una trampa, porque en esta supuesta dignificación se olvidan las condiciones en las que el pueblo vive: los de abajo son buenos y dignos, así su identidad termina atada a su condición social.

    La bondad y la debilidad son dos conceptos que se suelen confundir (no solo en política, sino en general): puedo considerar bondadoso a aquel que no es capaz de hacerme daño ni de matar una mosca, pero no está claro si ello es por voluntad o por incapacidad. Muchas personas no son vistas como malas porque no tienen la capacidad para serlo o porque pesa una gran inseguridad sobre sus capacidades: yo no puedo matar a alguien si no tengo un arma, no puedo engañar a mi pareja si nunca me ha tentado otra persona, no puedo robar dinero del erario si no tengo un puesto público. El pobre tiene menos capacidades y herramientas que quien no lo es.

    Si una persona tiene menos capacidad para valerse por sí misma, entonces tenderá a necesitar la ayuda de alguien más y cederá poder a ese alguien. Si yo tengo poder sobre aquel y no quiero perderlo, entonces lo dominaré: cortaré sus alas para que sea incapaz de rebelárseme o independizarse de mí mejorando un poco su condición de forma artificial. Por ello, estableceré una relación paternalista con aquel. Qué mejor idea que reconocer una supuesta bondad bajo la cual se esconda la idea de que el pueblo es incapaz e impotente y la cual me dé el permiso de presentarme como una suerte de gobierno-padre.

    Esta idea de orígenes religiosos, propia de nuestra región de que la pobreza es una virtud y que tanto se ha propagado a lo largo de la historia sugiere, sospecho, el mismo fin: el pueblo es pobre y su pobreza es virtuosa. Lo que es virtuoso es deseable, entonces no hay necesidad de que dichas personas salgan de la pobreza: seguramente serán premiadas en otra vida u otro mundo.

    Pero dentro de esa aparente virtuosidad y bondad, lo que se quiere decir es que el pobre es desválido, y como es desvalido, yo como gobierno o yo como patrón te voy a dominar so pretexto de una relación paternalista donde mi misión es protegerte y cuidarte. También por eso es pueblo: porque bajo esa etiqueta se elimina la pluralidad y la individualidad y con lo cual se desconoce su agencia. Son desvalidos (el ejecutivo afirmó más de una vez que son como animalitos), no pueden pensar por sí mismos, por tanto hay que cuidarlos y protegerlos porque, en el fondo, ello me da poder político.

    Pero el concepto de pueblo bueno es falaz. La verdad es que el «pueblo bueno» S.A. de 4.T. puede ser igual de malvado que sus contrapartes de las clases altas. Los pobres pueden matar o pueden robar igual que los ricos pueden desfalcar o lavar dinero. La única diferencia es que el alcance de los que tienen más recursos es mayor (no porque sean más malvados, sino porque tienen más poder).

    Lo que diferencia a los oprimidos de los que no lo son no es su altura moral, sino simplemente su condición de oprimidos. El oprimido puede ser, a la vez, opresor: un individuo que es oprimido por el régimen o que viva en condiciones deplorables puede oprimir a su esposa o a sus hijos en su hogar.

    El pobre tampoco es más débil, el pobre se encuentra en una situación de desventaja (posiblemente injusta) frente a los demás, tiene menos acceso a herramientas para salir adelante más por su punto de partida que por falta de voluntad alguna. El pobre suele tener las mismas potencialidades que otras personas, pero suele no tener las condiciones ni las herramientas para desarrollarlas. El que dice emanciparlo (a través de relaciones clientelares) solo quiere perpetuar y reforzar ese estado de cosas para obtener poder de él.

    En realidad, el pobre, si tuviera a la mano las circunstancias y herramientas idóneas (que nosotros, por ejemplo, sí tenemos) podría dejar su condición de pobreza. Pero al régimen le interesa tenerlos sometidos, porque ello es poder político, lo cual es muy común, sí, pero también inhumano. Por eso quienes prometen velar por ellos son los que terminan dejándolos más en la pobreza.

  • El PXN y sus desvaríos: no te van a pelar

    El PXN y sus desvaríos: no te van a pelar

    El PXN y sus desvaríos: no te van a pelar
    Foto: cuenta oficial de Facebook del PAN

    En México, un país con mucha pobreza y desigualdad, eso de decirse de «izquierdas» o «derechas» es privilegio de una minoría clasemediera. En México y los países latinoamericanos donde la pobreza crea muchos incentivos para las prácticas clientelares, la identificación ideológica es muy tenue y difusa como bien delinea la politóloga Elizabeth J. Zechmeister.

    Ello ocurre porque el mismo clientelismo se vuelve más redituable electoralmente que la identificación ideológica. Ello explica que el PRI nunca haya tenido una identificación ideológica clara y sí estructuras clientelares. Aunque todos los políticos en México han hecho uso de las prácticas clientelares, lo cierto es que el PAN, que tenía su base electoral en las clases medias y altas, se podía dar el lujo de tener una posición ideológica y programática que, si bien nunca terminó de ser consistente, sí era más clara: ahí en el PAN estaban resguardados tanto los liberales de centro o centro derecha, así como una derecha más dura, confesional y un tanto marginal (a la que pertenecía Manuel Espino, ahora en MORENA). Los empresarios, ante el asedio del PRI en los años 70, comenzaron a ver al PAN como el partido a través del que podían defender sus intereses. Lo claro es que el PAN siempre fue un partido tendiente a la derecha.

    Pero, una vez llegando al poder y, sobre todo, después de dejarlo, el PAN comenzó a extraviarse. Perdió bastiones muy importantes como Jalisco, varios de sus miembros abandonaron a su partido y, ante la desesperación, se ha convertido en un partido atrápalotodo que está dispuesto a hacer cualquier cosa para ganar votos. Si la visita de Santiago Abascal de Vox fue vista por muchas personas como un desvarío y se decía que esas derechas duras y populistas no eran compatibles con la doctrina del PAN, al menos podría argumentarse que eran, al fin y al cabo, de derecha, pero luego en ese extravío ideológico también empezó a ocurrir lo impensable: a alguien se le ocurrió que era viable subirse al carro del progresismo y las causas sociales.

    Ya habían algunos avisos de ello con el acercamiento con los demócratas en Estados Unidos o las propuestas del ingreso universal de Ricardo Anaya, pero ello se hizo más notorio a la hora de subirse al tren del lenguaje inclusivo y, sobre todo, al invitar a Viridiana Ríos (académica que, por cierto, ha defendido al régimen en más de una ocasión) para hablar de desigualdad. En resumen, al PAN se le ocurrió la maravillosa de idea de empezar a moverse a la izquierda.

    ¿Cómo llegaron a esa conclusión? Tengo algunas hipótesis (incluso se podría explicar por más de una de ellas).

    La primera es que el PAN es un partido que siempre ha tenido su base electoral en las clases urbanas. El progresismo emerge precisamente en varios de esos sectores socioeconómicos: las nuevas generaciones son cada vez más progresistas y posiblemente pensaron que eran el partido adecuado para atender a ese nuevo clivaje creciente que solo, y a medias, había sido tomado en cuenta por Movimiento Ciudadano.

    La segunda es que, por su carácter urbano, varios de sus miembros comenzaron a tener contacto con estas corrientes de pensamiento a través de organizaciones civiles, académicos y demás tipos de organizaciones donde el progresismo suele estar presente. Recordemos que la alianza Va por México se explica, en gran medida, por su relación con la organización Sí por México, formada por líderes empresariales e intelectuales que, si bien son fervientes opositores al régimen, tienen cierta línea progresista en lo social.

    La tercera podría explicarse por el centralismo. La Ciudad de México es la ciudad más progresista del país (y que representa una gran cantidad de votos) y, por tanto, comenzaron a verse influidos por ellos para poder tener mayor alcance en esta ciudad. Y como nuestro país es, en la práctica, centralista, entonces este influjo termina permeando en todo el partido como tal.

    La cuarta hipótesis es que MORENA se desentendió de los progresistas y, sobre todo en lo que compete al Gobierno Federal, comenzó a recorrerse a la derecha en temas sociales. Así, dejó ahí tirados muchos votos progresistas que ahora el PAN quiere recoger.

    Las cuatro hipótesis coinciden en algo, y es que todas ellas se explican por el oportunismo electoral.

    El PXN y sus desvaríos: no te van a pelar
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    Es cierto que, con el tiempo, los partidos conservadores tienden a asimilar los cambios sociales que suelen ser defendidos por los progresistas. Los partidos democristianos europeos son un claro ejemplo de ello: para una sociedad no tan avanzada como la mexicana hasta podrían parecer muy liberales. Pero los partidos conservadores hacen eso, asimilan cambios, no los empujan. Es claro que, en un futuro no muy lejano, hasta para un panista típico será extraño oponerse al matrimonio igualitario, pero más extraño es pensar que el PAN vaya a abanderar los cambios sociales progresistas.

    Con el tema de la desigualdad hay algo más grosero, y es que ese tema siempre ha sido monopolio de las izquierdas, es su terreno natural. A diferencia de los cambios sociales, no es algo al que la derecha suela subirse progresivamente. Es cierto que el PAN no es un partido liberal puro (como un libertario quisiera) y siempre ha estado abierto a cierto papel del Estado como para aspirar a ampliar la red de seguridad social con Seguro Popular (irónicamente desmantelado por el gobierno actual que se dice de izquierda), pero siempre ha sido un partido que tira un poco más a la derecha.

    ¿Cuál es el problema con esto? Que estas posturas no son nada creíbles por el simple hecho de que el PAN está identificado como un partido conservador. Los partidos, haciendo referencia a De Vries y Hobolt, pueden ser vistos como una marca a la cual se asocian ciertos atributos que los distinguen de los rivales. Lo que siempre distinguió al PAN era cierta dosis de conservadurismo y políticas relativamente liberales en lo económico.

    El hecho de que el PAN decida romper groseramente con esos atributos de marca hace que se le perciba como un partido oportunista y extraviado. No solo es que los conservadores, quienes no se sienten representados en el sistema político, se sientan traicionados por el partido que alguna vez los acogió. El problema es que los progresistas, que tampoco se sienten representados en el sistema político, ven esto como una burla: ven en el PAN a un partido conservador que se está queriendo subir de forma oportunista a su plataforma (ya ocurrió con los colectivos feministas). Lo cierto es que los progresistas no van a votar por el PAN porque su marca conservadora (la cual no puede desaparecer de la noche a la mañana) los ahuyenta.

    Es cierto que, en la práctica, esa izquierda que quiere ser el PAN se parece poco a MORENA, pero lo cierto es que en la narrativa, en la percepción de la gente (sobre todo la que suele votar por el PAN), es extraño pensar que la oposición natural a este régimen (al cual asocian con el intervencionismo estatal e incluso con conceptos como el comunismo) va a ser un partido progresista que hable de desigualdad y luchas sociales.

    En las zonas urbanas, los clivajes más representativos son, sí, el progresismo, pero también una derecha moderadamente conservadora y empresarial (dejando de lado a los sectores más confesionales y rancios que, si bien son ruidosos, son minoritarios). El problema es que el PAN ha optado por el clivaje equivocado. Es cierto que falta un partido para ese progresismo creciente, pero tendría que ser uno nuevo o al menos uno como Movimiento Ciudadano (aunque críticas a la inconsistencia ideológica de este partido merecerían otro capítulo), o algunas propuestas como el partido Futuro en Jalisco. El PAN no puede ser ese partido ya que históricamente ha tenido posturas bastante distintas a las de ellos porque los progresistas no los quieren, así de simple.

    Y tienen razón los que dicen que parece que el PAN se está esforzando por desaparecer. Está optando por una estrategia que no le va a atraer votos, sino que va ahuyentar tanto a conservadores como a progresistas. Los panistas no sólo no están haciendo una buena lectura, sino que están mandando el mensaje de que las posturas programáticas (que los caracterizaba más que a otro partido) ya no importan, sino sólo la búsqueda del poder y la ambición de sus miembros a toda costa.

  • Defender al CIDE del acoso y el estigma

    Defender al CIDE del acoso y el estigma

    Defender al CIDE en tiempos difíciles

    Lo que le está pasando al CIDE es algo que debería preocuparnos a todas las ciudadanas y ciudadanos de este país.

    Y debe de preocuparnos no solo por la importancia que tiene esta institución en nuestro país, sino porque está sufriendo el mismo acoso que sufren las instituciones autónomas por parte del régimen actual que, en un acto autoritario, busca imponer una forma de pensamiento único que le sea beneficioso al régimen.

    El régimen actual ha buscado estigmatizar a la institución (hasta ha recibido varias menciones en las mañaneras), ha hecho lo propio con las y los profesores así como con quienes estudiamos ahí. El encuentro que tuvimos hoy por Zoom los alumnos con el director interino José Antonio Romero Tellaeche, que fue colocado en esa posición por el régimen, lo dejó muy claro: de alguna forma sugirió que quienes estudiamos ahí estamos manipulados ideológicamente, que no tenemos pensamiento crítico, que no servimos al país y que nuestras mentes están moldeadas por profesores que estudiaron en Estados Unidos (el propio Romero Tellaeche estudió ahí, pero se justificó diciendo que en nuestro país no había doctorados y que tiene pensamiento propio). Además, en este mismo encuentro también afirmó que los medios de comunicación orquestaron una campaña de desprestigio en su contra.

    Sin conocer a su comunidad ni las dinámicas de la institución, el director interino se atrevió a hacer aseveraciones estigmatizantes de forma categórica, además, claro, de destituir arbitrariamente a personas que ostentaban posiciones directivas. Algunas alumnas y alumnos que intervinieron en esta sesión le pidieron que conociera más a la comunidad y la institución, pero siguió haciendo lo mismo hasta que terminó la entrevista.

    Lo que vivimos ahí fue básicamente una extensión del régimen, de una mañanera: el tono del discurso era exactamente el mismo. Acusó al CIDE de neoliberal e ideologizante. Todo esto fue insultante. Por ello, yo quiero contar mi experiencia en esta institución para desmentir los estigmas que el régimen ha tratado de hacer caer sobre la institución de la que formamos parte.

    Mi experiencia

    Primero, lo que caracteriza al CIDE es su orientación metodológica y de investigación. En el año y medio yo nunca he visto imposición ideológica alguna. Entre mis compañeras y compañeros tenemos distintas orientaciones ideológicas: algunos son de izquierda, otros de centro y otros de derecha, y nadie nos ha dicho cómo tenemos que pensar. Nadie me ha corregido algún texto porque usé o no usé lenguaje inclusivo ni me dijeron que mi forma de pensar está mal o es una tontería. Yo me siento aceptado tal y como pienso.

    Es cierto, por ejemplo, que la ciencia política que nosotros estudiamos está influida por la ciencia política americana (american politics), pero ello no implica que sea neoliberal: nadie nos dice que tenemos que apoyar al capitalismo o el socialismo. Más bien el CIDE nos otorga herramientas metodológicas para que nosotros, que estudiamos ahí, los apliquemos a nuestras convicciones ideológicas. Las herramientas de investigación las puede usar tanto una persona que es de derecha para estudiar, por decir, el conservadurismo en tal país, o las puede usar una feminista para estudiar la violencia contra la mujer. Si eres comunista o marxista, nadie te dice que debes dejar de serlo. También hay (aunque, por lo ocurrido, parece que ya son realmente pocos) simpatizantes de López Obrador. A ninguna de las personas que simpatizan con el Presidente se les estigma y su postura se respeta.

    Segundo. cuando fui aceptado en la institución, llegué con tres temas que eran candidatos para investigación. En el proceso de la selección y desarrollo del tema no hubo nunca algún condicionamiento ideológico ni nadie me sugirió alguna «perspectiva ideológica». Lo que mis profesores de investigación, mi tutor, el profesor Gerardo Maldonado y mi asesora de tesina, la profesora Amalia Pulido, me han pedido es rigor metodológico: que la investigación esté bien sustentada teóricamente, que las variables estén bien conceptualizadas y operacionalizadas, pero la pregunta de investigación es producto de mis propias convicciones y no de la intervención ideológica de la institución.

    Tercero, no recuerdo que las preguntas de investigación de quienes estudian conmigo sean «neoliberales». Algunas estudian el autoritarismo, el voto, partidos políticos y demás. Las preguntas de investigación son muy variadas, tienen distintas posturas y abordan distintos temas.

    Cuarto. si los profesores «moldearan nuestras mentes sin criterio», entonces podría esperarse que las y los estudiantes pensemos igual, que somos una masa ideológicamente homogénea, y la realidad es que no es así en lo absoluto. Por el contrario, mi grupo de clase es muy diverso. Dicen que el CIDE es «neoliberal» pero varias de las personas que estudian conmigo (no todas) son de izquierda y siguen siendo de izquierda.

    Pero esta diversidad no ocurre solo con los estudiantes sino con los profesores, muchos de ellos tienen formas de pensar distintos y sus temas de interés son distintos. Es justa esta pluralidad la que nos da un conocimiento más rico y amplio. Es cierto que muchos (aunque no todos) estudiaron en Estados Unidos, pero ello no implica que piensen igual en lo absoluto ni mucho menos que sean ideológicamente homogéneos. Es cierto, como dice Romero Tellaeche, que tener profesores que estudiaron en otros lados es una buena idea, pero de ahí no se sigue que como muchos profesores estudiaron en Estados Unidos, entonces nos quieren adoctrinar ideológicamente.

    Quinto, la diversidad no solo debe ocurrir dentro de la institución sino fuera de ella. Es deseable una institución orientada metodológicamente como es el CIDE exista, al tiempo que exista el COLMEX que tiene otra orientación o la UNAM. Homogeneizar la oferta académica tan solo empobrecerá el conocimiento (ya de por sí limitado) que se genera en el país.

    Sexto, el CIDE no es un centro de «blancos privilegiados» como también se pareció sugerir. Tal vez yo sí venga de una posición relativamente acomodada clasemediera, pero no es el caso de todas las personas que estudian conmigo. Tal vez las personas que vengan «desde abajo» no sean mayoría, pero eso es así no por problema del CIDE sino de toda la estructura educativa del país que da una educación paupérrima a los que menos tienen. El gobierno debería procurar que las personas que nacieron en condiciones difíciles puedan recibir una educación desde los niveles básico lo suficiente decente para que puedan acceder a estudiar en centros como el CIDE, eso no ocurre porque una y otra vez nos han mostrado que no es su prioridad.

    Seguramente el CIDE tiene cosas por mejorar, pero no es ahorcando a su comunidad e imponiendo una forma de pensar que puede mejorar como institución.

    Resistir

    La situación del CIDE es complicada. Mucha gente no conoce esta institución ni su importancia. El CIDE no es visible como el INE, por poner un ejemplo. López Obrador tiene una popularidad, de acuerdo con Consulta Mitofsky, de más del 60% y ella no reside en los sectores académicos e intelectuales, la cual perdió (sin preocupación alguna) desde un principio. Dicho esto, es evidente que López Obrador considera que deshacerse o «adoctrinar» al CIDE no le va a traer costo político alguno.

    También es complicado porque el CIDE no ha recibido empatía por toda la oposición. Si bien es válido invitar a la reflexión a las personas que votaron por López Obrador y se han percatado de que ello fue contraproducente y que los atajos heurísticos no hicieron el mejor papel, las burlas y las frases como «disfruta tu voto» nada ayudan a ese fin y lo único que logran es hacer el favor al régimen. Al final, ejercieron su voto de forma libre (más allá que algunos no tengamos su mismo punto de vista) y seguramente algún aprendizaje quedará de esto.

    Pero si la situación es muy complicada, lo cierto es que el CIDE tiene una comunidad muy fuerte. Que la comunidad resista con fuerza y entusiasmo, pero también con inteligencia. Posiblemente será necesario crear lazos con otras instituciones académicas y universitarias para poder ejercer más presión y elevar el costo político para que el acoso ceda.

    Si algo me dio esperanza fue la reacción de las y los estudiantes en el diálogo (si se le puede llamar así) con el director interino. Se atrevieron a confrontarlo, a decirle lo que piensan sin tapujos. Él, por su parte, nunca terminó de contestar las preguntas que le hicieron, dio muchas evasivas y nunca dejó el lado del discurso propio del régimen.

    Conclusión

    Para mí sería fácil desentenderme porque en junio termino mis estudios y las consecuencias posiblemente no me toquen, yo me iré de la institución con educación de alto nivel, pero si el CIDE me ha dado tanto, creo que una forma de retribuir es ayudar, en mis limitadas capacidades, a defender a esta institución de pulsiones autoritarias para que las siguientes generaciones puedan seguir recibiendo educación de alto nivel para que lo pongan al servicio de nuestro país.

    La pluralidad y la democracia liberal están en riesgo. El ataque al CIDE es tan solo una de las múltiples manifestaciones de este riesgo. La ciudadanía debe resistir. Las y los estudiantes, profesores y académicos debemos resistir contra el autoritarismo y las amenazas contra la libertad de pensamiento.

    Y por cierto, al ser una institución que paga mis estudios, a quien le debo algo no es al gobierno, sino a las personas que pagan sus impuestos. El gobierno es, o debería ser visto, como un mero administrador y no como un «padre» que nos está haciendo algún favor y al cual le debemos pagar con algo.

    Para concluir, les comparto un video sobre la fundación del CIDE. Pueden ver todo el hilo del profesor Carlos Bravo Regidor al respecto.

    Lo anteriormente escrito representa nada más que mi opinión y solo hablo por mí mismo.

  • El Estado soy yo merengues

    El Estado soy yo merengues

    El Estado soy yo merengues

    Hay algo perverso en el hecho de que un político busque colocarse en los anales de la historia antes de haberla hecho. Algo muy perverso era que un político (ahora Presidente de la República) denominara a su gobierno como la cuarta transformación (minúsculas a propósito).

    Muchos no repararon en ese «pequeño detalle», lo pasaron por alto y algunos incluso se dejaron llevar por él. Los juicios históricos deberían hacerse ex post (después de) y no ex ante (antes de) por los mismos agentes que terminarán «haciendo la historia». Cualquier sociedad debería preocuparse por el hecho, porque si un político pretende estar destinado a convertirse en un personaje histórico, será alguien que buscará acaparar y acumular el poder posible con ese fin.

    La sutil distinción entre desear pasar a la historia y pretender estar destinado a ello y actuar en consecuencia marca una gran diferencia. No pocos políticos desean ser recordados positivamente por su comunidad (aunque ciertamente muy pocos lo logran) pero saben que no serán ellos mismos los que hagan el juicio sumario de la historia. Quienes se sienten destinados, en un despliegue profundamente narcisista y megalomaníaco, a convertirse en personajes históricos, creen que ellos mismos tienen derecho a hacer el juicio sobre ellos mismos: creen que pueden ser juez y parte.

    Si un agente político se considera destinado a pasar a la historia de la forma en que él lo desea, entonces tendrá muchos incentivos para acallar aquello que pueda ir en contra de la narrativa. El político se preocupará tanto por pasar a la historia que olvidará su función como servidor público y que es procurar el bienestar de sus gobernados. Algunas personas, en su ingenuidad, creerán que una cosa implica la otra: que si procuro el bienestar entonces pasaré a la historia o que para pasar a la historia debo procurar el bienestar, pero nada más falso.

    Quien cree estar destinado a pasar a la historia no busca maximizar el bienestar de sus gobernados como fin último, lo que pretende es que se le recuerde como líder histórico y para ello echará mano de las narrativas y los símbolos. La construcción de los líderes históricos es subjetiva (o bien, intersubjetiva) y no tiene como base métricas de desempeño que reflejen cuánto logró aumentar el bienestar de sus gobernados sino la construcción de relatos míticos: tal figura hizo esto, tal figura combatió a aquellos o resistió ello y aquello.

    Como el político narcisista quiere escribir la historia por sí mismo y como quiere ser el personaje principal (si no es que el único), entonces no puede permitirse que otros la escriban: así, el político no se contempla como parte del Estado, sino como el Estado mismo. Todo aquello que es autónomo o diverso es indeseable porque ello implicaría, cuando menos, compartir créditos con otros agentes que no necesariamente querrán escribir la historia de acuerdo con los designios del político narcisista.

    Así, cuando se le habla de pluralidad de ideas, autonomía universitaria, participación ciudadana, el político narcisista hace un gesto de desaprobación. Todo aquél que se interponga en su ambición se convierte en enemigo de las andanzas históricas, en el otro, en el villano. Porque si algo necesita el político narcisista para ungirse como líder histórico es crearse villanos. Haciendo referencia a Umberto Eco, el líder histórico necesita de un enemigo para reforzarse a sí mismo.

    Para que ese ímpetu mítico e histórico cobre legitimidad hay que hacer sentir al «pueblo» partícipe, pero de una forma que no tenga voz ni créditos en la historia: algo así como el escenario sobre el cual el actor principal actúa. El escenario ahí está, aparece en el relato y es mencionado en las páginas del libro, pero no hace nada, solo da contexto a nuestro personaje. Así, nuestro narcisista-actor es auto-ungido como la voz y representante del pueblo (homogéneo) como aquel ser mítico que defiende algún bosque del enemigo (pero ni el bosque ni el lago hacen nada nunca): al bosque hay que defenderlo y cuidarlo del enemigo externo, pero también hay que servirse de él, hay que prender una fogata o construir el armamento con los recursos que el bosque le da.

    Pero la gente no repara en ello (en especial aquella que niega su propia autonomía): cree que esa andanza es noble, que aquel que quiere pasar a la historia es un gran transformador, un héroe mítico que rescatará al pueblo pasivo e inválido. Pero el héroe mítico no quiere rescatar a nadie, solo quiere ser un héroe mítico y que los demás se la crean.

    Lo demás es, o accesorio de esta pulsión narcisista o ya de plano irrelevante.