Podría encabronarme, decir que los gringos son unos pendejos. Podría culparlos directamente de nuestras desgracias. Pero la ignorancia que es regla y no excepción en gran parte del electorado estadounidense no es algo nuevo. Por lo tanto atribuir la virtual victoria de Donald Trump a la ignorancia de los estadounidenses es una visión pero muy parcial.
Es como decir que Hitler llegó al poder gracias a la ignorancia de los alemanes ignorando todo lo demás.
Es cierto que también jugaron varios de los peores rasgos de la cultura estadounidense: las actitudes misóginas y nativistas de Trump tuvieron mucho que ver, pero aún así no narra toda la historia de lo sucedido.
Quienes decimos creer en la democracia no aprendimos el error, no quisimos ver como el sistema empezaba a hacer aguas. Nos detuvimos demasiado en lo políticamente correcto, volvimos a asumir que la gente era racional, volvimos a sobreanalizar las escuestas dando refresh una y otra vez al sitio web 358 de Nate Silver quien hasta el día de hoy parecía convertirse en una suerte de rockstar.
Cuando los votantes están indignados y enardecidos, las encuestas se convierten en una herramienta inoperante.
La dura lección es para nosotros, para los demócratas liberales.
Hace falta un Churchill contemporáneo. A la democracia liberal le hacen líderes y de paso sea, también le hace falta autocrítica.
Como Francis Fukuyama dice, las democracias se forman gracias a sus clases medias, y cuando éstas se estancan, abren paso a la entrada de demagogos y líderes carismáticos. Y lo cierto, es que el estancamiento de las clases medias es evidente. Quisimos, en cambio, seguir con el discurso políticamente correcto, pensando que con puras ecuaciones econométricas para «acabar con la pobreza» y corrección del pensamiento para «acabar con la desigualdad» íbamos a mantener el barco a flote.
Y hago hincapié en los líderes, porque dentro de las democracias los ciudadanos ya no se sienten identificados con sus mandatarios, ya no hay lazos que los unan.
Los mandatarios, cínicos y vacíos, se han convertido en figurines a quienes nadie representa, servidores públicos que a ver si hacen algo por su pueblo, haciendo como que todo va bien.
El Brexit fue una clara advertencia.
Muchos dijeron incluso que la desigualdad no importaba, ahí están los más desfavorecidos haciendo valer su voz, los menos educados, Las corrientes ideológicas, desde la socialista a la capitalista, ambas llenas de corrección política, nunca entendieron el trasfondo. No es gratis que los ni los partidos de centro derecha ni de centro izquierda sean capaces de despertar pasiones.
La democracia se ha vuelto una caricatura de sí misma. De forma paradójica, las tecnologías de la información y la libertad de prensa aceleraron esta percepción de que los políticos, ávidos de pronunciar discursos políticamente correctos y bien cuidados, no trabajaban para sus pueblos, y estos últimos se sintieron desamparados.
Con su displicencia y apatía, las clases educadas pasaron la estafeta a quienes no lo estaban , quienes, frustrados ante su condición, fueron engañados por un líder demagogo que ya es presidente. No sólo es la ignorancia, el nativismo o el racismo. También es mucho, lo que dejamos de hacer quienes creemos en la democracia.
El turno ha llegado para los extremistas, para Trump, para Le Pen, para Podemos, para AMLO, y sólo una sincera autocrítica podrá detener este vendaval. Posiblemente a los demócratas nos cueste sudor y hasta sangre volver a recuperar esa posición que dimos por sentada volviéndonos comodinos y displicentes.
Volvimos al mundo de los muros – también un 9 de noviembre, cayó el Muro de Berlín-, al mundo de las diferencias, del nacionalismo irracional, al mundo de la discriminación. Y eso ocurrió porque los demócratas, los que en algún momento enarbolaron esas luchas, se volvieron cínicos, se volvieron una caricatura de sus antepasados.
Muchas personas te critican a tus espaldas, y sucede con más frecuencia de lo que crees. No lo hacen necesariamente con una mala intención, pero entre algunos rasgos o conductas nuestras que pueden no agradar mucho a personas a las que, paradójicamente, les agradamos, y nuestra tendencia a meter el ojo en paja ajena -lo hacemos más de lo que decimos hacerlo-, nuestro nombre es mencionado de forma bastante frecuente y por varias personas en muchos lugares. Por más importantes seamos, y por más amigos tengamos, la frecuencia de esas críticas aumentará.
Si tuviéramos alguna forma de ver todo lo que los demás dicen nosotros, desde los amigos, parientes o colegas, nos sentiríamos agraviados, traicionados, posiblemente perderíamos algunos amigos y los señalaríamos de hipócritas. Verías cómo es que a las demás personas les causa gracia tu nuevo peinado, cómo dudan de tus proyectos, les molesta mucho que hables demasiado -cuando tú pensabas lo contrario de tu pose de supuesto macho alfa-, alguno dice que te huelen los pies -y ni te habías dado cuenta-, que no eres bueno para combinar los colores de tu ropa, que algunas actitudes tuyas parecen infantiles, y un largo etcétera.
Que suceda eso, mientras las críticas no lleven una intención de destruirte o llamar la atención a costa tuya, es algo normal y es bueno para nuestra salud emocional, porque el ser humano necesita lidiar psicológicamente con aquello «que no nos gusta de las personas que nos gustan». No somos perfectos y nuestras imperfecciones no serán necesariamente del agrado de todos, aunque ciertamente no siempre estamos obligados a cambiarlas para tratar de caer bien a los demás, porque vaya, así nos aceptan; y porque es muy probable que tú también critiques a tus amigos: dirás que tu amigo Juan a veces es necio y te saca de tus casillas, o que Paulina a veces es bien materialista.
Como dicen por ahí, no es personal.
Como nosotros no somos sujetos al «escrutinio público» y no nos damos cuenta de todo lo que se dice detrás, entonces no entrenamos a la mente para lidiar con algo de lo que en realidad nunca se entera, y así, podemos vivir nuestras vidas como si nada. Pero están aquellas personas quienes son «personajes del dominio público» para quienes lo privado se hace público y quienes deben sí aprender a lidiar con el problema: artistas, actores, futbolistas, pero sobre todo los políticos.
Y hago énfasis en los políticos porque son quienes más sufren el aluvión de críticas. Los políticos (con muy honrosas excepciones) no son admirados por sus hazañas, sino más bien son señalados por lo que han dejado de hacer, o lo que han hecho mal. Sus aciertos se dan por sentado y sus críticas destacan e indignan mucho.
Un político promedio conocido por la sociedad sabe que si abre su Twitter y lee su feed, se encontrará una marejada de burlas, memes, cartones, insultos o descripciones grotescas. Algo así como si nosotros viéramos un documento que contiene todas las críticas que han hecho todos sobre nuestra persona. Pero en el caso del político es peor, porque las críticas de los amigos y seres queridos contienen aquello que les molesta o les causa gracia de una persona a quien estiman y cuyas virtudes resaltan muy por encima de los defectos -si no, tal vez ni tus amigos serían-, mientras que la gente no siente amor o afecto por sus políticos, y ve en ellos a alguien en que descargar sus frustraciones al considerarlos responsables de la comunidad que gobiernan.
Pero el político no sólo se enfrenta a la «indignación de las personas» reflejada en un meme. Como la política es poder, y el poder es algo así como una sustancia que causa mucha adicción, éste se dará cuenta que siempre habrá quienes lo quieran destruir. Ya sean los opositores en una campaña, los propios opositores dentro de su gobierno, hasta los que considera cercanos y por debajo confabulan para obtener un beneficio -es decir, una tajada de poder- a su costa.
Un político debe tener entonces, el suficiente temple para aguantar esa dura marejada de críticas e insultos, muy característicos gajes de su oficio. Si no puede lidiar con ellos, es prácticamente hombre muerto.
Por ejemplo, para Donald Trump, como relata el filósofo Aaron James en su libro «Trump, ensayo sobre la imbecilidad» es indispensable que sea percibido como alguien superior a los demás. Más que ser libre gracias sus grandes posesiones materiales y capacidad de trasgredir las reglas sin recibir pena alguna, es prisionero de su propio narcisismo. Trump es alguien que sabe, como buen empresario, hacer rentables esas duras críticas contra su persona, refuerzan su papel de «payaso bobo imbécil» con el cual, según afirma Aaron James, Trump se ha vendido al electorado. La megalomanía de Trump sirve también para contener psicológicamente esa marejada de críticas: – Me critican porque soy superior a los demás-.
Hay quienes, no siendo capaces, al menos al parecer, de contener psicológicamente esas burlas e insultos, prefieren taparse los ojos y darles la espalda. Algo así parece suceder con Peña Nieto quien vive en un mundo muy controlado y que recibe la información después de haber pasado por varios filtros. Muy posiblemente se entere a grandes rasgos que la gente está molesta por su casa blanca o conoce la popularidad en las encuestas, pero a mi parecer, con base en sus declaraciones, parece que Peña no se entera mucho de la forma en que la gente expresa sus críticas. Es decir, no le comunican los memes, ni los «chinga tu madre Peña Nieto» para que esto no le afecte psicológicamente.
El sentirse superiores es un buen mecanismo de defensa. El poder no pervierte a las personas, sino que más bien perversas desde un inicio -perversidad latente pero que no podía ser expresada debido a que sin poder tenían que estar sujetos a varias reglas – sacan el cobre. Sienten que merecen más que aquellos que no lo poseen. De esta forma, este halo de superioridad les ayuda a contener las críticas. Las críticas que más nos duelen son las de nuestros pares, con quien tenemos más cosas en común y pertenecen a nuestras clases sociales. El político criticado entonces, se sube a ese monte del que el poder le dota para desligarse de esa masa que lo critica e integrarse a una clase superior, y entonces así ver a sus gobernados de arriba a abajo.
– Me critican, pero el pópulo es inferior a mi. – Dice el político. – Yo tengo poder, yo tengo dinero, yo me los puedo chingar si quiero.
Pero no es que no les importen las críticas o las ignoren del todo, no es gratuito que los políticos traten de defender su nombre cuando terminaron su gestión. Dan innumerables entrevistas justificando sus decisiones o escriben libros. A un mandatario le importa de alguna manera cómo será recordado por sus gobernados. Pero esa gran dosis de poder con la que contaron, que los hizo lo suficientemente inmunes a esas críticas y agravios al su persona para al menos no quebrarse, también les permitió abusar de su poder para beneficiarse. Luego entonces, se preguntan por qué a pesar de haber desfalcado al pueblo éste los repudia.
Por último está el déspota, que a diferencia del político normal, consigue amasar una cantidad de poder tal que puede ya considerar que las críticas no son gajes del oficio, sino que por el contrario, es un problema que puede ser resuelto. El déspota no utiliza mecanismos de defensa psicológicos porque por medio del ejercicio del poder puede callar las críticas. El déspota censura periódicos o incluso manda a matar periodistas. El déspota crea un clima de miedo tal, que quienes tienen una pluma o micrófono a la mano, titubean a la hora de emitir una crítica con el político.
Por eso no cualquier persona puede ser político, no todos tienen el hígado de aguantar las críticas y las injurias en su contra. Es el precio a pagar para eso que ellos quieren acumular tanto: el poder.
Donald Trump no sólo es un político nefasto, sino una mala persona. Trump es un empresario racista, que explota a la clase trabajadora, ignorante, misógino, mentiroso, repugnante.
Aún así, sin ser todavía favorito, puede llegar a la Casa Blanca, y conforme se acerca el día de la elección, las posibilidades de que gane son mayores.
Mi pregunta es, ¿por qué una figura así tiene posibilidades de ganar?
Supondría yo, que si quiero depositar mi voto en un político, éste debería ser todo un profesional de la política. Es decir, una persona que esté capacitada para gobernar, que naturalmente sepa hacer política, que posea conocimientos al menos elementales en las diversas áreas que delegará (como economía, justicia, etcétera); no lo depositaría en un demagogo improvisado sin idea alguna. Los políticos, por más los odiemos y les mentemos madres, tienen una función dentro de la sociedad, y por lo tanto, esperaríamos que estuvieran preparados para ello.
Ojo, al hablar de profesionales de la política, no hablo de políticos de cuño viciados y propios de las viejas formas, sino aquellos que se han entrenado para desempeñar bien sus puestos.
Entonces, así como llamo a un arquitecto para que construya mi casa o a un doctor para que me cure de algún mal, esperaré que el político esté preparado, sí, para hacer política y para gobernar.
Si bien, muchos políticos de carrera han decepcionado a la sociedad, ¿por qué esperar que quienes ni siquiera tienen noción de la política y de la habilidad para gobernar van a arreglar el problema que los profesionales no pudieron o quisieron arreglar?
O en caso de que algún arquitecto inepto nos deje la casa con hendiduras y cuarteaduras producto de su pésimo trabajo, ¿llamaríamos a cualquier improvisado, que lo que más sabe de arquitectura es jugar al Minecraft a nivel básico, para que la arregle?
Bienvenidos a la era de la trivialización del político.
Esta se trata, no de tener las habilidades para gobernar, sino de decirle a las masas lo que quieren oír. Esto no trata de trayectorias, de efectividad, es más, ya ni de principios o doctrinas, sino de emociones profundamente viscerales e instintivas.
A gran parte de la gente no le importa que quien lo vaya representar esté preparado para desempeñar un cargo.
Lo peor es que esa gran masa no puede ver eso que nosotros asumimos queda en absoluta evidencia con un mínimo de sentido común; o si lo ve, lo reinterpreta a su modo. No hay otra forma de explicar el fenómeno Donald Trump. Muchos de sus seguidores son blancos poco calificados que han perdido sus empleos y no tienen la preparación para encontrar otro. Pero Donald Trump se ha caracterizado más bien por explotar a sus trabajadores. Él es parte de esa creciente desigualdad y se ha aprovechado de ella. Donald Trump es parte de ese problema que ha estancado a las clases medias y no al revés.
Pero sus seguidores, muchos de ellos desesperados por su situación y por la mediocridad del establishment, caen, y convierten esos defectos en virtudes:
¡Por fin alguien con huevos!. reza uno de los carteles en un rally de Trump. ¡Por fin alguien políticamente incorrecto! ¡Por fin alguien que diga todas las verdades! -Aunque en realidad acostumbre a mentir sin piedad-. ¡Necesitamos a un empresario que maneje a Estados Unidos como un negocio! -Ignorando que no paga impuestos, y que sus recursos son más producto de la herencia que del talento-.
Así, se entiende un poco más por qué Trump puede cometer muchos errores inverosímiles en su campaña y seguir vivo, errores que a Hillary, uno solo, le hubiera costado la candidatura.
Lo mismo sucede con aquellos políticos que no tienen preparación alguna, o bien, son reconocidos por su falta de ética. Ideologías aparte, a ojos de nosotros lo evidente es tan evidente que cega de tan brillante, no se necesita mucho esfuerzo para poder percibir aquello que es evidente. Asumimos que todos pueden verlo, pero erramos al pensar que todo el mundo tiende a ser más bien parecido a los círculos en que nos movemos. Pero es esa mayoría, con quien probablemente no hemos tenido mucho contacto, la que no percibe (o no quiere percibir) esa tan intensa luz que nos advierte de los peligros de tal figura que quiere aspirar a un cargo político.
El problema de Estados Unidos es que su población está dividida entre una pequeña masa, intelectuales, estudiantes de universidades en su mayoría de la Ivy League, escritores, filósofos, algunos empresarios o cineastas, o simplemente gente a la que le gusta estar informada; y esa inmensa mayoría educada en escuelas públicas con una calidad, de acuerdo a la OCDE, demasiado pobre comparado con países similares que consumen contenidos chatarra, y que perciben a Trump como un ídolo del show business. Es la primera la que sostiene intelectualmente al país norteamericano y no la masa en su conjunto. Esa minoría es la que gusta de involucrarse en temas políticos, que leen The New York Times o The Washington Post.
Esa composición en México (la minoría pensante más minoría todavía) es más deplorable.
La ignorancia de Trump es muy evidente a nuestros ojos porque nos parece demasiado fácil contrastar sus argumentos. Su misoginia lo es porque hay pruebas tangibles que no requieren un gramo de habilidad intelectual o académica para interpretarse y que incluso pueden venderse como un show barato.
Pero Trump es sólo de tantas expresiones de esa trivialización; de esa conversión de la política a un programa vulgar de entretenimiento; de esos debates de argumentación y contrastes convertidos en una arena de lucha libre. Trump es el ejemplo de esa nueva camada de políticos, futbolistas, payasos, jóvenes físicamente atractivos (si, ya sé chicas, excepto Justin Trudeau), que aprovechando la ignorancia de la gente, han irrumpido en el escenario. Donde la pose y el brillo mata a las ideas, como un efecto colateral de una democracia que asumió que todos los votos eran racionales.
De seguir así, tal vez las carreras de ciencias políticas, derecho, sociología, filosofía o economía; tendrán que dar paso a aspirantes a ser empresarios del estrellato que sean capaces de crear figuras plásticas para ponerlas a gobernar.
Deje de lado sus libros de Hobbes o Montesquieu y por favor, abra un canal de Youtube y conviértase en un «influencer» del tema más banal que encuentre. Podría ser Presidente de su país en un futuro.
Yo tampoco creo que algún presidente se levante con la intención de joder a su país. Hasta el presidente más inepto se preocupa por el juicio de la historia.
Si ex presidentes como Carlos Salinas escribieron libros sobre su presidencia y lo ineptos que fueron los que los sucedieron; así como Díaz Ordaz, Luis Echeverría o López Portillo concedieron entrevistas para «aclarar dudas» sobre su gestión, es porque les preocupa de alguna forma que la opinión pública sea favorable con ellos. Si quisieran «joder a México» deliberadamente, no tendrían la necesidad de hacer eso.
Otra cosa es que en la práctica lo jodan.
Los políticos corruptos no logran ver la dimensión de su corrupción como cualquier gente normal la ve porque están muy acostumbrados a ella. Una persona no se corrompe de la noche a la mañana, más bien empieza a corromperse cometiendo actos pequeños, de tal forma que el cerebro comienza a emitir menos estímulos de incomodidad, con lo cual entonces pueden comenzar a cometer actos de corrupción más grandes. Entonces pueden verse envueltos en escándalos de corrupción sin que eso les genere mayor remordimiento.
Es decir, para ellos, los actos como los desfalcos o las casas blancas no son actos tan reprobables, incluso pueden llegar a sentir que tienen el derecho de.
No es como que Peña o Javier Duarte se levanten y digan ¡Hoy voy a joder a México! Simplemente creen que los puestos que tienen y las relaciones de poder que los sostienen les dan derecho a hacer lo que quieran.
Y de hecho muchas veces se preguntan dentro de sus corrompidas cabecitas por qué son tan detestados. Llegan a pensar que existe una conspiración en contra de ellos, que alguien está maquinando un plan malévolo para hacerlos caer.
Si un político quisiera deliberadamente «joder a México» ni siquiera tendría que tratar de quedar bien con los demás, ni menos necesitaría de invertir una gran cantidad en publicidad para aparecer en todas las pantallas y decir de forma cínica que la popularidad no les importa. En mayor o menor medida, los políticos y sobre todo los presidentes se preocupan por el llamado «juicio de la historia». Su anhelo es servirse a ellos y a los suyos y al mismo tiempo ser recordados por el pueblo como aquel político dadivoso que hizo historia en su comunidad.
Los políticos corruptos no sólo han aprendido el arte del engaño, sino el del autoengaño también. Ellos mismos suelen distorsionar la realidad bajo la que viven y la que gobiernan, de tal forma que ésta no las confronte o lo haga lo menos posible. Y así entonces, pueden despertarse en las mañanas sin sentir que van a joder a alguien (a menos que se trate de un personaje contrario a ellos al cual le quieran cobrar un favor).
No, Peña no se equivocó, tiene razón. No quiere joder a México.
Últimamente, en mis redes sociales han aparecido diversos artículos, memes y opiniones sobre el parecido entre Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump. De igual forma, son cada vez más voces las que se han sumado para refutar esa comparación, reduciéndola a un meme. Hay quienes dicen que quienes hacen esta comparación la hacen de forma tramposa, unos llegan al extremo de decir que la guerra sucia ya ha comenzado. Otros insisten en que son iguales, que no hay nada diferente entre ellos dos.
¿AMLO y Trump se parecen?
Decir que AMLO y Trump se parecen es como decir que Hitler y Stalin se parecen. Ciertamente Hitler y Stalin se encontraban en los extremos políticos opuestos, uno en la extrema derecha y otro en la extrema izquierda, ideológicamente tenían muchas diferencias. Pero ¿era más parecido Hitler a Stalin que Hitler a Churchill o Stalin a Churchill? La respuesta es que sí.
Sería una exageración decir que Trump es Hitler (a pesar de sus manifestaciones que rayan en el fascismo) y más que López Obrador es Stalin, y por lo tanto, podemos concluir que los contemporáneos no se ubican en un lugar tan extremo ideológicamente como los primeros dos, pero lo cierto es que quienes se ubican muy a la derecha y muy a la izquierda suelen parecerse más entre ellos (aunque sean enemigos declarados) que con relación a quienes se encuentran en el centro, como lo muestra la teoría de la herradura:
Si comparamos la historia de vida de Donald Trump con la de López Obrador no encontraremos de ninguna manera a dos personajes similares. Donald Trump siempre vivió en la opulencia y heredó una inmensa fortuna, la cual invirtió y reinvirtió, construyó torres y hoteles, tal vez no con el éxito que tanto gusta de presumir. López Obrador, oriundo de Tabasco, no creció dentro de una familia opulencia y nunca tuvo una fortuna. Vivió siempre del erario público, fue Presidente del PRI en Tabasco, luego de la escisión llegó al PRD y fue presidente de ese partido, Jefe de Gobierno de la CDMX y candidato presidencial dos veces consecutivas (sin sumar la campaña de 2018).
Sus programas de gobierno serían muy diferentes. López Obrador cree en la intervención del Estado en la economía (en ese rubro se parecería más a Barack Obama o a Sanders que a Trump) mientra que el millonario cree que se deben de reducir los impuestos al mínimo. Es un capitalista, aunque opta por la intervención del Estado en la economía y la sociedad de una manera distinta a la de AMLO, por ejemplo, pidiendo a las transnacionales que regresen los empleos a Estados Unidos, cerrando fronteras, construyendo muros y cancelando tratados multilaterales.
Hay más diferencias, por ejemplo, es difícil advertir en López Obrador manifestaciones xenofóbicas como las de Donald Trump, y a pesar de que moralmente López Obrador es un persona que parece tender más hacia el conservadurismo, no manifiesta, como en el caso de Donald Trump, muestras de acoso a las minorías, tales como las mujeres o los discapacitados. En este sentido Donald Trump suele ser más agresivo y arrogante que su contraparte mexicana.
Hitler y Stalin tenían muchas diferencias sobre cómo se debería de gobernar un país, pero a pesar de ellas, no era difícil observar también muchas similitudes. Por ejemplo, el papel del ejército en sus respectivas naciones, el férreo control social e ideológico sobre sus gobernados, la represión a quienes disienten, tenían un enemigo en común (los judíos en un caso, Occidente en el otro), el intenso uso de la propaganda política, el control total sobre los medios de comunicación, entre otros.
Así también, podemos encontrar varias similitudes entre López Obrador y Donald Trump. Por ejemplo, ambos se presentan como outsiders de la política (lo cual no es necesariamente malo) y se oponen al status quo, al sistema o a la mafia en el poder. En ambos casos, la figura tiene mucho peso sobre sus seguidores y son capaces de mantener un considerable grupo de leales incondicionales quienes los apoyarán a pesar de todas las contradicciones evidentes.
De la misma forma, debido a su personalismo, ambos creen estar por encima de las instituciones. Las razones pueden ser diferentes, en Donald Trump como producto de una megalomanía o un nacionalismo mal entendido, en López Obrador por ese sentimiento de que las instituciones en México no trabajan para todos. De esta forma los dos amagan con no reconocer el resultado de las elecciones antes de que éstas ocurran, y en caso de acusar un fraude electoral, en vez de utilizar los mecanismos institucionales para denunciarlas o promover reformas (cosa que López Obrador no hizo después de 2006), deciden entonces mandar al diablo a las instituciones. Aunque hasta el momento no conocemos la reacción de Donald Trump después de una derrota electoral, sí podemos utilizar como antecedente la victoria de Obama en 2012 donde el magnate invitó a desconocer los resultados y hasta amagó con hacer manifestaciones en Washington.
El maniqueísmo es un rasgo muy presente en las dos figuras -estás conmigo o estás contra mí-. Los dos observan con recelo a quienes son críticos con ellos. Es muy parecido el trato que hace López Obrador -no sólo con los medios oficialistas, sino que aquellos que no siéndolo, son críticos con él- con el que hace Donald Trump después de recibir una crítica de The New York Times o The Washington Post. También ambos tienen enemigos en común que le dan fuerza a su figura, el status quo, los migrantes o China por el lado del magnate, y la mafia en el poder por el lado del tabasqueño. Ambos son la manifestación de problemas sociales y económicos que se manifiestan en ambos países: la tremenda desigualdad en México y la clase media sin educación en Estados Unidos que ve como sus empleos vuelan a otras naciones.
Si ambos llegaran al poder, podríamos esperar programas de gobierno distintos, pero podríamos advertir similitudes en las formas para ejecutarlos. En ninguno de los dos casos podríamos hablar de gobiernos transparentes y tolerantes con quienes disienten con ellos, ambos encarnarían gobiernos que posiblemente no sean dictatoriales pero sí personalistas donde el nombre de Trump o López Obrador estarían por encima. Posiblemente ambos revisen tratados y acuerdos firmados, tanto dentro de la nación como por fuera del país. Un NAFTA podría correr el riesgo de sufrir, cuando menos, varias modificaciones considerables, en cualquiera de ambos casos.
Quienes dicen que AMLO y Trump no son iguales tienen razón, existen muchas diferencias entre ambos personajes, sobre todo en su historia y programas de gobierno. Pero a la vez, también tienen razón quienes advierten muchas similitudes entre ambas figuras, sobre todo en la forma de conducirse.
No estar en Facebook se ha vuelto algo muy extraño, típico de un outsider que decide «no estar en contacto con la sociedad». La red social se ha convertido, de hecho, en una extensión de los lazos sociales reales, y por lo tanto, en una extensión del individuo. Estar fuera de, podría ser interpretado por algunos como una conducta antisocial. Las otras redes sociales como Twitter o Youtube posiblemente no tenga la injerencia que Facebook tiene en los grupos primarios -con quienes mantenemos lazos de afecto-, pero también han moldeado las estructuras sociales.
Si nos vamos con los grupos secundarios y aquellas formas de organización formales como lo son la escuela, el trabajo y demás organizaciones, podemos observar como el Internet también ha trastocado las estructuras. Plataformas como Google, el popular Slack, o hasta el Whatsapp son completamente indispensables para hacer bien nuestro trabajo, de tal forma que la productividad, y por ende, la economía, ya tienen una gran dependencia con los medios digitales.
Algunas voces, sobre todo aquellas nostálgicas, afirman que si el Internet se apagara, volveríamos a esa vida de antes donde las relaciones importaban, donde los individuos pasaban el día en familia en vez de estar «pegados a sus aparatotes», donde las relaciones sociales tendrían más importancia tanto para nuestra vida como para nuestro trabajo.
La expectativa que se hacen aquellos nostálgicos es completamente falsa. Si Internet se apagara, se crearía una hecatombe. ¿Por qué?
Porque nuestras organizaciones ya se han transformado y ahora Internet tiene una relación directa con ellas. Nuestras estructuras sociales no son las de 1995, de hecho ya muchas cosas han cambiado.
Por ejemplo, redes sociales como Facebook, Whatsapp o hasta Snapchat tienen ya una función en la vida de las personas. Gracias a esta red social los individuos pueden realizar actividades que antes tenían que realizar por otros medios. Los millennials ya no se la pasan horas hablando por teléfono porque ya hay otros medios de comunicación y se han a costumbrado a seguir lo que sus amigos hacen. Ellos encuentran en las redes sociales una forma de expresión que jamás antes habían tenido. Estas redes también permiten a los individuos estar más conectados, lo cual es muy útil cuando la distancia separa a una persona de sus seres queridos. Así también, estas son herramientas valiosas de información -otra cosa es que muchos individuos no usen filtros para hacer una buena selección-.
Las redes sociales, como todas las tecnologías, tienen varios efectos colaterales, y cuando se usan en exceso, sí, pueden causar (o más bien ser síntoma de) problemas psicológicos, y ciertamente todavía no hemos terminado de crear «reglas de etiqueta» para reducir los efectos colaterales de las nuevas tecnologías, como ese vicio de utilizar los celulares en las reuniones. Pero en realidad, redes sociales como Facebook o Twitter han abonado a las relaciones humanas, no al contrario.
De hecho, gracias a Facebook yo he cerrado negocios, he podido hacer más amigos y conservar a varios de los existentes. Gracias a las redes es más fácil enterarte de eventos que se van a llevar a cabo, y seguramente para un introvertido, Facebook puede ser una herramienta muy útil para saber qué está sucediendo allá afuera e involucrarse.
Imaginemos que de un día para otro Internet se apaga. ¿Qué efecto podría tener esto en la vida de las personas? Que muchos de pronto ya no puedan estar en contacto con muchos de sus amigos porque -y me incluyo-, gracias a las redes sociales, no se pierde la comunicación y el contacto con varios de ellos. Imaginemos retornar al teléfono fijo como principal medio de contacto, imaginemos cómo es que nos organizaríamos o pondríamos de acuerdo ahora que no podemos utilizar las redes sociales para comunicarnos.
Los nostálgicos afirmarán que hemos «acabado con una dependencia», pero la verdad es que los seres humanos somos dependientes de todas las tecnologías que creamos. Cuando inventamos la rueda, nos volvimos dependientes de ella para transportarnos, luego nos volvimos dependientes de las cartas por correo, luego del teléfono, y ahora de Internet. Si los nostálgicos quieren entender qué es acabar la dependencia de Internet, deberían preguntarse, ¿qué habría pasado en sus tiempos si de pronto el servicio telefónico hubiera desaparecido?
El efecto (negativo, claro) de un apagón podría ser considerable; desaparecería una herramienta que ya ha penetrado las estructuras sociales. Seguramente ésto tendría un considerable impacto psicológico en muchas personas que de pronto se verían obligadas a modificar sus patrones de conducta de un día para otro, no es cualquier cosa.
Pero ahora hay que hablar de lo que ocurriría en otros ámbitos, por ejemplo, en los negocios, en las telecomunicaciones, y en la forma en que la gente se comunica. Si las relaciones interpersonales se entienden cada vez menos sin Internet, las estructuras económicas y de gobierno son incluso más dependientes. En un mundo donde hasta ya nuestro dinero y parte de nuestros bienes son digitales y virtuales, si Internet se apagara, no sólo las empresas e instituciones tendrían que encontrar la forma de organizarse de un día para otro, lo cual implicaría rediseñar completamente procesos y cambiar hábitos, lo cual se antoja muy difícil, sino que tendríamos también que considerar el fuerte el impacto que tendría en la economía, porque las facilidades que Internet otorga se traducen a una mejor productividad, lo cual se traduce en una mucho mayor generación de riqueza. Posiblemente sin Internet, la crisis del 2008 sería un «juego de niños» comparado con lo que podría ocurrir. El colapso tanto económico como social no tendría precedentes.
¿Y qué hay de toda la industria digital que tiene su core business en el Internet? ¿Qué pasaría con los millones de empleos que generan? Básicamente desaparecerían.
Y si desaparecen millones de empleos, el consumo se reduce afectando a casi todas las industrias, que a su vez generan otros millones de empleos.
Pero me voy más allá, en lo que tiene que ver con la organización social y política. Internet ya ha permeado las estructuras políticas y de gobierno de las comunidades; la gente tiene más herramientas para informarse y ha hecho de Internet, su fuente primaria de información, y tanto ellos como los políticos y activistas, han encontrado en Internet una forma de tender puentes de comunicación. Los procesos políticos actuales no se pueden entender sin Internet, y con un apagón, estos procesos se podrían modificar sustancialmente. Sin Internet ocurriría una especie de «desglobalización» y un mayor aislamiento. Los medios tradicionales adquirirían más poder y monopolizarían la información de una forma considerable.
En el terreno social y académico, gracias a Internet, mucha gente puede aprender y perfeccionar sus habilidades continuamente, sin olvidar lo que esta herramienta representa para las universidades. Sin Internet, una gran oportunidad de desarrollo profesional se desperdiciaría, lo cual podría incluso condicionar el futuro de muchas personas. Los estudiantes ya no tendrían acceso a mucha información valiosa que se encuentra en otros países.
No hay que olvidar el caos que se generaría en nuestra vida diaria. Las ciudades dependen cada vez más de Internet, los servicios tanto gubernamentales como privados colapsarían porque dependen de éste. Desde la luz hasta parte del transporte público, sin olvidar los servicios como Uber que dependen completamente de Internet, las compras en línea, las millones de transacciones bancarias que se hacen por este medio, etcétera.
Hablaríamos de un colapso total que afectaría fuertemente nuestro modo de vida.
Y no hay que olvidar que todas estas variables están interconectadas. Cambios en las estructuras de los grupos primarios o afectivos generan cambios en los grupos secundarios (formales) los cuales afectan la economía, la sociedad y la política; y a la vez, éstas últimas generarían fuertes cambios en las primeras.
Eso es lo que podría causar un ataque ciberterrorista. Tener la capacidad de colapsar Internet es casi como tener un arma de destrucción masiva en las manos. Por eso es que el tema, aunque irrelevante para muchos, es muy preocupante para muchos gobiernos y la comunidad internacional. Un apagón podría poner en jaque todo el orden mundial. Y créanme que hay interesados en que algo así suceda.
Algunas voces dicen que la intención de Trump no era llegar a la Casa Blanca, sino ser capaz de recoger la indignación arrinconada en la derecha política para que con esa masa creara un canal o medio de comunicación que rivalizara con Fox News. ¿Les digo lo que pienso? Que una teoría así no suena tan descabellada después de lo que ha sucedido en las últimas semanas, y sobre todo, lo que ocurrió en el último debate. Donald Trump cometió errores tan infantiles a los cuales no puedo dar crédito.
Desde hace algunas semanas la campaña de Donald Trump ha dejado de tener sentido alguno. Tendría que ocurrir un auténtico milagro para que un eventual triunfo de Trump ocurriera, algo de proporciones históricas.
Cierto que las encuestas fallan y que hemos sido testigos de varias «sorpresas», pero la diferencia ya es muy grande. Es casi un hecho de que Hillary Clinton ganará las elecciones. Ahora la pregunta no es si perderá Trump, sino más bien si será aplastado, lo cual es bueno porque una derrota estrepitosa podría afectar negativamente a su liderazgo, haciendo más difícil que vuelva a contender en algunas elecciones venideras o pretenda ser alguna especie de líder que pretenda influir en la política y la sociedad estadounidense desde fuera del poder.
La mayoría de los estadounidenses ya definió su voto, y lo que está en juego es aquella porción, cada vez más pequeña por naturaleza conforme se acerca el día de las elecciones, de ciudadanos indecisos.
Frases como «Bad hombre» o «Such a nasty woman» quedarán para la posteridad. Con ellas, parece que Trump terminó de sepultar su campaña política porque el electorado femenino tiene un tamaño considerable dentro de esa masa indecisa. Trump, en el menos peor de los casos, apeló a su base, a sus simpatizantes más fervientes, a aquellos que incluso han sugerido quitarle el derecho a voto a la mujer, quienes ya tienen su voto definido por él, mientras que sólo habrá conseguido ahuyentar más a quienes no han decidido su voto.
Pero lo más preocupante es que Donald Trump amague con desconocer los resultados de las elecciones. Si algo conocemos muy bien los mexicanos son las consecuencias de un conflicto post-electoral de esas proporciones, sobre todo por la tremenda polarización (como si la división que ya hay en el país norteamericano no fuera suficiente)-
De hecho no es la primera vez que lo hace. Hace 4 años, desconoció la victoria de Obama sobre Mitt Romney, y amagó con organizar una marcha hacia Washington.
Un conflicto post-electoral podría tener consecuencias graves para un país cuyos ideales democráticos sirven para ejercer influencia sobre otros países, gran parte del poder blando (soft power) de Estados Unidos, además de la gran influencia cultural en todo occidente y gran parte del oriente, está moldeado por el discurso de los valores democráticos.
No es la primera vez que esto ocurre: en el año 2000 George W Bush ganó a Al Gore de forma polémica, sobre todo por lo ocurrido en el recuento de los votos en el Estado de Florida donde su hermano, Jeff Bush, era gobernador. Pero en ese entonces, Al Gore, a pesar de no estar de acuerdo con el resultado, lo aceptó. Eso no ocurrirá si Trump desconoce el resultado.
Varios psicólogos afirman que el poder no corrompe al individuo, sino que más bien magnifica los rasgos de su personalidad. Aquella persona deshonesta o corrupta lo será mucho más en un ámbito de poder. En este mismo sentido, Trump ha sido capaz de acosar sexualmente a mujeres o discriminar a minorías, como mujeres y discapacitados, porque es parte de su torcida personalidad: una que le ha traído un considerable número de seguidores. Por esto es que el riesgo llamado Donald Trump no acabará con las elecciones, y por esto es que es deseable que el resultado sea lo más estrepitoso, porque su carácter autocrático y egocéntrico podría poner en juego la credibilidad de su país desconociendo el resultado y actuando en consecuencia, si no es que ya lo ha hecho.
Habrá que preguntarse qué es lo que pasa en la sociedad estadounidense como para permitirse candidatos demagogos que no sólo amenazan e insultan a las minorías o a los migrantes, sino al propio pueblo de Estados Unidos. Eso es algo que nuestros vecinos tendrán que reflexionar a fondo, porque es síntoma claro de que las cosas no andan muy bien por allá.
Y Hillary Clinton, cautelosa, sin despeinarse demasiado, emocionalmente inteligente, y a pesar de no tener un carisma sobresaliente, hizo lo necesario para sobrellevar el debate y así seguir su camino a la Casa Blanca. Aunque cuando llegue tendrá que lidiar con esos altos negativos que la candidata tiene, no sólo por el escándalo de los correos, sino también porque… es mujer.
En las últimas elecciones, siempre ha contendido una candidata o candidato que intelectualmente destaca sobre los demás y se gana la simpatía de muchos (que generalmente no se convierte en votos) por ser el nuevo, el que parece ser más inteligente y hasta el que parece mostrar un proyecto de gobierno más congruente, pero que no tienen posibilidad alguna de ganar porque fueron nombrado por algún partido pequeño sin estructura alguna. De hecho, ese perfil intelectual tiene una estrecha relación con sus nulas posibilidades de ganar la contienda. Al saber que su trabajo se limita a conservar el registro del partido pequeño al que representa, en vez de convencer a las masas, buscarán promover un programa o poner sobre la mesa una corriente de pensamiento. Ahí está la progresista Patricia Mercado, o el libertario Gabriel Quadri.
El EZLN ha decidido nominar a una indígena para que contienda como candidata independiente por la Presidencia de la República. ¿Va a ganar? A menos que pase algo demasiado extraño y de proporciones históricas, no lo va a hacer.
Pero seguramente esta indígena, arropada claro está, por el EZLN, jugará un papel similar al que han jugado Quadri o Patricia Mercado. ¿Y saben? Esa es una muy buena noticia para México.
¿Por qué?
Según el INEGI, más de 7 millones de mexicanos hablan una lengua indígena, pero su papel dentro de la política mexicana es casi inexistente. El simple hecho de tener una candidata indígena, dará visibilidad a las comunidades que han quedado rezagadas por muchos y utilizadas por el gobierno como accesorio en spots para presumir el país.
Se pondrá el tema de los indígenas, sus derechos, sus comunidades, y sus problemas sobre la mesa. Ahora sí estarán representados.
En un país de simulación, lo políticamente correcto es decir que el racismo no existe. La realidad es que México es un país muy racista. No nos vayamos tan lejos, cuando en el 2006 López Obrador contendió por la presidencia, se oyeron frases hirientes como «los nacos al poder» o «7 de cada 10 gatos prefieren Whiskas». López Obrador, así como gran parte de sus seguidores, son mestizos, no indígenas.
En realidad, los indígenas son quienes más sufren, y son quienes han sido mayormente rezagados.
Una indígena como candidata podrá dar voz a quienes no la tienen, a quienes han quedado en lo oscurito, a ese México que nos representa mucho pero que hemos «escondido» en aras de un México supuestamente más moderno y cosmopolita -término muy irónico-. Ella dará voz a unas comunidades que después del levantamiento zapatista, se encuentran en peores condiciones.
No se trata de simpatizar con el EZLN -no comulgo con el marxismo que ellos pregonan-, sino de darnos cuenta que ésta puede ser una gran oportunidad para la clase social más rezagada y olvidada desde la colonia.
A pesar de ser una «minoría muy numerosa», los indígenas no tienen representación en el Gobierno ni en el Congreso. Los partidos que presumen de dientes pa fuera mayor «preocupación» por estas minorías en el discurso como Morena o hasta el PRI, solamente lucran con su pobreza para ganar votos, para que una vez que lleguen al poder, desplacen a sus comunidades para construir un nuevo «proyectote», una nueva inversión -alguna minera canadiense-, o una obra para presumirla con un bombardeo de spots en televisión.
Naturalmente, el más indignado con esta elección es López Obrador. Sabe que los votos (aunque sean pocos) que ella obtenga, los ganará, posiblemente, a costa de López Obrador. AMLO, al sentirse dueño de la izquierda mexicana, ya ha salido a decir que esto se trata de una estrategia del PRI y la «mafia del poder». Si pensabas que el Peje era quien defendería las causas de los indígenas, aquí te presento al verdadero López Obrador:
El EZLN en 2006: era «el huevo de la serpiente». Luego, muy «radicales» han llamado a no votar y ahora postularán candidata independiente.
Decir que el PRI está detrás del EZLN es insultar la inteligencia de muchos. Él mismo, desde el 2006, se ganó la antipatía del Subcomandante Marcos, por no representar tanto a una izquierda verdadera y más bien a un pequeño burgués emanado del PRI. López Obrador se ha dado cuenta que la izquierda no es suya, y que desde ese espectro ideológico, también tiene competencia.
La candidata independiente no ganará la elección, pero seguramente será un gran triunfo y sentará un gran precedente. Más mexicanos, a través de su voz, podrán conocer más a estas comunidades y el rezago que sufren. Espero que esta sea el primer paso para que los indígenas tengan mayor representación en la política. Si los indígenas constituyen una considerable porción de nuestra población, también deberían tener acceso libre a desempeñarse en política para construir un mejor país, donde estén incluidos como ciudadanos y no como accesorios turísticos.
Una candidata indígena y mujer, es un gran reto para romper paradigmas y tabúes en México.