Categoría: política

  • Loret. Despierta con López Obrador en Los Pinos

    Loret. Despierta con López Obrador en Los Pinos

    Ayer tuve la oportunidad de ver completa la entrevista de Loret de Mola y su equipo con López Obrador. Y al verla, me convencí una vez más por qué López Obrador es el favorito para convertirse en el próximo presidente de este país, y de por qué Televisa (además del efecto de la irrupción de las nuevas tecnologías digitales) se encuentra en una dura crisis económica.

    Loret. Despierta con López Obrador en Los Pinos

    La dinámica de la entrevista fue bastante parecida a algunas que se llevaron a cabo en el 2006, con una postura de los «periodistas» de Televisa muy parcial yéndose a la yugular del eterno candidato. Pero 2006 no es 2016. La legitimidad de todos los actores que alguna vez acusaron a AMLO de peligro para México brilla por su ausencia. Televisa y la clase política, que seguramente hará campaña en su contra, se encuentran entre dichos actores.

    Pero lo peor para la televisora, que puede terminar sin querer haciendo campaña para López Obrador, es que las críticas que le hicieron sus conductores fueron muy superficiales y hasta banales, y son esas críticas y señalamientos que ya han repetido una y otra vez. Le preguntaron que si va a meter a la cárcel a Peña Nieto, que si su gobierno va a ser una nueva Cuba, que por qué lleva tanto tiempo haciendo campaña, que si va a debatir con Ochoa Reza (Presidente del PRI), que si Fidel Castro, hasta se burlaron de su inglés cuando no supo pronunciar «feis». 

    ¿Qué pasa con esto? Que esta entrevista no le va a sumar más negativos a López Obrador, porque básicamente lo cuestionaron de lo que todo el mundo sabe. Es más, hasta se salió con la suya un par de veces, afirmando que si se trata de los migrantes estaría dispuesto a colaborar con Peña Nieto. Las debilidades que Loret y su equipo trataron de exhibir son esas que ya todos conocemos y que se han repetido una y otra vez hasta el cansancio. 

    Pero a quien sí le va a sumar negativos es a Televisa. No necesito simpatizar con el tabasqueño para darme cuenta de lo parcial que fue la entrevista. La actitud de Loret y sus acompañantes fue muy burlona y hasta déspota. El comunicólogo Alvaro Cueva no se equivoca al equiparar al comunicador con el bochorno que fue su entrevista con Kalimba. Los comunicadores parecían lobos hambrientos tratando de destrozar a AMLO ante la primer distracción. El tabasqueño ni siquiera se despeinó y en ocasiones parecía que se la pasaba bomba dándoles por su lado. 

    Televisa sólo va a reforzar la idea de que encarnan al sistema y que harán lo posible para acabar con quien se oponga a éste. Y como el voto antisistema podrá ser determinante en las elecciones del 2018, entonces podemos entender su postura terminará beneficiando a AMLO.

    Por algo se le notó tan cómodo a López Obrador. 

    El problema para Televisa no es solamente que vaya a fortalecer a AMLO (quien se mostró muy mesurado y no cayó en corajes), sino que la televisora se encuentra en una crisis económica provocada, sí, por la convergencia tecnológica, pero también por su falta de credibilidad por lo ocurrido en los últimos años. En estos momentos es cuando menos pueden darse el lujo de tomar una postura tan parcial, en este momento en que tratan de lavarse la cara para recuperar un poco lo que ya han perdido.

    Y el lavado de cara les salió tan mal, que ya cancelaron los programas de Adela Micha, Joaquín López-Doriga y Brozo. 

    En la entrevista yo vi a un López Obrador que por momentos hasta parecía padecer de sus facultades mentales -lo cual también es notorio en varios de sus videoblogs que sube a Facebook-. Y por eso me sorprende que haya salido avante. Me pregunto por qué ni Loret ni su equipo lo criticaron donde más podrían hacerle daño, como por ejemplo, los fundamentos de sus propuestas de campaña -que son las mismas de siempre, y que siempre han carecido de bases sólidas-. Que AMLO diga que va a acabar con la corrupción con buenas intenciones y su mera presencia es un barbaridad. ¿Por qué no insistieron en sus estrategias y políticas públicas para llevar a cabo su cometido? 

    Pero esa percepción de López Obrador es mía, no la de muchos otros. Y estoy seguro que muchos preferirán a un hombre con estas características en vez de votar por alguien del sistema. López Obrador quiere presentarse como el candidato anti sistema, y ayer se esforzaron en darle la razón. 

    Que luego no se te haga raro que se diga que ahora Televisa puso López Obrador en Los Pinos, aunque esta vez haya sido «sin querer». 

    https://www.youtube.com/watch?v=iymz1sToO-A

  • Democracia de dos patas

    Democracia de dos patas

    La democracia es el peor sistema diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás. Winston Churchill

    Democracia de dos patas

    Se me viene la mente esta analogía que hacía un amigo mío:

    Las vacunas son muy buenas, son tan buenas que ni nosotros ni la gente cercana a nosotros ni nuestros grupos de referencia nos enfermamos de aquellas enfermedades de las que nos vacunamos. Como nunca hemos vivido sin vacunas y no entendemos como viviríamos con su ausencia, las damos por sentado y no terminamos de valorar los beneficios que tienen. Entonces, un grupo anti-vacunas bajo el cobijo de la conspiración -y no la ciencia- puede promover el no uso de las vacunas, porque dicen que provocan autismo -de acuerdo a un estudio que en un principio lo sugería pero cuya hipótesis terminó siendo completamente descartada por la comunidad científica– y la gente se escandaliza. Los movimientos anti-vacunas no conocen la dimensión del problema que ocurriría si la gente dejara de tomar vacunas. Una minoría creyó su discurso, y el número de enfermos por sarampión se disparó.

    Algo así ocurre con la democracia. Nos hemos acostumbrado tanto a ella que subestimamos sus beneficios. Los damos por sentado.

    Los millennials, según un estudio de Harvard, son quienes están más decepcionados con la democracia, son quienes creen menos en las elecciones y no ven con tan malos ojos un levantamiento militar.

    Pero los millennials nacieron en democracia y siempre han vivido en ella, es decir, no han vivido dentro de otro régimen político, y los menos informados ni siquiera entienden bien a bien como se viviría dentro de un régimen autoritario.

    No me imagino a un joven promedio usuario de las redes sociales tratando de derrocar a un dictador a punta de pistola. Varios jóvenes de hoy ven inclusive con romanticismo a esas naciones donde muchas libertades están coartadas porque dicen, las otras están garantizadas. Cuba, por ejemplo.

    Esta gráfica ilustra la posición de los más jóvenes frente a la democracia. La pregunta que plantea es ¿consideras que tener un sistema político democrático es una mala o muy mala forma de gobernar a este país? Los más jóvenes consideran que es una mala forma, y también ha crecido esa creencia en los últimos años:

    Pérdida de fe en la democracia
    Fuente. quartz.com

    ¿Existen problemas en el mundo moderno que aquejan a la sociedad? Naturalmente. Es cierto que en algunos países desarrollados las clases medias no la están pasando muy bien, es cierto y tienen razón quienes dicen no sentirse representados por sus políticos. Los problemas existen. Pero son problemas que deberían poder resolverse dentro de una democracia en vez de tratar de prescindir de ella.

    Regresando a la analogía de las vacunas, es cómo si los efectos secundarios que algunas de estas pudieran provocar -mareos, debilitamiento, por suponer- fueran razón suficiente como para prescindir de ellas. En vez de presionar a las farmacéuticas para que mejoren sus fórmulas, dejamos de tomar vacunas, no importa si nos volvemos vulnerables ante el tétanos, la polio o la malaria.

    Hace tiempo escribí sobre la responsabilidad que las corrientes políticas democráticas tienen en el ascenso de figuras como Trump. De hecho, es muy sano que quienes creen en la democracia y quienes simpaticen con corrientes políticas que forman el consenso democrático liberal (desde la socialdemocracia hasta la centro-derecha) empiecen a hablar y a escribir sobre lo que dejaron de hacer. Me parece muy acertado que muchos liberales hablen sobre como cayeron en excesos con la cacareada corrección política y la política de identidad, excesos que cayeron en la arrogancia y contradicen el espíritu democrático como la negativa a debatir con los conservadores (muchos de ellos incluso parte de ese consenso democrático-liberal).

    Pero estos inconvenientes están muy lejos de ser una razón de peso para optar por un régimen autoritario.

    Por ejemplo, en los círculos liberales no se invita a los conservadores a debatir y se les recrimina por aquellas creencias suyas, que se afirma, atentan contra la igualdad o las minorías (ej, estar en contra del matrimonio igualitario). Pero los conservadores pueden poseer medios de comunicación, programas de radio, sitios web para expresar sus ideas y no ser reprimidos por ello. En un régimen autocrático -ese que se anhela al igual que se desconoce-, la libertad de expresión queda severamente comprometida. Ya no es que no te inviten a debatir, sino que te repriman por expresar tus ideas, que pises la cárcel o inclusive que pierdas la vida. Claro, esto no significa que pasemos por alto que a los conservadores no se les invite a debatir, sino que estos problemas y conflictos se solucionen dentro de la democracia.

    Muchos de quienes se dicen decepcionados por la democracia posiblemente no terminen de entender qué signifique vivir con estos derechos restringidos -cuando menos-. Posiblemente no entiendan los riesgos que conlleva vivir bajo regímenes autoritarios.

    De igual forma podemos hablar de los inconvenientes económicos. Las clases medias ya no están creciendo y la desigualdad es cada vez mayor, pero los régimenes autoritarios no suelen ser grandes promotores de clases medias -con excepción de países como Singapur, o en cierta medida China, a costa de varias libertades civiles- y los que están en la élite del poder tienden a acaparar casi todos los recursos. Incluso en aquellos países donde la igualdad es la bandera.

    Los desencantados no proponen una nueva forma de gobierno, sino que voltean atrás a esas fórmulas que fracasaron en tiempos pasados. Ante la escasez de líderes en las democracias modernas, voltean a los populistas y demagogos cuyas propuestas pueden ser desmentidas por aquellos que tienen conocimientos medianos en la materia. Los millennials, decepcionados e indiferentes, decidieron hacerse a un lado, y cedieron la iniciativa a aquellos que se sienten indignados que buscan soluciones fáciles e inmediatas a sus problemas.

    Parece que la democracia, como si se tratara de una relación sentimental, volverá a ser valorada hasta cuando ya no esté. Y si eso pasa, vamos a tener que esforzarnos pero mucho para que regrese con nosotros.

  • Fidel y por qué los dictadores de izquierda son más populares

    Fidel y por qué los dictadores de izquierda son más populares

    Fidel y por qué los dictadores de izquierda son más populares

    En el discurso, la izquierda tiene una clara ventaja sobre la derecha. La izquierda suele, en el discurso -valga la redundancia-, apelar a esos valores tan humanos y cristianos como lo son la igualdad, la solidaridad y la justicia. El discurso de la derecha, en cambio, apuesta por el orden y mantener un estado de las cosas. Naturalmente el discurso que viene desde la izquierda es más idealista y más romántico, el de la derecha hace énfasis en que un cambio al orden establecido representa una amenaza.

    Aclaro que hago énfasis en esas izquierdas y derechas alejadas del centro político y de lo convenido por la democracia liberal.

    Dudo mucho que un idealista abrace a una figura como Donald Trump. A pesar de que el magnate representa para muchos una irrupción, su discurso va en el sentido de preservar aquello que está en riesgo de perderse o recuperar aquello que se perdió. Voltea al pasado -make America great again- y hace un contraste con el presente tan decadente -la percepción pesa más que la realidad-. A Trump no le importa un mundo justo o igualitario -vaya, es un magnate ávaro-, sino recuperar la grandeza que Estados Unidos perdió.

    Pero se entiende entonces por qué muchos idealistas abrazan a la figura de Fidel Castro y no la de Donald Trump. Los que optan por los discursos de derecha lo hacen porque las circunstancias actuales los frustran, no es algún idealismo el que los mueve, ni algún sentimiento de solidaridad con sus semejantes. No es que los izquierdistas no se frustren, pero mientras ellos anhelan un mundo mejor y más justo a partir de su frustración, los de derecha tan sólo quieren recuperar lo que se ha perdido. El hombre muy de derecha piensa más en los suyos y los grupos con los que tiene afinidad, que en el bien común.

    Por eso es que en ocasiones es más «políticamente correcto» ser de izquierda que ser de derecha. Quienes son izquierdistas presumen su postura política como si eso los definiera y les diera cierta altura moral. Los de derecha son más cautelosos e incluso suelen utilizar eufemismos para no etiquetarse como tales.

    Mis redes sociales se han llenado de cierto romanticismo al ver partir a un hombre como Fidel Castro quien fue un dictador, quien mantuvo su poder a costa de las libertades de la población y de las vidas de muchos otros.

    Los románticos idealistas presentan tablas y estadísticas demostrando que los cubanos son un pueblo educado, que tienen mejor nivel de vida que muchos países latinoamericanos y que tienen un sistema de salud que «no tiene ni Obama». Su información no es del todo falsa, pero los románticos ignoran o relativizan el hecho de que a cambio cedieron muchos derechos que damos por sentados -aunque no siempre garantizados en la práctica- en las democracias liberales.

    Es como cuando Hobbes decía que el individuo debe ceder libertades al soberano para así poder vivir en un Estado que le garantice un mejor nivel de vida, lo cual ocurre en cualquier rincón donde haya civilización. Pero en el caso de Cuba, son más las libertades cedidas, que los beneficios obtenidos a cambio.

    No puedo negar que Cuba tiene algunas cosas buenas, algunas de las cuales varios países incluso podrían tomar nota. Algo se podrá aprender de su sistema de salud por un ejemplo. Pero de igual forma, también se pueden adjudicar aciertos a dictadores de derecha como Augusto Pinochet, como establecer la estructura económica a partir de la cual Chile, después de él, se convirtió en la economía más desarrollada de América Latina -con todo y los experimentos de los chicago boys-. Pero sus aportaciones, al igual que con Castro, languidecen frente a sus crímenes y los excesos de su poder, y es reconocido merecidamente más por sus agravios que por otra cosa.

    Pero al final del día, defender y recordar a Pinochet es más políticamente incorrecto que hacer lo propio con Fidel Castro. Es incluso mucho más riesgoso llevar un remera con la fotografía de Pinochet -mínimo serás tachado de fascista y escoria social-, que portar la de Castro, -en el peor de los casos, serás señalado como un joven idealista «chairo» al cual le falta aprender más de política y debe de dejar de fumar tanta mota-.

    A pesar de mantener a los suyos como prisioneros en su isla, de censurar, encarcelar o hasta matar a opositores incómogos y hasta de perseguir homosexuales, es políticamente correcto defender a Fidel Castro, tan sólo por el discurso de la igualdad y solidaridad adaptado por la izquierda. Paradójico que inclusive desde algunas corrientes progresistas defensoras de los derechos de las minorías idealicen a Fidel Castro, cuya postura ante los homosexuales -quienes a su juicio no podían ser revolucionarios-, era más dura que la de Norberto Rivera y el Frente Nacional por la Familia juntos.

    Nuestra sociedad no puede darle cabida a estas degeneraciones – Fidel Castro sobre los homosexuales.

    Llama la atención que figuras políticas, incluso unas más cercanas al centro, lo reconocieron el día de su muerte como un luchador que devolvió la dignidad a Cuba y lo independizó de Estados Unidos -lo cual sólo puede ser cierto tomando como referencia los primeros años, antes de adoptar los ideales marxistas-leninistas y de perpetuarse en el poder-.

    La premisa de los idealistas es, gracias a Castro, Cuba es más igualitaria que la mayoría que todos los demás países de América. ¿Pero a cambio de qué? Me pregunto si esos idealistas estarían de acuerdo con ir a vivir a Cuba donde posiblemente nunca caigan en pobreza extrema, pero donde el gobierno raciona las comidas, donde la expresión política y la disidencia están anuladas.

    No nos dejemos engañar por ese discurso romántico de la igualdad y la solidaridad. Cuba se mantiene no por la solidaridad de sus habitantes, sino gracias a un régimen déspota y dictatorial.

    Castro fue eso, un dictador, un dictador enriquecido dentro de un país relativamente pobre. Ni los libros, ni las remeras, ni los documentales sesgados a su favor, podrán ocultar eso que es tan evidente.

  • Es la dictadura de Fidel Castro, estúpido

    Es la dictadura de Fidel Castro, estúpido

    Quien celebra la muerte de Fidel carece de la más mínima sensibilidad humana. Quien la llora carece de conocimientos de historia elemental.

    Es la dictadura de Fidel Castro, estúpido
    Sept. 29, 1974. (AP Photo)

    Voy a empezar siendo políticamente incorrecto, lo que voy a decir a continuación va a molestar a más de uno, lo cual en realidad no importa porque no he escrito este artículo para quedar bien con nadie:

    Fidel Castro fue un dictador que restringió las libertades de su pueblo, al cual, como en todos los países comunistas de la época, adoctrinó y exigió lealtad. Si fue un revolucionario, entonces traicionó a su pueblo porque derrocó una dictadura (la de Fulgencio Batista) para imponer la suya propia, inspirada e influenciada enormemente por el comunismo soviético.

    Y quiero aclararlo así porque me niego a deificar y mitificar a un dictador que reprimió a su pueblo.

    Los idealistas de izquierda suelen tomar como inspiración sus discursos, sus arrebatos contra la desigualdad y la pobreza, pero ignoran la opresión que ejerció con los suyos. Los idealistas suelen exaltar la educación, pero ignoran todo el contenido doctrinario que ésta contenía. Los idealistas suelen alabar la medicina cubana, pero ignoran el estado en el que se encuentran muchos cubanos que habitan la isla.

    Me pregunto si todos esos idealistas estarían dispuestos a vivir en Cuba. – Es pobreza pero no de la extrema, en Cuba no hay pobreza extrema. -¿Estarías dispuesto a dejar tu modo de vida, tus gadgets, tu Twitter donde tan bien hablas de la Revolución Cubana, para irte a un país donde el gobierno te dice qué comer?

    ¿Fidel Castro aportó cosas positivas? Sí, podemos hablar del sistema de salud por poner un ejemplo. Pero dichas aportaciones quedan relegadas a segundo plano cuando recordamos a tantos cubanos que trataron de escapar de una isla de la cual eran literalmente prisioneros.

    Fidel Castro inspiró a muchos, sobre todo a aquellos que no tenían pleno conocimiento de lo que ocurría en la isla, o bien, relativizaban lo que pasaba para fortalecer su mensaje contestatario hacia el gobierno (quesque-capitalista-facha-neoliberal) de su nación. Así, de la misma forma que algunos españoles ilusos anhelan el regreso de Francisco Franco, o los chilenos el de Pinochet. Porque no se trata de ideologías, sino de libertades.

    La figura de Castro, siento arruinar el velorio a los izquierdistas, debe de ponerse a la misma altura de esos dictadores de derecha que tanto detestan. Todos ellos se caracterizaron por restringir las libertades de su pueblo. La historia no puede absolver a Fidel Castro.

    E insistirán en que «no conozco la historia». La evidencia es explícita y abrumadora. Ahí está una Cuba congelada en los años 50, sin ninguna expresión de progreso y modernidad, y con las casas cayéndose a pedazos (tienen mucha suerte de no vivir en una zona sísmica).

    No, yo me niego a deificar a Fidel Castro como muchos pretenden hacer.

    Y menos pretendo hacerlo en un momento de la historia donde algunos amagan con reconstruir muros, apelan al odio y promueven un nacionalismo que divide mas a los seres humanos.

    No celebro su muerte, no puedo celebrar la muerte de un ser humano, pero tampoco puedo llorarla.

    ¡No a la mitificación de Fidel Castro!

  • La candidata Margarita, o por qué las cosas no son como antes

    La candidata Margarita, o por qué las cosas no son como antes

    En Twitter y algunos medios -principalmente de izquierda- me he topado con muchas comentarios que afirman que la nueva telenovela de Televisa llamada La Candidata es una estrategia para posicionar a Margarita Zavala de aquí al 2018.

    La candidata Margarita, o por qué las cosas no son como antes

    Esa novela, que parece una versión demasiado tropicalizada de House of Cards, tiene personaje principal es una senadora quien está casada con un gobernador.

    Esa coincidencia -Margarita está casada con el expresidente Felipe Calderón- ha llamado mucho la atención de algunos. Yo no sé si se trate de una estrategia para posicionarla o sea tan solo la imaginación de algunos curiosos.

    Si esos rumores fueran verdad, me preguntaría si a estas alturas de la vida una campaña encubierta de ese tipo va a funcionar. No sólo porque la influencia que tiene Televisa es mucho menor que hace 6 años, sino por el antecedente marcado por Peña Nieto. Dudo que tenga mucha eficacia, empezando porque la actriz de la novela muestra ser una mujer de cáracter, y Margarita se sigue viendo muy mojigata. Si es ese propósito, no sé si se logre hacer bien la relación.

    Pero independientemente de que sea verdad, lo que percibo en esta carrera electoral que ya comenzó, es que los políticos están haciendo lo que siempre hacen, y creo que las elecciones van a ser un tanto diferentes.

    Por ejemplo, candidatos como Graco Ramírez, Rafael Moreno Valle, o la misma Margarita Zavala, están utilizando medios de publicidad encubierta para saltarse la normatividad del INE y poder hacer campaña. Los primeros dos jugando a ser portada de revistas políticas o del corazón para simular que dichas revistas están haciendo publicidad por cuenta propia en los autobuses y espectaculares. La tercera ha colocado espectaculares para presentar su nuevo libro: -estoy vendiendo mi libro, no estoy haciendo campaña-.

    La idea es que cuando lleguen a la elección -ya sea la primaria o la presidencial- sean conocidos por la mayor cantidad de personas, porque nadie te va a votar si no sabes quien eres.

    Pero la percepción que generan en realidad es que son los mismos políticos de siempre, usando las mismas técnicas desgastadas: espectaculares, spots aburridos –que vaya, los de Ricardo Anaya son muy buenos somníferos-.

    Es decir, creen estar en 2006 cuando las elecciones se van a llevar a cabo en 2018. En 2018 el voto va a ser en contra no sólo del PRI, sino del sistema.

    Y eso no solamente obedece a lo que está ocurriendo en el mundo -cosa que desde luego hay que considerar-, sino a las particularidades de nuestro país.

    La percepción que tiene el ciudadano de la clase política es pésima, no se siente representado, percibe que el país está cada vez peor, y a pesar de que coloca al gobierno de Peña Nieto como principal responsable, también logra percibir que la postura del PAN y el PRD es muy displicente, que son más complacientes que opositores.

    Este escenario beneficia mucho a López Obrador, quien aunque en la práctica también es parte de esa clase política viciada, es percibido por muchos  como el que contrasta ante los demás, como un outsider, y recordemos que la percepción es lo que cuenta.

    Revista Impacto

    El ascenso de Donald Trump al poder complica las cosas para los políticos tradicionales. No sólo será la corrupción el tema ante el que gire las elecciones, sino la postura que tendrá México frente a un Estados Unidos más nacionalista y aislacionista.

    Lo que menos querrá oír el público serán discursos «políticamente correctos» con una entonación blandengue que hablen de diálogos o acuerdos, sino una respuesta firme y contundente, alguien que lo represente.

    Y ahí, una ventana se abre para López Obrador.

    Margarita Zavala, en cambio, con su lenguaje demasiado bien cuidado y más tierno que determinado, podrá quedar en desventaja. Margarita despertará pasiones dentro de los panistas, pero no dentro del voto útil que definirá una vez más la elección. Ella es al final «la esposa de Calderón» -máxime en un país donde el machismo abunda- y a diferencia de Hillary Clinton, esa relación es muy evidente. Esas fotografías donde Margarita aparece en un yate con Calderón y los Mouriño sólo refuerzan la percepción de que ella es una de «los políticos de siempre».

    donde Margarita aparece en un yate con Calderón y los Mouriño

    Algunos harán todo lo posible porque López Obrador no llegue a la presidencia. Por diferentes razones, algunos ya sea por miedo a perder sus intereses o bien, otros una preocupación genuina por la economía del país, podrán soltar a los perros en contra de AMLO.

    Pero si esto sucede, el impacto será menor al del 2006, e incluso podría terminar fortaleciendo al tabasqueño; porque el emisor -sobre todo la propia clase política- ha perdido mucha legitimidad e inclusive autoridad moral como para tildar de «peligro para México» a su adversario.

    AMLO se ha conducido correctamente desde un punto de vista estratégico. A pesar de que sus propuestas nos parecen contraproducentes y absurdas a algunos de nosotros, son las que muchos otros quisieran escuchar, y también es cierto que no ha mostrado tantas muestras de radicalización como en años anteriores.

    Obrador no necesita convencer a todos, sino tan solo a «un poco más» de votantes que en 2012 y que los electores no se sientan muy motivados a votar por candidatos dentro del sistema -algo parecido a lo que sucedió en Estados Unidos, donde muchos que no simpatizaban con Trump, decidieron no votar tampoco por Hillary-. Ese escenario, vale decirlo, es muy factible.

    Y mientras que el PRI quedará desdibujado gracias Peña Nieto  -sumado a unas bases que están envejeciendo, y por tanto, reduciéndose- y ni el PAN ni el PRD han logrado hacer contraste con el gobierno actual, el candidato ideal sea aquél que sí logre llevar a cabo ese contraste. Si no es AMLO, podrá ser un independiente que ataque duramente a la clase política y sea determinante con Trump. Jorge Castañeda, aspirante a una candidatura independiente, va en ese sentido.

    La única opción que podrían tener «los tradicionales» es que el propio AMLO se boicoteé -escenario tampoco demasiado improbable-, lo cual le de el triunfo a otro de los «partidos de siempre», posiblemente el PAN.

    La clase política ha quedado tan ensimismada que parece no entender siquiera que el tablero de juego está cambiando. Recurren a las mismas fórmulas de siempre y se creen indispensables frente a una ciudadanía que conocen cada vez menos.

    En dos años pueden pasar muchas cosas, pero a mi parecer, las cosas parecen dirigirse en ese sentido. Quienes esperen que en 2018 ocurra lo «mismo de siempre» se llevarán una gran sorpresa.

  • ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    Ante la llegada de Trump al poder, hay quienes piensan -en México- que se abre un mundo de oportunidades, y hay otros que predicen una hecatombe para nuestro país. Yo sugiero un punto intermedio entre los ilusos -ser optimista en exceso es ser iluso- y los pesimistas.

    De hecho, lo que me da más miedo de Donald Trump no tiene que ver directamente con México, y eso es algo de lo que no todos hablan.

    Es decir, lo que genera mucha ansiedad aquí es que Trump va a construir el muro -el cual vamos a pagar, dice-, que va a deportar a muchos connacionales,  y que planea cancelar el TLC-, del cual hasta hace poco muchos dudaban de sus beneficios-. De esos tres puntos, la deportación de muchos connacionales es la que me preocupa más -seguramente serán mucho menos de los que prometió, aunque no dejará de ser un número considerable-, porque muchos serán desterrados y mucha familias quedarán rotas. No es que no importen las otras, sí importan, pero no es el final del país.

    ¿Por qué no me preocupa tanto? Porque no creo que México dependa o deba depender completamente de Estados Unidos; de hecho, esa relación de dependencia es relativamente reciente. No es como que no se pueda entender a México sin una relación estrecha con Estados Unidos.

    Lo que me preocupa de Trump, eso de lo cual no se habla tanto, no es su relación con México, sino la que tendrá con su propio país y con el mundo, así como las implicaciones geopolíticas que su presencia pueda tener.

    Me preocupa, por ejemplo, esa tendencia de Occidente hacia el nacionalismo abrazado (y posteriormente abrasado) por demagogos tendientes hacia el autoritarismo. Y preocupa por lo que representa Trump al frente del país que todavía tiene mayor influencia ideológica y cultural sobre el mundo.

    La democracia está en peligro, pero aún así, si sortea los malos tiempos -lo cual creo que sucederá-, regresará en una mejor versión. Esta cadena nacionalista fue una advertencia para los liberales, por ejemplo, que encajonados en su corrección política, preocupados por solo algunas minorías (de raza, género o preferencia sexual) se olvidaron de toda la sociedad en su conjunto. Pero claro que hay razones por las cuales nos debemos mantener en alerta, y comparto la petición de que no se debe «normalizar» a este magnate con inclinaciones fascistas.

    Pero México puede sobrevivir a Trump.

    Si a Trump se le ocurre cancelar el TLC, o lo negocia de tal forma que quedamos en desventaja, todavía tenemos varias alternativas, muchas de las cuales ni siquiera habíamos contemplado porque ya nos habíamos acostumbrado a esa relación de dependencia.

    Incluso no se equivocan del todo quienes dicen que esta crisis puede abordarse de tal forma que se transforme en una oportunidad. Ésta puede ayudar a México a replantearse como nación. La contraparte es que para esto se necesita mucha visión, y eso es algo de lo que carece el gobierno actual (en todos los niveles).

    Y no estoy diciendo que no vayamos a padecer nada. Muy posiblemente podamos ver a corto plazo algún impacto en nuestra economía al ver reducido el intercambio de productos y servicios con Estados Unidos, habrán trabajos que se pierdan -sobre todo al norte del país-, posiblemente entremos en alguna suerte de recesión económica, pero no creo que sea un día desolador del cual no podamos salir o que pueda comprometer nuestro futuro a largo plazo si somos inteligentes.

    Una alternativa es diversificar nuestra economía. Ante una estrella menguante como la de Estados Unidos, podríamos mirar a países como China, la misma Europa o todas esas naciones asiáticas que emergen gracias a la globalización mientras Occidente se estanca.

    Si Estados Unidos se cierra y cae en un nacionalismo absurdo, México podría llenar esos vacíos que deje nuestro vecino.

    Otra cosa que se puede hacer es fortalecer el mercado interno y trabajar a México desde adentro -lo cual no implica necesariamente que apostemos a una especie de proteccionismo-. México puede apostar a producir lo que importaba por poner un ejemplo. En un mundo globalizado gracias a las tecnologías de la información es más fácil absorber conocimiento que en la etapa pre-TLC, y por lo tanto la curva de aprendizaje es menor.

    Se trata de una estrategia más ambiciosa que convocar en redes a comprar producto nacional para castigar a las empresas gringas -cuya mayoría no tienen nada que ver con el triunfo de Donald Trump, y que de hecho lamentan-. Ese nacionalismo absurdo de no comprar Coca Cola o Starbucks por un día no servirá en lo absoluto. No debemos caer en el mismo juego de cerrarnos.

    Lo que más me preocupa de México no es la llegada de Donald Trump, sino todos los problemas que tenemos dentro de nuestro país y que nos laceran mucho más que Trump.

    La corrupción, la violencia, los feminicidios -ahora que se hace énfasis en la misoginia de Trump-, las instituciones débiles, la impunidad. No podemos culpar a Trump de todas nuestras desgracias a corto plazo cuando ni siquiera nos hemos molestado en barrer la casa. Si queremos vencer a «la amenaza del hombre naranja» debemos vencer a nuestras amenazas internas primero.

    Buscar a enemigos a quien culpar es una pérdida de tiempo cuando el enemigo está en casa, y no me refiero a Peña Nieto -quien es tan sólo una manifestación-, sino a todos, a nuestros vicios como sociedad.

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump? Sí, porque no necesitamos de su presencia o ausencia para reinventarnos como país. Nos podrá meter en algunos aprietos -menos de los aprietos en que nosotros mismos nos metemos-, pero la capacidad que tenemos -porque tengo fe en que la tenemos- de ser un país grande reside en nuestra voluntad.

     

  • ¿Por qué estamos obsesionados con Donald Trump?

    ¿Por qué estamos obsesionados con Donald Trump?

    ¿Por qué estamos obsesionados con Donald Trump?

    Han pasado dos semanas y -tanto la comentocracia, los aficionados a la política como la gente normal- no hemos terminado de digerir el triunfo de Donald Trump. Después de su triunfo se ha escrito tanto tratando de entender cómo es que llegó al poder. Después de analizarlo una y otra vez, llegamos a ciertas conclusiones, para después sólo preguntarnos por qué eso sucedió y cómo fue posible.

    Esta histeria es inédita, sobre todo en un país de origen como estados Unidos. Nunca había visto a esta nación en estas circunstancias donde se le dedicaran con resquemor tantos artículos al presidente electo señalando aquello que les preocupa tanto. Pero en este contexto, esta histeria es normal y posiblemente hasta deseable, porque la sociedad norteamericana debe adaptarse a una circunstancia muy diferente jamás vivida, y no debe de dejar la guardia.

    A los pocos días ya hemos visto, por ejemplo, muchos exámenes de consciencia por parte de varios liberales y progresistas que se obsesionaron tanto por la corrección política e incluyeron solo a algunas minorías -raciales, LGBT, de género, nacionalidad etc.- y no a todas -excluyeron y subestimaron a esa clase blanca trabajadora, por su escasez de estudios y su precaria resiliencia-.  Esa es una muy buena noticia, porque estas contradicciones dentro del liberalismo le pusieron la alfombra roja a Donald Trump, y sería muy grave no advertirlas. La que no es una buena noticia sin duda, es que la derecha no sólo no hizo ese mismo examen de consciencia en su tiempo, sino que se radicalizó, y ganó.

    Libros para entender que sucedió han circulado por montones, por lo reciente del triunfo, hasta ahora nos podemos remitir a aquellos libros que ya se habían escrito antes de llevarnos esa dolorosa sorpresa. Obras como Hillbilly Elegy o El Mito del Votante Racional, que sin hablar precisamente de las elecciones pasadas se han vuelto un gran referente. Si algo parecen hacer bien las élites académicas, intelectuales, periodistas y expertas en la materia, es que se han puesto a buscar y generar el mayor conocimiento posible para entender qué es lo que está pasando. Los académicos tratan de entrar a la guerra con el arma más poderosa que tienen, su mente.

    En el caso de nuestro país, la obsesión tiene que ver con el muro, la deportaciones o la renegociación del TLC. El panorama para México no es muy alentador, pero también es cierto que se trata de una circunstancia tal que un gran visionario podría no sólo revertir los efectos -excepto aquellos deportados que verán sus familias separarse- de Trump en el poder, sino que podría utilizar esa circunstancia a nuestro favor. Lo triste es que si algo falta en el gobierno actual -e incluyo a los partidos de oposición- es visión.

    El mayor peligro de Trump no son los efectos que puede causar en nuestro país -algunos están tan obcecados con el muro que no pueden ver el peligro real-, sino el efecto que su presencia tiene en el mundo. No sólo se trata de esta ola autoritaria que parece invadir a Occidente, sino el peso que tiene Estados Unidos para detener o promover dicha ola.

    El problema es que, a pesar de todas sus contradicciones, el discurso de Estados Unidos y la democracia era uno de los pilares que sostenía a la democracia liberal en Occidente. Los países desarrollados habían oscilado dentro de lo que se considera el consenso democrático liberal que va desde la centro izquierda, a la centro derecha (cuyas diferencias van poco más allá del papel del gobierno en una economía de mercado y las posturas en temas como el aborto o el matrimonio igualitario), consenso que parece quebrarse en tanto son cada vez más los que optan por modelos autoritarios.

    No es que Estados Unidos se vaya a convertir en una dictadura, pero con Trump el discurso se desviará lo suficiente de tal forma que pueda debilitar la democracia liberal en favor de autocracias como la Rusia de Vladimir Putin (quien celebra con regocijo el triunfo de Donald Trump). Si la democracia liberal está en riesgo, entonces muchas cosas están en riesgo.

    A Donald Trump no se le debe de normalizar, posiblemente debamos vivir con cierta dosis de histeria los 4 años que vienen a continuación. Lo que sí es importante es que quienes creemos en la democracia liberal, desde progresistas hasta conservadores, debemos ser autocríticos con nosotros mismos y aceptar que no somos ajenos ante lo sucedido. Debemos ser críticos tanto con nuestros modelos económicos -las clases medias en varios países son cada vez más estrechas- como con nuestros modelos sociales que hablan de inclusión pero no prometen inclusión para todos, sino sólo para algunas minorías.

    Nuestra obsesión con Donald Trump posiblemente sea un mecanismo de defensa. Nuestra obsesión posiblemente evite la normalización de un modelo que puede representar un riesgo no sólo para Estados Unidos, sino para el mundo.

    Porque no podemos dejar de obsesionarnos ante la presencia de una persona que ha hecho del odio y la división, su fortaleza.

  • La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    Razones por las que Donald Trump es el Presidente Electo de los Estados Unidos son muchas. He visto a muchos «opinadores» y usuarios de Twitter, convertidos en politólogos de la noche a la mañana, arrinconar la discusión a un tema meramente ideológico. Los de derecha le echan culpa a las políticas progre, y los de izquierda al neoliberalismo. Tal vez ambas corrientes tengan algo de responsabilidad (no toda, ni en su conjunto). El problema, más bien, es uno muy complejo, y tiene muchas variables que van desde el nativismo hasta la creación de una narrativa tramposa de un país que dice Trump, está en el borde del desastre.

    Pero hoy quiero hablar de una variable que me preocupa mucho y que nos debería ocupar. Es el tema de la desigualdad y el estancamiento de las clases medias.

    Algunos economistas ortodoxos dicen que no nos debemos de preocupar por la desigualdad, que sólo importa el crecimiento. La realidad es que cuando esa desigualdad empequeñece a la clase media, la democracia corre el riesgo de deteriorarse.

    Desde una perspectiva política, una nación muy desigual, incapaz de crear una clase media, se verá imposibilitada de coexistir en un régimen democrático. De hecho, la historia ha demostrado cómo los países como Estados Unidos y Alemania se democratizaron en tanto sus clases medias empezaron a crecer.

    Entonces sabemos que la clase media es condición necesaria para la existencia de un régimen democrático. Las clases medias son las que suelen hacer los cambios en la sociedad, las élites no lo harán porque naturalmente desean mantener el status quo y sus privilegios, mientras que los pobres tienen que pensar como sobrevivir, además que por su escasa educación son fácilmente manipulables.

    Si ocurre lo contrario, cuando las clases medias se vuelven estrechas, el resultado es el opuesto. Las clases medias, amenazadas y sin un futuro promisorio, tienen más posibilidades de buscar refugio en un líder carismático que se enfrenta a un sistema que ya no funciona, o no les funciona; y entonces, la democracia se deteriora. Ésto es lo que pasó en Alemania del siglo pasado quien sufrió severamente los estragos de la crisis del 29 y que derivó en el ascenso de Hitler, y ésto es lo que pasó con Donald Trump -aclaro que no estoy sugiriendo que los rasgos fascistas de Trump tengan los alcances de Hitler-.

    Varios países desarrollados, entre ellos Estados Unidos, han visto sus clases medias estancadas, sin posibilidades de crecimiento, al tiempo que la distribución de la riqueza se acentúa. Las clases medias, frustradas, al ver que los partidos políticos cercanos al centro ya no funcionan, corren el riesgo de radicalizarse.

    Esto es lo que está pasando con las clases medias en Estados Unidos:

    Pew Research Center
    Pew Research Center

    El ingreso de las clases medias en Estados Unidos está disminuyendo, esta tendencia, como muestran las gráficas del estudio que llevó a cabo Pew Research Center, afecta tanto a la clase media alta como la media baja.

    ¿Y por quién votaron aquellos que afirman que antes les iba mejor? Sí, por Donald Trump.

    Votantes de Donald Trump
    The New York Times

    Según las encuestas de salida que The New York Times cabo el día de la elección, el 78% de las personas cuya situación financiera está peor que antes. En Estados Unidos los más pobres (y que siempre han sido pobres) suelen votar por los demócratas porque son quienes más promueven políticas asistencialistas. Pero aquellos, de clase media, que vieron como sus ingresos se reducían, votaron por Donald Trump.

    Y ésta no es una historia nueva. Una Alemania empobrecida por la crisis de 1929 llevó al poder a Adolfo Hitler.

    Éste es un tema que debe de ocupar a los líderes mundiales y todos los que están involucrados en el tema. Es una discusión que debe ir más allá de ideologías económicas y de pensamientos políticos.

    Y lo es porque el futuro amenaza con estrechar cada vez más a las clases medias.

    Como avances tecnológicos que sustituyen empleos, la concentración de la riqueza en las élites, e incluso la insostenibilidad de las pensiones.

    Muchos estadounidenses que han visto reducir sus ingresos – varios de los cuales viven en la zona denominada Rust Belt–  son empleados poco cualificados. Las empresas que les daban empleo se fueron a México o a otros países, y dada su poca cualificación no pudieron acomodarse en otro empleo, o al menos, no pudieron obtener el mismo ingreso. Pero esa es sólo una historia parcial, y es en la que ha hecho énfasis Donald Trump.

    La otra parte tiene que ver con la evolución natural del ser humano de la era industrial a la del conocimiento. Muchos empleos que requieren poca cualificación están siendo reemplazados por robots o por inteligencia artificial -muchos de estos votantes de Donald Trump no perdieron su trabajo por la culpa de un mexicano, sino de un microchip-. De hecho, en un futuro no tan lejano, la inteligencia artificial hará el trabajo que hasta ahora hace la mayoría de los seres humanos. Ante este oscuro panorama, Elon Musk sugiere que el gobierno pague a todos los individuos un ingreso porque habrán pocos empleos para los seres humanos, y considera que las alternativas son pocas.

    Culpar al neoliberalismo u optar por recetas económicas ortodoxas no servirá de mucho ante un panorama tan complejo al cual nos estamos enfrentando. Tampoco podemos dar por sentada nuestra estabilidad política. Ya hemos aprendido que ésta sí se puede romper, y este rompimiento puede ocurrir si no logramos ser autocríticos e ignoramos la señales que el deterioramiento de los sistemas que nosotros creamos emiten.

    Apenas ha empezado el siglo XXI. Se vienen transformaciones importantes. La pregunta es ¿estaremos a la altura de nosotros mismos?