Categoría: política

  • Trump. La resistencia de las ciudades y las mujeres

    Trump. La resistencia de las ciudades y las mujeres

    Trump. La resistencia de las ciudades y las mujeres
    Fuente: @remysmidt (Twitter)

    Donald Trump acaba de llegar a la Casa Blanca y tiene un serio problema. En medio de toda su parafernalia, el discurso beligerante y nacionalista y las secciones de cambio climático y de derechos LGBT que desaparecieron de la página oficial para dar paso a los muros y a los soldados que «hará grandes otra vez», parece no haberse dado cuenta. 

    Para que un líder autoritario, populista y demagogo -como el que Trump pretende ser- pueda mantenerse firme en el poder necesita tener una gran base de simpatizantes. Todos los populistas, desde Hitler hasta Hugo Chávez, son capaces de atiborrar las plazas centrales para escuchar a su líder. La toma de posesión desangelada y con grandes espacios vacíos en el National Mall reflejan lo contrario. No es que no los tenga, de alguna forma consiguió los votos para llegar a la presidencia,  cuya mayoría está fuera de las grandes urbes. Simplemente que parece que no ha logrado crear una gran masa que se postre ante él, no la del tamaño que tiene la oposición. Trump es el Presidente que entra en funciones con la más baja popularidad de la historia (44% de aprobación).

    Lo que importa aquí no es solamente el porcentaje de quienes lo desaprueban, sino la forma y la intensidad. No es lo mismo decir -lo desapruebo porque no me gusta mucho cómo es que está gobernando- a decir que -lo desapruebo porque lo detesto, no es mi presidente-. Quienes desaprueban a Trump tienden a pensar más bien lo segundo, el rechazo es categórico porque la postura de Trump también es categórica. 

    Si el 20 fue un día histórico por lo que representa el ascenso de Donald Trump al poder, también el 21 lo fue, porque bajo los principios y valores de Occidente millones de personas salieron a manifestarse no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo. Podríamos hablar de una de las manifestaciones más grandes de la historia de la humanidad, posiblemente la más grande si hablamos que todas éstas fueron producto de una sola convocatoria. #WomensMarch se llevó a cabo en todas las ciudades de Estados Unidos, de Europa, América Latina, incluso llegó a la Antártida, a Iraq y a algunos países africanos. 

    Trump. La resistencia de las ciudades y las mujeres
    Chang W. Lee/The New York Times

    Women’s March tuvo como centro a las mujeres, a quienes Donald Trump considera como un objeto e inferiores a él (basta ver el trato hacia su esposa Melanie así como sus escándalos). Con valentía y a pesar de los prejuicios que siguen vigentes como Estados Unidos, ellas salieron a hacer valer lo que es suyo. Pero era claro que el destinatario de ésta era Donald Trump y el repudio a los valores «o antivalores» que enarbola. A las causas de la mujer también se incluyeron aquellas relativas a la migración, el cambio climático y otras que están en riesgo por el ascenso del empresario populista. El discurso misógino y racista de Donald Trump parece haberle ayudado a ganar las elecciones, pero también abrió la caja de pandora. 

    Ante el ascenso de un misógino nacionalista y proteccionista, una manifestación de las mujeres global y multicultural.

    La democracia liberal, que parecía moribunda y que parece pender del hilo llamado «La Alemania de Angela Merkel», mostró que todavía tiene fuerza y que sigue muy enraizada en Occidente, sobre todo en las grandes ciudades. La manifestación «dio en el clavo» y mandó un mensaje no sólo a Donald Trump, sino a sus pares de otros países, la resistencia que opondrán será mucha y muy grande.

    Esta resistencia se inició y se desarrollo en las ciudades. Es en las grandes urbes donde los simpatizantes se pueden congregar y pueden lograr un mayor impacto mediático. Los simpatizantes de Donald Trump, que ciertamente tampoco es que sean muy pocos, se encuentran más bien dispersos en los suburbios y en las ciudades pequeñas. 

    La mayoría de los medios de comunicación se comportarán como oposición, como lo demostraron con su cobertura de la marcha. Medios como New York Times o Washington Post difundieron ampliamente la manifestación ayudando así a amplificar todavía la resistencia que surgirá de las grandes ciudades. Varias de las estrellas de Hollywood, comediantes y artistas se sumarán como ya lo están haciendo, al igual que las élites intelectuales. Gran parte de la «cultura estadounidense» está en su contra, y debido al discurso políticamente incorrecto (racista, discriminador y misógino) es muy difícil que cambien de parecer. 

    Otro problema para Trump es que mientras que la postura de oposición de los habitantes de las grandes ciudades -generalmente más liberales que aquellos rurales- suele ser muy firme porque consideran que él representa una agresión a sus ideales, la lealtad de los suyos está de alguna forma condicionada al cumplimiento de sus promesas -regresarle sus trabajos y hacer a «América» más grande-, sea lo que eso signifique.

    Por otro lado, la gran mayoría de los opositores de Trump no tienen la percepción de que la economía vaya de picada, por lo cual será muy difícil que el populista de Nueva York conquiste sus corazones. Peor aún, los habitantes de las grandes ciudades no se verán beneficiados por los empleos que Trump tratará de regresar a su país, por el contrario, verán como gracias a la mano de obra más cara, el precio de los insumos producidos por estas empresas aumenta debido a los sueldos más altos. 

    Si Trump no cumple las expectativas de los suyos y tomando en cuenta que el repudio de los opositores  -que son mayoría- se mantendrá constante, terminará arrinconado y sin margen de maniobra alguna. El problema para Trump es que después de todos los agravios y declaraciones que ha hecho, una intentona por moderar su discurso no le traerá los resultados esperados. 

    Ver que el gobierno de Donald Trump tendrá mucha resistencia es una muy buena noticia, porque ésta es un antídoto para que se consume como el demagogo autoritario que pervirtió a las instituciones y que destruyó siglos de legado histórico para hacer de la nación estadounidense un capricho.

    La pesadilla apenas comienza, pero la resistencia también. Que sepan todos aquellos líderes que basan su discurso en el odio y la mentira, que vamos a resistir, que no vamos a dejar que se salgan con la suya.

  • Vamos a hablar de #SinVotoNoHayDinero

    Vamos a hablar de #SinVotoNoHayDinero

    Una de las peticiones que muchos hacen es quitar el presupuesto público a los partidos. Dicen, deben rascarse con sus propias uñas, que basta de alimentar a esos zánganos con nuestros impuestos. La petición suena tentadora, pero sólo hasta que empezamos a esbozar la otra alternativa, que es, precisamente, que los partidos busquen recursos privados tal y como sucede en Estados Unidos.

    ¿Qué podría ocurrir si los partidos se financian con recursos privados? Algo no muy agradable. 

    Estados Unidos se puede dar el lujo de utilizar ese esquema porque tiene -todavía- un mercado muy diversificado y dinámico. Muchas son las empresas o donantes que expiden los cheques, y al ser muchas, los compromisos que el candidato ganador tiene no son tan grandes como lo serían si fueran unas pocas empresas grandes quienes los financian. Aún con esto, es conocido por todos el intenso lobbying (cabildeo) que existe en Estados Unidos, en gran medida, por estos compromisos adquiridos.

    En México el problema sería más grande. No tenemos un mercado dinámico y sí unas cuantas empresas grandes, pero que al final son pocas, y algunas de las cuales crecieron gracias a la estrecha relación con el gobierno. Los conflictos de interés entre gobierno y empresas crecerían exponencialmente. De la misma forma, el narcotráfico podría adquirir más poder al financiar por debajo del agua a alguno de los partidos políticos. Entonces el remedio podría ser más nocivo que el problema a combatir.

    Imaginemos que estamos en el 2012. Televisa se encarga de financiar a Peña, Slim a López Obrador, y Bimbo a Josefina Vázquez Mota. Entonces, la ganadora o ganador tendrá que gobernar a favor de aquella empresa a la cual le debe su triunfo. Peña tendría que favorecer todavía más a Televisa, López Obrador tendría que convertir a todo México en Territorio Telcel, y Josefina tendría que garantizar que las engordadoras donitas Bimbo se vendan en todas las escuelas. 

    Entonces, entendiendo que por el momento el financiamiento público es el menos peor de los escenarios en nuestro caso, al menos hasta que tengamos un mercado más dinámico ¿qué se puede hacer para que este sea no sólo más efectivo, sino que sea más representativo? Se pueden hacer muchas cosas, pero hay una propuesta me ha llamado la atención y que se ha comentado mucho en redes. 

    Hablo de la propuesta del Diputado Federal Manuel J Clouthier y del Diputado Local Pedro Kumamoto llamada #SinVotoNoHayDinero. ¿En que consiste esto? Se propone que el dinero que los partidos reciban dependa del número de personas que convencen para votar.

    Actualmente no sucede así, si bien el monto guarda cierta proporción con el porcentaje de votos que cada partido recibe, para determinar el presupuesto recibido (que se calcula tomando como base el padrón electoral), no se toma en cuenta el nivel de abstencionismo. Es decir, si PRI obtuvo 40%, PAN el 30% y PRD el 30%, el PRI recibirá el mismo monto ya sea que haya votado el 40% o el 80% de los empadronados. Lo mismo ocurrirá con PAN y PRD. 

    Dicho esto, el abstencionismo no les afecta en sus bolsillos.

    Pedro Kumamoto, ese diputado tapatío que llamó la atención en 2015, ha dispuesto de toda su maquinaria de medios para promover esta ley y que tenga impacto a nivel nacional -si algo tiene este diputado, es un equipo de jóvenes expertos en comunicación digital-. Gracias a esta estrategia es que muchos líderes de opinión han replicado la propuesta en sus redes poniéndola sobre la mesa. Es decir, aunque la competencia de Pedro Kumamoto sea a nivel estatal, se logra que la propuesta se discuta en redes y por especialistas a nivel nacional. 

    Él habla de los beneficios de esta propuesta:

    1. Que ahorrarán un 41% en financiamiento.
    2. Que el voto nulo será una forma de protesta más efectiva (no está de más recordar que Pedro Kumamoto formó parte del voto nulo en 2009, que después dio origen al #YoSoy132 en 2012 y en el que también participó).
    3. Que los partidos tendrán que esforzarse más para que la gente vote por ellos. 

    Considero válidos esos beneficios, pero cuando hablamos de una propuesta también deberíamos de señalar los defectos -o efectos colaterales-. Me viene a la mente uno:

    Creo que esta medida podría beneficiar más a los que tienen voto duro sobre los que no lo tienen. Por ejemplo, cuando el PRI pierde una elección sabe que al menos contó con su voto duro o sus estructuras, lo que le garantizará cierto reparto del pastel. Esto no ocurre si el PAN tiene un mal desempeño donde puede llegar a obtener un porcentaje muy bajo. Si la necesidad que tienen los demás partidos para convencer a la ciudadanía con respecto a la del PRI ya era grande, esta propuesta podría aumentar un poco más esa brecha. 

    Aunque el PRI o quien ostente un mayor voto duro también necesite tratar de convencer a una porción de votantes útiles si quiere aspirar a tener más dinero, en términos prácticos -hablando de campañas electorales- no necesitará hacerlo. Si ningún partido decidiera «ser más convincente» el PRI perdería menos presupuesto que los otros partidos, presupuesto que se utilizará para las campañas y medios de comunicación, lo cual no sería ningún inconveniente porque la ventaja presupuestal con respecto a los otros partidos será más amplia -más horas en TV o publicidad-. Posiblemente no ocurra lo mismo con el presupuesto asignado al gasto corriente que hacen los partidos en periodos no electorales y para poder operar, y donde un menor presupuesto sí puede generar una afectación independientemente del presupuesto que puedan recibir los demás partidos.

    Otro posible inconveniente es que esa «cercanía» con la gente a la que apuestan Clouthier y Kumamoto podría en algún dado caso incentivar actos demagógicos o populistas. Aunque a mi juicio no creo que eso llegue a ser un gran problema porque el presupuesto que los partidos adquieren están directamente ligados con candidatos a puestos de elección popular que de todos modos -junto con sus partidos- están moviendo cielo mar y tierra para ganar una campaña. Por el contrario, creo que los partidos que se muestren más congruentes hacia su doctrina y logren aglutinar simpatizantes hacia su corriente ideológica serán más beneficiados presupuestalmente sobre aquellos que no. Muchos de quienes votan por sus diputados y senadores no lo hacen estrictamente por la persona que los va a representar, sino por el partido a quienes representan.

    Pero a la vez veo un beneficio que Pedro Kumamoto no enlista, y es que esta propuesta es un buen antídoto para los partidos pequeños e irrelevantes que fungen en muchos casos como negocios más que como plataformas políticas. Véase Partido Verde, Movimiento Ciudadano o similares. Una reducción del 40% puede afectar el interés de los «dueños» de los partidos-negocio. Si reciben una reducción de ese tamaño, dichos dueños tendrán que reajustar el presupuesto para seguir operando, lo cual significaría desentenderse de parte del presupuesto que utilizan de forma discrecional. Si no hicieran eso, el partido dejaría de ser operativo lo cual puede derivar en una pérdida de registro. Los dueños de partidos pequeños tendrían que ir más allá de conseguir el registro si quieren aspirar a recibir el dinero que ostentaban antes, lo cual los lleva a una especie de paradoja porque para hacerlo tienen que mostrarse más convincentes y cercanos. 

    Si un partido, del tamaño que sea, quiere obtener mayor presupuesto, entonces deberá preocuparse por ser más relevante y representar a la ciudadanía de una mejor forma. Ya no sólo importará obtener un porcentaje de la votación -para no perder el registro o ganar una elección- sino que también deberán mantener sus negativos lo más bajo posible. Actualmente, la decadencia de la clase política no se castiga presupuestalmente porque como comentábamos, el abstencionismo ni el volumen de participación ejercen influencia sobre el presupuesto. Por el contrario, con esta propuesta, todos los partidos se verían afectados en una elección con un abstencionismo alto.

    Al final, tal vez esta propuesta no impacte tanto al PRI, cuyo voto duro, y es necesario decirlo, va empequeñeciéndose debido al cambio generacional. Pero sí incentivaría a la oposición, a las «alternativas» a ser mejores partidos y armar un discurso más convincente. 

    Con todo y sus asegunes, creo que la propuesta del hijo del Maquío y de Pedro Kumamoto tiene más puntos a favor que en contra, y considero que es una propuesta que debería considerarse e impulsarse. Porque aunque creo que se podrían hacer más cosas en términos electorales y se debería concebir esta propuesta junto con otras que incentiven a los partidos a representar mejor a sus ciudadanos, sí da un paso adelante en la reducción del gasto público de los partidos y en la representatividad de los partidos políticos. 

    Decir que «vamos a devolverle los partidos a las personas» como asegura Kumamoto me parece una afirmación exagerada (algunos partidos nunca han representado de forma honesta a sus gobernados), pero la propuesta al menos si ofrece un incentivo para que los partidos tengan que acercarse más a los ciudadanos. 

    Al final del día tenemos que reformar un sistema que no está funcionando y que tiene al país en una condición de «desgobierno», y para hacerlo tenemos que cambiar las estructuras en que éste se desenvuelve con apego a la institucionalidad. Dicho esto, esta propuesta está bien encaminada con respecto a ese propósito.   

    Vamos a hablar de #SinVotoNoHayDinero
    Fuente: http://sinvotonohaydinero.mx/
  • Bienvenido Donald Trump, no es un gusto tenerlo con nosotros

    Bienvenido Donald Trump, no es un gusto tenerlo con nosotros

    Bienvenido Donald Trump, no es un gusto tenerlo con nosotros

    No sé como decirlo, desperté con una sensación extraña. Sé que hoy no es un día normal, no es un día cualquiera. No recuerdo que estaba haciendo el 9 de noviembre de 1989, a mis 7 años, cuando cayó el Muro de Berlín; pero seguramente me acordaré el resto de mis días del día de hoy: me levanté, desayuné, y antes de realizar mis labores profesionales me di a la tarea de escribir este artículo. Este día de hoy en el cual se construye un nuevo muro, no sólo el muro con México que tanto prometió Donald Trump, sino aquel muro político e ideológico que se empieza a construir en el mundo, el muro de la intolerancia, el muro del odio.

    Revisto mi timeline de Twitter, leo lo que han publicado mis amigos y los líderes de opinión a los que sigo y sólo percibo caras largas expresadas en 140 caracteres. Todos ellos escriben acerca del tema, como queriendo sacar al politólogo -y a veces psiquiatra- que llevan dentro. 

    Algunos de nosotros quisimos ir más allá para prepararnos ante este día. Leímos libros, «tragamos» muchos artículos, e incluso, me molesté en leer sobre Roma porque pensé, que entendiendo al Imperio Romano podría entender al estadounidense y lo que pareciera ser su caída. Pero a pesar de la sabiduría que hayamos podido obtener, la realidad es que, no podemos predecir a ciencia cierta que va a pasar; aunque parece sí, que no será algo grato, ni para México, ni para Estados Unidos, ni para Occidente. No conocemos los alcances de Trump porque nunca ha gobernado, pero sí ha dejado unas pistas, en forma de compañías automotrices que retiran la inversión de nuestro país ante las amenazas del nuevo mandatario, y en forma de lo que muchos consideran el peor gabinete de los Estados Unidos.

    Tal vez este artículo sea uno de tantos que se escribirán el día de hoy, tal vez es una forma de catarsis, de expulsar la ansiedad de mi cuerpo. Porque naturalmente una persona que se interese en la política, y que al mismo tiempo, crea en la democracia, no puede no sentirse ansiosa o incluso amenazada; y aunque en la práctica se pueda ver igualmente afectada que una persona que no tiene interés o conocimiento alguno del tema, puede entender un poco más de qué trata esta amenaza y de las consecuencias que puede tener no sólo en nuestro país, sino a nivel global.

    México no llega preparado ante esta ceremonia o investidura. México llega muy debilitado, como una nación que no ha sido capaz de organizarse. México llega con un Presidente, quien es al final de cuentas el representante y quien lidera este barco, reprobado y denostado por casi el 90% de sus gobernados. Nuestro Presidente no es aquel que con su discurso promete encontrar una salida ante el problema, sino aquel que es objeto de burla en infinitos memes. Por consecuencia, el mexicano se siente abandonado a su suerte, esperando de qué tamaño van a ser los trancazos porque no habrá alguien que haga algo. El ciudadano intenta hacer lo mejor que puede, decide no comprar productos estadounidenses, debate sobre cuales son las políticas que el gobierno debería seguir, que si fortalecer el mercado interno o diversificar, pero en realidad se siente solo, y en efecto, se encuentra solo.

    México llega también lastimado por la violencia a todos los niveles. Balaceras perpetradas por cárteles del narcotráfico que exhiben a un gobierno débil, aquellas por algún estudiante que dispara en su salón de clases y que refleja el débil tejido social del cual forma parte, aquella otra donde un gobernador falsea qumioterapias gracias a lo cual, se dice, 8 niños murieron. México llega con un autoestima hasta el suelo.

    Frustrado, quisiera ponerme de pie y gritar -¿¡Dónde están nuestros güevos carajo!?. ¿Dónde está ese México de gente entrona y luchona? ¿Dónde está ese mexicano ingenioso?. Y pareciera que ante mi respuesta hay caras largas y tímidas. ¿Dónde está nuestro orgullo?

    Como ocurre en los mundiales de futbol, nos achicamos en el juego decisivo.

    Algunos pocos líderes intentan hacer su batalla, presionan, llaman la atención, escriben libros. Algunos políticos se suben al barco, no porque estén dispuestos a «aventarse del Castillo de Chapultepec con la bandera», sino para ganar votos y ganar simpatías. Ellos no piensan en términos como «aprovechar la coyuntura para que México salga bien librado» sino en términos «elecciones 2018».

    Caray, ni siquiera los güevos para pedir una disculpa a un ahora Presidente de los Estados Unidos que nos insultó y que nos ha declarado una guerra comercial. ¡Dónde están, carajo! Por el contrario, parece que Mexico se somete ante el poderoso. Peña apenas esboza un tímido y reactivo «México no va a pagar el muro» producto de las presiones y la caída en las encuestas. Es más, ni siquiera el eternamente opositor López Obrador levanta la mano, todos parecen como tímidos, como a la expectativa, se hacen chiquitos. 

    ¿Cómo será el gobierno de Donald Trump? ¿Se radicalizará? ¿Se moderará? No lo sabemos. Pero insisto, no será un gobierno muy grato. Hasta ahora tendremos que conformarnos con nuestra incertidumbre y nuestra ansiedad, y esperar, esperar a que pasen los días, los meses, y los años para poder hacer un juicio categórico de lo que ha sido su presidencia.

    Pero no, hoy no es un día normal. Hoy es un día histórico, tristemente histórico. 

  • Javier Duarte y la muerte del PRI

    Javier Duarte y la muerte del PRI

    Javier Duarte y la muerte del PRI
    Foto: Yahir Ceballos / Proceso

    Ayer no dormí de buena gana. La noticia de que el gobierno de Javier Duarte, acusado por el Gobernador de Veracruz, Miguel Angel Yunes, aplicara quimioterapias falsas a niños con cáncer me indignó, me dejó asombrado. ¿Cómo un ser humano es capaz de hacer eso y quedar impune? ¿Por qué en pleno Siglo XXI un gobernador es capaz de cometer semejante aberración que podemos considerar como una suerte de genocidio? Traté de responder esas preguntas en mi cabeza y luego me pregunté si el entorno tiene algo que ver, si las formas de organización humanas, dadas sus características, pueden hacer que la gente se comporte de tal forma.

    Los seres humanos somos naturalmente imperfectos. Hasta en la organización más loable pueden surgir manzanas podridas, y por otro lado, pueden existir buenas personas dentro de la organización más viciada. Pero la forma en que una institución está compuesta sí es capaz de influir en la forma en que los individuos se comportan. No sólo porque la estructura de una organización atrae a cierto tipo de perfiles, sino por la forma en que ésta opera y se desenvuelve, la escala de valores y las normas -escritas y no escritas- que sus miembros deben seguir.

    Entonces, tomando como referencia a un PRI ideológicamente ambiguo -su doctrina se limita a asumirse como herederos de la Revolución- que no ha superado su carácter patrimonialista, vertical, y de lealtades a un sistema que se rige por intereses y no por principios, puedo entender que dentro del partido puedan surgir personajes innombrables como Javier Duarte. No es que fuera imposible que una figura aberrante de grandes proporciones surgiera dentro de otro partido -sobre todo porque los otros no son ajenos a la descomposición de la clase política-, pero las características que el PRI tiene hacen que esto ocurra de una forma más fácil. 

    Y de aquí me viene otra cuestión, la de si el PRI -un partido donde abunda la corrupción y la ausencia de principios- va a morir, desaparecer, o quedar condenado a la irrelevancia. Mi respuesta es que sí, al menos uno de estos escenarios eventualmente ocurrirá. La voces que en Twitter esperan la «muerte del PRI» por lo ocurrido con Javier Duarte -más todo lo que ha ocurrido con el gobierno actual- podrían verse complacidas. 

    Es cierto, hemos matado muchas veces al PRI, pero si uno analiza el contexto actual con el de los anteriores, se dará cuenta que éste es de alguna forma diferente a el de aquellas otras ocasiones. Otras veces se pensó que ocurriría porque después de 70 años, había salido del poder, y eso lo condenaría a su extinción. Pero hagamos un poco de memoria. 

    El PRI surgió como una «institucionalización de la Revolución Mexicana» -lo cual se me hace contradictorio, porque una revolución busca romper con el estado de las cosas y con las instituciones- y fundado por Plutarco Elías Calles. Su carácter patrimonialista, vertical y asistencialista ha existido desde ese entonces, pero como afirma Francis Fukuyama, no era algo necesariamente malo si lo vemos como una suerte de transición a la democracia -países como Estados Unidos también fueron patrimonialistas antes de consolidar su régimen democrático-, dado que ese patrimonialismo daba mayor movilidad social a quienes menos tenían -El México de ese entonces fue más igualitario que el de Porfirio Díaz-.

    Así, México tuvo algunos gobiernos bajo el PRI, que a pesar de esa condición, pueden considerarse como buenos,  y dentro de los cuales el país mostró altos niveles de crecimiento: desde el socialista Lázaro Cárdenas hasta el capitalista Miguel Alemán y después terminar con el de López Mateos.

    Pero entendiendo este régimen patrimonialista como una transición, entonces tenía que superar su condición para transitar a una democracia. La matanza del 68 fue la primera manifestación de una fricción entre el régimen patrimonialista y la sociedad mexicana que se haría cada vez más grande. Pero en vez de transitar hacia la democracia el PRI resistió y siguió siendo ese partido de favores políticos que se mantuvo primero gracias a la perpetuación del régimen, y luego, ya en un panorama más democrático -el de la nación, no del partido- gracias al voto duro, como una gran reminiscencia de ese patrimonialismo. 

    ¿Por qué vaticino la muerte del PRI? Porque esa fricción entre el partido y la sociedad actual se ha vuelto tan grande que la realidad del partido ya no corresponde con la realidad del México actual, El PRI no sólo no ha superado su condición, sino que se ha corrompido más que nunca. Y a esto, hay que agregar que su voto duro, bajo el cual se seguía sosteniendo hasta hace poco, está envejeciendo.

    Si el PRI regresó en 2012 fue por una combinación de factores: el desencanto con el PAN, el miedo a López Obrador, y el voto duro que todavía ostentaban. El voto duro del PRI es cada vez más pequeño, y el desencanto de la gente con éste partido es mucho mayor que la que había con el PAN hace cuatro años -los encuestadores, dice Leo Zuckermann, dicen que la popularidad de Peña Nieto es de menos del 10% y también que el PAN y MORENA ya son más populares que el PRI-, con lo cual podemos concluir de antemano que el PRI perderá las siguientes elecciones para muy posiblemente no retornar al poder nunca más.  

    Si a todos nos choca la forma en que el PRI busca comunicarse con el pueblo, esa parsimonia y ese «autoaplauso», si odiamos ver a los twitteros priístas repetir lo que les dicen desde arriba que digan, si nos sentimos insultados, es por esa misma razón. Porque los tricolores quieren comunicarse con una sociedad que ya no existe; una sociedad que ciertamente, le falta madurar mucho todavía, pero que ya no creció con el «lo que usted diga, señor Presidente» y que ve tan lejana e irrelevante a «aquella Revolución que les hizo justicia». 

    Eso que los hizo fuertes en el pasado, es lo que los está condenando. Esa fuerza del partido, que a la vez se traduce en una gran sordera; esa lealtad con los suyos que a la vez se traduce en una deslealtad hacia sus gobernados; ese régimen vertical del cual cada vez menos personas quieren ser parte. 

    Como los casos de Grecia e Italia nos han enseñado, los partidos hegemónicos también pueden volverse irrelevantes e incluso desaparecer. El PRI está muriendo y necesita quimioterapia, pero parece ser que, al igual que el ex Gobernador de Veracruz emanado de su partido con los niños con cáncer, se está tratando con agua destilada. Parece que «no entienden que no entienden» y eso los está llevando a una lenta -o ya no tan lenta- extinción.

  • Ya llegó Trump. ¿Dejaremos que abusen de nosotros otra vez?

    Ya llegó Trump. ¿Dejaremos que abusen de nosotros otra vez?

    Ya llegó Trump. ¿Dejaremos que abusen de nosotros otra vez?

    Trump ya viene, Trump ya está aquí. El viernes se convertirá en Presidente de Estados Unidos, y parece que nosotros no le caemos muy bien. Somos culpables de las desgracias de los estadounidenses, dice. Y es que parece ser que la presidencia de Trump será más bien parecida a la del Trump en campaña que la del Trump moderado en el que muchos creyeron y que en realidad solo existió en su imaginación.

    México está en una de esas tantas coyunturas en las que aparece como la víctima, como el país del cual van a abusar; como todas aquellas que recordamos con rencor y resentimiento, que si los españoles, que si los gringos que nos robaron la mitad del territorio. 

    Pero como yo siempre he dicho, para que exista un victimario o un bully, también se necesita alguien que se deje abusar. La pregunta en cuestión es, ¿qué papel tomaremos nosotros ante una presidencia hostil, como la de Donald Trump? ¿El de víctimas, o el de un país que tiene orgullo y dignidad?

    Primero, para poder ser un país que pueda defenderse bien ante los embates de Trump, se necesita un líder al mando. En su lugar tenemos a Peña Nieto, quien junto con Luis Videgaray, tuvo la osadía de invitar al candidato Trump a Los Pinos para que regresara y se burlara de nosotros en nuestra cara. Luego, Peña volvió a invitar a Luis Videgaray como canciller, el cual dice, está aprendiendo.

    Pero parece que en estos últimos días el gobierno de Peña Nieto ha sido un poco más sensato con respecto a este tema, no sólo porque al menos estableció un posicionamiento al decir que México no pagará el muro -antes, ni eso ocurría-, sino por la decisión de nombrar a Gerónimo Gutiérrez como embajador de Washington, que es experto en el NAFTA y no se aleja del perfil que se necesitaría en este puesto ante estas eventualidades. 

    Pero sigue siendo poco, muy poco. Necesitamos un líder que nos una a los mexicanos. En vez de eso, miles brincan y gritan al unísono en Mexicali «fuera Peña» como protesta al gasolinazo y todos los agravios acumulados durante este gobierno. Quien debería mostrar dotes de liderazgo es repudiado, y con justa razón, por el pueblo. 

    No hablo de una figura que «le miente la madre» a Donald Trump, que le siga el juego, se descomponga del coraje y se desentienda de todas las reglas escritas -y no escritas- de la diplomacia. Hablo más bien de un líder moral, un líder que lleve al país en los hombros, uno en el cual se sientan representados los mexicanos y que sientan que éste está defendiendo sus intereses. No hay eso. 

    Ante una eventualidad así, también se necesita sensatez e inteligencia, cosa que también parece estar ausente en este gobierno. Un gobierno visionario podría incluso jugar con esta coyuntura a su favor. Con mucha inteligencia podría sacar dividendos a su favor y podría explotar la irracionalidad de Donald Trump.

    Muchos países se han reinventado gracias a las desgracias que les han caído y que les han obligado a salir de su zona de confort.

    Tal vez, dependiendo de la postura que termine tomando Trump ya como Presidente de Estados Unidos, tendremos que olvidarnos del TLC (NAFTA). Pero un gobierno con visión podría plantear una muy buena alternativa ante este hecho. Las que se vienen a la mente de muchos es fortalecer el mercado interno y tejer alianzas económicas con otros países para dejar de depender de un solo país, que languidece como imperio. Pero seguro podrán existir otras alternativas todavía más acertadas e inteligentes. 

    El tamaño de la desgracia para México dependerá no sólo del gobierno de Donald Trump, sino de lo que hagamos o dejemos de hacer nosotros los mexicanos. No podemos volver a caer en el error histórico de buscar culpables externos y de crear resentimientos cuando ni nosotros mismos nos respetamos. 

    México está ante una coyuntura histórica delicada, pero dependerá de nosotros hacia adonde queremos que nos lleve. Si no hay algún líder, hay que crearlo. Si no hay una estrategia clara, hay que sumar a aquellas personas lo suficientemente inteligentes, porque en México talento sobra, para delinear una. 

    ¿Vamos a ser ese México luchón y echado para delante? ¿O vamos a ser ese que se baja los pantalones y que se echa a dormir en un nopal después de haber sido abusado?

    Porque no, yo no voy a romper mi cochinito para pagar el muro. 

  • Bajarse los pantalones ante la decadencia del imperio estadounidense

    Bajarse los pantalones ante la decadencia del imperio estadounidense

    Bajarse los pantalones ante la decadencia del imperio estadounidense

    Roma no fue un Estado que llamara la atención por su aporte a las ciencias y las artes -que más bien heredaron de los griegos-, pero sí por su legado en materia de derecho y organización política. En este sentido, los romanos parecían estar adelantados a su tiempo, y la política que ahí se hacía parecería tener más similitudes con el mundo contemporáneo que lo que esperaríamos de gobiernos de aquella época.

    Los romanos ya lidiaban con la inflación, las crisis económicas; y desde ese entonces, aunque no le llamaran de esa forma, existían facciones de izquierda y de derecha. También la demagogia y hasta la compra de votos se manifestaban en el Estado que sentó las bases de la civilización occidental. 

    Actualmente hay muchas discusiones sobre por qué Roma cayó, algunos dicen que fue porque Constantino movió la capital a lo que posteriormente se llamaría Constantinopla, otros culpan al cristianismo -qué más bien ocupó un vacío dejado por los paganos-, o por la invasión de los bárbaros, como los godos y los vándalos. Pero algo era cierto, aquella Roma se encontraba en un proceso de decadencia. Ya no era esa misma Roma de instituciones fuertes y un ejército capaz que venció a Aníbal, sino una de emperadores déspotas que duraban muy poco en el trono después de ser asesinados, de un senado que ya sólo era una fachada al servicio del emperador. Roma se fue con Rómulo Augústulo, quien fue el último emperador que gobernó desde Roma, y si bien no desapareció del todo gracias al imperio bizantino que fungió como reminiscencia, terminaron su historia con el inicio de la Edad Media. 

    La historia es cíclica, aunque las manifestaciones de ésta no sean exactamente iguales. Los imperios tienen que caer alguna vez.

    Cuando veo a Donald Trump dar su conferencia de prensa, lo primero que se me viene a la mente es esa Roma en decadencia, esa Roma que da la espalda a sus valores para caer en la improvisación de un déspota. 

    Tal vez Estados Unidos no esté asediado por godos o vándalos, pero sí por una Rusia que puede involucrarse en las elecciones e influir para obtener un beneficio, para que después, pueda chantajear al ganador. 

    En su conferencia de hoy, Donald Trump dejó claro que es un déspota, que se puede permitir involucrarse en conflictos de interés, que puede callar a la prensa -«You are fake news», le dijo a un reportero de la CNN-. Trump va directamente contra esos valores que han sostenido y legitimado el imperio estadounidense -aunque sea de «dientes pa’fuera». Trump puede convertirse en el Rómulo Augústulo de Estados Unidos, que cierre con llave la historia de un imperio para quedar opacado por aquellos nacientes como China. 

    Ante un imperio que languidece ¿qué hace México?

    Bajarse los pantalones. 

    Ante la amenaza de un caudillo que sí hará que México pague por el muro -porque tiene la intención y no tiene oposición-, vemos a un gobierno inerme, inoperante, displicente. El canciller, el que se supone que está al frente de los asuntos exteriores, y que es quien daría la cara, está «aprendiendo». 

    Porque vamos a decirlo así, para que haya un abusador también tiene que haber alguien que permita que abusen de él, y el dejado es el gobierno de Peña Nieto.

    Sin haber tomado posesión todavía, Trump ya a empezado a atacar a nuestro país al obligar a varias empresas automotrices a quedarse en Estados Unidos. El precio del dólar es muestra de una guerra que se está perdiendo y en la cual no hemos sido dignos siquiera de desenfundar el arma. En vez de eso, nos bajamos los pantalones.

    Si Trump termina de cumplir sus promesas, quedará marcado en la memoria colectiva de nuestro pueblo otro «abuso de Estados Unidos»; pero para ese entonces no deberemos olvidar que, otra vez, nuestro gobierno se sometió a Estados Unidos y no tuvo la dignidad de enfrentarlo. 

    Nuestro gobierno no toma una actitud proactiva, que entienda el fenómeno de Donald Trump y la decadencia del imperio estadounidense, para que así juegue sus fichas de la mejor forma. Es más, ni siquiera hay una actitud reactiva. ¡Están pasmados! Ante las amenazas de Trump no vemos una reacción ni declaración alguna. 

    Con la decadencia de los imperios los entornos cambian, y quienes se adaptan mejor a ese entorno son los que más se benefician. Nuestro país no sabe qué hacer, y así parece que vamos a salir mal parados ante esta coyuntura. 

    Y posiblemente para ese entonces le mentemos la madre a un tal Donald Trump, ignorando que tuvimos un gobierno que dejó que hicieran lo que quisieran con nuestro país. 

  • Pobre Peña, pobre

    Pobre Peña, pobre

    Pobre Peña, pobre

    Según Francis Fukuyama, la decadencia de los estados ocurre cuando la fricción entre el Estado y los ciudadanos se hace más grande. Esto puede explicar un poco el ascenso de líderes demagogos en un mundo donde cada vez menos ciudadanos se sienten representados. 

    Pero en México el problema es aún más complicado, no sólo se trata de una fricción, se trata de un desmembramiento.

    Me explico. La distancia que hay entre la sociedad actual (con sus millones de defectos) y el gobierno es abismal. Este gobierno gobierna para un modelo de sociedad que tan solo existe dentro de sus obtusas mentes.

    Su puesta en escena -porque no es otra cosa- con la firma del Acuerdo para la Defensa y Fortalecimiento Económico me trasladó a los años 70 u 80. Ahí estaban el gobierno, los sindicatos, y el Consejo Coordinador Empresarial. 

    Lo que se respiraba dentro de ese salón no tiene en lo absoluto nada que ver con lo que respiras cuando sales de ahí, son dos realidades diferentes que chocan demasiado. La primera es una artificial, la otra es lo que es, el mundo real. Pero ¿qué pasaba ahí?

    Halagos al Presidente, los secretarios -excepto Meade, que se limitó a hacer su trabajo- lambiscones, insistieron en la estatura de Peña Nieto, el líder, el estadista incomprendido que toma decisiones impopulares. Peña Nieto habla de un México que se está «moviendo» y que está transformando, que los pactos que le antecedieron a éste -como los de sus antecesores- buscaban acabar con la tragedia, con la crisis económica que les había explotado, mientras que éste buscaba preservar la estabilidad, el buen rumbo que lleva este gobierno, un buen rumbo que sólo ellos son capaces de ver.

    El Presidente quiso montar esta escena como esperando tranquilizar a la gente enardecida, que se vea que el gobierno ahora sí va actuar. Que reducirá el sueldo de los mandos mayores un 10%, que le apostará al transporte público, que se preocupará por la economía de las familias, ¿qué no era esa su obligación desde hace cuatro años? Luego dejó a hablar a los secretarios y líderes sindicales cuyo discurso se orientó a enaltecer al honorable Presidente.

    El líder sindical de la CTM, Carlos Aceves del Olmo, hablaba una y otra vez de los pobres, que no apoyaba los subsidios porque estos beneficiaban a los ricos, y no a ellos, por los cuales tanto se preocupa mientras presumía un Patek Phillipe de casi $500,000 pesos. Navarrete Prida, mientras tanto, se encargó de alabar al susodicho mandatario nacional. 

    Y con ese circo, tan de los años 80, pensaron que iban a generar un efecto en la población, que estaba afuera manifestándose, que estaba partiéndose la madre en la oficina platicando con sus colegas de lo nefasto que es Peña Nieto. Hablaban de la unidad, pero ahí sólo estaba el gobierno, los sindicatos -adheridos al PRI- y el Consejo Coordinador Empresarial. No había un sólo representante ciudadano, peor aún, no había siquiera una mujer en ese recinto, eran los camarillas de siempre. 

    Luego llegó el golpe que tumbó el circo. Coparmex hizo pública su negativa a participar en tal teatro. Decían que se trataba algo improvisado, que les mandaron la propuesta dos horas antes, y la consideraron una mera estrategia de imagen pública.

    Todos hablan de la negativa de Coparmex, nadie habla de los puntos propuestos. 

    Porque fuera de esa realidad artificial que tan sólo ellos perciben, no hay vítores para Peña Nieto. La opinión pública -excepto la que ha sido maiceada- mantiene una postura cada vez más beligerante con el Presidente, se le percibe como una desgracia, como una tragedia. Pedro Ferriz, el ex comunicador convertido en candidato -aunque le cueste quitarse su primera faceta- lo ve como un personaje tan en desgracia que ni desde que empezó su carrera desde tiempos de Echeverría había visto. El desprecio de la comentocracia y de las clases medias, de todos aquellos que no tienen un beneficio de su gobierno, es unánime.

    Los memes abundan como una forma de catarsis masiva ante lo desgraciados que somo de tener este gobierno. 

    No, ni como villano lo respetan. El sentimiento hacia Peña oscila entre el coraje y la lástima, sentimientos de desprecio hacia ese pobre personaje que es incapaz de exhibirse ante la sociedad. 

    Y no se equivocan, Peña Nieto es un pobre desgraciado, ese será el juicio que haga de él, la memoria histórica de este país, esa memoria que no se puede comprar a billetazos. 

    Sí, es un pobre desgraciado, un pobre diablo al cual dicen, ni sus aliados respetan en privado. 

  • Gilberto Lozano, ¿ha llegado la derecha populista a México?

    Gilberto Lozano, ¿ha llegado la derecha populista a México?

     

    Gilberto Lozano, ¿ha llegado la derecha populista llega a México?
    Fotografía: Periódico ABC

    Marine Le Pen, Donald Trump, Nigel Farage son nombres que nos preocupan a quienes estamos interesados en la política. Sin embargo, muchas veces creemos que en México no están «dadas las condiciones» para que un populista de derechas surja en el país. 

    Ciertamente hay rasgos que no se pueden replicar, como por ejemplo, mantener una postura firme hacia los migrantes porque son pocos los que habitan en nuestro país. A algunos ni siquiera los rechazamos -sobre todo aquellos americanos y europeos- porque algunos dicen que «vienen a aportar algo» y a veces se les tiene en demasiada estima. Por otra parte, esos otros pocos que algunos ven con algo de desprecio, son aquellos que solo vienen de paso.

    Pero haciendo lado esta eventualidad, no somos un país que esté «vacunado» contra este tipo de líderes. Que no los hayamos visto, o que no hayamos presenciado fenómenos de este tipo -que creemos que sólo se pueden concentrar en la izquierda, sobre todo en la de MORENA- no significa que un líder de este tipo, un Trump mexicano, pueda surgir.

    Alguien ya levantó la mano, se llama Gilberto Lozano. Él es un regiomontano que ha ocupado cargos importantes como Director de Recursos Humanos en la cervecería Cuauhtémoc Moctezuma, mismo puesto que ocupó en FEMSA, y también fue directivo de los Rayados del Monterrey, a quien salvó del descenso.

    Este peculiar personaje se ha vuelto cada vez más popular por su activismo en redes sociales y por sus ataques estridentes contra el gobierno mexicano. Hace pocos días organizó la marcha contra el gasolinazo en Monterrey que aglutinó a decenas de miles de personas.

    Me dí a la tarea de analizar los videos de Lozano para conocer cómo es que piensa y que propone, y me encontré con lo siguiente:

    Gilberto Lozano se asume como antisistema, no sólo ataca a Peña Nieto, a quien denunció por traición a la patria, sino a toda la clase política:

    Yo desaparecería la Cámara de Diputados y Senadores porque ellos no conocen las leyes.

    Ha aprovechado el descontento generalizado por el gasolinazo  -en el cual ha llamado a la desobediencia civil y a no pagar impuestos- para hacer crecer su movimiento llamado Congreso Nacional Ciudadano. Digamos que ha entendido a la clase media mexicana conservadora -aunque su discurso bien podría atraer a algunas personas de izquierda- y ha creado un discurso fácil, de lugares comunes, y muy estridente: «son sátrapas, son zánganos». Gilberto Lozano es políticamente incorrecto y puede insultar con malas palabras a Enrique Peña Nieto y a Andrés Manuel López Obrador. 

    Te están temblando las piernitas, estoy seguro que cuando diste tu mensaje Peña Nieto, traías pañal deshechable, por lo mentiroso, y porque ya traes diarrea de lo que vamos a hacer los mexicanos contigo. 

    Pero no sólo es en la estridencia y en el lenguaje vulgar donde podemos ver paralelismos con otros populistas como Donald Trump. También es nacionalista. En sus videos propone no consumir productos extranjeros y mantiene una postura beligerante hacia las empresas transnacionales:

    Vamos a mexicanizar a México, no vamos a caer en el juego de la globalización, aquí tenemos riqueza y la vamos a rescatar para los mexicanos.

    Y por si faltara poco, al igual que ocurre con los populistas de derecha de Estados Unidos y Europa, arremete y desprecia a los intelectuales y académicos: 

    La Ley 3 de 3 es un engaño, pero la parafernalia de los intelectualoides, de la gente que escribe, los editorialistas, te hacen creer falacias. Te inventan con que estamos avanzando.

    Gilberto Lozano toma también algunas banderas de la izquierda como la masacre de Ayotzinapa o el desprecio a las «televisoras del régimen» (Televisa y TV Azteca), porque básicamente desprecia al sistema. Pero Lozano también incluye a la izquierda lopezobradorista como parte del régimen que hay que extirpar. 

    En un país en el que ciertamente todos estamos hasta la madre de la clase política, hay quienes han levantado la mano para proponer un modelo de cambio: Jorge Castañeda y Pedro Ferriz habían sido las dos principales voces que pretenden contender por la candidatura independiente, y aunque han sido muy críticos con el gobierno, se han mostrado más moderados que Gilberto Lozano, quien por medio de un lenguaje soez, estridente, y políticamente incorrecto, podría canalizar de mejor forma a la sociedad indignada por lo que pasa dentro de la política de su país. 

    Falta un año y medio para las elecciones, no es demasiado tiempo, pero tampoco es lo suficientemente poco como para que Gilberto Lozano no pueda aspirar a alguna candidatura. Aunque no ha afirmado de forma explícita que quiere contender por la Presidencia de la República, sí propone acabar con la clase política e instaurar un gobierno ciudadano con su lema «cheranizar a México«. Con el tiempo veremos qué tanto crece este fenóneno, y también podremos conocer de mejor forma quién es él. 

    Pero al día de hoy, no dejo de advertir esos varios paralelismos con la derecha populista que está creciendo en Occidente. Raro sería no ver algo así cuando tenemos una clase política tan desprestigiada y degradada. 

    Aquí pueden consultar su página oficial