Categoría: política

  • López Obrador, nuestro señor

    López Obrador, nuestro señor

    López Obrador, nuestro señor
    Imagen: Regeneración

    Abundan los memes, las burlas y las críticas que pretenden presentar a López Obrador como un mesías venido del cielo para salvar a la humanidad del pecado y de las tentaciones de Satanás. En política nada es casualidad, todo tiene una explicación, y el aura mesiánico de López Obrador no es un invento de sus oponentes, sino que es producto de su propia creación. López Obrador de alguna manera ha buscado que sea así. ¿Por qué?:

    Primero, porque México sigue siendo un país muy religioso donde muchas personas son fervientes devotas de la Virgen de Guadalupe, y donde muchas de ellas tienen su santo a quien rezarle. En un país mariano donde muchos peregrinan cada 12 de diciembre hacia la Basílica de Guadalupe, un líder que represente esa religiosidad, que se presente como quien resolverá, por intersección divina, los problemas que aquejan al individuo, podrá aspirar a amasar una gran cantidad de votos: promover la bondad será condición suficiente para acabar con todos los males, como la corrupción.

    Segundo, porque ese aura mesiánico le permite presentarse como una persona impoluta e incorrompible. Así como el devoto religioso nunca cuestionará al santo ni mucho menos a la Virgen, tampoco lo hará con Andrés Manuel López Obrador. Así como Jesucristo nunca cayó en las tentaciones de Satanás a su venida a la tierra para salvar a la humanidad, Andrés Manuel tampoco, dice, ha caído en algún acto de corrupción. Y si alguien de sus discípulos de MORENA cayera en uno, es el discípulo el que se mancha con el pecado, no López Obrador. 

    No es un prejuicio de sus opositores ese aura mesiánico, es premeditado. En esa relación vertical con un componente de dogma religioso, Andrés Manuel intenta implantar una nueva moral, porque, al igual que los más conservadores, le preocupa en demasía la pérdida de valores en la sociedad.

    Nada de esto es casualidad ni es producto de algún accidente. Los políticos que atraen más votos son aquellos que logran crear una ventaja competitiva de acuerdo al entorno en el que se mueven. López Obrador, entendiendo el profundo sentimiento religioso de los mexicanos, sobre todo aquellos de clases populares, logró crear una buena estrategia: mostrarse como un líder mesiánico, como aquel santo al cual sus creyentes le rezan diariamente, que combatirá de buenas a primeras los problemas que lo aquejan, y que basta con ser bueno para hacerlo, de la misma forma que basta con ser bueno y estar libre de pecado para alcanzar la gracia divina.

    Por esto es que sus adversarios le pusieron una buena trampa involucrando a Eva Cadena en un acto de corrupción. Así intentan desmitificar el discurso de López Obrador (no sabemos si con éxito ) y aminorar los efectos de esa ventaja competitiva que ha colocado, con ayuda de la gracia divina, a López Obrador como puntero de las encuestas.

    Así, una de sus creaciones fue MORENA. Es un nombre ingenioso, porque al mismo tiempo que es un acrónimo de «Movimiento de Regeneración Nacional», el nombre hace una clara referencia a la «Morenita de Guadalupe», el nombre de su partido es uno muy guadalupano; el slogan «La esperanza de México» también tiene una connotación muy religiosa. La relación que tiene con sus integrantes, muchos de ellos seleccionados por medio de una tómbola (como ocurría en la democracia de la Grecia antigua) es como la relación que Jesús tenía con sus discípulos, aunque cabe decir que los «filtros» que utilizaba Jesucristo para seleccionar a hombres impolutos eran más eficientes que los de López Obrador. Jesús sólo fue traicionado por Judas Iscariote, mientras que no son pocos los hombres de MORENA que han caído en el pecado de la corrupción. 

    Así como basta ir a confesarse con el padre para limpiar los pecados, también basta afiliarse a MORENA para limpiar el alma. Todos los priístas y panistas que estaban «en pecado» fueron perdonados inmediatamente al entrar a MORENA con la única penitencia de propagar la palabra de Andrés Manuel López Obrador. Aunque eso sí, algunos, como la ex panista Eva Cadena, han reincidido. 

    Tampoco es coincidencia que López Obrador pida a los padres y los ministros de culto religiosos, que adviertan a los creyentes que la compra de votos es un «pecado social»

    «Es un engaño, es también algo que ofende y que está escrito hasta en la Biblia. Es antirreligioso».

    Pero llama la atención, y es paradójico que López Obrador haya tomado al mayor representante del Estado laico de México como su guía y mentor, aquel que se peleó con la Iglesia para impulsar una reforma que separaba a la Iglesia y al Estado. Así, López Obrador se sentó a la izquierda de Juárez, y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Pero en realidad López Obrador tiene muy poco que ver con Benito Juárez, AMLO no es un liberal, por el contrario, es una persona profundamente conservadora que recibe la bendición de pastores evangélicos y tiene un gran apoyo por parte de ellos (los mismos que en Estados Unidos niegan la teoría evolutiva). Su relación con Juárez tiene más que ver con el hecho de que era un indígena, venido «de abajo», de las «clases más vulnerables». 

    https://www.youtube.com/watch?v=4KKWG04Bev0

    Es ese sentimiento de religiosidad, el cual se ha hecho más notorio desde 2012 (cuando López Obrador terminó de entender que ese discurso podría calar hondo en parte del electorado), el que mantiene a López Obrador vigente. Él ha sido capaz de construir un discurso maniqueo donde MORENA es el cielo, mientras que el infierno es eso a lo que él llama «la mafia en el poder». 

    No, no se trata de una izquierda liberal o socialdemócrata la de AMLO, quien quiere que la agenda progresista pase por un plebiscito a sabiendas de que la mayoría se opondrá a ella. López Obrador comparte su conservadurismo social con el PAN, en tanto que en lo económico también es conservador, dado que aspira a construir un gobierno intervencionista y planificador. En resumen, López Obrador es el candidato más conservador de todos, aquel que se alimenta del mexicano religioso, y del mexicano que tiene miedo a ser libre, el cual espera que la gracia divina resuelva sus problemas.  

  • Un triste debate, que no fue debate

    Un triste debate, que no fue debate

    Un triste debate, que no fue debate

    Una de las cosas que más me avergüenzan de la política mexicana son los debates.

    ¿Tuviste la oportunidad de ver el debate de ayer? Una vergüenza, no sólo por los pésimos candidatos o porque Javier Solórzano fuera un mal moderador, sino porque el formato es arcaico, donde la participación está restringida, donde no se fomenta la discusión. 

    ¿De verdad? ¿Estamos en 2018 y seguimos con el formato de 1994 donde, en ese entonces, tener ese formato era mejor a no tener nada?

    Porque hay que decirlo, el formato sigue igual por la falta de voluntad de los partidos políticos.

    Se supondría, que en un debate, los políticos pueden discutir ideas, intercambiar opiniones y discutir programas, con el fin de que los ciudadanos los conozcamos más. Los debates son intrínsecos a la democracia, un país que aspira a ser democrático, porque en una democracia representativa el individuo deposita su confianza en un candidato al cual tiene que conocer lo mejor posible, no puede conformarse con estos formatos tan obsoletos y mediocres.

    Pero lo que tuvimos aquí no fue un debate sino un secuencia de spots, donde, de acuerdo a la cultura vertical y patrimonialista que nunca se ha ido del país, el candidato se dirige al público y le dice «yo te voy a dar esto, yo voy a recuperar tal, yo tal». Los ademanes delatan a los políticos cuyas emociones no van en concordancia con lo que ofrecen o dicen ofrecer:

    «Fuerte y con todo» repetía una y otra vez Alfredo Del Mazo. Con una entonación fuerte para generar la percepción de que es un candidato muy eficaz y al cual no le temblará la mano para resolver los problemas (que dejaron sus antecesores de su mismo partido) él afirma que sólo él va a resolver el problema de la seguridad, además de ofrecer un salario rosa (clientelismo con perspectiva de género) y diversos programas sociales de corte clientelar. Del Mazo, de forma tácita, amenaza a su electorado diciendo que si no votan por él los programas sociales desaparecerán.

    Josefina se mostró tremendamente acartonada, no se ha molestado en mejorar su nivel de oratoria y expresión desde 2012. De Delfina sorprende que presuma dos maestrías, no sepa expresarse en público y use términos que no correspondan a una académica como «requetebien»; peor aún, que no haya sido capaz de defenderse de las acusaciones que le hizo Josefina, quien le acusaba de retener el salario de los trabajadores para su partido.

    Juan Zepeda, del PRD, fue el menos malo, pero hasta ahí. Teresa Castell, quien era presuntamente independiente, pareció más bien una candidata mediana de partido chico, acartonada, acudiendo a lugares comunes y clichés de «yo buena, los partidos malos». Y es que el papel de Teresa Castell era fragmentar el voto de Morena para beneficiar a la campaña de Alfredo del Mazo. Óscar González hizo simplemente lo que haría cualquier candidato de partido pequeño que no tiene nada que perder: tratar de comprometer a todos a firmar compromisos, y comprometerse a meter a Peña Nieto a la cárcel.

    No sólo fue el formato, también fueron los candidatos. La terna de candidatos que aspiran a gobernar el Estado de México es bastante mediocre. Las descalificaciones abundaron, el debate se trató de demostrar quien era el más sucio y el más cochino. Era evidente que sería así porque los candidatos no tenían mucho que ofrecer. Propuestas comunes, buenas intenciones, clientelismo, demagogia, fue lo que se escuchó de ellos apuntando su vista a una cámara fija para comunicarse con un público que solo conocen a través de los resultados de los instrumentos cuantitativos. 

    Pero esto no termina aquí. Yo nunca entendido esa manía que tienen los candidatos de proclamarse ganadores del debate. ¿Con base en qué? ¿Quién los premió? ¿Cómo pueden determinar que ganaron? Es ridículo ver a los candidatos rodeados por los asesores de campaña y los líderes de su partido celebrando un triunfo que nadie les dio, que ellos mismos determinaron de forma arbitraria para así generar, sin éxito, una percepción triunfalista ante la población. 

    Dicen que las elecciones del Estado de México serán un ensayo para lo que se viene en 2018. No lo dudo, con este tipo de debates que es todo menos un debate, y con unos candidatos presumiblemente mediocres para el siguiente año, posiblemente veamos este mismo bochorno pero en gran escala.

    ¿Por qué no podemos tener un formato que de verdad incentive la discusión? ¿Por qué no podemos tener candidatos que tengan sustancia y que sepan de lo que hablan en lugar de tratar a su electorado como primero de primaria? 

    Para terminar les dejo el video del debate de ayer y un extracto del debate de las elecciones de Francia. La diferencia es, abismal.

    Y esto es así no porque no se tenga la capacidad o la infraestructura, sino por la falta de voluntad de los partidos que no quieren exponer a sus candidatos tan mediocres. 

    Elecciones Estado de México:

    Elecciones Francia:

    https://www.youtube.com/watch?v=0vagTa371V4

     

  • La batalla de los cerdos (tres cerdos diferentes)

    La batalla de los cerdos (tres cerdos diferentes)

    La batalla de los cerdos (tres cerdos diferentes)
    Foto: Christinne Muschi

    Ayer nos despertamos con una bochornosa noticia dentro del partido de López Obrador, MORENA, donde Eva Cadena, candidata por la alcaldía de Las Choapas, fue exhibida en un video recibiendo fajos de billetes. Esto naturalmente tira a la borda un argumento de López Obrador que ya era muy endeble: que bastaba con que él fuera honesto para acabar con la corrupción en México. También nos habla de la forma en que los partidos políticos se manejan a diario. 

    El incidente fue naturalmente aprovechado por sus opositores, quienes seguramente tuvieron algún involucramiento o participación en este hecho, pero que no exime ni a MORENA ni a López Obrador del error y demuestra que también dentro de su partido hay corrupción. Después, López Obrador, en su ya tradicional arrogancia y poca autocrítica, endosó toda la culpa a la «mafia del poder».

    Entendamos un poquito el contexto. López Obrador va por encima en las encuestas. Muchos están nerviosos y temen que el tabasqueño pueda llegar a Los Pinos. Por eso, con más de un año de anticipación, han comenzado a hacer una campaña de guerra sucia para tratar de bajarlo. Esto ha desatado un lodazal, porque no sólo son sus opositores (PRI y PAN) intentando demostrar que también él es corrupto, sino porque el mismo López Obrador ha entrado en esa dinámica ensuciando al emisor para quitarle crédito a su palabra. Ahí está su insistencia en demostrar que Felipe Calderón exoneró a Humberto Moreira. Por más desacreditados estén quienes lo acusan, mejor para él. 

    Así uno entiende que la campaña presidencial (porque técnicamente ya estamos en campaña) haya empezado con un lodazal, donde todos se desacreditan a todos. Las facciones políticas, sobre todo aquellas del PRI y del PAN tienen muy poco que ofrecer y son incapaces de brillar por luz propia. López Obrador, por su parte, sí tiene un número considerable de seguidores que creen en él, aunque de la misma forma tiene unos negativos considerablemente altos. Como no tienen mucho que ofrecer, López Obrador intenta subir los negativos de sus opositores y estos hacen lo propio con él, se trata de quién esté más embarrado.

    Pero en este lodazal, en este intento por desacreditar al otro, la clase política vuelve a mostrar una vez más lo desconectados que están de la realidad, lo desconectados que están de la sociedad, a quienes apenas pueden entender por medio de estudios cuantitativos (y hasta para eso tienen problemas). 

    Me llama poderosamente la atención que los priístas monten una escena donde llaman a López Obrador corrupto varias veces y donde exigen su renuncia. Creen ellos, a pesar del enorme descrédito de su partido y el repudio que les tiene la mayor parte de la sociedad mexicana (en especial en aquellos sectores de votantes independientes quienes, por cierto, podrían determinar si López Obrador llega a la presidencia) que tienen la autoridad moral de llamar corrupto y acusar a un candidato de lo mismo que ellos han sido acusados una y otra vez.  

    https://www.youtube.com/watch?v=BaoA4qysD6M&t=64s

    La puesta en escena del PRI es un error estratégico. Fue primero el PAN quien se subió a la arena para ensuciar a López Obrador. Felipe Calderón ha estado, en estos últimos días, en una permanente campaña en contra del tabasqueño comparándolo con Hugo Chávez e insistiendo en sus presuntos nexos con Duarte. Calderón, asumiendo que su figura es respetada en algunos sectores de la sociedad, y tomando en cuenta que su esposa desea llegar a la silla presidencial, decidió formar parte de esta guerra sucia reeditada para evitar que el tabasqueño se mantenga allá en la cima. Pero ¿qué pasa?

    Entonces llega el PRI al hacer lo mismo, y tenemos al PRI y al PAN en una insistente campaña en contra de López Obrador que también incluye bots y publicidad encubierta en redes. Si un creciente número de ciudadanos están (estamos) hartos de la clase política y no se sienten representados por ella, ¿qué van a pensar al ver a toda esta clase agrupada en contra de un candidato? Así, el argumento del PRIAN toma fuerza. El PRI y el PAN están aliados en contra de López Obrador.

    El votante independiente (quien podrá determinar la elección) podrá dudar de AMLO por los fajos de billetes que recibió Eva Cadena, pero después de ver al PRI y al PAN aparentemente unidos en esa batalla, que los emisores han cometido actos de corrupción y tropelías que superan a la décima potencia el fajo de billetes, tampoco tendrá incentivo alguno para votar por los «partidos tradicionales» y en dado caso hasta podría llegar a ver a AMLO como la opción menos peor. Al ver al PRI y al PAN en una insistente batalla por bajar a AMLO hará que a los ojos del independiente, las posibilidades de que el acto sea parte de una campaña orquestada, crecerán, con lo cual se podría diluir la acusación que se le hace al tabasqueño. 

    Porque no sólo se trata de la guerra sucia, sino de la insistencia. Incluso pareciera que se están jugando todas sus cartas, que están poniendo toda la carne en el asador. Y tanto en la política como en las relaciones sentimentales, quien insiste demasiado pierde su atractivo. 

    Si después de este lodazal López Obrador no baja mucho en las encuestas, se van a prender los focos rojos. 

    Y de pilón, reafirmando el cinismo del PRI, otro hombre entró a la batalla: Humberto Moreira, quien aprovechó la discusión entre López Obrador y Felipe Calderón para acusar de corrupto, briago e infiel al expresidente. Ese es nuestro nivel de política, y por eso la clase política se encuentra en una profunda crisis. Se han alejado tanto de la realidad y de la ciudadanía que ya solamente pueden aspirar a ensuciar a los demás para así aspirar a los puestos de poder:

    https://www.youtube.com/watch?v=lo4FJWe8zmY

     

     

     

  • De la flexibilidad ideológica

    De la flexibilidad ideológica

    La flexibilidad ideológica

    Las corrientes ideológicas existen, son conjuntos de ideas, valores y principios bajo los cuales el individuo se rige para así formar una opinión; o estando bajo una situación de poder, tomar decisiones. Varios estudios se han hecho para determinar por qué un individuo decide formar parte de una corriente ideológica y me atrevo a concluir que esto se debe a diversos factores: Estos incluyen tanto los rasgos genéticos del individuo que condicionan su temperamento, el entorno en que se desarrolla, y su historia de vida, como los grupos sociales de los cuales forma parte, los estudios y la información a la que accede. 

    Tomando a la sociedad como si fuera un organismo, podría atreverme a decir que las corrientes ideológicas sirven como contrapesos entre ellas mismas para mantener a dicho organismo en cierto equilibrio. Cuando una corriente ideológica se vuelve absolutista rompe con dicho equilibrio y el organismo enferma: un claro ejemplo son las dictaduras fascistas y comunistas. Por el contrario, en una democracia liberal donde los capitalistas y los socialistas debaten y discuten sobre el programa a seguir, donde unos pugnan por un estado de bienestar y otros por mayor libertad económica sin que ninguna de las partes utilice la coerción, se puede llegar a un estado óptimo de las cosas que derive en una mejor calidad de vida y mayores libertades para todos. 

    Que el punto de equilibrio sea el centro político no implica que lo óptimo sea que todos los individuos sean parte de ese centro político, sino que los individuos abracen ciertas ideologías que sumadas todas nos lleve como conjunto a un punto situado cerca del centro. No sólo se trata de una suma cuantitativa, sino también de alternancia, donde una corriente política se mantenga temporalmente en el poder para que luego llegue otra.

    Que los individuos tomemos una postura ideológica es normal y deseable, lo que no es tan deseable es que se haga desde una postura dogmática donde dicha postura sea completamente inflexible. Es normal que con el tiempo el individuo modifique su postura ideológica, más no lo es que lo haga de forma abrupta. Cuando se trata de una transición progresiva es porque el individuo tuvo la capacidad de confrontar sus ideas y creencias. Cuando se trata de una transición abrupta suele ser por conveniencia, por ignorancia o hasta por oportunismo político. En esa transición, el individuo mantiene los valores rectores que lo definen como persona y cuando modifica su postura tiene que ver con que ha llegado a la conclusión de que existen otros caminos para llegar a esos valores de mejor forma. 

    Por ejemplo, a mí siempre me ha molestado la enorme desigualdad de mi país, así como el excesivo materialismo, la frivolidad y la ignorancia. Comencé tomando una postura de izquierda (sin llegar a ser seducidos de ninguna forma con caudillos como Hugo Chávez y mucho menos Fidel Castro, que contrastaban con mis otros valores rectores que incluyen la democracia y la libertad del ser humano) donde más que esperar que el gobierno interviniera, esperaba que por medio de la voluntad propia, los individuos se preocuparan más por sus semejantes. Consideraba al mal llamado «neoliberalismo» como uno de los problemas del estado de las cosas que me molestaba. Critiba al capitalismo no tanto desde lo económico sino desde lo moral. 

    También me preocupaba la enajenación y la capacidad que un líder o una entidad tiene para manipular a los demás. Lo viví en carne propia cuando fui parte de uno de esos «cursos de superación personal» con tintes sectarios y tal vez por ello comencé culpando al capitalismo y a las técnicas de publicidad engañosa. Así, leí a Naomi Klein y otros autores críticos de estas manifestaciones. Pero después, en mi recorrido al centro, descubrí que desde el Estado la capacidad de manipulación era peor. Lo constato al ver personas que defienden a muerte a líderes mesiánicos o a partidos hegemónicos cuya corrupción y agravio al país está más que probada. Los gobiernos totalitarios, a diferencia del capitalismo, casi no dan margen de maniobra para que el individuo no sea condicionado por la propaganda. 

    A través de los años comencé a entender más el comportamiento humano, las formas en que la sociedad se organiza y satisface sus necesidades. Entonces me recorrí al centro. Comprendí que el capitalismo también puede ayudar a muchas personas a dejar su condición, que puede generar fuentes de trabajo para que la gente pueda subir dentro de la pirámide social. Ciertamente el capitalismo no puede garantizar la igualdad, pero al menos la desigualdad es un poco más justa (porque toma una forma un tanto más meritocrática) que en un país como el de México donde la alianza histórica de los gobiernos mayormente priístas con empresas y sectores productivos le cerró las puertas a muchas personas que estaban fuera del sistema. No era el capitalismo como tal y sí el corporativismo de estado el que hace que personas millonarias vivan en un país con más de 50 millones de pobres. 

    En general me podría definir como liberal tanto en lo económico como en lo social, pero dentro de mi postura siempre hay un margen de error, porque estoy convencido de que no existe un orden de ideas perfecto, sino que es la suma de los contrapesos de diversos órdenes de ideas las que nos pueden llevar a un punto óptimo. Aunque soy más capitalista eso no implica que esté siempre en contra de los programas sociales, de hecho pegaría un grito si el gobierno quitara de buenas a primeras los sistemas de salud y de pensiones. En lo social soy liberal pero, si bien soy un convencido de la equidad de género y los derechos de las minorías y las personas con otra preferencia sexual, tengo varias discrepancias con los estudios de género, sobre todo en aquellos puntos donde la base científica es muy dudosa o no existe. 

    Es ese margen de error, ese pequeño espacio que hace que nuestra postura no sea una dogmática, es el que me ha hecho crecer intelectualmente porque de esa forma he podido poner mis creencias a prueba. No, no significa que seamos endebles a la hora de debatir. Por el contrario, a veces hay que tener seguridad y firmeza al defender la postura propia. Se trata de aceptar que como humanos somos imperfectos, y que por lo tanto, todas las corrientes ideológicas y de pensamiento tampoco lo son, y que estas siempre deben estar en un continuo crecimiento. Es ese margen de error, esa capacidad de ser flexibles, el que nos permite convivir con quienes no piensan como nosotros, porque al final, aunque no coincidamos en muchas cosas, sabemos que podemos aprender algo. 

    Sólo los valores base, esos valores que nos dicen que debemos respetar a los demás y a su integridad, donde debemos ver por el bien común y respetemos la libertad del otro, son los que deben quedar inamovibles. 

    Tal vez nos falta recordarlo en un mundo polarizado, donde nos atrevemos a asumir que incluso la bondad de las personas está condicionada o es exclusiva de una ideología, asunción peligrosa porque ha sido históricamente el origen de las más crueles guerras y represiones.

  • El señor Duarte y el señor López

    El señor Duarte y el señor López

    El señor Duarte y el señor López

    Quienes quieren tumbar las aspiraciones de López Obrador parecen haber encontrado una forma: ligar a AMLO con Javier Duarte. El ahora detenido exgobernador de Veracruz representa actualmente el punto culmen de la corrupción y de todos esos antivalores de los cuales reprochamos a los políticos. 

    Se dice que Javier Duarte le dio recursos económicos a MORENA para impulsar a Cuitláhuac García en Veracruz. Así, Duarte aspiraría a que Cuitláhuac dividiera el voto para que no ganara Miguel Ángel Yunes, su opositor y enemigo. Al candidato de MORENA no le fue nada mal, un tercer lugar a ocho puntos del puntero para un partido nuevo en un estado tan importante como Veracruz sabe a triunfo; pero de todos modos Yunes ganó, con lo cual el futuro de Duarte quedó comprometido.

    Si se prueba que el partido de López Obrador recibió dinero de Duarte, el tabasqueño recibirá un golpe lo suficientemente duro como para comprometer sus aspiraciones presidenciales.

    ¿Eso sucedió? No hay pruebas contundentes de que haya sucedido. Pero a juzgar por el comportamiento de AMLO, no podemos descartar de ninguna forma esa teoría. Por ejemplo, López Obrador llegó a defender de una u otra forma a Javier Duarte al decir que Carlos Salinas estaba orquestando una campaña contra el entonces infame obeso Gobernador de Veracruz para favorecer a Yunes. En ese entonces, las críticas de López Obrador a Duarte apenas existieron y no tuvieron la contundencia de las que les dedica a otros actores políticos. Incluso López Obrador se anticipó a decir que sus «adversarios» tratarán de ligarlo con Duarte:

    https://www.youtube.com/watch?v=iKHH046imzE

    La efectividad de esta estrategia tendrá que ver con su veracidad (que sea cierto que MORENA recibió dinero de Javier Duarte) y con que presenten pruebas contundentes. 

    Los opositores, quienes están muy preocupados por el ascenso de López Obrador y no saben como pararlo, podrían incluso aspirar a que Javier Duarte declare que le entregó dinero al partido de López Obrador. Pero esto no será suficiente porque a ojos de muchos la detención de Duarte pudo haber estado pactada (eso, o un muy grave error cometido de forma inexplicable, explica que su familia, la cual estaba siendo intensamente vigilada, fuera a visitarlo en Guatemala).

    Los opositores tendrán que mostrar pruebas contundentes de que tales transacciones de dinero se llevaron a cabo. Recordemos que toda la clase política está desprestigiada, su palabra ya no vale mucho, y el único recurso es aquel que sobrepase cualquier subjetividad: las pruebas fehacientes del acto.

    Si no muestran pruebas contundentes de dicha relación, les podría salir el tiro por la culata y terminar fortaleciendo aún más la candidatura de López Obrador. Los opositores deberán probar las transacciones y los documentos necesarios que avalen la acusación, pruebas que sean a prueba de cualquier inclinación política. Pero por otro lado, López Obrador tendría también que mantener una postura inteligente con respecto del tema: un capricho, una declaración polémica o imprudente podría fortalecer la acusación. 

    Se ha empezado a tejer esta relación en torno a las elecciones en el Estado de México. Para diferenciarse de sus contrincantes, Josefina Vázquez Mota insiste en que tanto Alfredo del Mazo como el partido de Delfina Gómez Álvarez (osea, MORENA, o sea, López Obrador) se han beneficiado del gobierno de Javier Duarte. El argumento contra del Mazo es más contundente porque existen fotografías y videos donde se les ve juntos, y además porque Duarte tenía en el Estado de México una de las mansiones que adquirió con el dinero que robó en Veracruz. El que lo liga con AMLO es el que tiene que ver con las elecciones del año pasado.

    Javier Duarte, como el ícono de los antivalores de la política que es, se ha convertido un recurso que tratarán de utilizar los políticos (aunque la honorabilidad de muchos de ellos no sea mucho más grande que la del propio Duarte) para influir en el electorado. Duarte es una de las razones por las que el PRI no ganará las elecciones del 2018, pero lo mismo podría ocurrir con López Obrador. Los panistas, por ser los principales beneficiarios, insistirán en la relación. Si encuentran pruebas, las mostrarán hasta asegurarse de haber acabado con la reputación del tabasqueño.

    Como dije la otra vez, las elecciones del 2018 ya comenzaron, y se antojan muy sucias. 

  • Duarte, el priminal

    Duarte, el priminal

    Duarte, el priminal

    Una parte de mí celebra la detención de Javier Duarte, otra parte no lo hace.

    La parte que la celebra es esa que observa al ex gobernador más corrupto de la historia ser aprehendido. Un gobernador que acabó con la vida de reporteros y hasta de niños con cáncer; que robó lo que pudo, que se comportó con un dictadorzuelo que hizo lo que quiso: «El Estado soy yo», diría.

    La parte que no la celebra es esa que sabe que la detención de Javier Duarte no obedece al imperio de la ley ni a la impartición de justicia; sino más bien a una jugada de pragmatismo político, de rentabilidad electorera.

    Si uno analiza a los gobernadores cuyos escándalos de corrupción han saltado a la luz encontrará que en la mayoría de los casos, como bien afirma Jorge Zepeda Patterson, sus estados vivieron un cambio de colores en el gobierno: esos gobernadores fueron reemplazados por otros de oposición.

    Así, los nuevos gobernadores tenían grandes incentivos para denunciar las tropelías del anterior. No sólo para constrastar con el partido al que suceden y ganar legitimidad, sino porque cuando los nuevos llegan y se percatan de que las arcas del estado están literalmente vacías tienen que denunciar que fue el gobernador saliente quien dejó las finanzas en un estado deplorable. Así lo hicieron Miguel Angel Yunes (sucesor de Javier Duarte) y Javier Corral (sucesor de César Duarte).

    De la misma forma, los escándalos de corrupción (con excepción de Arturo Montiel, como producto de un conflicto interno en el PRI al ser exhibido por Roberto Madrazo) no son el común denominador en el Estado de México, entidad donde nunca ha existido la alternancia y donde hay menos incentivos por exhibir y denunciar las tropelías de los gobernadores pasados. Los gobernadores de la entidad son «menos escandalosos» porque es más difícil exhibirlos. Están protegidos por sus sucesores.

    Hay quienes se encuentran sorprendidos por la detención, quienes pensaban que el gobierno dejaría libre a Javier Duarte. Yo no lo creí así, yo dije (en mi cuenta de Twitter) que en algún momento él sería detenido porque para el PRI no es rentable mantener libre a un ex gobernador de esa calaña. El partido tricolor perdía mucho más con su exgobernador libre y prófugo que con su detención. Suena paradójico, pero las mismas razones por las que permitieron durante todo un sexenio que Duarte hiciera o deshiciera lo que quiso con su estado, son las mismas razones por las cuales lo detuvieron: pragmatismo político. Javier Duarte era muy rentable desviando dinero a la campaña de Peña Nieto, ya no lo era con los escándalos de corrupción a la vista, tan graves que llegaron hacer escandalosos hasta para muchos priístas.

    No es coincidencia que lo hayan atrapado por estas fechas, tampoco lo es que el padre Solalinde exhibiera al gobierno afirmando hace tiempo que Javier Duarte se encontraba en Chiapas (a unos kilómetros de Guatemala, donde fue detenido) mientras las autoridades se tapaban los oídos (decían que podría encontrarse en Costa Rica, Argentina o hasta Canadá). El gobierno no sólo lo atrapó porque le convenía hacerlo, lo atrapó justo en el momento en el que le convenía hacerlo, cuando necesitaba una bocanada de aire fresco, justo ahí, en la campaña del Estado de México.

    Dentro la jerarquía de poder, cuando los están en el escalón abajo perjudican a los que están en el de arriba, quienes tienen prioridad son los últimos, los más cercanos a la punta de la pirámide. Si ven afectados sus intereses, entonces habrá que sacrificar a quienes están por debajo de ellos. Los de arriba consienten y protegen la corrupción de los que están abajo en tanto eso no ponga en duda la estabilidad de quienes están arriba: «Roba, mata gente incómoda si quieres, pero nada más trata de no hacer mucho escándalo». Bastaba eso, un perfil bajo y la lealtad al partido y al gobierno. Javier Duarte se equivocó al hacer demasiado escándalo.

    El argumento con cual podemos concluir que no se trata de un acto de justicia es muy simple y demasiado fácil de entender:

    Nadie tocó a Javier Duarte durante su paso por el Gobierno de Veracruz. Escándalo tras escándalo, asesinato, robo y hurto, y el Gobierno Federal se hacía de la vista gorda. Tampoco lo hicieron con su mentor Fidel Herrera (porque hay que recordar que Javier Duarte es literalmente una continuación del gobierno de Herrera) ¿Por qué no lo hicieron en ese entonces y sí lo hicieron ahora? ¿Por qué ante el reclamo de la población, por el desfalco, por la muerte de los periodistas, el gobierno de Peña no hacía absolutamente nada? Lo mismo sucedió con los otros prófugos, el PRI los consintió hasta que el costo por consentirlos fue demasiado alto.

    No estamos viendo nada nuevo bajo el sol ni mucho menos a un «nuevo PRI» (que en este caso es, de acuerdo al propio Peña Nieto, el de Javier Duarte, el de César Duarte y el de Roberto Borge). El partido en el poder siempre ha castigado a quienes hacen demasiado ruido y pueden desestabilizar al régimen.

    Enrique Ochoa Reza, el presidente del CEN del PRI, asegura que se recuperará el dinero que Duarte robó. Pero no menciona palabra alguna sobre los reporteros que fueron asesinados ni las vidas que se perdieron dentro de su gobierno. Presumen que Javier Duarte fue expulsado del PRI hace algunos meses, pero omiten decir que el mismo PRI lo consintió hasta ese entonces y que incluso apoyó con recursos a la campaña de Enrique Peña Nieto.

    Lo que queremos no es una detención selectiva de gobernadores, sino la impartición de justicia. Lamentablemente el gobierno actual ha comprometido mucho a las instituciones que deberían sostener a este país. Aunque hagan constantes teatros mediáticos para «intentar convencerlos», la realidad no se puede ocultar con un dedo. 

    Y la realidad es dura, muy dura. 

  • Mi historia. El libro de Margarita Zavala y su ambición presidencial

    Mi historia. El libro de Margarita Zavala y su ambición presidencial

    Mi historia. El libro de Margarita Zavala y su ambición presidencial

    Cuando puedo leer un libro de más de 200 hojas en una sola sentada (en una mañana en este caso) lo hago por dos razones: porque el autor escribió un libro de lectura fácil, o porque el libro es lo suficiente malo como para no pararte en seco varias veces y razonar lo que quiso decir el autor. La obra de Margarita Zavala tiene un poco de lo primero y un mucho de lo segundo. Vamos pues, a analizar su libro:

    Como todos sabemos, Margarita Zavala aspira a ser la candidata del PAN a la Presidencia de la República. Ella, junto con Ricardo Anaya, ya se han involucrando en una suerte de contienda interna, y seguramente de entre ellos dos saldrá el candidato o la candidata del PAN.  

    Pensando en sus aspiraciones, Margarita decidió escribir un libro donde no habla de sus propuestas sino de su persona: Margarita «se presenta en sociedad» para que todos la conozcamos, para que empaticemos con ella y conozcamos ese «lado humano» de una ex primera dama que quiere tomar las riendas de este país. 

    ¿Lo logra? A mi juicio, no. 

    Margarita Zavala no logra establecer eso que llaman rapport, o al menos yo no logré sentir empatía alguna con su texto. Si algo he criticado de Margarita Zavala es su falta de pasión; me parece una persona muy mediana que no destaca, que parece no ser muy brillante y que no defiende sus convicciones con ahínco. Eso queda muy patente en cada una de las letras que componen su libro «Mi Historia». Incluso el mismo título de su libro, predecible y obvio, habla mucho de su contenido.

    No sé si a ustedes les ocurrió como a mí cuando iba en la primaria o secundaria: en algún momento el maestro me pidió que escribiera una especie de ensayo sobre la historia de nuestra vida. Naturalmente a esa edad mis habilidades literarias eran poco menos que nulas y para eso (ante mi natural incapacidad de expresar mis sentimientos con respecto a mi historia) recorría muchos lugares comunes, obviedades y anécdotas:

    Por ejemplo, solía escribir algo así: «Mi papá siempre iba a trabajar temprano, mi mamá nos llevaba a la escuela y en la tarde me pedía que hiciera la tarea. Tenía dos perritos y en la tarde jugaba con ellos». Algo así es el libro de Margarita Zavala, relata su vida como si se tratara de un ensayo de secundaria y no de alguien que quiere contender por la Presidencia de la República. Sólo hasta que habla de su trabajo en el PAN y su rol en favor de las mujeres, se llega a sentir un poco (poco y nada más) de esa pasión, de esa convicción que uno esperaría de un político al cual le quiere dar su voto.

    En su libro, Margarita pocas veces toma partido sobre algún tema más allá de aquellos que son universales (el Estado de derecho, el combate a la corrupción y la legalidad). Cuando intenta abordar algún tema que pueda generar polémica se resbala, lo cual inclusive afecta a la redacción de tal manera que uno puede no entender muy bien qué quiso decir (aunque también habría que criticar al editor porque también llegué a encontrar a algunos errores de ortografía como pronombres propios que no tenían acento):

    «Mi preocupación es que les hemos ido restando densidad al tema al convertir todo en cuestión de derechos humanos; es decir, les quitamos peso cuando, por ejemplo, catalogamos como derecho humano fumar marihuana. Si los derechos humanos pierden peso específico, su violación pierde transcendencia.»

    Eso no solamente ocurre en su libro, basta con observar algunas de sus entrevistas:

    https://www.youtube.com/watch?v=ahm155JECRI

    Margarita Zavala puede presumir haber tenido un bisabuelo que conoció a Benito Juárez, y a un abuelo que apoyó a Juan Andreu Almazán, el cual perdió las elecciones contra el general Manuel Ávila Camacho con un sonado fraude; y quien, por apoyar a Almazán, fue acusado hasta de simpatizar con el nazismo. La sangre política corre por las venas de Margarita Zavala, originaria de una familia materna cristera; pero a la hora de mostrar sus convicciones pareciera ser más bien una «mujer chapada a la antigua» que no hace ruido ni llama la atención.

    Margarita Zavala tiene problemas para brillar con luz propia, y tal vez con excepción de su involucramiento en temas relacionados con los derechos de la mujer, casi todo su andamiaje político ha estado íntimamente ligado al de Felipe Calderón.

    «Beijing marcó mi vida también en otros aspectos; en lo cultural, por ejemplo. En un principio quería que mi primer hijo fuera hombre, lo cual es una auténtica tontería: queremos que sea varón para que se llame como su papá o para que cuide a la hermana más chica. En cambio, volví de ahí con ganas de que fuera mujer; me divertía llevarme a mí misma la contraria.» 

    Si Margarita tiene algún rasgo que la diferencie de Felipe Calderón es su sentido de justicia social. Margarita trabajó dentro de organizaciones civiles (católicas) ayudando a la víctimas de las explosiones de San Juanico y el terremoto de 1985. Su activismo dentro de estas organizaciones que le hizo adoptar este sentido de justicia (heredado del activismo propio de la madre) propició que en la Escuela Libre de Derecho (de donde conoció a su esposo) se burlaran de ella y le dijeran que estaba «a la izquierda» del salón. Ella era la única que abordaba el tema de la justicia social en el aula.

    Aunque se trata de una persona evidentemente conservadora, es posible advertir algunos rasgos en ella que pueden ser más identificados con la izquierda, como su molestia con la desigualdad, su preocupación por los derechos humanos y los de la mujer (los cuales, ciertamente, desde una postura bastante más edulcorada y vaga que los líderes de izquierda). Ahí terminan las diferencias con su marido.

    Como mujer conservadora (lo cual no es una incongruencia al ser parte de un partido conservador como el PAN) tiene una relación estrecha con la religión. Margarita es una mujer profundamente religiosa (me atrevo a decir que bastante más que su marido). Nació en una familia tradicional donde en Semana Santa estaba prohibido ver televisión y salir con los amigos, donde las películas que veían en el cine eran «Los Diez Mandamientos» y «Ben Hur» (las cuales, dice, vieron más de diez veces), y sólo tenían permitido ver ciertas caricaturas como «Don Gato y su Pandilla» (aprobadas a los ojos de los padres). En el libro deja patente esa relación con la religión. Por ejemplo, ella narra que acudía a misa por el estrés que le causaban las acusaciones de López Obrador a su hermano Juan Ignacio y su empresa Hildebrando. No faltaba el padre o el pastor que le diera su bendición. 

    La corriente política conservadora no está casada necesariamente con la idea de la «mujer seria y reservada». Un ejemplo es Margaret Thatcher. Se simpatice o no con la ex primer ministro del Reino Unido, todos coinciden en que fue una política confrontativa que se formó desde abajo y que se paraba en Westminster a pelearse por las cosas en que ella creía. Margarita tiene el mismo nombre, pero no sólo no es confrontativa, sino que también, de vez en cuando, muestra rasgos de sumisión:

    «Decidí no dar entrevistas a ningún medio de comunicación, entre otras cosas porque el equipo de Comunicación determinó que debía quedarme muy calladita. En eso no se equivocaron, pienso que fue lo más sano; podía ocasionar más problemas que beneficios con un perfil muy público».

    Margarita no muestra en su libro algún sentido de autocrítica hacia ella misma (que dijera que tal vez fue mejor idea meter a sus hijos a otras escuelas fue lo más cercano a alguna forma de autocrítica) ni al gobierno de su esposo. No sólo se no se distancia de su marido en algunos temas para mostrar autonomía, sino que gasta algunas páginas para defender la gestión de Felipe Calderón y deslindarlo de algunas acusaciones (como la tragedia de la Guardería ABC). Incluso su crítica hacia el PAN (de la poca que hay) va en ese sentido: Nosotros, los calderonistas, representamos al PAN verdadero, las otras facciones representan una desviación de los preceptos originales del PAN.

     «La pobreza, por ejemplo: de repente se actualizan las estadísticas y ocurre que hay un millón de pobres más y te cuestionas por qué, si hiciste lo correcto, si impulsaste las políticas públicas necesarias, si cumpliste con esto o con lo otro o si fue únicamente por la crisis mundial.»

    Si Margarita quería convencernos de su profunda fe religiosa, posiblemente lo haya logrado. Si Margarita quería vendernos la idea de que es «buena», tal vez haya convencido a algún despistado, pero en política como en las relaciones sentimentales los niños buenos suelen perder. 

    Dudo que Margarita logre, con este libro, convencer a los independientes (masa cada vez más grande y que posiblemente determine el resultado de las elecciones del año que viene). Tan sólo, y en el mejor de los casos, logrará reafirmar la postura de los más férreos calderonistas.

    Ante un panorama político mundial turbulento (del cual México no está exento), y sobre todo, ante una sociedad mexicana que está harta de la corrupción, de la impunidad y de la inseguridad, una figura como la de Margarita Zavala, que se muestra endeble, titubeante, que no tiene dotes de liderazgo, que no tiene ninguna trayectoria destacable, y que tampoco tiene grandes capacidades intelectuales como para compensar la ausencia de carisma o personalidad, resultará muy poco rentable. En este sentido, su rival, Ricardo Anaya, quien tampoco es alguien carismático que muestre algún signo real de ruptura ante lo que México está viviendo, sería una mejor elección dentro un PAN que cada vez escasea más de líderes. 

    Para terminar y para que no se malinterprete lo que he dicho (mis argumentos son conclusiones de una obra), mi crítica a Margarita no tiene que ver con su género. De hecho, si algo me gustaría mucho es ver a una mujer en Los Pinos. Una mujer que defienda a capa y espada sus convicciones, determinante, y que se la raje para el país. Por el contrario, ver a una mujer cuyo proyecto estará muy influenciado por su marido y que es incapaz de brillar con luz propia, no ayuda mucho a la causa. 

    Ella es Margarita, ella quiere ser presidenta y este es su libro. No sólo no logró cabalmente su propósito de abrirse sinceramente, sino que reforzó la percepción (sobre todo los rasgos negativos) que yo tenía de ella. 

  • La cultura del asistencialismo

    La cultura del asistencialismo

    La cultura del asistencialismo

    Los regalos, despensas, dádivas y las “ayudas” son una constante cuando hablamos de las elecciones del Estado de México. Es evidente que el campeón en este sentido es el PRI, pero también es evidente que los otros partidos, como el PAN y MORENA, recurren a este tipo de prácticas para ganarse al electorado.  Mientras el PRI utiliza todo el aparato del estado para ganar las elecciones a base de despensas y casas Infonavit, Josefina ofrece teléfonos inteligentes a los estudiantes, mientras que Delfina hace lo propio con la construcción de más y más universidades (porque sabemos que AMLO quiere eliminar los exámenes de admisión para garantizar la universidad a todos, aunque sea para que estudien en su malograda Universidad Autónoma de la Ciudad de México).

    Bernand Manin, en su libro «The Principle of Representative Government», dice que la gente tiende a votar por los candidatos con los que tiene una mayor afinidad cultural. Los candidatos deben de tener un rasgo diferenciador que los distinga de los demás, pero éste dependerá del contexto en el que se encuentre. De tal forma que un candidato popular en una región determinada, podría no serlo en otra. Así mismo, Manin afirma que en las democracias de partidos de masas, que surgieron a finales de siglo XIX y principios del siglo XX, los individuos no votaban por el candidato por el que se sintieran representados, sino por la facción política que más representara sus valores, su cultura y su posición social. La libertad de expresión se convirtió en «libertad de oposición» como si se tratara de una libertad de expresión colectiva, donde el individuo podía oponerse a los partidos opuestos al suyo, más no podía ejercer crítica dentro de su propio partido. Así, los individuos votaban por siempre por un partido, independientemente de la integridad del candidato. El PRI comprendió más que nadie la cultura de la entidad, y a la vez la moldeó, creando un voto duro leal con su partido. Esta cultura ha ido menguando en todo el mundo, y el PRI ya no es la excepción.

    Así entonces, podemos entender por qué en el Estado de México todos los candidatos prometen dádivas y despensas, porque básicamente los habitantes de esta entidad (que es algo así como el centro neurálgico del PRI) han sido acostumbrados a establecer una relación paternalista con el gobierno, el gobierno dadivoso, dador, el que te da becas, el que te da ayudas. Un candidato que no entre a esa dinámica en el Estado de México se encontraría en franca desventaja.  A pesar de que los lazos de los mexiquenses con el PRI son cada vez más endebles y el voto duro comienza a no serlo tanto, la cultura paternalista persiste, y esa relación entre el individuo y el gobierno se mantiene constante. 

    El asistencialismo es una distorsión de la democracia, porque aunque se mantiene la dinámica donde el individuo es libre de elegir al candidato que considera representará mejor sus intereses, no lo hace precisamente porque crea que el candidato en cuestión represente los suyos y los de su comunidad; sino porque al votar por dicho candidato obtendría un beneficio inmediato a cambio (que no necesariamente se traduce en un beneficio a largo plazo ni para él ni mucho menos para su comunidad), a cambio de una dependencia para con el partido. Si bien, el patrimonialismo y el asistencialismo pueden ser vistos, de acuerdo a Francis Fukuyama, como una etapa de transición donde el individuo a través de favores y ayudas logra cierta movilidad social con respecto a un régimen autoritario anterior donde la movilidad social estaba cancelada (y a veces hasta prohibida), lo cierto es que México se encuentra en una etapa donde el asistencialismo ya no tiene razón de ser, donde la referencia más reciente de un estado con dichas características es Porfirio Díaz. 

    Por el contrario, el asistencialismo es muy nocivo en estos tiempos porque básicamente atrofia las potencialidades del individuo que son requeridas si quiere aspirar a cierta movilidad social. En un régimen autoritario donde una camarilla concentraba toda la riqueza y oprimía al que no fuera parte de, las potencialidades y las capacidades no servían de mucho; y entonces se entendía que si el gobierno establecía una relación patrimonialista con sus gobernados, dicha relación podría considerarse un avance para el individuo con respecto de su condición anterior.

    Actualmente, es esa relación asistencialista la que permite que las élites se perpetúen. Ya no hay opresión alguna del gobierno sobre aquel individuo que decida forjarse una vida; más bien, el gobierno mantiene el poder y control sobre sus gobernados al hacerlos dependientes de éste. Los potenciales comerciantes exitosos no lo son porque se acostumbraron a recibir las «ayudas» del gobierno. Adoptaron la idea de que sería más rentable adherirse a un régimen y adoptar ciertos colores (y naturalmente, votar por ellos) que hacer un enorme esfuerzo para traerles más recursos a los suyos. Así, si un partido quiere arrebatar su voto al otro, tendrá que entrar en la misma dinámica. Un gobierno que no trae despensas sino buenas intenciones será eventualmente rechazado por quienes conciben al gobierno como alguien que les da y les soluciona sus problemas.

    También tiene que ver la forma en que la persona concibe el apoyo que recibe. No es lo mismo una política o programa social que se concibe como un derecho (ej, una pensión, o derecho a la salud o a la educación) que una que es resultado de una relación de dependencia. Un ciudadano de algún país escandinavo recibe muchos beneficios sociales, pero no ha adquirido dependencia alguna con el gobierno porque considera que esos beneficios son un derecho y que están financiados con los impuestos que él paga. Estas últimas buscan (no siempre con éxito) un mayor bienestar de la ciudadanía; en cambio, las políticas asistencialistas (por más que se lleguen a parecer) no buscan eso, sino generar una dependencia del ciudadano con un partido para que este gane elecciones y se perpetúe en el poder. Eso compromete, además, el diseño y el resultado de las políticas públicas que se implementan en el discurso para «ayudar a la gente».  

    ¿Cómo romper con la cultura del asistencialismo? La primera respuesta que viene, de forma apresurada, a la cabeza, es que hay que sacar al PRI del Estado de México. El PRI no sólo ha fomentado insistentemente esa cultura en dicha entidad (gracias al asistencialismo se mantiene en el poder), sino que ahí mantiene sus estructuras más importantes (que usa inclusive para elecciones de otros estados). Pero es una respuesta apresurada porque entonces habríamos de preguntarnos si el partido que ocupará su lugar o no, mantendrá la misma dinámica, a sabiendas de que crear una relación entre gobierno y pueblo donde el primero ya no se incluyan dádivas, despensas y ayudas podría ser contraproducente para poder mantenerse en el poder. 

    ¿Cómo decirle a una persona de escasos recursos que no le conviene seguir recibiendo las despensas y las ayudas económicas? Para responder esa pregunta no sólo es condición necesaria la iniciativa, talento y esfuerzo del individuo, sino también crear un entorno más favorable, donde el individuo tenga más posibilidades de desarrollo; aunque a la vez, una sociedad que no depende del asistencialismo tendrá más posibilidades de aspirar a un mayor desarrollo (no sólo económico sino político) que una dependiente. Entonces ¿desde dónde rompemos este círculo vicioso que tiene implicaciones inclusive culturales?

    Es una respuesta muy compleja de contestar, pero dentro de esta complejidad hay una variable que es evidente, sobre todo por su ausencia: la voluntad de hacerlo. Necesitamos a quienes estén dispuestos a tomar riesgos y hacer sacrificios políticos para romper ese círculo vicioso. Pero así también necesitamos de la participación ciudadana, de quienes desde afuera del gobierno impulsen un cambio de paradigma. Es una tarea muy difícil, más no imposible, en tanto la historia nos puede ilustrar con varios casos de éxito donde muchos países lograron superar esa condición, un claro ejemplo es Estados Unidos.  

    Lo cierto es que esa es una cultura que debemos de romper, dado que es una de las tantas razones por las que Méxio no logra desarrollarse como todos quisiéramos.