Categoría: política

  • ¿Convertirá López Obrador a México en Venezuela?

    ¿Convertirá López Obrador a México en Venezuela?

    ¿Convertirá López Obrador a México en Venezuela?

    A la fecha no conozco una asociación de un político con un país que no es el suyo que sea más fuerte que la de López Obrador y Venezuela, posiblemente ni la de Chávez y Cuba. Desde la campaña del 2006 se ha hablado que AMLO convertiría a México en ese país; y ahora, ante la fuerte (y predecible) crisis que sufren nuestros hermanos venezolanos, la insistencia va in crescendo (aunque en ciertas ocasiones también cansa).

    Por eso me he dado a la tarea de contestar esta compleja pregunta. No me molestaré en dar una respuesta categórica, un sí o un no. La idea es que con las argumentaciones que haga, ustedes puedan terminar de contestar esta pregunta.

    Y no puedo dar una respuesta categórica porque juzgar cómo gobernará un mandatario es como juzgar el futuro que tendrá un joven tomando como referencia el desempeño escolar en la preparatoria: te puedes dar una idea, pero también te puedes llevar muchas sorpresas. No sin ignorar que es más complejo analizar a AMLO que a una boleta de calificaciones. 

    Existen paralelismos, sí, entre López Obrador y lo que representa y el régimen venezolano. No sólo por que ambos se presentaron como una izquierda nacionalista anclada en el pasado, sino porque algunos cercanos a López Obrador tales como la Secretaria General de MORENA Yeidckol Polevnsky, John Ackerman y Héctor Díaz Polanco han apoyado explícitamente al régimen venezolano. Tanto López Obrador como Hugo Chávez se presentaron como líderes carismáticos y redentores del pueblo oprimido. Ambos han sido capaces de polarizar a la sociedad, ambos han creado un enemigo en común, ambos pugnan por una mayor intervención estatal en la economía e insisten en la soberanía como condición necesaria para el desarrollo del país. 

    De la misma forma, ninguno de los dos han sido respetuosos de la institucionalidad y han jugado con las instituciones, bajo el argumento tramposo de la justicia y la bondad del pueblo (a diferencia de regímenes como el PRI que lo hacen de forma cínica), para lograr avanzar en su ambición de poder. No hace falta recordar el penoso bochorno de Juanito y Clara Brugada

    Pero también existen discrepancias. Por ejemplo, López Obrador (a diferencia del gobierno venezolano) propone reducir el gasto público (reduciendo la corrupción). Otros de sus cercanos (como Alfonso Romo, entre otros líderes y empresarios) son más bien promotores de una economía de mercado, o de un sistema económico al menos más parecido al que existe actualmente que al venezolano. También, como referencia, podemos tomar el paso de López Obrador por la Ciudad de México, que más bien tuvo poco de parecido con el régimen de Hugo Chávez (obviando las diferencias que implica gobernar la Ciudad de México y un país entero). 

    Es difícil decir si un presidente gobernará como aquel otro porque el contexto importa muchísimo.

    También, a diferencia de Chávez, quien vendió a Estados Unidos y al «imperialismo» como los enemigos de la patria, la crítica que ha hecho AMLO a Estados Unidos es más bien escueta, ni siquiera se ha terminado de pronunciar firmemente contra Trump e incluso ha visitado Estados Unidos (sin mucho éxito) como parte de una estrategia diplomática. El «enemigo» de AMLO no es externo sino interno (la mafia del poder), y si bien, AMLO y Chávez utilizan el término neoliberalismo de forma denostativa, el concepto que tienen de esa palabra no es necesariamente igual, en tanto AMLO lo entiende como los deficientes procesos de privatización que convirtieron monopolios públicos en monopolios privados

    Aunque todas fueran coincidencias, es difícil decir si un presidente gobernará como aquel otro porque el contexto importa muchísimo. Incluso si comparamos a Venezuela con sus aliados tales como Ecuador y Bolivia, podemos encontrar diferencias entre los distintos regímenes. 

    Y no sólo eso. Importan mucho las decisiones que se vayan tomando a lo largo del tiempo, y las cuales irán determinando el rumbo del país. Venezuela no sólo es producto de un régimen económico condenado al fracaso, sino también de la suma de muchas decisiones que se han tomado, de muchas eventualidades que han ocurrido, de entornos que tienen que ver hasta con la geopolítica que ubica a México y a Venezuela en contextos muy diferentes. 

    Los recursos naturales son, valga la redundancia, el recurso idóneo para sostener una dictadura. Dichos recursos están comenzando a escasear en México. 

    Si bien, la realidad actual de México se parece a la de Venezuela antes de Hugo Chávez (en medio de un gobierno muy corrupto y desacreditado), también es cierto que el gobierno chavista gozó de una gran abundancia de recursos naturales para sostener su régimen populista, y también es cierto que Chávez, a diferencia de López Obrador, fue un militar que llevó a cabo un golpe de Estado frustrado y por el cual fue encarcelado. Los recursos naturales son, valga la redundancia, el recurso idóneo para sostener una dictadura. Cuando un régimen obtiene recursos por este medio y no por medio de los impuestos, tiene menos incentivos para sostener un régimen democrático que rinda cuentas. 

    Mientras que Venezuela encontró en el oro negro una buena fuente para sostener un régimen autoritario, en México se busca, ante la escasez de petróleo, buscar otras alternativas de ingreso como aumentar los impuestos y ampliar la cobertura (no es que hayan querido ser buena onda con nosotros al hacer mucho más fácil el pago de los impuestos en los últimos años), lo cual deja patente, como ocurre en Cantarell, que los recursos petroleros de México se están agotando y que es necesaria la inversión privada para extraer el petróleo desde aguas someras. 

    Quitarle la autonomía al Banco Central es una condición necesaria para implementar un «gobierno chavista». El problema es que si López Obrador quisiera aspirar a eso (en dado caso que tuviera la intención, lo cual ignoramos), se encontraría con que no tiene los suficientes votos en el congreso. AMLO tendría que ostentar un nivel de aprobación al cual ningún presidente se ha acercado desde hace más de 30 años para arrasar en las elecciones intermedias y que así su partido gane las curules suficientes. 

    AMLO se expresa bien de Fidel Castro, pero también lo hace de Franklin Roosevelt, a quien menciona constantemente en sus discursos.

    El discurso de AMLO suele ser muy ambiguo. Mientras que los opositores más férreos están muy preocupados por lo que podría ser la «venezolización de México», muchos de los más radicales titubean al considerar que López Obrador se está «haciendo muy a la derecha» al aliarse con hombres de negocios, algunos de los cuales han sido cercanos a Carlos Salinas.

    López Obrador no apoya públicamente al régimen de Venezuela ni tampoco lo condena, aunque dice que sí se han h echo algunas cosas bien al tiempo que ha criticado que Maduro se haga de prisioneros políticos y considera que Leopoldo López debe ser liberado. AMLO se expresa bien de Fidel Castro, pero también lo hace de Franklin Roosevelt, a quien menciona constantemente en sus discursos. Habla del socialista Cárdenas, pero también del demócrata (frustrado) Francisco I Madero. Lo mismo ocurre con su propuesta de desarrollo, mientras que en algunos ámbitos aspira a la intervención estatal, también habla de la participación de la iniciativa privada.

    Cuando veo en una misma mesa a López Obrador sentado junto con empresarios junto con simpatizantes venezolanos, lo que recuerdo más bien son esas puestas en escena de los regímenes priístas en un alarde de pragmatismo intentando amalgamar a todos los sectores para ganar legitimidad y mantenerse como partido hegemónico. Más que ver a Chávez, veo a un López Obrador más parecido al PRI de entre los años 50 y principios de los  80 con la diferencia del carisma del líder que sostiene un discurso populista, y unas instituciones (como referí al Banco de México) que no le permitirían establecer del todo un régimen como el de aquellos años.

    Yo, como muchos, tengo mucho escepticismo por este líder que mueve a las masas y algunas propuestas suyas me parecen muy preocupantes; también veo con mucho recelo su mesianismo e intolerancia. Que pueda no parecerse a Chávez no significa que no puedan existir riesgos (los cuales también son difíciles de predecir), ni que pueda a meter al país en un serio problema sin haberse parecido nunca a Venezuela. Pero creo que aventurarse a comparar a su eventual gobierno con el de Chávez y Maduro es una aseveración muy precipitada, y en muchos casos, emitida desde la parcialidad. Es válido alertar sobre las similitudes (el mesianismo, el nacionalismo), pero también hay que hablar de diferencias y contextos. 

    Los humanos somos muy complejos para hacer pronósticos sobre nosotros mismos. Más complejo es hacerlos tomando en cuenta la ambigüedad de un discurso ambiguo dentro de contextos externos y  relaciones de poder en las cuales se sostiene este tan interesante pero odiado arte de hacer política.

  • Todos contra López Obrador, Plan B

    Todos contra López Obrador, Plan B

    Todos contra López Obrador, Plan B

    Había advertido que el «escándalo» de Eva Cadena no iba a perjudicar mucho a López Obrador, básicamente porque la insistencia del PRI y del PAN ante un hecho que, ciertamente reprobable (y que ellos repiten constantemente dentro de sus organizaciones), daría la apariencia de que la «mafia del poder» está urgida de tumbar a López Obrador. Tampoco parece haber surtido mucho efecto que se hablara mucho de la crisis de Venezuela y que el Gobierno Federal tomara una actitud «más proactiva» denunciar el atropello de los derechos humanos en ese país para así advertir de forma tácita lo que ocurriría si López Obrador ganara.

    El problema es que para criticar hay que tener autoridad moral y en ninguno de los casos esto existió. Ver al PRI criticar a López Obrador por recibir moches es algo cómico cuando menos, y ver al gobierno denunciar y presionar a Venezuela cuando en México tenemos muchísimos problemas sin resolver puede llegar a ser algo indignante. 

    La encuesta de El Financiero (que generalmente no es muy complaciente con López Obrador) demostró el resultado de sendas campañas: parece que le hizo ni lo que el viento a Juárez. López Obrador sigue en el primer lugar de las preferencias. A pesar de los errores que ha cometido, López Obrador sigue allá arriba. 

    Frente Amplio Opositor
    Fuente: El Financiero

    Por eso es que ha surgido el Frente Amplio Opositor, una alianza PAN-PRD rumbo al 2018, la cual se ha vendido como un frente contra el PRI cuando en realidad la prioridad principal es López Obrador. Es obvio que se insiste que es un frente contra el partido en el poder porque de esta forma aspiran a ganar mayor legitimidad. Pero dicha legitimidad está en duda al ver que han tenido la desfachatez de amagar con incluir al Partido Verde (al cual parece que el PRI despreciará porque ya no es tan rentable) en dicho frente. 

    Había comentado que para que una alianza así funcione necesitarían postular a un candidato independiente de renombre y que no se le vincule con los partidos que conforman dicho frente. Y así es a juzgar por la encuesta de El Financiero, porque si bien López Obrador va a la cabeza, lo cierto es que le gana y no por mucho a dos candidatos grises e insípidos como lo son Margarita Zavala y Osorio Chong. Un candidato que logre contrastar con lo común, que se le vea ajeno a la desacreditada clase política, podría ser una muy dura competencia para AMLO. 

    Me pregunto cuál sería la postura del PRI, porque después de ver que lograron ganar con estrecho margen el Estado de México dividiendo a la oposición, podrían pensar que no todo está perdido rumbo al 2018. Me pregunto si por debajo del agua preferirá aceptar la derrota en beneficio de dicho frente para que abandonado el poder no pierdan sus intereses, o bien, decidirán contender esperando dividir a los dos actores (a MORENA y al frente) para así retener la presidencia (lo cual se antoja muy difícil pero no imposible). 

    Dentro de la iniciativa también se percibe desesperación. Tenemos que señalar la incongruencia ideológica que representa esa alianza, ni en lo social ni en lo económico existen las suficientes coincidencias. ¿Cómo le harán entonces para empatar sus agendas? ¿Cómo podrían conciliar intereses quienes representan a polos opuestos dentro de debates tan candentes como el matrimonio gay, entre quienes entienden al humano de forma binaria (hombre, mujer, papá, mamá) y entre quienes promueven el género como producto de construcciones sociales? 

    Entiendo que haya casos donde, por medio de una estrategia pragmática, facciones que son muy diferentes entre sí creen una alianza para evitar un mal mucho mayor. Así sucedió con la alianza que forjaron Roosevelt, Churchill y Stalin contra Hitler. Pero en este caso no se justifica. Aunque muchos coincidimos en que AMLO es una mala opción y que algunas de sus propuestas económicas son riesgosas, tampoco existe una amenaza tal (sobre todo si tomamos el estado actual de las cosas) que justifique una alianza en el cual diferentes facciones puedan prescindir de sus ideologías en aras de una empresa mayor. 

    Además, como lo he advertido, no es que a nuestros políticos no les preocupe tanto que México se «venezonalice» como se asegura, sino que tienen miedo de perder sus cotos de poder y sus intereses porque si en algo coincidimos es que López Obrador representa, de entre todas las opciones, la mayor irrupción dentro de la estructura política. Y eso se nota, porque aunque hablen de frentes contra el PRI, la batalla contra López Obrador se puede ver claramente desde cualquier ángulo.

    Naturalmente un frente opositor como éste puede cerrar la ventaja que tiene López Obrador, pero depende mucho de la estrategia de dicho frente. Si esto se configura, me atrevería a decir que ganará quien cometa menos errores estratégicos; porque si algo hemos aprendido es que nuestros políticos (tanto AMLO como los priístas, panistas y perredistas) son capaces de cometer, en un arranque de soberbia, errores impensables. 

    Y también debemos recordar que esta postura puede coexistir junto con la honesta preocupación que tienen otros actores sobre la figura de López Obrador (no todo el que critica al tabasqueño tiene un interés o una agenda oculta). Así, podremos ver cómo las críticas interesadas intentarán mimetizarse con aquellas críticas que sean más sinceras y válidas, lo cual obligará a quienes están interesados en la política saber cual es cual.

    La clase política hará todo lo posible para que no llegue López Obrador, moverán mar, cielo y tierra por mantener el poder y sus intereses.

     

  • Enrique Peña Nieto y la espadita

    Enrique Peña Nieto y la espadita

    Enrique Peña Nieto y la espadita

    En Guadalajara, Enrique Peña Nieto amenazó a quienes sugirieron (con pruebas) que el gobierno había espiado a periodistas y activistas. Quienes hicieron esa «sugerencia» no sólo fueron los propios afectados u organizaciones civiles que no sólo residen en nuestro país, sino The New York Times, quien publicó el escándalo en primera plana. 

    La amenaza fue clara y no se puede prestar a interpretaciones:

    Espero que la Procuraduría General de la República, con celeridad, pueda deslindar responsabilidades, y espero, al amparo de la ley, pueda aplicarse contra aquellos que han levantado estos falsos señalamientos contra el gobierno. 

    Y si se trató de un error, es lo suficientemente grave y notorio para considerarse como cualquier «error humano». Es muy grave, más en un contexto de un país sumido en la violencia donde el ejercicio del periodismo es un deporte de riesgo.

    ¿Qué pasó después? Que Presidencia dijo que se habían «malinterpretado» las palabras de Peña Nieto, que eso no era lo que quería decir. Pero no pidieron disculpas a los afectados ni a la sociedad civil, ni a la sociedad en general, sino a Azam Ahmed, el periodista de The New York Times, a quien le aclararon que Peña Nieto nunca los había querido amenazar.

    Así, el gobierno trató a los medios extranjeros como de primera, y a los medios mexicanos, a los activistas y periodistas afectados, como de segunda clase. Fue hasta más tarde, en una entrevista, que Peña Nieto aclaró ante los medios que se había tratado de una «mala interpretación» y que eso no era lo que había querido decir:

    También, como se ha mencionado mucho en redes, es inaceptable que Peña Nieto relativice el hecho al decir que a él lo llegan a espiar como si se tratara de algo común y cotidiano, y que los espiados no se vieron afectados (cosa que sí sucedió como relató Juan Pardinas con relación a su matrimonio). Pareciera que el mensaje que quiso decir fue: «sí, los espiamos, pero tranquilos amigos, el espionaje es algo muy común, a mí también me han espiado, entonces todos en paz».

    Peor aún, Peña cerró toda la posibilidad para que un organismo independiente investigue. Dice haber dado indicaciones a la PGR, misma institución en la cual los afectados habían hecho sus demandas anteriormente y que nunca se les atendieron. 

    El Gobierno está urgido de hacer un lado este tema. La mayor parte de la opinión pública (con excepción de la que está ahí para servir a su gobierno) está en su contra y el encono es cada vez más grande.  

    Es tan grande, que a Peña Nieto ya no se le da el beneficio de la duda, su palabra ya no cuenta. Si su palabra no reafirma lo que se supone, entonces ya no tiene validez alguna. 

    Y tienen razón para estar enojados, porque con lo sucedido, todos los periodistas y activistas se sienten amenazados. Saben que pueden ser espiados y saben que información suya puede ser utilizada en su contra. Saben que su derecho a la libertad de expresión y libertad de prensa no está garantizado. Saben que todos los que están involucrados en temas de corrupción o cuya tarea es vigilar al gobierno son un objetivo de éste último. Como lo mencioné en el artículo pasado, este tipo de actividades es propio de gobiernos autoritarios como el de Rusia o el de Corea del Norte. 

    Lo que sorprende es que Peña Nieto se sorprenda. O posiblemente está fingiendo que está sorprendido.

  • Peña Nieto y la Lupita

    Peña Nieto y la Lupita

    Peña Nieto y la Lupita

    Resulta que, de acuerdo a The New York Times, el gobierno mexicano espió a varios periodistas y activistas. Casi todos ellos opositores al régimen. Compraron software a una compañía que solo lo vende a los gobiernos. Al parecer, el espionaje no fue tan sofisticado porque pues todos nos dimos cuenta.

    El software insertaba malware en los teléfonos celulares de los espiados de tal forma que cuando vieran un SMS o mensaje aparentemente inofensivo su teléfono se infectara y así los espías no sólo tuvieran acceso a sus contactos, correo, agenda y demás, sino que podían activar la cámara o el micrófono no sólo cuando el espiado usara el teléfono, sino en cualquier momento. Así, los espías podían escuchar cualquier conversación que tuvieran, una comida, una plática con la familia.

    Los espías podían averiguar así quienes eran sus contactos así como sus intenciones. Incluso podían conocer su vida personal para así amedrentarlos, podían saber cual era su talón de aquiles. 

    Entre las personas espiadas se encuentran Carmen Aristegui, su hijo Emilio, Carlos Loret de Mola, Juan Pardinas, Daniel Lizárraga, Salvador Camarena, entre otros. Que Loret de Mola se encuentre dentro de los espiados podría deberse a ciertos delirios del presidente Peña Nieto quien posiblemente ya no confía en casi nadie. 

    Mientras el discurso de la élite política es la dictadura fallida de Venezuela y cómo es que con López Obrador nos convertiríamos inevitablemente en algo similar, aquí se violan derechos básicos como la libertad de expresión. Porque tengo que decirlo, este tipo de espionaje es propio de dictaduras. El hecho por sí mismo vulnera la democracia y la pone en entredicho. Nuestros gobernantes siguen insistiendo en Venezuela, que hay que denunciar lo que pasa allá, pero hay que callar lo que pasa aquí.

    Lo que más me llama la atención es que la oposición brilla por su ausencia en este tema, los que se supone deberían de ser un contrapeso no han emitido declaración alguna. Ahí están los periodistas defendiéndose solos. Como lo señaló Juan Pardinas del IMCO (uno de los espiados) «somos los nuevos enemigos del Estado». El enemigo parece no ser solamente el Gobierno Federal sino toda la clase política cómplice con su silencio.

    Los periodistas intentan hacer ruido para que la prensa en la medida de lo posible tome nota. Los medios digitales, más independientes, replican inmediatamente el caso; los más «tradicionales» intentan ser más discretos aunque el escándalo es lo suficientemente grande como para no abordarlo. Mientras en Estados Unidos el escándalo es primera plana, en nuestro país se intenta que la nota sea lo más irrelevante posible. 

    El gobierno, de forma casi cínica, responde y dice que no espió a nadie cuando todo está bien documentado. Peña Nieto habla en la cumbre de la OEA, también de forma casi cínica, de la libertad de expresión y de la democracia, mientras su propio gobierno vulnera sus principios más importantes: la libertad de expresión y la libertad de prensa. 

    Mientras desaparecen periodistas (algunos víctimas del narco, o incluso de gobernadores) el Gobierno Federal no sólo no les garantiza seguridad ni hace nada por ellos, sino que los espía, los vigila, los amedrenta. Carmen Aristegui tenía la razón al indignarse: ¿cómo se le puede ocurrir al gobierno de Peña Nieto a espiar a un hijo suyo, quien ni siquiera es mayor de edad?

    Nos tendríamos que preguntar si podemos seguir considerando a México una democracia funcional: una clase política se representa a sí misma, el regreso de las elecciones fraudulentas, gobiernos que espían o amedrentan, periodistas a quienes no se les puede garantizar la libertad de prensa. Si bien, Venezuela está peor que nosotros (sobre todo por el estado de su economía) creo que nuestra clase política está perdiendo autoridad moral incluso para denunciar lo que está pasando en ese país. Hacerlo es un acto de cinismo cuando en México no son capaces de garantizar derechos elementales. 

    Preocupados en el discurso por el ascenso de López Obrador, ellos mismos llevan a cabo en la práctica todas esas amenazas que alertan, el deterioro institucional, el autoritarismo, la falta de libertad de expresión. La democracia y el Estado de derecho se están pervirtiendo, pareciera que vivimos un retroceso, como si el gobierno aspirara a restaurar la hegemonía (abra el Spotify y póngale play a la Marcha Imperial de Star Wars) bajo la cual vivió durante varias décadas.  

    Pero hasta López Obrador calla y se mantiene en silencio. 

    Y nos dimos cuanta que ciudadanos tenemos que representarnos solos. Peor aún, el gobierno pretende acorralarnos cada vez más. Parece que tendremos que construir nosotros lo que asumimos que ya estaba construido.

  • Mi primera vez en un mitin de López Obrador

    Mi primera vez en un mitin de López Obrador

    Fotografía de autoría propia.

    Nunca había visto a López Obrador en mi vida, anunciaban que vendría a Guadalajara, así que, por curiosidad, unos amigos y yo decidimos ir a verlo. Esta fue mi experiencia:

    Llegué pasadas las 6 de la tarde, hacía un calor terrible. Le había dicho al chofer del Uber que me dejara en la esquina donde estaban todos los camiones. Caminé varias cuadras sobre avenida México para llegar al lugar. Contaba decenas de camiones para transportar a los acarreados (muchos, seguramente, de ciudades del interior) algunos invadían la ciclovía. Los acarreados eran gente muy pobre, el escenario era una calca de lo que pasa en los mítines del PRI pero con menos presupuesto, MORENA también lucra con los pobres al igual que lo hacen los priístas, fue lo primero que me dije.

    Me quedé de ver con mis amigos en la esquina de Avenida México y Avenida Chapultepec, donde había más camiones aún. Una señora, molesta porque el camión que la llevaría a su casa no podía pasar debido a la aglomeración, me dijo: -Pinches güevones esos, que mejor se pongan a trabajar. Mis amigos y yo estábamos impresionados de la cantidad de gente pobre que habían acarreado en los camiones, uno de ellos me dijo: -Si algo me encabrona del PRI y de MORENA es la forma en la que utilizan y lucran a la gente que no tiene recursos. Asentí. 

    Ya que nos vimos todos, nos integramos al mitin. Antes de que López Obrador hablara, estaban nombrando a quienes firmaban el «Acuerdo por la Prosperidad y el Renacimiento de México». En el estrado estaban personajes de peso, no todos con muy buena reputación. Firmaron dicho documento empresarios como el dueño de Dulces de la Rosa (cuyos dulces son muy populares en mi ciudad) y que se había integrado al partido; también estaban políticos  ligados a López Obrador, líderes sindicales y hasta deportistas. 

    Coincidía con uno de mis amigos que esta puesta en escena rememoraba al PRI de los setenta que podía amalgamar dentro de su partido a los más rojillos junto con los empresarios y líderes de diversos sectores. No encontré muchas diferencias con respecto a los mítines del PRI que tanto les indigna, excepto que el partido está representado por un líder carismático. Pero ahí estaba todo lo demás, camiones con gente pobre a los que seguramente les pagan por llenar el escenario, banderas, gorras. 

    Los organizadores animaban al público, les decían que gritaran «es un honor con López Obrador» y los hacían cantar la canción de MORENA. Además de los acarreados habían varios que habían ido por su propio pie. Ellos eran los más enjundiosos, los que gritaban y coreaban más, los más «comprometidos con la causa». 

    Y entonces inició el «concierto»: López Obrador empezó a hablar. El público que estaba en mi zona estaba molesto porque quienes integraban la prensa tapaban la vista y la gente no podía ver a Andrés Manuel. Ante los abucheos, ellos se agacharon. Así, la gente ya pudo ver y admirar al líder de las izquierdas.

    ¿Qué dijo López Obrador? Lo mismo de siempre. Repitió las frases de cajón que repite toda su gente: «la mafia del poder», «soy peje pero no soy lagarto», «el PRIAN», «todos los partidos son lo mismo, MORENA es diferente», «yo soy de esas aves que no se manchan al cruzar el pantano». Habló del fraude electoral del Estado de México, que Del Mazo es primo de Peña Nieto, que Yunes esto, que Peña Nieto aquello, que ellos son los únicos que votaron contra el gasolinazo. Que no conoce a Chávez ni a Maduro (aunque la secretaria general de Morena Yeidckol Polevnsky, que estaba ahí presente, simpatiza y defiende al régimen chavista). Se trataba del mismo discurso tramposo y simplón donde él se asume como el bueno, como el redentor que por su sola voluntad acabará con la corrupción. Por eso es que el discurso es lo menos relevante de toda esta aventura. 

    Con un tono de voz que a mi parecer se me hace irritante y a veces algo monstruoso, López Obrador arremetía, señalaba con enjundia, el público aplaudía y coreaba ¡Obrador, Obrador! Yo estaba harto, escuchar a AMLO se me hace algo muy tedioso y cansado. 

    Lo que rompió el hielo de un mitin predecible fue que un grupo de ciclistas desnudos intentó seguir su ruta por la avenida donde se llevaba a cabo el evento. El público se indignó por ello. Uno de los simpatizantes de López Obrador le pegó en los testículos a un ciclista con su bandera, una ciclista respondió: – y así quieren que les demos su voto.  Uno de mis amigos comenzó a gritar (estaba bromeando) que eran infiltrados del PRI y varios del público (creyéndolo en serio) gritaron lo mismo, creyendo que eran priístas que se habían metido al mitin para causar desmanes. 

    Después de eso, poco antes de que terminara el evento, nos fuimos. Así terminó la aventura de la visita del líder más importante del país, un líder que atrae mucha gente pero que trae consigo poca sustancia. Los suyos lo siguen.

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  • Los millennials entrándole a la política

    Los millennials entrándole a la política

    Los millennials entrándole a la política

    El día de ayer tuve la oportunidad de discutir en una mesa de trabajo con varias personas expertas el rol que tenían los jóvenes, los millennials, dentro de la política.  Y creo que vale la pena hablar de eso porque los jóvenes de hoy son quienes en unos años más ocuparán los puestos de poder. 

    Siempre que queremos tejer una relación entre estas dos palabras (millennials y política) aparece un subproducto de estas dos llamado apatía. Se dice que los jóvenes son quienes menos quieren participar en asuntos políticos, sobre todo cuando tienen ese aroma tradicional de gente grande y rancia tratando de mover los hilos del poder; muchos piensan que «todos son lo mismo».  Pero hay una paradoja en todo esto, porque a la vez estamos viendo en nuestro país un vertiginoso crecimiento de organizaciones civiles y colectivos, cuyos miembros son en considerable medida jóvenes. Al final las ONG’s hacen política si nos apelamos al estricto significado de la palabra, sin que esto implique que se involucren en la política formal.

    Me atrevo a decir que parte del desprecio de los jóvenes por la política tradicional (o formal, partidista o como le quieras llamar) tiene que ver con la brecha generacional entre ellos y los políticos, así como la nula capacidad que tienen estos últimos para comunicarse con los jóvenes.

    Por ejemplo, los partidos políticos muchas veces consideran a los jóvenes como un accesorio o como un recurso operativo. Los jóvenes (cada vez menos) que entran a los partidos envueltos en un franco idealismo con el fin de hacer un cambio terminan pegando calcomanías, repartiendo folletos y bailando «despacito» en las calles para que la gente vote por su partido. Así mismo, los partidos políticos buscan formar cuadros con los nuevos talentos, pero no tanto para aprovechar esas energías y deseos de cambio de los jóvenes, ni para traer nuevas ideas, ni mucho menos con la intención de ir renovando paulatinamente al partido, sino para más bien adoctrinarlos con las ideas de los que ya están ahí.

    Al final, dar poder de decisión a los jóvenes y darles la libertad de que implementen sus nuevas ideas implica para los más grandes ceder poder, y lo que menos quieren ellos es cederlo. Y la mejor forma de integrarlos sin que eso represente una amenaza es el adoctrinamiento, que piensen igual que nosotros, que los jóvenes no se nos rebelen.

    Dicho esto, se entiende por qué hay muchos jóvenes en los partidos replicando los mismos discursos, apoyando las mismas plataformas obsoletas de los candidatos «grandes». Los jóvenes le hacen la talacha a los grandes y les aprenden en su afán de irse moviendo para poder aspirar a un puesto político.

    Los jóvenes entonces aprenden que un partido no es tanto una plataforma para darle rienda suelta a su idealismo sino una estructura donde pueden hacer carrera profesional para hacer dinero. Así, son menos los que entran para defender un ideal o para soñar con un México mejor que los que aspiran a obtener un puesto donde les vaya bien y tengan un buen ingreso. Son ellos en su mayoría quienes terminan conformando la «sangre fresca» de su partido, y por consecuencia vemos que despuésde algunos años, los jóvenes igualan, cuando menos, a sus antecesores cuando hablamos de actos de corrupción. Así, se entiende por qué los partidos han perdido de forma progresiva su ideario ideológico. 

    Peor aún, debido a esto, quienes ocupan los puestos importantes y trascendentales dentro del gobierno no son los más talentosos ni los que tienen las mejores ideas, sino el que «se supo mover», el que «se le pegó al diputado». Incluso siendo jóvenes, muchas veces no son los mejores, los que tienen mejores intenciones ni quienes tienen mejor preparación.

    Pero el problema no sólo está en la relación con los jóvenes que están dentro de los partidos, sino en la forma en que se comunican con los de fuera. Para muchos de los «grandes» los jóvenes (a quienes en muchos casos estigmatizan) son algo así como mocosos que le pican a eso del SnapChat. Los miran de arriba hacia abajo, los subestiman por su inexperiencia. Para comunicarse con ellos usan muchas etiquetas e intentan usar su lenguaje a veces sin entenderlo porque básicamente no lo entienden:

    Los partidos sólo intentan comunicarse con los jóvenes cuando las elecciones se acercan y cuando su voto importa. Los ven en términos de rentabilidad política y no como aquellos que podrían aportar con sus ideas, su frescura y su talento. Los jóvenes no son tan ingenuos como ellos piensan y no son seducidos tan fácilmente por los mensajes acartonados con los que los intentan persuadir. 

    Si bien los jóvenes entran progresivamente a los partidos y forman parte de ellos, como son adoctrinados y terminan emulando a los grandes, ni siquiera ellos son capaces de representar a los de afuera. Así la brecha entre los partidos políticos y los jóvenes (no afiliados) se torna abismal. Es decir, ni los jóvenes de adentro terminan de entender a los de afuera.

    Deberíamos preguntarnos entonces: ¿cómo podrían los jóvenes incidir en la política? ¿Cómo podríamos hacerla más atractiva para ellos tomando en cuenta que quienes conforman la política formal no son capaces de entenderlos? ¿Cómo decirles que la política es mucho más que burócratas ensimismados tomando decisiones en las que no los toman en cuenta?  ¿Qué mecanismos tienen disponibles los que realmente quieren incidir? ¿Tendrían que ingresar a las estructuras vigentes o tendrían que crear las suyas propias? ¿Deberían integrarse mejor a organizaciones civiles que buscan, desde la ciudadanía, incidir en lo político?

    Los jóvenes interesados en la política son cada vez menos y al mismo tiempo las oportunidades para que quienes sí quieran incidir lo hagan realmente son pocas. Eso no es una muy buena noticia si hablamos de renovar la forma de hacer política en nuestro país, y como vimos en las elecciones pasadas, las prácticas más añejas y rancias siguen ahí. 

  • EXTRA: Asaltan a la vaquita marina en Ecatepec

    EXTRA: Asaltan a la vaquita marina en Ecatepec

    EXTRA: Asaltan a la vaquita marina en Ecatepec

    No tengo nada en contra de las vaquitas marinas. Es más, aplaudo a Leonardo DiCaprio quien insiste en reunirse con los mandatarios para evitar que esta sea una de tantas especies que se extinguen

    ¿Está Peña Nieto preocupado por las vaquitas marinas? Posiblemente Peña esté igualmente preocupado con las vaquitas marinas que por la corrupción, la inseguridad, los periodistas desaparecidos o los fraudes electorales. Es decir, realmente le importa un comino.

    Pero Leonardo DiCaprio no es un opositor ni mucho menos, es un actor. Seguramente el equipo de comunicación de Peña Nieto (que tal vez tenga ingenuas esperanzas en levantar la tan pisoteada y escupida imagen presidencial) pensó que era una muy buena idea: – que la gente vea a Peña con el del Titanic, igual así gana simpatías.

    Mientras DiCaprio persuade a Peña Nieto de salvar a la vaquita y su hijo presume las fotos con el actor en Instagram, los que estamos fuera de esa burbuja podemos ver como el Estado de derecho se deteriora, vemos cómo la corrupción invade de forma creciente a las instituciones que se supone, deberían fortalecer el entramado social y garantizar en la medida de lo posible que los ciudadanos puedan desarrollar sus proyectos de vida. De la misma forma vemos como regresamos a los tiempos de los fraudes electorales, tal como ocurrió en Coahuila y el Estado de México (que el fraude no se haya llevado a cabo en el conteo no significa que no haya ocurrido en el transcurso de la campaña). 

    El deterioro es evidente. Ya no tenemos que hablar de transición democrática, sino de una suerte de involución. No sólo es una crisis de representatividad (como dicen muchos para aminorar el trabajo del problema) sino un intento de restauración pero de forma más improvisada, donde el cochinero ya no se esconde, más bien se presume. 

    Es decir, parte de lo que se llegó a construir se está viniendo abajo. Ya habíamos sido capaces de organizar elecciones relativamente limpias, ahora el proceso se ha distorsionado completamente porque en las elecciones el votante cada vez decide menos de forma libre y sí lo hace bajo el acarreo, bajo la compra de su voto o la amenaza de la desaparición de los programas sociales. A quienes vivimos dentro de la clase media o la clase alta, una tarjeta con 1500 pesos o una despensa de 600 pesos mensuales podría sonar a nada, pero para la gente pobre, esa con la cual el PRI lucra tanto, hace una gran diferencia. 

    Para Peña Nieto, la opinión de Leonardo DiCaprio importa más que la de todos los ciudadanos a los que dice gobernar. Todo el que está preocupado por la economía (a menos que sean grupos de interés demasiado influyentes como para ignorarlos), por la seguridad, o por la corrupción, tiene cerrada la puerta de Los Pinos. Su voz no importa. 

    Pero no es sólo que sean indiferentes ante el problema, es que son parte de, y es que ellos mismos han propiciado de forma deliberada este estado de las cosas. Ellos son los que han corrompido a las instituciones que se dice, están para servir al pueblo, con el fin de servirse a ellos mismos. 

    Si la vaquita marina es rescatada, más le vale a Leonardo DiCaprio que no la deje en Ecatepec porque seguramente la van a asaltar o secuestrar. Y si contiende por una elección, su opositora, la rata, le robará el triunfo. 

  • ¿Y dónde está el fraude?

    ¿Y dónde está el fraude?

    ¿Y dónde está el fraude?

    Por más cerrados sean los resultados de una elección, más posibilidades existen de que uno de los actores se muestre inconforme. Primero, porque evidentemente por menor sea la diferencia es más fácil llevar a cabo un fraude o una ilegalidad que modifique los resultados; y segundo, porque quien se encuentra abajo tiene la esperanza de encontrar irregularidades para darle vuelta a la tortilla. No sólo es común en México, podíamos recurrir a la polémica elección entre George W Bush y Al Gore en el 2000

    Pero ese no es tanto el propósito de López Obrador. Las elecciones del Estado de México no eran un fin para él, sino un medio.

    Yo he dicho en este espacio que las elecciones del Estado de México deberían de anularse. Se trató de una elección de Estado que distorsiona de forma flagrante a la democracia representativa electoral porque muchos, sobre todo aquellos que votaron por el ganador, no votaron de forma libre. Muchos de ellos fueron coaccionados, en los mismos spots el candidato del PRI amenazó que los programas sociales desaparecerían si su partido no ganaba. También se rebasaron los topes de campaña y se inhibió el voto con mensajes en plena veda electoral. Por su parte, López Obrador utilizó la candidatura de Delfina para promocionar su imagen, lo cual también es ilegal.

    Pero más que anular los comicios, me parece que López Obrador busca construir una narrativa donde intenta reforzar esta idea de que la «mafia del poder» está conspirando contra él. Evidentemente tener la arcas del Estado de México no era nada desdeñable, pero también era evidente que AMLO ya tenía una hoja de ruta en caso de que perdiera. Bastaba con que Delfina no quedara muy abajo de Del Mazo, para que en conjunto de todas las tropelías cometidas por los priístas, pudieran armar un discurso donde AMLO se asumiera como víctima de la mafia que le hace fraudes. 

    Ahora el señalamiento es que el fraude se encuentra en el conteo de votos. Sin prueba alguna, López Obrador criticó el conteo rápido, muchos de los suyos lo tomaron como si fuera prueba del fraude porque discrepaba de las actas que el PREP llevaba computadas. Algunos sospecharon porque dicho conteo rápido estaba hecha sobre la base del 70% de las actas, aunque los resultados que arrojó tomaban en cuenta ese detalle. Muchos denunciaron esa discrepancia, pero conforme avanzó el PREP, éste le dió la razón al conteo rápido. 

    Muchos dudaron del PREP y trataron de encontrar inconsistencias, ejercicio que en realidad es muy válido y tal vez hasta necesario dado los antecedentes del PRI: compararon actas, buscaron irregularidades, buscaron que las sumas cuadraran, pero más allá de algunos detalles no hubo nada que indicara un fraude cibernético. Algunos encontraron que las sumas en realidad no cuadraban, pero lo que había ocurrido era que el PRI había sido el único partido que había ido en coalición y que debían sumarse todos los partidos (es muy entendible, no todos son expertos con los números ni todos están familiarizados con la estadística). El profesor del CIDE, Javier Aparicio, hizo el ejercicio por sí mismo para demostrar que no había inconsistencias y que los resultados sí correspondían. La ciencia dura y exacta había hablado.

    También les recomiendo leer este otro artículo de Javier Aparicio que escribió a propósito de las elecciones 2012 para entender mejor el funcionamiento del conteo y las razones por las que aparecen los errores que muchos ven. 

    Aún así, Javier Aparicio recibió insultos:

    Otra «prueba del fraude» fue lo ocurrido en la casilla 966, cuya imagen se replicó una y otra vez por las redes sociales, donde aparentemente le habían sumado los votos de MORENA al PRI. Esos es lo que pareciera que ocurrió a simple vista:

    En realidad se trató de un error humano donde en el acta los votos de MORENA se colocaron en la casilla de arriba (de Nueva Alianza y que era parte de la coalición de Alfredo del Mazo), error que se corregirá en el conteo distrital. Con todo y eso, el acta tiene la firma del representante de MORENA:

    También apareció un video donde aparentemente se estaban contando mal los votos. Pero la gente no se preguntó por qué en el conteo, donde están los representantes de todos los partidos, nadie dijo nada. Aparentemente quien contaba las boletas lo hacía de una forma flagrante, se saltaba del 40 al 50 y luego al 80, enfrente de todos los representantes. El video resultó estar editado.

    https://www.youtube.com/watch?v=Keyn6bm77dA

    La realidad es que no se ha mostrado al momento ningún tipo de fraude en el conteo. Si lo hubiera, tendría que demostrarse en el cómputo distrital y en las instancias asignadas para ello. El escepticismo de la gente es evidente y en cierta medida se entiende tomando en cuenta que el PRI podría hacer todo lo posible por retener el Estado de México. Que el PRI buscara alterar de alguna forma el proceso podría haber sido considerado como una posibilidad.

    Pero las sospechas y los antecedentes no son probatorios por sí mismos. Si se quiere exhibir un fraude se debe usar el rigor a la hora de mostrar las pruebas. Es irresponsable por parte de un candidato afirmar de forma categórica que ha existido un fraude cuando no se han presentado las pruebas que lo evidencian, o peor aún, ni un indicio (como sí ocurrió en Coahuila). Peor aún es hacerlo con suposiciones como «mostraron el conteo rápido para distraer y confundir a la gente». 

    La impugnación del EdoMex tiene que apuntar más al proceso que al resultado: la lógica no puede ser voto por voto, sino despensa por despensa – Carlos Bravo.

    Muchos de quienes insistimos en explicar esto recibimos críticas, nos dijeron por qué «nos indignamos con el fraude cometido en Coahuila» donde hay más razones para sospechar en tanto el PREP se detuvo inesperadamente y no lo hicimos con el del Estado de México. Nos acusan, falsamente, de avalar «el fraude del Estado de México» cuando en realidad lo que dijimos que lo que no se ha mostrado es un fraude en el proceso de conteo de votos, pero no ignoramos de ninguna forma todas las ilegalidades cometidas, en su mayoría por el PRI, en toda la campaña y que incluyó robo de urnas e inhibición del voto. Tampoco negamos nunca que ésta se haya tratado de una elección de Estado donde el gobierno de Peña Nieto envió a sus miembros de gabinete a hacer campaña. 

    Yo he insistido en que esta elección debería anularse porque lo sucedido es una gran falta de respeto al Estado de derecho. Pero también quiero alertar de una manipulación discursiva de López Obrador, quien busca crear una narrativa para fortalecerse hacia el 2018. López Obrador no aparenta estar muy indignado en sus videos, posiblemente ni siquiera se encuentre de malas. El triunfo no era un fin, era sólo un medio para sus aspiraciones a la presidencia. Por eso ya había creado estrategias en el escenario donde su partido (o sea, él) no ganara la elección, escenario que seguramente considero como bastante probable, para así aprovecharlas en su afán de ganar la presidencia en 2018.

    Cierto, la cancha no fue pareja y el PRI cometió irregularidades, pero ¿por qué ni siquiera el partido de AMLO o sus cercanos que lo representan en las cámaras han buscado legislar para acabar con esas tropelías? Lo que les interesa no es construir instituciones fuertes, sino llevar a su candidato a la presidencia a como dé lugar. 

    López Obrador está interesado en crear la percepción de que un gran fraude se ha orquestado en su contra. Por más sean los que sospechan de la «manipulación del PREP, de las actas, y similares», mejor para él, para sí convencer de que es víctima de la mafia del poder, del PRIAN, de aquellos que tienen a México sumido en la inseguridad y en la corrupción (lo cual no es falso). AMLO quiere fortalecer el discurso maniqueo donde él es el bueno y todos los demás son los malos.

    Porque el maniqueísmo mueve montañas, aunque no siempre gana elecciones.