Categoría: política

  • Las virtudes y los defectos de los candidatos

    Las virtudes y los defectos de los candidatos

    Las virtudes y los defectos de los candidatos
    Foto: Noticieros Televisa

    Andrés Manuel López Obrador

    Virtudes:

    • Es una persona muy tenaz y perseverante. Contender en tres campañas electorales y recorrer todos los municipios del país no es cualquier cosa.
    • Es, simplemente, el líder político más importante de todo el país. 
    • Tiene vocación y sensibilidad social. Conoce más que nadie al «México de abajo». 
    • Tiene amplia experiencia política. Es el único de los candidatos que ya ha gobernado y su gestión en la Ciudad de México en general es bien vista.
    • Nunca se ha enriquecido ilegalmente de la política. Ciertamente puede ser criticable que viva, en parte, de los recursos de su partido (que a su vez es del erario) pero ello no implica ilegalidad alguna. 
    • Es el único que ha hecho un diagnóstico del país que toca fibras sensibles y que la mayoría de los políticos no se atreven o no quieren tocar (desigualdad, empresarios que se enriquecen al amparo del poder, entre otros más).

    Defectos:

    • Es una figura con un discurso mesiánico que tiende a polarizar la discusión.
    • Tiene tintes autoritarios, suele denostar a quienes no piensan como él y a hacer juicios de valor moral sobre quienes disienten (aunque no tengan un interés particular).
    • Tiene poca confianza en sociedad civil como agente de cambio. Le disgusta la idea de que en su gestión habrá contrapesos fuera de su control.
    • Suele ser una persona necia, poco dispuesta a confrontar su ideario y sus propuestas.
    • Su propuesta es obsoleta y prácticamente no ha cambiado desde hace algunas décadas (al menos desde finales del siglo XX).
    • No es una persona ávida de aprender y prepararse constantemente más allá de su experiencia en la calle.

     

    Ricardo Anaya

    Virtudes:

    • Es una persona muy inteligente y de mente aguda.
    • Es una persona que le gusta aprender, mantenerse actualizado y absorber la mayor cantidad de conocimiento posible.
    • Se prepara de la mejor forma para afrontar los escenarios que se le pongan enfrente. Se caracteriza porque antes de los debates analiza bien el escenario y hasta las tomas de cámara. Es muy meticuloso.
    • Tiene una retórica muy envidiable. Anaya es uno de los candidatos con mejor oratoria que hemos visto en los últimos tiempos.
    • A pesar de su juventud y su corta trayectoria, ha sabido moverse para llegar a la punta de la pirámide política (lo cual, por sus formas, puede verse como un defecto, pero también es una virtud).

    Defectos:

    • Es ambicioso en exceso. 
    • Es una persona poco confiable ya que ha traicionado a muchas personas que le tendieron la mano para lograr sus objetivos. Su trayectoria tiene puntos cuestionables. 
    • Es una persona que tiene poca capacidad para conectar y empatizar con la gente.
    • Parece estar falto de convicciones e ideales, por eso es que no ha logrado construir una narrativa convincente.
    • Nunca ha ejercido un cargo público por elección popular. 

     

    José Antonio Meade

    Virtudes:

    • Es una persona íntegra que nunca se ha enriquecido a través de su trayectoria política.
    • Es inteligente y tiene una amplia preparación académica.
    • Tiene amplia experiencia en el terreno económico y de relaciones internacionales. 
    • Es una persona conciliadora, abierta a dialogar.

    Defectos:

    • Si bien no es corrupto, no es una persona que levante la mano para evitar o denunciar los actos de corrupción de los otros. 
    • Tiene experiencia como burócrata, pero no como político.
    • Estar abanderado por el PRI y estar rodeado por personajes impresentables siempre va a ser un defecto.
    • Nunca ha ejercido un cargo público por elección popular. 

    Nota al pie: no incluyo al Bronco porque ese es de broma.

     

  • Anaya, el candidato antisistema

    Anaya, el candidato antisistema

    Anaya, el candidato antisistema

    Si hay un candidato antisistema en estas elecciones, uno que vaya en contra de los intereses del corrupto gobierno de Enrique Peña Nieto, ese es Ricardo Anaya.

    No, el principal opositor de Peña en estas elecciones no es López Obrador, es Anaya.

    No es antisistema porque no se haya beneficiado del sistema mismo ni porque haya sido parte de éste. Tampoco lo es porque su honestidad destaque frente a la corrupción del político promedio. Anaya lo es porque el peñismo vio en él a una figura muy poco confiable: su historial de traiciones dentro de su partido no le habría garantizado de ninguna manera inmunidad (impunidad) a Peña y a los suyos. Ello explica por qué desde el año pasado hicieron lo posible por debilitar a Ricardo Anaya.

    En la campaña, Anaya remató y dijo que si ganaba metería a Peña a la cárcel. Esa propuesta tal vez sea, junto con la del ingreso básico universal, una de las pocas que recordamos del candidato.

    El problema es que los priístas suelen ser rencorosos. Los que los hemos llegado a conocer sabemos que se caracterizan por tener la piel bastante delgada, y rara vez perdonan ese tipo de amenazas. 

    La campaña del PRI contra Ricardo Anaya es real, no es una ficción ni es una oscura estrategia. En el primer ataque de este año utilizaron a la PGR de forma facciosa, en el segundo utilizaron a los medios de comunicación como Televisa y TV Azteca y similares para propagar con impecable sincronía un video sin fuente de origen con unas presuntas declaraciones:

    ¿Es Anaya culpable de lo que se le acusa? ¿Són mentiras? ¿Son verdades a medias? No lo sé. No me parece que Ricardo Anaya sea una persona muy confiable y honesta. Pero, independientemente de la veracidad que las acusaciones puedan tener, queda claro que el gobierno de Peña Nieto está interviniendo de forma flagrante en las elecciones para destruir a Anaya, ya no solo para evitar que llegue a la presidencia (cosa que a estas alturas ya es bastante improbable) sino para destruir su carrera y su fama.

    Es evidente que Peña Nieto prefiere a López Obrador en la silla presidencial que al frentista. El discurso conciliador de AMLO incluía un guiño al gobierno de Peña Nieto que básicamente consistía en no tomar venganza a cambio de que el de Atlacomulco no le «echara montón».

    Y así lo vemos. Muchos esperaban que al cierre de la campaña todo el aparato volcara contra López Obrador y eso no está sucediendo. Los únicos que lo intentaron hacer fueron las cúpulas empresariales (ahora ya apaciguadas después de una reunión que AMLO tuvo con el Consejo Mexicano de Negocios) quienes recibieron de Peña Nieto un portazo en la cara cuando le pidieron que Meade declinara por Ricardo Anaya. 

    Lo único que vemos en contra de AMLO en estos momentos son algunos spots donde se intenta señalar que él es incapaz de gobernar este país, pero nada más. Incluso el tema de Nestora Salgado ha ido quedando en el olvido. Este cierre de campaña está resultando muy tranquilo para López Obrador quien simplemente se está administrando para lo que se antoja inevitable.

    Dentro de la campaña de Anaya han comenzado a sugerir que Peña Nieto y López Obrador ya pactaron. No sé si eso esté ocurriendo, no tengo elementos para afirmarlo pero sí se pueden ver algunos indicios de que eso podría estar ocurriendo como las votaciones en conjunto que PRI y MORENA han realizado en ambas cámaras o las polémicas declaraciones de Yeidckol. Lo cierto es que muchas de las cúpulas de poder de nuestro país ya se están alineando con el que muy probablemente será nuestro próximo presidente.  

    El discurso antisistema de Ricardo Anaya difícilmente va a pegar porque, de acuerdo a los estudios demoscópicos que se han publicado, es al que se le considera más mentiroso. Lo cierto es que al día de hoy, quien representa la principal oposición al gobierno actual no es López Obrador, sino Ricardo Anaya. Pero el mote de antisistema no es necesariamente un halago. 

  • Anaya ya no tiene nada que contarnos

    Anaya ya no tiene nada que contarnos

    Anaya no tiene nada que contarnos

    La campaña de Ricardo Anaya no despega. 

    Y no lo hace cuando falta menos de un mes para el día de las elecciones. De hecho se percibe cierta desesperación dentro de su equipo de campaña.

    La comentocracia comienza a hablar cada vez menos de él y cada vez más de lo que podría ser la presidencia de López Obrador. Todos hablan sobre los probables miembros del gabinete, de su relación con los empresarios. Todo gira en torno a López Obrador porque muchos ya se han hecho a la idea. 

    Cuando a Anaya le preguntan por las encuestas, cambia el tema y dicen que ellos van a ganar. Sabe que lo que ellas reflejan no es nada grato y no tiene nada que decir sobre el tema. No sólo por el hecho de que López Obrador se antoja como inalcanzable, sino porque Anaya ha comenzado a rezagarse al punto en que podría perder el segundo lugar que le había permitido crear el discurso de que la competencia era entre él y López Obrador. Es más, ni siquiera logró acaparar votos de la declinación de Margarita Zavala. 

    A Anaya no le va bien solamente porque el contexto le beneficia a López Obrador, sino porque su estrategia de campaña es pésima.

    ¿Alguien de ustedes me puede decir quién es Anaya o qué es lo que quiere? ¿Podrían definirlo? Se darán cuenta que esa tarea es muy complicada.

    Y ese es un gran problema porque toda campaña debe de comenzar con una narrativa, una que apele a las emociones del electorado y con la cual un sector de este se identifique y vea ahí plasmados sus valores y anhelos. La narrativa es como una matriz de donde se desprende todo, de donde se desprenden sus acciones y sus propuestas de campaña. Las propuestas pueden ser muy buenas pero si no forman parte de una narrativa convincente no van a decir nada, se vuelven estériles. Imaginemos que nos dan las siguientes instrucciones:

    Encienda el dispositivo, una vez que está prendido presione el botón frontal dos veces y así usted logrará acceder a la configuración. 

    Si solo atendemos a ese párrafo y no conocemos lo demás, vamos a entrar en una profunda confusión. No sabemos a qué tipo de dispositivo se refiere y menos sabremos cual es el objetivo de esas instrucciones. Si yo te digo que esa instrucción tiene el fin de restaurar el software de un teléfono móvil, entonces todo cobra sentido. Algo parecido es lo que la narrativa hace. No podemos pensar en las instrucciones (propuestas de campaña) si no conocemos cuál es su función y de qué producto se trata (narrativa).

    Y como no tiene narrativa, lo único que percibimos en Ricardo Anaya es una candidatura estéril y sin rumbo. Sin narrativa no funciona todo lo demás. Ricardo Anaya pretende ser todo: buen esposo, buen padre, rockero, motociclista, conferencista de TED, CEO, académico, políglota, pero al final no es nada, su candidatura no tiene sustancia, por eso no pega ni despega. 

    La narrativa también funciona como hilo conductor de la campaña, y como esta no existe dentro de la campaña, entonces vemos que ni siquiera hay una buena coordinación. Vemos relanzamientos de campaña precipitados donde pretenden presentar a Ricardo Anaya como pacificador porque los estudios de campo decían que la población está preocupada por la inseguridad (en parte producto de las fallidas estrategias de los dos últimos gobiernos) y porque ese tema no es el fuerte de AMLO, pero no suena creíble, se percibe muy artificial.

    Esta improvisación, al no tener un hilo conductor, también explica que se haya creado la percepción de que «le está copiando a AMLO». Anaya se ha mostrado como un candidato antisistema, pero al no tener una identidad propia termina pareciendo una «versión chafa» del otro. Lo peor es que algunas de las propuestas y acciones del queretano parecen una calca de las del tabasqueño. No sé quién le dijo que era una buena idea hacer conferencias mañaneras como López Obrador o que plagiara la frase «más becarios menos sicarios» utilizando nombres de futbolistas.

    Anaya es prácticamente inexistente dentro de las redes sociales. A pesar de ser el candidato más tecnológico y sofisticado, la campaña de López Obrador, a través Tatiana Clouthier y el proyecto «Abre más los ojos«, le han comido el mandado. El candidato el Frente se limita a presentar una y otra vez el mismo Powerpoint de siempre, a decirnos que Netflix le comió el mandado a Blockbuster y a contarnos su experiencia dentro de la Amazon Store.

    En la campaña de Anaya no han entendido el voto del hartazgo más allá de los estudios demoscópicos. Pensaron que proponer una versión antisistema light, uno más moderado, cosmético y sin riesgos, iba a traerles votos. Pero la gente está enojada, y cuando está enojada tenderán a irse con la propuesta más disruptiva, y esa no es la de Ricardo Anaya. Él se quedó varado en el medio, entre tratando ser antisistema y ser la opción que genera certidumbre. 

    Anaya quiso ser todo y no fue nada. Creyó que bastaba con debatir bien. Creyó, erróneamente que si hablaba de datos o métodos iba a levantar. Cometió el error que suelen cometer muchas veces los demócratas en Estados Unidos: ser muy racional, cerebral y apelar de forma recurrente a datos y estadísticas sin que ello se traduzca en emociones. A López Obrador le bastó utilizar recursos «chuscos» como el de la cartera o el de «Ricky Riquín Canayín» para condenar su discurso a la irrelevancia. Anaya le había dicho a AMLO que le faltaba mucho mundo, una frase que, bien utilizada, hubiera podido jugar en contra de López Obrador, pero no sólo no supieron crear una estrategia en torno a ella, sino que fue opacada por las ocurrencias de AMLO.

    Y todo eso por no haber logrado crear una narrativa. A menos de 30 días de la elección muchos ni siquiera sabemos quién es Ricardo Anaya. Por eso tiene que hacer mítines en espacios cerrados con su Powerpoint de siempre mientras que AMLO, quien se ha encarnado en una figura mesiánica que promete atacar la desigualdad y la corrupción, presume casi a diario mítines abarrotados. 

    Me atrevo a decir que la campaña de Ricardo Anaya es una de las peores que he visto en mucho tiempo. No sólo por el hecho de ser mala, sino porque no lograron impulsar a un candidato que, a mi parecer, tenía potencial para algo más. 

  • La batalla contra López Obrador: los límites de los empresarios

    La batalla contra López Obrador: los límites de los empresarios

    La batalla contra López Obrador: los límites de los empresarios

    Ante un triunfo de AMLO que pareciera percibirse cada vez más inminente, varios empresarios salieron, de alguna u otra forma, a externar su preocupación. Algunos lo han hecho usando su derecho a la libertad de expresión, otros han jugado en el límite entre ésta y la coacción del voto.

    Me parece que todos los empresarios deben tener el derecho a manifestar su postura a favor o en contra de un candidato, de decir que simpatizo con este candidato o que aquél otro no me gusta. Creo yo que eso es muy sano para nuestra incipiente democracia porque le da más información al elector, quien puede decidir libremente e interpretar, desde su criterio, lo que los empresarios dicen. En este sentido, preocupados por la figura de AMLO, han salido José Ramón Elizondo de Vasconia y José Antonio Fernández Carvajal de FEMSA con una postura respetuosa hacia el electorado. No veo mal que el INE no permita a los empresarios hacer proselitismo mediante recursos económicos ya que estarían en ventaja frente a los ciudadanos u organizaciones que no tienen recursos para hacer lo mismo y lo cual puede distorsionar el concepto democrático que todos somos iguales ante la ley, pero creo que sí deberían poder expresar su postura libremente por medio de videos o comunicados (en la actualidad el INE no les permite mostrar simpatía por algún candidato). De hecho, con esas restricciones estarían en desventaja ante el empresario Alfonso Romo quien ha estado apoyando a López Obrador entre las élites empresariales por ser uno de sus coordinadores.

    Pero si hablamos de Germán Larrea de Grupo México o, más aún, de Alberto Bailleres, la historia es diferente. Bailleres ordenó una junta obligatoria en Perisur para comunicarles a sus empleados que no voten por López Obrador y les infundió miedo (casi diciéndoles que con la llegada del tabasqueño sus empleos podrían estar en riesgo). Este tipo de medidas son las que navegan entre la libertad de expresión y la coacción del voto. Pero no solo eso, también es una falta de respeto a sus empleados:

    Al sugerirles como votar, el patrón asume de forma tácita que sus empleados no tienen capacidad de decidir por sí mismos. Aunque no se les pida, al menos por lo que sabemos, que comprueben que votaron por otro candidato, esa «libertad de expresión» se convierte en chantaje. Es válido que los empresarios expresen su sentir a sus empleados, pero no que les pidan realizar una u otra acción.

    Pero lo peor del caso para los empresarios como Bailleres y Larrea es que este tipo de medidas les terminarán siendo contraproducentes. Si AMLO algo ha sabido hacer es decidir con quién pelearse y con quién no. El tabasqueño consiente a Ricardo Salinas Pliego y a Emilio Azcárraga por el poder mediático que las televisoras tienen, pero ni Bailleres ni Larrea lo tienen, ya que no pueden usar recursos económicos, porque la mayoría de los mexicanos no los conocen, y de quienes los conocen, no todos los respetan. Ellos tan sólo pueden tratar de influir dentro de su plantilla de trabajo en un país donde las todas grandes empresas emplean a poco más del 20% de los trabajadores mexicanos y, en una elección donde la ventaja de AMLO es contundente, sus esfuerzos se tornarán insignificantes.

    Les terminan siendo contraproducentes porque estas posturas, aunadas a un López Obrador que genera incertidumbre en materia económica y que se muestra confrontativo, se han reflejado negativamente en el valor de las acciones de sus empresas. Estas posturas también podrían afectarles negativamente en materia de imagen pública y, de la misma forma, llegar peleados a un régimen donde el presidente se caracterizará por su confrontación no les dejará nada bueno, ni a ellos ni al país.

    También es cierto que la élite empresarial de nuestro país no goza de la mejor reputación ya que muchos la relacionan con bajos sueldos y un clima laboral que suele ser inferior a las empresas transnacionales que se instalan en nuestro país. A las élites y cámaras empresariales, tal vez con la excepción de la Coparmex que sí tiene un sentido más social (proponiendo un salario mínimo más alto u organizando iniciativas para fortalecer la democracia y/o combatir la corrupción), les falta una mejor comunicación y empatía con la población, con la «gente de a pie». Pareciera que son parte de una burbuja, de un «mexiquito» que se encuentra aislada del «mexicote». 

    Básicamente, así refuerzan las condiciones para que un régimen de corte populista se pueda instalar en nuestro país. 

    Otra duda razonable es qué tanto estos empresarios están preocupados realmente por el «populismo» (que seguramente existen) y qué tanto están preocupados por perder sus privilegios (que seguramente también existen). No es un secreto que algunos empresarios tienen amplios beneficios gracias al compadrazgo con los gobernantes y políticos en turno. Tan no es un secreto que The Economist señala que son más los billonarios mexicanos beneficiarios de un capitalismo de cuates (crony capitalism) que los beneficiarios de su talento y esfuerzo dentro de un régimen de libre mercado. 

    Su animadversión hacia López Obrador bien la podrían aprovechar para crear un pacto con la sociedad en vez de pedirles de forma insistente a sus empleados que voten de tal forma. ¿Cómo puedes persuadir a una sociedad con la cual no te has puesto en contacto más allá de los estudios de mercado o el departamento de recursos humanos?  ¿Por qué no deciden comprometerse a llevar, en conjunto con las cámaras empresariales, acciones para combatir la pobreza y las estructuras que crean una fuerte desigualdad que vaya más allá de la generación de empleos? ¿Por qué no se comprometen a combatir la corrupción por medio de códigos de ética dentro de las cámaras donde se sancione o señale a las empresas que se benefician de ella? ¿Por qué no pactan para darles una mejor calidad de vida a sus empleados? ¿Por qué no implementan, en la medida de lo posible y de sus capacidades, las mejores prácticas de las empresas de otras latitudes? 

    Lo que digan algunos empresarios en realidad no calará mucho en la sociedad porque, a mi parecer, varios de ellos no se han esforzado lo suficiente en llegar a ella y establecer canales de comunicación. Esta coyuntura podría aprovecharse para crear una clase empresarial más eficiente y más social. La confrontación de López Obrador es absolutamente reprobable, pero crear una batalla frontal contra su probable régimen antes de que llegue al poder podría hacer hasta riesgoso ya que, mal que bien, ellos generan una gran cantidad de empleos en México y son necesarios en la vida económica del país. 

  • La etapa de la negación

    La etapa de la negación

    La etapa de la negación

    Es cierto que no se puede asegurar de forma categórica que López Obrador ha ganado la elección. En el mes que falta para el día de la elección pueden llegar a ocurrir eventos que modifiquen las intenciones de las encuestas: una revelación muy oscura y turbia del candidato (o sea, un as bajo la manga), una estrategia electoral muy inteligente (que raye en la genialidad) o algo parecido.

    Pero lo cierto es que las posibilidades de que AMLO gane son muy altas. Oráculus (el agregador de encuestas) dice que si hoy fueran las elecciones, López Obrador tendría el 92% de ganar. Si lo comparamos con futbol (aprovechando que tenemos al Mundial a la vuelta de la esquina) es más probable que ninguna de las potencias (Alemania, Francia, Brasil, Portugal, Inglaterra, Argentina, España y Bélgica) gane el Mundial, o que México llegue a semifinales (de acuerdo con las predicciones de UBS) a que López Obrador pierda las elecciones (con las tendencias del día de hoy, aclaro). 

    Las encuestas no se han movido mucho en los últimos tres meses, solo hemos visto un ligero incremento en favor de AMLO, mientras que Anaya después de un crecimiento se ha estancado y Meade se mantiene en tercer lugar; casi pareciera que están congeladas. También hemos visto que a pesar de que varios indecisos ya han comenzado a definir su voto (tomando a Oráculus de nuevo), éstos son menos que hace dos meses y no se han convertido automáticamente en votos en contra de AMLO. Ni siquiera la declinación de Margarita Zavala ayudó a cerrar la brecha. Es casi imposible que las tendencias cambien si en este mes no se da algún evento que implique un quiebre o ruptura.

    Y también es cierto que la respuesta de «no respondió o no sabe» no sólo está compuesta por indecisos, sino por gente que no va a ir a votar o que no le interesa. 

    Ante esta situación, muchas personas que no simpatizan con López Obrador se encuentran en una etapa de negación. Tratan de interpretar la realidad de tal forma que sea más cómoda emocionalmente (es decir, que mantengan una considerable esperanza de que López Obrador no vaya a ganar).

    Y esto es, hasta cierto punto, normal. Cuando se trata de política los individuos no somos completamente racionales, más bien mantenemos un sesgo donde tratamos de favorecer información que nos haga sentir bien y minimizamos aquella información que nos hace sentir mal. Así como muchos lopezobradoristas relativizan los errores y cuestionamientos de su candidato, también varios antilopezobradoristas ponen a las encuestas en tela de juicio porque no les agrada el resultado. Recordemos cuando López Obrador y sus seguidores decían que las encuestas estaban cuchareadas en 2006 porque se espantaron al ver como la brecha se cerraba.

    Este sesgo de confirmación no distingue siquiera preparación y educación. La gente más docta también es muy proclive en caer en este tipo de sesgos cognitivos. 

    Muchos dicen que las encuestas son falaces porque la muestra es de 1,200 cuestionarios cuando este tipo de muestra es más bien completamente normal y suele ser más la norma que la excepción. Para ello, tenemos que hablar del margen de error.

    El margen de error de las encuestas está determinado por el número de cuestionarios. Si el tamaño es de 1,200, el margen de error es de +/-3%. Esto quiere decir que si AMLO tiene 40 puntos, significa que la realidad se encuentra en un rango de 37 o 43 (tomando el caso de que el instrumento y la muestra estén bien diseñados). La relación entre el margen de error y el número de encuestas no es lineal, es exponencial. Si una casa encuestadora decide hacer 2,200 encuestas para que tenga mayor validez, se encontrará con que el margen de error es de +/-2% (solo disminuyó un punto). Tendría que hacer más de 6,000 encuestas para llegar al 1% aproximadamente, mientras que para llegar al cero absoluto tendría que encuestar a absolutamente todos los electores que van a votar. 

    Por ejemplo, tomando la encuesta de Reforma que salió el día de hoy que muestra que AMLO tiene más de 20 puntos sobre Ricardo Anaya, muchos aludieron a encuestas pasadas para afirmar que Reforma «siempre se equivoca» como en esta imagen:

    Si analizamos estrictamente todas estas gráficas nos daremos cuenta que en realidad la única que valida el argumento de que Reforma se equivocó fue en el 2000, error mucho menor del que algunos esperan. Coahuila no se puede tomar como referencia ya que ahí el PRI orquestó un fraude electoral, pero vayámonos con la encuesta de 2006 y la del Estado de México:

    Cuando una encuesta muestra una diferencia que se encuentra dentro del margen de error (es decir que es menor a este) se dice que hay un empate técnico. Este es el caso de de estas dos encuestas. En Estado de México le daba ventaja a Delfina, pero la victoria de Del Mazo quedó casi en los bordes del margen de error. La discrepancia fue de 4% cuando el margen de error fue del 3%. Reforma se equivocó por ¡1%! E incluso, dado que la diferencia que pronosticó era menor al margen, podemos decir que la encuesta de Reforma contemplaba la posibilidad de triunfo de Alfredo del Mazo.

    En 2006 ni siquiera hay error alguno ya que le dio a AMLO una ventaja de 2% (que es un empate técnico por estar dentro del margen de error) cuando Calderón ganó por menos del 1% cuando el margen de error oscilaba por el 3%.

    En la encuesta de Reforma que se acaba de presentar estamos hablando de más de 20 puntos de ventaja.

    ¿Esto significa que Reforma es infalible? No, aunque en 2012 fue una de las encuestas más certeras. Yo pienso que la diferencia es algo menor de la que muestra Reforma y creo que está más cercana a los 16 puntos de diferencia que muestra Oráculus. También debemos tomar en cuenta qué tan bien está diseñado el instrumento, la muestra, y el efecto de la tasa de rechazo (que podría tener una incidencia). Las encuestas se pueden llegar a equivocar, pero la realidad es que la gran mayoría de las encuestas muestran una misma tendencia, lo cual se refleja en el ejercicio de Oráculus, y que dice que López Obrador tiene una ventaja considerable  Yo prefiero usar los agregadores como referencia más que las encuestas por sí mismas, porque creo que, al final, al promediar, logran atenuar las discrepancias que estas puedan tener. 

    En redes me he encontrado con afirmaciones que dicen que la encuesta está pagada, que hay «algo chueco». Algunos (con mucha curiosidad pero sin el suficiente conocimiento en materia de investigación cuantitativa, porque vaya, no es su profesión) dicen que está manipulada porque en la CDMX se levantaron encuestas en delegaciones donde AMLO puede tener mayor ventaja, aunque en realidad estas se seleccionan de forma aleatoria. 

    Algunos también argumentan que entre sus amigos «casi nadie» va a votar por López Obrador,  que fueron a una conferencia de negocios y ahí muchos simpatizaban por Meade. Peor aún, algunos vieron un sondeo en Twitter y lo tomaron como argumento para decir que «el tabasqueño ya perdió y que todo es una manipulación de las encuestadoras». Pero los círculos cercanos no son siquiera representativos del universo. En 2012 nadie en mis redes quería a Peña Nieto y ganó porque el voto estaba en otros sectores con los cuales casi no tengo contacto. 

    Otro argumento es que las encuestas se equivocaron en el Brexit y en la elección de Estados Unidos:

    En el caso de Brexit, las encuestas se equivocaron más bien por pocos puntos. La mayoría de ellas daban el triunfo al «remain» por dos o cuatro puntos. Ni una lo hizo por más de 10 puntos de ventaja. 

    En el caso de Estados Unidos todas le dieron el triunfo a Clinton, pero la diferencia fue de 4 a 6 puntos al cierre. Y de hecho, Hillary ganó por 2 puntos tomando el voto popular (recordemos que en Estados Unidos las elecciones se definen por los votos de los superdelegados de los estados). El error de las encuestadoras fue de muy pocos puntos y el beneficiario fue el que representó el discurso sistema, al igual que en el Brexit. En el caso de México, el que tiene un discurso antisistémico es López Obrador. 

    Acá estamos hablando de que Oráculus, el agregador de encuestas más conocido de esta elección, le da al momento 16% de ventaja a López Obrador al día de hoy. Hablamos de que las tendencias no se han movido mucho en los últimos meses a pesar de la guerra sucia, del pleito de AMLO con los empresarios y los debates donde el tabasqueño no muestra sus mejores tablas. Hablamos de que la campaña del PRI contra Anaya afectó de forma considerables las posibilidades del panista y que las rencillas siguen, por lo cual se antoja complicado en extremo que todo el voto de ambos se concentre en un solo candidato. 

    Esto no se acaba hasta que se acaba, en una elección todo puede pasar. Lo que reflejan las encuestas actualmente es lo que ocurriría si la elección fuera el día de hoy, y eso significa que no se puede descartar alguna variación en el mes que falta. Pero por lo que comenté anteriormente, la realidad es que por más se acerca la elección las posibilidades de que López Obrador crecen cada vez más ya que, a pesar de todas las estrategias que se han utilizado para tratar de bajar el tabasqueño, este sigue muy cómodo allá arriba y se antoja cada vez más difícil que ocurra algo que represente una ruptura.

    Digamos que estamos el minuto 30 del segundo tiempo y el Atlético MORENA le va ganando 3-0 al Racing del Frente al cual ha superado ampliamente en la cancha. Sí, se han dado casos en que un equipo remonta ese marcador, pero eso ha ocurrido muy pocas veces. En muchas ocasiones, con un marcador así, algunos prefieren ir abandonando el estadio para no tener que lidiar con el tráfico de regreso a casa. 

    Y tal vez esta realidad no les (nos) guste a muchos. Pero habrá un momento en que se tengan que enfrentar a ella, ya que será importante conocerla para poder llevar a cabo de mejor manera su voto. Por ejemplo, en dado caso de que se acerque cada vez más la elección y no veamos variaciones, tal vez será más prudente preguntarse si López Obrador puede obtener mayoría en el congreso o no y votar en consecuencia. 

  • Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú Pt 2

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú Pt 2

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú Pt 2

    Te recomiendo encarecidamente leer la primera parte de este artículo si no lo has hecho. Dale click aquí. 

    Habiendo dicho todo lo que dije en la primera parte de este artículo, que un voto no sólo representa para el individuo un simple voto sino que, además, representa una forma de reafirmación de sus creencias y valores, entendemos que, en muchos casos, el elector estará poco dispuesto a cambiar su preferencia. 

    Quienes cambian su preferencia suelen ser aquellos que piensan que ningún candidato termina de representar sus creencias y valores de forma suficiente y mucho más que los otros. Es en estos casos cuando la gente puede estar más dispuesta a revisar y analizar las propuestas de gobierno y que estas terminen marcando una diferencia. Pero eso no significa que siempre lo hagan así, ya que lo que puede terminar determinando su voto es alguna estrategia de campaña que termine moviendo su emoción.

    Las propuestas por sí solas no ejercen casi influencia alguna sobre el elector, más bien lo hacen en la medida en que estas sean capaces de transmitir una emoción, un valor o ideario al elector. Recortar los servicios de salud a la mitad no le dirá nada hasta que se imagine en su cabeza (o que le cuenten) cómo podría sufrir al no seguir recibiendo el tratamiento que recibía en las instituciones públicas. Las propuestas de un candidato en su conjunto suelen generar una narrativa que, a la vez, le da sustancia y lo define, ya que a través de estas elector puede determinar a dónde quiere llegar o qué afinidad política tiene el candidato. Y si esta «sustancia» empata con las creencias y valores de un sector del electorado, se traducirá en votos en las urnas. 

    Ricardo Anaya y López Obrador, en este sentido, le dan un trato muy diferente a las propuestas, lo cual nos explica por qué aparecen como aparecen en las encuestas. Varias de las propuestas de Ricardo Anaya pueden parecernos sensatas, pero su equipo de campaña ha tenido dificultades para traducirlas en emociones y, peor aún, no nos cuentan una narrativa creíble: nadie sabe quién es Ricardo Anaya a través de sus propuestas. Con López Obrador sucede lo opuesto, podemos cuestionar la validez de sus propuestas pero en su conjunto (sí, incluyendo las más absurdas como lo es la cancelación del aeropuerto) sí crean una narrativa sólida: de un López Obrador que se presenta como antisistema y como la opción de cambio ante un régimen de corrupción como el actual. La gente no quiere datos, quiere emociones. 

    Si el individuo fuera enteramente racional como algunos sugieren, diseccionaría las propuestas, le daría un valor a cada una de ellas, las pondría en una balanza y determinaría, con base en una evaluación o puntaje final, quien es el candidato idóneo. Pero esto no sólo no sucede así, sino que este ejercicio sólo podrían hacerlo aquellos individuos con alguna psicopatía o algún impedimento para tener emociones. Es imposible que nuestras creencias, nuestros valores y nuestro estado de ánimo no afecten nuestra intención de voto.

    Esperar a que la gente sea completamente racional a la hora de elegir su voto (con la connotación que se le da) y analice las propuestas a profundidad, es como si se nos apareciera un tigre y, en vez de asustarnos y correr, nos pusiéramos a evaluar los pros y los contras de las acciones que podríamos realizar. 

    Las emociones juegan un papel muy importante cuando los candidatos nos transmiten las propuestas. Las propuestas de AMLO no sólo generan incertidumbre en un sector por los errores en el planteamiento de varias de ellas, también están acompañadas de una oratoria muy torpe y lenta que refuerza la impresión de que sus propuestas están mal planteadas. La propuesta de la Renta Básica Universal de Ricardo Anaya es un gran ejemplo de esto que digo: su propuesta no tiene mucho sustento ya que es una medida de la cual sólo se han hecho pruebas piloto en sectores muy específicos de algunos países, pero además las cuentas no cuadran. Si López Obrador la hubiera propuesto se hubiera reforzado la idea de que es un demagogo que no sabe nada de economía, pero ésta no generó tanta incertidumbre ya que Anaya fue elocuente al comunicarla, casi como si se tratara de algo novedoso o sofisticado. La medida fue criticada por varios expertos pero no necesariamente por el grueso de la población. Hoy, nadie está pensando en «no votar por Anaya» porque su propuesta nos podría llevar a una crisis económica. 

    Pero justamente este mismo ejemplo es muy bueno para explicar por qué una propuesta, si no tiene un contenido en general, no tiene impacto. La propuesta no generó reacciones negativas porque la elocuencia de Ricardo Anaya logró disfrazar sus carencias, pero tampoco logró generar reacciones positivas porque Anaya nunca logró subirla al terreno de las emociones, todo quedó en un terreno racional, como si un académico estuviera explicando a sus alumnos por qué cierta política es útil. 

    La narrativa que crean los candidatos es la que genera que muchos electores simpaticen con ellos o los desprecien (como suele ocurrir con López Obrador en ambos casos). Como los individuos no somos iguales, no pensamos todos de la misma forma y no compartimos exactamente los mismos valores, no todos haremos el mismo juicio de una misma narrativa. Algunos valorarán más el sentimiento de esperanza en el discurso de López Obrador en tanto que otros tenderán a preocuparse por la incertidumbre. Algunos se preocuparán más por la demagogia de AMLO que por la falsedad que transmite la narrativa de Anaya o viceversa. 

    La misma narrativa nos explica por qué los embates hacia López Obrador no afectan mucho en las encuestas. Después de más de 12 años de campaña, López Obrador ya tiene una narrativa definida y los electores ya se hicieron una idea clara de ella. Además, AMLO tiene la suerte de que esa narrativa embone con el contexto actual de hartazgo y resentimiento hacia el gobierno. En cambio, Ricardo Anaya y Meade están obligados a construirla dentro de las mismas elecciones pero no han sabido cómo (a Meade le afecta sobremanera el lastre llamado PRI que lo limita y Anaya no ha encontrado la fórmula). Pero la narrativa no es una simple estrategia de publicidad, la mercadotecnia ayuda a venderla, a ponerle un empaque atractivo y a enclavarla dentro del contexto actual mas no a crearla (es muy evidente cuando es creada y diseñada de forma artificial por publicistas o estrategas políticos). La narrativa, decía, proviene de las propuestas que, a su vez, provienen de las ideas, y damos por sentado que las ideas nos hablan de las convicciones y las creencias del candidato.

    La narrativa empata con la esencia del candidato (lo cual tiene que ver con su historia tanto personal como política, su personalidad y, a veces, hasta con su lenguaje corporal y su forma de expresarse) y si no lo hace, entonces pierde credibilidad. 

    Como decía en la primera parte, que necesariamente estén entremezcladas subjetividades y emociones no implica que no podamos ejercer un voto más informado. Las mismas emociones incluso, bien entendidas, podrían ayudarnos a ello. Hay qué hacer el ejercicio opuesto, bajar las emociones al terreno de la razón, entender por qué cierto candidato evoca ciertas emociones. Las emociones no son un defecto o algún lastre, por el contrario, tienen una función y nos pueden servir como una guía, así como lo ocurre en nuestra vida diaria. No se trata de eliminar la emoción frente a la razón, sino de complementarlas y de hacer que una sirva a la otra.

    Si un candidato te causa repulsión, podrías preguntarte exactamente por qué. Puede ser que lo percibas como una figura corrupta y eso te cause molestias, pero luego podrías preguntarte ¿cuáles son los argumentos por los cuales lo percibes de esa forma? ¿Tienen sustento esos argumentos? Un ejercicio de empatía hacia las emociones y argumentos de los demás también podría ayudarte a ejercer un voto más informado porque de esa forma puede que conozcas información que antes siquiera habías considerado y tendrás más elementos para hacer un juicio.

    Eso no hará que todos «descubran» que un candidato sea la mejor opción de forma unánime. No sólo porque, en muchos casos, es más difícil y complejo determinarlo de lo que pensamos, sino porque los elementos subjetivos (aquellos determinados por las creencias, la historia de vida o hasta la genética) no pueden deshacerse del todo. Pero este ejercicio sí hará que tengas más posibilidades de hacer una buena elección.

    Porque créeme, hasta los más doctos y cultos se han llegado a equivocar a la hora de apoyar a algún candidato o movimiento. Y no por equivocarse son «unos pendejos». 

  • Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    En el libro «Political Brain» de Dres Westen, se narra un experimento para tratar de entender qué tan racional es el hombre a la hora de decantarse por un candidato o candidata. En dicho experimento se sometió a los participantes (que simpatizaban con los republicanos o con los demócratas) a una serie de diapositivas: en la primera, cierto político hacía una afirmación, y en la siguiente hacía otra afirmación que se contradecía con la primera (Por poner un ejemplo, un candidato dice: «voy a subir el salario mínimo para ayudar a las familias que menos tienen» y un mes después ante empresarios dice «subir el salario mínimo es una medida artificial que va a detonar la inflación»). Luego, se les pedía que en una escala del 1 al 5 evaluaran qué tan contradictorio era dicho candidato.  

    Resultó que los participantes le dieron una calificación más alta (más contradictorio) al político del partido con el que no simpatizaban, en tanto que, de la misma forma, relativizaban las contradicciones del político del partido con el que tenían simpatías. Al primero le daban un 5 y al otro un 2 o 3. Las reacciones en el cerebro de los participantes iban en consonancia, los participantes buscaban reducir aquellas sensaciones que les parecieran desagradables e incómodas (como caer en la cuenta de que su candidato era un mentiroso).

    Cuando de una elección se trata, todos juran ser objetivos y racionales. Todos juran estar del lado de los que piensan, mientras que los otros son los emocionales, los viscerales, y hasta los pendejos y los ignorantes; como si la elección se tratara de una batalla entre los que sí piensan y los pendejos. Peor aún, creen que haciendo gala de su superioridad moral van a lograr persuadir a los otros:

    – A ver, voy a compartir este post y le voy a poner: «para que se eduquen, chairos ignorantes». Así le voy a quitar algunos votos a López Obrador.

    En realidad, eso es muestra de que ellos mismos también están siendo muy irracionales. En principio, porque ni siquiera saben las razones por las cuales sus «contrapartes» van a votar por uno u otro candidato. Creen que «escuchar las razones del otro» es ceder, cuando bien les podrían dar más información para llevar a cabo una elección racional. En ese momento, elegir a un candidato deja de ser un tema de racionalidad y comienza a ser una batalla donde cada quien agarra una bandera.

    Por eso es que en los debates las tendencias se mueven más bien poco y sólo llegan a influir entre los que están más indecisos. Los que han tomado una postura no la van a cambiar y el debate solamente les funciona para reafirmar su postura. Tómese como constante en esta elección la batalla entre el lopezobradorismo y el antilopezobradorismo. Según Demotecnia, AMLO fue el gran ganador del debate, pero al mismo tiempo también fue el gran perdedor del debate. 

    Fuente: Demotecnia
    De las Heras Demotecnia

    ¿Por qué pasa esto? Porque la postura que los electores tienen frente a López Obrador (sea positiva o negativa) se explica más por las emociones que por la razón. Las dos emociones que mueven más estas elecciones tienen que ver con el tabasqueño. López Obrador es el depositario del hartazgo hacia el gobierno actual y el sistema, y «se le tiene miedo» a López Obrador. No hay medias tintas con el candidato, no son muchos los que se atreverían a decir: «pronostico que AMLO no gobernará muy bien pero no ocurrirá una catástrofe» o «la presidencia de AMLO será medianamente aceptable» aunque esos escenarios bien pueden plausibles. 

    El efecto de la polarización, generada tanto por el tabasqueño con su discurso como por sus críticos acérrimos con las campañas de contraste, ha acentuado estas posturas. Unos esperan un cambio profundo y otros una tragedia. Eso también explica por qué la postura hacia López Obrador suele ser más dura e incluso rayar en el fanatismo en muchas ocasiones, mientras que los otros dos candidatos casi no generan emociones ni de una simpatía extrema ni de un fuerte rechazo, sino más bien de indiferencia, cierto desprecio o más bien como vía para ejercer el voto útil contra AMLO.

    Este sesgo de confirmación no es necesariamente producto de la ignorancia, ya que es posible verlo hasta en los más eruditos quienes hacen juicios de los candidatos con base en sus posturas ideológicas. Esta irracionalidad tal vez tenga algún sentido de existir ya que es muy complejo y difícil pronosticar bien a bien cómo es que un candidato va a gobernar, y sólo es posible tener una vaga aproximación con información limitada porque ni siquiera conocemos el entorno en el que gobernará.

    Una forma de tener alguna aproximación es analizando las propuestas y corroborar que estén bien sustentadas. Para saberlo será, en muchos casos, necesaria la opinión de expertos en el tema de quienes debemos esperar que algún tipo de sesgo no tuerza la evaluación ya que prácticamente nadie tiene la preparación en todas las áreas en las que un Presidente gobernará. Habrá que ver si están realmente dispuestos a cumplirlas o son actos de propaganda; y si están dispuestos a hacerlo, habríamos de preguntarnos si habrá la posibilidad política de aplicarlas (por ejemplo, reformas que necesiten una mayoría en el Congreso). 

    Importa, sí, el historial del candidato y su reputación. Pero aunque sea buena o mala, tampoco sabemos bien a bien cómo podrá reflejarse en su gestión. Hay atributos que pueden ser vistos como malos pero que en ciertos contextos podrían llegar a ser buenos. Me viene la mente cuando a Anaya se le acusa (con razón) de haber traicionado a otros políticos para salirse con la suya. Esa agudeza política no siempre será nociva, en ciertos contextos podría incluso generar algunos aciertos. 

    Entendiendo todo esto, podemos concluir que emitir un voto racional es más bien complicado. Y ya que la realidad objetiva en esta cuestión es difícil de alcanzar y evaluar dada su complejidad, las subjetividades y las emociones juegan, sí o sí, un papel muy importante. Aunque esta imposibilidad no significa que nos dejemos llevar completamente por las emociones, sino reconocer nuestras limitaciones y procurar acercarnos a la realidad objetiva lo más posible, aunque no la alcancemos del todo.

    Si se le viera desde un punto de vista racional y pragmático, un solo voto no vale casi nada. A menos que la diferencia entre los dos punteros sea de un solo voto, el voto de una sola persona no alterará el resultado de la elección. Pero en realidad muchos de los electores están deliberando y discutiendo su forma de votar durante toda su campaña y, pasados los años, recuerdan muy bien por quienes votaron (al menos los cargos muy importantes). Debe haber necesariamente un componente emocional para que la gente salga a votar.

    Un voto también es una forma de reafirmarse personalmente, es también una suerte de expresión personal. Cuando una persona vota por tal o cual candidato reafirma ciertos valores o intenta mandar un mensaje. Su voto casi no hará diferencia, pero sentirá un placer dentro de su organismo cuando vote por un candidato para votar al sistema o cuando vote en contra del otro candidato. También alimenta su sentimiento de pertenencia, lo cual es fácilmente demostrable en las redes sociales donde se crean facciones: «los chairos contra los fachos o derechosos». Votar es pertenecer a algo, a una forma de percibir y concebir la realidad, percepción que está dada por factores culturales, de historia personal y hasta genéticos, donde algunos valores tienen prioridad sobre otros: algunos se preocupan más por la libertad que por la igualdad y viceversa.  

    Cuando una persona cuestiona a otra y le dice: «qué pendejo, cómo votaste por Anaya», no sólo está haciendo un juicio de su voto, sino de su persona, porque su forma de votar podrá reflejar algo de su persona e incluso se atreverá asumir atributos que tal vez ni siquiera la otra persona posee. Incluso evaluamos las subjetividades de la otra persona por medio de nuestras subjetividades propias. Por eso es que un ínfimo voto que por sí mismo no cambia ninguna realidad puede llevar a mucha gente a perder amigos o hasta familiares. 

    A menos que una persona piense votar por un candidato porque tiene un gran deseo de afectar a otras personas (por ejemplo, votar por un candidato que deseé atentar contra la integridad o dignidad de algún sector social), hacer un juicio sobre la integridad de una persona tan sólo por su intención de voto es un acto irresponsable. 

    Por eso es importante recordar que, antes de juzgar a otra persona por su forma de votar, recuerdes que es muy posible, si no es que seguro, que las emociones también estén teniendo una influencia sobre tu voto.

  • Análisis del segundo debatín chafín

    Análisis del segundo debatín chafín

    Análisis del segundo debatín chafín

    ¿Cómo poder reseñar un debate tan aburrido, tan deplorable y tan decepcionante como el que tuvimos? No fue el formato, no fueron los moderadores (aunque creo que Yuridia no estuvo a la altura), fueron los candidatos. Estimados, tenemos unos candidatos deplorables y no entiendo como algunos se dan el lujo de perder amigos y hasta familiares por defenderlos. 

    ¿Quién ganó el debate? Es una pregunta muy debatible y compleja de responder, pero lo que sí estoy seguro es que el gran perdedor es México.

    Vamos al grano. Lo primero que tengo que decir es que ninguno aportó gran cosa en materia de política exterior. Es un tema demasiado importante dada la coyuntura de nuestro país (con el TLCAN en plena negociación) y ninguno estuvo a la altura, ni siquiera Meade quien tiene experiencia como canciller. Fue terrible, puros lugares comunes, puras palabras al aire. Puras acusaciones, peleas dignas de un patio de primaria. ¡Vaya! Un circo terrible.

    López Obrador

    A mi parecer López Obrador fue el ganador. No porque sea bueno debatiendo, no porque tenga las mejores propuestas. Simplemente porque tenía que ir a conservar su ventaja, y todo parece ser que así va a ser. Me preocupa que el candidato de MORENA no sepa ni un ápice de política exterior, es un ignorante del tema, no sabe absolutamente nada y ni su larga experiencia como político lo ha motivado a aprender algo. También preocupa su escasa agilidad mental, la cual se nota incluso cuando intenta hacer chistes. Básicamente me preocupa que quien será, casi con toda seguridad, nuestro próximo presidente, tenga carencias en cuestiones tan elementales. Me preocupa que recursos como ese de «Ricky Riquín Canayín» le funcionen y le aplaudan por eso. Son patéticos pero funcionan.

    A López Obrador le fue bien por dos cosas: primero, porque sus contrincantes desperdiciaron muchas oportunidades para noquearlo; y segundo, porque AMLO se mostró más despierto y sonriente en el debate, cosa importante después de haber sido criticado por, supuestamente, tener problemas de salud. A pesar de que Anaya logró hacerlo enojar alguna vez, AMLO enrareció el debate con sus ocurrencias y eso hizo que muchas de las críticas quedaran fuera de foco. El recurso de la cartera le funcionó muy bien, así logró esquivar lo que hubiera sido un golpe de Anaya quien se regresó frustrado a su lugar. 

    A pesar de su torpeza al hablar y su ignorancia en temas puntuales, AMLO mueve sentimientos y lo hace muy bien cuando está de buenas. 

    Ricardo Anaya

    Sí, fue el que debatió mejor, el que llegó más preparado, quien llevó más libros, apuntes y láminas. Pero en un debate presidencial no siempre gana el que debate mejor sino quien rentabiliza el debate a su favor y Anaya no lo logró. 

    Ricardo Anaya tenía que ir a buscar el voto blando de Andrés Manuel, ese voto que ganó en los últimos meses y que no está compuesto por incondicionales. Para eso tenía que lograr tres cosas: 1) Presentarse como antisistema, 2) Asestarle golpes contundentes a AMLO y 3) Crecer por méritos propios:

    Anaya sólo logró lo primero. Mantuvo una crítica con el gobierno actual y eso estuvo bien. De hecho, al principio creí que, aprovechando la ignorancia de López Obrador en materia de política exterior, Anaya se comería a López Obrador, pero no ocurrió, lo cual nos lleva al segundo punto: 

    Anaya no logró noquear a AMLO, lo logró hacer enojar una vez pero nunca lo tumbó. En algunos casos los golpes fueron poco certeros y López Obrador logró darles la vuelta con sus chistes o en alguna ocasión con uno que otro argumento. Ricardo Anaya mintió en ocasiones cuando hizo algunas de sus acusaciones y llegó a ser exhibido por ello. 

    El panista tampoco logró crecer por sus propios méritos. Yo había dicho anteriormente que debajo de su elaborada retórica no hay mucha sustancia y eso quedó, a mi parecer, muy evidente en este debate. ¿Por qué quiere ser Anaya presidente? ¿Como sería su gobierno? ¿Con quienes trabajará? ¿Cómo piensa Anaya? No respondió esas preguntas y su persona sigue generando incertidumbre. Pero aún para él. A pesar de ser elocuente, no inspira confianza. Su lenguaje corporal tiene rasgos esquizoides, su sonrisa y sus expresiones de la cara son muy falsas.

    Si he dicho que con una eventual presidencia de López Obrador podría haber algunos riesgos, no podría decir lo opuesto de Anaya. Al no resolver todos estos dilemas, veo muy difícil que logre alcanzar a AMLO en las encuestas.

    José Antonio Meade

    El candidato del PRI mejoró bastante. Se vio más elocuente y supo hilar argumentos de mejor forma. Se veía que venía entrenando y su mejora ya se palpaba en los últimos programas a los que lo invitaban a participar. Pero creo que no fue suficiente, sobre todo porque no logra o no quiere desligarse del corrupto gobierno de Peña Nieto y porque ya es demasiado tarde. La idea de que la elección es entre Anaya y López Obrador ya quedó impregnada en la cabeza de la mayoría de los electores. 

    Lo que sí podría criticar de Meade es que, a pesar de haber sido canciller, no mostró muchas tablas ni un gran conocimiento en el tema. En ese sentido, también desperdició una oportunidad. Concuerdo con quienes dicen que es el mejor candidato (el problema es el partido que lo postula) pero nunca logró exhibir del todo su amplio conocimiento sobre el tema. Veo muy difícil que logre salir del tercer lugar en donde está estancado. 

    El Bronco

    Una vergüenza. No puedo decir más. 

    Conclusión

    El debate no va a mover muchas cosas. En las encuestas que ya han sido publicadas y que preguntan quién fue el ganador del debate Anaya aparece en un primer lugar, pero apenas por encima de AMLO. Anaya tenía que generar la percepción de que su triunfo fue contundente (cosa que había logrado en el primer debate) para rentabilizarlo con una estrategia posdebate. Lamentablemente no lo logró, se quedó a medias cuando tenía que dar el estirón para alcanzar el voto blando de AMLO, ese que vale doble.

    No sé si este arroz ya se coció pero creo que el resultado de este infame debate pone a López Obrador cada vez más cerca de la presidencia. Lo único rescatable fue el formato. Por lo demás, los mexicanos deberíamos reflexionar y preguntarnos por qué es que tenemos candidatos tan mediocres. 

    Esta es nuestra realidad y el debate (si es que se puede llamar así) nos lo recordó, y esos son los candidatos que van a estar en la boleta.