Categoría: política

  • AMLO ¿Responsabilidad o crisis económica?

    AMLO ¿Responsabilidad o crisis económica?

    AMLO ¿Responsabilidad o crisis económica?
    Flickr / Presidencia de la República.

    Carlos Urzúa, el secretario de Hacienda en el gobierno de AMLO, es una de las personas que nos dejan respirar cierta tranquilidad porque su apuesta es manejar la economía de una forma responsable. Él es un economista preparado y sensato en medio de un gobierno donde la ocurrencia y la excesiva improvisación afloran.

    El problema es que parece haber una discrepancia entre el conservadurismo fiscal de Carlos Urzúa y todas las «promesas» que se votaron en la segunda consulta que incluyen becas, pensiones, refinerías, trenes. Es imposible llevar a cabo todo lo que se votó en la consulta porque el país no tiene la capacidad económica para ello.

    AMLO tendrá de dos sopas: escuchar a Carlos Urzúa y resignarse a que muchos de los programas y proyectos no se van a llevar a cabo, o bien, prescindir de Carlos Urzúa, al igual que hiciera López Portillo con su Secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles, lo cual puede hacer con un tronar de dedos. Despedir a un Secretario es de lo más fácil, a lo largo del tiempo, los presidentes ponen y quitan miembros de su gabinete de acuerdo al contexto político. 

    AMLO piensa ingenuamente que, al acabar con la corrupción, habrá dinero para todo ello. Cree que todo ese dinero que hasta ahora se roban bastará para financiar todo aquello que AMLO ha prometido y que «el pueblo» ha votado. El problema, además de un mal cálculo de las cuentas, es que la corrupción no va a desaparecer solo con la voluntad del presidente, de hecho no lo pudo hacer cuando fue Jefe de Gobierno (recordemos a Bejarano o a Imaz). Peor aún, la confianza de los mercados para invertir se está deteriorando con las decisiones que el Gobierno Electo ya ha tomado, por lo cual el crecimiento sería todavía menor al pronosticado. 

    ¿Ser responsable en lo económico o quedar bien con sus bases que son las que le dan legitimidad a su gobierno? Apuntar a lo primero podría terminar debilitando su gobierno, sobre todo en las elecciones intermedias cuando muchos de sus fieles, decepcionados porque su gobierno no esté haciendo mucho de lo que «el pueblo» decidió, opten por otra opción. La mejor forma para que AMLO retenga la mayoría en las cámaras es que se vea que «sí está haciendo las cosas» que se vea como avanza el Tren Maya o cómo los estudiantes reciben becas o los adultos mayores pensiones. Apuntar a lo segundo podría implicar una crisis económica. Y, a mi juicio, me parece un poco más probable que AMLO se vaya por la segunda opción que por la primera.

  • Improvisación sobre una presidencia en MX menor

    Improvisación sobre una presidencia en MX menor

    ¿Les soy honesto? Me ha sido difícil seguirle el hilo a López Obrador en estos últimos días.

    Nos lo ha dejado muy difícil a quienes queremos interpretar qué es lo que quiere en realidad. AMLO últimamente ha estado enviando mensajes muy vagos y tan contradictorios que ponen los pelos de punta a más de uno.

    AMLO primero nos decía que se iba a lanzar contra los ex presidentes corruptos, luego prometió la amnistía. Ya como Presidente Electo nos dijo (incluso el mismo día) que sometería a consulta la persecución a dichos ex presidentes corruptos para luego decirle a Carmen Aristegui que no se debe perseguir a los de arriba porque eso significa conspirar contra la estabilidad del país. 

    Nos dijo que regresaría el ejército a sus cuarteles pero después nos dijo que siempre no, que se dio cuenta «cómo estaba la cosa realmente» e incluso dio un paso adelante a la estrategia que ya había seguido Calderón y Peña Nieto. 

    Todo esto sucede mientras los mercados se comportan de forma errática producto de decisiones polémicas suyas o de declaraciones de sus cercanos que luego él sale a desmentir (como el asunto de las comisiones de los bancos). Además, las señales de ambigüedad que AMLO envía no abonan mucho a la causa porque lo único que hacen es generar más incertidumbre.

    Preocupa también su desdén a la eficiencia en favor de la postura ideológica. Por ejemplo, que no quieran a nadie del ITAM en Banxico por la «ideología» de esta institución, sin importar si alguien de ahí pueda tener las credenciales. Tal vez pueda ser cierto que esa institución haya estado sobrerrepresentada y que se quiera dar un cambio de giro a la forma en que opere el Banco de México, es válido. Pero de ahí negar a priori la entrada a cualquier candidato tan solo por su universidad de origen solo refleja el desdén hacia el mérito. 

    Y podemos percatarnos del mismo patrón si hablamos de la postura de sus correligionarios en el Congreso hacia las afores o el mismo asunto del aeropuerto de Texcoco. AMLO siempre ha mostrado un desdén hacia la tecnocracia, pero eso no implica que decisiones tan serias deban de ser tomadas desde la ocurrencia y la improvisación. Que su gobierno apueste a ser más de izquierda no implica que propongan cualquier cosa, sino que quienes estén encargados de los asuntos de economía y políticas públicas sepan lo que están haciendo.

    Yo nunca he pensado (y no pienso) que AMLO vaya a ser un Hugo Chávez mexicano. Mi temor siempre ha tenido que ver con el hecho de que su gestión se vuelva ingobernable producto de la excesiva improvisación, la impulsividad, la ausencia de sentido común cuando se trata de asuntos técnicos o económicos o la desorganización. 

    Y vaya que AMLO está dándole mucha cuerda a mi temor.

    Uno podría haber pensado que esas ambigüedades irían menguando después de la campaña, que ya se iría tomando las cosas en serio conforme se aproximara el día en que reciba la investidura presidencial. Pero parece que está ocurriendo más bien lo contrario, conforme se acerca el día, menos certidumbre genera y amenaza con agravar el problema cuando ya se siente en la silla presidencial.

    Una presidencia basada en la improvisación y en la ocurrencia no es cualquier cosa. así como todos los caminos llevan a Roma, todos pueden llevar a una crisis política y económica, y no es necesario tomar la «ruta de Chávez», la ruta de la improvisación y la ocurrencia también te permite llegar ahí en un corto lapso. Un gobierno así puede traer consecuencias nefastas para el país ya que si algo deberían tener muy en claro es que deben conocer bien el arte que implica controlar todas las variables económicas, políticas o sociales. A veces basta un mal movimiento para que sus consecuencias sean percibidas por toda la población. Si hasta los más estudiosos y los más reconocidos llegan a fallar, ¿qué podemos esperar de políticas públicas que no fueron producto de investigación o rigor alguno? 

    Y estoy de acuerdo con AMLO en que ya no puede haber tantos privilegios al amparo del Estado ni tantos enriquecidos gracias a estos vicios. Pero el problema no es lo que quiera, sino cómo lo quiere hacer. El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. 

  • Adios Peña

    Adios Peña

    Adios Peña

    El tiempo pasa rápido, pareciera que fue ayer cuando Peña Nieto había llegado al poder y que sabíamos faltaban seis largos años donde podían ocurrir un montón de cosas desagradables (predicción que no fue muy lejana a la realidad). Pero, conforme uno crece, parece que el tiempo avanza de forma cada vez más acelerada. Ya estamos viendo los últimos días del peñanietismo, de un presidente que no se ha ido formalmente pero que, al parecer, con las cámaras en manos de MORENA y su alejamiento de los reflectores, en la práctica ya ha dejado el poder.

    En pocos días se va un presidente que se despide con una popularidad que se encuentra por los suelos, cuyo desempeño fue diametralmente opuesto al que tuvo como candidato, donde gracias a su figura y a la construcción que se hizo de él como personaje de telenovelas, logró acaparar muchos votos.

    La de Enrique Peña Nieto fue una candidatura que se fue construyendo desde años antes con el fin de que el PRI regresara al poder y tal vez se mantuviera ahí por mucho tiempo. Muchos advertíamos años antes de las elecciones de 2012 que él sería el siguiente presidente, para que con la ayuda de su personaje y de las estructuras del partido, regresaran casi sin problemas, a pesar de las manifestaciones que ocurrieron en su contra, del surgimiento del movimiento #YoSoy132 que ciertamente redujo la distancia que tenía con el ahora presidente electo Andrés Manuel López Obrador; aunque tampoco lo suficiente como para poner su victoria en entredicho, la cual ciertamente estuvo plagada de muchas irregularidades, sobre todo lo que tiene que ver con la compra de votos.

    Pero no es lo mismo ser un candidato que gobernar: fue tan buen candidato como fue mediocre presidente. El de Atlacomulco incluso llegó generando ciertas expectativas con el Pacto por México, pero después se desinfló, en gran medida producto de sus errores y, sobre todo, por los escándalos de corrupción en los que estuvo involucrado.

    Pero no solo eso, durante todo este tiempo vimos a un presidente que parecía estar ausente, que no parecía ejercer ninguna suerte de liderazgo. No vimos nunca a alguien que se pusiera a la altura de su cargo, sino a alguien más bien reactivo ante las circunstancias (y si es que reaccionaba, porque recordemos los tantos días que tardó en dar una declaración alguna sobre la masacre de Ayotzinapa).

    Para la mala fortuna de Peña Nieto, él será recordado más bien por sus tropiezos, por sus errores tragicómicos que dieron vasto material para crear memes y parodias. Posiblemente Peña sea más recordado por el «infraestructochur», por los libros cuyos títulos no recordaba, por «la cogida», por la frivolidad de él y su familia, por la Casa Blanca o por su tesis falsificada que por ser el artífice de unas reformas que, en muchos de los casos, tuvieron problemas en su implementación. Peña quiso convertirse en el presidente transformador, pero su falta de liderazgo y presencia, su involucramiento en actos de corrupción o su displicencia ante la masacre de Ayotzinapa destruyeron todas sus pretensiones. 

    Una vez que has perdido la confianza de los ciudadanos, una vez que ya se han hecho una idea de ti (sobre todo cuando esta es negativa) ya no hay mucho qué hacer. En todo este sexenio, Peña Nieto nunca fue capaz de presentarse ante públicos masivos, con excepción de las primeras ceremonias del Grito de Independencia (ya que las subsiguientes, debido a su escasa popularidad, tuvieron que ser rellenadas con acarreados del Estado de México), incluso parece que vivió todo este tiempo dentro de una burbuja donde solo tenía contacto con sus asesores y su equipo de comunicación que sugerían que se subiera a Twitter una foto con las calcetas para «aclarar el asunto del #Calcetagate».

    Construyeron a Peña para traer al PRI de regreso, pero, a pesar de que lo lograron, ahora el PRI está casi muerto. Peña fue una muy buena inversión a corto plazo, pero una bastante peor a largo plazo. Desde luego varias personas se enriquecieron dentro de su mandato, pero muchas de ellas (excepto las que hayan saltado a MORENA) ya no podrán seguirlo haciendo más. 

    Así se va un presidente que seguramente, al terminar su mandato, desaparecerá del foco público, incluso anunció que dejará la política. Difícilmente tendrá un papel activo como lo tiene Vicente Fox (con todas sus ocurrencias) y ni siquiera como Felipe Calderón que ha mantenido un perfil relativamente bajo pero sin desaparecer de la escena. Tal vez porque, a diferencia de ellos dos, nadie se siente representado por Peña Nieto, nunca ejerció alguna forma de liderazgo, nunca inspiró a nadie. 

    Adiós Peña Nieto, siento decirte que no, nadie te extrañará. Posiblemente ni los que comparen el régimen de AMLO con el tuyo si es que las cosas se ponen mal. 

  • La segunda consulta, maldita consulta

    La segunda consulta, maldita consulta

    La segunda consulta, maldita consulta

    No sé cuál de mis dos sentimientos es el que se está expresando con más fuerza: si la molestia o la profunda preocupación.

    Lo sé es que, al ver el contenido de la boleta de la segunda consulta que se llevará a cabo este 24 y 25 de noviembre, no puedo sentir algo mejor que eso.

    No puedo sentir algo mejor que eso ante este cinismo y el descaro. Y tampoco puedo sentir algo mejor que eso si así es que se va a gobernar, a través de consultas a modo.

    Uno esperaría que mejoraran el diseño de la consulta a raíz de todos los errores metodológicos y de ejecución de la primera. Pero eso no ocurrió. Por el contrario, la boleta da a entender que el diseño de ésta será todavía peor al de la primera, sin ignorar el hecho de que los organizadores van a ser los mismos. 

    En la primera consulta, aunque con un sesgo claro, al menos se ponían los pros y los contras de las opciones que se estaban votando. Aquí no ocurre porque en la boleta solo se habla de los beneficios de los proyectos que se van a votar. Esto va completamente contra la naturaleza de lo que una consulta ciudadana debería de ser, con lo cual lo único que está haciendo es pervertir este mecanismo de participación ciudadana. 

    Peor aún, el anverso de la boleta, que en este caso se ha convertido en propaganda para votar a favor de todas las propuestas, colocan información falsa y engañosa, como afirmar que el Tren Maya no va a tener impacto medioambiental alguno ¿de verdad? Naturalmente, ya sabemos qué resultados van a ganar porque la consulta está diseñada específicamente para ello. Tanto, que el Tren Maya ya tiene fecha de inicio de construcción (y ni siquiera parecen existir estudios técnicos para ello).

    Otro problema que me preocupa es que López Obrador pretenda legitimar y diluir la responsabilidad de sus decisiones por medio de una consulta simulada cuyos resultados ya conoce de antemano. ¿Crisis? Ustedes legitimaron mis decisiones. Si gana el sí en todas las propuestas y AMLO se aferra a «hacer valer la voz del pueblo» entonces estaremos en serios aprietos porque no sé cómo se podría costear la implementación de todos estos programas sociales, proyectos y obras al mismo tiempo, o tendrán que ser de tan baja calidad que hasta el socavón podría ser considerado una obra de ingeniería avanzada comparado con las obras del sexenio que viene. Naturalmente, estos inconvenientes no aparecen en la boleta. 

    ¿Por qué se va a consultar todo? Bueno, porque López Obrador dice que «nuestros adversarios, los conservadores, me están convocando a que yo consulte y pregunte sobre todo«, porque lo critican por usar la consulta para lo que los conviene. López Obrador está usando esta herramienta también para polarizar más a la sociedad y crear un conflicto entre el pueblo bueno y los pirrurris-fifís-mafia-del-poder: nosotros los buenos contra ustedes los malos.

    Esta consulta es una burla, sobre todo al «pueblo bueno» que dice representar, porque le hace sentir que está participando cuando en realidad no va a tener voz alguna en el gobierno de López Obrador: él los hará sentir como si ellos fueran parte de las decisiones y de la historia de la cuarta transformación cuando en realidad serán ignorados por su gobierno. Es como cuando le desconectabas a tu hermanito el control del Nintendo para que sintiera que estaba jugando, pero en realidad no estaba jugando.

    Dicho esto, los de las clases acomodadas, los empresarios (excepto los cercanos y los convocados por él mismo que, dicho sea de paso, son los más impresentables y los que más críticas recibían por parte de los suyos), los medios de comunicación, las organizaciones civiles que no tengan una relación estrecha con MORENA, los columnistas, los técnicos, los especialistas, todos serán ignorados y amalgamados dentro del concepto de «fifí» o de «conservadores». También ignorará a los suyos, pero hará como que les hace caso para que se pongan de su lado. Al final será su voluntad la que decida y nada más. 

    Porque, al parecer, es un gobierno que buscará venganza y no justicia. Se palpa en el aire e incluso dentro de sus cercanos y sus más fervientes simpatizantes y allegados que muestran cierto tufo de superioridad moral. Y gobernar con la venganza suele ser algo muy peligroso. 

  • Polarización

    Polarización

    Estoy de acuerdo en que se deba gobernar pensando en los pobres e incluso que sea prioridad para el gobierno.

    Estoy de acuerdo en que la clase política ha sido, en general, poco sensible ante los sectores menos privilegiados de nuestro país, a los cuales no ven más allá de valores numéricos, o bien ven como votos que se pueden acarrear o si es que les importa en lo más mínimo.

    Estoy de acuerdo en que, de la misma manera, la estructura social no abona mucho para que los pobres tengan oportunidad de dejar su condición. En cuestión de movilidad social estamos más abajo que cualquier país desarrollado.

    Estoy de acuerdo en que parte del sector más privilegiado (aunque no puedo generalizar y decir que todos así son) no lo es por el mérito, por el talento, el trabajo duro o la competencia, sino por los compadrazgos, los favores, etc, y que esa es una de las razones por la cual la movilidad social es casi nula. Por tanto, estoy de acuerdo que ese vicio debe romperse y esos privilegios deben terminar. 

    Pero eso no significa que se deba polarizar a la sociedad y acrecentar un conflicto de clases que ya se muestra latente, menos significa que haya que estigmatizar a dichos sectores y ponerle etiquetas de buenos o malos. Los ricos no son ni más buenos ni más malos que los pobres, la única diferencia estriba en que sus decisiones, buenas o malas, generan un mayor impacto dentro de la población dado que su posición social tienen más poder. Pero la corrupción, la tranza, todo ello existe en todos los niveles socioeconómicos.

    Entendiendo esto, lo que se tiene que hacer es crear un Estado de derecho donde nadie pueda estar encima de la ley, donde la gente de dinero no tenga ninguna preferencia ante la ley, donde quienes tienen dinero lo tengan por mérito y no por favores y donde la estructura social no les impida a los pobres avanzar para abandonar su condición, donde puedan tener las herramientas para superarse y que ahora no tienen como una buena educación, que tengan un techo mínimo.

    No nos engañemos por quienes polarizan a la sociedad. A los que aspiran a la división, como bien decía Orwell, no les importan los pobres, solo odian a los ricos y ya.

  • No te has dado cuenta quién manda aquí

    No te has dado cuenta quién manda aquí

    No te has dado cuenta quién manda aquí

    No importa si se ha cancelado un aeropuerto, si se perdió una oportunidad de desarrollo. López Obrador le dio a los mexicanos lo que la mayoría de ellos pedían: un golpe de autoridad. 

    López Obrador lo sabe, no es tonto. 

    Eso es lo que muchos no han entendido. Muchos siguen insistiendo en lo mismo, le dan vueltas, intentan entender al tabasqueño desde la perspectiva equivocada. 

    Dentro de los gobiernos mediocres como los de Peña, Calderón o Fox, donde si bien se mantuvo cierta estabilidad económica (del disfrute más bien de las clases medias y altas) poco se logró para paliar las otras demandas: aquellas relacionadas con la injusticia y dentro de las cuales se amalgaman no solo la desigualdad, sino la corrupción y la viciosa relación entre el poder político y el poder económico. De hecho, separar ambos poderes sí es un imperativo, le concedo la razón a AMLO. Lo cuestionable son las formas. 

    A muchos nos parece absurdo y contradictorio, pero en lo político, la maniobra de AMLO no es necesariamente absurda. Porque no importan tanto las formas. Los que nos estamos quejando por la metodología de la consulta y la simulación somos los de siempre, y no somos todos. Tal vez seamos más bien una minoría.

    López Obrador no les está hablando a todos, les está hablando a quienes tiene que hablarle, a esa masa que lo apoya, masa suficiente para mantenerse en el poder con cierta legitimidad. Y eso es lo que muchos no terminan de entender.

    Si AMLO se hubiera desdicho de su promesa de cancelar el NAICM, habría quedado mal con quienes necesitaba quedar bien. Tal vez incluso él sepa eso, que la cancelación podría no haber sido la opción más conveniente en términos económicos o de desarrollo. Pero si hubiera priorizado ello, tal vez habría perdido más legitimidad que la que pudo haber perdido con su manotazo. Muchos analistas no lo entienden porque viven en una burbuja en donde dentro de sus círculos sociales todos piensan que AMLO se dio un disparo en el pie. 

    Muchos de los analistas todavía no terminan de entender en qué época del mundo vivimos, en uno donde hay una fuerte crisis de representatividad y donde la gente está votando cada vez más por líderes más bien duros y políticamente incorrectos. Parece que no han entendido el mensaje. 

    Los demás actores pensaron que podían seguir viviendo en la justa medianía manteniendo el orden de las cosas: políticos, empresarios, algunos opinadores y hasta dizque intelectuales. Creían que no importaba la alta concentración de riqueza, la cantidad de corrupción existente, no se dieron cuenta que su sistema comenzaba a gotear (algo parecido a lo que le pasó a la izquierda brasileña con sus propias particularidades) y que la clase política se mantenía inerme.

    Ante ello, un líder que llegue y de un manotazo de autoridad es aplaudible por muchos. Es tiempo para el demagogo en una época donde los técnicos, los especialistas y los del dinero se vieron rebasados por la realidad. Es tiempo para el que se muestra como diferente, para el que se «atreve a decir las cosas», para el que no se guarda sus pensamientos, para el que se le percibe directo y sin pretensiones. La gente no quiere a alguien con un doctorado, sino con una gran cantidad de voluntad para cambiar las cosas (aunque eso no garantice que los resultados no sean nefastos).

    Parece que están juzgando a López Obrador desde una arena que, con su llegada, acaba de colapsar. 

    Por eso dio su manotazo. El mensaje es claro: a partir de ahora las cosas van a ser distintas.

    Y eso era lo que muchos querían escuchar, por eso muchos votaron por López Obrador. 

    Y por eso yo lo dije en este espacio desde hace años, se veía venir, era el candidato natural a la Presidencia. Muchos no me creyeron.

  • La consulta: La farsa que nos Riobóo la voz a los ciudadanos

    La consulta: La farsa que nos Riobóo la voz a los ciudadanos

    La consulta: La farsa que nos Riobóo la voz a los ciudadanos
    Foto: Agencia EL UNIVERSAL/Luis Cortés

    López Obrador nos presenta a la democracia participativa, la vende como si fuera una suerte de evolución de la democracia mexicana y como si la democracia representativa (donde se vota por representantes que toman decisiones nuestro nombre) se tratara de un modelo más obsoleto de democracia; como si el hecho de «consultar» implicara transitar a una forma más justa y sofisticada.

    Nos dice que las consultas van a ser el pan de cada día: todo se va a consultar, el aeropuerto, los derechos de las minorías, todo; el pueblo es el que decide y el que manda. No es la primera vez que AMLO pretende romper con las formas de la política actual, ya lo había hecho con esas tómbolas inspiradas en la democracia de la Grecia Antigua. 

    En su puesta en escena, el Presidente Electo nos pinta un escenario idílico donde la gente parece tener más injerencia en lo público que antes, que puede acceder al servicio público o incluso a la educación no por mérito sino por sorteo. Pero todo esto es una ilusión, y el propio López Obrador lo sabe. 

    Es una ilusión porque las consultas, propias de la democracia participativa, deben de estar diseñadas y ejecutadas de tal forma que estas se lleven a cabo dentro de una condición de equidad que en este caso no existe y por muchas razones. Primero, porque no estuvo diseñada para que cualquier persona que estuviera interesada en el tema participara, sino para incentivar la participación de aquellos que iban a votar de una forma que convenía a los intereses del gobierno entrante. Segundo, porque los dos proyectos no fueron votados en una condición de equidad: hablamos de una obra como la de Texcoco que ya es conocida por todos, que ya tiene estudios, de la cual ya se conocen muchas de sus ventajas y desventajas contra la propuesta de Santa Lucía que no tiene proyecto ejecutivo siquiera y que no es más que una idea. Tercero: porque la boleta, sobre todo en el anverso, mostró un sesgo en favor de Santa Lucía, donde varias de sus desventajas eran «posibles» en tanto que las de Texcoco eran más bien categóricas. Cuarto: porque no habían filtros para garantizar la limpieza de la consulta; porque muchas personas pudieron votar más de una vez, porque lo podían hacer con la credencial vencida, porque la tinta no era indeleble, porque en algunos casos los organizadores los inducían a votar por la opción de Santa Lucía. Quinto: porque los resultados de la consulta difieren rotundamente de las encuestas que se realizaron y que arrojaban en su gran mayoría que la gente prefería Texcoco. La discrepancia fue de más de 30 puntos. 

    No se le puede llamar democracia participativa a un ejercicio donde deliberadamente el gobierno induce a votar de una u otra forma. Para que una democracia participativa funcione, el gobierno debe tomar una postura neutral en el ejercicio y el árbitro debe de ser autónomo. Ninguna de esas dos cosas ocurrieron.

    La democracia participativa, bien realizada, puede funcionar en algunos casos específicos, sobre todo en aquellos que los ciudadanos conozcan el asunto que van a votar o sea posible informarles de buena forma sobre aquello que se va a votar para que tengan los elementos suficientes como para tomar una decisión bien pensada, pero no se trata siquiera de una evolución sino más bien de un complemento a la democracia representativa. Aún así, pueden ocurrir casos en los que, a pesar del buen diseño del instrumento, la consulta termine siendo inconveniente, ya sea porque los individuos no tienen la información suficiente para votar (debido a la complejidad de aquello que se somete a votación), porque el votante prioriza sus afinidades políticas sobre la información que debería valorar a la hora de votar o porque la forma en que se socializó aquello que se va a votar fue deficiente. El Brexit es un ejemplo de lo que puede ocurrir cuando se somete algo a consulta cuando lo que está en juego tiene implicaciones muy complejas. 

    Pero a pesar de todos estos inconvenientes, AMLO ya nos prometió que va a someter a consulta cualquier cosa y que éstas van a ser una constante en su gobierno. Por eso más que nada preocupa la pésima ejecución de la consulta actual. Porque el mensaje que ha enviado es que pretende hacerlas con la intención de diluir su responsabilidad sobre las decisiones que tome: el pueblo así lo quiso y por tanto es responsable, no me miren a mí. 

    Si algo puedo decir a favor de la consulta, es que logró socializar y poner dentro de la discusión pública el tema del aeropuerto. Esta logró que se crearan mesas de debate, que la gente investigara, indagara, buscara información de especialistas, de ingenieros, arquitectos, ambientalistas. Vaya, la gente sabe mucho más del aeropuerto y sus implicaciones que lo que hubiera sabido si la consulta no se hubiera llevado a cabo. Tal vez es por esto que hay cuestiones que sí se podrían someter a consulta, pero no todo se puede someter a consulta y mucho menos el gobierno puede estar diluyendo responsabilidades. 

    Es un engaño pretender que fue el pueblo quien eligió cuando diseñas las consulta de tal forma que los resultados coincidan con tu decisión. La gente que fue a votar no tuvo la culpa del resultado, no podemos cuestionar al pueblo cuando va a votar en una situación de inequidad. El único responsable de lo sucedido (tanto por la decisión del aeropuerto como por la farsa que ha resultado esta consulta) es el gobierno de AMLO. 

  • Bolsonaro y el arribo de la ultraderecha posmoderna

    Bolsonaro y el arribo de la ultraderecha posmoderna

    Bolsonaro y el arribo de la ultraderecha posmoderna

    Al mundo se le acabaron las narrativas.

    Tal vez sea la primera vez en varios siglos de historia en que las grandes narrativas, esas que le daban sentido a la vida de los seres humanos y que les ayudaban a explicar el mundo del cual eran parte, brillan por su ausencia en Occidente.

    Las dos narrativas más predominantes en nuestra región: las del cristianismo y el liberalismo, están cada vez más debilitadas; intentan sobrevivir ante esta vorágine que no solo se explica por los cambios políticos sino los económicos y los ideológicos que influyen en el tejido social, cambios que han dejado al mundo político, que sigue aferrado a una era industrial que ya no existe, completamente rebasado y que no ha hecho otra cosa más que improvisar sobre la marcha.

    Bolsonaro es una reacción a este complejo problema. El resumen sencillo y superficial (aún así válido) es el fracaso del régimen socialista que derivó en una crisis económica, de inseguridad y de corrupción. El más complejo es uno donde la gente ya no tiene una narrativa a la cual aferrarse porque las que había han quedado rebasadas y porque en este mundo tal acelerado, donde todo avanza rápido, y donde el individuo ha aprendido a ser escéptico ante todo y ante cualquier cosa, ha sido casi imposible crear una nueva o ya siquiera modernizar las que todavía no acaban de morir.

    Como dice Yuval Noah Harari, el individuo no interpreta el mundo a través de datos y hechos, sino a través de narrativas e historias. La religión le ha sido muy útil al individuo por mucho tiempo ya que lo simbólico le ha ayudado a interpretar al mundo. Cualquier persona sensata sabe que Jesús no convirtió de forma literal el agua en vino, pero sabemos que dichas historias guardan moralejas que le han servido a la gente para relacionarse con su entorno y para tener una estructura de valores éticos y morales. Luego vino el comunismo con su promesa de crear un mundo completamente justo e igualitario y, a su vez, el liberalismo creó una narrativa en torno a la libertad, el progreso y un futuro promisorio. Hoy no existe ninguna grande narrativa que le dé forma a la sociedad occidental.  Lo que hay en su caso es una antinarrativa que mira con ojos escépticos cualquier cosa que parezca una narrativa: la desmenuza, la interpreta y la deconstruye, pero no forma nada nuevo con aquello que desmenuzó. Esa narrativa pareciera ser por sí sola una narrativa, pero a la vez no lo es porque carece de fondo más allá de su carácter crítico y escéptico.

    La era posmoderna le dijo adiós al cristianismo, al liberalismo y al propio comunismo. Prometió la emancipación al individuo, la libertad de interpretar el mundo a su manera y bajo sus propias creencias sin necesidad de definirse como algo. 

    Lo que hay ahora son más bien pequeñas narrativas muy concretas y que no son necesariamente universales. Ni siquiera los movimientos relacionados con la izquierda como el feminismo, los colectivos LGBT, los ecologistas o los animalistas forman parte de una narrativa más grande.  Estos buscan deconstruir las grandes narrativas (o lo que queda de ellas) para resolver problemas muy concretos y relacionados con su causa. Las grandes religiones en Occidente, por su parte, dan paso a pequeñas iglesias (el propio Brasil es un claro ejemplo de ello) las sectas o al eclectisimo religioso sin ignorar el creciente agnosticismo y ateísmo.

    Bolsonaro no es nada ajeno a los influjos posmodernos (y lo mismo se puede decir de Trump o Putin). El virtual Presidente de Brasil, a diferencia de los fascistas con los que se le compara (de forma un tanto exagerada creo yo). no propone ni defiende narrativa alguna. Su postura, por más autoritaria que sea, está desprovista de un contenido ideológico concreto. Es homofóbico, misógino, cree en la tortura y en el libre mercado, pero no narra nada en concreto, no hay sustancia alguna. Por esto es que, a pesar de su ultraconservadurismo en cuestiones sociales, muchos brasileños que están a favor de estas causas sociales de las que él se burla votaron por él. Pareciera que estas posturas conservadoras son más bien contingentes y no esenciales, por eso muchos decidieron pasarlas por alto porque, además, ven la economía y la seguridad como algo más prioritario porque tienden a ser soluciones más básicas. En realidad no hay más esencia que la resolución de problemas muy concretos que tienen que ver con la crisis económica, política y de seguridad que vive el país.

    El surgimiento de personajes como Bolsonaro, Trump o López Obrador no son una salida al problema posmoderno, sino una exacerbación de éste. Al no existir narrativa alguna, no queda de otra que buscar soluciones pragmáticas e inmediatas. Por eso es que es muy difícil vaticinar como podría ser nuestro futuro (incluso el relativamente inmediato), porque vivimos en un mundo tan líquido, donde las innovaciones tecnológicas cambian día a día el entorno y las condiciones bajo las que nos movemos y donde amenazan hacerlo más con la tecnología artificial y el advenimiento de eso que llaman «la singularidad». 

    No sabemos siquiera si surgirá una nueva narrativa o más bien es que el dejarlas del lado sea una suerte de paso evolutivo de nuestra especie. El mundo actual, sobresaturado de información, es tan incierto, que no nos da siquiera un respiro para detenernos y terminar de analizar qué es lo que está pasando.