Categoría: política

  • Los Oscar, Hollywood y la agenda política

    Los Oscar, Hollywood y la agenda política

    Los Oscar, Hollywood y la agenda política

    Es completamente natural y entendible que haya un «sesgo izquierdista» (progre o liberal en el término estadounidense de la palabra) en el cine. Es entendible por varias razones:

    Las personas progresistas tienden a ser más abiertas al cambio, les gusta experimentar con lo nuevo, son más creativas, son menos metódicas y, en cierta medida, más desordenadas. Son menos disciplinadas (no en el sentido de que no se esfuercen, sino que son menos apegados a seguir estructuras y a autorregularse emocionalmente). Las personas conservadoras, por su parte, suelen ser más cuadradas, más tradicionalistas, más metódicas y más disciplinadas.

    Dicho esto, es muy entendible que sea a los progresistas a quienes les atraiga más el cine, la televisión y las artes. Eso no quiere decir que a un conservador no le pueda atraer (si no Clint Eastwood no haría cine), pero la proporción de los conservadores que se sienten atraídos por el cine siempre será mucho menor.

    Es entendible porque el cine y la televisión generalmente requieren expresión, experimentación y alejarse de la conformidad. Lo que no es innovador tiene pocas posibilidades de tener éxito. También el cine funciona como parangón para hacer crítica social (cosa que se les da mucho más a los liberales que a los conservadores).

    Por esto es común ver que sea en la televisión donde se promuevan cambios a las estructuras sociales como el matrimonio igualitario y la integración de los gays, y eso explica que los sectores conservadores generalmente suelan tener muchos recelos de los contenidos que se muestran en la televisión o en el cine a los cuales acusan de inmorales. Esto no ocurre porque exista una «gran conspiración» creada desde lo más recóndito para acabar con los valores morales, ello se explica tan solo por el hecho de que, al tener una mayoría liberal dentro del cine, básicamente buscarán reflejar e impulsar sus ideas liberales, lo cual hará que estas ideas tengan más visibilidad que las conservadoras (las cuales, a su vez, tienen más eco en otras instituciones y formas de organización como Iglesias, organizaciones familiares, escuelas creadas por organizaciones religiosas para influir sobre las élites de ciertos países).

    Entonces, en las películas y nominaciones de los premios Oscar, generalmente siempre habrá una inclinación hacia lo liberal y progresista. Veremos más actores y películas con un toque progresista que obras conservadoras. Y si quienes buscan refutar esta idea diciendo que hace varias décadas las películas eran más conservadoras, esto no ocurre porque los liberales hayan «cooptado» a Hollywood, sino que esas películas ahora vistas como conservadoras por nosotros tendían a ser liberales en sus tiempos.

    Pero independientemente de esta natural inclinación, hay algo cierto que algunos reclaman, y es que no es poco común que en los Oscar las motivaciones políticas influyan a la hora de nominar o premiar a actores o filmes, de hecho creo que esto se ha vuelto más marcado con Donald Trump ya que el activismo se ha vuelto más marcado. Ello se vuelve un problema porque por un lado buscan darle más visibilidad a las minorías (lo cual de entrada no me parece mal), pero en varios casos sí suelen darle más preferencia a ello que al mérito, y eso puede llegar a ser contraproducente porque puede demeritar la premiación y que, a la larga, esa intención de visibilizar a grupos antes ignorados termine generando resultados opuestos a los buscados.

    Los premios que ganaron los mexicanos en este año en general no estuvieron influenciados por este sesgo, pero sí vimos otras premiaciones donde a los organizadores les dio más por premiar a lo que iba conforme su agenda sobre el mérito. Un ejemplo de ello para mí es el caso de Remi Malek (que tiene orígenes egipcios y que interpretó a un cantante como Freddie Mercury que era homosexual y murió de SIDA), quien si bien hizo una muy buena actuación en Bohemian Rhapsody, no merecía tanto el premio como Christian Bale quien interpretó a Dick Cheney en Vice.

    Los organizadores deben de tener mucho cuidado con ello, porque si bien es entendible que quieran darle más visibilidad a grupos minoritarios, demerita que unos premios que se deberían regir por el éxito terminen afectados por el impulso de una agenda o por la corrección política. Deberían, a mi parecer, preocuparse más por impulsar carreras de actrices y actores de esas minorías para que su condición de minoría no sea ningún problema para crecer en Hollywood en vez de premiar a alguien por el simple hecho de ser afroamericano o gay.

    Es cierto que el cine es una vía poderosa para influir culturalmente en la población, pero cuando se trata de impulsar una agenda y supeditarla al mérito, la gente lo ve, lo nota y lo percibe. Y, por ejemplo, tal vez habría sido muy injusto para Yalitza Aparicio (cuya nominación si me parece merecida) que ganara el Oscar solo para visibilizar a las indígenas, que ciertamente suelen ser las clases más oprimidas de nuestro país.

  • AMLO y el desprecio por la técnica y la ciencia

    AMLO y el desprecio por la técnica y la ciencia

    Desde la izquierda se ha criticado a la tecnocracia mexicana por su distanciamiento de la realidad. La acusan de prender tratar de analizar el país y diseñar políticas públicas por medio de fórmulas y encerrados dentro de una oficina ubicada en una colonia de clase alta, en vez de salir allá afuera a conocer la realidad con sus propios ojos.

    No creo que la acusación sea muy lejana a la realidad. Más aún cuando lo cuantitativo, si bien es muy necesario, no siempre es suficiente para estudiar y entender al ser humano (que es lo que se requiere hacer para poder evaluar la situación de la población y para diseñar políticas públicas).

    Pero al gobierno de López Obrador le pasa lo opuesto, y de forma más grosera que el primer caso:

    AMLO ha responsabilizado a la tecnocracia de lo que él llama la tragedia nacional. Los tecnócratas, dicen, son parte esencial de la era neoliberal. Por ello, López Obrador ha construido dentro de sí un gran desprecio a la tecnocracia (gobierno de la técnica) y a todo lo que se le parezca. Su pretensión no es «humanizar a la tecnocracia y hacerlos salir al campo para que sus fórmulas tomen como base una hipótesis más real», es literalmente acabar con ella para sustituirla por una clase política más «social y humanista» más enfocada, al parecer, en valores religiosos medianamente laicizados, donde el simbolismo, la representación y el discurso se impone a la metodología, a la técnica y a la misma ciencia.

    Y dicha pretensión puede llegar a ser peligrosa ya que es imposible diseñar políticas públicas y tomar decisiones desde el símbolo en vez de hacerlo desde el método. Y tal vez con la excepción de algunos sectores de la economía y alguno que otro rubro donde sí hay algunas figuras con un perfil más tecnocrático (y que han trabajado lo suficientemente bien para que las cuestionables decisiones de López Obrador tengan un impacto negativo menor al esperado), el método y la técnica brillan por su ausencia.

    No es un secreto que la izquierda latinoamericana (tal vez con excepción de Chile o Uruguay) adolece de una «tecnocracia de izquierdas», y esto si asumimos que AMLO es realmente de izquierda. Lo suyo es el estrado, apelar a las emociones de la gente, la retórica. La técnica ha terminado casi en el olvido y despreciada por razones ideológicas y retóricas.

    Pero la izquierda no debe estar necesariamente peleada con la tecnocracia, ni la tecnocracia es algo característico de las derechas. En muchos países, sobre todo los más desarrollados, coexisten sin problemas, e incluso en países como Estados Unidos, es la derecha la que suele depreciar la técnica y la ciencia cuando determinadas políticas se entrecruzan con sus valores religiosos y dogmáticos. A diferencia de Estados Unidos, es la izquierda lopezobradorista la que ha despreciado y ninguneado a la ciencia misma (paradójico en un gobierno que dice ser de izquierdas). El estado actual del Conacyt es el más claro ejemplo de ello.

    Más importante debería de ser una tecnocracia cuando se pretende instaurar un nuevo régimen o una «nueva forma de hacer las cosas». Son más variables las que se tienen que controlar en un entorno de cambio que en uno de continuidad, y si en ese camino la técnica es relegada, no es difícil pronosticar el rotundo fracaso.

    En la mesa de AMLO no hay gráficas, ni estudios de impacto ni de retorno de inversión. Tal vez no sea posible ver ahí ni una raíz cuadrada ni mucho menos el Teorema de Bayes. Lo único que hay ahí es el borrador del discurso de la conferencia mañanera siguiente con el cual quiere generar un impacto político y marcar agenda.

  • AMLO contra las organizaciones civiles

    AMLO contra las organizaciones civiles

    Desde el terremoto de 1988, la cultura civil en México comenzó a transformarse. Ante la incapacidad del gobierno para responder, la sociedad se organizó para rescatar a los suyos u partir de ahí comenzaron a florecer varias organizaciones civiles de toda índole. El sismo de 2017 fue prueba de ello donde, a diferencia de 1988, ya existían organizaciones bien conformadas que con su expertise ayudaron a hacer más eficiente el rescate de personas (además, claro, con la ayuda de tecnologías más avanzadas).

    Las organizaciones civiles como tales no representan necesariamente a toda la población, ni la representan en todo. Más bien suelen atender problemas muy específicos y suelen adquirir un alto grado de especialización en ello: que si unos se preocupan por los niños con cáncer, que si otros buscan solucionar problemas de movilidad, etcétera. Gracias a esta peculiaridad, estas organizaciones llegan a adquirir más conocimientos que el Estado dentro de esas problemáticas específicas que desean mejorar.

    Así, las organizaciones civiles son un complemento del Estado mas no una sustitución de éste. Sería un error pensar que las OSC deben sustituirlo, pero de la misma forma es un error pensar que todo el quehacer público debe de ser «propiedad del Estado».

    Las organizaciones civiles democratizan más la sociedad ya que permiten a diversos ciudadanos incidir en lo público. Su presencia puede servir como contrapeso del Estado, pueden llevar a cabo tareas que el propio Estado es incapaz de resolver (ya sea por desinterés, falta de alcance o capacidad) o incluso pueden trabajar de la mano con éste para solucionar problemas muy específicos.

    Esas OSC que desprecia AMLO, como el IMCO, Mexicanos contra la Corrupción y demás, surgieron como un contrapeso al gobierno. Aunque sostienen una postura liberal en lo económico, no son parte del status quo. Todos fuimos testigos de que su postura ante el régimen de Peña fue lapidaria.

    Pero en México organizaciones civiles en México las hay liberales, y también de izquierda y de todos colores y sabores. El Estado no puede aspirar, como afirmara López Obrador, a purificarlas, ello sería atentar contra los derechos políticos y civiles de los individuos. La única obligación de las OSC para con el Estado tiene que ver con el apego al Estado de derecho, el respeto a las instituciones y a su entorno.

    Es cierto que la mayoría de quienes conforman las organizaciones civiles en México viene de una clase relativamente acomodada, y evidentemente suele tener una mayor representatividad que la gente que vive en la base de la pirámide, ya que los primeros tienen tiempo y recursos para involucrarse en el quehacer político en tanto las personas que viven en condiciones más difíciles no suelen tener mucho tiempo y no suelen tener acceso a un buen nivel de educación (que suele ser indispensable para formar una OSC). Pero recordemos que las organizaciones civiles como tales no buscan representar los intereses de toda la sociedad en su conjunto sino que buscan resolver problemas específicos. Recordemos también que las OSC no vienen a sustituir al Estado.

    Tampoco se sigue que el hecho de que la mayoría de quienes participan en las OSC vienen de clases medias o altas implique que solo defiendan sus intereses. Muchas de las OSC buscan combatir problemáticas que afectan a los menos privilegiados.

    Y tampoco implica que haya que ser rico para tratar de incidir en una OSC. Es posible que el hecho de que los más afortunados suelan involucrarse en actos de caridad o filantropía haya creado la percepción de que las organizaciones civiles son para ricos. La realidad es que incluso estudiantes jóvenes de clases medias sin mucho presupuesto pueden conformar sin problema una OSC.

    Si descalificáramos en automático a las OSC por el hecho de que las clases medias o altas tienen más representación que las bajas, entonces tendríamos que descalificar a priori cualquier tipo de manifestación o activismo. No tendríamos por qué esperar a que la sociedad de nuestro país fuera muy igualitaria o se haya acabado la pobreza, más aún cuando incluso hay OSC que buscan de alguna u otra forma, atacar o aminorar las causas que mantienen una sociedad profundamente desigual.

    Que la mayoría de quienes integran las OSC provengan de clases medias, medias-altas o altas, no implica que, como dice AMLO, estas organizaciones (evidentemente las que están bien constituidas y descartando las que utilizan la figura jurídica para cometer abusos) busquen mantener el status quo y los privilegios.

    Las declaraciones de AMLO son un golpe y un mensaje de desprecio hacia un sector civil que, si bien todavía es incipiente, que ha crecido de manera sostenida en los últimos 30 años y ha adquirido una mayor relevancia en lo público. Con sus declaraciones le manda un mensaje a la ciudadanía diciéndole que es el Estado quien tiene la completa rectoría sobre lo público y que ella debe de sacar sus manos.

  • La intelectualidad opositora en tiempos de la 4T

    La intelectualidad opositora en tiempos de la 4T

    Algo que también me da tristeza ver es el papel de muchas de las plumas, opinólogos e intelectuales durante este sexenio. Y de ambos bandos.

    A veces es buen ejercicio ver el papel que juegan dichos intelectuales ante un cambio de régimen. Evidentemente, su postura no tiene por qué ser exactamente la misma ya que, por lo general, tendrán más afinidad ideológica con un régimen que con el otro. Pero ello no implica privarse de cualquier tipo de crítica ni comprometer su calidad como intelectuales que son o dicen ser por medio de críticas superfluas y viscerales.

    Por un lado, son evidentes aquellas plumas que eran férreas críticas del gobierno hasta diciembre, ahora callan y hacen mutis ante medidas o decisiones que hubieran criticado ferozmente si hubiesen sido tomadas por un político del otro bando.

    Pero en esta ocasión me quiero enfocar en la oposición.

    Muchos de los artículos escritos contra la Cuarta Transformación me parecen viscerales y solo recurren a lugares comunes, me atrevo a decir que la mayoría son así. Pareciera que están escritos para que circulen con éxito en los chats familiares de Whatsapp.

    Un claro ejemplo de este «intelectualismo» mediocre es el artículo de «Neosovietismo» de Isabel Turrent. El mismo título es muy descriptivo sobre lo que este texto trata y el cual contiene más que nada analogías muy forzadas para convencer al lector, apelando al comunismo soviético, del peligro de López Obrador como un izquierdista radical que está en contra de la iniciativa privada y que desea estatizar todo.

    En estos artículos no hay un análisis serio, son superficiales, suenan forzados, viscerales y pasan sin ver porque los consumen los férreos opositores de AMLO , son rechazados de forma contundente por los pejistas e ignorados por quienes tienen una postura ambigua por su falta de seriedad. Estos artículos solo sirven para reforzar posturas y caen en el mismo juego del gobierno al que critican, ya que contribuyen a la polarización. No generan opinión pública.

    No estoy diciendo que no se hagan opiniones duras y callen. Por el contrario, ojalá se hagan y muchas. Pero es necesario que esa dureza, esa contundencia, tenga sustancia, análisis, que diseccionen y deconstruyan las decisiones políticas que realmente son de interés para la gente. Artículos así podrían poner aunque sea a reflexionar a más de uno.

    Una de las excepciones de las que hablo es Jesús Silva-Herzog, quien ha escrito artículos contundentes y demoledores contra este gobierno, pero sus artículos son bien pensados, es contundente y ecuánime a la vez, no se convierte en esclavo de sus pasiones: piensa, profundiza, analiza. Es contundente, porque después de un análisis dentro de su fuero interno, sabe poner el dedo en la llaga, ahí donde duele. No por nada sus artículos, a diferencia de otros, viscerales y predecibles, han merecido críticas del propio Andrés Manuel López Obrador. Escribir un artículo con las vísceras es fácil, y no ofrece nada muy distinto a los comentarios y los memes de la gente común en las redes sociales. Escribir un buen artículo es más complicado y requiere de mucha reflexión.

    Si los que se dicen ser «intelectuales de oposición» creen que van a combatir a este régimen por medio de columnas viscerales llenas de lugares comunes, siento decirles que están equivocados. Si hay algo que beneficia a regímenes como los de López Obrador es la polarización, y en tanto polaricen con este tipo de artículos, le van a dar más herramientas a AMLO para separar entre el «pueblo bueno» y la «élite fifí de la mafia del poder».

  • ¿Qué es la Cuarta Transformación?

    ¿Qué es la Cuarta Transformación?

    Todo empieza así: Una élite le arrebata el poder político a otra (que en teoría es sano que las élites roten con el tiempo).

    Pero ocurre que esa élite surgió del «mismo lugar» del que la otra surgió. No se trata de una nueva élite política, sino de una élite vieja que había sido desplazada desde 1982 por lo que ellos llaman la «tecnocracia neoliberal» y que no solo se había concentrado en la izquierda, sino en el mismo PRI, facción que coexistió por mucho tiempo con la facción tecnócrata.

    Lo que llaman la Cuarta Transformación no ofrece nada novedoso, nada que no hayamos visto antes, sino tan solo la coexistencia de un PRI nacionalista que rememora al que gobernó nuestro país entre los años 40 y 70 dentro de un contexto actual en el cual se integran, además, y de forma periférica, algunas corrientes de izquierda dura (esas que apoyan al chavismo) y otras de centro-izquierda y de centro más liberales y de avanzada pero que no tienen tanto peso.

    Algunos ven en la definición de izquierda una novedad, dicen que se trata del primer gobierno de izquierda en México. Pero esa definición de izquierda es algo ambigua, dado que la dicotomía izquierda-derecha son relativas a su tiempo, y un gobierno del PRI de los años 60 por poner un ejemplo, que en ese entonces no era considerado de izquierda, en tiempos actuales podría ser considerado como tal.

    La definición como gobierno de izquierda tiene como base más que nada la retórica, ya que esta había sido utilizada para desmarcarse del status quo prevaleciente (la tecnocracia liberal), pero al analizar todas las posturas y las políticas implementadas por este gobierno, podemos darnos cuenta que no se trata de una agenda de izquierda en su totalidad, de lo cual escribí hace algunos días.

    La llamada Cuarta Transformación se sustenta de la misma forma en la retórica: nadie puede tener la osadía de ponerle una etiqueta histórica a un evento que todavía no ocurre. Estas etiquetas se colocan ya que el evento ha ocurrido y después de que se le haya dado su justa dimensión con base en un riguroso análisis histórico. Pero ni siquiera en el planteamiento podríamos hablar de una transformación profunda ya que, si bien el gobierno de AMLO implica un cambio con respecto al régimen anterior, sigue formando parte de las mismas élites políticas y las sigue tomando como referencia.

    Que el gobierno de AMLO tenga ese espíritu del PRI del siglo pasado al cual el mismo López Obrador hace referencia no implica necesariamente que sea o vaya a ser igual a esos gobiernos por tres razones:

    1) Que se encuentra inserto en un contexto diferente, con reglas de juego distintas. (prensa más libre, geopolítica muy distinta, una sociedad distinta, dinámicas políticas, sociales y económicas muy distintas).

    2) Que, a diferencia del PRI, no existe una férrea disciplina dentro del partido. El único punto de referencia para «cuadrarse» es el Presidente López Obrador, pero no hay una lealtad al partido como tal. Tampoco, producto de la ausencia de dicha disciplina y de MORENA como un partido nuevo que se acaba de formar, es perceptible la eficacia que caracterizaba a los gobiernos del PRI. Eso se puede palpar en las improvisadas políticas que han buscado implementar en los dos meses que llevan de gobierno.

    3) Que concentra su legitimidad en un líder y no en un partido. La llamada Cuarta Transformación pareciera en ese sentido una amalgama del PRI hegemónico con el caudillismo revolucionario.

    4) Que el PRI siempre fue respetuoso del Estado laico y se abstuvo de utilizar símbolos religiosos, a los que sí apela López Obrador de forma recurrente. Pero al mismo tiempo, el gobierno de AMLO es capaz de albergar dentro de su movimiento corrientes de izquierda social como personas que son miembros de colectivos LGBT y similares (la misma política del PRI de acaparar todo pero con un umbral más amplio).

    En la práctica, parece algo difícil ubicar al gobierno de AMLO dentro del espectro político, dificultad que comparte con el propio PRI. Ideológicamente, no se trata de un gobierno radical o extremo, a pesar de su carácter populista. En el sentido meramente ideológico se trata de un gobierno moderado. No vemos un estatismo exacerbado, por el contrario, vemos a un gobierno que pretende hacer «justicia social desde la austeridad». La crítica hacia muchas de sus medidas tienen que ver con la excesiva improvisación pero no con una «radicalización». inclusive algunas de las medidas tomadas podrían ser catalogadas por algunos como de «derecha».

    Si bien sí se puede hablar de un cambio de régimen (o al menos de élites), no se puede hablar de una transformación ni mucho menos puede equiparársele con la Independencia, la Reforma o la Revolución Méxicana que, en su tiempo, para bien o para mal, sí representaron algo nuevo con respecto a su estado anterior. La Cuarta Transformación ni siquiera hace referencia a la transición democrática acontecida apenas hace unas pocas décadas, la cual, al menos de forma parcial, sí llegó a representar un quiebre y una novedad.

    Así, me parece difícil llamarle «Cuarta Transformación» a un gobierno que no parece traer consigo una sacudida de fondo como lo trajeron las primeras tres transformaciones y que ha cometido el error de autodenominarse como tal, cuando es el juicio de la historia el que debería encargarse de esa tarea.

  • ¿Es el libre mercado de derecha?

    ¿Es el libre mercado de derecha?

    ¿Es el libre mercado de derecha?

    Actualmente, muchos afirman que la derecha guarda relación con el libre mercado. Pero esta es, cuando menos, una definición reciente que no termina por explicar la esencia de esta dicotomía a la cual tanto hacemos alusión en la política.

    Si nos remontamos a la Revolución Francesa, podemos entender esa esencia: la izquierda busca, en teoría, modificar el status quo en favor del bien común, la derecha busca mantener las jerarquías y las estructuras sociales. Que la derecha busque mantenerlas en la actualidad a través del libre mercado es una cosa, pero eso no significa que el mercado sea intrínsicamente de derecha.

    Así nació esa dicotomía, considero que así debería mantenerse y además entenderse que es relativa a su tiempo. El libre mercado como tal no surgió como una «iniciativa de derecha», sino como una respuesta de la burguesía, que en ese entonces no era privilegiada, hacia el orden establecido y los privilegiados (la nobleza y el clero). Difícilmente podría afirmar de forma categórica, por ejemplo, que Adam Smith era de derecha atendiendo al contexto en el que se encontraba ya que buscaba, por medio de la libertad individual, que toda la sociedad se beneficiara, no que se mantuvieran las estructuras. Su concepto de la mano invisible tiene que ver poco con la derecha si la entendemos como la preservación del status quo ya que aspiraba a que la libertad individual beneficiara a la sociedad en su conjunto, no que las estructuras sociales, tales como él las conoció, se mantuvieran igual.

    Robespierre, por su parte, fue «izquierdista radical» en su momento, cuando fue uno de los líderes más visibles del jacobinismo en la Revolución Francesa. Robespierre difícilmente podría ser catalogado como un comunista o un socialista extremo, lo que él quería hacer era derrumbar el orden existente compuesto por la monarquía, el clero y la nobleza para sustituirlo por la República, forma de gobierno que naturalmente sacó a la nobleza de la élite privilegiada y colocó a la burguesía en su lugar.

    Incluso, hasta recién entrados los 70, la derecha aplaudía las medidas keynesianas que ahora se consideran como «de izquierda» y hasta llegó a promover el Estado de bienestar en Europa para evitar que la gente fuera seducida por el comunismo. Muchos de los beneficios sociales en Europa tuvieron su origen en la Prusia de Bismark, quien difícilmente podría ser categorizado como izquierdistas, que buscaba dotar a la sociedad de una seguridad y salud social, en parte motivado en evitar la lucha por medidas más radicales y hasta en tener soldados sanos y fuertes que pudieran combatir en la guerra. La defensa de la derecha por el Estado mínimo comenzó hasta ese entonces e incluso, al mismo tiempo, la misma izquierda fue abandonando de forma progresiva la idea de una economía controlada por el Estado y terminó defendiendo el Estado de bienestar dentro de una economía de mercado.

    Dicho esto, el fascismo y el nazismo no podrían ubicarse fácilmente dentro de este espectro ya que contienen elementos que podrían adjudicarse a una o a otra postura. Lo mismo pasa con el libertarismo o el liberalismo en su más pura expresión, que concuerda con la derecha actual en su defensa hacia el libre mercado (y no necesariamente por las mismas razones), pero tiene más coincidencias con la izquierda en su defensa de las libertades sociales.

    A la izquierda y la derecha hay que entenderlas como una dicotomía que es relativa a su tiempo. Al no asumir esto, se entiende que genere mucha discusión o se sugiera incluso que es una dicotomía que «está superada y que ya no tiene sentido» cuando no es así (máxime que muchos siguen usando esta dicotomía inserta en una sociedad industrial que ya fue superada). En su origen, una economía de mercado difícilmente podría haber sido vista como una «medida de derecha». Lo fue en tanto las estructuras sociales terminaron enraizadas en esa dinámica. Por eso no se puede decir que la «economía de mercado» sea, en esencia, de derecha. Lo que, en todo caso es de derecha, es la defensa de las estructuras sociales vigentes que, sí, se encuentran insertas sobre una economía de mercado.

  • ¿Qué tan de izquierda es AMLO?

    ¿Qué tan de izquierda es AMLO?

    ¿Qué tan de izquierda es AMLO?
    Fotografía: Fan Page oficial de Andrés Manuel López Obrador

    Cuando afirmo que López Obrador no ha comenzado bien su gobierno, hay quienes me afirman que esa es la característica de las «izquierdas radicales». Así, equiparan a López Obrador con Chávez, Castro y demás caudillos. Me dicen: «así empezó Chávez», esta es la «cubanización de México».

    Naturalmente estas personas están haciendo un análisis muy superficial, maniqueo y lleno de sesgos de confirmación.

    La realidad es que ideológicamente López Obrador es una persona moderada si atendemos a la dicotomía «derecha – izquierda». Hay quienes dicen que lo podríamos ubicar en el centro político (lo cual no me suena muy descabellado). La presunta radicalidad no es el problema de López Obrador, el problema es otro.

    Evidentemente AMLO tiene algunos rasgos que sí podrían catalogarse como de izquierda, pero también demasiadas razones como para no colocar a López Obrador dentro de la izquierda radical e incluso podemos ver rasgos que hasta podrían ser categorizados como «de derecha»: el hecho de que busque un gobierno austero (incluso al punto de adelgazar al Estado eliminando puestos competentes) choca mucho con esa izquierda dura que muchos le achacan. Su ambición de recuperar la rectoría del Estado es, digamos, muy mesurada. Aunque la relación con los empresarios no es necesariamente la más tersa, tampoco es como que exista un conflicto frontal con todo el empresariado e incluso tiene, como cualquier gobierno, a sus empresarios favoritos y uno de ellos (Salinas Pliego) está completamente involucrado en la logística de algunos de sus programas sociales a través de «Banco Azteca».

    El Estado benefactor (welfare) que propone tampoco es demasiado ambicioso, y nada diferente podríamos decir de su postura displicente ante temas ecológicos y medioambientales que tanto abraza la izquierda.

    En lo social tampoco vemos un gobierno que sea demasiado de izquierdas. En algún momento puede dejar subir al estrado a una persona de la comunidad LGBT porque sabe que parte de sus bases son liberales en lo social y atentar contra los derechos recientemente ganados podría ser un riesgo para él, pero también podemos observar rasgos que incluso podrían catalogarse como de «derecha». Promover una cartilla moral o apelar a valores cristianos constantemente e incluso a pasajes de la Biblia generarían mucha indignación dentro del progresismo si algún gobierno del PAN se hubiera atrevido. Recortar presupuesto a las guarderías y estancias infantiles, que son necesarias para la mujer que trabaja, tampoco es algo muy «progre». ¿Y qué decir de la Guardia Nacional?

    Muchos le criticamos a AMLO la excesiva improvisación en la que ha caído este gobierno tan deseoso de hacer grandes transformaciones en poco tiempo. Pero esos errores difícilmente pueden ser atribuibles a cuestiones ideológicas. Combatir la corrupción, ese mantra que tanto se ha repetido, y que ha ejecutado de forma tan torpe, no es propio de una postura ideológica y puede ser abrazado desde la izquierda hasta la derecha. El combate al huachicoleo que tantas molestias ha generado entre los automovilistas no es algo «de izquierda o de derecha». Cancelar el aeropuerto, por más absurdo que nos parezca a algunos, no es algo que tenga una fuerte connotación ideológica.

    Pero que no sea un izquierdista radical no significa que López Obrador no sea un demagogo o no sea un nacionalista. Si prescindiéramos de la dicotomía entre «izquierda – derecha» y utilizáramos el de «globalista – nacionalista», podríamos explicar de mejor forma el fenómeno López Obrador y por qué causa tanto resquemor. Utilizando esta dicotomía tal vez sí se podrían encontrar más similitudes con Maduro, pero también podríamos encontrar más similitudes entre él y Trump, que entre él y Pedro Sánchez, Presidente de España e izquierdista del PSOE a quien le dio un paseo en su Jetta cuando visitó nuestro país.

    La preocupación de AMLO no es su carácter de izquierdista radical, en esa faceta sí se perciben diferencias considerables incluso con la izquierda de Maduro. La preocupación estriba en su condición de populista donde, al igual que sus símiles como Trump o Viktor Orban, muestran desprecio por el orden institucional, por los contrapesos e incluso la prensa (que al igual que Trump, aunque no la censura, sí la ataca constantemente). AMLO puede descalificar sin ningún empacho a calificadoras foráneas como Fitch, pero de igual forma Trump puede hacer lo mismo con cualquier institución global.

    Sin importar si es un izquierdista o derechista, este desprecio por el orden institucional siempre va a conllevar un riesgo político y tal vez hasta económico. Y a diferencia de Trump (a quien considero todavía más demagogo que AMLO), donde existen los contrapesos institucionales para inhibir sus pulsiones autoritarias, en México tenemos a un López Obrador con unas instituciones más endebles, con mayoría en las cámaras y con una oposición tanto política como civil casi inexistente. Si bien, yo no creo que su régimen se vaya a convertir en una dictadura como sus más férreos detractores afirman, sí veo algunos riesgos que puedan traducirse en algunos retrocesos e inestabilidad, sobre todo producto de la improvisación de su gobierno y su constante desprecio a la técnica en algunos rubros.

    Por todo esto, cuando me dicen «por fin llegó a un izquierdista al poder», yo les pediría que matizaran un poco su afirmación. Se me hace muy complicado mostrar a AMLO como la más precisa manifestación de lo que una izquierda es.

  • #HagamosFuturo, la transformación de Wikipolítica a un partido político

    #HagamosFuturo, la transformación de Wikipolítica a un partido político

    En 2015 Pedro Kumamoto ganó la diputación local porque hicieron una gran campaña…

    … pero también ganaron porque muchas circunstancias operaron a su favor. El hartazgo generalizado hacia el gobierno de Peña y toda la partidocracia, que contendieron en unas elecciones intermedias donde podían ser el centro de atención sin que hubiera elecciones que los dejaran fuera de foco (como las presidenciales o estatales), e incluso el hecho de que Pedro Kumamoto fuera invitado por Pedro Ferriz (quien quería aprovechar la coyuntura para después lanzarse él como candidato independiente con penosos resultados) y que lo posicionó también en el sector conservador de la ciudad, explica mucho del triunfo de Pedro Kumamoto, quien se volvió un fenómeno en la entidad y, al menos dentro del círculo rojo (periodistas y personas con influencia pública) un fenómeno a nivel nacional.

    Esto explica por qué no terminaron de trascender en 2018: las circunstancias ya no les eran tan favorecedoras. López Obrador arrasó con la ayuda de una narrativa que fue construyendo durante varios años y que benefició enormemente a todas las candidaturas de MORENA. Por otro lado, MC compitió con estructuras partidistas más sólidas. El carácter de organización independiente había operado en contra de Wikipolítica. Si hubiesen competido como partido habrían, por poner un ejemplo, ganado al menos alguna curul por la vía plurinominal, y con las ventajas que implica ser un partido, alguna que otra de las candidaturas que se perdieron se habrían ganado.

    La decisión de transitar de una organización independiente a un partido político no es nada fácil, sobre todo para una organización que obtuvo su legitimidad criticando a la partidocracia. Pero es una decisión muy sensata y, creo que si lo manejan bien y si construyen una narrativa consistente, las ganancias serán mayores a las pérdidas. Los requisitos para formar un partido local son lo de menos y son alcanzables, lo más complicado será todo lo demás.

    Transfomarse en un partido me parece un acierto por las siguientes razones:

    Primero, porque es difícil competir parejo con candidaturas independientes y porque si quieren aspirar a penetrar dentro de las estructuras de la política tendrán que entrar en ella. Si bien las candidaturas independientes son sanas para una democracia, hasta ahora no existe en el mundo organización política mejor que aquella que está formada por partidos políticos que representan a distintos sectores sociales. El problema no es el sistema de partidos como tal, sino los partidos en sí que dicen representarnos.

    Segundo, porque el contexto político se ha modificado enormemente. El discurso de la partidocracia decadente ha quedado en un segundo plano ya que ésta, al menos tal y como la conocemos, recibió un golpe durísimo en las elecciones pasadas. El PRI y el PAN parecen casi condenados a la irrelevancia dentro de una mayoría absoluta que ostenta MORENA y una oposición tanto política como civil que brilla por su ausencia y tan solo se pueden ver algunos resquicios de ella en algunas think tanks u organizaciones civiles ya formadas.

    Este es el escenario perfecto para que «Futuro» pueda ir construyéndose como una opción ante un cada vez más creciente electorado que no se termina de sentir identificado con alguna fuerza política de las vigentes. A la vez, es un acierto que hayan decidido comenzar formándose como un partido local. Es más fácil, desde esta plataforma, aspirar posteriormente a incidir sobre lo nacional como lo habían intentado anteriormente, sobre todo si siguen manteniendo la legitimidad por medio de su trabajo.

    En Jalisco tenemos a Movimiento Ciudadano que, si bien durante mucho tiempo se había vendido como un partido de oposición, ahora, al gobernar el Estado y la mayoría de las ciudades más importantes, fungirá como una suerte de status quo. Entre el «teje y maneje» que habrá entre Movimiento Ciudadano y MORENA (hoy, las dos fuerzas más importantes del Estado) ellos tendrán que hacerse de un espacio, y me parece que es mucho más fácil lograrlo siendo partido.

    En resumen. Me parece que han hecho una buena lectura sobre la derrota que sufrieron en las elecciones pasadas y con base en ellas tomaron la decisión de formar un partido que, si bien no será del gusto de todos, era, a mi parecer, la más sensata. Eso no significa que haya algunos problemas y cuestiones que deban atender:

    El primer problema al que se enfrentará el partido «Futuro» será mantener la coherencia en un discurso en el cual se asumían como diferentes. La forma en que Wikipolítica estaba organizada (que se mantenía al margen de las estructuras políticas) le daba por sí misma legitimidad al movimiento, comunicaba el poderoso mensaje de que se trataba de una organización diferente, ajena a los vicios de los partidos tradicionales. Ahora tendrán que mostrar lo mismo como partido político, que desde esa plataforma logren construir una narrativa donde se presenten como una organización que tiene una visión de la política muy distinta a los otros partidos. Es posible, ya que en los hechos los miembros de Wikipolítica no crecieron dentro de las viciadas estructuras de la clase política.

    El segundo problema es que hablamos de una organización que obtuvo su fuerza gracias a su férrea crítica a los partidos: ahora ellos serán uno. ¿Cómo crear una narrativa para que en esta transición sigan teniendo la misma credibilidad? Tal vez tendrán que tragarse unos sapos, pero esto posiblemente lo puedan superar aplicando aquello que pedían a los partidos a ellos mismos: por ejemplo, que transparenten sus recursos de forma que ningún otro partido lo hace, que sigan impulsando iniciativas como #SinVotoNoHayDinero, y un largo etcétera.

    El tercero es la creación de una narrativa consistente. Esto, que yo llamo metanarrativa, es anterior a todo lo demás (propuestas, planes de acción), nos habla de la esencia de la institución. ¿Cuáles son sus ideales? ¿Qué posicionamiento ideológico van a tener (porque van a tener que definirse)? ¿Cuál va a ser su discurso y cómo éste va empatado con sus ideales? Esta metanarrativa deberá emerger de las creencias políticas ideológicas de los miembros y no de alguna conveniencia o estrategia mercadológica. La metanarrativa deberá estar muy bien definida, la cual sea entendible por su electorado: es su carta de presentación. Aunque suene irónico, pero «sin metanarrativa no hay Futuro«.

    El cuarto, y tal vez el más difícil, es evitar viciarse lo más mínimo posible. Es difícil porque hablamos de política, y en la política lo que se persigue es el poder así como en la iniciativa privada lo que se persigue es el dinero. El problema no es la persecución del poder, sino para qué se utiliza. Habrá que ver cómo es que diseñan y estructuran la organización de tal forma que pueda aspirar a funcionar con un paradigma distinto a los demás partidos, cómo crearán normas internas (pactadas y no pactadas) para evitar que el comportamiento de algunos pueda corromper la esencia del partido (como ha ocurrido con todos los partidos tradicionales). Sería iluso esperar que, al consolidarse, seguirá manteniendo ese halo completamente ciudadano que ahora ostenta, pero sí que puede aspirar a hacer una nueva forma de hacer política que incida positivamente en la democracia de nuestro país y ser un parteagüas.

    Dicen que el poder no transforma a la gente sino que la muestra tal cual es. Si Futuro trasciende, veremos de qué están hechos.

    Tal vez tengan razón los que lamenten que se pueda perder un espacio ciudadano, pero también creo que madurar algo que surgió desde las entrañas de una ciudadanía con una perspectiva muy diferente al del político tradicional es algo muy deseable.

    No sabemos si «Futuro» tendrá futuro. Es difícil saberlo. Sin embargo, creo que han tomado una primera buena decisión, habrá que ver como avanza todo lo demás.

    Nota al pie: no termino de hacer clic con el nombre «Futuro», pero posiblemente tenga que ver con el hecho de que, al ser un nombre que se anunció el mismo día en que escribí esto, no termino de digerirlo. Por un lado lo siento trillado, por otro lado siento que podría llegar a funcionar muy bien. También habrá que ver como empata el nombre con su narrativa.