Me parece evidente que las sanciones a Huawei van más allá de un asunto de espionaje e incluso de meras tecnologías. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, las guerras comerciales deben considerarse como una forma de hacer guerra (aunque no haya muertos ni se dispare un solo balazo) porque son, a su vez, ideológicas y geopolíticas. China ha avanzado a pasos agigantados en lo que la tecnología se refiere y Estados Unidos se siente amenazado. En telefonía celular, Huawei le pisa los talones a Apple y Xaomi crece como la espuma.
Pero no estoy tan seguro de que la estrategia vaya a funcionar, en una de esas los resultados podrían ser muy contraproducentes. Sé que un conflicto como este es muy complejo y tiene muchas aristas, existen muchas posibilidades. Mencionaré una de ellas para explicar que Estados Unidos no la tiene ganada necesariamente y que el tiro podría salirle por la culata.
Huawei es una empresa que, como cualquiera, busca generar utilidades y crecer. Lo adecuado para su modelo de negocio era recurrir a Google (Android) para su sistema operativo en lugar de que ellos invirtieran más recursos en crear su ecosistema o su versión propia de Android (que es de código abierto).
Ahora, si a Huawei le quitan Google y los proveedores extranjeros, no es como que se vayan a quedar con los brazos cerrados y posiblemente van a desarrollar los suyos propios para tratar de competir en el mercado. Van a invertir más en I + D y ¿qué puede llegar a pasar? Que Huawei, y por ende, los chinos, van a adquirir mayor conocimiento y capacidad para desarrollar estas tecnologías (tanto en software como en hardware). De hecho Huawei ya estaba trabajando en un sistema operativo propio por si las moscas.
En una de esas se dan cuenta que ya ni necesitan de Google. Y en lugar de haberle dado un duro golpe a la tecnología china, la habrán fortalecido. Incluso se puede dar el caso de que en el largo plazo Huawei sea insolvente o que su estrategia comercial no funcione pero que, a la vez, ya hayan desarrollado tecnología de la cual se puedan servir los chinos. Digamos que en ese caso Huawei sucumbe, pero las demás empresas chinas absorben, de una u otra forma, todo el desarrollo tecnológico. Un paso para atrás para luego dar dos pasos adelante.
Ahora imaginemos que Huawei logra aguantar el madrazo y supera la crisis producto de las sanciones comerciales, se sale con la suya y logra seguir vendiendo sus celulares en Europa y muchos otros países. Como ya no tiene soporte de Google ni sus aplicaciones, Google automáticamente perdería participación de mercado que ganan los chinos o alguna empresa tecnologica que está afuera de EEUU. Si Huawei se sale con la suya, otras marcas chinas como Xaomi podrían seguir sus pasos. Sería un golpe durísimo para Google e incluso para los EEUU.
Pero si hablamos de que no solo es una sanción comercial, sino que esto tiene tintes de una guerra comercial (que es otra variante de una guerra convencional, aunque sin disparos), entonces hablaríamos de un autogol no solo tecnológico, sino hasta geopolítico. Porque con una decisión (desacelerar el desarrollo tecnológico de China y/o afectar su economía para que pierda influencia internacional) que se habría tornado contraproducente, el gobierno de los Estados Unidos no solo perdería influencia sobre otros países a través de sus empresas (aunque esta pueda parecer mínima) que cedería a los chinos, sino que terminaría afectando a Google que, por su naturaleza, es una forma de influencia cultural y económica de EEUU sobre el mundo (soft power).
Las oposiciones binarias siempre han acompañado a nuestra especie humana:
Bien vs mal
Hombre vs mujer
Capitalismo vs socialismo
Amigo vs enemigo
y un largo etcétera.
Los oposiciones binarias nos son altamente eficientes porque son simples, porque dentro de todos los modelos son los que requieren la menor abstracción. Esa es una de las razones, por ejemplo, por las cuales la búsqueda de la deconstrucción del modelo «hombre vs mujer» en favor de un modelo donde exista una gran cantidad de identidades de género para incluir a aquellos que tienen una identidad distinta a las tradicionales ha generado mucha resistencia. Ciertamente, modificar las instituciones humanas y los procesos para abarcar a un sinnúmero de géneros se podría antojar complicado y poco eficiente.
Las oposiciones binarias pueden ser muy útiles, ya que si utilizaramos siempre marcos de referencia complejos, estos obligarían al ser humano a detenerse a pensar ante cualquier circunstancia que le requiera tomar una decisión pronta (pensar lleva tiempo y consumo de energía) lo cual lo haría más lento y torpe. Esto último también es una de las razones por las cuales los valores morales (muchas veces basados en oposiciones binarias) existen y son útiles: determinar que algo está bien o mal por medio de una predisposición a priori le permitirá al individuo tomar una decisión más ágil y pronta que si el ser humano se detuviera a analizar toda la complejidad del caso en cuestión y le diera un valor entre varios matices o conceptos de bondad o maldad.
Estas oposiciones reducen un fenómeno complejo a algo simple. Por un lado, son más eficientes porque requieren una menor abstracción, pero por otro lado, puede conducir al error al no reparar la complejidad del asunto. En esa simplicidad también se encuentran sus defectos.
De ahí viene esa idea de que no toda la vida es blanco y negro, sino que implica una escala de grises.
Y es que, en diversas circunstancias, es indispensable detenerse y salir de esos marcos de referencia binarios para conocer la realidad de mejor forma y poder tomar mejores decisiones. La política es un claro ejemplo de ello:
La polarización política es un claro ejemplo de una oposición binaria: tenemos a quienes simpatizan con López Obrador y a quienes lo detestan. Conforme la polarización se acrecenta, los dos polos toman una postura más rígida en donde ambas partes se vuelven más homogéneas entre sí. Los matices desaparecen para volver este conflicto en una feroz batalla entre dos partes.
No es indeseable que los conflictos existan, por el contrario. De hecho, la democracia presupone el conflicto y le da un espacio para que este se desarrolle. Pero también es importante reparar en la forma en que se desarrolla este conflicto, porque su destino final dependerá en gran parte de ella. La mayor capacidad de abstracción es lo que nos ha permitido crear sistemas sociales más complejos y sofisticados.
Cuando reducimos la política a una mera confrontación binaria (estoy con AMLO o contra AMLO) los puentes tienden a romperse porque se descartan a priori la posibilidad de tener coincidencias, dialogar o llegar a acuerdos, pero eso es un problema menor. El mayor problema es aquella «alienación autoinflingida» con la cual el individuo ya no tiene siquiera la capacidad de preguntarse por qué ha tomado esa postura y mucho menos de llegar a la conclusión de que aquella postura que ha tomado, aunque posiblement loable, no es necesariamente perfecta. Aquí es donde el fanatismo y la irracionalidad se manifiestan.
Esto no significa que siempre sea deseable que las partes lleguen a acuerdos. En algunos casos las diferencias son irreconciliables y ello no tiene nada de malo. Matizar y ser autocríticos con nuestra postura no implica dejar de tomarla o mantener una postura tibia o ambigua. A veces las circunstancias nos obligan a tomar decisiones duras: si un tirano o una amenaza exterior pretende atacarnos, lo que toca, sí, es confrontarlo porque es lo más eficiente.
Pero los fenómenos de polarización social como los que vive nuestra sociedad nos da mucho margen para salir de esa oposición binaria y entender los matices y las complejidades del problema con el fin de abordarlo de mejor forma, e incluso hasta para combatir el problema del que surgió dicha polarización.
¿O de qué otra forma muchos de los que le temen a López Obrador podrían persuadir a aquellos que votaron por él pero que le guardan escepticismo? ¿Cómo podría uno darse cuenta que si un mandatario busca polarizar a la sociedad, actuar de forma visceral sólo le va a hacer la chamba? ¿O de qué otra forma podría uno dejar de estigmatizar a los del bando contrario y ponerles etiquetas que en muchos casos no se merecen?
Naturalmente, ello requiere de una mayor abstracción (es decir, pensar y razonar más). Tal vez suene incómodo decirlo, pero en una sociedad excesivamente polarizada muy posiblemente la mayoría no se hayan detenido a analizar la situación y estén muy seguros de una postura que posiblemente ni han terminado de entender bien. Por ello es que la oposición binaria termina convirtiéndose en una gran herramienta para el demagogo.
Entendiendo que el ser humano se diferencia de las demás especies animales por su capacidad de abstracción, podemos entender que un conflicto político que se mantiene en un nivel binario donde todo son blancos o negros (abstracción baja) termina siendo más primitivo que en uno donde los integrantes de dicho conflicto tienen la capacidad de matizar y de entender sus complejidades.
Porque nuestra sociedad y nuestro mundo es de una complejidad tal que conocemos muy poco de ella. Nuestra evolución consiste en ir entendiendo y descubriendo dicha complejidad de mejor forma. Tanto las matemáticas, la física, la filosofía, la política, la economía, la sociología y gran parte de las disciplinas apuntan en esa dirección y, en este sentido, reducir o someter conflictos y diferencias a una mera oposición binaria (donde la gente tome posturas irreconciliables donde sea incapaz siquiera de matizar) significa un estancamiento, si no es que un retroceso a la hora de buscar construir mejores sociedades.
Contrario a lo que muchos comentan en las redes, a mí no me sorprende para nada el plot twist de Danaerys Targaryen.
Inician spoilers:
Aunque ciertamente estas temporadas ya no están basadas en los libros, creo que acertaron en mostrar su lado oscuro. A estas alturas dejarla como heroína ya habría sido algo incómodo. Game of Thrones no es una película de Disney, es una serie que si por algo destaca es por mostrar la naturaleza humana tal cual es, una que es imperfecta y donde la frontera entre buenos y malos se ve algo más difuminada que en las películas hollywoodenses.
Desde temporadas antes ya se percibía cierto mesianismo en Danaerys, producto de la creencia de que ella estaba destinada a ser reina. Iba de ciudad en ciudad liberando esclavos, pero no parecía ser una liberación auténtica, ya que muchos de ellos terminaban al servicio de su reina como soldados, a quien ellos sentían que le debían algo y a quienes ella seducía con su retórica. Ella desde un inicio fue a liberar pueblos para ir construyendo un ejército que le permitiera, junto con sus dragones, tomar el poder en King’s Landing; el discurso liberalizador parecía, aunque no fuera siquiera algo consciente para ella en un principio, algo retórico. Posiblemente, dentro de su fuero interno (el personaje), sí había al principio un deseo noble y genuino, pero al engrandecer su ejército y al acumular poder, fue atravesando esa difusa línea entre lo noble y la mera ambición de poder.
Por ello su frustración al llegar a Westeros, donde las diferencias culturales que explican el rechazo de la gente hacia su figura harían más difícil la idea de que el pueblo legitimara su reinado. No soportó que Jon Snow fuera heredero al trono y ha intentado asegurar (dada la reticencia de Jon Snow) de que no se vea tentado a ello, no soportó que no recibiera la admiración de los pueblos de Westeros y, en conjunto con el asesinato de otro de sus dragones y de su sirvienta Missandei (porque técnicamente eso era), le hizo perder la cabeza y decidió masacrar al pueblo de King’s Landing. Fue ahí donde cualquier atisbo de nobleza desapareció, fue ahí donde el poder la corrompió (emulando de alguna manera a su padre, de quien heredó su locura potencial). No me parece algo improvisado (con todo y que las últimas temporadas sí han tenido algo de improvisación en algunos sentidos) sino que me parece que fue algo que más bien se fue cocinando desde el principio de la serie si se le pone atención.
Daenerys tiene algo de eso que tienen los «liberadores revolucionarios» que se convirtieron en déspotas al llegar al poder, que ante el miedo y la paranoia de que este les sea arrebatado, son capaces de deshumanizarse y de atentar contra los demás, incluso contra aquellos que juraron defender. Desde hace varias temporadas yo ya sentía algo de incomodidad con la idea de que fuera ella la que llegara al trono porque ya se percibía cierta arrogancia y algunos signos de megalomanía que me hacían dudar si, al estar sentada en dicho trono, sería capaz de mantener sus ideales y no caer en un régimen despótico.
Y afortunadamente, Game of Thrones no es una película de Disney. Que no se convirtiera en la heroína del cuento tal vez no haya gustado a muchos, pero eso es lo que le da el toque de originalidad de la serie, al hacer a los personajes más humanos.
Me parece un absurdo, a estas alturas del juego, decir que el gobierno de AMLO es una dictadura.
He escuchado esa afirmación entre algunos opositores de AMLO, en las redes o en las marchas. Sin embargo, en este aspecto están equivocados.
Un argumento que se da para ello es la casi ausencia de contrapesos, pero ello no es producto de un régimen autoritario sino de la voluntad de la gente expresada en las urnas aunada a una crisis de legitimidad de los partidos y a un contrapeso ciudadano que todavía no acaba de gestarse. Cualquier régimen democrático permite que un gobierno gobierne con mayoría absoluta si así lo decide la gente a la hora de ir a votar. Bajo el argumento de las mayorías legislativas entonces el gobierno de Peña también era una dictadura ya que tenía mayoría de facto en las cámaras, con las cuales pudo pasar reformas constitucionales. Naturalmente, eso no es una dictadura.
Actualmente, la gente puede salir a manifestarse sin que sea reprimida, también puede expresarse en las redes sociales y la prensa no parece ser menos libre que años anteriores, aunque algunos de los vicios de la relación entre gobierno y prensa persisten. Eso no ocurre en las dictaduras, donde quien sale a manifestarse sabe que está corriendo un riesgo y donde la prensa crítica no existe, lo que no sucede en México. Si bien a la prensa mexicana le hace falta desarrollarse, no vemos una diferencia con respecto de otros gobiernos.
Lo que sí se percibe son algunas pulsiones autoritarias, como la actitud de AMLO y sus seguidores ante algunos medios de comunicación como Reforma, pero el diario sigue operando libremente. Si esto constituyera una dictadura, entonces tendríamos que hablar también de la «dictadura de Donald Trump» quien, al igual que AMLO, critica a los diarios que le son incómodos.
Se vale, sí, y sin importar que tan sólidos sean los fundamentos, temer que en el futuro un gobierno pudiera derivar en un régimen dictatorial y ser vigilantes de las acciones que vaya tomando el gobierno.
SÍ hay actitudes y decisiones de este gobierno que pueden debilitar la institucionalidad como el memorándum de la Reforma Educativa, de ello tenemos que que estar vigilantes. El discurso polarizador es otra actitud a la que se le debe tomar cautela: es algo sobre lo que los ciudadanos deben prestar atención y no caer en el juego. Otras decisiones, por más aberrantes que sean, como la cancelación del aeropuerto, no tiene que ver con manifestación alguna de autoritarismo ya que el proceso se hizo con apego a la ley.
A pesar de estos detalles, a los que no hay que perderles la pista, el día de hoy el gobierno de AMLO está lejos de constituir una dictadura. En la actualidad, México tiene muy poco de parecido con la Argentina de Videla, el Chile de Pinochet y ni siquiera con la Venezuela de Maduro. Es evidente que quien dice que la 4T es una dictadura no ha vivido en una.
Algo que los ciudadanos pueden hacer para evitar el surgimiento de un régimen dictatorial es formar un contrapeso ciudadano fuerte, pero sobre todo, responsable, informado y que se no sume al juego de la polarización y la descalificación. Sí está comenzando a surgir un contrapeso ciudadano, y eso siempre es bueno, pero como vimos en algunas expresiones de las marchas, no parecen estar evitando del todo caer en la trampa de la polarización.
Este domingo se llevó a cabo una marcha en diversas ciudades de la República Mexicana pidiendo la renuncia del presidente López Obrador, o bien, exigiendo que cambie su postura con respecto de ciertos temas.
Puedo sacar dos conclusiones que me servirán para la argumentación que haré: la primera es que esta marcha fue, en lo general, más grande que las marchas anteriores (sin embargo, sigue siendo muy minoritaria). La segunda es que me he dado cuenta que muchas personas que se oponen al gobierno de López Obrador se oponen también a estas marchas.
Una marcha comenzará a lograr su cometido en tanto logre generar la suficiente masa crítica. La masa crítica es un concepto prestado de la física que, en esta disciplina, significa la mínima cantidad necesaria de combustible para producir una reacción nuclear en cadena. En sociología vendría a ser como la mínima cantidad de personas necesarias para que un fenómeno concreto tenga lugar (que el gobierno se vea presionado y cambie su forma de gobernar, por poner un ejemplo).
Aquí nos encontramos con un problema. Las marchas están compuestas mayoritariamente de personas de clase alta y media alta (que no quiere decir que no haya asistido nadie de otros estratos sociales, pero son menos), las cuales son una minoría en nuestro país, pero cuando se trata de salir a la calle la historia es otra. Es muy complicado que la clase alta y media alta por sí sola logre generar masa crítica.
Luego nos encontramos con otro problema. A la clases alta y media alta se les percibe como clases privilegiadas. Generalmente esta condición de privilegio se refleja en las propias marchas: por ejemplo, que salgan a manifestar con ropa de marca o viseras para que no les dé el sol. Esta condición de privilegio genera rechazo y muchos cuestionan por qué la mayoría de ellos no se involucraron en marchas producto de la indignación como los 43 de Ayotzinapa o la corrupción del gobierno de Peña Nieto. Ello tal vez explique la reticencia de varios opositores a unirse a las manifestaciones.
No los estoy culpando ni criticando por su posición social, ella no les impide ser ciudadanos ni pueblo, pero debemos tenerlo en cuenta porque es una variable que juega un papel muy importante en la ecuación (una variable con la que los amloístas han sabido jugar bien). Dado que es imposible que las clases altas por sí solas generen masa crítica, entonces es importante la incorporación de personas de otros sectores sociales (incluso de la misma clase media alta o alta que se resisten a manifestarse por lo anteriormente mencionado).
El otro problema es el siguiente: López Obrador es muy popular, según las encuestas (incluidas las llamadas «fifís») le dan un 70% de aprobación. Es un número muy grande y difícilmente va a bajar en el corto plazo porque no lo ha hecho a pesar de los errores. Mucha gente tiene esperanza en un cambio y no quiere dejarla ir así nada más. Esto también juega en contra del deseo de lograr esa «masa crítica».
Ello no significa que el 70% de los electores estén casados con AMLO, ni siquiera todas las personas que votaron por AMLO están casadas con él. Tomando en cuenta el voto duro de López Obrador (el que tuvo en las elecciones, menos el voto útil que ganó y que fue mucho) sospecho que ha andar rondando por el 30% de la población.
Bueno, es hora de hacer política. Y en política gana quien logra persuadir a los indecisos.
Tomemos esta imagen de referencia. Podemos ver que hay 3 polos: los anti AMLO (los marchantes que están preocupados), los indecisos (como aquellos opositores a AMLO que le tiene reticencia a las marchas o los que votaron por él pero que le guardan cierto escepticismo) y los que son férreos simpatizantes de AMLO.
Lo que le conviene al régimen es polarizar a la sociedad para dividir el discurso entre buenos y malos, donde ellos sean mayoritarios. Esto es, que básicamente existan dos frentes que no puedan hablarse entre sí, para que de esta forma, los pro AMLO puedan estigmatizar a los anti AMLO como los fifís o la mafia del poder. Con su discurso del «pueblo bueno», AMLO busca no solo estimular a sus férreos seguidores, sino sumar a los que llamamos indecisos a su causa, o bien, anularlos y hacerlos irrelevantes (que existan pero que no hagan nada).
Este escenario es el ideal para AMLO. Una mayoría de simpatizantes contra una minoría de simpatizantes y unos indecisos que no hagan nada o que no existan.
En un estado así, el gobierno tiene todo el poder y el control. Ya no solo por su mayoría absoluta en el Congreso, sino porque tiene a una sociedad compuesta de tal forma que resulta legitimadora de todos sus actos. Lo que se desearía es lo contrario.
Pero resulta que los que forman parte de un conglomerado pueden terminar involuntariamente ayudando a lo que hace el otro. Cuando en las manifestaciones alguien dice
Los que sí tenemos cerebro no votamos por AMLO
Sus seguidores son menos inteligentes
Soy fifí, abajo los chairos
terminan haciéndole la chamba al gobierno ¿por qué?
Primero, porque no votaron ni por ignorantes ni por tontos (es totalmente válido y respetable que hayan votado por AMLO). Transmitirles eso hará que se opongan a nosotros, lo cual sería un craso error.
Recordemos que dentro del conglomerado de los indecisos (aquellos que están en posibilidad de ser persuadidos y a quienes se necesita persuadir para lograr masa crítica) está gente que votó por AMLO o gente opositora a AMLO que se resiste a sumarse a la manifestación. Con esto, unos indecisos se anularán (seguirán siendo indecisos pero ya no podrán ser persuadidos) o se pasarán al bando de los pro AMLO (la gente que votó por él pero que guarda cierto escepticismo). Este tipo de actitudes y manifestaciones alienarán a los indecisos, perdiendo así una gran oportunidad para hacer masa crítica.
El problema en las manifestaciones del domingo es que vimos manifestaciones clasistas (que naturalmente los amloístas aprovecharon en su beneficio) pero que existieron y no se pueden ocultar:
Hoy en la marcha de hoy contra @lopezobrador_ conocí a un empresario de la construcción que expresó una teoría singular según la cual los seguidores de AMLO tienen el cerebro más pequeño. También dijo que es el caso de los obreros que trabajan para él. Aquí se los dejo. pic.twitter.com/toBfn9cQFK
¿Cómo persuadir a los indecisos para que el polo anti AMLO logre ser masa crítica? Es cierto que la gran popularidad del Presidente juega un papel en contra pero algo puede hacerse para tener un escenario así. La manifestación debería prohibir consignas clasistas o de odio que ataquen o alienen a otras personas.
Voy a decir algo que puede sonar políticamente incorrecto: es ilusorio que toda la gente se vaya a desencantar de AMLO, es imposible que «todo México se una»; no hay que ser románticos, hay que ser inteligentes y pragmáticos. Personas que simpatizan con AMLO siempre habrá, y toca mantener una postura de respeto, lo que nos interesa aquí es generar la masa crítica para incidir en las decisiones de este gobierno (creer que va a renunciar es casi una ilusión por la forma en que está compuesto nuestro sistema político presidencialista. Eso ya lo vimos en las manifestaciones en contra de un EPN con 19% de popularidad) y donde se pueda cambiar la narrativa a una donde no es AMLO quien tiene todo el poder, sino que tiene enfrente suyo un contrapeso ciudadano. No se trata tampoco de «destruir a López Obrador» sino de buscar beneficiar a nuestro país y a sus habitantes siendo un contrapeso incómodo sobre las decisiones erróneas pero que reconozca, sí, las buenas decisiones.
Ahora, en el entendido de que se pretenda sumar a personas de otros sectores, hay que buscar los puntos en común y dejar fuera de la mesa aquellos puntos que pudieran generar conflicto. Por ejemplo, hay mucha gente que tiene una postura política progresista (aborto, matrimonios del mismo sexo) y que se opone a AMLO, y seguramente dentro de los manifestantes actuales habrá quien se oponga a esa agenda. Esos temas deben de dejarse fuera de toda discusión porque, de lo contrario, será imposible «marchar juntos». Esto nos permitirá aglutinar personas no solo de varios sectores, sino de distintas ideologías políticas (conservadores, liberales, progresistas) que coincidan en su preocupación por el rumbo del gobierno de AMLO. Si Churchill y Roosevelt pudieron sentarse con Stalin para acabar con la amenaza que representaba Hitler (no estoy sugiriendo, por cierto, que AMLO sea algo remotamente cercano a Hitler) ¿por qué personas que piensan distinto en algunos puntos no se pueden unir?
Es muy importante entender por qué la gente voto por AMLO. Si creemos que lo hicieron por tontos o ignorantes estamos perdidos porque se parte de una premisa falsa. La mayoría de la gente votó por AMLO por un justificado descontento con la clase política, porque no ha visto mejorías sustanciales en las últimas décadas, realidades que AMLO ha aprovechado para construir su narrativa.
No puedo dejar del lado la necesidad de informarse bien, analizar las políticas de AMLO y entender qué es lo que tiene más prioridad. En las marchas he visto desinformación (incluyendo repartición de volantes con contenido xenófobo con respecto a los inmigrantes) o que se hace hincapié en frivolidades como «AMLO nos va a volver comunistas» en vez de enfocarse en lo que sí importa.
Por último, y el punto más difícil y tal vez por mucho (a algunos le sonará utópico), pero indispensable, es lograr empatizar con las personas de otras clases sociales y tender puentes con ellas. Mucha gente asocia a las clases altas y media alta con el mismo sistema político que fue sacado a patadas. Eso es lo que algunos perciben actualmente en las marchas y por eso se resisten a ir, es como: no apoyo a AMLO pero tampoco al estado anterior de las cosas y considero que ustedes lo representan.
Eso implica la necesidad de crear una suerte de pacto entre los distintos sectores socioeconómicos. ¿Cuál va a ser el papel de la gente que tiene dinero para que a la gente que tiene menos le vaya mejor? ¿Qué se hará para combatir el clasismo y el racismo prevalente en nuestra nación? ¿Cómo nos vamos a comunicar? ¿Qué actitudes del uno respecto del otro tenemos que cambiar? Muchas cuestiones de este estilo tendrán que responderse para que así pueda construirse un pacto o consenso que incluya a muchos «Méxicos» y no solo a uno minoritario. Incluso un pacto así pueda derivar, a la larga, en un movimiento político o en una oposición política al régimen actual.
Básicamente, para atraer a ese sector indeciso que permitirá crear esa masa crítica, lo que estoy sugiriendo es:
Evitar comentarios o consignas clasistas.
Invitar gente de distintas corrientes ideológicas pero que coincidan en la preocupación del gobierno de AMLO.
Entender por qué la gente votó por AMLO para así no volver a repetir las causas.
Informarse bien y evitar fake news.
Dejar fuera temas que generen conflicto.
La creación de un pacto ciudadano que trascender ideologías políticas pero que busque la lucha por ciertos puntos en común.
Se escucha difícil, pero a mi juicio es lo que se puede hacer para crear una real oposición al gobierno de AMLO que logre crear esa masa crítica necesaria para incidir y para que a México le vaya mejor.
Me parece paradójico, analizando las decisiones que ha tomado AMLO en sus primeros meses, que los que serían menos afectados son los que se manifiestan el día de hoy, no les están subiendo más impuestos ni sus empresas se han visto afectadas. Muchos de ellos tienen recursos, seguros privados, algunos hasta pueden darse el lujo de irse a otro país en un hipotético y extremo caso de que las cosas se pusieran realmente mal. Ellos no van a caer en la pobreza, porque aunque se ponga mal la cosa, se pueden apoyar entre ellos. Muchos de ellos tienen habilidades, educación y capacidades para salir adelante que los de abajo no tienen. Llama la atención que los menos afectados se manifiesten y que los más afectados no lo hagan.
Los afectados de muchos de los errores del gobierno actual son la gente que no tiene tantos recursos (clases populares medias bajas y bajas), los que dependen de programas sociales que han sido desmantelados y sustituidos por programas clientelares, los que reciben educación pública paupérrima. Como dice un amigo mío, los niños de escuelas privadas están recibiendo clases de robótica mientras los otros son educados por la CNTE. Ellos son los afectados cuando no se generan empleos y son los que pierden más oportunidades de movilidad cuando, aunado a una pésima educación, se ignora las potencialidades de la ciencia y la tecnología. Con excepción de la Reforma Laboral (que me parece acertada) y alguna otra, creo que las decisiones que les compete a ellos les afecta más que beneficiarles.
Muchos de ellos votaron por AMLO, en gran medida porque vieron cómo en los últimos decenios no vieron que su condición de vida mejorara, porque vieron gobiernos que se servían a sí mismos y empresarios que se beneficiaban del poder político (eso que de pronto ya hemos olvidado). Ellos lo van a seguir apoyando hasta el momento en el que puedan percibir en su vida cotidiana los errores de este gobierno (a menos que cambien de rumbo y tomen mejores decisiones), cuando la realidad rompa el sentimiento de esperanza. En lugar de recriminarlos por su voto o por simpatizar con AMLO (lo cual solo va a polarizar a la población), deberían preocuparse por ellos que van a ser los más afectados.
Error sería sentirse superiormente morales a ellos porque no votaron por AMLO como si ellos fueran necesariamente racionales a la hora de votar y los otros no. No creo que todos piensen así, pero sí vi alguna pancarta que decía «los que tenemos cerebro no votamos por AMLO».
La gente que tiene todos los recursos tiene el derecho a manifestarse y celebro que tomen la calle y se involucren en lo público, pero si quieren que la causa funcione y trascienda de un mero acto de catársis, tendrían que establecer puentes con ese «mexicote» saltándose incluso las diferencias culturales históricas entre ambos Méxicos, y me parece que hasta el momento no lo están haciendo. En tanto no lo hagan, al gobierno no le va a pesar mucho las marchas y simplemente las va a ignorar. Tejer puentes implica un compromiso de los que sí tienen con los que no tienen (o no tienen tanto) real. Es un trabajo muy difícil, ciertamente, pero de lo contrario, al ser minoría, tendrán serios problemas en generar la masa crítica suficiente como para que estas marchas se conviertan en una piedra en el zapato de AMLO.
Acabo de leer el Plan Nacional de Desarrollo (PND) del gobierno de López Obrador:
Es terrible.
En teoría, la esencia de lo que va a ser un gobierno está impresa en ese PND, porque éste contiene la visión de gobierno, los objetivos que tiene y los resultados a los que quiere llegar. Técnicamente de ahí se desprende todo.
Es lamentable el poco esmero que pusieron a un documento tan importante. Después de leer el libro La Salida de López Obrador hace dos años y de analizar las propuestas de campaña (también mal presentadas, con errores de redacción terribles), pareciera que solo se dieron a la tarea de compilar toda la información que había ahí. Como si le hubieran dicho a un becario que copiara y pegara párrafos ajustándose a un formato.
Para darnos cuenta de ello basta comparar este PND con el del gobierno de Enrique Peña Nieto, que ni siquiera es sobresaliente, pero que se ajusta a lo que uno podría esperara de un PND. Las diferencias son muy notorias:
El PND de Enrique Peña Nieto, además de tener un formato mucho más cuidado y estar membretado, muestra números, gráficas, referencias. El de López Obrador es un documento cuyo formato parece hecho por un alumno de secundaria o preparatoria, donde, dejando patente su desprecio por la técnica, sustituye a ésta por la retórica. Su documento podría pasar como un documento de propuestas de campaña sin ningún problema, pero un PND es mucho más que eso. Si bien este documento naturalmente toma como base las propuestas de campaña (porque se espera que un mandatario cumpla lo que prometió), en este se desglosan, desmenuzan y se les da un carácter técnico. El PND no es un manual de buenas intenciones ni mucho menos es un panfleto, es una guía técnica de lo que se quiere hacer. En el documento de AMLO, todo eso que esperaríamos de un PND, no sucede en lo absoluto.
Cuando abrí por primera vez el documento, vi un índice no digno de un plan de desarrollo sino de un libro de Paulo Coelho o de Carlos Cuauhtémoc Sánchez que me habla de honestidad, respeto o confianza. No veo siquiera una categorización ni objetivos planteados como si aparece en el PND de Peña. El documento panfletario del gobierno actual no tiene indicadores, no tiene fuentes ni referencias. Vaya, no hay profesionalismo en la elaboración del documento en lo más mínimo.
Conforme empecé a leerlo, mis temores se hicieron realidad. No tanto por las propuestas en sí (estoy de acuerdo con algunas, con otras no), sino por todo lo que transmite: desorden, improvisación, ocurrencia. No hay un orden, no profundiza sobre las propuestas ni dice siquiera en muchas ocasiones los métodos que utilizará su gobierno para llevarlas a cabo. Las primeras páginas son tan solo un diagnóstico mediano del estado anterior de las cosas donde se confunde el «neoliberalismo» con el corporativismo y donde hasta incorpora una narrativa cuasirreligiosa.
Pero incluso podemos ver que muchas de las propuestas ni siquiera están bien justificadas, pareciera un compendio de buenas intenciones. Pocas veces menciona con datos qué resultado esperan alcanzar, y cuando lo hace, la mayoría de las veces se trata de resultados muy idealistas cuyas métricas no son producto de un ejercicio riguroso.
Algo que asusta, junto con el desprecio por la técnica, es la poca importancia que se le da en la ciencia. Mientras que en el PND de Peña Nieto este tema abarca más de una cuartilla, dos gráficas y se refiere a ella en otros apartados, en este documento todo lo referente a ciencia se menciona en solo cinco renglones. Todo el apartado de ciencia y tecnología cabe ¡en un tweet y medio! La palabra ciencia aparece más de 20 veces en el documento de Peña Nieto, en el de AMLO aparece solo tres veces (y tomando en cuenta que el título «ciencia y tecnología» aparece en el índice y en el apartado en sí).
Algo similar ocurre con el apartado de cultura, un tema que se supone es del interés de los gobiernos de izquierda. Si bien el apartado abarca casi toda una cuartilla, la mayoría es pura verborrea que no dice casi nada de lo que se va a hacer con respecto a este tema:
Todos los individuos son poseedores y generadores de cultura. En rigor, el adjetivo “inculto”, particularmente cuando se le utiliza en término peyorativo, denota una condición imposible: los humanos viven en sistemas culturales que van desde el lenguaje hasta las celebraciones y conmemoraciones.
Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024
Así, los apartados están llenas de retórica y de reflexiones sin un orden, a diferencia del de Enrique Peña Nieto que en cada apartado hace una reflexión y comienza a desglosar, ayudándose de datos. El PND de AMLO pareciera por momentos un ensayo filosófico de bajo nivel, donde el autor se da el permiso para explayarse y reflexionar sobre distintos conceptos. En este sentido, este documento no genera certeza en el lector, por el contrario, es posible que lo deje preocupado porque entonces se preguntará dónde está la técnica y el desarrollo de las políticas públicas.
No quiero profundizar sobre las propuestas presentadas ahí, algunas preocupantes, porque son propuestas que ya conocíamos y que por consecuencia esperábamos que estuvieran ahí. Pero queda patente que estas propuestas no están bien justificadas y, en muchas ocasiones, se divaga tanto casi como queriendo evadir el trasfondo del asunto. En el tema de la educación, por ejemplo, divaga entre tanta retórica la cual aprovecha para echarle la culpa al «neoliberalismo» por todos los problemas que la educación tiene, y hasta el final propone la creación de las universidades Benito Juárez, una copia de la fallida Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) que inauguró cuando era Jefe de Gobierno de la CDMX:
Durante el periodo neoliberal, el sistema de educación pública fue devastado por los gobiernos oligárquicos; se pretendió acabar con la gratuidad de la educación superior, se sometió a las universidades públicas a un acoso presupuestal sin precedentes, los ciclos básico, medio y medio superior fueron vistos como oportunidades de negocio para venderle al gobierno insumos educativos inservibles y a precios inflados, se emprendió una 43 ofensiva brutal en contra de las escuelas normales rurales
Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024
En resumen, el Plan Nacional de Desarrollo parece uno de esos trabajos de preparatoria que un alumno hace de última hora para que el profesor no lo mande a examen extraordinario. Está mal cuidado, no hay atención a los detalles, no hay ningún esmero alguno en su diseño, en su estructura. Pero no estamos en la escuela, estamos hablando de uno de los documentos más importantes de un gobierno que va a estar seis años gobernando este país.
Y eso es muy preocupante, porque si se pretende gobernar con ese mismo espíritu con el que se elaboró este documento, entonces estamos jodidos.
En los viejos tiempos, la única alternativa a la patadita de Raúl Velasco para poder tener los reflectores encima era tener una posición de privilegio en el poder, como bien lo sabía Carmen Romano, la esposa de José López Portillo.
En el 2012 yo había pensado que Beatriz Gutiérrez Müller sería un activo en favor de López Obrador. Una señora que ciertamente goza de cierta cultura y que parecía de carácter templado contrastaba con La Gaviota, una actriz frívola de la cual muchos pensamos que devaluaría y hasta denigraría la figura presidencial hasta convertirla en un circo. Afortunadamente, a excepción de su lamentable video recriminándonos a todos por criticar el asunto de la Casa Blanca, mantuvo un perfil muy bajo. Mi tesis era esa: que en cuestión de primeras damas, Müller sería un activo en favor de AMLO, en tanto que la Gaviota sería un problema para el gobierno de Peña Nieto.
Pero parece que me he equivocado. No porque niegue que Beatriz goce de cierta cultura, sino porque, en lugar de que desde su posición de poder hiciera algo para impulsar la cultura en el país, ha aprovechado ese privilegio para promocionarse ella misma como una mujer culta e intelectual. No solo se trata de la exposición que le da el mero hecho de ser la esposa del Presidente de la República, sino que ha echado mano de las instituciones para promocionarse. No se puede explicar de otra forma que Notimex, la agencia de noticias del gobierno, haya presumido los views que lleva su video en Youtube con Tania Libertad y Armando Manzanero.
La verdad es que eso de la cantada no se le da a nuestra querida Beatriz, en el video que tanto ha presumido (en Youtube y Spotify) desafina más de una vez. Tal vez esto pueda sonar frívolo e irrelevante, pero no lo suena tanto si tomamos en cuenta que en México hay cantantes mucho mejores que tal vez se vean afectados por los recortes de su gobierno a Cultura.
Las pretensiones de Beatriz Gutiérrez Müller, quien también se dio el lujo de publicar un libro en el que el Presidente López Obrador escribió el prólogo, me recuerdan al sexenio de López Portillo y, en cierta medida, al sexenio de Vicente Fox (aunque Martha Sahagún no pretendía destacar intelectualmente) donde las primeras damas aprovechaban su postura de privilegio para beneficiarse a sí mismas.
No es que una primera dama se deba «quedar calladita» como decía Margarita Zavala e incluso no me parece nada mal que tengan un papel más activo como el que tuvo Michelle Obama dentro de la presidencia de Barack, pero sí me parece criticable que aproveche su posición de privilegio para beneficiarse personalmente.
Y ciertamente, Michelle Obama escribió un libro en 2012 cuando Barack era Presidente de los Estados Unidos, pero este estaba relacionado íntimamente con su papel de Primera Dama en la Casa Blanca. En cambio, en el caso de Beatriz, sí hay una pretensión que va más allá de la Presidencia y de su papel, que usa a las instituciones (a diferencia de Michelle), y que tiene que ver la autopromoción de su persona.
Está bien que Beatriz quiera promocionar la cultura y poner su conocimiento y capacidades al servicio de los ciudadanos, pero debe saber que la tarea de una Primera Dama (o un Primer Caballero en caso de que el presidente sea mujer), al igual que la del Presidente de la República: debería ir encaminada al beneficio de los gobernados, no al de su persona, y menos cuando se utilizan a las instituciones o recursos públicos para ese fin.