«Discrepancias en materia económica hubo muchas. Algunas de ellas porque en esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento. Estoy convencido de que toda política pública debe realizarse con base en evidencia, cuidando los efectos que ésta puede tener y libre de todo extremismo, sea éste de izquierda o de derecha. Sin embargo, durante mi gestión las convicciones anteriores no encontraron eco».
Este párrafo es parte de la carta que Carlos Urzúa le envió al Presidente de la República Andrés Manuel López Obrador a la hora de renunciar de la Secretaría de Hacienda. Este párrafo refleja mucho de lo que ha sido el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
No fueron muy diferentes las razones que Germán Martínez esgrimió para renunciar al IMSS. Hemos también escuchado muchos casos donde jóvenes del programa «Jóvenes Construyendo el Futuro» malgastan los recursos que reciben. Hemos visto que en Veracruz muchas personas talaron árboles para poder entrar al programa «Sembrando Vida» y recibir sus beneficios. Vimos también que, para combatir el huachicoleo, durante semanas gran parte de los mexicanos tuvo que hacer kilométricas filas para poder ponerle gasolina a su automóvil, cuando el impacto de la medida bien pudo haber sido, cuando menos, menor.
El país está al borde de entrar en recesión. Hemos visto que, debido a los recortes, hay desabasto de medicinas, muchas dependencias no pueden operar bien y programas sociales que funcionaban se han visto seriamente comprometidos. Básicamente, desde afuera se percibe más bien un ambiente caótico y de mucha incertidumbre, de torpeza y de ineptitud.
El desarrollo de las políticas públicas no es cualquier cosa, y menos se puede pensar que con el mero voluntarismo éstas cumplirán su función. Para llevar a cabo cualquier tarea o programa, por más noble que sea, se requiere de una política pública bien diseñada, donde prime la técnica y la metodología rigurosa, donde se apegue a la evidencia, al conocimiento y al método científico.
Diseñar una política pública es todo un arte que requiere la intervención de especialistas en el tema: primero debe haber un claro planteamiento sobre el fin de dicha política, deben hacerse estudios (de campo o de otro tipo) para reconocer el escenario sobre el cual se quiere actuar, debe establecerse un buen método, deben de preverse diversos escenarios. En muchos casos deben incluso hacerse pruebas piloto. Luego, cuando ya todo esto ya quedó muy en claro, se debe de ejecutar de muy buena forma, para después medir el impacto y los resultados y, con base en estos, mejorar el diseño de la política implementada y repetir el ciclo.
Si desarrollar una política pública es muy difícil, gobernar lo debería ser más, pero para nuestro presidente eso es muy fácil.
Dicho en español, para diseñar una buena política pública se requiere de técnica. Eso que está muy ausente tanto en el discurso como en la práctica. Porque AMLO, dentro de su retórica, ha ligado la técnica con la «tecnocracia neoliberal», como si diseñar una política pública con rigor fuera «hacer neoliberalismo» que, en su peculiar definición no tendría tanta relación con la liberalización económica en sí, sino con el capitalismo de cuates (crony capitalism) donde las entidades privadas se enriquecen a costa del poder público.
López Obrador nos habla de un cambio de régimen no solo político, sino económico, pero no entendemos muy bien cuál es la nueva propuesta. Paradójicamente, a pesar de la retórica, varias de las medidas que AMLO ha implementado podrían ser catalogadas como «neoliberales» (en la definición que peyorativamente se le da a la liberalización económica), como los recortes que está llevando a cabo. Más bien pareciera ser una forma de «neoliberalismo torpe e improvisado» combinada con una faceta más bien asistencialista que caracteriza a los programas sociales que propone. Hay un reencauzamiento de los recursos del welfare state institucional a programas con visión asistencialista y clientelar por medio de la entrega de recursos directos.
El problema es grave porque 1) vulnera el Estado de derecho y la institucionalidad. 2) se reencauza dinero que servía a programas eficientes a otros que no lo son, 3) porque al ser asistencialistas, genera una relación de dependencia entre gobernante y gobernado y, 4) porque, al haber un mal diseño de políticas públicas, la ejecución de una política que ya tiene defectos en su mera teoría (por el enfoque clientelar) derivará en un programa que puede ser altamente ineficiente y tal vez hasta nocivo.
Parece que este gobierno no está tan preocupado en combatir la corrupción, la pobreza y la desigualdad, más bien está preocupado en decir que va a combatir la corrupción, la pobreza y la desigualdad. Para lo primero, se necesitan políticas públicas eficientes, para lo segundo solo se necesita hablar. Lo peor del caso es que todo lo primero queda cancelado porque la retórica es importante, porque es mejor decir que se va a acabar el neoliberalismo y su tecnocracia sin importar que renunciar a la técnica comprometa todas las políticas públicas que buscarán llevar a cabo la transformación que tanto nos han prometido.
La semana pasada, Hernán Gómez vino a Guadalajara para hacer un «análisis sociocultural» de las acentuadas diferencias socioeconómicas que existen en nuestra ciudad (y que se repiten de forma relativamente similar en todo México).
En el que fue el último programa de la Maroma Estelar, este personaje afín de la 4T pretendió hacer un análisis que a priori podría parecer válido, ya que pretendía mostrar las diferencias entre las élites y la gente que no ha sido tan privilegiada. Lo que Hernán nos mostró en ese video no es algo falso: generalmente, algunos integrantes de las élites mexicanas tienen poco contacto y menos interés por el otro México, viven en una burbuja privilegiada y, si bien dicen apegarse a cierto sistema de valores (religiosos normalmente) en la práctica se mantienen muy alejados de ello: «quiero una niña con valores… si esa persona cree en diosito, para mí es de huevos… la verdad a mí no me gusta ir a misa». Eso que muchos llaman «doble moral».
Los que vivimos en Guadalajara sabemos que hay gente que es así, la hemos conocido y en más de una ocasión hemos llegado a (o más bien tenido que) convivir con ella.
Pero luego comienzan los problemas:
Un análisis de este tipo se convierte en un problema si quien lo hace lo hace con fines políticos y no con fines meramente informativos, académicos o sociales, lo cual es de notar.
Dentro de esta «investigación» que Hernán hizo (quien visitó los lugares más pudientes como Plaza Andares o la colonia Providencia donde se vitcimizó en la entrada de La Casa de los Platos) podemos ver que más que hacer un análisis riguroso, se esforzó más bien en crear un hombre de paja para fortalecer el discurso del sistema: «fifís y chairos».
Hernán entrevistó gente conocedora sobre la historia de Guadalajara y la sociedad tapatía, quienes le relataron cómo es que la Calzada Independencia funge como una suerte de muro invisible que separa a la Guadalajara más privilegiada de la que no lo es. Pero luego el mismo Hernán toma este ejemplo para hacer una distinción que estos conocedores no hacen al usar estos términos tan típicos que se utilizan para polarizar el discurso: allá al poniente de la calzada viven los fifís (privilegiados, sin empatía), en el oriente viven los chairos (el pueblo bueno).
Después de esta entrevista es cuando Hernán va a los antros para mostrarnos cómo es esa Guadalajara fifí, o más bien Zapopan, que es el segundo municipio más rico del país después de San Pedro Garza García (en lo que Hernán hace mucho énfasis). Es decir, los que vivimos en el poniente somos todos pedantes, ignorantes, doblemoralinos y, ah, odiamos a López Obrador. Del otro lado está el pueblo bueno, atropellado, malentendido, que sufre, esos que dicen que tienen las esperanzas puestas en la 4T (pero que son los más afectados por lo errático de este gobierno).
La verdad es que muchos de los que vivimos en el poniente de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ya definidos como fifís por Hernán) no somos como esas personas vacías e insulsas que entrevistó. De hecho, esos comportamientos se nos hacen patéticos y nosotros mismos los criticamos y señalamos.
A muchos no nos va mal económicamente, pero tampoco somos parte de la élite (y que dentro de esta misma no se podría generalizar del todo). Hernán nos etiquetó y creó un «ente fifí homogéneo» a partir de unas entrevistas que hizo básicamente para sumarle al carro de la polarización propia de la Cuarta Transformación entre el pueblo bueno y los privilegiados, pirruris, fifís y miembros de la mafia del poder que dice que somos nosotros.
Si una persona no conociera bien México ni Guadalajara, podría llevarse la impresión de que toda la gente de nivel socieconómico medio y alto es así, y eso muchas veces no es cierto. Lo que habría podido haber sido un buen ejercicio se convirtió en un mero instrumento de propaganda favorable al régimen para dividir a la sociedad por medio de hombres de paja y negar la heterogeneidad que existe a pesar de las innegables diferencias socioeconómicas.
Es paradójico, porque el comportamiento de Hernán, al etiquetar y reducir, no termina siendo tan diferente a los de los fifís que él mismo dice denunciar.
Si pudiera definir de alguna forma a este periodo de poco más de siete meses en que AMLO ha estado en el poder, lo definiría como un gobierno errático.
Sé que algunos van a decirme que es muy pronto para evaluarlo. Pero tan no lo es que nuestro Presidente ya dio un informe sobre sus resultados.
No me enfocaré en los números y las cifras: algunas no están mal, otras, sobre todo las relacionadas con el crecimiento económico y la inseguridad, son más bien preocupantes. Es cierto que, en algunos casos, para dimensionar bien las tendencias cuantitativas sí se requerirá un poco más de tiempo. Pero me enfocaré más bien en lo cualitativo, en las formas.
Hay quienes dicen, desde una postura relativista, que la evaluación que se hace a un gobierno depende de la postura desde la cual se mire: esa afirmación puede no ser del todo falsa pero tampoco es del todo cierta, ya que entonces todas las evaluaciones, cualesquiera que sean, valdrían exactamente lo mismo, y al no haber una evaluación más acertada que otra entonces no tendría caso siquiera hacerla (gajes del posmodernismo).
Es cierto que los seres humanos, desde nuestras limitaciones subjetivas, evaluamos a los gobiernos conforme a nuestra experiencia (subjetiva). Pero también es cierto que, independientemente de ello, hay pautas sobre las cuales uno puede agarrarse para intentar hacer una evaluación más mesurada: ahí están los hechos, los datos. Por ejemplo, puede reconocerse de forma más objetiva cuando una economía no está siendo bien manejada porque vemos un desplome en el PIB que no es producto de algún fenómeno internacional o sabemos que encarcelar a un periodista que realizaba su trabajo es un atentado en contra la libertad de expresión al punto que podemos decir que quien no es capaz de percibir eso es porque tiene su juicio nublado. Aunque las definiciones tales como «opresión» o «libertad de expresión» son construcciones sociales intersubjetivas (conceptos que no existen fuera de nuestra mente pero que todos estamos de acuerdo con su significado), deberíamos tener la capacidad de ligar algún evento dado con esa definición sin que ello pueda relativizarse (quien quiera relativizarlo entonces no comprende bien qué significan esos conceptos o estaría tergiversando su significado).
Dicho esto, si bien es imposible despojarme de toda subjetividad en mi análisis, sí puedo intentar hacer un análisis mesurado con la ayuda de mis conocimientos y mi experiencia.
Un ejemplo de esto es cuando critico que el gobierno de López Obrador se base en los simbolismos y no salga de ellos. No es que sea malo per sé que un gobierno apele a lo simbólico: las narrativas le dan forma y sentido a los gobiernos. El problema es cuando un gobierno intenta sostenerse por medio de ellos y no por medio de resultados que abonen a la mejora de la calidad de vida de los habitantes.
López Obrador mantiene altos índices de popularidad no solo por su narrativa que ha repetido una y otra vez y que le ha dado un aura con la que ningún político de la era moderna del país había cargado, sino porque en lo simbólico, le ha cumplido a su electorado: canceló el NAICM, abrió Los Pinos al público, redujo los sueldos de funcionarios, incluso está en camino de comenzar a construir la refinería que prometió en campaña.
Pero los simbolismos y la narrativa deben de tener una sustancia que esté justificada en los actos. Es decir, si AMLO abrió Los Pinos al público, ello debería sostenerse con una mayor transparencia en el gobierno y debería haber una mayor cercanía con la ciudadanía haciéndola más partícipe de lo público. Lo primero evidentemente no ocurre, y lo segundo no va más allá de una mera simulación (consultas ciudadanas arregladas de tal forma que gane la opción que le convenga o votos a mano alzado cuyo resultado López Obrador ya conoce).
El simbolismo per sé se vuelve algo completamente estéril. ¿de qué sirve que AMLO abra Los Pinos al público más allá de la narrativa que pretende comunicar con esa decisión? De prácticamente nada, simplemente los habitantes de la CDMX podrán ir gratis a conocer la residencia donde habitaron los Presidentes de la República desde Lázaro Cárdenas hasta Enrique Peña Nieto. ¿De qué sirve bajarle el sueldo a los funcionarios? Efectivamente son más recursos disponibles para el erario, pero en realidad no hace gran diferencia. Peor aún ¿de qué sirve cancelar el NAICM que en la narrativa significa un golpe en la mesa con el cual el nuevo régimen pretende hacer un distanciamiento con el pasado? no solo no sirve de algo, sino que los perjuicios terminan siendo más grandes que los beneficios.
Si analizamos las decisiones políticas, las políticas públicas y las demás decisiones que son parte del acto de gobernar, nos encontraremos con grandes contradicciones entre lo simbólico y la cruda realidad. Las licitaciones directas y las partidas discrecionales poco empatan con la narrativa que se pretende crear al «abrir Los Pinos al público», incluso son contrarias. Poco podemos justificar la narrativa creada con la austeridad en los salarios si no se percibe mayor bienestar en la población y más justicia social reflejada en mayor igualdad de oportunidades o más y mejores empleos.
Esta distancia entre lo simbólico y la realidad es, a mi juicio, la distancia entre la aprobación de Andrés Manuel en las encuestas y la efectividad de su gobierno. A través del simbolismo, AMLO parece generar la impresión de que se trata de un presidente efectivo que está llevando a cabo una transformación (esto último no es falso, lo cuestionable es si dicha transformación tal y como la vemos progresar vale la pena). Por ello la gente tiene confianza en este gobierno, porque ve una ruptura, un nuevo discurso.
Podemos hablar, sí, de alguna forma de transformación, pero no podemos hablar de alguna innovación en la forma de gobernar. Puede llamarse transformación porque hay una ruptura parcial con la forma en que se venía gobernando el país (parcial porque muchos de los vicios persisten), pero no es innovadora porque no se plantea algo nuevo más allá del discurso, sino que es una amalgama de paradigmas políticos propios del siglo pasado combinado con algunos otros paradigmas vigentes. Lo único que puede ser medianamente innovador es el discurso: yo no recuerdo que en la historia moderna haya existido un discurso frontal y duro contra la corrupción. Pero es que ni siquiera el discurso parece empatar con el acto de gobernar.
Este gobierno prometió acabar con el neoliberalismo, un término muy ambiguo que, en la peculiar definición que hace López Obrador, se traduce en la viciada relación del poder político con el poder empresarial (algo que más bien llamaríamos capitalismo de cuates) más que la liberalización económica o el Consenso de Washington (de donde se suelen desprender la mayoría de las definiciones de neoliberalismo). Pero en la práctica no vemos algo demasiado diferente tomando en cuenta la cercanía de Rioboo o los grandes negocios que Ricardo Salinas Pliego está haciendo con la 4T.
Hablaron de cambiar el sistema económico, pero a la vez nos han traído una amalgama rara que no podemos terminar de situar a la izquierda del espectro político. Hay un discurso de justicia social, sí, pero vemos, a diferencia de lo que uno esperaría de un gobierno de izquierda, un desprecio por la cultura y por la ciencia. Vemos un entusiasmo por moralizar a la población a través de discursos con un fuerte acento cristiano y cartillas morales repartidas por evangélicos, cosa que podríamos considerar más bien de derechas. Vemos recortes agresivos bajo el argumento de no endeudarse ni subir impuestos (por ahora) sino de reencauzar el presupuesto para diversos programas sociales, refinerías y trenes (lo cual, no representa ningún cambio con el nivel de inversión pública de los gobiernos pasados). En el gobierno de AMLO vemos un experimento raro, que no termina de tomar una forma definida, pero que a la vez nos suena algo conocido, como si ya lo hubiéramos visto antes.
El problema de este gobierno no son las posturas radicales (más bien amalgama algunas características de la izquierda con otras de la derecha, hábito más bien propio del PRI) sino la torpeza y la falta de consideración por la técnica y que son de las cosas que más nos deberían de preocupar. Como bien decía Diego Petersen, hasta la llegada de AMLO los políticos acostumbraban diseñar políticas públicas que afectaban a todos desde un edificio de Santa Fe. Desde ahí hacían sus regresiones, sus fórmulas econométricas, sin siquiera conocer a quienes estaban gobernando. AMLO quiso cambiar el discurso, ahora pretende que todos se salgan a la calle con la gente, pero ¿cómo analizar sus impresiones si ahora resulta que no saben hacer ecuaciones, regresiones y tal vez ni usar Excel? Con excepción de algunos funcionarios importantes en Economía y Hacienda, es muy perceptible el alto grado de improvisación y de ineptitud en varios puestos clave y, peor aún, aquellos que sí hacen bien su trabajo tienen que terminar lidiando con las erráticas y poco fundamentadas decisiones que a veces llega a tomar el presidente López Obrador. Ello es un ejemplo sobre cómo el simbolismo puede llegar a matar la eficiencia del arte de gobernar.
Es evidente que López Obrador quiere hacer un cambio y que quiere pasar a la historia como uno de los grandes transformadores de esta nación. Pero falla rotundamente al creer que basta con el voluntarismo para hacer los cambios. Las estrategias, la técnica, el método, todo eso se ha dejado del lado porque para AMLO todo ello carga con el «estigma de la tecnocracia» (solo parece haber un tímido reconocimiento de los errores macroeconómicos que los gobiernos de izquierda han cometido en el Cono Sur), pero sin ello no es posible construir una verdadera transformación.
Tampoco se pueden hacer grandes transformaciones con instituciones débiles y las cuales son vulneradas por los caprichos del propio presidente que piensa que con un tronar de dedos y buenas intenciones, ellas se van a reformar. Hemos visto como, contrario a su discurso, podemos observar una mayor vulnerabilidad institucional, instituciones de donde ha alejado progresivamente a la ciudadanía (vía su escepticismo a las organizaciones civiles o su poca afinidad con la transparencia) en aras de una tramposa abstracción llamada «pueblo» que pretende homogeneizar a los ciudadanos como una sola cosa, de donde excluye a quien se oponga a su gobierno y, sobre todo, del que se ha nombrado su único y exclusivo interlocutor.
Lo mismo ocurre con su trato con la prensa. Es cierto que AMLO no ha ejercido algún tipo de censura explícita. Pero también es cierto que las opiniones contrarias le incomodan y sabe que, ante cualquier acusación, tendrá un ejército de usuarios en las redes listas para tratar de desprestigiar al medio en cuestión, y así también contará con un grupo de opinadores que tienen sus propios programas en los canales 11 y 22 (es decir, con recursos del Estado) para promover a la 4T en tanto ridiculizan y parodian a los opositores.
El problema para López Obrador es que los simbolismos tienen fecha de caducidad, el problema es que los más afectados por sus políticas erráticas serán justamente aquellos que votaron por él y habrá un momento en que no será posible conciliar simbolismo y realidad. En lo general me parece que AMLO no ha entregado buenos resultados estos siete meses. Su proyecto, por más loable pueda sonar a algunos, genera justificadamente muchas dudas e incertidumbre ya que tiene muchas lagunas y omisiones que no se debería permitir ningún gobierno, y menos en la difícil tarea de llevar a cabo una transformación del régimen político.
López Obrador ha celebrado su primer aniversario con una suerte de «informe-festejo». No es el aniversario de su presidencia, sino de su victoria, de ese momento desde que, según él, se inició la Cuarta Transformación.
Como todo lo que hace el gobierno de López Obrador, el festejo tiene un fuerte carácter simbólico. ¿Tendría sentido hacer un informe a los 7 meses de gobernar cuando ellos mismos nos insisten en que es muy pronto para juzgar sus políticas? ¿Tiene sentido hacer un informe en julio cuando en septiembre va a llevar a cabo otro donde va a decir prácticamente lo mismo porque en dos meses las cosas no van a cambiar mucho?
El informe en este contexto tiene más bien la tarea de reforzar lo simbólico: «el primero de julio ocurrió un cambio histórico y les presento resultados para demostrar que las cosas se están llevando a cabo y seguimos haciendo historia».
Varios de los datos que López Obrador presentó son, en realidad, ciertos, aunque claro, mezclados con otros datos más ambiguos o sin aclarar el contexto y, alguno que otro más, de esos «otros datos que tiene» y a los que ya nos ha acostumbrado. Esto sin dejar del lado que «olvidó mencionar» aquellos rubros donde las cosas no andan nada bien. Vaya, un trato típico de la información que se hace en cualquier informe.
Como en cualquier informe, el mandatario querrá generar la impresión de que las cosas van muy bien, y quiere asegurarse de que la mayor cantidad de gente se quede con esa percepción, en lo cual no ha fallado porque los estudios demoscópicos le dan una aprobación positiva. Por eso insistió a los medios de comunicación que lo transmitieran por cadena nacional.
Pero lo que piensa la mayoría no es lo que necesariamente está ocurriendo, tampoco lo que dice el Presidente de la República.
El fin de semana que antecedió a su informe y con motivo de éste, muchos opositores salieron a marchar a las calles de la Ciudad de México y otras ciudades, la «marcha de los fifís» como los obradoristas le llaman.
Evidentemente, como en toda marcha, hubo algunos problemas (que el amloísmo intentó magnificar): discusiones, líderes políticos como Fox corridos, alguna que otra expresión xenófoba y demás. Pero, poco a poco, estas marchas, que ya parecen realizarse de forma sistemática, están aglutinando cada vez a más gente.
Las manifestaciones crecen paso a paso, no han logrado todavía juntar una masa crítica que logre incomodar mucho al gobierno. Pero están ahí latentes, a las cuales poco a poco se suma más gente.
Lo más destacable es que se realizan de forma periódica y no son meramente espontáneas (es decir que surgen por alguna mera coyuntura), sino que ya han logrado organizarse para salir a las calles una y otra vez. Esta periodicidad les permitirá a los marchantes aprender a organizarse mejor (recordemos que muchos de los marchantes son neófitos en el tema) y, no solo eso, sino que los nuevos opositores que vayan surgiendo (desde los que hasta ahora habían decidido no hacer nada, hasta los que se desencantaron por el gobierno) sabrán a dónde acudir para manifestar su indignación con el gobierno.
La popularidad de AMLO sigue siendo alta y posiblemente así se mantenga por un rato, pero es muy posible que en el futuro esa popularidad decrezca por el mismo desgaste del ejercicio del poder. Las manifestaciones tendrán (debido a su periodicidad) la posibilidad de aglutinar a todos esos nuevos inconformes. Cuando ello pase, las marchas entonces sí se convertirán en un problema para este gobierno.
Las marchas también son una suerte de informe. A ellas no acuden solo privilegiados y gente de derecha (que sí la hay, aunque los grandes beneficiados de la corrupción de los gobiernos pasados no salen a la calle), sino que también se está sumando gente que perdió su empleo, gente decepcionada. No se equivocan quienes dicen que los más perjudicados no son ellos (al cabo, si algo ha hecho relativamente bien este gobierno es mantener buenas finanzas públicas) sino la gente de «más abajo», aquella a la que le toca sufrir por los recortes a los programas sociales (paradójico de un régimen que se dice izquierdista).
Si López Obrador sigue apostando a reforzar los simbolismos (que tienen fecha de caducidad) en vez de trabajar para generar resultados constantes y sonantes, veremos en esta marcha no solo a «fifís de derecha», sino incluso a algunos progresistas e izquierdistas decepcionados. Su discurso polarizador es otro elemento que termina por fortalecer estas manifestaciones en lugar de generar lo contrario.
Y celebro que ocurra, independientemente de la efectividad del gobierno de AMLO, todo gobierno requiere un oposición. Dentro de las cámaras y el gobierno es casi inexistente, y si de otro lado tiene que surgir, es desde la ciudadanía.
Cuando uno revisa la distribución entre mujeres y hombres en distintas carreras, se percata de que las mujeres optan más por carreras sociales como psicología o relaciones públicas mientras que los hombres dominan las STEM (ingenierías y tecnología).
El argumento que algunos utilizan para explicar esta diferencia es que hay estudios de bebés recién nacidos donde las mujeres tienen preferencias por rostros y los hombres por objetos. Dicho esto, las mujeres preferirían tratar con personas y los hombres con herramientas o modelos. Así, se dice que esa distribución no es producto de alguna inequidad de género, sino que los hombres prefieren un tipo de empleos y las mujeres otro tipo. Eso sí, generalmente los primeros empleos son mejor pagados que los segundos.
Pero si entonces ello fuera la justificación, ¿por qué los hombres dominan la política y, de paso, el análisis político?
El argumento es que la política atrae menos a las mujeres. Que ellas no se quieren «embarrar del lodazal», que a ellas no les gusta hablar tanto del tema y discutir sobre asuntos políticos, como si ello estuviese determinado por la naturaleza.
Hacer política trata más sobre personas que sobre sistemas: trata sobre comunicación, sobre relaciones, sobre saber hacer equipos, buscar aliados, negociar para poder impulsar agendas. Si a las mujeres se les da mucho la psicología y las relaciones públicas por «naturaleza», entonces ¿no tendría que ser la política casi la profesión perfecta para la mujer? Bajo el argumento biológico que se hace con base en esos estudios donde las mujeres prefieren personas y los hombres objetos, entonces tendría que haber una mayor presencia de mujeres que de hombres.
Pero eso no ocurre. No hay ni siquiera paridad de género y ello explica que algunas mujeres incluse soliciten cuotas esperando de esa forma tener cierta representación. Entonces, ¿cómo explicamos desde lo biológico que las mujeres no quieran entrarle a la política y los hombre sí? Pues la realidad es que la biología no puede explicarlo porque no es un asunto biológico sino uno cultural.
El análisis político (intelectual), por su parte, viene siendo algo así como una mezcla de «personas y sistemas» ya que analiza el comportamiento humano bajo ciertos sistemas o paradigmas; así, se esperaría que hubiera algo cercano a la paridad de género. Pero en realidad en México son muy pocas mujeres que hacen análisis político (ciertamente cada vez se están involucrando más): me vienen a la mente Maria Amparo Casar, Denise Dresser (Aristegui y Marker son más bien periodistas), tal vez Viridiana Ríos y otras pocas más. A nivel global la diferencia también es llamativa, de entre tantos teóricos de la política hombres que conozco del siglo XX, de entre las mujeres en este momento solo me viene a la cabeza Hannah Arendt.
Otra prueba de la debilidad del argumento es que, con el tiempo, son más las mujeres que se han ido involucrando en la política y en su análisis. Si se tratara de biología, entonces ¿cómo explicaríamos estos cambios? De forma progresiva hemos visto más presidentas en el mundo, y aquí en México cada vez más mujeres legislan en el Congreso. Hace décadas era casi impensable ver a presidentas en el poder, ahora es algo relativamente común pero siguen siendo minoría. No es un secreto que en países como Estados Unidos, si bien una mujer tiene posibilidades de llegar a la presidencia, su género sí funge como una suerte de handicap.
Es cierto que no se puede esperar una igualdad de representación perfecta pero sí una equidad de género (que es una de las críticas que se suelen hacer sobre las cuotas de género). Es decir, en un escenario de equidad tendríamos congresos donde en alguna ocasión tengan más hombres que mujeres y viceversa (por diferentes razones que no tienen que ver con algún prejuicio ni falta de oportunidades). Pero no habría alguna tendencia clara y notoria hacia algún género como todavía lo hay.
Más que hablar de estudios de rostros y objetos. ¿no tendrá que ver que la política tiene que ver con el poder bastante más que la psicología y las relaciones públicas? ¿No será que todavía existe una tendencia a relegar a las mujeres a áreas con menos influencia en lo social (aunque sea evidentemente menor que antes o aunque sea de forma inconsciente)? ¿No será que siempre pensamos que la política era «cosa de hombres» y por eso las mujeres se sintieron menos atraídas a ella con la consecuencia de que ellas se han visto subrepresentadas?
En la actualidad, una mujer puede entrar libremente a la política. Hasta aquí todo bien, pero luego vienen los siguientes problemas: muchas mujeres aprenden durante su vida que la política es más cosa de hombres, ven que los tíos hablan más de política que las mujeres que, si bien hablan más que antes, no hablan tanto. Por esta razón, algunas mujeres entonces podrían no verse motivadas porque sienten la política como algo ajeno. Aún así hay muchas otras que sí se vean interesadas y logren sortear este dilema, pero los problemas no acaban ahí. Dentro del mundo político, si bien no tienen las puertas cerradas para llegar a altos cargos, es cierto que ellas lo tienen un poco más complicado a la hora de llevar a cabo esa travesía que los hombres. Dentro de todos los que conforman el gobierno, habrán algunos (aunque fueran minoría) que tendrán recelo de ver a una mujer crecer. Sumemos los roles dentro de la familia, donde hay una correlación directa entre las posibilidades que una mujer tiene para triunfar y la equidad en la división de tareas dentro de la casa entre esposos. Todas esas cosas influyen, aunque no sean demasiado visibles, e incluso no han dejado de ocurrir en aquellas naciones que se congratulan por tener mayor equidad de género.
Es cierto que se han logrado grandes avances, pero son esos mismos avances los que explican que la inequidad que todavía existe es una problemática cultural y no una cuestión biológica.
Nadie, nadie puede tener la osadía de hacer un juicio histórico sobre algo de lo que es parte y cuya obra todavía no ha realizado ni concluido. Debe tenerse una gran megalomanía para definir a un gobierno, el suyo, desde antes de empezar inclusive, como la «cuarta transformación». A lo más que podría tener derecho es a decir que su aspiración es «lograr una cuarta transformación», nada más. Ni siquiera tiene derecho a asegurar que la está llevando a cabo.
Definir una etapa histórica es tarea de los historiadores y de la gente que valida o invalida esa definición para que, intersubjetivamente, sea aceptada y adoptada por el colectivo: es decir, por parte de quienes no son ni juez y parte. Quien osa llamar «cuarta transformación» a su gobierno, corre el gran y grave riesgo de que el significante no corresponda con el significado. De hecho, ahora no existe esa correspondencia ni puede existir en tanto que la obra no está concluida, y posiblemente no exista ni en el futuro ni cuando se concluya la obra, porque ello implicaría un acto excepcional que contraste positivamente con todos los demás actos que no merecen ese significado. Como hablamos de algo excepcional, es más probable, en todos los casos, que no suceda a que sí. Vale decirlo, aunque algunos se engañen y traten de torcer los hechos para que se acoplen a la definición.
Pretender llamarse así es como llamar rascacielos a un baldío en el cual no se sabe con certeza si ahí se va a construir una torre y no se sabe siquiera el número de pisos que va a tener (información necesaria para saber si será un rascacielos o un pequeño edificio de departamentos). Para que algo sea, debería ya haber tomado forma: debe ser en acto. Pero tampoco podemos hablar de una cuarta transformación en potencia siquiera, porque no sabemos si aquello que se está formando derivará en alguna «cuarta transformación».
Es muy posible que esta misma definición será reinterpretada por el juicio de la historia. Si, a ojos de un gran sector de la población, este gobierno sale del poder sin entregar buenos resultados, el término, tal vez reconocido en lo cotidiano (por la insistencia del gobierno en llamarse así) adquirirá un tono peyorativo, como el «arriba y adelante» de Luis Echeverría, pero no será tomado en serio por los especialistas, historiadores o intelectuales.
La cuarta transformación no es más que una trampa semántica, donde un gobierno pretende legitimarse a partir de una autodefinición que no tiene derecho a hacerse porque ni le corresponde (está siendo juez y parte) ni está en tiempo de hacerlo (no ha tomado forma).
A mano alzada, los asistentes al mitin de AMLO en Durango (la mayoría de ellos, al parecer, transportistas privados) votaron por la cancelación de la obra del metrobús en La Laguna (esta área metropolitana a la que pertenecen Torreón, Gómez Palacio y Ciudad Lerdo) al preguntarles AMLO si preferían esta obra (cuya construcción ya está avanzada) o que se invirtiera en agua.
Este tipo de decisiones debería de preocuparnos mucho a los mexicanos, ya no sólo porque generan muchísima incertidumbre (tanto económica como política), sino porque representan un ataque a la vida institucional. Este tipo de actos no podría considerarse siquiera como alguna forma de democracia directa o participativa (que vaya que hemos aprendido que muchas veces los referendums, hasta los bien hechos, pueden llegar a ser contraproducentes) sino que es una farsa completa.
Y es una farsa porque los que asistieron a ese mitin no representan siquiera los intereses del grueso de los habitantes de la zona de La Laguna, cuya mayoría sí está de acuerdo con la obra en la cual ya se habían invertido más de 450 millones de pesos. Es una farsa porque estos ejercicios pretenden engañar a la gente haciéndoles creer que su voz ha sido escuchada y que el pueblo tiene el poder, pero no es así y pongo un claro ejemplo:
Imaginemos que asisto a un mitin y los asistentes le piden a AMLO implementar una política pública que pueda ser contraria a los intereses del Presidente: digamos que ese mitin se lleva a cabo en Texcoco y todos los asistentes le ruegan a AMLO reactivar el aeropuerto de Texcoco porque les va a generar empleos y porque es necesario para el desarrollo del país. Los asistentes hacen la petición y todos levantan la mano. ¿Qué va a pasar? ¿De verdad AMLO les va a hacer caso?
Seguramente, lo primero que dirá AMLO es que hay infiltrados; que hay gente que es del PRIAN, de la mafia del poder o, en el escenario más positivo, que alguien los engañó. Evidentemente va a ignorar la «voluntad popular». López Obrador sabía que la opción a favor de la cancelación del Metrobús iba a ganar, no es tonto. No vimos a un pueblo empoderado, vimos una simulación en la que él toma todas las decisiones.
Es cierto que la clase política se había alejado de la ciudadanía, que trataban de entender la realidad política tan compleja y diversa desde una oficina en alguna torre en Santa Fe o Polanco. Pero a quienes querían un gobierno más cercano y empático AMLO les está vendiendo humo, les hace sentir que son parte de las decisiones, que tienen voz, cuando en realidad la única opinión que cuenta es la de López Obrador.
No es que López Obrador escuche al pueblo y, con base en ello, tome decisiones. Lo que ocurre más bien es que primero AMLO toma una decisión, hace como que la somete a consulta y hace sentir a la gente que fue ella quien tomó la decisión para así legitimar esa decisión que el propio Presidente, y nadie más, ha acabado de tomar. Ya lo vimos con la consulta del aeropuerto donde la ubicación de las casillas fue planeada arbitrariamente para que ganara el «sí a la cancelación» cuando la mayor parte de la ciudadanía estaba a favor de que se continuara. AMLO ya había decidido y solo utilizó al pueblo para legitimar su decisión.
Además, suena muy paradójico que AMLO haya decidido cancelar una obra que iba a beneficiar a los sectores sociales que él dice representar. Esa obra iba a reducir tiempos de traslados a muchos habitantes que tienen que moverse en transporte público. Los laguneros iban a tener un transporte más digno para ellos porque quienes hemos utilizado el servicio de transporte público sabemos que el servicio de los transportistas privados (concesionados) como los que votaron a mano alzada es francamente mucho peor que cuando el gobierno proporciona directamente ese servicio, además de que un sistema BRT (Macrobús) siempre será más eficiente y más cómodo que el camión urbano.
Por una decisión meramente política y arbitraria, una obra que requería la zona de La Laguna se va a ir al traste. Y si esta va a ser la forma de hacer política, donde ni los estudios, ni el avance de las obras se tomen en consideración siquiera, sino solo la voluntad del Presidente, entonces sí tendríamos que estar muy preocupados.
El auge del calderonismo comenzó allá por el 2006. Felipe Calderón, un hombre discreto, introvertido, de no muchos reflectores, con un rostro que no parece de lo más amigable, llegaba, en medio de acusaciones de fraude por su opositor López Obrador (ahora Presidente), a la silla presidencial.
Felipe Calderón no ganó precisamente por su carisma, no ganó porque tuviera jale. Ganó simplemente porque vendió un discurso de estabilidad frente al riesgo que, nos decían ellos, representaba López Obrador.
Después de una presidencia de algunas luces y otras sombras, Felipe Calderón dejó el poder con un nivel de aceptación bastante aceptable, aunque nunca fue una figura que fuera muy popular. Pero, a diferencia de 2006, su partido estaba quebrado, dividido, partido, y el entonces presidente no terminó limpio de salpicaduras. Así, Calderón dejó la silla presidencial.
Pero en algún momento a Margarita y a él se les ocurrió que el 2012 no tenía que ser el final de su estadía en el poder, y por eso, después de severos pleitos internos con el PAN (sobre todo con el anayismo), Margarita decidió postularse como candidata independiente.
Le fue muy mal, no levantó. Lo poco que vimos de ella (por su poca exposición propia de los candidatos independientes que no tienen recursos y porque tampoco le pusimos mucha atención) fue a una mujer sin carisma, sin presencia, sin energía y con una mala dicción. No llegó nunca a rebasar los 10 puntos de preferencia (ni se acercó a ellos) y al final se decidió bajar de la contienda.
Y a pesar del fracaso rotundo, no se quedaron con los brazos cruzados.
Ante la llegada de López Obrador (llegada a la que Felipe Calderón, de alguna u otra forma, colaboró al darle la espalda al candidato Ricardo Anaya de su entonces partido) el dúo calderonista tuvo la idea de que podían crear un nuevo partido: México Libre, un proyecto de centro-derecha que, al menos en sus valores, es parecido al PAN, al menos en sus valores fundacionales.
Ante un PAN, que junto con el PRI y la clase política fue barrido por la locomotora de MORENA, pensaron que el calderonismo podía ser el depositario de la posible creciente indignación de la gente ante el gobierno de López Obrador. Trataron incluso de incidir en las marchas llevadas a cabo en la Ciudad de México apoyándolas, hablaron con líderes de dichas organizaciones para empezar a ganar simpatizantes.
Pero a la gente no le interesa.
Su movimiento no logra atraer a la gente, y las posibilidades de que logren conformar su partido disminuyen conforme pasa el tiempo. Por ejemplo, en León no lograron juntar a los 300 ciudadanos requeridos para conformar una asamblea, solo han podido realizar con éxito 7 de las 200 asambleas distritales requeridas por el INE. A 200 días de la fecha límite establecida por este organismo, sólo han logrado recabar 3.3% de las firmas necesarias.
El PAN, en cambio, a pesar de que perdió dos estados en las elecciones que acaban de pasar a manos de MORENA, logró acaparar una cantidad no tan despreciable de votos, al menos los suficientes como para no desfondarse y mostrar que no lo pueden dar por muerto. No fueron precisamente un éxito los resultados del PAN en esas elecciones, pero tampoco hay un declive pronunciado como el que el calderonismo esperaría.
Con un PAN que, por lo pronto, no le abrirá las puertas a Calderón y a Margarita (tampoco es como que ellos quieran ser recibidos ahí, al menos mientras estén los mismos en el poder) deberíamos de preguntarnos: ¿qué será del calderonismo que posiblemente no tendrá la representación política que aspiraban ganar por medio de México Libre?
No lo sé, lo cierto es que los Calderón no tienen el jale que ellos mismos pensaban que tenían. Peor aún, no es de mucha ayuda que se presenten como un alternativa ya vista y que representa a una clase política que ha caído en el desprestigio, y no a un movimiento independiente o nuevo.
Lo cierto es que el calderonismo está en franco declive.