Categoría: política

  • El fraude del 2006 como arquetipo cuatrotransformador

    El fraude del 2006 como arquetipo cuatrotransformador

    El fraude del 2006 como arquetipo cuatrotransformador

    La elección del 2006 no fue una elección ejemplar: Fox intervino abiertamente en las elecciones en favor de Felipe Calderón (con quien luego se conflictuó) cuando las leyes dicen que un Presidente no podía hacerlo. Calderón le entregó la educación a Elba Esther Gordillo a cambio de los votos del sindicato de maestros, con todas las implicaciones que eso tuvo para la educación de los niños. Hubo acarreos, el PRI operó en favor de Calderón y ello se suma al desafuero de un año atrás que ciertamente era injusto y que naturalmente funcionó como antecedente para que AMLO y los suyos calificaron como fraude lo acontecido en estas elecciones. Es cierto que si alguna de estas cosas no hubiera pasado, AMLO habría ganado en el 2006.

    Aunque si bien este tipo de actos distorsionan el proceso democrático, no constituyen por sí mismos un fraude electoral. Para que una elección sea calificada como fraude, el número de votos registrados tendría que tener una discrepancia, producto de una manipulación, con el número de votos realmente emitidos. Y no pudieron probar que existiera alguna manipulación del número de votos que fueron emitidos. Los observadores internacionales calificaron las elecciones como limpias.

    Irregularidades como las que ocurrieron en el 2006, ocurrieron también en el 2012 (amén de toda la campaña de acarreo de Peña Nieto) y en el 2018, donde si bien MORENA no fue quien cometió más irregularidades ni se destacó por cometerlas, sí fue la mayor beneficiaria de ellas. Tampoco es como que el PRD (entonces el partido en el que militaba AMLO) hiciera demasiado en las reformas electorales subsiguientes para evitar este tipo de problemas (las cuales se limitaron a evitar que alguien ajeno a los partidos políticos hicieran propaganda, o que ya no se pudiera llevar a cabo guerra sucia en contra de un candidato). El 2018 demostró que la izquierda no hizo mucho para que aquello que ocurrió en el 2006 fuera causalidad de nulidad de una elección, ya que en el 2018 ellos se beneficiaron de actos muy parecidos perpetrados por el PRI.

    Ni AMLO ni MORENA dijeron nada sobre la intervención del gobierno de Enrique Peña Nieto vía la entonces PGR (acto que luego fue señalado por el tribunal) para afectar a Ricardo Anaya, donde el gran beneficiario fue López Obrador, ya que Anaya se encontraba en segundo lugar (ciertamente algo lejano, y quien aún sin dicha intervención difícilmente habría ganado). El pejismo nada hizo para reclamar esta tropelía que era todavía más agresiva que lo ocurrido en el 2006, ya que aquí hubo un uso directo de una institución para incidir en el resultado electoral.

    Irónicamente, en la toma de protesta AMLO agradeció a Peña por no haber intervenido en las elecciones, cosa que fue absolutamente falsa. Más irónico es que en sus filas tengan a Manuel Bartlett, el ejecutor del fraude del 1988, y quien está a cargo de la CFE.

    Con todo esto, el gobierno de AMLO rememora aquello que dicen que fue el gran fraude como uno de los días más oscuros de la historia mexicana para abonarlo como relato al simbolismo cuartotransformador, como si su llegada al poder no fuera siquiera suficiente como para sobreponerse a ese resentimiento que seguía ahí.

  • ¿Es malo el conflicto?

    ¿Es malo el conflicto?

    ¿Es malo el conflicto?

    Generalmente, la palabra conflicto tiene una connotación negativa. Cuando alguien nos habla sobre conflicto se nos viene a la mente una disputa, un desacuerdo o incluso la violencia. El conflicto implica una desestabilización del orden que lo antecedió dado que había una inconformidad con dicho orden preestablecido.

    Pero sería ingenuo pensar que el conflicto es per sé algo malo. La paz y el consenso, términos a los cuales les damos una connotación positiva, serían su categorización opuesta. Pero en realidad, así como el conflicto eterno es algo indeseable, en realidad también lo debería de ser la paz y el acuerdo eterno ¿por qué?

    Porque la paz y el acuerdo eternos implican una conformidad con el orden de las cosas, como si fuera indeseable cualquier progreso desde ese lugar, como si ha hubiésemos llegado al fin de la historia (erróneamente sugerido por Hegel y Fukuyama).

    El conflicto no es un defecto de nuestra especie, es parte inherente de ella.

    De hecho, el mundo que tenemos (incluidos sus miles de beneficios que nuestros antepasados no tuvieron) es producto de una cadena de conflictos a distintos niveles. Tus derechos, tu nivel de vida, tu entorno, todo es un orden que derivó de un sinnúmero de conflictos.

    Y de hecho, el equilibro de nuestro mundo actual no es uno rígido, sino producto de una serie de conflictos actuales se contraponen entre sí: conflictos sociales, ideológicos, económicos y políticos que, sumados a aquellos que ya se llevaron a cabo, nos presentan al mundo tal y como lo conocemos. Es decir, el orden y el conflicto no necesariamente se contraponen, sino que incluso pueden retroalimentarse: la democracia como orden tal persiste gracias al conflicto entre sus diversos actores tales como oposiciones políticas, prensa, o la ciudadanía que aprovecha su derecho a la libertad de expresión para incidir en lo público.

    El orden, como decía, es producto de diversos conflictos. Pero a la vez, un nuevo orden que representa un avance social (en lo cualitativo y/o en lo cuantitativo) genera nuevos conflictos. Tomemos la equidad de género, estadío al que ciertamente todavía no terminamos de llegar pero del cual estamos más cerca que antes. Su realización ha sido y será producto de diversos conflictos, principalmente de mujeres inconformes con su realidad actual que buscan desestabilizar el orden actual para así crear uno nuevo en el cual se encuentren en una situación de equidad.

    Evidentemente es un avance real, pero dicho avance genera nuevos conflictos que tienen que ver, por ejemplo, con el hecho de que en un matrimonio la mujer y el hombre, quienes tienen carreras profesionales, deben dividirse tareas del hogar así como estar al cuidado de los hijos. Esto también implica una alteración de las estructuras sociales para que se adapten a una nueva realidad donde ambos géneros puedan aspirar a tener una carrera profesional y que a la vez puedan cuidar de sus hijos y formarlos. Tal vez las empresas (como en algunos casos ya hemos visto) den también permisos de paternidad, o tal vez los horarios laborales cambien de tal forma que puedan satisfacer esta nueva realidad.

    Anteriormente el conflicto no existía, porque se decía que la mujer tenía que quedarse en el hogar cuidando a los hijos y el hombre debía salir a trabajar. El conflicto era ese rol mismo en el cual la mujer se sentía limitada, pero al sobreponerse a dicho conflicto, se generaron estos otros y era necesario que ello ocurriera para que la sociedad se adaptara al nuevo cambio.

    El conflicto es el que nos hace crecer como personas y especie. Es el que reconoce nuestra heterogeneidad, que los seres humanos somos irrepetibles y únicos. Sin él tan sólo podríamos aspirar a vivir en un mundo monótono y estancado incapaz de evolucionar y progresar. Los derechos que adquirimos en un Estado democrático como el derecho a participar en la vida política, el derecho a la libertad de expresión o la libertad de prensa, están íntimamente ligados con el conflicto. Dichos derechos permiten al individuo entrar en conflicto dentro de un esquema tal que puedan dirimir sus diferencias.

    Podemos, sí, aspirar a qué el conflicto tenga el menor impacto posible dentro de nuestra integridad. Podemos aspirar a que usemos cada vez menos la violencia física o la guerra para dirimir nuestros conflictos y cada vez más el debate y la discusión civilizada. Madurar (tanto personal como socialmente) no tiene que ver con acabar con el conflicto, sino con la forma en que nos conflictuamos.

    No podemos aspirar a acabar con él, no deberíamos. Acabar con el conflicto implicaría conformarnos. Negar el conflicto es tan solo una forma de huir, de negar nuestras convicciones, de dejar que otras personas sean las que determinen la forma y el ritmo de nuestra vida. Es necesario también el conflicto para neutralizar una amenaza o agresión. El conflicto es parte de nuestro crecimiento, de nuestra formación, de nuestro carácter y nuestro espíritu.

  • 0.1%

    0.1%

    0.1%
    Foto: CNN en Español

    No son pocas las personas que me han comentado que la economía no está corriendo de la mejor forma. No estamos en una crisis económica como tal ni hay abundantes cierres de empresas o despidos, pero las cosas no se sienten del todo bien. Es como si la vida corriera de forma normal pero sabes que algo se respira en el aire: de pronto los contratos no son tantos, de pronto algunos toman previsiones, de pronto el joven se siente más frustrado porque no hay tantas ofertas de empleo, y eso sumando el proyecto Jóvenes Construyendo el Futuro, un programa muy atractivo en la teoría, pero que ha tenido dificultades en la práctica.

    Y esta sensación de incomodidad se da a pesar de que este gobierno se ha empecinado en mantener buenas finanzas públicas. Es cierto que las percepciones pueden jugar un rol, pero las percepciones terminan afectando la economía al traducirse en incertidumbre por las cuestionables decisiones que ha tomado este gobierno, por el aeropuerto que no se construyó o el Secretario de Hacienda que renunció y que, a pesar de que dejaron a un Arturo Herrera igual de capaz que Urzúa, el mensaje no fue bien recibido. 

    En este contexto, muchas personas vaticinaban que la economía pudiese entrar en una suerte de recesión técnica, algunos tal vez sí con mala leche esperando que ocurriera para «restregárselo en la cara a los lopezobradoristas» pero muchos más con argumentos y preocupación. 

    Así, López Obrador y los suyos celebraron «haber tenido la razón» por llamarlo de alguna forma. Los datos duros dicen que el país no está en recesión técnica por un magro 0.1% que, por otro lado, representa una diferencia ínfima que igual podría ser producto de un sesgo estadístico.

    Lo preocupante es que lo celebren, porque la única razón para celebrar en una situación así es la de «callarles la boca a los pesimistas» (quienes solo se equivocaron por una décima). La frontera entre tener recesión económica o no tenerla (ya difusa de por sí) no es la misma que marca el buen desempeño de la economía, la cual va bastante más arriba y que, a juicio del propio López Obrador, los gobiernos anteriores nunca lograron colocarse por encima de ella.

    Celebran lo que es más bien un dato más bien muy mediocre porque pareciera que lo importante no es hacer las cosas bien, sino tener la razón. Pero esta retórica puede ser desmontada fácilmente al acudir al historial de Twitter en donde López Obrador criticaba con severidad al gobierno de Peña Nieto por crecer 0.8%, un crecimiento ya de por sí demasiado mediocre, pero que incluso en esa mediocridad significa un crecimiento 8 veces mayor al presumido por la Cuarta Transformación.

    Esto podría ser análogo a una situación donde los padres piensan que su hijo va a reprobar matemáticas porque no lo han visto estudiar, pero que se salva al sacar 6.0 en un examen donde sus compañeros (los gobiernos pasados) todos sacaron 7 u 8. El hijo podrá decirle a los padres que no tenían la razón, pero solo bastó una décima para que la tuvieran, y bien harían los padres en reprenderlo ya que ese 6 es una calificación bastante mediocre.

    Un 0.1% de crecimiento que es, en gran medida, producto de la incertidumbre provocada por este gobierno y por sus malas decisiones, no puede ser celebrado. Es irresponsable hablar de escenarios apocalípticos y cataclismos, en sexenios pasados hemos llegado a ver crecimientos tan magros como estos e incluso peores (no es como que sea algo que ocurre por primera vez) pero tampoco podemos conformarnos con tan poco y debemos reconocer que ello es en parte resultado de la incertidumbre provocada por este gobierno. Peor aún, no podemos conformarnos con una métrica que está por debajo del crecimiento usual de este país, cuando de todos modos no era nada presumible. 

  • Estas son las mañaneras que cantaba en el atril

    Estas son las mañaneras que cantaba en el atril

    Estas son las mañaneras que cantaba en el atril

    Las mañaneras han sido el gran estandarte de este sexenio. Todos hablan de ellas, todos critican o aplauden a López Obrador con base en lo que se dice en ellas. Y por el contrario de lo que muchos piensan, no son una mera ocurrencia.

    Aunque a AMLO se le percibe como un político arcaico con «ideas antiguas», las mañaneras, vistas políticamente, conforman un gran acto irruptivo. ¿Por qué?

    Básicamente porque gracias a las mañaneras, López Obrador mantiene un gran control mediático, sin que esto implique per sé algún control de los medios ni mucho menos un acto de censura. Las mañaneras se convierten en la gran fuente de información del acontecer nacional relacionado con el gobierno de la 4T, con lo cual AMLO mantiene el control de la agenda.

    Basta revisar nuestras redes sociales. La mayoría de los aplausos, críticas y memes con relación a este gobierno se originan en algo que ocurrió en las mañaneras. Los diarios de gran tiraje están al pendiente de lo que ocurre ahí para alimentar los periódicos con noticias. Si Arquímedes dijo alguna vez: «dame un punto de apoyo y moveré al mundo», aquí la mañanera sirve como punto de apoyo desde el cual mover la discusión política.

    Lo que dice López Obrador en las mañaneras, las acusaciones a la prensa, las críticas de la oposición, todo se amplifica e ingresa a la opinión pública con una gran facilidad. De las mañaneras se desprenden notas, columnas, programas de análisis, hashtags.

    Pero la mañanera no solo tiene esa función, que no es nada despreciable. Cumple con otra función muy importante y tiene que ver con lo simbólico y con la percepción:

    Después de ver a muchos presidentes distanciados, que a veces incluso trataban de no aparecer mucho en medios y cuando lo hacían lo hacían en actos más bien frívolos (véase toda la comitiva del gobierno pasado que acompañaba a Enrique Peña Nieto a casi cualquier viaje), la gente percibe un gobierno que sí está presente, que sí da la cara, que permite cuestionamientos de periodistas y que sí está trabajando.

    Posiblemente, una de las cosas que explican que AMLO mantenga unos índices de popularidad razonablemente altos son las mañaneras, porque mucha gente agradece ver a un presidente que madruga para trabajar y «dar la cara» todos los días.

    Pero que la mañanera sea una innovación y una buena estrategia política, no significa que traiga problemas en distintos niveles.

    Porque así como impone la agenda, también amplifica los dislates y aquellas menciones o pronunciamiento que causan incertidumbre (en la sociedad, en la iniciativa privada e incluso hasta dentro de su propio gobierno).

    Con las mañaneras, López Obrador corre el riesgo de sobreexponerse demasiado y así desgastar a su gobierno. El problema es que la misma dinámica difícilmente le permitirá recular. Si López Obrador decide ya no hacer mañaneras porque ha concluído que la sobreexposición le está afectando, mucha gente va a cuestionar la decisión. Si las mañaneras transmiten el mensaje de que AMLO es diferente, de que él sí está gobernando, sí está dando la cara y sí se está esforzando, entonces su ausencia inmediatamente levantará cuestionamientos sobre ello. Incluso si AMLO necesite prescindir de ellas por su estado de salud (recordemos que es una persona de edad ya algo avanzada).

    También algunos de los símbolos que quiere transmitir son más bien cuestionables en los hechos, como aquella percepción de que López Obrador está dando la cara:

    Estrictamente se puede decir que lo está haciendo, pero siempre lo hace desde una posición en la que él está en ventaja frente a quienes lo cuestionan. Algún periodista le puede cuestionar tal política, pero López Obrador puede responder con un juicio de valor que, a su vez, se va a amplificar en las redes producto de sus operadores con hashtags como #NarcoReforma. Los cuestionamientos de Jorge Ramos y, más recientemente, los del periodista de Proceso, son muestra patente de ello.

    Las mañaneras, por último, no dejan de ser al final un aparato mediático que opera en lo simbólico, en la comunicación y hasta en las relaciones de poder, pero no desprende de ahí políticas públicas ni incide directamente dentro de los resultados que presenta este gobierno (y tan solo en la forma en que los comunica). Puede argumentarse que son una genialidad en el arte de la política, aunque más en el sentido de la retórica de los sofistas donde López Obrador busca generar un impacto en la opinión pública y no tanto en la creación de políticas que terminen beneficiando a la gente.

  • AMLO, FUTURO y por qué la política es coyuntural

    AMLO, FUTURO y por qué la política es coyuntural

    AMLO, FUTURO y por qué la política es coyuntural
    Foto: Roberto Latxaga / Flickr

    La política es coyuntural, no un absoluto. Lo que es popular en un contexto ya no lo es en el otro, la política que es acertada en dicha situación puede no serla en la otra.

    Construir una refinería hace 30 años era posiblemente una buena idea, hoy no lo es tanto; el discurso de Trump hace 20 años posiblemente no hubiera conseguido muchos votos; prometer el voto para la mujer en el siglo XIX habría sido una mala estrategia de campaña, en la actualidad restringir el voto a la mujer como promesa electoral no solo haría desplomar al candidato en cuestión sino que posiblemente muchos diarios internacionales se habrían asombrado ante ese inhumano atrevimiento.

    Pero no tienen que pasar tantos años para que el contexto cambie:

    Por ejemplo, en 2012 López Obrador no ganó la elección porque todavía no había un fuerte descontento hacia la clase política y su discurso no terminaba de seducir a un electorado que prefirió el «cambio moderado» reflejado en Peña Nieto al cambio radical que prometía AMLO y que asustaba. En 2018 ocurrió lo contrario: ante el fuerte hartazgo generalizado, ante los escándalos de corrupción, el mismo discurso de AMLO (que poco ha cambiado) empató con la realidad de ese entonces y lo llevó a ganar la Presidencia de manera holgada. Más de uno pensó en que tomar un riesgo valía la pena.

    Algo parecido ocurrió con Kumamoto y Wikipolítica. En 2015, la juventud de Kuma y los suyos generaron un aire de frescura, y la inocencia contrastaba de forma positiva con la corrupción de los viejos dinosaurios que tenía harto al electorado. En 2018 ocurrió lo contrario: la inocencia y la juventud operaron en su contra ante la «experiencia» de MC o la madurez de MORENA quienes se presentaron como una alternativa ante el PRI que era lo más representativo del hartazgo político (súmense las estructuras y la experiencia que los wikis no tenían). Más valía un cambio operado por los que «le saben», por los que ya tienen varios años levantando la mano (AMLO y, por ende, su partido), que por los «jovencitos que apenas le están aprendiendo».

    Hoy, Futuro (wikis), a diferencia de 2015, está ante una coyuntura francamente desfavorable. Más que hartazgo o miedo (que solo se puede ver todavía en una minoría) la sensación ante los gobiernos de AMLO y Alfaro es de expectativa, en general por el poco tiempo que llevan en el poder y porque el resultado de sus políticas todavía no se termina de trasladar a la realidad cotidiana. Futuro, que además carga todavía con el reciente escándalo de #MeToo, y que debe lograr su registro como partido, no solo deberá entender el contexto actual y construir una narrativa creíble y consistente, sino que deberá prever escenarios posibles de cara a 2021 para intentar adaptarse a la coyuntura de ese entonces, porque posiblemente 2021 ya no sea 2019. Deberán entender que, a diferencia de 2015, ahora ellos no son el centro de atención y tienen que buscarse un espacio. Futuro la tiene bien cabrona, aunque por ahí dicen que de las más duras crisis es de donde se empieza a crecer más.

    Todas las profesiones requieren constante actualización, pero la política es todavía más imprevisible y cambiante. El contexto cambia de un día para otro y esa campaña ganadora en una elección después podría condenarte al fracaso. Los políticos hábiles entienden el papel que la coyuntura juega en su profesión. Siempre tienen que estar alertas, nunca pueden dar nada por sentado, porque les pueden cambiar las piezas del tablero de la noche a la mañana.

  • ¿Y quién dijo que el periodista debía portarse bien con el gobierno?

    ¿Y quién dijo que el periodista debía portarse bien con el gobierno?

    ¿Y quién dijo que el periodista debía portarse bien con el gobierno?

    Dice AMLO: La revista Proceso no se portó bien con nosotros.

    El periodista Arturo Rodríguez le responde: El Papel de la prensa no es portarse bien con nadie.

    AMLO revira y dice que los buenos periodistas de la historia siempre han apostado a las transformaciones. Como diciendo que como ellos están «haciendo una transformación», entonces ser un buen periodista es cerrar filas con su gobierno.

    AMLO añade que los Flores Magón estuvieron en las filas del Movimiento Liberal, como diciendo no solo que los periodistas pueden tomar partido, sino que deberían hacerlo, porque los mejores periodistas que tuvo México (los de la república restaurada, dice) tomaron partido.

    Puedo decir que un medio o algún periodista puede (como a veces ocurre en Estados Unidos) mostrar su simpatía con una corriente política o hasta algún partido político. Pero ello lo hace por convicción y porque esa simpatía está en sintonía con su línea editorial, no porque persiga algún interés específico (como a veces ocurre en nuestro país).

    Así, AMLO comienza a crear su argumento en el cual no existe ningún periodista independiente, sino que forzosamente tiene que formar parte de los buenos (la 4T) y los malos (los conservadores, fifís, mafia del poder).

    López Obrador dice que es muy cómodo decir que se es un periodista independiente y que no tiene por qué tomar partido.

    Ciertamente, un periodista no puede ser plenamente objetivo. Su interpretación subjetiva de lo que el mundo es o debería de ser afecta su forma de hacer periodismo, ya que no solo se trata de hechos (objetivos) sino de la interpretación de éstos (subjetiva).

    Un periodista toma postura, lo que no necesariamente es lo mismo que tomar partido. Tomar partido implica que ante un hecho se está a favor o se está en contra, es una categorización binaria (que es lo que quiere transmitir López Obrador para separar entre los buenos, los que se alineen, y los opositores, los malos que recibirán una escarmentada en las redes sociales y que, dice, son parte de los intereses que no quiere que el país cambie).

    Pero ante un hecho o una entidad (como la cuarta transformación) se pueden tomar distintas posturas que correspondan a los valores e interpretación del mundo por parte del periodista. Es decir, el buen periodista toma como punto fijo sus creencias, su visión y su perspectiva, y con base en ese punto fijo es que toma posturas ante las decisiones de gobierno.

    Pero un periodista, a pesar de todas estas consideraciones, puede ser independiente. Si bien, dicho periodista está atado a su perspectiva política y su visión del mundo, no se ve en la necesidad de estar atado a algún interés. Incluso, se puede dar el caso de que, aún perteneciendo a una empresa o algún medio que tenga su agenda y sus propios intereses, se le permita hacer periodismo libremente siempre y cuando se conduzca con ética.

    Luego López Obrador dice que esos «periodistas comodinos» analizan y critican la realidad, pero no buscan transformarla. Como diciendo que solo se quejan y no hacen nada al respecto.

    Pero López Obrador se equivoca, o más bien su argumento es muy tramposo, porque un periodista transforma la realidad precisamente con su crítica. La tarea del periodista no es diseñar políticas públicas sino generar opinión pública a partir de su juicio y su crítica informando a la sociedad sobre lo que acontece.

    Es cierto que se crea una paradoja a raíz de la subjetividad del periodista. Si el periodista que me informa analiza necesariamente el acontecer de forma subjetiva, ¿entonces cómo sé si dicha interpretación es la más objetiva o acertada? Para esta pregunta tengo dos respuestas:

    Primero, que los buenos periodistas se sujetan a una ética periodística. A pesar de su innegable subjetividad, no desestiman los hechos (que son objetivos, en tanto que residen fuera de la mente del individuo) y nunca buscan manipular a la opinión pública torciéndolos o manipulándolos deliberadamente.

    Segundo, que en un país libre se espera que haya pluralidad periodística, de tal forma que haya distintos periodistas que aborden un problema desde una postura distinta y así los ciudadanos tengan acceso a dichas posturas para que con ellas se formen una opinión. Aunque no sea de forma explícita, los ciudadanos suelen entender o asumir dicha subjetividad periodística: dicen que este periodista es medio derechoso o que este tira a la izquierda.

    El papel del periodismo, a diferencia de lo que cree López Obrador, es ese: generar opinión pública y dar herramientas a los ciudadanos para que puedan interpretar lo que está aconteciendo.

    López Obrador niega todo esto. Dice que un buen periodista busca «transformar» (es decir, 4T) y un mal periodista busca conservar (oponerse a ella).

    ¡No señor!

    Un buen periodista es aquel que se sujeta a la ética periodística y es honesto en su actuar, no importa si es de derecha, de izquierda, si guarda simpatía con el gobierno o es ferviente opositor. El buen periodismo no guarda ninguna relación con alguna facción política a menos que haya un convencimiento genuino y desinteresado. Lo deseable es que haya periodismo desde diversas posturas políticas ya que así, los ciudadanos, diferentes entre sí (a diferencia de esa tramposa abstracción llamada pueblo) pueden consultar periodismo afín a sus convicciones y posturas políticas e incluso puedan consultar otro tipo de periodismo hasta para salir un poco de su cámara de eco.

    López Obrador termina su intervención arremetiendo contra Proceso y dice que lo lee poco desde el fallecimiento de Julio Scherer.

    Pero en realidad, ello habla bien de Proceso, porque refleja que es un medio que no busca congratularse con el gobierno en turno sino con sus principios (más allá del amarillismo que a veces caracteriza a este medio). Como Proceso hacía duras críticas a los regímenes de Calderón o Peña desde la izquierda, se asumió que vituperaría a AMLO. Pero eso no ocurrió así, sino que desde la misma izquierda ha sido igualmente crítico con López Obrador.

    Pero AMLO se equivoca. Él solo quiere periodismo que le aplauda, que le rinda pleitesía, que se convierta en simple vocera de su movimiento.

  • Es la educación básica, estúpido

    Es la educación básica, estúpido

    Es la educación básica, estúpido

    Me atrevo a parafrasear la frase de James Carville, asesor de campaña de Bill Clinton, para reflejar mi sentir ante la visión que este gobierno tiene sobre la educación, y a continuación les explico por qué.

    Una de las razones por las que México no crece es porque nuestro capital humano ha crecido más bien poco. Ello se explica por un nivel educativo bastante deficiente.

    Una de las tantas razones por las cuales México es un país muy desigual, es porque los pobres (que son cerca de la mitad de todo el país) no tienen acceso a una educación digna que les permita adquirir herramientas para aspirar a una mayor movilidad social.

    Si queremos hablar de desarrollo y justicia, entonce tenemos que hablar de educación. La educación es fundamento toral si queremos aspirar a ser un mejor país, con mayores oportunidades, desarrollo e inclusión. Y hay que mejorarla desde abajo.

    Es, sin embargo, muy ingenuo pensar que este problema (el de la educación deficiente) se va a combatir creando más universidades y abriendo más plazas para que la gente entre a estudiar. ¿Por qué?

    Empecemos desde abajo. Sabemos que en la educación básica e intermedia, los alumnos van a adquirir las herramientas cognitivas básicas que posteriormente les van a ser muy útiles a la hora de desempeñarse. Ahí van a aprender a razonar, van a adquirir habilidades matemáticas, básicamente van a adquirir los cimientos y la estructura de ese edificio. Si éstos son débiles, el edificio, por mejores acabados y servicios tenga, va a vibrar ante cualquier movimiento y tal vez se venga abajo con cualquier temblor. Te vas a dar cuenta que, por mejores acabados tengan las oficinas, estás en un recinto de mala calidad.

    Y como sabemos que la educación básica es deficiente, entonces demos casi por sentado que la estructura también lo es.

    Ahora digamos que la universidad son esos acabados y servicios. Evidentemente, ellos son muy necesarios para que el edificio cumpla con la función para la que fue construido (no sé, albergar oficinas eficientes), pero de poco sirven si la estructura y los cimientos están mal construidos.

    ¿Qué pasa cuando una persona que recibió una educación deficiente ingresa a la universidad? ¿Qué pasa cuando muchos de los estudiantes universitarios no recibieron una buena educación básica e intermedia? Es muy simple: la calidad de los estudios universitarios va a tender ser más pobre ya que los alumnos no tendrán la capacidad de cursar una licenciatura de muy alto rendimiento.

    Entramos en un dilema porque, por una parte, una universidad puede establecer filtros para que solo la gente realmente preparada pueda cursar las licenciaturas que están ofreciendo a un nivel determinado, pero eso excluiría a quienes recibieron una educación más deficiente y, evidentemente, a quienes no se esforzaron en sus estudios. A los últimos no los podemos defender de ninguna manera, pero posiblemente los primeros sean más pobres que quienes sí recibieron una educación aceptable (aunque la educación privada tampoco está para echar campanas al vuelo). Pero si, para crear justicia, demos acceso a más personas (lo que implica que personas con menor preparación entren a las aulas), ello va a comprometer el nivel de las carreras que se ofrecen.

    Ahora regresemos. Digamos que el gobierno decide no dar más plazas universitarias de las que ya se ofrecen. En vez de eso decide apuntalar la educación básica e intermedia y así logra mejorar la preparación de los alumnos de primaria y secundaria.

    ¿Que va a pasar?

    Van a ocurrir dos cosas positivas. Primero, que las personas que entren a la universidad tendrán un mejor nivel académico, lo cual coayudvará en un mejor nivel educativo a nivel universitario. Segundo, que las personas en general, independientemente de que estudien una carrera universitaria, tendrán mayores herramientas (cognitivas, críticas y demás), lo cual les dará la oportunidad de aspirar a mejores empleos y menos sueldos que si hubieran recibido una educación deficiente.

    Muchas de esas personas que no pudieron entrar a la universidad, tendrán más habilidades y recursos que los que en la actualidad tienen, lo cual es una gran ventaja porque tendrán la capacidad de adquirir más conocimiento por otros medios que de otra forma no habrían podido obtener. En Internet hay muchos cursos relacionados con ingenierías y diversas áreas (como ciencia de datos, machine learning) que podrían tomar, ya que tendrían las habilidades cognitivas para hacerlo. Técnicamente podrían tener un perfil mucho más competitivo que el que tienen muchos universitarios en la actualidad.

    Es cierto que en la actualidad todavía el título es muy relevante a la hora de poder conseguir empleo: te abre muchas puertas. También es cierto que en el mundo actual hay una creciente tendencia a valorar los perfiles de los candidatos por sus competencias en sí más que por el título que tienen. No es que debamos de despreciar la universidad, es muy importante evidentemente por la transmisión de conocimientos, pero poco a poco el título en sí dejará de ser tan relevante dando paso a los conocimientos como tales y las habilidades y competencias. Esto quiere decir que quienes no pudieron estudiar una carrera pero que decidieron aprender educarse por cuenta propia tendrán cada vez más oportunidades de mejorar su calidad de vida. Evidentemente, se necesita visión a futuro para entender esto.

    Tener muchos egresados universitarios en un país no es necesariamente la panacea. Es cierto que los países desarrollados tienen, por lo general, más egresados que los países subdesarrollados, pero también podemos constatar en la siguiente gráfica que no necesariamente tener más egresados universitarios deriva en más desarrollo y una mejor calidad de vida. Colombia y Rusia tienen un mayor porcentaje de graduados que casi cualquier país europeo y sin embargo su calidad de vida y sus ingresos son mucho menores.

    También es cierto que, de una u otra forma, tener una educación básica eficiente se podrá traducir en un progresivo incremento de plazas universitarias por el simple hecho de que, al haber generado un mayor capital humano, habrá mayor producción y mayor desarrollo.

    Es importante señalar todo esto para criticar el planteamiento que está haciendo este gobierno. Mejorar la calidad de la educación a veces puede no ser muy popular para los gobiernos porque los resultados no se ven a corto plazo y, por lo tanto, no generan votos. Aunque ofrecer más y más títulos universitarios sin ton ni son sí lo hace. El gobierno de López Obrador se ha decantado por la segunda opción, lo cual es un craso error.

    Si en 2030 o en 2040 nos preguntamos por qué México sigue sin crecer, podremos mostrar como evidencia lo que está ocurriendo en la actualidad.

    Si bien la Reforma Educativa de Peña Nieto era muy perfectible, había cosas que iban por el buen camino. La visión que se tenía de la educación a largo plazo era, a mi parecer, muy buena (otra cosa es evidentemente su implementación, cosa que evidentemente ya no pudimos evaluar ya que era un proyecto a futuro). Ahora no hay siquiera una visión a largo plazo en todos los niveles, y todo ello queda patente cuando la apertura de plazas universitarias tiene mayor prioridad que la educación básica e intermedia.

    El problema con la propuesta actual de tratar de dar acceso a la universidad a más personas como se está haciendo con las «universidades para el bienestar» es que en vez de mejorar el capital humano, solo se estarán entregando más títulos, ya que no hay una apuesta por mejorar la educación básica (donde se adquieren las herramientas cognitivas). Además, la oferta académica en estas universidades es, cuando menos, anticuada (parece que regresé a 1960).

    Básicamente, ofrecer más títulos universitarios sin mejorar el capital humano es como imprimir más billetes pensando en que así crecerá el mercado interno. Así como imprimir más billetes genera más inflación y deprecia la moneda, ofrecer más títulos universitarios indiscriminadamente, solo depreciará la educación universitaria. Y esto con costo al erario público.

  • Los nuevos neoliberofóbicos

    Los nuevos neoliberofóbicos

    Los nuevos neoliberofóbicos

    Allá a finales del siglo pasado y el inicio de éste, el discurso en contra del neoliberalismo se convirtió en una constante: libros, análisis, columnas, mítines políticos y demás medios por los cuales ese término «neoliberalismo» era repetido una y otra vez para referirse de una forma peyorativa al sistema económico en turno (o más bien lo que decían que era).

    El término se convirtió en una suerte de hombre de paja ideológico utilizado por algunas izquierdas (y muy de vez en cuando por alguna derecha nacionalista o reaccionaria). No definía algo concreto sino que más bien dentro de esa definición cabían muchas cosas. Parecía que hablaban del Consenso de Washington, o de Reagan o de Thatcher, pero no se quedaron ahí. Más que una definición, el neoliberalismo era un elemento retórico.

    Pero pocos de ellos eran capaces de proponer un modelo alternativo que funcionara. O bien, recurrían a lo que ya se había probado y no había funcionado (Argentina, Venezuela), o bien se quedaba en un recurso meramente retórico que comparte con la posmodernidad esa avidez para criticar y desgajar hasta el fondo como un arte sin sugerir siquiera alguna alternativa.

    Mientras, el status quo comenzaba a hacer algunas reflexiones, tal vez algo tímidas, sobre el sistema económico imperante (incluídos el FMI y el Banco Mundial tan odiados por los neoliberofóbicos). Arremeter contra el neoliberalismo daba la imagen de obsolescencia.

    Otros se limitaron a proponer sistemas de seguridad social más robustos (como sucede actualmente en Estados Unidos, quienes a pesar de llamar socialista a su proyecto, siguen defendiendo una economía de mercado con un welfare europeo) y a sugerir alternativas más pragmáticas aunque seguramente insuficientes para aquellos que acostumbraban irse contra el llamado neoliberalismo. Se comenzaron a hacer críticas más puntuales en vez de criticar a todo un sistema: llegaron los Piketty, la izquierda demócrata y demás movimientos que, dentro de sus críticas, ya daban por sentada a la economía de mercado como motor de desarrollo. Las preguntas eran más bien ¿qué papel debe tener el Estado en una economía de mercado? ¿Cuánto hay que redistribuir de los ingresos generados dentro de dicha economía de mercado? ¿Cómo lograr reducir la desigualdad dentro de una economía de mercado?

    Ante estas posturas cada vez más pragmáticas, y ante el fracaso de las viejas alternativas, parecía que el término comenzaba a caer en desuso. Ya no se hablaba tanto de arremeter contra el sistema, sino de ajustarlo, de hacerlo más justo, de «arreglar sus vicios». El término parecía relegado a la sociología posmoderna que hablaba del neoliberalismo y las relaciones de poder o los privilegios de clase pero que ni siquiera pretendía derribarlo. Solo les interesaba la faceta cultural y ya no tanto la meramente económica.

    Pero después llegó Andrés Manuel López Obrador a hacer un revival del término. No solo lo rescató, sino que lo redefinió a su gusto. E hizo que todos hablaran de «neoliberalismo» de nuevo.

    Pero ese neoliberalismo nuevo, el de López Obrador, no es tan parecido al viejo. El significante es el mismo, el significado ya no tanto. Es más, muchas de sus medidas de su gobierno son «neoliberales» en la definición: responsabilidad macroeconómica, recortes presupuestales, festeja la defensa del T-MEC con Estados Unidos e incluso no hay siquiera una retórica concreta en contra del mercado.

    La definición que hace López Obrador es todavía más ambigua que la original. Con ella se refiere al enriquecimiento de entidades privadas gracias a la connivencia con el sector público y solo coincide con la definición clásica en la fecha de inicio (en el momento en que se empezó a liberalizar la economía). Pero lo que señala AMLO no es la liberalización, son precisamente las fallas cometidas a la hora de llevarla a cabo, es precisamente eso que no tiene nada de liberal y eso que es producto del ethos anterior al que AMLO anhela regresar.

    El propio López Obrador utiliza ese término para señalar a quien disiente. Le dijo a Carlos Urzúa que era un neoliberal por no estar de acuerdo con él siendo que la postura que ha tenido AMLO en sus primeros meses de gobierno ha sido más «neoliberal» que la del propio Urzúa (quien le recomendó hacer una reforma fiscal).

    En las calles, en las discusiones, el término ha revivido. Pero hoy no significa lo mismo que significaba antes. Ahora es simplemente un elemento retórico para atacar a quien disiente con la 4T. Es algo más parecido a la «mafia del poder» que a las teorías económicas de Milton Friedman o la escuela austriaca.

    Retórica vacía, al fin y al cabo.