Categoría: política

  • De universidades, ideologías y libertad de cátedra

    De universidades, ideologías y libertad de cátedra

    Es complicado que una universidad no muestre cierta tendencia ideológica. Mantener un equilibrio absoluto en este sentido es muy difícil. Hay quienes insisten en la promoción de libertad de cátedra para llegar a ese equilibrio absoluto donde todas las voces tengan igual peso. Sin embargo, en la práctica se requeriría lo contrario: restringir la libertad de cátedra de tal forma que pueda lograrse una igualdad de proporciones en cuanto a ideologías políticas por medio de cuotas.

    Pero la libertad de cátedra sí garantiza algo y por ello es que es indispensable en una universidad pública: y es que, asumiendo que en una institución universitaria haya una inclinación, se garantiza cierta pluralidad de tal forma que el alumnado acceda a corrientes distintas a la dominante.

    Las universidades públicas suelen tener cierta tendencia a la izquierda. De hecho, cualquier universidad que insista en fomentar el espíritu crítico tendrá, de alguna u otra manera, alguna inclinación a la izquierda ya que la izquierda suele cuestionar el status quo mientras que en una «universidad de derechas» como la UP o la Universidad Anáhuac tenderán a promover una serie de valores preestablecidos que requieren que el alumno entienda y no cuestione. Por eso, generalmente las universidades de Estados Unidos y los países europeos suelen mostrar cierta inclinación a la izquierda o al progresismo, sobre todo en las humanidades (aunque no es falso que en los últimos años algunas de ellas se hayan inclinado en exceso con los inconvenientes que mencionaré en el siguiente párrafo).

    Las universidades, sin embargo, tampoco deben estar demasiado cargadas a la izquierda si no quieren perder el espíritu crítico. Para desarrollarlo es indispensable exponerse ante distintas corrientes de pensamiento. Cuando una institución se carga mucho a la izquierda, termina por emular una conducta análoga a las universidades de derecha que tanto dicen aborrecer, ya que se vuelve sectaria y dogmática.

    Una universidad pública, más que ninguna otra, debe fomentar el espíritu crítico y aceptar una pluralidad de opiniones (más allá de su natural inclinación) por el simple hecho de que es pública. Como es una universidad pública que financian los ciudadanos con sus impuestos entonces debería poder representar, de una u otra forma, a todos. Una universidad privada no está obligada a ello por el hecho de que es privada y por el hecho de que no aspira a representar a toda la ciudadanía (ni mucho menos está obligada), sino solo a un sector que comulgue con sus ideas. Así, vemos universidades conservadoras como la UP o el Anahuac, universidades más «tecnocráticas» como el ITAM o el ITESM, u otras más liberales y progresistas como la IBERO (ITESO).

    Lo que aconteció en la UNAM, donde los alumnos tomaron la Facultad de Ciencias Políticas porque no estaban de acuerdo con que Ricardo Anaya diera clases en un diplomado, debe de ser reprobable porque atenta contra la libertad de cátedra que se debe esperar de una universidad pública.

    Incluso la carta que presentaron muestra no un contenido propio de un alumnado con espíritu crítico sino uno dogmático gracias al cual pueden recibir ideas falaces y aceptarlas sin cuestionarlas:

    Primero: dicen que Ricardo Anaya es de ultraderecha. Esta afirmación no se sigue ni en lo económico ni en lo social. Cuando mucho, Ricardo Anaya puede catalogarse como un político de centro-derecha. No es eminentemente «neoliberal» en lo económico, dado los orígenes filosóficos de su partido (que vimos puestos en la práctica en el gobierno de Felipe Calderón): su concepto (de origen católico) de subsidiariedad que siempre ha acompañado a su partido requiere de cierta participación del Estado en la economía, y lo cual se palpó en la candidatura de Anaya con la propuesta del Ingreso Básico Universal. No es gratuito que en los sexenios «neoliberales» del PAN se haya reducido la desigualdad y se haya expandido, de una u otra forma, el Estado de bienestar (con el Seguro Popular, por ejemplo). Ricardo Anaya tampoco me parece que sea una persona muy conservadora en lo social, a diferencia de algunos miembros de su partido.

    Segundo: hablan de una «ultraderecha neoliberal fascista militarista y asesina». Con excepción de alguna corriente minoritaria dentro de ese partido (como el Yunque, que tampoco alcanza a ser fascista ni mucho menos asesina), la mayor parte del PAN, y sobre todo la encarnada por Ricardo Anaya, es más cercana al centro político. Dan por sentado que el neoliberalismo (un término demasiado ambiguo que suele utilizarse de forma peyotativa) implica el militarismo y el fascismo, lo cual es absolutamente falso. Intuyen que están relacionados porque en el Chile de Pinochet se implementaron políticas liberales auspiciadas por Estados Unidos, pero esa es casi una excepción a la regla. Países que suelen poner de ejemplo en sus argumentos como México y Colombia han hecho uso de la milicia por razones ajenas al sistema económico (el narcotráfico). De la misma forma, hemos visto regímenes de izquierda con una fuerte participación de la milicia como el de Chávez y Maduro.

    En resumen, podemos ver cómo estos estudiantes no aspiran al uso del espíritu crítico y mucho menos a la libertad de cátedra, sino que aspiran al adoctrinamiento y al dogmatismo mediante el uso de ideas que, como no son cuestionadas ni por ellos mismos, no son rebatidas y caen en el absurdo. Así, la facultad corre el riesgo de perder su universalidad y que puedan ayudar a formar mejores alumnos para que, en cambio, produzcan meros peones ideológicos sin capacidad de cuestionar y cuestionarse.

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  • ¿Qué es eso de Futuro 21?

    ¿Qué es eso de Futuro 21?

    ¿Qué es eso de Futuro 21?

    No es la primera vez que alguien quiere formar alguna suerte de oposición hacia la Cuarta Transformación. Hemos visto algunas iniciativas ciudadanas y hemos vistos a los partidos tradicionales tratar de fungir como tal sin siquiera entender qué fue lo que pasó. En general, ninguna de estas iniciativas ha logrado algo rescatable que pueda tener preocupado a un gobierno que sigue campante con su mayoría absoluta y sus altos niveles de aprobación.

    Tan solo la prensa y algunas organizaciones o think tanks son las que han generado alguna incomodidad al gobierno actual, pero no más.

    En este contexto surge Futuro 21, el cual será un nuevo partido que no tendrá que cumplir con los engorrosos requisitos para conformarse, ya que utilizará el registro hasta ahora tiene el PRD que desaparecerá para dar paso a esta iniciativa que, por cierto, está formado por muchos perredistas como Miguel Ángel Mancera, Jesús Ortega, Jesús Zambrano, Fernando Belaunzarán así otros políticos como Gabriel Quadri y el ex priísta José Narro.

    Este partido pretende tener una postura entre centrista o socialdemócrata, aunque la vez pareciera pretender ser transversal en lo ideológico como para acaparar el mayor número posible de los indignados que se vayan acumulando con este gobierno (lo cual en sí me parece un acierto). Ortega y Zambrano son hombres de izquierda, mientras que Quadri es un liberal que de pronto llega a flirtear con iniciativas conservadoras como Vox en España.

    Pero tal vez ese sea el único acierto, porque de ahí en más no vemos nada nuevo bajo el sol. Esto suena más bien a un rebranding del PRD que, producto de sus últimas decisiones (como ir junto con el PAN en varias elecciones incluyendo la presidencial), ha perdido su identidad. Pero Futuro 21 no nos muestra algo nuevo más allá del cambio de nombre y la incorporación de alguno que otro elemento.

    Futuro 21 está conformado por elementos de la misma clase política que fue barrida en las elecciones pasadas. No se trata de una nueva cosa que ha surgido desligada de la clase política, sino de la reedición de aquella otra que fue desechada por el electorado. Muchos de ellos fueron derrotados en elecciones pasadas y, peor aún, muchos de ellos son personas imponentes (de esas que buscan brillar sobre los demás) de diversos colores y sabores que en algún momento podrán entrar en disputas o conflictos. Quadri, Belaunzarán, Jesús Zambrano o Rubén Aguilar son de esas personas que les gusta estar al frente del atril.

    Peor aún es el nombre que han elegido, no solo porque adoptaron prácticamente el mismo nombre que el nuevo partido de los wikis ya había adoptado, que no es un nombre que se destaque por su originalidad, sino que al parecer le agregaron fecha de caducidad. El 21 claramente apela a las elecciones intermedias del 2021. Pero ¿qué va a pasar después? ¿Qué le van a ofrecer al electorado más allá de ese año? El nombre, que pareciera salir de una agencia publicitaria de medio pelo, es ya de por sí confuso y en realidad no dice nada.

    Y para terminarla de amolar, el domingo, el día del Informe (primer o tercero) de López Obrador, organizaron una marcha a la cual invitaron a participar incluso a organizaciones reaccionarias como Chalecos Amarillos. Lo que iba a ser una «mega marcha» fue un rotundo fracaso ya que al parecer apenas lograron conglomerar a poco más de 1,000 personas.

    Es casi hasta iluso esperar que la clase política pasada sea la que vaya a lograr conformar un movimiento opositor en el cual los ciudadanos que no simpaticen con AMLO encuentren un refugio. Me queda claro que para que surja una oposición que incomode al gobierno actual tendrán que surgir nuevos líderes que no hayan emanado de esa clase política que fue casi desterrada en las urnas.

  • El Primer Informe que fue Tercer Informe

    El Primer Informe que fue Tercer Informe

    El Primer Informe que fue Tercer Informe
    Foto: Fan Page de Andrés Manuel López Obrador

    Varios nos topamos con la sorpresa de que este no era el Primer Informe sino el Tercer Informe. Así lo rezaba la pared colocada en el escenario.

    Pero luego López Obrador presumió el informe físico en sus manos, el cual decía Primer Informe en su portada.

    Nos aclararon que era el Tercer Informe porque el primero era aquél que había hecho a los 100 días de su gobierno y el segundo era el del aniversario de su triunfo en las urnas. Algunos comenzaron a bromear que entonces las mañaneras deberían contarse como informes.

    La duda será si para el Informe del año que viene (el oficial), el gobierno seguirá siguiendo ese orden que, de una forma un tanto arbitraria ha establecido, es decir, un Cuarto Informe (a menos que se acumulen más informes del día de hoy al del siguiente año), o será simplemente Segundo Informe.

    Son de esos detalles que parecen insignificantes pero que dicen mucho. El orden institucional diría que éste fue el Primer Informe, pero la narrativa que pretende crear este gobierno, y que parece fungir en paralelo con el propio orden institucional, nos dice que se trata de un Tercer Informe. Como si dos realidades distintas pudieran coexistir al mismo tiempo.

    No es, desde luego, un error. El detalle fue colocado a propósito. El fin era básicamente que prestaras atención a él para resaltar aún más su narrativa y el símbolo, para que notaras todavía más el contraste de su gobierno con los informes pasados, para que notaras que este gobierno es distinto y que está haciendo las cosas de otra forma. Desde esa perspectiva es una genialidad, y nadie puede rebatir la capacidad que tienen AMLO y su equipo de manejar el discurso.

    De hecho, este informe tuvo el propósito de fortalecer esa narrativa sobre la que se asienta este gobierno. A diferencia de los informes pasados, vimos uno más austero: no había un gran desplante, no había pantallas ni un escenario magnánimo. Basta comparar su informe con el del año pasado.

    El escenario era muy simple, pero muy bien preparado. Además del detalle del «Tercer Informe», solo se encuentra el atril presidencial y una silla, la cual es exactamente igual a las que se le colocaron a los asistentes y que son simples sillas que se utilizan para cualquier conferencia.

    A diferencia de Peña Nieto, López Obrador no echó mano de ningún apoyo multimedia. Mientras que informe de Peña estaba lleno de mini spots que complementaban lo que el ex Presidente decía, con AMLO solo vimos a un presidente hablando, con un juego de tomas austero que apuntaban a él y al público asistente. El informe no se transmitió en cadena nacional. López Obrador no portó la banda presidencial (la cual solo usará el 15 de septiembre), aunque si en algo guardó los órdenes institucionales es en no tener el atrevimiento de romper los protocolos y hacerlo en público, sino que, al igual que en informes pasados, vimos ahí al poder político y empresarial quienes se sentaron frente a un escenario muy simple y austero. Ahí estaban los gobernadores, los altos mandos del ejército, ahí estaban Carlos Slim, Germán Larrea, y los empresarios prominentes. El informe fue irruptor hasta donde tuvo necesidad de serlo, lo suficiente irruptor para reforzar la narrativa, pero sin caer en rampantes exageraciones.

    Si bien sí recurrió a datos y cifras, el informe de AMLO echó más mano de lo simbólico que los de sexenios pasados. Con él, buscó reforzar su narrativa y explicar lo que considera que fueron sus logros en función de dicha narrativa: «A diferencia de los gobiernos neoliberales, nosotros hemos hecho tal o cual cosa».

    Nadie puede rebatir el hecho de que en lo simbólico AMLO ha logrado marcar un notorio contraste con los informes de sexenios anteriores y nadie puede negar que lo haya hecho bien. Nadie puede negar el dominio que AMLO y los suyos tienen sobre el relato, el cual explica los altos niveles de aprobación que AMLO ostenta.

    La narrativa, al parecer, no ha perdido solidez. Los errores que ha cometido este gobierno y las incongruencias con el relato (la más reciente tiene que ver con Manuel Bartlett y sus casas) no lo han afectado mucho, el cual sigue siendo imponente y logra jugar incluso con sus opositores (quienes todavía no han logrado crear alguno medianamente decente). Se atreve a decir que ya hay Estado de derecho, que ya hay democracia, que los opositores (conservadores) están moralmente derrotados mientras que «el pueblo está feliz, feliz».

    Es curioso que, en medio de esta austeridad, se haya hablado más de este informe que de muchos otros. Más que los datos, fue lo simbólico, el terreno desde el cual este gobierno sigue dominando y que, ciertamente, tiene preocupados a los opositores, porque a pesar de los errores que este gobierno ha cometido y a pesar de las preocupaciones que se tiene sobre de él (muchas de ellas, legítimas) sigue allá arriba, muy popular, feliz, feliz.

    En el informe de hoy nada fue casualidad, así como no fue casualidad su «no es por presumir» en los spots que antecedieron a dicho evento. Todo tuvo su función, hasta el más mínimo detalle lo tuvo.

  • Felipe Calderón y el juicio de la historia

    Felipe Calderón y el juicio de la historia

    Cualquier presidente, por más honesto o corrupto que sea, estará preocupado por el juicio de la historia.

    El Presidente querrá que en la calle se diga que él hizo una buena gestión, que sean más las cosas buenas por las que se le recuerde que por las malas. Y es evidente, la presidencia es el punto más álgido de la carrera profesional, y tal vez la vida personal, de cualquier persona que logre llegar a ese cargo. Por eso es que algunos presidentes escriben sus memorias o hacen declaraciones tratando de defender su gestión.

    Pero también sería difícil hablar de un solo juicio de la historia. Se podría decir que solo hay uno cuando se trata de una decisión casi unánime de la sociedad gobernada. Pocos podrían darse el lujo de ello: tal vez algún primer ministro como Winston Churchill, o presidentes como Abraham Lincoln o George Washington en Estados Unidos podrían presumir que el juicio de la historia ha sido casi unánime ya que la gran mayoría de quienes conforman su país los aprueban. Tal vez ocurra lo contrario con presidentes mexicanos como Luis Echeverría o José López Portillo donde hay casi una unanimidad a la hora de señalarlos como malos presidentes.

    Pero en la práctica, la gran mayoría los presidentes no están sometidos a un solo juicio de la historia, sino a varios. ya que la sociedad no es homogénea, sino heterogénea, y el juicio que hagan los distintos integrantes de ésta serán diferentes. Felipe Calderón no es la excepción, y vaya que no lo es.

    El juicio no tiene por qué ser justo, el juicio es más que nada un relato, lo que se dice que hizo y no hizo, y no necesariamente un concienzudo análisis de los resultados que entregó. El juicio histórico es resultado de una percepción que generalmente está moldeada por los medios, por la misma oposición y, en muchos casos, por quienes se encargan de reescribir la historia que ha de ser transmitida por medio de las instituciones educativas, biografías, libros, columnas y tal vez hasta tuits.

    Felipe Calderòn fue uno de esos presidentes poco carismáticos y que no atraía muchas luminarias, de esos que gobernaban sin hacer mucho ruido. Se le retrataba como un hombre serio, algo antipático y que en muchos casos parecía estar enojado. Parecía una suerte de tecnócrata, frío, que no comunicaba mucho y que solo se concentraba en hacer su chamba, como uno de esos personajes que no ambiciona el poder, que solo tuvo la oportunidad de estar ahí y la tomó.

    Muy pocos tienen una fanática admiración por Calderón, pero es evidente que un sector quedó contento con su trabajo mientras que el otro hasta este momento le sigue guardando resentimiento (sobre todo ese que, ya estando en el poder, le recuerda el 2006) además de quienes sufrieron por la espiral de violencia que caracterizó a su sexenio. Por ello es que Calderón no podrá aspirar a un juicio unánime de la historia, se tendrá que conformar con que el discurso más dominante le favorezca, y por ello es que se ha abocado a hacer una gira para presentar su libro (y de paso, promocionar su organización México Libre que, hasta ahora, no ha logrado cosechar buenos números).

    Fotografía: sitio web de Felipe Calderón

    Tuve la oportunidad de asistir a una de sus conferencias y ésta me pareció más atinada que su libro. En la primera logró mostrarse como un mandatario que sabe lo que estaba haciendo, que tenía un profundo respeto por la técnica y la evidencia empírica, que trataba de involucrarse de alguna u otra forma en todas las áreas. El libro, al estar demasiado enfocado en los datos, puede parecer más bien algo tedioso (más para la gente poco familiarizada con dichos temas), y se parece más a un informe de gobierno.

    Hay quienes dicen que los mejores presidentes son esos, los que chambean sin hacer mucho ruido, los que se preocupan más por trabajar que por generar expectativas. Muchas veces así ocurre, pero no siempre ni mucho menos es condición necesaria. En mi humilde opinión no creo que haya sido un gran presidente, pero sí creo que ha sido el más rescatable de este nuevo milenio (por encima de Vicente Fox, Enrique Peña Nieto, y los primeros meses de AMLO). De todos los presidentes del siglo XXI ha sido el menos ruidoso pero posiblemente el más efectivo.

    Calderón puede presumir haber mantenido una economía estable y sólida, puede presumir de haber expandido la red de seguridad social y no lo contrario. No puede presumir, sin embargo, haber hecho muchas mejoras en la educación debido a la alianza que tejió con Elba Esther Gordillo para ganar las elecciones (lo cual se tradujo en unos números más bien mediocre y que repercute en una deficiente creación de capital humano cuyos efectos tienen impacto en el mediano y largo plazo) ni tuvo la suficiente perspicacia para lograr pasar muchas reformas que se quedaron atoradas. Sin embargo, sí se rescata la capacidad para tomar decisiones difíciles y sortearlas de buena forma como fue el caso del cierre de Luz y Fuerza del Centro, la contingencia del virus AH1N1 y, sobre todo, la crisis económica global.

    Evaluar la guerra contra el narcotráfico es un tanto más difícil y, a estas alturas, yo insisto en que pudo haberse hecho de mucho mejor forma (aunque me reservo un más profundo análisis por mi falta de conocimiento en ese tema). Si pudiera resumir la presidencia de Calderón en una frase sería: «un presidente que mantuvo el país a flote, estable y por buen rumbo, pero sin darle un empuje hacia adelante».

    El problema para Calderón es que, dado los resultados que arrojó, la evaluación que la gente haga de ese gobierno se tornará muy subjetiva (tal vez por eso haya visto conveniente dejar pasar un tiempo para darse a la tarea de dejar un relato que le favorezca) Por ejemplo, quienes viven en los estados donde la violencia del narcotráfico disminuyó se sintieron muy agradecidos con él, pero lo contrario ocurrió en aquellos donde ésta aumentó. Los resultados educativos son a veces difíciles de juzgar a simple vista ya que sus repercusiones son más bien a mediano y largo plazo. Otros temas como la sustentabilidad, que tanto dice apasionarle, y que ciertamente son importantes, pueden ser percibidos como algo técnico o algo que «la gente no entiende» como para que genere un gran impacto en el relato.

    Calderón acertar en tratar de modificar el relato en su favor ya después de haber estado en el poder. Hacer un buen gobierno no necesariamente va de la mano con la búsqueda del buen juicio de la historia. Lo primero es objetivo, lo segundo puede estar sesgado por las percepciones porque es más que nada un relato.

  • ¿Por qué hay una fuerte división frente a la marcha feminista del sábado?

    ¿Por qué hay una fuerte división frente a la marcha feminista del sábado?

    La postura sobre las marchas ha polarizado a la opinión pública. Unos condenan los destrozos y otros reclaman que ello es producto del fuerte hartazgo de las mujeres quienes siguen siendo violentadas. ¿Pero por qué la postura está polarizada? ¿Es que unos son machistas y otros no? ¿Es que algunos están «ideologizados» y otros no? ¿Algunas personas son más sensibles que otras? En realidad esas preguntas no nos pueden dar una respuesta completa, ya que ésta es más compleja y tiene también que ver con la forma en que los individuos conformamos nuestras posturas políticas.

    De acuerdo a Jonathan Haidt, nuestras posturas políticas son producto de muchas variables que van desde el temperamento (determinado genéticamente), la educación y la experiencia mediante las cuales construimos nuestra percepción del mundo. Estamos condenados a interpretar el mundo de manera subjetiva y cuando se habla de posturas políticas éstas no son la excepción. Ellas son más producto de la forma en que percibimos el mundo que de una deliberación meramente racional.

    De la misma forma, esta división (entre quienes son más conservadores o son más liberales, tomando el espectro estadounidense que Haidt utiliza) parece ser inherente a nuestra especie. Es decir, es imposible encontrarte una sociedad donde todos sean absolutamente conservadores o liberales. Si bien es cierto que cuando definimos conservadurismo y liberalismo como posturas políticas tendemos a hacerlo de una forma relativa al contexto (es decir, un conservadurismo del siglo XXI no va a defender necesariamente las mismas cosas que uno del siglo XIX) el espíritu sí permanece y es inmutable, lo cual se entiende si comprendemos los valores fundacionales sobre los que están basados.

    Es importante recalcar que las posturas políticas no determinan la calidad moral de quienes la profesan. Sería irresponsable decir que una persona es más buena que otra simplemente por su postura política.

    Haidt dice que dentro de las posturas políticas hay 5 valores fundacionales: El cuidado a los demás (proteger a otros del sufrimiento), la justicia, la libertad contra la opresión, el orden, la autoridad y la santidad (que se refiere a sentir repulsión ante cosas que son vistas como desviaciones de lo normal) y toma como referencia el espectro político estadounidense entre demócratas (liberales – progresistas) y republicanos (conservadores) así como los libertarios para explicar el valor que las distintas posturas le dan a estos valores.

    Los progresistas suelen apelar más a la justicia y al cuidado de los demás. Los libertarios son quienes, según Haidt, se preocupan menos por los demás, se preocupan más bien por la libertad y en una dosis menor por la justicia. Tanto los progresistas como los libertarios le toman poca importancia al orden, la autoridad y la santidad. Los conservadores le dan cierta importancia a todas las variables, aunque ni ellos ni los libertarios interpretan de la misma forma la justicia que los progresistas. Para estos últimos es justo, por ejemplo, que todos tengan seguro social y no haya mucha desigualdad, para los otros lo justo es que quien se esfuerce más gane más.

    Ilustraciones tomadas del libro The Righteous Mind de Jonathan Haidt.

    Con esto, podríamos entender mejor por qué las distintas posturas ante las marchas que vimos el día de ayer. Es importante recalcar que las posturas no son rígidas, se puede ser más o menos progresista, conservador moderado o conservador ortodoxo, y de la misma forma, no está de más señalar que también hay otros factores ajenos a las posturas políticas que pueden influir en la postura de un individuo hacia el tema de las marchas: por ejemplo, que una mujer haya vivido una violación o que una persona muy querida o cercana lo haya vivido, que seas afectado por los actos de vandalismo a que no lo seas, etc. De la misma forma hay quien pueda ser realmente insensible o albergue posturas machistas que no se explican por su postura política. Pero creo que el uso de los valores fundacionales sí nos puede dar un norte para entender de una u otra manera cómo es que las posturas políticas influyen sobremanera en la postura de eventos como la marcha de las feministas.

    Si tomamos la marcha de ayer, la gente con una tendencia liberal-progresista es la que más levantará la voz a favor de las mujeres pero la que tal vez minimice más los actos de vandalismo o, en el caso más radical, los celebre. El progresista apuesta al cambio por medio de la trasgresión del status quo para satisfacer sus valores fundacionales de justicia y cuidado a los demás.

    Los conservadores, en este sentido, sentirían desde las particularidades de su postura cierta preocupación e indignación por las mujeres violentadas, aunque lo harán desde el status quo y tomarán a éste como punto de referencia para hablar del problema. Por otra parte, ellos serían los más enojados y espantados por los actos vandálicos, y los que más exigirán castigar a los involucrados con todo el peso de la ley.

    Los libertarios analizarían el caso casi exclusivamente desde la libertad (negativa). Cuestionarían las violaciones menos que los otros dos desde la perspectiva de la indignación o del deseo de auxiliar a las víctimas, y lo harán más bien desde la perspectiva de que las violaciones representan una coerción a la libertad de las mujeres. Se escandalizarían menos que los conservadores por los destrozos aunque igual, criticarían el hecho en función de la libertad y la propiedad. Por ejemplo, que vandalizar una camioneta es un atentado contra la libertad y propiedad de los dueños.

    Es evidente que el tema es muy álgido, sin embargo, creo que estos ejercicios ayudan un poco a entender que somos individuos subjetivos y nos puede ayudar a tomar posturas un tanto más sensatas.

  • 10 cosas que debes saber antes de hacer análisis sociales y políticos

    10 cosas que debes saber antes de hacer análisis sociales y políticos

    1) La realidad que percibes y que quieres analizar es necesariamente efecto de una causa o de una multiplicidad de causas. A su vez, cada una de esas causas es efecto de otra causa y así ad infinitum. Ya sea que te preguntes por qué se acabó el papel del baño o por qué tal político ganó las elecciones, todo es efecto de una o varias causas anteriores.

    2) A su vez, un conflicto político o social es producto no solo de una causa, sino de muchísimas causas que conforman esa causa mayor y que es la más visible. Puedo decir: las feministas rompieron unos vidrios porque los policías violaron a una mujer. Pero de ahí se desprenden muchas otras causas: por ej, quienes hicieron eso lo hicieron por distintas razones: tal vez una de ellas era amiga íntima de la víctima y le dolió en lo más profundo del corazón; otra tal vez no tenía relación con la víctima pero se acordó cuando ella misma fue violentada cuando era más jóven y ello le motivó a ir a manifestarse. A la vez, todo ello es efecto de otras causas que están interconectadas dentro de una cadena cuyo inicio tal vez no podamos rastrear.

    3) Casi siempre la discusión política se reduce a un conflicto binario (ricos vs pobres, chairos vs fifís, oficialistas vs opositores). Pero para hacer un buen análisis, habiendo entendiendo los dos puntos anteriores donde todo es un efecto de una diversas causas, se debe ir más allá y ser capaz de ver todos los matices y la escala de grises.

    4) Es imposible dejar de ser subjetivo a la hora de analizar la realidad ya que nuestra interpretación del mundo está construido por nuestra experiencia y nuestro temperamento. Todo análisis es, por definición, subjetivo. Y esto quiere decir que siempre existirá la posibilidad de que alguien más analice o interprete un hecho de tal forma que nunca se te hubiera ocurrido. Peor aún, nuestros sesgos cognitivos también juegan un papel a la hora de hacer estos juicios. Es imposible despojarnos de subjetividades, pero si reconoces que tus juicios son subjetivos y que los sesgos cognitivos están ahí merodeando, será más posible que hagas un análisis más sensato a que ignores todo esto y pienses que tu juicio es objetivo y necesariamente el más acertado.

    5) Sin embargo, los hechos por sí mismos son objetivos. Un descenso del 5% en el PIB, aunque sea interpretado y analizado desde distintas perspectivas subjetivas, siempre será un descenso del 5% en el PIB y no otra cosa.

    6) Siempre, por más que pequeña que sea, hay alguna posibilidad de que estés equivocado. Tómalo en cuenta antes de hacer tus análisis porque eso te ayudará a ser más humilde y te hará más receptivo a escuchar lo que otros dicen. Escucha también a lo que dicen aquellos que hacen análisis desde otras disciplinas distintas a la tuya. Posiblemente te lleves una gran sorpresa.

    7) Todo significante o concepto que resida dentro de la mente de uno (subjetivo) o varios individuos (intersubjetivo) y no pueda existir sin un ser humano que lo conciba o interprete es una construcción social: los significantes, las marcas, el dinero, la cultura y hasta las naciones. Toda cosa que resida fuera de la mente del individuo no es una construcción, sino que es una realidad objetiva como tal, aunque el individuo solo pueda interpretarlo subjetiva y fenoménicamente: una montaña o el sol. Ello siempre debe tomarse en consideración a la hora de hacer análisis.

    8) Para conocer la verdad de la forma más fiel posible, siempre deberá de darse preferencia a un estudio cuantitativo bien diseñado como el que arroja que el 30% de los niños lloraron el día en que fueron por primera vez a la escuela en vez de conformarnos con una estremecedora historia sobre cómo un niño lloró y pataleó en su primer día de clases e inferir de ahí que todos los niños sufren al ingresar a la escuela por primera vez. A la hora de hacer análisis, los datos recogidos por instrumentos diseñados para ello siempre serán más fieles que las historias que apelan a las emociones.

    9) Quien quiera hacer un buen análisis debe saber contextualizar y entender el contexto en el que un suceso tuvo lugar. Por poner un ejemplo, no se puede juzgar de la misma forma a un individuo que tenía un esclavo en el siglo XVIII a alguien que tiene un esclavo en el siglo XXI, dado que las realidades y los paradigmas bajo los que se desenvolvieron eran muy distintos a los nuestros.

    10) Y por último, contextualízate a ti mismo. Entiende que cuando haces un análisis, no lo haces desde una realidad total que te permite llegar a la cumbre de la objetividad porque no tienes acceso a esa realidad total ni tienes sabiduría absoluta que te permita desprenderte de tu contexto. Estás condenado a hacer tus juicios desde tu contexto, desde tu forma de entender el mundo la cual tiene mucha relación con la cultura en la que te desenvuelves. Si quieres tener una visión lo más amplia y menos condicionada posible, tendrás que abrirte, cultivarte más y conocer otras realidades. Aún así, nunca podrás alcanzar la sabiduría total, por lo cual siempre estarás condicionado, de una u otra forma, por tu entorno, por tu cultura y por la forma en que has construido tu realidad del mundo a través de la experiencia.

  • ¿Y alguien se quiere acordar del PRI?

    ¿Y alguien se quiere acordar del PRI?

    ¿Y alguien se quiere acordar del PRI?
    Foto: Fan Page de Alejandro Moreno Cárdenas.

    Entre acusaciones de fraude dentro del propio PRI, Alejandro Moreno Cárdenas «Alito» se convirtió en el próximo dirigente del partido de forma muy contundente. Hay quienes ven en él a alguien que va a reformar el partido, otros dicen que representa el continuismo (del peñismo) y que solo podrá aspirar a ser un partido satélite bajo la falda de MORENA.

    Pero ¿tiene futuro el PRI? Algunos creen que va a volver a resurgir porque logró regresar al poder después de la derrota año 2000, por su oficio y por el mero hecho de ser el partido más tradicional e importante de México.

    La verdad, el PRI la tiene bastante más difícil de lo que los más entusiastas creen.

    La razón de ser del PRI siempre han sido sus estructuras corporativas con las cuales movilizan a gente para ganar elecciones. El PRI se ha caracterizado no solo por tejer una red clientelar con sus bases, sino que también es el campeón en operarlas, cosa que ningún otro partido en México sabe hacer. Esto incluye también a sindicatos y demás organizaciones que históricamente han estado adheridas al partido.

    Esta capacidad operativa explica mucho por qué resurgió después de las derrotas del 2000 y 2006 que dejaron al partido dividido. Al fin y al cabo, su «maquinita» estaba ahí lista para usarse. Pero también explica por qué se antoja difícil que vuelva a resurgir.

    Pero de aquí se desprenden muchos problemas: así como las estructuras explican por qué el PRI resurgió, estas mismas explican por qué se antoja complicado que el PRI resurja de nuevo.

    Resulta que las estructuras del PRI han estado envejeciendo. El PRI es el único partido que muestra una correlación directa entre mayor edad y mayor número de simpatizantes. Es principalmente la gente grande, y no tanto la gente joven, la que compone estas estructuras. Ello ya se notó en el 2012, donde para regresar al poder necesitaron echar mano no solo de ellas, sino de un candidato muy vendible y atractivo como lo era Enrique Peña Nieto.

    Como esas estructuras ya no le van a alcanzar al PRI (lo cual quedó patente en las elecciones intermedias del 2015 y, sobre todo, en 2018), entonces tendrían que aspirar a crear estructuras corporativas dentro de los más jóvenes. Pero ello es mucho más difícil, ya que los jóvenes no necesariamente operan bajo el mismo paradigma bajo el cual operaban los más grandes. En tiempos anteriores (y lo cual se puede palpar en todas las democracias occidentales) la gente adquiría simpatía por un partido o movimiento y siempre, ocurriera lo que ocurriera, votaba por él. Los obreros votaban por los partidos socialistas o socialdemócratas, y le gente más pudiente por los partidos de derecha. Este efecto en México tenía un toque corporativista que no existía en Estados Unidos o Europa, pero el patrón de una u otra forma se repetía. Ahora la gente es mucho más pragmática y puede, sin problema alguno, votar por distintos partidos o llevar a cabo un voto diferenciado, lo cual es un gran problema para crear estructuras, ya que los jóvenes no se van a comprometer como lo hacían sus padres o sus abuelos.

    Pero los problemas con las estructuras no terminan aquí. A diferencia del 2000, el acceso que tiene el PRI al presupuesto es muy limitado. La misma sabiduría priísta impresa en la frase «vivir fuera del presupuesto es vivir en el error» habla sobre el problema que esto implica.

    A diferencia del 2000, donde el PAN hizo poco por crear sus bases clientelares y corporativas, el PRI observa frustrado como MORENA sí intentará, de alguna manera, crear redes clientelares a través de programas sociales e intentará (o más bien ya lo está haciendo) arrebatarle algunas de sus estructuras. Ellos tienen el presupuesto y, por lo tanto, tienen mucho más ofrecer el PRI que, de entre sus gobernadores, solo uno está al frente de un estado importante (Alfredo del Mazo en el Estado de México), y es posible que en 2021 el PRI pierda más gobernadores. Y si bien es muy difícil que MORENA logre crear un sistema de estructuras como las del PRI por lo anteriormente señalado y por su falta de expertise y organización, sí le basta como poner en jaque al PRI quien verá cómo parte de su clientela prefiere adoptar a MORENA porque tienen más que ofrecerles.

    Foto: Fan Page de Alejandro Moreno Cárdenas.

    Y si ya no hay estructuras suficientes para ganar, entonces el PRI podría aspirar a hacer lo que hace cualquier partido: convencer a la gente de que vote por ellos, pero aquí la cosa se pone mucho más complicada.

    Primero, porque la imagen del PRI está demasiado desgastada. Todos los casos de corrupción desde los cercanos al gobierno de Peña hasta los de los Duarte, los Borge y demás «pandilla» son muy recientes y no parece que vayan a olvidarse muy pronto. Lo peor es que estos casos no son excepcionales, sino que refuerzan el concepto que muchas personas ya tenían del PRI desde mucho antes.

    Segundo, porque la Cuarta Transformación se ha robado casi todo el simbolismo que le daba esencia al PRI: el nacionalismo, la justicia social. La 4T ha creado una narrativa lo suficientemente sólida como para que el PRI pueda aspirar a construir una que le compita. Más bien es el PRI mismo el que ha fortalecido el discurso de López Obrador.

    Tercero: Porque ideológicamente el PRI y MORENA son más bien similares e incluso la forma de aglutinar integrantes de todas las ideologías es asombrosamente parecida. Si la gente quiere echar a MORENA del poder, preferirán votar por algo que contraste con MORENA y no por una opción que les parezca más similar y se traslape en el compás ideológico.

    Cuarto: Porque, en dado caso de que, como dicen los más pesimistas, el gobierno de AMLO derivara en una crisis económica o en un caos, la gente difícilmente verá como mejor alternativa a un partido como el PRI que también ha estado marcado históricamente por crisis económicas (Echeverría, López Portillo y Salinas se siguen viendo recientes) que a otro partido, como el PAN o alguna otra iniciativa liberal, que les evoque mayor orden y disciplina fiscal.

    Quinto: Porque, dicho todo esto, el PRI está imposibilitado para crear una narrativa consistente y creíble, que sería indispensable para poder atraer voto útil a su favor.

    Sexto: Porque la todavía incipiente oposición que está comenzando a crecer tiene poco que ver con el ethos del PRI. La oposición más patente es de derecha o es liberal, que muy poco se identifica con el corporativismo tricolor. Con el tiempo, esta oposición buscará alguna organización o partido para representarse políticamente y, evidentemente, ese no será el PRI.

    El PRI se ha encontrado con una nueva realidad que no le favorece en nada, una en la cual tal vez ni siquiera tenga reservado un espacio. Las acusaciones de fraude en las elecciones internas, y detalles como el hecho de que la compañera de fórmula de Alito. Carolina Viggiano, es esposa de Rubén Moreira, solo le muestran a la gente que el PRI es el mismo de siempre.

    Un resurgimiento del PRI se antoja excesivamente difícil, tiene todas las fichas en su contra.

  • ¡Aviso! Se busca una oposición

    ¡Aviso! Se busca una oposición

    ¡Aviso! Se busca una oposición

    «¡Ni chairos ni fifís! Todos mexicanos», «se cansó el ganso», gritan y repiten los opositores, quienes hasta el momento no han podido crear algún discurso o agenda propia.

    Repiten las frases que AMLO ha introducido en el discurso político y en la vida cotidiana, las usan para hacer sus consignas porque creen que así éstas van a tener más impacto. Pero no se han dado cuenta de que su discurso tan solo se ha vuelto parasitario del de AMLO. No importa si es la oposición política o la ciudadana, los dos han caído en su juego.

    Es decir, AMLO es el que propone, el que dice, el que pone las reglas, el que crea el discurso. La oposición no crea las suyas, se adapta al escenario propuesto por López Obrador. Ni siquiera son capaces de usar las frases del lenguaje obradorista para deconstruirlas y darles un nuevo significado. Así, AMLO logra que los opositores bailen a su ritmo.

    La oposición no ha podido crear ya no una agenda alternativa, sino un discurso, uno que les dé identidad propia, que los defina. La oposición hasta la fecha solo ha logrado crear un refugio para la catarsis, para gritar #AsíNoAMLO, para mostrar su hartazgo y su inconformidad, pero no más. La partidocracia ha dejado un vacío que hasta ahora nadie ha parecido molestarse en llenar o no han sabido cómo.

    Algunos han estado haciendo marchas de manera sistemática, lo cual de principio está bien porque los nuevos opositores y decepcionados saben a donde podrán recurrir, pero los opositores no han ido más allá de las consignas, de los tablones.

    ¿Cuál es el México que quiere esa oposición? ¿Qué propone para acabar con la corrupción? ¿Qué propone para reducir la pobreza, para reducir la injusticia social y la desigualdad que ésta crea? ¿Qué proponen para generar más empleos y riqueza? ¿Qué proponen para construir instituciones fuertes y justas para todos? No lo sabemos. Nadie está pidiendo que, a estas alturas, diseñen políticas públicas y profundicen en tecnicismos, pero sí que haya posicionamientos generales, que logren crear una narrativa que signifique algo, que genere alguna suerte de esperanza, no hay nada de eso.

    Lo único que vemos son consignas disonantes entre sí, unos llamando a la conciliación entre los distintos sectores, otros cayendo en la trampa de la polarización o incluso expresando consignas xenofóbicas hacia los migrantes. Y como estas marchas no han definido nada, entonces han permitido que sean los otros (sus adversarios) los que las definan. Basta con que vaya Hernán Gómez a entrevistar a manifestantes específicamente seleccionados (aquellos con ideas más reaccionarias y prejuiciosas) para hacer creer que toda la oposición es así, lo cual provoca que mucha gente (sobre todo jóvenes) decidan no asistir a dichas marchas.

    El obradorismo ha logrado, con relativo éxito, definir a una oposición que no se ha molestado en definirse. Han promovido la idea de que la oposición está compuesta de personas que no quieren perder sus privilegios, que son, de una u otra manera, una extensión de lo que llamaba «la mafia del poder». Ellos siguen siendo dueños del discurso y de los significantes porque los opositores no han creado los suyos.

    A la oposición le urge crear un discurso, una narrativa que logre amalgamar a todos los inconformes (más distintos entre sí de lo que parece) y un agenda de propuestas con las cuales puedan presentarse como una alternativa y que trascienda su inconformidad hacia el gobierno en turno. Y dada su heterogeneidad (desde jóvenes liberales y socialdemócratas hasta señores de ideas ultraconservadoras) tendrán que centrarse en las coincidencias y dejar fuera de ella las discrepancias para poder así hacer un movimiento unitario que funja como contrapeso hacia el gobierno. Todo esto implicará un increíble ejercicio de autocrítica.

    No son pocas las voces que me han expresado su desolación, que les preocupa este nuevo gobierno pero que sienten que no pueden hacer nada y no saben siquiera a donde podrían acudir, que no saben siquiera por dónde empezar. Es cierto que en los últimos días han comenzado a aparecer algunas propuestas como la de la Coparmex llamada Alternativas por México, que es muy rescatable aunque no es un proyecto propiamente político y que, al parecer, tiene una visión a mediano y largo plazo. Hay organizaciones civiles que tienen el expertise para cuestionar e investigar a gobiernos como lo es Mexicanos en Contra de la Corrupción y la Impunidad que mostraron ya de lo que son capaces en el sexenio pasado. Estos ejemplos son como piezas sueltas que si se logran unir y adherir a una narrativa, podrían crear un contrapeso a este gobierno, ese que hasta ahora no tienen ni dentro del ejercicio político ni de la ciudadanía.

    Todos los gobiernos necesitan un contrapeso, y este se caracteriza por no tenerlo. No se trata tampoco de destruir a López Obrador como algunos podrían pensar, sino de crear un ambiente donde el gobierno rinda cuentas, donde si bien sea reconocido por sus aciertos, sea cuestionado por sus errores.

    Por eso se busca una oposición.