1) La izquierda suele ser abstracta y cualitativa. Los izquierdistas y/o progresistas suelen ser más creativos, abiertos al cambio, menos ordenados, suelen tener mayor compasión por el débil y por aquellos que no forman parte de su círculos cercanos.
2) La derecha suele ser concreta y cuantitativa. Los derechistas son menos abiertos al cambio, son más metódicos y ordenados. Suelen preocuparse más por la figura de autoridad y sus círculos de referencia similares y cercanos (familia, amigos, personas de su misma nacionalidad, etc).
3) La izquierda suele superar a la derecha en su capacidad de detectar problemas y conflictos sociales. La derecha da el estado de cosas por sentado y suele ignorar o subestimar las problemáticas subyacentes.
4) La izquierda suele ser idealista en exceso, al punto en que puede llegar a creer que no hay límites para moldear al mundo y aspirar a un estado utópico (cuando se aferran, las consecuencias pueden llegar a ser desagradables). La derecha, en cambio, suele caer en un realismo excesivo y subestima el margen de maniobra para introducir cambios que terminen siendo benéficos.
5) La derecha suele superar a la izquierda en su capacidad de utilizar la técnica para desarrollar políticas públicas, dado que la izquierda antepone su idealismo a la técnica y la derecha no. No está de más decir que suelen ser mejores a la hora de manejar la economía que la izquierda por esa misma razón. Pero la derecha, el tener menor capacidad para entender fenómenos sociales, suele no tener el alcance para alcanzar, por medio de la técnica, el todo.
6) La izquierda sobreestima la capacidad del individuo de ser altruista y cooperativo. La derecha, en cambio, sobreestima la disposición del individuo hacia la competición sobre la cooperación.
7) A la izquierda se le persuade a través del resentimiento. A la derecha a través del miedo.
8) Aunque no es condición general (en EEUU suele pasar lo opuesto) la izquierda suele construir mejores narrativas y mover sentimientos. En cambio, la derecha suele debatir mejor, sabe burlarse y ridiculizar mejor a su adversario (left can’t meme, dicen por ahí).
En política siempre hay un discurso hegemónico dominante, incluso en las democracias consolidadas. Los discursos hegemónicos siempre han existido y siempre van a existir.
Un discurso hegemónico es básicamente un conglomerado de valores o ideas impuestos o promovidos por una élite o clase dominante (dice Gramsci) bajo los cuales se dice lo que el mundo es y lo que debería de ser.
En las democracias distintos discursos hegemónicos pueden coexistir, en tanto que aquellos discursos que no son dominantes pueden llegar a tener cierta expresión por las garantías que la democracia misma les da.
Aún así, el discurso hegemónico dominante siempre va a tener más visibilidad, tendrá más puertas abiertas en los medios de comunicación y en la mayoría de las instituciones. Siempre existirá cierto consenso en torno a dicho discurso hegemónico.
En Occidente, existen tres discursos hegemónicos dominantes. Pueden coexistir entre sí porque uno trata de explicar la organización política, otro lo económico y el otro lo cultural.
Esos discursos son la democracia liberal (la forma de organización política) la economía de mercado (la forma de organización económica) y el progresismo social (lo cultural).
Aunque epistemológica e ideológicamente estos discursos puedan tener diferencias, coexisten porque rara vez uno invade el espacio del otro e incluso pueden interactuar. Un claro ejemplo son todas las empresas participando en el mes del orgullo LGBT y expresando libremente su postura.
En los medios de comunicación, una persona tendrá más puertas abiertas si va a hablar de economías de mercado y si los cuestionamientos a éste no implican su supresión (por ejemplo, hablar sobre desigualdad o de subir impuestos en tanto el sistema de mercado no quede comprometido). Si hablas de un intervencionismo muy excesivo o incluso de un cambio de modelo, pocas puertas te serán abiertas. Lo mismo pasa con el tema social: las posturas liberales y progresistas tienden a ser mejor recibidas en la mayoría de los medios de comunicación que el conservadurismo confesional.
Lo que no coincide con el discurso dominante se convierte en lo extraño, en lo otro. El conservadurismo social y el socialismo económico son vistos con recelo por parte de lo establecido.
Y lo «otro», al no ser bienvenido en la mayoría de las plataformas del establishment, busca espacios alternativos de expresión. En el pasado consistía más en panfletos, revistas o medios alternativos, aunque en la actualidad las redes sociales juegan un papel muy importante.
La Segunda Ley de la Termodinámica dice que todos los sistemas tienden a la entropía, y si los sistemas tienden a la entropía, los discursos hegemónicos también lo hacen. La ventaja de las democracias sobre los regímenes autocráticos en este sentido es que permiten, en cierta medida, criticar al discurso hegemónico, aunque ésta sea limitada en comparación con el poder político y mediático que el poder dominante tiene. Ello puede ayudar a que los discursos puedan recibir cierta retroalimentación y pervivan por más tiempo o incluso se actualicen. A la vez, podrán ser sustituidos más fácilmente si los discursos terminan siendo ineficientes.
La polarización ideológica de estos últimos años es muestra patente del deterioro de este mecanismo de retroalimentación, ya que requiere un mínimo de apertura. Cuando discurso hegemónico deja de recibir y asimilar retroalimentación entonces se comienza crear un contradiscurso que se vuelve cada vez más fuerte.
Pueden ocurrir dos cosas: 1) que en algún punto el sistema logre ser consciente de su deterioro y asimile la retroalimentación (que se ha acumulado) para mantenerse vigente o 2) que sea sustituido por otro: esta sustitución puede ocurrir en un relevo de poder (democrático), un cambio cultural que no es (mayormente) promovido por el poder político o por medio de una revolución.
El primer punto implica entrar en un terreno fangoso, porque el discurso hegemónico debe asimilar qué tanta retroalimentación está dispuesta a admitir pero que no sea tanta que el discurso se modifique a tal grado que termine perdiendo su esencia, ni tan poca que termine creando un discurso adverso dispuesto a suplantarlo.
En el segundo, se puede dar el caso de que el relevo de poder sea insuficiente para hablarse de un cambio. Un régimen que ha relevado a otro con un discurso distinto, podrá verse con el problema de que, aún estando en el poder, su discurso no es el hegemónico. Podrá toparse con que los medios de comunicación tienen más influencia en la sociedad que su gobierno.
También se puede dar el caso que un régimen hegemónico cambie sin que haya grandes cambios dentro del poder político. Por ejemplo, que la cultura sea modificada por los medios de comunicación dominantes o instituciones ajenas al poder político-institucional.
Las posibilidades de que un discurso hegemónico sea sustituido serán más grandes en tanto el discurso se acerque más a la entropía, pero dichos discursos suelen mantenerse por un buen periodo de tiempo, sobre todo aquellos que son más eficientes que los otros.
La sustitución de un discurso hegemónico por otro se puede dar de dos formas:
1) Una sustitución total por otro relato opositor que mantiene su misma forma al volverse hegemónico.
2) Por medio de una dialéctica (a la Hegel) donde el discurso hegemónico actual (tesis) se contrapone a un discurso opuesto (antítesis) para dar paso a una superación de ambas (síntesis). Un ejemplo podría ser el liberalismo del siglo XIX contrapuesto con las corrientes socialistas que dieron paso a una economía de mercado con un Estado de bienestar.
En los regímenes democráticos es más deseable la segunda (dado que implica menor inestabilidad) en tanto que en los autocráticos, sobre todo cuando la opresión y la concentración de poder sea mayúscula, puede llegar a ser más deseable la primera.
Y para terminar, es muy probable que el nuevo discurso hegemónico termine, con el tiempo, repitiendo muchos de los vicios del discurso al que sustituyó. Los discursos, en tanto son oposición, apelan con más energía a la libertad que cuando ya se han vuelto hegemónicos.
Si los demócratas logran hacer una buena campaña, van a ganar. La popularidad de Trump no es muy buena (43% de aprobación vs 52% de desaprobación y restantes indecisos); pero tampoco es tan impopular como para que los demócratas se den el lujo de hacer una campaña mediocre. Es decir, el triunfo de los demócratas depende de ello.
Pero si no hacen una buena campaña Trump va a gobernar otros cuatro años más.
Y me temo que es muy posible que no hagan una buena campaña.
Comprendamos el contexto: Trump es visto por un considerable sector de los estadounidenses como un hombre corrupto (y lo es, no sobra decirlo), pero por otro lado la economía de EEUU está estable y en la política exterior ha superado las (pocas) expectativas que se tenían de él.
Podría parecer que la estrategia idónea para los demócratas sería poner el dedo en la llaga en lo que concierne a la corrupción, e incluso por ello promueven la idea del impeachment (que no van a lograr porque no tienen mayoría en el senado). Pero señalar ello no es suficiente, solo va a reforzar la postura de los que no quieren a Trump y cuando mucho podrían hacer que algún que otro indeciso salga a votar por el demócrata. La idea de Trump como hombre corrupto ya nos la vendieron en el 2016 y aún así ganó.
Incluso se puede dar el caso de que Trump le dé la vuelta a la campaña del impeachment y la capitalice a su favor.
Por otro lado, los demócratas tienen un dilema que se antoja complicado ¿recorrerse al centro o tirarse a la izquierda? En tiempos normales recorrerse al centro sería la clara respuesta porque ahí suelen estar los indecisos, pero no son tiempos normales:
Si los demócratas se recorren al centro con un hombre como Biden, podrían acaparar a los republicanos e indecisos que no quieren a Trump. Pero…
… resulta que hay gente, sobre todo un sector de la clase blanca trabajadora (que vio sus empleos irse de los EEUU) que votaría por un candidato más tirado a la izquierda como Bernie Sanders, pero cuya segunda opción no sería un candidato de centro, sino Donald Trump.
Sanders podría ahuyentar a los indecisos del centro, pero podría ganarle a Trump parte de la clase blanca trabajadora e incluso lograr que más jóvenes salgan a votar.
Los demócratas están divididos por ello y ahí surge otro problema. ¿Podrá todo el partido cerrar filas ante el candidato que postulen, sea de izquierda o de centro? En el 2016 no terminó de ocurrir así y ya vimos las consecuencias.
¿Cuál opción le conviene a los demócratas? ¿Ir por los indecisos del centro o ir por la clase trabajadora que podría ver a un Bernie Sanders (ansioso de tomar medidas proteccionistas y renegociar el T-MEC) como una mejor alternativa ante un Trump que si bien no es como que haya hecho nada al respecto, tampoco lo ha hecho de una forma tan contundente como lo prometió en la campaña pasada? (Paradójicamente, a México le podría terminar conviniendo más que gane Trump en vez de Sanders porque no se rompió el tratado con EEUU como se llegó a temer y porque Sanders sí podría buscar una versión menos ventajosa para México).
La respuesta no es fácil. Los demócratas tendrán que analizar sus opciones fríamente y desarrollar una campaña que brille por luz propia y que no sea meramente parasitaria del discurso de Trump. Si lo logran, van a ganar. Si no, su triunfo estará pero muy comprometido y tan solo lograrán que Donald Trump repita.
A veces me frustra mucho cuando se habla de desigualdad, no porque sea un tema relevante o no, sino porque muchas veces se pretende explicar la desigualdad como una causa final y no como un efecto de un problema estructural que es lo que en realidad es.
Siempre que se habla sobre cómo combatir la desigualdad, vienen a la cabeza propuestas como: «cobremos más impuestos» o «darle dinero a los pobres (por medio de políticas asistencialistas en muchos casos)». El problema es que esas propuestas son cuando menos deficientes en un contexto como el mexicano porque fungen, en muchos casos, como paliativos.
No estoy sugiriendo desde luego, eliminar todos los programas ni mucho menos desmantelar el Estado de bienestar, pero sí replantear el enfoque y atacar el problema por sus causas.
Luego, los hacedores de esas políticas se congratulan porque el coeficiente de GINI bajó dos puntitos (y si bien les va) cuando más bien se trata de una medida artificial y no estructural que no hace mucho para emancipar a los pobres de su condición. El Estado de derecho sólido es indispensable si queremos pensar en mejorar el sistema de seguridad social y la educación, que son indispensables para que los pobres tengan un piso mínimo y, por tanto, mayor movilidad social.
Pero se habla menos de las reglas del juego subyacentes a todo esto. ¿Qué pasa si tenemos un Estado débil donde la justicia es para quien la pueda comprar? ¿Qué pasa si tenemos un Estado donde el gobierno no es llamado a rendir cuentas, donde quienes están en el poder político se enriquecen y quienes son parte de la iniciativa privada adquieren fortuna y poder al amparo del poder político?
Pues entonces las políticas propuestas no van a servir de mucho porque no tiene sentido «nivelar» una sociedad que está completamente desnivelada en sus principios más básicos.
Por eso a veces quienes proponen sociedades más igualitarias en América Latina tienden a saltarse esta parte y en vez de desembocar en países como Finlandia (amén del crecimiento económico que se requiere para llegar allá) terminan cayendo en manos de gobiernos demagogos cuya élite termina viviendo casi como si fueran jeques, donde la retórica sustituye a la voluntad de crear un Estado de derecho más justo. Cuando hablan de «neoliberalismo» en países como México en automático están casi ignorando el tema de la seguridad jurídica al confundir el libre mercado con el capitalismo de compadres (crony capitalism) que es producto de la inequidad ante la ley: el empresario rentista tiene privilegios ante la ley que puede comprar y se vuelve más rico gracias a ello y no a la competencia.
Tener un Estado de derecho sólido donde la justicia sea equitativa y funcione para todos antecede de forma categórica a todo lo demás: un Estado donde el rico sabe que no va a tener privilegios para abusar del poder, y donde un pobre sepa que levantar una denuncia no será en vano.
De poco sirve subir impuestos por subirlos o crear programas sociales asistenciales si en la práctica la justicia es para quien la pueda comprar, lo cual termina naturalmente reforzando los privilegios de una élite, no competitiva, sino una nociva y arcaica.
Ya después se podrá discutir si es necesario subir impuestos (lo cual incluso será más fácil si la gente percibe que sus impuestos sirven para algo, lo cual ocurre en países con un Estado de derecho más justo e instituciones eficientes), pero mientras sigamos tolerando un sistema inequitativo e injusto, lo demás seguirá siéndolo (porque una sociedad artificialmente más equitativa sigue siendo, en el fondo, una más inequitativa dado que no hay un real empoderamiento de los que menos tienen).
Hoy nos despertamos con una puesta en escena tragicómica: AMLO anunció en la mañanera que iba a rifar el avión.
¡Está senil! ¿Ves? ¡AMLO está enfermo! Dice la oposición, pero no entiende lo que está pasando.
AMLO sabe lo que hace, porque bien sabe cuál es el propósito de sus palabras y sabe a quienes van dirigidas.
Si algo conoce muy bien López Obrador son los usos y costumbres de los que menos tienen, los que viven en barrios populares o pueblos y que no tienen acceso a la información que tienen las clases medias y altas. Ellos, en lugar de hacer una fastuosa cena de navidad como las clases altas hacen, cierran las calles de su barrio para ahí festejar la posada. Ellos tiran «cuetes», y también les gustan los juegos tradicionales como las tómbolas, rifas y demás.
A muchos nos puede parecer aberrante (si es que va en serio) que López Obrador decida «rifar» el avión presidencial. Pero ello le funciona muy bien ante sus bases (que no son idiotas e ignorantes como algunos desearían que fueran) quienes tienen una visión muy diferente del gobierno de AMLO porque sus paradigmas y el contexto en el que viven son distintos a los de quienes formamos parte de las clases medias para arriba, porque son beneficiarios de sus programas sociales, por la retórica de las mañaneras que ven y que por todo esto que su vida cotidiana está mejorando.
Y eso es lo que no entiende la oposición, que en su burbuja se indigna y se burla cuando no entiende que el mensaje no va para ellos sino para sus bases, que viven en una realidad distinta y no entienden. De hecho, AMLO seguramente ya dio por descontado que los opositores seguirán oponiéndose.
Con la rifa, AMLO busca no solo darle vuelta ante ellos a los cuestionamientos del avión sino fortalecer su narrativa y su posición ante quienes lo apoyan: «¡ya sé cómo hacerle! ¡Y lo voy hacer de una forma que a ustedes les va a a sonar familiar!
La oposición tendría, en todo caso, que saber cómo comunicarse con todos estos sectores y explicarle por qué, a pesar de que perciben en la vida cotidiana una mejora (que podría llegar a ser ilusoria en caso de que AMLO no corrija el rumbo), López Obrador está cometiendo muchos errores que a la larga les podrá llegar a afectar sobremanera. No lo saben hacer y luego se preguntan por qué López Obrador sigue siendo popular.
Antes que los datos duros, los tecnicismos y demás, es la cotidianeidad bajo la cual la gente evalúa la gestión de un gobierno, y sobre todo lo es cuando la gente no tiene acceso a la educación que las clases medias y altas sí tienen. En su cotidianeidad, las cosas van «requetebien», y como perciben que las cosas van bien, entenderán los errores que sí perciben como parte necesaria de la «transición»: «Sí es un caos lo del Insabi, pero AMLO ya mejoró mi vida en varios aspectos, démosle chanza».
Los opositores deberían entender más a esos sectores, acercarse a ellos y comunicarles lo que ellos ven del gobierno no de una fría y tecnocrática, sino de una forma en que lo entiendan. Menudo dilema, pero no hay de otra .
Y mientras eso no ocurra, AMLO seguirá con sus ocurrencias. Rifará aviones y en una de esas organice el juego de las sillas para decidir a qué miembro del gabinete recortar. Ello le es muy familiar a la gente «del pueblo», ello genera la percepción de un presidente cercano, que sí los entiende. Y en un contexto así, la oposición, tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo, se encuentra en desventaja.
Rifar un avión es aberrante y debe de serlo, pero no es un acto de locura. AMLO sabe lo que hace.
En muchas ocasiones se contrapone al liberalismo con el colectivismo y por ello muchos liberales ven lo colectivo como algo indeseable. Pero el liberalismo en realidad tiene un componente colectivista (referido en el sentido filosófico y político y no en la definición más bien económica referida a la propiedad social de los medios de producción).
Por un lado tenemos la idea del individualismo, la idea de que el ser humano es libre de actuar o de creer en lo que deseé. En contraparte tenemos la idea del colectivo, del bien común, que busca el bien de la sociedad como un todo.
Los regímenes antiliberales (socialistas, confesionales, autocráticos) creen que hay que restringir en cierta medida el individualismo para poder satisfacer lo colectivo: el bien común.
El liberalismo no niega lo colectivo, más bien que cree que ambos ámbitos (el individualismo y el bien común pueden coexistir). Esta coexistencia queda bien plasmada en la famosa «mano invisible» de Adam Smith que dice que el interés propio de los individuos derivará en mayor bienestar para el colectivo. Es esa mano invisible la que lograría, en la teoría, conciliar lo individualista con lo colectivista.
Es, paradójicamente, el aspecto colectivista el que legitima al liberalismo. El liberalismo no dice nunca que «cada quien vea por su lado sin importar si la sociedad se sume en el caos». Por el contrario, da justificación a lo primero (individualismo) argumentando que logra satisfacer lo segundo (el bien común).
Entonces, la diferencia entre las doctrinas liberales y las antiliberales es esa. Los liberales intentan entrometerse lo menos posible en las libertades del individuo (que no es que lo dejen de hacer por completo, ello sería utópico) mientras que los antiliberales restringen al individuo porque asumen que el individuo como tal es caótico y que los intereses propios siempre van en contra del bien común. Pero la idea de lo colectivo, el bien común, persiste tanto en el liberalismo como en el antiliberalismo.
Sería muy ingenuo pensar que un político va a atender su salud o la de los suyos en un lugar con una calidad de servicio más deficiente de la que se puede permitir. Ello implicaría supeditar su salud al discurso para reafirmarse en el poder, y sabemos a ciencia cierta (incluso tomando la pirámide de Maslow como referencia) que la salud siempre tiene prioridad: puede perder más al negarse a atenderse bien que contradecir su discurso (por una vez que lo haga no es como que le vaya a afectar mucho, como hemos sido testigos). Sería irracional que no tomara esa decisión.
El político no tendrá problemas en subirse a un Jetta o en ir a desayunar a una fonda para aparentar no ser fifí, e incluso puede que ello le guste, que prefiera una fonda a un restaurant de alta cocina. Pero cuando se trata de algo tan importante como la salud, se permitirá hacer una digresión. Ya luego verá cómo se justifica o si hace como que no pasó nada.
Este hecho recuerda que el político, por más que se diga de pueblo, pertenece a una élite (política), y en momentos tan importantes como los que tienen que ver con la salud y la de los suyos, aprovechará los privilegios que el ser parte de dicha élite le confiere (independientemente que sea el caso del nacimiento de su nieto, porque hemos visto que AMLO, su esposa y su hijo se atienden en hospitales privados de renombre). Las banderas de austeridad terminan ahí donde empiezan las necesidades del individuo.
Porque al final el objetivo de esa narrativa, la de ser un hombre austero y parte del pueblo, no se tiene como fín a sí misma ni necesariamente es una convicción redonda, sino que tiene como fin último la legitimación para reafirmarse en el poder. El político que gobierna no puede dejar de asumirse como parte de una élite porque entonces tendría que dejar de gobernar: el acto de gobernar implica necesariamente formar parte de una élite.
Que un político que ostenta un alto cargo se atienda en una clínica privada o extranjera no debería implicar contradicción alguna en tanto implique dinero bien habido (que su sueldo o sus ahorros lo permitan). Incluso al ciudadano mismo convendría que pueda hacerlo ya que es conveniente que quien lo gobierne goce de buena salud.
Pero es el mismo López Obrador el que ha creado una contradicción donde no debería de haberla. Él es quien, al asumirse como parte del pueblo, reniega formar parte de una élite o de una posición privilegiada cuando sí lo hace ya que va implícito al ejercicio del poder. Tanto tiempo criticó a los otros políticos por atenderse en hospitales privados, que se terminó viendo mal a la hora de hacer lo mismo.
Porque lo que debería importar es que aspire a mejorar los servicios de salud de los ciudadanos, no el opuesto: que empeore los que él recibe.
Cuando llegamos a 1990, el discurso era uno de libertad. Caía el muro de Berlín, la URSS comenzaba a colapsar y la bipolaridad entre el occidente capitalista y el régimen comunista soviético (y satélites) llegaba a su fin. México veía los últimos años del régimen de partido único que poco tiempo después perdería mayoría en el Congreso. La apertura era patente en muchos sentidos.
Luego llegó el año 2000. En el ámbito global no había tantas novedades. Dábamos por hecho el estado de las cosas y le comprábamos a Francis Fukuyama la idea del fin de la historia, bajo la cual aseguraba nuestra civilización había arribado a la democracia liberal como punto culmen de su desarrollo, aunque todo ese optimismo pronto empezaría a resquebrajarse, sobre todo a partir del 9/11. A México le fue muy bien, el año 2000 fue el inicio de la alternancia.
En el año 2010 las cosas ya no eran tan positivas. Tanto el propio 9/11 como la crisis global del 2008 nos hizo repensar ese optimismo de las décadas pasadas. Sin embargo, con todos los «accidentes», todavía teníamos fe en la idea de la democracia liberal como aspiración, aunque su legitimidad comenzaba a recibir algunos cuestionamientos. Comenzamos a decir (en México y en casi todo Occidente) que los políticos no nos representaban, que el sistema político no funcionaba del todo bien. Pero teníamos a Internet como ese elemento liberalizador que, decíamos, democratizaría todo.
En el 2020, por primera vez después de varias décadas, entramos a una era de profunda incertidumbre. Comprendimos que la democracia liberal no era el fin de la historia, con lo cual el futuro ahora nos comenzó a parecer más bien dudoso y oscuro. En las décadas pasadas ignoramos el hecho de que los cambios tecnológicos modificaban las dinámicas sociales y nos dimos cuenta hasta que ello simplemente ocurrió. Si la imprenta o la Revolución Industrial modificaron de forma drástica todas las dinámicas sociales ¿por qué entonces subestimamos el poder de Internet para hacerlo?
El Internet había irrumpido de forma drástica. Pensamos que el sistema político-económico «antes de Internet» iba a funcionar igual de bien dentro de nuestra era y no fue así. De hecho, el estado de cosas se está modificando sin que tengamos la más mínima idea de cual vaya a ser su forma final porque el propio Internet y las tecnologías evolucionan a pasos agigantados cambiando de forma continua las dinámicas políticas, económicas y sociales.
No estamos sobre piso firme, sino desde uno muy líquido, que cambia drásticamente y que es acompañado de esta idea posmoderna de la sustitución de las grandes narrativas por la interpretación personal del mundo.
Hoy no hablamos de ningún fin de la historia. Hoy hablamos de las nuevas corrientes demagógicas de derecha e izquierda iliberal que toman popularidad, de los cada vez más sofisticados algoritmos, de la inteligencia artificial y del advenimiento de la singularidad (ese momento en que la propia inteligencia artificial se vuelva autónoma y superior al propio ser humano) como algo que ya no está tan lejos como para ignorarlo.
Hoy el futuro es incertidumbre, no tenemos la más mínima idea de cómo vaya a ser. Bueno, nunca la tuvimos, pero creímos haberla tenido y eso nos daba una sensación de seguridad y confort que hoy es prácticamente inexistente.