Categoría: política

  • Pensaban que Aristegui se cuadraría con AMLO. Se equivocaron

    Pensaban que Aristegui se cuadraría con AMLO. Se equivocaron

    Pensaban que Aristegui se cuadraría con AMLO. Se equivocaron

    En algún momento, alguien pensó que Carmen Aristegui se cuadraría con López Obrador. Incluso es lo que algunos esperaban y deseaban.

    Es cierto que Carmen Aristegui es de izquierda, y es cierto que México tiene una rica tradición de periodistas poniéndose a los pies del gobierno en turno. Tal vez por eso algunos de los simpatizantes obradoristas pensaron que iba a ser «su periodista».

    Pero eso simplemente no ocurrió.

    Lo que más me sorprende es que algunos se sorprendan. Quienes se sorprendieron hicieron una mera inferencia reducida a lo binario: si Carmen Aristegui es crítica del status quo y AMLO es crítico del status quo, entonces Carmen Aristegui debería alinearse con López Obrador.

    Pensaron que su postura ante el conflicto electoral del 2006 y su postura crítica hacia los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto implicaba que Aristegui era lopezobradorista. Incluso así lo creían algunos de sus críticos.

    Ya había algunos visos de que eso no tendría por qué ocurrir. En realidad a López Obrador nunca le ha terminado de caer tan bien como los simpatizantes de AMLO piensan e incluso recordemos los encontronazos que tuvieron en la campaña presidencial.

    Carmen Aristegui decidió hacer lo que le gusta hacer, ir por su cuenta. En algún momento sospeché del silencio ante algunos temas polémicos de este gobierno (aunque creo que tiene más que ver con el hecho de que la periodista no ha tenido tanta exposición, posiblemente porque el pejismo, que tanto la difundía, ya no lo hace), pero con lo acontecido el día de ayer ha quedado muy claro que Aristegui no se va a cuadrar con el gobierno y se irá por su camino de forma independiente.

    Y eso no le iba a gustar a muchos, sobre todo a quienes pensaron que Carmen Aristegui y López Obrador eran casi la misma cosa, aquellos que hace pocos años querían postular a Carmen en la presidencia y hoy son parte de campañas de desprestigio en contra de la periodista. Se sienten engañados (quién sabe por qué) y evidentemente están molestos.

    Lo de ayer es una muestra de las facetas más preocupantes de este gobierno, ya que Carmen Aristegui y su hijo fueron víctimas de un fuerte ataque en redes sociales por parte de las huestes lopezobradoristas por exhibir el uso de granjas de bots desde Notimex para atacar periodistas críticos con el gobierno. Mientras otros indagaban con las casas de Bartlett, Aristegui y los suyos se enfocaron a lo que tiene que ver con la prensa y la libertad de expresión. Ya desde el año pasado, con la ayuda de Carlos Páez de Mesura y la maestra Rossana Reguillo del ITESO, mostraron que había un comportamiento atípico en las redes sociales que insinuaba una estrategia de ataque a periodistas y lo cual ha quedado confirmado.

    Incluso ya desde antes, los influencers orgánicos del pejismo habían «denunciado» a Aristegui por tomar posturas adversas a los intereses del gobierno como, por ejemplo, apoyar al Reforma ante la avalancha de ataques no solo del Presidente, sino de estas granjas de bots que utilizaban hashtags como #NarcoReforma.

    La labor que ha hecho Aristegui no ha sido tan visible o «mainstream», pero sí es una de las periodistas que más ha exhibido estos ataques a medios y periodistas que intentan comunicar u opinar utilizando su derecho a la libertad de expresión.

    Y debo decirlo, pero que Aristegui reciba estos ataques habla bien de su profesionalismo periodístico. Habría sido cómodo tomar línea para conservar a esa porción de su audiencia que ahora la aborrece. Pero ella prefirió ir por sus convicciones, y es evidente que su compromiso con la libertad de expresión y su simpatía por causas progresistas como el feminismo no podían tener cabida dentro de la 4T.

    Tal vez eso le moleste a muchos, pero los periodistas están para incomodar al poder, no para chiflar y aplaudir.

  • El cambio de la 4T deconstruido

    El cambio de la 4T deconstruido

    Deconstruyamos el cambio de la 4T

    He leído en las redes sociales una y otra vez el argumento de que López Obrador está haciendo un buen gobierno porque está llevando a cabo un cambio de régimen, porque está poniendo al país de cabeza, lo está sacudiendo, sacudida que, dicen, es necesaria para acabar con las injusticias que afectan a nuestro país.

    El problema es que para que un cambio sea bueno no solo tiene que existir sino que su carácter beneficioso debe justificarse a través de sus cualidades. Pero no todos los cambios brillan por sus cualidades, y los que no lo hacen corren el riesgo de colocarnos en un situación más comprometedora que la que ya teníamos.

    El discurso de cambio vende, y vende cuando la gente se siente molesta, enfadada, enojada con la situación actual. Vende más cuando este discurso viene acompañado de una narrativa potente. Pero las narrativas, si bien son necesarias, por sí solas no crean cambios. La narrativa parte de un diagnóstico y de una promesa de cambio, genera cohesión en el movimiento, otorga legitimidad al que la pronuncia.

    Pero luego viene la parte más difícil, y es la parte que los líderes populistas ya no se atreven a atravesar: se trata de ese tránsito del «deber ser» al «ser». La narrativa necesita adecuarse a la realidad y pasar a la praxis: ya no se trata de contar una historia bonita y esperanzadora, se trata de confrontarla con la realidad, con la condición humana tal cual es, y es que en el caso de los líderes populistas las narrativas, que suelen tener un carácter idílico, terminan chocando con las fronteras de la realidad y se niegan a ceder, ¡hay que meterla con calzador cueste lo que cueste!

    Algunos líderes terminan dándose cuenta de esa disonancia que no les permite ver su narrativa realizada (como fue el caso de Vicente Fox) y terminan cediendo. Aquellos, los más sensatos dentro de lo que cabe (porque prometer en exceso no es necesariamente una expresión de sensatez), terminan entregando una versión muy matizada y reducida de aquella historia que contaron. Pero otros se empecinan en realizarla cuando el mismo sentido común les recuerda una y otra vez su imposibilidad.

    Parte de la fe que todavía algunas personas tienen en él tiene como base la promesa de cambio y la percepción de que las cosas se están agitando. Mientras que el caos asusta a algunos, a estos otros los emociona. El caos es el reflejo de la tierra cimbrándose, asumen que los cambios verdaderos generan resistencia (lo cual es de alguna manera cierto, pero que no implica que la existencia de la resistencia sea reflejo de un cambio verdadero o bueno), por eso no se inmutan. Que si las medidas ahuyentan la inversión, que si hace enojar a muchos: los perros están ladrando Sancho, prueba de que vamos avanzando, se repiten en sus cabezas.

    La fe en el cambio esperanzador entonces está depositada en el caos que prueba su existencia (o al menos eso piensan) y que toma como base una narrativa que es repetida hasta el cansancio. Pero ese arrojarse a la fe, a la esperanza, se vuelve peligroso; porque si bien el caos puede explicar un proceso de cambio (y no necesariamente lo hace, puede haber un caos que resulte en más o menos lo mismo), no nos dice nada sobre la calidad de dicho cambio que se está llevando a cabo. El caos implica un riesgo, del caos pueden surgir cosas muy buenas que marquen un parteaguas en una sociedad dada, pero de ahí también puede salir lo peor.

    Esto quiere decir que el mismo caos tiene que ser criticado y sometido a juicio. Es cierto que es una tarea difícil ya que los juicios pueden partir del paradigma que quiere modificarse (digamos, un conservador medieval criticando el progreso científico, salvando las grandes distancias) pero también es cierto que hay conocimiento histórico, político, económico y técnico para evaluar aquello que se está haciendo.

    Con la narrativa, AMLO ha tratado de influir en dicho juicio al pintar al México «pre-caos» (básicamente lo que llama el México neoliberal) como lo peor, como aquella etapa que fue algo así como una desgracia para México donde dice, creció la pobreza y la desigualdad aunque sea él mismo el que termine desmintiéndose. No es que esa etapa «neoliberal» haya sido gloriosa, estuvo lejos de ello en muchos aspectos, pero AMLO se ha negado a matizar siquiera, a reconocer los aciertos que sí hubo, para alimentar su narrativa y blindar al caos de cualquier juicio.

    La polarización también sirve como mecanismo para proteger al caos de cualquier juicio. Al dividir a México en dos polos: el pueblo bueno, los que están agitando las cosas y los privilegiados, los fifís, los que quieren que todo se mantenga «igual», termina anulando la validez de la crítica. Si alguien hace un señalamiento a ese caos que se está creando es que quiere que las cosas se mantengan exactamente igual, que los «políticos sigan robando»: hay un señalamiento ad hominem «apriorizado»; es decir, en automático se considera que quien emite una crítica, cualquiera que sea, es una persona que quiera que las cosas se mantengan igual, que los «pobres se jodan», entonces su crítica no vale, y como no escucho cualquier crítica al cambio, al caos, entonces pienso que es bueno, que es lo mejor que nos pudo haber pasado.

    Pero ese binarismo está lejos de la realidad. Prueba es la gran cantidad de gente que votó por AMLO y después se arrepintió. Prueba de ello eran los números de desaprobación de Enrique Peña Nieto y el desencanto generalizado con la clase política. En realidad era mucha más gente que aquella simpatizante de AMLO la que estaba poco conforme con el Estado de las cosas. Pero mucha de esa gente de la misma forma decidió ser crítica con el cambio (caos) de la misma forma que lo fue con el status quo anterior. Sin embargo esas personas para ellos son, de igual forma, conservadoras.

    Y ello también prueba que las críticas al cambio no están tan viciadas de los paradigmas anteriores ya que justo la mayoría de los mexicanos no estaba contenta con dichos paradigmas. La mayoría de los mexicanos querían un cambio, y los cambios traen resistencias, pero las resistencias creadas por este gobierno son las equivocadas: oponen resistencia no necesariamente los empresarios corruptos o la «mafia del poder» sino muchos ciudadanos que ven con mucha preocupación un ambiente de ineptitud e improvisación excesiva en este gobierno (porque vale decirlo, orquestar un caos, cimbrar la tierra, también requiere pericia).

    Que las inversiones huyan no es necesariamente un síntoma de que la sacudida vaya a llevarnos a un buen puerto, ni la precariedad económica lo es. AMLO tiene muchos inconformes, pero no es necesariamente porque las resistencias generadas expliquen el «gran cambio». Muchos de los privilegiados, los beneficiados del México anterior, son los que comen con AMLO en Palacio Nacional, son los que ganan licitaciones directas. Dicho esto, el cambio propuesto mantiene intacto muchos de los vicios, incluso aquellos que explican el origen de eso que AMLO llama «el neoliberalismo» que, en su peculiar definición, significa la viciosa relación del Estado con el capital que explica la excesiva concentración de la riqueza de nuestros tiempos.

    El cambio debe ser puesto a prueba. Es la praxis, los métodos, las estrategias, los resultados y no la mera narrativa lo que tiene que fungir como juez del cambio. La narrativa convoca, atrae, entusiasma, pero no forja por sí misma los cambios. Sin una narrativa decente nadie puede aspirar al poder, pero sin una praxis decente nadie puede hacer un buen gobierno, y, hasta el día de hoy, el nuestro no lo está haciendo.

    Que la 4T esté orquestando un cambio por sí mismo no dice nada si no somos capaces de evaluarlo, si no nos muestran con hechos a qué puerto nos está llevando.

  • El día en que AMLO refutó su propia narrativa, y ni te diste cuenta

    El día en que AMLO refutó su propia narrativa, y ni te diste cuenta

    El día en que AMLO refutó su propia narrativa, y ni te diste cuenta

    Errores inocentes pueden llegar a destruir años de trabajo. Basta con que dicho error, por pequeño y simple que parezca, aunque sea producto de cualquier descuido, aparezca en el contexto y lugar indicado:

    Una persona puede subir a sus redes por descuido una foto comprometedora que acabe con su matrimonio. A un empleado se le puede olvidar enviar un cheque muy importante, de entre muchos otros que no los son, con lo cual es despedido y pierde su trabajo.

    ¿Qué fue entonces lo que ocurrió con López Obrador? Resulta que a él se le ocurrió publicar un ensayo sobre la política económica en tiempos del coronavirus. El ensayo consta, en gran medida, de la misma retórica que repite una y otra vez. Ese ensayo que es medio promesas de campaña, informe, y demás.

    Por alguna razón decidí continuar «hojeando» ese texto y me encontré con esta gráfica. Es una simple imagen, pero basta con ella para refutar no solo gran parte de su texto sino de su ideario y, de paso, mostrar señales de incompetencia:

    ¿Cuál es el problema con esta gráfica? El problema no es la gráfica en sí, sino lo que representa.

    En su texto, como en su discurso que repite hasta el cansancio, López Obrador nos insiste en que el «neoliberalismo» ha causado desigualdad y pobreza. Pone como ejemplo paradigmático a Carlos Salinas de Gortari.

    Pero la gráfica dice lo contrario, me explico: el coeficiente de Gini mide la desigualdad de una nación o una región donde 1 implica desigualdad absoluta y 0 igualdad absoluta. Entonces, como podrán ver, la gráfica muestra que desde Salinas a la fecha la desigualdad no ha hecho otra cosa que reducirse.

    Incluso la gráfica muestra que en el salinato la desigualdad se mantuvo relativamente estable. Es decir, ni siquiera en ese periodo de privatizaciones y capitalismo de cuates que tanto denuncia (pero que ahora fomenta) la desigualdad se incrementó. Técnicamente echa por tierra uno de los argumentos torales de su discurso, que se pueden leer en sus libros y escuchar en sus constantes declaraciones: ese que dice que el neoliberalismo trajo desigualdad.

    Pero ese no es lo más preocupante, ello solo nos dice que AMLO ha sido un embustero (como lo son muchos políticos en el país), lo que más preocupa es que todo esto muestra que el propio López Obrador no sabe cómo interpretar esa gráfica, porque además, muestran la gráfica con base en una escala relativa (sólo en el rango en que se ha movido la tendencia) y no con la escala absoluta, lo que da visualmente la apariencia de que la desigualdad se ha desplomado (en realidad se ha reducido moderadamente).

    Lo peor del caso es que omitieron el periodo de Miguel de la Madrid donde los niveles de desigualdad sí se dispararon ¿por qué lo omitieron? Creo que la respuesta es sencilla, no saben interpretar los datos (muy básicos) y posiblemente creyeron que la caída en el coeficiente de GINI refleja lo contrario: que la desigualdad aumentó.

    Coeficiente de Gini

    ¿De verdad los asesores no le advirtieron que estaba mal? Porque dudo que el propio López Obrador haya elaborado esa gráfica que cualquier economista o politólogo podría interpretar sin problemas.

    Sin embargo, hay que aclarar que López Obrador tiene suerte. Muchos no se percataron de él, apenas alguno que otro especialista se molestó en leer el texto (la gráfica está en la segunda parte) y publicó la desfachatez del gobierno. No es como que esa información no estuviera disponible pero fue el propio López Obrador quien tuvo la ocurrencia de colocarla ahí.

    Tampoco es como que mucha gente se vaya a dar cuenta o le vaya a tomar importancia. Los datos no son tan atractivos a la gente como los discursos o las narrativas. Pero la evidencia ahí está, el propio López Obrador ha refutado su propia narrativa, y eso no es cualquier cosa.

    Consulta el ensayo completo

  • An4Ti-intelectualismo

    An4Ti-intelectualismo

    An4Ti-intelectualismo

    ¿Por qué existen especialistas? ¿Por qué algunos pocos saben mucho sobre algo que no sabe la mayoría?

    Resulta que los individuos no podemos ser buenos para todo, ni saber todo ni tener todas las habilidades; por tanto, deberán existir médicos, ingenieros, arquitectos, economistas y lo natural es que haya una élite de cada uno de ellos en cada sociedad en la que se encuentren los especialistas con mayor capacidad y reputación que, de alguna manera, ejercerán influencia sobre los demás.

    Por eso, quien ose buscar el empoderamiento del pueblo esperando que ellos realicen las actividades que llevan a cabo los especialistas solo empobrecerá más dicho pueblo.

    ¡Que la gente construya sus casas! Pero luego vendrá un sismo y las derrumbará porque resulta que no eran arquitectos y que los conocimientos que puedan tener sobre construcción son muy rudimentarios. ¿O acaso no queremos recordar 2017?

    ¡Que la gente haga sus caminos! Pero vendrá una inundación y los dejará incomunicados porque, debido a su falta de conocimiento sobre técnicas avanzadas de construcción e ingeniería, los caminos que construyan no estarán lo suficientemente preparados.

    ¡Que sea la gente la que se atienda sus enfermedades con la «sabiduría ancestral»! Pero luego vendrá cualquier influenza tratable y les arrebatará la vida porque la medicina moderna es mucho más efectiva.

    Con un recelo a todo lo que signifique o parezca una élite (porque siempre serán menos los doctores que quienes no lo son, o siempre serán menos los médicos que quienes no lo son), la postura de López Obrador hacia la ciencia es de profundo desprecio y ello es preocupante. No es el único caso: muchos líderes demagogos coinciden, en mayor o menor medida, en su aversión al intelectualismo. Ahí tenemos a los Trump, a los Bolsonaro, y las consecuencias que sus posturas han tenido hacia la pandemia son evidentes.

    Una presidente sensato procurará que la gente «de abajo» pueda adquirir educación de calidad para que puedan aspirar a formar parte de una élite (científica, técnica) y no destruir o menguar a las élites para ponerlas al nivel de las mayorías. Como he expresado en este espacio, las élites son inevitables e incluso son deseables. y un gobierno que dice gobernar para los de abajo debería más bien estar preocupado porque ellos tengan acceso a oportunidades y una educación digna de tal forma que puedan aspirar a formar parte de esas élites.

    La postura de López Obrador, la de despreciar el conocimiento científico por su carácter «elitista» sustituyéndolo por soluciones más intuitivas y cotidianas, es una apuesta por la pobreza.

  • La tontería del golpe contra AMLO

    La tontería del golpe contra AMLO

    La tontería del golpe contra AMLO

    Por las redes circulan voces que buscan remover a AMLO del poder. Algunos líderes de dudosa reputación como Gilberto Lozano, empresarios como Pedro Luis Martín Bringas de Soriana o el periodista venido a menos Pedro Ferriz de Con, están promoviendo una iniciativa llamada FRENAAA (Frente Nacional Anti AMLO) para removerlo de la silla presidencial antes del primero de diciembre.

    Pero esa postura es un absurdo redondo y están equivocados.

    Voy a decir algo que tal vez moleste a más de uno pero que es la verdad (y conste que las críticas hacia el gobierno de López Obrador desde este espacio no han sido escasas):

    Podemos pensar muchas cosas de López Obrador, pero él fue elegido democráticamente por una mayoría absoluta (más del 50% de quienes fueron a votar) y el mandato ciudadano debe ser respetado. Él es tu presidente y él te representa formalmente (aunque no te represente ideológicamente y no represente tus intereses).

    Dicho esto, la forma de arrebatarle el poder debe ser por medio de la vía democrática e institucional.

    Es más, no es lo mismo siquiera «pedir a AMLO que renuncie» a buscar removerlo activamente. Llevar a cabo una marcha pidiendo a AMLO que renuncie es válido. No lo es tratar de forma activa, por fuera de la vía institucional, remover a un presidente.

    Peor aún, estos grupos quienes, por cierto, no es que tengan mucho poder político, están gastando su energía en una iniciativa que difícilmente prosperará. Primero, porque los peces gordos de la IP (véanse Carlos Slim, Ricardo Salinas Pliego, Bailleres, Larrea y demás) están recibiendo contratos de este gobierno. Segundo, porque si algo ha sabido hacer AMLO es mantener una buena relación con Estados Unidos (aunque ello implique sometimiento) y sin el aval del país vecino será más difícil que todo esto ocurra.

    En vez de ello, estos grupos deberían estar pensando en formar un bloque opositor que amalgame a todos aquellos que están poco conformes con este gobierno (y que no son pocos) rumbo al 2021 y tratar de ganar mayor representatividad en las cámaras. En realidad no lo están haciendo, no tienen siquiera algo parecido a una agenda como sí lo han tratado de hacer otras entidades.

    Estos grupos deberían estar gastando sus energías en defender al INE y las instituciones que podrían verse comprometidas en este régimen, pero no lo están haciendo. Deberían estar preocupados por construir un mejor país y no solo oponerse por oponerse.

    Este tipo de iniciativas no solo son criticables ya que ello implica violar el mandato ciudadano lo cual es, a todas luces, antidemocrático, sino porque el hecho de remover a AMLO no implica de ninguna forma regresar al estado de cosas anterior (que ya de por sí era criticable). Como si fuera tan sencillo.

    Suponiendo que quisieran regresar a un estado de cosas anterior (digamos, algo parecido a los gobiernos del PAN o de Peña) porque en la práctica no es tan común que se «regrese» a una democracia de esa forma (y tomando en cuenta que al día de hoy, México es un país democrático, aunque sea una democracia muy imperfecta), las instituciones en automático perderían legitimidad, con todo lo que ello implica. ¿Cómo confiar en ellas si se puede remover por fuera de las instituciones a un presidente que no guste a un sector de la sociedad? De entrada, algo así generaría un fuerte descontento social que pondría en tela de juicio la legitimidad del presidente que reemplace a López Obrador y podría provocar una situación de inestabilidad que podría ser peligrosa.

    No solo eso, una iniciativa así puede salir mal. Es cierto que la iniciativa es ambigua y no va más allá de decir que quieren quitar a AMLO (sugieren de entrada una revocación de mandato, pero no existen las condiciones legales para impulsarla a menos de que sea el propio AMLO el que lo haga, por lo que entonces es posible que terminen planteándose otras vías), pero si la iniciativa saliera mal entonces las cosas podrían terminar peor: ahí tienen el ejemplo de Hugo Chávez en Venezuela, a quien trataron de remover por medio de un golpe fallido que no hizo más que legitimar a su gobierno y deslegitimar a una oposición que, a varios años de distancia y en una nación en condiciones deplorables, apenas parece tomar forma.

    Incluso un discurso así podría terminar fortaleciendo el propio discurso de López Obrador quien se comenzó a refugiar en el discurso del «golpe de Estado» para así descalificar la oposición. Estos opositores le estarían dando la razón y AMLO entonces trataría de meter a toda la oposición dentro del mismo costal: «la oposición es golpista», dirá.

    Si queremos construir un mejor México (en dado caso de que ese fuera realmente su deseo) habría que hacerlo desde la inteligencia, desde el amor al país, y no desde la visceralidad y el poco control de las emociones. En efecto, muchas de sus preocupaciones en materia económica son legítimas, pero es por la vía institucional por la cual se deben resolver los conflictos.

    López Obrador no está en el poder gracias a un fraude o una imposición, sino por la voluntad ciudadana que debe respetarse. Un golpe, a la larga, podría tener más consecuencias negativas para el país que las que muchos vislumbran con este gobierno.

    Recuerden que por más mal esté la situación, siempre puede estar peor.

  • AMLO, los ventiladores de Bartlett y la «Cartilla Moral del Árbol que da Moras».

    AMLO, los ventiladores de Bartlett y la «Cartilla Moral del Árbol que da Moras».

    AMLO, los ventiladores de Bartlett y la "Cartilla Moral del Árbol que da Moras".

    El discurso de la corrupción ha sido uno de los grandes pilares de este gobierno. La corrupción, decían, se acabaría en tan solo seis años, ya no habría.

    En esa declaratoria muchos vimos algo sumamente iluso, incluso suponiendo que la cabeza fuera completamente impoluta.

    Y es iluso porque la corrupción implica una simbiosis entre lo cultural o lo institucional. Si las instituciones son corruptas la cultura lo va a ser, y si la cultura de una sociedad favorece la corrupción, las instituciones serán corruptas en consecuencia.

    Para acabar con la corrupción entonces habría que atacar las dos variables: lo cultural y lo institucional. Habría que desactivar los incentivos institucionales y culturales que promueven la corrupción para poder exterminarla, lo cual es una tarea bastante complicada y que llevaría mucho tiempo.

    López Obrador siempre nos ha dicho que va a barrer las escaleras de arriba a abajo. Con esa analogía hace hincapié en que si el Presidente no es corrupto, todos los de abajo no lo serán. Ello es completamente iluso y muchos insistimos en ello: la simple voluntad de un presidente no puede cambiar la voluntad de absolutamente todos los integrantes de un gobierno y ya no digamos de la sociedad, ni siquiera un régimen totalitario y draconiano podría acabar con la corrupción en un tronar de dedos.

    El combate a la corrupción no solo es cuestión de mera voluntad (naturalmente es necesaria) sino del diseño de estructuras y mecanismos que la desincentiven haciéndola menos costeable, lo cual requiere mucho más pericia, tiempo y esfuerzo que un mero acto de voluntarismo.

    Muchas de las medidas que AMLO ha tomado con ese fin ni siquiera ayudan a combatir el problema en lo más mínimo. La reducción de sueldos a servidores públicos podrá justificarse de varias formas pero ello no logrará, en lo más mínimo, acabar con la corrupción; incluso podría llegar a promoverla ya que si un funcionario considera que su sueldo es insuficiente, entonces podría tener más incentivos para corromperse si tiene la oportunidad de hacerlo.

    El caso de Manuel Bartlett y los ventiladores ejemplifica muy bien lo falaz que es la tesis de López Obrador porque ni siquiera se sostiene la premisa voluntarista. No se trató siquiera de un funcionario menor, sino de un alto funcionario cercano al Presidente que dirige una paraestatal (la CFE) que estuvo involucrado en un acto de corrupción.

    Asumiendo que AMLO quiere «barrer las escaleras de arriba a abajo», ¿se le removió a Bartlett de su cargo, lo que al menos habría que esperar de un gobierno tan comprometido con el combate a la corrupción? La respuesta es negativa.

    El problema es que, mientras AMLO pregona moral, su gobierno crea algunos incentivos perversos que pueden crear lo opuesto a lo que el Presidente dice buscar. Por un lado López Obrador dice querer separar al poder político del económico, pero luego también mantiene una relación estrecha con empresarios rentistas como Ricardo Salinas Pliego así como con parte de la tradicional cúpula empresarial (véase los Slim, los Larrea) a los cuales cita a Palacio Nacional mientras desprecia a todos los demás.

    Lo que López Obrador y sus seguidores ignoran con el maluso del término «neoliberalismo» es que todos esos mecanismos de corrupción que derivaron en el inusitado enriquecimiento de algunos empresarios no se establecieron en la «era neoliberal», sino desde mucho tiempo antes. La «era neoliberal» solo conjugó a esos mecanismos de corrupción ya existentes con la liberalización económica que, por consecuencia, fue muy atropellada y derivó en algunos monopolios privados y en una acumulación de riqueza sin precedentes en manos de unos pocos y no por producto de la innovación o el talento. Algunos de esos beneficiados son ahora «capitalistas cuates de AMLO».

    No parece que AMLO esté rompiendo ese círculo vicioso porque no parece querer separar al poder político del económico, sino que más bien espera docilidad del empresariado: «a aquel que se porte bien y se cuadre le irá bien».

    Por eso es que el discurso de la corrupción no trasciende del discurso mismo: queda en mera retórica y promesa vacía. El gobierno hace creer que se está haciendo algo, dice estar bajando sueldos que consideraba muy onerosos o dice haber combatido el huachicoleo, combate que, por su pésima implementación, parece haber generado más costos que beneficios a una paraestatal como Pemex que se encuentra en sus peores momentos.

    La lógica bajo la que opera AMLO no es muy distinta a la de aquellos gobiernos priístas, su promesa no es muy distinta a la renovación moral de Miguel de la Madrid. Parecen haber cambiado las formas pero el fondo se mantiene: ahí siguen los contratos sin licitación, los empresarios que se enriquecen por su contubernio con el gobierno (Salinas Pliego de nuevo), e incluso hay un severo desprecio del propio López Obrador hacia la participación activa de la ciudadanía en este tema: el pueblo que dice representar tiene «reservas morales» (que bien quedaron patentes en el penoso caso del hospital Las Américas de Ecatepec) por lo que ya no es necesario más, todos los demás son «fifís» que tienen intereses y que, dice, quieren preservar el estado de cosas anterior.

    Bajo este esquema difícilmente veremos cambios y tendremos que conformarnos con un discurso convertido en un superfluo maquillaje que contradirá al discurso mismo.

    Al final, más que un combate frontal hacia la corrupción, hay un combate meramente ideológico que tiene como fondo en una definición personalísima que AMLO hace del término «neoliberalismo». Todo lo «neoliberal» es corrupto, lo que está fuera de éste no.

  • El perverso mito de la «ciencia neoliberal»

    El perverso mito de la «ciencia neoliberal»

    El perverso mito de la "ciencia neoliberal"

    En los últimos años la ciencia ha recibido muchos ataques. Todo aquello que sea visto como ciencia o intelectualidad ha sido vilipendiado por aquellas figuras que insisten representar a aquellos que no forman parte de las élites científicas o intelectuales. Hemos visto ya actitudes muy preocupantes en liderazgos demagogos de derecha como los de Donald Trump y Jair Bolsonaro cuya fobia hacia la ciencia se ha puesto en evidencia en una crisis sanitaria como la actual.

    Pero lo sorprendente (o quizá no tanto) es que sea López Obrador y su caballada la que haya impulsado una cruzada contra la ciencia en México, y no importa si con esa cruzada atente con varios mecanismos de movilidad social que podrían dar más oportunidades a los que menos tienen. Esta cruzada será mucho más letal en México que en Estados Unidos dada la autonomía de las instituciones y empresas que se encargan de esa chamba en el país del norte.

    El significante «ciencia neoliberal» ha sido elegido como el concepto bajo el cual justificarse para arremeter contra la ciencia. Si el término «neoliberalismo» es muy ambiguo y retórico, si el significado personal y particular que le da AMLO lo vacía todavía más de significado real, el significante «ciencia neoliberal» no significa nada: significa más bien lo que López y los suyos quieren que signifique de tal forma que el significado quede supeditado a los intereses del gobierno: es decir, no tiene siquiera un significado propio ya que es relativo a las arbitrariedades de quienes han creado ese concepto.

    Partamos desde abajo. Es cierto que, como dice Mario Bunge, la ciencia se hace desde el zeitgeist en el que se encuentra inserta, y es verdad que la ciencia no opera desde el vacío ideológico. Pero ello no significa que la ciencia como tal sea ideológica, los que poseen la carga ideológica son los que hacen la ciencia (que no es lo mismo).

    El método científico es neutro en este sentido ya que per sé no es ideológico. El método científico es perfectible en el entendido de que nuestra relación con la realidad es complicada ya que solo podemos sustraer como seres humanos una realidad subjetiva y condicionada por nuestra forma de pensar. Pero justamente lo que se busca con el método científico es acotar en la medida de lo posible estas consideraciones y busca siempre perfeccionarse a sí mismo como método para acotar lo más posible las inevitables influencias ideológicas y culturales entre quienes hacen ciencia. Las críticas a la forma en que se hace ciencia (que si tal ejercicio tiene algún sesgo cultural marcado, que si tiene una carga machista o demás) no tendrían que hacer otra cosa que fortalecerla y mejorarla. La ciencia no es un monolito ideológico, por el contrario, es el resultado de varias contraposiciones que, se espera, derivarán en un consenso científico. La ciencia en este sentido es conflicto, el conflicto es el medio para llegar al consenso el cual incluso puede romperse por medio de otro conflicto para llegar a otro más sólido.

    El resultado no es perfecto e incluso tal vez nunca lo sea por completo dado que somos animales subjetivos, pero lo cierto es que sí logra aunque sea aproximarse más a la realidad en sí (esa que no podemos conocer por completo) que las meras opiniones e intuiciones que no están sujetas a este proceso. Es inobjetable que la ciencia ha mejorado nuestra calidad de vida y ha disminuido dramáticamente la pobreza mundial (incluso en la «etapa neoliberal»).

    Si es cierto que la ciencia se lleva a cabo dentro de un contexto cultural e ideológico y que ejerce cierta influencia en la forma en que se hace ciencia ¿puede entonces hablarse de que en México se hace ciencia neoliberal? Algún incauto podría responder que sí ya que asumirá que como vivimos en una «etapa neoliberal», entonces la ciencia debe ser neoliberal, pero entonces tendría que haber una suerte de consenso científico en hacer ciencia bajo convicciones neoliberales.

    Lo cierto es que en México gran parte de la comunidad científica más bien tiende a inclinarse hacia la izquierda política; lo cierto es que las universidades públicas, más que las privadas, son las que hacen ciencia en el país. Algunos de ellos incluso votaron por López Obrador (naturalmente arrepentidos). Por más que el «neoliberalismo» fuera hegemónico, lo cierto es que esa hegemonía nunca ejerció tal control sobre la forma de hacer ciencia como para llamarla así porque en cierta medida parece haber renunciado a ello al mantenerse ausente.

    Y es que lo que se criticaba de esa etapa «neoliberal», aquella que va desde Miguel de la Madrid hasta Enrique Peña Nieto, era que la inversión en ciencia y tecnología tendía a ser reducida y no llegaba siquiera al 1% del PIB recomendado por la OCDE. Se reprochaba también que no existiera una cultura ni en la IP ni en incluso parte de la academia para invertir más en I+D. Se criticaba su corto alcance. Uno de los mayores reproches a esa «etapa neoliberal» que explica en gran medida por qué no crecimos mucho es su no muy grande interés por la ciencia (aún así, pareciera que este gobierno está todavía menos interesado) y la formación de capital humano.

    Pero si entonces aquello era «ciencia neoliberal», entonces uno esperaría que el Estado se involucrara más, que diera más becas a científicos y estudiantes, que abriera más instituciones, pero ello no está ocurriendo sino todo lo contrario: la ciencia está siendo recortada, comprometida, avasallada y, paradójicamente, está siendo acotada desde consideraciones meramente ideológicas. Si el «neoliberalismo» no logró ejercer una fuerte presión hegemónica sobre el ejercicio de la ciencia, ellos sí aspiran a que su discurso ejerza presión hegemónica sobre de ella. En vez de que sea la ciencia la que acote la ideología, es la ideología (o más bien la visión personalista de López Obrador) la que está acotando a la ciencia misma.

    Es más, ni siquiera las ciencias sociales y humanidades (que generalmente son defendidas por la izquierda) se salvan del tijerazo. Parece haber un desprecio con todo lo que suene a ciencia y conocimiento.

    Bien es cierto que el término «neoliberalismo» es un término ambiguo con una fuerte carga retórica, pero si nos referimos neoliberalismo como el significante que tiene un mayor consenso en las ciencias sociales: aquel que tiene que ver con el monetarismo de los 70 que contrastó con el keynesianismo otrora dominante y que se vió reflejado en los gobierno de Margaret Thatcher, Ronald Reagan y el Consenso de Washington, entonces podría argumentarse incluso que muchas de las medidas de este gobierno con respecto de la ciencia son neoliberales (dados los recortes que ésta está sufriendo).

    Pero recordemos que el término «ciencia neoliberal» es un significante vacío de significado relativo a los intereses del poder en turno, y por ello el gobierno «se salva» de esa crítica. Para ellos el Fonca es neoliberal porque fue creado por su némesis, Carlos Salinas, a quien llaman neoliberal, aunque la creación del Fonca como tal no tiene nada de «neoliberal». Neoliberal es cualquier cosa que tenga que ver con los gobiernos a los que se opuso AMLO, incluídas las medidas «antineoliberales» que hayan tomado.

    Lo que existe es en realidad una cruzada anticientífica y antiintelectual que tiene anonadados incluso a algunos intelectuales de izquierda. Los amagues en contra del CIDE (si al Colmex no lo tocan nomás es porque es más complicado hacerlo), el Instituto Mora y todos los centros de investigación, la cancelación de becas Fonca y un largo etcétera de una mujer como Álvarez-Bullya que se imagina capaz de imaginar una revolución científica a la Thomas Kuhn como si ella fuera la Einstein de nuestro siglo cuando en realidad está destruyendo la estructura científica e intelectual de este país acotándola a consideraciones ya no necesariamente ideológicas, sino a los caprichos del gobernante en turno.

    Para el gobierno todo lo que tiene que ver con ciencia e intelectualidad es un ejercicio de élites. En realidad sí es así y es inevitable que lo sea, siempre van a ser unos pocos que hacen ciencia sobre muchos que no lo hacen, y siempre habrá pocos intelectuales sobre muchos que no lo son (principio de Pareto), y todo aquello que están recortando son precisamente las vías de acceso para que la gente que no nació en condiciones privilegiadas pueda acceder a dichas élites por medio del mérito y su talento y no por su privilegio (básicamente se trata de un mecanismo de movilidad social).

    Si es inevitable la existencia de élites científicas e intelectuales, entonces la única alternativa (y que parece ser que es la que está siguiendo el gobierno) es crear una élite más mediocre, o bien, pueden aspirar a desaparecer cualquier función del Estado dejando que la élite, si es que queda algo, sea formada solamente de los grandes capitales (y dado que los grandes empresarios en México no invierten mucho en ciencia, sobre todo aquellos rentistas como Salinas Pliego y Carlos Slim a los que AMLO favorece, no podríamos esperar que ella sea de una gran calidad).

    Lo cierto es que esta cruzada anticientífica y antiintelectual puede comprometer seriamente el desarrollo de nuestro país y este «cambio en reversa» sumado con el sinnúmero de errores cometidos por este gobierno nos llevará a un estancamiento económico, social, intelectual y económico del cual nos podrá llevar muchos años recuperarnos mientras otras naciones de «nuestro nivel» nos continúan rebasando. A esto hay que agregar que tenemos a un gobierno que guarda ciertas sospechas con la iniciativa privada y que es incapaz de ver los beneficios que de ella han sacado muchos países como motor de desarrollo. En vez de ello, apuesta a desarrollos tecnológicos y económicos de una etapa que como país ya deberíamos haber superado (apostar al carbón y el petróleo) en vez de usar estos mismos recursos para financiar aquello que ellos mismos quieren recortar: el desarrollo científico, tecnológico e intelectual.

  • Enrique Alfaro, el Covid-19 y la Silla Presidencial

    Enrique Alfaro, el Covid-19 y la Silla Presidencial

    Enrique Alfaro, el Covid-19 y la Silla Presidencial
    Imagen: Cuenta de Facebook de Enrique Alfaro

    Hasta hace pocas semanas, Enrique Alfaro parecía sumido en la irrelevancia. Solo era noticia cuando tomaba una decisión polémica, cuando cometía un error de comunicación o cuando aparecía en las redes sociales para «regañar a la sociedad».

    Muchos (yo incluído) pensamos que las aspiraciones presidenciales de Alfaro estaban casi muertas. No parecía ser el opositor de López Obrador que muchos esperaban que fuera, su popularidad iba en picada en consonancia con la de López Obrador, pero luego algo pasó.

    Alfaro se dio cuenta del vacío de liderazgo que estaba dejando el gobierno de López Obrador en la crisis sanitaria y que, debido a su progresivo desprestigio, la gente estaba desconfiando de la palabra del gobierno de la 4T (ya fueran argumentos fundados e infundados). Alfaro se dio cuenta de que podría aprovechar esa coyuntura para relanzarse, y hasta ahora pareciera que lo está logrando, aunque falta tiempo.

    Si AMLO (y por lo tanto su estrategia) estaba generando desconfianza, entonces había que contrastar con ella. Mientras el Gobierno Federal, a ojos del público, estaba retrasando la cuarentena, Alfaro la adelantó una semana con el fin de notar que estaba haciendo las cosas diferentes. Él agarró «sus datos» y se apoyó en la Universidad de Guadalajara para poner en marcha un plan alternativo. En lo económico ocurrió lo mismo, si la 4T no apoyaba a las micro y pequeñas empresas, él, dentro de sus posibilidades, lo iba a hacer. Y si el Gobierno Federal estaba haciendo pocas pruebas, entonces hay que hacer muchas pruebas rápidas (aunque la propia OMS ha cuestionado su efectividad). No es que tenga recursos abundantes para ayudar a todas las empresas o para hacer pruebas a todas la población, pero la narrativa, una que busca mostrarlo como un líder capaz y eficiente, es lo que importa.

    Pocas semanas después, cuando el Gobierno Federal estableció la cuarentena voluntaria que parece buscar un equilibrio entre lo sanitario y lo económico, Alfaro fue más allá y estableció la cuarentena obligatoria. Si López-Gatell, tomando como referencia los mapas de Apple, dijo que en Jalisco mucha gente no se estaba quedando en casa (herramienta tal vez no muy precisa pero que, al parecer, no estaba alejada de la realidad), entonces Enrique Alfaro tomaría cartas en el asunto: como la ciudadanía no se portó bien, habrá que tomar medidas más draconianas que pueden no ser del todo populares pero que le ayudarán mucho si generan los resultados que él espera.

    Seguramente Alfaro y su equipo están esperando que estas medidas se reflejen en las estadísticas, que Jalisco haya «aplanado de mejor forma la curva», que haya tenido menos muertes que la mayoría de las entidades. Si la estrategia de Enrique Alfaro funciona no solo se hará más popular en Jalisco, sino que le servirá como punta de lanza para buscar la presidencia ya que su trabajo será reconocido a nivel nacional.

    La intención es, al final, construir una narrativa, una que contraste con el tufo a ineficiencia de la 4T y lo presente como el líder efectivo y capaz, liderazgo que si logra construir brillará de forma especial en estos tiempos. Si no lo logra, evidentemente cualquier aspiración se habrá ido abajo ya que toda la población comenzará a hablar de cuán innecesarias fueron esas medidas y cómo toda esta «alharaca» solo tenía motivos e intereses políticos.

    Su éxito o fracaso al final dependerá en gran medida del asesoramiento que esté recibiendo, porque la estrategia debe ser vigilada y moldeada por epidemiólogos y especialistas en el tema y no solo por políticos que vieron qué pasó en Italia y que trataron de «probar cosas». Habrá que ver de qué están hechos aquellos que asesoran a Enrique Alfaro.