Categoría: política

  • Agustín Laje vs Gloria Álvarez – El análisis definitivo del Talk Show

    Agustín Laje vs Gloria Álvarez – El análisis definitivo del Talk Show

    Agustín Laje vs Gloria Álvarez - El análisis definitivo del Talk Show

    Hace unas décadas, los talk shows se volvieron tendencia en la televisión. Programas como el de Cristina y sus derivados comenzaron a tener una gran audiencia de tal forma que se comenzaron a replicar e incluso su fórmula, tan atractiva para las audiencias, ejerció influencia sobre otros formatos, incluidos programas deportivos y hasta debates presidenciales.

    ¿Cuál es la esencia de esa fórmula? El morbo: ver a personas agarrarse de las greñas para así destruirse mutuamente, como si se tratara de un combate de lucha libre con el fin de destruir la reputación y la dignidad del oponente. Así, el escenario toma la forma de un cuadrilátero donde cada burla o revelación sobre otra persona funge como una llave que el espectador aplaude.

    Esta cultura del talk show, tristemente, ha llegado al debate político y el tan anunciado «debate» entre Agustín Laje y Gloria Álvarez se ha convertido en su máxima expresión.

    El primer problema es que Agustín Laje y Gloria Álvarez no son intelectuales, son una suerte de propagandistas o provocateurs que buscan difundir y convertir a la gente a su ideología. Es cierto que los intelectuales también persuaden y no son neutros, pero lo que un buen intelectual sabe hacer es dar información profunda y relevante al público. Es la información per sé a través de la cual busca persuadir al receptor sobre por qué sus ideas son mejores. Las ideas y el conocimiento están siempre en el centro del buen debate.

    Los provocateurs (ya sean de izquierda o derecha, conservadores o progres), por su parte, no tienen un gran interés en compartir conocimiento a la gente sino simplemente buscan crear seguidores: por eso suelen recurrir a lugares comunes y a esquemas preestablecidos.

    En este sentido, la información queda en segundo plano y recurren a la caricaturización de sus contrincantes. Basta ver los títulos de los libros que ambos han escrito: «¿Cómo hablar con un progre?», «¿Cómo hablar con un conservador?» o «El libro negro de la nueva izquierda?». Básicamente, todas estas obras (que leí por mera pedagogía) buscan definir a sus contrincantes como lo peor: que si los conservadores son unos doblemoralistas dogmáticos despreciables, que si los progresistas son una bola de pervertidos, básicamente de eso tratan sus obras.

    Y comprendiendo la esencia de los provocateurs, entonces es fácil deducir que, como consecuencia, el formato del debate será un talk show. Como los provocateurs crean meros seguidores y no personas hambrientas de conocimiento, dichos seguidores atestiguan el ejercicio para reforzar sus posturas y sus sesgos cognitivos. Asisten al debate no para aprender, sino para ver cómo su ídolo destruye al contrincante. Por eso no es casualidad que los fans de Gloria Álvarez la nombren a ella como ganadora y los fans de Laje a él.

    https://www.youtube.com/watch?v=ajPLQVJvo6Q

    La forma en que se prepararon ambos (Laje algo más preparado que Gloria) tuvo ese fin: destruir al otro. Agustín Laje abrió su intervención con unos silogismos para aparentar sofisticación, apelando a la metafísica y a la biología de una forma un tanto trivial, sabiendo que ahí era donde Gloria estaba menos preparada y donde podía «destruirla más». Gloria lo hizo peor, basó sus argumentos en la popularidad que tienen entre los libertarios (recordemos que se debatía cuál debería ser la postura del libertarismo frente a la legalización del aborto). Cuando Gloria comenzó a hablar, Agustín Laje hizo lo que los provocateurs que participan en estos «debates talk-show» suelen hacer: reírse y burlarse de la intervención del contrincante. Se trata de humillarla a ella, se trata (como hizo Gloria) de congratularse porque mostró que «Laje era conservador y no libertario».

    Todo esto estimuló cualquier caso menos el aprendizaje. Todo se trató de ver cómo «ganaba» tu ídolo para luego decir, X destrozó a Y. Otros influencers provocateurs de medio pelo no tardaron en subir sus videos con títulos como «Laje destrozó a Gloria», «El fin de la carrera de Gloria». De eso se trataba, de reafirmarse, de escuchar lo que ya han repetido mil veces y ver cómo es que «mi ídolo arrinconaba al contrincante» para de ahí deducir que «mi ideología es la correcta y la tuya es la errónea». Pero ese ni siquiera es el fin del buen debate. Que un debatiente gane no implica que su postura sea necesariamente la mejor: posiblemente solo se preparó más o tiene más habilidades retóricas que el otro.

    El debate, a pesar de que es una contienda, no tiene como fin último que el ganador destace al perdedor, sino que, en ese intercambio y contraste de ideas, los espectadores aprendan más sobre ambas posturas, cada uno persuadiendo al auditorio con sus argumentos. Eso simplemente no ocurrió, y no ocurre porque este formato de «talk-show» no sólo no permitió el intercambio de buenos argumentos, sino porque ese formato como tal es una profunda degeneración de lo que un buen debate debería de ser.

    Ello no significa que los buenos debates no puedan ser apasionados. Lo pueden ser y en muchos casos lo son, pero siempre el centro el debate es el argumento en sí y no la persona (o su intento por destruirla). Los buenos debatientes se respetan a sí mismos y respetan su capacidad intelectual aunque puedan incluso detestarse, por eso se preparan para poder contestar los argumentos que el contrincante da, algo que Gloria Álvarez, sobre todo, no hizo. El buen debatiente respeta a su rival y, sobre todo, respeta a su audiencia. Ni Laje ni Gloria parecen haber respetado a ninguno de ambos.

    El famoso debate entre Michel Foucault y Noam Chomsky es muy ilustrativo en este sentido. Podemo estar o no de acuerdo con sus ideas, pero siempre hay un respeto mutuo, no hay ataques personales, el argumento siempre es central y ni siquiera se preocupan por interrumpir al contrincante. Esperan, pacientemente, a su turno para así responder a lo que el otro dijo.

    https://www.youtube.com/watch?v=GazE5vFuFMs

    Ninguna de estas virtudes del buen debate se vio en el ejercicio llevado a cabo por los propagandistas como Agustín Laje y Gloria Álvarez. Vimos un ejercicio frívolo que sólo contribuye a la polarización políticas de nuestros tiempos y ante el reforzamiento de las burbujas ideológicas en las que los individuos estamos cada vez más metidos.

    Este tipo de debates no abonan, de hecho creo que perjudican. El espectador no sale de ahí con más sabiduría, sólo refuerza sus diferencias y su idea sobre «lo despreciable que es el otro».

    Es lamentable que la discusión política de nuestros tiempos consista en esto, en ídolos cuyo fin único es ideologizar a sus seguidores y destruir a su contrincante para cumplir dicho cometido.

  • El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    La candidatura de Félix Salgado Macedonio ha generado una intensa discusión en redes sociales. Como sucede con estos temas donde hay temas polarizantes como lo es López Obrador o cualquier cosa que parezca «feminismo», se presenta una fragmentación entre aquellos que tratan de justificar a AMLO, otros que insisten en que tal «pacto» no existe y que hay que meter ese tema ahí en la carpeta de genéricos o quienes piden a AMLO que rompa el pacto.

    Empiezo diciendo que el tal pacto sí existe, y en ambos sentidos: La decisión de mantener el apoyo a Félix implica una suerte de pacto y en nuestra sociedad sí es relativamente común que los violadores sean encubiertos por otras personas.

    Es muy simple. Si Félix Salgado Macedonio tiene varias acusaciones de violación y tú lo candidateas sin que ello te preocupe, entonces estás, de alguna manera, encubriendo a dicho candidato: el encubrimiento implica necesariamente un pacto dado que «yo te cubro las espaldas ya que ello me beneficia a mí».

    Si López Obrador sabe del negro historial en materia sexual y lo candidatea, está, cuando menos, relativizando el acto. No es como que AMLO esté frotándose las manos diciendo «vamos a violar más mujeres», pero el mensaje que da (y no es la primera vez) es que esos temas no tienen importancia para él: le importa más el poder que la integridad de las mujeres o los feminicidios. Igual ocurre con la corrupción: si AMLO nombra a un corrupto, ello implica la existencia de un pacto donde se está encubriendo la corrupción a cambio de algo.

    Algunos afirman que a Félix no se le ha probado nada sobre el tema de la violaciones y por ello insisten en que se trata de «caprichos de feministas histéricas«, pero justo hacen el mismo escándalo cuando las acusaciones son sobre otros temas. La gente tiene todo el derecho a ejercer presión o a criticar a un candidato con acusaciones de violación.

    Por otra parte, el delito de la violación sexual, por sus características (es un delito privado que generalmente es difícil de probar), requiere alguna forma de pacto ya que si no hay testimonios es muy difícil de probar. En muchos casos, los testigos lo encubren para que el violador no pague por lo que ha hecho, y es cierto que ello es una práctica muy común en los que muchos hombres encubren a otros, incluso existen mujeres que llegan a formar parte de ese pacto para proteger al amigo o familiar acusado. Lo que está haciendo AMLO no es muy distinto. Aunque él no es testigo de lo que Macedonio pudo hacer, de alguna forma sí lo está dejando de lado con fines políticos.

    Lo que me pregunto es si deberíamos conformarnos con pedirle a AMLO que rompa el pacto. Dudo que un personaje como López Obrador, quien ya ha demostrado su displicencia con las problemáticas que viven la mujeres, «agarre la onda». ¿No sería mejor que los sectores progresistas que todavía no se desencantan con el gobierno o se benefician de él rompan el pacto con AMLO? ¿No sería más congruente renunciar al gobierno o partido de un Presidente a quien le importa un «pepino» esos temas? ¿No sería mejor imponerle un costo más alto a AMLO por esta displicencia que vaya más allá de decidir promover a un candidato?

    Cierto es también que este asunto de Salgado Macedonio es algo más profundo que un mero pacto machista. Claro que debe molestar e indignar que una persona acusada de violación reciba la unción presidencial, pero también ello es expresión de un gobierno que está acostumbrado a incluir a gente innombrable, sin ningún resquicio de ética y moral, y esto va más allá del mero pacto machista: ya sean violadores, corruptos y demás.

    Lograr que remuevan a Félix Salgado Macedonio por sus antecedentes de violación sería una buena noticia, pero no es suficiente y contentarnos con ello puede permitir que lo otro siga existiendo. Los ciudadanos debemos de ser tajantes y oponernos al nombramiento de cualquier figura innombrable que pueda representar un peligro para la sociedad.

  • Ay no, Anaya

    Ay no, Anaya

    Ay no, Anaya

    El ex candidato a la Presidencia de la República, Ricardo Anaya, levantó la mano. Volverá a intentarlo, volverá a ir por la grande.

    Y me parece bien, es bueno que se comiencen a barajar opciones, que la gente comience a visualizar quienes podrían ser sus opciones, sobre todo para quien es opositora de López Obrador y ve en la oposición a una entidad acéfala.

    Si bien es sabido por todos que Ricardo Anaya perdió con López Obrador por una diferencia nada despreciable, tampoco es un candidato que pueda descartarse del todo, más aún cuando la oposición, al día de hoy, prácticamente no tiene perfiles que brillen o destaquen. No es que Anaya sea un candidato brillante, ni siquiera es carismático, es que no parece haber nada más y, de entre los personajes opositores, Anaya es el más recordado por la sociedad.

    Ricardo Anaya deberá empezar a trabajar a la de ya, necesita llegar al 2024 con empuje y un muy buen posicionamiento en la mente del electorado. Si Anaya logra ser candidato del PAN, se enfrentará a un candidato de MORENA que será ungido por López Obrador pero que no será López Obrador.

    Dicho todo lo anterior, Anaya comienza con una gran desventaja: es menos popular que López Obrador (quien ha estado recuperando popularidad en los últimos meses), no tiene una narrativa coherente, no es una persona que mueva muchas emociones. Sin embargo, se presenta como una persona preparada, estudiada y eficaz, lo cual puede marcar un buen contraste frente a MORENA.

    Por eso es terrible que decidiera comenzar haciendo exactamente lo que el mismo López Obrador hizo: recorrer todo el país.

    Ricardo Anaya necesita construir una narrativa propia que pueda competir contra la potente narrativa del oficialismo, no debe parasitar de la de López Obrador. Debe brillar con luz propia.

    Al recorrer el país, Anaya está validando a Andrés Manuel y ese es un terrible mensaje. Ya no solo es que se vuelva parasitario de su discurso (cosa de lo que ha adolecido la oposición en todo este tiempo) sino que básicamente se está colgando de él, ya no sólo baila al ritmo de AMLO, sino que deliberadamente copia sus pasos.

    Es cierto que es importante que un político sepa salir a la calle y hablar con la gente, es bueno que un político como Ricardo Anaya salga de su burbuja. Pero ese es un ejercicio que debe hacer para él, no es un ejercicio que debe convertirse en propaganda de campaña (porque vaya, es eso) y mucho menos que consista en emular a un Presidente, de quien me atrevo a decir, hasta el día de hoy es uno de los peores mandatarios de la historia moderna de México.

    López Obrador tiene facilidad para interactuar con la gente que vive en condiciones de pobreza, Ricardo Anaya no y eso se nota: se ve falso, artificial, no encaja ahí. En 2018 no logró construir una narrativa consistente pero el punto de partida, el que apuntaba hacia el futuro y hablaba de innovación, no estaba tan mal. Construir una narrativa más sólida en torno a ello podría no ser tan mala idea, sobre todo porque ello contrasta con el gobierno en turno. Aún así depende de que la popularidad de López Obrador baje y los magros resultados de este gobierno terminen, para ese entonces, reflejándose en la popularidad del tabasqueño. Si en el 2024 López Obrador termina con los niveles de popularidad que hoy tiene, es casi un hecho que el candidato de MORENA ganará la elección.

    Si la popularidad de AMLO cae, Anaya tendrá una oportunidad, podrá contrastarse con él. ¿Harto de la improvisación y los malos resultados? Yo tengo conocimiento, rigor y capacidad. Si la popularidad de AMLO cae, el discurso ya no girará en torno a la corrupción, sino a la necesidad de «enderezar las cosas».

    Emular a AMLO, además, implica apuntar el electorado equivocado. Anaya no se va a ganar a su base electoral, y es más probable que esa base, en caso que la popularidad de AMLO se desplome (lo cual dudo que ocurra dentro de esos sectores), vea al PRI como alternativa que a un candidato del PAN (evidentemente, la alianza «va por México» podrá jugar a su favor si es que se mantiene viva).

    Anaya tendría que convencer al votante opositor y a los indecisos. Los videos que comenzó a publicar iban en consonancia con esa necesidad, pero salir a recorrer el país suena chocante, como que no va y solo termina validando a la figura de López Obrador. «Si el original está malo, ¿qué podremos esperar del imitador?»

    Anaya está a tiempo de enderezar. Pero él y toda la oposición debe entender que ser parasitarios de la narrativa oficialista no es el camino.

  • Por el bien del bicho, primero los pobres

    Por el bien del bicho, primero los pobres

    Son los pobres, los desposeídos, los más afectados y los más abandonados por un gobierno que durante tanto tiempo juró representarlos.

    Por el bien del bicho, primero los pobres

    Las pandemias suelen exhibir de una forma grotesca las condiciones de desigualdad, ya sea la polio, la peste o ahora el Covid. Los que están en mayor estado de indefensión son los más propensos a morir.

    Es muy simple, quienes tenemos el privilegio de ser parte de las clases medias, medias-altas y altas, tenemos el privilegio de no tener que volcarnos a aglomeraciones para poder ir a trabajar. Nosotros hacemos home office, o si ya de plano nuestro jefe es un hijo de su madre, podemos movernos en automóvil. Nosotros contamos con seguro médico, hospitales cercanos, tenemos la capacidad de estar bien alimentados y sanos físicamente (que tengamos la voluntad ya es otro cuento). También tenemos acceso a mayor información para tomar mejores decisiones (que tengamos la voluntad y el criterio para no caer en fake news es otro cuento).

    La gente de clase media baja para abajo no tiene todos esos privilegios. El trabajador se levanta en la mañana, se trepa al camión que es básicamente un foco de infección (y aunque lleve cubrebocas muchos otros no llevarán) y se va a la obra o a la fábrica donde los protocolos de sana distancia son, por lo general, más raquíticos que en la oficina de la torre de Santa Fe o Puerta de Hierro.

    Ellos también suelen tener una alimentación deficiente (lo cual se traduce en defensas más débiles para contener al bicho) y solo pueden acudir a hospitales públicos que, además de estar más lejanos (se tienen que trasladar en transporte público) suelen estar más saturados que los hospitales privados. Muchos de ellos ni siquiera van al hospital, se mueren en su casa y, por ende, ni siquiera son contabilizados en los registros.

    Dicho esto, uno esperaría que un gobierno que se dice de izquierda vele por los menos privilegiados, pero el nuestro no lo ha hecho en lo absoluto. Por el contrario, el mal manejo de la pandemia ha agravado la ya fuerte disparidad social en torno a la pandemia. El mal desempeño del gobierno, su proclividad a la improvisación y poca seriedad ha dejado a los pobres en una situación aún más vulnerable.

    Cuando pedíamos a las autoridades que ayudaran a las empresas no era porque esperábamos que los «grandes malévolos capitalistas» se beneficiaran. Lo que se esperaba era que protegieran empleos y que las empresas pudieran tomar medidas para proteger a sus empleadores sin que el impacto económico fuera lo suficientemente fuerte. El no hacerlo ha dejado a muchas personas sin trabajo, más indefensos, angustiados y preocupados (lo cual es pésimo para el sistema inmune).

    Si las personas en condiciones más vulnerables tienen menos acceso a información para tomar buenas decisiones, entonces el gobierno habría tenido que apuntar a ellas e informarles todo lo necesario con respecto al Covid-19. En cambio, vimos a un presidente que no usó cubrebocas y que les dijo que podrían darse abrazos durante la pandemia. Haberles informado bien habría disminuido aunque sea un poco la brecha de desigualdad en torno a la pandemia.

    La poca empatía del gobierno con los más vulnerables ha costado vidas, Mientras López Obrador se pelea con Twitter y se saca fotos, hoy mueren más de 1,000 personas por día (solo contando los datos oficiales), pero hay una cantidad que no se reporta, y que está compuesta en gran parte por los sectores menos privilegiados. A ellos, ni la decencia de ser contados en las estadísticas oficiales.

    A López Obrador se le desea que se recupere del Covid y no sea uno más de la estadística, pero también deseamos que su gobierno se ponga a trabajar para que sean las menos posibles las muertes y para que los sectores vulnerables, hoy completamente indefensos, estén mejor protegidos.

    ¿Cuántas personas no habrían muerto si López Obrador siempre hubiera usado cubrebocas?

  • El gobierno de la chusma, por la chusma y para la chusma

    El gobierno de la chusma, por la chusma y para la chusma

    El gobierno de la chusma, por la chusma y para la chusma

    Que los líderes políticos relevantes (o aspirantes a serlo) sean Quico, Ricardo Salinas Pliego, Gilberto Lozano o Samuel García, debería ser algo preocupante.

    Se supone que en una democracia el votante elige al candidato que quiere que lo represente. En teoría, el votante tomará una decisión racional al elegir a aquel candidato que considere está mejor preparado para tomar decisiones en su nombre.

    La politóloga Hannah Pitkin decía que para que un candidato represente de forma efectiva a los ciudadanos no puede estar en ninguno de los siguientes dos extremos:

    1. No puede ser alguien que confíe en sus conocimientos y preparación de tal forma que deje de escuchar a sus representados y le sean irrelevantes.
    2. No puede ser alguien que sea igual de falible que el ciudadano promedio, de tal forma que no sea alguien que sobresalga o tenga atributos especiales para llevar a cabo su tarea como representante.

    Según Pitkin, lo ideal sería un punto intermedio: que los políticos tengan una preparación tal que el ciudadano no tiene, pero que, a la vez, escuche las necesidades de sus representados y trabaje en su beneficio.

    Las figuras que mencioné al principio se parecen al segundo extremo: son personas que no se distinguen mucho del ciudadano promedio, o si lo hacen (digamos, Salinas Pliego) no lo hacen necesariamente en materia de preparación política. Pueden ser buenos en algo pero no necesariamente presumen credenciales para gobernar y no sobresalen del individuo promedio.

    Estas figuras coinciden en que sus seguidores no buscan de ellos capacidad para gobernar, sino que son atraídos por la frivolidad del mensaje o personaje. ¿Por qué tendría que creer que Quico va a ser un buen gobierno? ¿Qué razones me ha presentado el comediante (ahora precandidato)? Responder esa pregunta no importa, lo que importa es que Quico me marcó mi infancia y me gustaría que aquél que se burlaba de Don Ramón sea mi representante.

    Los efectos de elegir a este tipo de representantes ya los conocemos, los estamos viendo en nuestro país vecino del norte, pero también lo vemos en Morelos, el estado que gobierna Cuauhtémoc Blanco.

    Mucho se ha debatido sobre la capacidad que el elector tiene para hacer una buena elección en las urnas. Se ha insistido en que la falta de conocimiento, el fanatismo ideológico (aquellos a los que Jason Brennan llama hooligans) o la mera irracionalidad hacen que muchos ciudadanos tomen decisiones equivocadas en las urnas. Pero aquí el problema es más grave, porque lo que muestra el surgimiento de estos líderes cuestionables ya no es una elección deficiente a la hora de ponderar qué candidato puede representar mejor y de mejor forma al individuo, sino la total renuncia a este ejercicio: no elijo a Quico o a Cuauhtémoc Blanco porque, a mi juicio, es el que mejor puede gobernar: lo elijo porque es mi futbolista favorito o el comediante que me gustaba en mi infancia.

    Así, el ejercicio del voto se termina pervirtiendo y se convierte en un mero show mediático más bien parecido a un concurso tipo Big Brother VIP que a un ejercicio democrático. A diferencia de Big Brother podemos saber algo de antemano: todos perdemos.

    Y el problema es que, aún cuando nos hemos percatado de los magros resultados de este tipo de personajes en el gobierno, la gente no solo deja de votar por ellos, sino que son más los que surgen y se apuntan, porque saben que tienen posibilidades de ganar. Tienen todos los defectos de los políticos de carrera: se pueden corromper de igual forma y mienten igual, pero no tienen las virtudes que un político de carrera sí tiene y que se suelen dar por sentadas frente a las críticas que hacemos de ellos.

    ¡Ya no se junten con esa chusma!

  • La cuenta de Trump y el poder de las empresas tecnológicas

    La cuenta de Trump y el poder de las empresas tecnológicas

    La cuenta de Trump y el poder de las empresas tecnológicas

    Voy a empezar diciendo algo de manera tajante: el hecho en sí, de que las empresas tecnológicas hayan suspendido las cuentas de Trump, me parece un acierto: por el contexto en el que ocurre y por el peligro que representa el discurso de Trump en estos momentos. Podemos entrar en discusiones semánticas sobre si a ese acto se le puede llamar censura o no, pero recordemos que cuando una persona se registra en Twitter (empresa privada) acepta los términos y condiciones que Donald Trump no acató y por tanto Twitter está en su derecho de suspender su cuenta.

    Que el acto sea el correcto no significa que de aquí no se puedan desprender algunas cuestiones e incluso algunas preocupaciones que tienen que ver con el poder que pueden acumular las empresas tecnológicas como Facebook, Twitter, Amazon y demás, que si bien hasta hoy nos han traído herramientas valiosísimas y de calidad, el poder económico y social que acumulan puede traducirse en una gran cantidad de poder político.

    Es curioso porque era la izquierda la que había hecho un mayor énfasis en este tema, pero esa bandera ha sido tomada por el ultraconservadurismo al ver a su líder político ser sancionado, incluso contra sus propios ideales de libre empresa y, en algunos casos, deseando intervención gubernamental.

    Entre las muchas contradicciones en las que han caído la derecha y los libertarios estos últimos días, tal vez no se equivoquen (dejando de lado sus énfasis conspiranoides) cuando hablan sobre un sesgo de estas empresas hacia el progresismo: son empresas californianas y generalmente los perfiles progresistas funcionan mejor dentro de las empresas tecnológicas. Vaya, ninguna entidad puede ser realmente neutra ideológicamente y de alguna manera ese sesgo se va a notar en la forma en que se desempeñan.

    ¿Habrían actuado igual si el líder político que no reconoce resultados y d a incentivos a los violentos hubiese sido demócrata? Es una buena pregunta que sería complicado responder hasta poder tener un contrafáctico. ¿Por qué Twitter no suspende las cuentas de Nicolás Maduro o Kim Jung?

    Controlar una red tan amplia como Twitter es algo muy complicado, discursos de odio ahí abundan y solo pueden ser controlados cuando son muchas las personas las que denuncian las cuentas. Dicho esto, a muchas personas las han suspendido por mucho menos que lo que han dicho otras personas que siguen libres. Los incentivos de una red como Twitter son evidentemente comerciales y seguramente la sanción a Trump responde, en parte, a ello, sobre todo cuando las empresas tecnológicas fueron severamente cuestionadas en el pasado por dejar circular un sinfín de fake news y discursos de odio.

    Seguramente ello responde a la segunda pregunta. Twitter es una empresa estadounidense y un Presidente que ataca a las instituciones democráticas e incentiva actos violentos trastoca más sus intereses que lo que dice algún Ayatolá al otro lado del mundo. Es cierto también que en este caso Donald Trump debió haber sido sancionado desde antes y posiblemente no se sancionó sino hasta ahora porque Twitter, ya que Trump está a punto de dejar el poder, no va a sufrir las consecuencias de haberse «metido con el Presidente».

    Que las sanciones que aplica Twitter o no son parejas o si tienen algún sesgo ideológico me parece que es algo sano de preguntarse y habla también sobre la necesidad de que las grandes compañías tecnológicas puedan ser capaces de crear un reglamento (junto con su aplicación) que sea lo más efectivo posible y que genere la menor controversia posible. Es algo difícil de hacer, más cuando estas empresas tecnológicas apenas están en medio de una curva de aprendizaje: son pocos años los que se ha debatido sobre cómo manejar este tipo de conflictos, sobre la desinformación y los discursos de odio.

    Que haya un sesgo ideológico (a mi parecer bastante menos marcado del que sugieren los ultraconservadores, pero que existe) es un problema si se pretende que Twitter sea un espacio donde personas que piensen distinto puedan convivir. Es cierto que en Twitter tanto liberales, progresistas, conservadores y religiosos pueden participar libremente, pero una cuestión a preguntarse es si las sanciones a quienes evidentemente faltaron al reglamento son medidas con la misma vara, o si algunas conductas inapropiadas se dejan pasar más que otras.

    El ultraconservadurismo, de forma evidente y deliberada, ha buscado sobredimensionar este sesgo para así poder crear una narrativa de ustedes contra nosotros, y por ello es que el árbitro de la plataforma debe buscar ser lo más neutral posible. Si bien, una plataforma, como entidad privada, podría tener derecho a tener un sesgo ideológico deliberado, ello no sería deseable. Por ejemplo, si los ultraconservadores junto con parte de la derecha se van a otras redes como Parler, ahí se va a crear un nido de extremistas (como ya parece estar ocurriendo) y Twitter se va a inclinar más a la izquierda, lo cual potenciará aún más el problema de las cámaras de eco. Los pocos vasos comunicantes que habían entre las distintas visiones ideológicas van a terminar rompiéndose y eso es muy peligroso.

    Pero esto no significa que la anarquía sea la solución: la realidad es que es sano y deseable que las redes sociales tengan un reglamento para fomentar, en la medida de lo posible, el buen uso de la plataforma. Que las plataformas tengan un reglamento no significa un atentado a la libertad de expresión a menos que éste tenga como fin último acallar a las personas que piensan de una forma (lo cual no creo que sea el caso, con lo anteriormente dicho). Así como hay existe un reglamento donde en un concierto no puedo aventar botellas al escenario o así como puedo ser retirado de un salón si hago escándalo en medio de una conferencia, así también las redes sociales pueden reglamentar su uso sin que eso implique un ataque a la libertad de expresión.

    La cuestión no es si es injusto que se sancione a Trump, evidentemente no lo es por más que algunos insistan, la cuestión es si Twitter es coherente o no al aplicar las sanciones o si su modelo termina de ser eficiente. El problema es que estos pequeños detalles dentro de compañías tecnológicas que adquieren cada vez un mayor poder económico, social y político, sí pueden marcar una diferencia.

  • Trump, y el libertinaje moral del conservadurismo

    Trump, y el libertinaje moral del conservadurismo

    Trump, y el libertinaje moral del conservadurismo

    Que vivamos en tiempos de verdades relativas y posverdades no es una sorpresa.

    El conservadurismo ha insistido en que el relativismo y la decadencia moral es producto de esa izquierda cultural influida por los filósofos posmodernos como Michel Foucault y Jacques Derrida.

    Sin embargo, la realidad es que en estos últimos años hemos sido testigos de la aparición de una derecha profundamente «líquida», (como dijera cierto filósofo), en la cual se arropan quienes dicen defender los valores morales, pero que está representada por una corriente de pensamiento nihilista (si es que se le puede llamar corriente de pensamiento) encarnada por Donald Trump.

    En el pasado, la derecha procuraba votar a políticos que eran (o aparentaban ser) hombres íntegros, patrióticos, de familia, con una buena conducta, moderación (más allá de si realmente lo eran). Se fijaban mucho en esos detalles y los políticos lo sabían.

    Donald Trump es lo opuesto al arquetipo conservador: es un hombre profundamente nihilista para el cual «todo se vale». El concepto de «ley y orden» se ha repetido una y otra vez en su presidencia, pero lo que hemos visto de su gobierno es lo contrario: caos, atropello institucional y un profundo atropello a los valores democráticos de los Estados Unidos. Incluso habría que preguntarse si una de las posturas más importantes para su electorado, como era su oposición al aborto, fue genuina o no. En 1999, él mismo afirmó ser «pro-choice».

    Podría esperar, por ejemplo, que en 2016 vieran a Trump como el menor de los males (pero mal al fin y al cabo) y votaran estratégicamente porque son «Prolife», pero no me hace sentido alguno que lo arropen y lo hagan suyo.

    Y es que Trump está lejos de ser ese arquetipo que los conservadores antes buscaban: Trump no es un hombre familiar (aunque insista en ello), no es un hombre «fiel a su esposa» ni un padre de familia ejemplar en lo absoluto como un conservador esperaría: no es una persona que promueva valores morales, por el contrario: representa la ausencia de cualquier principio ético o moral. Trump está muy lejos de ser un Ronald Reagan, quien sí parecía encajar mucho más con ese arquetipo.

    Esta idea posmoderna de que todo es un mero relato y que tanto han criticado algunos conservadores es también parte de ellos y su postura en torno al Covid lo deja patente. Si algunos posmodernos se atreven a argumentar que la ciencia no es más que un relato, estos sectores conservadores que simpatizan con Trump tienden a hacer lo mismo, y tal vez de una forma más grosera. Estos sectores son los que se han mostrado más reacios a tomar medidas recomendadas por especialistas en la materia (incluido Trump mismo), son los que más «oposición» han tenido frente a las vacunas y los que más consideran las propuestas científicas al mismo nivel que las «soluciones alternativas», e incluso prefiriendo estas últimas. No es que en los demás sectores ideológicos este problema esté ausente, pero es particularmente notable entre los sectores conservadores que simpatizan con Trump.

    Estos conservadores nos han alertado una y otra vez que el relativismo y las políticas identitarias son peligrosas para Occidente, pero cuando su líder clama un fraude que no hubo y viola todos esos acuerdos tácitos que explican la supervivencia de la democracia estadounidense no solo hacen mutis, sino que se dejan convencer y aplauden la «irreverencia» antidemocrática de su tirano. Llaman la atención influencers conservadores como Agustín Laje, que tanto se indignaron por las protestas de Black Lives Matter que terminaron en violencia, pero que mide con una vara distinta las protestas de los extremistas simpatizantes de Trump porque son de «los suyos».

    Por todo esto es que veo con asombro cómo algunos líderes de opinión de la derecha más conservadora y confesional de México han convertido a Trump en un mártir e incluso le ruegan a Dios que lo proteja. ¿Un hombre corrupto, egocéntrico y misógino que representa la más profunda decadencia de valores y principios éticos y morales un mártir?

    Si estos sectores están abocados en denunciar la decadencia moral, deberían empezar por verse al espejo. Hay algo muy grotesco en la idealización de un hombre nihilista por parte de aquellos que dicen ser guardianes de los valores morales.

  • Análisis de la conversación política en Twitter parte 1

    Análisis de la conversación política en Twitter parte 1

    Análisis de la conversación política en Twitter parte 1

    Muchas personas utilizamos Twitter para informarnos sobre el acontecer político, seguimos a políticos, académicos, periodistas, influencers y opinólogos.

    Pero, ¿cómo se ve la conversación desde fuera? ¿Cómo interactúa el oficialismo con la oposición? Gracias a la ciencia de datos, me di a la tarea de contestar estas preguntas y llegué a conclusiones muy interesantes.

    Con ayuda de R Studio, la API de Twitter y librerías como tidyverse, rtweet y visNetwork elaboré una red de nodos donde es posible ver cómo es que las cuentas interactúan: estas son interactivas y los usuarios pueden jugar con ellas: los nodos son seleccionables y se puede hacer zoom con el mouse o los dedos en una pantalla táctil. La primera red toma como referencia las menciones que se hacen las distintas cuentas y la otra los retweets entre las distintas cuentas.

    Para este ejercicio incluí a políticos oficialistas (rojo) y de oposición (negro), simpatizantes del régimen (naranja) académicos o intelectuales no alineados al régimen (azul), periodistas no alineados al régimen (amarillo) e influencers (verde). Para este ejercicio se tomaron los 2000 tweets más recientes en los que estas cuentas interactuaron.

    Las líneas explican la relación de una cuenta con otra y el grosor es el tamaño de la interacción que dos cuentas tienen. Las cuentas que más nodos tienen suelen concentrarse al centro y las que menos nodos son relegadas a la periferia.

    Esto es lo que obtuve en el caso de las menciones. Basta presionar el nodo de cada personaje para ver con claridad con qué personajes interactúa más y con cuáles no tiene ninguna interacción:

    Al ver esto, varias cosas me llamaron la atención. Es posible ver cómo, por lo general, la conversación suele agruparse en clusters. En la zona superior izquierda se concentran los periodistas e intelectuales que no están adheridos al régimen (en su mayoría opositores) y en la parte inferior derecha se concentra el oficialismo: tanto políticos como simpatizantes.

    Sin embargo, existen algunos casos anómalos. Felipe Calderón se encuentra «atrapado» en el cluster oficialista y creo que la explicación es sencilla. Calderón suele gastar más energías en criticar al oficialismo al tiempo que los oficialistas hacen lo propio con Calderón quien se ha convertido en una suerte de némesis de la 4T. Gerardo Esquivel es otro caso anómalo ya que se encuentra en el «cluster opositor» y ello también tiene una explicación. Esquivel suele interactuar con varios académicos que no están adheridos al régimen e incluso asiste a programas de opinión como «La Hora de Opìnar».

    En la periferia aparecen los influencers. Al parecer, solo Chumel y Vampipe no están tan relegados como los demás, aunque están relativamente lejos del centro de la conversación. Que los influencers se encuentren en la periferia se explica, en gran medida, porque están más preocupados en tener impacto sobre la comunidad en general que en «formar parte» de la comentocracia política.

    Si hacemos este mismo ejercicio con retweets tenemos este resultado:

    El resultado no es el mismo. Mi supuesto es que la gente suele, en muchos casos, mencionar a otros usuarios para criticarlos, mientras que, en ello ocurre rara vez con los retweets, y esto puede explicarse porque:
    1. La separación entre clusters es más evidente y la interacción entre los usuarios de los distintos clusters es menor. En el caso de las menciones, ambos clusters se encuentran más cercanos y. como mencioné anteriormente, algunos de los personajes se traslapan. En este caso rara vez ocurre esto (solamente con Gerardo Esquivel (quien incluso aparece un poco menos integrado al cluster «opositor» que en el primer caso).
    2. Son más los políticos son relegados a la periferia que en el primer caso. Los intelectuales y opinólogos los mencionan mucho (supongo que para criticarlos) y por ello en el primer caso muchos están en el centro de la conversación, pero los retuitean poco.

    Es de llamar la atención que los políticos más relegados son los opositores mientras que los políticos oficialistas están más «incluidos» dentro del cluster oficialista. Esto sugiere que hay una mayor afinidad entre los simpatizantes del régimen y los políticos de dicho régimen que entre los opositores y los políticos de oposición. Al parecer, los opositores no se terminan de sentir representados por los políticos de oposición.


    Para concluir, con base en este ejercicio se puede percibir una tendencia a la tribalización del discurso en Twitter: las cuentas suelen interactuar con quienes son afines ideológicamente y son parecidos a ellos (ello explica la presencia de estos clusters) mientras que lo hacen poco con quienes tienen una postura diferente. Es decir, el discurso político en Twitter tiende más bien a formar burbujas ideológicas y no suele promover del todo una sana discusión de ideas entre quienes piensan distinto, discusión que si bien no está completamente ausente, sí es algo escasa.