Categoría: economía

  • Apple, la manzana de la discordia se vende muy cara

    Apple, la manzana de la discordia se vende muy cara

    Apple, la manzana de la discordia se vende muy cara
    Imagen: CNET

    Hace 10 años Apple lanzaba el iPhone, ese aparato que revolucionó desde abajo a la telefonía móvil. Los cambios de consumo son radicales, toda la industria se abocó a imitar el nuevo aparato de Apple (algunos con mucho éxito, algunos otros no tanto) y durante 10 años el mercado ha seguido sea línea. Los más reticentes (Blackberry, Nokia) terminaron en la quiebra.

    De ese fue el tamaño de la mente de Steve Jobs, quien, al morir de cáncer, no logró ver todos los resultados de su legado. Su idea, a 10 años, es el estándar de la industria.

    Apple ya no tiene el genio creativo de Steve Jobs (lo cual de alguna manera se resiente). Pero son tantos los que han intentado «matar a Apple» que sigue más vivo que nunca. 

    De hecho, los que intentan matar a Apple se han convertido en una suerte de promotores involuntarios de la marca. La han tratado de matar una y otra vez. Varios años después, lo siguen haciendo. Apple les da gracias porque eso es publicidad gratuita. 

    La «indignación» provocada por el iPhone X tal vez no sea producto de un descomunal fracaso de la empresa de Palo Alto. Si entendemos bien a Apple, podríamos decir que se trata de lo contrario.

    En las redes he escuchado comentarios que dicen «está horrible», «no es innovador», «usa tecnologías que ya se usaban en otros teléfonos», «está bien caro», «los emoticons animados son estúpidos». Sin embargo, todo el mundo habla de él. Ningún otro teléfono ha llamado tanto la atención este año como el iPhone X. 

    Me atrevo a sospechar que el precio es lo que más indignación provoca. De hecho, es muy probable que aquellas «otras cosas que indignan» no indignarían tanto o no indignarían nada si su precio no fuera tan prohibitivo. Como es algo que yo quisiera comprar y no me lo puedo comprar porque Apple me lo puso más lejos de mis manos, entonces voy a buscarle todos los defectos del mundo.

    Si algo sabe hacer Apple es venderse como una compañía de status. Tener un iPhone es un privilegio, todo mundo sabe cual es el iPhone y no tanto cuales son los demás. Nadie presume con tanto ahínco sus Samsung o sus Huawei (aunque sean mejores). Puede que otros teléfonos tengan especificaciones superiores, pero el iPhone es «el teléfono», es el que dio el primer paso, es el que está en la vanguardia (al menos así se han logrado posicionar y así lo ha creído la gente, aunque no siempre sea cierto).

    La estrategia es inteligente, aunque algunos no lo quieran reconocer. Al subir el costo, el privilegio de tener aquél teléfono es todavía más grande. Apple sabe que tal vez venderá menos iPhone X, aunque el precio prohibitivo y la necesidad de «ser privilegiado» hará que muchos decidan «tirar la casa por la ventana» para ser parte del club más selecto. Los que no estén dispuestos a pagar tanto no se le irán a Apple de las manos porque para ellos lanzó el iPhone 8. Estrategia redonda: Para los importantes, el iPhone 8, y para los muy importantes, el iPhone X. 

    Apple lo sabe. Así lo pensó. Al sacar un iPhone muy caro, el mensaje es: «este es un teléfono que no cualquier persona puede aspirar a comprar, por lo tanto, si tú lo compras, podrás sentirte un privilegiado, podrás reforzar tu ego e incrementar tu autoestima». Aunque técnicamente no sea el mejor, «es el mejor». La idea es que la gente lo perciba como «el mejor» y eso es lo que importa. Percepción 1 Realidad 0.

    Apple no apela a la razón por medio de las especificaciones técnicas, apela a las emociones por medio de un sentimiento de pertenencia a algo a lo que no todos pueden pertenecer. 

    Algunos señalan la arrogancia de Apple, pero Apple siempre ha sido arrogante. La arrogancia hace que se pueda diferencias de las demás marcas. No son los nobles los que suelen presumir su status ni sus privilegios. 

    Tienen razón los que dicen que el iPhone X no es el teléfono más innovador ni el que tiene las mejores prestaciones. Entendemos que sin una mente como la de Steve Jobs se antoja complicado innovar como lo llegó a hacer, pero entendemos también que lo que importa más en los teléfonos de Apple no son tanto las especificaciones, sino el status y la experiencia de usuario. Es cierto que desde la partida de Steve Jobs Apple ya no es tan innovador ni irruptivo, pero ha podido mantenerse a flote y seguir viviendo de su legado. Siguen siendo impecables con los acabados de los teléfonos (aunque el hardware no siempre sea el mejor), y sobre todo, siguen vendiendo eso que hace que la gente vea a Apple como algo de otro planeta: el hecho de ser un privilegiado. 

    Y si muchas personas están indignadas por su precio, es porque la estrategia está funcionando. 

    Y si en realidad creyeran que «Apple ya se fue a la mierda» no estarían tan molestos y posiblemente ni siquiera estarían hablando del nuevo teléfono. Pero todos los medios le están dando cobertura. Twitter está lleno de memes y comentarios de su teléfono.

    Para darle un mayor status al teléfono (y a la marca) había que asumir los «daños colaterales», que algunos simpatizantes de la marca queden fuera del selecto club.

    Aunque varios de ellos harán todo lo posible por no quedar fuera. 

    Apple sabe entender muy bien la condición humana. 

    Apple sigue vivo. 

  • Los listos sí van al cielo

    Los listos sí van al cielo

    Los listos sí van al cielo

    El ser humano no es unidimensional.

    Es decir, podemos decir que un hombre es feo, pero no sólo es feo, también puede ser inteligente, fuerte, o antisocial. 

    Algunas de estas características pueden ser cambiadas del todo, otras sólo pueden ser cambiadas parcialmente, mientras que hay otras que están completamente determinadas y no se pueden modificar.

    El bienestar del individuo y su supervivencia dependen del papel que dichas características jueguen en un entorno dado, y cómo dicho individuo pueda jugar con ellas.

    Por ejemplo: un hombre que no es atractivo físicamente (aunque los gustos, se diga, se rompen en géneros, el ser humano tiende a considerar bello aquello que es simétrico) sabe que si llega a un bar, las mujeres (u hombres, si es homosexual) no se van a derretir por él ni mucho menos. Pero tal vez aquel hombre sea muy inteligente o sea muy bueno para entablar conversaciones y por medio de esos atributos logre conquistar a una mujer que le atraiga mucho.  

    Y decimos que el entorno importa mucho. Tal vez dicho hombre esté dentro de un grupo de personas que tienen gustos e intereses muy diferentes a los de él y aunque intente usar «su labia» terminará aburriendo a los demás.

    Lo mismo pasa con aquello que determina quienes sobreviven, quienes llegan a formar parte de las élites, quienes tienen una vida más provechosa o quienes quedan rezagados: La supervivencia del más apto. 

    En la antigüedad, la fuerza y la habilidad física era muy importante. Una persona débil (aunque fuera inteligente) no tenía muchas esperanzas de sobrevivir, ya sea porque era menos apto para cazar o recolectar comida o porque era uno de los primeros que sucumbía ante el ataque de una tribu rival. Esto también puede explicar en parte la supremacía del hombre a lo largo de la historia. La mujer, al ser más débil físicamente, tenía entonces un rol secundario.

    Actualmente, en la sociedad de la información, la fuerza y la habilidad física sirve para ser un atleta de élite y poco más. Tan sólo se requiere que mantenga una vida saludable (que haga ejercicio y se alimente bien). La fuerza tiene poca correlación con el bienestar y la prosperidad. En cambio, la inteligencia es determinante. Esto también explica que la mujer tenga un rol cada vez más activo dentro de la sociedad y que la brecha sea menor en aquellos sectores de la sociedad donde se usa la mente producir que en aquellos donde se usa la fuerza. 

    Pero aquí viene un problema: La inteligencia no es una característica muy maleable (está determinado, en parte, por la genética). Las personas que tengan fortuna en adquirir una inteligencia superior tendrán más posibilidades de tener una mejor calidad de vida. Aunque en la actualidad se hable mucho de la inteligencia emocional y de las inteligencias múltiples (que no dejan de ser importantes), lo cierto es que a mayor cociente intelectual hay mayores posibilidades de obtener un ingreso mayor, como podemos ver en esta gráfica:

    También hay una correlación directa entre la puntuación que los alumnos obtienen en el SAT (el examen que se aplica en Estados Unidos para entrar a la universidad) y el ingreso que tendrán. El SAT, el GRE, o el CENEVAL son básicamente exámenes para medir la inteligencia, de tal forma que se da prioridad a quienes son más inteligentes sobre quienes no lo son:

    Entre los especialistas hay discrepancias sobre si el cociente intelectual se puede modificar por medio de entrenamiento. Algunos dicen que sí, pero que hay un techo. También es cierto que la alimentación y educación a edad temprana influye. Es decir, las personas menos inteligentes pueden acortar la brecha con respecto a quienes son más inteligentes pero muy difícilmente podrán alcanzarlos. Las personas menos inteligentes tienen que hacer un mayor esfuerzo no sólo para tratar de no quedarse rezagados en el IQ sino para poder hacer las tareas que hacen las personas más inteligentes, con lo cual quedan en desventaja.

    ¿Cuál es el problema de esto?

    Que la tecnología y la inteligencia artificial están comenzando a sustituir los puestos de trabajo, y como la inteligencia artificial crece «de abajo para arriba» (su inteligencia va creciendo con el paso del tiempo), entonces irá sustituyendo primero aquellos puestos de trabajo que suelen ser hechos por personas menos inteligentes, como los puestos operativos.

    Ciertamente, en una sociedad inequitativa los puestos de trabajo no sólo tienen que ver con la inteligencia sino con la falta de oportunidades y con la poca movilidad social, pero pensemos en una sociedad relativamente equitativa donde los puestos corresponden al mérito y a las capacidades, tal y como suele ocurrir en algunos países desarrollados. 

    Los empleos que se crearán en sustitución de los primeros (si es que se alcanzan a reemplazar todos) serán más complejos porque requerirán una inteligencia mayor. Se requerirá que el individuo tenga más conocimientos en ciencias exactas (matemáticas, lógicas) y una mayor comprensión del lenguaje, lo que le requiere sí o sí, un mayor grado de inteligencia. Las personas menos inteligentes terminarían rezagadas o desempleadas. No cualquier persona puede programar o modificar las máquinas que harán automáticamente las labores que ésta haría manualmente.

    Es cierto que el cociente intelectual a nivel mundial se ha incrementado 20 puntos en los últimos años. Podría argumentarse que cuando «el futuro nos alcance» vamos a ser más inteligentes. Pero lo que han demostrado estos estudios es que el incremento ha ocurrido más bien en los países en desarrollo como China o India. Al parecer, cuando alcancemos un nivel de desarrollo en el que todas las personas estén bien nutridas y tengan un decente nivel de educación, el cociente intelectual tenderá a estancarse. 

    ¿Y cuando eso suceda, podrán absolutamente todos los individuos tener la capacidad cognitiva para ser ingenieros o desempeñarse en profesiones de alta demanda intelectual? ¿Podrá el ser humano, como producto de la evolución, lograr incrementar su cociente intelectual al punto en que practicamente todas las personas puedan desempeñar puestos que hasta ahora son para los «cerebritos»?

    Si eso no sucede, las personas que no son inteligentes estarán en muy serios aprietos. La inteligencia artificial ya está a la vuelta de la esquina. Los expertos en el tema pronostican que a mediados del siglo la inteligencia artificial empatará o incluso superará a la inteligencia del ser humano (sí, si eres millennial, vivirás para contarlo). Está tan próximo que cada vez más expertos hablan del tema y de los riesgos que esto conlleva (que la AI supere nuestra inteligencia conlleva muchos riesgos, en tanto que podría llegar a dominar a nuestra especie).  

    Y ciertamente, esto podría no ser justo. La biología no nos dota con las mismas capacidades a todos los individuos y es un tanto complicado que quienes sean poco inteligentes puedan «inclinar la balanza» con otro de sus rasgos en tanto que los otros rasgos que son y serán requeridos (como la capacidad para socializar) son más maleables y pueden trabajarse más que la propia inteligencia, por lo que pueden ser trabajados por quienes son más inteligentes para perpetuar su superioridad sobre quienes no lo son.

    Termino como empecé, diciendo que el hombre no es unidimensional, sino multidimensional. Pero el contexto importa, y el contexto se está inclinando mucho a favor de la inteligencia. 

  • ¿Por qué Bill Gates no tiene una imagen de éxito?

    ¿Por qué Bill Gates no tiene una imagen de éxito?

    ¿Por qué Bill Gates no tiene una imagen de éxito?

    Cuando estudiaba en la universidad, una «especialista en imagen» impartió una conferencia sobre el vestir. Nos explicaba por qué es importante un traje, qué es lo que cada traje transmite y cómo debe de ser la imagen personal del profesionista. Algunos de nosotros nos sentimos algo intimidados. Resultaba que cuando saliéramos de la universidad tendríamos que vestirnos de tal forma y comportarnos de tal forma, como si tuviéramos una camisa de fuerza que no nos dejara ser nosotros mismos. 

    Pero lo que más me llamó la atención fue el receso de dicha conferencia: la conferencista, elegante y bien vestida (tal vez en exceso para la ocasión) parecía tener dificultades para platicar casualmente con los alumnos como generalmente sucede en esos recesos. Parecía que estaba atrapada en su propia imagen; imponía tanto que más que generar atracción, intimidaba a los demás. ¿Para qué tanta sabiduría del vestir si no eres capaz de hacer algo tan elemental? Me preguntaba. ¿Para qué nos dice que no usemos traje café porque refleja, decía, que ganamos poco dinero, o que el negro inspiraba poder si no era capaz de hacer algo que es elemental inclusive en el mundo de los negocios, que es poder tener una plática casual y desenfadada?

    Siempre que escucho a los gurús de la autoayuda insistirnos en proyectar una imagen de éxito, recuerdo a esta conferencista. No es que la imagen no importe, si voy a una junta sin bañarme o con el traje arrugado voy a causar una impresión desastrosa, pero muchos de los gurús de la autoayuda se la toman tan en serio que a veces sólo logran despersonalizar a los individuos. Los despojan de su identidad para que se «acoplen» a lo que ellos consideran que es una imagen de éxito. Acompañándose de frases como «si lo deseas, el universo conspirará para que obtengas eso que anhelas» (casi siempre son cosas superfluas como dinero o un auto) o «todo lo que te sucede es responsabilidad tuya» engañan a sus lectores diciéndoles que la imagen por sí misma los llevará al éxito, como si fuera más importante que el talento o el esfuerzo.

    Para empezar, el concepto de «imagen de éxito» es por sí mismo una falacia. Porque las personas que consideramos exitosas no sólo no coinciden entre ellos cuando se trata de la vestimenta que usan, sino que varias de ellas serían severamente criticadas por personas como la conferencista o el gurú de autoayuda. A Carlos Slim a veces se le ve un tanto desaliñado (al menos de acuerdo a los criterios de los gurús); Mark Zuckerberg tan sólo se preocupa por no verse sucio y descuidado, utiliza casi siempre la misma camisa deportiva y unos pantalones de mezclilla, algo parecido de lo que sucedía con Steve Jobs; Bill Gates no es conocido por su impecable imagen personal. ¿Por qué a pesar de romper las reglas de lo que una imagen de éxito debería ser, son tan exitosos?

    Basta leer la biografía de estos personajes para entender que estas personas tienen tantas cosas en que pensar, tantas decisiones que tomar, que sería insensato enfocar todas sus energías en la imagen. Más aún, ellos no tienen la necesidad imperiosa de decir con su imagen que son personas de éxito, tan sólo se preocupan por serlo y no se preocupan por mostrarlo. 

    imagen de éxito
    Mark Zuckerberg

    No, no estoy diciendo que no debas cuidar tu imagen, ni que no te importe cómo te ves frente al espejo; ciertamente, las primeras impresiones cuentan (y no sólo tiene que ver con la imagen, sino con el lenguaje corporal y muchas otras variables) y es importante oler bien, que tu ropa esté presentable y que tu vestimenta sea ad hoc al entorno (para una entrevista de trabajo gerencial lo ideal es irte de traje a menos que la cultura de la empresa no lo amerite, si vas a una cena de gala tal vez debas ponerte un traje de etiqueta, o lo ideal será una combinación de ropa sport si sales con tus hijos a hacer deporte el fin de semana).

    Lo que quiero decir es que no debes ser esclavo de la imagen como los gurús de la autoayuda lo quieren vender. Porque hay que aclararlo: la imagen es una extensión de tu esencia como persona, no al revés. Tú te tienes que sentir cómodo con tu vestimenta, que refleje lo que eres, y no lo que dicen que tienes que mostrar. 

    Por ejemplo: si eres una persona creativa, nadie te tiene que decir que no puedes usar pantalones de mezclilla y camisas estampadas; si eres una persona bohemia o intelectual, nadie puede decirte que no uses un traje café. No existe una imagen de éxito como tal, lo único que existe son personas que buscan trascender en su vida (porque hasta las formas de trascender son mucho más amplias que el concepto de éxito que tienen los gurús de la autoayuda) y que se visten de acuerdo a su personalidad.

    No es casualidad que para los gurús de la autoayuda el éxito siempre tenga una estrecha relación con el dinero, los carros, los puestos directivos, la casa grande, la reputación social. Una persona que trasciende de verdad ve en ello la consecuencia de su trascendencia, no la trascendencia misma. Una persona que tiene sueños trabaja duro por ellos, y generalmente, como consecuencia llega la estabilidad económica y a veces hasta la fama, pero ni el dinero ni la fama ni los carros son su sueño (y ni siquiera son mandatorios, porque por ejemplo, una persona cuyo sueño es aportar a las comunidades indígenas tal vez nunca sea rica, porque posiblemente ni le importa). Para los gurús de la autoayuda sí lo creen, muchos de ellos asumen que los individuos necesariamente quieren dinero y poder, y que no hay nada más allá. En los templetes de sus conferencias siempre aparece el hombre que se volvió rico, el hombre de traje, el hombre que pasea con varias mujeres en el auto deportivo. 

    La imagen es el reflejo de las personas. La imagen es la consecuencia del estado psicológico y hasta espiritual del individuo. Una persona que no se quiere, por más intente engañar a través de su imagen, transmitirá que tiene una baja autoestima. Aunque use un traje de marca, bastará la primera expresión de su lenguaje corporal para delatar el engaño. Una pobre holgazana vestida de Dolce & Gabanna siempre será una pobre holgazana. 

    Hay personas que sí, son amantes del vestir, que son excesivamente pulcras, les encanta que la corbata haga contraste con el saco. Y está bien, porque así es su personalidad. Que les guste la moda, que les «encante verse bien» no tiene nada de malo. Muchos abogados usan trajes oscuros y está bien, porque por su profesión (que tiene una relación estrecha con su personalidad), el traje genera un efecto cuando se trata de litigar. Muchas personas se quitan la corbata en diversas ocasiones porque sienten que así pueden generar mayor empatía con el público, porque entienden el efecto que la imagen realmente tiene y no es algo rígido como los gurús de la imagen del éxito nos quieren vender. 

    Las personas «de éxito» no se atan a su imagen. Por el contrario, atan su imagen a su esencia, a su identidad, a su actividad, a lo que quieren lograr como individuos. Aunque existen convenciones o reglas no escritas para determinadas situaciones, no hay una ley que te impida ser tú cuando se trata de tu vestimenta. La vestimenta es tu extensión, tú no debes de ser la extensión de ella.

    O te ocurrirá lo que a la pobre conferencista. Tan atada a la moda y a las costumbres de etiqueta que nunca pudo ser ella. 

    Por que al final, lo que más importa es el individuo y su esencia. Y eso, no debe estar condicionado por algo más superfluo. 

  • Propongo dignificar el transporte público con el gasolinazo

    Propongo dignificar el transporte público con el gasolinazo

    Propongo dignificar el transporte público con el gasolinazo

    En la mayoría de mis viajes, tengo que usar mi automóvil ¿por qué? Porque lamentablemente es la única forma en que me puedo transportar de una forma regularmente eficiente. Y digo regularmente porque al final la calidad del traslado no termina por ser buena: mucho tráfico, estrés, etcétera.

    Si el transporte público de mi ciudad fuera digno, ya hace tiempo hubiera vendido mi carro. El automóvil entonces es un mal necesario. Lo necesito para ahorrar tiempo -debido a la mala cobertura del transporte público-, tiempo que puedo invertir en mi trabajo y otras actividades.

    El problema es que la cultura del automóvil no sólo hace poco digno al transporte público, que queda relegado a un segundo plano en las políticas públicas, sino que hace lo propio con el traslado en automóvil. Más carros, más tráfico, más estrés, ciudades menos vivibles.

    Entonces, ahora que todos están indignados con el gasolinazo, yo preferiría proponer que éste sí tenga efecto, que sí aumente la gasolina el 20%, pero que el IEPS -impuesto que hace la diferencia para que la gasolina sea más cara- se destine a las entidades federativas, se utilicen para la mejora de transporte público y que con ese dinero las ciudades puedan llevar a cabo una reestructuración urbana donde se de prioridad a infraestructura peatonal -y no me refiero a los excluyentes pasos peatonales-, ciclovías, mejoramiento del transporte urbano y construcción de líneas de transporte como BRT, Tren Ligero o Metro. 

    De la misma forma, propongo que se exente de este impuesto a quienes consumen gasolina como parte de actividades productivas tales como traslado de insumos. Esto para aminorar el efecto de la inflación y evitar que el incremento impacte en el costo de los productos, sobre todo aquellos de primera necesidad. 

    ¿Por qué propongo esto? Porque basta de seguir alimentando esa cultura del automóvil que está colapsando nuestras ciudades. Basta de alimentar ese concepto del automóvil como una herramienta que otorga prestigio y status social, que reafirma la clase social a la que pertenece un individuo. ¡Basta! Nos está haciendo mucho daño.

    Basta de pensar en nosotros mismos, tenemos que comenzar a pensar en nuestra comunidad -lo que es bueno para nuestra comunidad es bueno para nosotros-. Necesitamos crear ciudades dignas para todos, ciudades que fomenten la convivencia, ciudades más ecológicas, ciudades para las personas y no para los automóviles. Tenemos que romper con un modelo que está por llevar a nuestras ciudades al colapso. 

    Para eso tendremos que romper paradigmas y conceptos que no sirven: habrá quienes se opongan a las ciclovías porque van a tener menos espacio para estacionar los coches que ya no les caben en la cochera, habrá quienes se molesten porque el carril de calle de su casa ya no estará tan grande. Pero tenemos que romper esas barreras y conceptos mal fundados. 

    Además, el subsidio a la gasolina no beneficia a los más pobres como afirman ciertos líderes políticos, por el contrario, el subsidio es altamente regresivo y beneficia a los ricos:

     

    Por eso, yo propongo presionar al gobierno para que el IEPS se utilice en la mejora del transporte público digno para todos sin importar clase social o económica, e infraestructura urbana para tener ciudades más habitables, que por consecuencia se convertirán en ciudades más seguras, y no que se utilice para tapar los agujeros fiscales que el propio gobierno ha creado. 

    Comparte esto, pasa la voz.

  • Tanque vacío ¡por favor!

    Tanque vacío ¡por favor!

    Tanque vacío ¡por favor!

    Hoy veo a una ciudadanía enojada, arrojada en cólera. Tienen razón para estarlo, un fuerte incremento a la gasolina no es algo que agrade a nadie. Menos cuando las razones a las que esta decisión obedece no tienen justificación alguna más que llenar las arcas de un gobierno que no trabaja para sus ciudadanos, un gobierno que ya está planeando estrategias de corte asistencialista -y que requieren de dinero del erario público- para tratar de ganar las elecciones venideras. 

    A esto hay que agregar el desabasto que es resultado de lo mismo. Personas que tienen que formarse para poder ponerle un poco de gasolina al auto y puedan desplazarse, mientras las autoridades (como ocurrió en San Luis Potosí) estaban asistiendo a los XV años de Rubí. La gente tiene todo el derecho a estar enojada, aunque a veces fallen un poco en la interpretación de aquello que está sucediendo.

    Por ejemplo, a diferencia de lo que muchos piensan y de lo que algunos políticos -dizque progresistas- quieren hacer creer, el alza a la gasolina y el desabasto no son producto de la Reforma Energética, ni a que le «vamos a entregar Pemex a las transnacionales»; no es culpa del neoliberalismo, sino de la Reforma Fiscal que planteó el PRI junto con el PRD. Por el contrario, lo que ocurre es que a nuestro flamante gobierno se le ocurrió gravar la gasolina con ese impuesto especial llamdo IEPS que representa el 26% del total del consumo. Como un amigo mío economista lo explica, así se divide el costo de la gasolina:

    a) 43% como Precio de referencia internacional.
    b) 26% de Impuesto Especial a la Producción y Servicios (IEPS).
    c) 14% de Margen comercial, mermas y costos de transporte.
    d) 17% por Impuesto al Valor Agregado (IVA) más otros conceptos.

    Es decir, si ese impuesto no existiera, al liberar el costo de la gasolina a precios de mercado éste sería todavía más bajo de lo que la gasolina cuesta actualmente. No es culpa de la Reforma Fiscal, ni de las transnacionales, sino del PRI y del PRD que diseñaron ese bodrio llamado Reforma Fiscal, y claro está, del gobierno de Peña Nieto.

    Supongo que el gobierno espera recaudar más dinero no sólo por el impacto de la economía y política mundial, sino por la ineptitud del propio gobierno que ha manejado mal las finanzas de este país.

    Podría «entender» este incremento si tuviéramos a un gobierno cuyo trabajo fuera palpable, donde los ciudadanos puedan percatarse de la inversión cuando salen a la calle, donde hay servicios dignos. Pero no hay eso, en realidad tenemos a varios gobernadores que desfalcaron estados y que el Gobierno Federal hace como que persigue después de estar varios años consintiéndolos.

    Si el gobierno tuviera sus finanzas sanas y fuera responsable, posiblemente la gasolina no necesitaría estar gravada con este impuesto.

    Entiendo completamente -disculpen por la majadería que diré- que los ciudadanos sientan esto como una patada en los huevos.

    Algunos plantean como manifestación que la gente llene su tanque antes del primero de enero y que los siguientes 3 días no carguen gasolina. En realidad, creo que el impacto que tendrá dicha manifestación será mínima sino es que nula. Primero, porque podrían incluso agravar el problema de desabasto, y porque si piensan castigar al gobierno de esa forma, la realidad es que sólo perderán la diferencia del IEPS de un año a otro en una sola carga. De hecho, incluso sin «castigo», muchas personas «yo me incluyo» llenamos el tanque en vez de hacerlo en enero para que «nos saliera un poco más barato».

    En ese caso, me parecería un poco más sensato lo siguiente y  que seguramente no generará tanta convocatoria por la indisposición de algunas personas para usar el transporte público -en algunos casos porque lo suficiente malo e ineficiente como para que sea opción-: dejar de usar el auto durante un tiempo, puede ser una semana por ejemplo; y en vez de eso usar la bicicleta, el transporte público, o si es posible, trabajar desde casa. De esta forma el impacto económico sería mucho mayor. Y sí, de una vez eso ayudaría a desincentivar a que sea un poquito, la cultura del automóvil en el país donde los carros per cápita superan el de algunos países desarrollados.  

    Bueno, en realidad mi propuesta sólo serviría para que aprendas a no depender tanto del coche, aunque tan sólo una semana no creo que ayude de mucho. 

    El gasolinazo no es tanto una «medida impopular pero necesaria» sino más bien reflejo de la ineptitud del gobierno de Peña Nieto, que observa pasivamente como el país se le cae a pedazos, un país de simulación, de improvisación y de parches. 

    Pobre México, tan lejos de Dios, tan cerca de los 13.40 por litro de Magna. 

  • Elon Musk vs Robert Kiyosaki. Las dos caras del capitalismo

    Elon Musk vs Robert Kiyosaki. Las dos caras del capitalismo

    Del capitalismo siempre se ha hablado y escrito. Algunos lo señalan como el culpable del ascenso de Trump al poder -afirmación que considero parcial y algo tramposa-. Cuando hablamos de capitalismo, deberíamos de hablar de «capitalismos». Es decir, se sobreentiende que el capitalista tiene dinero, pero otra cosa es lo que hace con él. Y dependiendo de lo que haga con él, es que el capitalista contribuye o no a la sociedad.

    Hoy voy a hablar de esas dos formas de capitalismo, y para eso me permití traer a colación a dos «gurús», figuras que son admiradas por distintos tipos de personas con perfiles diferentes, pero que buscan, muy a su manera, el éxito.

    Elon Musk vs Robert Kiyosaki. Las dos caras del capitalismo

    El primer perfil es el del capitalista acaparador. El fin primero y último de este capitalista es acaparar dinero. El dinero es un fin, el dinero le proporciona status, autoestima y autorrealización. Este capitalismo acapaparador es el que representa Robert Kiyosaki, cuyo libro, «Padre Rico, Padre Pobre» invita a la gente a cambiar su relación con el dinero para ponerlo literalmente al centro de su vida.

    El segundo perfil es el del capitalista emprendedor. El fin último de este capitalista no es acaparar dinero. Lo acapara porque lo necesita como medio para un fin posterior. El dinero no lo autorrealiza, sino un proyecto de un espíritu más elevado. El capitalista emprendedor es un soñador, desea hacer algo importante en este mundo y pone su capital en ello.

    El capitalista emprendedor sueña con crear su empresa, sueña con ejecutar su proyecto o inventar algo. Elon Musk es el claro ejemplo. Después de haber cofundado Paypal, lanzó su marca de automóviles eléctricos -y ahora autónomos- Tesla, y también su empresa espacial SpaceX, cuyo propósito ulterior es llevar al hombre a marte y colonizar ese planeta.

    El capitalista acaparador como Robert Kiyosaki ningunea a quienes no toman el camino trazado por el dinero. Dice Kiyosaki que la escuela no es importante, que solamente forma empleados como su «Padre Pobre». Elon Musk, por su parte, busca a esos estudiantes para enrolarlos a alguno de sus proyectos, él busca a los mejores y los involucra de tiempo completo. Posiblemente esos empleados no se vuelvan millonarios, pero seguramente trabajar en uno de esos cohetes o automóviles Tesla rompedores le da sentido a sus vidas. Eso no importa para el capitalista acaparador.

    La desigualdad mundial se explica más por los capitalistas acaparadores que por los capitalistas emprendedores. La necesidad de los últimos para emprender los obliga a generar empleos que se pagarán con los dividendos de la riqueza que generan. Los acaparadores no están tan interesados en generarlos, a ellos les gusta especular y acaparar la riqueza que generaron otros.

    Una de las tantas razones por las cuales un demagogo fascista como Donald Trump se convirtió en Presidente de Estados Unidos es por el estancamiento de la clase media, fenómeno provocado no solo por la tercerización de empleos o la tecnología, sino por el acaparamiento de capital en manos de unos pocos. Curiosamente, Robert Kiyosaki, el gurú del acaparamiento, no sólo es amigo de Donald Trump, magnate acaparador y especulador por excelencia, sino que se dio el lujo de escribir un libro con él.

    https://www.youtube.com/watch?v=FcdOXZoAVmM

    Pero los seguidores de Robert Kiyosaki no son especuladores que se volvieron ricos por medio de sus consejos. Su filosofía ha sido más bien adaptada por empresas multinivel y piramidales para «motivar» a los empleados -que eso son al final, por más lo nieguen y los llamen emprendedores- y centrar su energía en la mera generación de dinero para que la empresa logre obtener más ingresos.

    Los gurús del acaparamiento como Robert Kiyosaki sólo hablan de eso, de dinero. Su vida está completamente centrada en el dinero y en los placeres que éstos les da.  Su contribución a la sociedad se limita a teatros filantrópicos que son fáciles de mantener porque pueden ser deducibles de impuestos. A los capitalistas acaparadores les gusta presumir su riqueza, quieren que los reconozcan por ser ricos.

    Los emprendedores, por su parte, no solamente suelen ser de un espíritu más alto -el suficiente como para que Elon Musk ambicione llevar a nuestra especie a Marte-, sino que suelen ser más cultos y dominan temas que van más allá de sus actividades profesionales. Ahí está Bill Gates quien se puede dar el lujo de sugerir una lista de libros cada cierto tiempo (varios de ellos, muy buenos).

    Suelen involucrarse (muchas veces de corazón) en otras actividades, y generalmente su filantropía va más allá del arte de deducir impuestos. Ellos no presumen su riqueza sino lo que hacen, no utilizan sus posesiones como una extensión de su ser. Mientras el acaparador presume su Ferrari en revistas de sociales, el emprendedor simplemente lo compra porque es aficionado a los Ferraris.

    Silicon Valley, la meca de los capitalistas emprendedores, ha visto nacer una industria que ha cambiado la forma en que los seres humanos consumimos y nos comunicamos. Su filosofía es capaz de crear hubs en otras latitudes que se benefician del talento humano y generan riqueza. La filosofía del acaparador no crea riqueza ni emprendedores, sino seguidores.

    Y mientras varios de los fans de Kiyosaki encuentran en las empresas multinivel el sueño imposible de ser millonarios, los de Musk se encierran en el sótano para crear un nuevo proyecto, o crean comunidades de emprendimiento. Los primeros tendrán menos suerte en acaparar que la que tendrán los segundos en emprender.

    Entonces el Padre Rico creó muchos Padres Pobres porque no se decidió a ser un Padre Emprendedor.

    Y no, ni Musk ni Jobs ni Bill Gates hablan de Kiyosaki.

    Y si viste alguna imagen o una frase de Jobs admirando a Kiyosaki, es una apócrifa utilizada por las empresas piramidales para engañar a sus reclutados.

  • La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    Razones por las que Donald Trump es el Presidente Electo de los Estados Unidos son muchas. He visto a muchos «opinadores» y usuarios de Twitter, convertidos en politólogos de la noche a la mañana, arrinconar la discusión a un tema meramente ideológico. Los de derecha le echan culpa a las políticas progre, y los de izquierda al neoliberalismo. Tal vez ambas corrientes tengan algo de responsabilidad (no toda, ni en su conjunto). El problema, más bien, es uno muy complejo, y tiene muchas variables que van desde el nativismo hasta la creación de una narrativa tramposa de un país que dice Trump, está en el borde del desastre.

    Pero hoy quiero hablar de una variable que me preocupa mucho y que nos debería ocupar. Es el tema de la desigualdad y el estancamiento de las clases medias.

    Algunos economistas ortodoxos dicen que no nos debemos de preocupar por la desigualdad, que sólo importa el crecimiento. La realidad es que cuando esa desigualdad empequeñece a la clase media, la democracia corre el riesgo de deteriorarse.

    Desde una perspectiva política, una nación muy desigual, incapaz de crear una clase media, se verá imposibilitada de coexistir en un régimen democrático. De hecho, la historia ha demostrado cómo los países como Estados Unidos y Alemania se democratizaron en tanto sus clases medias empezaron a crecer.

    Entonces sabemos que la clase media es condición necesaria para la existencia de un régimen democrático. Las clases medias son las que suelen hacer los cambios en la sociedad, las élites no lo harán porque naturalmente desean mantener el status quo y sus privilegios, mientras que los pobres tienen que pensar como sobrevivir, además que por su escasa educación son fácilmente manipulables.

    Si ocurre lo contrario, cuando las clases medias se vuelven estrechas, el resultado es el opuesto. Las clases medias, amenazadas y sin un futuro promisorio, tienen más posibilidades de buscar refugio en un líder carismático que se enfrenta a un sistema que ya no funciona, o no les funciona; y entonces, la democracia se deteriora. Ésto es lo que pasó en Alemania del siglo pasado quien sufrió severamente los estragos de la crisis del 29 y que derivó en el ascenso de Hitler, y ésto es lo que pasó con Donald Trump -aclaro que no estoy sugiriendo que los rasgos fascistas de Trump tengan los alcances de Hitler-.

    Varios países desarrollados, entre ellos Estados Unidos, han visto sus clases medias estancadas, sin posibilidades de crecimiento, al tiempo que la distribución de la riqueza se acentúa. Las clases medias, frustradas, al ver que los partidos políticos cercanos al centro ya no funcionan, corren el riesgo de radicalizarse.

    Esto es lo que está pasando con las clases medias en Estados Unidos:

    Pew Research Center
    Pew Research Center

    El ingreso de las clases medias en Estados Unidos está disminuyendo, esta tendencia, como muestran las gráficas del estudio que llevó a cabo Pew Research Center, afecta tanto a la clase media alta como la media baja.

    ¿Y por quién votaron aquellos que afirman que antes les iba mejor? Sí, por Donald Trump.

    Votantes de Donald Trump
    The New York Times

    Según las encuestas de salida que The New York Times cabo el día de la elección, el 78% de las personas cuya situación financiera está peor que antes. En Estados Unidos los más pobres (y que siempre han sido pobres) suelen votar por los demócratas porque son quienes más promueven políticas asistencialistas. Pero aquellos, de clase media, que vieron como sus ingresos se reducían, votaron por Donald Trump.

    Y ésta no es una historia nueva. Una Alemania empobrecida por la crisis de 1929 llevó al poder a Adolfo Hitler.

    Éste es un tema que debe de ocupar a los líderes mundiales y todos los que están involucrados en el tema. Es una discusión que debe ir más allá de ideologías económicas y de pensamientos políticos.

    Y lo es porque el futuro amenaza con estrechar cada vez más a las clases medias.

    Como avances tecnológicos que sustituyen empleos, la concentración de la riqueza en las élites, e incluso la insostenibilidad de las pensiones.

    Muchos estadounidenses que han visto reducir sus ingresos – varios de los cuales viven en la zona denominada Rust Belt–  son empleados poco cualificados. Las empresas que les daban empleo se fueron a México o a otros países, y dada su poca cualificación no pudieron acomodarse en otro empleo, o al menos, no pudieron obtener el mismo ingreso. Pero esa es sólo una historia parcial, y es en la que ha hecho énfasis Donald Trump.

    La otra parte tiene que ver con la evolución natural del ser humano de la era industrial a la del conocimiento. Muchos empleos que requieren poca cualificación están siendo reemplazados por robots o por inteligencia artificial -muchos de estos votantes de Donald Trump no perdieron su trabajo por la culpa de un mexicano, sino de un microchip-. De hecho, en un futuro no tan lejano, la inteligencia artificial hará el trabajo que hasta ahora hace la mayoría de los seres humanos. Ante este oscuro panorama, Elon Musk sugiere que el gobierno pague a todos los individuos un ingreso porque habrán pocos empleos para los seres humanos, y considera que las alternativas son pocas.

    Culpar al neoliberalismo u optar por recetas económicas ortodoxas no servirá de mucho ante un panorama tan complejo al cual nos estamos enfrentando. Tampoco podemos dar por sentada nuestra estabilidad política. Ya hemos aprendido que ésta sí se puede romper, y este rompimiento puede ocurrir si no logramos ser autocríticos e ignoramos la señales que el deterioramiento de los sistemas que nosotros creamos emiten.

    Apenas ha empezado el siglo XXI. Se vienen transformaciones importantes. La pregunta es ¿estaremos a la altura de nosotros mismos?

  • El apocalipsis digital, o el día en que nos quedemos sin Internet para siempre

    El apocalipsis digital, o el día en que nos quedemos sin Internet para siempre

    El apocalipsis digital, o el día en que nos quedemos sin Internet para siempre
    Maurusone

    No estar en Facebook se ha vuelto algo muy extraño, típico de un outsider que decide «no estar en contacto con la sociedad». La red social se ha convertido, de hecho, en una extensión de los lazos sociales reales, y por lo tanto, en una extensión del individuo. Estar fuera de, podría ser interpretado por algunos como una conducta antisocial. Las otras redes sociales como Twitter o Youtube posiblemente no tenga la injerencia que Facebook tiene en los grupos primarios -con quienes mantenemos lazos de afecto-, pero también han moldeado las estructuras sociales.

    Si nos vamos con los grupos secundarios y aquellas formas de organización formales como lo son la escuela, el trabajo y demás organizaciones, podemos observar como el Internet también ha trastocado las estructuras. Plataformas como Google, el popular Slack, o hasta el Whatsapp son completamente indispensables para hacer bien nuestro trabajo, de tal forma que la productividad, y por ende, la economía, ya tienen una gran dependencia con los medios digitales.

    Algunas voces, sobre todo aquellas nostálgicas, afirman que si el Internet se apagara, volveríamos a esa vida de antes donde las relaciones importaban, donde los individuos pasaban el día en familia en vez de estar «pegados a sus aparatotes», donde las relaciones sociales tendrían más importancia tanto para nuestra vida como para nuestro trabajo.

    La expectativa que se hacen aquellos nostálgicos es completamente falsa. Si Internet se apagara, se crearía una hecatombe. ¿Por qué?

    Porque nuestras organizaciones ya se han transformado y ahora Internet tiene una relación directa con ellas. Nuestras estructuras sociales no son las de 1995, de hecho ya muchas cosas han cambiado.

    Por ejemplo, redes sociales como Facebook, Whatsapp o hasta Snapchat tienen ya una función en la vida de las personas. Gracias a esta red social los individuos pueden realizar actividades que antes tenían que realizar por otros medios. Los millennials ya no se la pasan horas hablando por teléfono porque ya hay otros medios de comunicación y se han a costumbrado a seguir lo que sus amigos hacen. Ellos encuentran en las redes sociales una forma de expresión que jamás antes habían tenido. Estas redes también permiten a los individuos estar más conectados, lo cual es muy útil cuando la distancia separa a una persona de sus seres queridos. Así también, estas son herramientas valiosas de información -otra cosa es que muchos individuos no usen filtros para hacer una buena selección-.

    Las redes sociales, como todas las tecnologías, tienen varios efectos colaterales, y cuando se usan en exceso, sí, pueden causar (o más bien ser síntoma de) problemas psicológicos, y ciertamente todavía no hemos terminado de crear «reglas de etiqueta» para reducir los efectos colaterales de las nuevas tecnologías, como ese vicio de utilizar los celulares en las reuniones. Pero en realidad, redes sociales como Facebook o Twitter han abonado a las relaciones humanas, no al contrario.

    De hecho, gracias a Facebook yo he cerrado negocios, he podido hacer más amigos y conservar a varios de los existentes. Gracias a las redes es más fácil enterarte de eventos que se van a llevar a cabo, y seguramente para un introvertido, Facebook puede ser una herramienta muy útil para saber qué está sucediendo allá afuera e involucrarse.

    Imaginemos que de un día para otro Internet se apaga. ¿Qué efecto podría tener esto en la vida de las personas? Que muchos de pronto ya no puedan estar en contacto con muchos de sus amigos porque -y me incluyo-, gracias a las redes sociales, no se pierde la comunicación y el contacto con varios de ellos. Imaginemos retornar al teléfono fijo como principal medio de contacto, imaginemos cómo es que nos organizaríamos o pondríamos de acuerdo ahora que no podemos utilizar las redes sociales para comunicarnos.

    Los nostálgicos afirmarán que hemos «acabado con una dependencia», pero la verdad es que los seres humanos somos dependientes de todas las tecnologías que creamos. Cuando inventamos la rueda, nos volvimos dependientes de ella para transportarnos, luego nos volvimos dependientes de las cartas por correo, luego del teléfono, y ahora de Internet. Si los nostálgicos quieren entender qué es acabar la dependencia de Internet, deberían preguntarse, ¿qué habría pasado en sus tiempos si de pronto el servicio telefónico hubiera desaparecido?

    El efecto (negativo, claro) de un apagón podría ser considerable; desaparecería una herramienta que ya ha penetrado las estructuras sociales. Seguramente ésto tendría un considerable impacto psicológico en muchas personas que de pronto se verían obligadas a modificar sus patrones de conducta de un día para otro, no es cualquier cosa.

    Pero ahora hay que hablar de lo que ocurriría en otros ámbitos, por ejemplo, en los negocios, en las telecomunicaciones, y en la forma en que la gente se comunica. Si las relaciones interpersonales se entienden cada vez menos sin Internet, las estructuras económicas y de gobierno son incluso más dependientes. En un mundo donde hasta ya nuestro dinero y parte de nuestros bienes son digitales y virtuales, si Internet se apagara, no sólo las empresas e instituciones tendrían que encontrar la forma de organizarse de un día para otro, lo cual implicaría rediseñar completamente procesos y cambiar hábitos, lo cual se antoja muy difícil, sino que tendríamos también que considerar el fuerte el impacto que tendría en la economía, porque las facilidades que Internet otorga se traducen a una mejor productividad, lo cual se traduce en una mucho mayor generación de riqueza. Posiblemente sin Internet, la crisis del 2008 sería un «juego de niños» comparado con lo que podría ocurrir. El colapso tanto económico como social no tendría precedentes.

    El apocalipsis digital, o el día en que nos quedemos sin Internet para siempre

    ¿Y qué hay de toda la industria digital que tiene su core business en el Internet? ¿Qué pasaría con los millones de empleos que generan? Básicamente desaparecerían.

    Y si desaparecen millones de empleos, el consumo se reduce afectando a casi todas las industrias, que a su vez generan otros millones de empleos.

    Pero me voy más allá, en lo que tiene que ver con la organización social y política. Internet ya ha permeado las estructuras políticas y de gobierno de las comunidades; la gente tiene más herramientas para informarse y ha hecho de Internet, su fuente primaria de información, y tanto ellos como los políticos y activistas, han encontrado en Internet una forma de tender puentes de comunicación. Los procesos políticos actuales no se pueden entender sin Internet, y con un apagón, estos procesos se podrían modificar sustancialmente. Sin Internet ocurriría una especie de «desglobalización» y un mayor aislamiento. Los medios tradicionales adquirirían más poder y monopolizarían la información de una forma considerable.

    En el terreno social y académico, gracias a Internet, mucha gente puede aprender y perfeccionar sus habilidades continuamente, sin olvidar lo que esta herramienta representa para las universidades. Sin Internet, una gran oportunidad de desarrollo profesional se desperdiciaría, lo cual podría incluso condicionar el futuro de muchas personas. Los estudiantes ya no tendrían acceso a mucha información valiosa que se encuentra en otros países.

    No hay que olvidar el caos que se generaría en nuestra vida diaria. Las ciudades dependen cada vez más de Internet, los servicios tanto gubernamentales como privados colapsarían porque dependen de éste. Desde la luz hasta parte del transporte público, sin olvidar los servicios como Uber que dependen completamente de Internet, las compras en línea, las millones de transacciones bancarias que se hacen por este medio, etcétera.

    Hablaríamos de un colapso total que afectaría fuertemente nuestro modo de vida.

    Y no hay que olvidar que todas estas variables están interconectadas. Cambios en las estructuras de los grupos primarios o afectivos generan cambios en los grupos secundarios (formales) los cuales afectan la economía, la sociedad y la política; y a la vez, éstas últimas generarían fuertes cambios en las primeras.

    Eso es lo que podría causar un ataque ciberterrorista. Tener la capacidad de colapsar Internet es casi como tener un arma de destrucción masiva en las manos. Por eso es que el tema, aunque irrelevante para muchos, es muy preocupante para muchos gobiernos y la comunidad internacional. Un apagón podría poner en jaque todo el orden mundial. Y créanme que hay interesados en que algo así suceda.