Autor: Cerebro

  • Kiyosaki rico, lector pobre

    Kiyosaki rico, lector pobre

    Kiyosaki rico, lector pobre

    Después de tanto tiempo, me molesté en leer lo que se considera la obra magistral de Robert Kiyosaki. Si bien ya conocía algo de su filosofía, quería entender bien por qué existe una suerte de culto a su figura, como si se tratara de un genio, un gran gurú, 

    Voy a empezar diciendo que la educación financiera es MUY importante. Con la crítica que voy a hacer no quiero desestimar esto. Es importante que todos aprendamos a manejar bien nuestro dinero para que rinda de la mejor forma, que contratemos un plan de ahorros para el futuro, que sepamos invertir y administrar. 

    Dicho esto, me atrevo a decir que el éxito de Robert Kiyosaki radica en que sabe vender muy bien, es un muy buen vendedor. Yo no creo que nadie llegue alto sin ningún talento, algo tuvo que hacer Kiyosaki para convertirse en una persona sumamente reconocida; la verdad es que sabe vender bien ideas e ilusiones. 

    Si una persona quiere aprender sobre educación financiera hay miles de libros que son bastante mejores que el Padre Rico, Padre Pobre; que son más útiles para comenzar a saber manejar el dinero y saber dónde invertir. Hay obras que destacan por su simpleza pero funcionan, como el Pequeño Cerdo Capitalista de Sofía Macías, y que son más prácticos para saber manejar el dinero. Lo que tiene la obra de Robert Kiyosaki es que logra conectar con las emociones transmitiendo de forma muy sutil y tácita que, si quieres ser rico, tienes que seguir sus consejos. 

    En el libro de Kiyosaki hay algunos consejos que bien pueden valer la pena, pero creo que no es nada que no se haya dicho o nada que uno no pueda encontrar en otra obra. Algo que tiene su libro y que no tienen los otros es que Kiyosaki sabe muy bien como vender una ilusión, aunque su argumento no termine de tener sustento: ¡Hazte rico! ¡Hazte rico! ¡Quiero ser rico! Padre Rico, Padre Pobre vende una sutil ilusión de que se puede hacer dinero de una manera mucho más fácil de lo que la gente imagina. Así, aquellos que tienen problemas con sus finanzas o se sienten ahorcados encuentran una escapatoria a sus problemas. 

    Pero en realidad, los «otros libros» suelen funcionar mejor porque se encargan de ayudar a los individuos a diseñar una estrategia financiera. Mientras que estos últimos se enfocan más en la parte técnica (que es la que sirve), el libro de Robert Kiyosaki aparece como un libro promedio de autoayuda del Sanborns pero enfocado a las finanzas: ¡Tú puedes ser el padre rico! ¡Sé libre! ¡Haz que el dinero trabaje para ti!  

    Robert Kiyosaki es cuidadoso con sus palabras. Nunca te dice de forma explícita que vas a ser rico, pero sí manda sugerencias sutiles al público al contar su historia de su «padre rico» y su «padre pobre». Sugiere que basta con cambiar la perspectiva que uno tiene con respecto del dinero para hacer magia: asiste a seminarios, toma riesgos y el dinero trabajará para ti. 

    Los problemas más grandes de esta obra vienen a la hora de satanizar a los empleados y a la educación. Kiyosaki asume (de forma deliberada) que todos los empleados siempre tienen que estar viviendo preocupados por el dinero y ahorcados con las cuentas, pero esto no siempre ocurre así y no necesariamente tiene que ver tanto con su condición de empleados sino con la educación financiera que tienen. Kiyosaki habla de invertir en negocios, pero paradójicamente para que un negocio funcione necesita tener empleados. Su libro plantea esta visión maniquea de que ser empleado es algo casi malo mientras que ser una persona que «invierte» es una gloria. Dicha visión maniquea se ha convertido en una joya para las empresas multinivel y piramidales al vender la ilusión a sus trabajadores de que son emprendedores. 

    Es curioso que Robert Kiyosaki pareciera tener un diagnóstico algo similar al de Karl Marx, donde muestra a una suerte de proletariado (los empleados que trabajan por el dinero) que queda sujeto a los designios de la clase dominante (los que hacen que el dinero trabaje para ellos) que les da un empleo para poder vivir a cambio de la plusvalía que generan. Pero Kiyosaki no propone ninguna dictadura del proletariado, su propuesta es más bien individualista, el de la «independencia financiera».  

    Dice que la educación también es un problema, que las maestrías y las especializaciones suelen ser más bien un estorbo. La única educación que importa para Robert Kiyosaki es la educación financiera, que sepas manejar el dinero, que compres y vendas. Pero Kiyosaki ni siquiera habla de emprendimiento en el sentido estricto de la palabra, nunca habla de crear valor creando productos o servicios, solo importa saber vender, y recomienda enrolarse en empresas multinivel para aprender a hacerlo. Luego uno entiende por qué dentro de las empresas multinivel hay un culto a la personalidad enorme hacia él. 

    Es terrible lo que dice porque una sociedad necesita médicos, científicos, abogados, artistas. Pero todas estas profesiones son ninguneadas por el «gurú». Todos ellos necesitan especializarse, estudiar maestrías, ir a diplomados. Pero no sólo lo hacen para ganar dinero sino para ser mejores profesionistas, lo cual para Kiyosaki no es importante porque «esa especialización no hace que el dinero trabaje para ellos». 

    Kiyosaki asume que todo el mundo tiene un enorme culto al dinero y que lo que no tenga que ver con eso es algo secundario. Sugiere de forma muy tácita y cuidadosa que quien no tenga cierta obsesión con el dinero es un perdedor, es el padre pobre. La visión de Kiyosaki es terriblemente individualista porque su propuesta ni siquiera agrega valor a la economía ni a la sociedad. No se trata tanto de producir, de crear productos o servicios que sirvan a la gente, sino de acaparar más y más. Para él está bien engañar a la gente y decirle que su casa vale menos que lo que en realidad vale para así hacer negocio. Sugiere «irse por la vía legal» como si la vía ilegal fuera una opción; sugiere vivir al límite, jugar con los recovecos legales, con los instrumentos. No importa lo demás, lo que importa es que «tú seas rico». 

    También sugiere no ser arrogante y abrir la mente, dice que la arrogancia es solo una forma de ignorancia (estoy seguro que si leyera este post me tildaría de ello) y para ello sugiere escuchar a las mentes como las de Donald Trump (el chiste se cuenta solo):

    Kiyosaki pertenece a la escuela de Donald Trump, donde la mejor forma para hacerse rico es a través de la especulación, el movimiento del dinero y no por medio de la creación de la riqueza o la aportación de talento. Para él se trata de un juego, de saber cuándo y dónde mover el dinero. A él y a otros les funciona, pero esta cultura especulativa difícilmente beneficia a la sociedad en su conjunto. 

    Sería muy injusto decir, como algunos de sus detractores afirman, que Robert Kiyosaki es un hombre con suerte, que escribió «cualquier libro» y se hizo rico. La verdad es que Kiyosaki es muy listo. Él entendió que las emociones pueden ser muy bien rentabilizadas si se apunta a ellas con el método correcto. No cualquier persona se hace tan rica escribiendo libros. 

    Kiyosaki supo manejar las emociones de sus lectores para crearles la ilusión de que también pueden ser ricos como él. Por eso es que se ha formado un culto a su personalidad, porque él habla de su ejemplo y sugiere a los demás que lo sigan. Por eso es tan codiciado en las empresas piramidales. Kiyosaki no apela a la razón como los demás libros de educación financiera sino a las emociones. Su libro está cuidadosamente redactado para ese fin, para sentir, para imaginar, para que cuando el lector cierre el libro diga: ¡Yo si puedo! ¡Voy a dejar mi mediocre empleo y voy a convertirme en inversionista o emprendedor (lo que sea que eso pueda significar)! Su mensaje es muy aspiracional en un mundo muy aspiracional donde la gente quiere tener más para aparentar estar más arriba de la pirámide social. 

    Así, Kiyosaki se convierte en la inspiración de muchas personas. Pero por ahí me he enterado que ha creado pocos ricos y muchos nuevos empleados para las empresas piramidales y multinivel que viven con esa ilusoria sensación de que son empresarios independientes. 

  • El Cerebro Habla cumple 10 años, y así comenzó la historia

    El Cerebro Habla cumple 10 años, y así comenzó la historia

    El Cerebro Habla cumple 10 años, y así comenzó la historia

    Este espacio cumple 10 años. 

    Se dice fácil, pero este espacio ha estado en un poco menos de un tercio de mi vida aquí conmigo. Desde su existencia no he parado de escribir, y no creo que lo deje de hacer pronto. 

    La historia comienza así:

    Hace unos 12 años, un amigo me propuso hacer una revista virtual en Internet. En ese entonces el Internet era muy distinto al de ahora, la gente no usaba Facebook ni Twitter porque pues, no existían y uno tenía que recurrir a otros métodos para darse a conocer. En ese entonces, la dinámica para informarse en Internet era muy distinta. Uno accedía directamente a los sitios web, recibían las noticias en sus correos, y los más sofisticados utilizaban agregadores RSS. Entonces, mi amigo y yo pensamos que podría ser una buena idea hacer una revista que hablara de muchos temas desde política, temas sociales, hasta deportes y espectáculos. 

    Yo me iba a encargar del desarrollo web e iba a ser uno de los columnistas principales. Pero resulta que no sabía ni programar ni sabía escribir. Leía mucho pero no escribía nada. Entonces decidí abrir una cuenta en blogger para comenzar a escribir y agarrar práctica; la verdad es que escribía pero bien feo. 

    Resulta que mi amigo pronto perdió el entusiasmo (o sea, le dio flojera) y se le olvidó el proyecto cuando yo todavía tenía ganas de hacerlo. Pero en ese entonces yo ya había comenzado a escribir y me había empezado a gustar porque descubrí en esto una forma de relajación. Mi blog tenía mi nombre propio y un año después pensé que debía crear una marca (porque pues había miles de sitios en Blogger con nombres propios). 

    Me puse a pensar cómo podría llamarse y pensé en la relación que quería tejer con mis lectores (que en ese tiempo eran muy pocos). Primero pensé en una oreja porque una oreja escucha, pero lo primero que se me vino a la cabeza fue el programa de Pepe Origel y lo deseché inmediatamente. Luego pensé que podía ser un cerebro, porque el cerebro emite información, pero también la recibe y la procesa. Sentí que con ese nombre había dado en el clavo, porque al escribir mi intención no era «imponer mi punto de vista», sino más bien generar debate. 

    No se trataba, como muchos me han comentado, de un arranque de megalomanía para «resaltar mis aptitudes intelectuales», nunca fue por ahí, pero al ver que muchos me lo restregaban en la cara, me divirtió un poco y tampoco me esforcé mucho por desmentirlo. El logotipo actual (el único que he diseñado en toda mi vida) es evidentemente un cerebro, dentro del cual se puede ver una suerte de rostro que está hablando (en negro), y, a la vez, hace referencia a los dos hemisferios que se complementan (sí, sé muy bien que la ciencia no dice que hay un hemisferio analítico y uno creativo tal como se dice en la discurso popular). 

    Comencé una primera versión en Blogger, pero sólo pasaron algunos meses para decidir ya montar mi propio sitio web, el cual inauguré en el 2008 y que ha cambiado de imagen unas 4 veces. Desde ese entonces han pasado muchas cosas curiosas: hice dos amigas (mujeres que me buscaron por mi blog y a quienes conocí posteriormente en persona), han hecho referencia de este sitio en medios como El Universal, en Reporte Índigo y no recuerdo cuáles otros más, incluso ha llegado a ser citado en libros o tesis (es muy bonito ver mi blog en formato APA). Hay contenidos que se han viralizado y que han sido compartido incluso por políticos como Jesús Ortega del PRD, Fernández Noroña (quien por cierto, llegó a compartir como dos artículos incluso después de bloquearme y mentarme la madre) y algunas otras personalidades más. Este blog también me ha abierto puertas en lo profesional, primero colaborando en El Diario de Colima, y ahora en Sin Comentarios

    La intención de este blog es que los lectores puedan leer una perspectiva de lo que acontece en materia política y social. No pretendo ser el poseedor de la verdad aunque a veces defienda mis posturas «como un perro». Mi pretensión es abonar a crear una mejor opinión pública. Sé que, inevitablemente, pueda llegar a tener alguna inclinación ideológica, pero yo soy creyente de la idea de que para informarse bien la gente debe de consultar varias opiniones porque las inclinaciones ideológicas son inevitables. Por eso, lo que busco yo es ser «una de esas varias opiniones». 

    Mi blog tal vez no es el sitio más famoso y en realidad no es como que me haya preocupado demasiado por serlo, porque sé que la línea de mi blog no es tan atractiva para grandes audiencias, porque los formatos como los videoblogs de Youtube funcionan mejor (en parte, por eso estoy colaborando en uno) y siento que intentar abrir este blog a grandes audiencias podría banalizar un poco el formato, porque me niego a usar esos títulos clickbait tipo «Y lo que pasó después no lo vas a creer» y porque no quiero pervertir la función de mi blog con el fin de buscar más seguidores (que, como sea, poco a poco llegan). Alguna vez quise incluir otros escritores (algunos conocidos de mi ciudad) pero el público no lo recibió muy bien en ese entonces porque ya estaba muy acostumbrado a la idea de que «El Cerebro» era yo, y porque la verdad es que si no pagas por ello, es muy difícil que haya continuidad. 

    Pero, a pesar de todo, sí es un proyecto que ha ido creciendo y que quiero mucho porque pues es algo que me ha costado levantar como 10 años, y donde hay cúmulos de pensamientos y análisis míos (algunos de ellos me dan vergüenza, sobre todos los más antiguos, pero nunca los he borrado).

    Gracias a todos los que me han leído, a los que comparten mis artículos, a los que me escriben y me siguen en mis redes, a mis detractores, sobre todo a esos simpatizantes de «ya sabes quien» que me dicen «el cerebro no habló esta vez». Sobre todo gracias a Gerardo Rodolfo Fernández Noroña por ser la primera celebridad que me mienta la madre y me bloquea en Twitter (y porque sigue compartiendo artículos míos, a pesar de todo).

    Muchas gracias. 

  • Chumel no es un analista político

    Chumel no es un analista político

    Chumel no es un analista político

    Me preocupa que haya quien piense que Chumel Torres es un analista político. 

    Y me preocupa porque eso implica que creen que ver El Pulso de la República (y similares) equivale a informarse sobre lo que acontece en el quehacer público y social de México:

    Es como si un norteamericano pensara que la forma de informarse de la política de ese país es John Oliver o Stephen Colbert (con todo y las enormes distancias que hay entre ellos y Chumel Torres). La realidad es que su tarea es hacer comedia a partir de un tema que suele ser más bien serio. Sí, dentro de su comedia (algo que hacen mucho mejor que Chumel, naturalmente) incluyen una dosis de crítica, pero es eso, comedia. Ni Oliver ni Colbert son analistas políticos, nunca han pretendido serlo. 

    Que recuerde, yo nunca he visto que el propio Chumel se asuma como tal. Esa es una etiqueta que muchos de los consumidores de sus contenidos (y algunos de sus detractores) le han puesto. En Twitter repiten: ¡Chumel no es un analista político! ¡No se dejen engañar! 

    Pero no es lo mismo un analista político que un comediante político. El primero hace un análisis riguroso sobre el acontecer político y el otro hace comedia ¿entienden la diferencia? El primero está leyendo a Norberto Bobbio, a John Rawls, Isaiah Berlin, libros de la Historia de México; el segundo está preocupado por los sketches, por los chistes que hagan reír al público. 

    El «desliz» de Chumel Torres, quien aseveró que Karl Marx separó a la Iglesia del Estado, soltó más de una carcajada a uno. Evidentemente, Chumel sabe más bien muy poco de Karl Marx y sus conocimientos de teoría política son muy básicos o casi nulos. Lo que me sorprende es que la gente se sorprenda demasiado y utilice su error para evidenciar algo que el propio comediante nunca negó: que Chumel Torres no es un analista político, que no es un politólogo ni es experto en la materia. 

    El pobre tipo se dedica a hacer comedia, y para que todo el proyecto salga bien, tiene en su equipo a gente que sabe mucho más de política que él: ellos se encargan de preparar los contenidos y hacer los análisis. Esto es muy evidente, porque se nota cuando Chumel los tiene como respaldo y cuando no (como cuando se pone a tuitear). 

    Que Chumel sea un ignorante de la teoría política no es algo que debería sorprender, ni siquiera necesita ser un erudito en el tema para lo que hace. Lo que me preocupa es que haya quien vea a Chumel como un medio de análisis y sea él, o Callodehacha (aunque este sí llega a pretender que es un analista político) a quien consideren como una de las principales voces en materia de política. Lo que Chumel hace son contenidos para hacer reír, que sí, pueden servir para enterarse, de paso y de forma superficial, sobre lo que está aconteciendo en el país. Lo que hace es eso, él nunca ha pretendido es otra cosa. 

    A mí no me preocupa Chumel, a mí me preocupa que mucha gente no vaya más allá de estos perfiles para informarse y generar opinión. Me preocupan que no puedan poner a un comediante en su justa medida y le den atribuciones que no tiene y que ni siquiera ha pretendido tener. Me preocupa que solo a través de la comedia se informen y sean menos capaces de consultar fuentes primarias y llegar a conclusiones por sí mismos.

    Así es el nivel de consumo de contenidos en nuestro país, en el que la comedia genera en muchos más opinión pública que los medios más serios; en el que los usuarios están acostumbrados a leer los cabezales de las columnas y poco más. Y luego por qué ocurre lo que ocurre. 

    Me pregunto si la «mayoría de la raza» en Twitter tiene más conocimientos sobre Marx y el Estado laico que el propio Chumel. Tal vez la respuesta no llegue a ser muy halagadora. 

  • El Estado soy yo

    El Estado soy yo

    El Estado soy yo

    En las elecciones que acaban de pasar la mayoría de los jaliscienses votaron por Enrique Alfaro como Gobernador de Jalisco. Una de las motivaciones de mi voto fue que no llegara Carlos Lomelí, el candidato de MORENA, quien tiene una larga cola que me pisen. Me preguntaba cómo es que López Obrador, quien dice que acabará con la corrupción y llevará a cabo la «cuarta transformación», había postulado a un personaje tan oscuro como él.

    El electorado jalisciense había hablado: Enrique Alfaro había ganado la gobernatura, hasta ahí todo bien.

    Pero luego resultó que Carlos Lomelí se convertiría en una suerte de «gobernador paralelo» que tendría acceso al presupuesto federal. Tendrá un poder tal que ya se puso a prometer la cuarta línea del Tren Ligero

    ¿Entonces de qué sirvió que yo votara por Enrique Alfaro si su gobernatura va a estar muy acotada por «coordinador estatal»? ¿No es esa una afrenta en contra de la voluntad de nosotros los electores que expresamos nuestra voluntad en las urnas? 

    Uno de los argumentos para el establecimiento de estos coordinadores estatales es evitar que los gobernadores se comporten como caciques, tales como los Duarte o Padrés. La idea es que el gobierno de López Obrador tenga mayor control sobre los gobernadores y, a la vez, que pueda implementar sus políticas dentro de la gran mayoría de los estados en donde MORENA tendrá la mayoría de los congresos locales. Presidencialismo duro y puro. 

    Pero una cosa es acotar los excesos de los gobernadores y otra cosa es amarrarlos de las manos para que el Gobierno Federal pueda tener una gran injerencia sobre los estados. Muchos de los gobernadores se convertirán en meros accesorios quienes estarán condenados a tener un margen de maniobra muy limitado y los cuales no se podrán distanciar mucho de la voluntad que se dicte «desde el centro». De por sí, Enrique Alfaro, quien tendrá mayoría en el Congreso local, ya tendrá problemas al tener a Carlos Lomelí de contraparte (junto con su acceso al presupuesto federal); los que ni siquiera cuenten con eso se convertirán en suerte de gobernadores presenciales o simbólicos.

    Si bien, algo tenía que hacerse para evitar los cacicazgos locales que surgieron a partir del fin del partido hegemónico, me parece incluso un tanto peligroso que el Gobierno Federal vaya a poder concentrar tanto poder al punto de decir qué es lo que se hace y qué es lo que no se hace en la mayoría de los estados. Pero peor aún, eso es una afrenta contra la voluntad de los electores quienes eligieron a un gobernador que, en algunos casos, terminará teniendo un papel meramente presencial, donde estará muy acotado por un Congreso al servicio del Presidente López Obrador. 

    Es paradójico que mientras que AMLO habla de descentralizar las secretarías esté haciendo lo contrario con el poder político, lo cual le quita una gran cantidad de soberanía a los estados, y lo que puede representar un retroceso de muchas décadas en un país al cual le ha costado mucho trabajo crear un sistema de gobierno realmente federativo.

    López Obrador quiere resolver los problemas que aquejan al país como aprendió y como bien sabe: por medio de una forma de hacer política que ya había quedado anclada en el pasado, donde el Presidente maneja todos los hilos del poder desde el centro, donde se considera a la autonomía como una forma de perversión del poder.  

    Y el primer paso para ello fue no respetar la voluntad de nosotros los ciudadanos en las urnas, ya que nuestro voto amenaza en convertirse como algo meramente simbólico.

  • Juntos haremos histeria con el fideicomiso 19S

    Juntos haremos histeria con el fideicomiso 19S

    Juntos haremos histeria con el fideicomiso

    La mayoría de los que votaron por López Obrador lo hicieron porque «estaban hasta la madre de la corrupción del PRI». 

    Apenas, dos semanas después del triunfo del tabasqueño, el escenario más optimista es que MORENA creó un fideicomiso cuyos recursos efectivamente fueron a parar a los damnificados y que la motivación de AMLO y los suyos fue genuina y no electorera. Pero incluso, en ese escenario más optimista, ya estamos hablando de una ilegalidad ya que los partidos no pueden darse a la tarea de «donar dinero y recursos» con aportaciones privadas.

    Y ese es el escenario optimista; los otros escenarios, los más «pesimistas», son muy plausibles: por ejemplo, el 84% de quienes «aportaron» ese dinero eran legisladores de MORENA. Aquí se pone más raro el asunto. Leonardo Nuñez de «Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad A.C.» menciona que esos recursos se depositaron en efectivo y que lo hacían en varias ocasiones. Esta no es una «inferencia» del INE, está documentado en las grabaciones de los propios bancos. 

    Tal vez no se pueda determinar categóricamente que hubo algún fraude, pero la intensidad del olor crece cuando, en vez de aclarar a donde fueron a parar todos esos recursos y cómo se usaron, López Obrador sale a descalificar al INE y decir que se trata de una venganza, un complot. 

    Yo esperaría de un gobierno que en campaña enarboló la bandera anticorrupción que fuera totalmente respetuoso con las instituciones, las leyes y las normas, ya que ello es condición necesaria para el combate a la corrupción. En el ámbito político, la corrupción es, valga la redundancia, corromper el normal funcionamiento de las leyes y las instituciones con el fin de obtener un beneficio, incluso aquellas «cosas buenas que parecen malas». 

    En el escenario más optimista, el mensaje que MORENA manda es que «no importa si torcemos la ley para hacer cosas que nosotros consideramos buenas o nobles», que la cuarta transformación no es un México donde las instituciones y las leyes funcionen y sirvan a los intereses del pueblo y la nación, sino uno donde una cúpula política pueda gobernar a discrecionalidad y en el cual ellos, y no las leyes, sean quienes determinen qué es bueno, qué es justo, y qué es lo injusto y lo malo, lo cual estará necesariamente acomodado a sus intereses.

    Aunque las intenciones fueren buenas, la poca disposición a apegarse a la ley y la opacidad es la antesala para que un gobierno determinado entre dentro de una espiral de corrupción dado que no habrá contrapesos que controlen sus pulsiones. 

    Y ese es el escenario más optimista, el escenario del que hablan sus correligionarios y que defienden (aunque omiten que aún en dicho escenario hay una ilegalidad). El escenario pesimista, el cual dice que sí hubo un fraude y un mal uso de los fondos, es dilapidario; porque incluso sin haber llegado a la presidencia, la legitimidad que tenía AMLO en este sentido se habría deshecho (claro, menos dentro de la psique de los ceorreligionarios más fervientes). 

    Es paradójico también que dentro de los 50 puntos de austeridad se haya propuesto lo siguiente:

    “Se cancelarán fideicomisos o cualquier otro mecanismo utilizado para ocultar fondos públicos y evadir la legalidad y la transparencia”.

    Muchos de los puntos propuestos son positivos e incluso, en su mayoría, fueron reconocidos por algunos líderes de organizaciones civiles involucrados en estos temas. Pero ¿cómo confiar en que se van a implementar de buena forma si ellos mismos se contradicen entre su actuar y lo que proponen? 

    Estoy seguro que si este escándalo hubiera ocurrido dentro del PRI, la actitud de muchos de los que ahora defienden a MORENA e incluso están solicitando «coperacha» para pagar la multa, sería categórica e implacable. 

    Si dicen que es una «venganza» de los partidos o del INE, simplemente que comprueben cómo usaron el dinero. Y aún así lo que hicieron es una ilegalidad, no importa que AMLO haya donado regalías de su libro para los damnificados a través de ese fideicomiso. 

    Y todavía no comienzan a gobernar. 

  • Luis Miguel, la serie que te dejó babeando frente al televisor, en cinco escenas

    Luis Miguel, la serie que te dejó babeando frente al televisor, en cinco escenas

    Escena 1: ¿Por qué pegó tanto esta madre?

    Nunca, desde antes de llegar a los 20 años (esa época en la que muchos de los millennials no habían ni nacido o estaban lo suficientemente pequeños como para comprender la realidad) había visto algún programa del cual toda la gente hubiera estado tan al pendiente. Esa época en que el final de la telenovela o el noticiero de Jacobo se volvía un tema de conversación obligatoria.  

    Con la llegada del cable, pero sobre todo, del Internet, ese fenómeno se comenzó a diluir. Es hasta extraño escuchar gente en la calle hablando de «lo que pasó en la novela» cuando antes era tema de conversación nacional. Las opciones de consumo son tan variadas y de nicho en muchos casos que ya es extraño que eso ocurra, pero ocurrió, sí, con Luis Miguel.

    El domingo se convirtió en el «domingo de Luismi» incluso en el día de las elecciones. 

    Lo que más me llama la atención de todo es el hype que esta serie tiene dentro de las nuevas generaciones. Si Luismi quería relanzar su carrera después de todos los eventos penosos del año pasado, creo que lo logró y de paso se ganó a un público nuevo. 

    Me es difícil entender por qué ocurrió eso, los mismos productores no se esperaban que la serie, que cuenta la historia (de forma dramatizada y mezclando la realidad con cierta dosis de ficción), tuviera tanto éxito. No sé si fue el personaje de Luisito Rey, que caía tan mal pero que hacía reír con su lenguaje grosero tan lleno de clichés y muletillas que ya se repiten en las conversaciones cotidianas. 

    Escena 2: Lo que ves no es siempre lo que es

    La vida es más aburrida de lo que se proyecta en las cámaras. Estoy seguro de que muchas personas se fueron con la finta de que la vida del cantante ha sido una montaña rusa de emociones. La realidad es que, para que una serie tenga éxito, los escritores y productores tienen que dramatizar la historia de tal forma que tengan al espectador frente a la televisión. Si narraran la vida tal como fue, la gran mayoría ni se hubiera molestado en terminar de ver el primer capítulo. 

    Los propios escritores afirman que la historia no solo está dramatizada, sino que con la realidad se han mezclado algunas ficciones, como un cadete que nunca existió pero que sirvió de argumento central para un capítulo de la serie. La serie no es una biografía en el sentido estricto, sino una dramatización que toma como base la historia del cantante (tomando como referencia libros y hasta revistas de chismes con todo lo que eso implica) y que tiene como fin entretener. 

    Escena 3: La burbuja social

    Hay algo que me llama la atención sobremanera de esa serie. Dentro de la época que abarca (de inicio de los ochenta a inicios de los noventa) ocurrieron muchas cosas en nuestro país que cimbraron a la sociedad: crisis económicas, terremotos y hasta fraudes electorales. El México de ese entonces era menos libre aunque más seguro y se vivía bajo el régimen unipartidista que incluso se trasladaba a la música con la hegemonía de Raúl Velasco, quien tenía la autoridad para decir cuál artista tenía éxito y cuál no. Pero pareciera que eso no tuvo ningún impacto en la vida del cantante. Él estaba más preocupado por las deudas con Hacienda producto de los malos manejos de su padre o de la chica o los amigos que iba a invitar a su casa. 

    No me parece que sea un tema de insensibilidad por parte del cantante, sino más bien propio de algunos sectores sociales del país que parecen vivir ajenos al país mismo. Una cosa era el Luis Miguel, el de las pachangas con sus amigos de dinero que se iban al Baby’O; otra cosa era el México que todos vivíamos. 

    Mientras el país estallaba, él estaba en su casa de Acapulco preocupado por sus problemas. Lo mismo ocurría con la gente que lo rodeaba. Parecía haber una desconexión total con lo que acontecía en nuestro país. No sé si esa haya sido una actitud del cantante o algo característico dentro de sus círculos sociales, o fue algo que omitieron los escritores y que en realidad Luis Miguel sí haya estado al pendiente de eso, aunque este video es un tanto revelador:

    https://www.youtube.com/watch?v=e4HAjs8njkA

    Escena 4: Ese mal necesario llamado Luisito Rey

    La vida es un tanto caprichosa. El «papá de Luismi» se convirtió en una suerte de villano público, pero técnicamente sin su presencia Luis Miguel no hubiera existido. Él fue quien, de alguna u otra manera, impulsó su carrera. El padre, que dentro de un innegable talento escondía una personalidad fría, insensible misógina, violenta y superficial, se convirtió en un mal necesario para su carrera profesional. Y más lo será si es que su personaje de la serie es el que la ha llevado al éxito. 

    Una de las escenas que cimbraron más al público fue aquella donde Luis Miguel tuvo que elegir entre su padre y su madre. Hizo lo primero, pero si hubiera hecho lo segundo, muy probablemente no existiría la serie y Luismi hubiera quedado condenado a ser un artista infantil y nada más. Era, en ese entonces, demasiado chico para manejar su carrera, para lo cual necesitaba la tutoría de sus padres (a lo cual, su padre seguramente se habría negado) en tanto no cumpliera los 18 años de edad. 

    Escena 5: La ironía política

    Dentro de la película hay una ironía que puede resultar un tanto grosera. Sofía Rivera, la hijastra de Enrique Peña Nieto, interpreta a la hija de José López Portillo, en donde se retrata la forma de hacer política de esa época. Una hija de un Presidente que será juzgado sumariamente por la historia interpretando a otra cuyo padre ya fue juzgado por esta. Habría que preguntarnos si esa «coincidencia» lleva implícita esa otra coincidencia donde esas formas no se han ido del todo de la política mexicana, donde si el puesto político o la influencia importa más que el talento para llegar a «lo más alto». 

    También es llamativo que, a pesar del incuestionable talento de Luis Miguel, la cercanía con el poder político fue trascendental para que Luis Miguel fuera quien es hoy. Los «favores» al Negro Durazo para que Luis Miguel pudiera cantar frente al Presidente, la relación con una industria musical prácticamente cooptada por Raúl Velasco. Tal vez no estuvo en el presupuesto, pero estuvo lo suficientemente cerca de él para no estar en el error.  

    Escena extra: Recuérdalo, es una serie

    Y muchos se molestaron por la conclusión de la serie, pero ¿qué no todas las series terminan así a menos de que se trate de la última temporada? ¿Dejándote en suspenso? 

  • La insoportable levedad de imaginarse cosas chingonas

    La insoportable levedad de imaginarse cosas chingonas

    La insoportable levedad de imaginarse cosas chingonas

    La frase de «imaginemos cosas chingonas» se convirtió en el lema del aficionado mexicano en el Mundial de Rusia 2018, así como en 1998 fue el «sí se puede» y en 2014 el «no era penal». Esa fue la frase que marcó a los aficionados que vieron un desempeño un tanto mediocre de su selección en el mundial.

    La frase se originó de una entrevista del Chicharito con el comentarista deportivo David Faitelson quien le dijo que México no está para campeón del mundo. El Chicharito reviró diciendo que por qué no podíamos ser la «Grecia de le Eurocopa» o el «Leicester City». El video comenzó a rolar en las redes como si se tratara de un discurso motivacional: el «imaginemos cosas chingonas» traslapó por un momento la psique del aficionado quien comenzó a usar la frase para aludir a una supuesta actitud positiva.

    El tiempo le daría la razón a David Faitelson, cuyo único error fue asegurar que Alemania tenía asegurado el grupo. A pesar de un partido inicial esperanzador donde la selección venció a Alemania y que incluso a mí me generó algunas ilusiones (donde se combinó un muy buen partido de la selección con un mal partido de la escuadra teutona), México tuvo un desempeño más bien mediocre donde no pudo ni siquiera meter las manos con Suecia y Brasil.

    Por alguna razón, los mexicanos estamos muy acostumbrados a recurrir a frases, clichés, e incluso a música motivacional como bandera para tratar de salir adelante. Cuestionar su uso o su contenido significa, para muchos, una actitud negativa hacia la vida: soñar es positivo, despertarse del sueño es algo negativo. La crítica se confunde con el pesimismo porque muchos no desean ser despertados de su letargo, de su ilusión que tiene como vigencia el día en el cual se van a topar con la realidad: déjenos soñar mientras dure. 

    Así me ocurrió cuando aseguré que México tenía muy escasas posibilidades de pasar los cuartos de final; dijeron que era muy pesimista, que estaba transmitiendo pesimismo, que qué estaba pasando con mi «actitud hacia la vida». La realidad es que había pocos elementos para asegurar que México llegaría a tales instancias e incluso los pronósticos más serios del mundo coincidían con el pronóstico que hacíamos muchos. 

    Nos gusta «imaginarnos cosas chingonas» porque es muy fácil, no requiere nada de esfuerzo ni sacrificio. Basta cerrar los ojos y visualizar a los jugadores festejando por su pase a semifinales. Es sano que el individuo tenga sueños o que se imagine un futuro promisorio y tal vez hasta cierto punto sea una condición casi a priori al trabajo que debemos desempeñar para que eso suceda, pero otra cosa es quedarse empotrado en esos sueños como si el mero hecho de soñar fuera transformador. 

    Tal vez esa sea una de las razones por las cuales los aficionados mexicanos sean de los que más llenan estadios en los mundiales (a pesar de la lejanía del país sede), los que hacen más ruido y algarabía. Pero en realidad no parece haber una correlación tan clara entre la candidez del aficionado y el desempeño de la selección que vaya más allá de la motivación que el jugador pueda tener en el momento. En 2010, los franceses le dieron la espalda a su selección por su mediocre desempeño (en el cual fue vencido por nuestra selección dos a cero) pero a partir de ahí comenzaron a crecer hasta al punto de llegar a la final de la Eurocopa y ganar el Mundial que acaba de pasar. México, entretanto, con su afición siempre jubilosa e incondicional, se mantiene estancado en la medianía.

    El mexicano se postró en su eterna esperanza. Francia, en cambio, diseñó una estrategia metódica y bien planificada aprovechando la inmigración de africanos a su nación. No es que no hayan soñado, tuvo que haber algo de ilusión y sueños que antecedieron la construcción de la estrategia, pero supieron pasar del sueño a la acción antes de estancarse en su letargo. 

    El mero hecho de soñar no es transformador, soñar sirve como una suerte de agente motivador para realizar una acción ya que el individuo puede imaginarse logrando la meta a la que quiere llegar y de esa forma se motiva a llevar a cabo dicha acción. Menos un aficionado puede acusar a otro de «no soñar tanto» dado que sus acciones ni siquiera influyen en el desempeño de su amada selección y se reducen tan sólo a un sentimiento emocional: si es improbable ver a mi selección en las alturas, mejor «imaginemos cosas chingonas». 

    Si no hay una estrategia o un método de por medio, el sueño se vuelve inocuo porque tan sólo termina motivando a soñar más en vez de tomar acción. Así es como llega el aficionado mexicano cada cuatro años a soñar, ni siquiera exige, ante el desencanto, a la Federación o a los hombres de pantalón que diseñen mejores estrategias o que limpien las instituciones del futbol de corrupción, el sueño se esfuma y se esfuma todo, el interés inclusive. 

    Tal vez hace falta pintarse menos la cara color esperanza y sentarse más veces en un escritorio para comenzar a planificar una estrategia o un método. Tal vez a nosotros los mexicanos nos hace falta más aprender a postergar el «sentimiento bonito» y trabajar en aquello que es aburrido y requiere sacrificio para obtener mejores resultados (independientemente si se trata de futbol o de lo que sea). 

    https://www.youtube.com/watch?v=y2PeG9OLL9A

  • Peje Todopoderoso

    Peje Todopoderoso

    Peje Todopoderoso

    Se dice constantemente que el poder corrompe al ser humano.

    Yo no creo que sea así, aunque lo parezca. El poder más bien tiende a mostrar al ser humano tal cual es ya que le da el permiso de hacer cosas que en otras circunstancias no se atrevería o no podría hacer. 

    Un dictador se vuelve tal gracias, en cierta medida, a la ausencia de contrapesos que le permiten usar el poder de forma indiscriminada. Antes no era un dictador en acto, pero sí lo era en potencia. No es que antes fuera bueno y lo haya dejado de ser, sino que, al adquirir el poder, adquirió también el permiso de ser quien es.

    La ausencia de contrapesos le permite al individuo exponer su ser sin restricciones o limitaciones. Los contrapesos aminoran y contienen los riesgos que implican que el sujeto tenga el permiso de expresar lo peor de su ser y que esto se convierta en políticas públicas irresponsables o en la restricción de derechos humanos. Pero esto no implica necesariamente que un individuo se vaya a convertir en un dictador o en un déspota. Si el individuo es bienintencionado posiblemente logre lo opuesto, que utilice el excesivo poder que ostenta en beneficio de los gobernados y para hacer los cambios que un país con contrapesos no le permitiría. Los contrapesos también pueden llegar a ser cínicos y estorbar (basta recordar al PRI en los sexenios de Fox y Felipe Calderón) en vez de acotar los impulsos autoritarios. 

    La historia nos muestra que la acumulación excesiva de poder tiende al despotismo pero también nos narra casos de figuras que aprovecharon su posición para transformar la nación de la que estaban a cargo y llevar a cabo cambios que, en otras circunstancias, no se hubieran podido llevar a cabo.

    Si bien López Obrador no tendrá un poder absoluto, sí ostentará más poder que cualquier otro presidente dentro de la era democrática de nuestro país. AMLO tendrá mayoria absoluta en las cámaras (aunque no la mayoría calificada para hacer cambios a la constitución). Él lo sabe, todos lo saben, y las estructuras políticas ya se han comenzado a reconfigurar frente a esta nueva realidad. 

    Es evidente que López Obrador quiere llevar a cabo transformaciones para reformar este país de acuerdo a su peculiar visión, y para eso busca adquirir un mayor control. De esa forma, él piensa que logrará implementar sus medidas (algunas de ellas loables) de esa forma. Su meta es acabar con la corrupción y reducir la desigualdad. A diferencia del político de izquierdas promedio, él propone un plan de austeridad para recortar gastos dentro del gobierno, y espera que dicho plan se replique en toda la República Mexicana. En ese sentido van los súper-delegados o los «virreyes todopoderosos» como los llama Jorge Zepeda Patterson, y que fungirán como una suerte de «gobernadores en paralelo» con el fin de poder concentrar más poder en el centro y evitar la propia concentración de poder que los gobernadores ejercieron y que permitieron el surgimiento de figuras como Javier Duarte.

    López Obrador pretende hace una reingeniería de gran calado. La duda que muchos tenemos es si esta va a llegar a buen puerto. En el mejor escenario reformará la estructura política mexicana de tal forma que logre dar un paso al hacia delante en el propósito de crear ese México más justo y con instituciones más fuertes, necesidades que no han sido satisfechas en el México moderno. Pero el peor escenario es uno donde el gobierno de López Obrador termine haciendo lo opuesto, que es básicamente lacerar o destruir la vida institucional del país y someta la estructura política a sus caprichos. 

    Habrá que preguntarnos también el papel que los contrapesos existentes jugarán. No serán muy grandes, pero AMLO tampoco tendrá una ausencia absoluta de contrapesos. Por un lado está el poder político de la oposición que no le permite cruzar por sí solo el límite de la mayoría calificada para reformar la constitución: ¿es pequeña? ¿Es débil? Sí, pero ahí está. También está el creciente contrapeso de la sociedad civil, las cámaras empresariales, los medios de comunicación y organismos de otro tipo.  

    Es difícil vaticinar a qué escenario se parecerá más su gobierno. Por un lado, es indudable que López Obrador tiene una sincera intención de pasar a la historia como alguien que transformó al país; no es alguien que parezca haber llegado al poder para enriquecerse. Pero por otro lado tenemos a un López Obrador al que le cuesta trabajo escuchar las voces que disienten, que hace juicios de valor ante las críticas de los columnistas (a los que llama fifís) y que tiene un discurso polarizante. La postura que ha mantenido tras su victoria tiende a parecerse un poco más al primer escenario pero es muy pronto para vaticinar que así será su gobierno.

    Y es muy pronto porque un presidente se desempeña de acuerdo al cambiante entorno que se le presenta al llegar al poder y cuya postura debe modificarse a través del tiempo. No sabemos si esa temporal luna de miel con los empresarios se mantendrá por un tiempo o se quebrará a la primera. No sabemos bien a bien siquiera cómo se van a mover las cosas dentro de su propio partido. No sabemos qué decisiones tomará cuando, por poner un hipotético ejemplo, vea que la política de austeridad no es suficiente para llevar a cabo los programas sociales que prometió: ¿sacrificará algunas de sus propuestas o endeudará al país pensando más en el corto plazo? Ni siquiera su Jefatura de Gobierno es referencia dado que era el Congreso el que le aprobaba las partidas presupuestales. 

    Solo el tiempo nos dirá qué consecuencias (positivas o negativas) tendrá la presencia de un «Peje todopoderoso» en la silla presidencial. Tal vez tendrán que pasar unos años para que podamos hacer el veredicto. Lo cierto es que AMLO tiene el suficiente poder como para no tener excusas, los resultados de su gobierno recaerán sobre él y casi sobre nadie más.