Autor: Cerebro

  • Quiúbole con el neoliberalismo

    Quiúbole con el neoliberalismo

    ¿Qué es el neoliberalismo? Han pasado como 20 años desde que escuché ese neologismo y todavía no sé a ciencia cierta qué significa.

    Hace algunos años lo llegué a usar (lo cual pueden ver en el historial de mi blog) pero terminé rehusándome a ello ya desde hace algunos años porque, con el tiempo, me di cuenta que este término terminaba siendo más bien uno muy ambiguo utilizado de forma peyorativa que buscaba hacer crítica de posturas o políticas económicas que no necesariamente terminan siendo muy parecidas entre sí.

    Por la composición de esa palabreja podría asumir que se trata de una reedición del liberalismo, pero ¿qué liberalismo? ¿el liberalismo clásico que defiende una intervención mínima del Estado? ¿Adam Smith, John Locke? ¿Friedrich Hayek, Milton Friedman? En la práctica es muy raro encontrar naciones con Estados que gasten muy poco y todos los países desarrollados, en mayor o menor medida, tienen un Estado de bienestar.

    Algunos definen al neoliberalismo como la teoría monetaria que sustituyó a la keynesiana a finales de los 70 y a la cual se le relaciona con Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Otros dicen que tiene que ver con el Consenso de Washington. En realidad, nadie se termina por poner de acuerdo.

    Hasta ahí podríamos darnos una idea por donde podría ir la definición de esa palabra que no podemos terminar de definir. Pareciera ser un término no muy preciso para referirse a la liberalización económica, la privatización de empresas estatales, y a los shocks económicos producto de la implementación de esas políticas.

    Pero después la cosa se pone más confusa, porque luego nos podemos encontrar a quienes tildan de «neoliberales» a políticas que en realidad son keynesianas. Que si el gobierno va a construir obras por encima de una selva para fomentar el turismo o fortalecer el mercado interno (excepto cuando un gobierno de izquierda sea el que lo haga). Basta con que la iniciativa privada tenga participación en esas obras para tildarla de «política neoliberal».

    López Obrador, por su parte, tiene una definición muy particular que no pocos le han comprado: según él el neoliberalismo es más bien el capitalismo de cuates, al contubernio entre el servicio público y la iniciativa privada. No sabemos si seguirá llamando neoliberalismo a un régimen de mercado donde el Estado esté separado de la iniciativa privada (como en algún momento incluso llegó a proponer), porque si apelamos a las primeras definiciones que expliqué, entonces eso sería mucho más neoliberal que lo que él refiere actualmente como neoliberal. Su definición, a su vez, rompe de forma contundente con las definiciones anteriores que relacionaban al «neoliberalismo» con un Estado mínimo, ya que para que haya un capitalismo de cuates, se necesita un Estado lo suficientemente obeso y poderoso.

    Pero luego se pone peor, la CNTE y el EZLN, a su vez, definen a López Obrador como un «neoliberal». Para la extrema izquierda, cualquier política que tenga relación alguna con el mercado es «neoliberal». No sé ustedes, pero a estas alturas tenemos un concepto tan vago que casi puede llegar a ser cualquier cosa. El neoliberalismo se convierte en un término meramente ideológico que busca servir a una postura ideológica (para atacar a otra u otras) más que una definición precisa de una doctrina económica.

    Este debería ser un dilema que los socialistas que escriben sobre el consumismo y la alienación producto del neoliberalismo en un iPhone XS dentro de un Starbucks tendrían que resolver. Pero dado que se trata de un arma ideológica más que otra cosa, ellos seguirán siempre muy cómodos con el término.

    Mientras tanto, me negaré a utilizar esa palabra tan ambigua que se usa más bien de forma peyorativa para señalar políticas o posturas que son disimiles entre sí. Cuando critique a aquello que algunos cataloguen como «neoliberalismo» apelaré, por honestidad intelectual, a su definición correcta: ya sea el liberalismo, el libertarismo o cualquier política de corte capitalista.

  • ¿Qué tan de izquierda es AMLO?

    ¿Qué tan de izquierda es AMLO?

    ¿Qué tan de izquierda es AMLO?
    Fotografía: Fan Page oficial de Andrés Manuel López Obrador

    Cuando afirmo que López Obrador no ha comenzado bien su gobierno, hay quienes me afirman que esa es la característica de las «izquierdas radicales». Así, equiparan a López Obrador con Chávez, Castro y demás caudillos. Me dicen: «así empezó Chávez», esta es la «cubanización de México».

    Naturalmente estas personas están haciendo un análisis muy superficial, maniqueo y lleno de sesgos de confirmación.

    La realidad es que ideológicamente López Obrador es una persona moderada si atendemos a la dicotomía «derecha – izquierda». Hay quienes dicen que lo podríamos ubicar en el centro político (lo cual no me suena muy descabellado). La presunta radicalidad no es el problema de López Obrador, el problema es otro.

    Evidentemente AMLO tiene algunos rasgos que sí podrían catalogarse como de izquierda, pero también demasiadas razones como para no colocar a López Obrador dentro de la izquierda radical e incluso podemos ver rasgos que hasta podrían ser categorizados como «de derecha»: el hecho de que busque un gobierno austero (incluso al punto de adelgazar al Estado eliminando puestos competentes) choca mucho con esa izquierda dura que muchos le achacan. Su ambición de recuperar la rectoría del Estado es, digamos, muy mesurada. Aunque la relación con los empresarios no es necesariamente la más tersa, tampoco es como que exista un conflicto frontal con todo el empresariado e incluso tiene, como cualquier gobierno, a sus empresarios favoritos y uno de ellos (Salinas Pliego) está completamente involucrado en la logística de algunos de sus programas sociales a través de «Banco Azteca».

    El Estado benefactor (welfare) que propone tampoco es demasiado ambicioso, y nada diferente podríamos decir de su postura displicente ante temas ecológicos y medioambientales que tanto abraza la izquierda.

    En lo social tampoco vemos un gobierno que sea demasiado de izquierdas. En algún momento puede dejar subir al estrado a una persona de la comunidad LGBT porque sabe que parte de sus bases son liberales en lo social y atentar contra los derechos recientemente ganados podría ser un riesgo para él, pero también podemos observar rasgos que incluso podrían catalogarse como de «derecha». Promover una cartilla moral o apelar a valores cristianos constantemente e incluso a pasajes de la Biblia generarían mucha indignación dentro del progresismo si algún gobierno del PAN se hubiera atrevido. Recortar presupuesto a las guarderías y estancias infantiles, que son necesarias para la mujer que trabaja, tampoco es algo muy «progre». ¿Y qué decir de la Guardia Nacional?

    Muchos le criticamos a AMLO la excesiva improvisación en la que ha caído este gobierno tan deseoso de hacer grandes transformaciones en poco tiempo. Pero esos errores difícilmente pueden ser atribuibles a cuestiones ideológicas. Combatir la corrupción, ese mantra que tanto se ha repetido, y que ha ejecutado de forma tan torpe, no es propio de una postura ideológica y puede ser abrazado desde la izquierda hasta la derecha. El combate al huachicoleo que tantas molestias ha generado entre los automovilistas no es algo «de izquierda o de derecha». Cancelar el aeropuerto, por más absurdo que nos parezca a algunos, no es algo que tenga una fuerte connotación ideológica.

    Pero que no sea un izquierdista radical no significa que López Obrador no sea un demagogo o no sea un nacionalista. Si prescindiéramos de la dicotomía entre «izquierda – derecha» y utilizáramos el de «globalista – nacionalista», podríamos explicar de mejor forma el fenómeno López Obrador y por qué causa tanto resquemor. Utilizando esta dicotomía tal vez sí se podrían encontrar más similitudes con Maduro, pero también podríamos encontrar más similitudes entre él y Trump, que entre él y Pedro Sánchez, Presidente de España e izquierdista del PSOE a quien le dio un paseo en su Jetta cuando visitó nuestro país.

    La preocupación de AMLO no es su carácter de izquierdista radical, en esa faceta sí se perciben diferencias considerables incluso con la izquierda de Maduro. La preocupación estriba en su condición de populista donde, al igual que sus símiles como Trump o Viktor Orban, muestran desprecio por el orden institucional, por los contrapesos e incluso la prensa (que al igual que Trump, aunque no la censura, sí la ataca constantemente). AMLO puede descalificar sin ningún empacho a calificadoras foráneas como Fitch, pero de igual forma Trump puede hacer lo mismo con cualquier institución global.

    Sin importar si es un izquierdista o derechista, este desprecio por el orden institucional siempre va a conllevar un riesgo político y tal vez hasta económico. Y a diferencia de Trump (a quien considero todavía más demagogo que AMLO), donde existen los contrapesos institucionales para inhibir sus pulsiones autoritarias, en México tenemos a un López Obrador con unas instituciones más endebles, con mayoría en las cámaras y con una oposición tanto política como civil casi inexistente. Si bien, yo no creo que su régimen se vaya a convertir en una dictadura como sus más férreos detractores afirman, sí veo algunos riesgos que puedan traducirse en algunos retrocesos e inestabilidad, sobre todo producto de la improvisación de su gobierno y su constante desprecio a la técnica en algunos rubros.

    Por todo esto, cuando me dicen «por fin llegó a un izquierdista al poder», yo les pediría que matizaran un poco su afirmación. Se me hace muy complicado mostrar a AMLO como la más precisa manifestación de lo que una izquierda es.

  • Después de la partidocracia

    Después de la partidocracia

    Ahora es el momento ideal para construir nuevos partidos políticos.

    Ante una oposición al régimen actual que se encuentra huerfana y no está representada (ya que lo que quedó de la partidocracia está completamente deslegitimada), es imperativo que surjan movimientos nuevos que abarquen el espectro político y acaparen ese vacío que ha quedado y que indudablemente deberá llenarse.

    Dentro de las organizaciones que ya se registraron ante el INE con el fin de lograr registrarse como partidos podemos encontrar algunas con posturas extremas u ortodoxas como «Movimiento Imperialista», «México Blanco», o «Frente Anticapitalista de los Trabajadores».

    Pero entre las opciones más fuertes y que, a pesar de sus diferencias ideológicas, pueden insertarse dentro del liberalismo democrático, se encuentran, a mi parecer, las siguientes.

    1) Futuro: Este sería el partido de Kuma y los wikis (aunque empezarán a hacerlo localmente). Aunque hay quienes los han llegado a criticar por no definirse ideológicamente y han aspirado a ser un proyecto transversal que supere la dicotomía izquierda-derecha, podríamos ubicarlos cerca de la «centro-izquierda» o socialdemocracia. Pero presenta diferencias sustanciales al lopezobradorismo: como una mayor convicción por la defensa de los valores liberales entre los que se encuentran la libertad de expresión y participación ciudadana, un distanciamiento del nacionalismo heredado del PRI así como del caudillismo que pretende estar por encima de las instituciones y el Estado del derecho.

    2) Cambiemos: Este sería el partido de Gabriel Quadri, quien posiblemente busque crearlo para lanzarse a la presidencia. Quadri, quien adquirió popularidad en las elecciones de 2012 como el outsider que aprovechó los reflectores para promover sus ideales liberales, tiene una propuesta liberal pura que enfatiza en las libertades tanto económicas como sociales. Busca un Estado pequeño pero eficiente, una economía de mercado y también libertades sociales como la legalización de la mariguana, el matrimonio igualitario, así como la protección del medio ambiente. Ciertamente ha sido cuestionado por algunas posturas y comentarios elitistas en las redes sociales.

    3) México Libre: Este sería el partido de Margarita Zavala. Su nombre es algo engañoso ya que si bien se puede enmarcar dentro de la democracia liberal, se trata, al final, de un partido conservador que apuesta por la libertad económica, pero no así en el terreno de lo social. Básicamente sería una continuación del PAN calderonista (el que gobernó de 2006 a 2012), pero bajo nuevo nombre y nuevos colores que tendrá el objetivo de llevar a Margarita Zavala a la presidencia en 2024.

    Las dos primeras opciones se me hacen interesantes y creo que podrían representar una superación de la política tradicional ya que sus propuestas ideológicas marcan cierta diferencia con respecto de lo que hemos visto dentro de la política tradicional. México Libre es prácticamente una reedición del PAN y el hecho de que ya haya juntado las firmas que necesitan (pero en contra en change.org) dice mucho. Calderón y Margarita cargan con la ilegitimidad con la que carga la política tradicional ya que fueron parte de ella. Mucho dice de Margarita el hecho de que no haya logrado rebasar el 6% de las preferencias en las elecciones pasadas.

    Veremos como evolucionan estos proyectos. Lo cierto es que entran en un contexto donde el modelo actual ya está completamente rebasado, lo cual abre una gran oportunidad a quienes demuestren solidez en sus proyectos políticos.

  • #HagamosFuturo, la transformación de Wikipolítica a un partido político

    #HagamosFuturo, la transformación de Wikipolítica a un partido político

    En 2015 Pedro Kumamoto ganó la diputación local porque hicieron una gran campaña…

    … pero también ganaron porque muchas circunstancias operaron a su favor. El hartazgo generalizado hacia el gobierno de Peña y toda la partidocracia, que contendieron en unas elecciones intermedias donde podían ser el centro de atención sin que hubiera elecciones que los dejaran fuera de foco (como las presidenciales o estatales), e incluso el hecho de que Pedro Kumamoto fuera invitado por Pedro Ferriz (quien quería aprovechar la coyuntura para después lanzarse él como candidato independiente con penosos resultados) y que lo posicionó también en el sector conservador de la ciudad, explica mucho del triunfo de Pedro Kumamoto, quien se volvió un fenómeno en la entidad y, al menos dentro del círculo rojo (periodistas y personas con influencia pública) un fenómeno a nivel nacional.

    Esto explica por qué no terminaron de trascender en 2018: las circunstancias ya no les eran tan favorecedoras. López Obrador arrasó con la ayuda de una narrativa que fue construyendo durante varios años y que benefició enormemente a todas las candidaturas de MORENA. Por otro lado, MC compitió con estructuras partidistas más sólidas. El carácter de organización independiente había operado en contra de Wikipolítica. Si hubiesen competido como partido habrían, por poner un ejemplo, ganado al menos alguna curul por la vía plurinominal, y con las ventajas que implica ser un partido, alguna que otra de las candidaturas que se perdieron se habrían ganado.

    La decisión de transitar de una organización independiente a un partido político no es nada fácil, sobre todo para una organización que obtuvo su legitimidad criticando a la partidocracia. Pero es una decisión muy sensata y, creo que si lo manejan bien y si construyen una narrativa consistente, las ganancias serán mayores a las pérdidas. Los requisitos para formar un partido local son lo de menos y son alcanzables, lo más complicado será todo lo demás.

    Transfomarse en un partido me parece un acierto por las siguientes razones:

    Primero, porque es difícil competir parejo con candidaturas independientes y porque si quieren aspirar a penetrar dentro de las estructuras de la política tendrán que entrar en ella. Si bien las candidaturas independientes son sanas para una democracia, hasta ahora no existe en el mundo organización política mejor que aquella que está formada por partidos políticos que representan a distintos sectores sociales. El problema no es el sistema de partidos como tal, sino los partidos en sí que dicen representarnos.

    Segundo, porque el contexto político se ha modificado enormemente. El discurso de la partidocracia decadente ha quedado en un segundo plano ya que ésta, al menos tal y como la conocemos, recibió un golpe durísimo en las elecciones pasadas. El PRI y el PAN parecen casi condenados a la irrelevancia dentro de una mayoría absoluta que ostenta MORENA y una oposición tanto política como civil que brilla por su ausencia y tan solo se pueden ver algunos resquicios de ella en algunas think tanks u organizaciones civiles ya formadas.

    Este es el escenario perfecto para que «Futuro» pueda ir construyéndose como una opción ante un cada vez más creciente electorado que no se termina de sentir identificado con alguna fuerza política de las vigentes. A la vez, es un acierto que hayan decidido comenzar formándose como un partido local. Es más fácil, desde esta plataforma, aspirar posteriormente a incidir sobre lo nacional como lo habían intentado anteriormente, sobre todo si siguen manteniendo la legitimidad por medio de su trabajo.

    En Jalisco tenemos a Movimiento Ciudadano que, si bien durante mucho tiempo se había vendido como un partido de oposición, ahora, al gobernar el Estado y la mayoría de las ciudades más importantes, fungirá como una suerte de status quo. Entre el «teje y maneje» que habrá entre Movimiento Ciudadano y MORENA (hoy, las dos fuerzas más importantes del Estado) ellos tendrán que hacerse de un espacio, y me parece que es mucho más fácil lograrlo siendo partido.

    En resumen. Me parece que han hecho una buena lectura sobre la derrota que sufrieron en las elecciones pasadas y con base en ellas tomaron la decisión de formar un partido que, si bien no será del gusto de todos, era, a mi parecer, la más sensata. Eso no significa que haya algunos problemas y cuestiones que deban atender:

    El primer problema al que se enfrentará el partido «Futuro» será mantener la coherencia en un discurso en el cual se asumían como diferentes. La forma en que Wikipolítica estaba organizada (que se mantenía al margen de las estructuras políticas) le daba por sí misma legitimidad al movimiento, comunicaba el poderoso mensaje de que se trataba de una organización diferente, ajena a los vicios de los partidos tradicionales. Ahora tendrán que mostrar lo mismo como partido político, que desde esa plataforma logren construir una narrativa donde se presenten como una organización que tiene una visión de la política muy distinta a los otros partidos. Es posible, ya que en los hechos los miembros de Wikipolítica no crecieron dentro de las viciadas estructuras de la clase política.

    El segundo problema es que hablamos de una organización que obtuvo su fuerza gracias a su férrea crítica a los partidos: ahora ellos serán uno. ¿Cómo crear una narrativa para que en esta transición sigan teniendo la misma credibilidad? Tal vez tendrán que tragarse unos sapos, pero esto posiblemente lo puedan superar aplicando aquello que pedían a los partidos a ellos mismos: por ejemplo, que transparenten sus recursos de forma que ningún otro partido lo hace, que sigan impulsando iniciativas como #SinVotoNoHayDinero, y un largo etcétera.

    El tercero es la creación de una narrativa consistente. Esto, que yo llamo metanarrativa, es anterior a todo lo demás (propuestas, planes de acción), nos habla de la esencia de la institución. ¿Cuáles son sus ideales? ¿Qué posicionamiento ideológico van a tener (porque van a tener que definirse)? ¿Cuál va a ser su discurso y cómo éste va empatado con sus ideales? Esta metanarrativa deberá emerger de las creencias políticas ideológicas de los miembros y no de alguna conveniencia o estrategia mercadológica. La metanarrativa deberá estar muy bien definida, la cual sea entendible por su electorado: es su carta de presentación. Aunque suene irónico, pero «sin metanarrativa no hay Futuro«.

    El cuarto, y tal vez el más difícil, es evitar viciarse lo más mínimo posible. Es difícil porque hablamos de política, y en la política lo que se persigue es el poder así como en la iniciativa privada lo que se persigue es el dinero. El problema no es la persecución del poder, sino para qué se utiliza. Habrá que ver cómo es que diseñan y estructuran la organización de tal forma que pueda aspirar a funcionar con un paradigma distinto a los demás partidos, cómo crearán normas internas (pactadas y no pactadas) para evitar que el comportamiento de algunos pueda corromper la esencia del partido (como ha ocurrido con todos los partidos tradicionales). Sería iluso esperar que, al consolidarse, seguirá manteniendo ese halo completamente ciudadano que ahora ostenta, pero sí que puede aspirar a hacer una nueva forma de hacer política que incida positivamente en la democracia de nuestro país y ser un parteagüas.

    Dicen que el poder no transforma a la gente sino que la muestra tal cual es. Si Futuro trasciende, veremos de qué están hechos.

    Tal vez tengan razón los que lamenten que se pueda perder un espacio ciudadano, pero también creo que madurar algo que surgió desde las entrañas de una ciudadanía con una perspectiva muy diferente al del político tradicional es algo muy deseable.

    No sabemos si «Futuro» tendrá futuro. Es difícil saberlo. Sin embargo, creo que han tomado una primera buena decisión, habrá que ver como avanza todo lo demás.

    Nota al pie: no termino de hacer clic con el nombre «Futuro», pero posiblemente tenga que ver con el hecho de que, al ser un nombre que se anunció el mismo día en que escribí esto, no termino de digerirlo. Por un lado lo siento trillado, por otro lado siento que podría llegar a funcionar muy bien. También habrá que ver como empata el nombre con su narrativa.

  • ¿Por qué la idea de Taibo de subsidiar libros no es buena?

    ¿Por qué la idea de Taibo de subsidiar libros no es buena?

    Ayer me llegaron varias críticas por mi postura hacia la propuesta de Paco Ignacio Taibo II. Como yo soy un defensor de la libertad de expresión y acepto que me critiquen, decidí escribir este artículo como respuesta a dichas críticas y con el cual busco sostener mi opinión.

    Empiezo diciendo que está muy bien incentivar la lectura en la clase media baja como pretende Taibo II, de hecho urge.

    Pero como es algo importante y urgente, no es algo que se pueda dejar a la mera improvisación y ocurrencia. Incentivar la lectura no es algo muy fácil, se requiere de políticas públicas y estrategias focalizadas donde se acerquen los libros a los barrios populares, donde se organicen eventos que incentiven la lectura, donde se abran bibliotecas para que esta gente pueda ir a leer sin ningún problema. Es decir, hay que llevarles la cultura, acercárselos.

    Cualquier política pública que parte de la idea de que «la gente no compra libros porque son caros» no se sostiene y no parece haber evidencia empírica que demuestre que esa sea la razón más importante y no otras. La muestra son los hábitos de lectura en los niveles socioeconómicos que sí tienen el poder adquisitivo, que si bien leen más en general, la verdad es que los números siguen siendo paupérrimos. El 42% de la clase media baja no lee absolutamente nada y entre el 20% y el 25% de la clase media y alta tampoco (y cuando hablo de nada me refiero ningún solo libro al año). Eso no quiere decir que el resto tenga el hábito de la lectura inculcado, sino que «sí ha leído libros», lo cual es distinto.

    Incluso la clase media lee un poco más que la clase alta, siendo que esta última tiene mayor poder adquisitivo. Lo cual también refleja que las diferencias no están necesarias ligadas al ingreso sino a otras razones.

    Y las diferencias que se muestran ahí no se explican necesariamente por el costo de los libros, sino también por muchos otros factores culturales. Uno en el que quisiera hacer hincapié es la calidad de la educación que recibe la gente de clase media baja, la cual es de muy mala calidad, donde los niveles de analfabetismo funcional (que pueden leer pero no comprenden del todo aquello que leen) son preocupantes. Estos problemas suben las barreras de entrada hacia el hábito de la lectura. ¿Por qué no mejor entonces insistir en que la gente que no vive en una posición de privilegio tenga una educación digna?

    Luego viene el gran problema de la ubicación. La gran mayoría de las sucursales del Fondo de Cultura Económica se encuentran en colonias de clase media, media-alta, no en barrios populares. Lo mismo ocurre con otras librerías como Gonvill o Gandhi que venden algunos de los libros del FCE. La mayoría de las sucursales del FCE están en la Ciudad de México. Otras ciudades como Guadalajara, Monterrey y León solo tienen una sucursal y en su conjunto no abarcan toda la República Mexicana. Mucha de la gente de clase media-baja ni siquiera se va a enterar de ello a menos que el gobierno inunde los medios con spots anunciando la medida, y quienes sí se van a enterar más son quienes ya van a las librerías y tienen los recursos para estar comprando libros. La gente con más recursos, que puede desplazarse de forma más rápida y que está acostumbrada a comprar libros en esos establecimientos, naturalmente va a resultar mucho más beneficiada.

    Y la realidad es que los mayores beneficiados son quienes ya tienen el hábito de la lectura y que son de clase media o media alta, son ellos quienes comprarán más libros. Si yo voy al FCE y me percato de que hay varias colecciones de libros con ese descuento, no voy a comprar uno sino varios, mientras que una persona de clase media-baja solo va a comprar uno o dos.

    Entendiendo esto, el subsidio será utilizado más por personas que ya tienen poder adquisitivo que por gente de clase media-baja. La mayor parte del subsidio irá a quienes en realidad no lo necesitan, con lo cual estamos hablando de un subsidio muy regresivo que en vez de crear una sociedad más igualitaria puede terminar reforzando las estructuras vigentes.

    ¿Por qué este subsidio no se emplea de forma focalizada de tal forma que solo se beneficien de él esos sectores a los que se quiere apuntar? ¿Por qué no se utilizan esos recursos para incentivar la lectura de muchas otras formas? ¿Por qué no construir bibliotecas en barrios populares, lo cual además puede servir para regenerar el tejido social?

    No dudo que Paco Ignacio Taibo II tenga buenas intenciones, pero a la hora de gobernar estas sirven de poco si no están acompañadas de un buen plan de acción, el cual brilla por su ausencia.

  • No Taibo, leer no es muy caro

    No Taibo, leer no es muy caro

    Paco Ignacio Taibo II propone bajar el precio de los libros para que la gente lea más. Su tesis es que la gente no lee porque los libros son bien «pinche caros», entonces hay que bajarlos de precio.

    Es cierto que en el Fondo de Cultura Económica (que se llama así por la «economía» como disciplina y no porque los libros fueran baratos) te vas a encontrar algunos libros que rondan los 300 o 400 pesos o hasta más. El año pasado fui a la FIL, me compré solo 3 libros en el stand de la FCE y gasté más de 800 pesos. Eran libros algo especializados pues: uno de la historia de Asia Oriental, otro de política contemporánea y el otro sobre la Cultura Maya. Los precios de esta institución son precios «promedio» de acuerdo al tipo del libro que quieras encontrar y a su edición (naturalmente la pasta dura y las portadas bonitas tienen un costo).

    El año pasado yo leí 62 libros, ¿y ha sido esto una inversión pesada para mí? ¡Para nada! Podría decir que en todo el año no gasté más de $3000 pesos en comprar libros (ni la mitad de lo que cuesta una Playstation). Digamos que pagué algo así como $48 por cada uno. Pero ¿cómo le hice?

    Mi estimado Paco Ignacio Taibo II sienten que «se la están metiendo doblada» a la gente con los precios porque seguramente se refiere a esos libros de pasta dura edición especial o porque no ha visto todas las alternativas que existen para leer a un costo más bajo.

    La gran ventaja de los libros, en comparación con otros productos de consumo, es que se pueden prestar o intercambiar. Tal vez no tengas dinero este mes para un solo libro, pero es posible que un amigo tenga uno que te gusta y te lo preste o se intercambien. También existe la posibilidad de ir a un bazar de libros, que tu papá o tus familiares tengan una colección y te presten alguno.

    Y tampoco es como que en estos tiempos te tengas que cerrar a los libros físicos:

    Por ejemplo, si eres un ávido lector sin un gran presupuesto puedes comprarte un Kindle o un dispositivo similar, es una gran inversión que a poco más de los 20 libros comprados en Amazon se termina pagando sola (tomando como referencia el Kindle Paperwhite que cuesta $2600 aprox). Vale también si tienes un iPad (aunque, a diferencia del Kindle al tener pantalla de luz puede ser bastante más cansado) e incluso si eres capaz de leer libros en tu computadora o en tu celular (a lo cual yo nunca me acostumbré del todo).

    Los libros son mucho más baratos en estas plataformas porque no tienes que cargar con el costo del material físico. Por ejemplo, en Amazon el libro Homo Deus de Yuval Noah Harari cuesta $373 en pasta dura, $333 en pasta blanda y solo $139 pesos en digital. Entre los distintos libros la diferencia de precios puede diferir, pero generalmente la versión digital suele costar desde 30% hasta 70% menos aproximadamente.

    Luego están los PDF. Muchos libros valiosos (sobre todo aquellos que ya son de dominio público) pueden encontrarse de forma gratuita en PDF en la web. Muchos también buscan en torrents (aunque esto puede ser ilegal y yo siempre recomiendo comprar los libros que no son de dominio público). Los sistemas como Kindle te permiten convertir los PDF a su formato de tal forma que los puedas leer como un libro que compraste en Amazon.

    De los 62 libros que leí, algunos los compré en físico; otros los compré en Amazon y otros tantos los descargué en PDF (sobre todo aquellos de filosofía o textos que ya tienen un tiempo). Si todos esos libros los hubiera comprado en la librería, suponiendo que hubiera pagado $250 pesos promedio por cada uno, hubiera invertido $15,500 pesos. ¡Un ojo de la cara!

    Pero gasté tan solo $3,000 pesos y dándome el lujo de comprar alguno que otro en formato físico.

    Ahora, 62 libros son muchos. De hecho leí todos esos porque quise romper mi record pensando en que tal vez después no vuelva a leer tantos. Ahora digamos que una persona que quiere hacerse el hábito de leer puede ponerse la meta de leer 10 libros, que para empezar es una cantidad muy razonable y supera por mucho los 2-3 libros promedio que la gente dice leer en México. Haciendo algo parecido a lo que yo hice (libros digitales + PDF + alguno en físico) podrías gastar solo $500 pesos. Caray ¡hay libros que por sí solos pueden llegar a costar eso!

    Y cultivarte en la lectura no te restringe únicamente a leer libros. En Internet hay mucha literatura y textos valiosos que son de acceso gratuito que te pueden dejar mucho más que cualquier libro de Paulo Coelho con tapa dura y «cositas que brillan».

    Visto así, te podrás dar cuenta que leer, a diferencia de lo que dice Paco Ignacio Taibo II, no es algo de ricos. Solo se trata de saber cómo buscar los libros que tanto quieres leer. No estoy en contra de que lleven a cabo estrategias de precios o algunos descuentos, pero es erróneo asumir que la gente no lee porque los libros son caros. Peor es pensar que de esa forma es que la gente va a adquirir el hábito de la lectura.

    Y si no sabes por donde empezar para adquirir el hábito de la lectura, en este espacio hay varias listas y recomendaciones que he hecho.

  • Una salida para Venezuela

    Una salida para Venezuela

    Una salida para Venezuela

    El argumento del régimen lopezobradorista para no desconocer a Maduro es el de la «libre autodeterminación de los pueblos».

    Pero si tomamos este concepto de forma estricta, no podríamos decir que eso exista en Venezuela. El hecho de que Maduro se haya reelegido por medio de una elección fraudulenta contraviene el deseo del pueblo. En ese caso se esperaría que su postura fuera, si no de desconocimiento, cuando menos, de el de solicitar unas elecciones libres como lo está haciendo la Unión Europea.

    Si bien es cierto que el gobierno de AMLO no está tomando una postura completamente favorable a Maduro, como insisten algunos de sus opositores, y está buscando (junto con Uruguay) que Venezuela resuelva «encuentre una solución pacífica a sus diferencias», tampoco es como que esté terminando de reconocer que el gobierno de Maduro es ilegítimo, cosa que es un hecho. Pareciera que se quiere enclavar en un punto medio como para no comprometerse y asumir las consecuencias de ese compromiso (lo cual no solo tiene que ver con la diplomacia exterior sino con los integrantes del movimiento que sostiene a AMLO y que mantiene posturas un tanto disimiles ante este tema).

    Con estas ambigüedades, nuestro gobierno se tambalea entre la «libre autodeterminación de los pueblos» y la «libre autodeterminación del tirano», porque las posturas «neutrales» y timoratas siempre tienen una tendencia a favorecer al opresor. Pero eso no quiere decir que nos vayamos a convertir en Venezuela ni que haya un apoyo abierto al régimen de Nicolás Maduro.

    La postura de México va en consonancia con la Doctrina Estrada que tanto tiempo rigió la diplomacia en nuestro país (en especial en tiempos del PRI), se explica por el principio de no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Pero en la diplomacia es imposible tomar posturas neutrales ya que la neutralidad siempre beneficia a alguien.

    En mi humilde opinión, México debería tomar una postura en la cual pida a Venezuela que se lleven a cabo elecciones libres y se reconozca al ganador. Debe reconocer que Nicolás Maduro no se reeligió de forma legítima y que no es resultado de la voluntad del pueblo venezolano. También debe pedir que se respeten los Derechos Humanos.

    Pero ello no significa de ninguna manera que esté a favor de una intervención para remover al régimen actual (como podría hacerlo Estados Unidos, que tiene a la cabeza a Donald Trump, un presidente autoritario y demagogo igual que Nicolás Maduro pero que tiene la fortuna de tener instituciones fuertes y los contrapesos suficientes para restringir sus impulsos autoritarios). Las intervenciones armadas rara vez terminan en algo bueno.

    Hay quienes dicen que gracias a que Estados Unidos intervino para derrocar a Salvador Allende, Chile es ahora un país que está cerca de convertirse el primer país desarrollado en América Latina. Quienes hacen esa argumentación olvidan varias cosas: 1) Que para eso Chile tuvo que vivir una dictadura sangrienta que costó la vida de varios miles de vidas humanas. 2) Que Chile se democratizó después no gracias a Estados Unidos, sino gracias a sus propios esfuerzos y buenas decisiones, sobre todo gracias a la alianzas de partidos de izquierda y derecha que dirimieron sus diferencias en pos de un fin en común. 3) Que se trata de excepción y no de la regla: es natural aceptar que las intervenciones no son obras de caridad sino la defensa de ciertos intereses geopolíticos o económicos (La Guerra Fría es un claro referente en el caso de Chile) y la mayoría de las intervenciones de nuestro país vecino no han resultado nada bien. Uno de los ejemplos más recientes fue la intervención en Iraq a raíz de los atentados del 9/11. Juraron que democratizarían la región, pero dejaron a dicha región lo suficiente inestable como para que surgiera ahí el Estado Islámico, cuyo surgimiento no se terminaría de entender sin las invasiones de los últimos años.

    Es obvio que Venezuela no va a crecer ni se va a desarrollar en cuanto el chavismo deje el poder. Por el contrario, quienes lleguen al poder tendrán que sortear muchos obstáculos dentro de un país que vivirá algunos años de estabilidad. La comunidad internacional debe de velar porque haya elecciones libres y el país se empiece a democratizar.

    En una situación así, un golpe de Estado o la intervención extranjera sería muy peligroso, sobre todo en un país donde la milicia juega un papel relevante. No hay nada que garantice que Venezuela no caiga en un régimen militar de derechas (más opresor que el actual) o bien, una suerte de restauración del chavismo. Ejemplos de los efectos de un golpe de Estado existen de sobra a lo largo del globo.

    Espero que todo esto pueda terminarse con una salida negociada del chavismo y que Venezuela logre transitar a un régimen democrático. No será nada fácil, no es tan simple como parece.

  • Venezuela Libre

    Venezuela Libre

    Venezuela Libre

    Evidente es que Venezuela ha caído en desgracia en estos últimos 20 años desde que Chávez llegó al poder, producto del deterioro económico y político de ese país. Los propios indicadores lo dejan patente: inflación, desabasto, pobreza, deterioro institucional y un régimen que, a los 20 años, no ha estado dispuesto a soltar el poder. Ciertamente, al principio se pudieron jactar de que ganaban en las urnas, luego ya ni eso ocurrió. Con el tiempo fueron deteriorando todos los contrapesos democráticos para acumular más y más poder.

    Venezuela pasó de ser un país con mucho potencial de desarrollo a uno estancado en el atraso. Las ciudades de Venezuela se ven ya muy viejas y deterioradas por la poca inversión y derrama. Son pocos los edificios que rebasan la década de los 80: uno de ellos, la Torre David, sin terminar y que hace pocos meses sufrió un colapso en los últimos pisos, se ha convertido en una favela vertical. Si se desconfía de los indicadores, basta ver la realidad, las fotografías, los testimonios o incluso viajar allá para constatar lo que han estado viviendo nuestros hermanos de Venezuela.

    Desabasto de medicinas, de pan, índices altos de violencia (que se convierte en la excepción de la regla donde las sociedades más igualitarias suelen ser más pacíficas), hiperinflación, crisis económicas recurrentes. El colapso es evidente, hasta con los ojos cerrados se puede ver. Muchos venezolanos están sufriendo dos décadas de irresponsabilidades que se implementaron bajo el mantra de la igualdad y las buenas causas. Las élites del gobierno de Venezuela, mientras, pueden viajar por el extranjero sin ningún problema y darse una vida con el dinero del pueblo, ese que tanto dicen defender.

    Tal vez no se haya tratado de una dictadura genocida, pero sí de un régimen autoritario que restringió la libertad de expresión comprando diarios de oposición e incluso llegando a cerrar televisoras y utilizando todo el aparato del Estado (muy a la usanza del viejo PRI mexicano) para que, a través del acarreo y el asistencialismo, se aseguraran de salir victoriosos en las elecciones. También encarcelaron opositores y ridiculizaron a quienes no pensaban como ellos para condenarlos al ostracismo. De forma progresiva, el chavismo fue deprimiendo a Venezuela hasta sumirla en el caos y la miseria producto de una cadena de errores tomados a lo largo del tiempo: demagogia, populismo, irresponsabilidad económica.

    Por más adjetivos, por más culpables externos que se quieran buscar, Venezuela cayó en la desgracia producto de sus propios errores. Tal vez no se equivoquen quienes cuestionan la congruencia de Estados Unidos por condenar y desconocer el régimen de Maduro en tanto que tolera otros regímenes autoritarios amigos, pero se equivocan rotundamente cuando no reconocen el evidente fracaso en el que se ha convertido el llamado “Socialismo del Siglo XXI”. Prácticamente todos los países del Cono Sur que tienen relación con el “imperio estadounidense” se encuentran en mejores condiciones que la otrora prometedora Venezuela. Como decía un amigo: los patios traseros siguen estando mejor que el basurero.

    Los países que han decidido guardar cierta distancia con el “imperio” y sus “malévolos brazos” como el FMI y el Banco Mundial, se han desarrollado a partir de una estrategia muy planeada en la que no le dieron completamente la espalda al mercado. Por el contrario, pusieron restricciones iniciales para fortalecerse internamente y así poderse integrar a dicha dinámica de mercado de forma estratégica, como ocurrió con países como China o Corea que no siguieron los recetarios de las suprainstituciones en un inicio. El caso de Venezuela no se parece en nada al de los países asiáticos. En 20 años, Corea y China tuvieron un despunte económico impresionante, lo contrario ha ocurrido con Venezuela.

    Se puede criticar la congruencia de muchos países y la parcialidad de otros, pero, independientemente de eso, la realidad es que Venezuela fracasó por mérito propio. Su gobierno, y nadie más, es responsable del caos que provocó.

    Y por eso, espero que este régimen caiga. Venezuela ya lo merece.