Autor: Cerebro

  • AMLO contra las organizaciones civiles

    AMLO contra las organizaciones civiles

    Desde el terremoto de 1988, la cultura civil en México comenzó a transformarse. Ante la incapacidad del gobierno para responder, la sociedad se organizó para rescatar a los suyos u partir de ahí comenzaron a florecer varias organizaciones civiles de toda índole. El sismo de 2017 fue prueba de ello donde, a diferencia de 1988, ya existían organizaciones bien conformadas que con su expertise ayudaron a hacer más eficiente el rescate de personas (además, claro, con la ayuda de tecnologías más avanzadas).

    Las organizaciones civiles como tales no representan necesariamente a toda la población, ni la representan en todo. Más bien suelen atender problemas muy específicos y suelen adquirir un alto grado de especialización en ello: que si unos se preocupan por los niños con cáncer, que si otros buscan solucionar problemas de movilidad, etcétera. Gracias a esta peculiaridad, estas organizaciones llegan a adquirir más conocimientos que el Estado dentro de esas problemáticas específicas que desean mejorar.

    Así, las organizaciones civiles son un complemento del Estado mas no una sustitución de éste. Sería un error pensar que las OSC deben sustituirlo, pero de la misma forma es un error pensar que todo el quehacer público debe de ser «propiedad del Estado».

    Las organizaciones civiles democratizan más la sociedad ya que permiten a diversos ciudadanos incidir en lo público. Su presencia puede servir como contrapeso del Estado, pueden llevar a cabo tareas que el propio Estado es incapaz de resolver (ya sea por desinterés, falta de alcance o capacidad) o incluso pueden trabajar de la mano con éste para solucionar problemas muy específicos.

    Esas OSC que desprecia AMLO, como el IMCO, Mexicanos contra la Corrupción y demás, surgieron como un contrapeso al gobierno. Aunque sostienen una postura liberal en lo económico, no son parte del status quo. Todos fuimos testigos de que su postura ante el régimen de Peña fue lapidaria.

    Pero en México organizaciones civiles en México las hay liberales, y también de izquierda y de todos colores y sabores. El Estado no puede aspirar, como afirmara López Obrador, a purificarlas, ello sería atentar contra los derechos políticos y civiles de los individuos. La única obligación de las OSC para con el Estado tiene que ver con el apego al Estado de derecho, el respeto a las instituciones y a su entorno.

    Es cierto que la mayoría de quienes conforman las organizaciones civiles en México viene de una clase relativamente acomodada, y evidentemente suele tener una mayor representatividad que la gente que vive en la base de la pirámide, ya que los primeros tienen tiempo y recursos para involucrarse en el quehacer político en tanto las personas que viven en condiciones más difíciles no suelen tener mucho tiempo y no suelen tener acceso a un buen nivel de educación (que suele ser indispensable para formar una OSC). Pero recordemos que las organizaciones civiles como tales no buscan representar los intereses de toda la sociedad en su conjunto sino que buscan resolver problemas específicos. Recordemos también que las OSC no vienen a sustituir al Estado.

    Tampoco se sigue que el hecho de que la mayoría de quienes participan en las OSC vienen de clases medias o altas implique que solo defiendan sus intereses. Muchas de las OSC buscan combatir problemáticas que afectan a los menos privilegiados.

    Y tampoco implica que haya que ser rico para tratar de incidir en una OSC. Es posible que el hecho de que los más afortunados suelan involucrarse en actos de caridad o filantropía haya creado la percepción de que las organizaciones civiles son para ricos. La realidad es que incluso estudiantes jóvenes de clases medias sin mucho presupuesto pueden conformar sin problema una OSC.

    Si descalificáramos en automático a las OSC por el hecho de que las clases medias o altas tienen más representación que las bajas, entonces tendríamos que descalificar a priori cualquier tipo de manifestación o activismo. No tendríamos por qué esperar a que la sociedad de nuestro país fuera muy igualitaria o se haya acabado la pobreza, más aún cuando incluso hay OSC que buscan de alguna u otra forma, atacar o aminorar las causas que mantienen una sociedad profundamente desigual.

    Que la mayoría de quienes integran las OSC provengan de clases medias, medias-altas o altas, no implica que, como dice AMLO, estas organizaciones (evidentemente las que están bien constituidas y descartando las que utilizan la figura jurídica para cometer abusos) busquen mantener el status quo y los privilegios.

    Las declaraciones de AMLO son un golpe y un mensaje de desprecio hacia un sector civil que, si bien todavía es incipiente, que ha crecido de manera sostenida en los últimos 30 años y ha adquirido una mayor relevancia en lo público. Con sus declaraciones le manda un mensaje a la ciudadanía diciéndole que es el Estado quien tiene la completa rectoría sobre lo público y que ella debe de sacar sus manos.

  • La intelectualidad opositora en tiempos de la 4T

    La intelectualidad opositora en tiempos de la 4T

    Algo que también me da tristeza ver es el papel de muchas de las plumas, opinólogos e intelectuales durante este sexenio. Y de ambos bandos.

    A veces es buen ejercicio ver el papel que juegan dichos intelectuales ante un cambio de régimen. Evidentemente, su postura no tiene por qué ser exactamente la misma ya que, por lo general, tendrán más afinidad ideológica con un régimen que con el otro. Pero ello no implica privarse de cualquier tipo de crítica ni comprometer su calidad como intelectuales que son o dicen ser por medio de críticas superfluas y viscerales.

    Por un lado, son evidentes aquellas plumas que eran férreas críticas del gobierno hasta diciembre, ahora callan y hacen mutis ante medidas o decisiones que hubieran criticado ferozmente si hubiesen sido tomadas por un político del otro bando.

    Pero en esta ocasión me quiero enfocar en la oposición.

    Muchos de los artículos escritos contra la Cuarta Transformación me parecen viscerales y solo recurren a lugares comunes, me atrevo a decir que la mayoría son así. Pareciera que están escritos para que circulen con éxito en los chats familiares de Whatsapp.

    Un claro ejemplo de este «intelectualismo» mediocre es el artículo de «Neosovietismo» de Isabel Turrent. El mismo título es muy descriptivo sobre lo que este texto trata y el cual contiene más que nada analogías muy forzadas para convencer al lector, apelando al comunismo soviético, del peligro de López Obrador como un izquierdista radical que está en contra de la iniciativa privada y que desea estatizar todo.

    En estos artículos no hay un análisis serio, son superficiales, suenan forzados, viscerales y pasan sin ver porque los consumen los férreos opositores de AMLO , son rechazados de forma contundente por los pejistas e ignorados por quienes tienen una postura ambigua por su falta de seriedad. Estos artículos solo sirven para reforzar posturas y caen en el mismo juego del gobierno al que critican, ya que contribuyen a la polarización. No generan opinión pública.

    No estoy diciendo que no se hagan opiniones duras y callen. Por el contrario, ojalá se hagan y muchas. Pero es necesario que esa dureza, esa contundencia, tenga sustancia, análisis, que diseccionen y deconstruyan las decisiones políticas que realmente son de interés para la gente. Artículos así podrían poner aunque sea a reflexionar a más de uno.

    Una de las excepciones de las que hablo es Jesús Silva-Herzog, quien ha escrito artículos contundentes y demoledores contra este gobierno, pero sus artículos son bien pensados, es contundente y ecuánime a la vez, no se convierte en esclavo de sus pasiones: piensa, profundiza, analiza. Es contundente, porque después de un análisis dentro de su fuero interno, sabe poner el dedo en la llaga, ahí donde duele. No por nada sus artículos, a diferencia de otros, viscerales y predecibles, han merecido críticas del propio Andrés Manuel López Obrador. Escribir un artículo con las vísceras es fácil, y no ofrece nada muy distinto a los comentarios y los memes de la gente común en las redes sociales. Escribir un buen artículo es más complicado y requiere de mucha reflexión.

    Si los que se dicen ser «intelectuales de oposición» creen que van a combatir a este régimen por medio de columnas viscerales llenas de lugares comunes, siento decirles que están equivocados. Si hay algo que beneficia a regímenes como los de López Obrador es la polarización, y en tanto polaricen con este tipo de artículos, le van a dar más herramientas a AMLO para separar entre el «pueblo bueno» y la «élite fifí de la mafia del poder».

  • La historia moderna del teléfono fijo para millennials

    La historia moderna del teléfono fijo para millennials

    La historia moderna del teléfono fijo para millennials

    Hoy en día, el teléfono fijo es algo así como la bandeja de spam del correo electrónico. Lo único que llega ahí son llamadas de bancos, de aseguradoras y de tu tía. Pero el rol que tenía el teléfono fijo en nuestras vidas hasta hace unos años era uno muy totalmente distinto y nos narraba una forma de vida muy distinta ya no de la de las redes sociales, sino de la de los teléfonos móviles.

    Quienes hemos construido parte de nuestros círculos sociales en las redes nos preguntamos qué sería de ellos sin herramientas de comunicación instantánea. ¿Cómo podríamos organizar fiestas, eventos o incluso manifestaciones sociales? A pesar de que las redes no llevan mucho tiempo con nosotros, ya se nos olvidó cómo era nuestra vida antes de ello.

    El teléfono fijo era la única forma de comunicación instantánea que teníamos y no contaba ni de lejos con la flexibilidad y disponibilidad que las herramientas de comunicación actuales tienen. Por ejemplo, ahora es muy fácil utilizar los servicios de mensajería para localizar a tu amigo, pero hasta hace unos años teníamos que buscarlo en una hora en la cual estuviera en su casa, lo más probable era que él no te contestara sino su mamá o su hermano (a quienes no querías incomodar a menos que te cayeran lo suficientemente mal), quienes muchas veces no te sabían decir una hora exacta de llegada y en muchas ocasiones no pasaban los recados.

    La gran mayoría de las casas contaban con solo una línea, lo cual significaba que, además del hecho de tener que ver si ibas a contar con la suerte de localizar a esa persona, te topabas con la mala suerte de que alguien más estuviera usando el teléfono (lo cual a veces implicaba esperar más de media hora). Por un lado, eso implicaba tiempo de espera y llegaba a ser muy estresante cuando había alguna suerte de urgencia. Por otro lado, era muy posible que alguien más te presionara para que colgaras lo más pronto posible cuando alguien más quería hablar.

    Así, si querías hacer una gran fiesta de cumpleaños no podías crear un grupo en tus redes o en los servicios de mensajería, más bien tenías que hablar uno por uno a las personas que querías invitar. Básicamente tenías que agarrar tu agenda telefónica y sentarte un buen rato con el aparato (a veces casi toda una tarde).

    ¿Y qué decir de la privacidad? Antes ni siquiera eran comunes los teléfonos inalámbricos. El teléfono estaba generalmente donde había mayor circulación de gente como la sala o la cocina. Así que, a menos que la casa estuviera completamente sola, era complicado hablar y no ser escuchado.

    Y los teléfonos eran de disco. Tal vez se nos olvida pero marcar era casi un martirio y hacía que te aprendieras todos los números más recurrentes por la mala. Marcar un número te llevaba casi 30 segundos (y eso cuando no te sabías el número y no tenías que buscarlo en la agenda) mientras que buscar un contacto en el teléfono celular y marcarle te lleva poco más de 5 segundos. Además, si querías volver a marcar, tenías que girar el disco de nuevo (a diferencia del celular donde remarcar el número te lleva poco más de 2 segundos). Dicho esto, si marcabas a un amigo 3 veces para encontrarlo, gastabas un minuto y medio, mientras que en el celular, eso sumaría poco más de 10 minutos.

    No pareciera tanto, pero si analizamos esas cifras acumuladas durante una semana, suponiendo que cada días hicieras 5 llamadas (lo cual me parece poco) en un teléfono de disco, gastarías 20 minutos de tu tiempo, mientras que con un teléfono celular solo gastarías 2.3 minutos. Si lo extrapolamos a un año, gastarías 17 horas en un teléfono de disco y tan solo 2 horas en el celular.

    Los teléfonos celulares comenzaron a usarse hasta mediados de la última década del siglo XX. Entonces era un lujo de ricos o empresarios que cargaban con su «ladrillote» y pagaban precios muy elevados. No fue hasta los últimos años de esa década que el uso del teléfono celular, que ya incluía SMS, comenzó a popularizarse en nuestro país.

    Ante los precios prohibitivos de los celulares (porque también era muy caro llamar de un teléfono fijo a un celular) aparecieron dispositivos como SkyTel a los que podías enviar un mensaje por medio de una llamada a una operadora. Era la novedad en ese entonces, pero en realidad era mucho más ineficiente que un SMS, ya que el dispositivo solo funcionaba para recibir mensajes, no para enviar. Además el número de caracteres era muy limitado, era como enviar un tweet (cuando Twitter solo permitía usar 140 caracteres), pero en lugar de teclearlo, tenías que pasárselo a la operadora y ella te avisaba si tu mensaje era muy extenso.

    Si compararas un SkyTel con un teléfono inteligente, simplemente te morirías de la risa.

    https://www.youtube.com/watch?v=wAX4b9uYknU

    Pero esos no eran los únicos obstáculos de la telefonía de ese entonces. el costo era otro problema. Un ejemplo de ello eran las largas distancias:

    Hasta poco antes del siglo XXI, cuando las llamadas de larga distancia se comenzaron a abaratar, hacer una llamada era un gran lujo. Y cuando me refiero a larga distancia no me refiero a hablar a Europa o a Asia, sino a otra ciudad del mismo país. Era normal que cuando alguien hablaba a otra ciudad (digamos México, Monterrey o Morelia) callara a todo mundo y dijera «estoy en una llamada de larga distancia, no me interrumpan». Cada minuto era caro y eso hacía incluso que las llamadas fueran apresuradas; hasta trabarte a la hora de hablar te podía costar varios pesos de más.

    Y el problema del costo no solo residía en las largas distancias sino en las llamadas locales, al menos hasta que Telmex (que hasta hace poco ostentó el monopolio de la telefonía) decidió no cobrar por número de llamadas sino con una cuota fija. Si tus papás te veían hablando mucho por teléfono y el recibo del mes llegaba muy elevado ya sabían a quien echar la culpa, más aún cuando en el recibo comenzaron a mostrar el número de llamadas que se hicieron a cada teléfono.

    Y este era el único medio de comunicación instantánea que existía.

    Entre tantos avances tecnológicos se nos olvida. Se nos olvidó tan pronto porque con el advenimiento de Internet y las redes, las dinámicas sociales cambiaron de forma tan drástica que hasta nos podría parecer imposible e impensable vivir en un mundo donde el teléfono fijo fuera el único medio de comunicación directa que tuviéramos a nuestro alcance.

  • Gracias Yalitza Aparicio, por exhibir nuestro racismo

    Gracias Yalitza Aparicio, por exhibir nuestro racismo

    Gracias Yalitza Aparicio, por exhibir nuestro racismo

    En nuestro país, con excepción de los deportes (ahí donde la clase y el status no importan tanto) es complicado ver a un indígena o con rasgos indígenas triunfar y que se le reconozca mediáticamente por ello. Y cuando ello ocurre, se le reconoce de tal forma que no se le reconozca como parte de y no se le integre, sino como una entidad externa, una excepción. No fue ella, sino «aquella» quien triunfó.

    La actriz Yalitza Aparicio, al convertirse un fenómeno internacional, sobrepasó todos esos paradigmas y conveniencias sociales. Triunfó y fue reconocida ahí donde se supondría que solo las personas que forman o aparentan formar parte de una élite artística y social pueden ser parte. Los mexicanos nos regocijamos al presumir la belleza de nuestras mujeres en el cine como si se tratara de un orgullo nacional: «miren a Salma Hayek, miren a María Felix», actores que sobresalen en tanto los más «oscuritos» quedan muchas veces condenados a representarse a ellos mismos como clase social inferior. Pero aquí algo diferente pasó.

    Aunque en la película Roma Yalitza Aparicio siguió representando a los de «su clase», algo muy diferente ocurrió. Alfonso Cuarón le dio un papel protagónico e hizo que la película girara en torno a ella en su mayor parte, logró que el espectador empatizara con ella y no la viera como esa «aquella» que tanto nos han mostrado las telenovelas. Ayudó también que ese racismo tan oculto pero presente dentro de nuestras estructuras sociales no haya estado tan normalizado en otros lares. A Yalitza la trataron de una forma en que en su propio país tal vez no la hubieran tratado: la buscaron para entrevistarla, la invitaron a programas de televisión y no la trataron con esa conmiseración con la cual se suele tratar a una persona de rasgos indígenas.

    La verdad es que a muchas personas les molestó que Yalitza Aparicio, alguien con «la apariencia de la señora del aseo», acaparara tantos reflectores y fuera nominada como mejor actriz para el Oscar. Ese racismo, ese que todos dicen que no existe, ese que muchos esconden y disfrazan como un imposible bajo el manto de la fe religiosa o de la supuesta opresión de las culturas consideradas superiores (como la estadounidense). se exhibió y tomó forma. Bastó que el cine y la prensa internacional le diera reflectores a una indígena para que «la caca saliera a flote».

    Personas como Sergio Goyri no se tentaron el corazón. El actor, en una comida privada, expresó su molestia llamándola una «pinche india que sólo sabe decir, sí señor, no señor» para después ofrecer una disculpa fría e hipócrita. Muchas otras personas pertenecientes a la farándula mexicana, si bien, no fueron tan agresivos, sí minimizaron su logro criticando su apariencia, diciendo que fue un golpe de suerte, que sí actúa bien, pero que no es como para ser nominada.

    Varias personas también se indignaron en las redes. Y dada la naturaleza de la interacción que existe en las redes, ahí las manifestaciones racistas y agresiones verbales no se hicieron esperar. Ahí no cuidaron las formas. Dijeron lo que siempre han pensado, y se dieron el permiso de hacerlo al tener un foro donde expresarse. Tal vez Umberto Eco no se había equivocado tanto con eso de la «legión de idiotas».

    Pero eso tampoco significa que todos los mexicanos sean racistas. Muchas otras actrices salieron en su defensa, muchas otras personas entraron a las redes para defenderla e incluso la presumieron en sus posts con orgullo. Les dio gusto que una persona de «tan abajo» hubiese llegado «tan arriba». Y eso es bueno, porque por cada manifestación de racismo hay otro mexicano que se molesta en reconocer el problema, trabaja por cambiarlo y se contagia del ejemplo que Yalitza Aparicio es. Seguramente más de uno reflexionará sobre el trato que les da a las personas indígenas y hará algo por mejorar en ello y verlas más como «nosotros» que como «aquellos».

    Pero que se manifieste todo ese racismo no es en sí una mala noticia. Dicho racismo siempre ha estado ahí presente, pero siempre ha estado tan escondido que no se había hecho nada al respecto. El que se manifieste hace que le demos forma, que lo entendamos y así asumamos que es un mal que debemos combatir. Gracias al éxito de Yalitza que tanta «indignación» causó en unos, nos damos más cuenta de que como sociedad tenemos un problema. Que allá afuera Yalitza puede acompañarse de Angelina Jolie mientras acá despreciamos a los indígenas bajo la cortina de humo de la conmiseración. Yalitza nos mostró que esa concepción de los «pobres indígenas» bajo la cual justificamos la discriminación no tiene sustento alguno.

    Yo no sé si Yalitza vaya a ganar el Oscar y no sé si sea la mejor actriz (básicamente porque no he visto las otras actuaciones), pero lo que sí puedo decir es que es alguien de quien los mexicanos debemos sentirnos muy orgullosos. Ella es uno de nosotros, no de «aquellos».

  • Breve reflexión sobre la desigualdad

    Breve reflexión sobre la desigualdad

    Breve reflexión sobre la desigualdad

    La pobreza es el estado natural de las cosas, el ser humano nació siendo pobre ya que solo tenía a su alcance lo que la naturaleza le disponía en su entorno inmediato.

    La riqueza, por el contrario, es un artificio. Es necesaria la intervención del hombre dentro de su entorno para que ésta se dé. Para crearla no solo necesita del esfuerzo, sino del ingenio, del talento, de la acumulación de experiencia y conocimiento. Atentar contra la generación de riqueza siempre termina perjudicando a todos.

    Entonces, la riqueza existe porque alguien la tuvo que crear, tuvo que venir de alguna parte. La riqueza no es algo que esté ahí disponible, es algo que se está generando continuamente por el trabajo de muchas personas en las distintas etapas de producción y comercialización.

    Cuando hablamos de la desigualdad, hablamos de la inequidad entre lo que una u otra persona posee. La cantidad y la calidad de las posesiones determinan su nivel de vida y, de la misma forma, las estructuras sociales están en gran medida determinadas por lo que él y otros poseen.

    Dicho esto ¿Sería justo redistribuir la riqueza entre todos de forma equitativa independientemente de que unos hayan aportado más que otros a su creación? ¿Podemos llegar a la conclusión de que quien tiene más riqueza es quien merece tener más? ¿Qué hay de las personas cuya gran parte de su riqueza la tuvieron gracias a que nacieron en un entorno social privilegiado? ¿Los que generan menos y, por tanto, obtienen menos, generan menos porque son más flojos o menos talentosos, o porque al nacer en una clase social menos privilegiada no obtuvieron las herramientas (educación o acceso a información) que otros sí obtuvieron? ¿Qué podríamos decir de la gente que tiene una discapacidad y no puede producir? ¿Se le debe dejar en el abandono así nada más o se le debe atender? ¿Es justo que una persona tenga acceso a mejor educación que otra porque su padre logró obtener más recursos que el otro padre?

    Considero que la desigualdad como tal no es necesariamente mala. Cierta dosis de desigualdad es buena, ya que nosotros, como seres humanos, queremos sobresalir y un estado de completa igualdad tendría que implicar crear barreras muy grandes a los individuos para que pueden hacerlo, También es cierto que no todas las personas tienen la máxima aspiración de acumular la mayor cantidad de bienes, hay quienes se conforman con cierta cantidad de bienes ya que desean autorrealizarse de otra forma (por ej, un profesor, un filósofo, o un padre o madre que prefiere estar un tiempo con sus hijos en vez de estar encerrado todo el día en la oficina), lo que crea una condición de desigualdad entre quien busca adquirir la mayor cantidad de bienes y quien no.

    El desarrollo económico siempre viene acompañado de cierta dosis de desigualdad, ya que cuando un país crece no lo hace porque toda la sociedad en su conjunto lo haga, sino porque empieza a hacerlo una minoría que aprovecha o crea las nuevas oportunidades para que después, de forma progresiva, ese crecimiento económico termine beneficiando a todos. Esto no solo ocurre gracias a la Teoría del Goteo que tanto encanta a los liberales económicos, sino gracias también a estrategias de redistribución de esa nueva riqueza por medio de inversión en educación, infraestructura y un sistema de seguridad social que generalmente va creciendo con dicho desarrollo como ocurre en todos los países desarrollados:

    Pero ¿es la desigualdad actual un producto de la libre elección o de la meritocracia? El problema en nuestro país está lejos de serlo. Gran parte de la desigualdad se entiende por estructuras sociales rígidas producto de paradigmas culturales y la corrupción, lo cual se traduce en una condición de injusticia. Si decimos que la seguridad producto del mérito y de la libre elección no es sí mala, pero la que genera la corrupción sí (privilegios creados, poca movilidad social, falta de oportunidades), entonces habría que pensar en atacar estos problemas puntuales más que la desigualdad en su conjunto. Habría que atacar las causas, porque la desigualdad tal cual es un efecto:

    Por ejemplo ¿qué es más eficiente? ¿Darle dinero a la gente que menos tiene para que «aparejar los ingresos? ¿O utilizar esos recursos de forma más focalizada? Por ejemplo, para que los de abajo tengan acceso a una mejor educación y así tengan más recursos para que tengan mayores posibilidades de salir adelante, o para que tengan una alimentación mínima y así la desnutrición no sea un obstáculo para que puedan desarrollarse. Evidentemente la segunda, ya que considera a la desigualdad como un efecto y la primera como una causa.

    La postura en la que yo creo es la siguiente: 1) Se debe procurar que los individuos partan de condiciones relativamente iguales (que tengan acceso a educación, tengan buena alimentación etc), que quienes tengan un impedimento físico reciban apoyo para paliar su desventaja a la hora de competir 2) Que la desigualdad no es necesariamente mala cuando los que están abajo se benefician de dicha desigualdad (es decir, que si los ricos crecen, que ellos crezcan también) y 3) Que la desigualdad no sea extrema (México es un ejemplo), un país excesivamente desigual, además de tener un tejido social más débil, padece mayores problemas de delincuencia e inseguridad que afecta a todos los estratos socioeconómicos 4) Que la desigualdad que exista sea producto del mérito, no de privilegios creados. 5) Que todos sean iguales ante la ley y que los derechos humanos de absolutamente todos los individuos sean respetados.

    A mi parecer, el sistema más adecuado sería una economía de mercado capitalista que esté acompañada de una red de seguridad social que sea proporcional a la economía de cada país, que no solo aspire a crear una sociedad más estable, sino que ayude a que los individuos se encuentren en condiciones para integrarse a la economía y que partan desde un inicio más justo y equitativo.

    El mercado debe producir porque es mucho más eficiente que el Estado, pero eso no significa que el Estado no tenga ningún papel ni que se deba desentender como desde el libertarismo se sugiere.

  • ¿Qué es la Cuarta Transformación?

    ¿Qué es la Cuarta Transformación?

    Todo empieza así: Una élite le arrebata el poder político a otra (que en teoría es sano que las élites roten con el tiempo).

    Pero ocurre que esa élite surgió del «mismo lugar» del que la otra surgió. No se trata de una nueva élite política, sino de una élite vieja que había sido desplazada desde 1982 por lo que ellos llaman la «tecnocracia neoliberal» y que no solo se había concentrado en la izquierda, sino en el mismo PRI, facción que coexistió por mucho tiempo con la facción tecnócrata.

    Lo que llaman la Cuarta Transformación no ofrece nada novedoso, nada que no hayamos visto antes, sino tan solo la coexistencia de un PRI nacionalista que rememora al que gobernó nuestro país entre los años 40 y 70 dentro de un contexto actual en el cual se integran, además, y de forma periférica, algunas corrientes de izquierda dura (esas que apoyan al chavismo) y otras de centro-izquierda y de centro más liberales y de avanzada pero que no tienen tanto peso.

    Algunos ven en la definición de izquierda una novedad, dicen que se trata del primer gobierno de izquierda en México. Pero esa definición de izquierda es algo ambigua, dado que la dicotomía izquierda-derecha son relativas a su tiempo, y un gobierno del PRI de los años 60 por poner un ejemplo, que en ese entonces no era considerado de izquierda, en tiempos actuales podría ser considerado como tal.

    La definición como gobierno de izquierda tiene como base más que nada la retórica, ya que esta había sido utilizada para desmarcarse del status quo prevaleciente (la tecnocracia liberal), pero al analizar todas las posturas y las políticas implementadas por este gobierno, podemos darnos cuenta que no se trata de una agenda de izquierda en su totalidad, de lo cual escribí hace algunos días.

    La llamada Cuarta Transformación se sustenta de la misma forma en la retórica: nadie puede tener la osadía de ponerle una etiqueta histórica a un evento que todavía no ocurre. Estas etiquetas se colocan ya que el evento ha ocurrido y después de que se le haya dado su justa dimensión con base en un riguroso análisis histórico. Pero ni siquiera en el planteamiento podríamos hablar de una transformación profunda ya que, si bien el gobierno de AMLO implica un cambio con respecto al régimen anterior, sigue formando parte de las mismas élites políticas y las sigue tomando como referencia.

    Que el gobierno de AMLO tenga ese espíritu del PRI del siglo pasado al cual el mismo López Obrador hace referencia no implica necesariamente que sea o vaya a ser igual a esos gobiernos por tres razones:

    1) Que se encuentra inserto en un contexto diferente, con reglas de juego distintas. (prensa más libre, geopolítica muy distinta, una sociedad distinta, dinámicas políticas, sociales y económicas muy distintas).

    2) Que, a diferencia del PRI, no existe una férrea disciplina dentro del partido. El único punto de referencia para «cuadrarse» es el Presidente López Obrador, pero no hay una lealtad al partido como tal. Tampoco, producto de la ausencia de dicha disciplina y de MORENA como un partido nuevo que se acaba de formar, es perceptible la eficacia que caracterizaba a los gobiernos del PRI. Eso se puede palpar en las improvisadas políticas que han buscado implementar en los dos meses que llevan de gobierno.

    3) Que concentra su legitimidad en un líder y no en un partido. La llamada Cuarta Transformación pareciera en ese sentido una amalgama del PRI hegemónico con el caudillismo revolucionario.

    4) Que el PRI siempre fue respetuoso del Estado laico y se abstuvo de utilizar símbolos religiosos, a los que sí apela López Obrador de forma recurrente. Pero al mismo tiempo, el gobierno de AMLO es capaz de albergar dentro de su movimiento corrientes de izquierda social como personas que son miembros de colectivos LGBT y similares (la misma política del PRI de acaparar todo pero con un umbral más amplio).

    En la práctica, parece algo difícil ubicar al gobierno de AMLO dentro del espectro político, dificultad que comparte con el propio PRI. Ideológicamente, no se trata de un gobierno radical o extremo, a pesar de su carácter populista. En el sentido meramente ideológico se trata de un gobierno moderado. No vemos un estatismo exacerbado, por el contrario, vemos a un gobierno que pretende hacer «justicia social desde la austeridad». La crítica hacia muchas de sus medidas tienen que ver con la excesiva improvisación pero no con una «radicalización». inclusive algunas de las medidas tomadas podrían ser catalogadas por algunos como de «derecha».

    Si bien sí se puede hablar de un cambio de régimen (o al menos de élites), no se puede hablar de una transformación ni mucho menos puede equiparársele con la Independencia, la Reforma o la Revolución Méxicana que, en su tiempo, para bien o para mal, sí representaron algo nuevo con respecto a su estado anterior. La Cuarta Transformación ni siquiera hace referencia a la transición democrática acontecida apenas hace unas pocas décadas, la cual, al menos de forma parcial, sí llegó a representar un quiebre y una novedad.

    Así, me parece difícil llamarle «Cuarta Transformación» a un gobierno que no parece traer consigo una sacudida de fondo como lo trajeron las primeras tres transformaciones y que ha cometido el error de autodenominarse como tal, cuando es el juicio de la historia el que debería encargarse de esa tarea.

  • ¿Es el libre mercado de derecha?

    ¿Es el libre mercado de derecha?

    ¿Es el libre mercado de derecha?

    Actualmente, muchos afirman que la derecha guarda relación con el libre mercado. Pero esta es, cuando menos, una definición reciente que no termina por explicar la esencia de esta dicotomía a la cual tanto hacemos alusión en la política.

    Si nos remontamos a la Revolución Francesa, podemos entender esa esencia: la izquierda busca, en teoría, modificar el status quo en favor del bien común, la derecha busca mantener las jerarquías y las estructuras sociales. Que la derecha busque mantenerlas en la actualidad a través del libre mercado es una cosa, pero eso no significa que el mercado sea intrínsicamente de derecha.

    Así nació esa dicotomía, considero que así debería mantenerse y además entenderse que es relativa a su tiempo. El libre mercado como tal no surgió como una «iniciativa de derecha», sino como una respuesta de la burguesía, que en ese entonces no era privilegiada, hacia el orden establecido y los privilegiados (la nobleza y el clero). Difícilmente podría afirmar de forma categórica, por ejemplo, que Adam Smith era de derecha atendiendo al contexto en el que se encontraba ya que buscaba, por medio de la libertad individual, que toda la sociedad se beneficiara, no que se mantuvieran las estructuras. Su concepto de la mano invisible tiene que ver poco con la derecha si la entendemos como la preservación del status quo ya que aspiraba a que la libertad individual beneficiara a la sociedad en su conjunto, no que las estructuras sociales, tales como él las conoció, se mantuvieran igual.

    Robespierre, por su parte, fue «izquierdista radical» en su momento, cuando fue uno de los líderes más visibles del jacobinismo en la Revolución Francesa. Robespierre difícilmente podría ser catalogado como un comunista o un socialista extremo, lo que él quería hacer era derrumbar el orden existente compuesto por la monarquía, el clero y la nobleza para sustituirlo por la República, forma de gobierno que naturalmente sacó a la nobleza de la élite privilegiada y colocó a la burguesía en su lugar.

    Incluso, hasta recién entrados los 70, la derecha aplaudía las medidas keynesianas que ahora se consideran como «de izquierda» y hasta llegó a promover el Estado de bienestar en Europa para evitar que la gente fuera seducida por el comunismo. Muchos de los beneficios sociales en Europa tuvieron su origen en la Prusia de Bismark, quien difícilmente podría ser categorizado como izquierdistas, que buscaba dotar a la sociedad de una seguridad y salud social, en parte motivado en evitar la lucha por medidas más radicales y hasta en tener soldados sanos y fuertes que pudieran combatir en la guerra. La defensa de la derecha por el Estado mínimo comenzó hasta ese entonces e incluso, al mismo tiempo, la misma izquierda fue abandonando de forma progresiva la idea de una economía controlada por el Estado y terminó defendiendo el Estado de bienestar dentro de una economía de mercado.

    Dicho esto, el fascismo y el nazismo no podrían ubicarse fácilmente dentro de este espectro ya que contienen elementos que podrían adjudicarse a una o a otra postura. Lo mismo pasa con el libertarismo o el liberalismo en su más pura expresión, que concuerda con la derecha actual en su defensa hacia el libre mercado (y no necesariamente por las mismas razones), pero tiene más coincidencias con la izquierda en su defensa de las libertades sociales.

    A la izquierda y la derecha hay que entenderlas como una dicotomía que es relativa a su tiempo. Al no asumir esto, se entiende que genere mucha discusión o se sugiera incluso que es una dicotomía que «está superada y que ya no tiene sentido» cuando no es así (máxime que muchos siguen usando esta dicotomía inserta en una sociedad industrial que ya fue superada). En su origen, una economía de mercado difícilmente podría haber sido vista como una «medida de derecha». Lo fue en tanto las estructuras sociales terminaron enraizadas en esa dinámica. Por eso no se puede decir que la «economía de mercado» sea, en esencia, de derecha. Lo que, en todo caso es de derecha, es la defensa de las estructuras sociales vigentes que, sí, se encuentran insertas sobre una economía de mercado.

  • Ser influencer en tiempos del ego

    Ser influencer en tiempos del ego

    Querer ser influencer está de moda. No son pocas las personas que quieren ingresar a este mercado cada vez más saturado. El mismo término anglosajón se carga de un hype que para qué les cuento.

    Está de moda porque Internet le ha dado al individuo de a pie un canal para aspirar a ser famoso. No tiene que tocar las puertas de Televisa ni algún otro medio tradicional para ver si después puede aparecer en una novela, en un programa de revista o de debate político, basta un canal de Youtube, una cuenta en Instagram o Twitter y cómo grabarte ¿no?

    Suena muy sencillo, pero no lo es.

    Muchas de las personas que aspiran a ello creen que no es tan difícil. Ven algún video de Yuya y dicen «es banal y frívolo, que cualquiera lo puede hacer». Entonces, los ilusos y las ilusas hacen cualquier cosa, como irse a emborrachar a un antro para subirlo a Instagram Stories y presumir una vida frívola o empezar a seguir a multitud de personas esperando que les den follow-back, de esas personas me he topado mucho en Instagram.

    Pero detrás de los videos de Yuya y de los influencers exitosos hay mucha preparación y mucho trabajo: hay que escribir guiones, investigar, y mientras no tengas los recursos necesarios, encargarte de toda la edición, y eso de verdad que es algo bastante pesado. Implica encerrarte un día y «picarle» al Adobe Premiere e implica que le estudies en Internet para que ese producto quede lo suficientemente decente. Implica prueba y error. Vaya, implica «ponerte en la madre».

    A diferencia de los influencers con mucha audiencia, que al final son muy pocos, que son los que llegaron primero y que tienen una estrategia y muchas horas de esfuerzo duro detrás, estas personas que aspiran a ser influencers no tienen una estrategia clara y creen que todo se trata de inflar followers para venderse a las marcas. Creen que basta un cuerpo bonito o que se trata de presumir su vida cotidiana para hacerse famosos y así monetizar a su persona para vivir de ahí. Vieron que otra persona ya lo hizo y le funcionó, pero esa persona ya acaparó el mercado, y lo hizo de una forma mucho más inteligente que ellos.

    Ellas y ellos creen que la vida de influencer es fácil y, en realidad, no lo es. Hay que chingarle, como en cualquier proyecto, como en cualquier empleo, y más aún ahora cuando el sector está cada vez más saturado.

    El problema más grande de estos influencers de medio pelo es que se concentran tanto en su ego (que me conozcan, que tenga muchos followers) que olvidan que se trata de generar contenido para los demás. No se preguntan bien siquiera ¿qué es lo que la gente quisiera ver? ¿Es mi contenido original? ¿A qué segmento de mercado puedo aspirar a entrar con mis talentos y habilidades? Se preguntan ¿Cómo me voy a ver? ¿Qué tan famos@ voy a ser? ¿Cuánto voy a ganar?

    Creen que son lo suficientemente cool como para atraer a las masas a sus cuentas, pero no lo son. Muchos influencers ni siquiera necesitan ser tan cool (algunos incluso son antipáticos y saben explotar esa antipatía a su favor), necesitan una fórmula que funcione, para eso se necesita mucha creatividad, trabajo y esfuerzo.

    Y por eso entendemos que la mayoría de aspirantes a influencers están condenados al fracaso.