Autor: Cerebro

  • Un duro y tupido análisis de los 100 días sobre AMLO en 15 puntos.

    Un duro y tupido análisis de los 100 días sobre AMLO en 15 puntos.

    1 Cambio: El gobierno de López Obrador ha llegado al poder mediante una forma de gobernar que, en las formas (no sé si tanto en el fondo), rompe con lo que venían haciendo los gobiernos pasados, esos a los que AMLO llama neoliberales.

    2 Símbolo: El gobierno de AMLO ha apostado a lo simbólico para mantener e incluso aumentar su popularidad, lo que se traduciría en mayor capital político para tomar decisiones y, eventualmente, más poder. Son cuestionables los beneficios que reciba el pueblo al vender el avión presidencial o al abrir Los Pinos al público, pero le ayuda a crear un mensaje, una narrativa, que ha convencido a la mayoría de la población de que un cambio sí está por venir.

    3 Prisa: El gobierno de López Obrador no se está tomando el tiempo; por el contrario, tiene prisa. Quiere empezar a hacer los cambios desde ya, lo que nos lleva al siguiente punto.

    4 Desorden: Ha sido la constante de su gobierno, el cual demostrado una evidente y preocupante cantidad de improvisación en su gestión, lo cual le ha llevado a tomar malas decisiones, a no sopesar buena forma aquello que se está decidiendo. Prueba de ellos son la gran cantidad de decisiones a las que han dado marcha atrás porque ni siquiera midieron su impacto.

    5 Esperanza: La popularidad de López Obrador es muy alta, puede presumir ser uno de los presidentes más populares de la historia moderna de México después de sus primeros 100 días.

    6 Austeridad: El gobierno de AMLO es uno muy austero. Parece estar preocupado por el manejo de las finanzas y la macroeconomía, Al parecer, no quiere endeudarse. Sin duda, tiene un equipo económico que «le sabe a esto».

    7 ¿Izquierda? El gobierno de López Obrador ha tomado medidas impopulares que muy difícilmente podrían vincularse con un gobierno a la izquierda. El desprecio por el papel del Estado en la promoción de la ciencia y la tecnología, los recortes a la cultura y al arte, el asunto del FONCA,

    8 Mansplaining: Si dudamos de etiquetar al gobierno de AMLO como de izquierdas, tampoco parece ser un gobierno que se preocupe por las mujeres, o al menos así lo ha demostrado con las polémicas decisiones de cerrar las estancias infantiles o amagar con hacer lo mismo con los refugios para las mujeres violentadas.

    9 Control: El gobierno de AMLO busca concentrar mayor poder y control sobre los asuntos políticos del país. A este gobierno no le gusta la sociedad civil (a la cual califica de conservadora y fifí), tampoco le gustan mucho las instituciones autónomas. El gobierno actual guarda sospechas sobre aquello que no puede controlar.

    10 Clientelismo: El gobierno de AMLO, a través de varios de sus programas, busca establecer una relación clientelar con sus beneficiarios: a través de tarjetas, beneficios, transferencias directas. Vaya, el gen del PRI está muy presente en esta administración que se asume como la Cuarta Transformación.

    11 Improvisación: A este gobierno parece no importarle mucho la técnica, ni los estudios ni los análisis (posiblemente por su desprecio a la tecnocracia). Lo que importan son las «buenas intenciones», la retórica, el símbolo. Lo importante no es, por ejemplo, el costo y el impacto de la cancelación del NAICM, sino el mensaje.

    12 Autoritarismo: Aunque su gobierno no se puede calificar como una dictadura ni mucho menos, vemos algunas señales algo preocupantes que van desde declaraciones despectivas a la Trump hasta amenazas por parte de algunos de los miembros de su gobierno.

    13 Consultas: AMLO ha hecho de la consulta una herramienta para crear un ambiente de cercanía con el pueblo y también para diluir su responsabilidad sobre las decisiones tomadas por su gobierno. Cabe mencionar que no se consultan todas las decisiones, sino tan solo las que son más convenientes políticamente.

    14 Moral: Más que el respeto al Estado laico que esperaríamos de un gobierno que se dice de izquierda, vemos a un gobierno que pretende propagar su particular visión de lo que la moral debería de ser, utilizando más de una vez símbolos religiosos cristianos.

    15 ¿Oposición? La oposición ha brillado por su ausencia. Ésta tan solo se ha visto mediante algunas pocas plumas, organizaciones civiles o incluso políticos que son parte del gobierno que lograron dar marcha atrás a la intentona de poner un mando militar al frente de la Guardia Nacional. Más bien nos hemos topado con cosas que rayan en el ridículo como el pobre papel de los mismos políticos que fueron «corridos a patadas» en las urnas y organizaciones como Chalecos Amarillos.

  • #8M. Las mujeres se están empoderando

    #8M. Las mujeres se están empoderando

    #8M. Las mujeres se están empoderando

    Con toda la imperfección, las virtudes y los defectos que puedan traer los distintos movimientos feministas y relacionados detrás de sí, algunos moderados, otros radicales y de distintas ideologías (imperfecciones, virtudes y defectos que suelen ser constante en todas las luchas). usted, mi amigo, no podrá negar que estos últimos años las mujeres se han empoderado mucho, que han cobrado mayor relevancia como género como nunca antes y que ello representa uno de los cambios culturales más importantes de los últimos años. No solo votan y estudian, también escriben cada vez más libros y ocupan más puestos de poder.

    Tampoco podrá negar que ya no habrá un punto de retorno hacia el pasado al cual no lo puede justificar ni la nostalgia, no podrá negar que las sociedades de la información actuales son completamente incompatibles con la relación asimétrica entre géneros que solo pueden explicarse como reminiscencias de etapas de desarrollo de la especie que ya fueron superadas.

    Si usted es hombre como yo, no debería estar molesto ni asustado, en el entendido de que el ser humano es digno por solo el hecho de serlo no tiene elementos para argumentar que un género es superior a otro. Tampoco debería pensar que su masculinidad está en crisis ya que tan solo debería preocuparse por evitar esas conductas que minimizan, infantilizan o ridiculizan a las mujeres. Menos debe someterse para quedar bien, usted tiene derecho a disentir, pero sea crítico a la hora de detectar cuándo se trata de un disenso o cuestionamiento legítimo, y cuándo se trata de su reticencia a abandonar conductas que minimizan o denigran al género femenino.

    Más allá de arroparse con términos como «aliado» o «feminista» (y peor aún cuando se usan por conveniencia o para quedar bien) simplemente nos debería parecer inconcebible que entre los dos géneros, igualmente importantes en la preservación de la especie, no exista por completo todavía una relación simétrica donde los roles sean producto del común acuerdo de ambos.

    Tal vez no esté usted equivocado cuando dice que hay movimientos que llegan a caer en excesos o incongruencias (al igual que ocurrió con la emancipación de los negros o con los feminismos liberales de su tiempo), aunque también recuerde usted, estimado amigo, que nuestro género llegó a ser muy manchado con ellas, les dijimos que su rol debería ser tal o cual, que su rol estaba en la cocina, que debían obedecer «al hombre», roles que se justificaron bajo argumentos supuestamente naturalistas, pseudocientíficos, o como preservación de lo tradicional.

    Cierto que explicar el papel de histórico de los roles de género va mucho más allá de los relaciones de poder, no se limita a éstas y son producto de algo mucho más complejo que solo puede analizarse desde una perspectiva multidisciplinar. Pero lo cierto es que ellas están pidiendo su espacio y, por el simple hecho de ser seres humanos, tienen derecho a ello.

  • El acarreo de MORENA y el eterno retorno al PRI

    El acarreo de MORENA y el eterno retorno al PRI

    Hasta hace poco, tanto la opinión pública, la izquierda, la derecha, y cualquier cosa que no fuera el PRI, criticaba con vehemencia el acarreo de personas al que el Partido Revolucionario Institucional estaba acostumbrado. Un acto, que no está por demás decirlo, es inmoral e inhumano, como la compra de conciencias y su uso para fines políticos, fue un gran recurso operativo que no solo llevó a Peña al poder sino que le ayudó a mantenerse en él. Ahí donde estaba Peña siempre estaban los acarreados gritando consignas a favor de su «presidente transformador».

    Algunos nos juraron que con López Obrador la historia sería diferente, que lo que había ahí eran solamente voluntarios que creían en el proyecto. Una de las primeras manifestaciones de que la historia con la Cuarta Transformación no sería diferente la vi con mis propios ojos, cuando Andrés Manuel López Obrador vino a Guadalajara a dar un discurso en el cruce de Avenida México y Avenida Chapultepec y en el cual pude ver decenas de autobuses de acarreados traídos de otras ciudades.

    El recurso del uso de las voluntades no es algo de lo que haya rehuido López Obrador, más bien parece haberlo potencializado porque AMLO, al igual que el PRI, así entiende la política. Contradiciendo la frase de Tom Peters, AMLO no busca crear nuevos líderes sino seguidores.

    Pero, a diferencia del PRI, cuyos acarreados se limitaban a gritar consignas a favor del gobierno entrante a cambio de una torta, un Frutsi o dinero y a votar por su partido esperando que les dieran recursos o despensas, MORENA parece buscar más bien generar un ambiente de encono para polarizar la política, para hacer una distinción entre «nosotros» y «ellos». Eso parece explicar por qué se ha convertido en un patrón que todos los gobernadores (excepto, claro, los de MORENA) hayan sido abucheados y hayan recibido gritos y consignas descalificadoras.

    Los más fervientes simpatizantes de López Obrador afirman que no hay estrategia detrás, que eso es perfectamente entendible en un contexto en el cual el presidente ostenta aproximadamente el 70% de aprobación, porcentaje superior a la de cualquier gobernador. Yo discrepo rotundamente con esa tesis porque, para empezar, el porcentaje de aprobación entre los distintos gobernadores es muy variable (unos tienen números bastante aceptables y otros no) la reacción en los siguientes casos ha sido bastante similar, los gritos y las consignas son bastante parecidas, y ya son varios gobernadores (Javier Corral de Chihuahua o José Ignacio Peralta de Colima) los que han denunciado que existe una consigna.

    Si bien en algunos casos, López Obrador, quien ha estado presente en esos mítines, pidió a los suyos que se calmaran, en otros casos, como los abucheos que recibió José Ignacio Peralta en Manzanillo y que denunció en frente del Presidente de México que había una consigna, López Obrador se quedó sentado con una sonrisa incómoda viendo el espectáculo.

    Esto preocupa porque AMLO no solo está echando mano de uno de los vicios más desagradables e inmorales del PRI como es el uso de conciencias para su beneficio político, sino que los está utilizando para generar encono, división y para desacreditar a sus adversarios.

    Esto preocupa porque esta práctica es, a todas luces, autoritaria y antidemocrática, ya que busca, a través del descrédito, ridiculizar y minimizar a la oposición. Y lo más preocupante es que esto se suma a la actitud de algunos de sus seguidores en redes sociales que no tienen disposición alguna a debatir y buscan desacreditar, ridiculizar y hasta humillar a quien piensa diferente.

    ¿Cómo puede hablarse de una cuarta transformación que hecha mano de muchos de los vicios del pasado? ¿Por qué varios de quienes vieron en AMLO una antítesis a la corrupción y al uso de conciencias del PRI callan? ¿Por qué no hay una crítica sistemática a estas acciones como sí las hubo el sexenio pasado? Son preguntas incómodas pero que deben hacerse, y son necesarias para evitar que la displicencia de la gente alimente impulsos autoritarios que solo dividen a la sociedad.

  • Percepción 1, realidad 0

    Percepción 1, realidad 0

    Hace unos días, Consulta Mitofsky publicó los resultados de un estudio de opinión sobre la popularidad que tiene López Obrador y la percepción que la gente tiene sobre sus políticas públicas. En resumen, contrario a lo que algunos eruditos piensan, López Obrador ha aumentado sus índices de popularidad.

    Pero me llamó la atención sobremanera el apartado sobre la percepción que la gente tiene de la seguridad del país, y creo que la interpretación de esta gráfica nos ayuda a interpretar casi todo lo demás, como por ejemplo ¿por qué AMLO es cada vez más popular?

    La percepción no siempre está correlacionada con la realidad porque el individuo muchas veces no conoce la realidad más allá de lo inmediato, de su realidad cercana y los medios de comunicación, porque tiene escepticismo de la estadística (sobre todo cuando viene de fuentes oficiales) y, sobre todo, porque las emociones y las sensaciones influyen mucho a la hora de hacer un juicio. Vaya, se les pregunta a las personas lo que percibe, no si hizo un minucioso estudio de las estadísticas. Tomemos el caso de la seguridad: Es común que una persona que fue asaltada en el último mes y que en la televisión vio noticias sobre asaltos y asesinatos, diga que la inseguridad se ha disparado aunque los datos duros indiquen que ha pasado lo contrario: digamos que esta persona tuvo mala suerte porque aunque ha habido menos asaltos, a ella le tocó la mala fortuna de ser víctima de uno y los noticieros que esta persona ve generalmente exhiben nota roja porque así esperan tener más audiencia.

    El caso de la gráfica que nos muestra Consulta Mitofsky muestra este mismo sesgo pero en el sentido inverso donde el porcentaje de la gente que percibe que México es más seguro es mucho mayor que en todos los 10 años en que la encuestadora ha lanzado esa pregunta. Es discutible si enero ha sido el mes más violento (como afirma un columnista en Animal Político donde, al parecer, hizo un mal desglose de la información proporcionada por la SESNSP al no excluir los homocidios accidentales de los demás homicidios). pero lo cierto es que, en el mejor de los casos, la tendencia se ha mostrado estable, lo cual muestra que ese cambio drástico en la percepción nada tiene que ver con la realidad.

    La imagen puede contener: texto

    ¿Y entonces por qué ese drástico cambio en la percepción se dio? Si un indicador se mueve es porque una variable dentro de la ecuación cambió.

    Y me atrevería a sugerir que este cambio podría explicarse por la figura y la retórica de López Obrador. ¿Por qué?

    Mi argumento es el siguiente: la mayoría de los mexicanos en este momento evalúa de forma positiva la gestión de López Obrador porque tiene esperanza en su figura, su amplia popularidad creciente lo deja ver latente. Posiblemente la gente está tomando con agrado que se esté «gobernando de una forma diferente», que en poco tiempo le esté «pegando al avispero» y esté cambiando la forma de hacer las cosas. Muchos de los especialistas y la oposición han sido muy críticos sobre las formas y los métodos, pero el alcance que tienen en el contexto actual es limitado. Incluso toman eso como algo positivo, «si los perros están ladrando, es señal de que se está avanzando», podrían pensar. AMLO dirige la agenda, los medios bailan a su ritmo, sus seguidores la propagan y la defienden en las redes sociales.

    Y como la gente está percibiendo que este gobierno «está haciendo algo», entonces en automático piensa que la seguridad está mejorando porque cuando una narrativa de cambio y rompimiento de un status quo deficiente está siendo implementada dentro del colectivo, se piensa que todo tiende a mejorar. Como en un lapso de tres meses solo una pequeña proporción de la población es asaltada y como hasta ahora no se ha suscitado algún escándalo fuerte relacionado con la seguridad, no hay algo que ponga en tela de juicio su argumento. Lo mismo explica por qué el desabasto de gasolina no redujo la popularidad de López Obrador en lo absoluto: muchos de los que aprueban su gestión tal vez se sintieron incomodados, pero al mismo tiempo llegaron a la conclusión es que es muestra de que «por fin se está haciendo algo». No es poco común que cuando un gobierno implementa cambios de fondo, suela generar incomodidades en el corto plazo (aunque podemos cuestionar si este es el caso).

    El gobierno de López Obrador ha tomado como base lo simbólico. Es la forma en que aspira a mantener legitimidad mientras llegan los resultados (los cuales tardan más). Vender el avión presidencial, abrir Los Pinos o quitarles las pensiones a los ex presidentes tiene un efecto casi nulo dentro de las finanzas o dentro del combate a la corrupción, pero ayudan mucho a fortalecer la narrativa que López Obrador ha estado propagando.

    El problema es que la fortalece tanto que la gente piensa que los indicadores sobre aquello que «sí importa» están mejorando cuando no hay evidencia empírica alguna de ello. Y ello es un problema porque la gente no está haciendo un juicio sobre los hechos, sino con base en una percepción muy sugestiva que ha sido, de alguna forma, alterada con la ayuda de la misma propaganda lopezobradorista, para que la gente crea que AMLO está gobernando muy bien y está transformando el país cuando en realidad su gobierno lleva solamente tres meses.

    ¿Hasta qué punto podrá el símbolo alterar la percepción de la gente? Difícilmente lo sabremos. Habrá que ver hasta que grado los hechos que contradigan a lo simbólico son suficientes para convencer a la gente de la cruda realidad, si bastarán datos duros o tenga que percibir una afectación en la vida cotidiana. Habrá que ver si en el mediano plazo, el gobierno de López Obrador comienza a mostrar resultados positivos con lo cual el símbolo se vuelve innecesario.

    Pero lo cierto es que juzgar el mandato de un gobierno con base en lo simbólico puede llegar a ser peligroso. Imaginemos que López Obrador logra extender la fuerza de lo simbólico unos tres años aunque los resultados de su gestión no sean en realidad nada buenos, lo cual hace que la gente le vuelva a dar un voto de confianza en las cámaras porque «percibe» que este gobierno está haciendo las cosas bien. Imaginemos que la gente cuestiona a quienes evidencian los errores del gobierno bajo el pretexto de que son supuestamente parte de las élites que quieren que las cosas no cambien (por eso es que la polarización suele ser una buen arma política). Imaginemos que AMLO insista en estigmatizar a la prensa, a la oposición. No sería el primero en hacerlo, pero dada la popularidad que tiene López Obrador así como su fuerte y feroz narrativa, el efecto será mucho más grande que al que habría podido aspirar cualquier otro presidente.

    A la hora de hacer juicios políticos, la gente es menos racional de lo que se piensa, ya que sus posturas no son necesariamente producto de una concienzuda deliberación, es a veces más producto de la forma en que percibe el mundo y, en muchas ocasiones, las personas se expresan a través de ésta. Los políticos lo saben, López Obrador lo sabe, y sabe sacarle partido.

  • 10 características que debería tener la oposición hacia López Obrador

    10 características que debería tener la oposición hacia López Obrador

    10 características que debería tener la oposición hacia López Obrador

    Primero: En ella no deberían poder participar los políticos de siempre. Esto naturalmente excluye a Margarita Zavala, Felipe Calderón, gente como Javier Lozano y demás miembros de la clase política que fue sacada a patadas en el 2018. Su mera presencia deslegitimaría cualquier movimiento de oposición. Muestra de ello fue el movimiento #HijasDeLaMX (que tuvo el «beneplácito» de la clase política que fue barrida) y que cayó en el desprestigio casi en el momento en el que surgió.

    Segundo: Debe tratarse de una coalición entre diversas corrientes de pensamiento pero que tengan la capacidad de defender el modelo de democracia liberal con división de podres, contrapesos, libertad de expresión, participación ciudadana, Estado de derecho, economía de mercado que esté acompañada de un sistema de seguridad social, que busque combatir los vicios estructurales que derivan en una sociedad injusta e inequitativa (falta de oportunidades, manifestaciones de clasismo o racismo). Dicho esto, esta oposición puede englobar tanto a movimientos de izquierda democráticos (por ejemplo, socialdemócratas), liberales (en el sentido clásico) e incluso corrientes de centro-derecha que coincidan en defender este modelo de democracia.

    Tercero: Debe blindarse ante cualquier injerencia de movimientos de corte populista (de derecha) que pudieran surgir y que busquen aprovechar el descontento de la gente opositora hacia López Obrador para promover una agenda iliberal o, peor aún, autoritaria.

    Cuarto: A partir de la defensa de ese modelo se debe de crear una narrativa poderosa, coherente y contundente que logre contrarrestar la narrativa de López Obrador. Naturalmente este sería uno de los retos más difíciles pero indispensables, y por ello esta oposición debería desligarse de los gobiernos anteriores, lo cual me lleva al siguiente punto:

    Quinto: Deben de ser críticos con los regímenes anteriores y no aspirar a ser una reedición del estado anterior de las cosas. Deben ser oposición de López Obrador, pero también deben ser férreos críticos de los gobiernos anteriores, reconocer lo que se hizo mal de tal forma que puedan ofrecer un modelo nuevo.

    Sexto: Es importante que quienes conformen este grupo (en especial las cabezas visibles) sean gente honorable, reconocida por la sociedad y que no vayan a promover o representar intereses nocivos, ya sean políticos o económicos. Deben saber establecer puentes de diálogo con los diversos sectores pero, a la vez, deben mostrar independencia de éstos.

    Séptimo: Deben de ser capaces de integrar a gente de distintos sectores, de distintas clases sociales y personas que si bien, pueden tener discrepancias en algunas cuestiones políticas, coincidan en su entusiasmo de promover y defender un sistema democrático.

    Octavo: Debe comportarse como una oposición responsable cuyo fin sea velar por los intereses de este país y de todas y todos los ciudadanos que la componen, y no que su papel sea llevar la contra al gobierno nada más por llevarla; mucho menos hacerlo de forma visceral. En este sentido, también debe de ser capaz de reconocer los que desde su consideración sean aciertos del gobierno actual. No debe caer en la tentación de polarizar a la sociedad ni de estigmatizar a quienes piensan diferente.

    Noveno: Debe centrarse no solo en la oposición hacia determinadas políticas del gobierno que se consideren cuestionables, sino que deben estar dispuestos a analizar bien dichas políticas en vez de hacer críticas «por encimita» con base en el primer artículo que vea. Pero sobre todo, debe de ser capaces de plantear alternativas hacia las políticas propuestas y defenderlas.

    Décimo: Debe tener un carácter incluyente y plural, que sea capaz de escuchar a las distintas voces y a los distintos sectores de la sociedad, que no viva en una burbuja y sepa abrirse e incluir a todos los «Méxicos».

  • Attolini vs Majluf. Dos Méxicos a debate.

    Attolini vs Majluf. Dos Méxicos a debate.

    Foto: Radio Centro

    En el programa de Julio Astillero en Radio Centro (cadena de radio que ha empezado a ganar notoriedad) se suscitó un debate muy apasionado que fue anunciado con bombo y platillo. Vaya, hay que agradecerle a Julio Astillero su disposición para crear debates entre individuos tan disimiles e incluso darles un espacio a aquellos que ya traían pique en Twitter.

    Estos ejercicios son interesantes, pero no solo por la discusión en sí (no siempre mantienen un buen nivel, producto más de los debatientes que de el formato) sino por lo que estas discusiones reflejan sobre la realidad política de nuestro país. Y en este contexto, el debate entre Antonio Attolini y Pablo Majluf fue muy ilustrativo.

    Antonio Attolini llega representando la esencia retórica y dialéctica de MORENA, posiblemente en su peor versión. Pablo Majluf llegó representando, no a esa «derecha visceral e histérica» incapaz de formar una oposición digna y que es la que más resuena, sino a ese pequeño reducto intelectual que cree en la democracia liberal y sus valores, ese que cubre un cacho del espectro ideológico que abarca desde el liberalismo hasta la socialdemocracia (que de todos modos para los incautos para Attolini siempre los van a catalogar como de derecha), que cree en los contrapesos y en la participación ciudadana.

    Desde ahí ya hay una desventaja, ya que Attolini representa al gobierno que está en el poder y Majluf representa una proporción minoritaria de la ya pequeña oposición al gobierno de López Obrador, tal vez lo poco rescatable de eso que llamamos oposición. En este sentido, la relevancia de lo que Attolini representa es mucho más grande que lo que representa Majluf.

    Attolini llevó la retórica, Majluf llevó los argumentos. Me parece que Pablo Majluf subestimó a su rival, uno muy cínico, agresivo y visceral, porque en un debate los argumentos son necesarios mas no suficientes. El debate es todo un arte, no solo hay que saber argumentar sino saber «cómo hacerlo» y luchar por ellos en la arena. A Majluf lo noté nervioso al principio, como si hubiese recibido unos madrazos apenas al salir del vestidor y apenas se estuviese dando cuenta de lo que había pasado. Luego se recuperó y entendió de qué iba esto. Pero, aunque Majluf siempre tuvo los argumentos de su lado, Attolini siempre tuvo el control emocional de la contienda.

    No conozco bien a Pablo Majluf, pero en el debate me dejó en claro que es alguien que sabe matizar, que sabe entender la complejidad del asunto. Attolini solo sabe ver blancos y negros (cosa que, de hecho, hace a propósito) y llega a ser tan cínico y poco ético en el debate que acusa falsamente a su contrincante de hacer lo mismo. Un ejemplo es cuando a Attolini le preguntaron cuáles eran los errores de AMLO en estos tres meses y a a Majluf cuáles eran sus aciertos. Majluf supo reconocer de forma fácil tres aciertos de su gobierno, Attolini no estuvo nunca dispuesto a reconocer error alguno.

    Mientras que es evidente que Pablo Majluf se ha concentrado en el ámbito intelectual, Antonio Attolini, el otrora autonombrado líder de #YoSoy132, ha practicado mucho sus habilidades de retórica o debate, pero no con el fin de saber ganar un buen debate, sino con la finalidad de destrozar al adversario violando las reglas de lo que un buen debate es. como si se tratara de un boxeador que le pone espinas a su guante y no le importa si ello implica que lo descalifiquen porque lo que le importa es ver a su adversario en la lona sangrando.

    Attolini se ha preparado para imponerse, para evocar las más oscuras emociones de los oyentes y de sus simpatizantes. Attolini no espera tener el mejor argumento sino generar la percepción de que está destrozando a su rival y que los suyos se emocionen al verlo. Majluf le dice que aquello que ha dicho es una falacia ad hominem y Attolini le responde que se vale. Attolini ni se preocupa por negar que esté defendiendo a un potencial régimen de partido único (MORENA) como el que tanto dijo combatir (PRI). El simpatizante de MORENA relativizó todas las acusaciones, ni siquiera las desmintió. Buscó humillar y despreciar a Pablo Majluf, haciendolo notar como irrelevante, como reaccionario y como contradictorio (cuando era él el que caía en las más aberrantes contradicciones) porque parte de la tesis de que lo que importa no es la realidad sino la percepción del espectador, al cual busca engañar tergiversándola para crear la falsa creencia de que él ha ganado el debate.

    Llama la atención que sea un joven como Antonio Attolini quien muestre serias manifestaciones de intolerancia a la hora de debatir, que considere que cualquier oposición es despreciable y que está necesariamente movida por oscuros intereses y que la única que vale es aquella comodina, timorata, aquella que no incomoda al régimen.

    Tanto Attolini y Majluf fueron como representantes de «aquello que representan». El primero representando un aura de intolerancia y agresividad, el otro capaz de matizar, de ser crítico (incluso con aquello que defiende) pero que todavía le falta algo más para defender sus ideas.

    Ayer, en la mesa de Julio Astillero vimos dos porciones de México.

  • Los Oscar, Hollywood y la agenda política

    Los Oscar, Hollywood y la agenda política

    Los Oscar, Hollywood y la agenda política

    Es completamente natural y entendible que haya un «sesgo izquierdista» (progre o liberal en el término estadounidense de la palabra) en el cine. Es entendible por varias razones:

    Las personas progresistas tienden a ser más abiertas al cambio, les gusta experimentar con lo nuevo, son más creativas, son menos metódicas y, en cierta medida, más desordenadas. Son menos disciplinadas (no en el sentido de que no se esfuercen, sino que son menos apegados a seguir estructuras y a autorregularse emocionalmente). Las personas conservadoras, por su parte, suelen ser más cuadradas, más tradicionalistas, más metódicas y más disciplinadas.

    Dicho esto, es muy entendible que sea a los progresistas a quienes les atraiga más el cine, la televisión y las artes. Eso no quiere decir que a un conservador no le pueda atraer (si no Clint Eastwood no haría cine), pero la proporción de los conservadores que se sienten atraídos por el cine siempre será mucho menor.

    Es entendible porque el cine y la televisión generalmente requieren expresión, experimentación y alejarse de la conformidad. Lo que no es innovador tiene pocas posibilidades de tener éxito. También el cine funciona como parangón para hacer crítica social (cosa que se les da mucho más a los liberales que a los conservadores).

    Por esto es común ver que sea en la televisión donde se promuevan cambios a las estructuras sociales como el matrimonio igualitario y la integración de los gays, y eso explica que los sectores conservadores generalmente suelan tener muchos recelos de los contenidos que se muestran en la televisión o en el cine a los cuales acusan de inmorales. Esto no ocurre porque exista una «gran conspiración» creada desde lo más recóndito para acabar con los valores morales, ello se explica tan solo por el hecho de que, al tener una mayoría liberal dentro del cine, básicamente buscarán reflejar e impulsar sus ideas liberales, lo cual hará que estas ideas tengan más visibilidad que las conservadoras (las cuales, a su vez, tienen más eco en otras instituciones y formas de organización como Iglesias, organizaciones familiares, escuelas creadas por organizaciones religiosas para influir sobre las élites de ciertos países).

    Entonces, en las películas y nominaciones de los premios Oscar, generalmente siempre habrá una inclinación hacia lo liberal y progresista. Veremos más actores y películas con un toque progresista que obras conservadoras. Y si quienes buscan refutar esta idea diciendo que hace varias décadas las películas eran más conservadoras, esto no ocurre porque los liberales hayan «cooptado» a Hollywood, sino que esas películas ahora vistas como conservadoras por nosotros tendían a ser liberales en sus tiempos.

    Pero independientemente de esta natural inclinación, hay algo cierto que algunos reclaman, y es que no es poco común que en los Oscar las motivaciones políticas influyan a la hora de nominar o premiar a actores o filmes, de hecho creo que esto se ha vuelto más marcado con Donald Trump ya que el activismo se ha vuelto más marcado. Ello se vuelve un problema porque por un lado buscan darle más visibilidad a las minorías (lo cual de entrada no me parece mal), pero en varios casos sí suelen darle más preferencia a ello que al mérito, y eso puede llegar a ser contraproducente porque puede demeritar la premiación y que, a la larga, esa intención de visibilizar a grupos antes ignorados termine generando resultados opuestos a los buscados.

    Los premios que ganaron los mexicanos en este año en general no estuvieron influenciados por este sesgo, pero sí vimos otras premiaciones donde a los organizadores les dio más por premiar a lo que iba conforme su agenda sobre el mérito. Un ejemplo de ello para mí es el caso de Remi Malek (que tiene orígenes egipcios y que interpretó a un cantante como Freddie Mercury que era homosexual y murió de SIDA), quien si bien hizo una muy buena actuación en Bohemian Rhapsody, no merecía tanto el premio como Christian Bale quien interpretó a Dick Cheney en Vice.

    Los organizadores deben de tener mucho cuidado con ello, porque si bien es entendible que quieran darle más visibilidad a grupos minoritarios, demerita que unos premios que se deberían regir por el éxito terminen afectados por el impulso de una agenda o por la corrección política. Deberían, a mi parecer, preocuparse más por impulsar carreras de actrices y actores de esas minorías para que su condición de minoría no sea ningún problema para crecer en Hollywood en vez de premiar a alguien por el simple hecho de ser afroamericano o gay.

    Es cierto que el cine es una vía poderosa para influir culturalmente en la población, pero cuando se trata de impulsar una agenda y supeditarla al mérito, la gente lo ve, lo nota y lo percibe. Y, por ejemplo, tal vez habría sido muy injusto para Yalitza Aparicio (cuya nominación si me parece merecida) que ganara el Oscar solo para visibilizar a las indígenas, que ciertamente suelen ser las clases más oprimidas de nuestro país.

  • AMLO y el desprecio por la técnica y la ciencia

    AMLO y el desprecio por la técnica y la ciencia

    Desde la izquierda se ha criticado a la tecnocracia mexicana por su distanciamiento de la realidad. La acusan de prender tratar de analizar el país y diseñar políticas públicas por medio de fórmulas y encerrados dentro de una oficina ubicada en una colonia de clase alta, en vez de salir allá afuera a conocer la realidad con sus propios ojos.

    No creo que la acusación sea muy lejana a la realidad. Más aún cuando lo cuantitativo, si bien es muy necesario, no siempre es suficiente para estudiar y entender al ser humano (que es lo que se requiere hacer para poder evaluar la situación de la población y para diseñar políticas públicas).

    Pero al gobierno de López Obrador le pasa lo opuesto, y de forma más grosera que el primer caso:

    AMLO ha responsabilizado a la tecnocracia de lo que él llama la tragedia nacional. Los tecnócratas, dicen, son parte esencial de la era neoliberal. Por ello, López Obrador ha construido dentro de sí un gran desprecio a la tecnocracia (gobierno de la técnica) y a todo lo que se le parezca. Su pretensión no es «humanizar a la tecnocracia y hacerlos salir al campo para que sus fórmulas tomen como base una hipótesis más real», es literalmente acabar con ella para sustituirla por una clase política más «social y humanista» más enfocada, al parecer, en valores religiosos medianamente laicizados, donde el simbolismo, la representación y el discurso se impone a la metodología, a la técnica y a la misma ciencia.

    Y dicha pretensión puede llegar a ser peligrosa ya que es imposible diseñar políticas públicas y tomar decisiones desde el símbolo en vez de hacerlo desde el método. Y tal vez con la excepción de algunos sectores de la economía y alguno que otro rubro donde sí hay algunas figuras con un perfil más tecnocrático (y que han trabajado lo suficientemente bien para que las cuestionables decisiones de López Obrador tengan un impacto negativo menor al esperado), el método y la técnica brillan por su ausencia.

    No es un secreto que la izquierda latinoamericana (tal vez con excepción de Chile o Uruguay) adolece de una «tecnocracia de izquierdas», y esto si asumimos que AMLO es realmente de izquierda. Lo suyo es el estrado, apelar a las emociones de la gente, la retórica. La técnica ha terminado casi en el olvido y despreciada por razones ideológicas y retóricas.

    Pero la izquierda no debe estar necesariamente peleada con la tecnocracia, ni la tecnocracia es algo característico de las derechas. En muchos países, sobre todo los más desarrollados, coexisten sin problemas, e incluso en países como Estados Unidos, es la derecha la que suele depreciar la técnica y la ciencia cuando determinadas políticas se entrecruzan con sus valores religiosos y dogmáticos. A diferencia de Estados Unidos, es la izquierda lopezobradorista la que ha despreciado y ninguneado a la ciencia misma (paradójico en un gobierno que dice ser de izquierdas). El estado actual del Conacyt es el más claro ejemplo de ello.

    Más importante debería de ser una tecnocracia cuando se pretende instaurar un nuevo régimen o una «nueva forma de hacer las cosas». Son más variables las que se tienen que controlar en un entorno de cambio que en uno de continuidad, y si en ese camino la técnica es relegada, no es difícil pronosticar el rotundo fracaso.

    En la mesa de AMLO no hay gráficas, ni estudios de impacto ni de retorno de inversión. Tal vez no sea posible ver ahí ni una raíz cuadrada ni mucho menos el Teorema de Bayes. Lo único que hay ahí es el borrador del discurso de la conferencia mañanera siguiente con el cual quiere generar un impacto político y marcar agenda.