El australiano Julian Assange se volvió famoso allá por inicio de la década por develar mucho secretos de la política occidental. Por medio de Wikileaks, nos enteramos de los trapitos al sol de muchos gobiernos y aprendimos que, ni en los países más desarrollados, eran de lo más confiables.
Hoy algunos siguen reconociendo su «acto heroico» (bueno, así insisten en llamarlo). Aunque muchos caímos en la trampa, después nos dimos cuenta que el activismo de Assange tenía su «jiribilla». Y es que si eran los gobiernos occidentales los que estaban siendo exhibidos, alguien tendría que beneficiarse, y naturalmente tendrían que ser los gobiernos que prácticamente no se vieron afectados por ello. Por ejemplo: Rusia, China.
Y por eso no es casualidad que los rusos hayan reaccionado de forma adversa ante la detención de Julian Assange afirmando que su detención atenta contra la dignidad humana.
Algunos argumentarán que la detención de Assange fue arbitraria, que hay intereses políticos, que Ecuador recibió, ese mismo día de la detención, un préstamo del Fondo Monetario Internacional. Puede que algunos de dichos argumentos sean válidos, pero esos merecen un trato aparte y su existencia no le regresan a Assange una «heroicidad» que nunca tuvo o que nunca mereció.
Julian Assange nunca fue un héroe. Alguna vez lo llegamos a pensar ingenuamente. Y si bien no hay razones para defender a los políticos que fueron exhibidos por medio de esta plataforma, lo cierto es que a estas alturas, además de poder concluir que regímenes como el de Rusia obtuvo un beneficio de ello, también se puede concluir que algo le deberán los movimientos populistas que han surgido en Europa producto de la crisis de representatividad a la que ayudó a generar Julian Assange, aunque sea un poco, al exponer información confidencial de los gobiernos occidentales.
La «opinocracia» de Internet, sobre todo en una época donde se hablaba de transparencia y datos abiertos, cayó rendida ante Assange. Vieron su activismo como un acto heroico donde, se creía, se empoderaba a los ciudadanos. Ya vimos que no, tan solo fuimos demasiado idealistas.
Y tal vez no se necesite más para desmitificar a esta figura, aunque estoy seguros que muchos se resistirán al desengaño.
Sé que te lo has dicho dentro de tu mente: que tú eres una persona más íntegra que los políticos que están en el poder.
Seguramente te dirás: yo casi no he cometido actos de corrupción, tal vez una mordida al tránsito por aquí, tal vez una factura comprada por acá, nada para escandalizarse.
Pero ¿estás seguro de que eres una persona más íntegra? Yo me lo pensaría dos veces.
¿Cómo sabes si eres una persona más íntegra si no has tenido frente a ti todas esas tentaciones que se les ofrece a los políticos para corromperlos, así como aquellas inherentes al ejercicio de la política?
¿En la vida te han ofrecido un moche por una obra? ¿Un moche que tal vez sea suficiente para pagarle la universidad a tu hija?
¿Has tenido la oportunidad frente a ti de «asegurar económicamente el resto de tu vida» utilizando de forma discrecional el dinero del erario público? Lo dudo muchísimo.
Básicamente, decir que eres más íntegro que un político porque nunca has robado lo que ellos han robado es como decir que eres una persona que nunca ha sido infiel porque nunca ha tenido novia.
La mayoría de las personas no se pueden sentir completamente seguras de que ellas serían muy diferentes si estuvieran en el poder básicamente porque no han estado ahí.
Bien tienen razón los que dicen que el poder no pervierte a las personas sino que las «amplifica» ya que el poder les da permiso de ser realmente como son ya que, a diferencia de nosotros los de a pie», ellos tienen menos restricciones para hacer lo que quieran. Y dicho esto, puedo esperar que aquel ciudadano común que da una «mordida necesaria» para agilizar el trámite o para que el tránsito no lo multe y le «ayude a ayudarle» sea aquel político que se pasa la ley por encima, roba o se enriquece.
Tal vez tengas razón al decir que muchos políticos son corruptos (mi intención no es de ninguna manera relativizar sus acciones), pero posiblemente no la tengas cuando sugieras que ellos son, en esencia, mucho más corruptos de espíritu que los ciudadanos de a pie.
Y tal vez así entenderás que un simple cambio de partido o de figura no va necesariamente a cambiar las cosas de fondo. Tal vez así entenderás que una cambio profundo requiere no solo de la rotación del poder políticos, sino también del papel del ciudadano en el quehacer público, político y social.
Al menos es una buena noticia, porque si lo piensas bien, tu capacidad de incidir es un poco mayor a la que te habías imaginado.
Una de las premisas de las izquierdas modernas es el fortalecimiento de la red de seguridad social, o eso que comúnmente conocemos como Estado de bienestar.
Esta institución, surgida principalmente Europa entre finales del siglo XIX y parte del siglo XX, se presentó como una alternativa evitar radicalizaciones entre los obreros e incluso para que los países mayormente europeos no cayeron en las garras del comunismo. A pesar de algunos embates de la liberalización económica que tuvo lugar a partir de los años 70, este sistema sigue siendo una constante en la gran mayoría de los países desarrollados en los cuales los trabajadores pueden aspirar a tener una pensión, un sistema de salud gratuito, el derecho a la educación, la cultura y un largo etcétera.
El Estado de bienestar, al tiempo que reduce la desigualdad, también le proporciona al ciudadano una base relativamente firme para poder desarrollar su proyecto de vida.
Erica Belcher – London School of Economics
Es cierto que en México el Estado de bienestar es más austero que el que existe en países desarrollados, en gran medida por la más limitada capacidad económica de nuestro país. También es cierto que la redistribución tiene un impacto muy marginal en el combate a la desigualdad. Aún así, tenemos un sistema que ofrece pensiones, sistema de salud (el IMSS, el ISSSTE y el casi desaparecido Seguro Popular) sin los cuales la cruda desigualdad y la pobreza tendrían un impacto aún más profundo en la población. Podríamos además incluir aquí a los programas focalizados como «Solidaridad – Progresa – Oportunidades – Prospera» que buscan combatir la pobreza, entre otros.
Pero con la izquierda de López Obrador no parece que estemos viendo un fortalecimiento de un Estado de bienestar institucional. Más bien pareciera que se está buscando desmantelar parte de éste con el fin de tejer relaciones de dependencia entre los ciudadanos y su gobierno. Pretender sustituir los programas de guarderías y de refugios para mujeres por transferencias directas es, me parece, una clara muestra de la búsqueda de la consolidación de poder a través de la creación de redes de dependencia dentro de los cuales los beneficiados sientan que «el gobierno les está ayudando y con el cual deberían sentirse agradecidos».
— Su Alteza Serenísima Serge (@Fotodelicox) April 6, 2019
Un sistema de seguridad social institucional no debería verse nunca como un favor que el gobierno le hace a los ciudadanos, sino como un derecho que dichos ciudadanos tienen y que el gobierno, compuesto por servidores públicos que representan a los ciudadanos, está obligado a proporcionar. El caso europeo es ejemplar en este sentido, ya que, aunque sus sistemas son bastante más robustos que el nuestro, no buscan tejer redes de dependencia entre el gobierno y la ciudadanía como sí lo busca hacer el gobierno de López Obrador y como también lo ha acostumbrado a hacer el priísmo (basta ver el uso que el gobierno de Peña Nieto le dio a Prospera). Si bien los gobiernos en esos lares sí pueden prometer fortalecer o adelgazar el sistema de seguridad social, nunca se concibe como un favor que se hace ni que asumen que la ciudadanía les debe algo (votos y apoyo) con el fin de amasar poder y fortalecer la imagen del líder, de quien se dice, es quien proporciona todos estos beneficios.
A algunos esta diferencia les puede parecer no muy significante, pero se trata de todo lo contrario. Dicha diferencia es más bien muy determinante por diversas razones: primero, porque esta visión paternalista afecta mucho el diseño de las políticas públicas (haciéndolas mucho menos eficientes ya que los beneficios que los individuos obtienen están supeditados a la creación de relaciones de dependencia que derive en una mayor cantidad de poder en el gobierno), y segundo, porque suelen distorsionar la dinámica misma de la democracia, creando clientelas y movilizándolas para que el gobierno actual busque refrendarse en el poder.
Mucho se habla del papel que gobierno debe tener en la economía. Si debe tener un papel activo, si debe limitarse a redistribuir la riqueza, o si bien, debe mantenerse completamente ajeno. Pero también es importante debatir cómo es que el gobierno participa. Importa el objetivo que tengan los programas sociales implementados, la postura del gobierno con respecto de ellos y el diseño de las políticas sociales. La diferencia entre un Estado de bienestar constitucional visto por los ciudadanos como un derecho y los beneficios gubernamentales que deben ser agradecidos es enorme, aunque el presupuesto invertido sea similar.
Tal vez no debamos pensar en el desmantelamiento del Estado de bienestar, pero sí en el cambio de narrativa con respecto a éste. Lamentablemente, la narrativa en la llamada Cuarta Transformación es una que incluye una relación paternalista entre el gobierno y los ciudadanos.
Después de la muerte de Armando Vega Gil pensé en escribir un nuevo artículo, pero para ello preferí esperarme unos días. Quería deliberar dentro de mi cabeza, escuchar voces de ambos lados en este entorno tan polarizante y tratar de entender bien este fenómeno llamado #MeToo.
Días después, creo que estoy listo para hacerlo, y aún así no es algo muy fácil de hacer, ya que analizar este fenómeno es muy complejo y para ello no me queda de otra que matizar, diseccionar y alejarme de las generalidades y de los juicios de valor categóricos a un movimiento. Implica hacer un ejercicio de empatía, implica la muy difícil tarea de darle la justa dimensión a las cosas, e implica deliberar entre convicciones mías que en este contexto se muestran contrapuestas (como la cultura de la legalidad contra la equidad de género).
El problema en el que estamos metidos
Primero empiezo reconociendo el problema: México es un país muy machista, más de lo que pensábamos (o yo pensaba) y, peor aún, lo que nos exhibió #MeToo fue una cultura del acoso y violencia hacia la mujer que está impregnada en las estructuras sociales en los estratos socioeconómicos que, curiosamente, son o serían los menos machistas, donde se supone que la cultura de la equidad de género se ha impregnado más. Esto es, si ahí las cosas están mal ¿cómo estarán las cosas en los otros sectores?
Tenemos que admitir que la cultura del acoso y la violación sexual es un problema muy grave en nuestro país y es algo que no se puede relativizar. En relación con la cultura del combate al acoso también estamos atrasados con respecto a muchos países. Básicamente es necesario un cambio cultural.
A este se suma otro problema grave que tan solo fortalece el status quo, y es la incapacidad de las autoridades para hacer justicia hacia las mujeres que desean denunciar. La justicia en este sentido prácticamente no sirve, por lo cual para muchas mujeres denunciar pareciera no ser más que algo meramente rutinario o simbólico.
Dicho esto, si bien soy un defensor de la legalidad y de la institucionalidad, debo reconocer que, al menos de momento, esta perspectiva se vuelve completamente inútil con respecto a la problemática que muchas mujeres sufren. #MeToo en este sentido opera por fuera de lo legal, no de forma ilegal, sino más bien alegal, y el movimiento mismo hace de alguna u otra forma la tarea que las instituciones deberían hacer, con todos los problemas que esto implica.
La naturaleza de #MeToo
#MeToo llegó tarde a México, ya se había manifestado en Estados Unidos y otros países como en el caso de Harvey Weinstein y Kevin Spacey quienes vieron su reputación arruinada después de que se ventilaran diversas acusaciones hacia sus personas. En ese momento algunas personas trataron de replicar la dinámica en este país haciendo algunas denuncias pero no se había logrado viralizar. Era necesaria una cantidad de masa crítica como para que las mujeres vieran que el movimiento era fuerte y que podían estar seguras de no sentirse solas a la hora de exponer sus denuncias.
Me parece muy ingenuo esperar que un movimiento como #MeToo contenga, a priori, filtros o mecanismos para evitar abusos por el simple hecho de que fue una explosión que se viralizó en redes (otra cosa son los ajustes que se pueden ir haciendo con el tiempo). La falta de experiencia (es un fenómeno nuevo en nuestro país), el hecho de que sea un fenómeno orgánico que se ha viralizado y el alto contenido emocional (vaya, mujeres que han sido abusadas y violadas) hace impensable pensar en algo así.
También es ingenuo esperar conformarse con una postura conciliadora, como si bastara con hacer reuniones con galletitas y café para acabar con este problema. Si bien, soy un defensor de la progresividad como mecanismo para cambiar realidades, en el caso del abuso y la violación sexual tendría que hacer una excepción ya que no pueden lograrse cambios de fondo sin generar incomodidades cuando se trata de problemas graves que se encuentran muy escondidos y a los cuales no se les ha podido dar una real dimensión.
#MeToo es una explosión viralizante, en donde las mujeres que fueron violadas y acosadas se animaron a contar sus historias porque creyeron que quedarían marcadas por la violencia que ejerció sobre de ellas un violador o un acosador. No solo está el problema las instituciones inoperantes al respecto, sino que muchas se lo guardaron por miedo a ser señaladas, criticadas o estigmatizadas (lo que también explica en parte el asunto de las denuncias anónimas). Debo decir que es muy común que en nuestra sociedad se estigmatice a una mujer que fue violada.
En este sentido era necesario que surgiera, no había otra forma de poder dimensionar lo que estaba ocurriendo. Era necesaria una explosión, una sacudida mediante la cual las mujeres tuvieran el ánimo de hacer su denuncia, de buscar justicia ante el agravio que sufrieron. Y naturalmente iba a haber efectos secundarios.
Asegunes y matices
El suicidio de Armando Vega Gil de la extinta banda Botellita de Jerez desató un sinfín de polémicas que creo deben de ser atendidas y, sobre todo, entendidas.
Primero, es importante (y difícil, lo sé) dar la justa dimensión a las cosas. Me parece una desproporción darle una dimensión en la cual este suicidio se vuelve más importante que todas las denuncias de acoso y violaciones reales, o afirmar de forma categórica que #MeToo lo mató (primero, porque no sabemos si es inocente como dice, y porque implicaría negar su libre albedrío). Pero de la misma forma sería irresponsable desestimar lo ocurrido y no darle ninguna importancia, como ha ocurrido entre algunas feministas radicales quienes incluso han culpado a Armando Vega de «deslegitimar el movimiento» con el suicidio.
Dije que #MeToo comenzó con una explosión de la cual no se puede esperar una suerte de filtros y matices a priori y expliqué por qué, pero conforme pasa el tiempo sí que se pueden ir implementando dichos filtros y sí es necesaria una crítica al interior del movimiento para ir dándole forma e institucionalizarlo (por decirlo de alguna forma) para reducir al mínimo los abusos que deriven en personas inocentes que se vean afectadas. Dada la naturaleza de este fenómeno (y que incluye denuncias anónimas) surgen los siguientes problemas: (recordemos que este es un movimiento alegal, que no se apega a derecho -básicamente por su inoperancia con respecto a este tema- y que implementa sus propios mecanismos)
Primero: que hay personas que pueden abusar de esta herramienta para dañar la reputación de terceros inocentes. Más aún cuando el empoderamiento de la mujer y el cierre de filas entre ellas genera una postura escéptica ante quienes tratan de desmentir las acusaciones. Esto puede provocar daños severos en la vida de personas inocentes, que aunque sean muchos menos que las mujeres violentadas no significa que no importen.
Segundo: que se lancen acusaciones que no se puedan catalogar como acoso o abuso, que ciertamente se puedan tratar de conductas incluso reprobables pero en las cuales no esté involucrado algún problema de violencia de género: por ejemplo, conflictos personales en una pareja, infidelidad que dentro de ella no contenga violencia de género (entendiendo que una mujer también puede ser infiel con un hombre) y otros diversos casos.
Tercero: la difusa frontera entre lo que es un acoso y lo que no es. Es relativamente fácil definir qué acto es una violación, pero no siempre pasa lo mismo con el acoso, un acto puede ser percibido como un acoso para una persona y no para otra que dentro de su fuero interno nunca tuvo la intención explícita de acosar. Es imperativo, a mi parecer, que el acusado haya tenido la intención explícita de hacerlo (esto sin importar si se encontraba alcoholizado o afectado por estupefacientes).
Veredicto
A mí me parece difícil hacer una afirmación categórica sobre el movimiento. He dicho que era necesario que haya surgido y también he dicho que, dada su naturaleza, tiene algunos problemas que pueden incluso llegar a afectar la vida de terceros. Antes de glorificar o satanizar al movimiento, y evitando un juicio utilitarista donde argumente que es bueno solo porque son más los beneficiados que los perjudicados, me parece que lo más sensato debería ser hacer lo propio hacer estos juicios con los actores más que el movimiento en su conjunto:
Por ejemplo: a mí me parece ética y moralmente correcto que una persona que fue agraviada o violada exponga públicamente su caso. Debería tenerse una moral retorcida como para pensar que moralmente una persona no tiene el derecho a defenderse ante un agravio, más cuando las opciones institucionales no son una alternativa. De la misma forma, me parece ética y moralmente reprobable y condenable que una persona se «suba» al movimiento para difamar a otra o para mera venganza.
También se debe entender a este movimiento en su contexto. Todos estamos de acuerdo en los problemas que trae en esencia, pero habríamos también que preguntarnos qué alternativa existe para socializar y combatir el problema. A la fecha, me cuesta mucho trabajo pensar en una alternativa igual de poderosa. Es, me parece, una buena causa que ciertamente es imperfecta, que adolece de no tener una curva de aprendizaje recorrida al momento del inicio.
Lo que sigue
Y si bien #MeToo inició inexperto, sí debería ir adquiriendo experiencia en el camino, desde plantearse cómo dar más visibilidad a la problemática de las violaciones hasta cómo evitar que personas abusen de esta plataformas y afecten a personas inocentes.
Muy importante también es cómo lograr que el fenómeno #MeToo se convierta en políticas públicas que reduzca el número de violaciones, en un sistema de justicia que sí ayude a las mujeres y también en protocolos dentro de organizaciones públicas, privadas, sociales o escuelas, para combatir este problema de tal forma que logre penetrar ahí en la cultura y sacuda las estructuras para combatir la violencia de género. El mero hecho de exhibir el problema ya es un gran paso que seguramente motivará a más de una organización a cambiar su cultura, pero el esfuerzo no debe quedar ahí.
La tarea no es fácil, pero se dio un gran primer paso, que naturalmente es incómodo (no sé cuántos hombres estén temerosos de que expongan su caso) y que seguramente logrará un cambio dentro de las estructuras sociales. Las mismas lideresas del movimiento también deberán ser críticas con ellas mismas si quieren lograr que el cambio sea profundo. Se debe procurar que este movimiento combata este problema y no termine desviándose a una mera batalla de géneros de mujeres contra hombres.
Extirpar este cáncer es imperativo y los hombres también debemos colaborar en ello. Era necesario que algo así sucediera, que se sacudieran las estructuras, porque no se puede tolerar que en una sociedad como la nuestra se permitan numerosos abusos y violaciones que se cometen de forma impune.
Ante una fuerte crisis de representatividad política, la figura juvenil de Pedro Kumamoto y sus aliados se habían convertido en una suerte de esperanza en la Zona Metropolitana de Guadalajara. Aparecieron como unos jóvenes que veían y entendían la política de una forma diferente al de la deteriorada partidocracia. Kumamoto logró lo que se antojaba imposible: ganarse uno de los distritos más panistas de toda la República Mexicana. Una coyuntura sumamente favorable y una campaña creativa con un toque ciudadano llevaron a Pedro Kumamoto al Congreso de Jalisco.
Así, Kumamoto se convirtió en un fenómeno no solo local, sino nacional. Varias personas vieron en él y en su movimiento una pequeña luz de esperanza.
Pero para 2018 las cosas no pintaron tan bien. Aunque en promedio ganaron muchos votos, ninguno de sus candidatos logró ganar, ni Pedro Kumamoto quien se había lanzado para el Senado ni nadie. El «tsunami» llamado MORENA y la maquinaria de Movimiento Ciudadano terminaron por vencer a unos jóvenes que apostaron a una suerte de reedición de la estrategia de 2015 pero más diluida producto del excesivo número de candidaturas. Después de esto entendieron, acertadamente a mi parecer, que tenían que apostar a la conformación de un partido al cual llamarían Futuro, una decisión que no iba a gustar a todos pero que era necesaria.
Fue en este contexto que explotó la bomba. Ocurrió en el peor momento, en uno en el que la imagen de los wikis ya sufría cierto desgaste por la derrota del año pasado, por una coyuntura que ya no les es favorable (básicamente, la esperanza que la mayoría tiene depositada en AMLO). Alexia denunció a Luis Hernán Saldivar (Boli) ex integrante de Wikipolítica, quien tenía una posición de poder en esta organización, era cercano a Pedro Kumamoto y estaba encargado de la comunicación.
El testimonio de Alexia es uno muy doloroso. Ciertamente, ante un problema tan grave como el tema de los acosos o las violaciones, ninguna organización, por más noble que sea, está exenta de tener en sus filas a alguna persona que sea capaz de violar a una mujer. Pero lo que hace la diferencia dentro de las distintas organizaciones es la reacción ante dichos eventos y la postura que se tome ante estos: en este sentido, muchas personas se quedaron con la impresión de que los wikis no estuvieron a la altura de las circunstancias y que «dejaron pasar».
Lo que más comprometió a esta organización fueron las acusaciones que se comenzaron a propagar en Twitter: que algunos ya sabían lo que estaba pasando, que no hicieron lo suficiente, que algunos de sus miembros ya habían sido avisados de las conductas que personas como Boli mantenían dentro de la organización y el hecho de que muchos percibieron la reacción de muchos de sus miembros como tibia y no determinante. Incluso algunos de sus seguidores la señalaron como «política».
Es cierto que no sabemos a ciencia cierta qué es lo que pasaba por la cabeza de los wikis al enterarse de esta lamentable noticia y cómo los estados de ánimo hayan podido influir a la hora de decidir cómo reaccionar públicamente. Posiblemente no hayan sabido como hacerlo, posiblemente las emociones hayan nublado el juicio de sus miembros. Lo cierto es que la percepción y la forma en que se comunica es algo fundamental y ésta tuvo fallas severas. La percepción pública es esa: que los wikis no estuvieron a la altura. A eso se le suma la indignación que generó en muchas personas el hecho de que dentro de la organización no se haya hecho lo suficiente y que incluso algunas personas (ya separadas del movimiento) hayan llegado a encubrir al violador.
Futuro (el movimiento de los Wikis que aspira a convertirse en un partido) lanzó un comunicado que lo único que hizo fue empeorar las cosas porque se consideró como una respuesta muy tibia y complaciente ante un evento que debería haber generado una gran indignación dentro de un movimiento que se precia por su lucha por la equidad de género. El comunicado no mencionaba el nombre del violador.
Después, tanto Wikipolítica como Futuro (con un nuevo comunicado), lanzaron sendos comunicados que ya mostraban una postura más determinante, donde ya narraban de forma más explícita lo sucedido y, en el caso de Futuro, donde anunciaban la separación de los miembros que habrían, de alguna u otra forma, encubierto a Boli.
#MeToo y las denuncias de mujeres que con valentía han decidido no callar han llegado a ex-integrantes de nuestra organización. Sobre ello, queremos compartir lo siguiente:
*Fe de errata, había un error en el comunicado previo ya que se había omitido el nombre del susodicho. pic.twitter.com/yepJWxmXOX
Algunos de sus integrantes reaccionaron pero lo hicieron tarde, o porque no se habían animado a dar una declaración inicial, o se habían dado cuenta de que su reacción inicial había generado críticas. Con el tiempo, fueron aceptando varios de sus errores: que no hicieron lo suficiente, que los mecanismos que habían implementado habían fallado como el mismo Pedro Kumamoto explicó:
El problema para Wikipolítica (Futuro) es que cuando un movimiento se asume como diferente a toda la clase política, automáticamente la vara se coloca en un lugar más alto. Un movimiento percibido como genuino (y sobre todo, uno que apenas está trabajando en construir una narrativa sólida y cuyos miembros todavía no tienen la perspicacia de los políticos tradicionales) es, a la vez, más sensible ante este tipo de sucesos. A un partido como el PRI puede afectarle en poco los escándalos de Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre porque la gente no tiene altas expectativas sobre el PRI en estos temas (y algo similar puede decirse sobre el Partido Verde, el PAN y demás partidos), pero a Wikipolítica en este sentido se le exige una mayor altura moral dadas las expectativas que la gente tiene sobre este movimiento (y que a veces rosan el idealismo).
Para mucha gente, el hecho de que hayan «dejado pasar» casos como estos y no hayan sido determinantes en su momento, los hace cuestionarse si esa misma falta de determinación será una constante ante cuestiones como la corrupción o el abuso de poder. Estas cuestiones pesan más en un movimiento que está en formación y que aspira a cosas grandes porque como dice el refrán, la gente no va a esperar que un árbol que haya crecido torcido se enderece posteriormente. Ello les obliga a tomar decisiones para corregir el rumbo, a ser autocríticos y, sobre todo, a escuchar las críticas que hacen allá afuera, sobre todo las de esos seguidores decepcionados que están abundando en las redes.
Preocupante para los wikis también debería de ser el hecho de que se estén percibiendo allá afuera como un movimiento al cual le hace falta construir una narrativa más sólida (lo que incluye definiciones políticas) que muchas veces le cuesta tomar posturas y le cuesta ser determinantes (cosa que se percibió con las declaraciones con relación al aborto, o incluso desde la campaña de 2015 donde no tomaron posturas que los comprometieran) por el simple hecho de que estamos dentro de un contexto político (nacional y global) donde la determinación vende mucho más que la tibieza y la moderación excesiva.
Allá afuera, la gente define a los wikis como muchas cosas, algunos lo ubican como progresistas, otros como socialdemócratas muy cercanos al centro y otros como «derechistas de closet», y ello ocurre porque cuando un movimiento no se termina por definir, termina permitiendo que sean otros los que lo definan. Lo cierto es que la gente está ávida de líderes que se definan, que tengan un ideario, y en este sentido debería ser urgente para ellos empezar a hablar de definiciones más concretas, incluso si pretenden ser un partido transversal que no quiera apegarse a las definiciones tradicionales.
¿Cómo va a afectar este triste evento al futuro de los wikis? No lo sé, y creo que ello dependerá de las decisiones que tomen de aquí en adelante. Considero que la gente tiene razones por sentirse molesta y hasta decepcionada con lo que ocurrió. A la vez considero que dentro de su movimiento hay gente muy valiosa y también sería injusto juzgar a todos con la misma vara. Lo cierto es que los wikis están en un momento muy difícil, en uno en que el desgaste de su imagen es grande, dentro de un contexto donde ante un gobierno como el de López Obrador que tiene más del 70% de aprobación lo cual les implica una coyuntura desfavorable porque la mayoría no están buscando ya alternativas sino que está expectante de la «alternativa que acaba de llegar al poder» (entendiendo que el sentimiento nacional influye sobremanera en lo local).
Será un reto muy grande mantenerse vigentes. Este es el peor momento para ellos desde que surgieron como movimiento. También es cierto que las crisis bien asimiladas se pueden convertir en oportunidades. Su futuro dependerá a mi parecer de la capacidad de hacer una suerte y profunda autocrítica de lo que ocurrió y de su capacidad de comenzar a ser más firmes en sus posturas y sus convicciones. Si no empiezan a trabajar en ello ahorita luego será muy tarde.
La relación entre los políticos y los pobres siempre ha sido muy peculiar, se expresa en diferentes facetas pero rara vez deriva en una empatía que no esté subyugada al poder político.
La palabra «pobre» y cualquiera de sus derivaciones: «los que menos tienen», «los menos afortunados», aparecen en gran parte de los discursos de los políticos una y otra vez. Incluso los políticos aparecen con los pobres en los medios y en la propaganda. A veces los abrazan y se toman fotografías con ellos.
Pero en la realidad, la relación suele ser una de desprecio o indiferencia, a veces de forma abierta y en otras ocasiones encubierta bajo el fino manto de la hipocresía.
«Los pobres son pobres porque quieren», dicen ahí en privado (y a veces en público) algunos de los políticos de derecha que parten de la muy endeble creencia de que, en un país como México, la diferencia entre la riqueza y la pobreza está fuertemente ligada al talento y al esfuerzo, para así justificar su posición privilegiada.
Pero esos que dicen ser de izquierda y presumen sus credenciales sociales llegan, en muchas ocasiones, a mostrar el mismo desprecio hacia ellos. El discurso de López Obrador donde aseguró que los pobres son como animalitos o mascostas a las que hay que «darles» porque no tienen la capacidad de ganarse la vida por sí solos es patente de ello.
https://www.youtube.com/watch?v=QqfjO0NCIvg
Las dos afirmaciones: «que el pobre es pobre por que quiere» y que «los pobres son incapaces de salir adelante», aunque opuestas, son ambas falsas. Ambas reflejan ambas un profundo desconocimiento y un desprecio por la gente que menos tiene.
Pero más allá del desprecio que la clase política (que vive en una realidad muy diferente a la de ellos) suele tener, también tendríamos que hablar sobre la utilización de la pobreza como objeto político.
Un pobre aporta mucho menos al PIB que una persona de cualquier otra clase social, son más ignorantes (en esencia, por la calidad de educación que reciben) y son los que menos ejercen sus derechos políticos porque primero tienen que preocuparse por comer. En este sentido, son los menos relevantes para el poder político. Pero resulta que su voto vale igual que el de la persona más rica del país; al menos de forma cuantitativa existe una condición de equidad en el terreno electoral, ya que al formar un gran conglomerado (vaya, en México los pobres son muchos), ellos pueden determinar el resultado de la elección. Es ahí el único momento en que el político se interesa por los pobres.
Parecería que en este entendido los pobres ahí podrían mostrar su músculo y tratar de incidir en lo político en su beneficio, pero eso no ocurre ya que por lo mencionado anteriormente no están acostumbrados a ejercer sus derechos políticos y raramente están capacitados para ello (no porque no tengan el potencial como seres humanos, sino porque debido a su situación no tienen la oportunidad de desarrollar las herramientas necesarias).
Ese músculo que podría operar en favor de los pobres opera entonces en favor del poder político. Los políticos, sin mostrar una real muestra de empatía hacia ellos, conocen la situación en que viven los pobres y así buscan lucrar con ella a través de dádivas o relaciones clientelares. Así, muchos gobiernos basan su poder político en la pobreza.
Pero la realidad es que, en la mayoría de los casos, los pobres les importan poco. Los pobres, para ellos, solo pueden ser un contrapeso al poder si son cooptados por un partido de oposición, lo cual no es algo que suela ser tan común ya que, al no estar en el poder y no poder acceder al presupuesto de la forma en que lo hace el gobierno en turno, la capacidad que tienen para cooptar a la pobreza es más bien limitada. Entonces se limitan a crear narrativas y a pronunciar discursos para prometerles un mayor bienestar en caso de llegar al poder, aunque si eso sucede es muy posible que solo se limiten a repetir, en cierta medida y con algunos ligeros cambios, las estrategias de cooptación del gobierno al cual están sucediendo.
Pero los pobres poco les importan en realidad, poco se molestan por empoderarlos y por combatir las barreras que no les permiten salir adelante por sí mismos. Se preocupan poco por darles una mejor educación y por darles herramientas. Es más probable que los ignoren o que los hagan codependientes del gobierno o partido para así garantizar su voto en las elecciones venideras.
Así, para la mayoría de los políticos, la pobreza se convierte cuando menos en un objeto, en la cosificación del ser humano, que pueden utilizar para reafirmar su poder.
En estos días algo se movió dentro de las estructuras sociales mexicanas, recibieron una sacudida muy fuerte.
Decenas de profesores despedidos de sus puestos de trabajo. Personas que, cuando menos lo esperaban, vieron destruida su reputación; se vieron señalados, vieron que su vida posiblemente no será igual porque dieron por sentado que «eso que hicieron» siempre quedaría ahí oculto en la oscuridad.
Fue como un Blitzkrieg, llegó de forma intempestiva, bastaron dos días para poner el mundo de cabeza.
Fue una batalla cultural y social, apunta ahí a las mismas estructuras sociales. Fue una breve terapia de shock que incluso comprometió el futuro de algunas instituciones e hizo mella en el tejido social.
Tal vez no se equivoquen quienes digan que #MeToo tiene algunos defectos, que hay gente que puede subirse al mame con el fin de desprestigiar personas o para vengarse, que hace falta matizar entre los casos o que hacen falta poder más filtros para evitar daños colaterales. Pero también sería ingenuo esperar que en una batalla como ésta donde se busca generar el mayor impacto posible en el menor tiempo se fueran a tomar demasiadas consideraciones de ese estilo y se fuera a ejecutar de una forma muy pragmática. Más cuando hablamos de mujeres que escondían dentro de sí historias que les partían el alma y que vieron en esta dinámica una oportunidad para expresarse.
Tan solo bastaron dos días para mostrarnos que los acosos y las violaciones sexuales son parte de las estructuras sociales, que no son la excepción sino la regla. Nos mostraron toda la pobredumbre incluso dentro de las instituciones que se presumían defensoras de los Derechos Humanos.
Y no es que las cosas se hayan degenerado, es que las cosas ya estaban degeneradas, el problema tenía años e incluso, para los apologistas del pasado, décadas.
Y quien fuera a esperar que no sucediera gran cosa estaba muy equivocado. Eran muchas las mujeres que tenían una historia muy dolorosa que contar, una historia que habían mantenido en secreto por miedo a ser señaladas o criticadas, por miedo a perder sus puestos de trabajo o que nadie les creyera.
Pero se empoderaron: se dijeron entre ellas «yo sí te creo» para respaldarse y recordarse que no están solas. Vieron en ellas mismas un apoyo psicológico para lograr externar eso que había quedado ahí oculto durante todas sus vidas. Hombres que eran vistos como respetables pero que tan solo eran depredadores sexuales, de los que uno no sospecharía nada, y quienes habían logrado que su crimen quedara ahí en lo escondido, en lo oscurito. Hombres que vieron sus vidas arruinadas, y en la mayoría de los casos, justamente.
Lo peor del caso es que solo estamos viendo una parte de todo el problema, porque así como hay universidades, instituciones y sectores sociales que permitieron que esta ola permeara, había también muchos otros círculos que se han blindado ante la amenaza ya sea por sus estructuras de poder o porque el activismo escasea más ahí: partidos políticos, universidades e instituciones conservadoras e incluso agrupaciones religiosas; además de todas aquellas instituciones o agrupaciones donde seguramente se han tomado medidas para que las historias de los violadores que se encuentran ahí no salgan a la luz.
Las mujeres dieron un golpe de autoridad y mostraron que no están dispuestas a quedarse calladas, por ello algunos hombres se encuentran en pánico, porque temen que su caso se ventile. Muchos otros no tememos alguna difamación porque nunca nos hemos conducido así pero seguramente nos hizo repensar y ser mas críticos con nuestra conducta hacia las mujeres.
Algo se movió estos días, las mujeres ganaron un poco más de poder y relevancia (lo cual ciertamente genera incomodidades). El bombardeo fue intensivo e intempestivo, no hubo mucha piedad (aunque los acusados menos aún la tuvieron cuando cometieron sus fechorías). Apenas se dieron cuenta del ataque cuando ya solo había ruinas sobre de sí.
Como librepensador que me considero, yo nunca he sido una persona que utilice las etiquetas de aliado o feminista para definirme, y tengo muchas razones para ello.
La primer razón y que sonaría como la más obvia, es que así como concuerdo en ciertos temas con los feminismos (entendiendo que se trata de un movimiento heterogéneo), también a veces llego a discrepar, y sé que esas discrepancias pueden llegar a incomodar a más de una persona. En lo general, comparto el fin que las feministas buscan, que es lograr una real equidad de género tanto en lo público como en lo privado. Pero al igual que haría con todo movimiento, podré decir también que con esto no estoy de acuerdo o con esta otra forma tampoco, como lo he llegado a expresar en este espacio.
Pero la segunda razón y la de más peso es que decirse aliado o feminista en las redes, hablar y parlotear es algo muy fácil para los hombres. Y la realidad es que varios (no todos) lo hacen porque quieren congratularse con las mujeres, presumen estar deconstruidos (término derridiano muy torpemente utilizado) y se la pasan señalando a quienes consideran realizó un acto machista. Estoy seguro que varios de los varones se dicen feministas por cualquier razón menos que por una real preocupación por aquello que una mujer padece (desde inequidad, hasta violaciones o abusos).
Hace año y medio, yo critiqué en Facebook a un grupo de feministas por el linchamiento que hicieron hacia Gatorade y la propia Paola Espinosa por el anuncio que decía «mi mayor triunfo es ser mamá», ya que atentaba contra su libertad de expresión y porque en ese anuncio, atendiendo el entorno, nunca se quiso transmitir el mensaje de «una mujer no puede aspirar a ser más que una madre» como algunos parecían sugerir. Naturalmente es una crítica que sostengo al día de hoy.
En ese entonces llegó un hombre (de quien voy a omitir su nombre) casi con el fin de hacer un linchamiento sistemático a mi persona señalándome como misógino y sexista. De igual forma me atacó porque sugerí que no todas las diferencias entre ambos géneros eran necesariamente producto de construcciones sociales (e incluso después de insistir en que ninguna diferencia que existiera justificaba una relación asimétrica entre mujeres y hombres ni mucho menos podría sugerir que las mujeres eran menos talentosas que los hombres en algo). ¿Qué pasó después?
Resultó que esta persona fue denunciada por su exnovia, quien aprovechó la campaña #MeToo para decir que, en los dos años que duró su relación, él abusó psicológicamente de ella. No fue una mentira ni una difamación, la misma persona reconoció que había abusado de ella y pidió disculpas. Esos abusos estaban ocurriendo justo en el tiempo en que aprovechó las redes para llamarme sexista y misógino. En redes se presumía como un aliado, en la vida real era un machista, él era eso que yo decía que era.
En otra historia, mucho más fuerte, el día de hoy Alexia confesó (aprovechando también la campaña #MeToo) que había sido violada sexualmente por una persona llamada Luis Hernán Landivar Pimentel que pertenecía a Wikipolítica. Su declaración es escalofriante y confieso que terminé muy enojado y angustiado al terminar de leerla.
Recuerdo también que me dijo “te la metí hasta el fondo, bien duro, para hacerte un favor; le platiqué a un taxista y coincidimos en que así ya no te va a doler después porque te la hice grande metiéndotela toda.”
Pero lo que más me llamó la atención fue este escrito de Luis Hernán hecho hace apenas unas pocas semanas donde hablaba cómo es que estaba deconstruyéndose y reconociendo sus machismos (naturalmente muchísimo menores a esa violación y acoso sistemático que hizo a Alexia). En el texto parece hacer mención de lo sucedido pero tergiversando toda la historia para que quedara en algo menor, además de que se refirió a ella como su pareja (cosa que no fueron en la vida real):
Me enfrasqué en una dinámica destructiva en la que era incapaz de responder a las necesidades y justos reclamos que me hacía; en cambio le llamaba inmadura, acusaba su falta de experiencia porque era menor que yo.
¿De qué sirve a una mujer tener a un grupo de hombres diciéndose aliados o feministas cuando solo quieren quedar bien? Por eso es que yo prefiero desligarme de esos términos.
Prefiero mil veces que una feminista me critique porque discrepa con aquello que dije en mi libertad de expresión que volverme un hombre nocivo, acosador o violador. Presumir ser aliado para ganar unos likes o aplausos es bien fácil, reconocer que somos imperfectos y que podemos tener problemas en nuestra conducta para trabajar en ellos es muy difícil. Yo mismo me atrevo a reconocer que en algún momento he tenido conductas machistas y admito que puedo llegar tener algunas conductas internalizadas y debería estar alerta de ello, pero si uno quiere cambiar la realidad de las cosas, las reconoce y las trabaja, no se pone a presumir en todas sus redes que es un aliado y que está del lado de las mujeres. No se presume, se actúa.
Es triste escuchar estos relatos de mujeres que fueron violadas y abusadas. Es peor escuchar que los violadores se ocultaron bajo su manto de aliados feministas y que con él, engañaron a las mujeres para seguir abusando impunemente de ellas.