Autor: Cerebro

  • Gilberto Lozano. El aviso de la ultraderecha mexicana

    Gilberto Lozano. El aviso de la ultraderecha mexicana

    Gilberto Lozano. El aviso de la ultraderecha mexicana

    A nivel global, hemos visto el surgimiento de líderes con un carácter fuerte. De esos que parecen ser directos y que dicen las cosas como son. Ellos contrastan con el tradicional político de carrera que llega a puestos de poder tras numerosos filtros dentro de su partido, ese que muchos consideran que gobierna dentro de una burbuja y lejano a la gente.

    Es cierto que muchos de estos outsiders también contrastan con los políticos tradicionales por el hecho de tener una mayor inclinación a presentar actitudes demagógicas o incluso caudillistas, y no importa si estos personajes son de izquierda o de derecha. Estos personajes no son producto en sí de un partido (aunque alguno de ellos milite o haya militado en uno) sino de sí mismos. Son personajes carismáticos, directos y saben muy bien cómo mover los sentimientos de la gente sin necesidad de recurrir a una aparatosa estrategia de comunicación.

    Y México no está exento del surgimiento de estas nuevas figuras. Como dice bien Steven Levitsky en su libro How Democracies Die, el hecho de vivir en un mundo tan interconectado y expuesto gracias a las nuevas tecnologías ha fortalecido a este tipo de personajes que no necesitan de la publicidad oficial (para lo cual sería necesario ser candidato designado por un partido) y que se puede construir a sí mismo gracias a las redes sociales y al impacto que ellos mismos generan dentro de la prensa. Esto no implica que todos los outsiders sean demagogos, muchos no lo son (por ejemplo, Pedro Kumamoto y su Wikipolítica fueron outsiders pero no mostraron un discurso demagógico), pero sí implica que no existen los filtros que los partidos generalmente utilizan para relegar a quienes mantienen un discurso excesivamente beligerante o radical.

    No son pocas las figuras de este estilo que han logrado irrumpir en la arena política: ahí tenemos a El Bronco o a Samuel García de Movimiento Ciudadano, quienes presentan un discurso directo y arrebatador, hablan de mochar manos o de bajar el precio de las gasolinas porque son discursos que suenan directos y políticamente incorrectos. Pero el que más me interesa, porque a diferencia de los primeros dos mantiene un discurso político más radical, es Gilberto Lozano.

    Gilberto Lozano es un empresario y líder político de ideas ultraderechistas quien, a través de Congreso Nacional Ciudadano (un movimiento jerárquico del cual él es la cabeza), ha promovido un discurso beligerante en contra del sistema político (del cual, por cierto, formó parte siendo invitado por Santiago Creel y Vicente Fox al equipo de transición) . Su activismo lleva ya varios años y empezó a cobrar notoriedad cuando ocurrió el gasolinazo en el sexenio de Enrique Peña Nieto, donde supo agitar la indignación para sumar gente a su causa.

    Si bien no tiene nada de malo ser crítico de una clase política evidentemente decadente, ello no quiere decir que no tengamos que estar alertas ante quienes toman este discurso con fines meramente demagógicos que a largo plazo podrían causar problemas peores en vez de enmendar el problema actual. Gilberto Lozano, a diferencia de otros políticos outsiders y columnistas que han hecho severas críticas sobre el régimen, tiene un discurso beligerante que va en contra de toda institucionalidad. Lozano ataca al sistema de partidos como si el sistema per sé fuera el cáncer y no a la crisis como tal, incluso en tiempos de Peña Nieto llamó a abolir el Congreso de la Unión.

    Gilberto Lozano, como los ultraderechistas reaccionarios de estos tiempos, promueve un discurso xenófobo combinado con teorías de la conspiración. Acusa a AMLO de traidor a la Patria por firmar el Pacto Mundial de Migración de la ONU que, según Lozano, obliga a México a abrir las fronteras a los migrantes de forma indiscriminada (para atraer gente de la Mara Salvatrucha e incluso «terroristas de ISIS») Esto es falso, ya que el documento firmado no es vinculante y respeta la soberanía de los Estados.

    Todo esto, según Gilberto Lozano, forma parte de una conspiración comunista promovida por una supuesta agenda del Foro de Sao Paulo, al cual pertenecen MORENA y el PT y prácticamente todos los partidos de izquierda de América Latina, desde partidos comunistas hasta socialdemócratas o laboristas. Es cierto que partidos como los de presidentes como Nicolás Maduro o Daniel Ortega pertenecen a ese foro, pero también es cierto que partidos de mandatarios democráticos de una izquierda moderada como Michelle Bachelet de Chile, Pepe Mujica y Tabaré Vázquez de Uruguay o Lenin Moreno de Ecuador (quien se distanció del chavismo) también pertenecen a dicho foro y no hemos visto algo parecido a la implementación de una agenda para convertir a sus países en comunistas. Es cierto que gran parte de la izquierda latinoamericana y que pertenece a este foro se ha sumido en crisis económicas como Brasil, Argentina o Venezuela (y es válido cuestionar si AMLO pudiera repetir los errores que cometieron esos países) pero no existe evidencia alguna de que haya una estrategia oculta para llevar a México al comunismo (régimen que casi ha desaparecido del planeta, teniendo solo a Cuba y Corea del Norte como sus remanentes). Lo cierto es que las distintas izquierdas latinoamericanas han tenido destinos muy distintos.

    Gilberto Lozano dice que AMLO es un dictador comunista, pero al mismo tiempo puede organizar una improvisada rueda de prensa en San Lázaro sin que no sea molestado por nadie. ¿Podría haber hecho eso en Cuba o en el Chile de Pinochet? Lo dudo mucho. Lozano coloca todas estas teorías de la conspiración dentro de una sola canasta: la ONU, el Foro de Sao Paulo, como si existiera una conspiración internacional para acabar con la soberanía de la nación. Así, lozano busca agitar a cierto sector conservador del país.

    Es curioso, porque aunque denuncia a AMLO (MALO como él le llama) comparte muchos rasgos con él, comenzando por el discurso nacionalista. Gilberto Lozano, como López Obrador, insiste en la soberanía nacional, incluso dentro de sus manifestaciones contra el gasolinazo de Enrique Peña Nieto aparecen pancartas que dicen «El petróleo es de todos los mexicanos». También ataca a los «intelectualoides», y ha criticado de forma beligerante a iniciativas promovidas por organizaciones civiles como la #Ley3de3. De la misma forma ha sido crítico de las televisoras e incluso de algunas empresas y gusta de usar frases pegajosas y poner apodos a sus contrincantes ¿les suena?

    No sé a ciencia cierta cuál es la intención de Gilberto Lozano, pero su discurso fuertemente antisistémico y xenófobo podría provocar más problemas que beneficios a la sociedad. Peligroso es, en un estado actual de las cosas donde la institucionalidad en la llamada Cuarta Transformación corre el riesgo de precarizarse más, que un liderazgo como Gilberto Lozano, que cuenta con un discurso antiinstitucional y muy polarizante, comience a cobrar relevancia.

  • ¿Qué es la heterofobia? ¿Existe eso?

    ¿Qué es la heterofobia? ¿Existe eso?

    ¿Qué es la heterofobia?

    Varios círculos conservadores han insistido una y otra vez en que la homofobia no existe, que solo es que «no están de acuerdo con la homosexualidad», algo que es absurdo entendiendo que la homosexualidad es algo que ha acompañado a nuestra especie y no es algún invento o una mera construcción. Si bien, los círculos homosexuales se sirven de ciertos postulados ideológicos para promover sus causas, la homosexualidad per sé no es una ideología sino algo inherente a nuestra especie. Básicamente, es un sinsentido «no estar de acuerdo con la homosexualidad».

    Dicen que ese «no estar de acuerdo» no es homofóbico, porque no tienen miedo a la homosexualidad ni les da pánico, solo es que no concuerdan con ella: en algunos casos respetan que los homosexuales existan en tanto tengan una vida privada discreta y no busquen adquirir derechos en modelos de organización tradicionalmente heterosexuales (como el matrimonio), y algunos otros sí llegan a tener una postura más beligerante y acusan a la «corrección política» de ya no poder utilizar términos como maricón o puñal para referirse a ellos.

    Pero de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, se inventan la palabra «heterofobia» como lo ha hecho la organización «Confamilia» presidida por Juan Dabdoub. La verdad es que yo no entiendo bien qué es lo que quieren dar a entender con este término, además de que resulta muy incongruente la creación de esta definición después de batallar incesantemente para intentar probar que el término «homofobia» no tiene sentido alguno.

    Independientemente de cuestiones semánticas y de precisiones en la definición, todos sabemos lo que la homofobia es o al menos conocemos la definición que se le ha tratado de dar. La homofobia, decimos, tiene que ver con un rechazo o prejuicio a los homosexuales y lesbianas.

    Si la definición de heterofobia fuera la contraparte de la homofobia, entonces no tendría sentido alguno, porque en nuestra sociedad no hay prejuicios hacia los heterosexuales. Los homosexuales buscan integrarse como complementario a la heterosexualidad, no como una sustitución:

    Yo soy heterosexual, a mí nunca me han discriminado jamás por serlo, no me han negado trabajos, no me han dicho «maricón» en la calle. ni la gente se me ha quedado viendo raro, ni me han corrido de mi familia ni me han dicho que tengo que entrar a terapias para corregir mi heterosexualidad. Tampoco recuerdo que a ninguno de mis conocidos y amigos heterosexuales los hayan discriminado alguna vez. ¿Entonces cómo puedo decir que existe algo así como una heterofobia?

    Si no existe rechazo alguno ante la heterosexualidad ¿entonces qué demonios es la «heterofobia»?

    Podría pensar que tiene que ver con que los gays (al menos los que participan activamente en los colectivos LGBT) se muestran orgullosos de serlo y lo presumen a los cuatro vientos, mientras que los heterosexuales no lo hacen o podría ser raro o hasta mal visto. Es algo que a veces grupos similares a Confamilia han llegado a mencionar.

    El problema es que cuando presumen su heterosexualidad lo hacen contrastándola con la homosexualidad (cosa que no pasa con los homosexuales). Es decir, estoy orgulloso de ser heterosexual porque es lo que (consideramos) la verdad dicta, porque la heterosexualidad está bien y la homosexualidad está mal porque es antinatura, lo cual tratan de mostrar con ejemplos aparentemente didácticos (tornillo-tuerca).

    El orgullo de los homosexuales, según recuerdo, no va en ese sentido. No se contrastan como los heterosexuales, sino que resaltan su condición de homosexuales para así buscar una mayor relevancia dentro de la sociedad e incidir sobre ella. Como los heterosexuales no tenemos que buscarla porque son la regla y no la excepción, entonces no la presumimos ni la celebramos, no hay necesidad de ello. Tan solo vivimos nuestra heterosexualidad.

    Entonces, si la definición de heterofobia es realmente ésta (que los gays tengan derecho de sentirse orgullosos de su condición, mientras que nosotros no podemos sentirnos orgullosos de ser heterosexuales para mostrar una superioridad de nuestra condición -moral y hasta biológica- sobre la otra), estarían validando en la práctica ese término de homofobia que tanto han querido combatir.

    Vaya lío en el que se ha metido Confamilia con estas definiciones.

  • 1994. Una serie que debes de ver

    1994. Una serie que debes de ver

    1994. Una serie que debes de ver
    Imagen: Netflix

    Siempre le he guardado cierto respeto al trabajo de Diego Enrique Osorno, un periodista que tal vez no sea muy famoso y no tenga los reflectores encima como algunos otros, pero que es capaz de crear contenidos e investigaciones como pocos. Basta ver el libro que escribió sobre Carlos Slim.

    Y es que esta serie que él dirigió tiene una dinámica muy parecida al del libro de Carlos Slim en el cual busca narrar una historia a través, sobre todo, de los testimonios de las personas que fueron actores de ese año tan álgido para la política mexicana y para el país en conjunto que fue 1994.

    ¿Por qué es una serie que debes de ver?

    1994 fue un año muy convulso. En ese entonces tenía 12 años, todavía era relativamente pequeño, pero parece como si no hubiese sido tanto tiempo: Chiapas, el asesinato de Colosio (me quedé toda la tarde pegado a la televisión), la crisis económica, el triunfo de Zedillo y un largo etcétera de acontecimientos que cambiaron la política para siempre. Muchos no lo vivieron y no lo recuerdan. Para ellos, sobre todo, es imperativo ver esta serie.

    Esta serie-documental de 5 capítulos nos narra lo que sucedió en ese año a través de la mayoría de sus principales actores, de documentos y de videos históricos (algunos que no había visto). Diego Enrique Osorno tuvo el cuidado de dar voz a las dos partes. Así, en esta serie vemos a Carlos Salinas y al Subcomandante Marcos (ahora Galeano), a los colosistas que insisten en que la orden del asesinato vino desde el poder y lo que dicen que fue Mario Aburto. Uno de los grandes aciertos, como ocurre también con su libro sobre Carlos Slim, es que esta obra no busca sacar conclusiones categóricas por sí misma, sino que deja preguntas abiertas para que el público las conteste. La serie no trata de tomar partido, más bien trata de recrear lo que pasó, recordar lo que se vivió en 1994, el sentir social, el papel de los actores, el México convulso.

    Si uno quiere entender la política actual no puede dejar el año 1994 del lado. Entendiendo 1994 es menos complicado entender lo que ocurre hoy porque entendiendo 1994 se entiende de mejor forma la cultura política, sus vicios, sus asegunes. Porque si bien 1994 marcó un antes y un después, no significó una fractura por completo sino una parcial.

    En ese entonces el control de los medios por parte del aparato político era mucho más asfixiante que ahora. Televisa básicamente era una máquina de fake news al servicio del PRI comandada por Jacobo Zabludovsky. Son ilustrativos los videos que se muestran en la serie donde en el programa Al Despertar (que recuerdo muy bien) donde un reportero dice que «Ernesto Zedillo dio una muestra de vitalidad y sencillez para saltar una valla y acercarse a los estudiantes» (la valla era básicamente uno de esos separadores de filas que se utilizan en los bancos).

    En ese entonces se quebró por completo la credibilidad del sistema político: magnicidios, asesinatos, traiciones. La percepción que tenía la gente sobre la política se terminó de transformar y de trastornar. El relato del PRI como partido hegemónico se venía abajo, todo comenzaba a ser cuestionado; nadie creía ya las versiones oficiales y era la gente la que daba el veredicto a través de sus sospechas y conjeturas. El Subcomandante Marcos se convirtió en el héroe de la película y el aparato propagandístico del gobierno no pudo con él: el gobierno era el malo de la obra. Zedillo terminó siendo la peor pesadilla para la familia Salinas y logró lo que Colosio siempre había querido hacer: lograr por primera vez la transición democrática y la alternancia de poderes.

    Aunque se insistió en el discurso en hacer una separación total entre el gobierno hegemónico y el llamado México democrático, podemos ver ahí a muchas caras conocidas. Ahí está Marcelo Ebrard de fondo mientras Camacho Solís habla con Carlos Salinas cuando explotó el conflicto de Chiapas. Ahí está Manlio Fabio Beltrones en las ruedas de prensa sobre el caso Colosio. Ahí está Juan Ignacio Zavala quien fue Director de Comunicación Social de la PGR de Antonio Lozano Gracia (gobierno de Zedillo). Ahí está Federico Arreola, de SDP Noticias, quien fue observador de la campaña de Colosio.

    Ciertamente, ya no existe ese régimen hegemónico del PRI, pero sí varios de sus vicios y estructuras. Seguimos teniendo una prensa a la que, en su mayoría, todavía le cuesta trabajo terminar de ser libre y se la piensa dos veces antes de criticar al régimen: Televisa ya no es un simple aparato de Estado como antes pero sigue acomodándose a los gobiernos en turno. Su papel en la campaña de Peña Nieto fue descarado y no ha rivalizado en lo absoluto con López Obrador (que tiene a TV Azteca como su mejor aliado gracias a los negocios que Salinas Pliego ha logrado tejer con la llamada Cuarta Transformación). El régimen hegemónico se ha ido, pero su cultura todavía está impregnada en el aire.

    1994 es una oportunidad para recordar nuestra historia reciente, para entendernos mejor como país. Ciertamente no es falsa aquella famosa frase que dice que quien no conoce su historia está condenado a repetirla, y sería un error olvidarnos de 1994.

  • La peligrosa lista de AMLO y los periodistas supuestamente vendidos.

    La peligrosa lista de AMLO y los periodistas supuestamente vendidos.

    Tengo muchas sospechas de las listas de periodistas que supuestamente se beneficiaron de Peña Nieto que filtró presidencia y que apareció en Reforma.

    No es algo para celebrar que un gobierno busque exhibir a la prensa cuando el trabajo de ésta es ser contrapeso del gobierno.

    Es cierto que algunos de los que aparecen en la lista tenían consigna muy clara en favor de Peña (Ricado Alemán, Pablo Hiriart) y muy probablemente recibían alguna recompensa por su chamba de oficialistas pero…

    …yo recuerdo que Raymundo Riva Palacio se la pasaba criticando y exhibiendo a Peña Nieto durante todo su sexenio y aparece ahí. Animal Político y Daniel Moreno (de ese medio) aparecen en esa lista, y fueron muy críticos con el gobierno de Peña. ¿Por qué les pagaría Peña a quienes se la pasaban criticándolo?

    Enrique Krauze también aparece ahí y seguramente muchos se están congratulando de ello, pero que yo recuerde él también fue crítico del gobierno de Peña, ni que decir de su hijo León Krauze.

    No aparece ningún periodista de TV Azteca (empresa que tiene intereses muy cercanos a AMLO) y aparecen muy pocos de Televisa (Joaquín López Dóriga y tal vez alguno que se me olvide). No aparece ni Loret de Mola ni alguna otra figura que hasta hace poco era tachado de paria del régimen. El duopolio, antes visto como el acérrimo enemigo de AMLO y parte de la «mafia del poder» salió prácticamente limpio de la embestida.

    El informe no dice si los periodistas recibieron directamente el dinero o los medios que trabajan por cuestión de publicidad, cosas muy diferentes porque lo segundo no necesariamente compromete la libertad periodística de los periodistas. Pero no hace la distinción y da la apariencia de que todos esos periodistas recibieron dinero de Peña Nieto.

    Esta lista genera la percepción de que «todos están al mismo nivel», que Animal Político es igual de chayotero que Ricardo Alemán.

    Imaginen que en un futuro Animal Político publique un documental que comprometa a AMLO (así como lo hizo con Peña). El «ejército» de la 4T en las redes sociales dirá que están vendidos, buscarán desprestigiar al medio: «es el diario al que le pagó Peña». Usarán hashtags como #HampaDelPeriodismo o hasta #NarcoAnimalPolítico (como lo hicieron con Reforma para así desprestigiar a los medios disidentes).

    Más escalofriante es que esta operación se haga a través de Reforma, diario al que se le estuvo yendo a la yugular en todo este tiempo. ¿Qué pasó? ¿Hubo algún chantaje? ¿Alguna amenaza?

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  • El Estado de bienestar no es lo mismo que asistencialismo, ¡no se confundan!

    El Estado de bienestar no es lo mismo que asistencialismo, ¡no se confundan!

    El Estado de bienestar no es lo mismo que asistencialismo, ¡no se confundan!

    Los libertarios y liberales clásicos nos dicen que por más intervenga el gobierno en la economía menos libertad económica hay y, como dice Milton Friedman, los gobiernos más interventores son más propensos a desembocar en una tiranía.

    La frase hasta cierto punto tiene sentido, pero luego uno se pregunta por qué los países europeos con un Estado de bienestar más robusto son más democráticos que los países latinoamericanos donde dicho Estado de bienestar es más bien más pequeño y donde se recaudan menos impuestos (más por ineficiencia que por otra cosa).

    Me parece que para que la ecuación sea más precisa falta otra variable: lo que los libertarios, me parece, ignoran, es que no solo se trata del tamaño del Estado, sino de la relación que éste tiene con los ciudadanos. Así, un Estado más pequeño puede llegar a tener más poder sobre los ciudadanos que uno un poco más grande.

    Por esto es que es necesario hacer la distinción entre el Estado de bienestar y el asistencialismo. Algunos ingenuamente lo catalogan como una sola cosa porque se trata de dinero de los impuestos de los ciudadanos que se utilizan para cuestiones sociales, pero en realidad son dos conceptos muy diferentes y con efectos muy distintos.

    El Estado de bienestar (welfare state) consiste en derechos adquiridos que el gobierno debe proporcionar a través de los impuestos que cobra a los mismos ciudadanos: salud, educación, etc. con el fin de que todos tengan una base desde la cual desarrollarse y así una generar una sociedad más equitativa.

    Mientras que el discurso del libertarismo se basa en la libertad negativa (de acuerdo a las definiciones de Isaiah Berlin) que se basa en la ausencia de coerción, el Estado de bienestar tiene que ver más con la libertad positiva: es decir, que el individuo tenga una base (buena educación, salud etc) para que tenga mayores capacidades para realizar acciones y sea amo de sí mismo. Una persona que tiene mejor educación y salud está en mejores condiciones para aspirar a un mejor empleo, emprender o llevar a cabo sus sueños.

    Estos beneficios pueden otorgarlos entidades públicas o incluso privadas, en tanto sean beneficios financiados con los impuestos recaudados por los ciudadanos que el gobierno administra. Prácticamente todos los países desarrollados, en mayor o menor medida, tienen alguna forma de Estado de bienestar así como muchos países en vías de desarrollo (más pequeños, dada su capacidad económica).

    El Estado de bienestar requiere de institucionalidad y de un Estado sólido para que funcione bien. El sujeto no se siente agradecido al gobierno por esos beneficios, sino que entiende que son derechos que el gobierno proporciona a través de los mismos recursos de los ciudadanos. Así, se sobreentiende que el individuo no le «debe» nada al gobierno, ya que son los recursos de todos y el gobierno solamente administra dichos recursos de tal forma que un porcentaje minoritario de lo que el ciudadano produce, y que se transfiere mediante impuestos, sirva en beneficio de la colectividad. El IMSS o el Seguro Popular, la educación básica o incluso las universidades públicas, por poner un ejemplo, son parte de lo que podríamos llamar el Estado de bienestar mexicano (naturalmente muy precario comparado con sus pares europeos por la capacidad económica del país).

    Los estados desarrollados, con instituciones sólidas y un Estado de bienestar sólido logran combatir la desigualdad de mucho mejor forma que los países en desarrollo con una visión asistencialista. Fuente: researchgate.net

    El asistencialismo, por su parte, consiste en dádivas que el gobierno da a los ciudadanos para generar una relación de codependencia para que, de esta forma, el gobierno acapare más poder. Su objetivo no es proporcionar un servicio a los ciudadanos, sino cooptarlos para darle más poder al gobierno. Lo que busca el asistencialismo es que el individuo se sienta agradecido con el gobierno (el Presidente me ayudó, tengo esto gracias al gobierno de tal persona) para que se lo retribuya en votos o en asistencia a mítines. Las políticas asistencialistas no tienen como fin otorgarle un beneficio al ciudadano, sino darle más poder al gobierno mediante su cooptación.

    Mientras que el Estado de bienestar busca un balance entre la libertad negativa y la libertad positiva (el balance entre la coerción que implica la obligación de pagar impuestos y la mayor libertad para que quienes integren la sociedad puedan desarrollar su proyecto de vida mediante herramientas o prestaciones que los sitúen en una mejor condición), el asistencialismo atenta contra los dos tipos de libertades: implica coerción a la hora de cobrar impuestos para políticas asistencialistas y a la hora de condicionar la posibilidad de recibir un beneficio a la obligación de realizar una acción, aunque sea tácita (vota si quieres seguir recibiendo esta despensa porque si no ganamos ya no la vas a recibir), y atenta contra la libertad positiva porque al generar una relación de codependencia, se inhiben en mayor o menor medida sus capacidades para salir adelante.

    Hablando de la acumulación de poder de gobierno, podemos ver que el asistencialismo le da más poder al gobierno sobre los ciudadanos que el Estado de bienestar: no es lo mismo sentir que se le debe algo al gobierno (asistencialismo) a que se vea un beneficio como un derecho que no deja de ser visto como algo financiado con los impuestos de los mismos ciudadanos (Estado de bienestar).

    Si un gobierno gasta diez millones de pesos en beneficios sociales, un liberal clásico o libertario podría llegar pensar que en los diversos casos existe una coerción similar (al cabo al ciudadano se le cobra la misma cantidad de impuestos). Pero en realidad, esos diez millones de pesos que, invertidos en un Estado de bienestar pudieran permitirse en un Estado democrático, podrían vulnerar la misma democracia y la institucionalidad si se invirtieran en programas asistencialistas.

    Y una muestra de ello es lo que vemos en el gobierno actual. AMLO, a diferencia de varios demagogos latinoamericanos, no se está endeudando y está gastando igual o quizá menos que los gobiernos anteriores. Pero con los recortes al IMSS o a las guarderías para mujeres para la implementación de transferencias directas (sin olvidar otros proyectos como la refinería Dos Bocas) está desmantelando el Estado de bienestar para redirigir los recursos al asistencialismo (práctica ya recurrente en los gobiernos del PRI). No necesita gastar más, basta con reorientar los mismos recursos para promover una relación asistencialista y así acumular mayor poder.

  • En defensa de Celia Lora

    En defensa de Celia Lora

    En defensa de Celia Lora

    Algunos simpatizantes de AMLO se indignaron porque Celia Lora le contó a Adela cuando le dijo en broma a su novio piloto «Haz Kamikaze, mátalo por favor» al saber que iba en el avión en el que la iba transportando. Naturalmente hicieron campaña en contra de la hija de Alex Lora.

    Pero hace dos sexenios le llamaban Fecal a Felipe Calderón. Le decían pelele y usurpador (repitiendo las frases el entonces frustrado candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador)

    Después algunos de ellos participaron en la quema de un muñeco de Peña Nieto en el Zócalo, de él se burlaban, no le perdonaban ningún desliz (lo sé, tuvo muchos), insultaron e hicieron memes una u otra vez.

    Y que lo hayan hecho no tiene nada de malo.

    Y no me parece malo que quemen muñecos o que le recuerden su madre a Peña, están en su derecho. La gente tiene derecho a expresarse de su gobierno como le convenga. Podremos decir que es una crítica madura o hasta infantil pero tienen la libertad de expresión para hacerlo. Criticar y burlarse del poder es algo hasta sano.

    Pero así como ellos tenían el derecho de criticar a Calderón o a Peña Nieto. Celia Lora está en su derecho a decir lo que quiera de AMLO y también los ahora manifestantes están en su derecho de insultar a AMLO para sacar sus frustraciones como los simpatizantes de AMLO alguna vez lo hicieron.

    Pero resulta que no, que no es lo mismo, que de López Obrador no se puede hablar mal, que hasta que hay que tener mucho cuidado porque el ejército de las redes sociales se te va a venir con todo.

    Si Celia Lora hubiese dicho ese «mátalo por favor» en el tono que lo dijo Ricardo Alemán donde incitaba a la violencia y que le costó merecidamente el despido en algunos de los espacios donde colaboraba, hablaríamos de otra cosa. Es obvio en el video que el comentario que hizo no tenía esa intención. Le dijo a su novio que el fuera el kamikaze: naturalmente no es como que quiera que su novio estrelle el avión y muera.

    Además ¿Cuántos de los ahora indignados no hacían ese tipo de bromas cuando Peña o Calderón gobernaban? Yo escuché a muchos. Ahora resulta que no se puede.

    Caray, Celia Lora dijo lo que muchísima gente dice en su vida diaria. Ahora resulta que es una villana.

    Caray, López Obrador es un servidor público, no es la Virgen ni Dios ni Alá.

  • Trump vs Huawei. El pronóstico no está tan claro.

    Trump vs Huawei. El pronóstico no está tan claro.

    Me parece evidente que las sanciones a Huawei van más allá de un asunto de espionaje e incluso de meras tecnologías. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, las guerras comerciales deben considerarse como una forma de hacer guerra (aunque no haya muertos ni se dispare un solo balazo) porque son, a su vez, ideológicas y geopolíticas. China ha avanzado a pasos agigantados en lo que la tecnología se refiere y Estados Unidos se siente amenazado. En telefonía celular, Huawei le pisa los talones a Apple y Xaomi crece como la espuma.

    Pero no estoy tan seguro de que la estrategia vaya a funcionar, en una de esas los resultados podrían ser muy contraproducentes. Sé que un conflicto como este es muy complejo y tiene muchas aristas, existen muchas posibilidades. Mencionaré una de ellas para explicar que Estados Unidos no la tiene ganada necesariamente y que el tiro podría salirle por la culata.

    Huawei es una empresa que, como cualquiera, busca generar utilidades y crecer. Lo adecuado para su modelo de negocio era recurrir a Google (Android) para su sistema operativo en lugar de que ellos invirtieran más recursos en crear su ecosistema o su versión propia de Android (que es de código abierto).

    Ahora, si a Huawei le quitan Google y los proveedores extranjeros, no es como que se vayan a quedar con los brazos cerrados y posiblemente van a desarrollar los suyos propios para tratar de competir en el mercado. Van a invertir más en I + D y ¿qué puede llegar a pasar? Que Huawei, y por ende, los chinos, van a adquirir mayor conocimiento y capacidad para desarrollar estas tecnologías (tanto en software como en hardware). De hecho Huawei ya estaba trabajando en un sistema operativo propio por si las moscas.

    En una de esas se dan cuenta que ya ni necesitan de Google. Y en lugar de haberle dado un duro golpe a la tecnología china, la habrán fortalecido. Incluso se puede dar el caso de que en el largo plazo Huawei sea insolvente o que su estrategia comercial no funcione pero que, a la vez, ya hayan desarrollado tecnología de la cual se puedan servir los chinos. Digamos que en ese caso Huawei sucumbe, pero las demás empresas chinas absorben, de una u otra forma, todo el desarrollo tecnológico. Un paso para atrás para luego dar dos pasos adelante.

    Ahora imaginemos que Huawei logra aguantar el madrazo y supera la crisis producto de las sanciones comerciales, se sale con la suya y logra seguir vendiendo sus celulares en Europa y muchos otros países. Como ya no tiene soporte de Google ni sus aplicaciones, Google automáticamente perdería participación de mercado que ganan los chinos o alguna empresa tecnologica que está afuera de EEUU. Si Huawei se sale con la suya, otras marcas chinas como Xaomi podrían seguir sus pasos. Sería un golpe durísimo para Google e incluso para los EEUU.

    Pero si hablamos de que no solo es una sanción comercial, sino que esto tiene tintes de una guerra comercial (que es otra variante de una guerra convencional, aunque sin disparos), entonces hablaríamos de un autogol no solo tecnológico, sino hasta geopolítico. Porque con una decisión (desacelerar el desarrollo tecnológico de China y/o afectar su economía para que pierda influencia internacional) que se habría tornado contraproducente, el gobierno de los Estados Unidos no solo perdería influencia sobre otros países a través de sus empresas (aunque esta pueda parecer mínima) que cedería a los chinos, sino que terminaría afectando a Google que, por su naturaleza, es una forma de influencia cultural y económica de EEUU sobre el mundo (soft power).

    La pregunta es ¿sabe Trump lo que está haciendo?

  • Dura crítica de la final de #GOT (sin fan service)

    Dura crítica de la final de #GOT (sin fan service)

    Dura crítica de la final de #GOT (sin fan service)
    Foto: HBO

    Yo era de esos que defendía la octava temporada. Si bien no era de las mejores, no me parecía tan mala y tenía momentos rescatables. Aplaudí que enloquecieran a Daenerys y dije que me parecía una consecuencia natural del desarrollo de su personaje (aunque sí me pareció que lo hicieron de una forma un tanto abrupta, lo cual se terminó de notar en el final). El capítulo pasado (a pesar de las críticas de muchos) me había gustado y solo le había puesto algunos peros a la muerte de Cersei y Jaime y algunos problemas del guión que se notaba forzado y hecho a las carreras por momentos. Pero en general había sido, a mi parecer, relativamente bueno.

    Dicho esto, pensé que iba a ver una final cuando menos rescatable. Y no ocurrió así.

    Algo de lo que sí adoleció esta temporada es de un buen guión: éste estaba algo forzado, como si quisieran encajar todo en tan poco tiempo (aún así hubo algunos momentos muy memorables), pero hoy se notó más que nunca. Quisieron terminar la serie como fuera, como si tuvieran prisas, como si quisieran desentenderse del proyecto. Se notó más que nunca que ya no había libros en los cuales basarse. Al menos esa fue la impresión que me dejo.

    El final, ese que esperaba que estuviera a la altura de la serie, me dejó con un mal sabor de boca, sobre todo para el gran pedazo de serie que es Game of Thrones. Tal vez lo único que sobresale y aplaudo es su musicalización y, sobre todo, la fotografía donde sí hicieron un muy buen trabajo.

    En cierta forma sí terminó cerrando casi como si fuera una obra de Disney. Era natural que mataran a Daenerys porque a esas alturas ya se había convertido en villana (tampoco me habría parecido mal que hubiese terminado con el trono tal cual reina despótica). No es que me haya molestado que Jon la matara, pero ocurrió tan pronto y de una forma tan predecible y tan plana que no sentí nada. Tan rápido fue todo que con Tyrion (cuyo papel en el final fue de lo más rescatable, sobre todo por sus diálogos) la defendió a capa y espada echándose sus respectivas maromas: «es que tú no entiendes», «es que quería vengarse de Cersei» poco le faltó para decir que «los Lannister robaban más» y después se va a buscarla como si siguiera firme en sus convicciones para después ir a matarla. Todo fue tan rápido, tan apresurado.

    El asesinato pudo ser algo muy memorable, pero no lo fue en gran medida porque el guión en los últimos capítulos había estado muy forzado y hasta parecía que Daenerys ya era un estorbo, como si los escritores estuvieran urgidos de deshacerse de ella para ahora sí platicar de lo bonito que va a ser todo: de las despedidas y del cierre del arco de los personajes (con resultados mixtos). No es gratuito que Emilia Clarke haya tenido problemas con su personaje: Ah sí, Jon mató a Daenerys, órale, chido. Vaya, si estas temporadas de menos hubieran tenido los 10 capítulos de antes, hubieran podido desarrollar la trama de una forma más creíble, pero todo fue tan de prisa.

    Luego Drogo se da cuenta de que su madre está muerta (aunque como es un dragón no dilucida que Jon la mató) y, acto seguido, termina quemando el trono, aunque termina siendo poco relevante ya que lo único que fue quemada fue la materia, el puesto «el que está al mando» sigue existiendo. No se puede decir que el trono quedó vacío y lo que hizo el dragón parece no haber tenido tanto significado.

    Pero eso es lo de menos, si solo hubiera sido eso hubiera sido perdonable.

    Porque luego resulta que todo Westeros se convierte en Disneylandia. Olvídense de la condición humana. Adiós a la monarquía hereditaria, adiós a las diferencias y conflictos, y bienvenida una aristocracia alejada de los linajes, bienvenidos los reyes elegidos por voto e incluso las sugerencias de voto popular (aunque dudo que un pueblo incinerado pueda salir a votar). Solo faltaba el Estado de bienestar, el derecho al voto universal y el matrimonio igualitario para redondear esa transición de Westeros a mundo idílico. Winterfell se convertía en el sueño húmedo de Cataluña al separarse de los 7 reinos que ahora están al mando de Bran (por quien nadie apostaba pero que, a la hora del nombramiento, no sentimos gran sorpresa) ¿el mérito? Tener en su cabeza la memoria de todo Westeros. La retórica y la narrativa resaltada por Tyrion, más que el mérito, le dio el derecho a la corona. Había que poner en el trono a alguien que no ambicionara mucho el poder para asegurar ese reinado de paz.

    Sansa se convirtió en reina del norte (lo cual no me parece mal en una serie donde al final a las mujeres no les dieron mucho su lugar). Arya, de quien nos chutamos temporada y media viéndola en entrenamiento (gran parte de estas escenas aburridas) para no usar sus nuevas habilidades más que una vez para vengar a su familia de la boda roja hace ya dos temporadas, la vemos de pronto irse a descubrir nuevas tierras (algo así como una suerte de Cristobal Colón). Arya fue un gran personaje que creo que desaprovecharon después de que matara al Rey de la Noche, la escena del caballo del capítulo pasado quedó ahí abandonada y no le dieron continuidad. Tyrion, quien falló una y otra vez como asesor de Daenerys (una de las tantas razones por las cuales el miedo la empezó a invadir) termina como asesor de Bran para «reparar» todas sus malas decisiones (tal vez uno de las decisiones menos cuestionables). De Yara y los demás no conocimos su destino, terminaron ahí de ornamento.

    Me frustró el destino de Jon al regresar a donde mismo con el corazón y las manos vacías producto, en gran medida, de su falta de ambición, lo cual sí me pareció un acierto y desentonó con toda esa felicidad de Disneylandia que nos quiso transmitir este final. Una de las pocas cosas que no terminaron siendo fan service en esta serie.

    Despùés, uno no puede terminarse de explicar por qué si a los unsullied le matan a la reina que los liberó y ante quien fueron religiosamente leales, de pronto dejan pasar todo como si nada y se vuelven meros espectadores de su futuro, hasta permiten que liberen a Jon. Los Dothraki simplemente desaparecieron y ni explicaron por qué.

    Una serie que parecía empoderar a la mujer la terminó relegando a un segundo plano. La única que terminó en un puesto de poder fue Sansa siendo Reina del Norte. Arya se fue al oeste, a Daenerys la mostraron casi como una loca histérica, a Yara ni le cerraron el arco. Los que estaban sentados en la reunión del nuevo reinado eran todos hombres con excepción de Brienne.

    Se salieron de su buena recreación de la condición humana que se caracterizaba la serie y que parecía que volvían a retomar después de lo fan service que se habían vuelto en los últimos tiempos. De pronto todo fue bonito otra vez, los buenos fueron premiados y los malos castigados, la monarquía se convertía en una aristocracia buenista donde el rey (elegido por votación) gobernaba ya solo como un mero servidor público.

    No fue un final contundente (ni siquiera comparado con otros finales de temporada), me dejó con un vacío, no me emocionó mucho ni me provocó angustia. Por momentos me parecía tedioso y hasta hacía bromas con los amigos con los que la estaba viendo. No hubo grandes sorpresas ni giros inesperados ¿Así tenía que terminar una serie que fue tan exitosa, que rompió esquemas? ¿Así de plana? ¿Así de optimista?

    Sería injusto juzgar a toda la serie solo por su final. Game of Thrones es una de las mejores series de todos los tiempos y no va a dejar de serlo por lo que vimos hoy.

    Pero el final no estuvo a la altura de su legado.

    Aciertos:

    • Los diálogos de Tyrion y algunos de Daenerys.
    • El destino de Jon que fue lo más parecido a algo inesperado.
    • La fotografía y la musicalización (la imagen de Daenerys con el dragón de fondo es magistral).

    Errores:

    • El guión en general (muy forzado y con prisas)
    • El asesinato de Daenerys en manos de Jon pudo ser mucho mejor.
    • Final feliz donde los buenos pierden y los malos ganan en una serie que relataba crudamente la condición humana.
    • Que Sansa haya sido la única mujer que quedara en un puesto de poder.
    • Que Drogo quemara el trono me pareció de más (porque en la práctica no quedó desierto).