Autor: Cerebro

  • Mi escepticismo con el lenguaje inclusivo

    Mi escepticismo con el lenguaje inclusivo

    Mi escepticismo con el lenguaje inclusivo

    Hace algunos años, en algunos círculos se comenzó a utilizar el «todas y todos» para referirse a un grupo de personas y así hacer énfasis en que éste está compuesto por mujeres y hombres.

    Luego, para economizar (aunque solo en el lenguaje escrito y no el hablado) se comenzó a utilizar el arroba. Ej: tod@s. Pero el arroba cayó en desuso ya que solo se refería a mujeres y hombres y no se incluía a otras identidades de género. Entonces se optó por la x: Ej: todxs.

    Evidentemente, estos cambios en el lenguaje, bienintencionados en la teoría posiblemente, se mostraron muy ineficientes. Pronunciar la palabra «todxs» es un gran problema. ¿Cómo se pronuncia o cómo se dice? ¿Todcs? ¿Todos y todas? ¿Todes? Y es un gran problema porque no solo rompe abruptamente con las reglas de la gramática, sino que hace todo mucho más complejo.

    Luego llegó el «todes», donde se utilizaría la «e» para usar el idioma de forma neutra. Efectivamente es más eficiente que las otras propuestas anteriores porque ya hay una consonancia entre la escritura y la pronunciación, pero sigue siendo menos eficiente que el modelo original. Ello nos obligaría a utilizar tres géneros (masculino, femenino y neutro) en vez de dos (masculino y femenino) y a hacer muchas modificaciones a un idioma al que estamos habituados. Es decir, sigue haciendo más complejo un idioma como el español que ya de por sí se caracteriza por ser muy complejo.

    El argumento para hacer estos cambios gramaticales es que nuestro idioma utiliza el género masculino como género neutro. Es decir, decimos «todos» para referirnos tanto a las mujeres como a los hombres. Se dice que ello reforzaría una cultura patriarcal (donde el hombre tiene es el género principal y la mujer el género secundario, o «el otro» como lo llamaría Simone de Beauvoir). Se argumenta que el lenguaje cambia la realidad y, por tanto, si implementamos un lenguaje más inclusivo, ello se va a reflejar en la práctica. De aquí se desprenden los siguientes problemas:

    El primero es el que ya mencionamos, el de la practicidad y la eficiencia. El lenguaje no es rígido, evoluciona con el tiempo y generalmente lo hace por cuestiones de practicidad. El problema es que los modelos inclusivos propuestos hasta la fecha son más complejos y menos prácticos. Esto es un gran problema porque dentro de todas las causas sociales son los modelos prácticos y eficientes los que sobreviven. Hace unos meses expliqué el distinto resultado de las dos grandes propuestas de la Revolución Francesa para transmitir los valores republicanos: el sistema métrico decimal y el calendario republicano. El primero se popularizó tanto que lo utilizan casi todos los países del mundo. El segundo fue eliminado por Napoleón porque era poco práctico y no podía exportarse a otros países (ya que su configuración del calendario tomaba las particularidades de Francia).

    El lenguaje inclusivo es promovido desde distintas instancias e incluso algunas organizaciones lo utilizan. Sin embargo, no parece usarse más allá de esas mismas instancias o por quienes están comprometidos con las causas que lo promueven (movimientos feministas, colectivos LGBT+ etc). Si pudiera hacer una comparación, alguna referencia o algo parecido a un test A/B, podría referirme al «holi» que muchos jóvenes han comenzado a utilizar informalmente ne lugar del «hola». A diferencia del lenguaje inclusivo, el «holi» se ha popularizado sin necesidad de recursos o promoción alguna, es una moda que se ha propagado de forma orgánica, algo con lo que el lenguaje inclusivo ha tenido muchas dificultades.

    La eficiencia no es el único problema. También es cuestionable su efectividad para lograr modificar en la práctica las estructuras sociales y las conductas para aspirar a una mayor equidad de género e integrar a personas con otras preferencias sociales dentro del ethos social. Turquía no es una nación reconocida por ser campeona en equidad de género, la cultura nipona tampoco parece destacarse por ello. y se encuentra muy rezagada en comparación con la mayoría de los países desarrollados, y esto a pesar de que ambos países coinciden en que sus lenguas tienen género neutro.

    Si bien en nuestro idioma el masculino se utiliza como género neutro, es cierto que también hay algunas palabras femeninas para referirnos a un conjunto de personas sin distingo de su sexo (en el entendido de que en nuestro idioma los sustantivos tienen género). Hablamos de «la sociedad», «la humanidad», «la organización», «la patria».

    ¿Es posible discriminar a alguien con el uso del lenguaje? Evidentemente sí. Pero no es lo mismo el uso del lenguaje que la estructura gramatical. El uso del lenguaje deriva de la forma en la que pensamos y nuestras actitudes. Básicamente el lenguaje en sí no es el problema, sino nuestros pensamientos y nuestras actitudes mismas. El problema no es que el masculino sea el género neutro, sino que invisibilicemos a las mujeres o las discriminemos con nuestros actos. Hay prácticas que sí se podrían cambiar y que no tienen que ver con la estructura gramatical sino con el uso de conceptos, por ejemplo decir «ser humano» en vez de «el hombre» a la hora de referirnos a nuestra especie en el entendido de que con «el hombre» se puede entender solamente al género masculino.

    A mi parecer, no es la estructura del idioma la que modifica la realidad. Es la realidad la que termina modificando su estructura por cuestiones de eficiencia. Muchos de los eufemismos que utilizamos y el desgaste que muchas veces sufren con el tiempo puede ser prueba de ello (en muchos casos terminan adquiriendo el tono peyorativo que tenía el significante original que sustituyeron) ya que nos servimos del lenguaje para expresar lo que expresamos y sentimos, y si nuestros prejuicios no cambian, no nos detendremos por la inclusión de un eufemismo, sino que terminaremos corrompiéndolo como lo hicimos con la palabra original.

    ¿Hay equidad de género en la actualidad? No. todavía no llegamos a ello y falta un gran tramo por recorrer ¿Existen todavía conductas normalizadas que afectan a la mujer? Sí. ¿Hay discriminación hacia personas del mismo sexo? También. ¿El cambio de la estructura gramatical abonará a combatir esos problemas? Sobre ello es sobre lo que guardo cierto escepticismo.

    En un mundo libre, no le puedo decir a la gente que use lenguaje inclusivo o no (ni es mi intención siquiera), respeto el derecho de las personas a usarlo así como espero respeto a mi derecho a opinar. Simplemente dudo de su eficacia, aunque comparto los fines que busca (Ia equidad de género y la inclusión de personas con otra orientación sexual en la sociedad). En este sentido, si con el tiempo logra socializarse una suerte de lenguaje inclusivo o algo parecido de tal forma que termine siendo norma de la lengua, ello será entonces resultado de los cambios sociales a los que el lenguaje se adaptó para hacerse más eficiente, no al revés. Al final, el lenguaje termina modificándose de forma progresiva y orgánica para responder a las necesidades de una sociedad dada que habla dicho idioma.

    Puedes consultar más aquí.

  • 2 + 2 = 5, porque el 4 es neoliberal

    2 + 2 = 5, porque el 4 es neoliberal

    «Discrepancias en materia económica hubo muchas. Algunas de ellas porque en esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento. Estoy convencido de que toda política pública debe realizarse con base en evidencia, cuidando los efectos que ésta puede tener y libre de todo extremismo, sea éste de izquierda o de derecha. Sin embargo, durante mi gestión las convicciones anteriores no encontraron eco».

    Este párrafo es parte de la carta que Carlos Urzúa le envió al Presidente de la República Andrés Manuel López Obrador a la hora de renunciar de la Secretaría de Hacienda. Este párrafo refleja mucho de lo que ha sido el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

    No fueron muy diferentes las razones que Germán Martínez esgrimió para renunciar al IMSS. Hemos también escuchado muchos casos donde jóvenes del programa «Jóvenes Construyendo el Futuro» malgastan los recursos que reciben. Hemos visto que en Veracruz muchas personas talaron árboles para poder entrar al programa «Sembrando Vida» y recibir sus beneficios. Vimos también que, para combatir el huachicoleo, durante semanas gran parte de los mexicanos tuvo que hacer kilométricas filas para poder ponerle gasolina a su automóvil, cuando el impacto de la medida bien pudo haber sido, cuando menos, menor.

    El país está al borde de entrar en recesión. Hemos visto que, debido a los recortes, hay desabasto de medicinas, muchas dependencias no pueden operar bien y programas sociales que funcionaban se han visto seriamente comprometidos. Básicamente, desde afuera se percibe más bien un ambiente caótico y de mucha incertidumbre, de torpeza y de ineptitud.

    El desarrollo de las políticas públicas no es cualquier cosa, y menos se puede pensar que con el mero voluntarismo éstas cumplirán su función. Para llevar a cabo cualquier tarea o programa, por más noble que sea, se requiere de una política pública bien diseñada, donde prime la técnica y la metodología rigurosa, donde se apegue a la evidencia, al conocimiento y al método científico.

    Diseñar una política pública es todo un arte que requiere la intervención de especialistas en el tema: primero debe haber un claro planteamiento sobre el fin de dicha política, deben hacerse estudios (de campo o de otro tipo) para reconocer el escenario sobre el cual se quiere actuar, debe establecerse un buen método, deben de preverse diversos escenarios. En muchos casos deben incluso hacerse pruebas piloto. Luego, cuando ya todo esto ya quedó muy en claro, se debe de ejecutar de muy buena forma, para después medir el impacto y los resultados y, con base en estos, mejorar el diseño de la política implementada y repetir el ciclo.

    Si desarrollar una política pública es muy difícil, gobernar lo debería ser más, pero para nuestro presidente eso es muy fácil.

    Dicho en español, para diseñar una buena política pública se requiere de técnica. Eso que está muy ausente tanto en el discurso como en la práctica. Porque AMLO, dentro de su retórica, ha ligado la técnica con la «tecnocracia neoliberal», como si diseñar una política pública con rigor fuera «hacer neoliberalismo» que, en su peculiar definición no tendría tanta relación con la liberalización económica en sí, sino con el capitalismo de cuates (crony capitalism) donde las entidades privadas se enriquecen a costa del poder público.

    López Obrador nos habla de un cambio de régimen no solo político, sino económico, pero no entendemos muy bien cuál es la nueva propuesta. Paradójicamente, a pesar de la retórica, varias de las medidas que AMLO ha implementado podrían ser catalogadas como «neoliberales» (en la definición que peyorativamente se le da a la liberalización económica), como los recortes que está llevando a cabo. Más bien pareciera ser una forma de «neoliberalismo torpe e improvisado» combinada con una faceta más bien asistencialista que caracteriza a los programas sociales que propone. Hay un reencauzamiento de los recursos del welfare state institucional a programas con visión asistencialista y clientelar por medio de la entrega de recursos directos.

    El problema es grave porque 1) vulnera el Estado de derecho y la institucionalidad. 2) se reencauza dinero que servía a programas eficientes a otros que no lo son, 3) porque al ser asistencialistas, genera una relación de dependencia entre gobernante y gobernado y, 4) porque, al haber un mal diseño de políticas públicas, la ejecución de una política que ya tiene defectos en su mera teoría (por el enfoque clientelar) derivará en un programa que puede ser altamente ineficiente y tal vez hasta nocivo.

    Parece que este gobierno no está tan preocupado en combatir la corrupción, la pobreza y la desigualdad, más bien está preocupado en decir que va a combatir la corrupción, la pobreza y la desigualdad. Para lo primero, se necesitan políticas públicas eficientes, para lo segundo solo se necesita hablar. Lo peor del caso es que todo lo primero queda cancelado porque la retórica es importante, porque es mejor decir que se va a acabar el neoliberalismo y su tecnocracia sin importar que renunciar a la técnica comprometa todas las políticas públicas que buscarán llevar a cabo la transformación que tanto nos han prometido.

    Y sí hay razones para preocuparse.

  • No Hernán, no todos en Zapopan somos así

    No Hernán, no todos en Zapopan somos así

    Imagen: Canal Once

    La semana pasada, Hernán Gómez vino a Guadalajara para hacer un «análisis sociocultural» de las acentuadas diferencias socioeconómicas que existen en nuestra ciudad (y que se repiten de forma relativamente similar en todo México).

    En el que fue el último programa de la Maroma Estelar, este personaje afín de la 4T pretendió hacer un análisis que a priori podría parecer válido, ya que pretendía mostrar las diferencias entre las élites y la gente que no ha sido tan privilegiada. Lo que Hernán nos mostró en ese video no es algo falso: generalmente, algunos integrantes de las élites mexicanas tienen poco contacto y menos interés por el otro México, viven en una burbuja privilegiada y, si bien dicen apegarse a cierto sistema de valores (religiosos normalmente) en la práctica se mantienen muy alejados de ello: «quiero una niña con valores… si esa persona cree en diosito, para mí es de huevos… la verdad a mí no me gusta ir a misa». Eso que muchos llaman «doble moral».

    Los que vivimos en Guadalajara sabemos que hay gente que es así, la hemos conocido y en más de una ocasión hemos llegado a (o más bien tenido que) convivir con ella.

    Pero luego comienzan los problemas:

    Un análisis de este tipo se convierte en un problema si quien lo hace lo hace con fines políticos y no con fines meramente informativos, académicos o sociales, lo cual es de notar.

    Dentro de esta «investigación» que Hernán hizo (quien visitó los lugares más pudientes como Plaza Andares o la colonia Providencia donde se vitcimizó en la entrada de La Casa de los Platos) podemos ver que más que hacer un análisis riguroso, se esforzó más bien en crear un hombre de paja para fortalecer el discurso del sistema: «fifís y chairos».

    Hernán entrevistó gente conocedora sobre la historia de Guadalajara y la sociedad tapatía, quienes le relataron cómo es que la Calzada Independencia funge como una suerte de muro invisible que separa a la Guadalajara más privilegiada de la que no lo es. Pero luego el mismo Hernán toma este ejemplo para hacer una distinción que estos conocedores no hacen al usar estos términos tan típicos que se utilizan para polarizar el discurso: allá al poniente de la calzada viven los fifís (privilegiados, sin empatía), en el oriente viven los chairos (el pueblo bueno).

    Después de esta entrevista es cuando Hernán va a los antros para mostrarnos cómo es esa Guadalajara fifí, o más bien Zapopan, que es el segundo municipio más rico del país después de San Pedro Garza García (en lo que Hernán hace mucho énfasis). Es decir, los que vivimos en el poniente somos todos pedantes, ignorantes, doblemoralinos y, ah, odiamos a López Obrador. Del otro lado está el pueblo bueno, atropellado, malentendido, que sufre, esos que dicen que tienen las esperanzas puestas en la 4T (pero que son los más afectados por lo errático de este gobierno).

    La verdad es que muchos de los que vivimos en el poniente de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ya definidos como fifís por Hernán) no somos como esas personas vacías e insulsas que entrevistó. De hecho, esos comportamientos se nos hacen patéticos y nosotros mismos los criticamos y señalamos.

    A muchos no nos va mal económicamente, pero tampoco somos parte de la élite (y que dentro de esta misma no se podría generalizar del todo). Hernán nos etiquetó y creó un «ente fifí homogéneo» a partir de unas entrevistas que hizo básicamente para sumarle al carro de la polarización propia de la Cuarta Transformación entre el pueblo bueno y los privilegiados, pirruris, fifís y miembros de la mafia del poder que dice que somos nosotros.

    Si una persona no conociera bien México ni Guadalajara, podría llevarse la impresión de que toda la gente de nivel socieconómico medio y alto es así, y eso muchas veces no es cierto. Lo que habría podido haber sido un buen ejercicio se convirtió en un mero instrumento de propaganda favorable al régimen para dividir a la sociedad por medio de hombres de paja y negar la heterogeneidad que existe a pesar de las innegables diferencias socioeconómicas.

    Es paradójico, porque el comportamiento de Hernán, al etiquetar y reducir, no termina siendo tan diferente a los de los fifís que él mismo dice denunciar.

  • ¿Cómo vamos AMLO?

    ¿Cómo vamos AMLO?

    ¿Cómo vamos AMLO?

    Si pudiera definir de alguna forma a este periodo de poco más de siete meses en que AMLO ha estado en el poder, lo definiría como un gobierno errático.

    Sé que algunos van a decirme que es muy pronto para evaluarlo. Pero tan no lo es que nuestro Presidente ya dio un informe sobre sus resultados.

    No me enfocaré en los números y las cifras: algunas no están mal, otras, sobre todo las relacionadas con el crecimiento económico y la inseguridad, son más bien preocupantes. Es cierto que, en algunos casos, para dimensionar bien las tendencias cuantitativas sí se requerirá un poco más de tiempo. Pero me enfocaré más bien en lo cualitativo, en las formas.

    Hay quienes dicen, desde una postura relativista, que la evaluación que se hace a un gobierno depende de la postura desde la cual se mire: esa afirmación puede no ser del todo falsa pero tampoco es del todo cierta, ya que entonces todas las evaluaciones, cualesquiera que sean, valdrían exactamente lo mismo, y al no haber una evaluación más acertada que otra entonces no tendría caso siquiera hacerla (gajes del posmodernismo).

    Es cierto que los seres humanos, desde nuestras limitaciones subjetivas, evaluamos a los gobiernos conforme a nuestra experiencia (subjetiva). Pero también es cierto que, independientemente de ello, hay pautas sobre las cuales uno puede agarrarse para intentar hacer una evaluación más mesurada: ahí están los hechos, los datos. Por ejemplo, puede reconocerse de forma más objetiva cuando una economía no está siendo bien manejada porque vemos un desplome en el PIB que no es producto de algún fenómeno internacional o sabemos que encarcelar a un periodista que realizaba su trabajo es un atentado en contra la libertad de expresión al punto que podemos decir que quien no es capaz de percibir eso es porque tiene su juicio nublado. Aunque las definiciones tales como «opresión» o «libertad de expresión» son construcciones sociales intersubjetivas (conceptos que no existen fuera de nuestra mente pero que todos estamos de acuerdo con su significado), deberíamos tener la capacidad de ligar algún evento dado con esa definición sin que ello pueda relativizarse (quien quiera relativizarlo entonces no comprende bien qué significan esos conceptos o estaría tergiversando su significado).

    Dicho esto, si bien es imposible despojarme de toda subjetividad en mi análisis, sí puedo intentar hacer un análisis mesurado con la ayuda de mis conocimientos y mi experiencia.

    Un ejemplo de esto es cuando critico que el gobierno de López Obrador se base en los simbolismos y no salga de ellos. No es que sea malo per sé que un gobierno apele a lo simbólico: las narrativas le dan forma y sentido a los gobiernos. El problema es cuando un gobierno intenta sostenerse por medio de ellos y no por medio de resultados que abonen a la mejora de la calidad de vida de los habitantes.

    López Obrador mantiene altos índices de popularidad no solo por su narrativa que ha repetido una y otra vez y que le ha dado un aura con la que ningún político de la era moderna del país había cargado, sino porque en lo simbólico, le ha cumplido a su electorado: canceló el NAICM, abrió Los Pinos al público, redujo los sueldos de funcionarios, incluso está en camino de comenzar a construir la refinería que prometió en campaña.

    Pero los simbolismos y la narrativa deben de tener una sustancia que esté justificada en los actos. Es decir, si AMLO abrió Los Pinos al público, ello debería sostenerse con una mayor transparencia en el gobierno y debería haber una mayor cercanía con la ciudadanía haciéndola más partícipe de lo público. Lo primero evidentemente no ocurre, y lo segundo no va más allá de una mera simulación (consultas ciudadanas arregladas de tal forma que gane la opción que le convenga o votos a mano alzado cuyo resultado López Obrador ya conoce).

    El simbolismo per sé se vuelve algo completamente estéril. ¿de qué sirve que AMLO abra Los Pinos al público más allá de la narrativa que pretende comunicar con esa decisión? De prácticamente nada, simplemente los habitantes de la CDMX podrán ir gratis a conocer la residencia donde habitaron los Presidentes de la República desde Lázaro Cárdenas hasta Enrique Peña Nieto. ¿De qué sirve bajarle el sueldo a los funcionarios? Efectivamente son más recursos disponibles para el erario, pero en realidad no hace gran diferencia. Peor aún ¿de qué sirve cancelar el NAICM que en la narrativa significa un golpe en la mesa con el cual el nuevo régimen pretende hacer un distanciamiento con el pasado? no solo no sirve de algo, sino que los perjuicios terminan siendo más grandes que los beneficios.

    Si analizamos las decisiones políticas, las políticas públicas y las demás decisiones que son parte del acto de gobernar, nos encontraremos con grandes contradicciones entre lo simbólico y la cruda realidad. Las licitaciones directas y las partidas discrecionales poco empatan con la narrativa que se pretende crear al «abrir Los Pinos al público», incluso son contrarias. Poco podemos justificar la narrativa creada con la austeridad en los salarios si no se percibe mayor bienestar en la población y más justicia social reflejada en mayor igualdad de oportunidades o más y mejores empleos.

    Esta distancia entre lo simbólico y la realidad es, a mi juicio, la distancia entre la aprobación de Andrés Manuel en las encuestas y la efectividad de su gobierno. A través del simbolismo, AMLO parece generar la impresión de que se trata de un presidente efectivo que está llevando a cabo una transformación (esto último no es falso, lo cuestionable es si dicha transformación tal y como la vemos progresar vale la pena). Por ello la gente tiene confianza en este gobierno, porque ve una ruptura, un nuevo discurso.

    Podemos hablar, sí, de alguna forma de transformación, pero no podemos hablar de alguna innovación en la forma de gobernar. Puede llamarse transformación porque hay una ruptura parcial con la forma en que se venía gobernando el país (parcial porque muchos de los vicios persisten), pero no es innovadora porque no se plantea algo nuevo más allá del discurso, sino que es una amalgama de paradigmas políticos propios del siglo pasado combinado con algunos otros paradigmas vigentes. Lo único que puede ser medianamente innovador es el discurso: yo no recuerdo que en la historia moderna haya existido un discurso frontal y duro contra la corrupción. Pero es que ni siquiera el discurso parece empatar con el acto de gobernar.

    Este gobierno prometió acabar con el neoliberalismo, un término muy ambiguo que, en la peculiar definición que hace López Obrador, se traduce en la viciada relación del poder político con el poder empresarial (algo que más bien llamaríamos capitalismo de cuates) más que la liberalización económica o el Consenso de Washington (de donde se suelen desprender la mayoría de las definiciones de neoliberalismo). Pero en la práctica no vemos algo demasiado diferente tomando en cuenta la cercanía de Rioboo o los grandes negocios que Ricardo Salinas Pliego está haciendo con la 4T.

    Hablaron de cambiar el sistema económico, pero a la vez nos han traído una amalgama rara que no podemos terminar de situar a la izquierda del espectro político. Hay un discurso de justicia social, sí, pero vemos, a diferencia de lo que uno esperaría de un gobierno de izquierda, un desprecio por la cultura y por la ciencia. Vemos un entusiasmo por moralizar a la población a través de discursos con un fuerte acento cristiano y cartillas morales repartidas por evangélicos, cosa que podríamos considerar más bien de derechas. Vemos recortes agresivos bajo el argumento de no endeudarse ni subir impuestos (por ahora) sino de reencauzar el presupuesto para diversos programas sociales, refinerías y trenes (lo cual, no representa ningún cambio con el nivel de inversión pública de los gobiernos pasados). En el gobierno de AMLO vemos un experimento raro, que no termina de tomar una forma definida, pero que a la vez nos suena algo conocido, como si ya lo hubiéramos visto antes.

    El problema de este gobierno no son las posturas radicales (más bien amalgama algunas características de la izquierda con otras de la derecha, hábito más bien propio del PRI) sino la torpeza y la falta de consideración por la técnica y que son de las cosas que más nos deberían de preocupar. Como bien decía Diego Petersen, hasta la llegada de AMLO los políticos acostumbraban diseñar políticas públicas que afectaban a todos desde un edificio de Santa Fe. Desde ahí hacían sus regresiones, sus fórmulas econométricas, sin siquiera conocer a quienes estaban gobernando. AMLO quiso cambiar el discurso, ahora pretende que todos se salgan a la calle con la gente, pero ¿cómo analizar sus impresiones si ahora resulta que no saben hacer ecuaciones, regresiones y tal vez ni usar Excel? Con excepción de algunos funcionarios importantes en Economía y Hacienda, es muy perceptible el alto grado de improvisación y de ineptitud en varios puestos clave y, peor aún, aquellos que sí hacen bien su trabajo tienen que terminar lidiando con las erráticas y poco fundamentadas decisiones que a veces llega a tomar el presidente López Obrador. Ello es un ejemplo sobre cómo el simbolismo puede llegar a matar la eficiencia del arte de gobernar.

    Es evidente que López Obrador quiere hacer un cambio y que quiere pasar a la historia como uno de los grandes transformadores de esta nación. Pero falla rotundamente al creer que basta con el voluntarismo para hacer los cambios. Las estrategias, la técnica, el método, todo eso se ha dejado del lado porque para AMLO todo ello carga con el «estigma de la tecnocracia» (solo parece haber un tímido reconocimiento de los errores macroeconómicos que los gobiernos de izquierda han cometido en el Cono Sur), pero sin ello no es posible construir una verdadera transformación.

    Tampoco se pueden hacer grandes transformaciones con instituciones débiles y las cuales son vulneradas por los caprichos del propio presidente que piensa que con un tronar de dedos y buenas intenciones, ellas se van a reformar. Hemos visto como, contrario a su discurso, podemos observar una mayor vulnerabilidad institucional, instituciones de donde ha alejado progresivamente a la ciudadanía (vía su escepticismo a las organizaciones civiles o su poca afinidad con la transparencia) en aras de una tramposa abstracción llamada «pueblo» que pretende homogeneizar a los ciudadanos como una sola cosa, de donde excluye a quien se oponga a su gobierno y, sobre todo, del que se ha nombrado su único y exclusivo interlocutor.

    Lo mismo ocurre con su trato con la prensa. Es cierto que AMLO no ha ejercido algún tipo de censura explícita. Pero también es cierto que las opiniones contrarias le incomodan y sabe que, ante cualquier acusación, tendrá un ejército de usuarios en las redes listas para tratar de desprestigiar al medio en cuestión, y así también contará con un grupo de opinadores que tienen sus propios programas en los canales 11 y 22 (es decir, con recursos del Estado) para promover a la 4T en tanto ridiculizan y parodian a los opositores.

    El problema para López Obrador es que los simbolismos tienen fecha de caducidad, el problema es que los más afectados por sus políticas erráticas serán justamente aquellos que votaron por él y habrá un momento en que no será posible conciliar simbolismo y realidad. En lo general me parece que AMLO no ha entregado buenos resultados estos siete meses. Su proyecto, por más loable pueda sonar a algunos, genera justificadamente muchas dudas e incertidumbre ya que tiene muchas lagunas y omisiones que no se debería permitir ningún gobierno, y menos en la difícil tarea de llevar a cabo una transformación del régimen político.

  • El problema de las causas sociales modernas

    El problema de las causas sociales modernas

    ¿Qué pasa con las causas sociales de nuestros tiempos? A diferencia de sus antecesores no se topan solo con discriminaciones explícitas sino con conductas normalizadas. Pero, ¿Es buena su estrategia?

    Uno de los más grandes problemas de las causas sociales contemporáneas, sobre todo las que tienen que ver con la reivindicación de las minorías o de sectores sociales que han sido históricamente relegados, es cierta incapacidad, al parecer, de distinguir entre aquellas conductas explícitas y aquellas normalizadas, lo cual solo está abonando a una creciente polarización entre dos polos irreconciliables, y me explico.

    Lo que estas causas buscan hacer es modificar las estructuras sociales de tal forma que no se encuentren en una situación de desventaja, de inequidad o inclusive de rechazo para así formar parte de ella de forma integrada y no periférica.

    La forma que las estructuras sociales tienen son producto de una cultura que se va transmitiendo de generación en generación. Dicho esto, muchas de las conductas y patrones que explican aquello que a estos sectores los hacen sentir relegados no son explícitas, sino que están interiorizadas o normalizadas: la gente creció con ellas y forman parte de los paradigmas con los cuales interpreta su realidad. Es decir, la gente no es consciente de ellas. Por otro lado, las conductas explícitas sí son reconocidas por aquellos que las llevan a cabo (en el primer caso no hay dolo, en el segundo sí).

    Estas dos cuestiones son distintas y no se les puede dar el mismo trato. El problema es que en muchas ocasiones eso es lo que ocurre.

    Evidentemente, a aquella persona que discrimine abiertamente se le debe señalar. La discriminación explícita sobre una persona por cuestiones de raza, género, nacionalidad, preferencia sexual o de clase es una conducta reprobable. Alguien que dice frente a la televisión que las mujeres deben quedarse en la cocina, que un homosexual es un enfermo o que los negros son una raza inferior, merece el oprobio.

    La cuestión con algunos sectores de estas causas sociales es que creen que se debe tratar de la misma forma a las personas que tienen conductas normalizadas que a aquellos que tienen conductas explícitas (es decir, tratan de la misma manera a quienes discriminan abiertamente que a quienes lo hacen de forma inconsciente producto de patrones o conductas aprendidas). Creen que se debe señalar de la misma forma a quien repite conductas internalizadas, aprendidas y transmitidas desde otras generaciones como si tuvieran la explícita intención de «joder al otro».

    Ellos se escudan bajo la premisa de que «si una causa no incomoda entonces no está logrando absolutamente nada». En efecto, la premisa es correcta, pero de ahí no se sigue la premisa inversa que parecen asumir: que «si una causa está incomodando, es que entonces está logrando algo». Una causa social puede ser incómoda por las razones equivocadas y no porque se estén haciendo las cosas bien.

    Una causa que funciona naturalmente genera incomodidades, pero poco a poco los indignados comienzan a ceder de tal forma que los que están a favor de la causa se comienzan a volver mayoría y los que se resisten terminan, como minoría, automarginados. Tal vez este proceso tarde años, décadas, o necesite varios ciclos para llegar a su fin, pero poco a poco la nueva realidad buscada comienza a desplazar a la antigua.

    Pero cuando se trata de una causa cuya estrategia no funciona, que incomoda pero no por las razones correctas, esta genera, en el mejor de los casos, un ambiente polarizado, donde los dos polos reafirman sus posturas radicalizándose cada vez más. Los que defienden la causa se vuelven entonces más autocomplacientes, se encierran en una burbuja donde solo pueden entrar ellos y no pueden tener contacto con el exterior, se vuelven más dogmáticos (lo cual termina también ocurriendo en el polo opuesto), hasta llegar a un punto donde ya no hay vasos comunicantes.

    Es evidente que esto ocurre cuando no se puede distinguir bien entre conductas explícitas y conductas normalizadas. En lugar de persuadir a los segundos en vez de recriminarles por conductas que no entienden porque nunca las han externalizado, se terminan sintiendo agredidos y alienados y, más que sumarse a la causa, terminan convirtiéndose en opositores.

    A diferencia de las causas de inicio y mediados de siglo, ahora no solo se busca combatir conductas o normas explícitas (la mujer no puede votar, los negros no pueden entrar a restaurantes de blancos) sino cambiar patrones de conducta que están internalizados y de los cuales las personas no suelen ser conscientes. Evidentemente es una tarea más difícil ya que, al estar escondidas ahí en el inconsciente, es más complicado darles una forma y debe de hacerse una árdua labor de concientización (e incluso a veces llega a ser laborioso saber si alguna conducta es explícita o no). Formalmente, en la mayoría de los países, ya no existe discriminación hacia la mujer ni a personas de otra raza. Es decir, las leyes, por lo general, están escritas de tal forma que apliquen de la misma manera para todos y no haya preferencias de unos sobre los otros.

    Pero en la cultura y la conducta esto es todavía un tema distinto y lo que muchas veces no permite a una mujer llegar a un puesto de poder al igual que el hombre no es necesariamente un acto de discriminación explícita, sino un conjunto de patrones que, por sí solos, pueden parecer pequeños, pero que en la suma de todos ellos dejan ver que la mujer tiene cierta desventaja si comparamos a un hombre y una mujer con habilidades similares. Como esos patrones no son fácilmente detectables, algunas personas apelan, y en muchos casos sin una intención explícita de discriminar, a argumentos supuestamente biológicos: que «por naturaleza a la mujer no le gusta el poder o no le interesa mucho la política».

    Se vuelve un contrasentido recriminarle a alguna persona una conducta que no conoce y que no puede dimensionar. En este caso, la persuasión y la concientización debería utilizarse para que dicha persona reconozca que tal y tal patrón termina afectando a otra persona o a un grupo de personas. Muchos realmente no lo saben, pero algunos de ellos ya fueron duramente señalados y atacados, por lo cual ya no mostrarán alguna apertura para hacer ejercicio ya que se sintieron agredidos y alienados.

    Y no puedo dejar de señalar otro engaño que puede ser típico de las causas de nuestros tiempos. Los movimientos sociales (aún y con todas las intenciones de los opositores de crear hombres de paja) son heterogéneos. Algunas facciones están bien encauzadas mientras que las otras se radicalizan más. Vemos, entonces una suerte de mezcla de avances sociales (producto de los primeros) pero también una sociedad más polarizada (producto de los segundos). Muchas de las personas más radicalizadas y que no hacen esa distinción pueden creer que su lucha es la que está generando esos cambios y que hay que resistir más, pero muy probablemente no sea así, y sean los otros, los que adoptaron una estrategia más inteligente, los que les están haciendo la chamba.

    Cualquier causa social hace necesariamente política (aunque no participe en el sistema político) y la política no solo requiere emociones y coraje, sino estrategia e inteligencia. Y la necesita más cuando la oposición (que, a diferencia de los primeros no se siente oprimida ni ha sufrido por estar al margen) acostumbra tomar una postura un tanto más ecuánime que le permite tomar decisiones más frías y pensadas.

    El que se esté participando dentro en una causa noble no exenta al activista de ser autocrítico con su mismo movimiento. No lo exenta de matizar y de reflexionar a fondo. Los cambios requieren coraje, sí, pero también requieren cerebro.

  • AMLO, del informe a las marchas

    AMLO, del informe a las marchas

    López Obrador ha celebrado su primer aniversario con una suerte de «informe-festejo». No es el aniversario de su presidencia, sino de su victoria, de ese momento desde que, según él, se inició la Cuarta Transformación.

    Como todo lo que hace el gobierno de López Obrador, el festejo tiene un fuerte carácter simbólico. ¿Tendría sentido hacer un informe a los 7 meses de gobernar cuando ellos mismos nos insisten en que es muy pronto para juzgar sus políticas? ¿Tiene sentido hacer un informe en julio cuando en septiembre va a llevar a cabo otro donde va a decir prácticamente lo mismo porque en dos meses las cosas no van a cambiar mucho?

    El informe en este contexto tiene más bien la tarea de reforzar lo simbólico: «el primero de julio ocurrió un cambio histórico y les presento resultados para demostrar que las cosas se están llevando a cabo y seguimos haciendo historia».

    Varios de los datos que López Obrador presentó son, en realidad, ciertos, aunque claro, mezclados con otros datos más ambiguos o sin aclarar el contexto y, alguno que otro más, de esos «otros datos que tiene» y a los que ya nos ha acostumbrado. Esto sin dejar del lado que «olvidó mencionar» aquellos rubros donde las cosas no andan nada bien. Vaya, un trato típico de la información que se hace en cualquier informe.

    Como en cualquier informe, el mandatario querrá generar la impresión de que las cosas van muy bien, y quiere asegurarse de que la mayor cantidad de gente se quede con esa percepción, en lo cual no ha fallado porque los estudios demoscópicos le dan una aprobación positiva. Por eso insistió a los medios de comunicación que lo transmitieran por cadena nacional.

    Pero lo que piensa la mayoría no es lo que necesariamente está ocurriendo, tampoco lo que dice el Presidente de la República.

    El fin de semana que antecedió a su informe y con motivo de éste, muchos opositores salieron a marchar a las calles de la Ciudad de México y otras ciudades, la «marcha de los fifís» como los obradoristas le llaman.

    Evidentemente, como en toda marcha, hubo algunos problemas (que el amloísmo intentó magnificar): discusiones, líderes políticos como Fox corridos, alguna que otra expresión xenófoba y demás. Pero, poco a poco, estas marchas, que ya parecen realizarse de forma sistemática, están aglutinando cada vez a más gente.

    Las manifestaciones crecen paso a paso, no han logrado todavía juntar una masa crítica que logre incomodar mucho al gobierno. Pero están ahí latentes, a las cuales poco a poco se suma más gente.

    Lo más destacable es que se realizan de forma periódica y no son meramente espontáneas (es decir que surgen por alguna mera coyuntura), sino que ya han logrado organizarse para salir a las calles una y otra vez. Esta periodicidad les permitirá a los marchantes aprender a organizarse mejor (recordemos que muchos de los marchantes son neófitos en el tema) y, no solo eso, sino que los nuevos opositores que vayan surgiendo (desde los que hasta ahora habían decidido no hacer nada, hasta los que se desencantaron por el gobierno) sabrán a dónde acudir para manifestar su indignación con el gobierno.

    La popularidad de AMLO sigue siendo alta y posiblemente así se mantenga por un rato, pero es muy posible que en el futuro esa popularidad decrezca por el mismo desgaste del ejercicio del poder. Las manifestaciones tendrán (debido a su periodicidad) la posibilidad de aglutinar a todos esos nuevos inconformes. Cuando ello pase, las marchas entonces sí se convertirán en un problema para este gobierno.

    Las marchas también son una suerte de informe. A ellas no acuden solo privilegiados y gente de derecha (que sí la hay, aunque los grandes beneficiados de la corrupción de los gobiernos pasados no salen a la calle), sino que también se está sumando gente que perdió su empleo, gente decepcionada. No se equivocan quienes dicen que los más perjudicados no son ellos (al cabo, si algo ha hecho relativamente bien este gobierno es mantener buenas finanzas públicas) sino la gente de «más abajo», aquella a la que le toca sufrir por los recortes a los programas sociales (paradójico de un régimen que se dice izquierdista).

    Si López Obrador sigue apostando a reforzar los simbolismos (que tienen fecha de caducidad) en vez de trabajar para generar resultados constantes y sonantes, veremos en esta marcha no solo a «fifís de derecha», sino incluso a algunos progresistas e izquierdistas decepcionados. Su discurso polarizador es otro elemento que termina por fortalecer estas manifestaciones en lugar de generar lo contrario.

    Y celebro que ocurra, independientemente de la efectividad del gobierno de AMLO, todo gobierno requiere un oposición. Dentro de las cámaras y el gobierno es casi inexistente, y si de otro lado tiene que surgir, es desde la ciudadanía.

    https://www.youtube.com/watch?v=-I_atmksY_k
  • Cuando los capitalistas te robaron tu bandera

    Cuando los capitalistas te robaron tu bandera

    Cuando los capitalistas te robaron tu bandera
    Foto: sophiadigital.es

    Es junio, la señora Godínez se levanta temprano porque tiene que ir al banco. Su coche se le había descompuesto, así que tuvo que pedir un Uber.

    La señora Godínez nota algo raro en la aplicación, «¿por qué hay un arcoiris?», dice. No se percata de que se trata de la bandera LGBT+. Luego llega al banco y nota que la sucursal está muy colorida: el logotipo del banco ahora tiene esa misma banderita. La señora Godínez se empieza a dar cuenta que toda su ciudad está invadida con la bandera del arcoiris. Los bancos, los Doritos, el Uber, el Gatorade que acaba de comprar, la marca de su coche y hasta el escudo del América.

    La señora Godínez pega un grito en el cielo ¡Es el arcoiris del demonio! ¡Los gays y los comunistas están imponiéndonos la ideología de género, es el marxismo cultural (¿comunistas capitalistas?)! ¡Es parte del Foro de Sao Paulo!

    Pero del otro lado, no necesariamente todos los gays y simpatizantes de los colectivos LGBT+ están contentos porque sienten que las empresas están mercantilizando su causa. De pronto vieron que esas banderas y eslóganes con los que salían a la calle estaban ahora impresos en los nuevos tenis Nike. Vieron cómo carros alegóricos de las empresas portaban sus banderas. Así como el sistema se había apoderado del rock unas décadas atrás, ahora se apoderaba de su causa.

    Muchos otros están contentos porque el hecho de que las marcas se suban al mame de la causa de los gays hace que su causa se propague, lo cual no es falso en lo absoluto. Otros se sienten muy agradecidos porque las empresas se están sensibilizando con ellos, pero, ¿quién tiene la razón?

    ¿Cuál es la tarea de los capitalistas? Generar utilidades. Su tarea es ello y siempre lo va a ser. Para ello tienen que satisfacer las necesidades de su mercado para que este esté dispuesto a comprar sus productos y/o servicios.

    No me atrevería a decir que el capitalismo no influye en la cultura porque sí lo hace al modificar los patrones de consumo, y al ofrecer nuevos productos y servicios que en muchos casos crean modas y afectan los patrones de comportamiento, pero el capitalismo no suele proponer cambios culturales en sí.

    El capitalismo no tiene una causa social (aunque ciertamente genera empleos, es capaz de innovar, satisface las necesidades de los consumidores e incluso puede sumarse a proyectos sociales si estos se traducen en un beneficio para la marca que se traduzca en utilidades). El capitalismo más bien adopta el panorama vigente y lo amplifica, replica y propaga lo que ya existe. Si el mercado potencial de una marca es muy conservadora, entonces eso se va a reflejar en la publicidad de dicha marca y en el tipo de productos que ofrece. Si el mercado es liberal, entonces ocurrirá lo contrario.

    Entonces ¿por qué las empresas se subieron al mame del orgullo gay? ¿Hay una conspiración como dice la señora Godínez? ¿Es que ya son solidarias y se van a sumar con todo para acabar con la discriminación contra gays, lesbianas, trans y demás? La respuesta es más simple: negocio.

    Antes de tomar esa decisión (la de subirse al mame), las empresas naturalmente tuvieron acceso a estudios demográficos (o tal vez ellos mismos los llevaron a cabo) que dicen que la gente más joven (incluída la de México) es bastante más abierta a las personas del mismo sexo que la gente más grande, y que el matrimonio igualitario está teniendo una aceptación cada vez mayor dentro de la sociedad en general. Es natural que veamos una mayor presencia de marcas con valores más progresistas (como aquellas relacionadas con la tecnología e innovación) pero también vemos marcas de consumo masivo como refresqueras y hasta bancos (que tendrían un perfil un poco más conservador). Esto es porque, en lo general, la sociedad está más abierta hacia las personas con orientación sexual por personas del mismo sexo que antes.

    Es decir, la distribución demográfica del mercado meta de muchas de estas marcas que generalmente se concentran en clase media, media-alta y alta, hace que sea muy rentable para las marcas subirse al tren del orgullo gay.

    No solo eso, el tema del orgullo gay refleja valores que a las marcas les conviene transmitir: apertura a los cambios, innovación, un ambiente fresco, colorido y festivo y hasta empatía. O sea, para ellos es un negocio redondo.

    Lo que estamos viendo es una edición más de la ya conocida historia del capitalismo absorbiendo causas que, hasta hace poco, eran relativamente marginales. Así como el capitalismo comenzó a vender camisas hippies y a crear grupos de rock plásticos, ahora ha comenzado a adoptar la causa de los colectivos LGBT+.

    Afortunadamente, para estos colectivos, no aparece en este caso esa contradicción que suele acompañar a este fenómeno de absorción. Cuando el capitalismo absorbe una causa rebelde o marginal, ésta simplemente deja de serlo, ya que se vuelve una contrariedad vender un producto rebelde desde el mainstream. El rebelde, de cierta forma, ve en su rebeldía su propia causa. Pero en este caso, la causa en sí (la aceptación de los gays, lesbianas y demás identidades de género) no es irreconciliable con el capitalismo ni con el mainstream. No es que no tenga nada de rebeldía cambiar estructuras sociales, es que el fin último es cambiarlas y no ser rebelde en sí. En realidad ello es lo que buscan, que ellos sean parte de las estructuras sociales y no algo marginal o relegado de ella.

    En cierta medida, este fenómeno podría ser visto como un triunfo para estos colectivos (aunque las empresas lo hagan por interés propio) ya que es muestra patente de que su causa logró la suficiente masa crítica como para que las empresas se subieran. Y no solo eso, ya que las empresas logran, a la vez, propagar y dar más difusión a su causa, lo cual coadyuva a su anhelo de que puedan integrarse a la sociedad. Si bien las empresas se suben por interés propio, el hecho de hacerlo les genera un compromiso con su mercado: sería un golpe duro para la marca que el público se enteraron que dentro de la empresa rechazaron a alguien por ser homosexual cuando antes se habían «subido» a la causa del orgullo gay.

    Tal vez con excepción del cine y de las artes, donde se pueden promover agendas por medio de los contenidos (generalmente más liberales que conservadores), el capitalismo más bien refleja lo que ya pasa y lo amplifica, ya que para generar utilidades tiene que satisfacer las necesidades del mercado vigente que está condicionado por el ethos cultural vigente. La forma en que el capitalismo se expresa es en cierta medida un reflejo de la cultura de la sociedad en la que se encuentra insertada, no es un invento del propio capitalismo y no es, mucho menos, una causa social promovida por los capitalistas.

  • ¿Por qué hay menos mujeres en la política?

    ¿Por qué hay menos mujeres en la política?

    ¿Por qué hay menos mujeres en la política?

    Cuando uno revisa la distribución entre mujeres y hombres en distintas carreras, se percata de que las mujeres optan más por carreras sociales como psicología o relaciones públicas mientras que los hombres dominan las STEM (ingenierías y tecnología).

    El argumento que algunos utilizan para explicar esta diferencia es que hay estudios de bebés recién nacidos donde las mujeres tienen preferencias por rostros y los hombres por objetos. Dicho esto, las mujeres preferirían tratar con personas y los hombres con herramientas o modelos. Así, se dice que esa distribución no es producto de alguna inequidad de género, sino que los hombres prefieren un tipo de empleos y las mujeres otro tipo. Eso sí, generalmente los primeros empleos son mejor pagados que los segundos.

    Pero si entonces ello fuera la justificación, ¿por qué los hombres dominan la política y, de paso, el análisis político?

    El argumento es que la política atrae menos a las mujeres. Que ellas no se quieren «embarrar del lodazal», que a ellas no les gusta hablar tanto del tema y discutir sobre asuntos políticos, como si ello estuviese determinado por la naturaleza.

    Hacer política trata más sobre personas que sobre sistemas: trata sobre comunicación, sobre relaciones, sobre saber hacer equipos, buscar aliados, negociar para poder impulsar agendas. Si a las mujeres se les da mucho la psicología y las relaciones públicas por «naturaleza», entonces ¿no tendría que ser la política casi la profesión perfecta para la mujer? Bajo el argumento biológico que se hace con base en esos estudios donde las mujeres prefieren personas y los hombres objetos, entonces tendría que haber una mayor presencia de mujeres que de hombres.

    Pero eso no ocurre. No hay ni siquiera paridad de género y ello explica que algunas mujeres incluse soliciten cuotas esperando de esa forma tener cierta representación. Entonces, ¿cómo explicamos desde lo biológico que las mujeres no quieran entrarle a la política y los hombre sí? Pues la realidad es que la biología no puede explicarlo porque no es un asunto biológico sino uno cultural.

    El análisis político (intelectual), por su parte, viene siendo algo así como una mezcla de «personas y sistemas» ya que analiza el comportamiento humano bajo ciertos sistemas o paradigmas; así, se esperaría que hubiera algo cercano a la paridad de género. Pero en realidad en México son muy pocas mujeres que hacen análisis político (ciertamente cada vez se están involucrando más): me vienen a la mente Maria Amparo Casar, Denise Dresser (Aristegui y Marker son más bien periodistas), tal vez Viridiana Ríos y otras pocas más. A nivel global la diferencia también es llamativa, de entre tantos teóricos de la política hombres que conozco del siglo XX, de entre las mujeres en este momento solo me viene a la cabeza Hannah Arendt.

    Otra prueba de la debilidad del argumento es que, con el tiempo, son más las mujeres que se han ido involucrando en la política y en su análisis. Si se tratara de biología, entonces ¿cómo explicaríamos estos cambios? De forma progresiva hemos visto más presidentas en el mundo, y aquí en México cada vez más mujeres legislan en el Congreso. Hace décadas era casi impensable ver a presidentas en el poder, ahora es algo relativamente común pero siguen siendo minoría. No es un secreto que en países como Estados Unidos, si bien una mujer tiene posibilidades de llegar a la presidencia, su género sí funge como una suerte de handicap.

    Es cierto que no se puede esperar una igualdad de representación perfecta pero sí una equidad de género (que es una de las críticas que se suelen hacer sobre las cuotas de género). Es decir, en un escenario de equidad tendríamos congresos donde en alguna ocasión tengan más hombres que mujeres y viceversa (por diferentes razones que no tienen que ver con algún prejuicio ni falta de oportunidades). Pero no habría alguna tendencia clara y notoria hacia algún género como todavía lo hay.

    Más que hablar de estudios de rostros y objetos. ¿no tendrá que ver que la política tiene que ver con el poder bastante más que la psicología y las relaciones públicas? ¿No será que todavía existe una tendencia a relegar a las mujeres a áreas con menos influencia en lo social (aunque sea evidentemente menor que antes o aunque sea de forma inconsciente)? ¿No será que siempre pensamos que la política era «cosa de hombres» y por eso las mujeres se sintieron menos atraídas a ella con la consecuencia de que ellas se han visto subrepresentadas?

    En la actualidad, una mujer puede entrar libremente a la política. Hasta aquí todo bien, pero luego vienen los siguientes problemas: muchas mujeres aprenden durante su vida que la política es más cosa de hombres, ven que los tíos hablan más de política que las mujeres que, si bien hablan más que antes, no hablan tanto. Por esta razón, algunas mujeres entonces podrían no verse motivadas porque sienten la política como algo ajeno. Aún así hay muchas otras que sí se vean interesadas y logren sortear este dilema, pero los problemas no acaban ahí. Dentro del mundo político, si bien no tienen las puertas cerradas para llegar a altos cargos, es cierto que ellas lo tienen un poco más complicado a la hora de llevar a cabo esa travesía que los hombres. Dentro de todos los que conforman el gobierno, habrán algunos (aunque fueran minoría) que tendrán recelo de ver a una mujer crecer. Sumemos los roles dentro de la familia, donde hay una correlación directa entre las posibilidades que una mujer tiene para triunfar y la equidad en la división de tareas dentro de la casa entre esposos. Todas esas cosas influyen, aunque no sean demasiado visibles, e incluso no han dejado de ocurrir en aquellas naciones que se congratulan por tener mayor equidad de género.

    Es cierto que se han logrado grandes avances, pero son esos mismos avances los que explican que la inequidad que todavía existe es una problemática cultural y no una cuestión biológica.