Autor: Cerebro

  • Judith Butler – El género en disputa. Una crítica necesaria.

    Judith Butler – El género en disputa. Una crítica necesaria.

    Judith Butler - El género en disputa. Una crítica necesaria.

    El género ha sido uno de los temas más polémicos en las últimas décadas. Es un tema que también se ha polarizado mucho, que ha generado muchas discusiones (muchas de ellas innecesarias) ya que implica un cuestionamiento de las estructuras sociales.

    Hasta hace poco, la mayoría de nuestras sociedades asumía que el género (el rol) estaba predeterminado por completo por el sexo biológico (de hecho, el término «género» en este sentido es una creación reciente). Es decir, asumíamos que nuestros roles como hombres y mujeres estaban predeterminados por la biología y que la cultura tenía un papel muy limitada, marginal y contingente. Bajo argumentos naturalistas se llegó a argumentar que la mujer no podía votar o que la homosexualidad era una enfermedad.

    En muchos casos, los conceptos y categorizaciones evolucionan como oscilando en un péndulo para después llegar a superarse, casi podría decir que se trata de un giro dialéctico hegeliano (tesis – antítesis – síntesis). Por ejemplo, hace varias décadas se consideraba que el cerebro era un órgano más y que la conducta podía explicarse por un impulsos y respuestas, como lo relataba el conductismo de Pavlov y Skinner (tesis). Después, se le dio al cerebro una posición suprema sobre el resto del organismo: el cerebro era la esencia humana y no lo demás (antítesis) en tanto que ahora hay quienes sin restar importancia al cerebro tratan de explicar cómo es que el resto del cuerpo incide en nuestra esencia como personas (síntesis).

    Algo parecido podría estar ocurriendo con el género que de la tesis se ha trasladado a su antítesis. En nuestros tiempos se trata de deconstruirlo e incluso negar su existencia fuera de lo subjetivo. Aquí es donde entra Judith Butler, quien en 1990 escribió su libro El Género en Disputa. Un libro bastante controversial para su época (Incluso para la nuestra) que me di a la tarea de leer.

    Su propuesta es radical, subversiva y abrasiva. No es radical en el sentido que entendemos el concepto de «feminismo radical» que podría traducirse más bien en misandría o hembrismo, por lo que no vas expresiones de ese tipo en esta obra. Es más bien radical a nivel filosófico, tanto que tiene el atrevimiento de poner «patas pa’rriba» toda la metafísica occidental con el fin de deconstruir y desestabilizar uno de los conceptos binarios torales de nuestra civilización: la idea del hombre y la mujer, y que que va más allá de dar una significación a la forma en que percibimos el sexo, ya que se funde con lo mítico, lo religioso y lo filosófico (lo masculino y lo femenino). Una empresa de ese tamaño no puede dejar de generar polémica.

    Como buena postestructuralista (o posmoderna), veremos desde la primer página un bombardeo de deconstrucciones que tienen como base a Jacques Derrida (a quien casi no menciona pero que se encuentra implícito) y a Michel Foucault. Judith Butler parte de una premisa noble: se pregunta por qué las personas que tienen otra preferencia sexual quedan al margen y fuera de eso que ella llama «el cuerpo» o por qué históricamente la mujer (influida por Beauvoir, a quien luego también cuestiona y deconstruye) ha tenido un papel menor en la sociedad.

    Pero Judith Butler no se queda en la idea de separar al sexo (biológico) del género (cultural), sino que va más allá deconstruyendo esa dicotomía binaria (sexo biológico – género cultural) para llegar a la conclusión de que el sexo mismo es una construcción social (con base en la interpretación que hacemos del sexo) y que el género no puede ser una categoría ontológica, sino meramente performativa. Es decir, Butler considera que uno es hombre o es mujer porque repetimos patrones de conducta que le dan identidad a nuestro género.

    Coincido con aquello que le motivó a plantear su propuesta (la inclusión de otras personas con otras preferencias o identidades sexuales), pero si bien tiene algunos argumentos interesantes, tengo varias dudas sobre su planteamiento, lo cual me parece normal porque considero que la deconstrucción es muy proclive a crear arbitrariedades (de lo cual Butler no está exenta) y me voy a explicar:

    Parto del hecho de que los seres humanos, quienes percibimos la realidad objetiva de forma subjetiva y fenoménica (tomando un poco como referencia a Kant), categorizamos lo que se nos da a nuestros sentidos: una mesa como objeto existe de forma objetiva e independiente del individuo y dicha existencia no depende la actitud que tengamos hacia ella, la cual no va a modificar su forma (desde una perspectiva más realista como la de John Searle), pero la definición de mesa como tal es intersubjetiva y no reside fuera de quien la percibe: nosotros decimos que es una mesa porque tiene cuatro patas (la definición de «mesa» es intersubjetiva pero el hecho de que tenga cuatro patas es objetivo, porque nuestra actitud no hará que el objeto que tiene cuatro patas tenga tres o cinco, pero intersubjetivamente sí se puede aspirar a cambiar la definición de «mesa» de tal forma que desde ahora sea un objeto que tenga cinco patas, por ejemplo).

    Así, con base en ciertos rasgos que percibimos, categorizamos al hombre y a la mujer (el primero es más fuerte físicamente, tiene una voz más grave, tiene un pene, la segunda tiene una vagina, es capaz de embarazarse; y a esto se suman patrones de comportamiento que señalamos como comunes a cada género, independientemente de que puedan tener un origen biológico o cultural). Decimos que el término mujer u hombre (hecho social e institucional) se atribuye a esto que percibo, que existe y cuya existencia en sí misma no depende de mi actitud (hecho bruto). Incluso los roles de género que son culturales y no naturales son hechos brutos objetivos que residen fuera de nuestra mente y que nosotros amalgamamos en los conceptos de hombre y mujer como hechos sociales intersubjetivos.

    Decía entonces que el hombre y la mujer son categorizaciones intersubjetivas con base en fenómenos que percibimos. Dichas categorizaciones también podrían catalogarse como hechos institucionales (que son intersubjetivos, que de ahí se desprenden muchas normas y que no existen fuera de la mente del individuo) que tienen como base hechos brutos (que residen fuera de la mente del individuo). Y esto es importante notarlo porque ello explica el error de muchos críticos de Butler al atacarla de una perspectiva equivocada. Insisten en que su postura es anticientífica, que sí hay diferencias entre mujeres y hombres. Pero me parece que Butler está argumentando desde otra perspectiva diferente de la que recibe los ataques, ya que la suya tiene que ver más bien con los significantes y significados partiendo desde el estructuralismo (o sobre como se construirían los hechos sociales con base en los hechos brutos si tomamos a Searle) al punto que, incluso existiendo algunos factores biológicos, ella podría seguir sosteniendo su argumento.

    En este sentido, proponer otros géneros u otras categorías distintas para identificarnos (incluso su abolición) no sería anticientífico siquiera, en tanto ello se haga con base en la realidad objetiva que percibimos de forma subjetiva (es decir, que no inventemos rasgos que no existen ya que los hechos brutos existen con independencia de nuestra actitud) aunque también es cierto que hay categorías que nos pueden ser más eficientes que otras, y a ello voy más adelante, porque no parece haber alguna propuesta sólida que responda a ello.

    En su obra no va a tratar de contrariar en sí a lo objetivo aunque sí lo va a desestimar, no va a negar las variaciones cromosómicas (XX y XY) ni que una persona tiene un pene y otra una vagina. Ella se va enfocar en los relatos construidos a partir de los fenómenos que se nos presentan, y es en este punto donde encuentro varias discrepancias.

    Algunas de las discrepancias que tengo con Butler son muy parecidas a las que tengo con Michel Foucault (vaya, son filósofos posmodernos), y es la dimensión que le dan a las relaciones de poder. Al igual que la crítica que Habermas hacía a Foucault donde lo acusaba de darle al poder tal dimensión que no hay espacio para el consenso, considero que Butler falla al explicar el género binario casi exclusivamente con base en el poder y a discursos hegemónicos políticos opresores porque dicha insistencia le impide matizar y entender la complejidad de la construcción del género. Lo mismo ocurre con la misma crítica que hago sobre Jacques Derrida, quien afirma que en una categoría binaria necesariamente uno de los elementos es más fuerte que el otro y, por tanto, lo oprime.

    Me parece que detrás de la categorización que hicimos de «hombre» y «mujer» no solo hay razones de poder y razones políticas como Butler afirma, sino también prácticas: un ejemplo es el hecho de que el hombre y la mujer pueden reproducirse, porque saber con quien me puedo reproducir y con quien no ha sido importante para la preservación de la especie, por lo cual sería casi indispensable que una propuesta categorización alternativa pueda, en cierta medida, satisfacer esta necesidad (naturalmente no es necesario que absolutamente todos se reproduzcan ni este argumento puede usarse para excluir o marginalizar a quienes tienen otra preferencia o identidad sexual).

    Es evidente que el género binario es una categorización sencilla porque, incluso prescindiendo de roles culturales o performativos, al individuo le suele parecer relativamente fácil categorizar a sus pares con relación a su aspecto en muchas de las ocasiones. También es cierto que la «sencillez» de la categorización puede dejar del lado la complejidad y excluir a quien no embone dentro de dicha categorización. Butler exhibe este problema en lo que considero es uno de los mejores aciertos de su libro.

    Tampoco creo que el consenso esté completamente fuera de dicha categorización. Sí hay elementos de poder y políticos, pero no explican el todo y ello es importante notarlo. ¿Cómo señalar los elementos inequitativos dentro de la categorización binaria entre hombre y mujer, y sus implicaciones sociales y políticas, sin dejar de poner atención en su practicidad? Ello es un matiz que Butler no hace y lo cual constituye un problema porque excluye opciones alternativas a la desestabilización del género binario.

    Si se quiere proponer otras categorías, habría que pensar también en la practicidad, y ello es lo que hasta la fecha ha brillado por su ausencia. Las personas con otra orientación sexual no han tenido tanto problema para irse insertando, de forma progresiva, al ethos social, porque, si bien suelen diferir el género y lo que se espera que su orientación sea, siguen manteniéndose dentro de la categorización binaria. Pero hemos visto cómo han ido apareciendo decenas de géneros diferentes que solo nos han hecho caer en una profunda confusión por la poca practicidad que implica tomar decenas de géneros en cuenta: al final, un género binario es mucho más fácil de abstraer a la mente que un sinnúmero de géneros que, paradójicamente, en vez de terminar de desestabilizar el género binario como Butler desearía, terminan siendo meros subproductos de éste (donde todos terminan recurriendo a lo masculino o a lo femenino) e inclusive crean inequidades nuevas (una persona con sexo biológico masculino pero que se asigna género femenino contendiendo en una competición donde las demás son mujeres biológicas tendrá una natural ventaja física). ¿Cómo hacer para incluir a distintas expresiones e identidades que no caben dentro del ethos social de una forma práctica? Es una pregunta que habría que responder.

    Después de sus intensas y constantes deconstrucciones, dentro de las cuales se pueden ver algunos argumentos bastantes sensatos al señalar las limitaciones que el género binario puede tener como lo hizo con el caso de Herculine narrado por Michel Foucault junto con otros que incluso no puedo tomar en serio por más empeño le ponga (sobre todo la sección que tiene que ver con psicoanálisis, donde aborda el falocentrismo de Lacan y el Edipo de Freud, que analiza de forma tan literaria y rebuscada), pareciera que deja «abierta la herida que abrió para operar al paciente». Su argumento es que el género debería ser irrelevante porque ontológicamente no existe, pero no deja salida alguna (algo muy constante dentro de las deconstrucciones hechas por filósofos posmodernos). Me parece que esa deconstrucción tan abrasiva que Butler hace del género hace que ella misma se la piense dos veces o se sienta imposibilitada de crear cualquier o proponer cualquier otra categorización: Al caer Butler en esa trampa relativista donde como cualquier relación o jerarquía implica alguna forma de opresión, entonces se encuentra con que le es imposible proponer algún sistema o estructura convincente.

    Deconstrucción no es lo mismo que destrucción. En tanto que una destrucción pulveriza por completo un elemento, la deconstrucción lo disecciona y lo separa por sus partes. El problema es que Butler ha dejado todas esas partes desmontadas y no hemos sabido cómo ordenarlos (no creo que el género sea más fácil de armar que un mueble de Ikea).

    Butler habla de desestabilizar el género binario para que quepan más orientaciones e identidades y no queden relegados a la periferia. Pero no queda claro qué es lo que sigue. Su postura es muy radical y ambiciosa al poner de la cabeza uno de los conceptos torales de nuestra civilización, pero dentro de ese radicalismo no hay una hoja de ruta. Su tesis sería algo análogo a aquellos revolucionarios que vencieron sin dejar rastro del gobierno anterior y que no supieron bien qué hacer al llegar al poder.

    Cuando luchamos por nuestros derechos no estamos sencillamente luchando por derechos sujetos a mi persona, sino que estamos luchando para ser concebidos como personas. – Judith Butler.

    ¿Habría necesidad de desestabilizar por completo el género binario hombre-mujer para que las otras personas quepan? ¿Por qué sería necesario? ¿O bastaría con incluir a los otros sin necesidad de deshacernos de la dicotomía hombre-mujer? ¿Qué ventaja tiene su postura sobre otras más desarrolladas como aquellas que conciben al género no como switches sino como diales o perillas, que me parecen más convincentes y que logran incluir a otras expresiones e identidades sin prescindir del binarismo hombre-mujer, además de que no requeriría una sacudida al ethos social muy fuerte como lo que ello propone (tanto por la radicalidad de su propuesta, como por el hecho de que deja muchas cosas sin resolver)? Comprendiendo los irrefutables y grandes avances que ha tenido la mujer y que en los últimos tiempos ha adquirido mayor relevancia ¿se puede sostener que la existencia de la categorización binaria hombre-mujer siempre va a implicar una forma de opresión? ¿Por qué razón? Si se proponen otras categorías de género distintas a las actuales o su ausencia ¿cómo podrían construirse de tal forma que nos sean prácticas, tomando en cuenta las implicaciones anatómicas y médicas?

    No cabe duda que Judith Butler es una filósofa importante dentro de varios colectivos feministas y LGBT+, su radicalidad y su ambición le dio un espacio en el discurso. Sin embargo, también se vuelve necesario trascender esa posmodernidad (cuyo relativismo y arbitrariedad no permiten configurar sistemas nuevos) y responder todas aquellas preguntas que ha dejado abiertas y sin responder para terminar de hacer ese giro dialéctico que nos lleve a la síntesis.

    Para concluir, quiero decir que esta obra, que es algo densa en su escritura, debe leerse con criterio. Se debe abordar de la misma forma en que uno abordaría a Nietzsche, sin interpretar de forma literal lo que se lee (y que, por lo visto, ocurre mucho con esta obra) sino saber hacerlo entre líneas y contextualizando. Evidentemente, cierta preparación filosófica será muy útil para abordar este libro de mejor forma.

  • Romantizar el crimen

    Romantizar el crimen

    “El castigo entra en el corazón del hombre desde el momento en que comete el crimen.”

    Hesíodo

    Antes de continuar, vean el siguiente video:

    Últimamente ha crecido un discurso que, a primera vista, parecería noble o empático, pero que puede ser muy peligroso y contraproducente. Uno que nos dice que empaticemos con los criminales y entendamos que son seres humanos, que si son criminales es por una causa (que por el sistema económico opresor, que si vienen de familias rotas).

    Camila Ramírez en ese video argumenta que hay que humanizar a las víctimas y que entendamos por qué cometieron un delito. Añade en su cuenta de Twitter que los delincuentes delinquen porque son seres humanos.

    Dentro de cualquier acto delictivo hay un motivante. Es decir, los actos de delincuencia no ocurren por sí solos como si los delincuentes fueran autómatas que no saben lo que hacen, sino que hay una razón o una multiplicidad de razones detrás de ello.

    Es cierto, es imperativo conocer los motivantes para atacar el crimen de mejor manera y comprender por qué lo hacen. Detrás de los actos criminales puede haber un problema de fondo estructural que puede tener alguna relación con un tejido social dañado o con una condición de inequidad (que una persona se sienta obstaculizada, que sea agredida u oprimida por alguien más), pero de ahí no se sigue que el acto de delinquir deje de ser malo.

    El argumento de que el criminal roba porque es humano es muy tramposo. ¿Por qué podría catalogarse un crimen, por más pequeño que sea, como un acto humano? ¿Por el hecho de que lo comete un ser humano? ¿O es que el hecho de que sea una persona que vive en una situación difícil la que comete el crimen lo convierte en un acto de humanidad?

    Al ser ciudadanos, tomando como referencia a Thomas Hobbes, cedemos algunos derechos en favor del bien común (el derecho a matar, el derecho a robar). Por tanto, aunque alguien tuviera la osadía de considerarlo «humano», eso no hace al acto de delinquir menos reprobable, y no lo hace por el simple hecho de que otra persona (inocente) ha sido afectada.

    Podemos entender, tal vez, a aquella persona que literalmente se está muriendo de hambre y entra a un establecimiento a tomar algo, pero esa no es la realidad con la mayoría de los actos delicuenciales. Puedo entender a aquella persona que fue obligada o coercionada para que delinquiera en contra de su voluntad; pero cuando el delincuente delinque por voluntad propia con la posibilidad de no hacerlo, entonces no hay manera en que podamos justificar el acto.

    Es que incluso una persona que no viva en la pobreza de igual forma podría tener una historia «conmovedora»: por ejemplo, que un político robe porque teme que al finalizar su sexenio su nivel de vida descienda con todo lo que ello implica (exclusión del círculo social, poca valía personal), que un empresario robó quiere garantizar el futuro de su familia y de sus hijos a quienes «quiere mucho» y un largo etcétera.

    Tampoco es cierto que todas las personas que se encuentran en la base de la pirámide tengan una «historia conmovedora» que contar. La maldad no respeta nivel socioeconómico y hay quienes delinquen sin piedad alguna ni que les importe las consecuencias. Hay quien puede llegar a delinquir por necesidad y desesperanza, pero muchos otros, la mayoría, no lo hacen por ello.

    Decir que son «víctimas» del modelo socioeconómico (neoliberalismo) es, cuando menos, impreciso; además que dicha afirmación tiene un componente retórico con base en la tan peculiar definición que el gobierno actual hace del término «neoliberalismo«. Es cierto que hay una correlación positiva entre desigualdad y crimen, pero aquello que hace de nuestro país uno muy desigual no parece ser precisamente el libre mercado en sí, sino las estructuras sociales y de poder público-privadas (en las que el gobierno siempre está inmiscuido, incluído el actual) que se fueron formando desde hace mucho tiempo. Cabe decir que desde el año 2000 la desigualdad en nuestro país se ha reducido.

    Al empatizar con el delincuente se está dejando de hacer lo propio con la víctima. La víctima no tiene la culpa de la situación en la que el delincuente se encuentra y no tendría que tener que pagar los platos rotos. ¿Qué hay de la víctima?

    La ley debe de ser igual para todos, y esto implica que un crimen debe ser reprobable sea quien sea que lo cometa (quien debe recibir el mismo castigo). Si bien, como escribí hace algunos días, la gente pobre suele ser más castigada y ser víctima de arbitrariedades, la solución no pasa por romantizar el crimen, sino por la construcción de un sistema justo donde todos seamos iguales ante la ley.

    Dejemos de romantizar el crimen y mejor pensemos en construir un sistema justo, uno que haga justicia a las víctimas y que evite cualquier tipo de arbitrariedades o sesgos con base en el nivel socioeconómico.

  • Linchar y castigar

    Linchar y castigar

    Linchar y castigar

    La gente lincha en redes porque es fácil y no tienen que pagar las consecuencias.

    La gente lincha en redes porque no percibe a los otros usuarios como personas completas, sino como seres con una dimensión expresada en las redes y que molesta al agresor.

    Un ataque a esa dimensión en forma de argumento tiene repercusiones en la completitud de la persona (incluso puede ver su vida destruida) y no solo en la dimensión atacada.

    El usuario cree que la postura ideológica es la esencia completa de la persona cuando, en el sentido metafísico, es más probable que sea mero accidente.

    ¿O es que todos conocen a la piloto de Interjet en todas sus dimensiones? ¿O lo que consideran que su esencia es está necesariamente sujeta a la reprobable publicación que ella hizo?

    ¿Por qué habría que exigir a la empresa donde trabaja que sea despedida por un comentario lamentable? ¿No debería ser la empresa quien, de acuerdo a sus normas, delibere si esa conducta es causal de despido, y no los usuarios de una red social donde no pocos están motivados por posturas políticas?

    Un argumento poco más que absurdo es que debería «evitarse un acto terrorista» (hasta trajeron el atentado contra las Torres Gemelas a colación). Sin conocer cómo es ella siquiera, ya muchos supusieron que es inestable mentalmente y que podría estrellar un avión siendo que ni saben quien es y siendo que no pocos han hecho alguna vez comentarios similares en las redes sociales.

    ¿Es real esa preocupación, o se trata de una suerte de venganza o linchamiento sobre una persona que se mofó del sector o corriente política a la que pertenecen?

    Es un comentario lamentable, eso es innegable, pero es un tipo de comentario que incluso algunos de los ahora indignados han hecho.

    ¿Por qué la persecución de esa forma? ¿Por qué ni siquiera hay un criterio congruente? ¿Por qué lincho con más ahínco a quien se mofó de algo que comparto (una posición política o simpatía con un mandatario) que comentarios igual de reprobables hacia otros sectores los cuales no me importan tanto.

    No es lo mismo reprobar una conducta (como la del piloto) que involucrarse en una campaña de linchamiento. No es lo mismo señalar en redes sociales la inconformidad con la conducta a presionar a una aerolínea para que la despidan y tenga su merecido. Lo primero tiene la finalidad de hacer entrar en razón a la persona que dijo ese comentario reprobable y, de la misma forma, fortalecer normas y valores que fomenten la convivencia (es decir, que en redes sea reprobable decir tal o cual cosa). Lo segundo tiene como finalidad la vil venganza y el escarnio.

    En el pasado era mas común matar por diferencias políticas, hoy nos parece abominable. Pero en la arena de las redes sociales sí hay permiso para destruir a los demás, al cabo no sabemos bien quienes son, ni cómo son, ni cómo sienten; solo nos parecen «argumentos vivientes» a los que hay que aniquilar. El de la piloto fue un comentario reprobable, pero a muchos los linchan y los persiguen por menos, por el simple hecho de disentir.

    En las redes se confunde al mensaje con el emisor. Las redes se han convertido en una arena salvaje por nuestra incapacidad de darnos cuenta que quienes están detrás de una cuenta y de un conjunto de caracteres son seres humanos que tienen muchas más dimensiones que las que muestran en las redes.

    De hecho, nos hemos acostumbrado a decir en público eso que nunca diríamos en público. Porque todo nos parece tan virtual, porque parece que en la red nada tiene consecuencias.

  • Quiúbole con la Ley de Amnistía Federal

    Quiúbole con la Ley de Amnistía Federal

    Quiúbole con la Ley de Amnistía Federal

    El mismo día en que Hidalgo liberó a presos de la cárcel de la congregación de Dolores, el gobierno anuncia la Ley de Amnistía enfocada en la justicia social que se enfoca en tres grupos: mujeres, indígenas y jóvenes, dado que se considera que estos sectores viven o están en condiciones de desigualdad. Esto se da en un contexto en el cual los niveles de inseguridad se han disparado en el país.

    Como se asume que el sistema penal es injusto y no es equitativo (lo cual no es falso), el gobierno busca que quienes se encuentren en desventaja se beneficien de dicha amnistía. En estas categorizaciones entran:

    1. Mujeres encarceladas por abortar.
    2. Personas en situación de pobreza encarceladas por delitos contra la salud por indicación de un tercero (pareja, pariente o delincuencia organizada).
    3. Consumidores de drogas que hayan poseído hasta dos veces la dosis máxima de consumo personal.
    4. Personas que pertenezcan a comunidades indígenas y no contaran con un intérprete o defensor con conocimiento de su lengua y cultura.
    5. Robo simple sin violencia con pena máxima de cuatro años.
    6. Delito de sedición o formar parte de grupos de incitaran a la comisión de otros delitos motivados por ideas políticas para alterar la vía institucional. Se excluyen los actos de terrorismo, secuestro, homicidio o lesiones graves.

    En lo particular veo algunos problemas con esta ley y los describo:

    No sé cuál sea la intención del punto 1, o si tenga un fin más bien retórico, en tanto que a nivel federal no existe una sola mujer procesada por abortar.

    En el punto 2 ¿cómo podemos determinar y demostrar que una persona fue coercionada por un tercero? El problema es que en muchos casos no se podrá probar porque no hay declaración o no hay prueba alguna de que ello haya ocurrido, lo que quiere decir que, a menos que solo se liberen a aquellas personas que puedan probar que fueron coercionadas (que será un porcentaje ínfimo), se correría el riesgo de liberar a personas que delinquieron voluntariamente.

    El punto 5 es el que me parece más preocupante. Aunque se trate de robo simple y sin violencia, se trata, efectivamente, de personas que voluntariamente cometieron un delito. El mensaje que se envía con esto es cuestionable. Si se anuncia que quienes han sido procesados por delitos simples y pequeños serán liberados, ¿cómo podrían tomarlo aquellas personas con el potencial de delinquir o que asuman que pueden apelar a su condición socioeconómica para reducir la pena y así bajar las barreras para cometer este tipo de actos delictivos?

    Es cierto que en México la justicia no es equitativa. Una persona pobre tiene mayor posibilidad de ser detenido que una que no lo es. No es un secreto que los policías, para cumplir sus cuotas, acuden a barrios populares o en situación de pobreza para detener de forma arbitraria a personas que están tomando alcohol en la calle o están consumiendo estupefacientes. Dicho esto, debería reformarse todo el sistema penal y de justicia de tal forma que todas las personas sean, en la práctica, juzgadas sin distingo de clase o condición socioeconómica y que nadie tenga privilegios sobre otros ante la ley.

    Pero hablar de una aplicación asimétrica de la justicia no implica de ninguna forma que vivir en condición de pobreza per sé sea un atenuante a la hora de ser juzgado en tanto no se demuestre en los casos individuales que su condición de pobreza haya sido un factor a la hora de recibir la condena, ya que ello contraviene lo mismo que desea procurarse: unas leyes que apliquen igual para todos. La pobreza o un tejido social roto deben ser considerados a la hora de combatir la delincuencia para inhibirla, pero no deben de ser variables una vez que el individuo ya ha cometido un crimen.

    Tampoco se puede asumir que los pobres son más buenos por ser pobres y, desde esa posición, pretender establecer criterios de justicia. Los delitos deben de ser juzgados de igual forma para todos y se debe evitar que los pobres se encuentren en desventaja frente a la justicia, no promover lo opuesto (que tengan más beneficios o consideraciones).

    Me parece que, más que tener un fin práctico, esta Ley de Amnistía tiene un fin retórico que busca abonar al discurso y a los simbolismos de este gobierno. Si se quiere acabar con la inequidad con respecto a la ley (lo cual es imperativo) entonces debería proponerse una ambiciosa reforma (lo cual no es tan complicado en tanto que MORENA gobierna como mayoría), pero una amnistía, además de ser mucho más fácil de instrumentar, abonaría más al discurso de combate a la desigualdad que a su combate en sí.

    El problema, además, es que la amnistía no soluciona ningún problema de fondo. Pretenden amnistiar a quienes consideras fueron procesados producto de un sistema inequitativo (cuya realización en la práctica queda en duda por lo ya antes mencionado), pero no soluciona el problema de raíz ya que ese sistema no ha cambiado. En tanto no haya reformas, el sistema seguirá replicando aquello que se quiso subsanar mediante la amnistía.

  • México, no te canses de gritar

    México, no te canses de gritar

    México, no te canses de gritar

    No es poco común que se diga que el 15 de septiembre «no hay nada que festejar». Llevamos varios años diciéndolo y parece que se ha convertido en un mantra.

    Sin embargo, festejamos.

    Ya sea por el desmadre, ya sea porque al final uno quiere recordar al país en el que vive; pero, a pesar de los dichos, no es como que la tradición del Grito de Independencia esté en una profunda decadencia. De hecho, en vez de negarlos, se hace uso de los mismos símbolos para criticar a un gobierno a una régimen. El individuo no va al Zócalo o a la plaza principal porque el presidente, gobernador o alcalde en turno no lo representa, pero ello no significa que no celebre. Es un castigo al régimen, no al orgullo mexicano.

    Pero ahí estarán los restaurantes y bares anunciando promociones para llenar sus establecimientos adornados con banderas tricolores y hacer un buen negocio. Otros saldrán de vacaciones aprovechando el puente y celebrarán ahí en su destino turístico, porque la noche del 15 de septiembre no es cualquier noche.

    Algunos otros, sin renegar del grito, dicen que México tiene pocas cosas para celebrar, y tal vez no estén equivocados. Nuestro país no es una nación llena de triunfos o momentos gloriosos (celebramos batallas ganadas que fueron parte de guerras perdidas), e incluso parte de nuestro ideario consiste en relatos victimizantes desde los cuales el mexicano no puede perdonar a los españoles por la conquista, o como aquellas agresiones estadounidenses que son contrastadas con hechos meramente simbólicos como ese momento en que Juan Escutia se habría arrojado por la bandera.

    Pero al fin y al cabo nuestra nación tiene que tener una identidad, un relato que cohesione a nuestro país y que no lo condene a ser una mera formalidad ni reduzca la ciudadanía a un mero contrario obligatorio. Todas las naciones promueven relatos llenos de mitos y símbolos a través de la historia y la educación pública (y privada en muchas ocasiones) de tal forma que el individuo se identifique con el país que lo vio nacer. Ahí está Estados Unidos y sus Padres Fundadores, Francia y su Revolución. Dichos eventos, evidentemente edulcorados a propósito con el paso del tiempo, le dan a las naciones un rasgo ùnico que las identifican de las demás. Pero también recurren a otras cuestiones como tradiciones típicas, platillos de comida, bebidas, arte o música que están muy relacionadas con la nación en cuestión y que los hace únicos fuera de sus fronteras.

    En estos tiempos posmodernos se muestra una tendencia a cuestionar y deconstruir dichos símbolos y significados (lo cual se vuelve evidente no solo en México en casi cualquier nación occidental). Se nos insiste que la historia que nos contaron no fue la que realmente aconteció, nos humanizan a los héroes despojándolos de su aura mitológico para mostrarlos tal cual individuos de carne y hueso, tan falibles e imperfectos como nosotros a través de los cuales intentan analizar la historia desde distintas perspectivas y con fines distintos a la procuración de un orgullo nacional.

    Pero tampoco es como que esa deconstrucción de los símbolos y los mitos ponga en jaque a la identidad nacional. Es como un: sí, sabemos que la historia no fue como nos lo contaron, pero de todos modos hay que celebrarlo porque somos mexicanos. Entonces entendemos lo simbólico como un relato, que no necesariamente es una fiel recreación de la realidad, pero con todo ese reconocimiento le damos su valor porque es algo muy nuestro, porque son nuestros símbolos (más allá de que no los tomemos en sentido literal).

    Podemos cuestionar muchas cosas sobre el Grito, sobre si Hidalgo realmente buscaba la independencia, sobre quiénes merecerían más crédito por los anales de la historia; pero al final respetamos a dichos personajes mitológicos, son muy nuestros, son muy mexicanos.

    Nuestro país podrá ser imperfecto, podrá no ser una de las grandes naciones del concierto mundial y no necesariamente presume las mejores métricas de desarrollo. Pero a pesar de lo dicho hay una identidad, un amor por la tierra, por lo mexicano. Y muy posiblemente no haya indignación con el estado de las cosas que haga que el mexicano se desprenda por completo de sus símbolos, de lo que lo hace sentir único, de ese patriotismo (que no debe confundirse con aquel nacionalismo dogmático y xenófobo), de ese sentimiento de pertenencia, de esos colores de los que sabe forma parte, a pesar de todo.

    Por ello, siempre habrá un 15 de septiembre para gritar ¡Viva México!

  • Coaching de vida… o muerte

    Coaching de vida… o muerte

    El profesional de hoy ya no es un engranaje de una maquinaria que lo explota, ya no es ese homo laborans al que refería Hannah Arendt.

    El profesional contemporáneo, por el contrario, se siente más libre porque puede construir su carrera profesional a su medida; lo cual, en teoría, la da significado a lo que hace. El profesional de hoy no hace trabajos repetitivos (de los cuales ya se están comenzando a hacer cargo los robots) sino que utiliza su mente para crear sistemas, su creatividad para aportar soluciones o su capacidad para comunicarse con otras personas.

    El problema ahora no es la falta de libertad, sino la imperativa necesidad del éxito. El profesional ya no es explotado, más bien se explota a sí mismo por miedo al fracaso, a la pérdida o por miedo a no cumplir las expectativas sociales, preocupación que le puede generar frustración e incluso cuadros de ansiedad o depresión. El profesional ya no es obligado a trabajar más de 14 horas diarias como ocurría en el siglo XIX, más bien se obliga a ello.

    Ello ha creado un mercado potencial explotado por los llamados «coaches de vida» quienes, a diferencia de un terapeuta, se enfocan, dicen, en desarrollar las potencialidades que lleve al individuo al éxito. Atienden eso que tanto le preocupa al profesional contemporáneo: su imperativo deseo de éxito y el miedo al fracaso. Le ayudarán a salir de su zona de confort, a tener una actitud positiva y a elaborar un plan que los lleve a la cima.

    Pero resulta que la mayoría de estos coaches (hay excepciones, claro), a diferencia de los psicólogos que necesitan amplios estudios y una cédula (aún así hay varios que son malos), pueden serlo con solo con tomar un curso que durará 160 horas (mientras que un año de estudios universitarios puede rondar entre las 1,000 y 2,000 horas efectivas de clase), leer algunos libros de coaching, aprender PNL básico y recibir (comprar) su certificado.

    Gracias a las bajas barreras de entrada para convertirte un coach como de esos que abundan, no pocas personas, ante la necesidad de generar ingresos o de mantener su status más que por una real vocación, se convierten en coaches de vida. No necesitas pagar una carrera universitaria, no necesitas ser un profesional de la mente en sentido estricto. Tan solo requieres algunos conocimientos básicos, alguna experiencia por aquí y alguna mentoría por acá para convertirte en un coach en cuestión de unos pocos meses. En tanto existan personas capaces de recurrir a lo que sea, en tanto exista mercado, se convierte en una opción rentable para algunos.

    Así, con esas barreras de entrada tan bajas, lo que debería ser una vocación sustentada por una amplia preparación se convierte en un mero negocio de dudosa calidad, como si se tratara de entrar en una empresa multinivel o uno de esos tantos negocios donde no requieres mayores habilidades o conocimientos, pero que prometen dinero y reconocimiento.

    Por eso es que hoy todo el mundo puede ser coach, por eso cualquier persona abre su cuenta de Facebook o Instagram para anunciar sus conferencias, para postear frases de Einstein o Alva Edison y decirte que tengas una actitud positiva. Basta tomar uno de esos cursos express y recibir un certificado que te permitirá ser uno de esos tantos coaches, aunque la calidad del servicio ofrecida al cliente sea muy inferior al que podría esperarse de un profesional o un experto de la mente.

    Paradójicamente, son los mismos individuos ansiosos por el éxito y temerosos del fracaso los que se convierten en coaches de otros individuos ansiosos por el éxito y temerosos del fracaso. El paciente se convierte en el médico que lo es porque busca precisamente acabar con el mismo padecimiento que aflige a sus propios pacientes.

  • De terraplanistas y gallinas violadas. ¿Por qué? ¿Por qué?

    De terraplanistas y gallinas violadas. ¿Por qué? ¿Por qué?

    De terraplanistas y gallinas violadas. ¿Por qué? ¿Por qué?

    En estos últimos días comenzaron a circular unos videos donde unas activistas españolas, animalistas radicales y feministas, se expresaron en contra de lo que consideran una violación sexual de los gallos hacia las gallinas.

    La mayoría vio estos videos como algo cómico y «fuera de toda comprensión». Lo que es cierto es que este activismo tiene una incongruencia muy fuerte: los animalistas radicales rehuyen a cualquier tipo de antropocentrismo porque quieren acabar con cualquier opresión del hombre sobre el animal y así liberarlos del yugo de nuestra especie. Pero, al decir que un gallo está violando a una gallina, se está humanizando al animal. Es decir, juzgan la conducta de los animales con base en atributos humanos, lo cual, además de ser un error per sé, implica necesariamente un juicio realizada desde una perspectiva antropocéntrica (es decir, que asumen tácitamente la superioridad del ser humano sobre del animal). Dado que un gallo actúa por mero instinto (del cual no puede escapar), y dicho instinto tiene fines meramente reproductivos y de supervivencia, no se puede decir que esté violando a una gallina. Por el contrario, reprender ese acto instintivo tan solo evitaría que los gallos y las gallinas se reprodujeran o que para ello requirieran de intervención humana directa.

    Si bien, en este espacio no podemos estar más a favor de tratar a las demás especies con el mayor respeto posible, lo cierto es que este tipo de activismo radical cae en un dogmatismo que raya en lo ridículo, que es contraproducente y, peor aún, que es fácilmente falseable. ¿Por qué entonces siguen creyendo en ello y por qué defienden sus tesis con tanta pasión y ahínco?

    Si nos vamos todavía más al extremo nos encontramos a los terraplanistas quienes, a diferencia de los animalistas radicales (que de ellos al menos se puede decir que parten de la noble idea de reducir el sufrimiento a los animales), sostienen un argumento es falso por completo, de principio a fin. Parten de una idea falaz: que la tierra es plana. Y al ser una idea falaz, por los argumentos que la sostienen serán por lo tanto falsos por sí mismos o, en el mejor de los casos, sacados de contexto.

    Pero si su argumento es fácilmente desmontable: ¿por qué los terraplanistas siguen siendo terraplanistas, al igual que los animalistas radicales que son incapaces de ser críticos con sus propias argumentaciones?

    La respuesta es sencilla: el asunto central no es la creencia en sí (que si la tierra es plana o que si los gallos violan gallinas) sino los beneficios que ellos obtienen al defender esas tesis. El creer en estas tesis les confiere un sentimiento de superioridad: «yo, creyente en la tierra plana, sé algo que las mayorías ignoran». El terraplanista siente que es privilegiado, el hecho de creer que la tierra es plana le hace sentirse superior a las «masas ignorantes que se dejan llevar por lo que les dicta el status quo«.

    Por supuesto que ellos creen en todo eso, pero si solo se tratara de creer en algo porque se cree que es cierto, una persona mínimamente racional entendería que su tesis es falsa y por lo tanto dejaría de defenderla. Pero sabemos que lo que ocurre es más bien lo contrario: intentan rebatir cualquier crítica (aunque el argumento con el que se rebata sea aún más absurdo) e incluso pueden terminar haciendo juicios de valor sobre los escépticos.

    Y no solo se trata de ese sentimiento de superioridad, sino de un sentimiento de pertenencia, lo cual explica que los terraplanistas o los animalistas radicales formen colectivos, lleven a cabo conferencias (a veces internacionales) y convivan entre ellos.

    El terraplanista así siente que su vida tiene un valor o significado en el hecho de sentirse privilegiado por saber algo que, él dice, los demás desconocen o quieren ignorar, además de que le sirve para alimentar su sentimiento de pertenencia. En resumen, el terraplanista o el animalista radical cree en lo que cree, porque el hecho de creer en ello les sirve como una contención psicológica que les permite mantener cierto equilibrio en la psique. No es algo muy distinto de lo que pasa dentro de las sectas o las religiones fundamentalistas.

    El terraplanista no va a ceder en su argumentación, porque si lo hiciera, perdería toda esa contención psicológica que ha generado gracias a su adherencia al terraplanismo. Ciertamente, algunos están más involucrados con otros y el precio a pagar por parte de unos podrá ser mayor al de los otros (los primeros evidentemente más fanatizados), pero, en general, no estarán muy dispuestos a debatir si sienten que su tesis pueda quedar lo suficientemente comprometida.

    Algunos argumentan que el terraplanismo y estos movimientos radicales (como el animalismo radical o el movimiento antivacunas) son producto de la posmodernidad y de la posverdad. Si bien, no es una respuesta completamente falsa, apenas aspira a ser parcial (y corre el riesgo de asumir que en el pasado nuestras sociedades eran más racionales, lo cual es falso). Considero también que estos movimientos existen, se difunden y su mensaje se amplifica gracias a Internet. Si en el pasado no escuchábamos tanto de este tipo de movimientos era en gran medida porque tenían menos medios para crearse, propagarse y difundirse.

    Es nuestra responsabilidad (y todavía más de los expertos y líderes de opinión quienes tienen la capacidad de generar un impacto mayor) de desmontar este tipo de movimientos para evitar que sigan creciendo ya que, al servir como una forma de contención psicológica en un mundo donde no son pocas las personas que se sienten solas y que necesitan significado alguno a su vida, la capacidad para atraer adherentes no es precisamente pequeña.

    Este tipo de movimientos son incluso peligrosos, como lo ha demostrado ser el movimiento antivacunas; porque al partir de una tesis errónea, pueden llegar a poner en riesgo la vida de muchas personas, además de poner en jaque a los mismos avances científicos que han permitido el bienestar de más seres humanos. No solo ello, también corren el riesgo de diluir las críticas que puedan ser válidas al confundirse con estas teorías de la conspiración (por ejemplo, que yo haga una crítica válida sobre las empresas farmacéuticas).

    Sí, en pleno siglo XXI mucha gente sigue creyendo en cuestiones que son ilógicas y absolutamente falseables, y posiblemente siga ocurriendo dado que el ser humano es imperfecto. Pero sí estamos obligados a evitar que este tipo de tesis nos terminen creando un perjuicio irreparable.

  • AMLO te quiere feliz, muy feliz

    AMLO te quiere feliz, muy feliz

    En el imaginario colectivo se dice que el fin último del ser humano en este mundo terrenal (obviando el componente trascendental de las religiones) es la felicidad. Se dice que todo acto humano tiene como propósito alcanzarla.

    La felicidad es un término muy abstracto y está condicionada por diversas variables subjetivas. Es decir, lo que te hace feliz a ti posiblemente no me haga feliz a mí. Si la felicidad es eso que se siente cuando una persona logra alguna meta, se autorrealiza o lleva a cabo algo que lo haga sentir plena, entonces es inevitable que aquello que la felicidad es sea algo subjetivo y relativo, ya que aquello que nos puede hacer feliz está condicionado por la forma en que cada uno de nosotros hemos construido e interpretado el mundo a través de nuestra experiencia, la educación que recibimos y nuestro temperamento.

    La constitución estadounidense dice que las personas tienen el derecho a «la búsqueda de la felicidad». Ello asume la independencia del individuo y asume el carácter subjetivo que la felicidad tiene. Este derecho asume que los individuos podrán buscarla por sus propios medios y de acuerdo a sus propias necesidades sin que haya algún obstáculo coercitivo o impedimento y tenga las condiciones mínimas necesarias para llevar a cabo esa empresa, lo cual respeta la forma en que cada individuo concibe la felicidad. Esta búsqueda va más en el sentido de la libertad negativa (Isaiah Berlin): que yo pueda buscar ser feliz y que nadie me lo impida.

    AMLO no piensa igual, él dice que el gobierno debe «procurar la felicidad». A primera vista puede no sonar muy distinto, pero decir otorgar el derecho a la búsqueda de la felicidad (como lo dice la Constitución de los Estados Unidos) es más bien muy distinto a decir que el gobierno la procurará (como dice AMLO), porque ello implica que entonces el gobierno adquirirá un rol activo en esa búsqueda de la felicidad. No se trata de dejar al individuo en libertad para buscar la felicidad, sino que yo como gobierno participaré activamente en dicha búsqueda, y ahí las cosas ya cambian mucho.

    Antes de seguir debo hacer una aclaración: procurar el bienestar tampoco es sinónimo de procurar la felicidad aunque suene muy parecido y pueda confundirse, sobre todo con el concepto en boga de Bienestar Subjetivo. Un gobierno puede crear o fomentar las condiciones para que una sociedad dada tenga un mayor bienestar y así pueda alcanzar la felicidad de mejor forma: un Estado que otorgue mejores servicios de salud, que diseñe ciudades vivibles, poco contaminadas, con un buen transporte público, seguridad y con un tejido social fuerte para que el individuo pueda tener una vida plena. El Bienestar Subjetivo mide la satisfacción (subjetiva) de los individuos para entender cómo es que a través de políticas públicas se pueden generar las condiciones para que tengan un vida plena. Pero a pesar de que el Bienestar Subjetivo esté muy interrelacionado con la felicidad, la búsqueda de ésta última sigue siendo un derecho del individuo que la busca bajo sus propios parámetros.

    Decir «voy a procurar la felicidad» va un poco más allá de lo que significa «procurar el bienestar», una línea un tanto difusa separa estos conceptos, pero esa distinción cambia las cosas.

    Cuando se habla de Bienestar Subjetivo no se piensa en lo que la felicidad debería de ser, sino en entender cómo se pueden lograr las condiciones para que más gente sea feliz y plena sin que esto implique decirles cómo es que deberían ser felices, pero hablar de procurar la felicidad como tal sí implica concebirla. Ya no es el individuo el que la define y el que le da forma, es el gobierno quien establece parámetros de lo que la felicidad debería de ser.

    Y para evitar confusiones: que si AMLO quiso decir esto o no aquello, que si se quiso referir más bien al bienestar o a otra cosa, tomemos en cuenta que él ya había definido en su libro lo que la felicidad es o lo que debería de ser, definición que tiene una carga retórica e ideológica (e incluso religiosa):

    La felicidad no se logra acumulando riquezas, títulos o fama, sino mediante la armonía con nuestra conciencia, con nosotros mismos y el prójimo… La felicidad profunda y verdadera no puede basarse únicamente en los placeres momentáneos y fugaces. Estos aportan felicidad sólo en el momento en que existen…

    Andrés Manuel López Obrador en su libro La Salida

    Es decir, cuando AMLO habla de procurar la felicidad, habla de una felicidad más bien específica que ha de ser promovida. En su definición hace acotaciones que ya excluyen varios medios para buscar la felicidad (por medio de acumulación de riquezas, por medio de la fama o de títulos, los cuales, me parece que ignora López Obrador, también pueden significar alguna forma de autorrealización para algunas personas). Lo que la felicidad es o debería de ser está íntimamente ligado con la retórica de la Cuarta Transformación.

    Para consolidar este argumento, habría que tomarse en cuenta la relación que López Obrador como gobernante quiere tejer con los gobernados. Él no concibe a los gobernados como una ciudadanía (heterogénea), sino como el pueblo que tiene una voluntad general y del que se asume como representante de dicha voluntad, lo cual convierte a aquel en una entidad homogénea que, como tal, debería caber en una sola definición de felicidad.

    La búsqueda la felicidad es un asunto privado y personalísimo, por lo que todo lo que tiene que ver con la procuración del bienestar entonces tiene que ver con la creación de las condiciones para que el individuo busque la felicidad de forma más plena. Sin embargo, su gobierno busca entrar en el ámbito privado al promover su concepto de felicidad bajo ciertos criterios morales: lo cual explica la distribución de cartillas morales, el uso de símbolos cristianos y organizaciones religiosas para ese fin.

    En resumen. Decir «voy a procurar la felicidad» es una forma de politizarla, es una forma de intervenir en ella en vez de dejar que los individuos busquen su propia felicidad como se les venga en gana mientras se apeguen a un marco legal (incluso es de alguna forma prueba de la relación de este gobierno con la institucionalidad). Porque intervenir en ella implica necesariamente imprimir el concepto subjetivo que de ella el gobernante tiene para transformar ese concepto en algo que en realidad nunca podría ser, en una felicidad objetiva y única para todos.