Autor: Cerebro

  • Andrés Manuel Superestrella

    Andrés Manuel Superestrella

    Un presidente cristiano

    La religiosidad latinoamericana es una muy particular:

    Importamos el catolicismo de Europa (bueno, más bien los españoles nos la «importaron») y naturalmente la forma en que la religión se manifestó no podía estar exenta del contexto colonialista en el que se implantó la fe católica.

    En nuestra porción de continente crecimos con esta idea muy marcada del «pide y se te dará» a diferencia de lo que ocurría con la religiosidad en Estados Unidos y lo que ahora es Canadá. Esa dinámica rememora un poco a aquella que los romanos sostenían con los dioses y que San Agustín de Hipona aborrecía (aunque no era exactamente igual): en aquel entonces había un dios para cada necesidad terrenal, así como en nuestra región se acostumbra mucho a rezar a los santos para pedir trabajo o pedir salud, aunque evidentemente la primera sin esa trascendentalidad de la fe religiosa que tiene la última: la idea de la salvación.

    La cuestión es sea: los pueblos latinoamericanos hemos estado acostumbrados a la idea de pedir a un ser superior que resuelva nuestros problemas. Y así como en los albores de la Ilustración el Estado no rechazó por completo las formas religiosas sino que las adaptó de alguna u otra forma en una realidad laica y más terrenal, esta idea del «pide y se te dará» también se trasladó al Estado en nuestra región.

    El Estado en México y en casi toda Latinoamérica se presentó como uno paternalista, y con base a ese rol construyó el tejido social. Paradójico que ese paternalismo coexistiera con altísimos índices de desigualdad y poco hiciera para reducirlos (y si lo llegase a hacer, lo hace a costa del aparato productivo). Tal vez esa relación vertical entre gobernantes y gobernados explique en parte la incapacidad de los países de nuestra orbe para construir instituciones sólidas. La debilidad institucional, en parte, explica esa profunda desigualdad que coexiste con el paternalismo: la incapacidad del Estado de cobrar impuestos, su dependencia de los recursos naturales. A diferencia de Europa e incluso de Estados Unidos, la desigualdad permanece prácticamente igual antes de impuestos y después de impuestos.

    Si el rol de la religión católica con el Estado en la Edad Media (que no estaban completamente unidos y fungían como una suerte de contrapeso) fue un claro antecedente que, después diversos procesos históricos, derivó en la división de poderes y el Estado de derecho, la particular religiosidad en América Latina derivó en algo no muy parecido y que se conflictúa con el Estado de derecho mismo: el Estado paternalista.

    No es casualidad el surgimiento de los liderazgos populistas en América Latina más que en ninguna otra orbe. La primera ola (Juan Domingo Perón, Getulio Vargas y demás) tenían tanto elementos socialistas, como conservadoras e incluso algunas connotaciones fascistas, pero claramente determinados por el paternalismo. La segunda ola (Chávez y los suyos) con una retórica más socialista (en gran medida por su relación con Cuba), pero en la práctica no muy distintos a los de la primera ola. Pero incluso muchos gobiernos no populistas y que fueron un poco más institucionales dentro de lo que cabe (Lázaro Cárdenas y el PRI en general) mantuvieron una relación paternal con los gobernados.

    Cuando López Obrador dice que su gobierno es cristiano (casi equiparándose con Jesucristo), apela más bien a este cristianismo típico de América Latina, donde un líder salvador vendrá al rescate de su pueblo. Aunque parezca contradictorio y paradójico dado que se considera que es la izquierda la que más pugna por la separación entre Iglesia y Estado, la izquierda latinoamericana siempre ha estado bañada de una fuerte dosis de cristianismo. En muchos casos, los líderes renegaban de ello, así como las primeras repúblicas europeas lo hacían a la vez que importaban muchas de sus formas.

    López Obrador simplemente quita ese velo bajo el cual se niega cualquier influencia cristiana de forma explícita (aunque se mantiene de forma tácita) y revela a la tradición del cual él forma parte tal y como es. Retorna a los símbolos cristianos muy latinoamericanos haciéndolos explícitos, habla de los mandamientos, de «pecados sociales», hace analogías de su gobierno con el cristianismo. Su religiosidad no es una de élites, sino con una más de pueblo, no tan parecida a la de aquel joven que estudia en una escuela del Opus Dei sino al de aquel que todos los años participa en la peregrinación de la Virgen de Guadalupe o la Virgen de Zapopan.

    No es descabellado imaginar a López Obrador como un líder parroquial, no es casualidad que su partido tenga como nombre MORENA (la morenita). López Obrador se ha sumado a esa izquierda cuasirreligiosa, esa que está tan arraigada en nuestro continente y sigue siendo parte de nuestra cultura, pero que, para efectos prácticos, se ha convertido un problema a la hora de construir instituciones sólidas y a la hora de tratar de consolidar una democracia liberal como la que presumen gran parte de los países desarrollados.

  • ¿Por qué Chile?

    ¿Por qué Chile?

    ¿Por qué Chile?
    Foto: CIDH

    El mundo actual parece muy convulso y muy incierto.

    Hoy más que nunca se discute sobre el futuro de la democracia liberal (incluso se llega a dudar de su futuro mismo), se habla del Brexit, del nuevo reacomodo geopolítico, del nacionalismo, del nativismo. El orden que hasta hace poco dábamos por hecho y que incluso algunos tuvieron la ocurrencia de asegurar que se trataba del fin de la historia se tambalea.

    Por si eso no fuera poco, comenzaron a manifestarse varios brotes de descontento en muchos países y por diversas razones: Hong Kong, España (Cataluña), y ahora gran parte del Cono Sur donde tanto regímenes de derecha como de izquierda vieron cómo la ciudadanía salía a las calles para manifestarse en su contra: ahí tienen a Venezuela, Ecuador, Bolivia, y ahora Chile.

    Pero ¿por qué Chile?

    ¿Por qué Chile si era casi el ejemplo a seguir de América Latina, si es uno de los países que más ha crecido en estos últimos años?

    ¿Por qué ahí la indignación se manifestó con tanta virulencia, con metros y hasta edificios incendiados?

    Algo que me parece que ignoran muchos, es que muchas de las demostraciones de descontento ocurren en países que están creciendo. Fue el caso de México en el 68, fue el caso de la manifestación que derivó en la masacre de Tiananmén en China, por poner uno de varios ejemplos. Suena paradójico pero así ocurre en muchas ocasiones: la gente de las clases altas no tendría muchas razones para manifestarse (a menos con que le amenacen nacionalizar su patrimonio) y la gente pobre no tiene que comer. En cambio, es la clase media, la que ha crecido en las últimas décadas, las que se muestra descontenta e inconforme.

    Lo que disparó la manifestación fue una modesta alza en el metro, y esto, junto con lo anteriormente mencionado, explica por qué hay gente que cree que hay una conjura o un complot. No dudo que existan intereses políticos que aprovechen el descontento, así como seguramente ocurrió en Venezuela, en Ecuador o en Bolivia, pero me parece un despropósito explicar las razones del descontento en tonos conspiranoides. La realidad es que el alza en el metro fue solo la gota que derramó el vaso. El ex presidente Ricardo Lagos afirma que desde hace años venía diciendo que «Aquí hay una situación que va a explotar, porque el país sigue creciendo pero a mí no me toca nada».

    Hay quienes dicen que «falló el neoliberalismo» y otros que no entienden cómo es que con un modelo tan exitoso los chilenos se sientan inconformes. Pero me parece que ambos no terminan de entender todo el fenómeno en su complejidad y están juzgando desde sus afinidades ideológicas.

    Sería precipitado culpar al modelo en sí. Que Chile creció es una realidad que no se puede negar, pero tampoco se puede decir que no existan razones para el descontento y ello debería motivar a los chilenos a ser críticos con ellos mismos. ¿qué sí funciona? ¿Qué es lo que no está funcionando? ¿Que el PIB haya crecido más que ningún país del Cono Sur es suficiente para decir que todo va bien y que no hay razones para que la gente se moleste?

    Una de las razones, me parece, tiene que ver con la tecnocracia y las actitudes de la élite política. En Chile hay una sensación de que muchos no se están beneficiando de las mieles del crecimiento, que a pesar de que escuchan a cada rato lo maravilloso que el país crece, ellos no sienten algo recíproco en su vida diaria. Dicen muchos que los ricos tienen mecanismos y herramientas que ellos no tienen a su alcance para salir adelante, se preguntan por qué, a pesar del crecimiento, los servicios públicos son muy malos, que por qué el transporte público es muy caro. Sienten que no están tan bien como les dicen que están. Esos «recovecos» del sistema que los hizo crecer se manifestaron con más ahínco y dicho sistema se volvió víctima de su propio éxito: engrosó la clase media, pero esa misma clase media salió a las calles a manifestar su indignación.

    El problema es que, si bien el sistema económico ha traído números muy positivos, la tecnocracia no ha salido de su burbuja a entender las necesidades de la gente. Los chilenos sienten a la clase política muy distante, como encerrados en sus oficinas diseñando fórmulas y creyendo que con ver los números positivos ya habían hecho todo su trabajo. Ignoraron que el sistema exitoso también tenía algunos defectos, los subestimaron, y ahora les explotó en las manos. A pesar de que la desigualdad ha disminuido ligeramente en las últimas décadas, el país sigue siendo muy desigual y, a diferencia de todos los países de la OCDE al cual ingresaron precisamente por sus éxitos (excepto México y Turquía), no hay una disminución de la desigualdad después de impuestos.

    Posiblemente el sistema no estaba mal del todo, pero tal vez sí le faltó ese sentido humano que los políticos chilenos ignoraron confiados de que las gráficas se mostraban ascendentes. Al mantenerse distanciados, la izquierda se apoderó de toda la retórica. La derecha no tenía narrativa, no sabía comunicar y tal vez ni siquiera estaba interesada en ello. Creían que con las métricas era suficiente.

    La reacción del gobierno de Piñera ha sido pésima: primero, porque reaccionó tarde, ya que todo explotó de forma violenta en una reacción en cadena que, además, se alimentó de las manifestaciones que surgieron en estos días en otros paìses, y cuando eso ocurrió, le declaró la guerra a los inconformes (como si todos fueran violentos) y, peor aún, reaccionó de forma desproporcionada ocasionando varias muertes en un país donde la herida llamada Augusto Pinochet no termina de cerrar. Aunque cedió y propuso algunas medidas (que suenan un poco más a paliativo), el daño ya está hecho.

    Preocupante sería que Chile termine no reconociendo lo bueno dentro de lo malo y se vea tentado por el populismo, y eso puede ocurrir si el gobierno no reconoce lo malo dentro de lo bueno y se pone manos a la obra, al menos para recuperar algo de todo lo que se perdió en estos días. La reacción del gobierno (tardía y desproporcionada) tan solo reafirma lo que muchos chilenos pensaban de éste: que se trata de una élite que está aislada de la ciudadanía a la cual ni le entiende ni le importa. El gobierno tendrá la difícil tarea de tender puentes (y que se hace más difícil conforme pasa el tiempo), de salir de su burbuja y entender al país al que está gobernando que es mucho más complejo que una gráfica del crecimiento del Producto Interno Bruto.

    Chile se encuentra en el caos. Una turba indignada y un gobierno actuando de forma arbitraria invaden las calles de las principales ciudades del país. Es un asunto muy complejo. Se necesitará de mucho tesón y de mucha paciencia para resolverlo. Pero sobre todo de mucha inteligencia.

  • Una sociedad más libre, una sociedad con más normas

    Una sociedad más libre, una sociedad con más normas

    Una sociedad más libre, una sociedad con más normas

    Aunque no lo parezca, vivimos en una sociedad con muchas regulaciones, normas sociales y leyes. Aún así, nos atrevemos a decir que somos más libres que tiempo atrás. En la mayoría de los países occidentales no nos sentimos oprimidos ni vivimos bajo el yugo de una dictadura o un régimen monárquico, pero es posible que estemos sujetos a más leyes y normas que en aquellos regímenes. ¿Cómo es eso?

    Resulta que, cuando alguien adquiere un nuevo derecho, alguien más pierde necesariamente otro. Los derechos no surgen de la nada ni pueden excluirse de esta dinámica. Muchas de las normas y leyes tienen el fin de preservar los derechos de los demás. El Leviatán de Hobbes, con lo grotesco que pueda parecer a nuestros tiempos, es muy ilustrativo: los seres humanos, al abandonar su estado natural y formar parte de una civilización, renuncian al derecho a matar o al derecho a robar de tal forma que puedan vivir en un Estado civilizado.

    Pongo un ejemplo: si la esclavitud fue abolida (con lo cual se reafirma el derecho de todo ser humano a ser libre) entonces yo ya no tengo derecho a tener esclavos. Para que los otrora esclavos ganen un derecho, yo, como esclavista, tengo que perder otro.

    O uno más actual. Como los LGBT están cada vez más integrados a la sociedad, se vuelve más reprobable que yo me burle de ellos o utilice términos como «ese joto» o «ese maricón».

    Cuando se ingresa un nuevo derecho, alguien más pierde otro derecho y que es el que estaba contrapuesto con ese derecho nuevo. Cuando se gana una nueva libertad, alguien pierde otra y que es esa libertad que no permite a la primera manifestarse.

    Entonces, si hay más normas y regulaciones que nunca, ¿por qué decimos que somos más libres?

    Resulta que los derechos que se ganan otorgan una mayor libertad que aquellos que se pierden. Así, las normas y las leyes cuando son justas, aunque sean mayor en número, otorgan una mayor libertad que la que quitan. Si a mí se me diera el derecho a matar, muchas personas (a quienes yo mataría) perderían el derecho a vivir, en tanto que si yo pierdo el derecho a matar, todas aquellas personas ganan el derecho a vivir. Ellos ganan más «en cantidad y calidad» que lo que yo pierdo, porque si yo pierdo el derecho a matar, yo mantengo mi derecho a vivir, en tanto que si yo gano el derecho a matar, ellos pierden su derecho a vivir además que no tienen el derecho a matar porque no se les concedió.

    Por ello tenemos un sinfin de normas (escritas y no escritas) que debemos seguir, pero no consideramos que la mayoría de ellas sean opresivas. Por el contrario, la coerción se diluye en la multiplicidad de normas a las que estamos sujetos ya que muchas de ellas tienen el fin de que nadie más restrinja nuestra libertad.

    Hemos perdido el derecho a matar, a agredir, a discriminar a alguien por su raza, a robar. Pero hemos ganado muchos otros derechos que nos hacen más libres que aquellos derechos que hemos perdido, derechos que, a diferencia de los primeros, nos permiten coexistir dentro de una civilización.

    El progreso de la sociedad consiste en ello: no en buscar la libertad transgrediendo las normas o liberándonos de ellas, sino precisamente en sustituir unas normas por otras, en retirar algunos derechos para incluir otros. Las normas no desaparecen, por el contrario, se vuelven más sofisticadas.

  • El FAQ oficial de la responsabilidad de la 4T en Culiacán

    El FAQ oficial de la responsabilidad de la 4T en Culiacán

    El FAQ oficial de la responsabilidad de la 4T en Culiacán

    Me he encontrado con varios argumentos para defender el actuar del gobierno en Culiacán. Son comentarios o cuestionamientos que la gente me ha hecho y que a continuación voy a responder.

    1.- AMLO hizo bien al liberar a Ovidio Guzmán, salvó la vida de muchas personas.

    El problema con este argumento es que ni siquiera responde a lo que estamos cuestionando realmente e ignora deliberadamente el contexto, el cual es el que explica la reponsabilidad tiene la 4T en lo sucedido.

    En un caso hipotético, y desde una moral consecuencialista, donde no liberar a un criminal implica que muchas vidas se pueden perder, lo correcto sería soltar al criminal si es que el nùmero de vidas perdidas fuera menor al número de vidas que se perderían si el criminal estuviera detenido (evidentemente ese mismo acto no podría sostenerse desde una moral deontológica). Este argumento consecuencialista que sostienen López Obrador y sus seguidores, afirmando de forma a priori que se perderán menos vidas al liberar al capo.

    Pero el argumento ignora el contexto que creó ese escenario. El contexto es aquel en el que el gobierno decidió atrapar a un capo sin medir bien las consecuencias y con una estrategia terriblemente ineficiente. Es decir: tuvimos que liberar al capo porque, a consecuencia de nuestro operativo deficiente, nos vimos en desventaja y eso nos orilló a soltar a Ovidio. Aquí, ya con el contexto incluido, podemos ver que el gobierno es responsable de lo sucedido, ya que los propios actos del gobierno derivaron en la liberación de un criminal previamente atrapado, lo cual envía un terrible mensaje.

    También se puede entender este acto desde otra perspectiva: Si el gobierno no hubiera hecho el operativo sabiendo que estaba en desventaja, se habrían evitado los más de 8 muertos que hubo. Entonces, si bien la decisión de liberar a Ovidio tuvo como fin salvar vidas (o al menos eso nos dicen), la decisión de llevar a cabo el operativo no tuvo esa consideración (esto lo retomaré más adelante).

    Ahora, si el argumento de AMLO y los suyos es consecuencialista, entonces desde el mismo consecuencialismo podríamos ponerlo en cuestión. Evidentemente, de no soltarlo, se habrían perdido más vidas que las que se perdieron ese día; pero se puede dar el caso que este grave error y este terrible mensaje mandado fortalezca no solo al Cartel de Sinaloa, sino a los otros y al mismo crimen y, a la larga, provoque más muertes que las que habría provocado la detención de Ovidio. Entonces no hay forma de asegurar de forma categórica que ese hecho por sí mismo haya sido la mejor decisión. La moral deontológica, por su parte, nos hubiera prohibido liberar al capo, ya que ese acto (liberar a un delincuente que debería estar en prisión) es moralmente erróneo porque va en contra del trato que esperaríamos que se diera a un delincuente.

    2.- Antes de criticar, tienes que ver los grises y los matices. La política no es futbol.

    Es curioso, porque yo soy alguien que suele promover la idea de contextualizar y analizar la complejidad de los fenómenos en vez de tomar posturas superficiales binarias y maniqueas. Pero cuando se habla de «ver los grises» no se está diciendo que todos los eventos «son grises», ello nos abocaría a un relativismo brutal sin salida. Lo que se sugiere es más bien que un evento tiene una posición en una escala de grises y que para juzgar esa posición hay que analizar las variables por las que está compuesta ese evento que se está juzgando, con lo cual siempre existe la posibilidad de que un evento sea gris, pero de igual forma, la posibilidad de que ese evento sea «negro o blanco» también existe.

    En este contexto, el argumento es tramposo porque en el fondo lo que busca no es que se analice dicho evento en su complejidad, sino que dicho evento reciba una crítica más condescendiente o incluso se desarme relativizándola. Pero sucede que hay casos en que, habiendo analizando los matices, podemos concluir que debemos hacer una crítica lapidaria. Y creo que este es el caso de Culiacán. Es muy evidente que el operativo fue muy deficiente, y es evidente el terrible mensaje que manda el gobierno de López Obrador.

    3.- Este gobierno es diferente, porque busca la paz y no busca solucionar el problema atrapando capos como hacían los «gobiernos neoliberales».

    Este argumento se ha repetido una y otra vez en las redes sociales, pero es fácilmente desmontable: sucede que el fin del operativo era ¡atrapar a un capo!

    Tampoco vimos siquiera una postura más «pacífica». Lo que vimos fue a un gobierno débil e ineficiente. No es lo mismo ser débil que ser pacífico. Un gobierno pacífico busca acabar con la violencia, pero sabe que habrá casos en que el ejercicio de la violencia, de la cual el Estado tiene el monopolio (por más paradójico que suene), será necesaria para combatir la violencia misma. Si una persona amenaza con quitarme la vida, una autoridad pacífica usaría la violencia legal para evitar que yo sea víctima de la violencia del delincuente. Una autoridad que no intervenga sería una autoridad débil, displicente, que no está cumpliendo con su trabajo y que debido a su pusilanimidad estará generando más violencia porque no habrá quien pare a los violentos.

    Vimos solo a un gobierno débil e ineficiente ejecutar un operativo que trajo como resultado algunos muertos y que fue un rotundo fracaso. Ciro Gómez Leyva se equivoca al decir que fue un estadista al liberar a Ovidio. Lo único que hizo con esa decisión es evitar que su error tuviera más consecuencias (tomando como consideración lo que dije en el primer punto).

    4.- Hay que evitar «daños colaterales» como en la Guerra de Calderón. La 4T no va a arriesgar vidas.

    Al gobierno de Felipe Calderón se le señaló una y otra vez por los daños colaterales de la guerra contra el narco que lanzó su gobierno, pero los muertos en Culiacán fueron también daños colaterales de un operativo que fracasó. Podemos cuestionar las estrategias lanzadas por el gobierno de Calderón, pero lo cierto es que en este caso, la estrategia trajo no solo daños colaterales, sino que estuvo pésimamente diseñada, pésimamente ejecutada, fracasó, y lanzó un mensaje muy peligroso.

    La 4T arriesgó vidas debido a su inoperancia. Se decidió liberar al Chapo para no hacer más grande el error que ha habían cometido y que ha había costado algunas vidas (sea por imprudencia o ignorancia, que es todavía más preocupante). Capos que han sido detenidos en México son muchos, ello implica que el conocimiento procedural no debería ser escaso, y creo que cualquier gobierno debería saber que meterse a Culiacán (centro neurálgico del Cártel de Sinaloa) que tiene presencia internacional no es cualquier cosa.

    5.- El PRIAN nos dejó un cochinero

    Este argumento se repite una y otra vez en muchos temas, y este no es la excepción.

    Sí, los gobiernos pasados no le dejaron a la 4T un México seguro. La inseguridad se fue agravando durante el sexenio de Peña Nieto. Pero esta realidad no tiene relación alguna con la ineficiencia del operativo ejecutado por la presente administración.

    También ha habido otros eventos que explican por sí mismos que la estrategia de este gobierno contra la inseguridad fue muy deficiente. Hemos visto como pobladores y delincuentes han faltado al respeto a la Guardia Nacional, la cual a veces se percibe casi sometida. Hemos visto que los argumentos de López Obrador con respecto al combate al crimen denotan debilidad y displicencia: el «fuchi guácala», el «vamos a acusarlos con sus mamás».

    Que le dejaron un cochinero es una realidad, que la estrategia de este gobierno para limpiarlo ha sido muy contraproducente e incluso lo ha agravado hasta la fecha, es también una realidad innegable.

    Conclusión

    En resumen, no hay argumento racional desde el cual se sostenga que AMLO hizo bien las cosas. Peor aún, no vimos un atisbo de autocrítica ni se percibe que este gobierno vaya a dar un giro en una estrategia que está dejando muchísimas dudas.

  • Fuchiguacalismo, la humillación del Estado

    Fuchiguacalismo, la humillación del Estado

    Preocupante me parece es que este sea el tercer artículo seguido que escribo sobre un tema preocupante de lo que está aconteciendo con el gobierno de López Obrador (y eso que me he guardado otros temas). Pero lo que ocurrió ayer no tiene nombre y no hay manera de justificarlo.

    Lo que ocurrió ayer es tan solo un peldaño más de lo que muchos estábamos alertando: que este gobierno se muestra débil, que a este gobierno le tiembla la mano a la hora de querer aplicar la ley. Lo vimos con las repetidas ocasiones en que el ejército fue humillado por pobladores o delincuentes, en aquellas declaraciones donde decía que el narco es pueblo. Lo vimos en el excesivo buenismo al tratar de abordar un tema tan complejo como es el tema de la inseguridad, el cual, como dice el ya tan cacareado slogan, dicen que puede resolverse con abrazos y no con balazos.

    Que un gobierno haya liberado a un capo de la droga porque «no pudo» no tiene precedentes. Es una humillación histórica, es la renuncia del Estado a una de sus funciones más elementales que es la de proporcionar seguridad a sus gobernados.

    Me dirán que el Estado siempre ha sido incapaz de proporcionar seguridad, lo cual es cierto. Pero aquí hablamos de una renuncia formal traducida en la liberación de un capo previamente capturado producto de una deficiente estrategia que orilló al gobierno a liberarlo para evitar una tragedia.

    El problema no fue tanto la liberación en sí. En ese contexto, tal vez habría sido más grave no hacerlo. El problema fue eso que llevó al gobierno a liberarlo y que se puede resumir en un operativo completamente deficiente. Eso es todavía más grave porque el mensaje que se manda es muy claro:

    Cedemos ante el narco porque no pudimos contra ellos.

    Son preocupantes las imágenes donde la SEDENA, casi sometida, ve pasar a hombres con armas de grueso calibre sin hacer absolutamente nada porque están en desventaja. Ello es tan solo un reflejo de la incapacidad del Estado, del cual se dice tiene el monopolio de la violencia, para hacer frente al crimen. ¿12 años de campaña, 12 años de levantar la mano, para llegar a la presidencia y presentar un gobierno tan débil y tan pusilánime ante una crisis de inseguridad por la cual sufren muchos mexicanos? ¿De verdad?

    Después de desmentir al propio Durazo, López Obrador declara en su mañanera que se tomó la decisión acertada, que había que liberar al hijo del Chapo para evitar un derramamiento de sangre.

    El Presidente dice que en su gobierno «el derramamiento de sangre ya terminó», que no puede «valer más la captura de un delincuente que las vidas de las personas». Se contrasta con los anteriores gobiernos para decirnos que están haciendo las cosas de forma diferente. ¿Y cómo el que ese capo esté libre va a garantizar seguridad a los ciudadanos? ¿Y cómo lo va a hacer los treinta y tantos reos que se fugaron? El ridículo es tan grande que la familia de Ovidio hasta mensaje de gratitud va a enviar.

    Como dije antes, con la situación ya insostenible no quedaba otra que liberarlo, pero ¿entonces por qué hacen un operativo sin pies ni cabeza que va a salir mal? ¿Por qué no lo plantearon de mejor manera? ¿Por qué improvisar de esa manera ante algo tan delicado y sobre lo cual, se supondría, ya existe mucha experiencia porque no son pocos los capos que se han detenido en nuestro país?

    Hoy los cárteles se sentirán más seguros, porque frente a ellos tienen a un Estado débil, uno al que le tiembla la mano, uno que improvisa y luego recula, uno que dice que «no quiere derramamiento de sangre» ni violencia, uno que habla de dar abrazos, de recular a su tarea como poseedor del monopolio de la violencia porque piensa que basta con entender las causas por las cuales alguien se vuelve delincuente para acabar con el narco y el crimen.

    El Estado mexicano fue derrotado, fue humillado. No lo fue tanto por incapacidad sino por incompetencia. El día de hoy se sienta un precedente muy peligroso, incluso para las aspiraciones de López Obrador, ya que si hay algo capaz de matar una narrativa tan poderosa como la que AMLO ha creado es una situación grave de inseguridad.

    Lo que pasó es muy peligroso y preocupante. El ciudadano promedio tiene razones de peso para estar preocupado.

  • Hoy comenzaba Santa Lucía, la confianza caía y el Presidente reía ¿quién diría?

    Hoy comenzaba Santa Lucía, la confianza caía y el Presidente reía ¿quién diría?

    Hoy comenzaba Santa Lucía, la confianza caía y el Presidente reía ¿quién diría?

    El gobierno ha dado banderazo verde a la construcción del aeropuerto Felipe Ángeles en Santa Lucía.

    Déjenme decirlo así. La cancelación del NAICM y su sustitución por Santa Lucía es tal vez la decisión más absurda del México moderno. Tal vez no sea la que mayores implicaciones tiene, pero sí la más absurda.

    Lo es porque no existe ningún argumento técnico, económico o social que lo justifique. Santa Lucía es inferior en todos los sentidos al ya difunto NAIM: no solo en el aspecto estético (que si bien pensé que se trataría de algo más feo, parece más bien un fusil de uno de los proyectos que concursaron por el NAIM que ganaría a la postre Sir Norman Foster) sino en eficiencia, ubicación. Al final, sumando los costos de avances y cancelación del NAIM, ni siquiera podríamos decir que se vaya a ahorrar mucho dinero o siquiera algo.

    Podrían argumentar que lo cancelaron por «la corrupción». Pero bien esta se habría podido combatir sin necesidad de cancelar la obra. Incluso dentro del gobierno no se ponen de acuerdo sobre si dicha corrupción existió. Podrían argumentar razones ecológicas, pero las otras obras de este gobierno los desmentirían: apuestan al carbón y tienen una postura displicente hacia el cambio climático.

    No es una de esas decisiones donde el mandatario no sabe lo que hace. Sabe bien lo que hace, aunque eso sea un absurdo y, a la vez, por eso es un absurdo. Porque es un «absurdo racional». Es decir. López Obrador decidió sacrificar el tema económico por el político. Cancelar el aeropuerto en sí es parte de la narrativa que legitima a este gobierno: esa narrativa que desprecia a la tecnocracia, esa narrativa que habla de un gobierno cercano al pueblo a quien le da (aunque en realidad sea solo de forma simulada) poder de decisión.

    Básicamente sacrificó un aeropuerto necesario para la economía del país para satisfacer sus intereses políticos fortaleciendo su narrativa. Y más le ayuda cuando son básicamente los más indignados aquellos a quienes se ha opuesto: los tecnócratas, los sabiondos, los «fifís», o la opinión pública adversa a su gobierno. Le ayuda que varias organizaciones civiles y empresariales hayan interpuesto demandas y amparos porque ello alimenta su narrativa del pueblo bueno contra mafia del poder. La cancelación del NAIM hace enojar a quien quiere hacer enojar y señalar como sus adversarios. Económicamente es un despropósito, pero políticamente le beneficia.

    El tener un proyecto «mediano» e improvisado también le ayuda a construir una narrativa, aquella que narra a un gobierno austero, que no hace inversiones monumentales en aeropuertos «para los ricos» (aunque un aeropuerto beneficia a toda la economía en conjunto porque no solo mueve pasajeros, sino productos y servicios).

    Un claro ejemplo de esta torpeza e improvisación, me comenta Carlos Sainz Caccia, urbanista del MIT, es la forma de la construcción del aeropuerto. Todos los aeropuertos que se construyen en la actualidad tienen esta forma (izquierda) donde hay una sola terminal porque permite un mayor flujo de operaciones, mientras que el de Santa Lucía (derecha) tiene una terminal doble con lo cual el flujo se hace más limitado.

    El NAIM iba a actualizar el 100% de la conectividad aérea del país. Es decir, se empezaría desde cero, de forma ordenada, y previendo el futuro. Santa Lucía no, Santa Lucía implica seguir parchando un aeropuerto que es totalmente inviable en la actualidad como el actual Aeropuerto Benito Juárez.

    Incluso basta ver el banderazo de salida para entender como AMLO quiere insistir en una narrativa de austeridad, pero que solo deja augura una obra improvisada y mal hecha:

    Y todo ello por construir una narrativa que lo posicione ante esa tramposa abstracción llamada pueblo, todo por intentar sostener un discurso de austeridad, de un gobierno cercano a la gente, aunque ello implique tomar terribles decisiones económicas que, a la largar, van a terminar afectando al mismo pueblo que AMLO dice representar y a quien dice darle poder de decisión pero al cual más bien utiliza (por medio de consultas a modo) para diluir sobre ellos su responsabilidad y decir que todo esto es una «decisión del pueblo».

    Tal vez no sea la decisión costosa de la era moderna de México, pero sí la más absurda e irresponsable.

  • Las consultas antidemocráticas de la 4T

    Las consultas antidemocráticas de la 4T

    Las consultas antidemocráticas de la 4T

    Lo que ocurrió en Baja California es un atropello a la institucionalidad mexicana y deberíamos estar muy preocupados.

    Es un atropello a la institucionalidad el hecho de que, de forma arbitraria, se cambie el periodo de un gobierno (distinto al que la gente había votado) para que éste dure más tiempo en el poder. Eso va en contra de cualquier espíritu democrático, ya que el candidato ganador gobernará tres años más que los años por los que se le votó.

    Es un atropello aún mayor que, para legitimar esta medida, se decida llevar a cabo una consulta ciudadana por fuera de las instituciones. Esta consulta no está validada por el INE, que es un organismo autónomo y que, en teoría le daría neutralidad a un ejercicio que no lo tuvo. Evidentemente, la consulta es, a todas luces, ilegal.

    Y todavía es más atropello constatar que el diseño de la boleta tiene un claro sesgo en favor de aquella opción que desea el poder. El simple hecho del uso de los términos «mantener la Reforma» o «llevar a cabo una contrarreforma» le da una legalidad que no debería tener a la decisión de ampliar el período a 5 años como si fuera lo que es ex ante y el otro presentado como la alteridad y que representa una suerte de retroceso o marcha atrás.

    Pero todavía es aún más un atropello saber que el proceso estuvo plagado de irregularidades, gente que pudo votar varias veces, urnas que nunca se colocaron, credenciales de elector que no siempre se exigieron, baja participación. Eso hace que el supuesto triunfo del «Proyecto 5» no pueda presumir legitimidad alguna.

    Miembros de la 4T Tatiana Clouthier y el propio Andrés Manuel López Obrador parecen querer deslindarse del hecho. AMLO dice que como ya hay «Estado de derecho» lo decidirá la corte.

    Pero el modus operandi es asombrosamente similar a la consulta mediante la cual se canceló el NAIM, una consulta deliberadamente manipulada para lograr que ganara el «sí» en las urnas.

    Este tipo de prácticas, además de engañar y utilizar al pueblo de tal forma que sirva como instrumento para los intereses políticos de quienes están en el poder. termina lastimando la institucionalidad (ya de por sí endeble) del país. Al pueblo se le hace creer que está participando en las decisiones, pero eso es absolutamente falso, tan solo es utilizado políticamente para legitimar los actos del gobierno de tal forma que sobre de ellos nuestros gobernantes puedan diluir su responsabilidad.

    Y nos debería de preocupar.

  • América no fue descubierta, fue conquistada. Pero…

    América no fue descubierta, fue conquistada. Pero…

    América no fue descubierta, fue conquistada. Pero...

    La historia la escriben los ganadores, dicen.

    En la escuela nos enseñaron una historia muy romántica del «descubrimiento» (y no conquista) de América. Llegaba Cristobal Colón con sus tres carabelas (La Santa María, La Pinta y La Niña) para traer civilización a nuestro continente. Colón era casi una suerte de héroe.

    En estas últimas décadas, la academia, algunos intelectuales y activistas han tratado de narrar la historia desde la perspectiva de los vencidos (o más bien de lo que se cree es la perspectiva de los vencidos). Así, ya no se habla de descubrimientos, sino de colonialismo, conquista, genocidios. Incluso varios estados de Estados Unidos no celebraron el «Columbus Day» este 12 de octubre, sino el día de los indígenas.

    Evidentemente, este cambio de perspectiva no es algo que agrade a los conservadores porque temen que este cambio de perspectiva pudiera trastocar los relatos históricos que dan cohesión a sus culturas o naciones, ya que les despojaría de su misticismo. Esta preocupación queda muy bien reflejada en un episodio de los Simpson:

    Me parece acertado saber qué ocurrió en realidad. La tan repetida frase que dice que quien no conoce su historia está condenado a repetirla tiene algo de cierto. Hasta aquí todo bien, me parece bien que sepamos qué ocurrió realmente, pero otra cosa es plantearnos qué vamos a hacer con las realidades históricas y aquí puede presentarse un problema.

    Resulta que si escarbamos en la historia, nos vamos a encontrar con una bárbara cantidad de hechos que en nuestra época nos parecerán inaceptables o aberrantes, y que poco tienen que ver con los relatos entre buenos (los nuestros) y malos (los otros) que nos enseñaron en la escuela.

    El problema es que solemos juzgar estos hechos desde nuestro sistema de valores éticos y morales actuales sin llevar a cabo ninguna suerte de contextualización y eso es un problema, porque ello inevitablemente nos llevará a vivir con resentimiento hacia nosotros mismos y nuestros orígenes.

    En siglos pasados se llevaron a cabo muchas matanzas y muchos crímenes. Sin embargo, las formas de organización humana, las formas de relacionarnos con los demás y las formas de dirimir nuestros conflictos eran más precarias. En esos entonces no existía un sistema de principios éticos y morales tan complejo y desarrollado como el que tenemos ahora. En esos tiempos no existía siquiera el concepto de derechos humanos tal y como lo conocemos ahora: algunos eran más humanos que otros que eran vistos casi como animales, la esclavitud y la servidumbre existía, y era algo completamente normal, la inquisición del Estado y la Iglesia (siendo más severa la del primero) también. La libertad de expresión estaba muy acotada e incluso tu rol dentro de la sociedad estaba determinado por un «orden natural».

    Aunque nos quejemos del mundo y de una supuesta decadencia moral, vivimos en uno de los mundos menos violentos de la historia (tanto a nivel político como social) donde, a pesar de las inequidades que se le puedan señalar, todos los seres humanos son reconocidos como dignos y que son poseedores de ciertos derechos por el solo hecho de ser humanos. Las mujeres han ganado cada vez más espacios, y progresivamente han comenzado a ser reconocidas e integradas aquellas personas que históricamente han sido consideradas como una «desviación de la norma» dentro de una sociedad dada (personas con otras religiones, personas con otra orientación y/o identidad sexual). Todavía somos capaces de discriminar, pero ya aprendimos a repudiar los ataques a la integridad de otra persona. Hay quienes todavía pueden poner nuestra vida en peligro (asaltantes, asesinos) pero estos actos ya son prácticamente reprobados de forma unánime por la sociedad y la institucionalidad.

    Los problemas de primer mundo son una nimiedad comparados con los problemas de nuestros antepasados. Ahora hablamos de trastornos mentales (como ansiedad y depresión) producto de un mundo hipercompetitivo como bien relata Byung-Chul Han, pero ya hablamos menos de muertes por conflictos bélicos o duelos para dirimir un conflicto entre ambas personas.

    Y esto nos lleva a una paradoja. Si nos introducimos en una espiral de recriminación y somos incapaces de perdonar nuestro pasado, entonces por cada nuevo derecho, por cada progreso social, habrá una razón más para recriminarnos y, desde esa perspectiva, tendremos serias dificultades para crear cualquier forma de cohesión social y seremos víctimas de nuestro propio progreso.

    ¿No podríamos aprender a ver nuestra historia en retrospectiva y, en vez de recriminarnos, reconocer los innegables avances que nuestras sociedades han tenido? ¿Por qué. a pesar de lo imperfecta que es nuestra sociedad actual, no aprendemos también a reconocernos por los grandes avances que hemos tenido? El pasado no se puede cambiar, y eso es una mala noticia para los simpatizantes de este victimismo exacerbados que no lograrán encontrar una salida. Es necesario, sí, reconocer la realidad, por más cruda que sea, de nuestra historia; pero también podernos darnos cuenta que si, en ese lapso entre el pasado y el presente, logramos cambios sustanciales (tanto que el pasado nos parece repugnante), podremos lograr muchos más para dejar un mundo mucho mejor a las siguientes generaciones.

    Porque por más grande sea nuestro progreso, el pasado nos parecerá todavía más repugnante. Y eso, de cierta forma, es una buena noticia.